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Fecha: 15-Mar-19 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series

El secreto del limoncello (5)

Lepidoptera84
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Tiempo estimado de lectura: [ 72 min. ]
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¿Hasta dónde llegarías por cumplir un deseo? Sigue la historia de Ingrid y Marcello, y siente a través de ellos. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Nota de la autora: Esta entrega forma parte de una saga que recomiendo leer desde el principio. Como en las entregas anteriores los escenarios y mitos que se exponen son reales. Espero que lo disfruten y valoren o comenten, por poco que sea siempre es agradable. Muchas gracias.


21

—¿Qué tal todo? ¿Lo estás pasando bien? –Su voz suena sarcástica.

Me doy la vuelta y ahí está él, esta vez no me rehúye.

—La verdad es que no, todo esto es demasiado para mí… —miro a nuestro alrededor; la música, las luces, la gente bailando, los licores caros… tanto lujo es algo a lo que no estoy acostumbrada y no me gusta. Tengo miedo de hacer algo que pueda estropearlo todo.

—¿Prefieres salir fuera?

Asiento con rapidez; cualquier cosa es mejor que soportar las miradas indiscretas.

El jardín está ornamentado con pequeños farolillos tenues. Desciendo las escaleras de mármol blanco mientras los observo fascinada.

Todo es verde y blanco. El césped está bien cortado, los rosales cuidados y cada pequeño rincón iluminado.

A mano derecha, densos matorrales perfectamente recortados delimitan los pasillos de lo que parece ser un laberinto.

—Qué pasada… —avanzo con seguridad por el sendero marcado –supongo que tú sabrás salir de aquí, ¿no?

Marcello sonríe y asiente proporcionándome la seguridad que necesito para seguir avanzando.

Hay varias calles. Advierto aquellas sin salida porque Marcello se queda al principio del pasillo sin acompañarme, entonces retrocedo y cambio de dirección.

Finalmente consigo llegar a una gran explanada. Es el centro del laberinto, justo en medio, una réplica del David de Miguel Ángel marca el corazón de aquel lugar. Hay bancos de piedra rodeando el perímetro. Me dirijo hacia uno de ellos y me siento sin dejar de admirar la espléndida escultura.

—Increíble… no sé dónde mirar. Debe ser maravilloso vivir rodeado de todo esto.

—Lo es –confirma.

Marcello se sienta en el otro extremo del banco sin dejar de observarme.

—Estás distinta —dice dedicándome media sonrisa burlona. Mis pómulos enrojecen al instante, para variar.

—Ya —me encojo de hombros—. Idea de tu madre.

Ríe y niega divertido con la cabeza.

—Te sienta bien. Pero no es únicamente la ropa... es todo, pareces diferente.

—No te creas. Por dentro sigo siendo la misma cagada de miedo de siempre.

Sonríe.

—No sé cómo lo haces, pero siempre logras sacarme una sonrisa.

—Yo podría decir lo mismo.

Me dedica una mirada escéptica.

—Es curioso, quienes me conocen dicen que no tengo sentido del humor.

—Para mí sí.

Nos quedamos en silencio lo que parecen largas horas interminables.

—Esto me resulta muy embarazoso... —Marcello desvía la mirada hacia sus manos, parece nervioso.

—¿El qué?

—Era más sencillo hablar contigo cuando tenías un aspecto concreto, ahora... ahora es otra cosa.

—No te preocupes, este cambio solo durará hasta media noche. Mañana volveré a la realidad.

Él no ríe ante mi broma. Nuestros rostros se encuentran una décima de segundo y lo apartarlo de inmediato, me da miedo cómo me mira, hoy no me siento fuerte, sino todo lo contrario.

—¿Qué te ha dicho exactamente mi madre para que decidieras venir?

Su tono preocupado me alerta de que el tema risueño y discernido de conversación ha llegado a su fin.

—En realidad no me ha dejado muchas opciones. Se presentó en el bar y vino expresamente a hablar conmigo. Pareció no aceptar una negativa.

—Sé lo que quieres decir. Es frustrante sentirse así ¿no?

—¿Cómo?

—Sabiendo que otros eligen por ti, te dicen a dónde tienes que ir, con quién y cómo.

Suspiro levemente mirando al suelo. Y sí, es así como me siento, aunque la verdad es que una parte de mí también quería estar aquí, para qué negarlo. Eso me recuerda...

—¿Te ha pasado algo conmigo?

—¿A qué te refieres?

—Me había acostumbrado a verte en el bar, y justo después de nuestra pequeña excursión por la ciudad desapareces. ¿Por qué?

Sus ojos confusos mira en todas direcciones, no sabe qué contestar.

—Creí que sería mejor poner cierta distancia, tú ya me entiendes...

—No. Lo cierto es que no. Podrías explicármelo.

Entrecierra los ojos y toma una gran bocanada de aire para coger fuerzas.

—Para mí es complicado. Nuestros encuentros se estaban volviendo peligrosos para ambos.

—¿En serio?

—Verás... yo tengo ciertas responsabilidades, no puedo hacer lo que quiero sino lo que debo y tú... bueno, sin darme cuenta te estaba arrastrando a un mundo al que no perteneces y no puedes llegar a entender. No era justo para ninguno de los dos, ¿entiendes?

—Pues se podría decir que ahora estoy dentro de ese mundo. Al menos por esta noche. No parece algo tan peligroso.

—Aquí solo hay buenos amigos. Nadie salvo nosotros sabe que has venido.

Arrugo el entrecejo. A veces tengo la sensación de que está hablando en clave, no entiendo por qué no es más claro conmigo teniendo en cuenta que estamos en un lugar apartado, donde nadie más puede escucharnos.

—Verás, Ingrid, quiero que sepas que pese a todas las artimañas de mi madre, tú sí tienes elección. Puedes irte en cualquier momento, nadie te obligará a quedarte.

—Entiendo. Quieres que me vaya —acepto sin más.

Su rostro crispado se vuelve incómodo en mi dirección.

—¡Yo no he dicho eso! Solo digo que todavía no es demasiado tarde.

—Entonces quieres que me quede...

Suspira y se toca la frente con frustración.

—No eres claro conmigo, ¿Por qué te cuesta tanto decir abiertamente lo que piensas?

—Porque nunca lo he hecho. ¡Por eso!

De repente tengo ganas de reír, pero me controlo.

—Solo dime qué quieres que haga y, por una vez en mi vida, te haré caso.

Su rostro cambia inmediatamente. Se esconde una sonrisa apretada en sus labios sugerentes.

—Me gustaría decirte que te fueras, que este no es tu lugar y que tras estos muros encontrarás una vida mejor: Libre, llena de gente interesante por conocer... —hace una pausa. Me pongo tensa de repente, me da la sensación de que en cualquier momento me va a echar de su vida para siempre— Pero por otra parte, que estés a mi lado me hace sentir mejor. Llámame egoísta —resopla antes de volver a mirarme—. Como comprenderás, no puedo decirte lo que quiero que hagas, estoy hecho un lío y esa es una decisión importante que no puedo tomar yo por ti. Se trata de tu vida.

Estoy muy confusa. Ahora mismo no sé cómo reaccionar. Parece como si realmente no quisiera dejarme marchar, como si sintiera por mí algo más de lo que pretende darme a conocer, no estoy segura, todo esto es nuevo...

Respiro hondo y repaso mentalmente lo que acaba de decirme.

—¿Yo te hago sentir mejor? —Pregunto para constatarlo.

—Sí —confirma sin dudar.

—No lo entiendo... no tengo nada que pueda hacer sentir mejor a nadie: soy arisca, poco cariñosa, tiendo a poner al límite a todo aquel que osa conocerme, rehúyo del contacto humano, digo lo que pienso y no acato las normas que me parecen injustas.

Marcello ríe mientras presiona el puente de su nariz con el dedo índice y pulgar.

—Tienes razón, yo no podría haberte descrito mejor. Lo curioso es, que pese a todo eso, me atraes —eleva las manos al tiempo que se encoje de hombros, como si él mismo no acabara de creérselo—. Quizás se deba a que nunca he conocido a alguien tan diferente como tú, haces que salga de la monotonía perpetua en la que estoy sumergido.

«¡Mierda! no puedo refrenar el latido frenético de mi corazón, estoy segura de que él puede percibirlo a través de mi respiración, también alterada».

—¿Qué quieres de mí? —pregunto haciendo alarde de un gran arrojo que incluso a mí me sorprende.

—No lo sé. Tampoco ayuda mucho que seas una persona tan cerrada. Debo confesarte que me confundes. A veces pareces más cercana y otras...

—Ya —reconozco mirando al suelo.

—¿Qué quieres tú de mí, Ingrid?, porque admitámoslo, si estás aquí también es por algo.

Presiono mi labio inferior con los dedos. Me esperaba una de estas preguntas en cualquier momento, aunque no estoy preparada para contestársela. Yo no tengo nada que ofrecerle, salvo una vida repleta de sinsabores. Jamás podré ser como esas mujeres a las que él está acostumbrado, como aquellas chicas del pub... todo eso y yo... simplemente no encaja. Si sigo con esta extraña amistad que no sé exactamente hacia dónde va, él querrá algo más de mí, algo que no podré darle. Como tampoco pude dárselo a Lucas y por eso se marchó.

Cierro los ojos con pesar. Conozco a la perfección cuáles son mis límites. Quizás quién no sabe dónde se está metiendo es él.

—Estar contigo hace que... —trago saliva mientras centro la vista en el suelo repleto de pequeñas piedras blancas de estilo zen— que... me olvide parcialmente de mis problemas. Pero están tan arraigados que forman ya una parte importante de mí, no creo poder llegar a superarlos nunca.

Alzo el rostro y me intimida ver que no ha dejado de observarme. Está tan concentrado que siento vergüenza tras lo que acabo de confesar.

—Entonces supongo que nuestra amistad está condena al fracaso desde el principio, hay demasiados obstáculos por ambas partes.

—Supongo...

—¿Y qué vamos a hacer?

Me encojo de hombros con tristeza. Me gustaría decir algo a nuestro favor, pero no hay nada.

—Si nos seguimos viendo, pasando tiempo juntos tu vida tendrá que cambiar forzosamente, no podrás seguir como hasta ahora. Estar cerca de mí va a condicionarte —suspira—. Esto, sea lo que sea que tenemos... no saldrá bien, Ingrid.

Agacho la cabeza. Tiene razón, aunque creo que lo está enfocando por el lado equivocado, no son los cambios que, según él, sufrirá mi vida los que me preocupan, al fin y al cabo estoy acostumbrada a ellos, sino a todo lo que él va a tener que renunciar si sigue conmigo.

Me limito a asentir su argumento y a mirarle con atención, siento que este es el final, que por fin las cosas han quedado claras entre nosotros y a partir de ahora ya no tenemos nada más qué hablar. Me levanto y estiro mi vestido que ha quedado ligeramente arrugado. Él me acompaña.

—Tengo que regresar... —me excuso sintiéndome culpable— Mañana trabajo.

Asiente.

Marcello consigue ausentarse de la fiesta. Se ha negado a que coja un taxi. Me hace esperar fuera mientras saca un coche del garaje, en esta ocasión un todoterreno negro con los cristales tintados que no había visto nunca antes. No sé por qué ha elegido ese coche tan llamativo.

Entro en su interior sujetándome el vestido para no pisármelo y lo miro con nostalgia, no sé si alguna vez volveré a ponérmelo.

En cuanto me deja frente a la puerta de casa, sin haberse atrevido a dirigirme una sola palabra durante todo el trayecto, comprendo que a menos que diga algo esperanzador, no volveré a saber de él, y eso me entristece.

Pero ¿qué puedo decirle? Tengo la voz atrancada en algún lugar de la garganta y no logro reproducir ningún sonido. Sobran las palabras, pues ya prácticamente nos lo hemos dicho todo.

Despedirme de él será doloroso, pero no me queda otra. Así que una idea fugar pasa rápidamente por mi cabeza, dejando una estela de color en un lugar donde solo hay sombras.

«Ahora o nunca».

Cirro los ojos, respiro hondo y alzo una mano trémula en su dirección.

Él mira al frente, no se da cuenta de esa dualidad de sentimientos que conviven ahora mismo dentro de mí.

Entonces lo hago. Coloco mi mano fría sobre la suya que descansa despreocupada sobre el freno de mano. Ahora su rostro confuso se ha girado en mi dirección. Procuro no mirarle. Solo me centro en la suavidad de su piel. Cojo su mano que se eleva sin esfuerzo siguiendo mis intenciones. Es una mano perfecta, sin ningún arañazo o señal. La acerco junto a la mano que tengo libre y coloco mi palma sobre la suya. Cierro los ojos. Me duele un poco, pero puedo con esto. Cuanto más tiempo permanecen nuestras palmas unidas más me adapto a esa curiosa sensación, sintiendo como el dolor es cada vez más leve, hasta que casi desaparece. Vuelvo a abrir los ojos, ladeo su mano y la estudio detenidamente. Es más grande que la mía. Deslizo los dedos entre los suyos entrelazándolos. Esto me cuesta más. Mi corazón late desaforado, entonces hago una mueca y le libero rápidamente. La presión de sus dedos entre los míos es demasiado; no estoy preparada para eso.

Los ojos se me llenan de lágrimas, debería sentirme orgullosa, he llegado más lejos que nunca. No recuerdo haber tenido un gesto espontáneo con Lucas jamás.

Llegado el momento, me atrevo a mirarle. La sorpresa y la confusión está escrita en su pétreo rostro. No dice nada pero sus ojos se encargan de hablar por él; este gesto no le ha dejado indiferente.

—Buenas noches —me apresuro a decirle y bajo del todoterreno de un salto.

—Buenas noches —contesta antes de que cierre la puerta de su vehículo.

 

 

 

22

—Buenos días, María.

—Buenos dí....

Le sonrío mientras me encamino hacia el perchero y me pongo el delantal rojo. Se ha quedado sin palabras tras verme y no es para menos.

—Tita te he dejado el pedido en la trastienda y...

Iván se queda petrificado ante mí. Me contempla mientras me acerco a la máquina de café.

—¿Qué os pasa esta mañana? —digo sin ocultar mi radiante sonrisa— Parece que hayáis visto un fantasma.

—Un fantasma no, pero sí una tía buena...

María arruga el entrecejo y da una divertida colleja a Iván, este se queja y agacha la cabeza de forma cómica.

—Estás preciosa Ingrid —reconoce María y se acerca para acariciar mi pelo ondulado con dulzura—. No sé qué te has hecho, pero sea lo que sea te sienta divinamente.

Baja la mira, la pasa por mis pechos, mis caderas y luego se ladea para mirarme el culo. Apuesto a que piensa que me he operado de algo, pero lo cierto es que solo me he puesto una camisa más ajustada y he dejado la venda compresora guardada en el armario. En cuanto entra en la cocina para ayudar a su marido, Iván se acerca y se apoya en la barra, detrás de mí. Emite un silbido mientras sus ojos excesivamente abiertos me recorren el cuerpo de arriba abajo. Me molesta su descaro, para qué negarlo.

—Será mejor que dejes de mirarme. No me gusta nada.

—Ah. Lo siento. Pero es que hoy... en fin, ¿Qué coño te has hecho? ¡Pero si hasta tienes tetas! ¡Quién lo diría!

—Mira Iván, —me cuadro frente a él de forma chula. Él no me da miedo, siempre que hablamos tengo la sensación de que lo estoy haciendo con un adolescente de quince años—. Ni se te ocurra hacer ningún tipo de comentario obsceno. Simplemente estoy intentando cambiar mi forma de ver las cosas, así que no me lo pongas más difícil, ¿de acuerdo?

—Está bien, perdona. Pero es que estás increíble. Es como si la oruga hubiese salido del capullo convirtiéndose en una espléndida mariposa.

Le miro sorprendida.

—¿Me acabas de llamar oruga? —Pregunto perpleja.

—Bueno. Técnicamente sí, pero pretendía hacerte un cumplido.

Se me escapa una carcajada. No sé qué tienen los italianos que no hacen más que compararme con animales.

Suena la campanilla de la entrada y ambos nos giramos para ver quién es.

Dos chicas se sientan indecisas en una de nuestras mesas y cogen la carta para ver qué hay.

—Bueno Ingrid, voy a trabajar un poco. Con algo de suerte tendré plan para esta noche, porque contigo no tengo nada qué hacer, ¿no?

Niego con la cabeza sin dejar de reír; Iván no tiene remedio.

—¿Ni siquiera si te dedico una de mis miradas seductoras? —Entrecierra sus ojos azules y los dulcifica en un gesto que le hace vulnerable. Se me escapa una carcajada y me tapo la boca con la mano— Me lo temía. Enseguida vuelvo preciosa, si decides cambiar de idea házmelo saber ¿vale? Tú encabezas mi lista.

—Gracias Iván. Ese sí ha sido un buen cumplido –bromeo.

Me guiña un ojo y se aleja en dirección a la mesa de las dos chicas.

Para mí es todo un reto servir cafés vestida así. No es que lleve puesto nada especial, pero percibo la mirada de la gente. Los clientes habituales son los que más me observan, se han dado cuenta enseguida de mi visible cambio.

Una vez están todos atendidos, dedico mi tiempo a esa enorme barra de mármol blanco. Hay algunas manchas que no salen, así que me entretengo en frotarlas reiteradamente con productos especiales.

No me doy cuenta cuando entra un niño y se dirige a mí con paso lento y confuso.

—¡Hola! —Le saludo sonriéndole.

—Hola. ¿Eres Ingrid?

Asiento. Él extiende su mano en mi dirección y me entrega un sobre. Luego sale corriendo sin darme tiempo a hacer preguntas o a agradecérselo.

Abro el sobre con cautela y retiro la carta que hay en su interior.

Te espero en las faldas del monte Vesubio.

M.L.

 

Justo debajo de la nota hay un mapa desplegable y sobre este un camino marcado en rotulador rojo desde el restaurante hasta la ubicación exacta a la que quiere que acuda.

Mis ojos releen la nota una y otra vez. No sé qué hacer. Dejar mi puesto de trabajo... Pero ardo en deseos de ver a Marcello. De hecho ya no pienso en otra cosa. Así que con paso vacilante me acerco a María, que permanece sentada en la cocina leyendo la prensa y le explico que tengo que ausentarme.

Ella no me lo impide, al contrario. Me sonríe y me acompaña hasta la puerta quedándose al frente del servicio.

Me abrocho la chaqueta, cojo la moto e intento seguir el camino trazado que hay en el mapa. Creo que lo estoy haciendo bastante bien, está tan claro y detallado que incluso me molesta.

Estoy cerca del punto marcado con una "X", veo el mar a mi espalda y un extenso sendero montañoso frente a mí. Aparco la moto y continúo a pie.

Poco después, encuentro un árbol en el que han anudado una cinta roja. Miro el plano y sí, he llegado bien, es la misma cinta que Marcello ha dibujado en el árbol que ahora hay frente a mí.

—Veo que no te has perdido.

Su voz aparece de la nada y doy un respingo.

—Me has asustado... —digo intentando respirar con normalidad.

—Lo siento —sonríe y se acerca un poco más.

—¿Por qué nos vemos aquí? —Pregunto confundida.

—Ayer estuve pensando en todo lo que hablamos. Me consta que ambos queremos seguir viéndonos, así que la única forma que encontré para hacerlo sin comprometer a nadie es esta.

—A escondidas —aclaro y pretendo no parecer decepcionada, aunque creo que no lo consigo.

Él se encoge de hombros mientras me contempla con tristeza.

—Siempre puedes irte si quieres, no te obligo a que te quedes.

Suavizo el gesto y suspiro.

—No. Quiero verte.

Sonríe.

—Ven conmigo —me anima señalándome el camino— ¿Sabes qué es eso de ahí?

—Un volcán.

—Sí, es el Vesubio. Muchos todavía recuerdan la erupción del 24 de agosto del 79. Se desató de tal forma que sepultó las ciudades de Pompeya y Herculano. La gente no pudo escapar a tiempo, vieron el humo que desprendía el volcán pero pensaron que no era más que un escape, como ya había pasado años anteriores, por lo que les pilló de pleno. Por si no lo sabes, aún hoy el Vesubio es considerado uno de los volcanes más peligrosos del mundo, principalmente porque a sus alrededores viven unos tres millones de personas.

—Vaya... ¿Puede haber una erupción en cualquier momento?

—Sí.

—¿Y eso no os da miedo?

Marcello se encoje de hombros.

—Hoy en día no es como antaño. Hay gente que trabaja estudiando su actividad, al más leve cambio, nos desalojarían antes de que ocurriera una catástrofe.

—Entiendo... ¿en Pompeya es donde se pueden ver esos cuerpos carbonizados de las personas que no pudieron huir, verdad?

—Así es. Algunos son realmente conmovedores: madres protegiendo a sus hijos, cuerpos encogidos, cubriéndose la cabeza... Algún día te llevaré a verlos, forma parte de la historia de nuestro país.

Asiento poco convencida, no estoy segura de querer ver algo así. Pero Marcello tiene tantas cosas que enseñarme... además, parece que se divierte ideando planes para hacer los dos juntos.

—¿Sabes? Ahora mismo estamos sobre lugar sagrado.

—¿Por qué? —Pregunto con interés.

—Los griegos y los romanos consideraban este lugar sagrado y lo dedicaron al héroe y semidiós Hércules. Por eso hay una ciudad que se llama Herculano.

Caminamos sin rumbo fijo durante un buen rato. Me explica apasionantes historias mitológicas acerca de Heracles, relaciones entre dioses y mortales y me encanta como a todo le pone cierto tono intrigante. Es como si él también creyera en esos mitos creados hace tantísimos años. Recuerdo algunos de ellos, pero nadie hasta la fecha ha puesto la misma pasión en los relatos que Marcello, que no únicamente sabe cada palabra de memoria, sino que además, inconscientemente hace que te emociones, despertando la curiosidad por querer saber más.

Me atrevo a aventurar que esas historias son los cuentos de cuna que las madres les cuentan a sus hijos aquí. Me imagino a Monic sentada en una mecedora explicando a su hijo esas historias enrevesadas, repletas de aventuras y emociones.

—...Y por eso el mito de Eros y Psique se representa con un ángel que da cabida a una frágil mortal en sus brazos y juntos ascienden hacia el Olimpo.

—Vaya... Pero no acabo de entender por qué Eros no quería que Psique le viera el rostro. Al fin y al cabo llegaron a casarse. Podían seguir viviendo escondidos de Afrodita aunque Psique conociera realmente la identidad de su marido.

—No hubieran podido ser felices. Al final el orgullo de Psique le haría hablar, alardear de su conquista frente a su familia y la madre de Eros acabaría enterándose.

—Sigo pensando que no tenía por qué ocultarse. Podían haber llegado a un acuerdo y él dejarse ver con naturalidad frente a la mujer que supuestamente amaba. No era justo para Psique no conocer la identidad del hombre con el que pasaba cada noche.

—Es interesante esa conclusión —confirma acariciando su mentón y sonriendo de medio lado.

—¿Interesante por qué?

—En cierto sentido tú me recuerdas un poco a Eros.

—¿Yo?

—Sí. Eres hermosa, sin embargo te empeñas en ocultarte. Eso sin mencionar el hecho de que no dejas que nadie pueda tocarte. Ahora que pienso... creo que tampoco es justo para mí, tú lo has hecho conmigo, sin embargo, yo no puedo. Es algo frustrante ¿no crees?

Mis ojos desorbitados le contemplan con atención. Me pregunto si este mito lo ha escogido adrede para luego hacer semejante conjetura, o si ha surgido de forma casual. No, no creo que haya sido premeditado, todo ha acontecido de forma tan natural... además, he sido yo quién he insistido para que me explique ciertos aspectos de su historia que no encajan.

—Lo mío es diferente —respondo al fin—. No tiene nada que ver.

—Bueno, eso no lo sé. Nunca me lo has explicado.

—¿Y qué quieres que te diga? ¡Dime! Ya lo sabes todo, ¿no es así?

la rabia me sacude el pecho con violencia. Tengo ganas de chillar, de irme de ahí y regresar a casa.

—No te lo tomes así, solo ha sido una pregunta.

—Para mí no es fácil, ¿sabes? Todo aquello fue horrible, fue... —Cojo aire, las fuerzas ceden y siento que estoy a punto de derrumbarme— no puedo hablar de aquello.

—Lo comprendo.

Mis rodillas flaquean. Así que me siento en el duro suelo con las piernas cruzadas. Marcello no tarda en acompañarme. Miramos al Vesubio, que permanece adormecido frente a nuestra impasible mirada. Sin embargo por dentro encierra un caldero en ebullición; así me siento yo.

—Después de aquello... pasaron años —empiezo con la mirada absorta. La vergüenza me impide mirarle directamente a la cara mientras procedo con la explicación—. La única persona con la que intenté iniciar una relación fue Lucas. Con él me lo propuse de verdad. Me tragué mis inseguridades y me empleé a fondo en interpretar un papel. Alguna vez dejé que me tocara, pero una simple caricia, un roce, me ponía en tensión. A veces corría al baño para vomitar. Aguantamos así un par de meses. Él hacía pocas preguntas, eso me gustaba. Pero todo ese esfuerzo, esos pequeños pasos hacia delante al final quedaron en nada. Lo cierto es que no le culpo. Entiendo que me fuera infiel y se fuera a la menor oportunidad, en vistas de que yo no podía ofrecerle nada mejor. Lucas fue la persona encargada de darme a entender que jamás podría ser normal, algo dentro de mí estaba roto y no tenía solución. Ahora simplemente lo asumo e intento rehacer mi vida como puedo.

—¿No ha habido alguien antes de Lucas?

—No —agacho la cabeza.

—¿Por qué no has buscado ayuda en la medicina o la psicología?

—¿Crees que no lo he hecho? —río sin ganas— Ninguno ha conseguido hacerme superar esto. Solo me han ofrecido un diagnóstico: afefobia.

—¿Afefobia? Jamás lo había oído.

—No es muy común. Significa que tengo miedo a tocar y ser tocada.

Empiezo a jugar con unas piedrecitas volcánicas que hay en el suelo. No me he desmoronado, he podido hablar abiertamente de mi problema y no me ha pasado nada.

—¿Por qué?

Me encojo de hombros.

—Ha habido un antes y un después en mi vida. Tengo recuerdos de haber vivido con él y de todo lo que me hizo, pero también hay lagunas. Es como si mi cerebro hubiese eliminado ciertas escenas para protegerme.

—Nunca he oído hablar de tu problema pero creo que tiene solución. No siempre tienes miedo, he observado que cuando te relajas lo suficiente te resulta más fácil hacer gestos espontáneos, incluso recibirlos si sabes exactamente lo que la otra persona va a hacer en todo momento. Creo que se trata de un trabajo de anticipación —suspiro. Le miro y me encuentro con esos ojos suyos, claros y extraños, que me contemplan con intensidad desde una distancia prudencial— ¿Podemos hacer un experimento?

—No, no... —tartamudeo— no creo que sea buena idea...

—Solo vamos a hacer una pequeña prueba. Mira. —Extiende la mano abierta frente a mí, mis ojos están desorbitados a sabiendas de lo que pretende hacer— Voy a acariciarte el dorso de la mano. No voy a cogerte. ¿De acuerdo?

Espera una reacción por mi parte, pero estoy tensa. No puedo evitarlo. Cojo una gran bocanada de aire y la suelto bruscamente.

Marcello se acerca, lo hace muy despacio para que pueda hacerme a la idea. Desciende su mano izquierda y coloca los dedos sobre el dorso de mi mano. Mi sangre se congela. Estoy rígida mientras refreno el primer instinto que me ocasiona su contacto, que es el de apartar la mano bruscamente. En cuanto me he aclimatado a sentir su invasión, desliza los dedos y me acaricia. El vello se pone de punta. Es extraño. Permanezco inmóvil un rato más, sintiéndole.

—Voy a ascender un dedo por tu brazo —anuncia y yo asiento. Esa zona está cubierta por las gruesas mangas de mi chaqueta.

Percibo su recorrido haciéndome cosquillas bajo la tela de mi chaqueta, pero no resulta tan duro como antes. En cuanto llega al hombro se detiene.

—Voy a pasar este mismo dedo por tu cuello, iré muy despacio.

Le miro atemorizada. Se acerca a zona peligrosa, pero no se lo digo, solo espero...

Siento el roce cálido de su dedo sobre mi piel.

«Puedo con esto. Yo puedo... aprieto los ojos y me muerdo el labio. Trabajo desde dentro para restar importancia a su contacto».

En cuanto se detiene en los pliegues de mi cicatriz mal curada, emito un frágil chillido y me aparto; ya no lo soporto más.

—No... —mis ojos se llenan de lágrimas mientras me cubro la herida con la mano.

—Perdóname.

Su disculpa me tranquiliza.

—Me cuesta... —admito al tiempo que respiro hondo— Pero no ha sido tan terrible.

—¿No? —Pregunta repentinamente esperanzado.

—No.

—Ahora hazlo tú.

Mis ojos desesperados le buscan de nuevo.

—¿Cómo dices?

—Tócame.

Marcello se tiende sobre el manto de tierra y hierba cerrando los ojos para no mirarme. Seguramente piensa que así me resultará más fácil. Y es cierto.

Me arrodillo a su lado y lo observo detenidamente desde las alturas. Parece estar dormido. Su rostro es dulce y tranquilo, me trasmite mucha serenidad. Alzo una mano y la coloco envolviendo su mejilla. No sé por qué me he decantado por esa parte de su cuerpo, tal vez sea porque su rostro siempre ha llamado mi atención. Al ver que no ha abierto los ojos, asciendo levemente hasta tocar con los dedos el lóbulo de su oreja.

Deslizo los dedos tras su nuca hasta alcanzar el pelo. Su tacto es suave y sedoso. Enrosco los dedos intentando hacer un bucle. Un leve movimiento de sus manos me hace detenerme en seco, aunque no me retiro. Marcello está remangado y percibo el vello erizado de sus brazos. Sin duda, mis caricias tienen una reacción en él. Devuelvo la mirada a su rostro tranquilo y muevo la mano en dirección a su barbilla. No es tan suave como todo lo demás, palpo algo de barba incipiente, pese a que seguramente se ha afeitado esta mañana.

Entonces siento la fuerte necesidad de desvelar ese misterio. Me inclino levemente e intento aspirar su aroma, buscar algún rastro de olor a gel o after shave.

Su piel huele bien. La frescura de su colonia invade mis fosas nasales y queda grabada para siempre en mi cerebro, constato que Marcello tiene el mejor aroma del mundo.

—Uuuuaaauuuu....

Me separo rápidamente y le observo con los ojos desorbitados. La vergüenza vuelve a atacarme haciendo que mi piel arda. El calor se extiende por todo mi rostro sin poder refrenarlo.

—Ha sido increíble. No creía que pudieras llegar tan lejos. He tenido que despertarte o de lo contrario hubiese ocurrido algo que los dos hubiésemos lamentado.

Le miro sin entender. Él se vuelve a sentar mientras se sacude la arena del cabello.

—Te hubiera besado, Ingrid —confirma con media sonrisa socarrona, despejando así todas mis dudas. Yo me pongo aún más roja—. Y no queremos que eso ocurra, ¿no? —Me pregunta sin dejar de mirarme.

Me apresuro a negar con la cabeza.

—Bien. Aclarado esto, deberíamos irnos. Pronto empezará a anochecer.

Nos ponemos en pie y juntos deshacemos el camino andado. Él ha vuelto a la mitología, pero esta vez no le escucho, me limito a asentir de vez en cuando mientras no dejo de observar sus labios. Hacen muecas, sonríen y hablan sin parar, me hipnotiza su movimiento y no puedo dejar de pensar cómo sería sentir uno de sus besos, percibir toda esa suavidad sobre los míos. Un estremecimiento me recorre todo el cuerpo en forma de corriente eléctrica. Trago saliva y desvío la mirada súbitamente.

«Es inútil pensar eso, Ingrid. De sobras sabes que no podrás acercarte nunca tanto como para darle un beso. Pero ser consciente de ello no impide que mentalmente rompa esas cuerdas que me atan y desate mi imaginación. Nunca me había pasado esto. Pero sea lo que sea lo que me está haciendo Marcello, me hace sentir de maravilla».

 

 

 

23

Faltar al trabajo se ha convertido en una mala costumbre. En mi último encuentro con Marcello le he dejado claro que no puedo seguir haciéndole esto a María. Quiero seguir viéndole pero no de esta manera: dejándolo todo a medias no bien él me reclama.

Me sorprende la naturalidad con la que se lo ha tomado. Todo va divinamente hasta que dice algo que me deja momentáneamente en estado de shok.

"Podría ir a tu casa después del trabajo."

No sé qué decirle. Me quedo en blanco y él aprovecha esa circunstancia para decirme la hora exacta a la que piensa venir.

Debo confesar que eso me da miedo. Mi casa es mi templo sagrado, teniéndole a él no podré estar tranquila. Por otro lado, siento una extraña punzada en el pecho ante la perspectiva de verle... y así estoy ahora. Sentada en el sofá. Me ha dado tiempo a ducharme y cambiarme de ropa mientras me preparo mentalmente para recibirle. No es algo malo, no tiene por qué suponer una amenaza o una invasión a mi intimidad. Sé que nunca me haría daño, pese a que no ha cesado en su empeño por tocarme.

Él lo llama el pequeño entrenamiento diario. Dice que se trata en convertir nuestro fugaz contacto en un hábito para acostumbrarnos el uno al otro.

Odio cuando se pone en plan sabelotodo, ¡cómo si él supiera más que los especialistas que me han tratado! Aunque debo confesar que se está esforzando en hacer desaparecer todos los fantasmas del pasado.

En cuanto llaman al timbre me pongo tensa. Como cada noche repaso rápidamente la ropa que me he puesto: Pantalón vaquero y una camisa blanca. Los botones de arriba están desabrochados, tampoco cierran bien sin la venda que estaba acostumbrada a usar para ocultarme el pecho.

Me acerco decisiva a la puerta y la abro para dejarle entrar.

—Buenas noches.

Le sonrío. Está muy guapo. Lleva el pelo alborotado, un polo azul oscuro y, al igual que yo, unos vaqueros. ¡Y deportivas! eso sí que es nuevo, Marcello con deportivas, insólito. Aunque reprimo una sonrisilla cuando la marca Ferrari que hay bordada en sus zapatillas me recuerdan a quién tengo delante.

—¿Cómo ha ido en el trabajo? —Me pregunta dirigiéndose hacia la cocina.

—Bien, como siempre —me encojo de hombros.

—¿Has cenado?

—Sí, en el bar.

Abre la nevera y revisa detenidamente el contenido de los armarios.

«Si... ¡adelante! sírvete, no te cortes...»

—Mmmm... de todas formas deberías tener comida en casa. Mañana ordenaré que te llenen el frigorífico y la despensa. ¿Te parece bien?

—Marcello.... eso no es necesario.

—Bueno, yo creo que sí. ¿Tienes algo de beber?

—Solo agua.

—¿Puedo tomar un vaso?

Asiento, voy a la cocina y regreso al comedor con un vaso lleno de agua.

Él me lo agradece y se lo bebe todo de un trago.

—No estaría mal que tuvieras una botella de vino, ya sabes, para las visitas...

Me echo a reír.

—¿Qué visitas?

Extiende las manos a ambos lados, señalándose. Me echo a reír.

—Tienes una sonrisa preciosa... lástima que no sonrías más a menudo.

Desvío la mirada. Aunque sus halagos son cada vez más frecuentes, no me acostumbro. No me gustan y después de recibirlos no sé cómo actuar: si devolvérselos, agradecérselos, ignorarlos... ¡ufff! ¿Por qué todo me resulta tan complicado?

—¿Y tú? ¿Qué has hecho hoy? —Le pregunto saliendo de mi ensoñación transitoria.

Marcello se recuesta en el sofá, entrelaza las manos rodeándose una rodilla y empieza a hablar.

—Ha venido familia de Bari, de la región de Apulia. Querían hacer ciertos negocios con mi padre.

—¿Tenéis familia por toda Italia?

—Sí. Aunque no en el sentido estricto de la palabra —ve mi confusión y matiza—. A ver, para que te hagas una idea, cuando alguno de nosotros se casa con un miembro de otro clan, ambas familias nos unimos. Es una tradición que se remonta a tiempos muy antiguos, a veces la única forma de juntar a dos clanes enfrentados y establecer vínculos de confianza entre ambos, es con un matrimonio concertado.

—¿Todavía se hace así?

Marcello asiente.

—Cada vez con menos frecuencia, los tiempos han cambiado, pero a veces esa parece ser la única forma de sellar un pacto entre familias.

—¿Qué me dices de ti? ¿Tienes la obligación de casarte con alguna chica de un clan vecino?

—¿Por qué me preguntas eso? —Sonríe vacilón— ¿Te interesa?

Me pongo roja y miro al suelo.

—Tengo más o menos a una chica asignada, por así decirlo. Hay alguien con quien sería ventajoso que yo contrajera matrimonio. Pero como ya te he dicho, los tiempos han cambiado, puedo aceptar o no, quizás sea una de las pocas cosas que todavía se me permite elegir. Además, mi familia es bastante sólida y afianzada, no necesita de matrimonios concertados para seguir subsistiendo.

—Ufff... aquí todo es tan medieval...

—Son los pilares que sostienen la estructura de un mundo frágil y quebradizo, cualquier pieza mal colocada puede desquebrajarlo todo. Por eso es importante seguir las tradiciones, dan cierta estabilidad y mantienen el equilibrio.

Su cuerpo se incorpora y pone los codos sobre las rodillas. Está peligrosamente cerca de mí, con este último movimiento, falta poco para tocarnos y eso no me gusta. Entonces me pongo en pie de un salto corriendo la silla hacia atrás. Cojo el vaso vacío que descansa sobre la mesa y me dispongo a llevarlo a la cocina, con tal mala suerte, que con los nervios, se me cae al suelo rompiéndose en mil pedazos.

«¡Mierda!»

Me agacho y empiezo a coger los pedazos. No me doy cuenta de su acercamiento hasta que se coloca justo delante de mí, agachándose para ayudarme.

—¡Ay!—Retiro la mano rápidamente, acabo cortarme. Apenas es un punto rojo en el dedo índice.

—¿Puedo verlo? —Pregunta impidiéndome llegar a la cocina.

—No te preocupes, no es nada.

—Aun así, ¿puedo?

Mis pupilas se dilatan enormemente. Mi corazón se agita. Exhibo el dedo delante de él. Marcello me mira, continúa pidiéndome permiso, esta vez con la mirada. Luego se acerca, me sostiene fugazmente la mano en alto sin hacer ningún tipo de presión y la observa un rato. No dejo de mirarle, pero lo más curioso es que, sin más, empiezo a aceptar su contacto.

Pero mi confusión y miedo se desata cuando no conforme con eso, se lleva mi dedo lentamente hacia la boca. Lo chupa durante un rato, siento el cálido roce de su lengua, el filo duro de sus dientes y ese familiar estremecimiento que me recorre el cuerpo cada vez que hace algo inesperado.

Cuando retira el dedo, lo hace tan lentamente que me sacude un escalofrío, incluso me tiemblan las piernas mientras mi corazón late frenético.

No sé cómo ha sido capaz de hacer algo así. Ha saboreado mi sangre y ni se ha inmutado.

—No puedo creerme lo que acabas de hacer ¿no te ha dado asco?... —Digo sin dejar de mirarle. Él ríe, me retira cuidadosamente los cristales que aún llevo en la otra mano y va hacia la cocina para tirarlos en el cubo de la basura.

—¿Es eso lo que realmente te preocupa, que me haya dado asco? –Asiento y me encojo de hombros en cuanto vuelve a estar frente a mí– ¿No el hecho de que haya cogido uno de tus dedos y lo haya lamido?

Se me corta la respiración. Ni siquiera me había dado cuenta de eso. Increíble.

—Está todo en tu mente, Ingrid, por lo tanto, puedes llegar a controlarlo si quieres.

Doy media vuelta para dirigirme en silencio hacia el sofá; estoy confusa.

Marcello me sigue y se sienta a mi lado.

—Dame tus manos —pide y yo las retiro rápidamente de su alcance por miedo—. Ponlas sobre las mías. No voy a hacer nada, confía en mí.

Cojo aire. Observo sus palmas extendidas y coloco las mías sobre las suyas muy despacio; esto ya está prácticamente superado.

Él sonríe.

—Ahora háblame.

—¿De qué?

—De lo que quieras, pero no me sueltes.

Suspiro sonoramente y repaso mentalmente uno a uno los acontecimientos del bar.

—No sé qué decir...

—Está bien, pregunto yo y tú respondes, ¿de acuerdo?

Asiento una sola vez. Estoy nerviosa, no sé qué es peor, que él me pregunte o que sostenga mis palmas con decisión, mientras que con el dedo pulgar me acaricia el dorso de ambas manos.

—¿Qué sientes ahora?

Contemplo nuestras manos unidas y me estremezco.

—Me siento rara —admito y trago saliva—. Por un lado quiero que me sueltes, por otro, me siento...

—¿Cómo? —Insiste.

—Segura, protegida.

Alzo el rostro y percibo su satisfacción.

—Jamás te haría daño, Ingrid. Puedes dudar de cualquier otra cosa, pero de eso no. Nunca. ¿Entendido? Por muy nervioso que esté, aunque chille o diga tacos, jamás se me ocurriría ponerte una mano encima.

Sus palabras me reconfortan, de hecho consiguen relajarme un poco. Sin darme cuenta, empiezo a sonreír.

—¿Tú dices tacos?

Me devuelve a sonrisa.

—Solo a veces.

Progresivamente aflojo la tensión de mis brazos, que ahora cuelgan cómodamente, dejando que mis manos ejerzan más presión sobre las suyas mientras sus pulgares siguen masajeándome el dorso sin descanso.

—¿Hay algo de tu vida anterior que eches me menos?

—No.

—¿Tienes algún sueño por cumplir?

Pienso unos segundos. Nunca me lo había planteado, quizás porque siempre he sabido que los sueños no existen.

—Más que un sueño tengo un deseo... —digo sin atreverme a alzar la mirada.

—¿Cuál es?

Vacilo.

—Me gustaría tener una vida normal. Dejar de sentirme tan... frustrada.

—¿Frustrada?

—Sí. Quiero hacer cosas, como cualquier otra chica de mí edad, ansío la normalidad por encima de todo, pero soy incapaz de olvidarme de los recuerdos que me impiden avanzar.

—¿Qué cosas quieres hacer que no puedes?

Vuelvo a suspirar. Hablar con él sin mirarle tiene el efecto deseado porque puedo sincerarme. Además, su continuo masaje me relaja y a su vez, desata mi lengua.

—Bueno, todas esas cosas que todos queremos hacer al menos una vez en la vida antes de morir.

—¿Cosas como cuáles? —Me presiona.

—¿Qué va a ser? —Pregunto incómoda— Me gustaría saber qué es lo que se siente estando con alguien que me guste.

Sus pulgares se detienen y yo los miro súbitamente. Enseguida continúan con el masaje, expiro con tranquilidad al tiempo que me acomodo en el sofá antes de continuar.

—Pero de sobras sé cuáles son mis límites, las ocasiones en las que he intentado sobrepasarlos he fracasado. Simplemente no puedo, me supera.

—¿Alguna vez te has acercado a ese sueño aparentemente inalcanzable? ¿Has besado a Lucas?

Niego con la cabeza.

—Oh, Ingrid... —Su tono apenado me hace dar un respingo— ¿Qué coño te han hecho para que ahora seas así? Incapaz de abrirte al mundo con todo lo que tiene por ofrecerte.

Alzo el rostro y le miro con severidad. Sus ojos claros me contemplan, siento la vergüenza recorrer mis venas, así que súbitamente retiro mis manos de las suyas y pongo más distancia entre los dos.

—No pretendo dar pena a nadie.

—No me das pena. Pero confieso que me gustaría ayudarte.

—¿A qué? —Pregunto a la defensiva.

—Ingrid... ¿Yo te gusto?

—¡¿Cómo dices?!

—No me mal interpretes, ¿vale? Me gustaría ayudarte si me dejas. Quiero ser la persona que te haga ver que las cosas no son tan negras, quiero librarte de esa carga que llevas tú sola desde hace tanto tiempo.

—¡¿Te has vuelto loco?! —Me levanto de un salto del sofá.

—No te asustes, no voy a tomar yo la decisión, lo vas a hacer tú. Me gustaría darte ese cariño y tratarte con ese mimo que te han negado.

—¡No puedes estar hablando en serio!

Marcello se levanta y yo me aparto.

—Vete de mí casa, por favor...

—Me parece que lo has entendido mal.

—¡No! ¡Eres tú quién no lo entiende! No necesito que alguien quiera estar conmigo porque cree que así me ayuda, lo que necesito es alguien que me quiera como soy. Y punto.

—Ingrid... —Da un paso hacia mí, yo me alejo.

—No, no te acerques. ¡Vete!

—Me voy, no te preocupes, pero no era mi intención hacer que te alteraras de este modo.

—¡No me lo puedo creer! ¡Esto es inaudito! ¿Cómo alguien como tú se atreve a insinuar que...?

—¡Pues porque tú sí me gustas! ¡Porque haría eso por ti y mucho más si tuvieras el valor de pedírmelo! ¡Y porque intentar ayudarte se ha vuelto en una prioridad para mí, más que eso, en una necesidad! Si consigo salvarte, arrancarte del mundo oscuro en el que vives, habré conseguido salvarme a mí mismo, porque por primera vez en toda mi vida, siento que puedo hacer algo bueno por alguien que realmente me importa. Si esos no nos motivos suficientes que justifiquen todos mis desvelos por intentar ayudarte, perdóname, no pretendía ofenderte. Con un simple "No, gracias" hubiese bastado.

Mi boca se abre por la sorpresa. Hay mucho material que analizar en sus palabras.

Contengo el aliento por la sorpresa. Marcello coge su chaqueta del sofá, me esquiva y se va dejándome sola y tan vacía como nunca antes me había sentido. Creía saber lo que era la soledad, pero jamás se había manifestado de ese modo tan intenso. Es como si después de esto ya no fuera a verlo nunca más.

Miro ese sofá tan grande y me pican las manos. Aún hormiguea su contacto en ellas. Sus masajes hablaban por él, me calmaban e incluso me hacían sentir segura, tanto como para revelarle parte de mis secretos.

Pero por qué... ¿Por qué yo? Con la de chicas que hay aquí, con la de mujeres con las que ha estado, siendo quien es... ¿Qué puedo ofrecerle yo? ¿Por qué se ha ido a fijar precisamente en la única persona en la faz de la tierra incapaz de corresponderle?

«¡Déjate de tonterías Ingrid!, lo que realmente te preocupa es descubrirte ante él y que luego te deje tirada. Ahora eres la novedad del lugar, "la chica rara" dale tiempo y te abandonará. Serás destronada con tanta rapidez que entonces sí te sumirás en una profunda depresión de la que no podrás salir jamás».

Los ojos se me llenan de lágrimas, esta vez por miedo a perderle. Cierto es que no podría soportar otra decepción, pero dejar las cosas así, dejar pasar la única posibilidad que se planta en mi vida y me hace desear más... es algo que, ciertamente, debo pensar con detenimiento.

Cierro los ojos mientras me dejo caer en el sofá. Aún está caliente. Me acomodo entre los cojines y me duermo, dejándome envolver por un sueño profundo. No hay cabida para el dolor, el sufrimiento o los malos entendidos. En mis sueños soy normal y abrazo, beso y amo al único hombre que ha sido capaz de despertar mi instinto sexual.

 

 

 

24

Como era de esperar, pasan los días y no sé nada de Marcello.

He pensado en ir a verle, pero luego reconozco que es una mala idea y la descarto. Por otro lado, no sé de qué otra forma comunicarme con él. Nunca me dio su número de teléfono.

El sonido de la campanilla desata el ritmo frenético de mi corazón cada vez que entra alguien en el establecimiento. Me vuelvo ilusionada, y al instante, mis ojos se contraen al percatarme que no es él.

Intento no desesperarme, al fin y al cabo, tarde o temprano lo veré. Nápoles no es tan grande y él se suele mover siempre por los mismos sitios.

Iván me sonríe de vez en cuando. Sabe que algo me distrae, pero no tiene el valor suficiente como para preguntarme al respecto.

—Aquí Iván desde el planeta tierra llamando a Ingrid en la luna... peeej peeej, ¿Me recibes?

Le tiro el trapo de cocina con cariño y sonrío.

—Eres tonto.

Su sonrisa se hace inmensa, deja dos tazas de café sobre la barra y apoya los codos mientras me mira con mucha atención.

—Yo sé bien lo que te hace falta —dice con convicción.

—¿Ah sí? ¿Según tú qué es?

Se encoge de hombros.

—A parte de lo obvio, te hace falta salir y distraerte.

—¿Y qué es lo obvio? —Pregunto intrigada.

—Ya sabes... un buen polvo.

Me quedo contemplándole con los ojos abiertos como platos, no me puedo creer lo que acabo de escuchar

—¡No me mires así! A todos nos hace falta uno de tanto en tanto...

—Lo tuyo es de psiquiatra.

—Puede —reconoce rascándose la cabeza—. En cualquier caso... ¿qué me dices a lo de salir y distraerte?

«Si consigo una buena excusa para salir igual me encuentre con...»

—¿En qué habías pensado?

Se queda atónito.

—¿Es que vas a hacerme caso?

—Ya veremos... —Le digo en tono reprobatorio— ¿En qué has pensado?

—Bueno... hoy es sábado, noche a tope en el pub, mucha gente, buena música, bebida y mi compañía.

—Suena genial —reprimo una mueca de disgusto y acepto.

—Vaaaya.. esto sí es una novedad...

Le saco la lengua y empiezo a llenar los servilleteros.

—Solo una pregunta más... –procede buscando mi mirada– respecto a lo del polvo no hay nada qué hacer, ¿no? Solo por saberlo.

Me echo a reír a carcajada limpia; siempre lo consigue, es tan... infantil.

—¡Ni pensarlo!

—¡Ya lo sabía! Solo quería constatarlo, no estamos como para rechazar oportunidades, y ya que hoy estás receptiva...

—No tanto...

Él me sonríe y me dedica una mirada pícara.

—Bueno preciosa, entonces va siendo hora de que vayas a casa y te cambies de ropa, que de aquí una hora paso a recogerte.

—¿Pero y...?

—No te preocupes por nada. Cierro yo —me guiña un ojo y se dirige hacia el almacén—. Por cierto, nada de pantalones esta vez, ponte algo que confirme que sigues estando buena aún después del trabajo —Grita desde el pasillo. Vuelvo a reír y pongo los ojos en blanco; Iván no tiene remedio.

En mi armario hay poco donde elegir. Pero sí tengo esos elegantes vestidos que me compró la señora Lucci, de los cuales solo he estrenado uno. ¡Y qué uno! Sigue siendo precioso aunque esté colgado de la percha de mi rústico armario.

Reviso uno a uno todos los vestidos. La verdad es que son demasiado elegantes... el que no tiene escote es demasiado corto, o ceñido, o poco apropiado... Resoplo desesperada. Podría optar por mis viejos vaqueros de siempre, aunque no sé por qué, y sin que sirva de precedente, esta noche me gustaría arreglarme un poco.

Al final me decido por un vestido burdeos con escote cerrado. Lo que más me gusta es un cinturón que se anuda justo debajo del pecho para realzar la cintura. Luego cae suelto hasta las rodillas.

Lo combino con unos zapatos negros con un tacón medio. También regalo de Monic. Me aliso el pelo recolocándolo un poco hacia un lado para que me moleste menos. El claxon de Iván me interrumpe justo en el momento en que iba a buscar unos pendientes. Decido que no son imprescindibles y salgo de inmediato.

—Buenas noches —digo no bien me subo en su práctico Golf rojo.

—Madre mía Ingrid, me he quedado sin palabras...

Sonrío mientras alcanzo el cinturón de seguridad para ponérmelo.

—Es solo un vestido, Iván. ¿Nos vamos?

—¡Claro! —Sonríe y pone primera– ¿Tienes que contarme algo que yo no sepa?

—¿Algo como qué? —Frunzo el ceño.

—No sé... en lo referente a tu cambio. Debes admitir que no eres la misma chica que llegó aquí hace unos meses.

Asiento sin mucho interés.

—Bueno, las personas cambian...

—Pues... ¡Aleluya! —Sonríe vacilón mientras acelera.

Por fin dejo de ser el tema de conversación y empieza a hablarme de una chica que le gusta pero no quiere quedar con él. Al parecer eso le sorprende mucho, a mí no tanto, pero no tengo el valor de decírselo. Cualquier mujer con dos dedos de frente vería que Iván es el clásico hombre inmaduro y disperso, incapaz de comprometerse.

En cuanto aparca el coche, salimos.

—¡Eh! ¡Tienes que esperar a que te abra la puerta! Cuestión de protocolo.

—Déjate de tonterías, no hace falta que finjas conmigo.

—¡No finjo! Aquí, en Italia, se le abre la puerta del coche a las chicas guapas, es casi una ley. Por cierto, acabamos de infringirla...

Su sonrisa es contagiosa mientras entramos juntos en su pub.

—Permíteme que te diga, Ingrid, que ese vestido te hace un culo la mar de sugerente.

—¡Qué dices! ¿En serio? —Pregunto con horror. Me detengo en seco, sopesando la posibilidad de volver a casa y cambiarme de ropa.

—Tranquila. Te queda muy bien. Perdóname, ya sabes que carezco de modales y estoy tan desesperado que incluso me fijaría en ese florero de ahí —señala un florero en forma de pera con un tulipán blanco saliendo de él—. Pásatelo bien, disfruta y de tanto en tanto, búscame, ¿vale? No quiero perderte de vista esta noche.

—Tranquilo... aquí estaré.

Me recoloco el vestido por la parte de atrás para que no se ajuste tanto a mi trasero y camino con parsimonia estudiando cada rincón.

Esta vez es diferente. Siento como los hombre me miran y estoy empezando a sudar por algunas zonas.

En el pub hay mucha gente, algunos incluso me golpean inocentemente al pasar. Me estoy poniendo de los nervios, la ansiedad es cada vez más fuerte y estoy a punto de perder el control de mis emociones.

Salgo a la terraza exterior esquivando a las parejas que bailan, con el objetivo de despejarme un poco. Estoy en un primer piso y la altura no es demasiado alta.

Me doy la vuelta dando la espalda a la barandilla para apoyarme en ella. Respiro hondo: "No pasa nada, absolutamente nada..." —Intento convencerme— Pero lo cierto es que sí. Todo esto es demasiado, no estoy acostumbrada a las multitudes y aunque ha habido un cambio en mí, no es lo suficientemente grande. Puedo vestirme de satén y seda, pero bajo esa fina tela reluce una piel muerta, maltratada, herida e incapaz de sanar.

Envuelta en inmensas nubes de humo procedentes de los cigarrillos de las personas que me rodean, alzo el rostro, dirigiéndolo por instinto a la única ventana que hay en el balcón, justo delante de mí.

Casi no doy crédito cuando mis ojos al fin le encuentran. En su pequeña fiesta privada Marcello se desenvuelve de maravilla. Ríe, fuma, bebe, se codea con mujeres a las que alguien como yo jamás podría igualar. Este es él. Este es su modo de vida.

Se pasa la mano que sostiene el cigarrillo por la cabeza y luego le da una última calada, antes de aplastarlo contra el cenicero; seguidamente, se gira para tirar del brazo de la explosiva morena que le acompaña, la acorrala contra la mesa y le besa el cuello. Ella echa la cabeza hacia atrás, facilitándole el acceso. Todo se desenvuelve en un gesto natural, cotidiano, un gesto de profunda confianza que yo jamás alcanzaré con nadie.

La respiración se me corta cuando veo como él acaricia sus muslos a través del vestido.

No sabría decir por qué he sentido una presión extraña en pecho cuando le he visto. Tal vez porque me sorprende estar presenciando una cosa así, no se parece en nada al chico que creía conocer. Puede que a mí me mostrara otra parte. Fuera lo que fuera no era más que la mediocre representación de un personaje.

Marcello regresa a los labios de la joven con toda su fuerza. La envuelve en un beso duro y dominante, nada que ver con la dulzura que creía que tenía. Sus manos firmemente soldadas a los muslos de la chica suben poco a poco arrastrándole el vestido hacia arriba. Ella separa las piernas, abriéndose para él. De repente siento mucho calor, me da vergüenza estar viendo esto pero no puedo parar. Me torturo desengañándome, bajando a Marcello del pedestal en el que le había puesto. Sus manos anhelantes no se detienen, se infiltran entre sus piernas y ella se arquea, apoyando su trasero sobre la mesa. Entonces, mientras besa a la chica insistentemente, sus ojos se entornan mirando distraídos hacia la ventana.

Su mirada ardiente y discordante se encuentra con la mía en el cristal. La vergüenza y sobre todo, el miedo, me embargan. Regreso a la sala y la atravieso serpenteando a la gente hasta salir al exterior.

Avanzo por calles adoquinadas mirando hacia atrás de vez en cuando, asegurándome que nadie me sigue mientras busco el teléfono móvil en el bolso. Sin darme cuenta, colisiono contra algo y me detengo.

—¡Mira Antony! Es nuestra noche de suerte.

Retrocedo intimidada por la presencia de dos hombres fuertes frente a mí.

—No... —digo mientras retrocedo lentamente.

Mi miedo aumenta cuando uno camina decisivo en mi dirección y el otro se coloca a mi espalda, bloqueándome el paso. Justo en ese instante el miedo me paraliza.

—¡Ni se os ocurra ponerle una mano encima!

Me giro aliviada; conozco esa voz a la perfección.

Él se acerca hacia nosotros y los dos hombres se disculpan y se van.

—¿Te han hecho algo?

Parece preocupado. Niego rápidamente con la cabeza, mientras intento recobrar el aliento.

—¿Estás bien? —Me pregunta acercándose un paso más en mi dirección, yo le hago un gesto con la mano para que se detenga.

—Dame un minuto —respiro hondo un par de veces, mi corazón se ralentiza gradualmente y, solo entonces, me atrevo a mirarle.

Su aspecto es insondable.

—¿Por qué te has ido?

—No quería verte.

—Pues no era eso lo que parecía...

Me giro incómoda. Lo cierto es que preferiría no haber visto nada. Ahora mismo no sé cómo sentirme, si agradecerle su ayuda o odiarle por engañarme.

—Mira, da igual —me yergo dando un paso hacia delante—. Hoy ya he cubierto el cupo de riesgos, será mejor que vaya a casa.

—¿Caminando?

—Llamaré a un taxi —le aclaro enseñándole el teléfono.

—Ah —hace una pausa y se interpone en mi camino—. Puedo llevarte.

—No. Regresa al pub, puedo apañármelas sola, gracias.

Ríe sardónicamente.

—No, Ingrid, no puedes. ¿A quién pretendes engañar? Si yo no hubiera aparecido hace un momento...

Mi rostro arde en llamas. Resoplo por la nariz con brusquedad, estoy al límite de mi paciencia, ¿es que no lo ve?

—Vaya, es realmente conmovedor ver lo mucho que te preocupas por mí... ¿Lo haces con todos los huéspedes?

—¡¿De qué cojones estás hablando?! ¡De sobras sabes que no!

Suspiro. Por más rabia que me dé no estoy en condiciones de reprocharle nada.

—En serio, preferiría llamar a un taxi.

Me mira perplejo.

—Pues yo preferiría acompañarte.

Y ahí estamos. Mirándonos fijamente esperando a que uno de los dos dé su brazo a torcer. Nos retamos durante unos minutos más, no hace falta que digamos nada, nuestras miradas hablan por nosotros.

—No quiero aguarte la fiesta —espeto de repente. Él me dedica una sonrisa de medio lado.

—Querida señorita Montero, ya lo ha hecho.

Le carbonizo con la mirada.

—Venga, vamos, tengo el coche aquí cerca —señala hacia el final del callejón.

Me abre la puerta y me recoloco en el asiento.

Me abrocho el cinturón. Él ocupa su lugar, pone las llaves en el contacto y empieza a circular. Todo lo hace en riguroso silencio, pero por desgracia para mí, esa situación no dura mucho. Me mira unos segundos antes de devolver la vista al frente y añade:

—Tengo curiosidad... ¿Qué hacías en el pub sola?

—No estaba sola.

Enseguida se gira para prestarme toda su atención.

—¿Con quién?

—Con Iván, el dueño del pub y sobrino de María —me apresuro a responder, sintiéndome satisfecha de demostrarle que yo no estoy sola, que todavía hay chicos dispuestos a hacer planes conmigo.

Devuelve la vista a la carretera e incluso me parece que acelera un poco. Por dentro sonrío con malicia.

—Ese Iván... —niega con la cabeza mostrando un total desprecio hacia él— tan fastidioso como siempre... —le miro sorprendida— ¿Te ha tocado?

—¿¿¿Qué??? ¡No! —Exclamo ofendida.

«¿Quién coño se cree que es para preguntarme eso?»

—Bien —parece satisfecho.

—¿Bien por qué? ¿A ti qué te importa?

—Me importa, ya lo creo que me importa. Me jodería bastante que él sí pudiera hacerlo, la vedad.

Ladeo el rostro para mirar por la ventanilla. Habría tantas cosas que me gustaría decirle a este estúpido engreído... pero hoy paso.

—Gracias por traerme —respondo secamente.

—No se merecen.

Abro la puerta.

—¡Espera un momento! –me detengo cansada– ¿Tienes un poco de agua?

Suspiro sonoramente.

—Bunas noches, Marcello.

Cierro la puerta del coche pero él apaga el motor y corre hasta alcanzarme.

—¡Vete! –le grito.

—Me parece que no.

—Te crees con derecho a hacer lo que te venga en gana sin tener en cuenta los sentimientos de las personas, ¿verdad?

—¡Por Dios, solo te he pedido un vaso de agua!

—¡No me trates como si fuera tonta! No es solo eso y lo sabes.

—Ingrid, por favor... dejémonos de tonterías. Necesito aclarar un par de asuntos y apuesto a que tú también. Así que por qué no me dejas pasar un momento y lo comentamos con calma.

—Creo que después de esta noche, yo no tengo nada qué aclarar. Todas mis dudas se han disipado.

—¿Lo dices por Auri? —Ríe secamente— Me gustaría explicártelo.

—¡No! No hace falta, de verdad. No quiero saberlo.

—Está bien —se encoje de hombros— ¿Me dejas pasar?

—¡He dicho que no!

—Pues ya me dirás qué hacemos. Yo de aquí no pienso moverme —cruza los brazos sobre el pecho con indiferencia y sigue plantado delante de mí.

Tras retarle un poco más con la mirada, me doy por vencida, abro la puerta dejándole entrar. Pero antes me juro a mí misma que nada de lo que me diga me hará cambiar de opinión respecto a él.

Él campa a sus anchas por la casa, va hacia la cocina, se sirve un vaso de agua y sale con él en la mano para sentarse en el sofá. Sus confianzas me ponen de mala leche.

—¿Te gusta la comida que te han traído?

—No está mal —reconozco. Lo cierto es que todavía no me creo que al día siguiente de nuestro último encuentro, un repartidor apareciera en mi casa, cargado de enormes cajas con todo tipo de comestibles.

Me siento en el sofá; estoy agotada. Aun así saco mi teléfono móvil del bolso y empiezo a redactar un mensaje.

—¿Qué haces?

—Escribo un mensaje a Iván —admito con toda la tranquilidad del mundo.

—Ahora no.

—¿Qué? —Le ignoro y sigo escribiendo.

—Ahora no —repite molesto. Me arrebata el móvil de improvisto y me sobresalto por el brusco movimiento con el que lo ha hecho— Estás conmigo.

—¡Devuélveme mi teléfono!

—¡De eso nada! Quiero ver qué tienes aquí.

Me acerco e intento cogerlo pero él lo pone en alto, lejos de mi alcance. No pienso tocarle, caer encima de él puede ser tan peligroso como doloroso. Así que me resigno una vez más, le maldigo en voz alta y luego suspiro. Vuelvo al sofá esperando a que termine de cotillear mis cosas.

Ese gesto posesivo y dominante debería alarmarme. No tiene derecho a coger mi teléfono e invadir mi vida privada de esa manera.

—¡Toma! —Me lanza el teléfono exhibiendo una apretada sonrisa— Te he memorizado mi número. Por si lo necesitas...

—No hacía falta, al menos los sábados sé dónde encontrarte.

Empieza a reír de mi ironía. Coge el vaso de agua que está sobre la mesita y da un pequeño sorbo.

—Se te ve muy enfadada... —dice observándome por encima del cristal del vaso.

—Muy no, lo justo —replico.

—¿Se puede saber el motivo?

—No.

—Imagino cuál es.

—Sí, a veces eres más inteligente de lo que pareces.

Se incorpora levemente en el sofá y me mira intensamente, intimidándome con sus ojos tan despiertos.

—Bueno, dejémonos de jueguecitos —su tono se vuelve más duro. Deja el vaso sobre la mesa— ¿Hay algo que quieras decirme?

Me encojo de hombros. Puede que lo hubiera, pero ahora no pienso decírselo, antes me corto la lengua y se la doy a comer a los perros.

—¿Entonces no sabías que yo estaba en el pub?

Niego con la cabeza.

—Pero sí te ha sorprendido verme con Auri. Bueno... ¡a la vista está! —Sonríe quedamente.

—No demasiado —digo con disimulo—. Lo entiendo.

Él niega con la cabeza y vuelve a mirarme con intensidad.

—¿Qué esperas de mí, Ingrid?

—No sé a qué te refieres...

—Yo creo que sí. Además, me debes algo de sinceridad. Las cosas serían mucho más sencillas si me hablaras. Puede que al principio tener que sacarte las palabras con sacacorchos fuera divertido, pero ahora, a estas alturas está fuera de lugar completamente. Lo sabes.

Él no deja de mirarme. Es curioso como hasta sus gestos ejercen su presión sobre mí. Soy consciente de que debería hablar, esta situación no debe prolongarse eternamente, cuanto antes sepa lo que hay, antes empezaré a desengañarme y por lo tanto, sufriré menos.

Cojo aire y trago saliva poniendo en orden mis agitados pensamientos.

—No sabía que estabas ahí, pero sí tenía la esperanza de verte.

—¿Por qué? —Le miro confusa tras su tono exigente— No pienso dejar pasar ni una, Ingrid, así que contéstame. ¿Por qué?

—Estuve reflexionando acerca de lo que pasó el último día, lo cierto es que exageré mucho las cosas. Me sentía culpable por cómo te traté y actué contigo.

—¿Querías disculparte?

Niego con la cabeza. Suspiro y me separo el pelo de la cara para colocarlo tras la oreja.

—Solo quería arreglar las cosas.

—¿Y eso?

—No soporto... nuestra distancia.

Él suspira, parece analizar todo lo que acabo de decirle.

«¡Dios como me cuesta estar hablando de esto!»

—Te lo vuelvo a preguntar: ¿Qué esperas de mí?

Le miro atentamente. Ahora quiero estudiar a fondo su expresión.

—No quiero alterar tu vida, ni interponerme en tus asuntos. Haz lo que creas que tienes que hacer, pero me gustaría que mantuviéramos el contacto.

Él me mira extrañado.

—¿Qué significa eso exactamente?

—Ya lo sabes, me reconforta estar contigo. Aunque no quiero que te veas en la obligación de...

—Ya, ya, ya... —hace un gesto con la mano para indicar que me calle— ¿Tú quieres estar conmigo?

Me vuelvo roja como un tomate.

—Supongo...

Él sonríe efímeramente pero continua serio, ausente, posiblemente analizando cada una de mis palabras.

—¿Por qué no me lo has dicho antes? Creí que después de... de lo que pasó el último día no querrías volver a verme. Esperé a que dieras un paso y me demostraras que me equivocaba, pero no lo hiciste.

—No tenía cómo —me encojo de hombros.

—¿Entonces lo intentaste? —Una chispa de ternura se instala en su rostro.

Asiento con resignación cerrando los ojos al mismo tiempo.

—Ingrid... —Me llama y eso me hace reaccionar, abro los ojos para toparme con él de nuevo— ¿Qué sientes si hago esto?

Sin verlo venir, su mano envuelve la mía que descasa flácida sobre la pierna y le da la vuelta. Mi corazón se acelera, siento su dorso justo encima de mi rodilla desnuda mientras sus dedos rodean mi mano con insistencia, cogiéndola con decisión. Mi primer instinto es el de apartarla, retirarla al mismo tiempo que pongo metros de distancia entre los dos, después de todo, son muchos años actuando de la misma manera. Es la costumbre.

Sin embargo, en esta ocasión no siento dolor. Solo percibo una leve molestia del todo soportable. Ahora me pregunto si esta insólita circunstancia podría extrapolarse a otras personas. Miro atentamente mi mano derecha que permanece inmóvil mientras él empieza a realizar pequeños movimientos circulares con el pulgar, y entonces comprendo que eso únicamente es posible porque es él quien me toca.

—Me gusta... —es increíble como mis manos se relajan, sus masajes me recorren el cuerpo entero en forma de corriente eléctrica relajándolo. No puedo evitarlo, estoy emocionada al ver que por primera vez, puedo con esto. Mis ojos se llenan de embarazosas lágrimas, así que me apresuro a alzar ambas manos y enjugármelas antes de que mi vergüenza se haga evidente.

—¿Estás llorando?

Se me escapa una risilla nerviosa mientras niego con la cabeza.

—Hasta hoy jamás había estado tan tranquila mientras alguien me coge de la mano así...

Armándome de valor, recojo su mano que se ha quedado momentáneamente vacía sin la mía, solo quiero demostrarle con hechos que esto ya no es un obstáculo para mí. Y él ha sido el único artífice de este asombroso progreso.

Su sonrisa sincera me conmueve. Me aprieta las manos solo un poco y se acerca. Me siento aliviada de haber roto ese muro que se había vuelto a alzar entre nosotros, ahora es cuando me doy cuenta que sin su insistencia, esto no hubiera ocurrido jamás.

—Entonces puede que sí haya esperanza después de todo... —giro el rostro apenado, no sé si alguna vez podré romper todas las barreras— Así que tendremos paciencia.

Sus últimas palabras me dejan petrificada. No sé exactamente qué significa eso, pero mi corazón da un bote en el acto. De repente siento la necesidad de preguntarle por la chica del pub, pero percibo que este no es un buen momento y dado que no quiero estropear las cosas, omito ese hecho.

—Quiero invitarte a cenar mañana.

—¿Mañana?

—Sí. A uno de mis rincones favoritos. Te recojo a eso de las nueve. ¿De acuerdo?

—Marcello, mañana trabajo.

—No. Mañana es el día que empezamos de cero.

Miro hacia el suelo. No sé qué decir, pero lo cierto es que no puedo rechazar una invitación con semejante pretexto. Aunque no entiendo por qué va a mostrarme en público, dado que eso es algo que quería evitar a toda costa, según él, por nuestra seguridad.

—¿Y bien? —Insiste ansioso.

—De acuerdo.

Vuelve a sonreír y se levanta de un salto.

—Entonces, nos vemos mañana —confirma.

La habitación está oscura. Únicamente capto los sonidos extraños que hay en este tipo de casas tan viejas: Las palomas que viven entre los agujeros del tejado, el canto de los grillos, una especie de ave rapaz que pía sin cesar a lo lejos, las hojas meciéndose de los árboles, pequeñas ramitas al romperse... todos esos sonidos tan distintos a los que percibía en Barcelona, y que aquí me resultan tan hermosos.

Mi cuerpo vibra bajo las sábanas. La emoción sigue presente, al igual que una felicidad extraña que me hace reír y apretarme fuertemente a la almohada para intentar canalizar toda esa emoción.

25
Me levanto enérgica. Pese a que he dormido poco estoy impaciente por empezar el día. Me visto rápidamente y salgo disparada hacia el trabajo.

—Buenos días, María.

Me acerco al perchero, pero antes de ponerme mi bata, ella ha llegado frente a mí.

—Creí que hoy no vendrías.

—¿Por qué no iba a venir?

—Se acaba de ir Marcello. Nos ha dicho que de aquí veinte minutos vendrán unos profesionales a pintar el local.

—¿Cómo? —Pregunto frunciendo el ceño.

—Así es. No únicamente eso, nos ha dado más del dinero del que facturamos en un día de trabajo.

—¿Por qué?

María sonríe, pero parece triste.

—Tú sabes por qué. Yo no soy quién, pero ten cuidado, Ingrid... No es oro todo lo que reluce y tú eres demasiado joven e ingenua.

—¿Intenta prevenirme de algo?

María se encoge de hombros.

—Estás pisando un terreno peligroso, creo que no eres realmente consciente del alcance de la familia Lucci.

—No... Marcello solo me ha explicado pequeñas pinceladas —reconozco.

—El pequeño es un buen chico, no te desea ningún mal, pero a quien a fuego se arrima, es cuestión de tiempo que acabe quemándose.

Trago saliva. María, la mujer más discreta que conozco ha estado a punto de sincerarse conmigo, tal vez contarme aquello que todo el mundo sabe y yo ignoro. No obstante, cuando un batallón de pintores irrumpe en el local cargado con sus herramientas, ella se despide de mí, diciéndome que me vaya a casa y aproveche a descansar.

Como no quiero molestar, decido hacerle caso. Aunque lo que acaba de decirme queda grabado en mi memoria, estoy segura de que saldrá a relucir en cualquier momento.

Me he peinado intentando moldearme un poco el pelo con la plancha, pero para qué negarlo, esto no se me da demasiado bien, al igual que elegir el atuendo apropiado.

A ver, vamos a repasar: voy a ir a un restaurante, un restaurante con Marcello. Así que debe de ser uno de esos sitios lujosos donde solo entra gente de etiqueta. Bueno, al menos tengo algo elegante entre la ropa que me compró la señora Lucci... estoy segura de que esa mujer es una bruja, no entiendo cómo pudo prever que al final, acabaría poniéndome todos los vestidos que me ha comprado.

Elijo un vestido elegante de satén, color rosa pálido. Contengo la respiración mientras lo meto con cuidado por la cabeza y lo dejo caer delicadamente hasta los pies.

«Madre mía... esto no tiene nombre, me da vergüenza solo mirarme en el espejo».

Me doy media vuelta. La espalda está descubierta. Se marca la línea perfecta de la columna vertebral.

Me subo a esos impresionantes zapatos de tacón fino y cojo el pequeño bolsito de cóctel a juego.

No puedo dejar de mirarme, no me reconozco; en mí no queda nada de la chica que he sido.

Mi teléfono empieza a sonar. Lo descuelgo y empiezo a reír. Marcello se ha registrado en mi móvil como: "Marcello amore mio".

Desciendo rápidamente las escaleras, intentando no caerme.

Lo que no tiene precio es la mirada de Marcello en cuanto me ve. Está completamente serio, esperándome con la puerta trasera del coche abierta. Lleva un traje negro y una camisa blanca, muy formal.

Tengo la oportunidad de ver como sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo antes de que pueda meterme en el coche y cerrar la puerta.

Él entra poco después y se sienta a mi lado. No me dedica una sola palabra, se limita a cogerme de la mano sin vacilar, volver a crear este extraño vínculo que ya hemos implantado como propio.

—Hay pocas personas que tienen la habilidad de dejarme sin palabras... —sonríe y me mira con esos extraños ojos suyos, tan atractivos— Tú acabas de hacerlo esta noche.

Me río con ganas.

—Si lo dices por el vestido... también lo ha escogido tu madre.

Marcello vuelve a reír.

—Pues qué buen gusto tiene mi madre. De todas formas no lo digo por el vestido, sino por lo que hay dentro de él.

Mis mejillas enrojecen, evidenciando mi timidez.

Entonces mi mano se eleva, Marcello la sostiene y la acerca súbitamente a sus labios para obsequiarme con un tierno beso en el dorso. Me revuelvo inquieta intentando recuperar esa extremidad de la que se ha adueñado, pero él me lo impide, la retiene con más fuerza y la aprisiona contra el sillín para inmovilizarla.

—Ahora que he conseguido que me dejes coger tu mano no pienso dejar de sostenerla durante toda la noche. ¿Preparada para cenar así? —Me dice alzando nuestra manos entrelazadas, no puedo evitar soltar una sonora carcajada.

—Eres lo que no hay...

—Uyyy y todavía no has visto nada.

—¿Adónde vamos? –le interrumpo para cambiar de tema.

—A Rosiello, un restaurante encantador en vía Strato. Para mí es uno de los mejores, me siento muy a gusto ahí.

—Aha...

Rosiello: Un restaurante de ambiente cálido y familiar. No es tan lujoso como esperaba viniendo de él, por eso quizás estoy más sorprendida, cuando creo conocer cuáles son sus preferencias, me doy cuenta de que me equivoco por completo.

En cuanto entramos, una mujer con pantalón negro y camisa blanca se acerca rápidamente hacia nosotros. Nos dedica una cálida sonrisa mientras nos acompaña hacia el rincón más bonito del local.

Las pocas personas que hay dentro nos miran. Dejan de comer y levantan sus cabezas para seguir nuestro rastro hacia la mesa.

—Te está mirando todo el mundo —constato escondiendo una sonrisa.

—No, Ingrid. No me miran precisamente a mí —ríe—. Les has dejado tan deslumbrados que incluso se atreven a hacerlo en mi presencia. En otra ocasión no les hubiese permitido el gesto, saben perfectamente que no deben mirar de ese modo a nuestras mujeres, pero hoy simplemente les doy la razón: esta noche es prácticamente imposible apartar los ojos de ti.

Le observo con atención, siento como la piel de las mejillas empieza a arder. Jamás podré acostumbrarme a ser el centro de las miradas, siempre me he sentido la sombras en la que nadie se fija.

—No me gusta que me miren... —mi voz tímida y apagada apenas es audible, aunque Marcello sí lo ha entendido a la perfección.

—Pues acostúmbrate. A las mujeres guapas se las mira —sonríe de medio lado mientras retira mi silla esperando a que tome asiento.— Aunque no te preocupes, yo me encargo de que nadie se sobrepase.

Resoplo algo incómoda y decido focalizar mi atención en cualquier otra cosa.

La impresionante cristalera nos ofrece una vista en dos niveles. El restaurante está rodeado por una impresionante terraza romántica. La vegetación y las flores en tonos rosas y blancos se alternan envolviendo unas cuantas mesas llenas de gente.

En el segundo nivel hay un mar adormecido, la iluminación de pequeñas embarcaciones nos dan pistas acerca de su inmensidad. De día esta debe ser una vista todavía más increíble.

—¿Qué te apetece? —Me pregunta mirando la carta de arriba abajo.

Me encojo de hombros.

—Son especialistas en pasta, carne y pescado. Podríamos pedir unos raviolis de setas y unas dorada a la sal o un carpaccio.

—Me parece estupendo. Lo que elijas me parece bien.

Él hace un gesto con la mano y la camarera llega rápidamente a nuestra mesa. Nos estaba mirando. Obviamente, después de hacer el pedido, Marcello se encarga en acompañar la comida con uno de esos vinos de nombre tan largo que solo él conoce.

—Tengo que hacerte una pregunta.

—¿A sí? —Sonríe— ¿Cuál?

—¿Por qué estamos en un lugar público?

Suspira y mira hacia atrás. Ya me he dado cuenta de que sus escoltas no le quitan ojo. Están dos mesas más atrás, se hacen pasar por clientes, pero en realidad están ahí con el único objetivo de proteger su vida de cualquier amenaza.

—Ya no tenía mucho sentido seguir viéndonos a escondidas, medio Nápoles ya está al tanto de la mayor parte de nuestros encuentros.

—Vaya...

—Sí —reconoce con pesar—. Lo que más me duele es que a partir de ahora no podrás pasar desapercibida. Te señalarán con el dedo, soltarán rumores... al final no he podido evitarlo.

Doblo la esquinita de mi servilleta con los dedos, incómoda.

Acerca su mano por encima de la mesa y apacigua el ritmo nervioso de mis dedos con los suyos.

«¡Dios! ¿Por qué no me acostumbro de una vez a ese tipo de gestos? Hasta que no constato que es realmente él quién me toca, mi cuerpo se queda paralizado».

—No te preocupes, Ingrid —dice y sus ojos se dulcifican de repente—. Por eso te he traído aquí, es un lugar discreto y de total confianza. Además, jugamos con la ventaja de que la gente aún no sabe quién eres. Solo me ven acompañado de una mujer guapa. Nada más.

Emito un suspiro y desvío la mirada. No creo poder aguantar un solo cumplido más, a mí no me van esas chorradas, más teniendo en cuenta que lo que dice no es cierto. Él me aprieta la mano para que le devuelva la mirada y prosigue:

—Aún no es demasiado tarde.

—No es demasiado tarde para qué —pregunto retirando mi mano de las suyas.

—Para tener una vida normal y corriente. Hacer lo que quieras, donde quieras y como quieras. Sin que nada ni nadie te lo impida.

Le miro extrañada.

—No haces más que repetirme eso como un loro, ¿es que luego ya no podré?

—Si seguimos viéndonos, no. De ningún modo.

Reflexiono sobre eso un par de minutos.

—¿Entonces tengo que elegir entre mi vida tranquila o tú?

Su cuerpo se deja ir hacia atrás recostando su espalda contra el respaldo de la silla. Se encoge de hombros, sin mirarme. Parece muy concentrado en el movimiento que hay en el exterior.

—Sí. Llegará un momento que tendrás que hacerlo, pero no esta noche —me tranquiliza y su rostro cambia. Vuelve a sonreír, aunque esa sonrisa serena no llega a sus ojos tristes.

—No lo entiendo. ¿Por qué tienen que cambiar tanto las cosas? ¿Qué hay de malo en seguir así?

—No puedo permanecer mucho tiempo en un lugar que no me corresponde. Verás, creo que no te haces una ligera idea de lo que implica todo esto. Como ya te he dicho, hay gente acechándonos constantemente. No únicamente a nosotros, sino también a la gente que nos importa. Ahí es donde entras tú. Si alguien intuye que tenemos una relación más afectuosa de lo normal querrá hacerme daño a través de ti. ¿Entiendes?

—¿Y qué podemos hacer al respecto?

—Solo tenemos dos opciones: O definitivamente hacemos lo correcto y nos alejamos ahora que aún podemos...

—¡Yo no quiero eso! —Me apresuro a contestar.

—Yo tampoco. La segunda es hacerlo público de una vez, como todo el mundo me empuja a que lo haga, y bueno... que empieces a vivir como yo, con personas que calibran cada uno de tus movimientos siguiéndote a todas partes.

Me quedo petrificada.

La camarera nos trae los platos de pasta y los deja sobre la mesa.

—Si no te importa... no quiero seguir hablando de eso durante la cena. ¿Nos limitamos a comer y tocar otros temas, por favor?

Asiento y le sonrío en respuesta. Intuyo que para él también es difícil planteármelo.

Cojo el tenedor al tiempo que exhalo un largo suspiro. Pincho un ravioli y me lo llevo a la boca, ¡está buenísimo!

—¿Qué tal?

—Mmmm...

Esboza una reconfortante sonrisa y empieza a comer él también.

Copas de vino y una dorada más tarde, estamos riendo de tonterías. Él comparte conmigo pequeñas anécdotas, me sorprende verle tan cercano. Lo tiene todo y más, sin embargo cuando le escucho hablar le veo humilde, natural. No me parece para nada ese chico estirado y egocéntrico de los primeros días.

Consigo olvidarme de todo: de donde estoy, de mis problemas, de esos dos hombres que nos siguen a todas partes... teniéndole cerca, no hay nada más.

Después de cenar, me coge de la mano y salimos fuera. Sus hombres van dos metros por detrás en completo silencio. Las calles oscuras y húmedas parecen moverse deprisa debajo de nosotros. Puede que los dos llevemos unas copas de más.

Marcello se detiene en una heladería, según él, es un sacrilegio no probar el helado italiano, así que me lleva a la mejor heladería artesana de toda Nápoles.

—¿De qué lo quieres?

Miro las relucientes vitrinas intentando leer esos carteles tan pequeños, de nombres raros y rebuscados. Todos tienen una pinta excelente, sobresalen de sus recipientes plateados exhibiendo adornadas frutas coloridas. Habrá como veinte sabores distintos. No sé qué escoger. Así que me centro en el único que me parece más normal.

—¿Puede ser de nutella?

—¿Nutella? —Me pregunta sorprendido.

—Sí...

Él asiente sin dejar de reír, luego, le hace el pedido a la dependienta.

Agarramos las generosas tarrinas y volvemos a la calle, ahora desierta debido a que es particularmente tarde para ser un día entre semana.

—¿De qué es el tuyo?

—Nueces de macadamia.

—Ah.

La nutella se deshace en la boca. Me encanta la combinación del chocolate con la avellana, es increíble.

Marcello se detiene y yo hago lo mismo.

—Toma —dice mostrándome la cucharilla repleta de helado—, pruébalo.

Sonrío mientras me acerco a él. Intento alcanzar la cuchara pero la retira rápidamente de mi alcance. En cuanto bajo la mano, vuelve a acercarla.

Sé qué es lo que pretende.

Abro lentamente la boca y entonces coloca la cuchara dentro. La cierro y muevo la cabeza hacia atrás limpiando con los labios toda la superficie de plástico. Sonríe y espera a obtener una evaluación por mi parte.

—El mío está mejor... —Le digo guiñándole un ojo que le deja momentáneamente sorprendido. La verdad es que no soy muy dada a este tipo de gestos, pero con él es fácil soltarse.

Lleno mi cuchara con una buena porción de helado e imito sus movimientos.

—Muy bueno —se lleva la mano a la boca para limpiarse—, me recuerda a mi niñez.

—Pues yo no creo haber probado nunca la nutella antes de hoy, de hecho, hasta la adolescencia no saboreé el chocolate.

Le miro y mi rostro se ensombrece cuando se topa con su actitud confusa.

—¿Qué pasa?

Él niega rápidamente.

—Nada ¡Mira! —señala desviando mi atención— Ya ha venido Rafael con el coche.

Doy media vuelta. Efectivamente el coche en marcha nos espera. Nos apresuramos a subir en el asiento trasero mientras seguimos devorando nuestros helados.

—Te has vuelto serio de repente —Insisto intentando descubrir el motivo de su aflicción.

—Nunca hablas de cuando eras niña.

—Eso es porque hay poco qué contar.

—Poco o no, nunca has dicho nada.

Suspiro. Dejo caer los brazos sobre las rodillas y meto la cucharilla en la tarrina, dando por concluido el postre. Se me ha cerrado el apetito.

—No me acuerdo de mucho y lo poco que recuerdo... —hago una pausa— siempre aparece el monstruo.

Marcello me retira la cubeta de helado de las manos, la pone debajo de la suya y luego las coloca en un enorme cenicero que hay justo delante de nosotros. Sin más, vuelve a sostener mi mano.

—¿Quieres hablar de ello? —Me pregunta elevando una ceja.

—No —suspiro con pesar y miro a través de la ventanilla.

—Entonces no hablemos más de esto.

El coche se detiene. Marcello se apresura a salir, da la vuelta rápidamente y llega a tiempo de abrirme la puerta antes de que lo haga yo.

Me tiende la mano y yo la sostengo con confianza. Esto ya no me supone un esfuerzo, de hecho por primera vez estoy empezando a coger cierto gustillo a eso de ir agarrados a todas partes.

—¿Dónde estamos?

—Museo de Capodimonte.

Una impresionante fachada roja y gris, repleta de enormes ventanas me dejan momentáneamente absorta.

—No lo entiendo...

—Ven —dice mientras tira de mí.

—Buenas noches, señor Lucci.

—Buenas noches, Roberto.

Roberto es un guarda de seguridad. Va con un uniforme negro y en el cinturón lleva un arma y un walky.

—Puede pasar cuando quiera, señor.

—Gracias.

Le miro extrañada.

—¿Vamos a entrar en un museo a la hora que es?

—Efectivamente. Así estaremos completamente solos.

—Vayaaaa... que emocionante.

Entramos en el edificio un tanto sobrio, de anchos pasillos e incalculables salas.

—Este es un palacio de la casa de Borbón. Aunque lo convirtieron en museo. Era de mi familia, hasta que lo donó hará unos cinco años. Lo que más me gusta son las pinturas.

Nos detenemos frente a una pared repleta de cuadros, todos antiguos y con motivos religiosos.

—Bellini, Botticelli, Caravaggio, Tiziano, Massacio, Goya... entre otros, decoran las paredes.

—Me sobrecoge la historia que tiene todo esto...

—Y no es para menos. Mires donde mires, Italia tiene una parte importante de la historia mundial.

Caminamos por un pasillo enorme. Me detengo tanto en la elaborada arquitectura del lugar como en esos cuadros antiguos, pertenecientes a otra época, de los que nunca he oído hablar.

—¿Todos estos cuadros... también fueron de tu familia?

—Se podría decir que sí. Originariamente, en el s.XVI esta era una colección de arte de los Farnesio. Nuestra familia tenía vínculos de sangre con ella.

—Farnesio me suena... ¿No fue una reina de España?

—Así es —responde complacido—, Isabel de Farnesio. Durante años la colección ha ido pasando de manos en manos, ampliándose, dividiéndose... todo fue cambiando, las guerras, saqueadores... dependía de quién tuviera el poder en ese momento. Hasta que mi familia se plantó, se propuso recopilar las obras y donarlas, también remodeló esta casa y la abrió al público en mil novecientos cincuenta y siete.

—Vaya... así que a esto es a lo que se dedica tu familia.

—Ya te dije que no nos dedicamos a nada en particular y abarcamos un poco de todo. El museo fue y sigue siendo una rentable inversión.

Me quedo parada frente a un cuadro que despierta mi curiosidad. Ladeo la cabeza para ver la cara a esa persona extraña que parece estar sufriendo de un modo incalculable colgado de un árbol boca abajo. Marcello me sonríe, percibo ese extraño brillo en sus ojos...

—José de Ribera. Apolo y Marsías mil seiscientos treinta y siete. Es una obra interesante —Me dice frunciendo el ceño al cuadro—. ¿Conoces el mito? —Niego con la cabeza— Forma parte de la mitología griega, lo curioso es que todo se desencadenó por una flauta.

—¿Una flauta?

—Sí. Atenea, la virtuosa de la música tocó su flauta frente a un río. Al verse a sí misma soplar con las mejillas tan hinchadas y rojas se asustó y lanzó la flauta al río. Marsías era un sátiro, criatura mitad hombre mitad carnero, se encontró la flauta y consiguió tocarla a la perfección. Se convirtió en un flautista excepcional e incluso se atrevió a decir que su flauta sonaba mejor que la lira de Apolo. Así que ya te puedes imaginar... Apolo se enfadó tanto que le retó. Ambos tocaron sus instrumentos y obviamente, ganó Apolo. Bueno, algunos dicen que fue Apolo quien tocó mejor, otros que fue Marsías... no se sabe. La cuestión es que Apolo hizo uso de su premio al proclamarse ganador e impuso al sátiro el castigo de ser degollado vivo. —Le miro horrorizada— Clavó su piel en un árbol y a medida que la sangre fluía, iba naciendo el río que lleva el nombre de Marsias.

—¡Qué sádico! —Exclamo sin dejar de mirar esa cara que escenifica a la perfección el dolor más auténtico— Me da algo de miedo ver a Apolo tan relajado e impasible mientras le hace eso a un hombre que sufre frente a su atenta mirada...

—En realidad no es un hombre sino un sátiro. Y sí, los griegos eran bastante sádicos. Bueno, los romanos tampoco se quedaban atrás.

Seguimos avanzando, de vez en cuando nos detenemos en otro cuadro, Marcello se explaya hablando de aspectos interesantes de la obra o bien del autor. Parece saberlo todo. ¿Cómo diablos hace para retener toda esa información en la mente? Siempre tiene algo qué decir, yo, en cambio... bueno, me avergüenza admitir que en arte clásico estoy algo verde.

Nos detenemos al final del recorrido, mirando las últimas obras algo más modernas que las anteriores, pero siguen sin resultarme familiares. Me recuesto contra una columna de piedra y le sonrío no bien se acerca a mí para imitar mi último movimiento. Es como si no pudiera estar lejos durante mucho tiempo. Sus manos buscan constantemente las mías y las retiene acariciándolas, masajeándolas, simplemente amándolas como nadie había hecho antes.

Le miro y no me creo que ayer estuviera con otra persona en una postura tan salvaje, no parece para nada un hombre de esos, sin embargo, sé que lo es. ¿Entonces por qué conmigo se comporta de este modo tan distinto? ¿Es que está representando continuamente un papel escondiéndome su verdadera cara? ¿Y qué sentido tiene hacer eso? ¿De qué sirve ocultarse y más cuándo ya conozco toda la verdad?

Sus ojos me contemplan con cautela, parece incluso que intenta descifrar lo que pasa por mí mente, menos mal que de momento, no puede hacerlo.

—¿Sabes? Eres hermosa, Ingrid —sus palabras me descuadran por completo. ¿A qué viene eso ahora? De repente me pongo tensa— Fiel admirador del arte como soy y... me culpo a mí mismo por no haberme dado cuenta antes. Bueno, tal vez sí llegué a percatarme de algo, pero simplemente, no quise admitirlo.

—¿Qué significa eso?

—No quería que me gustaras —se encoje de hombros—. No encajamos para nada, somos muy diferentes.

Mis mejillas se tornan rosas, una vez más.

—No somos tan diferentes —confieso con la mirada perdida en uno de los cuados de la pared de enfrente—. Yo pensé exactamente lo mismo de ti.

—¿En serio?

—Sí.

—Y sin embargo estamos aquí.

—Y sin embargo estamos aquí —repito reproduciendo un movimiento afirmativo con la cabeza.

—Entonces eso querrá decir algo, ¿No?

Me encojo de hombros y trago saliva. Noto su proximidad, la suavidad de su voz y ese cálido masaje que ejerce con su dedo sobre el dorso de mi mano. La suma de todo eso hace vibrar mi corazón, elevándolo a punto de alcanzar el cielo.

Noto mi respiración irregular cuando se queda mirándome fijamente, a escasos centímetros de mi rostro perplejo. En otra ocasión hubiese encontrado una excusa para alejarme, hoy no.

Se aproxima un poco más y no necesita tocarme para que estremezca.

Estoy tan nerviosa y anhelante, que mis labios le esperan, dejando la boca entreabierta, hasta que al fin, se sienten aliviados tras percibir el superficial contacto de los suyos.

Casi no puedo creer que esté tan tranquila teniéndole prácticamente pegado a mí, sintiendo como sus labios me rozan levemente, con cautela, de forma casi imperceptible. Permanezco quieta con el corazón a mil mientras realiza una serie de movimientos deslizantes intentando provocar mi deseo.

Entonces se detiene un segundo, pero no se aparta, se aprieta un poco más para seguir besándome con la suavidad de un suspiro.

Su tranquilidad me relaja, no es violento ni brusco, sino todo lo contrario. Me encanta como se mueven sus labios expertos, como se funden sobre los míos con exquisita perseverancia. Sin darme cuenta, el deseo agazapado me delata y emito un leve gemido, brota de mí sin más, sin previo aviso. Entonces, sus labios se despegan poco a poco mientras sostiene con los dientes mi labio inferior y tira un poco. La sensación me envuelve, mandando pequeñas descargas eléctrica a partes de mi cuerpo que antes de hoy, ignoraba que existieran.

Cuando nos separamos, la timidez vuelve a adueñarse de mi persona. Él, por el contrario, parece muy tranquilo. Sus labios están tensos, apretando una sonrisa mientras evalúa, muy pegado de sí mismo, mi reacción atónita.

—Bueno Ingrid, ya te han besado. No le quites importancia a un primer beso. ¿Qué tal ha ido?

Su sonrisilla burlona se expande por su rostro y es precisamente esa expresión de autosuficiencia infinita la que me exaspera.

Sabe que es bueno en esto, tanto que incluso a mí me ha dejado con ganas de más, ¿Ahora qué quiere, mi reconocimiento? No pienso hacerle una ola ni nada por el estilo.

—Ha estado bien —menciono restándole importancia, pero entonces se me ocurre una forma de bajarle esos humos y no desaprovecho la oportunidad—. Aunque no estoy segura, la verdad es que no tengo con qué compararlo. Debería pedirle a Iván que me besara para poder tener una visión más objetiva.

Sus ojos se estrechan divertidos mientras se muerde el labio inferior con fuerza. Entonces tira de mis manos con más fuerza de la que estoy acostumbrada y nuestros rostros casi colisionan al encontrarse. Vuelve a besarme, aunque esta vez es diferente. Sigue siendo suave y delicado pero detecto un punto más de urgencia que antes. Tal vez sea yo la culpable, porque ahora que vuelvo a sentirle, mi cuerpo entero pide a gritos que no quiere quedarse solo ahí. Intento imitar sus movimientos, pequeños besos que se extienden por los labios, pincelándolos hasta que al final, detecto algo diferente. Su lengua se introduce lentamente dentro de mi boca, intento disimular mi asombro aunque creo que no lo he conseguido. Noto como se desliza sobre la mía, me acaricia desde dentro y estoy a punto de perder el sentido. Su invasión prácticamente no me deja espacio para respirar, poco después, muy despacio, su lengua me abandona. Me obsequia con otro casto beso sobre los labios y en lugar de retirarse continua besándome, esta vez siguiendo un camino imaginario que va desde la comisura de los labios hasta el lóbulo de la oreja. Es increíble como mi piel hormiguea bajo su contacto, las piernas me flaquean mientras mi corazón late muy, muy deprisa. Siento su cálido aliento en mi oreja, le escucho respirar y aunque parezca mentira, eso me excita.

—Creo que ese es un juego al que no deberías jugar... —me susurra dulcemente, aunque con voz intimidante. Entonces me acuerdo de lo que le he dicho antes y sonrío por lo bajo.

—¿Por qué no? Hemos acordado que podemos continuar con nuestras vidas sin que nuestra amistad la altere. Tú puedes estar con otras mujeres y yo... bueno, yo puedo abrirme a otras posibilidades.

Su rostro se aleja de mí, ahora me mira frunciendo el ceño. Yo sigo sonriendo por dentro, pero él no capta mi broma.

—¿Ahora quieres estar con otros? —Me mira extrañado— ¿No te basto yo?

Me encojo de hombros.

—No me importaría probar —digo fingiendo una gran naturalidad, aunque en realidad la idea me repugna.

—Yo no estoy con mujeres que a su vez están con otros hombres. Así que tú verás...

Me suelta de la mano. Parece que se ha enfadado de verdad. Pero yo sigo en mis trece.

—Pero tú estás con otras mujeres —mi voz suena tan tranquila que incluso a mí me asombra.

—No es lo mismo —niega asqueado—. Con las otras chicas solo mantengo sexo, contigo, tengo todo lo demás.

Le miro extrañada; no puedo creer el nivel que alcanza su machismo.

—Bueno, tal vez con el tiempo, yo también podría aprender a separar el sexo de todo lo demás, quién sabe...

—La verdad es que no te entiendo, Ingrid. ¿Qué cojones pretendes? ¿Quieres que yo también viva una vida puritana y vacía como la tuya?

Mis ojos le contemplan con rabia; eso sobraba.

Doy un paso hacia atrás, sin dejar de mirar las brillantes baldosas del suelo. Ahora mismo no tengo la fuerza necesaria para mirarle a la cara.

—Perdóname, no quería decir eso...

Intenta sujetar mi mano pero la aparto rápidamente de su alcance.

—Tu vida no es vacía. Lo siento, de verdad —traga saliva, parece realmente arrepentido. Aunque tanto él como yo sabemos que lo que ha dicho es cierto—. Lo que ocurre es que tenemos una visión diferente respecto al sexo. Verás, para mí sí es imprescindible. Lo necesito igual que comer o respirar, no puedo estar largas temporadas sin... bueno, ya me entiendes. Para mí es una necesidad, pero no quiero renunciar a seguir quedando contigo... Para serte sincero, si ahora mismo me dieras a elegir, no sé muy bien qué es lo que haría. No quiero perderte, pero tampoco puedo renunciar a algo que es tan importante para mí. ¿Entiendes?

Suspiro. Pero no me atrevo a mirarle todavía, siento que esta ha sido una noche de oscuras revelaciones y tengo mucho qué analizar. Si es algo tan importante para él... debería aceptar que se acostara con otras personas. ¿Pero entonces por qué me produce esta sensación, esta especie de dolor profundo en el pecho? ¿Me da celos imaginármelo con otra mujer? Sí, debe ser eso... ¿Por qué? debería estar orgullosa, pese a mis rarezas ha dicho que no quiere dejarme y más aún, que conmigo quiere tener todo lo demás. No sé bien qué es lo que abarca ese "todo" pero me hace sentir especial. Es más de lo que me han dicho nunca y encima no me exige nada a cambio.

—Necesito que me digas qué estás pensando o me volveré loco.

Corta el hilo de mis pensamientos de inmediato. Está intranquilo, esperando a que añada algo a su argumento. Pero no sé qué decir.

—En cierto modo te entiendo. Aunque no deja de ser una actitud egoísta.

—Sí, lo es —admite sin dudar—. Soy egoísta. Pero también sincero, podría haberte dicho que no estaría con ninguna otra y luego hacer lo que me diera la gana. Tu nunca te enterarías y en tu ignorancia serías feliz. Aunque ese no es mi estilo, no quiero ocultarte las cosas. De igual forma te digo que no puedo compartirte con nadie, si prefieres estar con otro... tendrás que elegir.

Alzo el rostro para mirarle atentamente. Quizás quiero ver algún rastro de duda en sus ojos, pero no, no hay nada.

—Sabes que yo jamás podría estar con ningún otro —confirmo sin apartar un centímetro mis ojos de los suyos.

—Bien.

—Pero tampoco estoy segura de querer ignorar tus escarceos con otras —ahora sí se produce un cambio en él, sus cejas se fruncen hasta casi tocarse—. Me gustaría al menos tener la oportunidad de intentarlo, si no funciona, pues... aceptaré que estés con otras mujeres.

—Intentar el qué —me presiona negándose a leer entre líneas lo que quiero darle a entender.

—Me gustaría intentar tener una de esas relaciones contigo.

Desvío la mirada, avergonzada.

—¿Lo dices de verdad?

Asiento con discreción.

—Eso suponiendo que puedas conformarte conmigo... —trago saliva para intentar pasar el nudo de emociones que hay en mi garganta.

«¿Quién en su sano juicio podría conformarse solo conmigo?».

—Ingrid, ¿estás segura de querer dar un paso así? Es algo importante para ti, no debes tomártelo a la ligera.

—De lo único que estoy segura es de que quiero intentarlo. Si todavía sigue tu oferta en pie... comprendería perfectamente que te hubieras retractado, hay que ser realistas, mi inexperiencia y mis traumas jugarán siempre en mi contra.

Marcello esboza una frágil sonrisa mientras yo me hago aún más pequeña.

—Sin duda esto supone un reto muy grande para ambos, pero si estás dispuesta a intentarlo, yo estoy dispuesto a tener paciencia y esperar a que tú me concedas libremente ese gran honor. También me comprometo a no estar con ninguna otra, de momento... –hace una pausa y aprovecha a sostener nuevamente mi mano– Ahora bien, deberías proponerte una fecha límite. Creo que en tu situación de nada sirve improvisar y que las cosa sigan su curso. Necesitas señalar un día en el calendario para ir haciéndote a la idea.

Le miro sorprendida. Esta situación me puede. Instintivamente busco una pequeña brecha por donde escabullirme, salir del embrollo en el que estoy metida, pero Marcello me sostiene la mano con tanta firmeza que no puedo zafarme de él sin más.

Trago saliva, suspiro y vuelvo a fijarme en esos cuadros extraños que no significan nada para mí.

Puede ser de aquí una semana, tal vez dos. Sí, creo que él podrá esperar un par de semanas... pero enseguida arrugo la nariz ante esa conjetura, si espero demasiado me echaré atrás. Me conozco... ¿Qué puedo hacer?

Entonces vuelvo a encontrarme con su atenta mirada. Está callado, pero su rostro impaciente habla por él. Me presiona para que le ofrezca una respuesta.

—Mañana —mis pupilas enormemente dilatadas se topan con las suyas, que parecen el vivo reflejo de las mías. Quizás me he precipitado, puede que mañana sea demasiado pronto, por otra parte ¿qué sentido tiene esperar cuando ya me he decidido a intentarlo? Cuanto más espere será peor, demasiado tiempo para pensar puede fastidiarlo todo.

—Mañana, pues —acepta sin poner objeción.

Su confirmación me ha hecho flaquear. Él lo intuye y tira levemente de mí para hacerme salir de mi ensoñación.

—Yo me encargo de todo. Tú no te preocupes por nada. A las nueve pasarán a recogerte.

El estómago se me contrae. Tengo miedo y estoy nerviosa, una mala combinación.

—¿Tengo que llevar algo o ponerme un tipo de ropa que...? —Mi voz queda interrumpida por la vergüenza, soy un completo desastre para estas cosas, no sé hacerlo de otra forma, quizás porque para mí el sexo siempre ha sido algo traumático por todo lo que me tocó vivir siendo muy joven.

—Ponte algo normal, como siempre, eso sí, nada que se parezca a este vestido —le miro sin entender—. Necesito poder concentrarme y dudo que con algo así logre conseguirlo.

Mis pómulos se encienden nuevamente. Me muerdo el labio inferior mientras mi cabeza no deja de dar vueltas.

—Ahora no hablemos más de esto. ¿Te apetece ir a tomar una copa?

Asiento con la cabeza rápidamente. Necesito distraerme y olvidarme de la locura que voy a cometer mañana. Bueno, también puedo echarme atrás en cualquier momento, ¿no? Dadas las circunstancias él es plenamente consciente de que eso puede pasar, no debería molestarle. Ahora simplemente cierro los ojos, inspiro profundamente, y cuando vuelvo a abrirlos me prometo a mí misma no volver a pensar en este asunto.

CONTINUARÁ...

 


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