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Fecha: 15-Mar-19 « Anterior | Siguiente » en Orgías

Libres en la Oscuridad [01].

Nokomi
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¿Dejarías salir tus más profundas fantasías sexuales si nadie puede ver lo que hacés? Un grupo de amigos y amigas pasa una noche de frío, refugiados en un cuarto, en completa oscuridad. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Este relato comencé a escribirlo con la ayuda de una escritora, a la que llamaré “Luna”. Ella aportó muchas de las ideas, y también narró muchos párrafos. Un poco antes de que pudiéramos terminar de escribirlo, perdí el contacto con ella. Después de mucho tiempo teniendo este relato en el tintero, completé lo que faltaba y lo publiqué. Aclaro todo esto para que “Luna” también reciba el crédito que se merece, por su participación.

 

 

Advertencia: esta historia contiene escenas de amor filial, sexo grupal, hétero, lésbico y gay.

 

 

  1. Reunión Nocturna.

 

 

“I'll see you on the dark side of the moon.”

 

“Te veo en el lado oscuro de la luna.”

 

Brain Damage - Pink Floyd.

 

Javier era un manojo de nervios, las manos le sudaban y resbalaron al girar la perilla de la puerta. Se secó la palma con la camiseta y volvió a intentarlo. Al abrir, un fuerte viento helado le azotó la cara. Se apresuró a saludar sus invitados con un simple «Buenas noches». Se hizo a un lado, haciéndoles señas para que entraran. Los escaneó con su mirada mientras ingresaban. Conocía a Jorge desde hacía tiempo, pero sólo en raras ocasiones había tenido la oportunidad de admirar la belleza de Marina, la novia de su amigo. «¡Dios mío, Marina!», pensó al verla desde atrás. Para los estándares de belleza de Javier ella era una mujer completamente perfecta. «Está muy partible», se dijo mentalmente. Ella dio media vuelta y lo miró con unos penetrantes ojos angulares, por un segundo creyó que ella podía adivinar sus pensamientos; pero de poder hacerlo ella debía estar acostumbrada a ser admirada y deseada de esa forma. Lo que verdaderamente preocupaba a Javier era lo que pudiera pensar su novia, Mónica, al verlo tan embobado frente a semejante rubia. Para colmo ésta no era una de esas rubias vulgares que suelen verse en las esquinas a altas horas de la noche, claro que no. Marina parecía un angelito que huyó del paraíso y que aún no sabía andar por el mundo sin sus alas.

El anfitrión no podía dejar de pensar cómo había logrado convencer a su novia de que aceptara semejante propuesta y temía que ella se echara para atrás; pero ahora no había tiempo para dudas, él debía seguir con su plan en marcha y rogarle al dios que hubiera dejado salir del cielo a Marina, que se pusiera de su parte.

Le indicó a los recién llegados que dejaran sus abrigos en un perchero y que tomaran asiento, mientras tanto Mónica se acercó cargando una bandeja con vasos y una jarra llena de jugo de naranja. A ella no le apetecía tomar algo tan suave y sólo pensaba en el momento de destapar la primera botella de vino.

La preciosa rubia observó con cierto desencanto a Moni e intentó no hacer ninguno de los comentarios que tenía en mente para reprochar su atuendo. No podía creer cómo Javier andaba con una chica que llevaba el cabello cortado de forma tan extravagante, que más que cabellos parecían púas coloreadas de fucsia sobresaliendo hacia todos lados. «Parece un Pokemon —pensó Marina—. Además está gorda». También se dijo a sí misma que ella nunca recibiría a alguien en su casa con un maquillaje tan oscuro y exagerado. Los labios pintados de negro y los ojos excesivamente delineados iban en contra de todos sus conceptos de belleza, y las medias de red no ayudaban nada a mejorar su aspecto. «Esta no sabe nada de sutileza femenina», pensó Marina al mismo tiempo en que aceptaba con una amplia sonrisa el vaso de jugo que Mónica le ofrecía. La angelical rubia tuvo que aceptar un solo punto a favor de ese “mamarracho”: lo bello que era su rostro, con pómulos bien definidos y cejar angulosas que hacían resaltar de forma muy agradable esos ojos celestes; sin embargo arruinaba todo esto llevando un piercing prendido de su nariz, como si fuera algún toro de doma.

A Mónica no le pasó desapercibido el escrutinio de Marina. Era obvio que no se parecían ni en la piel del talón, la rubia era mucho más hermosa que ella. La propuesta de su novio ya no le parecía tan buena, pero aún tenía tiempo para retractarse, de querer hacerlo; además cabía la posibilidad de que esa misma propuesta fuera rechazada por los invitados. Debía admitir que lo que la ayudaba a mantener esa postura era el ver a Jorge una vez más y corroborar que todos los detalles que había guardado de él no se equivocaban. Temía que el rubor de sus mejillas la delatara, pero confiaba en su abundante maquillaje; sin embargo la mente se llenaba de malos pensamientos al admirar a ese muchacho rubio, de estatura considerable, hombros anchos y manos tan grandes que transmitían mucha fortaleza masculina. Se imaginó que tal vez muchas mujeres pensarían que el rostro de Jorge no era nada agradable, pero esto se debía más que nada a su gran nariz aguileña; Moni creía que si uno pasaba por alto ese detalle, quedaban facciones muy agradables a la vista.

Javier, ajeno a esta guerra de miradas, repasaba constantemente un discursito en su cabeza al que cambiaba, quitaba o agregaba palabras constantemente. No sabía cómo conseguir que ellos comprendieran y aceptaran la propuesta que tanto le carcomía la cabeza.

A punto de comenzar con las primeras palabras de aquel incómodo discurso, recordó que su hermana aún estaba en casa, ya que todavía no había llegado su novio Lionel, para llevársela al cine o algo así. No le importaba dónde, siempre y cuando se fuera. Tuvo que posponer la proposición y comenzó a hablar de cuestiones banales intentando mantener la conversación en un plano lo más casual posible. Hacía tiempo que no veía a su amigo ya que tanto él como Jorge estaban de vacaciones y ésta era la primera vez que se encontraban durante el transcurso de las mismas.

Sara, la hermana menor de Javier, se encontraba en su cuarto dándose los últimos retoques de maquillaje frente al espejo, se concentraba especialmente en arquear sus cejas y delinear prolijamente sus ojos ya que los consideraba su mejor atributo. Ocasionalmente miraba impaciente el reloj sobre su mesita de luz preguntándose cuándo llegaría su novio, no tenía ganas de pasar un fin de semana sola y aburrida. Mucho menos éste fin de semana, en el que sus padres no estaban y tenía mayor libertad para hacer lo que quisiera y volver a la hora que se le antojara. Luego de mirarse un buen rato al espejo llegó a la conclusión de que ya nada podía hacer para mejorar su aspecto, pero estaba aburrida e impaciente. Decidió ir a molestar durante un rato a su hermano, además podía escuchar voces, reconocía la de la noviecita punk de Javier; pero había otras que no lograba identificar. Quería averiguarlo.

En cuanto Javier vio aparecer a su hermana en la cocina-comedor, se irritó. No veía la hora de que ella se largara de una vez y que le dejara la casa sola para llevar a cabo sus planes de una velada muy agradable. Para colmo se había disfrazado de “pendeja cheta”, como era costumbre.

—¿Qué hacés con ese poncho? —le preguntó despectivamente.

—No es un poncho —respondió Sara con enfado— es un chal, con flecos. No sabés nada de gustos femeninos —con este comentario aludía indirectamente al escandaloso atuendo de la novia de su hermano y ésta lo notó; pero decidió ignorarla, ya que prefería tener personalidad propia antes que parecer un maniquí que se escapó de la vidriera de algún local de ropa de moda.

—Te queda re lindo —dijo la rubia girándose, sin levantarse del sillón— yo tengo uno parecido, pero color negro. Nunca los había visto en gris, y es hermoso.

—Hola —la saludó con una sonrisa sabiendo que había encontrado una aliada en esa muchachita— mi nombre es Sara, soy la hermana de este mogólico —dijo señalando a Javier, quien apretaba sus muelas para no insultar a su hermana.

—Encantada, mi nombre es Marina y soy la novia de este otro —Jorge se tomó el comentario con mucho más humor que su amigo—. Esas botitas que tenés puestas también me encantan.

—¿No tienen algo más interesante para hablar? —preguntó Javier molesto porque su hermana estuviera acaparando la atención de sus invitados.

—La moda es interesante, ¿No, Marina? —respondió fulminante Sara, usando a su nueva aliada para molestar a su hermano.

«Pendeja de mierda», pensó en decir Javier, pero lo cambió por un:

—¿Y dónde está tu novio? —Se alegró de ver como su hermana dilataba las fosas nasales y su mirada se llenaba de rabia.

—Todavía no vino, se le hizo tarde.

Como si al nombrarlo lo hubieran invocado, el timbre sonó. Sara fue llena de entusiasmo a abrirle la puerta. En el trayecto, pasó delante del sillón en donde Jorge se sentaba. Ella lo conocía también, lo había visto con su hermano en casa o incluso en los boliches cuando salían. Como ya había ocurrido antes, en este preciso momento ella podía sentir cómo la mirada de Jorge la quemaba, especialmente en la zona de su trasero.

Jorge amaba a Marina, pero no podía evitar mirar a la hermanita de su querido amigo. Era sin duda la más pequeña del grupo, pero ya tenía edad suficiente como para ser una mujer adulta que conservaba mucho encanto juvenil. Una mujer que podía volver loco a cualquiera con esas curvas que parecían no dejar nunca su etapa de desarrollo, a pesar de que la chica recientemente hubiera superado los veinte años. Jorge notó que las nalgas de la muchacha parecían ser más firmes que la última vez que las vio. Pensó que tal vez esto se debía a mucho ejercicio físico. El ajustado pantalón que llevaba puesto parecía estar tentado a romperse en cualquier momento. Avergonzado, sintiéndose un pervertido, decidió volver a mirar a Marina, su “ángel diabólico”, como la llamaba él.

Con una sonrisa, Sara abrió la puerta y se tiró al cuello de Lionel. Ella creía que ese muchacho era el sueño de cualquier chica heterosexual: un atleta con un rostro de hermosas y perfectas facciones. Aunque tal vez algunos envidiosos podrían decir que su cara era algo afeminada.

Lionel, al ver repentinamente a su novia, no pudo evitar la tentación que le provocaban esos labios carnosos y comenzó a comérselos, sin prestarle atención a la gente que observaba desde el interior de la casa. Una vez que finalizó ese fogoso beso, Sara lo invitó a pasar. Al entrar vio a su cuñado, Javier, con el ceño fruncido y frente a él a otro muchacho con cara de pocos amigos. Luego se fijó en Moni, la sensual y peligrosa Moni. A veces evitaba sostenerle la mirada por miedo a que esa chica de atuendo extravagante, le saltara al cuello cual vampiresa y le chupara toda la sangre. También pudo ver a una rubia celestial, le pareció captar cierto brillo libidinoso en los ojos de tan dulce criaturita, pero descartó de inmediato esa idea y se volteó a mirar a su novia antes de que ésta se pusiera celosa.

—Bueno, él es Lionel, mi novio —dijo orgullosa Sara, al ver las reacciones que el muchacho de cabellos dorados provocaba en los presentes.

—¡Hola a todos! —Saludó efusivamente Lionel.

Al haber heredado costumbres de sus parientes europeos, saluda a todos con dos besos, uno en cada mejilla. Inclusive a los hombres. Javier se ruborizó notoriamente al sentir el contacto de los labios de Lionel en sus mejillas. No se sentía para nada cómodo con el acostumbrado saludo del novio de su hermana.

Jorge pensó que Lionel podría ser maricón y se preguntó qué clase de hombre saluda con dos besos a otro hombre. Aunque lo que más le sorprendió fue la reacción de Moni, que lo abrazó con fuerza. Hasta le pareció notar que su amada Marina aprovechaba para oler el perfume del recién llegado cuando éste se le acercó para saludarla.

«Al primer comentario medio desubicado que ese pelotudo le haga a mi novia, le bajo todos los dientes», pensó Jorge con los puños apretados.

Marina notó los celos de Jorge, pero lo ignoró. Si fuera por él ya estaría orinada y marcada, como si de animales se tratase.

—Bueno Lio ¿Nos vamos? —preguntó Sara con impaciencia; notó cierto nerviosismo en el ambiente, especialmente en la cara de su hermano y en la de Mónica. —¿Ustedes se van a quedar mucho tiempo acá?

—No sé —responde Jorge—, tu hermano nos invitó. Dijo algo de una fiesta.

En ese momento Sara se enfureció. ¿Habían organizado una fiesta en su propia casa y ella no estaba invitada?

—¿Qué es eso de la “fiesta”? —preguntó haciendo un berrinche de nena chiquita.

—Nada, no es una fiesta —respondió Javier— es sólo una reunión de amigos, Jorge entendió mal.

—¿Qué amigos? —volvió a preguntar la histérica muchachita con su característica voz chillona.

—Ellos dos y mi novia, ¿no los ves? ¿Ustedes no estaban por irse?

—Estábamos… pero creo que ya cambié de opinión —Sara lo dijo sólo para molestar a su hermano.

—¡No! No jodas pendeja —se puso de pie golpeando la mesa con la palma de sus manos.

—Vos no podés decirme lo que tengo que hacer, si yo me quiero quedar, me quedo… porque ésta también es mi casa. Además afuera hace mucho frío, creo que en cualquier momento empieza a nevar, no da para salir a pasear en esas condiciones.

—¿Y a qué se van a quedar? —preguntó Javier con el ceño fruncido.

—No sé, a tomar algo, lo que sea.

—Calmate Javi —dijo Jorge admirando la belleza de la hermana de su amigo— si la chica se quiere quedar, está en todo su derecho. Además no molesta a nadie ¿cierto amor? —le preguntó a su novia.

—A mí no me molesta —contestó ella con una amplia sonrisa—, estaría bueno que se quede.

—¿Vos que opinás Lio? —Preguntó Sara a su novio— ¿Nos quedamos?

—Yo no quiero molestar a nadie… —dijo temeroso de la mirada colérica de Javier.

—A mí no me molestás vos —interrumpió Javier—, la que molesta es esta pendeja… pero bueno, si se quieren quedar, pueden hacerlo.

Javier conocía muy bien a su hermana y sabía que sería inútil intentar echarla de la casa. Además la chica apelaba siempre a su simpatía y era evidente que ya se había ganado la de los presentes, tal vez no tanto la de Moni, pero bastaba con caerle bien a Marina y Jorge para que ya fuera imposible hacerla cambiar de opinión.

Lionel se sentó en el sillón, quedando de frente a Marina y Jorge. A su izquierda se ubicaba Moni con Javier y a su derecha estaba su novia Sara.

Al notar la tensión en el grupo, Lionel comenzó a divagar.

—Pucha —exageró abanicándose con las manos la cara enrojecida —¡Que calor hace acá dentro!

—Sí —le respondió Javier— es por el nuevo Aire Acondicionador de frío y calor que compramos con mis viejos es bastante… bue… no —las palabras del muchacho quedaron trabadas en sus labios al ver lo que ocurría ante él.

Lionel empezó a sacarse la gran campera que llevaba encima de toda su ropa. Afuera hacía mucho frío y el viento daba terror. Pero al entrar, y al estar en contacto con su novia, realmente se había calentado. Una vez que se quitó la campera, al notar que esto no era suficiente para aplacar el calor, decidió sacarse el buzo, quedando en una remera negra ajustada con mangas cortas.

—Ahora estoy más cómodo —dijo con una sonrisa amplia.

Ninguna de las mujeres pudo evitar fijarse en los fibrosos brazos de Lionel, ni siquiera Mónica, quien siempre lo había considerado demasiado afeminado para ser hombre. Marina encontró muy atractivo el huequito en la barbilla de Lionel. Le gustaría que su novio fuera tan atractivo… aunque Jorge también escondía sus encantos, y ella no pretendía cambiarlos por nada.

La tensión se había disipado un poco y cada pareja se dispuso a conversar. Javier todavía estaba enojado con su hermana pero intentó ver el lado positivo, si bien ella interfería con sus planes para la noche, encontraba en Lionel a otro buen amigo, casi tanto como Jorge.

Hablaron de sus oficios, de sus estudios, de sus sueños. Cosas normales que incrementaron la confianza entre los presentes, esto llevó a Jorge a realizar una pregunta bastante íntima.

Mónica gustosa se ofreció como voluntaria para destapar la primera botella de vino. Le sirvió un vaso a cada uno, se tomó el suyo casi de un sorbo y luego se sirvió otra vez. Si bien a ella la conversación le aburría bastante, encontraba divertido adivinar todo lo que se escondía tras ella. Ya se había dado cuenta de cómo Jorge intentaba sacarle información a Sara de forma lo suficientemente sutil como para que ésta no se diera cuenta. Con esa técnica había averiguado qué talla de corpiño usaba ella, cuánto tiempo pasaba tomando sol en verano y que prefería a los hombres rubios y atléticos. A Mónica le sorprendió que Jorge se animara a hacer una pregunta bastante más obvia, pero inteligentemente no se la hizo a Sara, sino a su novio, Lionel.  

—¿Ustedes ya tuvieron relaciones sexuales?

La joven pareja de novios se miró confundida, sin saber cómo responder esa pregunta. Sara estaba a punto de hablar cuando repentinamente toda la casa quedó a oscuras.


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