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Fecha: 01-Abr-19 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduras

Paredes de papel (11)

Alfascorpii
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Una mujer madura descubre la intensa vida sexual de su joven vecino a través de unas paredes mal insonorizadas. Ese descubrimiento despertará en ella reprimidos deseos que le llevarán a ser la coprotagonista de esa placentera vida. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

11

— ¿Pero estás loco? —pregunté, aún conmocionada—. ¡No deberías estar aquí!

— ¿Cómo que no? —replicó Fer con autosuficiencia, tomándome por la cintura para pegar su cuerpo al mío y hacerme sentir la rotundidad de ese paquete que no había dejado de captar mi atención durante la comida—. Aquí es donde debo estar… ¿Por qué hacerme una paja pensando en ti, cuando puedo follarte?

Sus manos ascendieron por mi talle hasta alcanzar mis pechos y acariciarlos por encima de la tela, donde se volvían a marcar descaradamente mis erectos pezones, mientras su boca atacaba mi cuello besándolo y produciéndome un estremecimiento.

— Mmm… No puede ser —traté de negarme, pero aun así, derritiéndome con sus labios y manos, a la par que las mías se sujetaban a su cintura—. Tus padres y mi marido están ahí al lado… Agustín podría venir en cualquier momento…

— Sabes tan bien como yo que eso no va a pasar —me susurró al oído, a medida que su ímpetu presionándome con la pelvis me iba empujando por el pasillo en dirección al dormitorio—. Esos tres ya estaban arreglando el mundo entre tragos, y no se van a mover de ahí en mucho rato. Tienen su propia fiesta, así que vamos a montarnos nosotros la nuestra…

Aprovechando cómo el vestido se ceñía a toda mi figura, sus manos siguieron recorriendo mi anatomía como si fuera un alfarero que le diera forma al barro, acariciando con su calor cada curva para volver a provocar la humedad en mi intimidad.

— Yo no tenía intención…—traté de oponerme sin convicción, denotando en mi agitada forma de respirar cómo la excitación se adueñaba de mí.

Las manos del veinteañero me voltearon, amasando mis pechos mientras su duro paquete empujaba mi culito hasta la puerta del dormitorio. Los tacones me daban la altura precisa para que sintiera, de forma terriblemente excitante, todo el armamento del chico incrustándose ente mis nalgas, desde su parte más baja.

— ¿De qué no tenías intención, Mayca? —me preguntó, guiándome con su empuje hasta situarme a los pies de la cama—. Te pones este modelito para remarcar los buena que estás y te presentas en mi casa sin bragas… —aseveró, haciéndome sentir cómo una de sus manos recorría mi terso muslo, ascendiendo por él y colándose bajo la tela—. ¿No tenías intención de calentarme la polla?

— Uf, sí —acabé confesando—. Pero no podemos ir más lejos…

— Eres una auténtica zorra, ¡y me encanta! Tu boca dice una cosa, y tus actos otra… Así, sigue meneando el culo así, que ya me va a reventar el pantalón.

En ese momento fui consciente del movimiento de mi trasero frotándose contra la dureza que tenía detrás, buscando sentirla más intensamente.

— Me has calentado la polla a conciencia —continuó—, y no dejas de hacerlo. Quieres quemarte, ¿verdad? Y el que el cornudo esté casi aquí al lado te da más morbo, ¿eh?

— Joder, sí —respondí jadeando.

La mano que se colaba bajo mi falda me incitó a subir la rodilla sobre el lecho, a la vez que la otra me tomaba del hombro, obligándome a agacharme para acabar gateando sobre la cama.

— Muy bien, así, a cuatro patas… Tienes un pollazo… —dijo, acariciando mis muslos y subiendo a mi culito alzado para magrear su acorazonada forma—. Toda una jaca para ser bien montada…

— Mmm… ¿Vas a montarme así, sin quitarme la ropa ni los tacones? —pregunté, arqueando ligeramente la espalda para ofrecerle la más provocativa imagen de mi cuerpo.

— ¡Uf, sin duda! Estás divina… Tan elegante y tan puta…

Sus dedos tomaron los bordes de la falda y la subieron lentamente, recogiéndomela hasta la cintura como quien desenvuelve un regalo, dejándome el culo desnudo y expuesto para él.

Hasta mí llegó el aroma de mi propia excitación, al quedarse mi mojado coñito sin la prenda que había actuado como retén de su perfume a hembra ansiosa.

— No deberíamos —aún tuve la osadía de decir, teniendo la certeza de que no había vuelta atrás—. Todavía puede venir Agustín…

“¡Zas!”. Un azote en mi nalga derecha, que me hizo proferir un quejido cargado de deseo, acalló mi pobre oposición.

— Ya estará con el segundo whisky, y si viniera, me da que es de esos a los que les gustaría ver cómo su mujercita disfruta a cuatro patas de una buena polla, recibiendo lo que él no puede darle… Seguro que sabe que tanta hembra necesita un buen macho que la satisfaga…

Nunca se me había ocurrido tal posibilidad. «¿Disfrutaría Agustín viéndome gozar con otro?», me pregunté. «No creo, es bastante tradicional, pero… ¡Uf, qué idea más morbosa!».

Sentí los dedos de Fer acariciando mi congestionada vulva, arrancándome un largo suspiro.

— Estás chorreando —observó—, necesitas rabo ya.

— Sí…

Giré la cabeza para ver, de soslayo, cómo el veinteañero se quitaba rápidamente la ropa para dejarla sobre la cama, regalándome por unos instantes la espectacular imagen de su trabajada anatomía, esculpida para mi goce personal, con su portentoso obelisco apuntando a mi cuerpo ofrecido.

«Dios, que este Robin Hood vuelva a ser certero en la diana…»

Sus manos se posaron sobre mis nalgas y, dando un paso hacia mí, sentí su glande abriendo mis hinchados labios vaginales con puntería, penetrando con fluidez a través de ellos, hundiéndose entre mis pliegues como un pico de pan en queso fundido.

— Ooohhh —gemí, disfrutando de cómo la pétrea herramienta me iba dilatando por dentro, insertándose en mis lubricadas y ardientes profundidades hasta incrustarse en mi matriz, aumentando la intensidad de mi gemido—. ¡Dios, cómo lo necesitaba!

— Uf, no hace falta que lo jures. Quemas por dentro… ¿Sientes cómo me la has puesto con tu vestidito y ausencia de tanga? —preguntó él, empujando para clavarme la polla con ahínco, aplastándome los cachetes con su pelvis.

— Diosss… —solo pude contestar, vislumbrando un precipitado orgasmo.

Con sus manos sobre mi grupa, sujetándome por la parte más elevada de mis glúteos como un auténtico cowboy, Fer empezó un lento mete y saca de fluido movimiento, con el que la cabeza de su ariete percutía en la boca de mi útero y nuestra carnes chocaban en rítmico palmoteo.

Yo gemía tratando de no elevar el tono, muerta de gusto por cómo ese acerado trozo de carne me abría y horadaba en una postura con la que el balano frotaba todas mis paredes internas, estimulando sus regiones más sensibles, a la vez que mi cuerpo se mecía acompañando el vaivén e impactos en el trasero.

El macho bufaba, clavando sus dedos en mis prietas carnes y acelerando el compás de sus embestidas como claro indicativo de que él tampoco tardaría en llegar al clímax. Pero yo fui más rápida que él. Todo el día arrastrando una calentura con momentos álgidos entre los que sobresalía ese joven semental follándome a cuatro patas, sin siquiera desnudarme, en un “aquí te pillo y aquí te mato”, fue demasiado para mí.

— Ummm… —gemí desesperadamente, cerrando los ojos y la boca mientras un seísmo sacudía toda mi anatomía.

— ¡Joder, cómo tiras, pedazo de jaca! —escuché a mis espaldas.

Vibré con un profundo orgasmo en el que todos mis músculos se tensaron exprimiendo la vara inserta en mí, ansiando recibir su fogosa descarga en mis adentros. Y hasta me pareció escuchar música en mi delirante apogeo.

— ¡Qué oportuno el puñetero móvil! —escuché al chico, esclareciéndome el motivo por el cual, a pesar de estar al borde del colapso, no se había derramado en mi interior con mi furia orgásmica.

Como si estuviéramos enlazados por bluetooth, el final de mis fuegos artificiales coincidió con el de la música del dispositivo, cortándose la llamada y la posible liberación del informático.

«Si ha estado a punto de correrse tan pronto conmigo», vino a mis pensamientos, «es porque le pongo muy burro, y a lo mejor no ha estado con ninguna otra en toda la semana…»

— ¡Quiero tu leche ya! —me sorprendí a mí misma diciendo, a la vez que gateaba sobre la cama para desenvainar la espada de mi cuerpo.

Ante un sorprendido Fernando, me di la vuelta y avancé a cuatro patas hasta que me introduje la gruesa lanza en la boca, engulléndola hasta que su punta atravesó mi garganta y me provocó una arcada que me obligó a retroceder un poco para no ahogarme con mi propia gula y lujuria.

— ¡Joder, y así la vas a tener ya!

Sus manos me agarraron de los negros cabellos y, lanzando el avellanado fuego de su mirada a las verdes lagunas de la mía, me folló la boca sin contemplaciones.

Su dura carne sabía a coño, a mi licuado coño, que seguía contrayéndose con esa excitante y exigente profanación oral, y era deliciosa.

En menos de un minuto, mi amante demostró cuán inminente había sido su orgasmo cuando el teléfono se lo había arrebatado, tirándome de la melena para colocarme la cabezota de su polla entre la lengua y el paladar, y gruñir con su impetuosa polución llenándome la boca de cálido y denso elixir seminal, que saboreé y tragué mientras los espasmos se sucedían en mi cavidad, colmándomela nuevamente para que rebosara entre mis labios y su estaca.

Con una última succión, y Fer relajando el tirón de mis cabellos, me saqué la verga de la boca, paladeando el exquisito sabor de la generosa y juvenil leche candente que sus testículos habían fabricado para mí.

— Qué maravilla de perrita complaciente y golosa eres —me dijo, meneando su falo ante mi rostro y observando cómo me relamía los labios con dos regueros que partían de mis comisuras adornando mi barbilla.

— Tú me has hecho así —le acusé sonriente, llevándome un dedo a la barbilla para recoger y degustar el néctar que había escapado a mi glotonería.

— ¡No! —me detuvo sujetándome la muñeca—. Estás preciosa así, es una muestra de lo cachonda que eres…

— Pero ya hemos terminado, ¿no? —objeté—. Uno rapidito para calmar el calentón y ya está.  No deberíamos seguir tentando a la suerte…

— Esto solo ha sido el aperitivo, demasiado rápido. Será porque llevo toda la semana reservándome para ti…

— ¿Ah, sí? —pregunté melosamente, sentándome sobre los talones y sintiendo el peculiar tacto de los estilizados tacones sobre mi culito desnudo; olvidando por completo la remota posibilidad de que apareciera Agustín en cualquier momento—. ¿No le has dado duro a ninguna de tus amiguitas o a la asistenta?

— Qué mala eres… Cuando se ha probado el caviar, uno ya no se conforma con sucedáneos.

— Uf, me halagas mucho —confesé, sintiendo cómo enrojecían mis mejillas.

— No es halago, sino un hecho. Eres mucho más interesante que cualquiera de ellas, con ese erotismo de mujer madura que te convierte en diosa… ¡Me das muchísimo morbo! Y estás buenísima, follas como la reina de las putas, eres complaciente, y encima puedo montarte a pelo… ¡uf!

Con sus palabras y cimbreante verga ente mi rostro, habiendo perdido apenas consistencia tras la eyaculación, mantuvo mi libido en niveles que me emborracharon más que todo el vino que había tomado.

— ¿Entonces, me lo vas a dar todo a mí? —pregunté, sacándome por la cabeza el ajustado vestido que ya me incomodaba por estar recogido en mi cintura.

El veinteañero resopló contemplándome, y hasta me pareció percibir un espasmo de su miembro a media asta cuando me quité el sujetador. Mis pechos se liberaron con un bamboleo, mostrando sus rosados pezones erectos como pitones, y el chico no pudo evitar alargar la mano para acariciarlos suavemente.

— Aún me pesan los huevos —contestó—, no estoy acostumbrado a la abstinencia. Y, como puedes ver, no voy a tardar en volver a estar a tope para darte lo tuyo…

— Mmm… a ver cómo los tienes…

Con mi mano tomé sus testículos, sopesándolos con delicadeza a la vez que acariciaba todo el escroto.

— Sí parecen cargados, sí —comenté.

Las yemas de mis dedos alcanzaron el perineo, delineándolo suavemente mientras la palma de mi mano abarcaba las tremendas pelotas, sujetándolas.

Un leve jadeo masculino y espasmo de la vara semirrígida, me confirmaron que el semental no exageraba. Con poco que le hiciera, ya tendría esa maravillosa polla como un barrote para reventarme el coñito.

Masajeando con delicadeza la región testicular, mi otra mano tiró de la piel de la gruesa pieza de embutido para descapuchar completamente la redondeada cabeza, que parcialmente había quedado resguardada en ese estado de erección a medias.

Ignorando los restos de semen que habían fluido de mis comisuras para no limpiármelos y lamerlos como pedían mi instinto y gula, mi lengua se alargó a través de los labios para alcanzar el rosado glande y lamerlo de abajo a arriba, punteando jugosamente en el frenillo.

Otro jadeo y un aumento de calibre corroboraron que estaba en el buen camino.

Mi húmedo músculo recorrió la viril herramienta, desde la punta hasta la base, donde mi mano apretaba cariñosamente sus colgantes gemelos, y constaté que ya no necesitaba sujetar la vara con la otra mano para mantenerla erguida. Besé sonoramente el tronco en su nacimiento con mis esponjosos labios, y fui recorriendo toda su extensión, ascendiendo poco a poco por su longitud para que mis pétalos, finalmente, dedicaran sus golosas atenciones al balano, que ya permanecía completamente descubierto por sí solo.

— Ufff, Mayca, qué boquita tienes….

Ya volvía a tenerle en pie de guerra, casi totalmente rearmado para atacarme con mayor contundencia que mi marido en su época de gloria, pero me gustaba tanto su polla, que no pude resistirme a metérmela en la boca para chuparla tranquilamente, agasajándola con todo el calor, suavidad y jugosidad de mis carrillos, lengua, paladar y labios.

La humedad de mi entrepierna se hizo más patente cuando sentí cómo ese manjar terminaba de engrosarse dentro de mi cavidad oral, poniéndose duro como la porra de un policía antidisturbios, excitándome tanto, que comencé a succionar con más fuerza.

— Para, golosa, que te vicias —dijo Fer, sujetándome la mandíbula y sacándome el trabuco—. Si sigues comiéndomela así, no voy a querer que pares, y tenemos pendiente acabar lo de antes… Venga, date la vuelta y ponte como la perrita que eres.

— No soy una perrita —le solté con orgullo.

— No, claro que no… Eres una leona, y como tal te pienso follar…

«¡Dios, cómo sabe accionar siempre la tecla correcta! Que haga conmigo lo que quiera…»

Fui a quitarme los tacones, pero él me detuvo.

— Estás muy sexy con ellos. En mi opinión, te dan aún más clase —añadió.

Ese comentario y el fuego de su mirada me hicieron sonreír, por lo que obedecí sin dudar, volviendo a ponerme a cuatro patas sobre la cama, ofreciéndole mi retaguardia.

Inmediatamente, me sujetó por las caderas, y con una potencia que casi me hace dar con mi cara sobre el lecho, me arremetió brutalmente, ensartándome hasta que nuestros cuerpos restallaron con una profundísima penetración que hizo las delicias de mi encharcada vagina.

— ¡Mmmm! —gemí mordiéndome el labio.

Con mayor bravura que antes de mi orgasmo, Fernando comenzó a darme poderosas embestidas, con las que su ariete parecía querer reventarme por dentro, a la vez que sus pelotas golpeaban mi vulva como si pudieran atravesar sus inflamados labios para introducirse, también, en mi gruta de lujuria.

El placer de tan salvaje arrebato era incontenible. Sentía que me acuchillaba con su afilada bayoneta como si quisiera matarme de gusto, y apenas conseguía ahogar los gritos que nacían en mi garganta para amortiguarlos con mi boca cerrada.

El mástil se deslizaba por mi interior con la lúbrica facilidad de mis descontrolados fluidos, a la vez que mis músculos internos se contraían para volverme loca con el desquiciante grosor de una polla que cualquier mujer desearía para ella.

Haciendo fuerza con los brazos para mantener la postura, aguantando los empellones, sentí cómo, perseverando en taladrarme, el macho masajeaba mis nalgas, acariciaba mi cintura, subía por mis arqueadas lumbares, y terminaba agarrando con fiereza mis colgantes pechos violentamente zarandeados. Los apretó apasionadamente, estrujándolos con cada empujón, ampliando las indescriptibles sensaciones que me hacían temblar, y disfrutó de su volumen y turgencia disparando mi goce y excitación hasta cotas ya insoportables.

— Me revientas, me revientas, me revientas… —repetí entre jadeos, tratando de no alzar la voz

Iba a estallar ya, parecía inevitable pero, de nuevo, el tono de llamada del móvil del chico llegó a mis oídos, impidiendo mi precipitación al vacío y manteniéndome en ese intolerable estado de preorgasmo.

— ¡Joder! —protesté con frustración, escuchando la rockera melodía.

El jinete detuvo la cabalgada dejándome su verga dentro, y cuando pensé que iba a tomar el aparato para acallarlo, me sorprendió agarrándome por los hombros para tirar de mí, clavándome en su lanza con más ahínco.

— Ni caso —le oí decir entre dientes—. Quien sea, que espere, que ya te tengo otra vez donde quería.

La melodía se prolongó un poco más, tal vez medio minuto, tiempo en el que mi amante me ensartó como si estuviera domándome, y cuando al fin se detuvo, sentí cómo mi hombro derecho era liberado de su sujeción.

Giré la cabeza y, por el rabillo del ojo, vi cómo el informático se chupaba un pulgar. Lo siguiente que sentí fue la apoteosis, pues poniendo la mano sobre mi grupa, sin dejar de taladrarme el coño, me metió ese dedo por el culo con tal facilidad y gustazo para mí, que aullé derramándome en un desgarrador éxtasis.

— ¡Auuuuuuu…!

Mi convulsionante coño expulsó a presión cálidos fluidos que mojaron mis muslos y las sábanas, y todo mi cuerpo vibró llevándome al olimpo, hasta que las aguas volvieron a su cauce y mi rostro acabó sobre la almohada.

Estaba recuperando el ritmo respiratorio aprovechando la breve tregua que me daba mi macho, quien con su enhiesta polla dentro de mí hacía gala de su aguante para seguir complaciéndome, cuando la melodía del teléfono volvió a inundar el dormitorio.

— Joder, voy a tener que cogerlo —protestó el joven desenfundando su arma de mis carnes—. No te muevas, que solo será un segundo.

— Ahora mismo no puedo ni moverme —contesté con una sonrisa de satisfacción, cerrando las piernas y bajando las caderas para descansar.

— ¿Sí, mamá? —preguntó Fer al descolgar la llamada, tras tomar el móvil del bolsillo de su pantalón.

Un escalofrío puso toda mi piel de gallina.

— …

— ¿Y eso era tan urgente como para llamarme tres veces casi seguidas?

— …

— Sí, sí que lo he oído, pero no podía contestar.

— …

— Porque, entre otras cosas, tenía las manos ocupadas —me lanzó un malicioso guiño.

— …

— ¿Y a ti qué más te da? Cosas mías…

— …

— Venga, vale… Bueno, pues si no os vais a mover de ahí, ya llamaré cuando vuelva. Pasadlo bien y no te preocupes por mí. Un beso.

Cortó la llamada y tiró el móvil sobre su ropa.

— ¿Qué pasa? —interrogué con preocupación, dispuesta a levantarme de inmediato.

— Nada, solo quería decirme que me he dejado las llaves en casa. Ya sabes, madres… Por cierto, que me ha dicho que tienen para rato con tu marido, así que, ¿dónde lo habíamos dejado? —terminó preguntándome, hipnotizándome con el movimiento de su monumental monolito recubierto por mis fluidos.

Cualquier temor que momentáneamente hubiera pasado por mi cabeza, quedó completamente eclipsado por semejante visión.

— Acababas de hacer que me corriera como una loca. He tenido un squirt de esos…

— Mmm… Si es que estás hecha para gozar y gozarte —comentó, poniéndose nuevamente tras de mí a los pies de la cama—. Ven aquí.

Levanté la cadera volviendo a separar mis muslos, y me incorporé para presentarme totalmente dispuesta a ser sometida a una nueva sesión de gran felina en celo.

Fer volvió a tomarme por la grupa, y me preparé para recibir su certera estocada en mi jugosa almeja. Sin embargo, la redondeada punta de su polla no tomó ese camino, sino que se abrió paso entre mis cachetes hasta incidir sobre mi agujerito.

— Por ahí, ahora, no —me negué, girando la cabeza para contemplar cómo sonreía con cara de pervertido.

— Mayca, tienes un culito precioso, redondo y prieto, está pidiéndome rabo desde que apareciste con ese vestido y sin tanga en mi casa.

— ¡Pero no me has preparado! —objeté, disfrutando de la excitante sensación de tener esa pértiga aprisionada entre mis firmes glúteos mientras su extremo me dilataba el anillo exterior sin dificultad.

Sin duda alguna, el lubricante natural de mi almeja recubriendo al invasor, facilitaba un cálido deslizamiento que me hizo agarrarme a las sábanas.

— Ni falta que te hace, ¿ves? —recibí como respuesta, dejándome sin aliento al notar cómo la cabeza de la pitón también se abría paso a través del segundo anillo para ir dilatándolo con un cosquilleo—. El otro día ya te lo abrí y: “cuando haces pop, ya no hay stop”. Estás tan cachonda que antes te ha entrado mi dedo a la primera… Ahora siente cómo entra toda mi polla en este culito provocativo y tragón que tienes…

— Uuuhhh —ululé, comprobando que tenía razón, sintiendo cómo mi recto se iba llenando de pétreo músculo de macho.

Arrugué las sábanas con mis dedos convertidos en garras, pues la sensación de tener algo entrando por ahí, abriéndome en canal, era tan poderosa que me arrancaba sollozos de puro placer.

— Mmm… sigues teniéndolo bien apretadito —escuché—, y me encanta… Voy a tener que encularte hasta el final…

— ¡Oh, Dios, sí!, ¡métemela toda ya! —supliqué entre más sollozos, deleitándome con la exquisita presión y calor.

Con un contundente empujón que acabó de endosarme la mitad del ariete que faltaba por profanarme, Fernando terminó por azotar mi culo con su pelvis, arrancándome un alarido de extremo placer naciente en mi garganta, y que tuve que acallar mordiéndome el labio hasta casi hacerme sangre.

¡Cómo me gustaba esa penetración trasera! Era tan profunda y bestial, tan pecaminosa, excitante y placentera, que me iba a crear más adicción que el tabaco.

Entre gruñidos de macho y sacudidas de mis nalgas, berreé cada profundo sondeo de mis entrañas, tratando de mantener la boca cerrada.

— Uuhm… uuhm… uuhm…

Mis brazos no tardaron en flaquear ante el empuje del toro bravo, y acabé, nuevamente, con el rostro sobre la almohada, mordiéndola para acallar mis sollozos y gritos de extremo goce a la vez que la abrazaba.

— Uuhm… uuhm… uuhm…

Así recibí un severo “castigo” que, de nuevo, hizo gotear mi coño, llorando de gusto por la severa azotaina que mi culito estaba recibiendo.

«Estás más para darte un buen azote que para ofrecerte asiento en el metro», recordé que me había dicho con descaro la primera vez que entró en mi casa. «A este tipo de azote se estaba refiriendo, el muy cabrón… ¡Dios, me encanta!».

Con mi cuerpo inclinado y mi trasero en alto, al joven le costaba enfilarme entera toda su herramienta para seguir rebotando contra mis vibrantes carnes, así que me la sacó, dejándome la más increíble sensación de vacío que jamás había experimentado.

Apenas tuve dos segundos de tregua, pues inmediatamente, Fernando se subió a la cama, colocándose en pie para quedar por encima de mis orgullosas cachas y, dirigiendo su mortal flecha a la acorazonada diana, volvió a penetrarla a fondo con la facilidad propiciada por mi ojal completamente abierto para él.

— Uuuuhmmm… —amortiguó la almohada.

Desde su posición de superioridad, inclinándose sobre mí, mi amante castigó mis posaderas sin compasión, empalándome con toda su pértiga de arriba abajo, metiéndome toda la polla con su pubis impactando en mis enrojecidas redondeces, mientras sus pelotas rebotaban contra el frontón de mi vulva y perineo.

— Uuhm… uuhm… uuhm…

Me moría del bestial gusto que experimentaba siendo dominada de esa exquisita manera, como una yegua montada y sometida a la férrea voluntad de su jinete convertido en dios.

— Uuhm… uuhm… uuhm…

Empotrándome en la cama y almohada, Fer bombeó incesantemente mi culito en alto, con su verga perforándome como si buscara petróleo en las profundidades de mi curvilínea anatomía. Y no tardó en obtener la recompensa a tan placentero esfuerzo, rompiéndome por dentro como un martillo neumático que acaba por resquebrajar el suelo sobre el que percute sin denuedo.

— Uuhm… uuhm… uuhm… ¡Uuuuuhmmm…!

El orgasmo se propagó por cada una de mis fibras, profundo, devastador, salvaje; tensando todos mis músculos hasta el borde de la ruptura, constriñendo la excelsa virilidad del veinteañero hasta hacerle estallar inundando mis entrañas con su hirviente esencia, lo que provocó que encadenase otro clímax que sacudió toda mi anatomía y que terminó por derrumbarme en la cama con más de veinte centímetros de duro y lozano varón metidos por el culo.

— Ahora sí que hemos terminado —me susurró al oído con satisfacción, una vez que nuestras respiraciones se calmaron—. Te dejo tiempo para cambiar las sábanas antes de que aparezca tu marido.

Aún extasiada, pero consciente del riesgo que seguíamos corriendo, me pareció la mejor idea. El dormitorio olía a sexo, las sábanas estaban mojadas con zumo de hembra, deseaba fumarme el relajante “cigarrito de después”, y necesitaba una ducha. Así que nos desacoplamos, sintiendo un reconfortante cosquilleo y alivio al expulsar al poderoso conquistador de mi multiorgásmico placer anal.

— ¿Cuándo vuelve a irse de viaje Agustín? —me preguntó el dueño de mi más profunda satisfacción mientras se vestía.

— El lunes por la tarde —contesté, sentada en la cama, recreándome la vista con cómo agarraba la apaciguada anaconda para guarecerla en la elástica ropa interior que anteriormente no me había dado tiempo a apreciar.

«Uf, si no fuera demasiado arriesgado, volvería a ponerle bruto, aunque solo fuera para disfrutar viendo cómo ese pollón se marca en la licra, como si fuera un superhéroe pornográfico…».

— Pues el lunes por la tarde me tendrás aquí —sentenció, seguro de que no habría oposición alguna por mi parte—. Que pases un buen resto de fin de semana —se despidió, terminando de calzarse.

— Lo mejor ya ha pasado… Ya estoy deseando que llegue el lunes.

Con un guiño mutuo, Fernando se marchó y, a pesar de haberme dejado hecha una ruina, me puse rápidamente en movimiento para ocultar cualquier pista de lo que ahí acababa de ocurrir.

Al final, incluso me sobró tiempo hasta que Agustín volvió a casa con una considerable melopea, encontrándose todo recogido y a su mujercita bien follada y fresca como una rosa.

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El día siguiente fue como el cantante de ópera: Plácido Domingo, pues lo pasamos en la piscina del club de campo del que mi esposo es socio. Y el lunes por la tarde, le acompañé al aeropuerto para despedirme cariñosamente de él. Se llevaría mi amor por cuatro días, tiempo en el que sería consolada con lujuria.

Cuando llegué a casa, me cambié la camisa que pudorosamente había tapado mi culo enfundado en unos estupendos leggins de cuero rojo brillante, los mismos que llevaba la primera vez que tonteé en serio con el vecinito, y me puse sin sujetador el mismo top blanco de aquella ocasión, ajustado y con escote redondo, que realzaba el globoso volumen de mis tetas y marcaba los pezones, erizados por el contacto directo con la tela.

También me cambié las sandalias, siendo sustituidas por unos taconazos negros. Y cuando terminaba de recoger mi azabache melena con una larga coleta, el toque de timbre que anhelaba disparó mi excitación.

Con pose seductora, ladeando cadera, abrí la puerta.

— ¡Uy, Pilar, no te esperaba! —exclamé descolocada.

— Ya veo… —contestó mi amiga, haciéndome un escáner de pies a cabeza con el que me sacó los colores—. Ya se ha ido Agustín, ¿verdad? —añadió, entrando en mi casa y cerrando la puerta.

— Eeeh, sí… —contesté desconcertada.

— Y por eso vas de putón, para seducir a mi Fernando…

— ¿Qué dices? —pregunté con incredulidad.

«¡Oh, Dios mío, se ha dado cuenta de que hay algo entre nosotros! ¿Cómo puede haber atado cabos?», me pregunté.

— Venga, Mayca, no hay más que verte…

«Niega, niega y niega», dijo mi diablillo interno. «Seguro que puedes darle una explicación convincente para acallar sus sospechas…»

— Pilar, creo que te estás haciendo una idea equivocada… ¿Fernando, tu hijo?, ¿cómo voy a querer yo seducirle?

— ¡Basta ya con esta farsa! —explotó mi vecina—. ¡Eres una zorra mentirosa! ¿Cómo tienes la indecencia de seducir a un crío, a mi hijo, y de ponerle los cuernos a tu marido?

«¡Joder, lo sabe! ¿Pero cómo?».

— Tranquilízate, Pilar —traté de calmarla—. Vamos a sentarnos y me lo explicas…

— ¿Que me tranquilice? ¡Bastante tuve que aguantar el sábado y ayer para no montar la tercera guerra mundial!

«¡Mierda! Seguro que vio desde la terraza, cuando salió a fumar, la provocación de Fer con mi tanga».

— Pero, ¿de qué hablas? —intenté agarrarme a un clavo ardiendo, buscando en mi cerebro una rápida explicación a ese lance.

Mi amiga respiró hondo, serenándose un momento y cogiendo aire para, sin pausa, empezar a disparar como una ametralladora:

— El sábado, cuando se suponía que tú estabas durmiendo una siesta porque no te encontrabas bien, yo pasé por la habitación de mi hijo y vi que se había marchado dejándose un llavero sobre su escritorio. Entré para comprobar si eran las llaves de casa, y como sí lo eran, le llamé con ellas en la mano para avisarle. Entonces, de repente, oí un largo gemido que vino del otro lado de la pared. Ya sabes que estas paredes son de papel…

«¡Y tanto que lo sé! No tenías por qué estar en el cuarto del chico…»

— “¡Anda, mira!”, pensé en ese momento —prosiguió Pilar con su relato—, “Mayca se está dando un homenaje ella solita”. ¡Pero no! Porque, a la vez, también escuché la música del teléfono de Fernando con la misma procedencia. “Será una casualidad”, me dije. ¡Pero tampoco! Porque después me pareció escuchar su voz… contigo…

Un escalofrío sacudió mi columna vertebral, poniéndome la piel de gallina. No había explicación posible, no había escapatoria.

— Me quedé en silencio, a la escucha —continuó—, y sólo pude captar algunos susurros a dos voces, aunque no podía asegurar que una de ellas fuera la de mi hijo. Me puse nerviosísima, no podía creerlo, y no estaba segura de si quería comprobarlo, así que me fui de allí. Pero después de unos minutos dándole vueltas, viendo a tu marido tan felizmente ignorante, no pude evitar volver para tratar de averiguar si con quien le estabas engañando era mi niño… Y empecé a escucharte gemir otra vez, más fuerte, ¡como una puta! Porque es lo que eres… Así que decidí llamar otra vez, y volví a escuchar la inconfundible musiquilla del otro lado, acompañando tus gemidos. Esa fue la prueba que me dejó claro que con quien estabas ejerciendo era con mi Fernando.

«Por unas malditas llaves», me dije, resignándome.

— Y cuando la llamada se cortó, te oí gritar —el monólogo no tenía descanso—. ¿Cómo puedes ser tan puta, a tu edad…? Sentí la necesidad de volver a llamar, de hacer algo para que esa aberración no continuase, y cuando mi hijo contestó al teléfono, pude escuchar claramente su voz, tanto en el auricular como a través de la pared, tomándome el pelo sin cortarse, mientras yo le hablaba bajito para que nuestros maridos no me oyesen... ¡Y ya no pude más! Volví con José Antonio y Agustín, disimulando mientras me pensaba si contárselo a ambos…

«Por lo menos no escuchaste cómo tu “niñito” me daba bien por el culo», dijo mi lado oscuro.

— Y no se lo has contado, ¿verdad? —al fin intervine, segura de ello por la actitud de mi esposo.

— ¡Pues claro que no! Por la amistad que hasta ahora nos unía, no le iba a decir a tu marido que le estabas engañando con otro, ¡que eres la puta de Babilonia!

— ¿Serás falsa? —le espeté, ya harta de que me llamase puta. Una cosa es que me lo dijera su hijo en momentos de calentón, resultándome un halago, y otra que ella lo utilizara para ofenderme, escupiéndomelo en la cara en mi propia casa—. ¿Cómo que no se lo has contado a Agustín por nuestra amistad? Y resulta que vienes a mi casa a insultarme… No se lo has contado porque el que me hace gritar como una puta es tu hijo, ¿eh? Y mi marido le cortaría los huevos si se enterase…

Las dos estábamos furiosas, y aquello significaría el fin de muchas cosas.

— ¿Y cómo que yo le he seducido? —continué, cegada por la rabia de haber sido descubierta y acusada de ser la única culpable— ¡Fue tu hijo el que vino a por mí! Fue él quien me calentó y me llevó a su terreno, aprovechándose de que paso mucho tiempo sola, aprovechándose de su juventud y atractivo, haciéndome sentir deseada…

— ¡Da igual quién lo empezara! Tú eres una mujer hecha y derecha, y él solo un muchacho jugando a ser hombre… Tenías que haberle parado los pies. Esto se quedará aquí, entre nosotras, y nunca más volverás a verle…

— ¿Y qué me lo impide? —me revolví—. ¿La amenaza de que se lo cuentes a Agustín, con la vergüenza de que quien me folla a sus espaldas es tu hijo?

— Mira que eres zorra, ¡qué engañada me tenías! No volverás a verle porque ayer estuve haciendo llamadas, moviendo hilos para acelerar las cosas, y esta misma mañana le he mandado a Zaragoza a hacer la entrevista para mi empresa. Te aseguro que le van a dar el puesto inmediatamente, por mis santos ovarios, ¡así que se quedará allí! De momento, en casa de mi hermano.

Me quedé de piedra, eso sí que no me lo esperaba. Pero al instante reaccioné con rabia, una rabia visceral que nubló mi juicio, y eso provocó que mi demonio interior hablara por mí para echar más leña al fuego:

— Pero vendrá a ver a su mamaíta, ¿no? Y en cuanto venga y me vea a mí —hice un gesto con las manos remarcando mi físico ceñido con sugerentes prendas—, querrá echarme un polvo que hará temblar las paredes… ¡No te imaginas el pollón que gasta tu hijo!

Pilar se quedó impactada, recorriendo toda mi anatomía con su mirada, asimilando y calibrando mi amenaza a la vez que digería la aseveración sobre los genitales de su muchacho.

— Ya me aseguraré de que eso no pase —dijo finalmente—. Eres más zorra de lo que me imaginaba, una auténtica bruja disfrazada. Con tu cara bonita y tu tipito despampanante… Más vale que tampoco te acerques a mi marido —me amenazó con un dedo.

— ¡Estás loca! —le espeté—. Ni con un palo tocaría a José Antonio…

— ¡Mejor! ¡Adiós, Mayca!

Con un portazo que retumbó en todo el edificio, se acabó la discusión y mi aventura.

Y así me quedé, con mis provocativos tacones, leggins y top, pensando en la cruel ironía de cómo esas paredes de papel me habían brindado la oportunidad de alcanzar las mayores satisfacciones de mi vida, pero a su vez y del mismo modo, me las habían arrebatado dejándome con la miel en los labios.

Sin duda, aquella experiencia cambiaría mi percepción vital para siempre, pues lo que Fernando había despertado en mí, jamás volvería a ser reprimido.

 

EPÍLOGO

Han pasado dos meses desde aquel día. Por supuesto, no he vuelto a saber nada de Fer. Supongo que estará en Zaragoza, trabajando y dándole duro a cuantas afortunadas aragonesas se le pongan a tiro.

Al mes de su marcha y bronca con su madre, me enteré por Agustín de que nuestros vecinos, aprovechando la independización del chico, se mudaban a vivir a la casa del pueblo, poniendo su piso en alquiler.

Hace tan solo quince días que han conseguido alquilar el piso a un par de estudiantes universitarios. Sospecho que el que haya sido a tales inquilinos, constituye una venganza de Pilar, pues es sobradamente conocedora de lo ruidosos que suelen ser esos jóvenes. Así que creo que mi examiga tiene la esperanza de que, por culpa de estas paredes, sus arrendatarios me hagan la vida imposible. Sin embargo, el tiro le ha salido por la culata.

Lo que ella no puede imaginar es que, la primera vez que fui a llamar la atención a mis nuevos vecinos por el volumen de su música, estos, amablemente, me invitaron a tomar una copa con ellos para disculparse, y la acepté. La segunda vez que acudí también me invitaron, y no solo acepté, sino que antes de acabarme la copa, ya estábamos los tres realizando una libre representación del puente de Londres, conmigo entre ambos briosos jovencitos, con una polla clavándose fogosamente en mi coñito mientras la otra se derretía en mi boca.

Y aquí estoy ahora, en la terraza, terminando esta historia con mi portátil mientras me fumo un cigarrillo mentolado. Hace media hora que mi marido se ha marchado de viaje, de lo cual mis nuevos vecinitos están puntualmente informados. Así que concluyo estas líneas esperando a que vengan para convertirse en mi rica y abundante “merienda”, pues estoy deseando satisfacer, a dos bandas, todos los apetitos que Fernando despertó en mí.

FIN


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