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Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad
Fecha: 29-Mar-19 « Anterior | Siguiente » en Intercambios

Diario de un Consentidor 120 Una nueva alianza

Mario
Accesos: 6.490
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 39 min. ]
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Esta es una historia de deseos, emociones, placeres, dudas, decisiones y pensamientos, es la historia del camino que nos llevó a Carmen, mi mujer, y a mí a lanzarnos a vivir las fantasías inconfesables que sin saberlo compartíamos en silencio cada vez que hacíamos el amor. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Capítulo 120

Una nueva alianza.

“No se puede desatar un nudo sin saber cómo está hecho”.

Aristóteles

No recordaba encontrarme tan mal desde la resaca que siguió al día de su marcha. No quería pensar en aquella borrachera, solo el recuerdo me ponía peor de lo que ya estaba. Me incorporé y el dolor de cabeza protestó con violencia. Estaba solo, supuse que se habría levantado temprano. Intenté ubicarme; todavía no eran las diez, mi reloj biológico andaba algo desfasado. Miré hacia atrás y enseguida supe que Carmen no había dormido conmigo. Bajé las escaleras descalzo, mi primer destino fue la cocina aunque el olfato me adelantó que no había pasado por allí. El silencio me preparaba el terreno; nadie en el salón salvo un vaso con los restos aguados de mi whisky, un cenicero lleno, el olor a tabaco… y el maldito estuche plateado. En algún momento de la noche tuvo que entrar en la alcoba a buscarlo, quizás guiada por la tenue luz del móvil tratando de no estorbar mi sueño.

¿Dónde estaba? Deseché la idea de que hubiera salido a correr; entonces la puerta entreabierta de la habitación de mi hermano atrajo mi atención, me asomé y en la penumbra la vi tumbada boca abajo cubierta apenas por un pico de la colcha; se había dejado caer sin llegar a quitarse la ropa, puede que solo llevase durmiendo tres o cuatro horas. Entorné la puerta y la dejé descansar.

Recogía los desechos de la noche cuando descubrí su cuaderno de notas en la mesa baja. Tenemos un acuerdo tácito que respetamos escrupulosamente; terminé de colocar los cojines, abrí las ventanas para ventilar y subí a ducharme, luego me prepare un café, cogí unas galletas y un analgésico y volví al salón.

Tomé asiento y abrí el cuaderno de Carmen.

Y lo volví a dejar donde estaba; no podía hacerlo, no iba a violar su intimidad. Salí de allí con la taza en la mano y acabé en el porche. Comenzaba a llover.

Si pudiera volver atrás… Cuántas veces he escuchado esta frase en clínica, sé lo que significa: El arrepentimiento, la desolación ante el cuadro que se le presenta al paciente cuando es consciente de las consecuencias de sus actos. “Si pudiera volver atrás” se convierte en un mantra que le impide avanzar y del que me hago cargo para liberarle de lo que podría ser el inicio de la culpa crónica.

Ahora soy yo el que se encuentra en la antesala de ese proceso inmovilizador. No puedo caer en la trampa, tengo que detener el mecanismo que me lleva a reiniciar en bucle la película de los hechos que orquesté ayer. El remordimiento, la culpa, el dolor, la pena, no son sino cadenas que me impedirán ayudar a Carmen y evitar que el daño sea mayor.

No es una puta, no hay vuelta de hoja. El punto de partida volvía a ser el que teníamos antes de lo que se desencadenó tras convencerla de que necesitábamos… lo que guardaba en casa. No es una puta, no; primero debía eliminar esa idea que le había inoculado. Y lo que más me preocupaba es que carecía de criterio para calcular el factor multiplicador que podía tener la interacción con la droga. Había mucho trabajo por hacer.

Di un ultimo sorbo al café ya frío y entré. La casa permanecía en silencio, sobre la mesa el cuaderno seguía llamándome. Me acerqué al ventanal; la lluvia dejaba gruesas gotas en el cristal que iban formando caprichosos riachuelos con los que me entretuve para desviar mi atención.

—Buenos días.

Me di la vuelta y la vi en la entrada del salón con los brazos cruzados bajo el pecho; la claridad de la mañana le obligaba a guiñar los ojos, el cabello revuelto le daba un aspecto desaliñado y aún así estaba preciosa.

—Buenos días ¿cómo es que te quedaste aquí abajo? —Crucé la estancia y cuando llegué a su lado me detuve, algo me impedía dar el último paso, tal vez me escocía que no hubiera subido a dormir o sería que lo sucedido la víspera se interponía entre nosotros, el caso es que me limité a poner las manos en sus hombros y la besé en la mejilla. Ella se dejó hacer.

—Se me hizo muy tarde, no quise despertarte.

Se deshizo con sutileza de mi amago de abrazo; le ofrecí un café y mientras lo preparaba la escuché subir la escalera. Me senté a esperarla en la cocina; el día había amanecido desapacible, la lluvia sacudía los cristales y las copas de los arboles sufrían el castigo del viento.

—¿Nos vamos al salón? aquí hace frío —propuso nada más bajar. Se había abrigado con un grueso jersey; coloqué las tazas en una bandeja y las llevé a la mesa alta, ella me esperaba frente al ventanal.

—Parece que el tiempo nos acompaña.

—¿Cómo dices?

—Nada, una bobada. —respondió agitando la cabeza, se sentó frente a mí y comenzó a endulzar el café sin alzar la vista de la taza.

—¿Quieres comer algo? —Me miró, tenía mala cara, al fin rechazó con un gesto.

—No me apetece, me duele la cabeza estoy destemplada. —respondió algo afónica y se volvió a sumergir en la contemplación de la taza.

Volví con un analgésico, era tiempo de comenzar, no quería dejar pasar ni un minuto más.

—Quiero decirte que siento mucho lo que pasó ayer. Me equivoqué; no debí pedirte que trajeras la coca, no tenía ni idea de lo que iba a provocar. Lo que sucedió después, lo que dije, lo que hice y sobre todo, lo que te hice hacer… no sabes cuánto lo siento. Fue una auténtica locura, ni lo pienso de ti ni creo que fuera la manera correcta de afrontar…

—Pero ha funcionado. —dijo con tal aplomo que se podía cortar el aire.

—No, de eso nada; tú no eres una puta. ¡Oh Dios! eso fue…

—Ha funcionado. En cuanto te metiste las primeras rayas comenzaste a hablar sin tapujos, cosa que yo no había conseguido en toda la semana. Es cierto que lo que dijiste no fue muy agradable aunque tampoco lo ha sido lo que yo he estado diciendo todos estos días ¿no? Pero a eso veníamos, a exponer la verdad a la cara; yo lo hice desde el principio, tú has necesitado la coca para abrirte; en ese sentido no tengo nada que reprocharte. —Hablaba despacio, con un tono grave, mesurado y eso le confería más peso a sus palabras.

—No, yo no siento las cosas que te dije, ha sido…

—Somos los dos polos de un mismo problema, tú por defecto y yo por exceso no éramos capaces de llegar a la esencia de la verdad. Tú, encerrado en tu mutismo te resistías a salir de la madriguera y yo hablando y hablando ocultaba entre el derroche de palabrería la joya de la corona. ¿Cómo no te diste cuenta?, con la de veces que habrás tenido pacientes que se vuelcan en verbalizar multitud de escenas escabrosas con tal de ocultar la mayor, la que se niegan a  revelar.

—¿Qué me quieres decir?

—¿No lo sabes? No es casual que te mantuvieses callado como tampoco ha sido trivial que yo confesase tanto y con tanta crudeza. Fue necesaria esa terapia para que ambos nos quitásemos las ataduras, para que tú empezases a hablar sin pudor y dijeras que me consideras una puta desde hace mucho, muchísimo tiempo. Y ha sido necesaria para que yo rompiera el caparazón y aceptara sin complejos que he cambiado, que todo lo que he hecho y me han hecho me ha transformado. Tienes razón soy una puta; ya no duele, es simplemente un hecho.

—¡No Carmen, no, no!, me equivoqué, no debí hacerlo, solo fue un intento absurdo de… de…

—Vamos Mario, ¿también estás devolviendo el dinero? Sé consecuente con tus actos; lo que has dicho está ahí, como lo que yo he dicho y no creo que me hayas escuchado retractarme.

¿Qué le había sucedido durante la madrugada? Es como si todo lo que le había obligado a soportar hubiera fraguado en las horas que estuvo de vigilia.

—Como quieras, tal vez tengas razón y lo que pasó ayer ha servido para solucionar algunas cosas, como mi mutismo, y sobre todo la dependencia que tenías de Mahmud.

—Eso dalo por hecho.

—Pero nada más Carmen, esa terapia no tiene más recorrido.

—Como quieras. —me concedió y volvió a centrarse en la taza de café.

—Es hora de desactivar la herramienta que utilicé para anular esa dependencia.

—La… herramienta. —recalcó con cierta sorna.

—No eres una puta Carmen, no lo eres y quiero empezar ahora mismo a retirar ese concepto.

—No hay tiempo para eso —reaccionó con firmeza—, todavía nos queda algún tema por tratar y no nos vamos a ir de aquí sin plantearlo.

—Pero es importante.

—Lo sé, lo sé ya lo haremos más adelante, tenemos otras prioridades.

—Insisto, será una terapia breve, podemos dividirlo en varias…

—¡Y yo digo que no! Además, sería prematuro; tú mismo has dicho que hay que dejar reposar el efecto de la terapia ¿no es cierto?

Mis propios argumentos se volvían en mi contra; no dejaba de sorprenderme la vehemencia con que rehusaba someterse a la desensibilización de un concepto que reforzaba su falsa personalidad de puta. No me iba a rendir tan pronto.

—Es muy sencillo Carmen, ya sabes cómo va, solo tienes que verbalizar esta frase: “No soy una puta”, dejar que los sentimientos afloren y trabajarlos; solo te pido media hora por favor, veinte minutos.

Debía de ser la viva imagen de la angustia porque tras una breve pausa durante la que no dejó de observarme terminó por ceder.

—Vale si, ha sido una terapia bastante agresiva. —dijo como si me siguiera el juego—. De acuerdo, hagámoslo; accedo a, como lo diría… desintoxicarme de ese concepto. ¿Y tú? ¿sabes que también tienes que limpiarte de esa idea? No, no lo sabes —añadió al ver mi perplejidad—; te dejaré que lo pienses un poco. —Se levantó y caminó hacia el ventanal que permanecía abierto; el viento había arreciado y azotó su melena, enseguida se retiró recogiéndose entre sus brazos, cerró la ventana y permaneció allí, contemplado el curso de la tormenta.

Me arrepentí de no haber leído sus notas, de ese modo habría sabido a qué me estaba enfrentando. La actitud de Carmen era pura ficción, se mostraba abierta a emprender una desensibilización pero dudaba mucho de que estuviera realmente dispuesta a hacerlo. Aproveché esa inesperada pausa para buscar la mejor manera de enfocar el ejercicio.

—Venga, quince minutos.

No la había sentido llegar, ya no había opción; nos sentamos en las sillas sin el obstáculo de la mesa.

—Cierra los ojos, respira hondo, así, bien; ahora repite conmigo percibiendo lo que experimentas: No soy una puta.

—No soy una puta. —repitió sin mostrar ninguna emoción.

La observaba mientras hacíamos el ejercicio; se mantuvo serena, con los ojos cerrados, inspiraba por la nariz y exhalaba por la boca siguiendo un ritmo pausado; contestó a mis preguntas cada vez que le pregunté; Calma, tranquilidad, contestó; no parecía afectarle, diría que se mantuvo escéptica; «No soy una puta», repetía cuando se lo pedía; tenía la impresión de que no se estaba implicando, que en realidad no creía en lo que hacíamos pero decidí continuar, vencería su resistencia. «No eres una puta», proponía yo y ella coreaba, «no soy una puta» con voz serena, en calma, respiración pausada, ojos cerrados; así hasta que…

—Eres un cornudo.

La miré y me sentí asaltado por sus penetrantes ojos negros. Mi organismo reaccionó según el instinto primario de defensa, una cascada de hormonas inundó mi torrente sanguíneo, el corazón se disparó, la tensión amenazó con agarrotar mi cuello, la espalda formaba una masa sólida.

Humillación, dolor, pérdida, angustia. «¿Por qué, por qué?» escuché en mi cabeza.

Rabia.

—Te sigue provocando rechazo.

—¡No, qué dices!

—Claro que si, cuando no estás preparado, cuando lo recibes por sorpresa como ahora te provoca. Lo he visto en tus pupilas y en una pequeña crispación en el rostro, también en las manos.

—Me siento como un ratón de laboratorio —bromeé tratando de no exteriorizar el malestar que me invadía.

—Eres un cornudo, y un consentidor.

No respondí, estaba desconcertado.

—Te excita verme follando con otros tíos, cabronazo.

—¿Por qué haces esto?

Mantenía un tono neutro pero no del todo; rondaba la frontera de la insinuación sin llegar a mostrarse demasiado sensual.

—Ahora estás preparado, ya no ha habido crispación. Puedes encajar el golpe aunque sigues a la defensiva.

Me estaba analizando, qué hábil.

—¿Entonces crees que fingía cuando dije que había asumido mi condición de cornudo?

—Da igual. Dime qué has sentido cuando te he cogido desprevenido; te lo diré yo: Dolor y rabia, también has tenido un sentimiento de pérdida. ¿Me equivoco?

No pude seguir mirándola.

—Sientes que has perdido a tu esposa y que la mujer con la que te que encontraste el lunes es otra persona.

—¡No!

—Esperabas encontrarte con tu esposa y lo único que he conseguido tras una semana de confesiones ha sido alejarte de ella y presentarte a la persona que soy ahora. Por eso… Por eso —insistió imponiéndose sobre mi intento de rebatirla—, cuando la coca te desinhibió pudiste por fin decir lo que has estado callando durante toda la semana.

—No es cierto, te estás equivocando.

—Esta terapia de puta o como la queramos llamar, nos ha afectado a ambos; a mí porque me has ayudado a aceptar el cambio tan profundo que he experimentado y a ti porque al fin has reconocido lo que te negabas a admitir.

—¿De qué coño estás hablando?

—Piénsalo; tuviste que lanzar esta terapia para poder digerir todo lo que has escuchado de mi boca estos días, por eso me has usado como si fuera una puta y… No, —rectificó—, “como si fuera” no, me has usado como lo que soy y me has pagado para poder asimilar la transformación que tenías ante tus ojos y no conseguías aceptar.

—No sabes lo que dices.

—Reconócelo, ha sido una terapia para ambos; para ti porque al fin has podido admitir que la mujer con la que te casaste ya no existe; de alguna manera todo ese proceso que comenzaste en Córdoba te muestra una mujer con la que te gusta jugar; desvergonzada, sin tabúes, con la que puedes liberar tus deseos morbosos pero que cada vez que la pones en marcha me hace perder un poco de mi esencia; puede que al principio no te dieras cuenta pero al cabo de un tiempo, reconócelo, empezaste a mirarme de otra manera; ya no era la esposa ideal; imagino que si hubieras podido disponer de un mecanismo por el que me tuvieras clonada todo hubiera sido perfecto; ¿qué te parece?, una Carmen intachable para nuestra vida diaria y otra viciosa para sacar a pasear tus instintos cuando te apeteciera sin que contaminase a tu mujer.

—¿Es que te has vuelto loca?

—Por eso te gusta tanto Graciela, ella representa lo que fui y ya no soy.

—No, eso si que no; estás intentando llevarme a un terreno en el no voy a entrar..

—¿Perdona? Has sido tú el que de repente dio un giro radical al proceso que teníamos en marcha, fuiste tú quien inició la terapia de puta y lo cambió todo, supongo que la coca te dio la presencia de ánimo que necesitabas para dejar de callar.

—No eres una puta, yo jamás te he considerado…

—Déjalo, no hagamos un drama de esto, ¿me ves ofendida? —añadió al ver mi estupor—, esta semana es el tiempo en el que construimos nuestro futuro, no lo hagamos en falso.

—De acuerdo, si; puede que tengas razón, es posible que todo lo que he escuchado durante estos días me haya sobrepasado.

—Pues háblame, no te escondas detrás de la droga como hiciste ayer; di lo que sientes ahora que eres tú mismo; sé sincero y háblame.

No podía más, quería llorar, quería golpear, romper lo que fuera. Me vino a la cabeza un flash del Templo de Debod con la imagen del banco de piedra en el que estrellé mi mano. Me levanté y al hacerlo derribé la silla; no hice intención de levantarla, ya daba igual.

—Cómo sobrellevar que mi mujer se ha acostado con… tanta gente, cómo aceptar que le han abierto el culo unos y otros, que toma drogas; cómo admitir que se ha vuelto lesbiana, que… adora la polla de un senegalés; ¿cuántas pollas te has comido además de esa? ¡Dios, estoy sobrepasado si, joder!

—Cálmate.

—¿Te considero una puta? Pues no sé qué decirte Carmen, actúas como si lo fueras; me dices que deseas volver con Doménico, que te consideras su puttana, ¿es eso ser una puta?, dímelo tú; me dices que quieres a Irene y no sé si eso significa que te consideras solo bisexual o vas a ir más allá. Hablando de ir más allá, tu relación con Claudia y su marido te rebaja al nivel de ¿criada sexual?, no sé, no manejo bien esos términos, ¿es propio de una puta acostarse con una mujer y dejar que te haga cualquier cosa, como pasearte tirando de una cadena enganchada de los pezones o usarte de regalo de cumpleaños de una amiga y que tus servicios te los pague con drogas? ¿Es normal que confraternices con el hombre que te ha violado, vuelvas a su casa y duermas con él? No voy a contestar a eso, prefiero no seguir descendiendo por esa pendiente y plantear otra cuestión: Estás enamorada de Carlos y me surge una duda ¿ese amor implica una relación más estable que la que pretendes tener con Irene o con Domi? Y si es así ¿cómo nos afectará?¿repartirás nuestro tiempo con él? El amor es algo serio Carmen, no es un capricho, ¿le contarás a tu amor todo lo que has estado haciendo con tu cuerpo y con tu vida?

Respiré, había soltado toda la basura que me tenía atenazado, lo necesitaba. Ella estaba dolida, lo vi en su rostro, no esperaba enfrentarse a tantos interrogantes y de una manera tan descarnada. Decidí continuar antes de que fuera a tomar la palabra.

—Se me plantea un dilema sobre Tomás: Cuando le conociste en aquella ruta en busca de marihuana tenías la opción de pasar la noche en nuestra casa, también podías haber acudido a Gloria sin embargo aceptaste la oferta de un desconocido y te alojaste en su picadero; no sé cómo lo ves pero si me preguntas si esa es la conducta de una puta tengo que confesarte que me cuesta no responder afirmativamente. Todavía hoy no acierto a entender qué tipo de relación mantenéis, a veces me lo presentas como un amigo intimo, otras como tu amante. Y además está la diferencia de edad, ¡joder Carmen! podría ser tu…

—Venga, hablemos de Tomás ya que insistes con lo de la edad —me interrumpió.

Me había hecho una vaga imagen; el hombre de la tos de fumador con el que estaba en la cama mientras charlábamos en los momentos cruciales que decidieron nuestra reconciliación. Me lo había descrito como un hombre maduro, paternal, que le arrancó unos intensos orgasmos usando solo las manos y la boca antes de poder consumar brevemente con su escasa virilidad. Ella le recompensaba con lo que mejor sabe hacer y le devolvía esa hombría perdida: unas felaciones como jamás le habían hecho, profundas, intensas. Levanté la silla y me senté.

—Tu casero —No sé por qué dije eso; acusó el golpe y sonrió con algo de condescendencia.

—¿Mi casero? Venga Mario, no te andes con rodeos, mi amante; pero ante todo mi amigo y confidente, veo que no entendiste nada de lo que te conté sobre él. —Sé que la decepciono cada vez que suelto una de estas estupideces, lo veo en sus ojos. Inspiró profundamente.—. Nos despedimos mal, habría querido agradecerle todo lo que hizo por mí. Si no hubiera sido por Tomás aquella noche habría tenido que buscarme un hotel. No, por entonces nuestra casa no era opción. Me dio compañía, se comportó como un amigo con el que hablar, sincerarme y si, por supuesto, tuvimos sexo, un sexo delicado, tierno, acogedor. El apartamento es un picadero, tienes razón sin embargo pronto dejé de sentirlo así. Pero esa noche tomé una decisión en la que las razones que mueven a una puta no tuvieron nada que ver.

Me arrepentí de todo lo que había dicho; le acababa de decir que no la consideraba una puta y poco después perdía los nervios. ¿Por qué me estaba resultando tan difícil…?

¿Qué? ¿tan difícil qué? ¿por qué me estaba resultando tan difícil…?  ¿Qué?

—Si, me hubiera gustado despedirme y darle las gracias, no como lo hicimos, por teléfono. Me evitó, creo que no podía decirme adiós cara a cara.

Aún estaba sumido en mi elucubración y no entendí a dónde quería llegar.

—Le voy a llamar, quiero arreglar eso.

—¿Ahora?

—Ahora, si; ¿Tienes algo que objetar?

—¿Por qué iba a tenerlo? Eres libre de hacer lo que quieras.

—Es verdad, al fin y al cabo soy una más de sus mantenidas; estuve viviendo en su picadero y no se lo agradecí lo suficiente, ¿no es lo que piensas?

—Yo no he dicho eso. —Elevó las cejas mostrando su sorpresa—. No he querido decirlo Carmen, en serio ya me conoces, estoy sobrepasado.

Me levanté, era algo personal y pensé dejarla sola. Su mano me retuvo.

—No, quédate, así lo entenderás todo un poco mejor.

Temblé. Un incontrolable temblor recorrió mi cuerpo; todavía podía irme. Tomé asiento.

Cogió el móvil. Mientras recorría la agenda barajé cientos de opciones. ¿y si cogía la llamada su esposa? O la recriminaba por invadir su mundo privado.

Marcó, pulsó manos libres y situó el móvil frente a ella. Pretendía que fuera testigo privilegiado de la conversación.

—¡Carmen, qué sorpresa!

—Tomás a lo mejor no te viene bien ahora.

—Me viene de maravilla, espera un segundo. Dadme un minuto. —dijo apartando el teléfono.

Se escuchó un murmullo sobre ruido ambiente, unos segundos en los que supuse que se alejaba para conseguir intimidad.

—Ya estoy contigo.

—¿He interrumpido algo?

—No te preocupes, como comprenderás tú eres mucho más importante. Y dime ¿cómo estás?

—Muy bien ¿qué tal estás tú?

—Ahora estupendamente después de escuchar tu voz y saber que te acuerdas de mí.

—Cómo olvidarme de quien me recogió de la calle y me dio cobijo.

La escuchaba hablar con su amante, tan tierna, tan cariñosa, con ese tono dulce que me dedica a mi, pero que también le ha dedicado a otros; a Carlos, a Doménico. Es sugerente, sensual, es una mujer buscando al hombre que al otro lado de la línea está cayendo en su embrujo. He perdido el hilo de la conversación solo veo esos ojos que ya han tomado la profundidad de combate, esa sonrisa que seduce y que le nace por estar hablando con su amante.

—Estoy en la Sierra con mi marido.

—¿Cómo está yendo?

Está ajena a mí. Le cuenta, le pone al día de nuestros avances. Si, realmente está convencida de que lo hemos superado y escuchar esta declaración me sobrecoge.

—No sabes como me alegro querida; has pasado un calvario pero siempre he visto en ti una fortaleza y una seguridad que me hacía pensar que tu matrimonio no estaba perdido.

—Gracias, tú también me has ayudado, aquellas charlas tomando café y Baileys…

—¡En kimono!

—¡Si, es verdad!

Escuché la risa juvenil cargada de nostalgia y pensé cuántos momentos íntimos se cuajaron en esa casa antes de sucumbir al deseo.

—Tomás.

—Dime.

—No me gustó cómo nos despedimos. No me quedé bien, así no lo hacen los amigos.

—Fui un cobarde, tienes que perdonarme, no me sentí capaz de ponerme delante de ti y decirte adiós, no quería que me vieras flaquear.

—¿Y ahora, te ves capaz de tomar un café conmigo?

Me ahogué, durante un segundo perdí el aliento.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—¿Tú qué crees?

—Si tu quieres, claro que si. —La emoción traspasó la distancia.

—Mira, mañana todavía estoy libre, tengo que hacer algunas gestiones a primera hora, si te parece cuando termine te llamo.

—Perfecto. Por cierto, no te llevaste el kimono y algunas otras cosas. Si quieres podemos quedar por allí cerca y antes de que te vayas subimos y las recoges.

Si, hubo una pequeña indecisión, puede que menos de un par de segundos.

—¿Qué cosas?

—¿No lo sabes?

Fue la única vez en toda la conversación que me miró.

—Pues no.

Miente, lo sé. Esa breve mirada la ha delatado.

—Un conjunto de sujetador y braguita gris.

Como un flash me veo otra vez comprobando nervioso en sus cajones lo que se había llevado. Faltaba entre otros el conjunto gris perla que le regalé por reyes y que guarda como los demás, hecho un ovillo en una sola copa con el tanga dentro.

—Ya veremos; el kimono… si, vale, me lo llevo; un regalo nunca se rechaza, además es un recuerdo de unos días especiales.

—¿Solo de unos días?

—Bueno y también de una persona muy especial, claro que si.

Su voz se había convertido en una caricia, no creo que fuera consciente de ello.

—¿Y lo demás?

—Lo demás, sabes de sobra que te lo dejé de regalo, para tu colección fetiche de recuerdos de tus amiguitas.

—Tú no has sido una amiguita, creo que te lo dejé bien claro desde el principio.

—Pues a tu conserje no le quedó tan claro y mucho menos desde que me subió la bolsa de la carísima tienda de lencería de Serrano. Ese día dejé de ser la doctora Rojas y pasé a ser una más de tus putitas. Cada vez que entraba o salía me desnudaba con la mirada.

—Eso ya lo hablamos. ¿Qué importancia tiene lo que piense el conserje? ¿Realmente te importa tanto?

—¿Quieres la verdad?

—Por supuesto, tu y yo siempre hemos sido sinceros.

—Lo cierto es que me sentí más relajada que teniendo que fingir el papel de la Doctora Rojas viviendo en el picadero del Señor Rivas, eso si que resultaba increíble. A partir de ese día todos los rumores que debía de haber en el edificio quedaron desvelados, yo no era sino otra de las amantes del crápula, una más de las queridas que mantienes en tu piso.

—Sabes que nunca te he tratado así.

—Lo sé Tomás, ni yo me he sentido tratada de ese modo, es una ironía solo eso; ya sabes, las miradas del conserje, de los vecinos… tenía que asumirlo. En fin, te estoy quitando tu tiempo, ya lo hablaremos; en algún sentido hasta resultó cómico.

Perdí el hilo de lo que ya fue una despedida de amigos con un toque de ternura. Me quedé enganchado en lo que pudo ser verse marcada por la mirada censora de un conserje y de un vecindario que la veían como la puta del vecino que mantiene un picadero por el que pasan una tras otra chicas que se alojan días, semanas y a las que mantiene con caprichos y lujos y que sustituye cuando se cansa de ellas, esa ha sido la imagen que ha dado mi mujer durante unos días. Imagino el armario fetiche de Tomás, lleno de prendas que pertenecieron a esas chicas y donde ahora figura el conjunto gris perla que un día de reyes le regalé.

—¿Dónde estás?

Carmen me sacó de mis pensamientos.

—Perdona, estaba… ausente.

—Ya veo.

—Voy a salir, diez minutos —Necesitaba pensar, ya en la puerta me detuve. —; no me habías dicho…

—¿Qué?

—Que te reunías con tu jefe, suponía que te incorporabas. ¿Hay algún problema?

—Hablé con él, supongo que mi ausencia se ha prolongado demasiado y ha generado algún cambio; hemos quedado en su despacho de la cátedra.

Intentaba ocultar su preocupación y preferí no ahondar en el asunto. Antes de salir volví al salón, la encontré encendiendo un cigarrillo.

—¿Es buen amante?

Había decidido demostrarle que se equivocaba, podía hablar de sus aventuras sin alterarme.

—¿Quién, Andrés? —Esa sonrisa gamberra me hubiera perdido en cualquier otra ocasión.

—Tonta —me limité a responderle antes de volver al sujeto que nos interesaba —, ya sabes de quien te estoy hablando.

—Mi casero. —apostilló con ironía—. Si, para tener un principio de disfunción eréctil y una diabetes mal controlada si, es un excelente amante.

Me miró buscando alguna razón oculta que hubiese motivado mi interés.

—Cada vez que hicimos el amor consiguió arrancarme al menos un par de orgasmos solo con las manos y sus labios antes de penetrarme; entonces poco me importaba que se corriera más o menos pronto, estaba lista para un nuevo orgasmo cuando eyaculara. Pero todo eso no es una excusa para esconder su incapacidad, es que se preocupa antes de nada por darme el máximo placer del que es capaz, sin prisa, con una serenidad y una calma asombrosa, improvisando cada vez cosas nuevas con sus dedos, con su aliento, con la punta de la lengua en lugares para nada obvios, haciéndome desear que por Dios llegase de una maldita vez a esas zonas que palpitaban por sí solas como si tuvieran vida propia.

La escuchaba y no podía imaginar que un hombre como el que me había descrito fuera capaz de ser tan delicado. Dejé el chubasquero y me senté a su lado.

—Tomás llegó en el momento apropiado, cuando más falta me hacía encontrar serenidad. Me acogió y me sirvió de refugio, con él pude hablar, sincerarme, descargar después de tanta soledad; es un hombre que sabe escuchar. Y cuando después de hacer el amor descansaba en su hombro, pegada a su cuerpo de hombre maduro, me sentía protegida.

Se quedó en silencio, dio una calada sin dejar de mirarme.

—¿Hemos envainado las espadas? —deseaba seguir haciéndole confidencias al amigo.

—Por supuesto.

—No sé si me vas a entender, creo que eres la única persona en el mundo a quien le puedo decir algo así sin que se escandalice. Tomás ha sido como una figura paternal para mí.

—Claro, no tiene nada de extraño. Su edad, su experiencia…

Me detuve cuando comenzó a negar enérgicamente.

—No, es algo más profundo; es… de alguna manera es como si hiciera el amor con… con un padre; no quiero decir… no me vayas a interpretar mal...

Esperé, no quería hacerme una hipótesis a partir de una sola frase. Esperé, esperé.

Y esperé, seguíamos mirándonos. Pero no añadía nada más.

—¿Qué quieres decir con eso?

—No te asustes.

—No me asusto, ¿por quién me tomas?

—Te estás alterando.

Respiré hondo, puede que tuviera razón. Lo que acababa de escuchar me había disparado todas las alarmas.

¿Y por qué no se lo decía?

¿A mi mujer? ¿A mi paciente? Todavía estaba demasiado viva la figura de la puta.

Ese era el conflicto por el cual esta terapia resultaba tan compleja.

—A ver, recomencemos, ¿Qué es lo que quieres decir?

—Desde luego nada de lo que te ha hecho ponerte tan tenso.

—No puedes saber…

—Diez minutos, nos tomamos diez minutos y volvemos a este punto. —propuso.

—De acuerdo.

Estaba serena, mucho más serena que yo y eso aumentó mi malestar. ¿es que acaso era yo el que no conseguía abordar la terapia como cualquiera de las muchas que había dirigido a lo largo de mi vida profesional?

Minutos después bajó las escaleras con la pitillera de cuero en la mano. No me miró, salió hacia la cocina y poco después la vi por la ventana. Se detuvo en el porche a refugio de la lluvia, su espalda me impedía verla pero los gestos eran elocuentes; inclinada hurgando en la pitillera poco después una densa columna de humo se elevó ante ella. Caminó a lo largo del porche, luego se detuvo a contemplar el jardín anegado. Puede que su aparente serenidad ocultara un desasosiego para el que había necesitado el apoyo de la marihuana. Se alejó unos pasos, dio una calada, miró a lo lejos. Entonces se frotó la nariz con el dorso de la mano.

—Mierda.

…..

—Te has asustado.

—Me ha sorprendido.

—Pensé que contigo podía ser absolutamente sincera.

—Y puedes, claro que puedes.

—¿Estás seguro? He visto una tensión que hasta ahora no había observado y mira que hemos tratado asuntos escabrosos.

—Me has pillado por sorpresa.

—Te sigue costando ponerte en el papel de psicólogo, no consigues desligarte del rol del marido.

—Es cierto. Venga va, vamos a ello.

Dudó de mi buena intención, era evidente que no confiaba en mi capacidad para apartarme de Mario su marido pero hizo un esfuerzo y continuó.

—La figura de Tomás se fue convirtiendo en un confidente; como ya te he dicho tiene esa capacidad de escucha que le hace el compañero ideal para volcar las confidencias. Fue sencillo que depositara en él mi confianza, estaba en ese punto en el que necesitaba un interlocutor, la dualidad terapeuta náufraga estaba agotada, ya no daba más de sí y el picadero se convirtió en refugio más parecido a la consulta que andaba necesitando. Solo precisaba alguien silencioso al que hablar, ya sabes lo que es eso y Tomás cumplió a la perfección su papel,

Encendió otro cigarro, dedicó un par de segundos a observar a lo lejos, perdida en los recuerdos; volvió al presente y continuó.

—A veces se invertían los papeles. Su mujer, sus hijos ausentes, ingratos, la culpabilidad que le corroía, la pena. Yo cumplía mi papel de terapeuta y amiga. Y así fuimos forjando una amistad que se consolidaba a base de café, chupitos y soledad compartida, palabras de hombre mayor que ha vivido mucho, que se permite dar un consejo cuando siente que puede darlo.

El aire que le estorba en los pulmones, la mirada brillante, demasiado luminosa, una larga calada al delgado cigarro y otra vez ese gesto que me inquieta: la forma en que sorbe y recorre su nariz con el dorso de la mano.

—Y cuando su tristeza dio lugar a mi misericordia y caímos en el deseo y llegamos al sexo me encontré con un hombre tierno que colmó mi necesidad de paz, serenidad, apoyo, seguridad. Había sido refugio, mi sostén, se había comportado como un amigo, como un hermano mayor, demasiado mayor para ser hermano; era, eso si, como una figura paternal y cuando me hizo el amor de esa forma tan tierna sentí algo absolutamente nuevo, que jamás le confesaré a nadie salvo a ti. Era como superar barreras, llegar al súmmum, no sé como explicártelo para que no me interpretes mal…

—Hazlo, no te voy a juzgar.

—No sé Mario; se ha derrumbado ante ti la figura que tenías de tu mujer, si sigo hablando puede que la hunda del todo.

Sentí un escalofrío, Carmen me miró a los ojos y entendió que ya no podía permanecer callada.

—Sabes lo que quiero a mi padre, es lo más importante para mí, lo adoro.

—Lo sé.

—Jamás se me ha pasado por la cabeza…

Estaba asustada, como si las palabras que no dejaba salir de su boca fueran a levantar un velo que descubrieran una parte de ella que hubiera estado oculta hasta ahora, incluso para si misma.

—Nunca, jamás he mirado a mi padre en ese sentido.

—¿En qué sentido?

—Ya sabes…

—Debes decirlo.

Parecía mayor, esa juventud que adorna su rostro había desaparecido.

—Acostarme con Tomás es como si me acostase con mi padre.

Respiro hondo, expulsó todo el aire de los pulmones y me miró con la angustia de quien espera el peor diagnóstico.

—¿Tan mal te hace sentir?

Agachó la cabeza y comenzó a negar enérgicamente.

—No, no Mario, no.

—¿Qué quieres decir?

Cuando me miró tenía los ojos arrasados en lágrimas.

—Cada vez que hacemos el amor me siento tan plena, tan feliz, tan relajada, tan protegida, tan…

Se quedó buscando palabras que pudieran expresar lo que había sentido en brazos de aquel hombre mayor que hacía las funciones de padre amante.

—Tan niña… —pronunció con la voz tomada por la emoción.

—¿Te sientes culpable?

Me miró como si no hubiese entendido la pregunta. Me miró como si yo no hubiese entendido nada de nada.

—¡No, en ningún momento! Él no es mi padre, jamás haría algo así.

—Lo sé cariño, lo sé.

Me acerqué y la recogí en mis brazos; nos quedamos así, en silencio.

—Dime una cosa, si no te sientes culpable ¿por qué lloras?

—No lo sé. A veces siento… no lo sé…

—¿Qué sientes?

—Cosas que me vienen a la cabeza ideas, imágenes. Son tan fugaces que no consigo atraparlas.

No dije nada más, sabía que estaba tratando de ponerle palabras a lo que siente cuando se entrega a ese hombre mayor que le incita a pensar en su padre.

—Con Tomas siento que vuelvo al origen; te sonará absurdo.

…..

Volvemos a casa, Carmen se ha quedado dormida; de común acuerdo regresamos en un solo coche; no lo mencionamos pero ambos sabemos que no está en condiciones de conducir. No consigo deshacer el nudo que me atenaza la garganta desde que cerré la sesión; sabía que no debíamos continuar aunque acordamos seguir trabajando. Luego hablamos de muchas cosas.

Desde mi última explosión había estado dándole vueltas a una pregunta que me hice y no fui capaz de plantear del todo. Nada más decirle que no la consideraba una puta perdí los nervios y le recriminé una vez más su pasado; cuando recapacité me arrepentí y proferí: ¿Por qué me resulta tan difícil…? más no fui capaz de saber qué era lo que me resultaba tan difícil. Como si fuera una especie de koan estuve intentando resolver el enigma, mientras tanto comenzamos a prepararnos para el regreso con la angustiosa sensación de no haber resuelto nada. De pronto lo vi como se ven estas cosas, como le surge la inspiración al músico, al escritor, al matemático frente a la fórmula que hasta ese instante se ha negado a dejarse ver.

—¿Podemos sentarnos un momento? —Estábamos recogiendo, Carmen guardaba su ropa, yo volvía de tirar la basura.

—Si, claro. —Me siguió abajo, nos sentamos en el sofá pero me mudé al sillón de esquina; necesitaba poder mirarla mientras hablaba; ella ocupó mi lugar, pegada a la mesita.

—Dentro de poco nos vamos a casa; me temo que una vez más he dejado pasar la ocasión de sincerarme, de abrirme a ti y también de escucharte sin prejuicios. Nos queda todavía una hora o dos si es que me dejas intentarlo. Te pido que me escuches, solo eso.

No le pedí perdón ni me excusé por haberle fallado; tampoco le prometí no volver a caer en los mismos errores. Le dije que creía saber lo que me pasaba: Miedo al cambio. Me aferraba con uñas y dientes al mundo que dejábamos atrás; temía que ese mundo desaparecería en cuanto reconociera que me gustaba cómo éramos ahora y si lo hacía no tendría dónde agarrarme. Sentía vértigo, una especie de vacío ante el que me encontraba desprotegido, desnudo, débil.

—La realidad es que me gustas, me gustas mucho más que la mujer que se ha quedado atrás, y todos los reproches y los insultos que te he lanzado han sido producto del miedo a soltar amarras, eso creo. Me vuelve loco la mujer en la que te has convertido por mucho que me haya costado reconocerlo, por mucho que me cueste aún adaptarme. La verdad es que no temo perderte, sé muy bien lo que nos une; todo lo que hemos vivido está ahí y no va a desaparecer porque decidas mantener la relación con Irene o porque Doménico te llene de una forma que solo él consigue, no creo que eso nos vaya a separar; tu felicidad siempre ha sido mi objetivo como lo es para ti que yo sea feliz, es algo que tú has tenido claro cuando hablabas de Graciela y yo no lograba entender, pero ya lo he visto.

Tomé aire, necesitaba poner orden en mi discurso ahora que había empezado a hablar; estaba nervioso y no intenté ocultarlo.

—Por otra parte está mi propio proceso; no se trata tan solo de adaptarme a ti sino de evolucionar. Tengo la sensación de haber sido unas veces inductor de tu cambio y otras espectador de tus experiencias aunque no siempre supe ocupar el lugar que debía. No tengo por qué ser quien te marque el camino, esa etapa ya pasó; quiero acompañarte, también quiero verte volar libre y sentirme limpio de dudas y miedos, tan limpio como sé que estarás tú cuando sea yo el que vuele sin temor a hacerte daño. No es un camino fácil, aún me quedan más prejuicios de los que creía y han llegado a dominarme al punto de ponernos al borde del fracaso. Son muchos cambios Carmen y voy a necesitar tu ayuda.

No la dejé hablar, necesitaba continuar o no podría decirlo en otro momento.

—Me he dado cuenta de que las personas que queremos pueden sufrir si no vamos con cuidado, nuestra familia en primer lugar. Pienso en Graciela y no creo tener derecho a obligarla a elegir una vida en la que le cierro opciones y eso me lleva a que tanto ella como Elvira están en mi vida de una manera muy diferente a como estás tú, tengo que dejar que sigan su camino cuando lo deseen y en el caso de Graciela debe saberlo cuanto antes.

Respiré; Al final había logrado construir un discurso algo atropellado en el que debía haber matizado mejor las ideas pero no quise dejarme nada de lo que tenía preparado.

—¿Estás convencido de lo que dices?

—Nunca he estado más seguro. También he pensado en Carlos, le hicimos daño, no supimos reaccionar a tiempo y ese fue el motivo por el que se revolvió y te hirió de una manera que aún se debe de estar arrepintiendo.

—¿Tú crees? Quizás algún día lo llegue a saber. En cualquier caso no imaginas lo que significa que al fin lo hayas entendido. Tú y yo Mario, tú y yo ¿cuántas veces me lo has oído decir? No sé cuánto tiempo durará mi relación con Doménico lo que sé es que él pasará y tú y yo seguiremos juntos. Y Carlos, tal vez vuelva a mi vida o puede que al final no sea capaz de perdonarme; pase lo que pase tú y yo seguiremos aquí. En cuanto a Irene, quién sabe si podrá aceptar que tú estás por encima de lo que siento por ella, tengo mis dudas; si no lo consigue me va a doler, me va a doler mucho pero tú me ayudarás a superarlo.

—No sé cómo no lo he visto antes, qué ciego he estado.

—Porque quizá no he sido suficientemente clara, puede que estuviera demasiado obsesionada en confesar y no me diera cuenta de que no dejaba espacio para explicar lo obvio.

—Tenía que haberlo sabido, te conozco, tenía que saber que no vamos a fracasar.

—Es el tiempo el que dirá si lo hemos logrado Mario, el día a día. No somos los que éramos hace un año ni hace un par de meses y se va a reflejar en lo más cotidiano, no va a ser fácil afrontar los cambios que viviremos a partir de ahora ¿lo sabes verdad?

Hablamos con sinceridad, ella confesó el temor que le causaba imaginar escenas que yo ni siquiera me había planteado; cómo viviría mi ausencia cuando me fuera a pasar algunos días con Graciela. Me sonrojé como un adolescente al que han sorprendido cometiendo una falta; Tienes que ir pensando en estas cosas cariño, me dijo, dentro de poco tendremos que afrontarlo; Tienes razón, contesté, yo ya he vivido la ausencia pero tú, ¿qué tal vas a sobrellevar que me vaya con ella o que me dedique a Elvira?; entornó los ojos y trató de sonreír; esa debilidad no la esperaba y encajaba tanto con mis propias debilidades que me conmovió. Se repuso y desveló lo que le excitaba imaginarme con ellas, con mis mujeres, así las llamo; esa conversación nos unió otra vez como pareja, rescató a Carlos, a Irene, incluso al recién llegado Jorge. Y le desvelé donde comenzó todo, en nuestro quinto aniversario cuando descubrí que me volvía loco dejar que otros espiaran su intimidad mientras yo lo consentía;  recordaba la noche, el traje rojo y poco más; le conté los detalles, mi turbación al hallar una faceta de mi mismo que desconocía, que me avergonzaba y a la vez me excitaba como pocas cosas lo lograban, le relaté lo que sentí mientras bailábamos y dejaba que aquellos buitres cazaran al vuelo mis manos apresando su culo, buscando el nacimiento de su pecho cerca de la axila; Estuviste demasiado atrevido si, ya me acuerdo, dijo; Fue la primera vez que sentí el placer de exhibirte, de permitir que otros disfrutaran de tu cuerpo, respondí; Y eso te llevó a lo de Córdoba; No respondí, le bastó una mirada para confirmar lo que estaba pensando; Y ahora ya lo sabes ¿verdad?; ¿Qué quieres decir? pregunté; Que no puedes prescindir de esa droga. Sentí un ahogo en el pecho; ¿Y tú?, ¿podrías vivir sin exponerte a esas emociones?; Todavía no lo has entendido, dijo, me costaría vivir sin sentir tu presencia mientras otros…; ¿Otros, qué?; Me hacen saberme deseada;

¡Eureka! Algo en mi se reveló como si un telón cayera y me dejara entender lo que había tenido delante de mis ojos todo este tiempo.

—Estuvimos más unidos que nunca cuando preparamos tu entrega a Carlos ¿no es cierto?, y aquí mismo, cuando fuiste suya nos sentimos tan compenetrados que estuvo a punto de descubrirnos. —Sonrió tocada por la nostalgia—. Éramos tú y yo, es cierto, tú y yo. —exclamé sin dejar sorprenderme por lo obvio. Lo veía tan claro, ¿en qué momento perdí el rumbo?—. Dime que no me sentiste a tu lado durante buena parte del encuentro con Doménico. No tiene por qué volver a torcerse amor, no tiene por qué.

¿Qué le estaba proponiendo? ¿Cuál era mi plan de futuro? Nos besamos, hubiera querido decirle tantas cosas… pero las palabras no habrían podido colmar todo lo que quería expresarle; gratitud, arrepentimiento, orgullo, propósitos, amor.

—¿A dónde nos lleva esto?, necesitaba una respuesta; Somos lo que somos, contestó dejando abierta una puerta que no fui capaz de cruzar; Hemos cometido errores, aventuré, pero también…; Sonrió y siguió mi frase: También hemos disfrutado ¿no es cierto?; Mucho, dije, de los errores se aprende ¿no crees?; ¡Claro!, susurró, ensayo y error, ya sabes. Y rompimos a reír.

Envueltos en un abrazo, entre cortos besos nos miramos de otra manera, nos veíamos de otro modo, ella y yo, frente a frente, otra vez un equipo; acababan de caer las barreras.

Nos desnudamos con prisa, e hicimos el amor sobre el sofá; si, hicimos el amor interrogándonos sobre los otros, preguntándonos qué haríamos. ¿Qué le gusta a Graciela?; ¿Y a Irene?; ¿Te hubiera gustado traerte a Jorge?; ¿Y a ti?; Te va a llamar, ¿lo sabes, no?; Muy seguro estás tú; Lo sé, vi cómo te miraba; No sabes cómo me miraba; Me hizo sonreír, ¿cuándo estabas en pelotas?; ¡En pelotas! exclamó, ¿desde cuándo hablas así? Si, cuando estábamos en pelotas, ni te imaginas cómo me miraba; Te va a llamar, se muere por follarte, insistí; Dale tiempo, musitó frotándose en mi muslo; ¿Lo conseguirás? pregunté inquieto; ¿Con quién te crees que estás hablando? contestó socarrona; ¿Y Sofía, la vas a volver a ver? Sofía ¡qué mujer!, dije para provocarla; guiñó los ojos, su pelvis recobró energía; ¿Cómo es?; Una leona, dominante, voluptuosa… buen culo, buenas tetas; ¡Cerdo!, me lanzó después de abofetearme; ¿No querías saber cómo es?; Afianzó los dedos alrededor de mi garganta, ¿Voluptuosa?; Si, una madura de carnes desbordantes; Volvió a cruzarme la cara, le brillaban los ojos y su vulva se deslizaba ansiosa arriesgándose a perder lo que atrapaba en su interior; Eres un cerdo, ¿así hablas de tus mujeres?; No, solo de esa, dije sintiendo como se contenía para no apretar el lazo que estrechaba mi cuello; ¿Por qué ella?; Porque me trató como si fuera su gigoló; Se estremeció sin poder contener un lamento, estiró el cuello hacia atrás y se desplomó como si le hubieran asestado un golpe mortal; Un gigoló, repitió, eso fuiste?, dijo en medio de un profundo estertor; Si, así me sentí, como si me hubiera comprado, nunca había … Para qué iba a seguir, se le cerraron los ojos, comenzó a temblar y se fue a otro lugar muy lejos;

Oh! Carmen eres magnifica; Se le escapó una risa fresca, ¿Ahora soy magnífica?, antes era la mejor, dijo mirándome con esa maldad que me desconcierta; No, olvida eso; ¿Por qué, ya no te gusta? respondió arqueando la espalda, se llevó las manos a la nuca sujetándose el pelo, sus pechos me desafiaron, era demasiada tentación, no pude callarme; ¡Pero que golfa eres!; Esa sonrisa sucia, esa forma de menear la cabeza… No, golfa no, soy una puta, la mejor.

Permanece sobre mí, meciéndose despacio sin dejarme salir de ella, sus manos apoyadas en mi pecho pareciera que dirigen el paso lento de la amazona sobre la montura; su cintura cimbrea, sus ojos centellean manteniendo el rescoldo del deseo. Nos comunicamos, ya sabemos quienes somos, lo que queremos, lo que hemos dejado atrás; ella me conoce, sabe de mis gustos y mis debilidades; yo la conozco, sé lo que quiere y cómo lo quiere. Nos aceptamos como somos. Hemos sellado una nueva alianza.

…..

Volvemos a casa, Carmen se ha quedado dormida; de común acuerdo regresamos en un solo coche; no lo mencionamos pero ambos sabemos que no está en condiciones de conducir. Suena melancólico Till Brönner a bajo volumen y me doy cuenta de que en toda la semana no ha habido música en casa; creo que es la primera vez que eso nos sucede. No consigo deshacer el nudo que me atenaza la garganta desde que cerré la sesión. Sabía que no debíamos continuar aunque acordamos seguir trabajando. Si mi paciente no fuera mi mujer estaría preocupado. Mi paciente es Carmen, mi mujer, mi amiga, mi niña. Estoy asustado.


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