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Fecha: 16-Abr-19 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduras

La habitación de los secretos III.

porecharelrato
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Tiempo estimado de lectura: [ 90 min. ]
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A Carlos le siguen ocurriendo cosas con nuevas maduras, de las que va aprendiendo para su máster de sexo. Es necesario leer los dos capítulos anteriores para entender la trama. Gracias por vuestros amables comentarios. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Estimados lectores es casi imprescindible leer los dos relatos anteriores para entender la trama (https://www.todorelatos.com/relato/147625/ y https://www.todorelatos.com/relato/148420/). Animaros que son divertidos y muy morbosos.

-              ¿Te lo has pasado bien follándote al Parpajo? –Le pregunté a Clara cuando nos incorporamos a la carretera-.

-              El tío tiene un pollón de cuidado, pero lo maneja sólo regular. ¿Y tú que tal con Ana?

-              Es una mujer muy contundente y que está muy buena, lo que pasa es que la maternidad y el pollón de Gervasio le tienen el chocho como un calcetín demasiado usado.

-              No seas machista.

-              No lo soy, es la verdad. ¿No tiene toda esa familia una relación un poco escabrosa?

-              Es posible, son todos tremendamente calientes.

-              Ah, ¿pero hay alguien de tu entorno que no sea tremendamente caliente?

-              ¡Cállate ya, que tu bien que te aprovechas!

-              Clara, ya no sé si me aprovecho yo o se aprovechan de mí.

-              Déjalo en empate.

Después de un rato le pregunté a Clara.

-              Por curiosidad, ¿qué ha pasado para que Mercedes y tu madre llegaran a un acuerdo tan rápido?

-              Mercedes que es la persona más caliente que he conocido en mi vida, y sé de lo que hablo, estaba enfadada con mi madre por haber cortado hace años las fiestas como la de hoy en el cortijo. Ha bastado que las retomara para que las cosas volvieran a su cauce.

Seguimos el camino de vuelta callados, ambos estábamos preocupados por lo que pudiera haber hecho Virtudes. Clara aparcó el coche en el garaje de la casa, entramos por la puerta que lo unía con la zona de servicio. La imagen era desoladora. Toda la zona de servicio estaba manga por hombro. Virtudes había hecho un registro a fondo sin preocuparse de ocultarlo.

-              ¡Esta tía se ha vuelto loca! –Dijo Clara cuando vio como estaba la casa-.

-              Clara a mí me parece que va ser mejor dejar que Virtudes vea los papeles, si no esto va a ir a peor y, en definitiva, ya sabemos que no son tan importantes ni tan comprometedores.

-              No lo sé, pero me da por culo la actitud que tiene.

-              Tiene que haber hablado con su padre y le habrá dicho que los robó de mi cuarto y los dejó en la despensa.

En ese momento oímos ruidos en la planta de arriba, debía estar en el estudio. Subimos, la puerta estaba abierta, entramos y allí estaba Virtudes revolviéndolo todo.

-              Virtudes, ¿se puede saber que haces en mi habitación? –Le pregunté-.

Se asustó al oírme y se dio la vuelta.

-              Buscando lo que me pertenece –me contestó con los ojos inyectados en sangre-.

-              Eso de que te pertenece es muy discutible. –Le contestó Clara-.

Volvimos a escuchar ruidos, esta vez provenían de la zona de dormir. Virtudes no estaba sola. Clara se adelantó a mirar quien era.

-              Lola, ¿pero qué haces tú aquí? –Escuché preguntar a Clara-.

-              He vuelto, mi hija me ha contado lo que estaba pasando y he decidido ayudarla. –Contestó la tal Lola-.

O sea, que la tal Lola era la madre del siglo que había abandonado a Virtudes de niña y ahora había vuelto para ayudarla a hurgar en lo que no era suyo. Lola, que debía rondar los cincuenta, era una mujer guapa, todavía más que Virtudes, más o menos un metro sesenta de altura, rubia teñida, vestida con una falda ceñida todavía más corta que la que utilizaba su hija, lo que permitía admirar unas bonitas piernas, una cintura marcada y un culo muy bien puesto y una camisa descotada, que mostraba un canalillo más que sugerente. Sin duda era una mujer atractiva, pero sobre todo desprendía mucho morbo. En conjunto su vestimenta y su aspecto eran como si tuviera la misma edad de su hija,  debía tener un complejo de campanilla de mucho cuidado.

-              Señora, está usted registrando mi habitación. Le pido que lo deje y que salga. –Le espeté-.

-              No me llames señora, que me hace mayor, mi nombre es Lola y no voy a salir de aquí hasta que no aparezca lo que busca mi hija.

-              Lola, ¿tú sabes exactamente lo que está buscando Virtudes? –Le preguntó Clara-.

-              Me ha dicho que unos papeles de su padre.

-              ¿Pero sabes de qué van los papeles? –Le repreguntó-.

-              Eso no me lo ha dicho.

-              Pues van de las tonterías y de los folleteos de tu ex marido y de mi padre. ¿Crees que eso tiene mucho interés?

Lola miró a Virtudes antes de contestar y esta se adelantó a su madre preguntando:

-              ¿Tú los has visto?

-              No –contestó Clara mintiendo-.

-              Virtudes, si son las historias de folleteo de tu padre, estamos buscando una tarjeta de visita escita por una cara. –Dijo Lola con mucha sorna-.

-              No te creas mamá, papá se volvió un follador empedernido cuando nos dejaste.

Lola alzó las cejas en señal de extrañeza por lo que había dicho su hija.

-              ¿Cuál me has dicho que era tu nombre? –Me preguntó Lola-.

-              No se lo he dicho, pero me llamo Carlos.

-              Bueno Carlos, según dice mi hija eres tú el que tiene los documentos esos.

-              Su hija dice muchas cosas y no todas son ciertas. Y ahora, por favor, salgan las dos de mi habitación. –Le contesté-.

Lola comenzó a andar hacia la puerta seguida por su hija, que me miró con cara de desprecio y de decirme que las cosas no iban a quedar así.

-              ¡Joder Clara, que pesadilla con los documentos! –Exclamé cuando ellas salieron de la habitación, empezando a ordenar el caos que habían dejado atrás-.

-              ¿Qué te ha parecido Lola? –Me preguntó Clara-.

-              No tengo un criterio. Es una mujer guapa y muy atractiva para su edad, pero no tengo ni idea de cómo será, salvo que no está dispuesta a asumir sus años.

-              Ten cuidado con ella, tiene más peligro que un cable tumbado.

Ya había anochecido. Clara se despidió y yo me quedé ordenando el estudio. Cuando terminé miré el móvil, tenía tres whatsapps y una llamada perdida de Antonia. Desde que nos conocimos casualmente y pasamos una noche juntos, habíamos procurado no perder el contacto entre nosotros. Leí los mensajes:

“Carlos estoy en Sevilla. Te he llamado por teléfono pero no me ha sido posible contactar contigo. Llámame cuando puedas o mándame un mensaje”

“Hola de nuevo perdido. Llámame, por si pudiéramos vernos”

“Hola, hola, te acuerdas de mí”

El último mensaje era de unos minutos antes. La llamé por teléfono.

-              ¡Hombre, el niño perdido y hallado en el templo! –Me dijo al contestar-.

-              Perdona, pero no he visto tus mensajes hasta ahora. ¿Cómo estás guapa?

-              Muy bien. He venido a pasar esta noche a Sevilla con unas amigas. ¿Crees que podríamos vernos?

-              Claro, ¿te apetece que cenemos?

-              Vale, luego seguiré con mis amigas o no, depende del plan que me ofrezcas.

Nos despedimos tras quedar para cenar en media hora en un sitio que pudiera permitirme. Antonia me seguía gustando mucho y me acordaba muchas veces de ella, pese a que no nos habíamos visto una sola vez. Antes de salir, volví a esconder los documentos, no quería que estuvieran por en medio a la vista de cualquiera que fuese a fisgar.

A la hora fijada, tras ducharme y vestirme para la ocasión, la estaba esperando en el restaurante. Llegó veinte minutos más tarde y como la recordaba, guapísima. Nos besamos en las mejillas. Sólo su olor ya me puso cachondo perdido. Llevaba un traje de chaqueta rojo, medias negras y zapatos de tacón alto también negros.

-              Qué alegría verte y que guapa estás. –Le dije cuando nos sentamos-.

-              Lo mismo te digo –me contestó-.

-              ¿Cómo es que estás por Sevilla?

-              Un grupo de amigos decidimos darnos una vuelta por la capital y me acordé de ti y de tu manguera.

-              No empieces, que luego tengo que ir a secarme los bajos.

-              ¿Cómo andas de novias? –Me preguntó-.

-              Novias no, gracias.

-              Bueno, de líos.

-              Mejor ni te cuento. Si fuera chino tendría que decir que este es el año de la polla. ¿Y tú de novios?

-              Ya sabes que yo no quiero novio, soy demasiado apasionada para ser de un solo hombre o de una sola mujer. Perdona que sea curiosa, pero, ¿te han dado más clases en el máster de sexo qué me contaste?

-              Unas pocas, parece que ahora soy el capricho de algunas maduras.

-              ¡Qué suerte! A mí me gustan también los maduros, como tú.

-              ¿Cómo es eso que has dicho antes de que eras demasiado apasionada?

-              Fácil, yo necesito tener al menos un orgasmo al día. Si es con otros mejor, pero si no, pues conmigo misma.

La conversación con Antonia me estaba poniendo como una moto, al parecer Antonia venía con toda la artillería montada.

-              ¿Y has tenido ya el de hoy? –Le pregunté con mucha coña-.

-              Todavía no, esperaba que tú me lo pudieras solucionar. ¿Y tú, te has aliviado ya hoy?

-              Sí, hoy he tenido un día agotador.

-              Cuéntame, me gustan los relatos eróticos.

-              ¿Qué pasa que hoy tienes ganas de guasa?

-              Tengo más ganas de otra cosa, pero así me entretengo mientras cenamos. Anda, no seas aburrido.

-              Hoy sin comerlo ni beberlo he estado en una orgía.

-              ¿Y te ha gustado?

-              Pues sí. La mayoría de las asistentes eran mujeres maduras con muchas ganas de juerga. ¿Crees que te apetecería participar en una orgía?

-              ¿De dónde sacas que no he participado ya en alguna?

Miré a Antonia fijamente, no sabía si se estaba quedando conmigo o si era verdad que a sus diecinueve o veinte añitos ya había tenido esas experiencias.

-              Antonia, eres una caja de sorpresas.

-              Yo no te dicho ni que sí ni que no, sólo te he dicho que no des por sentadas cosas sobre mí.

-              Tienes razón. Oye me estás poniendo muy caliente y voy a tener que ir a secarme los bajos.

-              Eso te pasa por no ser precavido, yo me he puesto un salva slip y tengo que ir a cambiármelo. –Dijo levantándose de la mesa, cogiendo el bolso para ir al servicio-.

Me encantaba lo desinhibida y lo borde que era Antonia. Desde luego no era una chica que se cortara con facilidad. Volvió del servicio y se sentó soltándose un par de botones de la chaqueta. Llevaba una blusa negra muy ajustada y transparente, que permitía ver la silueta de sus tetas, casi hasta sus areolas. Mi calentura iba en aumento y mi polla empezó a empalmarse. Debió notar que miraba su blusa porque me dijo:

-              ¿Te gusta el bodi que me he comprado para esta ocasión? Es entero transparente, más bonito.

-              Eres mala conmigo, ¿no te doy penita?

-              Pues no, ninguna. ¿Qué les haces a las maduras para encapricharlas?

-              Les limpio sus cositas con la lengua, las dejo comer barras de caramelo y huevos de pascua y las ayudo con su tracto intestinal.

-              ¡Qué buen samaritano! –Dijo Antonia riéndose de la burrada-.

-              Si tú quieres luego te puedo hacer una demostración del tratamiento.

-              No parece un mal plan.

-              ¿Y tú qué haces para ayudar a los maduros?

-              Los dejo beber jugos, les dejo tomar fresitas con nata montada y les toco la zambomba. Algunas veces, cuando estoy traviesa cojo sus barras de caramelo y me las como.

No había manera de poder con Antonia. Mi calentura ya era preocupante. Aproveché que no había camareros a la vista y con las manos en los bolsillos para ocultar mi erección fui al servicio para secarme el nabo y tratar de que se me bajase.

-              ¿Nos vamos? –Me preguntó Antonia cuando volví del servicio-.

-              Por mí sí. ¿Quieres una copa?

-              Mejor la tomamos en casa.

Pagamos y salimos. Al cruzar la puerta empezamos a besarnos y a modernos los labios con auténtica saña.

-              ¿Dónde vamos? –Le pregunté-.

-              Vamos a casa de mi amiga, habrá salido de copas con el resto.

Comenzamos a andar. Primero despacio y luego cada vez más rápido casi hasta correr. Teníamos que descargar el calentón que teníamos. Cuando llegamos al piso donde se quedaba Antonia, casi no nos dio tiempo a cerrar la puerta para volver a besarnos, quise echarle mano a sus tetas, pero ella me paró.

-              Estate quieto, no me he comprado el bodi para nada. Ve a la cocina a por unas copas, mientras yo voy al dormitorio.

Hice lo que me pidió y después de revolver la cocina encontré los vasos, el hielo y una botella de whisky. Cuando iba hacia el dormitorio en el que había entrado Antonia, me pareció oír que alguien roncaba en otro dormitorio, la amiga de Antonia debía haber vuelto pronto. Cuando cerré la puerta creí que había entrado en otra dimensión de la sexualidad. Antonia se había quitado la chaqueta y la falda, estaba de espaldas a mí sólo con el bodi transparente, las medias y los zapatos de tacón. El bodi iba muy alto a la cadera, con lo que su culo quedaba a la vista culo realzado por los zapatos de tacón. Decir que estaba atractiva o incluso preciosa era quedarse muy corto. La transparencia del bodi permitía ver completa su imponente espalda.

-              ¡Joder Antonia, cada vez que te veo estás más buena!

-              Gracias –me dijo dándose la vuelta-.

Sus preciosas tetas luchaban contra la presión que les ejercía el bodi, sus pezones erectos y duros como piedras, parecían querer rasgarlo. Bajé la mirada, había desaparecido el triangulo de pelo que recordaba en su pubis y ahora parecía una muñeca.

-              ¿Qué te has hecho en tu chochito precioso?

-              Me he puesto más fresquita, ¿no te gusta?

-              Me encanta.

-              Recuerdas que el otro día te dije que nos conocíamos poco para el sexo oral, pues creo que hoy ya nos conocemos bastante. –Dijo a la misma vez que se soltaba los gafetes de la entrepierna del bodi, dejando su precioso chocho al aire-.

-              Sí, creo que tienes razón –le contesté dejando los vasos en un mueble y poniéndome de rodillas frente a ella, con la cara pegada a su coño-.

Primero deleité su aroma, lo que produjo que mi erección aumentara todavía más, si es que era posible, luego le fui dando bocaditos en su monte de Venus hasta llegar a su clítoris, que lo tenía fuera y brillante. Ella cogió mi cabeza y la apretó contra su chocho.

-              Cómetelo, estoy tan caliente que necesito correrme antes de que sigamos, recuerda que hoy todavía no he tenido mi primer orgasmo.

-              Eso tiene arreglo –le dije poniendo mis manos en su culo, apretándolo contra mí-.

-              ¿Me vas a hacer lo que les haces a tus maduras?

-              No, te voy a hacer mucho más.

Retiré las manos de su culo para abrirme los pantalones y liberar mi polla que babeaba como pocas veces.

-              ¡Sigue Carlos, sigue, que me voy a correr en tu boca!

Seguí lamiendo su chocho y su clítoris, hasta que ella gritó y noté como sus jugos me inundaban la boca. Tuvo que tumbarse en la cama cuando sus piernas perdieron la capacidad de mantenerla de pie. Yo terminé de quitarme los pantalones y los boxes y luego me acosté sobre ella.

-              Carlos, me pones muy caliente.

-              Me gusta oír que te pongo así de caliente, pero eso no es nada para como me pones tú a mí.

-              Tendré que hacer algo para remediarlo –me dijo besándome en la boca y metiéndome la lengua hasta la campanilla-.

Me incorporé y me puse de rodillas con ella entre mis piernas. Sin dejar de mirar sus preciosas tetas me quité la camisa, quedándome desnudo.

-              ¿Tardas mucho en volver a correrte? –Le pregunté-.

-              No, tardo muy poco, sobre todo si tengo una polla como esta a mi alcance. –Contestó cogiéndome el nabo-. Túmbate que voy a ver cómo están tus líquidos.

Me tumbé boca arriba en la cama, ella se incorporó se puso de rodillas entre mis piernas y se metió mi polla en la boca, apretándome los huevos con las manos. Me incorporé para ver cómo me comía la polla.

-              Antonia, eres preciosa y me vuelves loco.

Ella no contestó y siguió a lo suyo.

-              Quítate el bodi, quiero verte desnuda.

-              Ni lo sueñes con el dinero que me ha costado.

Se incorporó y cogiéndome la polla con la mano empezó a pasársela por su chocho haciéndose una paja.

-              ¿No quieres metértela?

-              No, soy más clitoriana que vaginal. ¿Quieres que la meta?

-              Quiero que hagas lo que más te apetezca.

Ella continuó con su paja y yo empecé a notar que me iba a correr.

-              Antonia, estoy a punto de correrme –le dije-.

-              Y yo también, dame un minuto.

Tuve que cerrar los ojos para dejar de verla y poder aguantar el minuto que me pedía. Ella comenzó a gemir con fuerza. Abrí los ojos, tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.

-              Carlos me corro, córrete cuando quieras.

Me corrí lanzando chorros que le llegaron a todas partes del bodi, iba a tener que lavarlo a fondo. Al poco me levanté a por las copas y volví a tumbarme junto a ella.

-              He pasado una noche estupenda, creo que podría pasar muchas junto a ti. –Le dije mirándola a los ojos-.

-              No te pongas romántico, que no te pega –me contestó besándome-. Yo también he disfrutado mucho.

Apagamos la luz y nos dormimos.

Me desperté al notar que me zarandeaban. Abrí los ojos, era una mujer como de cuarenta años en bata.

-              ¿Y Antonia? -Pregunté-.

-              Ha tenido que marcharse porque perdía el tren.

-              Perdona, ¿pero tú quien eres?

-              Matilde, pero todos me llaman Mati.

Debía ser la amiga de Antonia, la dueña del piso.

-              Levántate que voy a hacer el desayuno.

-              Vale.

Le dije esperando que se marchara para poder levantarme, ya que estaba desnudo y medio empalmado. Pero ella no hizo el más mínimo gesto de salir del dormitorio.

-              Venga levántate –insistió Mati-.

-              Es que estoy desnudo y no nos conocemos de nada.

-              Y eso que más da, no seas perezoso que se va a enfriar el café.

-              Bueno, por lo menos pásame los boxes.

-              Los he lavado y están secándose. Estaban acartonados por la bragueta.

¡Pero qué libertades se tomaba conmigo esta mujer a la que no conocía de nada! Comprendí que no me quedaba más remedio que levantarme desnudo. Me estaba meando lo más grande, así que me levanté y le dije:

-              Perdona Mati, pero tengo que ir al servicio.

-              Claro, sin problema.

Me dirigí al baño y ella me siguió. Cuando entré fui a cerrar la puerta, pero ella me lo impidió y se coló también en el baño.

-              ¿Qué quieres? –Le pregunté poniéndome frente al inodoro, levantando el asiento-.

-              Quiero que no te mees fuera y me pongas el baño perdido.

La cosa estaba empezando a molestarme.

-              Si vas a mear de pie, deja que yo dirija el chorro, si no siéntate a mear.

Miré a aquella mujer, no sabía si estaba loca o qué coño le pasaba. No quería discutir, ni que ella me cogiera el nabo para mear, así que volví a bajar el asiento y me senté a mear cuando ella saliera, pero por lo visto eso no entraba en sus planes.

-              ¿Te importa dejarme solo? –Le dije-.

-              Venga mea y déjate de pamplinas.

Por un momento pensé que estaba soñando, que aquella situación no era real. No soy especialmente pudoroso, pero aquello ya me estaba empezando a molestar. Las ganas de mear pudieron más que la vergüenza y comencé a orinar. Miré a Mati, tendría sobre cuarenta y cinco años, morena y guapetona. Sin embargo, se notaba que estaba recién levantada, despeinada y sin maquillar. La bata se parecía a las que usaba mi madre para andar por casa antes de asearse. Por fin terminé a mear, ella no notó y me dijo:

-              Límpiate la gotita con un papel.

La miré con cara de enfado, pero preferí no decirle nada, lo mejor era salir de allí cuanto antes. No esperó a que me diera tiempo y ella pulsó la cisterna.

-              Ya iba a darle yo.

-              Eso decís todos los hombres, pero luego se os olvida. Vamos que tienes que desayunar.

-              Perdona Mati, pero si me devuelves mis calzoncillos me voy, creo que es lo mejor.

-              No están secos todavía y no puedes salir a la calle sin comer algo.

Salió del baño detrás de mí y se dirigió a la cocina. Yo seguía desnudo. La situación era la clásica pesadilla en que estás desnudo sin saber porqué, mientras que todo el mundo va vestido.

-              Siéntate, ¿cómo quieres el café?

-              Si no te importa voy a ponerme algo encima.

-              No que se enfrían el café y las tostadas.

-              ¿Tú crees que esto es normal?

-              Eres bastante pejiguera –me contestó-. No me has dicho cómo quieres el café.

-              Con leche y azúcar –le dije dándome por vencido-.

Estaba convencido de que aquella mujer no quería nada conmigo, lo que todavía hacía más extraña la situación. Puso el café y unas tostadas sobre la mesa.

-              ¿Hace mucho tiempo que conoces a Antonia? –Me preguntó mientras desayunábamos-.

-              No, hará poco más de un mes.

-              Es una chica estupenda y muy guapa.

-              Eso me parece a mí, pero la conozco poco.

-              Pues deberías conocerla más.

Terminamos de desayunar y volví a pedirle los calzoncillos para vestirme y salir pitando.

-              Ya deben estar secos, pero antes de vestirte tendrás que ducharte.

-              Mati ya me ducharé en mi casa. No quiero molestar más.

Probé a cambiar de estrategia para poder salir de aquella pesadilla. Pero ella no estaba dispuesta a dejarme en paz.

-              De eso nada. ¿Has visto los pelos y la cara tienes?

-              De acuerdo, iré a ducharme. –Le contesté, ya entregado, levantándome y yendo hacia el baño-.

Para mi incredulidad, ella se vino detrás de mí y se metió también en el baño.

-              Mati, yo creo que como broma ya vale –le dije en tono bastante serio-

-              No, no vale y no es ninguna broma. Los jóvenes de hoy en día no sabéis ducharos, os creéis que con mojaros ya vale y no es así, hay que enjabonarse y lavarse bien todo el cuerpo. Venga, no me retrases más, que tengo cosas que hacer.

Yo lo único que estaba deseando era salir de allí. Pensé, que con la buena noche que había pasado con Antonia, el despertar no podía ser peor. Me metí en la ducha y abrí el agua, mientras ella seguía mirándome. Empecé a ducharme como lo hacía siempre y a la mitad de la ducha, Mati me dijo:

-              Ves lo que te decía. ¿Tú crees que lo que estás haciendo es darte una ducha?

Tenía los ojos cerrados para que no me entrase jabón. De pronto noté como unas manos que no eran las mías empezaban a frotarme con fuerza, especialmente en la polla y en el agujero del culo. Abrí los ojos con estupor y allí estaba ella desnuda dentro del plato de ducha sobándome a base de bien.

-              No te confundas que no quiero nada contigo, pero alguien tiene que enseñarte a darte una ducha a fondo. –Me dijo sin parar de sobarme-

-              Mati, tengo veinticuatro años y desde los cinco me ducho solo, me habré duchado miles de veces.

-              Pues tendría que hablar con tu madre, porque no te ha enseñado como es debido.

La verdad es que desnuda estaba bastante buena, tetas grandes algo caídas, un culo muy apretado y una buena mata de pelo en el chocho, pero estaba absolutamente convencido de que hablaba en serio, no quería nada conmigo por mucho que no parara de sobarme el nabo y los huevos y que me estuviera metiendo un dedo en el culo.

-              ¡Mati, por Dios, déjalo ya!

-              No hasta que no estés bien limpio.

Pensé si metiéndole mano saldría corriendo, pero no me atreví a hacerlo. Por el contrario, bajé los brazos y deje que terminara. Lo malo fue que con el meneo que me estaba dando empecé a empalmarme, pero a ella le dio igual y hasta que no creyó que estaba lo bastante limpio no paró. Por fin cortó el agua y entonces cogió una toalla y empezó a secarme.

-              ¿Crees que tampoco sé secarme? –Le dije-.

-              Eres tú un poquito raro, parece que todo te molesta.

¡Joder lo que faltaba, al final era yo el raro! Terminó de secarme y luego se secó ella, se volvió a poner la bata como si no hubiera pasado nada y fue al lavadero a por mis boxes. Cuando logré recuperarlos, me vestí a toda prisa y salí del piso como alma que lleva el diablo. Cuando cerré la puerta, me dejé caer de espaldas en ella no dando crédito a lo que había pasado. En mi vida me había sentido más sobrepasado por una situación.

Era ya la una de la tarde y no tenía ganas de nada. Compré una pizza por el camino y volví para el estudio. Pensé que estaba tirando el año por alto, como diría mi padre, el máster lo llevaba francamente mal y como no me hiciera del Partido Popular no lo iba a aprobar ni de coña. El sonido del móvil me sacó de mis pensamientos. Era Antonia.

-              Buenas tardes dormilón.

-              Buenas tardes. ¿Siempre tienes tanta prisa por las mañanas?

-              Tenía que estar en Granada para comer. ¿Te has levantado muy tarde?

-              Me ha despertado tu amiga, que por cierto, vaya tía más rara.

-              ¿Por qué lo dices?

-              Me ha tratado como si tuviera cinco años. Cuando nos volvamos a ver te lo cuento más detenidamente, porque no tiene desperdicio.

Antonia se rió con ganas.

-              No creo que fuera mi amiga, ella iba a pasar el fin de semana con su novio.

-              No lo sé, lo que sí sé es que se llamaba Mati.

-              Esa es una tía de mi amiga, que en efecto es bastante rara. Está obsesionada con haber tenido un hijo varón. Estoy deseando que volvamos a vernos para que me lo cuentes con detalles.

-              Por favor Antonia, si alguna vez volvemos a ese piso no me dejes a solas con ella.

-              No seas exagerado. Te dejo que tengo que salir.

Cuando llegué a la casa Caty estaba ordenando la despensa.

-              Hola Caty, buenas tardes.

-              Hola señor Carlos, ¿cómo está?

-              Cansado. ¿Ha vuelto también Lucía?

-              Sí, la señora Lucía quería verle.

-              Cuando puedas le dices que ya he llegado.

-              Me ha dicho que vaya usted al jardín si llegaba antes de comer.

Dejé la pizza en la cocina y salí al jardín. Lucía y Clara tomaban el sol desnudas junto a la piscina. Semanas antes me habría puesto cachondo perdido al ver a dos mujeres tan bellas desnudas, pero ahora empezaba a tomarlo como lo más normal del mundo.

-              Buenas tardes. Lucía, me ha dicho Caty que querías verme.

-              Sí, quería agradecerte que me ayudaras con lo de la asociación y pedirte que seas discreto con lo de la fiesta de ayer.

-              No hay de qué y no te preocupes por la discreción.

-              ¿Quieres comer con nosotras? Estarán Lola y Virtudes también. –Me preguntó Clara-.

-              Te lo agradezco, pero ya sabes que no soy santo de la devoción de Virtudes, ni ella de la mía.

-              De acuerdo, si quieres baja a media tarde a tomar una copa. –Dijo Lucía-.

Volví a la cocina, cogí mi pizza y subí al estudio, me apetecía descansar y vaguear el resto de la tarde. Antonia no se me iba de la cabeza, había pasado una noche fantástica con ella. Me gustaba como era, pensé que podría pasar el resto de mi vida con ella. Se me encendieron todas las alarmas, ¡estaba empezando a enamorarme, si no lo había hecho ya! Lo malo era que ella no quería novio ni cosa parecida y vivía en otra ciudad a doscientos cincuenta kilómetros. Decidí ir a verla a Granada, pero dejaría pasar quince días para no agobiarla. Cuando estaba ya adormilado en el sofá llamaron a la puerta. Era Lola.

-              Hola Carlos, ¿puedo pasar?

-              Si vienes por los documentos pierdes el tiempo.

-              No, quiero saber porque Virtudes y tú tenéis tantos problemas entre vosotros.

No es que me apeteciera mucho tener una conversación sobre el tema, pero la dejé entrar.

-              Pasa, ya conoces la habitación.

-              Gracias y no te tomes a mal que ayudara a mi hija.

-              No me tomo a mal que ayudes a tu hija, me tomo a mal que registrarais mi habitación sin mi permiso. –Le dije sentándome en el sofá e invitándola a hacerlo ella también-. Yo no quiero hablar mal de tu hija y menos contigo, pero ella se ha portado de una manera muy borde conmigo desde que llegué a esta casa.

-              ¿Qué es lo que pasó?

-              ¿Por qué no se lo preguntas a ella?

-              Ya sé lo he preguntado y me ha dado evasivas.

-              Lola, no creo que sea tan importante que Virtudes y yo no nos llevemos bien, ocurre muy a menudo y en todos los ámbitos de la vida.

-              ¿Y conmigo, también te llevas mal?

-              No tengo motivos y creo que lo mismo que los pecados de los padres no los heredan los hijos, pues al revés igual.

-              ¿Te has follado a Virtudes?

-              ¿Y eso qué tiene que ver?

-              Es por tener todos los datos.

-              No creo que sea necesario.

-              Mira, conozco bien esta casa y sé que te habrán follado a todas, incluyendo a Caty.

-              Pensar es libre y yo no te voy a coartar.

Se produjo un silencio un poco tenso. Observé mejor a Lola. Seguía vistiéndose y peinándose como si tuviera veinte años. Empecé a olerme por lo que venía, quería su parte del pastel.

-              ¿Tienes algo de beber?

-              Puede que haya algo de ginebra y algunas tónicas. ¿Te apetece?

-              Si claro. Perdona, ¿puedo usar el baño?

-              Como no.

Se levantó y fue hacia el baño. La miré, por detrás parecía que tuviera veinte años menos. Serví las bebidas.

-              Carlos, ¿puedes venir? –Me preguntó desde dentro-.

Ya vamos a tener lío, pensé, y no tenía nada claro que me apeteciera.

-              Dime, ¿qué quieres? –Le contesté desde el salón-.

-              ¿Tienes más papel higiénico?

-              Vaya lo siento, creo que sí.

Busqué en el armario y encontré un rollo.

-              Te lo dejo en la puerta.

-              No, pasa y límpiame tú.

Me quedé un tanto paralizado. Ahora me había convertido en un limpia chochos.

-              ¿No puedes hacerlo tú sola?

-              Sí, pero me gusta más que me lo hagan.

-              Y a mí me gustaría ser rico, pero no lo soy.

-              No seas soso. ¿No te gustaría jugar un rato con una mujer madura?

-              Lola no termino de pillar de qué vas.

-              Me apetece follar y me gustan jovencitos, como tú.

-              Debo estar en la edad tonta, ayer una chica me dijo que le gustaban maduritos, como yo.

-              ¿Eres pederasta para que te dijera eso?

-              No soy pederasta, era mayor de edad.

La conversación tenía algo de delirante con ella en el baño y yo al otro lado de la puerta.

-              Te decides o me vas a tener aquí sentada toda la tarde.

-              ¿Por qué crees que me apetece acostarme contigo?

-              No es necesario hacerlo en la cama, podemos hacerlo en otro sitio. –Qué ocurrente, pensé-. Y sé que te apetece porque estoy muy buena y follo de maravilla.

Finalmente abrí la puerta con el rollo de papel en la mano. Estaba sentada en el inodoro con las bragas y los pantis en los pies y la falda remangada en la barriga. Si quería jugar, íbamos a jugar a mi manera. Me abrí la bragueta y me saqué la polla, que estaba ya morcillona, y se la acerqué a la boca.

-              Me gusta tu idea –me dijo abriendo la boca y tragándosela entera-.

Después de un rato de comérmela con enorme habilidad, le dije:

-              El papel es poco higiénico, desnúdate y métete en la ducha, para que lo lave a fondo. –Le dije-.

Ella, mirándome a los ojos se quitó las bragas y los pantis, luego se levantó y siguió desnudándose sin dejar de mirarme. Estaba buena la jodía, tenía mucho más morbo que su hija. Debía tener operadas las tetas, no podía ser que una mujer con esa edad, y habiendo sido madre, las tuviera tan altas y aparentemente tan duras. Al quitarse la falda se dio la vuelta para que pudiera admirar su culo, debía matarse en el gimnasio para tenerlo así de respingón y sin una gota de celulitis. Completamente desnuda se volvió de nuevo hacia mí. Llevaba el chocho depilado, pero no el monte de Venus en el que lucía un triángulo de vello corto. La dejé de pié mientras yo me desnudaba frente a ella sin decir palabra. Una vez desnudo la cogí de la mano y entramos en la ducha.

-              Túmbate que  tengo ganas de mear –le dije-.

-              Me gusta que seas tan cerdo –dijo y se tumbó en el plato de ducha esperando que me meara sobre ella-.

Sin embargo, yo tenía dos problemas: estaba empalmado, con lo que de mear, nada de nada; y el más grave, no entendía porque me comportaba así con Lola, cuando a mí lo que me gusta es adorar a las mujeres y no mearme encima de ellas. Ella debió notar mis dudas porque me dijo:

-              ¿Qué pasa, no puedes o crees que no es lo correcto?

-              Ambas cosas.

-              ¿Por qué crees que no es lo correcto, si a mí me gusta?

-              A ti podrá gustarte, pero a mí me gusta tratar a las mujeres de otra manera.

-              Tienes mucho que aprender, habrás follado con las guarras de esta casa y seguramente con otras guarras, pero todavía no has follado con alguien lo bastante guarra, como yo.

-              No he follado con ninguna guarra hasta ahora. He tenido la suerte de follar con espléndidas mujeres calientes, pero no con guarras.

-              Vaya, eres más romántico de lo que creía. Eso me gusta.

-              No se trata de romanticismo, sino de adoración a las mujeres. Me gustáis demasiado como para denigraros pensando que la que folla y disfruta haciéndolo es una guarra.

-              ¿Me vas a mear o vamos a seguir debatiendo?

-              Vamos a seguir debatiendo –le dije dándole la mano para que se levantara, pero ella sólo se incorporó y volvió a meterse mi polla en la boca, sin embargo yo me eché hacia atrás sacándosela de la boca-. Para Lola, déjalo ya. Creo que hemos empezado con mal pié.

Ella terminó de levantarse y me dio un suave beso en los labios.

-              ¿Serviste las bebidas? –Me preguntó saliendo del baño-.

-              Si, están en la mesa del sofá.

Nos sentamos los dos desnudos en el sofá y cogimos nuestras copas.

-              ¿Te han hablado mal de mí? –Preguntó-.

-              No, sólo me han contado que dejaste a tu marido y a tu hija arruinados y me han advertido que tienes mucho peligro.

-              Bueno, las cosas normalmente no son tan sencillas. ¿Quieres saber la verdad?

-              Si es una historia interesante, ¿por qué no?

-              Mi ex marido me fue llevando por un camino oscuro, que no terminó bien.

-              Si no eres un poco menos parca, no creo que pueda entender lo que te pasó.

-              Me casé joven con Antonio después de un corto noviazgo. Su familia y la mía tenían demasiado interés en que nos casáramos pronto,  fui tonta y les hice caso. Yo era una joven fogosa pero con muy poca experiencia con los hombres. Nuestra vida sexual fue bastante normal al principio, pero después de tener a Virtudes, Antonio empezó a cambiar y a hacerme cambiar a mí. Me proponía con insistencia en que hiciéramos tríos o intercambios con otras parejas, decía que le gustaba ver cómo me follaban otros hombres.

-              ¿Lo hiciste?

-              Pues sí y muchas veces, sobre todo tríos con otros hombres. Él los invitaba a casa a cenar, luego el invitado me follaba mientras él se limitaba a mirar y a pajearse. Al cabo de un tiempo las cosas fueron cambiando y él interactuaba cada vez más con los hombres que invitaba.

-              ¿Qué quieres decir con interactuar?

-              Bueno que las relaciones eran cada vez más homosexuales. El les comía la polla y después les pedía que le dieran por el culo. Llegué a la conclusión de que sólo me utilizaba para atraer hombres que, a cambio de dejarles follarme, debían mantener con él relaciones homosexuales. A mí no me importaba que Antonio fuera bisexual, lo que me molestaba era que me utilizara a mí. Las relaciones sexuales entre nosotros pasaron a ser inexistentes. Antonio se había transformado en homosexual, cosa que tampoco me hubiera importado si no hubiera sido porque estábamos casados.

Lola contaba su historia con bastante normalidad, un poco como si no fuera con ella. La situación era bastante curiosa, los dos desnudos, bebiéndonos una copa y ella contándome su vida.

-              Un día me planté y le dije que a mí me daba igual que a él le diesen por el culo lo más grande, pero que en adelante dejase de buscar hombres para que me follaran, que ya follaría yo con quien quisiera.

-              Bueno, llegasteis a un acuerdo de libertad sexual dadas las circunstancias.

-              Llámalo así si quieres, pero no es fácil volver a casa y encontrarte a tu marido comiéndosela a un chapero en tu cama. Antonio se gastaba mucho dinero en obtener sexo y empezó a escasear en casa. Yo tuve que buscarme otro trabajo, así que entre los dos trabajos, la casa y cuidar de Virtudes no tenía tiempo para nada, prácticamente se me olvidó follar y me envicié con los juguetes sexuales como única manera de satisfacer mis necesidades.

-              Lo siento.

-              No te preocupes que después me he puesto al día. Una noche Antonio me pidió que lo acompañara a una cena. Yo me imaginé de lo que iba el asunto, aunque le había dicho que no quería participar de sus líos, su insistencia y las ganas de follar que yo tenía hicieron que lo acompañara. ¿Te aburro con mi historia?

-              En absoluto, me parece de interés humano.

-              Me llevó a una casa en las afueras. Cuando llegamos nos recibieron dos negros como dos armarios empotrados. A lo largo de la cena deduje que Antonio les debía dinero y que yo iba ser parte del pago. Me molestó el tema del dinero, pero en absoluto que me fueran a follar aquellos dos tíos. Yo no había follado nunca con negros, pero conocía lo que se decía sobre el tamaño de sus pollas y había visto algunas películas porno con negros. Después de la cena Antonio me pidió que me desnudara para ellos. Lo hice y de la forma más provocativa posible. Los dos negros se habían desnudado y te puedo jurar que no había visto pollas como esas ni en las películas guarras. Antonio estaba de rodillas chupándoselas, yo me puse a su lado y cogí una de ellas, con un gran esfuerzo me la metí en la boca, casi no podía respirar, pero estaba caliente como hacía años que no estaba. Al rato le pedí que me follara. Me puse a cuatro patas sobre el sofá y el negro me la metió hasta el final, crucé a otra dimensión, nunca mejor dicho lo de otra dimensión, estaba en el paraíso.

Con la historia de Lola había vuelto a empalmarme y ella lo notó.

-              Parece que a tu polla le gusta mi historia. Me encanta. Terminaron follándome los dos, primero consecutivamente y al final juntos. No te puedo decir cuántas veces me corrí esa noche, porque perdí la cuenta. Cuando ellos se corrieron, me di cuenta que Antonio se había ido y me había dejado allí sola.

-              ¡Valiente hijo de puta!

-              Que va, gracias a eso cambió mi vida. Los dos negros eran dos hermanos que ejercían de prestamistas en Madrid. Quedaron tan satisfechos de la follada que me propusieron que me fuera con ellos como amante de los dos. Me lo pensé, podía irme con ellos y follar como loca con aquellas dos pollas o volver a casa con los dos trabajos, los juguetes sexuales y a aguantar a Antonio. Al día siguiente me fui con ellos a Madrid, donde he estado los últimos años encantada de la vida follándome a todo negro viviente. Cuando se lo dije a Antonio le pidió ayuda a su amigo Luis y él y Virtudes se vinieron a vivir a esta casa. El contó que yo era una viciosa que me había gastado el dinero que tenía y el que no tenía y que me había fugado de casa, dejándolos abandonados.

-              ¿Y ahora qué haces aquí?

-              Mis negritos han vuelto una temporada a su país y he aprovechado para venir a ver a mi hija. Comprenderás que después de follar todos los días dos veces con mis chicos y sus amigos, con su marcha esté muy caliente.

-              Lo comprendo, imagino que esas cosas se echan de menos enseguida. Lo que no comprendo es que si Antonio se había vuelto homosexual, ¿cómo es que después se dedicó a follarse al lucero del alba?

-              ¿Por qué lo dices?

-              Por los documentos que busca tu hija. Se trata de un cuaderno con anotaciones y fotos de más de cien mujeres desnudas, además de un conjuro con el que parece que puede subyugar a cualquier mujer.

-              Esos documentos seguro que no son de Antonio, sino de Luis. ¿Me los puedes enseñar?

Lo dudé un rato, finalmente decidí enseñarle la copia digital. Fui por ella y la puse en el ordenador. Lola se levantó para verlos. Después de la historia que me había contado yo había empezado a ver a Lola con otros ojos. Miró el cuaderno en la pantalla y al cabo del rato dijo:

-              No es la letra de Antonio, salvo la anotación final sobre la muerte de Luis.

Miré la pantalla y, en efecto, la anotación final estaba escrita con otra letra, parecida, pero no la misma. Había estado todo el tiempo pensando que el follador era Antonio y ahora resultaba que me había equivocado. Lola me miró a los ojos y me dijo:

-              “No escondas tus deseos más íntimos, cúmplelos, libera tu mente y rinde culto a tu cuerpo y al mío”.

-              Vamos Lola, ¿te vas a creer que esa patraña hace efecto?

-              Y si cuela y me echas un polvo, pues eso que me llevo.

-              Sabes que me está empezando a apetecer follar contigo.

Me puse detrás de ella que seguía sentada en la silla del ordenador y le sobé las tetas.

-              Creo que sé lo que puede haber pasado –me dijo mientras la sobaba-. Antonio, que es una persona sin carácter, posiblemente imitara a Luis e hiciera también su cuaderno con los tíos con los que follaba.

-              ¿Por qué lo crees?

-              Virtudes no está buscando documentos con mujeres, sino con hombres. Le ha dado por follarse a los mismos que su padre.

-              ¿Le has preguntado a Antonio?

-              No quiero ver a Antonio y además me da igual que haga un álbun con sus amantes o lo que se le ocurra.

-              El problema es que si existe ese documento es una bomba atómica. Sabes lo machista que es esta ciudad y la homofobia que hay, puede liarse parda.

-              Dejemos a Antonio y sus papeles y vamos a lo nuestro, que se nos va a hacer tarde.

Se levantó y se puso frente a mí. Mientras me besaba en la boca me agarró el nabo y los huevos con las manos.

-              Lo siento pero no es el pollón de tus negros.

-              Bueno, también me gustan así, más manejables. Espera que me han entrado otra vez ganas de mear.

-              Méame encima. –Le pedí-.

-              ¿De verdad lo quieres?

-              No me lo han hecho nunca y me apetece probar que se siente.

-              Sólo si después lo haces tú sobre mí.

Me cogió de la mano y se dirigió al baño. Me tumbé en el plato de ducha. Ella se puso en cuclillas a la altura de mis muslos y sin dejar de mirarme a los ojos empezó a mear sobre mis piernas, mi polla y mi barriga. Era una sensación extraña pero muy erótica. De su chocho salía un chorro abundante y caliente.

-              Lola me voy a correr -le dije de lo caliente que me había puesto la meada-.

Cuando dejo de mear me cogió la polla y empezó a hacerme una paja. Me corrí al instante.

-              Ahora ya puedes mearme.

Me levanté y ella se tumbó. Me puse a sus pies y me descapullé la polla. Verla desnuda esperando que la mease me mantenía tan caliente como antes de correrme. Me costó pero al final pude empezar, dirigí el chorro sobre su barriga y sus tetas. Ella gemía con fuerza. Cuando terminé la ayudé a levantarse y abrí el agua de la ducha. Nos enjabonamos mutuamente y volví a empalmarme.

-              Fóllame –me dijo y se puso de espaldas a mí doblándose por la cintura-.

Se la metí de una vez. Bajé una mano hasta su clítoris, mientras le daba azotes en su precioso y duro culo con la otra. Movía el culo en círculos como una batidora.

-              Ahora me voy a correr yo, no pares de follarme hasta que yo te lo diga.

Empezó a gritar y de su coño empezó a salir un espeso chorro de jugos. Me apretaba la polla con los músculos de su chocho al correrse. Noté como se corría varias veces seguidas, hasta que me gritó que se la sacara. Se dio la vuelta y se puso en cuclillas para comerme el nabo.

-              Me voy a correr –le dije dos minutos después-.

Ella, lejos de sacarse mi polla de la boca, se la metió hasta el fondo de la garganta. Me corrí y ella se tragó hasta la última gota. Siguió chupándomela hasta que la levanté.

-              ¡Qué bien sienta una buena follada vespertina! –Dijo tirando de la toalla para secarse-.

-              Desde luego –le contesté-.

Se había hecho de noche. Mientras se vestía le pregunté si le apetecía cenar algo en la calle.

-              Gracias, he quedado con Virtudes para cenar.

Cuando se marchó pensé que era mujer interesante y, desde luego, con una vida bastante azarosa, si me había contado la verdad, claro.

Durante la semana no vi a ninguna de las habitantes de la casa, excepto a Caty que el jueves subió buscando compañía masculina como ella decía. El fin de semana por fin pude trabajar en el máster y tratar de ponerme al día. El domingo llamé a Antonia y le dije que igual iba a Granada el siguiente fin de semana. Me dijo que mejor venía ella otra vez a Sevilla, pues su casa estaba llena con visitas de sus compañeras de piso y que le dejara sitio en mi habitación.

Entresemana hablé con Lucía para pedirle permiso, tal como habíamos quedado cuando fuera a llevar a alguien.

-              ¿De quién se trata?

-              Antonia, una buena amiga. No tenemos sitio en otra parte, por eso te lo pido.

-              ¿Cuándo vendría?

-              El sábado por la mañana y se iría el domingo, no sé si por la mañana o después de comer.

-              De acuerdo, pero quiero conocerla. Os invito a comer el sábado.

No me hacía muy feliz tener que comer el sábado con Lucía y no sabía si con alguien más, pero no me quedaba más remedio por el acuerdo del alquiler que habíamos pactado. Esa noche llamé a Antonia para decírselo.

-              Buenas noches Antonia, soy Carlos.

-              Hola, ¿qué tal estás?

-              Bien gracias. Resuelto lo del sitio para el fin de semana, únicamente que tenemos que comer el sábado con Lucía, mi casera. Cosas de mi acuerdo de alquiler.

-              Si no hay más remedio pues comeremos con ella. Una curiosidad, ¿ella es una de tus maduras?

-              Pues sí.

-              ¡Qué comida tan interesante!

Nos despedimos hasta el sábado por la mañana.

El viernes, cuando volví del máster y del reparto, tenía un sobre con una nota entre la puerta y el marco.

“Hola Carlos, he venido a despedirme de ti pero no te he encontrado. Vuelvo a Madrid con mis muchachos. Ya era hora, no te puedes imaginar las ganas que tengo.

He descubierto que Antonio tiene también unos documentos parecidos a los de Luis con sus conquistas. Ya te dije que no tiene carácter. Ten cuidado, no se te ocurra acercarte a ellos. Le he dicho a Virtudes que se olvide del tema. Por cierto, llévate bien con ella es buena chica aunque ahora un poco perdida.

Besos, Lola”

Me dio cierta pena no haberme podido despedir de ella como se merecía. Pensé que en la vida conoces a personas que te marcan, pero que inmediatamente desaparecen. Lola era una mujer interesante, con una vida complicada, pero que ella había sabido cambiar aprovechando una oportunidad que le había ofrecido el destino.

Dediqué el resto de la tarde y parte de la noche a organizar el estudio para la visita de Antonia. No puedo negar que estaba un poco nervioso, incluso anhelante de volver a verla.

El sábado por la mañana fui a recoger a Antonia al apeadero. El tren llego puntualmente a la una y cuarto. Cuando logré verla en el andén admiré que venía preciosa como siempre. Conociéndola un poco, se había vestido y peinado para la comida. Nos besamos y nos fuimos andando con el trolley para la casa.

-              Cuéntame, ¿cómo es eso de tener que comer con tu casera?

-              Mi acuerdo de alquiler me impide llevar a nadie a mi habitación sin el permiso de la casera. Cuando le pedí permiso para que pudieras quedarte esta noche, impuso como condición que quería conocerte y nos invitó a comer hoy. Ya conocerás a la señora marquesa.

-              ¿Habéis follado?

-              Esas cosas no se preguntan a un caballero.

-              No se lo pregunto a un caballero, te lo pregunto a ti. –Ya empezaba Antonia con sus cosas-.

-              ¿Te importaría? –Le pregunté-.

-              Para nada, ya sabes que soy muy liberal. Al revés, me produciría mucho morbo.

Después de treinta minutos andando llegamos a la casa. Cuando estaba abriendo la cancela, Antonia me dijo con mucha sorna:

-              ¡Joder que bien vives, comprendo que debas tener contenta a tu casera!

En ese momento salían Clara y Virtudes.

-              Qué bien acompañado vienes –dijo Clara-.

-              Es Antonia, una amiga. Antonia, ellas son Clara y Virtudes, viven también en la casa, aunque en la parte noble.

-              Encantada –dijo Antonia-.

-              Ya me ha dicho mi madre que os había invitado a comer. Nosotras hemos quedado a comer con María, ¿te acuerdas de ella? –Dijo Clara-.

-              Como para olvidarse –le contesté y pensé que almejas iban a comer seguro-.

Nos despedimos de ellas y entramos por la puerta de servicio.

-              Tienes unas compañeras de casa muy guapas.

-              No me puedo quejar.

-              ¿Virtudes era la camarera con la que tuviste la bronca el día que nos conocimos?

-              Sí.

-              ¿Cómo lo lleváis ahora?

-              Pacífico, casi no nos vemos.

Caty estaba en la cocina, le presenté también a Antonia.

-              Buenas tardes Caty, te presento a Antonia, una amiga que se va a quedar a dormir esta noche.

-              Buenas tardes señor Carlos y señorita Antonia, encantada. La señora los espera en cinco minutos.

Subimos al estudio a dejar el trolley. Cuando Antonia lo vio dijo:

-              ¿Cuánto pagas por esto?

-              Dos cientos cincuenta, incluyendo todos los servicios, la limpieza y el lavado de ropa.

-              ¡Qué chollo, pago yo trescientos más los servicios por mi habitación en un piso de mala muerte que, por supuesto, me limpio yo!

-              No me puedo quejar, vamos para abajo que llegamos tarde y mi casera se enfadará.

Hicimos el protocolo de siempre, es decir, salir por la puerta de servicio y llamar a la principal. Nos abrió Caty, que nos hizo pasar al jardín. Lucía no tardó ni un minuto en aparecer.

-              Hola Carlos, encantada Antonia, soy Lucía Tondonia y Martínez-Lacuesta, cuarta marquesa del Coño Casposo.

Antonia sonrió, pero pudo contener la carcajada.

-              Encantada, ¿cómo debo llamarla? –Preguntó Antonia a Lucía-.

-              Lucía, por favor. Carlos no me habías dicho que Antonia fuera tan guapa y tan joven.

-              Gracias, a mí tampoco me había dicho que tuviera una casera cómo tu, si no me habría puesto celosa.

A mí siempre me ha sorprendido la competitividad de las mujeres entre ellas. Aunque en este caso Lucía estuviera cerca de los cincuenta y Antonia igual no había cumplido todavía los veinte, se analizaban mutuamente tratando de ver sus defectos y saber qué ventajas tenía una sobre la otra. Lucía iba también muy guapa y conociéndola, no me extrañaba que tratara de seducir a Antonia. No sabía si Antonia era bisexual, pero tampoco me hubiera sorprendido si lo fuera. Recordé que me dijo que no quería mantener una relación estable con ningún hombre o mujer.

-              ¿Os apetece que tomemos el aperitivo y comamos en el jardín? Hace una mañana espléndida. –Pregunto Lucía-.

-              Donde quieras –le respondió Antonia-.

Lucía llamó a Caty, le pedimos unos Martinis, salimos al Jardín y nos sentamos en el porche al sol.

-              Antonia, cuéntame que haces. –Preguntó Lucía-.

-              Estudio en Granada y hago algún trabajo para poder tener algo más de dinero. Perdona la indiscreción pero, ¿por qué alquilas ese estudio tan estupendo donde vive Carlos, si no creo que te haga ninguna falta?

-              Igual te parece muy clásico o muy machista, pero en una casa siempre debe haber un hombre y aquí somos cuatro mujeres. –Contestó Lucía-.

-              ¿A mí no me lo hubieras alquilado?

-              A ti, siendo tan joven y tan guapa, igual sí. –Le contestó Lucía mirando a Antonia de arriba abajo-.

-              Gracias de nuevo. Eres una mujer muy atractiva.

-              ¿Te gustan las mujeres? –Preguntó Lucía-.

-              Me gustan las mujeres y los hombres. ¿Por qué debería excluir de mis gustos a la mitad del género humano?

Yo había optado por mantenerme callado y dejar que ellas dos hablasen. Como siempre Antonia no se cortaba un pelo.

-              Yo también soy de esa opinión. Creo que los heterosexuales, los gays y las lesbianas se cierran demasiado y se pierden muchas cosas. ¿No eres demasiado joven para ser tan abierta de mente?

-              ¿Debo perderme varios años de disfrutar para que se me abra la mente? –Le contestó Antonia-.

-              Eres muy lista, me gustas. ¿Cómo estás con Carlos?

-              No estoy con Carlos ni con nadie. Somos amigos con derecho a roce.

Antonia se estaba metiendo a Lucía en el bolsillo con su forma de ser. Llegó Caty con los Martinis y algo de picar, que dejó en la mesa sin apartar la vista de Antonia.

-              Estoy pensando en cambiarte por Carlos como inquilina. -Continuó Lucía-.

-              Pobre Carlos. No lo cambies por mí, quédate con los dos. ¿Qué habíamos dicho de no excluir?

La conversación entre ellas estaba subiendo de tono por momentos. Antonia a esas alturas ya debía tener las bragas empapadas.

-              Carlos me encanta tu amiga. Parece que esta generación nos puede dar grandes momentos. –Me dijo Lucía, sin dejar de mirar a Antonia-.

-              A mí ya me los ha dado –le contesté y se rieron las dos-.

Nos quedamos un rato en silencio.

-              Me encanta estar al sol –dijo Antonia-. Mis ratos favoritos son los que paso tomando el sol desnuda. Me siento libre y protegida a la misma vez.

-              A mí me pasa igual –le contestó Lucía-. Debo confesarte que soy nudista. Mis padres eran nudistas y desde pequeñita empecé a serlo con ellos.

-              Pues serían de los primeros.

-              No te creas, lo que pasa es que ahora se ha normalizado bastante. Mis padres diseñaron este jardín para que pudieran bañarse y tomar el sol desnudos ellos y sus amigos, sin ser vistos desde las casas de alrededor. Me encantaría que lo tomáramos juntas esta tarde, pero he quedado con algunas amigas de la asociación para tomar el té.

Caty nos sirvió una copa de albariño y luego trajo la comida. Antonia y Caty se miraban la una a la otra de arriba abajo. Yo estaba deseando estar a solas con Antonia en el estudio y pasar toda una tarde de sexo con ella.

Terminamos de comer. Lucía se levantó después del postre y se excusó por tener que marcharse.

-              Antonia ha sido un verdadero placer. Espero volver a verte en estos días. Le diré a Carlos que te avise para que nos acompañes cuando organice alguna fiesta en el cortijo. –Dijo Lucía y le dio dos besos en las mejillas muy cerca de las comisuras-.

Nos quedamos Antonia y yo. Pretendimos ayudar a Caty a recoger la mesa, pero ella se negó rotundamente. Una vez recogida la mesa nos preguntó si queríamos algo, yo iba a decir que no, pero Antonia se adelantó pidiéndole una ginebra con tónica, finalmente le pedí un whisky para mí.

-              No voy a desperdiciar este sol tan fantástico, que ya llega el largo invierno. –Dijo Antonia levantándose y quitándose el vestido. No llevaba nada debajo y seguía con el chochito depilado. Volvió a sentarse-.

-              ¿Subimos al estudio? –Le pregunté ya completamente empalmado por tenerla desnuda a mi lado-.

-              Espera a que nos tomemos la copa. Quiero que Caty me vea desnuda. No sé porqué pero esa mujer me pone mucho.

-              Me parece que tu a ella también.

-              ¿Habéis follado?

-              Estás tú hoy muy curiosa con mi vida sexual.

Volvió Caty con las copas y se quedó mirando descaradamente a Antonia, que sin cortarse un pelo le devolvió la mirada a los ojos.

-              ¿No te gusta tomar el sol desnuda? –Le pregunto Antonia a Caty-.

-              Tengo la piel demasiado blanca señorita Antonia y me quemo enseguida.

-              El sol de esta época del año ya casi no quema –le dijo Antonia sin dejar de mirarla-.

-              Señorita Antonia es usted una mujer muy bella.

-              Gracias Caty, tú también eres muy atractiva.

Caty entró en la casa y Antonia volvió su mirada hacia mí.

-              ¿Te apetecería con las dos? –Me preguntó-.

-              Eres muy traviesa, pero primero prefiero estar contigo a solas.

-              Tendré que hacer algo para que no te aburras a solas conmigo.

-              No creo que me vaya a aburrir.

-              ¿Sabes que desde que quedamos en vernos he tenido sueños muy calientes?

-              No lo puedo saber, pero me gustaría escuchar alguno.

-              Me da vergüenza, vas a creer que soy una descarada.

-              Antonia estás desnuda y sé que eres una descarada.

-              Bueno, si insistes. Pero luego me tienes que contar lo que te pasó con Mati.

-              No me lo recuerdes que se me baja la erección que tengo.

Ella me miró el paquete y vio el evidente bulto que tenía. Sonrió.

-              Pero si todavía no te he tocado. Me gusta que te pongas así por mí. ¿Está babeando mucho?

-              No sé a qué llamas mucho, pero en todo caso bastante. Anda, cuéntame alguno de tus sueños.

-              Estaba en el instituto, tendría unos dieciséis años. Acababa de hacer deporte y estaba sudada. Mis compañeras y yo fuimos hacia el vestuario de chicas, yo iba la última de la fila. La puerta del vestuario de chicos estaba entreabierta y no pude evitar mirar. Tú estabas sólo desnudándote frente a la taquilla, en ese momento te quitabas los pantalones de deporte. Tenías la polla morcillona. Sabía que eras un profesor de educación física. Yo te conocía de verte por el instituto, aunque no me habías dado clase. Te fuiste hacia las duchas, me encantó tu espalda y tu culo, me metí en el vestuario a espiarte y cerré la puerta. Me quedé en la puerta de las duchas mientras tú te metías bajo el agua. Empezaste a tocarte la polla y los huevos, ibas a hacerte una paja. Yo empecé a tocarme también metiéndome la mano bajo las bragas, estaba completamente mojada.

-              Antonia me estoy poniendo todavía más caliente con tu sueño.

-              Eso quiero. Me quité la camiseta que llevaba para poder sobarme las tetas a gusto. Tú te habías empalmado ya del todo y veía de perfil como subías y bajabas la mano sin parar. Me bajé los pantalones y las bragas y empecé a meterme los dedos en el coño. No podía quitar los ojos de tu polla. Me iba a correr muy pronto. Temía que al correrme se me escaparan los gemidos y me pillaras, pero no podía parar.

-              Antonia, ¿subimos? No puedo más con la calentura.

-              Espera que me termine la copa. No seas impaciente.

Estaba preciosa desnuda y alguna vez se rozaba el chocho con la mano, como sin querer.

-              Al minuto me corrí y aunque me tapé la boca, se me escaparon varios gemidos muy fuertes. Cuando abrí los ojos después de correrme me estabas mirando tapándote la polla con las manos. Te liaste la toalla a la cintura y viniste hacia mí. Curiosamente en el sueño, ahora podía verme a mí misma recostada con la espalda en la pared, los pantalones y las bragas a media pierna y las tetas fuera. Me preguntaste que estaba haciendo. No te contesté, me daba mucha vergüenza. Me amenazaste con llevarme a la dirección del instituto. Me agobié mucho, pero aun así no podía contenerme y te metí mi mano llena de jugos de la corrida bajo la toalla y te cogí la polla que estaba muy dura y caliente.

Vi a Caty, que estaba detrás de la puerta, debía estar escuchando el relato de Antonia. Tenía una mano bajo la falda tocándose.

-              ¡Antonia, por Dios, me va a dar algo! –Le dije abriéndome la bragueta y metiendo una mano para tocarme-.

-              ¿La tienes ahora así, muy dura y caliente?

-              ¿Tú qué crees?

-              Te supliqué que no me llevaras a la dirección, pero tú estabas inflexible, hasta que oímos que alguien iba a entrar al vestuario. Cogiste mi camiseta, me empujaste dentro de una de las cabinas, entraste tú también y cerraste la puerta. Con una voz muy baja me dijiste que si nos cogían así te denunciarían y te echarían a la calle. Volví a cogerte la polla y te pregunté si no tenías a nadie que te hiciera las pajas.

De vez en cuando Caty se asomaba un poco en la puerta, me imagino que para oír mejor el relato de Antonia. Debía estar también muy caliente porque tenía la cara desencajada y su mano no paraba de moverse bajo su corta falda.

-              Me dijiste que habías terminado con una amante madura, con la que habías tenido una relación de varios meses y que ahora estabas sólo. Fuera se oía el sonido de las duchas. Decidí terminar el trabajo que tú mismo habías empezado. Te solté la toalla, que cayó a tus pies, lo que me permitió sobarte los huevos además del nabo. Llamaron a la puerta de la cabina y tú, casi sin poder articular palabra, contestaste que estaba ocupado. Me senté en el inodoro para comerte la polla. Fuera seguían insistiendo en la puerta. Lo lamento, pero en el sueño te quedaste sin correrte. En ese momento me desperté, mi compañera de piso estaba llamando en mi puerta para que me levantase e ir juntas a la facultad.

-              Antonia, como puedes tener una cara tan bonita y una cabeza tan malvada.

-              No soy yo, son mis sueños, que como sabes no se pueden controlar.

Caty se metió hacia dentro, me imagino que iría a su cuarto a terminar la tarea que estaba haciéndose en su chocho.

-              Ya he terminado la copa, ¿vamos? –Me dijo Antonia levantándose-.

-              Antonia tengo un empalme como hace tiempo no tenía.

-              No te quejes que ahora te voy a aliviar. ¿Qué te crees que no estoy caliente yo también? –Me dijo señalando los flujos brillantes que le chorreaban por los muslos-.

-              He comprado una botella de champán valenciano para celebrar nuestro encuentro. –Le susurré a Antonia al oído-.

-              Estupendo me encanta el champán.

Cogió su vestido y entramos a la casa por la puerta de servicio. Nos cruzamos con Caty y Antonia le dijo:

-              Caty, si te apetece sube luego a tomar una copa con nosotros.

-              Gracias señorita Antonia. Si puedo lo haré.

Cuando llegamos al estudio abrí la botella y serví dos copas. Ella seguía desnuda de pie.

-              Gracias –me dijo cuando le di la copa-. ¿Vas a seguir vestido?

Empezó a soltarme los botones de la camisa y del pantalón. Le ayudé a desnudarme, pero no demasiado, me encantaba que ella me desnudase. Cuando ya estaba desnudo se pegó a mí apretándome la polla con su vientre.

-              Estoy traviesa esta tarde. ¿Te han atado alguna vez?

-              No, pero no me importaría que tú lo hicieras –le dije dándole un beso en la boca-.

Se separó de mí y abrió su maleta. Sacó unas bridas y unas cuerdas. Aquella chica con poco más o menos veinte años era una caja de sorpresas. Me pidió que me sentara en la cama, me cogió las muñecas al cabecero con las bridas, luego tiró de mí hacia los pies de la cama, me puso dos almohadas bajo el culo y me ató con las cuerdas los tobillos a las patas de la cama.

-              ¿Tú haces esto con frecuencia? –Le pregunté al ver la maña que se daba-.

-              Tuve un conocido que era aficionado y aprendí mucho de él.

-              Tienes unos conocidos un tanto pervertidos. ¿Qué me vas a hacer?

-              Muchas cosas, pero antes tienes que cumplir tu palabra de contarme lo que te pasó con Mati.

-              ¿Ahora?

-              Sí ahora.

-              Antonia ha sido una de las experiencias más raras de mi vida.

Le conté lo sucedido con pelos y señales mientras ella se desternillaba de la risa.

-              ¡Qué fuerte, esa mujer está muy grillada!

Durante todo el tiempo que le estuve contando la historia ella seguía desnuda sentada sobre mi barriga. Yo mantenía la polla tan dura que casi me dolía.

-              ¿Por qué no me has dicho que Caty estaba escuchando mi sueño y tocándose?

-              Porqué no quería fastidiarle la diversión. ¿Cómo lo has sabido?

-              La he visto reflejada en la copa. ¿Qué crees que estará haciendo ahora?

-              Imagino que en su cuarto terminando lo empezado.

-              ¡Ah, me he acordado de otro sueño! –Me dijo echando las manos hacia atrás para cogerme el nabo-.

-              ¿Es tan sucio como el anterior?

-              O un poco más.

-              Entonces cuéntamelo, pero no me sobes mucho la polla que me corro.

-              Aguanta un rato, salido. Trabajaba de enfermera en la consulta de una uróloga. El trabajo era tranquilo, increíblemente los pacientes preferían que les tocase los huevos un doctor a que se los tocase una doctora. Llamaron a la puerta y eras tú. Me dijiste que necesitabas que te viera la doctora. Ella no estaba en ese momento y yo no quería perder a un cliente. Me hice pasar por la doctora, te dije que entraras en la consulta y te pregunté qué te sucedía. Doctora, me dijiste, me da un poco de vergüenza, pero es que desde hace una semanas no paran de crecerme los genitales.

-              Este sueño me gusta más.

-              Te dije que te desnudaras y te tumbaras en la camilla. Me avisaste cuando ya estabas preparado y cuando te vi me quedé con la boca abierta. La polla en estado de relax te medía como dos palmos y gorda como un cirio de nazareno, los huevos no te cabían entre las piernas y lo tenías encima de los muslos.

-              ¡Cómo me gusta este sueño! ¿Es así como me ves?

-              No seas tonto. ¿Tú crees que la tienes así chaval? Calla y déjame que siga. Te la cogí sin ponerme los guantes. No parecía que tuvieras nada malo, sólo un pollón descomunal. Te pregunté si podías empalmarte y me contestaste que sin problemas. Te repregunté que si estabas seguro. Me dijiste que si me desnudaba podría comprobarlo por mí misma. Me quité la bata y me quedé en sujetador y tanga, luego me quité el sujetador. Mientras me desnudaba tú te tocabas el pollón y, en efecto, al terminar la tenías dura como un palo y te llegaba hasta el pecho.

-              ¡Joder Antonia! ¿Y para qué quieres tú un pollón que no te cabría ni en la boca ni entre las piernas?

-              ¿No sabes que se pueden hacer más cosas con una polla que chuparla o follarla?

-              Se me ocurre alguna cosa más, pero no tan divertida. Sigue que me está gustando mucho.

-              Cuando estabas completamente empalmado y yo sólo con el tanga entró la doctora. Preguntó que te pasaba y le contesté que, según me habías contado, no paraban de crecerte los genitales en las últimas semanas. Se volvió para mirarte más atentamente, tú te habías cubierto el pollón con las dos manos. La doctora te ordenó que apartaras las manos y cuando te vio tuve que sostenerla, pues se caía de la impresión. Cuando se repuso, preguntó si estabas siempre así de empalmado. Le contesté que no, que antes de que me desnudara estaba en estado de relax y le describí el tamaño que tenía en ese estado. La doctora, también sin ponerse los guantes, empezó a palparte los huevos y a apretarte el pollón.

Al decir esto último, Antonia volvió a echar las manos hacia atrás y a agarrarme la polla y los huevos.

-              No es lo mismo que en el sueño, pero no está mal. –Dijo-.

-              Gracias por el cumplido. –Le contesté mientras ella seguía sobándome-.

-              Le dijiste a la doctora que si seguía tocándote te ibas a correr, que tu novia te había dejado y llevabas bastante tiempo sin estar con una mujer, todo ello debido al problema del crecimiento de los genitales. Te pregunté si podías correrte con normalidad y tú contestaste que con normalidad no, que debido a la fuerza que necesitabas para que la leche recorriera toda la polla, salían grandes chorros que saltaban varios metros.

-              Mira como en el Cipote de Archidona –le dije-.

-              Gracioso libro, me gustó mucho, sobre todo los dibujos.

-              ¿También te ha dado tiempo en tus pocos años a leértelo?

-              Se pueden hacer muchas cosas si aprovechas el tiempo. Sigo con el sueño. La doctora dijo que tenía que ver esa forma de correrte y me pidió que te estimulara para poder comprobarlo. Yo te agarré el pollón con las dos manos, que no podía cerrar a su alrededor, y empecé el sube y baja. Como tardabas en correrte, la doctora dijo que se desnudaría para ayudar, lo hizo y después se puso a los pies de la camilla con un chubasquero transparente.

Yo me imaginaba la escena, tumbado en la camilla con el pedazo de pollón que había descrito Antonia, ella en tanga haciéndome una paja a dos manos y la doctora, a la que no sé porqué le puse la cara y el cuerpo de Lola, desnuda con un chubasquero transparente, esperando que le cayeran los chorros de lefa.

-              Antonia, tú no estás bien de la cabeza.

-              Yo perfectamente, ya te he dicho que los sueños no se pueden controlar. Termino.

-              No sigue, si me entretiene mucho.

-              De pronto empecé a notar como tu pollón empezaba a vibrar como un volcán que va a entrar en erupción. La camilla y toda la consulta se movía como si fuera un terremoto. Ahí me desperté, había un pequeño terremoto de verdad que me estaba moviendo la cama en mi dormitorio. Cuando el terremoto se terminó me quedé tocándome en la cama, pensando cómo habría sido tu corrida.

-              ¿Y cómo habría sido?

-              Como esta –me dijo acelerando las manos sobre mi polla-.

La muy hija de puta logró que me corriera a chorros en todas direcciones en menos de medio minuto y gritando como un energúmeno.

-              ¿Qué te ha pasado? –Me preguntó poniendo voz de niña inocente-.

-              Eres mala, suéltame que te voy a dar lo tuyo y lo de tu prima.

-              No te voy a soltar –dijo y se movió hasta ponerme el chocho en la boca, abriéndoselo con las manos-.

-              Anda cómemelo que estoy muy caliente.

Tenía el chocho como un estanque y le olía a mujer caliente que tumbaba. Me puse a la tarea con auténtico placer mientras ella se retorcía del gusto.

-              ¡Sigue, sigue, aahhgg, sigue, no pares que me voy a correr, uufff, aahhgg!

Se corrió con chorros que me llenaron la boca y que no daba abasto a tragarme. Me dejó la cara y el cuello como si me hubiera duchado y luego se dejó caer hacia atrás.

-              Tú también tenías necesidad, ¿eh? –Le dije, pero ella no me contestó. No sé si estaría desmallada, nunca la había visto correrse de esa manera-.

Estuvimos así un  buen rato, hasta que ella empezó a moverse lentamente.

-              Carlos, tú y tus amigas me ponéis cachonda perdida –me dijo levantándose de la cama-. Esta casa tiene un algo que impulsa a practicar sexo.

-              No creo que haga falta mucho para ponerte cachonda, pero en efecto, como me dijo una de sus habitantes, esta casa supura sexo. Desátame para que pueda tomar un poco de champán.

-              Todavía no. Te voy a dar yo el champan, como no lo has tomado nunca.

Llenó una copa, se sentó en mi cara, me metió el clítoris en la boca, que lo tenía como la punta de un dedo chico, y dejó resbalar el champán por su vientre. ¿Dónde habría aprendido esta mujer esas cosas?

-              ¿A qué tiene un sabor más rico?

-              Antonia eres de lo que no hay.

-              Sí hay, mi hermana chica es peor que yo.

-              No me lo creo.

-              Bueno, ya que nos hemos aliviado por primera vez, voy a taparte los ojos para que puedas sentir mejor.

Entre mis protestas sacó de su maleta un antifaz de esos de los vuelos transoceánicos y me lo puso dejándome a ciegas. Escuché abrirse la puerta del estudio.

-              ¡Antonia coño no me dejes así! –Le grité, pero no recibí contestación-

No sabía el tiempo que había transcurrido, calculo que diez o veinte minutos, cuando volví a escuchar la puerta del estudio.

-              ¿Dónde has ido?

-              A dar una vuelta por la casa.

-              ¿Desnuda?

-              Claro, ¿tienes algún problema?

-              Antonia que esta casa tiene mucho peligro.

-              ¿A qué llamas tu peligro?

-              A que te asalte cualquiera de sus habitantes o todos juntos.

-              No te preocupes por eso, que ya sé yo defenderme.

Tenía razón Antonia, el peligro podía ser mutuo. Creo que se puso de rodillas sobre mí a la altura de mis muslos.

-              ¿Qué le pasa a mi pollita, no tiene más ganas de jugar? –Dijo volviendo a cogérmela-.

-              Como quieres qué esté, si me has dejado aquí atado y a ciegas.

-              Abajo he visto a Caty. Tenía la puerta abierta y estaba desnuda en la cama con un vibrador. Me gusta haberla dejado tan calentita con el sueño.

-              Tú te estás inventando eso, ¿no?

-              No sé, puede ser, piensa lo que quieras. Pero me apetecería que subiera.

Antonia no dejaba de sorprenderme. Su gusto por el sexo podía ser hasta peligroso. Durante la conversación no había parado de sobarme el nabo, que ya estaba bastante recuperado.

-              ¿Te gusta mi chochito depilado?

-              Claro que me gusta, por eso quiero verlo de nuevo.

-              ¿Te apetece que te depile yo a ti? No me gusta la cantidad de pelo que tienes y además es poco higiénico.

-              No me lo han hecho nunca y suena divertido, pero por favor ten mucho cuidado.

-              No te preocupes, que no te lo voy a cortar. Me gusta demasiado como para perderlo.

Oí como entraba en el baño y revolvía las cosas, imagino que buscando la espuma y las cuchillas. Volvió al poco tiempo.

-              ¿Antonia tú has hecho esto alguna vez?

-              ¿A hombres o a mujeres?

-              A hombres, supongo que si llevas el chocho depilado debes tener experiencia con mujeres, aunque sea contigo misma.

-              Das por supuestas muchas cosas Carlos. No sabes si me he depilado yo o me ha depilado otra persona. Pero no te preocupes que sí he depilado a hombres.

-              ¿A ti te falta algo por hacer respecto al sexo?

-              Espero que sí, sino mi vida me resultaría muy aburrida. Ahora déjame hacer.

Me extendió espuma por todas partes, incluyendo los huevos. La situación me puso muy cachondo.

-              ¿Sigues desnuda? –Le pregunté-.

-              Carlos a veces pareces tonto. ¿Para qué me voy a vestir, si a mí lo que me gusta es estar desnuda?

Me cogió la polla que la tenía ya como una piedra y la fue moviendo de un lado a otro para poder pasar la cuchilla.

-              Antonia, me estoy poniendo muy caliente con el afeitado.

-              Y yo también. No va a haber quien te reconozca los bajos. Por cierto, me estoy acordando de otro de los sueños.

-              Antonia concéntrate en lo que estás haciendo.

-              Ya sabes que las mujeres somos multitarea. Estaba de compras por Granada con mi amiga Maribel, aunque en el sueño no tenía su aspecto, sino el de Sharon Stone. Era tarde y las tiendas estaban a punto de cerrar, cuando vimos unos zapatos preciosos a precio de ganga en el escaparate. Entramos y tú eras el dependiente. Pasen, estaba cerrando, dijiste poniendo el cartel de cerrado y echando la llave a la puerta. Te indicamos los zapatos que queríamos ver y el número que usábamos. Maribel y yo siempre hemos utilizado el mismo número.

-              Antonia, como me sigas moviendo la polla y cogiéndome los huevos vas a tener más espuma de la cuenta en las manos.

-              ¿Ya me dirás cómo quieres que lo haga para no cortarte? Anda, concéntrate en el sueño y olvídate de los demás. Volviste del almacén con una caja de zapatos y dijiste que era el único par que te quedaba de ese número. Los zapatos eran tan bonitos y tan baratos que ninguna de las dos estábamos dispuestas a perderlos. Te discutimos que no podía ser el último par y tú dijiste que entráramos al almacén, si queríamos y lo comprobáramos. Maribel y yo empezamos a discutir sobre quien los había visto primero y no llegamos a ponernos de acuerdo. Entonces te miramos las dos y te dijimos que escogieras tú la que debía quedárselos.

-              ¡Joder Antonia la que me vais a liar por unos zapatos!

-              Carlos, yo por los zapatos del sueño y al precio que estaban, pierdo las amistades con cualquiera. Estás quedando de maravilla, me vas a pedir que te depile cada vez que nos veamos. Tu protestaste en el sueño, diciendo que no podías hacer eso, que lo único que podías hacer era probárnoslos a las dos y a la que mejor le quedasen se los llevaba. Nos pareció razonable y empezaste con Maribel. La descalzaste, cuando le ibas a probar el zapato, me di cuenta de que la muy tramposa se abría bien de piernas sin llevar bragas, para que le vieras el coño a gusto.

-              ¿Y dices que en el sueño era como Sharon Stone?

-              Igualita.

-              ¡Qué bien me lo paso en tus sueños, deberían ser míos!

-              La muy guarra dejó que le pusieras los dos zapatos con el chocho al aire. Cuando te incorporaste se te notaba una erección en toda regla. Mientras ella se miraba con los zapatos y tú la mirabas a ella aproveché para quitarme las bragas y meterlas en el bolso. Si quería guerra sucia la iba a tener.

-              Antonia, tú te inventas estas cosas, ¿verdad?

-              Te juro que no, es que he estado una semana muy caliente pensando en que íbamos a estar otra vez juntos y por algún lado tiene que salir la calentura. Ahora te tocan los pelos de los huevos, no te muevas que es lo más delicado con la cuchilla. Maribel se volvió a sentar y dejó que le quitaras los zapatos regañadientes, enseñándote bien el coño de nuevo. Yo, que llevaba una minifalda con vuelo, me senté con las piernas bien abiertas para que disfrutaras del paisaje mientras me quitabas y me ponías los zapatos. Empecé a ponerme cachonda con la exhibición y a soltar jugos por el chocho, llegándome hasta mí el olor. Noté que tenías las manos temblorosas, te debían estar gustando el paisaje y los olores y te estabas poniendo muy nervioso. Cuando terminé de probarme los zapatos y me los quitaste ya no tenías una erección tenías una tranca bajo los pantalones. Te preguntamos quien debía llevarse los zapatos. Querías mantenerte diplomático y empezaste diciendo: señoritas las dos tienen unos coños perfectos, perdón, perdón, perdón, quería decir unos pies perfectos, bueno sin desmerecer sus coños a sus pies, creo que me estoy liando.

Estaba en la gloria con Antonia sobándome y con la historia que me estaba contando. Quería que terminase la depilación para ver cómo había quedado.

-              Maribel volvió al ataque con que ella había visto primero los zapatos y yo le contesté que lo único que había hecho primero era enseñar el coño. Trataste de poner paz entre nosotras, que seguíamos descalzas, y terminaste diciendo que ambas teníamos los pies muy castigados de andar mucho con unos zapatos inadecuados. Te pusiste de rodillas entre los pies de las dos y comenzaste a darnos un masaje, moviendo la vista de un coño a otro cada vez más nervioso. Del masajeo de los pies pasaste a chupárnoslos y a meterte nuestros dedos en tu boca. Maribel, que es muy fetichista, se subió la falda y empezó a hacerse un dedo. Eso te calentó tanto que te abriste el pantalón y te sacaste la polla. Me encantaba que te comieras mis pies, así que también me subí la falda y empecé a tocarme, como estaba haciendo Maribel. Cada una llevó  uno de sus pies a tu polla. La tenías dura como una piedra, descapullada, color rojo sangre y brillante.

-              Más o menos cómo la debo tener ahora.

-              Algo así. ¿Te gustaría que luego te lo hiciera con los pies?

-              No me digas Antonia que también eres experta con los pies.

-              Bueno tuve un amigo que era muy fetichista de los pies.

-              Tú me mientes, ¿verdad?

-              Igual alguna vez, pero no demasiado. Deja que termine de contarte el sueño, que ya casi tienes los bajos como el culito de un niño chico. Que me comieras los pies y me mordieras lo dedos me estaba volviendo loca. A cambio Maribel y yo te estábamos haciendo un trabajito fino que te tenía cada vez más y más caliente hasta que gritaste que te corrías, Maribel se corrió a la misma vez en el sueño y yo me corrí de verdad en mi cama como si fuera una adolescente.

-              ¡Joder Antonia si en los tres sueños estabas sola en tu cama, no te ha dado tiempo en tu corta vida a hacer todo lo que dices que has hecho!

-              Sigues suponiendo cosas sin fundamento. Yo no te he dicho que estuviera sola ni que los sueños no pudieran haber sido en una sola noche.

-              ¿Qué edad tienes de verdad?

-              Mañana cumplo veinte. Lo que pasa es que me desarrollé muy jovencita.

Antonia me estaba volviendo loco, pero un loco muy feliz y muy caliente.

-              Pues esto ya está –dijo al momento-. Un trabajo de profesional. Vas a ser el centro de atención de todas tus maduras.

-              Déjame que lo vea.

-              No, creo que primero te voy a dejar que me comas los pies como en el sueño y según lo hagas ya veremos.

Noté que cambiaba de postura en la cama y se ponía a mi lado, pero con los pies hacia mi cabeza.

-              Abre la boca –me dijo-.

Inmediatamente noté que sus pies rozaban mis labios. Abrí la boca todo lo que pude y los dedos de sus dedos fueron desfilando por mis dientes y mi lengua. Ella gemía cada vez que le chupaba o le mordía los pies.

-              ¿Te gusta comerte mis pies? –Me pregunto con la voz entrecortada-.

-              Me encanta, no podía imaginar que fuera tan excitante.

-              Carlos me estoy haciendo una paja.

-              Deja que yo te la haga.

-              Tú sigue con mis pies, luego te lo voy a devolver con creces.

-              Estoy tan caliente que puedo correrme en cualquier momento.

Al rato del último intercambio de frases note como uno de sus pies se acercaba a mi sien y me quitaba el antifaz. Estaba recostada con una de sus manos en el chocho y la otra en las tetas y la cara transida de placer.

-              ¿Por qué me quitas ahora el antifaz? –Le pregunté-.

-              Porque quiero que veas cómo me corro. ¡Sigue comiéndome los pies! ¡Me voy a correr, mira bien como me corro! ¡Aaahhggg, sigue, sigue, aaahhhgg!

La corrida que tuvo fue espectacular. La cara se le puso roja, dejó de controlar sus piernas y su cuerpo fue un puro espasmo. Verla así terminó con mis defensas.

-              Chúpamela Antonia, que me voy a correr.

Como pudo se movió para poder lamérmela y me corrí sobre su cara y sus tetas. Quedé inmóvil, no tenía fuerzas ni para mirar cómo me había dejado tras la depilación.


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