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Fecha: 11-Abr-19 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Me hicieron creer que era afeminado. (13)

tauro47
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Ahora estaba donde quería aunque totalmente desorientado y con un sentimiento de impotencia que me daban ganas de llorar pero, de momento, me dio una oleada de coraje que me llenó de vitalidad. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

                                                  Desde la estación a mi casa tuve que preguntar por el Metro y allí con otro plano me acerqué todo lo que pude a mi nuevo barrio, aún era pronto para comer y callejeé un rato, fui observando las tiendas, los bares y todo lo que me podía ser útil en cualquier momento, en un quiosco de prensa compré una revista de moda, lo hice por impulso pues no pensaba que iba a llegar a estos niveles pero por lo menos conocería las nuevas tendencias.

                                                  Al llegar a mi casa me dio un bajón de moral, el portal, el ascensor “suicida” y la casa que, aunque demasiado para mí, estaba fría y poco acogedora.  Al estar sólo las cosas se veían de diferente manera incluso la comida que tan amorosamente me había preparado Julia ahora tras el banquete con Ana me parecía escasa de forma alarmante pero me rehíce y volví a la calle, me fijé que en todos los bajos había tiendas y no como la de mi abuela donde se podía encontrar desde zapatillas a garbanzos, aquí cada tienda era de una cosa en concreto y me entretuve admirando los escaparates.  Uno de los que me llamó más la atención era el de una panadería, en él estaban expuestos varios panes y lo que más me interesó fueron unos pasteles que estaban diciendo “cómeme”

                                                  Por un momento pensé en ir a comer a un bar pero el sentido de la prudencia me dijo que con el dinero que tenía a este paso pronto me vería en la miseria o por lo menos abriendo la habitación donde Ana me había guardado el fondo de socorro, decidí que si compraba pan con el embutido que me había echado mi abuela podría ir tirando, la cena en el restaurante con Ana me había dejado el bolsillo bastante escurrido aunque no lo lamentaba, había pasado un fin de semana fantástico con aquella pelirroja.

                                                  El olor me decidió y como un imán entré en la panadería, la vista se me iba por el mostrador y me fijé en unas empanadillas recién hechas.  La dependienta en la que no me había fijado me recomendó las empanadillas que yo admiraba y la miré, quizá detrás del mostrador habría una tarima porque me pareció gigante, mucho más alta que yo además era corpulenta o mejor dicho enorme, rellena de carne y con unos brazos y unas caderas que indicaban que aunque estaba envuelta con un delantal con volantes blancos, debajo, su cuerpo debía ser de proporciones macizas.

                                                  Al entrar estaba hablando con otra señora de mediana edad y la chica comentaban que no encontraba ropa adecuada a su talla, la clienta le recomendaba que se la hiciera a medida, sin querer me vi metido en la conversación porque quería darme a conocer en el barrio, no sólo como nuevo vecino sino como modisto, todo fue bien al principio, yo alabé la cara tan bonita que tenía, aunque el cuerpo no le hacía justicia y apoyé a la señora para que se hiciera la ropa a medida, posiblemente le costaría por el estilo y además le sentaría perfecta, la chica ya estaba convencida casi pero cuando comenté mis intenciones en Madrid y que también cosía, las cosas cambiaron.

                                                  La clienta que tan amorosa estaba conmigo porque le apoyaba me miró de arriba abajo, parecía que había visto a un bicho raro y con cara de despreció salió del local sin despedirse de mí, miré a quien atendía a los clientes no comprendiendo el cambio de actitud pero se inclinó sobre mí apoyando su cuerpo sobre la vitrina de los pasteles y me dijo confidencialmente.

  • No se lo tengas en cuenta, te ha hecho eso porque ella es la única modista del barrio y no quiere competencia.
  • No lo entiendo, sólo le he dicho lo que opinaba sobre tu ropa y estaba encantada y luego se ha puesto con un aire de grandeza… o de desprecio no sé.
  • Jajaja, es que tiene un genio muy raro, no es mala persona pero…
  • De todas formas lo que he dicho de ti lo mantengo, me es igual que te vista ella o quien sea pero te sentaría muy bien un vestido, eres muy bonita y es una pena que no lo aproveches.
  • Gracias, no me lo había dicho nadie, como soy gorda.
  • No hagas caso de eso eres preciosa y con una bonita tela y un poco de buen gusto llamarías la atención, ¡ah!, me llamo Carlos y vivo ahí enfrente, en el ático, lo digo por si te enteras de alguien que quiera probar.
  • Yo me llamo Vero y me alegra que venga gente joven al barrio, como ya verás la mayoría es gente mayor pero hay buen ambiente, hay tiendas y todos nos llevamos bien.

                                                  En ese momento apareció por la puerta que daba al obrador un gigantón vestido todo de blanco con un gorro también del mismo color, iba sucio de harina y al verlo no tuve duda de quién era.

  • ¡Oh!, no me digas quien es, es tu padre seguro.
  • Jajaja, cómo lo has deducido, ¿quizás por el color de los ojos?  Jajaja.
  • ¿De qué os reís pareja de críos?
  • De nada papá, es Carlos un nuevo vecino que ha venido a comprar, ¿qué me has dicho que querías?
  • ¡A sí, una barra de pan!  Jajaja, encantado señor… hornero.
  • Paco, me llamo Paco y sí soy el padre de Vero, ¿lo decías por lo grandes que somos?  Si ha salido a mí, mi mujer es mucho más pequeña, ¡mira por ahí viene!

                                                  Una señora entró en el horno e indudablemente era la madre de Vero era guapa de verdad y con un cuerpo que me llamó la atención y no por que estuviera buena, que lo estaba, sino porque tenía el mismo tipo que mi tía Julia, se parecía mucho toda ella, al momento se me encendió una luz en la cabeza pero no dije nada, ya lo maduraría más tarde.

                                                  Me presentaron y aún estuvimos hablando un rato, yo estaba muy a gusto en el horno porque nada más del olor me alimentaba pero vi que ya era hora de cerrar y subí otra vez a mi casa.  En el ascensor ya iba rumiando la idea y al entrar en casa dejé el pan a un lado y me puse a buscar los retales sobrantes de los vestidos del pueblo y los patrones de mi tía Julia.

                                                  Se me olvidó comer, despejé la mesa que había abierto en lo que sería mi taller en el futuro y en un papel empecé a dibujar, revolví las tetas hasta que estuve conforme, no me sobraba mucho pero con una combinación de tejidos diseñé uno con las ideas que vi en la revista de moda para la madre de Vero, no me habían dicho su nombre pero ya lo averiguaría.

                                                  Pasé toda la tarde cortando y cosiendo y ya bien entrada la noche me di cuenta de que estaba desfallecido de hambre, busqué en la nevera y apuré los restos de la cena con Ana, sólo de pensar en ella cenando se me puso la polla dura, tuve que volver al vestido para que se bajara porque añoraba su coño depilado.

                                                  Por la mañana me había propuesto dos objetivos, uno era llevarle el vestido a la panadera y otro el principal el de presentarme en la Academia de Costura, me levanté pronto y preparé el vestido para la primera prueba, lo envolví discretamente y estuve paseando por la calle hasta que vi que no había nadie en la panadería.  Vero me recibió con una sonrisa y me preguntó con ironía si me había gustado el pan, yo hubiera preferido la empanadilla pero a ella le salió el pan, nos reímos un rato y me acerqué, Vero comprendió que quería decirle algo discretamente y se apoyó en la vitrina de los pasteles, por encima del blanco delantal se asomaban dos tetas de tamaño generoso que junto a la blancura de su piel parecían dos merengues más.

  • Vero, ¿ha venido ya la modista?
  • No, todavía no pero no debe tardar.
  • ¿Y tu madre, ha venido tu madre?
  • Tampoco, ella suele venir a traerle el almuerzo a mi padre y vuelve a casa, vivimos cerca.
  • Vale, me he permitido hacerle un vestido a tu madre, ya sé que es un atrevimiento, pero me fastidió la mirada de la modista, quizás por mi apariencia también.
  • A mí eso no me importa, cada uno es como es, yo conozco muchos gays.
  • De eso ya hablaremos algún día, pero no quiero que se entere nadie del vestido, dile a tu madre que se lo pruebe, creo que las medidas son más o menos acertadas pero está a falta de prueba, y que… perdone mi osadía, se lo voy a regalar, ya me dirás.

 

                                                  Salí volando porque por la acera ya venía la modista antipática y en el momento en que entraba en la frutería crucé en dirección contraria.  Por suerte la Academia de Costura estaba en un barrio cercano, también eran casas la mayoría antiguas y en el primer piso se anunciaba la Academia, llamé y entonces me di cuenta que había un cartel en que se leía “empuje”.  Entré con recelo y había un pasillo largo con varias puertas, en realidad era una vivienda adaptada, de una de las puertas salía un rumor de mujeres, debía ser la clase y en otra puerta al fondo había luz y sobre la puerta estaba escrito “Dirección”.

                                                  Me encaminé allí y llamé con los nudillos, a la voz de “pase” entré y vi a una señora mayor detrás de la mesa, con unas gafas para leer de cerca, me miró por encima de ellas y le vi unos ojos verdes preciosos y luego una sonrisa, con unos labios bien pintados y que le daba un aspecto muy agradable.

  • ¿La señora Martina?, soy Carlos, creo que doña Francisca le habló sobre mí, quiero ser modisto y aunque ya sé que todo está cubierto le rogaría que me permitiera acudir a clase en condición de oyente solamente, así iría aprendiendo algo hasta el curso que viene, he venido a Madrid sólo con esa intención.
  • ¡Hola Carlos!, encantada de conocerte pero si no me hubieras dicho tu nombre te habría reconocido, Francisca te ha descrito tan bien que eres inconfundible, has de saber que somos amigas íntimas de muchos años y nos hacemos todos los favores que podemos, bien pues ya que estás aquí te puedo presentar a la profesora, como vas a ver esta Academia es un poco especial, realmente las chicas que vienen aquí son hijas o esposas de gente adinerada.  La mayoría se aburren en casa y encuentran esto como un motivo para salir pero ya verás que hay de todo, aunque por lo que intuyo y lo que me ha contado Francisca tu objetivo es aprender a coser y eso te lo garantizo, tenemos a la mejor Profesora de Confección, aunque en confianza es un poco especial en su forma de ser pero si sabes ganártela te ayudará mucho, por el momento ven cuando quieras o puedas y vas tomándole el pulso a la clase, ¿qué día te apetece venir?
  • ¿Qué día?  Si ya vengo preparado, mire en esta bolsa que me he hecho yo, ya llevo las tijeras, agujas, alfileres, el metro y alguna cosa más, por mí ya me quedaría y vendría todos los días… si me lo permite claro.
  • Por mi lo que tú quieras, de verdad que Francisca no  exageraba, tienes unas ganas de aprender grandísimas.
  • Así es.

 

                                                  Al entrar en la clase de Confección me llevé la mayor decepción de mi vida, yo esperaba pupitres, sillas y maniquíes y no había nada de eso, simplemente una mesa larga y una pizarra en la pared, unas cuantas sillas en auténtico desorden y varias chicas, menos de las que suponía revoloteando por allí en grupos pero sin hacer nada positivo.

  • Perdona Rosa, te presento a Carlos, es un chico que viene de oyente hasta el curso que viene, si no te importa le puedes dar alguna idea y que se vaya fijando, él dice que quiere ser modisto.

 

                                                  Una carcajada general se oyó en la sala, seguida de comentarios a los que tuve que hacerme el sordo.

  • Mmm, -vaya tipo-, -ese es mariquita-, -¿te has dado cuenta cómo viste y que meneítos de manos?-,  -Jajaja, sólo viene para aparentar-, -será hijo de papá-, -va a durar menos-… -ya verás cuando lo coja Rosa por su cuenta-…

                                                  La mirada que me dedicó Rosa no se me olvidará nunca, era una mezcla de odio, revancha, promesa de lo que me tenía preparado, todo en uno, era una mujer más joven que Martina pero iba sin pintar, desarreglada con la ropa descuidada, era la peor vestida de todas y la que peor genio tenía, sabía que todo lo que predicaba en clase no servía de nada pero había que cobrar y eso lo tenía claro por eso el que fuera de oyente… no le ilusionó nada y mi aspecto creo que aún menos.

                                                  Con gesto displicente me dijo que me buscara una silla y que no molestara, dejé mi bolsa de material de costura en la mesa mientras buscaba un sitio discreto cuando todas hicieron corro alrededor de mi bolsa, la había hecho yo con restos de tela y pasamanería y francamente estaba original.  Rosa me miró entornando los ojos, yo no supe descifrar si era bueno o malo pero me callé.

                                                  La mañana se pasó volando, las chicas comentando los chismes de las artistas y de los actores pero de coser nada.  Rosa se lo tomaba todo a la espalda pero yo me fijaba en todas y las iba calificando, había de todo, desde escandalosas y chillonas que decían palabrotas para parecer más modernas a otras que eran más modosas pero había una en especial, la más joven que, era la antítesis de todas, estaba callada en un rincón con las rodillas juntas y mirando un libro de Corte, parecía que estaba allí olvidada, y que no le importaba nada de todo aquello, su semblante era triste en comparación con las otras que se reían descaradamente de cualquier obscenidad que decían y que Rosa soportaba moviendo la cabeza.

                                                  Cuando terminamos salieron en tromba, me quedé el último para dar paso a la chica joven triste y a Rosa, esta se sorprendió por la gentileza e insistió que debía ser la última en salir, lo entendí y me esperé para decirle hasta mañana.

                                                  Por la tarde me asomé a la panadería de Vero y me dijo, como siempre apoyada en la vitrina, que ya le había dado el vestido a su madre, que habían coincidido con la modista pero se había esperado hasta que se fue, dijo que estaba enfadada por el regalo aunque contenta por el detalle y que se lo probaría en la casa.  Se notaba que Vero también estaba expectante por ver el vestido puesto y me regaló una empanadilla.

                                                  Me supo a gloria cuando me la comí, no llegó ni al portal de mi casa, en el ascensor coincidí con una señora mayor, iba en silla de ruedas y le ayudaba una mujer más joven aunque peor vestida, la mujer no podía meter la silla en el ascensor porque se había quedado alto de nivel y la ayudé, cuando entramos los tres estábamos apretujados, la mano de la anciana coincidía en mi bragueta y se entretuvo hasta llegar a su rellano en rozar con el dedo meñique mi polla que no entendía de edades ni sillas de ruedas.  Cuando bajaron les ayudé a salir y me di cuenta que tenía la mirada fija en mi polla que ya abultaba bastante.

                                                  Aquella noche dormí de un tirón, tenía muchas horas de sueño atrasado y la empañadilla me supo como una buena cena, por la mañana me hice el encontradizo por la panadería, pasé como de casualidad pero Vero me llamó desde adentro, ella misma salió a la calle mirando que su padre no la oyera.

  • Carlos, a mi madre le ha encantado tu vestido y a mí también, se lo ha puesto sólo para enseñármelo pero tienes que retocarlo, sólo un poco, me ha dicho si puedes ir esta mañana, no quiere que la vea mi padre hasta que esté terminado y como está conmigo…
  • Bueno, tenía la intención de ir a la Academia pero si no puedo ir por la tarde…
  • Es que mi padre cuando va a casa come y se acuesta porque madruga muchísimo para venir al horno y ella prefiere que no vea el vestido todavía.
  • Vale iré, ya veré que excusa le pongo a la profesora… si el primer día falto…
  • Te lo agradezco mucho, ya te regalaré una empanadilla.
  • No Vero, los gastos míos los pago yo, me gustó el detalle pero te lo agradezco.
  • Como quieras, como sé que te gustan…
  • Ya irás viendo lo que me gusta, no te preocupes.

                                                  Ciertamente no estaba lejos casa de Vero, su madre me esperaba pues su hija le había avisado por teléfono, la mujer estaba nerviosa, emocionada y expectante, yo procuré seguir los consejos de Francisca y me mostré lo más femenino que pude y la mujer se tranquilizó, le pregunté qué le había parecido y no sabía cómo alabar el modelo, no le dije que eran retales y de ninguna manera quería aceptar el regalo, le contesté que ya haría ella algo por mí.

  • Lo que quieras Carlos, te haré publicidad por el barrió, aquí aunque vive gente mayor hay bastantes con mucho dinero y visten bien.
  • Pero si se entera la modista habitual…
  • No te preocupes, a casi nadie le gusta por el carácter que tiene, seré discreta.
  • Muy bien, no quisiera tener conflictos nada más llegar.  ¿Se prueba ya?
  • Si claro, ¿Dónde te parece mejor?
  • A mí me es igual pero si tiene un espejo para que usted se pueda ver…
  • Pues pasa a mi dormitorio, mi marido está en el obrador preparando el pan para mañana.
  • Si quiere me salgo y se lo pone…
  • No te preocupes, a estas alturas tú estarás acostumbrado a todo y no te afectará nada o eso creo.
  • Ha acertado, no me afecta “casi” nada.

 

                                                  La mujer se volvió de espaldas a mí y se quitó la bata que llevaba de estar por casa y se puso el vestido o eso quiso pero por no romper los hilvanes no se atrevía a estirar y me pidió ayuda, el espejo que tenía de cuerpo entero me reflejaba lo que en teoría no veía y me hice la idea que mi tía Julia y ella eran más parecidas de lo que yo creía, hasta las tetas las tenía iguales y aunque llevaba un sujetador de lo más pudoroso se le adivinaban separadas y puntiagudas.  Estiré el vestido sin dejar de hacerle algún roce cada vez más cerca del sujetador, al principio le pedía excusas con la mirada pero ella no le daba importancia y me excusaba, los roces fueron a más y cuando notaba que estaba un poco violenta pasaba a otra parte.

                                                  Un vez ya colocado el vestido comprobé que le quedaba casi perfecto pero quise probarla, le exageré unos pliegues en el pecho y lo acusé al sujetador tan “triste” que llevaba, ella encontró la solución enseguida, tenía uno que lo guardaba para las grandes ocasiones y lo buscó, lo desplegó y se lo puso por encima de la ropa esperando mi aprobación, yo por supuesto se la di pero sin mucho convencimiento, la mujer quiso convencerme y sin más se bajó la parte de arriba del vestido y se dio la vuelta, se quitó el usado y se puso el nuevo.  

                                                  Yo de espectador del espejo me quedé atónito, parecía una foto de Julia, conocía aquellos pezones como si me los hubiera comido ya y en los dedos notaba la tersura de su piel.

  • Por favor ¿me lo quieres abrochar?  Es que me viene estrecho, como es nuevo…
  • Lo que quiera… pero el problema es que… uf, le está pequeño o mejor dicho, hay que ajustarlo todo, si quiere se lo puedo regular mejor a su pecho.
  • Te lo agradecería porque soy muy torpe para eso.
  • No diga eso mujer, si es usted preciosa… y le sienta muy bien señora…
  • Ay, perdona, me llamo Inma, ¡que despistada soy! pero si me hubieras conocido antes… entonces sí que tenía el pecho bonito, no como ahora que me cae por todos lados.
  • ¿Qué dice Inma?, fíjese en el espejo, mire como se sostiene sin ayuda.

                                         

                                          La mujer curiosa y animada miró en el espejo cómo le quitaba el sujetador y dejaba libres las tetas, con mis manos le demostré la dureza que tenían y la suspensión que mantenían las tetas casi horizontales, le rocé los pezones y ella se estremeció pero insistí al verlos crecer y se lo hice notar.

  • Es que me da frio.
  • Yo creo que no, ¿me deja demostrárselo?

 

                                                  Inma se encogió de hombros, mi intención era mojarme los dedos y rodearlos suavemente pero ante la aprobación me puse delante de ella, a mi espalda el espejo y metí un pezón en mi boca, cuando lo saqué era más del doble que el gemelo, miré qué reacción había tenido pero tenía los ojos cerrados mirando al techo, chupé el otro y le pasó lo mismo, me abrazó la cabeza y la apretó contra sus tetas, yo cambiaba de una a la otra, tenía la experiencia de Julia y sabía cómo hacerlo, me abracé a su cintura arrodillado en el suelo yendo de uno al otro pero vi que ella soltaba la falda del vestido y caía al suelo.  

                                                  No me importó porque quedó con las bragas que aunque eran del conjunto antiguo, no tardé en dirigir mis lamidas por su ancho canalillo y por el estómago hasta el ombligo, allí me detuve esperando alguna reacción pero toda resistencia era nula, seguí hasta que llegué al elástico de la cintura, no dijo nada y con los dedos hice hueco en la goma y fui bajando la prenda hasta dejarla caer con el vestido.

                                                  La única diferencia que vi era la pelambrera que lucía en diferencia de la depilada de Julia pero a mí me era igual, la lengua buscó los labios y los fui separando, la mujer fue retrocediendo ya el espejo le era igual, quería llegar a la cama que estaba a su espalda y se dejó caer, yo, de rodillas, la seguía lamiéndole el coño y cuando se tumbó le separé las piernas, las abrió como una bailarina de ballet y mi boca abarcó de ingle a ingle, el coño le goteaba de flujo y el clítoris se abrió como una rosa, sus manos me soltaron la cabeza.

                                                  Se dio cuenta que no hacía falta guiarme para lamerla donde más le gustaba y en un  momento se incorporó, creí que se había acabado todo, que había recapacitado que pensaba con el hornero pero no, se abalanzó sobre mi cinturón y tiró de él, los pantalones los bajó y al ver el bulto que se me aplastaba a un lado de la pierna dijo.

  • ¡Sí, eso es lo que yo quiero!, dame tu polla Carlos.

 

                                                  No hice más que apoyar las manos a sus lados, dejándome caer sobre ella, ya me esperaba y la polla entró directa, noté la presión de las tetas en mis costados las puntas se me marcaban pero mi polla entraba y salía con suavidad pero profundamente.

                                                  Inma no gimió sino que gritó como si se hubiera quitado el peso de su marido de encima, creí que le había hecho daño pero ella me abrazó y tiró de mí hundiéndome en ella, ya no le di cuartel, mi polla entraba y salía sin parar y no se detuvo cuando levantó el culo hacia mí.

  • Carlos me corro pero sigue, no pares, por Dios.

                                                  No paré, seguí metiéndole la polla hasta que me dijo:

  • Para Carlos para, no te corras adentro por favor.
  • Tienes dos opciones, decide.
  • La que tú quieras pero en el coño no Carlos, te lo ruego.
  • Date la vuelta pues.
  • Lo sabía.

                                                  No sé si lo diría ilusionada o decepcionada pero no dijo nada, se puso a cuatro y separó las nalgas, el culo lo tenía tan lubricado como el coño de tanto manar flujo pero me detuve en la entrada del culo.

  • No te preocupes Carlos, esto no me lo perdería por nada del mundo, empuja, aunque llore.

                                                  Tuve cuidado y empujé suavemente, el glande entró tan suave como por el coño, apenas hizo un esfuerzo y se coló seguido del tronco hasta el final, antes de llegar al fondo se había vuelto a correr y cayó de bruces pero la seguí y seguí bombeando con las tetas en las manos por los lados, cuando la llené de leche se quedó quieta un momento, al salirme no se escapó ni una gota de leche, dudé si no le habría llenado el coño en vez del culo.

  • ¿Cuándo volverás a probarme Carlos?
  • Cuando quieras, presiento que a este vestido no le hacen falta muchos retoques.
  • No, a este no pero a los futuros sí.

                                                  Aquella mañana ya no pude ir a la Academia y estaba preocupado porque iba a dar una sensación de despreocupación que no era real y no quería defraudar ni a Francisca ni a la Directora y menos aún a Rosa la Profesora.  Por la tarde me asomé por la pastelería, ya era tarde y el padre de Vero ya se había ido a casa, como de costumbre comió y se acostó a la siesta, la madre aprovechó para probarse el vestido delante de Vero, la chica quedó maravillada al ver a su madre tan elegante, acostumbrada a verla con ropa sencilla aquello era como un traje de noche casi por eso cuando me vio salió del mostrador y sin más me dio un beso en la mejilla.

  • ¡Qué maravilla de vestido le has hecho a mi madre, a la última moda!, está encantada como una chiquilla con zapatos nuevos, me lo ha enseñado nada más acostarse mi padre para que no lo viera.
  • ¿Qué, quiere darle una sorpresa?

 

                                                  La cara de la chica cambió y se puso triste, por suerte a estas horas no había clientes en la pastelería y pudo contarme.

  • Carlos, mi padre es una persona muy buena, lo quiero mucho, como ves es muy amable y simpático con la clientela además como panadero es único en la contornada pero cuando sale de aquí se transforma, en casa es muy severo sobre todo con mi madre pero también conmigo, es muy celoso y malpensado, a mí menos porque como ves no tengo ningún atractivo para los chicos pero a mi madre la vigila constantemente.
  • Pues cuando se entere que he estado probándole el vestido a tu madre…
  • No creo que pase nada, como precaución hemos acordado decirle que… quiero que me perdones Carlos por lo que te voy a decir pero le vamos a decir que a ti… no te gustan las mujeres, mi padre cuando te vio la primera vez ya me comentó que parecías un poco… ya sabes aunque mi madre me ha asegurado que no eres nada de eso, me lo dijo tan segura que no quise preguntarle el por qué, mi madre y yo somos muy amigas y no tenemos secretos pero me dio un poco de vergüenza insistir en algo así.
  • No sé qué decir Vero, por una parte no me gusta que la gente se crea cosas equivocadas de mí pero tengo que confesarte que a veces me aprovecho de mis maneras porque es una ventaja para ciertas cosas.
  • No te preocupes por eso, a mi no me interesa nada las opciones sexuales de la personas, sólo si son buena gente y tú creo que lo eres y por eso procuraré que caigas bien en el barrio.
  • Gracia Vero, gracias por todo, por tu discreción y por tu ayuda estoy en deuda contigo.
  • De nada Carlos me caíste muy bien desde el primer día, ¡ah!  ¿Quieres un par de empanadillas para cenar?
  • Jajaja, no gracias Vero y eso que están buenísimas, tu padre tiene unas manos…
  • Sí, en el trabajo pero en casa…
  • Jajaja, pues con lo grande que es, jajaja.
  • Yo no me río no, si lo vieras enfadado…
  • Procuraré  no verlo.

                                                  Esa noche dormí contento por el éxito del vestido me imaginaba a la madre de Vero dándose la vuelta para que la viera por todos los lados y pensando cómo convencer al marido Paco, por la mañana no quise arriesgarme y fui el primero en llegar a la Academia, no habían abierto siquiera y no había llegado nadie, la primera fue Rosa la Profesora, a las alumnas no las esperaba pronto porque cada una iba cuando quería sin el menor interés y como llevaba llaves subimos.  

                                                  Por la cara que me puso esperaba una reprimenda por no haber acudido el día anterior y los presagios no eran buenos, me senté en un rincón para hacerme invisible en lo posible pero cuando estaba repasando los apuntes del primer día vi los zapatos de Rosa a mi lado, fui subiendo la mirada y la cara que hacía no me gustaba en lo más mínimo.

  • Vamos a ver Carlos, no sé lo que te habrán dicho de mi mal genio pero te aseguro que se han quedado cortas.
  • No, señora Rosa, no me han dicho nada, todavía no conozco a nadie.
  • Te lo adelanto y no me gusta que me llamen “señora” con Rosa tengo bastante pero te advierto, no tendré consideración contigo, me parece que vas de listillo y a mí no me la das y menos con esa pinta de…
  • Rosa, le ruego que me perdone, ya verá como le pongo mucho interés y le hago cambiar de opinión.
  • Me extrañaría mucho porque tengo buen ojo con las personas.

 

                                                  Me temblaban la rodillas, si ese iba a ser mi futuro me parecía que poco iba a aprender con ella pero me salvaron las chicas que poco a poco iban llegando y Rosa tuvo que dejarme en paz… por el momento.

                                                  Las chicas llegaban alborotando contándose los chismes del día sin apenas saludar a nadie y se agrupaban sin sentarse, todos menos una la chica tímida del rincón, ésta me saludó apenas con un hola y se fue a su escondite.

                                                  Rosa se tuvo que poner seria para poner un poco de orden aunque no lo consiguió del todo pero cuando el silencio era casi completo se volvió a la pizarra y empezó a explicar cómo se hacían lo patrones y cómo interpretarlos, tengo que admitir que Rosa dibujaba muy bien y con tiza de varios colores iba marcando los diferentes cortes y costuras, era el patrón de un pantalón y me gustó porque yo me había hecho varios para mí pero a ojo, aprovechando los viejos y tenía una idea de cómo se cortaban.

                                                  No sé qué mala idea me daría cuando me levanté y en voz alta le dije sin mala intención.

  • Rosa, creo que se ha equivocado en el corte de la cinturilla, me parece que va al revés.

                                                  Se hizo un silencio sepulcral, todas la chicas sin excepción se callaron incluso la tímida me miró espantada, Rosa no se volvió, se quedó con el brazo en alto con la tiza seguramente pensando su respuesta.

  • Ya salió el sabelotodo, está claro que en toda clase tiene que haber un empollón, vamos a ver…  ¿Dónde me he equivocado según el modisto?
  • Ejem… creo que… la cinturilla no está bien dibujada.

                                                  Rosa me fulminaba con la mirada, se puso roja y de un golpe tiró la tiza al suelo y la pisó luego borró toda la pizarra y se acercó a la puerta de la clase.

  • Está claro que tenemos un alumno modelo, que sabe más que nadie y se me ha ocurrido una idea, con las explicaciones que os he dado vais a hacer un pantalón entre todas y como veis que no tenemos más que maniquís de mujer aquí el modisto precoz os va a servir de maniquí masculino, se subirá al taburete y vosotras os encargareis de hacerle un pantalón empezando desde cero.
  • ¡Pero no tenemos medidas Rosa!
  • Precisamente pero tenéis el maniquí en vivo, así que ahí está, todo vuestro salgo un rato a tomar el desayuno.

                                                  Rosa salió dando un portazo y todas la miradas se fijaron en mi, si hubiera estado enfrente de una tribu de caníbales no habría tenido tanto miedo, se acercaron todas a la vez (menos la tímida) y me rodearon, cogido de los brazos me llevaron al taburete alto como si fuera al cadalso y me dejaron plantado, luego se juntaron y cuchichearon entre ellas y cuando estuvieron de acuerdo una sonrisa amplia se reflejaba en sus caras.

                                                  No llegaban a diez las chicas pero entre todas ya sabían lo que iban a hacer, yo esperaba asustado, creí que el peor momento iba a ser tomar medidas pero ellas tenían ideas distintas y me soltaron el cinturón, por un momento albergué la ilusión que como todas eran de familias “bien” preferirían quitarme los pantalones y copiarlo, era lo más fácil pero no, las manos se multiplicaban por mis piernas y muslos y alguna de ellas amparadas en el anonimato se aventuraba a llegar más arriba, poco a poco unas animaban a las otras hasta que las manos ya iban pasando por debajo de los calzoncillos especialmente en el culo hasta que llegó la más lanzada y sin mas dijo.

  • Vale chicas, vamos a hacerlo bien hecho, desde el principio como ha dicho Rosa.

                                                  Dicho esto me estiró el calzoncillo hasta los tobillos, otro silencio se hizo en la clase seguido de una exclamación colectiva.

  • ¡Aaaaah!  Madre mía ¡qué rabo se gasta!
  • Sí que te lo tenías callado Carlitoooos, ¿pero funciona?
  • Yo creo que no, mucha planta pero… “ná de ná”
  • Pues grande y gordo sí que parece que puede ser, a ver descapúllale Adela.

 

                                                  Adela era la más atrevida, no quiso que las demás pensaran lo contrario, me cogió la polla y le retiró el prepucio.  Adela tenía las manos muy suaves, seguro que no había trabajado nunca y la sensación era como si la metiera en un coño, el resultado fue evidente y empezó a subir, crecer y engordar hasta ponerse en 45º, ya todas querían tocarla, unas desde detrás de forma anónima y otras por delante directamente pero era a Adela a la que empujaban como avanzadilla.

  • Menéasela Adela, a ver si se le pone más dura aún y tócale lo huevos.

                                                  Adela seguía las órdenes de las otras pero al momento ya las demás se le unían y eran un montón de manos las que me agarraban la verga.

  • ¡Chúpasela Adela, ese capullo no te cabe en la boca!
  • Un momento chicas, si queréis chupármela va a ser con cierto orden, no quiero que me manoseéis como hasta ahora, la que quiera chuparla que se ponga en fila y con las manos detrás.
  • Joder que exigente te has vuelto Carlos, si es una chupadita de nada.
  • Pues se acabó la función, ya veréis cuando se lo diga a Rosa.

                                                  Una sonrisa maliciosa se notó y poco a poco se fueron poniendo en cola, Adela reclamó el primer lugar porque para eso había sido la pionera y bajo la atenta mirada de todas se acercó con la boca abierta, yo me movía a los lados y ella buscaba acertar hasta que le cogí la cabeza y se la metí en la boca, Adela no había calculado bien y el diámetro era más de lo que parecía pero aguantó varias metidas, las demás abrían la boca todo lo que podían enseñándoles a las compañeras su posibilidad de tragar.

                                                  Una mejor y otras peor todas probaron mi polla, (menos la tímida) claro que ni se acercó a nosotros, yo me iba follando las bocas de todas ellas algunas remilgadas se resistieron un poco más pero ante la vista del capullo redondo y la presión de las otras acabaron por tragar la verga y posiblemente fueron de las que más trozo engulleron.  Había una que era más bajita que las otras y casi no la dejaban llegar hasta mí, yo que estaba en alto tuve que bajar del taburete para que la chica se tragara mi palo. 

                                                  Como premio le concedí algo que nadie había previsto o por lo menos mencionado y fue la corrida que le dispensé cogiéndole del cogote para que no se negara.  La chica quiso evitarlo pero ya era tarde para ella, las demás lejos de ayudarla la jaleaban para que tragara leche, incluso una de ellas le abrió la camisa para que no se manchara si le salía leche de la boca, tenía unas tetas menudas pero morenas, lo que no esperaba ella ni yo, todo hay que decirlo, que alguna de ellas le diera una lamida en la boca para recoger las gotas que perdía por la comisura de los labios.

                                                  Con el regocijo que se montó alguna dijo lo tarde que era y me subieron los calzoncillos y me subí al estrado, en eso entró Rosa, las chicas disimulaban anotando y midiendo pero Rosa se hizo la desentendida aunque vio el bulto que tenía de la polla que aún no se había bajado.  El rumor no acabó allí, unas a otras comentaban la sensación que les había hecho tener mi verga en la garganta y no parecían disgustadas, alguna de ellas incluso encantadas.

                                                  Cuando bajé del taburete me vestí y volví a mi puesto, al pasar por donde estaba la tímida le dije.

  • Lo siento mucho, nunca pensé que ocurriría esto.
  • Tú no tienes la culpa, eran muchas contra ti.
  • Me he dado cuenta de que ni te has cercado, te comprendo pero aparte de lo de ahora nunca te unes a las demás.
  • Es que no tengo ganas de bromas, me han traído aquí obligada y tengo que aprovechar el tiempo para volver cuanto antes, aunque no quiero volver.
  • Lo siento pero siempre estarás mejor en casa que aquí.
  • No lo entiendes, es un problema muy grande para mí.

                                                  La clase había acabado y Rosa se había vengado a su manera, conocía a las chicas y quiso darme una lección aunque no salió como ella esperaba exactamente, al salir coincidí un trecho con la chica tímida, noté como me rehuía pero insistí.

  • Siento que nos hayamos conocido así, me llamo Carlos como habrás oído y quiero aprender mucho, me encanta coser.
  • Perdona mi seriedad, me llamo Sonia y como te he dicho vengo por obligación, en mi pueblo hay un chico que me gusta mucho, nos hemos visto a escondidas porque mi familia me quieren casar con el hijo del rico del pueblo que tiene mucha tierras pero es odioso y me han traído aquí para que me olvide del chico labrador y me haga una señorita.
  • Siento oír tu historia pero si te puedo ayudar en algo puedes confiar en mí.
  • Gracias, se te nota buena persona.
  • ¿Te puedo acompañar a casa?
  • Sólo un rato, vivo en casa de una tía y si me ven con algún chico… se lo contarán a mis padres.
  • Vale, lo que quieras, sólo hasta donde tú digas.

                                                  En Sonia se notaba que no era tan refinada como las otras pero tenía una dulzura especial, además irradiaba una sensación de paz y naturalidad que me encantaba, decidí que haría lo posible por aproximarme a ella.

Continuará.

 

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