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Fecha: 20-Mar-19 « Anterior | Siguiente » en Confesiones

Ana, mi historia. Cap. 1

solitario
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Esta es la continuación de la historia de mi familia narrada por Pablo A. (Solitario), basándose en la información que recibió de mi padre hace seis años y que dio en llamar “16 días cambiaron mi vida” Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

 

 

Ana, mi historia. Cap. 1

 

Esta es la continuación de la historia de mi familia narrada por Pablo A. (Solitario), basándose en la información que recibió de mi padre hace seis años y que dio en llamar

“16 días cambiaron mi vida”

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Sí, mi historia… Tengo una necesidad visceral de escribir, de relatar lo que ha sido mi vida en los últimos años hasta hoy. Y lo que el futuro me deparará.

Hoy, mi vida ha cambiado por completo y me está resultando muy… muy, doloroso. Casi un dolor físico que inicia como un alfilerazo en el pecho hasta sentir… Como si una mano estrujara mi corazón y me dejara sin respiración, como si me faltara el aire en los pulmones.

Y no puedo llorar, aunque lo necesito… más que respirar, pero no puedo. No, no puedo llorar, algo me lo impide.

Hoy hemos dado sepultura a mi madre… Mila.

Tras varias semanas de dolorosa agonía nos ha dejado…

Y a pesar de mi dolor, no puedo llorar…

He visto llorar a mis hermanos y amigos, sobre todo a Pablo, que la asistió a su lado el corto tiempo, apenas dos meses, que duró su dolorosa enfermedad.

Han pasado seis años. Seis largos años desde que trató de acabar con su vida. Y han ocurrido tantas cosas.

Tras la triste experiencia del intento de suicidio de mi madre, José, mi padre y Pablo, psicólogo y un buen amigo, lograron recuperar en parte la alegría de su vida. Pero no del todo.

Gracias a la guía de Pablo logré terminar mis estudios de bachillerato e ingresar en la Universidad de Valencia, en la Facultad de Psicología.

Pablo, amigo de la familia, ha acompañado a mi madre en los últimos tiempos. Ha sido su confidente, su paño de lágrimas. Mi padre no ha querido saber nada de ella... Y lo entiendo. Mi madre le hizo mucho daño. Y no una vez, muchas veces. La última fue insoportable para mi padre y desapareció de nuestras vidas, de mi vida. No sé dónde está, si vive… Desde hace tres años. El único contacto que tengo con él es el de los ingresos que periódicamente realiza en mi cuenta para mis gastos. Pero al parecer los realiza en efectivo para que no pueda localizarlo. Y lo necesito. Necesito hablar con él.

—¡¡Ana, mi querida Ana!! ¿Cómo estás?

Reconozco la voz. Es Pablo, el amigo incondicional de la familia que se acerca y abre sus brazos. Me entrego a él, es como un refugio. Lo percibo como antaño, afable, cariñoso, me siento protegida en sus brazos. Recuerdo el aroma de su colonia. Me separo lo justo para ver sus lágrimas deslizarse por su envejecido rostro y esto despierta en mí una extraña sensación de angustia, de pena… Y ¡por fin lloro!

Con mi rostro sobre su hombro vierto las lágrimas que hasta ahora no he podido derramar. Lloramos los dos abrazados…

Pablo consigue, poco a poco, calmarme.

Alguien trajeado, más bien uniformado, un empleado del tanatorio, se acerca y se detiene frente a mí.

—¿Es usted doña Ana XXXX?

—Sí, ¿por qué?

—Me han dicho que usted es el familiar más cercano a la finada… para entregarle…

Y deposita en mis manos una cajita plateada… del tamaño de una caja de zapatos. Son las cenizas de Mila. Es lo que queda de ella. De mi madre…

Mi puta madre.

Supongo que al no estar presente mi padre y ser mis hermanos menores que yo, soy el familiar más cercano.

Una especie de mareo me invade. Un sudor frio me hace palidecer, se me doblan las rodillas y tengo que realizar un gran esfuerzo para no caerme. Pablo se da cuenta y me sostiene, acompañándome hasta una silla donde me siento. La cajita sobre mis rodillas. Sostiene mi mano libre con la suya. Me mira fijamente a los ojos.

—¿Te encuentras mejor? — Me pregunta poco después mientras acaricia mi mejilla con el dorso de la mano.

No respondo, me levanto y miro desafiante a los curiosos presentes. Apenas cinco o seis. A algunos los conocía. Dos o tres fueron antiguos clientes de mi madre. De mi puta madre. Desvían su mirada al suelo para no enfrentarme y se alejan para ir saliendo del local.

El empleado del tanatorio espera con una carpeta en su mano…

Firmo la recepción de los restos mientras Pablo coge la caja. Después me la entrega de nuevo.

Con su brazo en mi espalda, Pablo, me sujeta y me empuja suavemente para salir del fúnebre lugar, del tanatorio, donde Mila, mi madre, ha sido incinerada.

Fuera del local me despido de mis hermanos que me esperan y que deben marcharse a sus colegios internos. Una despedida fría, sin emoción. Solo somos hermanastros, solo hermanos de madre y en los últimos años apenas nos hemos visto. La pequeña, Mili, ha crecido mucho. Ya es más alta que yo, es guapa, tiene un hermoso cuerpo, no sé quién será su padre. Pepito, mi otro hermano, es más bajo y gordito, creo que se parece a su padre biológico.

Claudia, amiga de mi madre, me abraza con verdadero afecto. No deja de llorar.

—Lo siento Ana, lo siento, no pude evitarlo. No me dejó ayudarla y ya ves… — Decía entre lamentos.

Claudia hija, mi “amiga del alma”, apenas me da un ligero abrazo, dos besos y se aleja sin mirarme a los ojos.

Mi cabeza parecía estar a punto de estallar, tales eran las emociones que me embargaban en aquellos momentos. Pena, dolor, pero a la vez descanso por haber finalizado la tortura de no saber cómo estaba mi madre y sabiendo que se prostituía en las calles de Madrid.

Pablo me guía hasta su coche, me abre la puerta del acompañante y me siento. Él entra, se sitúa ante el volante y conduce lentamente hasta salir del lúgubre lugar.

Llevo sobre mis rodillas los restos de mi madre… Circulábamos en silencio, abstraídos en nuestros pensamientos.

—Pablo, ¿exactamente, de qué murió? — Pregunté.

—De sobredosis Ana. Al parecer hacía tiempo, desde que dejó a tu padre, que se había enganchado. Yo no la veía desde que se marchó de casa. Intenté contactar con ella, pero era imposible. A pesar de tener suficientes medios para vivir cómodamente, se empeñó en ejercer lo que ella llamaba “su oficio” y lo hacía en las peores condiciones. Estoy convencido que su intención era suicidarse. Ya que no se lo permitimos hace seis años, lo logró ahora. Se alejó de todas las personas que la queríamos y se lanzó a una carrera que la ha conducido…

—Hasta aquí, Pablo. Mírala, la tengo en mis manos… — Un sollozo me desgarró— Me llegaron noticias de que la habían visto en…

—En polígonos industriales. En las calles… Ya lo sabía, intente ayudarla, pero no se dejaba, Ana… Y eso la llevó a su final. No se protegía y se hundió en el mundo de las drogas. La encontraron en un soportal en muy malas condiciones. Intentaron salvarla pero no lo lograron, por fin consiguió lo que pretendía.

Sí… Sí he dicho mi puta madre es que lo era. Una puta que en los últimos tiempos se vendía por diez euros en un polígono industrial. La busqué. Hace más de un año la encontré e intenté hablar con ella y convencerla para que se viniera a vivir conmigo… Pero me fue imposible. Me dijo que “bastante daño me había hecho ya”. Lloraba y se reía como una loca medio desnuda en medio de la calle y me dejó porque unos tipos la llamaban desde un coche y le ofrecían quince euros si se dejaba follar el culo a pelo. Se marchó con ellos y no la volví a ver.

(Pablo fue el autor de Todorelatos que subió la serie “16 días cambiaron mi vida” y que ahora se puede bajar de Freebooks. Como autor Pablo Andrade)

Cuando anteayer me llamó Pablo a Módena, donde estoy terminando un master, supe que algo fatal había sucedido y no me equivocaba.

—¿Estuviste con ella… al final… no?

—Me llamaron hace tres días porque ella había dado mi nombre para que contactaran conmigo. Y sí, estuve a su lado hasta el final… Ana… Tu madre estaba obsesionada contigo y con tu padre. No dejaba de repetir que os había hecho mucho daño… Que os pidiera perdón, que a pesar de todo os quería con locura, por eso lo mejor que podía ocurrir era que ella desapareciera para que pudierais vivir en paz. Y en parte estoy de acuerdo con ella, Ana, aunque sea muy doloroso. Creo que es el momento de cerrar este capítulo de tu vida y comenzar de nuevo… — Se hizo un silencio. — ¿Cómo te va en Italia?

—A pesar de lo ocurrido, estoy bien. He terminado el curso con magnificas notas y puedo quedarme allí. Ya tengo el título de grado en psicología, el master en Psicología Forense y si quiero tengo trabajo o sea, soy autosuficiente. No necesito depender de nadie, eso lo aprendí de ti y debo agradecértelo. Aunque pretendo realizar algún otro master en la especialidad que más me guste.

—Eres muy inteligente y posees una experiencia personal de la que muchos forenses con años en el oficio carecen. Creo que serás una magnífica psicóloga… ¿Qué sabes de tu padre?

—Nada… Bueno, mis hermanos me han dicho que los visita de tarde en tarde en el colegio, pero no saben ni donde vive… ¿Qué pasó?

—Ana… Han pasado muchas cosas… Ya viste cómo tu madre parecía mejorar tras el intento de suicidio. Y creímos que estaba bien, pero yo observaba un deterioro difícil de detectar. Se lo dije a José, tu padre, pero no me hizo caso. Cuando te marchaste a la universidad, a Valencia, empeoró rápidamente. Tristeza, agresividad, conductas paranoicas. Celos exacerbados… En cuestión de meses el deterioro se aceleró. Las discusiones con Marga y Claudia eran continuas y, claro está, con tu padre. Ellas se marcharon a Madrid. Según me dijeron, cuando hable con ellas, se había vuelto insoportable. Tu padre aguantó lo indecible hasta que un día, al volver a casa, se la encontró en la cama con tres jovencitos, entre ellos el muchacho que salía contigo. Y al parecer no era la primera vez. Llevaban algún tiempo visitando a tu madre cuando tu padre se marchaba de viaje y no estaba en casa. Ella les cobraba por los servicios…

—¡Joder! ¡Ahora lo entiendo! El chico con el que yo salía, el que nos instaló el cable, un buen día dejó de responder a mis llamadas. Me extrañó, pero como tampoco tenía un especial interés en él lo dejé estar. Pero un fin de semana que vine al pueblo, lo encontré en la calle, vino hacia mí y me preguntó cuánto le cobraba por un polvo. Me enfadé mucho. Le di un tortazo y me marché. Desde entonces traté de venir lo menos posible y desde hace tres años…

—Tu padre me dijo que cuando los sorprendió la recriminó, ella se revolvió y le dijo que ella necesitaba “pollas en todos sus agujeros” “pero pollas de verdad, no la pistolita de agua que tenía él entre las piernas”. Como te puedes imaginar la reacción de tu padre fue violenta, pero ellos eran tres, le dieron una paliza y tu madre se reía, se burlaba y seguía follando a uno mientras los otros dos sujetaban a tu padre. Después de aquello, cuando se quedaron solos, tu madre le dijo que era el fin. Hizo las maletas y se marchó a Madrid, donde retomó las actividades junto a Amalia. Como ya no era tan joven y al haber estado un tiempo fuera de la circulación, se dedicó al BDSM duro y las drogas para soportar las sesiones. En pocos meses el deterioro era evidente y tuvo que dedicarse a la prostitución callejera.

— A mí me resultaba raro no encontrar a Marga ni a Claudia en casa, pero mi padre me dijo que tenían negocios en Madrid y que ya venían poco. Por cierto… ¿Qué os pasó a Claudia y a ti? Parecíais estar enamorados…

—No Ana. Ya sabes que soy una persona solitaria, el ritmo de vida al que intentaban arrastrarme no era para mí. Ella lo entendió y lo dejamos. Fue cuando se marchó con Marga a Madrid. Claudia maneja el negocio de Amalia y Marga creo que encontró un alemán que se la llevó a Múnich y ya hace tiempo que no sé nada de ella… ¿Y tú? No te he visto muy afectuosa con tu amiga Claudia, su hija… ¿Pasó algo entre vosotras?

—Pues… Lo que tenía que pasar. Fuimos a Valencia y vivíamos en un pisito de estudiantes. Yo me dejé influir por ti y me dediqué a mis estudios, pero ella seguía con sus juergas y líos tratando de involucrarme a mí… Y no me dejé. La planté un par de veces, ella se enfadó mucho se marchó con su madre a Madrid y no la he visto más, hasta hoy. Y me alegro. Ella lleva un camino similar al de mi madre… Y yo no estoy dispuesta a acabar… así… — Mostré el recipiente con las cenizas de mi madre. De nuevo las lágrimas acudieron a mi rostro.

Como no quise volver al antiguo piso de mis padres me había alojado en un hotel cerca del Retiro. No quería rememorar viejos y penosos recuerdos.

—Ana, por qué no te vienes unos días a Alicante conmigo. Intentaremos localizar a José y hablas con él.

—¿Lo crees conveniente, Pablo? Hace más de dos años no sé nada de mi padre y no sé cómo va a recibirme.

—Ana, tu padre te quiere con locura y tú no eres responsable del comportamiento de tu madre. Se alegrará de verte. Vamos, recoge tu equipaje y vámonos…

—Me has convencido Pablo, pero… Bien vámonos. Deja el coche en el aparcamiento de mi hotel.

—¿Qué piensas hacer con…? — Señaló la vasija.

—Vamos a dar un paseo por el Retiro. Buscaremos un lugar que conozco bien… Cuando era pequeña, diez u once años, mi madre me traía a corretear por aquí. Años después comprendí por qué. Este era su lugar de caza, aquí se revolcaba tras los arbustos con algún hombre mientras mis hermanos y yo jugábamos. Cuando aparecía salía peinándose y arreglándose el maquillaje y la ropa. En una ocasión la vi apoyada en un árbol con la ropa subida y un hombre tras ella. Me dijo que la había ayudado a cubrirla mientras orinaba.

Disimulaba, su sexo húmedo, goteaba… Me parece verla ahora. Reía, con su risa contagiosa, mirándome mientras se subía las bragas.

No pude evitar llorar. Pablo me abrazó y consoló.

Bajo un árbol centenario en el Bosque del Recuerdo, disimuladamente, aprovechando un momento en que nadie estaba a la vista volqué las cenizas, justamente tras los arbustos que ella, mi madre, solía utilizar para disimular los revolcones con los clientes circunstanciales.

Me quedé con una mínima cantidad de polvo que trataría de conservar como recuerdo de la que, a pesar de todo, fue mi madre y la quise y ella, a su manera, me quiso.

Seguimos paseando hasta el hotel.

En la habitación le dije a Pablo que necesitaba asearme. Él me esperaba sentado en la silla del escritorio. Yo entré en el baño, me di una reparadora ducha con la que intentaba librarme de los recuerdos que me acompañaban, pero no pude evitar que se agolparan en mi mente los momentos de placer vividos en hoteles como este con desconocidos… Y a mi pesar me excité… Al pasar la mano impregnada de gel por mi sexo sentí una vibración en mi vientre que conocía muy bien. Pero me obligué a no seguir.

Me sequé y enrollada en la toalla me acerqué a Pablo que se sorprendió.

—Pablo, me conoces muy bien y sabes que no te pediría esto si no lo deseara de verdad… ¡Hazme el amor! No como si fuera una prostituta sino como una mujer adulta necesitada de afecto y de placer. Es algo que solo tú puedes darme. Te necesito…

Dejé caer la toalla dejando mi cuerpo desnudo ante sus ojos.

—¡Dios mío Ana, eres la viva imagen de tu madre! ¡Y… eres preciosa!

—Sé que te recuerdo a mi madre y que la deseabas y yo también te deseo… Y veo, sé, que tú a mí también. ¡Por favor!

Me arrodillé entre sus piernas y desabroché su cinturón, bajé la cremallera, él facilitó la maniobra. Nos pusimos en pie frente a frente, me rodeó con sus brazos y nuestros labios se unieron suavemente para fundirnos en un ardiente beso. Un apasionado beso que hacía años deseaba.

Se colocó en el borde de la cama y me senté sobre sus rodillas. Me sentí como una niña, como la niña enamorada que lo visitaba en su despacho seis años atrás. Sus delicadas caricias, sus besos, sus abrazos, hacían que mi excitación se desbordara. Pasaba las yemas de sus dedos por mis senos que respondían erizando los pezones y la piel.

Introdujo su mano entre mis muslos y llegó hasta la vulva que emitía flujo abundante debido al ardor de mi sexo que acarició con infinita ternura. Sabía cómo excitar a una mujer, creo que Claudia lo adiestró muy bien.

Desnudos nos dejamos caer en el lecho. Seguimos enlazados en un cálido abrazo que me hacía estremecer.

—¿Qué estamos haciendo Ana?

—No dudes más, mi amor. Sabes que te he deseado siempre, que cuando te visitaba en tu casa era el deseo el que me llevaba hasta ti. Pero tú te hacías el duro, con tu moral misógina, repitiéndome una y otra vez que no podía ser. Que yo era menor de edad… Que tus principios no te lo permitían. Y eso solo acrecentaba mi ansia… Ahora me tienes entre tus brazos, soy mayor de edad y te sigo deseando tanto o más que entonces. ¡Hazme tuya! — Le susurraba al oído.

No dijo nada. Se deslizó hasta la parte inferior de la cama, me tendió de espaldas y se arrodilló, acarició mis pies, los besó… Parecía venerarlos, adorarlos. Acariciaba sus mejillas con mis plantas. Chupaba los deditos, mordisqueaba los talones provocándome deliciosas sensaciones. Sus manos se desplazaban con suavidad por mis pantorrillas, los muslos… Lo hacía con una lentitud y delicadeza exasperante… Hasta alcanzar mis ardientes ninfas y separarlas con sus manos para acariciar con su lengua el inflamado clítoris.

Chillé, cerré y abrí mis piernas alocadamente. El placer era intenso, casi insoportable. Pablo asaeteaba mi sexo con su lengua… No podía más y grité que se detuviera y poco a poco recuperé el aliento. Después cubrió mi cuerpo con el suyo, me besó con dulzura y me penetró. Con suavidad, con verdadera ternura. Mi sexo vertía fluidos que facilitaban la entrada, la dulce fricción.

Derramaba lágrimas sobre mi rostro que se mezclaban con las mías, las bebíamos y aquello me conmovió y elevó la excitación hasta límites desconocidos por mí. Jamás había experimentado un orgasmo como el que me provocó, seguido de otro y otro…

Innumerables veces alcancé el clímax. Y me desmayé. Hacía años que no experimentaba un desmayo tras los orgasmos.

No sé cuánto tiempo estuve sin sentido, pero Pablo estaba allí, a mi lado, abrazándome besándome y ofreciéndome toda la ternura del mundo. Apartando con delicadeza los mechones de pelo de mi rostro y mirándome con auténtico y verdadero amor. Aquello era radicalmente distinto a las relaciones que mantenía, años atrás, con otros hombres previo pago de mis servicios.

Y entonces lo comprendí. Todas las explicaciones de este hombre que intentaba convertirme en una mujer libre, autosuficiente, que diferenciara las relaciones que mantuve con los viciosos que solo buscaban el placer con menores y esta experiencia sublime. Que dejara de buscar la felicidad, que esta llegaría sin esperarlo.

Recordé una de las charlas que mantuvimos en su despacho entre mi amiga Claudia, Pablo y yo, seis años atrás, explicando nuestro comportamiento. Porqué nos prostituíamos, cómo nos hacía sentir superiores a las chicas de nuestra edad. Pablo escribió esto:

 

—Ya, pero, nosotras tenemos una experiencia, que no tienen otras chicas de nuestra edad —Dijo Claudia.

—Lo supongo. Pero eso puede tener aspectos positivos y negativos. ¿A qué tipo de experiencias te refieres? —Dijo, intentando aclarar algunos puntos.

—Pues con los hombres — Responde Ana.

—¿Con qué hombres? — Insisto.

—¡Jope! ¡Pues con los que follábamos! — Respondí yo alterada.

—Tranquilízate Ana. Simplemente quiero que toméis conciencia, de la repercusión, que esos actos pueden tener en vuestra vida. ¿Cómo eran los hombres con los que habéis estado? — Repitió la pregunta.

—¡Pues como van a ser! ¡Hombres! Altos, bajos, rubios, morenos, gordos, flacos, viejos… Puagg. Hombres… Con algunos lo pasábamos bien, nos gustaban, con otros menos, pero el dinero compensaba los malos ratos… Era un trabajo… Una mujer que trabaje limpiando retretes en los bares, seguramente, lo pasara peor — El argumento de Ana parecía sólido, al menos para ella.

—Bien…Ante todo debéis tener en cuenta, que no soy un juez, ni un inquisidor, no voy a juzgaros. Vamos a analizar esas experiencias, para sacar algún provecho de ellas. Me gustaría que os fijarais en algo. Me habláis de la apariencia física de los hombres con los que habéis estado. Pero no de su forma de ser, de pensar. ¿Por qué solicitaban vuestros servicios?... ¿Todos los hombres son como ellos? — Pablo dejó la pregunta en el aire.

Claudia toma la palabra.

—La verdad es que no me lo he planteado nunca… Y ahora que lo pienso, puedes tener razón. Por ejemplo, José se ha portado con mi madre, mi hermana y conmigo de forma distinta a cómo se portaban aquellos cerdos. Hasta el extremo de que siento más cariño por él que por mi padre. Y sé… Sabemos; ¿Verdad Ana? Que nos desea como hombre, pero no se deja llevar por esos deseos, solo follamos con él una vez y fue porque lo drogamos — Otra confesión de Claudia difícil de digerir.

—Eso es muy fuerte. Se sentiría mal. ¿Y vosotras, como os sentíais después? —Preguntó Pablo.

Ana me mira, dos lágrimas recorren sus mejillas.

—Sí, Pablo, lo hicimos, fue una locura, no sabía las consecuencias que tendría. Lo veíamos muy mal y urdimos un plan para que dejara de pensar en mi madre, fue peor. Lo que conseguimos fue agravar la cuestión. Lo quiero mucho, el problema es que no consigo separar el cariño que le tengo, de la atracción sexual. Le quiero y le deseo y los dos sentimientos van juntos. Esto ha hecho que me replantee mi vida, ya no me atrae lo que yo hacía, antes disfrutaba, cada cita era una aventura. Ahora me doy asco de mí misma por las barbaridades que he llegado a hacer. Me siento mal; cuando pienso en ello me dan escalofríos y se me revuelve el estómago, de pensar las cosas que he hecho, que me han hecho —Ana hablaba entre sollozos.

—No te castigues así, Ana, no consigues nada, excepto atormentarte. Por lo que sé, el cariño que tu padre siente por vosotras, le ha hecho aceptar lo que hicisteis sin rechazaros. Ese es el verdadero amor. Os quiere y os acepta como sois, trata de corregir aquellos comportamientos, que sabe, os hacen daño. Lo hecho, echo está y no tiene vuelta atrás. Hay que asumirlo, extraer lo positivo, siempre lo hay, incluso de las peores experiencias se puede aprender y vosotras, tenéis muchas experiencias, que analizaremos, para extraer lo positivo —Conseguía atraer su atención— ¿Os habéis parado a pensar, que solo conocéis a un cierto tipo de hombre? Sin escrúpulos, sin conciencia, capaz de tener relaciones con una menor, sin remordimiento, sin que medie el más mínimo afecto. Hombres que, en cuanto se satisfacían, os apartaban de su lado, os despreciaban… ¿Y los demás?... Porque los hay, son la mayoría. Personas que no se dejan arrastrar por sus pulsiones… Me gustaría que reflexionarais sobre esto… Así qué, tranquilas… Seguiremos hablando pasado mañana, a esta misma hora… ¿Os parece bien? —Creí conveniente cerrar la sesión en este punto.

Pablo cerró la sesión y nos hizo ir a casa.

Mi felicidad era completa en aquel momento. Entonces fui consciente de que había estado enamorada de Pablo desde que lo conocí. Sentimientos encontrados desbordaban mi pecho. El amor hacia este hombre que podía ser mi abuelo por la edad… y el dolor por la pérdida de mi madre. A pesar de todo en mis recuerdos se mezclaban momentos felices y amargos.

Dormimos casi dos horas. Después nos duchamos entre besos y repetimos caricias bajo la tibia lluvia.

Recogí mis cosas, liquidé la cuenta del hotel y nos marchamos por la A3 hacia Alicante. Los recuerdos se agolpaban en mi mente. Hubo un momento en el que un pánico irracional se apoderó de mí. Mi madre había desaparecido… Desconocía el paradero de mi padre. Apreté la mano que Pablo tenía sobre la palanca de cambios. Me miró, sonrió… y el miedo desapareció.

Anochecía cuando llegamos a casa de Pablo. Preparó una cena ligera, a pesar de estar muy cansada hicimos el amor para, después, dormir abrazados en la cama como dos recién casados en la noche de bodas.

Por la mañana desayunamos en el bar de la planta baja del bloque.

 


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