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Fecha: 15-Mar-19 « Anterior | Siguiente » en Gays

Tú, yo y tu hermano 1/2

Guitarrista
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Un curioso amor a primera vista. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

TÚ, YO y TU HERMANO 1/2

 

Estaba tan aburrido la noche del viernes, solo en mi apartamento, que aunque no me gustaba nada, decidí ir a un bar de ambiente gay del que me habían hablado muy bien. Me vestí con la ropa que más me gustaba, me perfumé y me fui en coche hasta una calle cercana, donde pude aparcar con facilidad.

Al doblar una esquina, en una terraza frente al paseo del río, encontré un buen ambiente que me pareció el preámbulo para una noche distraída. Lo primero que hice, antes de curiosear, fue entrar en el bar, acercarme a la barra y pedirme un combinado que me diera ánimos. No era barato, no.

Con conocer a alguien con quien hablar, me daría por satisfecho. Al poco tiempo de estar allí, rodeado de muchas personas, casi todos hombres que me parecieron de buen aspecto, mis ojos se posaron en un rostro que me resultó bellísimo. No sé si objetivamente lo sería, pero yo no había visto una mirada igual en mi vida. Me puse tan nervioso que ni siquiera me atreví a dar un par de pasos y decirle un hola.

Cuando bebí algo, e inquieto por salirme a fumar y calmarme, cogí mi vaso y caminé envuelto en la música y pasando con dificultad entre la muchedumbre; hacia la puerta. Sin darme cuenta, me encontré con aquel chico justo enfrente, casi pegado a mi cuerpo. Sus ojos se clavaron un instante en los míos y tuve que quedarme tan embelesado, que agachó la vista sonriente, como si fuese muy tímido.

Puse mi mano temblorosa en su hombro como para que me dejara paso y me miró con tal dulzura que salí del bar como sonámbulo.

En la terraza, no muy lejana a aquella puerta del bar, encontré una mesa que parecía haberse quedado vacía unos momentos antes, me acerqué, tiré de una silla y me senté de forma que pudiera observarlo.

Bebí casi sin darme cuenta; mirándolo embobado como si no hubiera visto un chico guapo en mi puñetera vida. Me pareció que de vez en cuando me miraba con disimulo. Creí que alguien más estaba pendiente de mí y me llevé la mano a la boca pensando que se me caía la baba. No me había pasado eso nunca.

En pocos segundos, el otro chico ―un poco mayor que nosotros―, el que me estaba observando, se me acercó contoneándose, muy afeminado, con el cigarrillo entre los dedos y la mano en alto, y se me puso enfrente para hablarme:

―¡She! ¡Muy buenas! ―saludó insinuante y serio―. Tú eres nuevo, ¿verdad?

―Sí, sí. Es la primera vez que vengo.

―Pues echa el freno, guapo.

―¿El freno? ―pregunté atolondrado.

―Sí, el freno, maricón. ¿O es que tú te crees que no te he visto mirando a ese? ¡Al de gris! ¡A ese de gris, maricón! Otra cosa no tendré, pero vista de lince… ¡Uf!

―¡Perdona! ―balbuceé―. ¿Eres el dueño del bar o algo? Es que no entiendo…

―¿Yo? ―Movió la mano meciéndola arriba y abajo―. ¡Qué más quisiera que ser la dueña de este emporio, maricón! Pero a ese, al de gris, cuidadito con tocarlo, ¿eh?

―¡Lo siento! ―le respondí tan amablemente como pude―. Solo le he hecho un gesto para que me dejara paso. No sabía…

―Vamos a ver, guapo. A mi Nico, ni rozarle un pelo, que para eso hay que echar una solicitud, y yo, soy la funcionaria que pone el sello de visto bueno, ¿sabes?

―¡Claro! ―Le sonreí para cambiar un poco el tono―. No te preocupes. No he venido nada más que a tomarme una copa. Si quieres sentarte aquí un rato… ―Le señalé la silla a mi izquierda y la miró sorprendido (o sorprendida).

―¿Me invitas? ―preguntó ya en otro tono, acercándose―. Si no molesto…

―¿Por qué vas a molestar? He venido a conocer gente, y ya que me habla alguien agradable…

―¡Anda, mira que amable! ―exclamó sentándose con gusto a mi lado y llevándose las puntas de los dedos a la mejilla sin dejar de mirarme―. ¡Uh, por Dios! ¡Qué perfume más bonito usas, maricón! En cuanto me han llegado tus efluvios se me ha puesto el chichi como una coquina.

―¿Te gusta? Es un perfume del montón.

―Del montón que yo te compraba con que me dejaras estar contigo media hora, guapo. No se ven aquí grandes cosas por las noches, ¿sabes? Y tú no me das ahora muy mala espina, ¡ya ves!

―¡Me alegro! ―le dije entre risas tendiéndole la mano de manera poco formal―. Me llamo Julio, ¿y tú?

―¡Uf! ―exclamó tras tragar un sorbo, evitando atragantarse y acercándose para zamparme dos besos―. A mí me dicen la Susi, ¿sabes? Y mucho respeto que se me guarda aquí. Tú pregunta por la Susi a cualquier maricón de estos, y te dice hasta mi número del DNI. Son como un GPS, maricón. Siempre saben dónde me meto.

―¡Pues encantado, Susi! Voy a pedirme otra copa. Si quieres tomar otra de eso que bebes, me lo dices.

―¡Maricón! ¿De verdad que me invitas a un whiskey? Es que esto es lo que yo tomo.

―¿Y por qué no? ―le dije ya levantándome y sin dejar de mirar al tal Nico de vez en cuando―. Quédate aquí, que no nos quiten la mesa.

―Como una estatua sedente de mármol, maricón. De aquí no me muevo… y cuidadito donde pones las manos, que yo lo vea.

Al volver a entrar en el bar para pedir las copas, otra vez me vi con el tal Nico a pocos centímetros:

―¡Perdona! ―le dije balbuceando―. ¿Me dejas pasar?

―¡Sí, claro! ―respondió sonriente pero con aquella maravillosa timidez―. Tú eres el que está con mi hermano, ¿verdad?

―¡Ah, tu hermano! ―le dije mirando afuera y comprobando que la Susi nos observaba―. Ahí estamos charlando un poco, ¿sabes? Si quieres, puedes venirte y tomamos algo.

―No lo sé… Ahora veré, ¿vale?

―¡Vale! ―exclamé disimulando la alegría por hablarle―. Voy a pedir.

Con el whiskey de la Susi y mi combinado explosivo, volví a pasar por el lado de Nico, el chico de gris, para salir a buscar a su hermano:

―¡Mira, Susi! ¿No te han puesto demasiado hielo? Yo creo que es para que parezca más. ¡Toma!

―¡Tú qué sabes! ―profirió quejándose y llevándose la mano a la frente―. Como yo entre para adentro, que no entraré, se va a enterar el Quino de a quién le ha echado el iceberg en el vaso. ¡Anda, que gasta mucho! ¡Será maricón…!

―¡Trae! ¡Dame! ―le dije haciendo un gesto para que me diera su vaso―. Voy a entrar a decirle al que me ha servido, que este whiskey es para la Susi. ¿Te parece bien?

―¡Mira que mamable! ―exclamó entregándome el vaso―. Dile a ese «nostradamus» que se va a enterar cuando lo coja en un callejón a oscuras. Y tú, lo dicho: cuidadito con mi Nico, que no te pierdo ojo, ¿eh?

Su Nico, el bellísimo chico de gris del que no podía apartar mi vista, estaba allí en un rincón charlando con otro y, aunque me miró retraídamente no quise acercarme. Al llegar a la barra, me pareció que el camarero ―que era el tal Quino―, sabía lo que iba a decirle:

―Es para la Susi, ¿verdad? ―me preguntó a voces.

―¡Sí, es para la Susi!

Mientras se llevó el vaso para traer otro, se me acercó Nico por la derecha y se colocó a mi lado mirándome casi con temor:

―Tú no has venido aquí nunca, ¿verdad? ―me preguntó en un tono apocado―. Es que como te he visto con mi hermano, he pensado que a lo mejor ya lo conocías de antes…

―¿Y quién no conoce a la Susi, Nico?

―¿Cómo sabes mi nombre? ―profirió asombrado―. Te lo ha dicho él.

―Sí, me lo ha dicho él. Ha pensado que yo intentaba ligar contigo… ¡Ya ves!

―¡Am! ―dijo pensativo―. ¿Ligar conmigo? ¡Anda que no está loco mi hermano!

―Yo no te he dicho nada…

―¡No! ―pareció hablarme más suelto―. ¿Vais a seguir bebiendo ahí afuera?

―¡Sí, claro! ¿Te vienes? ―le rogué entusiasmado.

―Sal tú… ―titubeó―. Ahora voy yo.

Me dio un vuelco el corazón solo de pensar que Nico saliera y se me sentara al lado. Su hermano, la Susi, no apartó la vista de mí hasta que llegué a la mesa:

―¡Muchas gracias, guapo! ―exclamó mirando su vaso―. Ahora esto sí que es un whiskey en condiciones… ¡Hm…! Y ya veo que a mi Nico no le caes nada mal. A ver si a lo largo de la noche voy a tener que sacar mi oficina portátil y hacer una solicitud…

―¿Tengo que solicitarlo formalmente? ―bromeé mientras me sentaba otra vez a su lado.

―Te gusta, ¿verdad? Es que una tiene a su lado a gente muy valiosa, maricón. Por los ojos esos tan bonitos con los que lo miras, y esa extraña sonrisa que te ha echado… ¡Hm! No me extrañaría nada. Lo conozco como si lo hubiera parido. Y yo siempre la última de la fila, ¿no te jode? ¡Ay! ¡A ver si mi Nico se echa un novio en condiciones de una vez!

―¡Vamos a ver! ―inquirí―. ¿No sale con nadie a su edad? ¡Es guapísimo!

―¿Salir con alguien, maricón? Ya yo me hubiera enterado pero… si fuera con alguien como tú, podría ser… ¿Por qué no?

―¿Cómo que como yo? ―pregunté al mismo tiempo ilusionado y asustado―. ¿Por qué dices eso, Susi?

―¡Hijo! Con ese palmito, esa cara, esos ojos, esas ropas y ese perfume, el que no se te acerque, o es que es miope o ya tiene Alzheimer; una de dos. Yo, como ya estoy acostumbrada a que no me miren… ¡Aunque me ponga las bragas transparentes!

―Pues eres muy simpático, la verdad ―dije sinceramente―. No me extraña que todo el mundo te conozca. Lo que no sabía es que Nico es tu hermano… ―Puso un gesto de sorpresa―. Me lo ha dicho él ahora.

―Como si te quiere decir misa en latín, guapo. En lo que él decida, yo no me meto. Lo que no quiero es que se le acerque un maricón, me lo desvirgue y lo deje tirado.

―La verdad… ―comenté dudoso―. Es que es un chico que parece tímido y es cierto que no debería acercarse a cualquiera. ¡No sé! ¡Me gusta tanto! No me fio un pelo de estos sitios…

―¡Uh! ¿Tú qué sabes, maricón? Aquí hacía yo una purga de indeseables, los ponía a todos en fila y los mandaba para Guantánamo. ¡Hay que tener mucho cuidadito! Y tú también, que no eres mal partido, maricón. Una cosa así querría yo para mí, pero yo ya soy muy vieja.

―¡Venga, no digas eso, Susi! Los dos tenéis… una cierta belleza ―apunté sin querer hablarle demasiado claro―. Se nota que sois hermanos. El día menos pensado, encontráis a alguien que os merezca la pena.

―No, si merecernos la pena… a mí, por lo menos, me la merece más de uno. Lo que pasa es que mi hermano es tan tímido…

―¡Oye! ¿Está triste por algo? No sé…

―¡Verás, maricón! Te cuento esto en confianza porque sé de qué pie cojea cada uno ―Me pareció que pensaba un poco y cambió de gesto―. Nico vive conmigo en mi casa, ¿sabes? Es que… mis padres murieron hace unos años y yo no iba a dejar a mi hermano con cualquiera.

―¿Estáis solos? ―pregunté con verdadero interés.

―Sí, bonito. Yo soy como su madre. Le pongo su comida, le lavo sus calzoncillos, sus calcetines, le plancho, le preparo su comida… Lo tengo lo más cuidadito que puedo, maricón; que no entra en casa mucho con lo que llenar la cartera.

―¡Lo siento! ―balbuceé al ver cómo la Susi se me sinceraba―. Si puedo ayudaros en algo…

―¡No, corazón! Yo lo saco adelante como puedo. Ahora que sé que le gustaría tener un novio, me lo traigo aquí por las noches y estoy pendiente. ¡Ya lo has visto! ¡Pues anda que no te he calado yo pronto! Si se te ve en esos ojos, maricón. Tú eres más bueno de lo que tú mismo te crees. ¡Calla! ¡Que viene!

Efectivamente, al mirar a la puerta del bar, vi a Nico dirigirse hacia nosotros ―más bien hacia su hermano― con la intención de quedarse un rato, y no pude sentirme mejor.

―¿Qué haces, Nico? ―le dijo la Susi cuando se fue hacia su lado―. Siéntate al lado de Julio, que a mí me tienes dándote el coñazo todo el día.

Nico me miró dudoso pero sin perder aquella tímida sonrisa. Me fijé en un instante en su ropa. El chico de gris, llevaba un jersey anticuado, como sus pantalones y sus zapatos, y su corte barato de pelo. Demasiado humilde para tanta belleza. Quise imaginar aquel rostro feliz y su cuerpo vestido con buena ropa.

Cuando se sentó a mi lado, me saludó con un gesto y le habló a su hermano:

―No sé, Susi… ―le dijo quejumbroso―. He bebido demasiada Coca-Cola y tengo el estómago revuelto.

―¿Quieres que vayamos ahí al lado y comes algo? ―le preguntó con cariño―. Una hamburguesa, ¿vale?

―¡Os acompaño! ―exclamé al instante levantándome con la intención de invitarlo.

―¡Uh! Pero, ¿qué dices, maricón? Si te vienes con nosotros, nos roban la mesa y hay mucha noche por delante. Tú te quedas, que volvemos pronto.

Apenas se habían levantado y dado unos pasos cuando vi que la Susi se llevaba las manos a los bolsillos y miraba alrededor por el suelo.

―¡Anda, coño! ¿Y ahora qué? Algún hijo de su puñetera madre me ha robado la cartera. Y no lo siento por el dinero, sino por el trastorno de los papeles.

―¡Ven aquí! ―Le hice señas a Nico sacando mi cartera―. ¡Toma! Creo que con diez euros puedes comer lo que te apetezca.

―¡Esto es mucho! ―exclamó como si le hubiera dado uno de los grandes.

―Gasta lo que necesites y me das la vuelta. No me importa.

―¡De eso nada, maricón! ―gritó la Susi acercándose―. Ya me buscaré la vida. Guárdate eso y mañana lo pago. ¡La puta madre que parió al chorizo! El trastorno que tendré ahora, si no aparece, para arreglar papeles…

―¡Escúchame, Susi! ―bajé la voz porque nadie tenía que enterarse de lo que había pasado―. No pretendo daros ninguna limosna. Dime cuánto necesitas para hoy, y te lo llevas. Para tu hermano y para ti. Mañana vengo, y los días que queráis; así me los devuelves cuando puedas. ¡Lleva a Nico a comer algo, por favor!

Me miró emocionado sin dejar de echar un vistazo por el suelo de los alrededores y, con timidez, avergonzado y a punto de llorar, quiso tapar su rostro para que su hermano no lo viese:

―¡Que se me va a correr el rímel, coño! Déjame que te dé un beso, Julio. Ya sabía yo que tú eras un tío como Dios manda. Yo no quiero nada para mí, guapo, pero a mi hermano que no le falte.

―Eso pienso yo también, Susi. Te ayudaré cuando pueda a arreglar los papeles que te hayan robado. No hay que preocuparse demasiado.

Una simple sonrisa un tanto forzada por su situación, fue la despedida. Caminaron por la acera hasta doblar la esquina y me senté, como él dijo, como una estatua sedente de mármol, a esperar a que volvieran. En poco tiempo, después de fumarme un par de cigarrillos, verdaderamente preocupado, los vi venir con otro ánimo. En el rostro de Nico asomaba una expresión más alegre.

―¡Ten, Julio! ―me dijo Nico dándome la vuelta de forma que nadie lo viera y rozándome la mano―. No he gastado casi nada.

―¡No, no! No me habéis entendido bien, Nico. Os va a hacer falta para volver a casa, supongo.

―A andar ya estamos acostumbrados ―replicó la Susi―. Mañana, te vienes y te doy lo que le has dado al niño. ¡Ha comido de la muerte!

―Tengo coche ―farfullé―. Si queréis, puedo acercaros a vuestra casa.

―Te voy a parecer una entrometida, maricón ―me confesó con sinceridad―. Nuestra casa es muy modesta, ¿sabes? Pero si nos llevas, me gustaría ofrecértela si quieres pasar la noche con nosotros. Mañana te devolveré el dinero y saldremos a tomar algo por algún sitio. Yo quiero invitarte.

―¡Claro! ―No podía negarme a una oferta tan sincera y tenía una curiosa necesidad de saber dónde vivía Nico―. Yo os llevo y os hago compañía en casa hasta mañana. Me gustaría mucho, de verdad.

―¿Te vienes a casa? ―exclamó Nico muy entusiasmado―. Puedo hacerte sitio para dormir.

―Sí, maricón ―intervino la Susi―. A mi Nico le haría mucha ilusión. Como estamos siempre los dos tan solos… Lo que vas a conocer es un rincón húmedo de una buhardilla. Él no le da importancia. Yo no te dejo sitio en mi cama porque eso es cosa de hombres, maricón. No vayas a pensar ahora que quiero monsergas contigo.

―Me sorprende la alegría que tienes siempre encima, Susi ―le dije riendo.

―¡Uf!, bonito, yo no me pongo triste ni en los funerales.

―¡Venga! ―sugerí―. Nos tomamos la penúltima, que yo invito. Luego, cuando queráis, os llevo a casa.

Nico, sin poder disimular su sonrisa, volvió a sentarse a mi lado… pero tiró un poco de la silla para pegarla a la mía.

―Tú quédate ahí sentado, maricón ―me dijo la Susi―. Yo pido para los tres y mañana que me cobre el Quico… Por habernos cobrado hielo a precio de whiskey.

―¿Tú qué bebes, Nico? ―le pregunté volviéndome un poco hacia él―. Si te ha sentado mal tanto refresco…

―Yo… ―respondió con timidez pero sin parpadear―. Me tomaré una cerveza. No he probado el alcohol y después de comer…

Su hermano se fue a por las bebidas y nos miramos prudentemente. Nico me pareció nervioso, como incómodo, y le saqué conversación:

―Así que tienes sitio para mí en tu casa, ¿eh?

―Bueno… quiero decir que yo duermo en otro sitio y tú duermes en mi cama.

―No voy a permitir que hagas eso; lo sabes. Yo dormiré como sea, porque no me importa.

―Bueno, mi cama no es muy ancha, pero tampoco es estrecha…

―No sé si a tu hermano le va a gustar mucho la idea de que me acueste… en tu cama. Mejor os dejo en casa y por la mañana voy a buscaros y salimos a tomar algún aperitivo. Me gustaría invitarte… invitaros… a un sitio que te va a gustar mucho… ―No pude evitar clavar mis ojos en los suyos―. Tanto como tú me gustas a mí ―concluí sin pensarlo demasiado.

―¿Sí? ―musitó con curiosidad―. No sé si a mi hermano le gustará esto.

―A él le gusta, Nico ―afirmé―. Sé que le gusto. No sé lo que piensas de mí, pero sé lo que pienso desde el momento en que te vi.

―Ya lo sé. Yo también te estado mirando… solo de vez en cuando…

―¿Te gustaría que habláramos un rato de ti y de mí?

―¡Claro! Me gustaría mucho…

Dejó de hablar cuando vio que su hermano salía del bar con las copas para ponerlas en la mesa:

―¡Cuánto maricón, coño! ―protestó―. Parece que regalan las copas y no llevan nada más que agua. ¡Menudo negocio!

―Estaba a punto de decirle a tu hermano que necesito un joven ayudante en mi librería ―Nico me miró asustado al oírme―. Tal vez, esta semana, podría venirse conmigo a echarme una mano para clasificar algunas estanterías. ¿Tiene ropa así como para estar de cara al público?

―¡Vaya, maricón! La verdad es que yo no puedo comprarle mucho. El jersey gris, ese tan… colorido, es un regalo de nuestra tía Daniela, que nos da todo lo que le sobra. Los pantalones, se los regaló…

―¡Calla, Susi! ―gritó Nico visiblemente enfadado y avergonzado, al oír que su hermano descubría el origen de su triste indumentaria.

―Eso no importa ahora ―le dije observando su cuerpo por encima―. Tengo ropa mía que te va a quedar muy bien. En cuanto ganes tu primer sueldo, compras lo que te guste a tu antojo.

―¿Mi primer sueldo? ―exclamó feliz mirándome fijamente―. ¿Me vas a dar trabajo?

―¡Por supuesto! En casa, encerrado, sin hacer nada, no aprenderás, así que te vas a venir conmigo a la librería. Te enseñaré y empezarás a ganarte tu vida y a ayudar a tu hermano. Nadie os va a regalar nada.

―¡Vaya, maricón! ―musitó la Susi pausadamente y descolocada―. Yo pensaba que tenías que ser un pedazo de tío, pero me parece que no vamos a encontrar a otro como tú. Yo, siendo en beneficio de mi Nico, lo que tú quieras.

―¡Sí, Susi, por favor! ―rogó Nico―. Dile que se quede conmigo en casa. Mañana quiere invitarnos a comer algo y, si me da trabajo…

―¿Eso es lo único que te interesa de Julio, cojones? ―protestó su hermano―. Podrías darle un poquito de afecto, ¡digo yo!, que de eso te sobra y está el pobre que no te quita ojo, ¡vamos!

Hubo un silencio un tanto largo y me atreví a mirar a Nico con seguridad. Me estaba jugando el tenerlo a mi lado. No podía apartarme de esa belleza que iba a quitarme el sueño durante meses:

―¿Me das un beso? ―le dije―. A tu hermano no le va a molestar; te lo aseguro.

No me dejó tiempo para reaccionar. Como había pegado su silla bastante a la mía, apenas tuvo que moverse y, cuando pensé que me iba a besar la mejilla, colocó sus manos en mi cuello y me besó en los labios con una exquisita ternura:

―Estaba deseando ―musitó retirando sus manos lentamente―. ¡Lo siento!

―¿Qué pasa, maricón? ―me dijo la Susi casi enfadada―. Dale tú ahora un beso a mi Nico, que me lo tienes loco.

 

Poco después, Nico se sentaba a mi lado, en el asiento delantero del coche, porque su hermano no dejó que se sentara atrás. Me fueron diciendo por dónde ir hasta su casa, en un suburbio lejano al este de la ciudad, hasta que paré en la puerta y le di las buenas noches:

―Que descanséis ―les dije antes de que se bajaran.

―¿Qué coño, maricón? ―exclamó la Susi en voz baja acercándose a mí―. No nos hagas esto, aparca en condiciones y te subes a casa. Tengo un caldito de pollo que nos hará entrar en calor. Ya nos apañaremos. ¿Me vas a rechazar la invitación, guapo?

―¡No, no! ―me excusé―. Es que no quiero molestaros…

―¡Vamos, Julio! ¿A estas alturas piensas que me crea eso? Si no te gusta nuestra humilde morada, me lo dices y ya veremos lo que hacemos.

―¡Yo no he dicho eso! ―largué―. Es que no sé si sería lo correcto acostarme con…

―¡Aparca y baja, cojones! ―interrumpió.

Nico permaneció en silencio, casi todo el tiempo, aunque no apartó la vista de mí. Su pequeño estudio, con una sola habitación grande, aunque era humilde, no era un sitio húmedo ni inhabitable. Allí mismo había dos camas ―no muy estrechas, como me dijo Nico― muy bien hechas y con todo muy limpio y ordenado.

Cuando llegó la hora de dormir, Susi se cambió de ropa y se fue a un rincón a quitarse algo de maquillaje ―o eso me pareció―, ignorándonos, mientras Nico, sentado a mi lado en su cama, me habló balbuceando:

―No sé, Julio… ¿Qué hacemos?

―No hay por qué preocuparse, Nico. Vamos a desnudarnos y nos echamos a dormir. Te veo cansado.

―¡Supongo! Pero… ¿a dormir?

―Eso sí que no lo sé. Prefiero que tú decidas.

―Vamos a desnudarnos y apagamos la luz.

La Susi, como si no estuviéramos allí al lado, se metió en la cama, se tapó hasta la cabeza y se volvió hacia la pared. Nosotros, ya en calzoncillos, mirándonos de vez en cuando con disimulo, nos acostamos bastante juntos en su cama que, para colmo, se hundía hacia el centro.

Su cuerpo quedó pegado al mío por la espalda y su brazo se entremetió bajo las mantas para colocarse sobre mi costado y acariciar levemente mi pecho. Quise que me tragara la tierra cuando me empalmé irremediablemente.

Movió su mano, poco a poco, para ponerla sobre mi cadera y meter uno de sus dedos en mis calzoncillos. No pude evitar lanzar una mezcla de gemido y suspiro.

La Susi, sin encender la luz, con lo poco que alumbraba una farola de la calle, se levantó cuidadosamente, se puso unos pantalones y se echó por encima su viejo pero llamativo abrigo. En pocos segundos, salió por la puerta y cerró procurando no molestar.

―¿A dónde va tu hermano a estas horas, Nico?

―No, no pienses que se va a la calle otra vez. Lo conozco. Tiene las llaves de los vecinos, que están fuera hasta el lunes. Creo que se ha ido a dormir allí.

―Imagino que sabes por qué ha hecho eso, claro.

―Lo sé de sobra ―musitó volviendo a acariciarme con mucho tacto―. ¿Puedo besarte?

―Eso no me lo preguntes ―musité volviéndome hacia él―, lo haces cuando lo desees.  Con tenerte a mi lado y mirarte, tan de cerca, me conformo.

―Yo no, Julio. Me gustaría tenerte y sé que no te merezco.

―¡Que no te vuelva a oír decir eso! No sabes cuánto te he buscado; toda mi vida.

Me moví como pude para abrazarlo y, viendo que se ponía nervioso y no sabía por dónde empezar a acariciarme, eché mi pierna por encima de su cuerpo y acabé cubriéndolo con mi pecho, acariciándolo y besándolo tanto como pude.

No se quedó inmóvil. Supe que me deseaba tanto como yo a él y, aunque no eran ni el momento ni el lugar más adecuados, nos quedamos desnudos y nos limitamos a rozarnos para darnos un placer sencillo pero sincero.

Así estuvimos mucho tiempo; haciendo crujir la cama. Él pudo explorar todo mi cuerpo y yo el suyo y, después de muchos besos, caricias y roces, nos masturbamos mutuamente sin pensar que lo íbamos a llenar todo.

―No te muevas, ¿vale? ―me dijo en susurros para pasar por encima de mi cuerpo y bajarse de la cama―. Voy a traer para limpiarnos. Si mi hermano se da cuenta…

―Tu hermano, Nico, sabe de sobra lo que está pasando. No se va a asustar ni a enfadar por esto. Al revés; creo que ha sido él el que nos ha ayudado a que estemos juntos. Se lo debemos.

―¡Bueno! ―titubeó―. Traigo la toalla para secarnos un poco. No vamos a dormir toda la noche mojados, ¿no?

―¡Venga! ¡Claro! No me tardes, Nico. No quiero estar sin ti a mi lado.

―Yo tampoco ―lo oí gemir recorriendo la habitación―. ¿Por qué no fuiste antes a buscarme? Creí que nunca iba a poder hablar contigo…

―Vuelve a la cama, Nico. Vamos a pasar mucho tiempo juntos.

Nos dormimos abrazados. Supe enseguida que debería estar agotado. Con solo saber que lo tenía allí tan cerca, para mí, porque él también lo deseaba, no pude dormir en casi toda la noche.

Al amanecer, cuando ya entraba bastante luz por la ventana, oí que se abría la puerta y vi entrar a la Susi con sigilo. Los ojos de Nico, muy abiertos, estaban clavados en los míos.

―¡Buenos días, parejita! ―saludó canturreando―. Aquí, la reina de la noche con un desayuno para todos que os va a quitar el sentido… ¿Cómo se ha pasado la primera noche?

―Muy bien, gracias ―dijimos un tanto retraídos.

―Imagino que fantástica de la muerte para los dos. Con esa cara que se os ha puesto… ¡Anda, Julio! Pasa tú a la ducha primero. Te daré unos calzoncillos limpios de tu Nico y ya lavaré y plancharé los tuyos y te los doy mañana. Puedes salir de la cama desnudo, ¿eh? Yo no me escandalizo, maricón, sino que así le doy gusto a mi vista… ¿O no?

―No te pongas los sucios, Julio ―me susurró Nico acariciando mi cuello sin pudor―. Estamos acostumbrados a andar en pelotas en verano… y así te veo, que anoche estaba muy oscuro.

―Así me gusta ―le contesté feliz―. Nunca dejes de decirme lo que pienses.

―No; no voy a hacerlo. He aprendido contigo en una noche más que en toda mi vida.

―Y más que vas a aprender ―dije ya destapándome para bajarme de la cama en pelotas―. Voy a la ducha, desayunamos y nos vamos a dar un paseo. Quiero llevar a… mi Nico a un sitio que le va a gustar mucho ―Miré a la Susi que escuchaba con atención―: Y tú, maricón, te vas a venir con nosotros a donde vayamos.

―¡Oj! ―exclamó mirándome sin recato―. Si yo tengo algo así para mí, lo gasto en menos de una semana. Pasa a la ducha, guapo. Ahora irá tu novio.

Cuando salí del pequeño cuarto de baño, me di cuenta de por qué no habían insinuado que nos ducháramos juntos. Apenas cabía una persona:

―¡Ea! ―exclamé―. ¡Ya estoy nuevo!

―Te he dejado los calzoncillos limpios en esa silla ―indicó la Susi―. Póntelos antes de que caiga enferma. Son de tu Nico, así que no te estarán mal.

―Quiero llevarlo a una tienda de ropa que abre hoy también ―comenté―. Me gustaría que él mismo la eligiera a su gusto.

Susi me miró en silencio espantada y Nico saltó de la cama asustado:

―Pero, ¿qué dices? No gastes dinero. Si voy a trabajar, ya me la compraré.

―Me la debes si lo prefieres, bonito. Entra a la ducha si no quieres que yo también me ponga malo delante de tu hermano.

―¡Oy, oy, oy! ―exclamó la Susi al ver que nos besábamos un instante en pelotas―. Si lo sé, me vuelvo hombre. ¡Qué alegría de mi Nico!

 

A veces, solo basta con estar en el sitio adecuado y en el momento adecuado. Mi vida había cambiado para siempre.

 

Nota al lector: Envíame un comentario si te gustaría saber qué les pasó a Julio, Nico y Susi en los siguientes días. Gracias a todos.

 



© Guitarrista

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