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Fecha: 24-Feb-12 « Anterior | Siguiente » en Dominación

ESTHER (capitulo 15)

cleversex
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Nuestros protagonistas viajan a Florencia y continuan con su actividad erotica. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Al día siguiente salimos  hacia  la Estación Termini, donde cogimos el tren, un EuroStar, que nos llevo a Florencia. El viaje, que duro hora y media, la encantó y la excito bastante. Hacia muchos años que no montaba en un tren normal, –el AVE no cuenta– y nada mas ponerse en marcha se fue y lo recorrió entero. Al rato largo de marcharse, –ya empezaba a preocuparme– sonó mi móvil y me quede sorprendido, era ella.

– ¿Ocurre algo?, –conteste con cierta alarma.

– No mi señor, pero necesito que me eches una mano, pasa al siguiente vagón.

Me levante y me dirigí a su encuentro. La encontré apoyada en la puerta del WC y, nada mas llegar, me agarro de la camiseta y tirando de mi me metió dentro. No se como lo consiguió, pero se arrodillo en un habitáculo en el que casi no me podía mover. Me la saco y estuvo chupando un buen rato para ponerla en forma. Se notaba que el deseo la hacia actuar con rapidez. Se levanto y se bajo el vaquero para que la penetrara por detrás. Mientras la embestía,  sus gemidos se debían oír en todo el tren. Como siempre, me retuve hasta que Esther llego al clímax y nos corrimos juntos. Cuando salimos había cola para entrar y nadie hizo el mas mínimo comentario, pero se percibían algunas risitas. Nos sentamos en nuestros  asientos en silencio, mientras la miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Ella me miro.

– ¿Qué? –pregunto.

– ¡Nada mi amor!

– ¡Ah! –y después de una pausa añadió– ¡Tenia ganas!

– Genial mi amor, a sido perfecto.

– ¡Pues ya esta!

Cuando llegamos a Florencia, ciudad que adoro profundamente, fuimos en taxi al Hotel Savoy. Hubiera preferido ir andando, pero el exceso de equipaje, de Esther, no lo hacia recomendable. La suite, con vistas a la Piazza della Republica, la encanto.

– ¿Qué quieres que hagamos? –la pregunte.

– No se mi señor, ¿qué sugieres?

– Podemos salir a dar un paseo, o … –la mire sonriendo y añadí– como ya es tarde, mientras hacemos tiempo para cenar, podemos jugar.

– ¡Jugar! Ummm..., – me dijo mientras se abrazaba como si tuviera frío – ¡decidido, a jugaaaaaar!

Nos desnudamos,  cogí de la mano y nos tumbamos en la cama. No quería cosas complicadas, solo estar abrazado a ella y besarla en su maravillosa boca. Recorrí todo su cuerpo besando cada centímetro de piel, notaba como su cuerpo se estremecía, como se agitaba entre mis brazos. Mis manos acompañaban a mis labios y cuanto estos llegaron a su vagina, comprobé que estaba oscuro como un tizón. Cualquier roce en su clítoris provocaba que se retorciera de deseo. Al final me puse sobre ella y la penetre. De inmediato Esther se aferro a mi rodeándome con brazos y piernas y  pocos segundos después tuvo el primer orgasmo. Continué follándola entre gemidos y gritos de placer hasta que los dos nos corrimos al unísono. Volví a besar cada centímetro de su piel mientras ella sonreía complacida y ronroneaba como una gatita. Miles de besos después, nos duchamos y vestidos apropiadamente bajamos al restaurante del hotel. Después de cenar salimos a pasear en dirección al Duomo, la catedral de Florencia. Esther se quedo maravillada, nunca había visto nada así, una catedral con el exterior de mármol a rayas horizontales verdes y blancas en su totalidad.

– Santa María del Fiore. Por dentro es muy  sobria, –la explique– los Medici, que eran unos cabrones que te cagas pero que apoyaban el arte, querían dar constancia de su poder, por eso montaron un escaparate tan espectacular, para que los que venían de fuera se quedaran maravillados.

– Pues lo consiguió mi señor, ya lo creo.

– Es una de las catedrales, en Italia se llaman “Duomo” –del latín, casa de Dios– mas grandes  de Europa, obra de Arnolfo di Cambio, Giotto fue el jefe de obra y su cúpula, de cien metros de alto, es la obra cumbre de Brunelleschi.

– ¡ Joder! ¿qué hicieron, un casting de artistas famosos?

– Fíjate en el Campanile, esta separado de la catedral, – explicaba a una Esther muy interesada– es habitual en Italia, en las grandes catedrales, el campanile y el baptisterio casi siempre están separados. Es otro concepto de vida y de todo, cuando en España estábamos a espadazos, construyendo castillos, aquí, construían, duomos como este, palacios y les daba tiempo a pelearse entre ellos.

– ¿Y por que ocurrieron así las cosas?

– La diferencia es que en España, la iglesia tenia y desgraciadamente sigue teniendo mucho poder,  acaparando  gran parte de los recursos económicos y aquí no, aquí el poder era de las familias, como los Medici, los Borgia, que eran españoles, los Sforza, los Visconti, los Scala, los Carrara.

– ¿Funcionaban como familias feudales?

– Si, como familias absolutistas y tenían una entre ellos una competencia terrible. Unos de estos días, cuando vayamos a Pisa, pasaremos por Lucca que esta cerca y es una ciudad muy bonita con un casco histórico impresionante. Allí, no había una familia preponderante, eran varias y la importancia de cada una, se veía en la altura de la torre del palazzo familiar. Pero había un limite, no se podía sobrepasar la altura del campanile del Duomo de la ciudad. Y como ya estaban casi todos con sus torres al máximo, una familia, la Guinigi, planto árboles en lo alto de su torre.

– ¡No me lo puedo creer! –dijo Esther soltando una carcajada.

–  ¡Bienvenida a  Italia!. Aquí se competía en aparentar y la cultura se vio beneficiada. Este Duomo, sin ir mas lejos, se comenzó a construir porque en Siena y Pisa se habían construido dos duomos excepcionales en tamaño y esplendor. Por cierto, el Palazzo Guinigi con sus árboles existe todavía.

Mientras charlábamos nos fuimos acercando al hotel. El “tío vivo” de la Piazza della República funcionaba todavía,  y Esther se empeño en subir y estar  un buen rato dando vueltas. Cuando termino, nos sentamos en una terraza de la misma plaza y pedimos una botella de champagne por deseo de Esther. Se estaba bien,  pero por la noche refresca en septiembre. Puse mi americana sobre los hombros de Esther que tenia un poco de frío y seguimos charlando hasta que cerraron. Cogidos por la cintura y con lo que quedaba de la botella, regresamos al hotel y subimos a la suite.

– ¿Qué quieres que hagamos, mi señor? –me pregunto cuando ya estábamos desnudos y en la cama.

– ¡69! –la conteste. Voy a confesar algo. El chochito de Esther me gusta siempre, pero recién duchada me gusta menos. Ya han pasado varias horas desde que lo hizo y ahora lo tiene a punto. Me gusta que sepa y que huela a ella.

Inmediatamente se puso sobre mi ofreciéndome su vagina. Que rico, estaba en su punto. Con mi lengua la recorría en toda su longitud haciendo hincapié en su clítoris que para Esther es un interruptor. Se retorcía, vibraba, acariciaba mis muslos mientras succionaba mi pene con deseo. En ocasiones, la separaba los labios con mis manos e introducía mi boca en el interior de su vagina ahondaba con la lengua. Era tal el placer que la proporcionaba que se la tenia que sacar de la boca para respirar y gemir con libertad. La fui controlando para retardarla el orgasmo lo mas posible, pero al final llego en una explosión de jugos, gritos y gemidos. Continúe cogiéndola el clítoris con los labios y dado tironcitos.  No quedo un solo milímetro de su vagina sin explorar y unos pocos minutos después tuvo un segundo orgasmo igual de ruidoso que el anterior. Cuando note que me iba a correr, la toque la cabeza para que lo supiera e inmediatamente se centro con su lengua en mi glande. Mientras me corría la abrazaba con fuerza mientras ella se lo tragaba.

– ¡Como grites tanto, se van a creer que te estoy matando! –la dije riendo– y luego llaman los de recepción como en Roma y te mosqueas.

– Lo siento mi señor, pero no lo puedo remediar …  y además es verdad, me matas  … y además esos eran unos capullos.

Al día siguiente comenzamos con las visitas. Todo el centro de Florencia es peatonal, desde el Duomo, el campanile y el Baptisterio, hasta el río. Bajamos visitando palazzos, iglesias, mercados y capillas hasta el Ponte Vecchio, otra de las atracciones de la ciudad. Antes de llegar al ponte, en el Mercato Nuovo, Esther se fotografío tocando el hocico del “porcellino”, y lo hizo de una manera tan sensual que por poco, al pobre bicho de bronce se le pone dura.

– ¿Te has traído la tarjeta? –la pregunte mientras nos aproximábamos al ponte y la miraba de reojo.

– No, ¿por qué mi señor?

– ¡No por nada! –la respondí poniendo cara de terror.

Cuando entramos en el puente se quedo estupefacta, nunca había visto tal concentración de joyerías. A todo lo largo del puente, a ambos lados, pared con pared.

Como era de esperar empezó a recorrerlas una a una y las visitas a los monumento pasaron a ser las visitas a las joyerías. Me dejo la tarjeta echando humo, casi la tengo que llevar a un dispensario para que la reanimen.

– No te preocupes que te lo voy a devolver, –me dijo mohína.

– No, si no pasa nada … pero podía llevar tu tarjeta en mi cartera … por si hay alguna otra “emergencia”, –la dije riendo.

– ¿Por qué hay tantas joyerías aquí? –me pregunto cambiando rápidamente de tema, mientras regresábamos al hotel a dejar las compras.

– Antes, aquí estaba el gremio de curtidores, pero a uno de los Médicis no le gustaba el olor y los sustituyó por el gremio de joyeros que llevan en este lugar unos quinientos años. Otro Médicis, que no quería mezclarse con el pueblo, construyo el Corredor Vasariano que conecta el Palazzo Vecchio, sede del gobierno, con el palazzo Pitti a través de la Galería Uffizi, el Ponte Vecchio y la iglesia de Santa Felicita.

– ¡Joder con los Médicis!

– Ya te dije que eran unos cabroncetes muy salaos, –la conteste riendo– otro tenia un transportín curvo para que dos pringados lo subieran sentado a lo alto del campanile..

Por la tarde seguimos con la visitas que son abundantes en esta ciudad y al día siguiente fue el turno de los museos. Nos levantamos temprano porque tenia reserva para los Uffici a las 9h. Si no lo haces puedes tirarte media mañana en la cola. De ahí, fuimos al Palazzo Vecchio y al Palazzo Pitti con su descomunal colección de pintura. Los cuadros están colgados unos encima de otros hasta tres  alturas. Después de comer fuimos a la Galería de la Academia, donde se encuentra el David de Miguel Ángel.

– ¡Me tienes en un sin vivir, como a la santa, mi señor! –me dijo riendo cuando salimos del museo– ¡es que vivo sin vivir en mí!

– ¿Por qué? –la pregunte sin poder oculta mi perplejidad.

– Llevo todo el día preguntándome en que museo me vas a echar un polvo.

– ¡Pero bueno! ¿será posible? –y dándola un azote cariñoso en el trasero, añadí mientras pensaba que había creado un monstruo– ¡anda, tira  para el hotel que te vas a enterar!

Ya en la habitación, la desnude y la atea a las cuatro esquinas de la  cama. Con un vibrador la ataque el clítoris mientras la introducía uno anal. Durante el resto de la tarde la estuve “torturando” por mala. Cuando tenia ganas de descargar se la metía en la boca y me corría. Y seguía con su clítoris. Tuvo muchos orgasmos seguidos y al final, antes de salir a cenar, la solté los pies, la levante las piernas, la puse un poco de lubricante  y la penetre por el ano. La estuve apretando mientras con las manos la sujetaba la cabeza y la besaba. Acompase mi ritmo al suyo y nos corrimos juntos y como siempre mis gemidos fuero ahogados por los suyos.

– Un día de estos nos van a echar del hotel, ¡escandalosa!, –la repetí riendo.

– Pues méteme las bragas en la boca, como aquella vez mi señor.

– No, no me gusta, –y añadí– es que si lo hago no te puedo besar bien.

– ¡Pues entonces no volveré a gritar mas!

– ¡Imposible!

– ¿Qué no?, a partir de ahora muda, ya lo veras.

– Pero hay un problema.

– ¿Cuál mi señor?

– Que a tú señor, le gusta que chilles.

– Entonces chillare y si nos echan, nos vamos a otro.

Desde Florencia visitamos Lucca, y el palacio de los árboles y Pisa, donde luchamos a brazo partido con los miles y miles de turistas, que como nosotros, querían visitar las maravillas de la Piazza Dei Miracoli. Cuando Esther entro en la torre inclinada, la paso lo que le ocurre a muchos de los que entran en ella, se mareo momentáneamente a causa de la inclinación. De regreso a Florencia con el  coche de alquiler, un Fíat Punto, paramos en una zona de árboles y terminamos follando como dos jovencitos salidos. Era la primera vez que lo hacia y es muy incomodo, cuando no te clavas una cosa, te clavas otra. Esther, en plan contorsionista, no hacia mas que cambiar de postura hasta que al final nos corrimos, en mi caso de forma milagrosa. Ya estoy mayor para estas acrobacias.

Otro día, en autobús, fuimos a Siena, una visita imprescindible. Esther se quedo maravillada. Por desgracia no coincidimos con las carreras medievales que se realizan en la Piazza Dei  Campo, dos al año, en julio y agosto. Tanto la gusto la ciudad, –y es que Siena tiene algo  muy especial, algo que no sabría describir– que nos quedamos a comer allí. Nos sentamos en una de las terrazas de la parte alta de la plaza y mientras lo hacíamos, nos reíamos con las gracias de un anciano  payaso callejero que interactuaba con los transeúntes. Esther no hacia mas que  darle monedas mientras se partía de risa. Al final le invito a comer y se sentó con nosotros. Resulto ser canadiense y llevaba veinticinco años en Italia. Estuvimos hasta media tarde charlando con el, pero no penséis mal, no nos lo follamos, Dudo que el pobre payaso hubiera aguantado el ritmo del ciclón   Esther.

Ya de regreso a Florencia y después de ducharnos me puse chaqueta y corbata para ir a cenar a un sitio muy especial. Cuando Esther vio que cogía la corbata, rápidamente se volvió a desnudar y se puso algo mas acorde.

– Mi señor, estas cosas se avisan.

– Si vosotras siempre vais bien, os pongáis  lo que os pongáis, –y con sorna añadí– tu misma lo dices.

El restaurante se llama “Alle Murate”, es de autor y esta situado en un antiguo palazzo. En la planta superior y mientras cenas puedes contemplar los frescos originales. Son famosos porque en uno de ellos, esta la única imagen conocida de Dante, acompañado de Petrarca y Boccaccio.

Al día siguiente, temprano, en un coche del hotel llegamos a la estación del tren. En el, salimos vía Bolonia hacia Venecia, y 2 horas y 40 minutos después llegamos, sin ningún contratiempo erótico festivo,  a la Estación de Santa Lucia. En Venecia tenia preparada una sorpresa que Esther no olvidaría jamás, algo que solo es posible preparar en Italia con la calidad suficiente y la puesta en escena necesaria.


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