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Fecha: 16-Abr-19 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

Mi segundo amor 21

Bella15
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—Por cierto, quiero darte un obsequio por tu cumpleaños, sé que ya paso hace un par de meses, pero me gustaría que lo conservaras —le pase un pequeño envoltorio. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Capítulo 21-Un paseo

 

 Jane

 

Un pequeño golpe en mi abdomen, me hizo despertar de tan grato sueño y al ver que la causante de mi dolor era la rodilla de Francy, me causo cierta gracia. Esa pequeña, podía tener mal dormir en ocasiones. Sin embargo, a mi otro lado, se encontraba Alondra con una pequeña mueca en su rostro que me resultaba muy sexy.

—¿En qué momento te convertiste tan importante para mí? —me dije a mi misma.

Verla dormir, me causaba una ternura infinita y con certeza no podía comprender ese amor que comenzaba a sentir por esa mujer. Era como si hubiese estado destinada para mí, pero sólo hasta ahora me estaba dando cuenta que podría enamorarme otra vez.

La comunicación con Alondra, era increíble, conocíamos los peores secretos de cada una, aquellos secretos que ni siquiera le habíamos contado a nuestra persona de confianza, podíamos tener mil temas para hablar y aun así, el tiempo nos parecía corto. Es como si el universo me estuviese dando a entender por qué no me había aventurado a estar con alguien más, porque esa mujer de ojos color violeta, estaba hecha a la medida para mí. 

Mis dedos acariciaron las facciones de su rostro como queriendo grabar cada detalle en mi memoria, como si mi alma me pidiera a gritos que ella debía permanecer a mi lado, aunque mi cerebro expresara algo distinto. Me resultaba difícil ordenarle a mi cerebro que dejara de pensar estupideces y sólo se dejara llevar por lo que dictaba mi corazón en ese momento.

Alondra se movió por mis caricias y su brazo, rodeó mi cintura abrazándome más a ella, su gesto me pareció tan tierno que me vi tentada a robarle un beso, pero sólo acerque mi frente para juntarla con la suya. Quería permanecer en esa posición por el resto de mis días, disfrutando de esa agradable sensación y esa paz que me trasmitía Alondra.

Por un momento, recordé lo que había sucedido la noche anterior y una sonrisa se me dibujo en mis labios. Aunque nuestra primera cita no hubiese sido convencional, debía admitir que había sido una de las mejores que he tenido en mucho tiempo y me parecía un sueño hecho realidad.

Su manera de mirarme me cautivaba, su sonrisa carismática me traía loca y esa manía de morderse el labio cuando deseaba besarme, me hacía desearla más. Simplemente esa mujer se había adueñado de todos mis sentidos y pude comprender, que mi manera de besarla y mirarla, eran totalmente distintas a cuando la bese por primera vez.

Ahora podía trasmitirle con cada beso, un sentimiento profundo de respeto, admiración y amor, algo que no pensé sentir por alguien distinto a Helen. Esos sentimientos, eran una prueba de mi deseo de estar con ella, de pertenecerle y formar una relación donde el amor, la confianza y el respeto, sean los pilares fundamentales para nuestra coexistencia.

—¿Hace mucho que estás despierta? —me dijo con un bostezo.

—No —mentí.

No podía delatarme y expresarle que estuve como media hora observándola mientras dormía, era algo que no admitiría o por lo menos, no aún. Sólo quería quedarme entre sus brazos, acariciar su mejilla y delinear esos labios que comenzaba a extrañar.

—¿Cómo amaneciste? —acarició mi mejilla.

—Muy bien princesa, pero sabes que me gusto más —mordí mi labio inferior.

—¿Que? —dijo, al mismo tiempo que deposito un beso en mi nariz.

—Sentir que estabas a mi lado —me acerque para darle un beso de buenos días.

Un beso cálido que iba acompañado de caricias, pero que al mismo tiempo me reafirmaba lo que comenzaba a sentir por ella. Me deje llevar por esas sensaciones que sentía, me deje envolver por el calor que desprendía su cuerpo, por el sonido de su corazón y una vez más, me sentí amada por alguien a quien no le había dado nada.

—¿Hoy qué tienes pensado hacer? —me preguntó, mientras intentaba recuperar su respiración.

—¿Vas a llevarme algún sitio? —dije de manera divertida.

—Sólo si puedes y no estas ocupada —confesó con sus mejillas sonrojadas.

—Debo ir a supervisar una construcción, ¿Quieres acompañarme? —le sugerí, mientras mis manos acariciaban su espalda.

—Claro que quiero, sólo deseo estar contigo —humedeció sus labios para volverme a besar.

—Me estaba muriendo por hacer esto —dijo, al coger uno de mis pechos por debajo de la blusa.

—Mmm —gemí despacio, mientras que mis piernas se enredaron con las de ella.

Mis labios estaban sumergidos en ese beso húmedo, en la sensualidad con la que Alondra me acariciaba mi pecho y el placer de sentir su piel junto a la mía. De pronto, ese mágico momento, se vio interrumpido por la odiosa alarma de mi celular.

—¿Alguna vez podre quedarme en tus labios sin que nada nos interrumpa? —bufé, al separarme de su labios.

Me topé con la mirada oscurecida de Alondra y una sonrisa de medio lado, se notaba que mis palabras le causaron cierta gracia. Le di un último beso y me levante para apagar la dichosa alarma. Cuando estuve fuera de la cama, observé mi ropa esparcida por el suelo, los zapatos a un rincón de la cama y el enterizo que tenía puesto Alondra la noche anterior.

Mis piernas flaquearon, al recordar como ella se desvistió frente a mí, provocándome mis más oscuros deseos. Sin poder evitarlo, mis ojos coincidieron con los de ella y pude ver su sonrisa tímida, una sonrisa que me recordaba, lo terriblemente sexy que se veía sin ropa.

—Siéntete como en tu casa —dije.

—¿Quieres que te ayude con el desayuno? —me propuso con una sonrisa en sus labios.

—Para nada, sólo debo alistar a la pequeña y me encargo del resto —expresé, al mismo tiempo que despertaba a Francy.

—No quiero ir a la escuela —manifestó la pequeña, con un bostezo.

—Le prometiste a tu abuela que irías, no puedes dejar que esos niños se salgan con la suya —mencioné.

No podía dejar que la pequeña se sintiera excluida, ni que se encerrara en ella misma, debía demostrarle a los demás que era una niña fuerte, capaz de sobrellevar los obstáculos. Tampoco iba a permitir que ese grupo que le estaba humillando, dañara la excelente relación que ella tenía con sus compañeros de clases.

—¿Qué pasa cariño? —se acercó Alondra para intentar persuadirla.

—Unas niños en la escuela me molestan por no tener una mamá, me llaman huérfana y se ríen porque mi abuelita me cuida —respondió con su carita escondida en mi cuello.

—Tranquila—acarició su espalda—Hoy iremos las dos contigo al colegio y me presentaras a esos niños para regañarlos —exteriorizó.

—¿También les vas a tirar piedras? —expuso Francy con cierta alegría.

—Francy, sabes que no es correcto —le llame la atención.

—Pero —se quejó.

—Jane tiene razón, no es correcto—le dio un golpecito con su dedo índice en la nariz—Ve a vestirte y cuando salgas del colegio, te llevare a comer helado —le propuso.

—Es un trato —la pequeña mostro su dedo meñique para que Alondra hiciera el pacto.

—Es un trato —Alondra imitó su gesto.

—Bueno mis amores, vamos a alistarnos o se nos hará tarde —dije, llevándome a la niña a su recamara.

Alondra

 

—Estaré en deuda contigo Brenda, muchas gracias por cubrirme hoy —dije con alivio.

—Pero no te acostumbres, ¿Seguro todo está bien? —me preguntó.

—Sí, no te preocupes —expuse, mientras terminaba de vestirme.

—¿Quieres que de un repaso? —manifestó.

—No, continúa la clase, y si surge algún percance me llamas —expresé antes de colgar.

Jamás me había aventurado a no impartir una clase por irme a pasear, pero Jane merecía eso y mucho más. Simplemente quería compartir un rato más a su lado, deseaba perderme entre sus brazos y sentir su mirada tierna en mí.

Recuerdo que al llegar a su casa, tuve una mezcla de timidez, miedo y hasta me sentí un poco insegura. Había esperado tanto para compartir con ella, que tenerla frente a mí con ese vestido azul, me parecía un sueño. Un sueño del que desperté de una manera abrupta, pues sentí como Jane se abalanzó sobre mis labios para devorarlos con desenfreno.

Su reacción, me dejó por un momento estática, sin saber cómo actuar, pero al sentir sus manos recorrer mis costados, me dejé llevar y correspondí a sus besos. Unos besos que despertaban en mi muchas sensaciones, que generaban muchas corrientes eléctricas que viajaban por todo mi cuerpo y convergían en un sólo punto. Un punto, que al más mínimo roce, hubiese desencadenado en mí, una serie de orgasmos que no podía controlar.

Aunque la pequeña estuvo con nosotras todo el tiempo, Jane no dejo de estar atenta conmigo, de sonreírme y darme una infinidad de besos que me reafirmaban la necesidad que tenía de pertenecerle a ella. Quería demostrarle de una forma u otra, que lo nuestro podía funcionar si ambas poníamos de nuestra parte.

No obstante, el momento que voy atesorar para siempre, es aquel donde Jane mostró de una manera inconsciente, unos celos preciosos, tiernos y hasta adorables, al presenciar como la pequeña me pedía que le diera de comer en la boca.

Esa noche, estuvo plegada de momentos hermosos, momentos que van ligados a una carga emocional que me hacían sentirme viva y afortunada. Afortunada de haberme cruzado con esa hermosa mujer que despertaba mis anhelos profundos, esa mujer que me tenía hipnotizada con su presencia, con su sonrisa y era manera tímida de mirarme cuando estoy a su lado.

Sin duda, nuestra primera cita resulto mejor de lo que hubiese imaginado. Simplemente fue maravillosa. No se generaron silencios incomodos, no hubo palabras demás, ninguna se mostró distante y sólo usamos el móvil para reproducir canciones.

—¡El desayuno está listo! —escuché la voz de Jane.

Mis ojos coincidieron con los de ella, le regale una sonrisa y sin dejar que pronunciara algo más, rodeé su cintura para darle un beso. Sus labios me recibieron sin ninguna objeción, mostrándome lo ansiosa que estaba por volver a probar mis besos.

Podía sentir los latidos de su corazón, su respiración entrecortada y mis manos, no titubearon en acariciar sus curvas para tomar aquellos glúteos que demandaban mi atención. Jane se aferró a mi cuello para profundizar el beso y sus manos fueron a parar a mis pechos, provocando que soltara un pequeño gemido en sus labios.

—Alondra —pronunció.

—Sí —expuse sin dejar de deleitarme con sus labios.

—Debemos ir al comedor o —soltó un pequeño gemido.

—¿O? —dije para continuar su conversación.

Mis labios habían abandonado los suyos para ir a su cuello, ese lugar que me resultaba muy adictivo y embriagador. Deseaba a Jane con todas mis fuerzas y me resultaba difícil controlar todo ese deseo que sentía, pero debía encontrar la forma de hacerlo o podría correr el riesgo de perderla.

—Francy vendrá por nosotras —dijo finalmente, haciendo el mayor de sus esfuerzos por separarse.

—¡Vamos! —entrelacé nuestras manos para salir de la habitación.

El beso de Jane, me hizo recordar esas sensaciones que me hicieron despertar está mañana. Las caricias que Jane impartía con tanta devoción, me llevaron al borde del abismo, sintiendo que cada roce desprendía ciertos toques de electricidad que viajan por mi piel, llevándola a erizarse sin pudor.

Las tres desayunamos en silencio, pero era inevitable que mis ojos no viajaran por el rostro de Jane, se veía tan adorable con ese rol de mamá que deseaba comérmela a besos. Luego que cada una culminó, tomamos nuestras cosas y nos subimos al auto.

—¿Segura que quieres acompañarnos? —me preguntó.

—Sí, me encantaría ir con ustedes—terminé de colocarme el cinturón de seguridad—Luego de que dejemos a la niña, ¿Podríamos pasar por mi casa? —expresé. Necesitaba cambiarme de atuendo y recoger algunas cosas.

—De acuerdo —dijo, sin quitar la mirada de la carretera.

—Ya que comeremos helado, ¿También podemos ver una película? —mencionó Francy, quien no apartaba la mirada de nosotras.

—La que desees cariño —le regale una sonrisa.

—Sí estuviese Silvia, hace rato te hubiese regañado por consentirla —me advirtió.

Ante ese comentario, mire a Francy y le regale una sonrisa. Hasta le hice un gesto gracioso que indicaba que sería nuestro secreto. No podía ocultar que esa pequeña se estaba colando en lo más profundo de mi corazón, tal como lo había hecho Jane desde que la conocí.

Al llegar, Jane se acercó para hablar con una señora mayor y cuando alterné mi mirada para ver a donde se había ido la pequeña, me encontré con dos niñas mayores que la estaban molestando.

—¿Qué es lo que sucede aquí? —expresé con cierto malestar.

—Nada señora, sólo saludábamos a la pequeña —una de ellas, me respondió muy nerviosa.

—Mentira, me estaban molestando —las acuso Francy.

—Miren par de jovencitas—dije muy seria—Le agradecería que dejen de molestar a mi hija o me veré en la obligación de traer a mi cachorro para que las muerda —les advertí.

—Alguien nos dijo que tú no tenías madre —manifestó la otra jovencita, al mirar a Francy.

—Ese alguien, jugó con ustedes—les dedique una mirada seria—Espero que dejen de molestar a mi hija —mencioné, al ver como ese par se alejaban de nosotras.

—Gracias —expresó la pequeña, al darme un efusivo abrazo.

—De nada cariño—besé su mejilla—Si te vuelven a molestar, me avisas —mencioné.

—Sí, mi princesa —dijo la pequeña.

—¿Mi princesa? —repetí.

—Jane te dice así, pensé que yo podría —su rostro era todo un poema.

—Cariño, debes pedirle permiso Jane —expuse.

Si anoche Jane se puso medio celosa porque le daba la comida en la boca a la pequeña, no imaginaba como reaccionaria ante esto. Pues aquella frase de cariño, sólo la usaba Jane para dirigirse a mí y sentir que alguien más la usaría, me hacía sentir extraña.

—Bueno, te seguiré llamando Alondra —manifestó con cierta resignación.

—Ve a clases, ahora venimos por ti —dije.

—Nos vemos —me devolvió el beso en la mejilla antes de irse.

—Me alegra que ustedes dos, se lleven tan bien —manifestó Jane, al colocarse a mi lado.

—¿Quién era la mujer con la que hablabas? —no tardé en preguntar.

—La directora—dijo malhumorada—Sí no desea que denuncie a la institución, más le vale que ponga en cintura a esas niñas que le están haciendo bullying a Francy —mencionó.

—No te preocupes, ya solucioné ese asunto —dije, al dirigirnos al auto.

—¿Qué hiciste qué? —dijo sorprendida.

—En el camino te cuento —comenté.

Jane encendió el auto y durante el camino, le conté lo que le había expresado aquellas niñas, hasta le resulto divertido la manera en que protegí a Francy, más no le conté que la pequeña deseaba llamarme por ese apodo que Jane sólo usaba para mí.

Cuando llegue a mi hogar, me cambie rápidamente, guarde algunos bocadillos y cogí aquel envoltorio que tenía guardado hace mucho tiempo. Al regresar, Jane condujo hasta un lugar donde estaban realizando una obra en construcción, me pidió que la esperara en el auto y ella bajo para hablar con un chico joven, que era de suponer que sería el contratista.

Me encantaba esa nueva faceta de Jane, pues hasta ahora sólo conocía su lado ingenioso con las flores, pero verla allí, con tal determinación ejecutando su labor de arquitecta, me resultaba muy atractivo. No logre escuchar con detenimiento lo que hablaba con el contratista, pero estaba segura que evaluaba la calidad del material, el diseño y el presupuesto acordado para la finalización del proyecto.

—Ahora sí, soy toda tuya princesa —manifestó Jane con una mirada penetrante.

—¿Toda? —arqueé la ceja de manera divertida.

Las mejillas de Jane se sonrojaron al instante y me vi tentada a robarle un beso, pero recordé que no estábamos solas. Le pedí las llaves del auto para llevarla a un lugar tranquilo, donde pudiéramos seguir conversando y donde mis deseos de hacerla mía, fueran apaciguados para no dejarme llevar.

Conduje por una hora más o menos, a una velocidad considerable, me había dado a la tarea de averiguar cómo llegar a ese lugar paradisiaco del mar caribe. Recurrí a varios mapas e incluso, utilice un buscador que me explicara a detalle cómo podía llegar a Chichiriviche, un pueblo situado en el estado Falcón.

Estaba ubicado en la costa noroccidental, donde podías sumergirte en las mejores playas de arena blanca, aguas cristalinas y una espectacular fauna submarina de impresionantes corales y manglares.

—¿Por qué me has traído a este lugar? —expresó Jane, sin dejar de admirar el mar y sus pequeñas islas que estaban en la lejanía.

—Sólo quería retribuirte la grandiosa velada de anoche —apague el auto.

—No sabes cuánto tiempo había tenido sin venir a este lugar—me confesó, al desabrochar su cinturón—¿Crees que algún día podamos traer a las niñas? —me dijo.

—A mi hija y la pequeña Francy, les encantaría venir aquí —la invite a salir del auto.

Jane entrelazó su mano con la mía y me guío por un pequeño sendero lleno de piedras y otros objetos. Cuando la arena estuvo a nuestro alcance, ambas nos retiramos el calzado y caminamos por la orilla, disfrutando de la grata sensación de sentir como el agua chocaba contra nuestros pies.

Caminamos tomadas de la mano, deleitándonos con la vista del mar y embriagadas por el sonido del oleaje. Continuamos nuestro recorrido, hasta llegar a un lugar apartado, donde había un poco de sombra y sin miramientos, nos sentamos sobre la arena.

—Es tal como lo recuerdo —manifestó, mientras su mirada estaba perdida en el horizonte.

—Es muy hermoso —expresé, al mismo tiempo que detalle el perfil de Jane.

Se veía tan guapa, con sus ojos cafés que habían tomado un color miel por el reflejo del sol, su nariz perfilada y esas cejas, que delineaban perfectamente el contorno de su rostro. Decidí mirar el horizonte  para disfrutar de la tranquilidad del mar, sentir como el aire golpeaba mi rostro y el suave sonido de las olas, al chocar contra la orilla.

—¿Podemos quedarnos hasta el medio día? —me preguntó.

—Nos quedaremos todo el tiempo que gustes—sonreí—Por cierto, quiero darte un obsequio por tu cumpleaños, sé que ya paso hace un par de meses, pero me gustaría que lo conservaras —le pase un pequeño envoltorio.

—La intención es lo que cuenta—dijo—Además, en aquel entonces no estábamos saliendo y no conocías la fecha de mi cumpleaños —destapó su regalo.

—Sé que no es mucho, pero la compre con cariño —dije apenada.

—Es idéntica a la tuya —manifestó con una sonrisa en sus labios.

—Se cuánto te gusto ese collar de Arwen Evenstar, por eso hice el esfuerzo de conseguir una para ti —mencioné, al tomar el colgante entre mis manos para colocársela.

—Aunque las dos tengamos el mismo collar, me encanta como se ve en ti —me dio un corto beso.

Durante el tiempo que estuvimos en la playa, Jane me confeso porque le disgustaba tanto el acoso escolar que estaba sufriendo la pequeña y no era para menos, ella le había tocado crecer en un orfanato. Por lo que en su adolescencia, sufrió el mismo maltrato ya que nunca conoció a sus padres.

Cuando se nos hizo la hora de regresar, Jane quiso conducir y en el camino, compramos el helado que le había prometido a la pequeña, el almuerzo y maíz para hacer cotufas. Esa tarde, nos pasaríamos viendo películas sin parar.

 


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