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Fecha: 12-Mar-19 « Anterior | Siguiente » en Intercambios

Diario de un Consentidor 119 Ambigüedades

Mario
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Tiempo estimado de lectura: [ 66 min. ]
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Esta es una historia de deseos, emociones, placeres, dudas, decisiones y pensamientos, es la historia del camino que nos llevó a Carmen, mi mujer, y a mí a lanzarnos a vivir las fantasías inconfesables que sin saberlo compartíamos en silencio cada vez que hacíamos el amor. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Capítulo 119

Ambigüedades

—Es demasiado Carmen, me temo que he llegado a un punto de saturación. Y lo intento, de verdad que lo intento pero hace un rato en la cama, no he podido más; Doménico, Irene, Carlos… ¿qué espacio queda para nosotros?

La inmensa tristeza que reflejaba al hablar la estaba rompiendo, ¿cómo decirle que lo amaba por encima de todas esas personas? ¿cómo hacerle entender si ella misma no lo entendía? Se tragó las lágrimas que estaban a punto de brotar y enfocó la crisis como estaba acostumbrada a hacer: De frente.

—Tienes razón; vamos a hacer una cosa: Pongamos sobre la mesa todas la variables que nos afectan. También tenemos que valorar la influencia que va a tener Graciela, no la vamos a excluir ¿no crees? Y no podemos olvidar a Elvira, estoy convencida de que su regreso nos va a afectar de un modo u otro porque te vas a implicar en su recuperación, de eso estoy segura.

—No estamos hablando de lo mismo, mi relación con Graciela no ha tenido la… —Vaciló, parecía no encontrar las palabras adecuadas.

—¿Qué es lo que no ha tenido? Continúa por favor, sé claro; ¿la indecencia que han tenido mis relaciones?

—La repercusión.

—Ya. Es igual, hablemos entonces de tu faceta bisexual, ambos sabemos que no se va a quedar en una experiencia aislada, has probado lo que se siente y vas a querer desarrollarte, lo entiendo. Lo que te pido por favor es que no vuelvas a hacerlo en un entorno tan sórdido y peligroso como el que elegiste para tu iniciación.

—No tenemos por qué atacarnos.

—No es mi intención, solo quiero exponer todos los elementos que van a intervenir en nuestra pareja; tú has mencionado los que te afectan: Doménico, Irene, Carlos; y yo he citado los que faltaban: Graciela, Elvira, tu bisexualidad; así disponemos del panorama completo.

—¿Por qué nos hemos complicado tanto la vida, por qué?

—Eso no nos lleva a ninguna parte, centrémonos en afrontar el futuro ¿o acaso piensas que podrías renunciar a Graciela o ignorar a Elvira cuando te diga que ya está en Madrid? —Apuró unos segundos para que pensara en ello—. No cariño, sabes que eres tan responsable de tus acciones como yo lo soy de las mías.

—¿Cómo me puedes comparar…? Es igual Carmen, no quiero discutir, dejémoslo.

—¿Comparar dices? No sé si lo has llegado a pensar pero esa frase que me hiciste repetir te representa tanto como a mi; sitúate por un momento en la sauna y repítela conmigo: «No sabes cuánto me gusta meterme una polla en la boca y…

—Déjalo, no hace falta que sigas, lo he entendido.

Lo vio abochornado y sintió lástima, no pretendía herirlo pero tenía que hacérselo entender: su sentido de la ética había cambiado, no solo la de ella; cuanto antes lo aceptara antes comenzarían a reconstruir la pareja.

—Es verdad –contestó ya repuesto—, no tengo derecho a juzgarte, me propuse no hacerlo aunque a veces no he cumplido con mi intención; no soy un buen ejemplo.

—Basta de reproches, lo hecho, hecho está, miremos hacia delante, terminemos lo que hemos venido a hacer; solo me quedan un par de temas por tratar contigo y podremos dar por concluida esta etapa si es que estamos de acuerdo.

—Pues entonces hagámoslo cuanto antes.

—Es muy tarde, tenemos que descansar.

—Estoy bien, podemos seguir.

La ojeras le marcaban el rostro, estaba demacrado, ella misma se sentía agotada, apenas había dormido una hora.

—No Mario, ha sido un día muy duro, necesitamos dormir.

—Voy a hacer café, ya dormiremos, estamos hablando no podemos cortar ahora.

Otra vez volvía a hacerlo, otra vez imponía su ritmo. Se rindió; si es lo que quería…

—¿Dónde vas? —Algo vi en ella que me alertó, no podría precisar qué fue; el desaliento con que abandonó el sofá, el paso enérgico con que caminó hacia la escalera, no lo sé.

—Ahora vuelvo.

—¿Qué vas a hacer?

Se detuvo en seco y apuntó con las dos manos al borde del jersey donde nacían sus muslos.

—En primer lugar, ponerme unas bragas y un pantalón ¿te parece bien? Luego me voy a lavar la cara y si me dejas me peino un poco.

—Carmen, voy a hacer café, con eso nos despejamos.

Estaba en el umbral cuando mis palabras agotaron su paciencia.

—¿Ahora me vas a controlar? —Salió sin esperar respuesta; diez minutos después nos reuníamos en la cocina, traté de mirarla pero cada intento topó con su espalda, ¿me evitaba o era yo el que estaba obsesionado buscando alguna huella en su rostro?. Rechazó el café, vació una tónica en un vaso con dos hielos y volvimos en silencio al salón; ya cuando nos sentamos en los sillones pude verle los ojos.

—No tenías necesidad de eso. —El vaso restalló sobre el cristal de la mesa.

—¿Tengo que recordarte que no fui yo quien se empeñó en que fuera a por ella?; es más, me negué, casi te rogué que no insistieras; no me vengas ahora dando consejos, por favor. —Estaba indignada, seguía mirándome mientras construía el resto de su alegato—. No sabes nada, nada de esto; lo único, que tu nivel de tolerancia es mínimo, ya lo he sufrido bastante, pero yo no soy tú; deja de intentar controlarme como si fuera una niña, no lo habías hecho antes y no te lo voy a consentir ahora.

Tomó una gran bocanada de aire por la boca y lo expulsó despacio para calmarse; la irritación le provocaba un ligero temblor.

—Deja de mirarme.

Se levantó y fue hasta el mueble, cogió la ginebra y se sirvió algo menos de lo habitual; se mantuvo de espaldas agitando el vaso hasta que debió de considerar que estaba lo suficientemente serena para continuar.

—¿Podemos hablar cómo dos personas adultas? —propuso.

—Claro.

—Tenemos un proyecto en común, al menos yo sigo queriendo rescatarlo y continuar adelante contigo. En estos meses han aparecido personas que en algún sentido forman parte de nosotros y no creo que podamos prescindir de ellas; unas están muy presentes: Graciela, Domi, Irene; otras son en mayor o menor grado una incógnita: Carlos, Elvira. —Removió el vaso y me miró sondeando el efecto de sus palabras—. Y luego está tu bisexualidad, lo que pretendas hacer para desarrollarte y como vayas a hacerlo. Todo eso es lo que tenemos que integrar en nuestra pareja.

Se llevó el vaso a los labios, yo mimeticé el gesto con la taza; estaba intrigado por el rumbo que le iba a dar al discurso.

—De mí lo conoces todo, no he parado de hablar desde que llegamos, puede que demasiado. Sin embargo tú, ¿qué has hecho?, permanecer callado guardándotelo todo salvo el episodio de la sauna; me he esforzado tratando de que te abrieses pero ha sido inútil. A estas alturas no sé cuáles son tus planes sobre Graciela o Elvira y mira que te lo he pedido. No haces más que echarme en cara mis intenciones respecto a mis parejas y tú…

—Mis parejas —repetí con desdén. Me miró molesta; la había interrumpido como si lo único sustancial fueran esas dos palabras. Qué estúpido, otra vez la estaba defraudando.

—A esto me refiero, siempre tienes en la boca el reproche adecuado que echa por tierra cualquier intento de concordia; no sé cómo lo consigues Mario pero yo lo voy a intentar hasta el último momento. —respiró profundamente y continuó. —. Si, mis parejas: Doménico, Elvira, puede que Carlos; mis parejas, como Graciela es tu pareja; jamás se me ha pasado por la cabeza pensar en ella de otra forma; ¿tu… amiga?, no, os respeto demasiado a los dos; además es que la siento como tu pareja, no me produce ningún malestar reconoceros ese vínculo. Así que voy a continuar si no me interrumpes. Como te decía me echas en cara mis planes con respecto a mis parejas, planes que en ningún momento te he ocultado mientras que tú no me cuentas qué es lo que vas a hacer cuando regresemos a casa: ¿Piensas mantener una relación paralela con Graciela?, no lo sé. Vas a ayudar a Elvira con su divorcio, ¿y luego qué? ¿Es que no soy nadie para que cuentes conmigo? Yo he sido clara, te he dicho lo que quiero, lo que pienso pero tú no, tú te lo guardas y creo que me quieres enfrentar a una política de hechos consumados, que día a día me encuentre con que Elvira va formando parte de ti, que Graciela se vaya integrando en nuestra pareja, como si no necesitásemos hablarlo. ¿Por qué Mario, por qué te asusta tanto reconocer que nuestra vida ha cambiado?

Tenía razón, Carmen desde el principio se mostró abierta, receptiva a aceptar a Graciela; enseguida se hicieron amigas y gracias a ello pudieron ayudarse y ayudarme a superar algunos momentos críticos, sin embargo mi conducta fue bien diferente; una y otra vez rechacé la mano tendida de Doménico cuando trató de mediar en nuestra ruptura y me negué a intentar conocerle, igual que me había cerrado a escucharla con la mente abierta desde que llegamos aquí. Durante toda la semana me había estado pidiendo que me expresara y yo había sido incapaz; bloqueado en mi mutismo dejé que fuera ella quien mostrase todo, lo bueno y lo malo sabiendo que eso la ponía en una situación de fragilidad extrema. Qué cómodo había sido para mi dejarla hablar colocándome en el papel de marido ultrajado, de juez implacable, de psicólogo eminente; qué fácil me resultó evitar abrirme y callar lo que no quería reconocer: No podía vivir ya sin Graciela; tampoco iba a renunciar por segunda vez a Elvira, mi primer gran amor ahora que la estaba recuperando.

—Nunca pensé… —Se me cerró la garganta—. Nunca creí que sería tan cobarde. Tengo miedo Carmen, tengo miedo a confesar lo que siento.

—Lo sé pero tienes que hacerlo, si queremos seguir adelante es el momento de que seas sincero conmigo.

—Miro al futuro y… no me veo sin Graciela; la idea de no tenerla conmigo me provoca un dolor lacerante; no sé si será capaz de vivir una relación como la que nosotros le ofrecemos y se me parte el alma. La quiero, no te imaginas cómo la quiero y cada vez que pienso las dificultades que vamos a tener me hundo. —Carmen me acariciaba la sien, no me interrumpió, siguió deslizando las uñas por mi cabello y me dejó hablar—. Supongo que no estoy diciendo nada que no te hayas planteado con respecto a Irene, pero…

—Pero te lo has estado tragando tú solo.

—Si. Y sobre Elvira… es cierto, no quiero volver a perderla, el reencuentro ha reavivado tantas emociones que creí apagadas… Sabes lo que significó para mí y estoy ilusionado, fuimos grandes amigos y pudimos ser algo más, creo que es el momento de recuperarlo, además va a necesitar a alguien que la apoye en todo el proceso de separación, va a ser duro. —Ella me escuchaba con esa serenidad que me conmueve y me hizo sentir egoísta.—. Creo que te entiendo más de lo quería creer, me rebelaba a aceptar lo que sientes por Irene o por Carlos, porque en el fondo me sentía tan identificado que me daba miedo aceptarlo.

—Lo se cariño, lo he sabido siempre, pero tenías que ser tú quien lo descubriera.

—Y en cuánto a mi bisexualidad, es lo que menos me preocupa ahora mismo pero te prometo que cuando me proponga continuar lo sabrás de antemano y por supuesto no volveré a ponernos en riesgo. No es así como me gustaría desarrollar esa faceta de mi personalidad.

Me perdí en el recuerdo de la sauna; no era ese el mundo del que quería formar parte; No sabía cuándo pero llegaría el momento en el que querría experimentar mi lado bisexual y deseaba que no fuera tan oscuro. Carmen permanecía a mi lado pensando sin duda en los retos que nos esperaban. Necesitábamos ese tiempo perdido en reposar las ideas, las emociones, necesitábamos esa tranquilidad sin palabras, sin debate.

Entonces, como si en mitad de una coral hubiera sonado una voz discordante…

—¿Y Claudia? ¿y Tomás? ¿no forman parte también de esta ecuación?

Se incorporó, supe que había tocado una llaga.

—Todavía he de dar gracias porque Claudia tenga tan claros los límites en los que se mueve; si aquel día me hubiera llegado a poner delante una jeringuilla…

Nunca se me pasó por la cabeza tal cosa y cuando la escuché, la imagen del desecho en que podría haberse convertido me produjo un espanto indecible. Lo aparté, lo aparté invadido por un temor irracional a invocar una desgracia por el mero hecho de pensarla. Estábamos en el mismo escenario, aquí pasé un fin de semana con Graciela lleno de ternura y amor, parecía perfecto hasta que me derrumbé, no pude aguantar más sin saber de Carmen, la llamé y descubrí que estaba con una mujer, perdí los nervios, la insulté gravemente y rompimos los pocos lazos que todavía conservábamos. Ya conocía lo que Claudia hizo con ella, hundiéndola en un pozo de drogas y sexo, pero la idea de tener delante una jeringuilla me había golpeado también porque evidenciaba la ausencia de ganas de vivir que tuvo. Como yo.

—Aún así no sé qué cosas me hizo probar en aquella pipa que compartíamos, o cuando no podía más y solo quería dormir y me hacía aspirar algo que me ponía bajo la nariz y sentía que la cabeza me iba a estallar; entonces volvía a estar despierta, lista para continuar; yo, que ni tenía voluntad ni ganas de pensar aceptaba todo lo que me ofrecía. Una jeringuilla, ¿te imaginas? Llegué a ser un objeto en sus manos; podría haber pasado cualquier cosa, cualquier… ¿Sabes que nunca había visto una mujer con una polla enganchada a un arnés? ni siquiera en una película porno; La dejé que me follara con eso y casi me desgarra el culo, cosa ningún hombre hizo.

Se quedó mirándome con el horror pintado en el rostro, sumida en el recuerdo.

—Me dejé hacer de todo y también hice, no creas. Y cuando mi mente se apagó fue como si realmente hubiera muerto y me olvidé del sufrimiento, llegue a perder el sentido, agotada de tanto alcohol y tanta droga; supongo que ella debía de estar algo más entera y me dejó descansar. Entonces… entre la niebla, escuche voces, una voz de hombre, luego supe que era su marido, había vuelto de viaje inesperadamente; me encontró en su cama, no se sorprendió, parece que está acostumbrado a que Claudia se lleve a casa a “sus amigas”, pero yo le parecí diferente, especial; ella estaba en el baño y salió para decirle que me dejara en paz que yo no era como las demás; él la tranquilizó, le dijo que volviera al baño, solo quería… saludarme.

Comencé a asustarme, ¿por qué esta escena me preocupaba más que todo lo que me había contado hasta entonces?

—Yo estaba tendida boca abajo, sin apenas fuerzas y casi no lograba salir del estado de inconsciencia en el que me tenían las drogas, sé que intenté taparme con la colcha pero la tenía atrapada y no atinaba a subirla. Se sentó a mi lado y comenzó a hablarme, a acariciarme, a decirme lo guapa que era, el cuerpazo que tenía; traté de incorporarme pero sé que no coordinaba y me volví a caer de bruces, a partir de ahí fue como si me deslizara por un tobogán y me hundí en un delirio. —Me miró angustiada tratando de darle forma a los recuerdos. —. Tuve una especie sueño en el que estábamos tú y yo en una playa; me acariciabas, me decías lo mucho que te gustaba, luego nos metíamos en el mar y nadábamos desnudos, los peces se cruzaban entre mis piernas, jugaban con mi sexo y…

—¿Jugaban con tu sexo? ¿Qué tratas de contarme?

—Escúchame, solo escúchame ¿serás capaz?

Sentí un escalofrío; estaba punto de conocer algo que superaba todo lo que hasta ahora había escuchado.

—Me sumergí en un sueño, un delirio provocado por la mezcla del alcohol y las drogas; perdí la consciencia. Estábamos tú y yo, solo tú y yo en una playa, me recordaba al viaje que hicimos al Caribe ¿te acuerdas?, te veía a mi lado, protegiéndome del sol, apoyado en un codo y acariciándome el estómago; poco a poco te ibas desviando para llegar a mis pechos. Tenía la sensación de que no nos importaba quien pudiera vernos, me iba dejar acariciar allí, a la orilla del mar. Tumbada sobre la arena sentía tus manos sobre mi piel desnuda, esas caricias inconfundibles que me hacen estirarme para que me puedas manejar mejor, ya sabes: Te ofrecía mis pechos, te escuchaba decir lo hermosa que estaba.

Temblaba, no le estaba siendo fácil confesar aquello, sus ojos brillaban arrasados por lágrimas que no estaba dispuesta a dejar que brotaran; tragó saliva y continuó.

—Tus manos recorrían mi cuerpo con tanta dulzura… era una caricia continua, allí tumbada en la arena, sin temor a que nos vieran y tus manos… tus manos pasando de mis pechos a las axilas, sabes cuánto me gusta cómo lo haces, cómo me pone cuando me aprietas las costillas, haciéndome sufrir, haciendo que te desee.

¡Mi niña!

Onírico

“Eres preciosa Carmen —escuchó decir a una voz lejana, que temblaba por la emoción, luego se perdió en una bruma. Sintió vértigo, como si la cama cayera hacia atrás, como si se hundiera el cabecero. Parecía deslizarse por un túnel, muy despacio al principio, ganando velocidad por momentos a medida que desaparecía.

…..

Caricias. Mario se ha tumbado a su lado protegiéndola del sol caribeño. Se apoya sobre un codo y le acaricia el estómago. Poco a poco se ha ido desviando hasta cubrir su pecho desnudo, sabe que esa caricia la pone a cien. No importa quien pueda verlos, se va a dejar acariciar por su marido allí, a la orilla del mar, donde minutos antes le pidió que se despojase del top del bikini. Tumbada sobre la arena siente las manos de Mario sobre su piel desnuda, esas caricias que tan bien conoce, que le hacen estirarse como una gata para que la pueda manejar mejor. Le ofrece sus pechos, le escucha decir lo hermosa que está.

—Eres preciosa Carmen —le dice y ella se estira sobre la arena sintiendo las manos que la hacen vibrar.

Ángel recorre su torso, ha visto como reacciona a sus caricias, se ha estirado en la cama, se ha ofrecido más, sus brazos se han elevado hacia la almohada dejándole vía libre.

—Si, pequeña ¿quieres más, verdad? Yo te lo daré.

Recorre su estómago, palpa las costillas con ambas manos y observa cómo reacciona. Es tan joven, tiene un cuerpo tan perfecto que no sabe por donde seguir tocándola. Vuelve a sus pechos, tan duros tan firmes, alcanza las axilas, regresa a sus pezones y se enreda con las barras que los atraviesan. La escucha gemir, no se cree la suerte que ha tenido, teme que Claudia salga de un momento a otro y le interrumpa, tiene que darse prisa. Baja hacia su vientre muy despacio para no despertarla, se excita al sentir la dureza de los abdominales que reaccionan y se tensan marcando cada músculo. Carmen separa los muslos y Ángel baja una mano para apresar el jugoso pubis, no quiere romper el sueño en el que se encuentra la joven, traza con cuidado el sendero entre los abultados labios, se impregna los dedos y los lleva a su rostro, se excita con el intenso olor. Admira el cuerpo bronceado sin ninguna línea pálida que rompa la uniformidad de color en toda la piel. No, no parece una de esas zorritas que se trae su mujer a casa, ésta es diferente. Baja de nuevo, presiona con cuidado y se hunde con facilidad; escucha un gemido y ve cómo arquea la espalda, baja una mano y la pone sobre la suya sujetándola en su pubis, marcando el ritmo que desea; por un momento piensa que la ha despertado pero no, sigue inconsciente. No ha dejado de estimularle los pechos con suaves caricias. Ya son dos dedos los que se hunden y recorren su interior haciendo que su cintura se mueva como una ola, luego busca, encuentra el clítoris y lo palpa con delicadeza, no quiere despertarla. ella se abre más, su muslo tropieza con la cadera de Ángel y éste se aparta para dejar que pueda apoyar la pierna sobre él. Cada vez respira con más agitación y teme que si sigue masturbándola la despierte. Se desabrocha el pantalón atropelladamente, necesita liberar la presión. No aguanta más, se levanta y en menos de quince segundos se desnuda sin dejar de mirar a la mujer que se agita en su cama y que ahora se acaricia los pechos.

Carmen sigue en la orilla del mar sintiendo la brisa que refresca su cuerpo desnudo, no le importa quién pueda verla, se ofrece a su marido, a sus expertas manos que abren su sexo y se introducen dentro de ella. Le desea si, le desea; sus piernas se separan, se ofrece, le necesita.

Ya de rodillas entre sus piernas busca la mejor posición, aún no tiene una erección completa, los años y la ansiedad le castigan. Roza la húmeda abertura para empaparse bien, empuja pero no tiene suficiente dureza y se tiene que ayudar con la mano, al fin consigue entrar y ella le recibe con un largo gemido. Ya dentro empieza a recuperar la virilidad que no tenía; es tan cálida, es tan hermosa ¿cuántos años hace que no tenía una mujer así?

Carmen hace el amor en la playa con Mario, escucha el mar batiendo cerca. Si, si, te amo, te amo, no importa quien esté cerca, te siento dentro amor, te siento dentro.

Ángel se mueve dentro de ella, ha conseguido casi una completa erección, se apoya en un brazo para poder seguir acariciándole los pechos, pero su peso le impide mantener esa posición por mucho tiempo, su débil virilidad se escapa como un anguila; maldice, suda por el esfuerzo, la ansiedad ante la inminente aparición de Claudia le está jugando una mala pasada, no consigue volver a penetrarla. Se baja y arrastra a la joven hasta los pies de la cama, la gira y la deja de rodillas en el suelo, ofreciéndole la grupa, la toma de las caderas y la intenta ensartar desde atrás. Ha perdido casi por completo la erección. Se masturba frenéticamente para alcanzar una mínima dureza. Apunta, lo intenta pero está desquiciado, su débil miembro se dobla antes de conseguir penetrar en el estrecho coño, un nuevo esfuerzo y por fin el glande entra; la presión y el húmedo calor que le envuelve consigue lo que su mano no logró y reacciona, se endurece dentro de ella, la visión de sus perfectas nalgas hacen el resto, revive, comienza a bombear agarrado a sus caderas, se siente de nuevo un joven vigoroso, potente. Amasa las nalgas de esta chiquilla mientras su verga renacida vuelve a ser la que fue. Clava los puños en el colchón anclando sus caderas, pegado a ella para sentirla, no quiere separarse de ese cuerpo joven y hermoso mientras mueve como un animal la cintura y bombea, ¡qué delicia, qué delicia! Lo nota, siente que le llega y se detiene, no quiere acabar tan pronto. Acaricia el pequeño esfínter que se ofrece a su vista, lo presiona y el dedo húmedo se hunde con facilidad, lo hunde hasta dentro sin oposición, sin queja. Escucha un gemido, percibe un movimiento, casi un golpe de cadera, le gusta si, le está gustando. Un pensamiento, un deseo surge pero es tarde, nota los latidos intensos, imparables que anuncian el orgasmo, no tiene tiempo que perder. Lanza sus caderas al trote contra reloj, golpea una y otra vez, lo siente llegar, bufa, gime, suda a chorros, se agarra a esa preciosa grupa, trota, cabalga como un loco y estalla resoplando. Cree escucharla jadear, ¿o es su imaginación? Apoya ambas manos en la cama para poder sujetarse, apenas le sostienen los brazos.

–¡Joder! –protesta dejando caer la cabeza. Siente como su verga muere rápidamente y se escurre entre los apretados labios de la chica.

Todo ha sido tan rápido, tan fugaz, si lo llega a saber hubiera tirado de la Viagra.”

¡Dios!, me está relatando una violación.

—Cuando desperté estaba en la cama, bajo las sabanas; no me sentía mal; comencé a evocar el sueño, era tan agradable... Entonces recordé la llegada de aquel hombre y me alarmé, empecé a relacionar cosas; me examiné y encontré restos de semen.

—Pero esto que me estás contando, todos esos detalles… ¿cómo lo sabes?

—Espera.

Buscó el tabaco y cuando ya lo tenía en la mano lo dejó y acudió a la pitillera que estaba sobre la mesa alta, tras encender el porro dio una profunda calada con los ojos cerrados; no dejé de mirarla durante esos eternos segundos que aguantó la carga en los pulmones; luego echó el cuello hacia atrás y expulsó lentamente el humo por una pequeña rendija entre sus labios; y regresó.

—Pensé en denunciar pero reflexioné ¿Cómo justificar una violación si me hacían un análisis de drogas y Claudia testificaba que yo era su amante y veníamos de estar en el antlayer, un bar de lesbianas?¿quién me iba a creer?, desistí; me duché y decidí irme de allí, pero antes de eso quise enfrentarme a mi violador; tuve una larga conversación con Ángel Luis, le hice reconocer su delito.

—¿Y Claudia?

—Ella… al fin y al cabo es su esposa, no aprobó lo que me hizo pero de alguna manera tampoco está en condiciones de criticarlo.

—Pero, entonces… ¿qué hiciste?

—Le enfrenté a lo que había hecho, es una persona culta e inteligente, quise hacerle entender lo que había hecho.

El asombro me dejó sin palabras, traté de darle un sentido a lo que acababa de decir antes de responder; se dio cuenta de mi desconcierto porque intentó justificarse.

—Necesitaba recuperar mi dignidad ¿no lo entiendes? Ya que no podía denunciarle al menos quería dejarle claro lo que había hecho, que supiera que no me había humillado.

—Pero.. ¿una larga conversación? Para eso bastan dos minutos ¿no crees?

—Yo… Si, en principio si, pero… —No lograba construir un argumento sólido; esperé, quise darle la oportunidad de que ordenase los recuerdos.—. Estaba confusa; lo que había sucedido, en unas condiciones tan ambiguas no la dejaba razonar.

—¿Qué quieres decir?

—Se defendió refugiándose en argumentos mezquinos; mi relación con su mujer, las drogas… todo eso restaría credibilidad a una denuncia. Yo ni siquiera había mencionado esa alternativa. No pude continuar, salí al jardín, necesitaba estar sola. Al cabo salió en plan conciliador.

Violación

“—Vas a coger frío.

Ángel le ofrece una gruesa bata. Duda, tira la colilla y se deja arropar, vuelve a apoyarse en el muro. Acepta el cigarrillo que le ofrece. Ambos miran al horizonte en silencio, un par de caladas, quizás tres. Carmen le observa de reojo.

—Cuéntamelo. —Ángel apenas vuelve el rostro, la mira, luego da una nueva calada, expulsa el humo por la nariz.

—¿Qué quieres saber?

—Todo. Todo lo que me hiciste.

Silencio. Carmen fuma para ocultar los nervios que no quiere exteriorizar, desea mostrarse serena, implacable. Ángel le acerca una silla de jardín que ella rechaza, él la arrima a la cristalera y se sienta a su lado.

—¿Por dónde empiezo?

—Desde el principio, lo quiero todo. —Ángel suspira.

—Tenía que estar en Fuengirola, había cerrado unos asuntos en Marbella…

—No te vayas tan atrás.

—Quería darle una sorpresa a Claudia, por eso no avisé. También quería ver qué me encontraba, si estaba en casa, si estaba con alguien. En cuanto salió a recibirme supe que había alguien más. No es algo que nos cause problema, en eso somos muy liberales y tanto ella como yo…

—Sigue. —le interrumpe con impaciencia.

—Cuando entré y te vi me impresionaste, no eres la típica amiga que Claudia suele traer a casa, en general son más mayores, son… otra cosa.

—¿Otra cosa? —preguntó con ironía.

—Si, te vi tan joven, tan bonita…

—Vamos, quiero la verdad, no la adornes; dime lo que viste.

—No sé qué pretendes. —Carmen se revuelve con rabia.

—Entender. —Una pausa para dar una calada sirvió para calmar ese arrebato—. Abriste la puerta del dormitorio. Dime que viste en tu cama, solo eso.

—Una mujer espléndida, desnuda.

—Una zorra.

—No.

—¿No?, ¿por qué no? Dime lo que viste en esa cama.

—¡Joder si, era una escena tremenda!

—¡Pues cuéntamela, creo que tengo derecho!

—Estabas desnuda, boca abajo, ¿quieres que te cuente lo que vi?, pues vi a una mujer estupenda, con un culo de infarto, con un consolador al lado del coño y un arnés recién usado entre las piernas. Lo conozco, se lo he visto usar a Claudia más de una vez y me puse a cien. Te asustaste, miraste hacia atrás y entonces te vi las tetas, es esto lo que quieres oír? ­

—Continúa.

—Tenías la mirada extraviada, enseguida vi que estabas de droga hasta las cejas. Si, supuse que eras una de esas zorras tortilleras que se trae mi mujer del club ese al que va de cacería, pero desde luego eras la mejor de todas las que había visto nunca por casa. Te empezaste a arrastrar por la cama pero no podías con tu cuerpo; intentabas taparte, toda una novedad. Balbuceaste algo, buscabas algo con qué cubrirte, luego caíste fulminada.

—¿Me llegué a tapar?

—Un poco el pubis pero no del todo.

—Vaya, yo creía… —Dio una calada al cigarrillo que se consumía entre sus dedos, bajó la vista. Ángel miraba al suelo. Pensó que parecía un buen hombre a pesar de todo. —. Sigue.

—Me senté en la cama, intenté espabilarte hablándote pero estabas en otro mundo. Entonces te toqué el muslo; —miró hacia ella— eres tan suave. Claudia me pidió que te dejara, había comenzado a destaparte, quería verte. Yo ya estaba encendido, le dije que se fuera.

—Y ella te dijo que no te pasases demasiado conmigo. —Ángel levantó la mirada sorprendido.

—¿Nos escuchabas?

—Lejanamente, a ratos.

Ángel apoyó los brazos en las piernas y desvió la mirada.

—Podía haber hecho más pero no lo hizo. Sigue.

–Retiré la colcha, quería verte desnuda; eres preciosa. Comencé a acariciarte, fue todo con suavidad, no intenté agredirte.

—Calla, no te justifiques, solo cuéntalo tal y como fue.

—Le dije que se fuera, entonces retiré la colcha que te tapaba, ¡eres tan hermosa! Mis manos se iban solas a tu cuerpo, me sentí rejuvenecer. ¡Déjame que hable, no me calles! —dijo al ver el gesto que Carmen iniciaba para reprender su retórica —. Déjame hablar por favor, no puedo hacer un relato en frío, nunca he violado a nadie antes y a pesar de todo me cuesta pensar que he hecho lo que he hecho, así que si me quieres hacer pasar por esto al menos déjame que lo intente entender yo también. —Sentado a su lado la miraba buscando comprensión, ella se mantenía de pie y esa diferencia le confería una autoridad de la que no se quería desprender, como psicóloga quizás podía entenderle, como victima no y de ningún modo iba a olvidar su condición de agredida.

—Continúa.

—Cuando te destapé supe que no estaba ante ninguna zorra, lo supe, no me preguntes por qué, estabas drogada, posiblemente borracha, fumada, aún no sabía si eras lesbiana o bisexual, pero estaba convencido de que no eras una golfa de las muchas que me había encontrado en la cama con mi mujer. —Carmen sintió una súbita emoción que ascendía desde el pecho hasta atraparle la garganta, por primera vez en varios días un hombre que la había usado sexualmente no la tildaba de puta.—. Mis manos se fueron solas a tu cuerpo, tienes la piel tan suave, la carne tan joven que si, aunque te suene extraño, me sentí rejuvenecer. Me costaba quedarme quieto en un sitio, te acaricié los pechos con cuidado porque temía despertarte, entonces vi como reaccionabas a mis caricias, me pareció que había algo más que excitación, seguí recorriendo tu estómago y tu vientre, ¡Oh Carmen, tienes un cuerpo tan flexible, tan terso! No recuerdo ya cuando tuve por última vez una mujer como tú. Y entonces comenzaste a retorcerte de placer. Y sonreías, eso me sorprendió, sobre todo cuando comenzaste a abrir las piernas, me cogiste la mano y la llevaste a tu sexo, entonces supe que soñabas con alguien, no era a mi a quien llevabas, me usabas para soñar con otra persona y te dejé hacer.

—¿Me dejaste hacer? —exclamó con sorna.

—Si, por extraño que te suene te dejé hacer ¿quieres que siga o me callo?

Claudia, desde la ventana de uno de los dormitorios de la planta superior llevaba unos minutos observándolos. Por los gestos supo que Ángel estaba pasando un mal trago. Vio a Carmen como le quitaba el cigarro a su marido de la mano, daba una profunda calada y se lo devolvía. Sonrió, las cosas estaban funcionando como ella esperaba. Víctima y verdugo intentando entenderse a pesar de todo.

—Llevaste mi mano a tu pubis, tuve que cambiar de postura para poder acomodarme a lo que deseabas, así conseguí cubrir tu sexo con mi mano y hundir mi dedo medio en tu vulva, me llevabas tú, tú me guiabas. —Le miró, no había rastro de fingimiento en su mirada. No dijo nada.—. Hundí el dedo entre tus labios, tan cálido, estabas empapada, no sabía con quien soñabas pero desde luego estabas en medio de un acto de amor ¿me equivoco?

—Continúa —dijo con un tono menos duro. Si, era un acto de amor, en la playa con su marido, ofreciéndole su sexo, guiándole para que la poseyese allí mismo, al sol, al lado del mar. Recordaba como el sol la había cegado varias veces con sus destellos.

–No pude aguantar más, estaba como enfebrecido, me desnudé en menos de un minuto, sabía que aquello no estaba bien pero tu cuerpo me atraía como un imán y mientras me desnudaba frente a ti, tú te estremecías, tu cuerpo ondulaba llamándome. Yo sabía que disponía de poco tiempo, en cualquier momento Claudia podía salir del baño. La ansiedad comenzó a jugar en contra mía, empecé a perder la erección —Ángel suspiró, se le veía avergonzado —,cuando intenté penetrarte apenas podía, por dos veces fracasé y se me dobló, si se me dobló sin conseguirlo, tuve que mantenerme con un solo brazo y ayudarme con la mano para poder meterla. —Ángel levantó el rostro para mirarla, estaba crispado y rojo por la vergüenza —¿Esto es lo que quieres oír, verdad? —Carmen le devolvió la mirada sin responder, ya no había dureza en sus ojos, él debió de entender el cambio de actitud y continuó, aunque ahora ya no apartó los ojos.—. De esa forma conseguí meter el glande, eres tan… no sé, parecía estar con una chica virgen.

—¡Qué sabrás! —le miró buscando una respuesta— ¡joder, si lo sabes! —Ángel bajó la mirada.

—¿Sigo o me vas a condenar por mi pasado? Me apretabas tanto que comencé a reaccionar pero todavía tuve que seguir ayudándome para poder entrar más adentro. —la volvió a buscar con la mirada— ¿Qué miseria eh? Cuando ya estaba dentro de ti, la calidez, la humedad, el contacto con tus muslos, la visión de tus pechos, el movimiento que le dabas a tu cuerpo, tus gemidos, la presión de tu coño, todo hizo que reviviera, que comenzara a conseguir la potencia que no tenía, y sentí como me endurecía, conseguí la erección que no había tenido en años, ni con la Viagra, porque tenía sensaciones que esa pastilla no te da. Comencé a moverme a tu ritmo, comencé a deslizarme dentro de ti, era maravilloso, volví a sentirme joven, fuerte, estaba con una mujer increíble.

Carmen escucha en tensión, habla de ella, se recrea en las sensaciones, describe con crudeza cómo la ha violado y por momentos desea gritarle que se calle, que deje de hablar de su cuerpo de esa manera, es como si la violase por segunda vez. Sin embargo no puede hacerlo, necesita oírlo. Su mente está en la playa, tumbada al sol con Mario, abriendo sus piernas para recibirle, le siente sobre ella, siente que la escena se le escapa, que comienza una y otra vez. Eso es, por eso el sueño se trunca y comienza de nuevo, ahora lo va entendiendo.

—Pero las fuerzas se me agotaron, no podía aguantar mucho más tiempo sobre un solo brazo, comencé a sudar por el esfuerzo. —La lluvia, recordó, la lluvia sobre la playa que les hizo correr y adentrarse en el mar.—. Me desesperé, estaba perdiendo otra vez la erección, Claudia iba a entrar de un momento a otro. Me volví loco, lo sé, te arrastré hasta los pies de la cama, allí te di la vuelta, te puse de rodillas en el suelo, yo busqué algo para quedar más elevado, un almohadón; me masturbé para volver a conseguir algo más de dureza. —Ángel volvió a levantar la mirada, una mirada suplicante.—. Perdóname Carmen, entonces te abrí las nalgas, no conseguí la posición para poder follarte, atrapé un cojín pequeño de un sillón te lo puse en el vientre y así logré elevarte, me volví a masturbar, si creo que si. Ver tu culo hizo el resto, me excitó tanto que conseguí la firmeza suficiente; estabas tan mojada que te penetré ayudándome con la mano para que no resbalara hacia fuera. Comenzaste a moverte, te oí gemir, me agarré a tus caderas y reviví, esta vez no tenía que hacer ningún otro esfuerzo para mantenerme dentro de ti, fue maravilloso, te movías, me apretabas de una forma brutal, empecé a acariciarte, era, era todo tan delicioso.

Ahora lo entiende. Estaba nadando en el mar, recuerda los peces esquivos entre sus piernas, cruzándose por su pubis, siente a Mario que se acerca y se aleja, la corriente se la lleva, siente vértigo, —el vértigo de ser arrastrada por la cama quizás—, le pierde y ella se coloca en posición fetal, esperándole. De pronto llega, la protege, se sitúa sobre su espalda, los peces la rodean, juegan entre sus piernas, rozan su pubis, peces húmedos que se mueven inquietos cerca de su sexo y huyen al sentirse atrapados entre sus labios. Mario penetra dulcemente en ella, como si fuera uno de esos peces, pero no, crece en su interior, se transforma y la llena. Ahora lo entiende todo.

Le quita el cigarrillo de la mano y aspira una profunda calada. Esta nerviosa, está temblando, se ahoga, necesita calmarse.

—Vamos.

—¿Lo quieres todo verdad?

Carmen afirma con un gesto y él claudica.

—No entiendo como no te despertaste.

—No estaba dormida, estaba agotada, estaba desvanecida, drogada. Recuerdo sensaciones Ángel y recuerdo un sueño pero tengo que poner orden a todo y para eso necesito esto que estamos haciendo. Si crees que lo hago por morbo o para castigarte no has entendido nada.

Ángel pareció por fin comprender lo que pretendía y cambió la forma de exponer los hechos, ese tono culpable que había usado hasta ahora, ese verbo titubeante que alternaba con frases provocativas desapareció y dio paso a un discurso mas sosegado, dejó de sentirse acorralado y empezó a colaborar para que pudiera entender lo que había sucedido.

—Te tenía cogida por las caderas, tú te movías siguiendo mi ritmo o quizás era yo quien seguía el ritmo que marcaba tu cintura. Si era eso. Tus gemidos me excitaban, apenas se oían, se podían confundir con tu respiración pero yo los escuchaba, si. Acariciaba tus nalgas y llegué a tu ano, no quería hacerte daño y en realidad creo que no te lo hice, comencé a frotarlo, usaba la humedad de tu coño para no irritarlo. Noté que se abría al contacto con mi dedo y lo supe. —La miró a los ojos— ¿No eres virgen verdad? —Una mirada que no retrocede a tiempo es una respuesta.—. Apreté con cuidado, por nada del mundo quería despertarte, gemiste y el dedo se hundió con una facilidad que me sacudió y me volvió a hacer crecer dentro de ti. Intenté darle a mi dedo el mismo ritmo que llevaba con mi polla y te gustó Carmen, te gustó. —Buscó en su sueño algo que se correspondiera con eso pero no lo encontró.—. Si hubiera podido prever ayer lo que me iba a deparar el destino… pero no, no lo podía saber y para cuando pensé que deseaba darte por culo, ya notaba las primeras contracciones que me decían que estaba a punto de correrme. No había forma de pararlo, enseguida me corrí, fue mejor de lo que podía imaginarme y peor porque hubiera deseado que durase mucho más pero mis años son los que son.

—Darme por culo, ¡Desgraciado!

—¿Querías saberlo todo, no?

Carmen le miraba, parecía abatido con los brazos apoyados en las piernas mirando al suelo. Se agachó para cogerle el pitillo y apurar la última calada antes de arrojarlo lejos.

—¿Y luego?

—Luego, fue como cuando pinchas un globo, mi precaria erección se desinfló en segundos y sentí como, literalmente la escupías de tu coño. Aún me quedé sobre ti, el contacto de tu culo en mi cuerpo era tan sensual que me resistía a bajarme. Pero entonces salió Claudia del baño y me encontró sobre ti y organizó un escándalo.

—¿Qué pasó?

Ángel sacó el paquete de tabaco del bolsillo y encendió otro pitillo antes de contestar, tras una primera calada se lo ofreció.

—Imagínate; me acusó de violarte, me planteó un panorama catastrófico. La policía, una denuncia, el escándalo social, la cárcel.

—Es lo que te mereces, me violaste.

Ángel se levanta de la silla y se sitúa frente a ella.

—Dime una cosa, eres psicóloga y tú…

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo ha dicho Claudia. Tú conoces perfectamente cuales son los signos de una violación, tanto físicos como psicológicos, ¿Cuantos de esos signos has sentido?

—¿Qué estás intentando decir?

—Sitúate en el momento en que te despertaste, ¿Te sentiste violada, agredida?, ¿tienes síntomas de haber sido forzada físicamente aparte de los rastros de semen?

Se debate ante esa pregunta. Al despertar, además de confusa por el cansancio y la droga, aún se sentía bien por el recuerdo de un sueño erótico que había tenido con Mario, un sueño tan real que se sentía físicamente satisfecha, esa era la realidad. Solo cuando descubrió el semen en su cuerpo el horror sustituyó a la placidez.

—Estás tergiversando las cosas.

—En absoluto, ¿Tienes desgarros vaginales o anales, golpes o molestias en alguna parte de tu cuerpo, tienes algún recuerdo de que te haya violentado o forzado física, verbalmente?

—Estaba desvanecida, una negativa no solo es decir no, cualquier cosa que no sea un si explicito es no, ¿acaso no lo entiendes? ¡Una conducta pasiva es no, a ver cuando lo entendéis!

—Lo sé Carmen, lo sé pero te estoy hablando de otra cosa. Tú estabas desvanecida y yo te violé, no pretendo negarlo y me arrepiento, pero al mismo tiempo tampoco puedo negar que si volviera a estar en la misma situación posiblemente no podría evitar volver a poseerte. No te imaginas lo que supuso entrar y verte desnuda, arrastrándote por la cama, fue una imagen arrebatadora, imposible de superar. Recuerdo que cuando doblaste una pierna y me mostraste tu sexo casi se me para el corazón, luego te apoyaste en los brazos y te volviste para mirar. Clavaste tus ojos turbios en mi y me traspasaste. Eras Eva dándole la manzana del árbol prohibido a Adán ¿me entiendes?

Carmen sonríe con amargura.

—Claro, claro. Eva de nuevo es la culpable. ¿Te das cuenta de que ese es el argumento que se lleva aplicando desde hace dos mil años para liberar al varón de culpa y cargarlo sobre los hombros de las mujeres? Hace cincuenta años me habrían llevado a la cárcel o al convento para expiar mis pecados y hace cuatro siglos habría acabado en la hoguera por bruja. Todo porque no supiste contenerte ante “mis encantos”. ¡Joder! Todos los santos varones de todas las religiones se han encargado de predicar que las mujeres somos las culpables de la debilidad de los hombres, que las mujeres son seres defectuosos puesto que no son hombres, como decía Tomás de Aquino o San Agustín, que decía que, salvo para concebir niños, no alcanzaba a ver qué utilidad podía tener la mujer. Has caído en el mismo argumento misógino Ángel, sin darte cuenta envuelves en poesía un terrible yugo con el que se ha esclavizado durante siglos a media humanidad. El hombre viola, somete y abusa de las mujeres y encima las culpabiliza porque, como son tan sensuales y bellas, el varón no se puede contener.

—No me imaginaba que fueras tan feminista.

—¡Dios!, hasta yo misma lo había olvidado. ¡Qué coño estoy haciendo!

—Tienes razón, no tengo derecho a abusar de ti porque seas hermosa, pero encontrarte en mi cama como te encontré implica un riesgo, aunque eso no me justifique. Ahora te repito la pregunta: Antes de descubrir mi semen dentro de ti ¿Te sentías agredida?

Le mira. No, sabe que no. ¿Puede reconocerlo? Quizás esa pausa la descubre. Tiene que tomar la iniciativa.

—Yo también siento una dualidad en mi, por eso te he obligado a hablar. Es cierto, cuando me desperté no me sentía violada, acaba de tener un sueño hermoso con mi marido en una playa, unas escenas preciosas. Me sentía bien, demasiado bien, no tengo experiencia con las drogas que tomé anoche pero lo que sentí era cercano a lo que conozco tras una noche de sexo con mi marido. ¿Podía ser por el sueño que había tenido? Puede ser, lo recordaba a trozos, había sido muy real, quizás por la droga. Entonces noté algo extraño, un flujo denso, espeso, cuando lo palpé lo reconocí y me vinieron otros recuerdos, tu entrada en la habitación, las palabras de Claudia, tus manos. Y me horroricé. Solo entonces me sentí violada. ¿Le quita culpa eso a tu delito?

Carmen fuma para ordenar sus pensamientos, le mira, es el hombre que la ha follado sin su consentimiento pero también es el hombre que la ha tratado con suavidad, incluso con dulzura, que no la ha usado con violencia, es el hombre que hace unos minutos le ha dicho que cuando la vio supo que no era una de esas zorras que suele traer su esposa a casa.

No puede evitar mirarle de otra manera. La ha violado si, pero no la ha forzado, ¿tiene sentido?

Ángel toma el pitillo de su mano y al rozarla Carmen baja la mirada y ve como se detiene un momento con la mano sobre la suya antes de llevarse el cigarrillo.

—Eso no reduce tu culpa Ángel —insiste.

—Lo sé, pero me alegra haber contribuido a tu sueño, haber sido la marioneta.

Carmen sonríe espontáneamente, cuando se da cuenta, aborta esa sonrisa.

—Has sido un regalo de la providencia.

—No Ángel, he sido una víctima.

—Si y te pido perdón, además de eso nunca olvidaré que una vez hice al amor con una mujer maravillosa.

—No me hiciste el amor, abusaste de mí mientras yo hacia el amor con mi marido.

Ángel se aproxima a ella, le pone el cigarro en los labios, Carmen aspira, suelta el humo. Siente una mano en su cadera.

—¿Qué estás haciendo?

—Ayer te hubiera besado, pero temí despertarte.

—No lo hagas —Ángel se retira inmediatamente.

—Perdona.

—Vamos dentro, hace frio.”

—¿Y te sirvió de algo?

—A mí si, a él creo que también.

No estaba tan seguro, pensé, me faltaban datos pero el cariz que estaba tomando aquello no me gustaba.

—¿Te violó pero no te forzó?; explícame eso por favor. —dije al tiempo que rechazaba el porro que me ofrecía.

—Es… una percepción ¿cómo te lo podría explicar? Soy consciente de lo que sucedió: un acto no consentido, abusó de mí aprovechando mi ausencia; también sé que yo, durante ese acto no consentido estaba sumergida en otra realidad, un acto de amor contigo y que lo que él hizo fue poner… añadir sensaciones físicas a las imágenes oníricas que yo estaba teniendo. Déjame que acabe por favor. Si Ángel me hubiera tratado con brutalidad el sueño de amor que tenía contigo se hubiera quebrado, posiblemente habría despertado y entrado en pánico; habría sido una violación completa, pero se comportó de otra manera, actuó con… delicadeza; lo que yo sentía era muy parecido a lo que podría haber sentido si fueras tú, entiéndeme: Suavidad, calma, un acto sin brusquedad. En ese sentido es por lo que digo que me violó pero no me forzó; solo fue un cuerpo que puso la parte física a un acto de amor que yo creaba en mi inconsciencia y en el que el protagonista eras tú, por eso cuando desperté me sentía bien, tan bien como me siento cualquier mañana después de haber hecho el amor contigo de madrugada. Hasta que recordé.

—¿Qué me estás contado?

—Lo sabes perfectamente: una descripción detallada de…

—Lo sé, lo sé; te has puesto la bata de investigadora y estás en plena tarea de laboratorio; no sé cómo lo consigues.

 —Porque si me dejo llevar de las emociones cuando trato a una mujer violada no la ayudo.

—Y en vuestra segunda cita, qué ocurrió. —dije cuando conseguí reaccionar.

—¿No vamos a hablar más de la violación?

—Ahora no.

—Como quieras. Claudia me aseguró que Ángel no estaría, de hecho cuando llegamos no estaba y pasamos la noche tranquilas; bueno… —Bajó la mirada.—. Ya sabes cómo fue, lo que no te he contado es que cuando ya estábamos muy… cargadas llegó una amiga suya; era su cumpleaños y yo al parecer, era su regalo.

“Se ha quedado dormida, no sabe cuanto tiempo. Claudia la zarandea, le ofrece algo cerca de la nariz, apenas tiene tiempo de pensar, «Aspira fuerte» Y obedece, siente algo parecido a un chasquido en la base del cráneo, luego un relámpago entre los ojos. Está despierta, muy despierta. El cabello rojo, rizado de aquella mujer le sorprendió. ¿Cuándo había llegado? ¿qué hacía allí? Si era amiga de Claudia estaba bien, era cariñosa como Claudia «Eres mi sorpresa para Concha, es su cumpleaños, pórtate bien con ella» Vio la ilusión en su rostro, ¿por qué no jugar a ser sorpresa?

—¡Es tan joven! —la escuchó decir con el deseo escapando en la voz.

Y se deja tocar, se deja comer. Los rizos rojos parecen brotar de su propio sexo, son como llamaradas alrededor de los ojos de esa mujer que aparecen entre sus muslos. Son fuego que la prenden, la hacen estallar. Es un regalo para la madura pelirroja que también desea ser devorada. Y se entrega a fondo, no se niega a nada. El champán corre por sus pechos y Concha, allá abajo, bebe y ríe. Lenguas voraces que lamen cada rincón de su cuerpo. Es un regalo de cumpleaños.

El polvo blanco impregna su vulva que sirve de copa para la mujer de cabello rojo. Siente que su pubis se hace inmenso, que los latidos la van a hacer colapsar, el corazón late a un ritmo infernal. Grita, Claudia le enseña un juguete rosa que vibra en su mano, poco después lo tiene dentro, todo su cuerpo comienza a vibrar al ritmo que marca el intruso. No lo controla, explota y un lago se desborda entre sus muslos.”

—Si —dijo con amargura—, su regalo de cumpleaños; ya ves, creo que le gustó mucho la fiesta que improvisó para ella.

—¿Por qué te dejas hacer eso?

No contestó, apartó la mirada ocultando un brote de pudor que extinguió ocupándose en encender otro cigarro. Si me hubiera respondido, si no se hubiera refugiado en el sarcasmo tal vez yo no…

—¡Joder!, ya venias con un recorrido de puta que no conocía.

Carmen me miró de reojo con altanería y se irguió; qué lejos quedaba aquella otra mujer que menguaba ante mis frases hirientes.

—¿Si, eh?, en realidad no sabía lo que hacía —dijo mientras soltaba el humo—, pero la semilla estaba ahí ¿verdad? —Algo había cambiado, esa indiferencia con la que dejó pasar la afrenta me sorprendió, como si mis palabras carecieran de valor.

—No sé por qué he dicho eso.

—Porque ya no me respetas cariño.

No pude aguantarle la mirada; ella dio otra calada y continuó.

—Ya de madrugada me despertó un movimiento; estaba pegada a Claudia y sentí algo detrás de mí, otro cuerpo; estaba muy cargada de droga y me costaba pensar, la sensación era la que tengo cuando tú te arrimas. Pero no eras tú no.

“¿Despertaba o permanecía sumida en un sueño? No, comenzaba a regresar, a volver en sí, atrapada entre la vigilia y el sueño.

Quietud. Escuchó su propia respiración y le sugirió el vaivén del balancín de la terraza.

Abrió un ojo —el otro estaba atrapado por la almohada—, pero no pudo ver nada, todo estaba a oscuras. Parecía flotar. Pero no lo lograba, no conseguía despertar, una y otra vez se hundía en el sueño para volver a surgir al momento.

Se ubicó, sabía que estaba en la cama de Claudia.

Claudia, si, estaba en su casa. Pero…

Se había vuelto a dormir. No debía de haber pasado mucho tiempo. Se sentía mareada. No tenía ganas de moverse. Era de noche, de eso estaba segura. Tenía sueño, mucho sueño. Las sienes…

Sintió la presión de un cuerpo pegado al suyo. Con la mano derecha palpaba algo que enseguida identificó: uno de los pechos de Claudia. Agradable. Empezó a ser consciente de la realidad aunque se sentía ida, un agudo silbido le atravesaba los oídos. El culo de su amante pegado a su pubis, el olor del cabello muy cerca de su rostro. Escuchó su respiración pausada, tan calmada que la invitaba al sueño. Si, dormía profundamente. Los recuerdos comenzaron a aflorar y los remordimientos también. El sopor amenazaba con volver a sumirla en un profundo pozo.

Entonces percibió otro cuerpo pegado a su espalda. Un cuerpo de varón seguía el contorno del suyo, un brazo la rodeaba y recogía su pecho, una verga semiadormecida se refugiaba entre sus nalgas, otro aliento pausado arribaba a su cuello.

Se removió.

—¡Qué, qué es esto! —balbuceó torpemente.

Claudia se despertó.

—Shhh, calla, lo vas a despertar.

—¡Quién, qué!

—Ángel Luis. Llegó de madrugada.

—¡Qué! —respondió aturdida.

—Calla, duérmete, no ha pasado nada. Es muy temprano, descansa.

Carmen sintió que los ojos se le cerraban sin remedio. El efecto del alcohol y las drogas era todavía muy potente. «No ha pasado nada», resonó en su mente. Estaba arropada entre dos cuerpos que la abrazaban. Cerró los ojos. El contacto tibio de ambos le resultó confortable. «No ha pasado nada». Claudia se removió ajustando las nalgas a la concavidad de su vientre y ella reaccionó acogiéndola. Ángel Luís en sueños respondió buscando el contacto perdido, murmuró algo y se apretó a ella deslizando la verga entre sus glúteos. Ella, cada vez más lejos, dejó que su cuerpo actuara y su cintura se arqueó haciendo hueco al intruso. La verga se alojó entre los labios y comenzó a crecer.

Carmen flotó, se fue de aquella cama. Dormía en nuestra casa, conmigo, en un tiempo indefinido cuando nada nos había alejado. Pegada a mi, sintiendo como mi cuerpo se acoplaba al suyo, como siempre. Notando el tacto de mis dedos arropando su pecho. Se pegó más buscando el calor de mi cuerpo y yo reaccioné estrechándola en sueños. Mi verga se había endurecido entre sus muslos, pegada a su vulva siguiendo la línea de sus labios y palpitaba tenuemente provocando que su sexo se contagiase con ese leve latido. Dormida se giró y en perfecta sincronía me volví, compusimos el espejo de la postura que antes manteníamos. Su mano en mi vientre, mis nalgas alojadas en su pubis, sus pechos clavados en mi espalda y mi excitada verga huérfana.

Por poco tiempo. La mano que explora mi vientre y sube por mi pecho siempre acaba apoderándose de mi sexo y aunque ambos estemos dormidos ocurre, siempre ocurre y muchas veces amanezco amarrado por su mano.”

No puedo reaccionar, apenas soy capaz de asimilar lo que escucho; ella me mira, sabe que estoy en shock.

—Al despertar me encontré a Ángel sentado en el borde de la cama contemplándome mientras dormía, Claudia no estaba. El efecto de las drogas aún permanecía, yo estaba como en una nube, relajada, me costaba reaccionar. Sabía que estaba desnuda, como él, sin embargo no sentí la necesidad de cubrirme, no sé cómo explicarte. Le pregunté por qué se había acostado con nosotras, él mantenía la misma actitud relajada que yo; me contestó que había llegado de madrugada, no sabía que yo estaba allí y que su intención fue acostarse en la habitación de invitados pero su mujer le propuso que se acostase con nosotras con una condición: que se portase bien, le dijo que eso sería bueno para mí.

—Pero… ¿por qué iba ser bueno para ti?

—Según ella, si se acostaba a mi lado estando en las mismas condiciones de indefensión que la primera vez y no me tocaba, eso me llevaría confiar en él.

—Es… es todo tan… absurdo…

—Le dije que no podían tomar decisiones sobre mi sin consultarme, eso también es violación, dijo que no me había tocado. No era cierto, cuando me desperté de madrugada estaba pegado a mi, su pene se alojaba entre mis nalgas y tenía una mano envolviendo uno de mis pechos. —Como suelo dormir yo, pensé.—. Se excusó alegando que estaba dormido y entonces… —Parecía confusa.—. Dijo que yo…

—Qué dijo. —Estoy tan cansado...

—Más tarde se despertó y estábamos vueltos, y que yo… le tenía sujeto…

“En sueños Carmen alcanza por fin su objeto de deseo y lo rodea, lo acaricia sin más motivo que poseerlo para continuar su sueño así, sujeta a mi verga.

Pero esta noche algo cambia, algo sucede y mientras Carmen duerme con la prisionera en su mano, ésta crece, la mano responde, acaricia, aprieta. La cintura se arquea, golpea el pubis de Carmen que reacciona inconsciente y se pega más a los glúteos que la incitan. Ambos cuerpos se mueven en sincronía. La verga entumecida, atrapada en la mano que la aprieta comienza a latir y se derrama entre los dedos.

Luego, el silencio, la calma. Ambos duermen.”

Lo comprendo; nosotros nos volvemos en la cama, ella se pega a mí y dormida, su mano recorre mi cuerpo hasta llegar a mi verga, la rodea, se apodera de ella como si fuera su juguete y sigue durmiendo con ella en la mano; a veces si estoy despierto siento como en sueños la sacude un poco y vuelve a la quietud, como los bebés que necesitan dar un par de toques al chupete solo para sentir que está ahí.

—Le tenias cogida la polla, como haces conmigo cuando duermes —dije; no sé por qué tuve que ser tan descriptivo, no lo sé. Ella dio un respingo.

—Estaba dormida, no sabía lo que hacía.

—Ya lo sé, no importa. —No importa no, en realidad ya nada importa.

—Es que se corrió —soltó con brusquedad como si temiese no poder decirlo de otra forma—, eso me dijo, no pudo soportar la sensación de mi mano y se corrió. Me juró que no me había hecho nada. Y era cierto, noté el tacto en mis dedos; supongo que le molestó que pusiera en duda su palabra porque me cogió la mano y me la acercó al rostro, me dijo que oliera. Si, era cierto, olía a…

—Semen.

—Si.

—Continúa.

“—¿Todavía dudas? Huele. Me corrí en tu mano por Dios pero no te toqué.

—Suéltame.

Carmen lo sabe. El olor es inconfundible.

—Piensa lo que quieras —Ángel se levanta de la cama visiblemente molesto.

—Lo teníais planeado.

—Te equivocas. No somos tan retorcidos, es cierto que Claudia tiene planes para nosotros pero ha sido una casualidad que volviera anoche a casa.

—¿Planes, qué planes?

—Ya te irás enterando, de momento tu presencia aquí significa mucho. Creo que tú también dices menos de lo que en realidad sientes.

—No sé de lo que hablas.

—Vamos Carmen, desde que te has despertado no has hecho intención de cubrirte. Podías haberme exigido que saliera de la alcoba y no lo has hecho. O al menos que me tapara. No, Carmen, tus palabras dicen lo contrario de lo que expresan tus gestos.

—Estoy… todavía estoy confusa Ángel, no razono con normalidad.

—Ya, será eso.

Tenía razón, su conducta no era la que debía ser frente al hombre que la había violado. Ahora era tarde para cubrirse.

—¿Puedes salir? Me voy a levantar.

La mira sorprendido.

—¿Sufres un ataque de pudor a estas alturas?

No sabe qué le sucede, reacciona tarde y mal. Está confusa, debe de ser por las malditas drogas. Se siente humillada.

Se levanta. Siente la mirada de Ángel que recorre su cuerpo desnudo. Un breve instante en el que sus miradas se cruzan. No entiende lo que está sintiendo, no lo entiende.

—Voy a ducharme. “

En el baño me aseguré de que no había pasado nada; me inspeccioné. La vagina. —añadió al ver mi expresión.

—Entiendo. ¿Pasó algo más?

—Me iba a duchar, estaba desenredándome el pelo cuando entró.

Ya no sé qué puedo esperar; he debido exteriorizar mi angustia porque enseguida añadió:

—Si, entró en el baño y se puso a orinar.

—¿Así, por las buenas?

—No, en realidad…

“Pasa por su lado, entra en el baño y cierra la puerta. Se apoya en el lavabo y respira hondo. Vuelve a llevarse la mano a la nariz y olfatea. Si, sin duda es semen, no la engaña. La historia que le ha contado es cierta.

Entonces una duda la asalta. Se lava las manos, a continuación recorre su vulva y con aprensión introduce dos dedos. El flujo que encuentra, la textura parece normal. Empapa bien dos dedos y vuelve a olfatear. Se los lleva a la boca y prueba el sabor. Se tranquiliza. No le ha mentido.

Busca un cepillo y comienza a desenredar el cabello. Entonces se abre la puerta.

—¡Qué haces!

—Perdona, pensé que ya estarías en la ducha.

—¿No puedes dejarme sola?

—¿Tanto te molesta compartir baño?

—Por favor. —insiste irritada.

—Vamos, sabes que soy parte del trato, deberías ir acostumbrándote a compartir espacios conmigo.

—¿De qué estás hablando?

—Del acuerdo que tenéis Claudia y tú, sea el que sea. No sé exactamente de qué se trata pero sé que me incluye.

Se le heló la sangre. No pensaba que las cosas fueran así. Su silencio corrió en su contra. Ángel se situó frente a la taza y comenzó a orinar.

—¿No te molesta, verdad? En el fondo comenzamos a ser como una pequeña familia.

No fue capaz de decir nada. ¿Así es como iban a ser las cosas con Claudia cada vez que necesitase algo de ella?

Ángel notó su preocupación.

—No temas, he prometido no tocarte y voy a cumplir mi palabra. Verás que soy de fiar. Te deseo como pocas veces he deseado algo pero no voy a volver a cometer el mismo error que cometí. Esperaré a que seas tú quien decidas venir a mí.

—¿Y si no lo hago?

—Lo harás, vas a tener que convivir conmigo cuando estés con tu amante y ya sabes, el roce hace el cariño.

—¡Vaya, pero si ya parecéis un matrimonio! —bromeó alborozada Claudia desde la puerta del dormitorio —¿Me he perdido algo?

Carmen dejó el cepillo y entró en la ducha.

—Vamos, vamos; ese silencio me da que pensar. ¿Acaso has abusado de mi marido? Se lo tendría merecido.

—Déjalo ya. —intervino Ángel —. Vámonos.”

—Después de ducharme me vestí y bajé con intención de marcharme, prefería pedir un taxi pero Claudia insistió en llevarme, antes me ofreció café; no quise ser descortés, ambos estaban sentados a la mesa con el desayuno preparado; Claudia aprovechó para insinuarle el episodio con Concha.

—¿Concha?

—Su amiga, para la que fui el regalo de cumpleaños. —me recordó bajando los ojos—. No le contó lo que sucedió pero me puso a prueba, le dijo que se pasó por allí porque era su cumpleaños y le tenia un regalo. Ángel le preguntó qué le había comprado, ella me miró y contestó que era un detalle; Le gustó mucho, creo que acerté ¿a que sí? dijo dirigiéndose a mi; supe que esperaba que le siguiera el juego, si no me pondría en evidencia, no bastaba un si; Totalmente, dije, estaba feliz; Se dio por satisfecha y dejó el tema.

—Nos levantamos y Claudia me dio el paquete con… —desvió la mirada un instante antes de continuar— el pago de mis servicios; si, no me mires así, es la realidad; ¿no dices que tengo que asumirlo?. Entonces le pregunté por el contacto que me iba a dar y sucedió lo que me temía; Luca es una persona muy reservada, me dijo, ya le hablaré de ti pero de momento será mejor que sigamos así, cuando necesites más me lo dices y nos vemos. Quiere tenerme en sus manos, comprarme cuando quiera o cuando la necesite.

—¿Te das cuenta de que estás cediendo a ese plan del que no sabes nada? Un acuerdo implícito del que no conoces las condiciones y en el que por lo visto Ángel es parte integrante.

—Claudia tiene una idea en mente, no sé por qué pero está obsesionada con algo que no consigo entender. Cuando me llevaba en su coche me abordó.

“—Ángel es un buen hombre, ya has visto que no ha pasado nada. Ha dormido contigo y te ha respetado, ¿qué mas pruebas quieres? Lo que pasó, pasó. Fue un tremendo error del que se ha arrepentido mil veces. ¡Dale una oportunidad! Ganarías un excelente amigo y si te liberaras un poquito dispondrías de un gran amante, te lo aseguro.

¿Qué decir sin ofenderla? Hay algo que la bloquea cada vez que ve a Ángel Luís, hoy quizás el efecto de las drogas lo ha mitigado. Recuerda el momento en el que lo ha visto al despertar. Desnudo, frente a ella. Aún no entiende como no ha saltado de la cama, como no le ha hecho salir de allí. Y a medida que hablaban, esa erección que tenía enfrente… No, no entiende como ha podido aguantar esa escena. Han sido las drogas, sin duda, ella desnuda, frente a él, sin sentir nada, nada.

¿Nada? Ya no está tan segura.

—¿Qué me dices? ¿Lo pensarás?

Claudia ha venido a interrumpir ese incipiente análisis que comienza a preocuparle.

—Dame tiempo Claudia, todavía está muy reciente lo que sucedió.

El gesto de Claudia delata el malestar que esa respuesta le provoca. No vuelve a hablar. La conoce bien y sabe que se ha molestado. No le gusta que le lleven la contraria.

Pasará. Los enfados de Claudia son cortos como tormentas de verano.

Carmen se concentra de nuevo en los sucesos recientes. Concha. Aunque no recuerda con claridad lo sucedido si es consciente de que ha sido manipulada por Claudia para disfrute de su amiga y le irrita.

La mano de Claudia aprieta su muslo y esto la saca de sus pensamientos.

—¿Estás bien? —Claudia parece haber olvidado su enfado e intenta retomar la conversación.

—Pues no, no estoy bien. Lo de Concha…

De nuevo endurece el gesto.

—Tómatelo como una experiencia más, algo nuevo a lo que no estás acostumbrada pero que disfrutaste, no me lo negarás. Fuiste el juguete de mi amiga, el regalo de cumpleaños que le hice a Concha. Ya viste su expresión de sorpresa, la ilusión que le hizo. Y tú pareciste disfrutarlo tanto como nosotras.

No lo puede negar, intenta encontrar las palabras que rebatan sus argumentos, busca la contundencia que le dé veracidad a unas palabras que no aparecen y no lo consigue.

Niega con la cabeza, trata de darle la réplica pero no le da opción.

—Ya está bien querida, no finjas conmigo una moralidad que perdiste hace mucho tiempo. Has venido a mi casa a venderte a cambio de marihuana. Acéptalo y deja de esconderte. Yo te compro y tú te vendes. ¿Estamos de acuerdo?

Abrumada por lo que acaba de escuchar calla y desvía la mirada hacia el paisaje que pasa por la ventanilla de su puerta.

—Carmen.

No le queda mas opción que atenderla.

—¿Estamos de acuerdo?

No le va a permitir evadirse, la está forzando a declararse.

—Si —confiesa en un murmullo.

La mano que aprisiona su muslo le da dos palmadas.

—Así está mejor. Nos ahorramos malos entendidos. Cuanto antes lo asumas menos quebraderos de cabeza sufrirás.

Calla, es una derrota amarga que la deja sin fuerzas. La pertinaz caricia se hunde entre sus muslos. Quiere afianzar su terreno de una manera casi masculina. No hace nada por detenerla, sabe que está probándola.

—Y en lo que respecta a Ángel Luis, te diré una cosa. No me gusta cómo lo estás tratando.

Esto era más de lo que podía aceptar, se volvió hacia ella bruscamente.

—¿Cómo has dicho? —marcó cada palabra con una firmeza que hasta ahora no había mostrado.

Claudia retiró la mano de sus piernas y la llevó al volante.

—Ángel no está bien. Desde que sucedió aquello no es el mismo, parece abatido, triste, melancólico.

Carmen esboza media sonrisa, sabe que es una treta para ganarse su compasión.

—¿Y yo? ¿imaginas como me quedé yo?

—¡Vamos Carmen! Por lo que me has contado deduzco que has pasado por varios hombres peores que mi marido a los que no les has hecho ascos y algunos con menos modales que Ángel. Si consideras violación lo que te hizo ¿cómo llamas a lo que me dijiste que te hicieron en la cocina de ese italiano?

No recuerda haber contado esa escena. Sin embargo ahí está, descubierta. ¿Qué más cosas le habrá revelado bajo el efecto de las drogas?

—¿Qué es lo que crees que busca en ti mi marido, follar cada vez que vengas a casa, solo eso? No lo conoces, no le has dado la más mínima oportunidad. Es una excelente persona, sensible, culto, amante del arte, divertido, con una conversación que te puede enganchar durante horas y hacer que parezca que han pasado minutos. No, no le has dado ninguna oportunidad.

Presión, presión. Recuerda la frase de Ángel, «es cierto que Claudia tiene planes para nosotros».

—¿Qué es lo que quieres de mi?

El auto se ha detenido cerca del Antlayer. Claudia apaga el motor y durante unos segundos se mantiene en silencio.

—Que reflexiones Carmen, que pienses si estás siendo justa con él.

Está agotada, no le ha contestado pero no le quedan argumentos ni fuerza para rebatir.

—De acuerdo, lo haré, pensaré en ello.”

Estoy sorprendido por lo que implica esta confesión inesperada. ¿Por qué lo ha hecho? Me ha puesto en bandeja material para acribillarla. Es como si quisiera someterse a un castigo mayor que el que le he infligido hace unas horas, ¿por qué se expone de esta manera? Pero no, ya no soy el mismo que la arrastró a la habitación de los espejos.

—No entiendo por qué te quedaste, debiste abandonar la casa y alejarte de él, no creo que te beneficiase hacerle entender el delito como tú dices; no lo veo Carmen.

He tirado unas cartas ganadoras sin jugarlas y sonríe. Si pudiera adivinar que hay detrás de esa sonrisa sin equivocarme…

—Jamás había tenido la oportunidad de acercarme al violador ¿te das cuenta? Es la primera vez que he podido obtener el testimonio del verdugo, eso me da la posibilidad de tratar a las víctimas con más perspectiva, si conoces a quien te agrede tienes más posibilidades de…

—¿Me estás diciendo que no te basta con el testimonio de las víctimas?

—No tergiverses lo que digo; si puedo entender al violador estaremos dando un paso adelante en la prevención.

—¿Entender?

—Entender no es aceptar.

—Qué necesidad tenias de hacer algo así?

—Quería llegar a comprender lo que llevó a una buena persona a violarme y se lo tenia que hacer entender a él, para que no vuelva a suceder.

La miré, había pasión en sus ojos, esa pasión que infunde en todos sus proyectos, pero había algo más que me preocupó.

—Es un hombre culto, inteligente, buen conversador, amable; no sé cómo pudo llegar a eso.

—Le describes de una manera… parece que lo admiras.

—No es eso, creo que merece ser redimido, ser perdonado.

—¿Y esa es tu misión?

—¿Por qué no? Como psicóloga debería ser capaz de redimir a, a…

Esa laguna…

—¿De quién estás hablando?

—Ángel, ¿de quién si no? —dijo desconcertada.

Ambigüedad

—Lo que percibo, y no es la primera vez, es una ambigüedad en tu forma de encajar lo que te sucede; has sido violada, yo no albergo ninguna duda, sin embargo parece que no terminas de aceptar esa realidad; El sueño, las sensaciones que tienes al despertar, la percepción que tienes del violador, todo te lleva a encararle de una manera poco habitual; ese diálogo que mantuvisteis poco después de la agresión no es una terapia como pretendes vendérmelo.

Endulzo el segundo café, media cucharada de azúcar moreno; ella rellena el vaso de agua. Nos hemos trasladado a la mesa alta, necesito algo menos de comodidad para defenderme de la fatiga.

—Y luego está la situación que se plantea cuando vuelves por segunda vez a su casa; supongo que contabas con el riesgo de volver a encontrarte con él, no me creo que esa posibilidad no se te pasase por la cabeza. La escena en la que le sientes a tu lado en la cama, por mucho que estuvieses bajo los efectos de las drogas, si fueses la víctima de una violación saltarías de modo automático al percibir a tu agresor pegado a tu cuerpo. Sin embargo te bastan unas palabras para volver a cerrar los ojos y dormir en sus brazos; y luego al despertar eres capaz de mantener una conversación con tu violador, ambos desnudos y lo toleras en un gesto que como bien él mismo interpreta, conforma una cotidianeidad que ella busca para un futuro. ¿Qué vas a hacer cuando te quedes sin maría, llamarás a Claudia?

—No lo sé. —respondió aturdida por la avalancha de argumentos.

—Te voy a decir lo que harás: La llamarás, te citará en ese club para lucirte, luego os iréis a su casa y esta vez puede que os esté esperando su marido, tú ya irás preparada con un par de gin tonics, algún que otro porro y unas rayas, te habrá aleccionado para que no te encabrites cuando lo veas, así que al llegar te portarás bien, al fin y al cabo es lo que sueles hacer con otros hombres no te va resultar tan difícil con alguien que te parece culto, agradable y que te ha tratado con tanta delicadeza que hasta te ha recordado a mi. Follarás con él delante de su mujer o incluso con ella y se cumplirá el plan previsto. Eso es lo que va suceder cada vez que necesites marihuana.

Mientras hablaba su semblante se fue transformando desde la incredulidad hacia la tristeza hasta llegar a la indiferencia. Terminé y no dijo una palabra, se mantuvo en silencio con sus ojos puestos en mi de tal manera que llegó un momento en el que tuve que continuar para no bajar la mirada.

—No Carmen, no te sientes violada sin embargo algo en ti te sigue diciendo que lo fuiste; es la misma ambigüedad que has mantenido en otras situaciones hasta el punto de que, por ejemplo, te supuso la ruptura con Carlos, y se ha mostrado en su máximo nivel en la terapia que hemos llevado a cabo hoy: aceptas trabajar el concepto de puta para liberarte de Mahmud y poco después me devuelves el dinero que has cobrado; aceptas hacerme un servicio de puta pero no sientes que lo hayas hecho realmente, porque en realidad me seguías viendo a mi, no a un cliente.

—Sabes que no quise decir eso.

—Pero lo dijiste, esa es tu confusión, no acabas de verte en ningún papel, ni como el amor de Carlos, ni como puta. Tampoco como mujer violada.

Me miró totalmente crispada; su expresión se endureció hasta un límite que jamás imaginé que llegaría a ver.

—Creo que ambos nos movemos en una permanente ambigüedad Mario, tú te debates entre la humillación y la excitación desde el primer día, y si no dime qué sentiste cuando viste a Carlos.... penetrándome; era la primera vez que estaba con otro hombre desde que tú y yo somos pareja, ¿qué sentiste? Te excitaste lo sé, pero también sentiste dolor, humillación, pérdida; me lo has contado tú. Lo mismo que sentiste cuando me arrodillé ante Doménico y me viste hacerle... en fin. Toda esta semana te has movido en una ambigüedad que ha contaminado nuestra terapia, te lo he estado advirtiendo continuamente, «¿quién habla, mi marido o mi terapeuta?» ¿cuántas veces te he hecho esta pregunta?, y esa ambigüedad tuya ha provocado tu ira, tu despecho y me temo que también todas estas absurdas desviaciones en la terapia que no sé si han merecido la pena. ¿La han merecido?

No iba a entrar en esa discusión y lo supo por la forma en que titubeé; meneó la cabeza dándome por perdido.

—Ambigüedad; si esa es toda la conclusión que como psicólogo extraes del episodio de mi violación me decepcionas, esperaba más de ti. Sé que fui violada, también sé que no lo afronté bien y necesito saber por qué; no me hace falta que me recuerdes los errores que he cometido en la forma de afrontarlo.

—Es que forma parte de tu patrón de conducta, te acercas a tu violador, compadreas con él, actúas como si consintieses la violación, como si le aceptases a él y luego de nuevo vuelves a decir que te sientes agredida. Es esa ambigüedad la que debes resolver, la que te hace volver a su encuentro y permitirle ciertas libertades aunque actúas como si lo rechazaras; es lo mismo que hacías con Roberto ¿no lo ves?, lo mismo que haces con tu conducta de puta, la deseas y la rechazas.

—¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo?

—Totalmente, te estoy pidiendo que te definas. Incluso cuando vivías en el picadero con Tomás te mantuviste en un estado de ambigüedad, sabías dónde estabas, llegaste a dar un paso hacia el mundo en el que te hallabas, te sobreponías el vestido de la puta y te hacía estremecer ¿no es cierto?; te gustaba atenderle, le hacías el café, le recogías la casa como si fueras una más de sus mantenidas… eso me lo has contado tú misma. Te regaló el kimono y te sentiste ofendida y al mismo tiempo excitada, ahí está de nuevo tu indefinición; podías haber seguido siendo su amiga aunque hubieras sucumbido una vez a la ternura de un momento emocional pero no, ahí seguiste, aferrada al amante maduro, viviendo en su picadero como las demás chicas pero negando que eres una de ellas. Por cierto, es con diferencia la relación más ambigua de todas las que tienes; lo consideras un amigo, un confidente y de pronto te acuestas con él aunque te dobla la edad; un hombre tan mayor. Como el marido de Claudia. Es tan extraño… ¿qué te atrae de los hombres mayores?

—¿Y tú me lo preguntas? ¿Te has olvidado de lo que ocurrió cuando se enteró mi familia de que estaba saliendo con mi profesor?

—¡Yo no tenía sesenta años Carmen, por favor! Cuando empezamos tenía treinta y cuatro.

—Y yo veintiuno, a los ojos de mis padres era una cría y tú un divorciado que me sacaba trece años. ¿recuerdas cómo te miró mi madre?

Su madre, cuando la conocí vi en ella toda la belleza de Carmen en lo que sería su madurez.

—Lo sé, pero terminó por aceptarme, no tiene nada que ver con lo que estamos hablando.

—¿Tú crees? Tengo la genética de mi madre y si ahora puede pasar por tu hermana ¿qué ocurrirá cuando llegues a los sesenta y yo tenga la edad que ella tenía cuando la conociste?

Me dejó volver al recuerdo de aquella escena; la mujer que me recibió, mediados los cuarenta estaba espléndida; me impresionó por su porte, la fuerza de su carácter y su mirada, esa mirada que ha heredado su hija y que me tuvo a raya toda la tarde como una leona protegiendo a su cría. Era cierto, algún día yo seré un sesentón y Carmen, con la genética de su madre, será una mujer todavía joven, hermosa y la edad que nos separa se habrá agrandado escandalosamente entre nosotros. Se debió de dar cuenta del efecto que este argumento me había causado porque inmediatamente rectificó.

—No te lo estoy planteando para hacerte daño, lo que intento decirte es que mi amor por ti no tuvo nada que ver con la edad; y más allá de esto: Si buscas un argumento de este tipo para explicar mi relación con Ángel Luis o con Tomás te equivocas

Estaba tocado, siempre he sido consciente de los años que nos separan y a menudo he hecho cálculos; no soy ciego y procuro que el espejo no me engañe cuando me devuelve la imagen del hombre que se asoma cada mañana cuando se peina. Las fotos son más leales porque muestran al hombre cazado al descuido. No soy ciego y sé que el tiempo corre a velocidades diferentes para ambos. Pero nunca lo habíamos hablado y menos con la crudeza que había empleado para hacer que lo afrontara.

—¿Te ha molestado?

—No —mentí—, es algo que he pensado muchas veces, no te preocupes.

Se abrazó a mi cuello pero al notar mi rigidez se apartó.

—Sigamos, ¿te parece? —dije para suavizar el momento, hizo un gesto de aceptación; me levanté buscando tiempo, necesitaba desalojar el ahogo que me estaba mortificando.

—Estabas exponiendo tus conclusiones sobre mi violación.

—Poco más puedo añadir, quisiera reconfortarte pero me cuesta, no consigo verte como una víctima y eso me impide acercarme a ti, no logro empatizar contigo como me ocurre con otras pacientes que he tenido, en ellas veo a la mujer agredida y en ti… Lo siento Carmen no veo ese perfil, por mucho que lo intento no lo veo.

—¿Porque no me deshago en lágrimas y despliego mis emociones? Parece que no me conoces —me reprochó.

—Porque tu primera sensación al despertar tras la violación fue que te sentías físicamente satisfecha, porque lo primero que haces cuando estás frente a él es dedicarle tu tiempo para recrear lo sucedido en un ambiente de… mal disimulada camaradería en la que cedes posiciones y dejas de ser la agredida, esa agredida que nunca has reconocido ser y te conviertes poco más que en una mujer ofendida que pide detalles.

Palideció, exhaló de un golpe el aire que le quedaba.

—Ahora lo entiendo, tú nunca me vas a ver cómo víctima. —dijo con la voz ahogada.

—No Carmen, el psicólogo necesita trabajar más con la paciente antes de poder calificarla de víctima.

—Es igual, ya me he hecho a la idea. —Se levantó zanjando la discusión, salió con el vaso vacío en la mano—. ¿Quieres algo?

—Agua, por favor.

Volvió con la jarra llena, sirvió dos vasos y vació el suyo de un largo trago, la droga le daba sed. Yo empezaba a sentir que el sueño me ganaba la batalla, me levanté y abrí una de las ventanas, el aire frío me ayudó a despejarme pero sabía que era una solución a corto plazo, me serví otro café solo y lo apuré ante la mirada de Carmen que no perdió detalle. Intenté refutar esa idea que se había hecho sobre mi diagnóstico. Por un momento pensé que el diálogo estaba roto y creo que durante unos segundos lo estuvo; de repente comenzó a hablar, eso si, con desgana; trataba de hacerme entender por qué había sido tan conciliadora con Ángel, intentaba dejarme claro que su intención fue puramente pedagógica. Cuando escuché ese término sonreí y eso la llevó a defender con mayor vehemencia su uso; pedagogía con el violador ¿por qué no? insistió y continuó defendiendo su idea.

Pero ya no la escuchaba, sólo miraba a la mujer que me había acompañado los últimos diez años, no necesitaba cerrar los ojos para ver a la joven que me pidió con tanta fuerza que la admitiera al curso de verano, esa fuerza que no la abandonaría jamás; podía ver a la alumna, a la profesional, a la amante, la amiga; todas eran una y la misma persona que se hizo un hueco a mi lado y a la que conduje por un sendero incierto que acabó llevándonos al borde de un precipicio. Esa mujer que tenía frente a mí se había perdido por mis obsesiones y yo no encontraba el coraje para ayudarla. Hoy había terminado de arruinar su mente y tal vez su vida.

Estaba agotado, tantas horas sin dormir me pasaban factura; Carmen dejó una frase en el aire y se quedó mirándome.

—Vamos a parar. —dije; me levanté como si la atmósfera del salón me estuviera aplastando—. ¿Subimos?

—Ve tú, yo voy ahora.

La dejé y no tardé ni un minuto en caer rendido. Ella se quedó tal vez pensando en lo que habíamos hablado, puede que abrumada por todo lo sucedido aquel día, domingo de resurrección en el que yo, por obra y gracia de mi inconsciencia sacrifiqué a mi mujer en el altar de una diosa pagana del sexo que había creado a imagen y semejanza suya. Llevaba meses moldeándola hasta que llegó el momento de inmolarla: «Asúmelo, ya eres una puta... Treinta mil, ¿qué me haces por esto?... Eres la mejor, jamás me he planteado irme de putas, hasta hoy…». Y asestarle el hachazo, la estocada final que acabó con ella: «Quisiera reconfortarte pero me cuesta, no consigo verte como una víctima y eso me impide acercarme a ti».

Yo dormía plácidamente ajeno a la magnitud que alcanzaría la insensatez que había cometido. Mientras tanto Carmen se desangraba sola, en silencio, sin saber que estaba agonizando, muriendo y resucitando.


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