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Fecha: 01-Abr-19 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

El club de los padres que se follan a sus hijas 3

yo mismo
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EL CLUB DE LOS PADRES QUE SE FOLLAN A SUS HIJAS 3

Hicimos un nuevo receso. El anfitrión se movía nervioso de aquí para allá hablando por teléfono. No sabía que le estarían diciendo, pero parecía preocupado. 

Al cabo de unos minutos terminó. Estamos acabándonos el nuevo refrigerio cuando se dirigió a nosotros. 

-Al parecer este local ya no es seguro. Tengo información de que están detrás de nosotros y podrían saber que estamos aquí. Afortunadamente no saben quienes somos, solo tienen sospechas y no tienen nada claro. 

Yo miré a mi compañero de al lado, el de la letra A y no sabíamos que decir.

-Ahora seguiremos con el sorteo, pero como todavía quedan seis integrantes del grupo, iremos más rápido. Lo contaran de dos en dos, hasta llegar a los seis. 

La chica volvió con la bolsa y sacó dos letras, la A y la C. El joven que no debía pasar de 35 y el hombre de las gafas de sol, que pese a la semioscuridad, no se quitaba para nada las gafas de sol. 

El anfitrión miró su reloj y dio paso a la letra A.

-Hola, soy la letra A, dijo señalando la letra escrita. Tengo 36 años y estoy casado con una mujer muy hermosa de 33 años. Tenemos una hija de 18 años. Es muy guapa, ha salido a su madre, pero como el resto, nunca la vi como una mujer. Solo como mi hija. 

-El caso es que hace un par de meses, mi mujer nos propuso irnos de vacaciones con nuestros vecinos de bloque. Son una pareja muy simpática y tienen dos hijas de 20 años, mellizas.

 

Cuando llegamos a la playa, dejamos el equipaje. Estábamos cansados, pero lo primero que hicimos fue ponernos los bañadores y bajarnos a la playa. 

Mi mujer está muy buena en bañador, pero cuando vi a las hijas de mis vecinos, me quedé sin palabras. Para entonces no me había fijado aún en mi hija. 

Las dos tienen unos buenos pechos, y unas caderas casi más grandes que las de mi mujer. Cuando se metieron en el agua, nosotros nos quedamos fuera tumbados en la arena. Mi vecino me dijo:

-¿Qué? ¿A qué están buenas mis hijas?

-¿Estás loco? Le contesté. En ese momento ni siquiera pensaba en el incesto. Son tus hijas. 

 

Seguimos hablando de otras cosas y cuando las chicas salieron del agua, las dos con un bañador azul, todas mojadas marcando sus curvas, sus pezones se marcaban así como su vello púbico, me volví como loco. Una erección empezó a crecer bajo mi bañador. 

Mi hija iba detrás, pero yo ni la miré. 

-¿Qué? ¿Has cambiado de opinión? Me preguntó.

-Si que están buenas, pero son tus hijas, no puedes hacer nada con ellas, es incesto.

-¿Y quién te ha dicho que haga nada?

No le contesté. Me olvidé de todo y perdí la erección enseguida. 

De vuelta al apartamento, comimos y luego nos echamos la siesta. Teníamos tres habitaciones, dos de matrimonio y una pequeña. Mi mujer y yo y mis vecinos ocupamos esas dos y nuestras hijas una pequeña con literas. 

Hacia mucho calor y yo no podía dormir, miraba al techo cuando oí un ruido que venia de la habitación de mis vecinos. La cama se movía. Sin duda estaban follando. 

Con el ruido del colchón yo ya no podía dormirme y me puse cachondo. Me giré para mirar a mi mujer, pero roncaba, así que decidí aliviarme. 

Después de masturbarme, me limpié con unos clinex y para no hacer ruido, los dejé bajo la cama. Escuché unos pasos y vi cómo las gemelas habían salido de su habitación y se quedaban paradas en el umbral de la habitación de sus padres, viendo cómo estos follaban. 

No sabía que estaría haciendo mi hija, pero ella nunca nos había pillado follando. 

Al poco la cama empezó a moverse aún más rápido, mientras los gemidos de mis vecinos iban en aumento. Las mellizas se reían mirándolos y al rato estallaron los dos en un orgasmo. 

Las chicas desaparecieron, no sabía dónde. Mi mujer seguía roncando y ese momento mi hija entró en nuestra habitación.

-Papá, me dijo. ¿Porqué hacían tanto ruido? Se sentó en la cama junto a mí. Llevaba puesto el bañador rosa con el que habíamos bajado a la playa y estaba preciosa. 

-No lo se hija. 

-Cuando mamá y tú lo hacéis, no gritáis tanto. 

Mi mujer y yo habíamos hablado con mi hija de sexo desde que tuvo la regla. Le explicamos de dónde venían los hijos y eso, pero nunca sospeché que nos hubiera oido hacerlo. 

-Ya, cariño, le dije. Es que a tu madre y a mi nos da corte de que nos oigas. 

-No pasa nada papá. Es amor. Pero los vecinos son muy escandalosos. 

Me quedé mirándola en la penumbra. Habíamos bajado la persiana pese al calor para que no entrara luz. Su pelo moreno caía sobre sus hombros y marcaba sus facciones. Estaba preciosa. Fue la primera vez que la vi como una mujer. 

El hombre de la letra A hizo una pausa para beber agua y continuó su relato. 

Una semana después, una noche mis vecinos, las mellizas y mi mujer decidieron salir de marcha a la feria de la playa. Mi hija y yo decidimos quedarnos, estábamos cansados. Habíamos estamos navegando en unas motos acuáticas y la experiencia había sido agotadora. 

Eso lo precipitó todo. 

Yo estaba en el salón viendo la tele y mi hija estaba en la habitación escuchando música. Algo despertó en mi. Quizá fue que esa mañana al ir en la moto acuática mi hija se cayó al agua y al subirla de nuevo, toqué su pecho sin querer. 

Me levanté del sofá y me dirigí a la habitación. Mi hija estaba boca abajo escuchando música y movía la piernas al ritmo de ella. Su culo se movía también. 

-Cariño, le dije. Estamos solos. 

-¿Si papá? Dijo quitándose los cascos. 

-Que estamos solos. Tengo que decirte una cosa. Te amo.

-¿Papá?

-Si, has oído bien, te amo. Ahora podré darte el amor que nunca pude. Diciendo esto le quité el pantalón y le dejé en bragas. 

Mi hija me miraba como embobada. Nos besamos apasionadamente y mi polla se puso firme. 

Me desnudé y le dije que ahora sabría lo que su madre sentía cuando hacíamos al amor. 

Le quite el sujetador dejándola también desnuda. Nos miramos de pie uno enfrente del otro y volvimos a besarnos. 

Masturbé a mi hija con un dedo y luego la tumbé y le comí su coño adolescente, tan jugoso, tan tierno. 

Después de que ella se mojara, estaba tan caliente que solo quería que me la follase. 

-Papá, házmelo ya, me dijo. Házmelo como a mamá.

-Claro cariño. ¿Eres virgen?

-No. Ya lo hice con un noviete del instituto. Puedes hacerlo sin miedo a que me duela. 

-Espero que tomaras precauciones. 

-Si, papá. Que tierno te pones. Me dijo sonriendo. 

Entonces no pude más y la penetré con ansia. Mi niña. Carne de mi carne, ahora era mi amante. 

-Ah. Gimió mi hija y me agarró la espalda. 

La deje sin moverla dentro un instante para saborear su coño. Era estrecho, pero muy apetecible. Me recordaba a la primera vez que lo hice con su madre.  

-Papá, me dijo. ¿Porqué te paras?

-Por nada, mi niña. Quiero disfrutarte lo más posible. Y diciendo esto comencé con el mete-saca.

Entraba y salía de ella con ganas, como si no hubiera un mañana. Sin pensar en que en cualquier momento los demás pudieran entrar y descubrirnos haciéndolo. Mi vecino no pondría pegas, pero su mujer y la mía y las gemelas, bueno, esas quizá no, esas se quedarían mirando, nos matarían. 

Aceleré el ritmo del coito al notar mi eyaculación próxima. Por un lado necesitaba descargar, hacia unas semanas que no hacia el amor con mi mujer, mi ultima eyaculación fue cuando me masturbé mientras mis vecinos lo hacían y por otro quería disfrutar todo lo posible de mi hija. 

-Papá, gemía mi hija. Papá, sigue, sigue, fóllame. No te vayas ahora, aguanta un poco mas, aguanta. 

Fue escuchar eso e inmediatamente me derramé dentro de ella. 

-¡Aaaaaaaaaah! Gemí bien fuerte. Seguí bombeando ahora más despacio hasta que descargué todo mi semen. 

Me quedé dentro de ella después de eyacular y nos miramos con pasión. Supe que ella aún no se había corrido. 

Le di un beso en la boca y me salí de ella. Unas gotas de semen se escapaban de mi glande. Mi pene perdía su erección, pero no iba a dejar que mi niña se quedara sin disfrutar. 

La cogí en brazos y la llevé a nuestra habitación. Tumbada boca arriba estaba extasiada. Se cogía sus pechos y acariciaba sus pezones mientras esperaba que me la volviera a follar. 

Me acerqué a ella y le abrí las piernas, no sabía si iba a poder empalmarme tan rápido, pero mi duda quedó resuelta enseguida. Mi niña cogió mi pene y se lo metió en la boca. 

Comenzó una mamada riquísima, ni siquiera mi mujer lo hacia tan bien. 

Enseguida volví a recuperarme, mi pene ardía de nuevo y volví a penetrarla. Esta vez duré más, por supuesto. Fue increíble volver a disfrutar de su coño adolescente, sin goma, sin ataduras. 

Nos abrazamos y nos besamos como dos amantes en celo y está vez mi niña se corrió. Me clavó las uñas gimiendo. Yo duré un poco más y al final su segundo orgasmo se igualó al mío. 

Ya recuperados del placer, nos duchamos juntos y nos pusimos un poco de ropa y dormimos juntos. 

Cuando volvieron mi mujer, las mellizas y los vecinos nos encontraron juntos. Les dijimos que mi hija había tenido una pesadilla y se había venido a la cama conmigo. Todos se lo creyeron, bueno todos no....

Aquí terminó el relato de la letra A.

Enseguida empezó a hablar el hombre de la letra C. Se quitó las gafas y pude ver que el hombre de la letra A se quedaba mirándole. 

-Soy la letra C, dijo, y si, soy tu vecino. Con la barba y las gafas de sol no me has reconocido ¿eh?

El otro hombre no sabía que decir. 

-Recuerdo el verano pasado cuando nos fuimos de vacaciones los siete, lo pasamos muy bien. Ahí descubriste a tu hija, pero yo ya llevaba dos años follándome a las mías. Por supuesto les dije que durante ese mes nada de nada, que debían comportarse como dos jóvenes decentes para que tu y tu mujer y tu hija no descubrieran nada. 

Todo comenzó hace unos años. Teníamos la costumbre de bañarnos los cuatro a la vez. A las niñas les encantaba y a mi también porque podía estar con mi mujer desnudo y ellas no se daban cuenta de nada.

Después de bañarnos, ellas se echaban la siesta y mi mujer y yo nos poníamos a hacerlo sin que las chicas nos molestaran. 

Pero todo eso cambió más adelante. Una mañana estábamos bañándonos solo las chicas y yo, mi mujer había salido de compras con unas amigas. Yo tenía mucho calor y decidí que nos bañaríamos antes de que ella volviera. 

Estábamos los tres desnudos, y después de lavarnos estábamos chapoteando en el agua. Mis hijas tenían los pechos grandes para su edad y claro, con el sube y baja tuve una erección. 

Mi hija, la numero 1 diré, salió de la bañera delante mía. Justo al salir se escurrió y cayó hacia atrás, dando con su culo en mi pene erecto. Aquello fue lo más. Acababa de ver las estrellas. Como pude, me envolví en la toalla y las sequé y ellas se vistieron. En ese momento mi mujer entraba por la puerta y dejando las bolsas, nos llamaba a comer. Traía comida preparada. 

Ahora voy yo, dije con un hilo de voz, voy a secar el baño. Eché el pestillo y subí la tapa del vater y me la meneé allí mismo con el recuerdo del culo y los pechos de mis hijas. Pedí perdón a quien fuera, pero me la meneé bien fuerte y eyaculé como loco a los pocos segundos. 

Después de correrme, me senté en la taza a recuperar la respiración y me limpié bien. Tiré de la cadena, me vestí y salí del baño.

-¿Qué hacías allí dentro? Me preguntó mi mujer.

-Nada, secarlo todo que se había puesto perdido de agua. No sabes cómo salpican tus hijas. Comimos y me olvidé de todo. 

El día de su 18 cumpleaños, lo celebramos los cuatro solos en casa. Una tarta grande presidía la mesa. Solo tenía dos velas. Las mellizas soplaron las velas y partimos unos trozos. 

Comimos y bebimos unas coca colas. Entre risas y comentarios pasaba la tarde. Mi mujer aburrida, propuso que jugáramos al strip-poker 

Yo no estaba muy de acuerdo, pero mi mujer me dijo que como era su mayoría de edad, podían decidir ellas. Las chicas estaban encantadas y enseguida comenzamos a jugar.

Al poco rato de empezar, yo ya estaba en calzoncillos. No se me daba muy bien. Las chicas le ganaron una mano a su madre y esta se quedó en sujetador, pero aún con la falda. 

Más tarde, debieron dejarse ganar porque en un rato estábamos los cuatro en ropa interior. 

Llamaron al teléfono, era del trabajo de mi mujer y tuvo que dejarnos. Nos dio un beso a todos, se vistió y se fue. 

Yo acabé perdiendo los calzoncillos, no quería desnudarme, pero mis hijas me obligaron. 

-Papá, me dijo la numero 1. ¿Qué le ha pasado a tu pene?

-Nada, es así.

-No lo recordamos así. Dijeron las dos al unísono. Cuando nos bañamos aquella vez estaba más grande y apuntaba hacia arriba. Le diste a... en el culo. 

-Es que cuando está grande, los hombres..no sabía que decir...podemos hacer bebés.

-Queremos que nos hagas uno. Dijo la numero 2. 

-Eso papá, haznos un bebé. Dijo la 1. 

-¿Estáis locas? Soy vuestro padre. ¿Cómo voy a haceros un bebé?

-Quizá podamos ayudarte, dijeron las dos de nuevo. Se quitaron el sujetador y me mostraron sus pechos tan bien desarrollados para su edad. 

Yo no pude resistirme y les agarré los pechos, uno a cada una. Acaricié sus pezones, mi polla creció y ellas la miraron. 

-Ahora si está como aquella vez, dijeron las muy putitas. 

Yo estaba muy excitado, pero fui consciente de que podía preñarlas, así que me fui a mi cuarto y volví con una caja de preservativos que tenía en la mesilla de cuando mi mujer y yo follábamos con goma. 

De un manotazo aparté lo que quedaba de la tarta y tumbé a mi hija en la mesa. La otra la imitó y se tumbó también. Se la metí sin importarme que fuera mi hija y comencé a follármela. 

Mientras lo hacía, la otra tocaba las tetas de su hermana. La situación era puro morbo, yo no podía parar de follármela. Me había vuelto loco, pero eran ellas las que me habían provocado. 

Cuando noté que iba a correrme, la saqué y le di mi ración de polla a su hermana. Se puso como enfadada, pero me dio igual. Me corrí en su hermana. La próxima vez acabaría en ella. 

Esa fue la primera vez que me las follé. Luego seguimos haciéndolo mientras mi mujer no estaba en casa. Teníamos un cerrojo que tenia un seguro para que si alguien abría la puerta podías echarlo y ni siquiera con la llave podría abrirse. Siempre lo echaba cuando mi mujer se iba y yo lo hacía con mis hijas. Pero un día se me olvidó echarlo. 

Estaba con ellas follando en la postura del perrito. Me encantaba ver sus culos en pompa delante mío mientras lo hacíamos. La primera se había corrido ya cuando pasé a la segunda. Pero después de estar un rato dandole en esa postura, se me ocurrió girarla y hacérselo en la postura del misionero. 

Estábamos así, con un misionero riquísimo, cuando su madre abrió la puerta. Se fue derecha a la habitación sin sospechar nada y nos pilló follando mientras su hermana nos miraba y tocaba las tetas a su hermana. 

-¿Pero que coño? Dijo mi mujer. ¿Estás follándote a tus hijas? ¿Te has vuelto loco?

Yo solo pude girar la cabeza para ver cómo gritaba. Justo en ese momento empecé a eyacular. Me corría mientras mi mujer no paraba de gritar. Se le cayó el bolso y todo. Pero mi hija la miró desde abajo relamiéndose los labios. 

No sé que le dio a mi mujer, pero se quito la chaqueta y la blusa, y en unos segundos se quedó desnuda y se unió a nosotros olvidando los gritos. Las tres se besaron y se comieron los pechos y yo sentí que mi polla no sería suficiente para satisfacerlas a las tres. 

Así mi mujer se unió a nuestra lujuria y siempre que podemos, follamos en familia. 

Pues nada, hasta aquí mi relato, dijo el hombre de las gafas de sol. 

El anfitrión acababa de terminar de hablar por teléfono al acabar el hombre su relato, cuando nos dijo que nos habían descubierto. Que teníamos que salir de allí cuanto antes. 

El hombre que me abrió la puerta cuanto entré, al que no había vuelto a ver, apareció junto a otros dos tipos fornidos que recogieron las sillas donde estábamos sentados. Recogieron también los refrigerios que habíamos tomado y limpiaron las huellas que pudiéramos haber dejado. 

Nos indicaron un camino por un pasillo estrecho, al otro lado de la entrada y seguimos al anfitrión. No se veía demasiado y en un par de ocasiones choqué con el que iba delante. Al final del pasillo vimos una escalera metálica que subía hasta una puerta grande en el techo. 

El anfitrión nos quitó las pegatinas con las letras y sacando un mechero las quemó. Subió delante nuestro por la escalera y levantó la puerta que resultó que daba a la calle. Echó un vistazo y nos hizo una seña indicándonos que saliéramos. 

 

Una Suburban como las que salen en las películas esperaba al final de un callejón que es adonde habíamos salido. El hombre nos dijo que por el momento se suspendían las actividades y que si la cosa se tranquilizaba volvieran a contactar con nosotros. Los tres que limpiaron todo se subieron a la furgoneta con las sillas empaquetadas y por ultimo subió el anfitrión. 

Cada uno se fue por un lado. Cuando volví la vista, no vi a nadie. La Suburban había desaparecido y no había rastro de los otros hombres. 

El club de los padres que se follan a sus hijas se había disuelto, quién sabe si para siempre. 

Si os gustado y quereis comentar, escribidme a:  predicador111@hotmail.com


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