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Fecha: 16-Abr-19 « Anterior | Siguiente » en Gays

Como empecé con esto

Agualibre
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Mis inicios en la sexualidad con otros hombres, o mas bien, chicos Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Mi familia solía pasar los largos periodos de vacaciones de veranos  en un pueblo de la sierra, casi deshabitado, tranquilo, con mucha montaña y la suavidad de las temperaturas nocturnas que se agradecía después del calor del día y que era lo que nos atraía del lugar.

Yo jugaba con mi hermano y mis dos primos todo el día, solo regresábamos a casa a comer y cenar prácticamente, a no ser que hubiese algo que hacer por la casa, o que alguno tuviese que estudiar o estuviese castigado.

Con el que era de mi edad y yo, recorríamos todos los alrededores, corriendo, descubriendo cosas, parajes, nidos, arboles y alejándonos algo mas si mi madre me dejaba coger la bicicleta. Uno de los sitios preferidos era lógicamente el rio, donde pescábamos o nos bañábamos, aunque apenas llevase agua.

Y ahí es donde surgió todo, porque nuestras madres nos regañaban si nos metíamos solos en el agua, sin nadie mayor cerca, y enseguida se daban cuenta de que llevábamos la ropa mojada, aunque nos bañásemos en slip. Así que se nos ocurrió la brillante idea de meternos en el agua sin ropa, así no se notaría por los calzoncillos húmedos, que nos habíamos metido en el rio.

Lo hacíamos con frecuencia, el pelo corto se secaba enseguida, pero la ropa no, así que era la mejor forma de que no sospechasen nada, y desde luego, si nos preguntaban, mentíamos como bellacos: sin pruebas, no hay delito.

Jugábamos desnudos por la hierba al salir, y ya nos atraía el tocarnos el pito, algo casi prohibido, o seguro que pecado de los grandes. Nos revolcábamos y luchábamos agarrados para sentirnos mejor, aunque ninguna idea sexual se nos pasaba por la mente en aquel entonces, supongo que solo estábamos descubriendo nuestros cuerpos, y todo lo que eso representa en la infancia.

Un día se me ocurrió poner mi cara sobre su vientre, para descansar con la cabeza mas alta, y al girar la cabeza me encontré su pito delante de mis ojos. Algún instinto me empujó a acercar mi boca y metérmelo dentro, recién bañados olía bien, era suave, y un calor extraño recorrió mi cuerpo según chupaba y chupaba. Lo fui notando mas duro y mordí suavemente la punta. Una mano se posó sobre mi cabeza, apretándome contra él.

A continuación quiso probar él, y yo, boca arriba dejaba que me chupase y acariciase, una mano bajó entre mi culo y la hierba, empujando mi vientre contra su cara, y al rato volví a sentir ese escalofrío recorrerme de arriba abajo.

Empezamos a jugar a esto regularmente, casi todos los días íbamos al rio, ahora que habíamos descubierto que no se daban cuenta nuestras madres, y después de remojarnos nos tumbábamos al sol e íbamos descubriendo nuestros cuerpos y gozando uno con otro. Nunca pensamos que esto estuviera mal, lo veíamos como algo natural, nos gustaba y ya está.

En uno de esos ratos sucedió al fin lo que nunca se nos había ocurrido que pasase. Al jugar con la polla del otro en la boca, cada vez la notábamos más dura, y nos gustaba más porque nos llenaba la boca mejor, con el efecto inmediato de que chupábamos con mas ganas y ocurrió lo impensable: mi pito soltó un chorro caliente mientras yo me retorcía de gusto, y mi primo se quedaba pasmado viendo salir aquello que no era pis, y que le golpeaba la cara.

Habíamos descubierto un nuevo juego, solo teníamos que ir perfeccionándolo y poniendo las reglas, para que las excursiones al rio fueran mas placenteras. Nos bañábamos y a continuación nos tumbábamos al sol. El calor nos hacía entrar en acción, y nuestras manos buscaban el cuerpo del otro. Bajaban hasta el vientre y nos tocábamos, el pito iba creciendo, y entonces uno de los dos se acercaba al otro, bajaba la cara y adelante, a ver si era capaz de conseguir que soltase lo que tenia dentro, mientras él cerraba los ojos y se dejaba hacer, o acercaba su mano al culo o al pito del otro, tocando y disfrutando con el contacto, para acabar los dos tendidos y extrañamente relajados sobre la hierba.



© Agualibre

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