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Fecha: 10-Abr-19 « Anterior | Siguiente » en Gays

Stephane Ver. 2 completa

Guitarrista
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Dos jóvenes de 18 años experimentan su primera experiencia confortando su soledad. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

STEPHANE

 

 

Con la muerte prematura de mi padre, aquel verano, mi familia decidió no ir de vacaciones. Pensé que no era una falta de respeto el hecho de desaparecer algún tiempo, en solitario, para meditar, y busqué la forma de pasar unos días  ―quince, tal vez― en algún lugar retirado. Mi amigo Bernardo me aconsejó un sitio en la costa. Bastaba con hacer una llamada de teléfono.

—¡Hazme caso, Mati! —insistió—. He estado en esa casa dos veces. No es igual que irse solo a un hotel. No hay lujos, es verdad, pero doña Pepa, la señora de la casa, te tratará como a su propio hijo. Vive sola en una casa y alquila dos habitaciones. Te sentirás como en familia.

—Por favor, Bernardo —le rogué indeciso—, llámala tú y le dices que la habitación será para mí. Si es necesario hablaré con ella.

Hicimos la llamada y me pareció, como dijo mi amigo, que le hablaba como si fuera de su familia. Luego, me pasó el teléfono y hablé con doña Pepa; una señora de voz muy agradable, muy amable y cariñosa y que también me insistió en que ocupase una de las camas de una de las habitaciones:

―En una tienes una cama para ti.

—¿Una de las camas? —dudé—. ¿Tengo que compartir la habitación con alguien?

—¡Sí, hijo! —me explicó riendo—. Pero la otra es de un chico que pasa aquí todos los veranos con su madre. Ella ocupa una habitación y Stephane (Estefán, decía doña Pepa) duerme en la otra. Es un chico muy educado, como su madre, «la madán». No habla español, pero os llevaréis muy bien. ¡Pregúntale a Bernardito!

Miré a Bernardo extrañado y, antes de que le hablase asintió con seguridad y con una sonrisa. El precio de la estancia era más que razonable y pensé que no me iba a encontrar tan solo… pero no demasiado acompañado. Tan bien me habló Bernardo de ese chico, que acepté.

 

Cuando me bajé del tren en aquel pueblecito costero perdido, tomé el papel donde Bernardo me había dibujado cómo llegar hasta la casa, lo miré y anduve por una calle rústica y larga hasta torcer a la izquierda para entrar en la Calle Capitán. A los pocos metros de la esquina estaba la casa; rústica como todo aquel pueblo, de poca fachada y de dos plantas. Me acerqué al portal y llamé al timbre.

Una señora de algo más de 50 años, de mirada bondadosa y voz dulce, se asomó arriba a un balconcillo para verme:

—¡Ay, mi niño! —exclamó—. Tú eres Matías, ¿verdad? Te abro. ¡Sube, sube!

Se abrió la puerta y encontré un largo pasillo que llevaba hasta un patio trasero y, a la izquierda, unas escaleras estrechas y humildes que, en el frescor de la oscuridad, me llevaron hasta una puerta entreabierta.

—¡Pasa, hijo! —Me recibió con un besó y un abrazó cariñoso—. Dame esa bolsa y sígueme. Ya sabes quién soy, ¿no? Pepa. Voy a llevarte a tu habitación y te pones cómodo. ¡Ven por aquí! Ahí está Stephane leyendo hasta la hora de la cena —Bajó la voz—. Estos franceses cenan muy temprano.

—No me importa, señora —Me sentí a gusto en ese momento—, en casa tampoco cenamos muy tarde y prefiero comer y dormir pronto y madrugar.

—¡Claro que sí! —Llegamos a la puerta y llamó suavemente con los nudillos—. Por la mañana temprano podrás ir a la playa y ver a los pescadores. Toda la gente que viene aquí quiere ver ese espectáculo. Además, vas a tener muy buena compañía. Stephane es un jovencito muy simpático… ¡Lástima que no hable español! ¿Sabes algo de francés?

No me dio tiempo a responderle; yo solo entendía cuatro palabras. Doña Pepa abrió la puerta y vi a un chico que levantaba sus ojos de un libro, me miraba y me sonreía.

Stephane era algo más joven que yo, quizá, de cara redondeada y suaves mofletes colorados por el sol; sus cabellos eran muy rubios, no muy largos, pero sí muy abundantes y lacios, con un flequillo que caía algo por encima de sus ojos claros. Apartó el flequillo de su rostro y se levantó a darme la mano. Nos saludamos más bien con gestos. Aunque me dijo alguna cosa en francés e hizo un ademán muy cortés como si me ofreciera su estancia.

—Matías es muy buen chico, Stephane ―le dijo doña Pepa en español a mi nuevo compañero, como si la entendiese—. Estoy segurísima de que os vais a llevar muy bien.

El chico, sin lugar a dudas, entendió lo que le había dicho, asintió, tomó mi bolsa y la puso junto a la que sería mi cama. Me habló otra vez algo en francés y solo por el contexto entendí lo que decía. Lo poco que le hablé en español también lo entendió.

 

Stephane y yo nos duchamos, uno después de otro, en un pequeño cuarto de baño interior con una alcachofa, un lavabo y poco más. Nos pusimos ropa de estar en casa y pasamos al pequeño comedor. Doña Pepa me sentó frente a él en una mesa cuadrada y dijo que el asiento de mi izquierda era siempre para «la madán». Ella se sentaría a mi derecha, de espaldas a la cocina.

Sobre aquella pequeña mesa cuadrada pendía del techo, con un cable muy largo retorcido, una única bombilla con una pantalla muy antigua de papel. Stephane no dejaba de mirarme y sonreírme. Me dijo alguna cosa en francés y no lo entendí del todo, pero pudimos mantener una corta conversación. Me pareció que estaba contento de verme allí con él.

En pocos minutos, entró «la madán» en el comedor, dio unas buenas noches en un español muy poco claro y la vi acercarse a la mesa lentamente. Era una mujer de aspecto extraño y gesto agrio. Cojeaba mucho de la pierna izquierda y no dejó de hablar en francés a Stephane desde que se le acercó. Me pareció que estaba reprimiéndole por algún motivo; hasta que apareció doña Pepa con la sopera:

—¡Buenas noches, «madán»! —le dijo amablemente—. Aquí está la sopa.

—Sirva poco de ella —le contestó con su fuerte acento—. No quiero que quede el segundo plato a la cocina.

—¿El segundo? —pregunté extrañado a doña Pepa—. No acostumbro a cenar más de un plato.

—¡Claro, mi niño! —Asintió y me acarició la cabeza—. Aquí cada uno tiene sus costumbres y se respetan. «La madán» y su hijo siempre toman por la noche unas sopas y un pescado. ¡Para mí es mucha comida! Lo que hago es tomar algo de sopa y algo de pescado… pero puedes esperar y comer sólo el pescado. ¡Como quieras!

—Preferiría… —Miré a «la madán» antes de hablar—. Preferiría no tomar sopas. Esperaré al segundo. ¡No me importa!

—¡Esta es tu casa, criatura! —dijo doña Pepa mientras ponía los cubiertos en la mesa—. Esta es la casa de todos. Cada uno tiene sus costumbres y todos las respetamos. No quiero a nadie descontento aquí. Lo que sí pasará es que deberás esperar a que ellos terminen la sopa.

Stephane me miró conteniendo la risa mientras se tapaba la cara con disimulo, sin apoyar el codo en la mesa, para que no lo viera su madre. La siguiente frase que dijo «la madán» estuvo todavía menos clara y fue bastante larga y dirigida especialmente a su hijo. En un instante, todos entrelazaron sus dedos sobre el mantel; iban a orar. Hice lo mismo por respeto. Oraron, claro, pero no entendí nada más que el amén.

Me resultó curioso que doña Pepa hablara siempre en español como si todos la entendiéramos. La señora «madán» ―que así la llamaba a veces― siempre le hablaba en francés a Stephane y este, curiosamente, siempre me miraba y me sonreía con timidez cuando su madre le gruñía algo. Yo no entendía nada de lo que le hablaba, pero siempre lo hacía en un tono represivo y seco que a Stephane no parecía importarle demasiado o es que hacía oídos sordos a lo que decía su madre.

Cuando terminaron las sopas, se levantó doña Pepa a retirar los platos y a servir el pescado. Esa noche era cazón en salsa. Olía muy bien y tenía mejor aspecto. Esperé a que comenzasen a comer ellos y probé aquel guiso. Era sabroso y de carne muy tierna. Doña Pepa me aseguró que no tenía espinas, como el pez espada, así que comí con tranquilidad sonriendo de vez en cuando a mi rubio amigo. La señora «madán» siguió gruñéndole en francés y casi pareció ignorar que yo estaba sentado a la mesa.

Cuando menos lo esperaba, sentí al tragar como si se me clavara una espina en la garganta y solté los cubiertos quedándome inmóvil. Me miraron asustados y la entereza y la fuerza de doña Pepa se hizo latente al instante, cuando se levantó despacio y se acercó a mí para levantarme tomándome con cuidado por un brazo:

—¡Vamos, hijo! —exclamó agarrándome la barbilla para que abriera la boca a la luz de la bombilla—. ¡Este pescado no tiene espinas!

No podía hablar, así que asentí con la cabeza y me agarré el cuello sin dejar de mirarla asustado. El dolor era muy fuerte. Doña Pepa estuvo observándome la garganta unos segundos y me habló con infinito cariño:

—¡Vamos, Matías! ¡Abre la boca más! Déjame ver qué tienes ahí. El cazón no tiene espinas, hijo.

Abrí la boca cuanto pude y vi que sonreía al mirar mi garganta.

—¡Espinas! —exclamó al fin sin darle importancia—. ¡Lo que tienes en la garganta son dos bolas enormes! ¡Amígdalas! No te asustes. Voy a darte ahora algo blandito y frío; mañana irás al médico.

Miré con asombro a Stephane; él me estaba mirando muy atento y preocupado.

Tomé algo de puré de patatas casi frío sin volver a decir una palabra y así me retiré al dormitorio; sin hablar nada. Stephane entró al momento y cerró bien la puerta. Esperó observándome y sin decir nada a que me acostase y se sentó en su cama sin dejar de mirarme.

Me volví hacia la pared, dándole la espalda. Un extraño sentimiento de impotencia me hizo romper en llantos y noté, pocos segundos después, cómo se movía mi cama. Stephane se había sentado junto a mí, en mi colchón. Miré hacia atrás asustado y me puso las manos en las mejillas como si quisiese consolarme.

De pronto, levantó una de sus manos y me secó las lágrimas con sus dedos y, acercando un poco su cara a la mía, me miró fijamente con aquellos ojos claros y compasivos:

—¡Yo no quiero que llores! ―susurró.

Lo miré tan asustado que casi olvidé el dolor de garganta:

—¿Hablas español? ―farfullé―. ¡Estás fingiendo!

—Sí y sí, Matías —susurró—. Hablo español y me veo obligado a fingir. Aquí, cerca de ti, podré hablarte, pero sólo tú debes saberlo. ¡Prométemelo!

—¡Claro, claro que te lo prometo… pero no lo entiendo!

—Pues déjame quedarme aquí cerca —Se echó a mi lado lentamente—. Nadie nos va a oír hablar. Quiero saber qué haces aquí solo y decirte yo lo que hago aquí con mi soberbia madre. ¡Sólo para ti y para mí!

—¡No lo dudes, Stephane! —Me asustaba mirar aquellos ojos tan bellos—. Lo que hablemos aquí, solo para ti y para mí.

—También quiero que me prometas que irás mañana al médico. Yo te acompañaré. No me gusta verte triste y llorar.

—¿Al médico? ―prorrumpí asustado con una punzada en la garganta—. ¿Al médico de aquí? ¡No, no! Recogeré mis cosas y me volveré a casa. Iré allí a visitar a mi médico.

—¿Y me vas a dejar solo? —me pareció decir con mucha tristeza—. Yo te acompañaré y tomarás una medicina. ¡Te pondrás bien e iremos juntos a la playa!

—¡No, no, Stephane! —insistí—. ¡Me asusta esto! ¡No sé por qué me duele de pronto! Cuando esté mejor volveré contigo… o pagaré todo y me quedaré en casa.

—¡No! ¡Espera! —Hubo un momento de silencio—. Antes tienes que saber todo. Te sentirás mejor así.

Su rostro se fue acercando al mío poco a poco hasta que vi sus ojos celestes muy cerca y mis párpados cayeron lentamente viéndome venir una sorpresa. Así fue. Sus labios se posaron sobre los míos y los besaron dulcemente varias veces.

—¿Te encuentras mejor ahora? —preguntó sonriente—. ¿Más tranquilo?

—¡Sí, sí! —Casi me olvidé del dolor—. Ya me encuentro mejor…

—Entonces, cuéntame por qué estás aquí solo, Matías —musitó sin soltarme la cara—. Yo te diré qué hago aquí con mi madre. Todavía te sentirás mucho mejor.

Sus palabras susurrantes me estaban hipnotizando. Asentí. Intuí que tenía algo que decirme. Me volví hacia él y reposamos nuestras cabezas en la almohada sin dejar de mirarnos. Le hablé aguantando el dolor:

—¡Mi padre! —le dije—. He perdido a mi padre hace poco…

—¡Oh, lo siento! —gimió volviendo a besarme—. No debería haberte pedido que te quedes. Te sientes solo…

—Pensé que no lo echaría de menos fuera de casa —le expliqué—. Si quiero irme ahora es porque de nada me va a servir estar aquí enfermo…

—Me gustaría irme contigo, Matías —dijo ilusionado—. Mi historia es muy larga, pero puedo resumirla. Lo entenderás todo.

—No importa que sea larga —Me incorporé asustado—. ¿Por qué quieres irte conmigo? ¡Cuéntame esa historia! ¿Qué te pasa?

Dejé caer mi cabeza mirándolo y lo escuché atentamente.

—Mi madre se casó con un español, Matías —comenzó, cambiando su rostro—. No soy francés del todo. Hace unos años, cuando aún era un chiquillo, mis padres tuvieron una pelea muy fuerte durante la comida. Mi padre tenía sospechas de que mi madre salía con otro hombre. Un día, la vi venir de la cocina con un cuchillo grande apuntando a la espalda de mi padre, me levanté y le avisé.

Hubo una terrible pausa llena de denso silencio y miradas de estupor. Prosiguió:

—Mi padre… Mi padre se levantó, se volvió y le quitó el cuchillo empujándola al suelo… —Miró al techo suspirando profundamente y con la boca abierta—. Tuvo la mala suerte de cortarle unos tendones de la pierna cuando mi madre caía. Mi padre llamó a urgencias para que la socorrieran. Yo no pude moverme… Mi madre dijo que mi padre la había agredido. ¡Era mentira! Nadie me hizo caso. Me prohibieron verlo.

―¿Qué te hicieron? ―le pregunté angustiado.

―Vivo con ella en París y me ha prohibido totalmente hablar en español. Todos los veranos venimos aquí y tengo que fingir. En septiembre me dejarán estar con mi padre unos días en Madrid. ¡Estoy deseando, más que tú, de irme ya de aquí! Este año ya soy mayor de edad y puedo abandonar a mi madre; decidir lo que quiero…

—¡Stephane! —exclamé asustado—. ¡Es una historia terrible! ¿Por qué no te has ido ya? ¡Puedes hacerlo!

—¡No, Matías! ¡No puedo! —gimió acariciándome los cabellos—. Tú tienes a dónde volver mañana; yo no. Mi padre está todavía en París. Tengo que esperar todo este último verano… Por eso no quiero que me dejes solo.

—¡Lo siento! —sollocé tomando su rostro con cuidado entre mis manos—. Me quedaré contigo. Acompáñame mañana al médico. Tú y yo.

—Tú no entiendes las cosas que me dice ella —Sus ojos se humedecieron—. ¡Quisiera no volver a oírlas más!

—¡Vente conmigo! —le propuse apretando sus mejillas—. Puedes quedarte en mi casa hasta que llegue tu padre.

—¿Piensas que desaparezca mañana contigo? —preguntó como si le hubiese propuesto algo imposible—. Tú serías para ella un cómplice tan odiable como yo. Iría a buscarme. La conozco.

—¡Es igual, Stephane! —exclamé besándolo, como había hecho él conmigo—. ¡No me importa ser tu cómplice! No puede retenerte con ella. ¡Ya eres mayor de edad como yo! ¡Se le acabó su poder sobre ti!

Dejó de hablar sin dejar de mirarme extasiado y puso su mano sobre mi cadera acariciando meditabundo mis slips de colores.

—¡Mira mis calzoncillos antiguos! —Los señaló con un rápido movimiento de la mirada—. ¡Los odio! Ella es la que decide hasta la ropa que tengo que ponerme. ¡Me gustaría poder usar unos slips como los tuyos!

Pensé un poco en lo que estaba diciendo. Yo seguía dolorido y confuso, pero bastante menos de lo que debería estarlo él. Bajé mis manos hasta mi cintura y tiré despacio de mis slips hasta sacarlos de mis piernas, poniéndolos luego a la vista y a su alcance, quedándome desnudo:

—¡Toma! —musité—. ¡Quítate esos y ponte los míos! Quiero que sean tuyos.

Conseguí arrancarle una sonrisa sincera y me besó con más fuerzas que antes. Se arrancó los anticuados y los arrojó lejos para tomar los míos con cuidado y olerlos. En vez de ponérselos, me miró fijamente mientras nuestros cuerpos se fueron unieron despacio.

No sabía si el cuerpo de un chico francés sería como el mío y pude comprobarlo esa misma noche. Sus manos se deslizaron por mis costados, arriba y abajo, acariciándolos suavemente durante un rato largo. Yo también puse mis manos con temor en sus caderas hasta que me sentí seguro de lo que hacía y lo fui palpando.

Su piel me pareció muy suave y perfumada; como la de un bebé o como terciopelo. No sabía por qué, pero necesitaba tocarlo. Sabía que los dos íbamos a sentirnos mejor. Así estuvimos un largo rato hasta que noté que a él le estaba pasando lo mismo que a mí.

Su polla, como un juguete, se escurrió entre mis piernas y la mía entre las suyas. Nuestras manos, en  un movimiento de curiosidad se fueron a tocar al otro y a acariciarlo casi con temor. Conforme pasaba el tiempo nos íbamos dando cuenta de que aquello era un alivio para ambos; un consuelo. Nos sentimos tan bien que cada vez nos deseábamos más y nos tocábamos con más pasión.

Tiró de mi cuerpo para que me pusiera sobre él y, antes de poner mi pecho sobre el suyo quise observar cómo la tenía. Había poca luz y tuve que deslizarme con cuidado para verla de cerca, deseando entonces olerla, meterla en mi boca, besarla, lamerla, saborearla... Acaricié mientras tanto sus huevos comprobando que eran como los míos, pero que no sentía lo mismo que cuando yo me los me tocaba. Me pareció que aspiraba profundamente y supe que tenía que hacerlo porque él lo necesitaba; quizá tanto como yo.

Abrí mis labios y fui chupándole la punta, suave, untada de algo como caramelo sabroso y gustoso. La fui metiendo en mi boca cada vez más y, oyendo sus suaves gemidos de gusto, supe que eso era lo que debería hacer y la estuve chupando un buen rato, hasta que sus manos se aferraron a mi cabeza:

―¡Espera, Matías! ―susurró en un tono mucho más feliz―. Yo también quiero…

―Yo me echo a tu lado, si lo prefieres.

―¡Sí! Voy yo.

Supe entonces por qué estuvo gimiendo de esa forma. La sensación me cortaba la respiración. No era nada parecido a lo que sentía cuando me hacía pajas en casa encerrado en el baño o en la cama. No quise moverme, como hizo él, sino dejarlo que disfrutara como yo.

Cuando pasó un rato, me di cuenta de que si seguía haciéndome aquello iba a correrme, así que me agarré a su cabeza para que se detuviese.

―¿Paro ya? ―preguntó con un hilo de voz.

―¡Sí! ¡Ya! Vente aquí conmigo.

Serpenteó por la cama para ponerse a mi lado, apretando los labios para aguantar una risa nerviosa de sentirse infinitamente feliz, y volvimos a mirarnos fijamente a los ojos regalándonos besos sueltos por sorpresa.

—¿Se la has metido alguna vez a alguien? —me susurró al oído con curiosidad y dejándome confuso—. ¿Quieres metérmela a mí? ¡Por favor!

―¡Claro! ―musité ilusionado―. No se la he metido nunca a nadie. Dime tú cómo lo hago.

―¡Espera! ―Se movió para ponerse bocabajo―. Ponla aquí y aprieta. Ya notarás cuando entre, ¿no?

―Creo que sí, Stephane. Es que no veo.

―Yo te la pongo donde es y tú empujas.

―¿Y si te duele? ―indagué con cierto temor.

―¡No! ―aseguró―. Yo aguanto. Dale y yo te digo.

Noté perfectamente que su mano dirigía la punta de mi polla exactamente al agujero de su culo y fui apretando con cuidado intentado oír si se quejaba. Soltó un corto gemido, me asusté y paré.

―¿Qué haces? ―Volvió su cara para mirarme―. No hagas caso si me quejo. No me duele, es que me gusta. ¡Empuja!

Le hice caso. De alguna manera supe que no lo estaba lastimando. También a mí me hubiera gustado estar en su lugar. Llegó un momento en que noté que de verdad entraba y me sentí dentro de él y mucho más tranquilo. Me moví un poco adelante y atrás para que rozase por su interior y me dijo que siguiera haciendo eso hasta que me corriera.

Le hice caso para que disfrutara conmigo y gocé con él en una experiencia que no había tenido nunca. Sabía que estaba haciéndolo feliz y sentía un placer nuevo, tan nuevo, que tuve que echarme sobre él y quedarme inmóvil.

―¿Qué te pasa? ―preguntó―. ¿Te duele?

―¡No! No me duele nada. Es que ya estoy… ¡No aguanto más!

―¡Córrete! Sigue moviéndote y córrete dentro.

Me moví cada vez más rápidamente inmerso en un placer enorme que iba a hacerme perder el sentido. Noté cómo me corría y no era nada parecido a lo que sentía cuando me hacía una paja, porque no vi nada. Sabía que la leche que echaba estaría cayendo dentro de él. Lo oí jadear de placer al mismo tiempo. Caí agotado y empapado en sudor sobre su cuerpo.

―¿Ya? ―inquirió―. ¿Te has corrido?

―¡Sí! ―contesté entre risas nerviosas―. ¿Te ha gustado así?

―¡Mucho! ―exclamó con alegría.

―Mañana me lo haces tú a mí. Date la vuelta y te la chupo para que tú también te corras, ¿quieres?

―¡Claro! ―profirió seguro―. Mañana yo te la meto. Lo haremos al revés, pero aquí no. Me voy contigo a tu casa.

 

Agotados, apagamos la tenue lamparita de la mesilla y seguimos acostados juntos, cogidos de la mano y hablando.

—Puede que haya una forma de despistar —dije—. Nadie va a sospechar si me voy mañana.

—¡No!

—¡Espera! —Puse mi dedo en sus labios—. Yo haría como si saliese a medio día, tras el almuerzo, y pasaría la tarde por ahí. Compraría algo en la farmacia para el dolor. Tú pasarías el día como si fuese otro cualquiera; aquí. Dúchate, cena y te vienes a la habitación a dormir solo.

―¡No! Yo ya me quiero ir contigo.

―¡Escucha…! Ten preparada una bolsa con lo imprescindible para el viaje. Cuando sepas que todos están dormidos, sal con mucho cuidado y ve hasta la calle que lleva a la estación. Te espero allí; en la esquina. Tomaremos el primer tren.

—¿Lo dices en serio? —Me miró incrédulo en la oscuridad—. ¡Bromeas!

—¡No, no bromeo! —Lo besé para que se sintiera seguro—. Tomaremos el primer tren. Cuando despierten ya estaremos lejos.

—¿Y si mi madre sospechara, Matías? —Se aferró a mi cuerpo—. Se dará cuenta de que hemos tramado algo.

—¡No puede ser, Stephane! —Lo consolé acariciando su pecho—. Aunque doña Pepa le diga dónde vivo, cuando llegue será tarde. ¡Piénsalo!

—¡No hace falta! —Rio nervioso—. ¡Ya lo he pensado! Conforme lo ibas diciendo iba viéndome escapar contigo. ¡Vamos a hacer eso que dices!

Aquella mañana me costó trabajo levantarme temprano. Estuvimos gran parte de la noche en vela; conociéndonos más.

Por la mañana, dejé a Stephan descansando, me levanté, me vestí y, cuando llegué a la cocina, encontré a Pepa sola preparando café.

—¡Buenos días! —saludé.

—¡Buenos días, hijo! —Me besó—. ¿Cómo está esa garganta?

—Regular, doña Pepa —agaché la vista—. Voy a tomar algo y saldré a ver el mar al amanecer. Tal vez no vuelva hasta el almuerzo.

—Tú decides, Matías… ¡A eso has venido! ¡Disfruta de este pueblo y del mar!

—Sólo quería decirle algo… —Me miró intrigada al oírme—. Me vuelvo a casa por la tarde.

—¿Te vas? —exclamó apenada acercándose para abrazarme—. ¿No te gusta la compañía de Stephane? ¿Es por la garganta?

—Es por la garganta, señora —Exageré el gesto de dolor—. A Stephane no lo conozco. Me parece muy buen chico aunque no nos entendamos muy bien. Le pagaré la estancia completa… ¡No se preocupe!

—¡Vamos, anda! —Se volvió a preparar unas tostadas—. ¡Sé de alguien que pasará las noches con Stephane! No me debes nada. Estás invitado y, si quieres volver, sólo tienes que llamarme.

—¿Puedo… pedirle un favor?

—¡Pues claro! —Se limpió las manos en el mandil para atenderme—. ¿Necesitas dinero para volver, hijo?

—¡No, no, señora, no es eso! —Tragué saliva con trabajo—. Quería pedirle que… pase lo que pase, no le diga a nadie dónde vivo.

—¿Qué problema tienes? —Se me acercó con una sonrisa—. ¡Puedo ayudarte!

—No es ningún problema especial, doña Pepa —Tomé sus manos—. Preferiría que nadie supiese dónde vivo.

Se volvió con una expresión en la cara que me estaba diciendo que sabía más de lo que yo le estaba contando. Me pareció que prefirió no hablar cuando apareció la señora «madán».

Volví a la habitación tras el desayuno, recogí mis cosas sin hacer ruido, besé a Stephane, que dormía profundamente, y salí a despedirme de doña Pepa con unas miradas que eran todo un complejo diálogo.

 

Después de una larguísima mañana de paseos, con bastante menos dolor, volví a la casa a almorzar y encontré a «la madán» vomitándole cosas incomprensibles a Stephane, que la miraba bastante indiferente. El almuerzo no fue muy distinto a la cena… excepto porque doña Pepa me había preparado algo blandito para comer.

Cuando volvimos juntos al dormitorio, cerramos la puerta y nos besamos durante unos minutos. Stephane me confesó que creyó que yo no iba a volver. Le aseguré que todo se iba a cumplir. Luego, hice un esfuerzo para salir de allí como habíamos planeado.

La señora «madán» sabía que me iba, pero ni siquiera se dignó a despedirse de mí. Doña Pepa, que como suponía sabía más de lo que decía, se despidió de mí sin muchas atenciones.

La tarde y la noche se me hicieron larguísimas sin Stephane. A las diez y media ya estaba esperándolo a la vuelta de la esquina. Allí estuve pacientemente casi tres horas hasta verlo aparecer corriendo, pegado a la pared y con el rostro descompuesto:

—¡Abrázame, abrázame, Matías! —sollozó soltando la bolsa en el suelo—. ¡Nunca he pasado tanto miedo en mi vida!

—¡Vamos, amigo! —Le tendí la mano—. Es muy tarde, pero aún nos quedan muchas horas de paseo hasta las seis de la mañana. ¡Vamos a pasear tú y yo!

Dimos varias vueltas por algunas calles. El ambiente nocturno veraniego de aquel lugar era inapreciable. Las calles estaban bastante solitarias cuando salimos al rústico paseo marítimo casi sin alumbrado.

Nos sentamos en el arrimadero que daba a la playa y hablamos mucho, mucho; durante largas horas… Fui conociendo a alguien que temía a todo… menos a mí, según me decía. Pensó que iba a verse solo en la calle y sin mí.

Antes de que abriese la estación ya estábamos esperando por la puerta y, cuando oímos el ruido de candados de las cancelas, vimos venir en la penumbra, al alba, a una mujer que parecía correr asustada.

—¡Doña Pepa! —exclamé aterrorizado—. ¿Qué hace aquí? ¡No diga nada, por favor!

—¡No, hijos míos, no! —nos consoló abrazándonos entre ahogos—. Yo solo vengo a desearos lo mejor. Stephane… ¡mi pequeño! Déjame oír cómo hablas en español antes de irte, ¿quieres?

—¡Madame! —dijo besándola—. Voy a echarla mucho de menos y le prometo venir a verla cuando no esté mi madre.

—¡Lo sabía! —Sonrió feliz aquella mujer—. ¡Hablas el español mejor que yo! ¡Os deseo mucha suerte! Tengo que volver… ¡No quiero estropear vuestros planes!

Tras aquella emotiva pero corta despedida, corrimos a sacar los billetes y volvimos a Madrid muy felices. Stephane estuvo en casa un par de meses antes de ver a su padre… pero esa ya es otra historia.

 



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