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Fecha: 22-Mar-19 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

La roja, la rojita y la chochona

QUIQUE
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Tiempo estimado de lectura: [ 16 min. ]
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Luisiño, acariciando las tetas de la Rojita, estaba perro, más que perro estaba cómo un lobo en celo. Me dijo: -¡¡Métesela, carallo, desvírgala, si no la desvirgas tú la desvirgo yo!! Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Antes de que en las tómbolas se hiciera famosa la muñeca Chochona, en Galicia había una de carne y hueso. Vivía apartada de la aldea, en un monte. Su casa era conocida cómo la casa de la puta, y no había hombre de esa aldea, (y alguna mujer) que no hubiese visitado a la Chochona.

Cuando esta historia acaeció cobraba quinientas pesetas por un polvo... El trato era que cuando el hombre, o la mujer, se corriera, el tiempo se acababa.

La Chochona, en los años 70 tenía, según ella, 22 años. Llevaba cinco follando por dinero (empezara cobrando doscientas pesetas) Medía un metro ochenta y algo y era gorda. Andaría en los 120 kilos, pero era muy guapa, de ojos azules, con tremendas tetas y un culo espectacular. Su cabello era negro muy largo, tan largo que le cubriá las nalgas.

Era verano, finales de julio o principios de agosto, ya no me acuerdo bien, lo que sé es que llegó a la aldea Luisiño, un chaval delgadito, de mi estatura, 1.60. (teníamos los dos la misma edad, 18 años) El chaval era sobrino y ahijado de la Chochona. A su madre y a su padre los metieran en la cárcel por robar una gallina, y la Chochona (Obdulia) se tuvo que hacer cargo de él.

En fin, que me fui haciendo amigo de Luisiño con la intención de echarle un polvo a su tía. (Tenía las quinientas pesetas ahorradas, pero la Chochona no follaba con quinceañeros) La hostia fue que a Luisiño, pasado un tiempo, después de ver el trasiego que había en su casa, se le fue la timidez, espabiló, y me sorprendió un día, diciendo:

-¿Quieres ganar algún dinero, Quique?

Yo iba a piñón fijo.

-Lo que quiero es follar con tu tía.

Luisiño ya se daba aires de sobrado.

-Todo se andará, colega. Es más, cuando la folles, la vamos a follar los dos. Ahora hablemos de trabajo.

Me iba a traicionar el subconsciente.

-Soy todo polla, digo, soy todo oídos. ¿Cuánto voy a ganar?

-Un veinticinco por ciento de la tajada.

-Te llevas tres partes. El que parte bien reparte, para él la mejor parte.

-Yo también me llevo un veintinco por ciento, la mitad es para el cerebro de la operación.

No lo creí, pero le dije:

-En fin, algo es algo. ¿Y qué tengo que hacer?

-Acompañarme.

-¿Así de fácil?

-De fácil nada, pueden llover hostias, y si llueven hostias nos van a caer encima a los dos.

A mí las peleas nunca me habían asustado, le dije:

-Bueno, si llueve, que llueva.

-Esa es la actitud. En nada vas a ver de que va la cosa.

                                                                                LA ROJA

Casilda, la Roja, era una mujer de treinta y cinco años, morena y con todo muy bien puesto. Iba con una cesta de ropa sucia en la cabeza en dirección al río, y le dijo Luisiño:

-Cómo chillabas ayer en mi casa cuando te corriste, Roja.

La mujer miró para atrás, por si venía alguien, y le dijo:

-Habla en bajo que te pueden oír.

-A mí me la suda. Al volver del río deja abierta la ventana de tu casa que da a la huerta y ten preparadas quinientas pesetas.

La Roja, puso cara de no quiero.

-¡Eso es mucha pasta!

-Tu marido gana mucho dinero.

-Vale, quinientas pesetas y no os vais de la lengua. Por la ventana os daré las quinientas pesetas.

Luisiño, al ver que la tenía pillada por los pelos del coño, se vino arriba.

-Por la ventana vamos a entrar para follarte...

La Roja se alarmó.

-¡No!

-Sí, después de follarte ya nos pagarás.

-Vale, vale, ya hablaremos de eso. Me voy que ya, paré mucho tiempo hablando contigo y a las viejas les gusta mucho darle a la lengua.

Yo estuviera callado cómo una tumba. Luisiño se había vuelto un cabrón de mucho cuidado, pero me iba a salpicar su osadía... Follar y cobrar. ¡Menudo negocio!

Esperamos a que volviese del río, que tendiese la ropa y después nos acercamos a la ventana. Nos estaba esperando con una escopeta de cartuchos en la mano. Sonriendo, nos dijo:

-Entrar, entrar, chantajistas.

Entramos por la ventana, temblando, pero entramos. A punta de escopeta nos llevó a una habitación. Luisiño, que en el fondo era un cagado, le dijo:

-No te lo dije en serio, Casilda.

La Roja, no paraba de sonreír.

-Ya, para eso venías, para decirme que no lo dijiste en serio. Besa a Quique o te vuelo las pelotas.

Se veía que nos quería tener bien atados. A los maricones en aquellos tiempos los molían a de palos. 

-¡¿Qué?! -sonrió- Bueno, si hay que besarlo, se besa.

En ese momento me di cuenta de que a Luisiño le daba igual la carne que el pescado. Hablé por primera vez, y me hice el chulo.

-Ya se las puedes volar. Este maricón a mí no me come la boca.

Apuntando con la escopeta a mis pelotas y a las de luisiño, dijo:

-Pito, pito, gorgorito...

No me dio Luisiño el beso a mí, se lo di yo a él.

La Roja, se sentó en el borde de la cama, y nos dijo:

-Quiero ver cómo folláis. ¡En pelotas!

Ya estaba viendo cómo Luisiño me rompía el culo. Nos desnudamos... Estábamos empalmados. El morbo, supongo.

-Menéasela, Luisiño.

Me cogió la polla y me empezó a hacer una paja. Me gustó. Tenía las manos más finas que muchas mujeres.

-Bésalo.

Me dio un pico.

-Ahora, chupásela.

Luisiño me cogió la polla y la iba a meter en la boca. La Roja, dijo:

-¡Ay, Dios, que cachonda estoy!

Dejó la escopeta sobre la cama, se arrodilló delante de los dos y nos las chupó con ganas.... ¡Qué ganas tenía la viciosa!

Luisiño, mientras las mamaba, quiso besarme. Le dije:

-¡A que te cae una hostia, maricón!

Desistió, pero ahora que no me lee nadie, si me llega a besar, le devuelvo el beso.

Cuando la Roja se puso en pie, la besé, Luisiño, se puso detrás de ella. La mujer se fue desnudando. Al estar en bragas y sujetador, Luisiño, le bajó las bragas y le comió el culo. Yo me agaché un poquitín y se la metí en el coño, un coño que estaba encharcado de jugos. Fue metérsela, y sin llegar a empezar el mete saca, comenzaron a temblar sus piernas y se corrió cómo una bendita.

Al acabar de correrse, se quitó el sujetador. Unas tetas tirando a grandes y redondas quedaron al descubierto. Se echó sobre la cama. Yo le comí una teta y Luisiño le comió la otra, se las comimos cómo sabíamos, y la verdad es que mordíamos más que comíamos.

Después le llevamos las pollas a la boca y las volvió a mamar. Ella se estaba tocando el coño... Mas tarde, mientras Luisiño le comía una teta, le pasé el capullo mojado por el pezón de la otra teta. Luisiño, me cogió la polla y la metió en la boca. Le dije:

-¡Serás maricón!

La Roja, me dijo:

-Déjame ver cómo te la chupa, sé bueno.

Había que darle el capricho... El caso fue que le había dado una uña y agarró un dedo. La Roja, cogió mi polla con su mano y se la metió y sacó de la boca a Luisiño.

Se puso tan, tan cachonda, que se echó encima de Luisiño dándole la espalda, se acercó la polla al ojete, y Lusiño se la clavó. Su coño estaba abierto y mojado. Mi polla latía y se moría por mojar. Me eché encima de la Roja y la empitoné... ¡Cómo gemía la condenada sintiendo cómo las dos pollas entraban y salían de su culo y de su coño! 

Era de orgasmo fácil, ya que ni cinco minutos tardó en decir.

-¡Me voy a morir de gusto! ¡¡Me mueeeeeeero!!

Se comenzó a correr gritando como una loca sin medicación. De su coño salían jugos a presión. Le tapé la boca con una mano y me metió un mordisco que casi me la arranca, pero por lo menos no la oyeron los vecinos. Acabó con el coño y el culo llenos de leche, pagando las quinientas pesetas y más contenta que un cuco en primavera.

                                                                           LA ROJITA

Ninguno de los tres la vimos, pero Casildiña, la Rojita, la hija de la Roja, nos había espiado mientras follábamos a su madre y se había hecho un dedo.

Lo supimos al día siguiente, por la tarde. Estábamos Luisiño y yo comiendo dos bocadillos de jamón (para los pobres como yo era artículo de lujo) en el monte, sentados sobre una piedra cuando vimos llegar a la Rojita con una botella de vino blanco castilla en la mano derecha... El castilla era un vino peleón muy falso... Al llegar a nuestra altura, sin decir palabra, nos quitó los bocadillos, se sentó sobre la hierba y comenzó a comer el mío, del que ya comiera yo más de la mitad. Luisiño y yo nos miramos con cara de asombro. Fueron unos segundos de desconcierto. ¿Qué coño estaba pasando? Luisiño, le dijo:

-Me da igual que seas una chica ¡Te voy a meter una hostia que no te va a quedar boca para comer!

La Rojita era una chavala de nuestra edad, guapa como un ángel, delgada como una aguja y plana cómo una plancha. Levantó la cabeza, y le dijo:

-Podrías hacerlo, lo que no sé es que le dirás a mi padre cuando vaya a por ti por haber jodido a mi madre y pegarme a mí.

El primer negocio que habíamos hecho había salio rematadamente mal. Luisiño quiso hacer mutis por el campo, y yo detrás de él, pero la Rojita no estaba con esas.

-¡No os mováis! Os tengo que castigar por haber follado a mi madre.

Obedecimos. Poco nos podía hacer aquella menudencia. Sentados en la roca vimos cómo daba cuenta de los bocadillos, cómo echaba otro trago largo de castilla, cómo se limpiaba la boca con la manga de la blusa y cómo se limpiaba las manos a la falda. Se levantó, vino hasta la roca, y nos dijo:

-¡Fuera de ahí!

Nos levantamos y se sentó ella en la roca. Se quitó una zapatilla, y le dijo a Luisiño:

-¡Baja los pantalones!

Luisiño la miró con cara de asombro.

-¡¿Qué?!

-¡Que bajes los pantalones o ya sabes lo que te espera!

Me dio la risa. Al verme riendo, la Rojita, sonrío con cara de zorrilla, y me dijo:

-Ríete, ríete que ya llorarás.

Luisiño estaba con los pantalones bajados y la polla tiesa esperando su castigo. La Rojita, le dijo:

-Échate sobre mis rodillas.

Luisiño se echó sobre las rodillas. La Rojita me dio la zapatilla, y me dijo:

-Dale.

No rechisté. Le zurré en las dos nalgas.

-¡Plas, plas, plas, plas, plas!

Luisiño se estaba acordando de toda mi familia. La Rojita estaba disfrutando.

-¡Dale con más fuerza, coño!

Le di.

-¡¡Plas, plas, plas, plas!

Luisiño, me dijo:

-¡Cuando me toque darte te voy a dejar el culo negro!

Para la Rojita no era suficiente.

-¡Dale con más fuerza y más veces!

Le zurré con ganas.

-¡¡¡Plas, plas, plas, plas, plas...!!

Cuando dejó que se levantara, a Luisiño le caían los mocos y unos tremendos lagrimones. Sacó el pañuelo, se sonó los mocos, me miró con ojos de loco, y me dijo:

-¡Baja los pantalones y échate en su regazo, cabrón!

¡Y una mierda me iba a poner en las rodillas de la Rojita! Le dije a Luisiño:

-Yo no soy el enemigo, el enemigo es ella, joder.

Miramos para ella. La Rojita se levantó con idea de salir corriendo. La agarré por la cintura y le bajé las bagas. Luisiño ya se sentara en la roca con la zapatilla en la mano. La puse de espaldas a él. Le quité la blusa y un sujetador blanco que llevaba muy ceñido, supose que para que no se notasen aquellas dos preciosas tetas que parecían manzanas y que la mitad de ellas eran areolas echadas hacia fuera y que remataban con pezones pequeñitos cómo granos de arroz. Se las mamé y no opuso resistencia, es más, se sentó sobre a polla de Luisiño y al final acabó gimiendo y acariciándome el cabello. Después se la tendí sobre las rodillas. La Rojita, pataleó un poco, pero no chillaba pidiendo ayuda. Luisiño, no sé porque, pero no se cebó, le levantó la falda y le dio en el culo con poca fuerza con aquella zapatilla negra con piso azul de goma.

-Plas, plas, plas, plas.

Le preguntó:

-¿Qué decías que le ibas a decir a tu padre?

-¡Todo! Y esto que me estáis haciendo, también.

Le arreó con un poquito mas de fuerza.

-¡Plas, plas, plas, plas!

La Rojita abrió las piernas. Vi que tenía el coño peludo empapadito de jugos. Me agaché, le quité la falda, y se lo lamí. Exclamó:

-¡Ayyyyyyyyyyy que cochiniiiiito!

Dejé de lamer, Luisiño, le volvió a dar, esta vez con menos fuerza.

-Plas, plas, plas, plas.

La Rojita ya estaba que echaba por fuera.

-Cómeme el coño un poquito más, Quique.

Se lo comí y sentí cómo se le abría y se le cerraba la vagina. Saque la polla, Luisiño, le dio la vuelta. La Rojita, boca arriba, abrió las piernas y me dijo:

-No me metas más que la puntita.

Quise meterla, pero no entraba ni la puntita ni nada. Aquello era como querer meterla en un dedal. Se lo volví a comer... La Rojita ya  estaba desatada.

-¡Rómpeme el coño, rómpemelo!

Se la puse en la entrada, empuje y entro la cabeza, y sí, algo se debió de romper, ya que la Rojita, chilló:

-¡¡Ayyyyyyyyyyy!! ¡¡¡Quitala, quitala!!!

La saqué, pero no vi nada de sangre. Se la volví a comer, y al ratito se puso cómo loca.

-¡¡Métela toda!!

-Te va a volver a doler.

Luisiño, acariciando las tetas de la Rojita, estaba perro, más que perro, estaba cómo un lobo en celo. Me dijó:

-¡Métesela, carallo, desvírgala, si no la desvirgas tú la desvirgo yo!

La levante cogiéndola por sus peludos sobacos, la Rojta rodeó mi cuello con sus brazos. La besé, y le dije:

-Metela tú.

Cogió mi polla con una mano, metió la puntita y volvió a rodear mi cuello con los dos brazos... Rodeando mi cuerpo con sus piernas la iría metiendo poquito a poco. Le debió doler una cosa mala, ya que a veces sentía como rechinaban sus dientes, y otras, los ojos le lloraban con ganas. El caso fue que la metió hasta el fondo y después continuó con un suave mete y saca. Luisiño, no se la podía meter en el culo, ya que si lo hacía la rompía, pero el cabronazo quería su parte del pastel y le comió el culo y le frotó la polla contra el ojete mientra la Rojita follaba mi polla.

Pasó un tiempo entre los quejidos y los gemidos, y otro aún más largo hasta el momento que le dijo a Luisiño.

-¡Métemela en el culo, Luís!

Luisiño no se lo pensó dos veces. La clavó. La Rojita, al sentir la polla entrar en su culo, temblando, se comenzó a correr. Vi la cara de mi amigo al correrse, era de felicidad plena, y vi la cara de la Rojita, ahora si que estaba roja, tenía la cara roja como un tomate y los ojos en blanco. La saqué y me corrí sobre la hierba. Aquel fue uno de los mejores polvos que eché en mi vida.

                                                                                   LA CHOCHONA

Seis meses más tarde, y con un buen dinero agachado en un muro, me encontré a Luisiño en la fuente. Él estaba bebiendo, yo iba a buscar un cubo de agua. Me dijo:

-Hoy toca follar con mi tía.

-¡No jodas! Después de lo que llevo follado no le pago a tu tía por hacerlo.

-Es para recompensarla.

No lo había entendido.

-¿Qué de qué?

-Que ella es el cerebro del que te había hablado. Nos vamos de la aldea y quiere su recompensa.

-¿Tú la vas a follar también?

-¿Piensas que es mucha mujer para ti solo?

-Joder, una buena bicha es, y una cosa es correrme yo, y otra hacer que se corra ella.

-En eso tienes razón. No te preocupes, no le llega uno solo.

Comenzó a llover en el mismo instante que entramos por la puerta de la casa de la Chochona. Entramos y Luisiño le pasó la tranca a la puerta.

La bicha estaba en la cocina, una cocina de piedra que desprendía un calorcito que alimentaba las ganas de follar. La Chochona estaba tomando aguardiente en una taza de barro, de las de comer el caldo. La bebía como si fuese agua. Al acabar de tragar, se limpió la boca con la manga del vestido y le dijo a Luisiño:

-Enséñale a Quique cómo se come un coño.

Luisiño, se aceró a su tía. La Chochona levantó el vestido. Vi sus gordas y blancas piernas y vi su coño... Aquel coño me dio a entender porque la llamaban la Chochona. ¡Pedazo de chocho! Su mata de pelo negro era inmensa. Abrió el coño con seis dedos. Aquella cosa metía miedo. Cuando mi amigo acercó su cabeza a él, me dije: "Ese coño se papa enterito a Luisiño." No fue así. La Chochona, al ratito, gimiendo, me dijo:

-Ven aquí, Quique.

Fui a su lado. Me metió un morreo que casi me tira para atrás, no con el morreó, con el olor a aguardiente de su aliento, pero ni con esas, mi polla no entendía de malos olores, ni de coños grandes cómo ballenas, mi polla quería mojar, fuese dónde fuese.

La Chochona, al estar bien cachonda, se levantó y se desnudó. ¡Vaya bicha! Sus grandes tetas tenían inmensas areolas, los pezones eran gordos cómo dedos y su coño, asustaba, asustaba pero era hipnótico.

Apoyó sus manos en el respaldo de una silla, se abrió de piernas, y dijo:

-Primero por el culo. ¿Quién me quiere dar por el culo?

Luisiño, se puso detrás de ella. La agarró por la cintura (su polla parecía un palillo ante aquel inmenso culo) y se la clavó de un golpe. Si le entraba así de fácil por el culo, por el coño le debían entrar las pollas a pares.

Luisiño, dándole caña, me dijo:

-Dale la polla a mamar. Le encanta mamar pollas.

Saqué la polla, se la llevé a la boca, y me hizo una pequeña mamada, ya que al ratito, le dijo a su sobrino:

-Aparta y deja que Quique me folle el coño.

Algo acobardado, me puse detrás de ella, empujé esperando que no tocara los lados del túnel, pero no le entró floja, sus carnes debían presionar los músculos de su vagina.

La follé mientras ella se la chupaba a su sobrino.

Cuando estaba rozando el orgasmo, se incorporó y nos dijo:

-Tú, Luisiño, métemela en el culo, y tú, Quique, cómeme el coño.

Luisiño, en nada, se corrió dentro del culo de la Chochona, y ella se corrió en mi boca cómo si fuese una fuente.

Al acabar de correrse, la Chochona, con la polla de su sobrino aún latiendo dentro de su culo, me cogió por las axilas y me levantó cómo si fuese una pluma. Tocaba el techo de madera de la casa cuando metió mi polla en la boca y la mamó. Al ver que me corría, me separó de ella, abrió la boca y bebió mi leche como si mi polla fuera el pitorro de una bota de vino y mis cojones la bota misma.

Esa tarde cogí una cogorza de aguardiente de las de campeonato, pero antes le dimos lo suyo a la Chochona.

Quique.


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