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Fecha: 07-Mar-19 « Anterior | Siguiente » en Confesiones

La Cena de Empresa y sus consecuencias.

MrMiller
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Tiempo estimado de lectura: [ 92 min. ]
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Por sugerencia de una lectora y para que no queden inconexos, he decidido agrupar todos los relatos de la "Cena de empresa" desde el sábado por la noche hasta el lunes por la noche. Espero tener lista pronto la próxima entrega que se desarrollará el martes. Con sorpresas... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

 

EL SÁBADO POR LA NOCHE

 

 

Las cenas de empresa, sobre todo cuando se acercan las Navidades, suelen ser motivo de toda clase de desenfrenos. Es como si por un momento, todos los compañeros de trabajo decidieran que una día es un día (en este caso una noche es una noche) y se permitieran todo aquello que han estado reprimiendo durante el resto del año.

Más de un matrimonio ha pasado por una grave crisis como consecuencia de una de esas cenas. Si no hay confianza ni complicidad, las sospechas y los recelos envenenan la relación.

El marido que observa a su mujer acicalándose durante largo rato por la tarde. Viendo cómo elige la ropa interior y se prueba un modelito tras otro… La esposa que ve a su marido arreglarse con más esmero que de costumbre, apurándose bien el afeitado, escogiendo los bóxers, usando ese perfume que solo usa en las grandes ocasiones…

Trabajo en una empresa más mediana que pequeña, y estoy contento con mi puesto de trabajo. Me siento afortunado en estos tiempos malditos. Hay compañeras, cómo no, que siempre han llamado mi atención por su forma de actuar, de vestir, por su comportamiento y saber estar. Del mismo modo que alguna vez he descubierto la mirada de alguna de ellas puesta en mí al pasar por delante o, simplemente, mientras trabajaba cara al ordenador. Es lo normal.

Aquel año, mi mujer y yo teníamos la cena el mismo día, así que nos pasamos la tarde arreglándonos y preguntándonos cómo nos sentaba esto o aquello. En ocasiones parecidas nos gustaba jugar a excitarnos mutuamente pero sin terminar. Salir de casa con ese calentón que nos aseguraba un buen polvo al regreso. Aquella tarde no fue ninguna excepción. Nos duchamos juntos acariciándonos y estimulando nuestros sexos con las manos. Cuando andábamos en ropa interior nos dimos un revolcón en la cama sin que pasara a mayores. Ni qué decir tiene que nos poníamos a cien, pero la gracia consistía en eso… En tener la paciencia de esperar y la impaciencia por el encuentro en casa al regreso.

Empalmado como un recluta y ella mojada, dejamos de jugar para vestirnos del todo. Se había puesto, después de mucha prueba, un body de encaje gris oscuro que me encantaba abrir por abajo y dejar al aire su sexo. Unas medias color carne, un vestido de manga corta azul noche con un escote discreto y los imprescindibles zapatos de tacón de aguja, no demasiado altos. Se paseó ante mí y me preguntó cómo la encontraba. Mi respuesta fue meter la mano por debajo del vestido y acariciarle hasta donde nos permitimos.

Yo me puse un traje negro y una camisa negra. No tengo la piel nada pálida, y el negro siempre me ha sentado muy bien. Cuando estuvimos listos, bajamos juntos en el ascensor y salimos a la calle. Mi mujer se había pintado los labios con un rojo rabioso que destacaba la blancura de sus dientes. Estaba preciosa.

En la calle cada uno cogió un taxi y nos dirigimos a los restaurantes donde habíamos quedado. Nos despedimos con un abrazo. Yo le di una palmada en el culo.

 

 

ELLA

 

Estuve nerviosa toda la tarde. No sabía qué ponerme para no parecer demasiado provocativa sin dejar de lado la elegancia. Me puse un perfume intenso, unas pocas gotas en el cuello y el canalillo. Cuando vi cómo me miraba Fernando, supe que estaba hermosa. Y eso me gustó.

Trabajo en un pequeño bufete de abogados. En total somos seis hombres y siete mujeres. Yo soy la más antigua y también la más mayor. Tengo 47 años. Mis compañeras son todas treintañeras, dos de ellas casadas como yo. Ellos rondan la cuarentena, casados todos menos un divorciado. Por mi forma de ser, nunca he sido chismosa, y cuando he escuchado alguna historia de cintura para abajo entre las chicas, nunca he intervenido. Aunque tampoco he evitado escucharlas. Recuerdo que a mis treinta años era una mujer muy atractiva, y aunque me echaron los tejos muchos hombres, sobre todo compañeros y excompañeros del bufete, siempre he sido fiel a mi marido. Eso no quiere decir que a veces haya dejado volar la imaginación, como cualquier mujer que se siente deseada, pero más allá de masturbarme esporádicamente, de ahí no he pasado.

Entré en el taxi y me llevó hasta el restaurante. Casi todos estaban en la puerta, charlando y fumando. Ellas estaban deslumbrantes, con unas minifaldas que quitaban el hipo. Se notaba que habían ido a la peluquería.

 

ÉL

 

Llegué al restaurante, que la empresa había reservado por completo, y me dirigí al tablón donde estaba la disposición de cada uno en las mesas. Eran mesas redondas, de ocho personas cada una. La colocación era la obvia: hombre, mujer, hombre, mujer, etc. Vi con agrado que me habían situado entre Esther e Irene, dos administrativas bastante más jóvenes que yo. Atractivas, simpáticas. A medida que fuimos sentándonos traté de fijarme con el mayor disimulo posible en su aspecto. Esther llevaba un vestido palabra de honor que dejaba al descubierto un cuello precioso. Irene vestía un traje chaqueta con falda y una blusa blanca semitransparente que dejaba entrever un sujetador negro de un gusto exquisito.

Les dije cuánto me alegraba que me hubieran colocado en esa mesa, entre ellas. Solo trataba ser galante. Las dos dijeron lo mismo. Es curioso cómo cambia nuestro comportamiento cuando salimos de la rutina diaria y nos encontramos en otro lugar con quienes pasamos la mayor parte del día. Cambia nuestra forma de actuar y nuestro aspecto, claro. Estaban resplandecientes, y así se lo dije.

Empezaron a servir los entrantes y a llenarnos las copas de vino. Siempre, y siempre es siempre, se bebe de más en esa clase de celebraciones. Nosotros los hombres y ellas las mujeres.

 

ELLA

 

Nos acomodamos en una mesa larga, en un reservado del restaurante. Las mujeres notamos, y parece mentira que los hombres no se den cuenta, de cómo nos repasan con las miradas. Así me sentí yo cuando llegué hasta que me senté a la mesa. De arriba a abajo, por delante y por detrás. No me molesta, al contrario. A mi edad te levanta la autoestima. Otra cuestión es que te repasen con mirada de baboso, sobre todo cuando han bebido. Me sentí atractiva, sin desmerecer nada ante las jovencitas que compartían mesa conmigo. A mi derecha estaba Manuel, un abogado que llevaba en el bufete cinco años; un tipo amable y educado; un padre de familia. A mi izquierda tenía a Sergio, un becario que recién terminada la carrera y gracias a las maniobras de un familiar, trabajaba con nosotros desde hacía un par de meses. Era un joven atractivo, nada chulesco ni prepotente como la mayoría de los veinteañeros. Un chaval, en definitiva, cordial y educado. Me sentía a gusto entre ambos.

Sirvieron las entradas y nos llenaban las copas de vino a un ritmo apropiado en cenas así. Me gusta el vino, aunque no me gusta emborracharme; alcanzar ese puntito que te desinhibe moderadamente y te vuelve dicharachera. Te convierte en una mujer distinta a la que se encuentran todos los días en el bufete. Bebíamos, comíamos, charlábamos.

Me apetecía bromear y flirtear con Sergio. Le pregunté si tenía novia y me respondió que no.

-No me lo puedo creer – dije. - Un chico tan atractivo y con tanto porvenir como tú…

Me respondió algo cortado que no había encontrado el amor, pero que como cualquier joven, añadió, tenía sus amigas.

-Ah – me hice la tonta. - Amigas con derechos, que se dice…

Sentí como se ruborizaba ligeramente mientras asentía.

-No te avergüences, hombre – dije. - Todos hemos tenido veinte años…

 

ÉL

 

Llegaron los postres, el cava, los cafés y los chupitos. El ruido de las conversaciones era atronador. En todas las mesas se brindaba. Esther e Irene en ocasiones hablaban por detrás de mí, como si cuchichearan. No me pasó desapercibido un comentario de Esther: “¡qué lástima que esté casado y sea fiel!” Me di por aludido, tal vez en una demostración de arrogancia, pero enseguida me di cuenta de que no estaba equivocado. Fue cuando Irene dijo: “pues chica, qué quieres que te diga, yo voy a intentarlo esta noche.” Acto seguido, se acercó a mí, me puso ojitos y con la copa de cava en la mano, pasó el brazo alrededor del mío y brindó. Dimos un sorbo mirándonos a los ojos. Todo era cierto, estaba casado y era fiel. Por supuesto, había fantaseado a veces con alguna compañera, especialmente con Irene, y me había hecho alguna que otra paja. Sobre todo me excitaba la idea de entrar en el cuarto de baño de la planta donde estaba mi oficina y escuchar gemidos ahogados tras una de la puertas de los retretes. Miraba por debajo y veía las pantorrillas de Irene con las bragas bajadas. Sin duda se masturbaba. Yo daba un par de leves toques a la puerta y ésta se abría desde dentro. Efectivamente, allí estaba Irene, con la falda subida hasta la cintura y una de sus manos entre las piernas. Yo entraba y ella me hacía una mamada que acababa en un polvo de pie, por detrás, sin quitarnos ni una sola prenda de ropa. Siempre que fantaseaba con ello me corría con un vigor juvenil y soltaba un par de chorros de semen en su honor.

Y ahora, medio achispada, acababa de escuchar de sus labios que iba a tratar de seducirme. Por supuesto, sentí un cosquilleo inmediato que me puso la polla morcillona. Acabado el brindis, empezaron los chupitos de orujo helado. Irene y Esther apuraron el primero de un trago y pusieron una cara que mostraba lo fuerte que estaba.

Yo miraba aquí y allá; siempre me he sido observador, y los viajes al cuarto de baño eran muy frecuentes. Algunos y algunas lo habían visitado ya tres veces. No hacía falta ser ningún genio para adivinar a lo que iban. No voy a negar que nunca me había hecho una línea de cocaína, pero lo cierto es que jamás había comprado. Esther e Irene parecieron adivinar mis pensamientos, porque ambas se levantaron, tomaron sus pequeños bolsos y se disculparon diciendo que iban al baño. Cuando regresaron, el brillo de sus ojos las delató. Me apeteció haber compartido con ellas algo de coca.

 

ELLA

 

Cuando llegó el momento de los chupitos, Sergio y yo conversábamos casi al margen del resto de la mesa. Me rejuvenecía charlar con un jovencito tan atractivo y educado. Sus miradas a mi escote y a mis piernas eran tan discretas como continuas. Sería el alcohol o la calentura con que había salido de casa después de jugar con Fernando sin acabar, pero el caso es que notaba una sensación muy agradable, difícil de explicar. Una mezcla de coquetería, excitación y juego. Seguí hablando con Sergio, cada vez más atrevida; estaba claro que mi edad y mi cargo en el bufete le impedían el menor acercamiento, así que decidí tomar las riendas del juego. Ni siquiera ahora sabría decir a ciencia cierta con qué finalidad, pero me sentía traviesa. “Las mujeres de mi edad te pareceremos todas unas viejas”, le dije.

Me miró sorprendido, ahora ya menos cortado por el efecto del alcohol, y se atrevió a decir: “Qué va; todo lo contrario. Siempre me han gustado las mujeres mayores que yo.”

-¿Ah,sí? - le pregunté apoyando mi mano en su brazo. - Pensaba que una mujer como yo no tenía nada que hacer frente a una chica de veinte años…

Sergio me dedicó una mirada entre lánguida y excitada; una mirada que me estremeció y me hizo sentir mujer; una mujer deseable.

-Una chica de veinte años – dijo Sergio – puede que sea más joven, pero solo eso. El atractivo de una mujer para mí consiste precisamente en eso: en que sea una mujer.

Estaba empezando a ponerme de verdad nerviosa. Inquieta. En cambio, nada más lejos de mi intención que interrumpir la charla en ese momento. “¿Y qué es para ti una mujer?”, le pregunté apretándole el brazo. Dudó unos segundos; estaba segura que pensaba “tú”, pero no tenía el valor de decirlo. Traté de ayudarle. “¿Yo soy una mujer para ti?” Me miró, vació su chupito de un trago y dijo: “Exactamente.”

Todo me resultaba irreal. Yo, una mujer más de veinte años mayor que Sergio y que nunca había tenido un desliz aunque no me habían faltado ocasiones, coqueteando con él. Y lo mejor de todo: encantada de hacerlo. Decidí dar un paso más y le pregunté:

- Entonces, ¿debo suponer que tienes experiencia con mujeres de mi edad?

Mi tono era de una ingenuidad tal que le desconcertaba, aunque se le notaba nervioso. “¿Qué quieres decir con experiencia?”, preguntó. “Vamos, Sergio, no te hagas el bobo. ¿Te has acostado con alguna mujer madura?”

Estoy segura de que la pregunta le provocó una alteración hormonal fuera de lo común, porque se movía en la silla sin parar un segundo. Buscó con la mirada la botella de los chupitos y le serví uno a él y otro a mí. Choqué con el suyo mi vasito y me lo tomé de un trago. Me imitó. Le miraba esperando su respuesta. Por fin, respondió:

-Sí.

Ahora fui yo quien se movía en el asiento. Por mi mente pasaron en décimas de segundo un montón de imágenes que casi me cortaban la respiración. Me vi, como en una película o reflejada en un espejo, penetrada por ese chaval.

“Me apetece un cigarrillo, ¿me acompañas?”, le pregunté. Se levantó y, como todo un caballero, me ayudó a separar la silla de la mesa. Estoy segura de que aprovechó para echar una buena mirada a mi escote desde arriba. Pensé que cuando llegara a su casa se haría una paja pensando en mí. Me estaba trastornando.

Salimos a la calle después de recoger mi abrigo en el guardarropa. Nos quedamos apoyados en la pared y encendí mi cigarrillo. Sergio no fumaba.

 

ÉL

 

La cena había terminado y la gente iba de mesa en mesa saludando, bromeando… Muchos estaban de pie. Se acercó un chaval de unos veinticinco años, tomó una silla vacía de la mesa de al lado y se sentó al lado de Esther. Empezaron a charlar. Eso hizo que Irene moviera un poco su silla y se quedara sentada prácticamente frente a mí.

Envalentonado por las copas, el comentario que había escuchado y el recuerdo de las pajas que me había hecho pensando precisamente en esa mujer que había frente a mí, le dije: “Perdona si soy indiscreto y no me lo tomes en cuenta, ¿cuándo habéis ido al cuarto de baño os habéis metido una raya?”

Irene puso cara de sorpresa, aunque parecía divertirse con la situación. “¿Me prometes que no se lo dirás a nadie?”, susurró con un gesto de complicidad que me desarboló. “Claro”, dije; y me llevé el dedo índice a los labios. Las transparencias de su blusa me hacían imaginar el vestuario que llevaría cuando me hiciera la siguiente paja pensando en ella. “Pues sí, nos hemos hecho una rayita. Y te aseguro que no somos las únicas.”

- Eso lo doy por supuesto – dije.

“¿Acaso te gusta?”, y acercó la silla a la mía de modo que nuestras rodillas casi se tocaban. “Mujer, no soy consumidor y nunca he comprado, pero sí, alguna que otra raya me he hecho en fiestas si me han invitado.”

Me miró y en sus ojos leí sus pensamientos: “Vaya cabroncete está hecho el amigo. Va a ser cierto que esta noche me lo follo”. Se inclinó hacia adelante para poder hablar más bajo. Los encajes de su sujetador estaban a un palmo de mis narices. Pasó por mi cabeza la idea, menudo viejo verde me estaba volviendo, de que extendía la raya en su canalillo y yo aspiraba entre sus tetas. “En un momento le digo a Esther que me la pase, la lleva ella. Te invito, ¿quieres?” Me miraba fijamente, y en lugar de desconcertarme o incomodarme, me provocaba una excitación casi desconocida. Tal vez, pensé, es por el alcohol y el calentón con que hemos salido de casa. Nuestras rodillas se rozaron cuando se levantó para acercarse a Esther, que parecía encantada de charlar con el jovencito que estaba con ella. Le dijo algo al oído y Esther se llevó la mano a la boca para esconder la risa que le había provocado la frase de Irene. Echó mano del bolso y con un movimiento imperceptible, vi cómo dejaba una pequeña bolsita de plástico en la palma de la mano de Irene, que enseguida la cerró. Volvió a su silla frente a mí y metió la cocaína en el bolso. Acercó de nuevo su cara a la mía y me dijo: “Si vamos al baño aquí puede ser un cante; además, seguro que hay cola. Vamos a mi coche que está aparcado a cincuenta metros de aquí”.

Nos levantamos y dijimos que íbamos a fumar a la calle. Irene recogió una gabardina casi blanca y salimos. ¿Qué pasaba por mi cabeza? Ni lo sé. Solo puedo decir que me sentía feliz de andar de noche por la calle con una joven tan bonita como Irene. “La musa de mis pajas”, pensé. Como dos jovencitos que están a punto de cometer una trastada sin demasiadas consecuencias. Abrió el coche con el mando a distancia y me adelanté a ella para abrirle la puerta. Vi cómo se inclinaba para entrar en el coche y cómo se le subía la falda, lo suficiente para comprobar que no llevaba pantys sino medias. “Como en una película”, pensé. Di la vuelta al coche por delante y me senté en el asiento del copiloto. Irene había sacado una agenda del bolso y con el DNI formaba dos rayas que me parecieron enormes. “¿Tienes un billete?”, me preguntó. Saqué la cartera y un billete de 20 euros. Lo enrollé y se lo pasé. “Sujeta”, dijo Irene mientras me pasaba la agenda. Se inclinó hacia mí y tuve la primera erección de la noche. El olor de su pelo tan cerca de mí, su cuerpo echado hacia adelante mostrando ese sujetador que tanto me gustaba, su falda subida, la transgresión que suponía estar drogándose conmigo en un espacio tan cerrado como un coche…, todo ello me provocó un estado de excitación que no podía controlar. Irene aspiró de golpe toda la línea, echó un poco la cabeza hacia atrás mostrándome su cuello y me pasó el billete al tiempo que cogía la agenda.

Y ahí estaba yo, con mi nariz a menos de diez centímetros de sus tetas, metiéndome un tiro de cocaína al lado de Irene. La falta de costumbre me provocó un ataque de euforia casi instantáneo. Irene me miraba y dijo: “Está buena, ¿verdad?”

 

ELLA

 

Por qué no decirlo, me sentía sexy. Apoyé un pie en la pared de modo que una rodilla quedaba por fuera del abrigo, y se me veía parte del muslo. Sergio no decía nada, parecía limitarse a hacerme compañía. Y eso no lo podía permitir. “Bueno, Sergio, entonces prefieres acostarte con una mujer mayor que tú a hacerlo con una jovencita...” Asintió con la cabeza. “¿Te sientes incómodo con mis preguntas?”, le dije. “No, no; lo que ocurre es que no he hablado de esto con nadie...” Ese comentario confirmaba la idea que me había hecho de Sergio: además de todo, es discreto. Me encantaba estar con él en ese instante, con esa complicidad… “No te preocupes por eso, soy una mujer muy discreta. Además, no sé por qué ni cómo hemos llegado a este punto de la conversación. Solo puedo decirte que me encuentro muy cómoda hablando contigo, con esta intimidad...”

Sergio parecía querer decir algo. Yo le miraba animándole con el brillo de mis ojos y mi sonrisa. “Es que…, no sé si es apropiado...”

- Por favor, Sergio, no hables como un político o un ejecutivo; anda, di lo que estás pensando…

Tiré la colilla al suelo y la pisé. Sus ojos estaban clavados en mi pie. “Te haría la misma pregunta pero a la inversa. ¿Te has acostado con alguien de mi edad?” Y en el instante de decirlo pareció arrepentirse. “No, no lo he hecho. Lo cierto es que nunca he sido infiel a mi marido”. Estuve a punto de añadir, “y ocasiones no me han faltado”, pero me contuve. Sergio tragó saliva antes de decir: “Me he acostado con dos mujeres de tu edad más o menos; y las dos están casadas”.

Otra vez me atravesó la mente un sinfín de imágenes que me provocaron una excitación instantánea. Sentí el roce del body en mis pezones. Las mujeres que me estéis leyendo sabréis de qué hablo. Decidí dar un paso más allá. “¿Te resultaba excitante saber que estabas follándote (y usé esa palabra con toda la intención) a una mujer casada?” Sergio, una vez había superado la primera barrera, parecía sentirse cómodo, y ya se expresaba sin titubeos, con seguridad. “La verdad es que sí. No especialmente por el hecho de estar casadas, sino por la entrega que mostraban, la necesidad de caricias que tenían...” Sergio empezaba a gustarme más de lo conveniente: había usado las palabras “entrega” y “caricias” donde otros habrían dicho “cachondas” y “polla”.

Di un paso más. “¿Las hiciste disfrutar?” Sergio me miró como si atravesara su pensamiento la imagen de esas mujeres corriéndose entre sus brazos. “Mucho; o por lo menos eso me dijeron. Y aseguraría que fue así”. Imaginé a Sergio como un amante tierno y potente, capaz de encender el cuerpo de cualquier mujer. Con esos veintipocos años de vigor en su polla; volviendo a follar al poco de correrse; provocando en esas mujeres un orgasmo tras otro; orgasmos llenos de ternura y lujuria; unos orgasmos olvidados hacía tiempo… Mi mente volaba lejos y cerca a la vez. Me estaba humedeciendo.

“¿Repetiste?”, le pregunté. Ahora su mirada había tomado otro aspecto. Había deseo en ella. Si yo estaba húmeda, ¿acaso no estaría empalmado? “Sí. Todavía las sigo viendo cuando alguna de ellas me llama. Yo nunca lo hago”. Sentí el deseo de tomar su rostro con las dos manos y meterle la lengua en la boca. Me controlé. “¿Entramos?”

En el reservado parecía haberse desatado una locura colectiva. Risas, bailes, abrazos… Entramos y sonreímos al ver el ambiente. Sobre la mesa, la botella de los chupitos estaba mediada. Serví dos. Le tendí uno a Sergio y le dije: “¿Sabes?, eres un tipo estupendo”.

 

ÉL

 

Mi escasa experiencia en el consumo de cocaína no me permitía afirmar si estaba buena o no. Solo sentía una explosión de euforia en mi cerebro que provocaba una especie de embotellamiento de palabras por pronunciar, atropellándose unas a otras siquiera antes de abrir la boca. Miré a Irene y le sonreí. “Vaya pelotazo, nena”, dije. Irene se me quedó mirando fijamente, primero a la boca y luego a los ojos. “Hombre, me has llamado nena. Qué cariñoso te has puesto. Se retocaba el maquillaje en el espejo retrovisor mientras la contemplaba con un descaro que no conocía. Como si hubiera cambiado de idea, dejó el rouge otra vez dentro del bolso y acercó su cara a la mía. “Fernando”, dijo con una sinceridad que me conmovió, “quiero besarte. Por un beso no pasa nada, ¿no? Aunque sea con lengua...” Sin dejar de mirarle a los ojos sentí la punta de su lengua suave y húmeda en mis labios. Los abrí y nuestras lenguas se mezclaron en un morreo adolescente que me puso la polla durísima. Me acariciaba la nuca con una mano y sentí erizarse todo el vello de mi cuerpo. El morreo era eléctrico, y apoyé una mano en su cintura, justo a medio camino entre el borde de su falda y sus tetas. Se separó un instante de mí y me dijo: “Estoy cachondísima, nene”, y rio. “Irene...”, traté de sacar fuerzas de donde no había más que debilidad y deseo, “Irene, yo también estoy cachondísimo.” Volvió a meterme la lengua en la boca. Ahora estrechaba su pecho contra el mío. Sentía sus tetas, su aliento, su deseo… Bajé la mano que tenía en su cintura y la deslicé entre sus muslos. Como si hubiese accionado un mecanismo, los separó, levantó el culo del asiento lo justo para subirse la falda y poder abrir bien las piernas. La palma de mi mano frotaba su coño por encima de las bragas. Me recordó el momento en que hice lo mismo con mi mujer, pocas horas antes. Empujé los dedos hasta que metieron las bragas en su coño. Su mano ya apretaba mi polla por encima del pantalón. Nuestras lenguas eran un nudo resbaladizo y nervioso.

De repente, sonaron unos nudillos en la ventanilla del conductor. Antes de girarse, Irene se recompuso lo mejor que pudo. Eran Esther y su amigo. Reían abrazados por la cintura. Irene bajó la ventanilla. “Venimos a meternos un tirito. ¿Molestamos?”

No sé por qué, pero agradecí esa interrupción. Algo ajeno a mí había evitado que cometiera una tontería de la que me iba a arrepentir al día siguiente. Irene abrió las puertas y los dos se sentaron en el asiento posterior. Esther estaba bastante borracha, y su amigo no perdía ocasión de meterle mano. Irene sacó la agenda y la pequeña bolsa y se las pasó. Esther ya tenía en la mano una tarjeta de crédito. Yo permanecía callado; lo único que me apetecía era salir del coche con o sin Irene y regresar al restaurante, meterme un copazo en el cuerpo y mear.

 

ELLA

 

Nos lo tomamos de un trago. Rellené los pequeños vasos y ahora solo bebimos un sorbo. Nos volvimos a sentar. Uno frente al otro, con las rodillas casi rozándose.

“Señores, nos vamos a mover el esqueleto y a tomar la penúltima”, nos dijo Antonio, que presentaba una cogorza considerable. Le miramos y asentimos con la cabeza, pero permanecimos sentados. “En cuanto nos acabemos esto”, dijo Sergio. Sentía unas ganas locas de tomar sus manos, besarlas, chuparle los dedos uno a uno y luego llevarlas a mi entrepierna. Me ardía el coño. ¿Era yo esa mujer que estaba sentada frente a Sergio, caliente como una perra imaginando cómo se lo hacía a sus amantes casadas? ¿Era yo esa mujer que necesitaba desabrocharse la parte inferior del body y liberar mi coño? ¿Era yo esa mujer que visualizaba en ese preciso instante la polla dura y gorda de Sergio soltando chorros de leche espesa y caliente?

Sergio parecía pensar. ¿Pensaba en cómo follaría la mujer que tenía frente a él con la mirada deslizándose de sus ojos a su boca? ¿Pensaba en mis gemidos o mis gritos a la hora de correrme? ¿Pensaba si hablaría sucio mientras me follaba y le decía “clávamela hasta los huevos” o “córrete en mi boca”?

Nos acabamos el chupito y nos pusimos de pie. Todos estaban recogiendo los abrigos del guardarropa. Formamos un grupo en la acera. Alguien propuso ir a un pub cercano, con buen ambiente y buena música. Todos accedimos. Sergio y yo caminábamos detrás del grupo, no demasiado. Era una imprudencia comportarse así delante de quienes iban a compartir bufete dos días después durante todo un año o más tiempo. Sin embargo, de vez en cuando, mi mano se hacía la encontradiza con la de Sergio. Era un leve roce, apenas una fracción de segundo, pero qué de sensaciones me provocaba.

Con una mirada nos entendimos. Cada uno por su lado se integró en la pequeña manifestación que formábamos acera arriba. Como si nada hubiera pasado o como si nada hubiese estado a punto de pasar. Sergio charlaba con otra becaria y yo con Antonio, que empezaba a ponerse de verdad impertinente.

Necesitaba pensar. Me conozco bien y sé lo que me digo. Si cedía a mis deseos, que eran casi irrefrenables, cuando llegara a casa y me acostara al lado de Fernando en el caso de que hubiera llegado, ¿cómo me sentiría? Por otra parte, la idea de llegar a casa y meterme deprisa en la ducha con la leche de Sergio todavía dentro de mí, me producía palpitaciones en el coño. Solo sentir el roce de mis muslos al caminar era pura electricidad. Llegamos al pub. Entré de las últimas y vi a Sergio al final de la barra hablando con la becaria. Me miró y siguió hablando con ella. Era discreto, muy discreto, y eso me enardecía todavía más.

 

ÉL

 

Salimos del coche Irene y yo y nos dirigimos al restaurante. Esther y su amigo, después de meterse las rayas, nos dijeron que se quedaban un rato más en el coche. En la última mirada que les dirigí estaban morreándose y metiéndose mano como Irene y yo pocos minutos antes. Entramos en el local y aquello se había convertido definitivamente en una locura. Sonaba música de baile y todo el mundo parecía divertirse. Alguna pareja se morreaba en algún rincón, pero era gente que todos sabíamos que acabaría follando. Además, todos eran o solteros o divorciados, y más allá de los chismes que pudiesen provocar, no habría ninguna consecuencia.

Irene y yo fuimos a la barra que se había montado en un lateral y nos pedimos un combinado. Saludábamos a unos y otros, que no nos prestaban la menor atención. Irene se hizo con un taburete y se sentó. Yo estaba frente a ella, casi entre sus piernas. Dimos un par de tragos en silencio. Pensaba todavía en que la aparición inesperada de Esther me había salvado de ese desliz que tanto deseaba y seguía deseando. Irene me miraba, casi con embeleso.

-¿Sigues caliente, Fernando? - me preguntó mientras rozaba una de sus rodillas en mi muslo.

-¿Tú qué crees?

Las conversaciones así de cachondas, cara a cara, con alguien que no fuera mi mujer también formaban parte de mis fantasías. “Me ha puesto perrísima notar tu polla en mi mano”, dijo. “Y a mí sentir tu coño abierto a través de las bragas, notar tu lengua en mi boca, tus tetas en mi pecho...” Me había vuelto a empalmar como un chiquillo. Irene me puso ojitos y, con el mayor disimulo posible, estiró un poco su pierna de forma que presionó mi polla. “Joder, nene, cómo estamos otra vez...” Bebí un largo trago del combinado mientras notaba la presión de su pierna en mi nabo. Separó un poco las piernas y con un gesto me obligó a acercarme a ella. Me cogió una mano y la llevó a sus bragas, cuya humedad me puso a cien. “Quiero mamarte la polla, que me comas el coño y que follemos hasta no poder más”, me dijo en un susurro, y me pasó la lengua por la oreja. Mis defensas estaban por los suelos, y ya pensaba en que, después de todo, un desliz es un desliz. Era tal mi estado, que me atreví a decirle: “¿Sabes que me he hecho un montón de pajas pensando en ti?” Irene me miró y me hizo contarle cómo fantaseaba con ella. Le conté la escena del baño de la planta donde trabajábamos. “¿Sabes?”, dijo sin dejar de apretar mi polla, “en ese cuarto de baño me he hecho más de un dedo. Te mentiría si te dijera que pensaba en ti, porque lo hacía mientras intercambiaba whatsapps con un amigo. Pero sí, la imagen que tanto te pone imaginar era esa. Sentada en la taza, con las bragas bajadas, una mano en el teléfono y otra en mi coño.” Y añadió: “me hubiera encantado que me descubrieras e hiciéramos lo mismo que fantaseas.”

Estaba tan caliente que dejé de pensar en nada que no fuera estar a solas con Irene y acabar con esa calentura. “Llevo toda la semana pensando en que esta noche te follaría”, me dijo. El hecho de no poder abrazarla, meterle la lengua en la boca y restregarme en su coño o en su culo allí mismo, de pie, me excitaba como no recordaba. Incluso pensé en ir al baño y hacerme una paja. Pero no, no iba a haber paja solitaria. Me había decidido a dar rienda suelta a mis deseos.

-¿Volvemos a tu coche? - le pregunté. - Y buscamos un sitio tranquilo para poder continuar…

-¿A tus años en un coche? - rio. -Eso es de jovencitos con el apretón, ¿no?

Claro que era de jovencitos con el apretón, pensé. De la misma forma que pensé en el morbo que me producía imaginarnos en el asiento de atrás, como hacía más de veinte años que no me pasaba. “Me da mucho morbo, precisamente por eso, porque hace tanto tiempo que no lo hago.” Sin decir nada, Irene se puso de pie y me dio la espalda. La barra estaba llena de gente. Se pegó a mí y me restregó el culo por la polla, despacio, apretándose fuerte. Yo baje una mano y la metí entre sus piernas hasta llegar otra vez a sus bragas. Las hice a un lado con dos dedos y se los metí. Los moví un instante y los saqué, empapados. Se los acerqué a la boca y los chupó, sin darse la vuelta.

-¿Y esto no te da morbo? - dijo.

 

ELLA

 

Veía a Sergio al final de la barra tonteando con la becaria y me pareció sentir algo parecido a los celos. Qué imbécil soy, pensé. Antonio estaba pasando de la impertinencia a la grosería a marchas forzadas, así que tuve que pararle los pies y ponerlo en su sitio. Se habían marchado ya algunos compañeros, y por un lado sentía la necesidad de irme para no cometer el disparate que tanto me apetecía, pero por otro no dejaba de pensar en Sergio, su polla y su boca. Nos mirábamos de vez en cuando. En una de esas miradas, le di a entender que salía a fumar. Salí. La calle estaba desierta, y a pesar de las fechas no hacía apenas frío. Encendí el cigarrillo mientras mi mente bullía en mil imágenes. Parecía sostener una batalla entre el ángel bueno y el demonio, como en los dibujos animados. El demonio ganaba terreno, y venció del todo cuando vi salir solo a Sergio del pub.

Se quedó de pie frente a mí. Miré a derecha e izquierda y le tomé la cara con las mano. Mirándole a los ojos acerqué mi boca a la suya y le metí la lengua. Nos fundimos en un morreo delicioso. Además de todo, el bandido besaba de maravilla. Nos metíamos las lenguas hasta el fondo de las bocas, nos repasábamos los dientes, los labios, los cuellos. Se pegó a mi cuerpo y noté por primera vez su virilidad. Me estoy poniendo cursi. Noté su polla, dura, muy dura, apretarse contra mi vientre. Metí una pierna entre las suyas. “Vámonos de aquí antes de que me arrepienta”, le dije sin separarme, con las mejillas llenas de su saliva.”

-Comparto piso con un amigo – me dijo. - No creo que esté. ¿Vamos allí?

Asentí. Sin despedirnos de nadie salimos a la avenida del final de la calle a por un taxi. Apareció uno enseguida. Sergio le dio la dirección y todo el trayecto fue un morreo ininterrumpido. Sentía la necesidad de montarme a horcajadas sobre Sergio, pero me controlé. Llegamos, pagó el taxi y entramos en el patio. Sin llegar al ascensor nos detuvimos en el patio. Otra vez mi espalda contra la pared, otra vez mi pierna entre las suyas, su polla frotando mi vientre. Ahora una mano de Sergio se había colado bajo mi vestido, y subía por mis muslos. Tenía una mano grande, fuerte y delicada a la vez. Cuando llegó a mi culo y lo magreó empujándome contra su cuerpo, sentí que iba a correrme allí. ¿Cuánto tiempo hacía que no notaba la llegada de un orgasmo sin estimular mi coño? ¿Desde que era una adolescente? Sergio notó mi agitación, que en ningún momento traté de disimular, y con una habilidad sorprendente, abrió los clecs de mi body. Sentir cómo se subía la prenda hasta mi vientre y quedaba mi coño al descubierto me enloquecía. Me metió dos dedos en el coño por detrás y ahí me corrí. Me apretaba a él, casi con desesperación. Llevaba tantas horas acumulando deseo que me corrí como una perra, sin soltarlo, sin sacar la lengua de su boca. Sentí hasta convulsiones. Y el flujo que brotó de mis entrañas en una cantidad salvaje. “Sergio”, dije cuando pude reaccionar y recuperé el aliento. “Me has vuelto loca.” Sergio sacó la mano de debajo del vestido y la puso entre nuestras bocas. Lamimos los dedos, uno a uno. Solo pensaba en una cosa: “quiero más.”

 

 

ÉL

 

Irene tomó un trago de la copa y la apuró. Aprovechó para ponerse detrás de mí. Pegó sus tetas a mi espalda y su mano se deslizó dentro del bolsillo, en la lado del pantalón donde estaba mi polla. La apretó con fuerza y me susurró al oído: “La quiero en mi boca, la quiero dentro de mí.”

Salí yo primero despidiéndome de aquellos con quienes me cruzaba antes de llegar a la puerta y me dirigí al coche de Irene. Cuando llegué, vi que Esther y su amigo seguían allí. Y no perdían el tiempo. Tengo un punto voyeur que siempre me ha gustado y nunca he ocultado a mi mujer, sobre todo cuando hemos estado en playas nudistas. Me acerqué a la ventanilla trasera y vi cómo Esther cabalgaba la verga de su amigo, con las tetas por fuera, apoyada en sus hombros. Solo me faltaba esto, pensé. Llevo empalmado horas. Noté que follaban sin condón; el culo de Esther se movía en círculos, subía y bajaba de la verga de su amigo. Una buena polla, todo sea dicho.

Noté una mano en mi hombro que me sobresaltó. Era Irene. “¿Te gusta mirar?”, me preguntó. “Sí”, le respondí sin el menor asomo de vergüenza. “¿Y que te miren?”, me sorprendió. “¿Quieres decir mientras estoy follando?”. Asintió. “Que yo sepa nunca me han visto, aunque quién sabe, en alguna playa o en el coche cuando joven...”, respondí. “¿Y qué hacemos ahora? Esther puede pasarse media noche follando aquí dentro.” Estaba tan perturbado que pensé en entrar en el coche, saludar y sentarnos en los asientos delanteros. Decirle a Irene que arrancara y marcharnos a algún lugar discreto con el coche, algún aparcamiento, qué se yo… “Tengo mucha confianza con Esther. Nos hemos visto follar con otros bastantes veces, durante una temporada que compartimos piso. A mí no me importa entrar; lo que tu digas...”

Sin mediar palabra, le abrí la puerta del conductor y entró. Pasé yo al asiento del copiloto y me senté. Esther saludó a Irene como si se estuviera pintando las uñas y siguió a lo suyo. A su amigo no se le veía la cara.

- Vamos a un sitio tranquilo – dije.

Irene arrancó y condujo despacio con mi mano entre sus muslos. De vez en cuando me daba la vuelta para ver el culo de Esther con esa polla taladrándole el coño. “¿Te dejo en casa?”, le preguntó Irene a su amiga. Entre jadeos, dijo, “como quieras, o nos montamos una fiesta los cuatro en el coche.” Irene me miró. No sabía que decir; en ese momento mi polla pensaba por mí. Tampoco me apetecía compartir a Irene ni follar con su amiga, aunque la idea de ver y que nos vieran me excitaba mucho.

-¿Y por qué no vamos los cuatro a tu casa? - preguntó Irene.

Sin dejar de follar, Esther dijo algo parecido a “vale”.

Y allí estábamos los cuatro, en un ascensor, cada pareja magreando a la suya, esperando a llegar al octavo piso.

 

ELLA

 

“Vamos arriba”, dijo Sergio. Llegamos abrazados al ascensor. Seguimos igual mientras subíamos hasta llegar a la puerta de su casa. “¿Me sacas las llaves del bolsillo?”, me preguntó Sergio. Era el bolsillo donde descansaba su polla. Me costó sacarlas. Entramos y fuimos directos al dormitorio. Su compañero no estaba. Me senté en el borde de la cama y le atraje hacia mí. Se dejó hacer. Estaba tan agradecida por el orgasmo que me había regalado que pensaba volverlo loco. Mientras se desabotonaba la camisa, le desabroché el cinturón y el botón de los pantalones, que cayeron al suelo. Delante de mi cara tenía unos slips negros con una verga dura y gruesa perfectamente perfilada. Le lamí el vientre agarrada a su culo. Pasé mi lengua por los bordes del slip, por arriba y por las ingles. La polla le palpitaba de excitación. No tenía una polla diferente a la de Fernando ante mi boca desde hacía muchos, muchísimos años. Me sentí muy puta y me gustó. Mordisqueé su verga por encima del slip, sintiendo cómo le excitaba. Agarré los slips por detrás y, muy poco a poco, se los fui bajando. La polla se liberó de su prisión y me golpeó en la cara. Era una verga más gruesa que la de Fernando, descapullada, preciosa. Le bajé los slips hasta que se los sacó por los pies. Empecé a besarle los huevos y subí por el tronco del rabo hasta llegar a su capullo, que engullí. Me agarraba a su culo, sobándolo, mientras no dejaba de succionar su polla. Llegué a metérmela entera en la boca, como tanto le gusta a mi marido. Su vientre se agitaba, me acariciaba el pelo.

Solo pensaba en darle placer. Quería ser mejor amante que sus dos amigas casadas; más golfa; más complaciente; más entregada. Le separé las nalgas y jugué con el agujero de su culo y sus huevos. Noté que le gustaba. “Mírame”, me dijo. “Mírame a los ojos mientras me la mamas.” Levanté la mirada y vi unos ojos de macho caliente, caliente gracias a mí. Me saqué un segundo la polla de la boca para decirle:

-Quiero que acabes en mi garganta, quiero notar los chorros de tu leche hasta atragantarme, quiero tragarme tu corrida hasta la última gota.

Y volví a comérsela. Mis palabras y mi mirada le habían convertido en una bestia sexual. Empezó a agitarse. El Sergio educado y discreto, cortés y caballeroso, era un tipo desatado y desinhibido, loco. “Toma mi leche, tómala, me voy a correr...”

En ese momento le metí la punta de un dedo en el ano y noté un aluvión de semen espeso y caliente golpeando mi campanilla. No paraba de venirse, y cada chorro era un espasmo que parecía llegarme a las mismas entrañas. Sergio gruñía, gemía, gritaba. “¡Qué gusto, joder qué mamada me has hecho, no puedo parar de correrme…!” Trataba de tragarme toda su corrida, pero tenía la boca llena de leche. Una cantidad que ya no recordaba. Parecía que había terminado y empecé a tragarme poco a poco la que se acumulaba en mi boca. Sin sacarle el dedo del culo, sin dejar de mirar su cara. Esa cara que pone un hombre en el momento de venirse y justo después de acabar.

“Uf, cariño, qué ganas tenía. Vaya mamadón me has hecho...”

Se agachó y me dio un beso profundo. Una mezcla de vicio y ternura. Su polla seguía dura. Ahora quería sentirla dentro de mí. Quería sentir lo mismo que sus amantes.

 

ÉL

 

En casa de Esther había una pequeña sala con dos sofás y dos puertas, que supuse que eran los dormitorios. “¿Nos quedamos aquí los cuatro?”, propuso Irene. Cada pareja se sentó en un sofá. Me sentía envuelto por una neblina de irrealidad, como si no pudiera estar pasándome eso a mí. Irene me empujó en el sofá hasta quedar completamente retrepado en el respaldo. Se puso de pie ante mí. “Quiero que me veas, querido Fernando voyeur...”, dijo. Separó las piernas y se quitó el blazer. Sacó los faldones de su blusa y empezó a desabotonarla. En el otro sofá habían ido más rápido y ambos estaban completamente desnudos, con Esther apoyada en el sofá y su amigo embistiéndola por detrás, con unos pollazos que la hacían gritar.

Irene se había quitado la blusa, y sus tetas, constreñidas por el precioso sujetador, me parecieron ese manjar que todo hombre desea probar al menos una vez en la vida. Bajó la cremallera lateral de la falda y ésta se deslizó hasta el suelo. Se alejó un poco para que pudiera verla bien.

Irene, la musa de mis pajas, estaba delante de mí tal y como desea cualquier hombre: en bragas y sujetador y medias y zapatos de tacón. “¿Te gusta lo que ves?” Asentí como si estuviera bobo. “Pues demuéstramelo”, dijo sin dejar de contonearse y acariciarse, obscena y preciosa. Me puse de pie, me quité la americana y la camisa. Dejé caer mis pantalones. La mirada de Irene estaba clavada en mis slips, que marcaban mi polla en su máximo esplendor. Me quité los calcetines y me quedé frente a ella. “Ven”, dijo.

Nos abrazamos así, en ropa interior, comiéndonos las bocas, sus tetas comprimidas contra mi pecho, mi polla frotándose en su pelvis. “Ahora vamos a mirar a estos dos, querido mirón”, dijo. Sin soltarnos ni dejar de magrearnos, ambos miramos hacia el sofá. Esther estaba completamente volcada en el respaldo, con la cabeza moviéndose en todas direcciones. Su amigo la seguía follando agarrada a sus caderas. Se escuchaba perfectamente el sonido de su coño empapado a cada acometida. Irene me apretó la polla. “¿Te pone cachondo eso que ves?” Dije que mucho, y mucho más al sentir su cuerpo pegado al mío. “A mí también”, confesó. Se veían perfectamente los brillos del flujo de Esther cayendo por sus muslos, y los cojones de su amigo chocando contra su culo. “Pajéame”, dijo Irene. Esa palabra, esa única palabra, me encendió más de lo que estaba, algo que parecía imposible. Le metí la mano por debajo de las bragas, por detrás, y llegué a su coño. Al mismo tiempo que le metía dos dedos, sentí su mano apretar mi verga por encima del slip. Me acarició el vientre y las ingles, y metió la mano por dentro de mi slip. La apretó con fuerza; me comía una oreja, metía la lengua dentro de ella. Dijo “voy a correrme, no pares por lo que más quieras.” Seguí con el movimiento de mis dedos, ahora tres. Arqueó la espalda, flexionó las rodillas y empezó a venirse gritando. “No pares hasta que te lo diga”, dijo. Seguí con mis movimientos, abriendo y cerrando los dedos dentro de su coño. Me apretaba la polla con fuerza, se abrazaba a mí, miraba las embestidas que recibía Esther. Era un orgasmo interminable, maravilloso. Mis dedos resbalaban dentro de su coño de gelatina. Empezó a decir procacidades, a pedirle a Esther y su amigo que la miraran, que se corrieran con ella. Le hicieron caso y el tipo se sentó en el borde del sofá; su polla ahora parecía más gorda, más venosa. Esther se sentó sobre él dándole la espalda. Se clavó la polla hasta los huevos y empezó a estimularse el clítoris. “¡Córrete nena”!, le gritó a Esther. Como si hubiera accionado un interruptor Esther empezó a moverse espasmódicamente, mirando fijamente a su amiga. Me di cuenta de que ahora el tipo no llevaba condón. “Para poco a poco”, me susurró Irene. Las tetas de Esther bailaban como locas. Se corría sin el menor pudor… “No me he puesto condón ahora, ¿puedo echártela dentro?”, le preguntó su amigo. Esther dio un salto y se arrodilló a su lado, para que la viéramos bien. Le comía los huevos mientras le hacía un paja propia de una experta. Al tercer movimiento, el tipo empezó a mover el culo sobre el asiento, lanzó un gruñido salvaje y escupió una cantidad de semen como no escupía yo desde que tenía diez años menos.

Poco a poco recuperaron la compostura los tres. La mano de Irene seguía apretando mi polla. “Ahora te toca a ti”, me dijo. Y se arrodilló sin dejar de mirarme; la cara de perra que ponía es difícil de describir. Era una hembra en celo. Saciada de momento, pero sin duda con ganas de más.

 

ELLA

 

Tumbé a Sergio en la cama, con la polla igual de dura. Apuntaba al techo, ligeramente curvada hacia la izquierda. “Voy a ser la más puta entre todas las putas”, le dije. Me saqué el vestido y me puse subí a la cama, con un pie a cada lado de él. El body abierto le ofrecía una visión perfecta de mi coño. Avancé un poco y puse los pies a la altura de su cabeza. Tenía el coño justo encima de los ojos. “¿Te gusta mi coño?”, le pregunté mientras me separaba los labios. Asintió en silencio. “¿Me lo vas a llenar de leche como haces con tus amigas?” Sergio respiraba agitadamente. Dijo, “no. Te lo voy a follar más y mejor. Me vuelves loco.” Sus palabras me provocaron un escalofrío. Me masturbé suavemente sobre su cabeza. Podía correrme en cualquier momento. Fui flexionando las rodillas hasta que mi coño abierto quedó sobre su cara. “Come”, le dije. Con las manos apoyadas en el cabezal de la cama y sin dejarme caer del todo sobre su cara, Sergio empezó a lamer mi clítoris. Lo tenía hinchado y brillante, hipersensible. No podía ni quería resistir más. “Voy a correrme en tu cara”, le dije. Siguió lamiendo y le solté un chorro de flujo en la boca, moviendo el culo somo si hiciera sentadillas. Cuando sintió mi corrida noté como se llevaba una mano a la polla, pero se lo prohibí. “Esa polla esta noche es mía”, le dije. Retrocedí y apoyé el culo en su pecho, fui bajando sin dejar de frotarme el coño hasta sentir su polla. Nos mirábamos. Me froté el tronco de su verga a lo largo de todo mi coño abierto, varias veces. Sergio disfrutaba. Los ojos brillantes, la boca entreabierta, la respiración agitada. “Mira bien esto”, le dije. Le cogí la polla por la base y coloqué el capullo justo entre mis labios. Yo también miraba. Quité la mano y me dejé caer. Quise que fuera poco a poco, pero estaba tan mojada que entró hasta el fondo de repente. Me quedé quieta; me sentía llena de polla. De un pedazo de polla joven que jamás había pensado que iba a tener dentro de mí. Sin retroceder, empecé a moverme con toda la verga clavada. Me frotaba el clítoris en su pelvis. Iba a correrme otra vez, santo cielo. ¿Era yo o estaba tratando de suplantar y mejorar a sus dos amantes para que nunca me olvidara? Pasé una mano por detrás y le masajeé los huevos y el ano. Me pellizcó los pezones cuando me saqué las tetas del body. “Qué gusto me das, Sergio. Qué bueno eres. Cómo me gusta tu verga, en mis entrañas...”

-Y tú, cómo me pones. Qué coño tan estrecho y caliente tienes, qué viciosa eres, qué perro estoy…

Las palabras siempre ayudan en la excitación sexual, y a mí personalmente me ponen muy guarra. “¿Notas como te la aprieto con los músculos de mi coño? ¿Vas a llenarme de leche hasta que me chorree por los muslos? No puedo dejar de correrme, eres un pedazo de polla con patas, cabronazo… Qué guarra me siento contigo, cómo me gusta sentirme así de perra...”

Sergio empujaba hasta el punto de que pensaba que iba a partirme en dos. “¿Puedo correrme dentro sin condón?”, acertó a decir, jadeante, sudoroso. “Lléname de leche, la estoy deseando... Dímelo, dime cómo me llenas de leche...” Sergio se agarró a mis caderas y me la clavó todavía más, aunque pareciera imposible. Le metí el dedo en el ano. “Toma leche, toma toda mi leche”, gruñó.

-Dime lo puta que soy, dime el gusto que sientes conmigo.

Noté un borbotón de leche casi en el estómago, y luego dos más. “Toma leche, guarra, eres la más guarra entre las guarras, eres la mejor de las hembras… Toma más leche.”

Sus palabras y sentir cómo me llenaba las entrañas y cómo empezaba a derramarse entre mis muslos hizo que me corriera otra vez. ¿O era el mismo e interminable orgasmo? Poco a poco fue relajándose.

-Perra, qué perro me has puesto…

Me tumbé en su pecho y le metí la lengua en la boca. “Y tú a mí… Esto es sexo y lo demás son tonterías”, reí.

 

ÉL

 

Me bajó los slips con los dientes, tirando de ellos hasta medio muslo. Mi polla emergió, agradecida. Me cogió de los muslos y se la metió en la boca. No se detuvo en besitos ni delicadezas. Me la mamaba entera, engulléndola. Miré hacia un lado y vi a Esther y su amigo. Ambos nos miraban. Me puso muy cerdo. Además de voyeur, me descubría exhibicionista… Irene se la había sacado, se había sentado sobre sus talones y se dedicaba a comerme el culo. Mi verga palpitaba, más allá del ombligo. Sabía que podía correrme en cualquier momento, y lo cierto es que me extrañaba no haberlo hecho aún, después de horas de una calentura tan intensa. Qué cierto es aquello de que el orgasmo no es la finalidad del sexo. Gozaba tanto o más como si me corriera, con los sentidos a flor de piel. Miraba a Esther, cuyos ojos estaban clavados en mi polla empalmada y sola. Tenía una sonrisa de golfa impresionante, y eso que parecía estar saciada. Irene me había metido un dedo en el culo, y me lamía el vientre y las ingles, sin tocarme el capullo. Posiblemente pensaba que con una simple pasada de lengua me vendría. Se pajeaba.

Me sentó en el sofá, se acercó con las piernas abiertas, se quitó las bragas solo por una pierna y me montó. Gemí. Tenía el coño caliente y acogedor. Habría dado cualquier cosa por quedarme allí dentro siempre. Le saqué las tetas del sostén y le comí los pezones. Se movía en círculos…

“No voy a aguantar mucho más...”, dije. “Yo no paro de disfrutar, hazlo cuando quieras.”

-¿Puedo hacerlo dentro de ti?

-Sí. Dame tu leche, nene malo.

Me puse muy cerdo, mucho. Noté una lengua en el agujero de mi culo. Eso me acabó de rematar. Esther estaba comiéndome el culo. Lancé un grito animal, salvaje. Noté cómo salía mi semen, a chorros, como hacía tiempo que no me pasaba. Fue un orgasmo intenso. Brutal. Puro sexo. Con mi boca todavía en sus tetas, Irene se salió de mí y se quedó de pie. Como si fuera un pacto o algo premeditado, Esther se colocó entre sus muslos y empezó a lamer y a tragarse la leche que iba cayendo de su coño. Me encontraba en otro mundo. Un mundo del que no quería regresar jamás.

 

 

ELLA

 

Estuvimos abrazados en la cama un buen rato, acariciándonos. Sentía irritado el coño después de tanto orgasmo. Por primera vez en toda la noche se me ocurrió mirar el reloj. Las cinco y veinte. Era una hora aceptable. Había llegado a casa después de una de esas fiestas más tarde y más pronto. Me levanté y le dije a Sergio que quería darme una ducha. Me acompañó al baño. Me recogí el pelo para que no se mojara y empecé a ducharme. Miré frente a mí y vi a Sergio sentado en la taza del inodoro. Se estaba haciendo una paja mientras me miraba.

-Estoy irritada, cariño – le dije.

-No pasa nada, golfa – me dijo. -Solo quiero que me mires hacerlo mientras te duchas. Así te llevas un recuerdo extra.

Me hizo sentir muy perra, mucho más de lo que me había sentido en toda mi vida. Me enjabonaba provocándole con movimientos de caderas, inclinándome hacia adelante para que calibrara mis tetas, con comentarios que me salían de algún lugar que no conocía hasta ese momento. “Pajéate, Sergio, hazlo así, mientras me miras. Piensa que me follas en los lavabos del bufete, o que te mamo la verga debajo de tu mesa, arrodillada, hasta que te corres en mi boca… Piensa lo cerda que vas a pensar que soy cada vez que me veas tan formal en el bufete, hablando con clientes. Piensa en los orgasmos que me has hecho sentir esta noche cuando pase por delante de tu mesa y te salude…”

Sergio estaba verdaderamente excitado, pero yo quería algo más. Lo necesitaba. Una vez dado el paso, quería la confirmación. Sin dejar de pajearse (¿no os encanta a vosotras, las mujeres que me leéis ahora, ver a un tío meneándosela hasta correrse?), y saliendo de la ducha, me planté ante él y le dije: “Quiero saber una cosa y que seas sincero cuando me respondas: ¿has disfrutado más conmigo que con tus otras amantes?”

Su respuesta no pudo ser más sincera. Soltó un chorro de leche que fue a parar directamente a mi vientre. Me lo sequé con una toalla y le limpié los restos de semen con mi boca. Luego nos dimos un largo morreo y volvimos al dormitorio.

 

ÉL

 

Tardé unos minutos en situarme. Después de la corrida había cerrado los ojos e Irene había apoyado la cabeza en mis muslos, descansando. Le acariciaba el vientre con las yemas de los dedos. Esther había regresado al otro sofá, donde su amigo empezó a darle caña otra vez. ¡Qué maravilla la juventud!, pensé. Miré la hora. Las cinco y cuarto. Buena hora para regresar a casa. Era la primera vez que salíamos por separado la misma noche. Siempre había salido uno o el otro, así que no tenía ni idea si ella habría vuelto ya o no. Mientras me vestía y me arreglaba un poco tratando de averiguar si olía a hembra o a perfume o a semen, Irene me miraba en silencio. “No me creo aún todo lo que ha pasado esta noche”, le dije. Estaba deliciosa, con el aspecto de una mujer que acaba de saciar sus apetitos sexuales. Me pongo cursi; tenía el aspecto de una hembra multiorgásmica que se lo ha pasado pipa. “¿Los estás viendo?”, dijo al fin señalando el sofá. “Son insaciables...” Les miré y, sobre todo, les escuché. Esther estaba desatada y se comportaba como una verdadera ninfómana; el tipo, un semental de menos de treinta años, era infatigable. Esther estaba sentada en el borde del sofá, con las piernas muy abiertas, y su amante, arrodillado, o casi, le metía la punta de la polla sujetándola con una mano y moviéndose en círculos.

-Qué cerdo me pones, guarra.

-No pares, tío, no pares por lo que más quieras.

El tipo entonces sacaba la polla y la dejaba a unos centímetros del coño de Esther, brillante y rojo. “¡Métemela o me hago una paja!”, gritaba. Entonces el otro metía la punta otra vez y seguía con su juego de movimientos circulares. “¡Métemela entera, hasta los cojones!”, y no sé cómo hizo Esther, pero enroscó sus piernas alrededor de la cintura del semental y se la hundió toda. “Joder, qué gusto”, no paraba de decir. Por supuesto, mi verga estaba otra vez a punto. Irene no apartaba la mirada de ella, y cuando me subí lo slips y desapareció marcándose como un tronco, pareció como si hubiese perdido unos pendientes en la playa. Y nunca los encontraría. Esa fue su mirada, el gesto de su boca. ¿Se estaba encoñando? No me parecía verosímil, sobre todo teniendo en cuenta que Esther había jugado bien a gusto con mis huevos y mi culo. Se levantó y se puso detrás de mí mientras me abrochaba el cinturón después de meterme la camisa por dentro de los pantalones. Sus tetas en mi espalda, sus dedos en mi boca, su lengua en mi cuello.

-Fernando – dijo- ya sé que eres un hombre casado y que este ha sido tu primer desliz. Pero me gustaría repetir.

Me acojoné y debió de notarlo en mi cara porque añadió enseguida: “No te preocupes, no quiero que seamos amantes ni nada parecido. Eso sería al final tan rutinario como estar casados. Solo quiero decirte que, cuando vuelvas a hacerte una paja pensando en mí, me lo digas. Y quiero que sepas que estaré dispuesta a pasar un buen rato contigo.

Miró a la pareja del sofá y añadió: “Y con ellos.”

Como si quisiera demostrarme que no había nada parecido al amor en sus sentimientos, se dirigió al sofá, miró a Esther y le dijo: “Déjame esa polla.” La cogió e hizo que el tipo se levantara sin soltara. Se puso de pie detrás de él. Con una mano le pajeaba y con la otra le masajeaba los huevos y el vientre. Esther se arrodilló delante: “Vamos, suéltala en mis cara y en mis tetas”, le dijo. Irene se centró en apretar su frenillo con solo dos dedos. Le decía al oído: “Vamos, dale tu lechita a mi amiga”. Le temblaron los muslos y empezó a eyacular. Cada chorro era consecuencia de un movimiento de los dedos de Irene. Esther buscaba con la boca la leche, hasta que dejó de salir. Irene me miró como si dijera: “¿Ves como solo es sexo?”

Me puse los calcetines y los zapatos. Al agacharme sentí la incomodidad de estar tan empalmado. Me acerqué a los tres, que parecían componer un tableau vivant. Le di la mano al semental cuya polla goteaba aún y un morreo a cada una de ellas. Más largo a Irene. Mucho más largo.

Me acompañó hasta la puerta, llamé al ascensor y esperé mirándola; quería retener esa imagen en mi memoria. “¿Es verdad eso que dicen algunos?”, preguntó Irene. “¿El qué?”, dije con la puerta del ascensor en la mano. “Que mientras follan con sus mujeres piensan en otra… Y que les ayuda a correrse más a gusto...”

-No lo sé – dije. - Nunca me ha pasado…

-Vale. Buenas noches. Ha sido una noche maravillosa…

Entré en el ascensor y pulsé el botón del bajo.

 

ELLA

 

Me puse el body y Sergio me lo abrochó acariciando mi coño. Me quiso poner las medias y lo hizo de un modo que me hizo sentir la mujer más deseada del mundo. Me terminé de vestir. Me calcé y fuimos hasta la puerta. Antes de abrirla y llamar el ascensor, Sergio dijo: “Es verdad…, pensaré en todo lo que me has dicho hace un rato. Cada vez que te vea pasar delante de mi despacho en el bufete, pensaré que te follo en el baño empotrándote contra la pared, sin siquiera quitarte las bragas, y también pensaré que me la mamas por debajo de la mesa… Estaba desnudo y la tenía morcillona. Le metí la lengua en la boca, le acaricié los huevos, le meneé la polla hasta que se le puso otra vez dura y salí. Llamé el ascensor. Desde la puerta entornada Sergio me dijo que cuando follara con una de sus amigas le resultaría inevitable pensar en mí. Aunque mi coño era mejor, y mi boca, y mi cerebro. “Espero que cuando lo hagas con tu marido te acuerdes de mí...” Le sonreí y me metí en el ascensor.

 

 

Un taxi se detuvo en la calle oscura y, mientras el cliente pagaba, otro lo hizo justo detrás. Fernando y su mujer se encontraron en la calle, recogiendo el cambio a través de la ventanilla.

Se sorprendieron tanto que no supieron cómo reaccionar. Durante los respectivos trayectos habían recordado la noche pasada. Se demoraban en ciertos detalles especiales, esas fracciones de segundo que les habían transformado. Fernando se demoraba en recordar el momento en que Irene le había metido la mano en el bolsillo, junto a la barra de la fiesta. Su mujer, con una sonrisa en los labios, recordaba la voz de Sergio diciéndole que era la más perra entre las perras…

Se dieron un beso. Se sentían ajenos, una situación difícil de explicarse; como si el otro estuviese invadiendo en cierto modo su intimidad y le impidiera concentrarse en lo que realmente le apetecía.

Ninguno de los dos estaba bebido, ni siquiera achispado. Su embriaguez era de otra clase. Incluso parecía como si evitaran mirarse. En el ascensor se preguntaron por la cena como si fuesen dos vecinos que han coincidido de vuelta por casualidad. Abrió Fernando y la dejó pasar. Se quitó el abrigó, lo colgó del perchero y anduvo por el pasillo hacia el dormitorio. Fernando iba unos pasos tras ella, mirándole el culo y las piernas y los tobillos. Sintió otra vez el cosquilleo previo a la erección. Una erección que se concretó cuando la vio sentada en la cama, con el vestido subido y bajándose las medias despacio.

- No te las quites – dijo.

Ella sonrió. Se sentía irritada aún, pero también orgullosa de que su marido le dijera eso. Dejó caer el vestido y se quedó con el body, las medias y los zapatos. Ambos pensaron en lo mismo. Fueron al cuarto de baño. Fernando se desnudó. Ya la tenía completamente dura. Ella apoyó las manos en la pila, frente al espejo, se inclinó un poco hacia adelante y sintió cómo entraba la polla de su marido en su interior. Ambos se miraban al espejo, confirmando cada uno por su lado que sí, que eran ellos quienes estaban follando. Se miraban a los ojos. Se calentaron pronto y mucho.

Fernando entraba y salía de ella despacio, mientras su mujer movía el culo en círculos. Fernando dijo: “Qué gusto ver cómo entro y salgo de ti, como me mojas la polla.” Ella se acariciaba el clítoris, se sacó las tetas del body. Le bailaban, muy duros los pezones. Fernando empezó a empujar fuerte cuando notó que ella andaba cerca. La conocía tan bien…

Se corrieron casi a la vez, con sus ojos concentrados en el espejo. Cuando se estaba viniendo, ella dijo: “Dime guarra”. Una centésima fracción de segundo después de oír la palabra “guarra”, Fernando la pronunció y se vació dentro de ella. A ella solo le bastaron dos toques en el clítoris para venirse. “Me gusta sentir tu leche dentro de mí”, jadeó.

Se quedaron quietos un momento.

Al fin, Fernando dijo:

-Sí que estábamos cachondos… Tanto jueguecito esta tarde…

-Sí. Necesitaba tu polla, mi amor.

 

 

 

AL DÍA SIGUIENTE

 

 

ELLA

 

Me desperté hacia las doce; había dormido con las medias y el body enrollado en la cintura. Fernando dormía a mi lado, desnudo bocarriba. Tardé en situarme y, poco a poco, fueron acudiendo a mi mente recuerdos de la noche anterior. No seguían ningún orden lógico, más bien se trataba de una sucesión de imágenes, de situaciones, de palabras pronunciadas y oídas. Volví a mirar a Fernando y me pregunté el motivo de mi aventura de la noche anterior. No había ningún porqué, simplemente había sucedido. Quise jugar y lo hice hasta el final.

¿Me sentía culpable? En absoluto. En ningún momento pensé en palabras como “infidelidad”, “traición”, “cuernos”, etcétera. Más bien -dado mi carácter reflexivo y racional – pensé en que por algún extraño motivo me apeteció sentirme muy puta, muy deseada, y una vez se concretó ese apetito, no quise ponerme palos en las ruedas y llegué hasta el final.

El polvo con Fernando mirándonos al espejo fue la guinda de un pastel que nunca había pensado saborear. Un pastel que había resultado delicioso. Estaba segura de que al día siguiente, Sergio y yo nos saludaríamos en el bufete como si nada hubiera ocurrido aunque, por supuesto, a nuestras mentes acudirían imágenes de la noche del sábado. Pensé en mi obsesión para que me dijera que era mejor que sus amantes casadas, y la satisfacción que sentí cuando me lo confirmó. Pensé en que mi vida sexual con Fernando era mucho más satisfactoria que la de otras parejas amigas, con cuyas mujeres a veces había hablado sobre ello. Pensé…

Estaba húmeda. Lo notaba y me satisfacía la sensación. Benditas alteraciones hormonales de la premenopausia.

¿Se lo contaría a Fernando o lo mantendría como un secreto solo mío, algo que solo pertenecía a mi vida privada, a ese pequeño cuarto que todas tenemos derecho a poseer para guardar allí lo más íntimo? En el caso de que se lo contara, ¿cómo reaccionaría? Es más, ¿cómo se lo iba a contar…? Nunca había habido secretos entre nosotros; ambos sabíamos que nos masturbábamos por separado, y respetábamos esa privacidad, ese disfrute de una consigo misma, o de él con sus fantasías. Estaba tan mojada que pensé en masturbarme o en despertar a Fernando con una mamada, algo que le encantaba y le mantenía de buen humor el resto del día. En cambio, me quité las medias y el body y, desnuda, me dirigí a la cocina y preparé una cafetera. Sentada a la mesa mientras salía el café, encendí un cigarrillo y me recreé otra vez en algunos momentos de la noche anterior con Sergio.

 

ÉL

 

Cuando me desperté, estaba solo en la cama, desnudo. Lo primero que sentí fue un intenso olor a sexo. Al sexo de mi mujer y del mío. Inmediatamente, se sucedieron por mi cabeza una serie de imágenes cuya nitidez me provocaron una erección instantánea. Una erección sincera, porque nada hay tan sincero como una erección. Miraba mi polla y la recordaba dentro de Irene, en su mano, en su boca; recordaba a Esther comiéndome el culo y los huevos hasta que me corrí y follando con su amigo con la vitalidad propia de su edad. Miraba mi polla, en fin, y mi polla palpitaba, más allá de mi ombligo. ¿Dónde estaba mi mujer? Visualicé nuestro polvo al llegar a la vez a casa, frente al espejo, como si el hecho de vernos así las caras, tan de cerca mientras la follaba con ganas, me asegurara que la seguía deseando; que su cuerpo, su mirada y su coño eran los que de verdad me volvían loco de placer.

¿La noche anterior? Una aventura sin más…, un polvo accidental…, una mujer perfecta que me había calentado y yo a ella hasta ponernos guarros al extremo. Una mujer con la que conseguí la suficiente intimidad como para confesarle que me había hecho más de una paja pensando en ella. Y, por si faltaba algo, la pareja que teníamos al lado; la libertad y falta de vínculos sentimentales cuando Esther me había comido el culo e Irene había colaborado en la corrida del otro tipo… Mi polla se movía, con vida propia, y mi memoria, con los ojos cerrados, recuperaba la intensidad y, sobre todo, la sorpresa y lo inesperado de la noche. El estado casi permanente de erección. Porque no había sido solo un polvo, había sido una escena digna de cualquier fantasía. Dos mujeres y un hombre más jóvenes que yo y yo mismo guarreando sin complejos en la misma sala. Pensé en hacerme una paja rápida, pero mejor no...

Escuché cómo salía el café de la cafetera y supe que mi mujer estaba en la cocina. ¿Le diría algo de lo ocurrido? ¿Le hablaría de un “desliz”, esa palabra tan absurda? ¿O me lo callaría para siempre y me haría alguna paja cuando me asaltaran las imágenes más calientes de la noche? Irene enseñándome el coño, Irene con su mano dentro de mi bolsillo… Irene diciéndome que cuando fuera a hacerme una paja pensando en ella se lo dijera.

Me levanté y, empalmado como estaba, me dirigí a la cocina. A mi mujer le gusta mucho verme desnudo y empalmado por la casa. Cuando entré en la cocina, olía a café. Me miró y sonrió. “Te has despertado contento”, dijo. “Ya lo ves”, respondí. Nos besamos y me acarició la polla. Sirvió los cafés, nos sentamos frente a frente, desnudos, mirándonos a los ojos.

- ¿Qué tal anoche? - preguntó.

- Como todos los años – dije – borracheras, bailes, colas en el wc para meterse rayas… ¿Y tú?

- Bueno, nosotros éramos menos. Cena, copa en un pub y luego a una discoteca los cuatro que no estábamos muy perjudicados. Los tonteos de siempre…

- ¿Te entraron muchos? - le pregunté. Era una pregunta habitual cuando salía con amigas.

- Cuatro moscones y dos o tres pipiolos. Nada del otro mundo...

Como todos los años, pensé. Pero no había sido como todos los años. “Me gustó el polvo delante del espejo”, le dije. “Y a mí”, respondió rozándome la polla con su pantorrilla. “Con el calentón que salimos de casa...”

Terminamos el café y llevamos las tazas y los platos al lavavajillas. Cuando se agachó y vi su culo y su coño abiertos, le pasé la mano y me froté la polla en su muslo. Se dio la vuelta y me abrazó. Mi verga se aplastaba en su vientre y sus tetas en mi pecho. Nos dimos las lenguas, jugando con ellas, sin prisas. Mis manos le magreaban el culo, separando sus nalgas, alcanzando su coño, que ya estaba muy mojado. Se sentó en la encimera y separó las piernas. Me ofrecía su coño, casi abierto, a través de su vello. Bajé mi boca por su cuello, sus pechos, le lamí los pezones y le chupé el vientre. Me rodeó con las piernas y empecé a lamer la parte interna de sus muslos, las ingles, hasta que hundí mi lengua endurecida entre su vello. Me acariciaba el pelo. Movía muy despacio el culo, disfrutaba del momento. Así, poco a poco, calentándose más a medida que avanzaba en mi comida y sus movimientos se acentuaban.

 

ELLA

 

Me puso muy perra ver aparecer a Fernando en la cocina completamente empalmado. Había tenido un buen despertar. Tomamos el café y enseguida me estaba comiendo el coño sentada en la encimera. ¡Qué afortunados éramos de no limitar nuestra vida sexual a esos polvos en la cama, tan convencionales y previsibles! Me lo comía a conciencia, demorándose en mi placer, y yo me dejaba llevar por las sensaciones; Fernando conocía mi coño como la palma de su mano, y sabía cómo volverme loca para de repente detenerse y mirarme mover el culo y las caderas como una perra pidiéndole más. Que no parara… Pero paraba, se ponía de pie y se pajeaba unos segundos delante de mí para volver a comérmelo enseguida… Estaba en la gloria, acariciando su pelo, sintiendo cada movimiento de su lengua sobre mi clítoris o dentro de mí. Bajaba al ano y volvía al clítoris…

Estaba muy cachonda, con los muslos mojados de saliva y flujos. Mis ojos cerrados, sintiendo, sintiendo… Y, de repente, no consigo explicármelo, se me representó nítida, con un realismo inverosímil, la imagen de Sergio sentado en la taza del váter pajeándose mientras me duchaba provocándole con mis movimientos y mis palabras. No intenté explicarme el porqué de esa “aparición”, lo que puedo decir es que aceleró mi orgasmo y aumentó su intensidad y duración. Me corría como una verdadera perra, y eso animaba a Fernando en su trabajo… Fue un orgasmo bestial, dejándome llevar, perdiendo la noción del tiempo y del espacio…

Sería una hipócrita si dijera que alguna vez no había fantaseado con otro tipo mientras follaba con Fernando, pero no dejaba de ser una fantasía. Sin embargo, ahora me había corrido con la imagen de Sergio bien perfilada en mi mente, con la imagen de un tipo con quien hacía menos de doce horas había disfrutado como una loca, un tipo cuya verga me había perforado. Cuando recuperé el pulso y se me normalizó la respiración me bajé de la encimera y besé a Fernando por toda la cara, limpiando los restos de mi placer. Trataba de alejar de mi mente la imagen de Sergio, que se multiplicaba en diferentes escenas. Cuando se había vaciado en mi boca, por ejemplo. Me costaba trabajo, mucho.

Hice que Fernando se sentara en una silla, me coloqué entre sus piernas y me dispuse a devolverle el favor. Le pasé las tetas por la cara y el pecho mientras su boca buscaba mis pezones, las froté por su vientre y sus muslos, hasta que mi boca capturó su polla al vuelo, sin necesidad de usar las manos. Solo tenía dentro de la boca el capullo, y lo succionaba o le pasaba la lengua por el frenillo. Fernando me miraba hacer y yo le miraba a los ojos. Mis manos le magrearon los huevos y el perineo, apretándolo fuerte con un par de dedos. A ese movimiento de mis dedos su polla reaccionaba vigorosa, moviéndose, creciendo todavía más.

 

ÉL

 

Me gusta comerle el coño. Cada vez es como si fuera la primera. Y adoro sentir cómo se contraen sus muslos, se agita su culo y se viene en mi boca. Esa mañana su corrida fue espectacular. Pensé que iba a ahogarme, empujando mi cabeza, con sus piernas rodeándome. Ni qué decir tiene que en esos momentos yo estaba con la polla a reventar, y cuando me dijo que me sentara en la silla, supe que me esperaba una mamada gloriosa.

Igual que yo conozco cómo conseguir que se retuerza de placer como una perra, ella sabe hacer lo mismo conmigo. Mi capullo en su boca, sus dedos jugando con mis pelotas y mi perineo y el agujero de mi culo, sus ojos en los míos… Estaba muy cachondo, más aún viendo las ganas con que me hacía la mamada. “Qué dura la tienes ahora mismo, cariño”, me dijo. Era cierto, hay erecciones y erecciones, y la que sentía en ese instante era descomunal. “Podría clavar un clavo con ella”, gemí.

Mi placer era enorme; desde que me había empalmado solo en la cama hasta ahora, no había hecho más que aumentar. Y sabía que no iba a durar mucho. No tenía problemas a la hora de correrme con la polla en su boca; a ella le gustaba tragarse la leche y luego lamerme el capullo hasta dejarlo como una patena. Y enseñarme la corrida antes de tragársela. Tenía las piernas abiertas, en tensión, y mis pelotas a punto de explotar en otra corrida antológica. Cuando notó que estaba a punto, hizo lo de casi siempre, meterme la punta de un dedo en el agujero del culo. ¿Por qué en el preciso instante en que lo hizo brotó de mi mente la imagen de Esther haciéndome lo mismo y metiendo su lengua allí? Era absurdo, estaba en la gloria, no necesitaba fantasear con nadie; sin embargo, ese chispazo visual, acompañado por el recuerdo de las voces, de los cuerpos desnudos de la noche anterior añadieron una especie de morbo al momento de mi eyaculación. Noté que se atragantaba, pero mi polla no paraba de escupir leche gracias a las imágenes y a los jadeos que se sucedían en mi cabeza, vividas hacía apenas unas horas. No la miré como de costumbre, sino que cerré los ojos, tratando de evitar que esas visiones no desaparecieran. Cuando terminé, vi que mi mujer no había podido recibir toda la corrida, y que por su barbilla se deslizaban gotas espesas de leche. Aún así, abrió la boca, me enseñó el semen que tenía dentro y se lo tragó. Se puso de pie y nos dimos un morreo intensísimo, mientras mi lengua limpiaba de su rostro los restos de mi leche. Nos pusimos de pie, nos abrazamos y nos fuimos a la ducha.

 

ELLA

 

Mientras le enjabonaba le hablé de la barbaridad de leche que había soltado, y él me dijo algo parecido respecto a mi corrida. Nos enjabonábamos mutuamente recorriendo nuestros cuerpos suaves al contacto del gel.

La ducha de unas horas antes en casa de Sergio, sin embargo y aunque me la hubiera dado sola, no conseguía apartarla de mi cabeza. Miraba a Fernando con una fijeza casi obsesiva, como si quisiera demostrarme que era él, que era suyo el cuerpo que enjabonaba bajo el chorro del agua caliente. Que no estaba calentando a Sergio mientras se hacía una paja mirándome.

Después de la ducha nos tumbamos en los sofás desnudos, con la televisión encendida. Estaba cansada y tenía sueño. Estaba relajada. Cerré los ojos para tratar de dormir y de nuevo me asaltaron las sensaciones más calientes y guarras que había experimentado con Sergio. Abría los ojos y solo quedaban las cenizas de ellas. Los volvía a cerrar y otra vez su voz, su lengua, su verga… Estaba otra vez mojada… Así, hasta que me dormí.

 

ÉL

 

Nos duchamos juntos, muy acaramelados, sin dejar de acariciarnos. Me sentía más unido a ella que nunca; entonces, ¿por qué no conseguía alejar de mis pensamientos los fogonazos de la noche anterior? Unos fogonazos que, a medida que avanzaba la mañana se concretaban más en pequeños detalles. ¿Cómo podía sentirme más unido que nunca a mi mujer y a la vez tener el pensamiento en un espacio y un tiempo que nada tenían que ver con ella? ¿Pasar mis manos por su cuerpo enjabonado, sus muslos, sus tetas, su coño… y pensar en otros muslos, otras tetas y otros coños…?

Le pregunté si tenía hambre y me dijo que prefería dormir. Yo también lo prefería. Nos echamos cada uno en un sofá, desnudos, y pusimos la televisión. Cuando cerré los ojos vi perfectamente cómo entraba y salía la verga de ese tipo del coño de Esther mientras Irene y yo nos dedicábamos a lo nuestro, y cómo Irene le sacaba toda la leche pidiendo que la mirara a la vez que me miraba ella… Era solo sexo, pero se trataba de otra clase de sexo. Así, entre los recuerdos de los cuerpos, las voces y los gemidos, terminé por dormirme.

 

 

 

 

Y LLEGÓ EL LUNES

 

ELLA

 

El resto del domingo transcurrió entre la pereza, el hambre y las labores domésticas. Nos despertamos tarde e hicimos una especie de merienda-cena que comimos en la mesa de la cocina. Al despertar, eché a lavar las prendas del cesto de la ropa sucia. No suelo hacerlo, pero olí mi body por si desprendía algún resto del perfume de Sergio, igual que la blusa que llevaba la noche anterior. De la misma manera que me llevé a la nariz los slips y la camisa que llevaba Fernando.

Es absurdo mentir o engañarte a ti misma y a los lectores cuando hablas de estos asuntos tan privados, pero en ese instante no buscaba nada. No pretendía encontrar restos de carmín o el olor a un perfume diferente al mío, ni tampoco restos de semen o de flujo vaginal en los slips. Tengo amigas que lo hacen con ese propósito. Yo no. Se trataba de simple curiosidad, la misma que me había llevado a oler mi body y mi blusa.

Sé perfectamente cómo huele mi coño, de la misma forma que uso el mismo perfume desde hace muchos años. Y en la ropa de Fernando había restos de un olor que no encajaba del todo. Mi primera reacción fue regresar a mi body y mi blusa, para comprobar si todo estaba en orden. Además, cuando follamos al regresar a casa, en el caso de que Fernando oliera a “otra”, ¿no me habría dado cuenta? No estaba bebida, ni mucho menos, y lo habría notado enseguida.

Sin embargo…, trataré de reproducir de la forma más fiel lo que pensé en esos momentos. En primer lugar, yo había tenido una aventura de forma imprevista por primera vez en mi matrimonio. ¿Le había ocurrido a Fernando algo parecido? En segundo lugar, no me enfadé ni me sentí engañada, mucho menos humillada ni nada por el estilo en el caso de que Fernando hubiera echado “una cana al aire” (qué expresión más casposa…) Y, en tercer y último lugar, ¿se lo preguntaría a Fernando? ¿Le contaría mi sesión de sexo salvaje con Sergio?

La honestidad y, sobre todo, la confianza y complicidad que tenía con Fernando me exigían que lo hiciera. En cambio, cierto pudor absurdo, me susurraba al oído que era mejor aquello de “ojos que no ven...”

Eché la ropa a lavar y me puse una bata.

 

ÉL

 

Me desperté aturdido. Con la cabeza embotada y los restos de un sueño que traté de retener de todas las formas posibles antes de que se diluyera para siempre. Solo conseguí aprehender una imagen de mi mujer chupándole la polla al tipo que había estado follando con Esther. Era una imagen imprecisa pero indudable; no sabría decir ni dónde ni cuándo se producía. Tampoco si yo estaba presente o si estaba solo o acompañado. La imagen se limitaba al rostro de mi mujer con la boca abierta engullendo la verga del semental con los labios pintados de un rojo intenso. Me desperté con la polla a medio camino de la erección. ¿Me había excitado durante el sueño? Seguro que sí, sobre todo cuando mi mujer, envuelta en una bata, me dijo nada más despertarme: “Has debido de soñar cosas bonitas, porque se te ha puesto una polla durísima mientras dormías”. Me limité a decir que no recordaba nada, pero que era posible. Preparamos algo para cenar, aunque era una hora entre la merienda y la cena, y comimos juntos.

Después, nos sentamos cada uno a la mesa del despacho con su ordenador y preparamos algunos asuntillos pendientes de trabajo. Mañana era lunes, y todo regresaría a la normalidad hasta que en unos días llegaran las fiestas navideñas. No teníamos vacaciones, así que excepto la tarde de nochebuena, el día de Navidad, la tarde de nochevieja y el día de año nuevo, tendríamos que ir a trabajar como cualquier otro día.

Escribíamos en el ordenador, cada uno concentrado en su trabajo. Respondí algún correo pendiente y lo apagué. Hubo un instante en el que pensé que acaso a Irene se le había ocurrido la idea de escribirme. Como compañeros de trabajo, todos teníamos las direcciones del resto; no era ninguna locura. Afortunadamente, su discreción fue la esperada. De repente, me di cuenta de que me apetecía verla; verla sin más, cruzándonos y saludándonos como cualquier otro día por los pasillos y en el ascensor. Un “hola” aséptico y cada uno a su lugar de trabajo.

 

ELLA

 

Fernando terminó antes que yo con su trabajo pendiente y me dijo que me esperaba en la cama. Revisé el correo y no había nada importante. Noté un escalofrío cuando, antes de abrirlo, se me pasó por la cabeza que Sergio hubiese podido enviarme un saludo, un comentario, alguna nota… Tan discreto y educado como siempre, no me había escrito nada… ¿Lo agradecí o no? Ahora, sola en el despacho, tal vez eché de menos un correo de Sergio, breve e impactante, algo así como “me he hecho una paja recordándote” o “¿has follado con tu marido?”

Cerré todas las aplicaciones y apagué el ordenador. Me sentía extraña, como si no fuera yo… ¿Me estaba obsesionando? Mi naturaleza no era así, más bien todo lo contrario. Si algo me preocupaba, le buscaba solución. Nunca me había obsesionado con nada, ni laboral ni personalmente. Antes de que cualquier situación pudiera sobrepasarme y alterar mi tranquilidad, la remediaba. Y si no tenía solución, ya no era asunto mío.

En cambio, mientras me dirigía al dormitorio, pensaba que demasiadas cosas habían ocurrido en tan poco tiempo. Sergio, la sospecha de un olor diferente en los slips y la camisa de Fernando, mis dudas acerca de hablar de ello o no…

Fernando veía la televisión tumbado en la cama.

- ¿Algo interesante? - le pregunté mientras me quitaba la bata y me tumbaba desnuda a su lado.

- Estaba zapeando – dijo; y me pasó el mando a distancia como hacía siempre, para que decidiera yo.

Recorrí infinidad de canales buscando alguna película, aunque ya estuviera empezada. Fernando me había pasado el brazo por los hombros y mi cabeza reposaba en su pecho. Mi mano jugaba con el vello de su pecho y de su vientre. Me sentía segura y, de repente, me asaltaba el absurdo deseo de haber recibido un correo de Sergio.

Tengo una amiga que atravesó una crisis que parecía no tener fin cuando su marido, de forma accidental, descubrió una conversación de whatsapp con un tipo. Una conversación que no daba lugar a dudas. Un correo no era lo mismo, pero mejor no jugar con fuego…

Así, a intervalos de pocos segundos, mi mente y mi cuerpo oscilaban de forma hasta entonces desconocida por mí: de la calidez del pecho de Fernando a la vívida sensación de la verga de Sergio clavada hasta lo más hondo de mis entrañas… La novedad, pensé, el hecho de que sea la primera vez que me sucede algo parecido es el motivo de esta ansiedad. Me costó mucho dormirme.

 

ÉL

 

Escuché el pitido de la lavadora y me incorporé de la cama. “Yo la tiendo, no te preocupes”, le dije. Me levanté y tendí la colada en pocos minutos. Me gustaba el olor del suavizante en la ropa recién lavada. Era una invasión de frescura… Mientras ponía las pinzas en las bragas de mi mujer volví a experimentar la misma sensación recurrente a lo largo del día. Manos, lenguas, tetas, bocas, pollas, coños, palabras procaces, deseo contenido, explosión final…

Me sorprendí imaginando cómo vestiría Irene al día siguiente. Sin duda más discreta que durante la fiesta, aunque elegante. Traté de recordar su atuendo en las horas de trabajo, y me vino a la memoria un cuerpo hermoso, casi siempre con traje de chaqueta con falda y unos tacones discretos pero atractivos. Cuando me cruzara con ella en un pasillo, ¿me daría la vuelta para verle el culo envuelto en la falda? ¿Ese culo que había magreado y besado sin freno la noche del sábado? ¿Habría rubor en sus mejillas o en las mías durante ese breve cruce de miradas y el saludo correspondiente?

Regresé al dormitorio y en la televisión proyectaban una de esas películas de domingo por la noche. Me acosté y volví a abrazarla. Ella volvió a apoyar su cabeza en mi pecho. No me atrevía a hablar por si se había dormido, pero sospechaba que a mí me costaría coger el sueño. Siempre que me cuesta dormirme y no puedo, me pongo nervioso al notar cómo avanza el tiempo y cada vez falta menos para que suene el despertador. No iba a hacerme una paja, ya estaba bastante relajado en ese sentido. Apagué la televisión y la luz de la mesilla de noche. Le di un beso suave en el pelo y me deshice del abrazo para dormir de lado.

Era obvio que ninguno de los dos dormía. Dábamos vueltas en la cama de forma inquieta, nos buscábamos para abrazarnos, nos separábamos, pero ninguno de los dos abrió los ojos ni la boca. No sé a qué hora me dormí, pero cuando sonó el despertador me dio la impresión de que había dormido media hora.

 

ELLA

 

Me desperté antes de que sonara el despertador y me di una ducha. Joder con la ducha, pensé, si todos los días que me enjabono me va a aparecer la imagen de Sergio sacudiéndose su pollón, estaba arreglada. Mientras me cepillaba los dientes, sonó el despertador y escuché una especie de gruñido en el dormitorio.

- He dormido fatal – dijo Fernando. Sus ojeras le delataban.

Mientras puse la cafetera, él tomó su ducha y se afeitó. Desayunamos juntos, sin demasiadas prisas. Recogimos las tazas y fuimos a vestirnos.

Pensé detenidamente cómo vestiría ese lunes. Precisamente ese lunes. El bufete era un piso amplio, pero los cruces por los pasillos y las visitas a otros despachos eran frecuentes. Así que Sergio y yo estaríamos en contacto todo el día. Además, los lunes no solíamos tener juicios… Escogí unos pantalones de talle alto, una blusa discreta, un blazer a juego y los zapatos de tacón que solía usar en la oficina. Me maquillé, me peiné y me detuve ante el espejo de cuerpo entero. Bien, me dije, una profesional en toda regla. Me crucé con Fernando en el dormitorio mientras se vestía. Me gusta ver cómo se arregla. Los calcetines, los slips, la camisa, los pantalones, la corbata… Un ejecutivo medio, atractivo, en su justo punto. Se peinó con las manos como siempre hacía, se echó loción para el afeitado y salimos juntos hacia el estudio para recoger nuestras carteras.

Por el pasillo me tomó de la cintura, como casi siempre, apoyó su polla en mi culo y empezó a frotarse al tiempo que yo me movía. Me masajeó las tetas por encima de la ropa, me lamió el cuello y, así, cuando estábamos a punto, salimos de casa. Esos calentones sin resolver que tanto nos gustaban.

 

ÉL

 

Me duché y, en cuanto mis manos enjabonaron mi entrepierna, me empalmé. Con el chorro del agua caliente apuntando a mis huevos y mi ano, me hice una paja rápida y abundante. No quería llegar cachondo a la empresa, aunque sabía que cuando viera a Irene o a Esther o a ambas, incluso al semental, mis hormonas se iban a poner cabeza abajo; o arriba, según se mire… Desayunamos y me vestí mientras mi mujer me esperaba. Jugamos un poco en el pasillo, por tradición, para no dejar de pensar en el otro durante el día. Me gustaba cogerle las tetas por detrás mientras me restregaba en su culo. Y a ella también.

Salir de casa con las bragas húmedas era algo que nos excitaba mucho a los dos. Antes de abrir la puerta de la calle le metí una mano por dentro de los pantalones y de las bragas hasta que dos de mis dedos entraban en su coño. Estaba mojada. Ya en el ascensor, me chupé los dedos mientras me miraba y me apretaba la polla con fuerza.

Siempre voy a trabajar en metro; no soporto los atascos. Como vivimos al principio de una línea, suelo encontrar asiento. Así, el trayecto hasta la empresa me permite descansar, incluso dedicarme a admirar algún culo o algunas piernas bonitas. Me sorprendió que todas las piernas que veía me condujeran sin remedio a las de Irene, y a imaginar lo que ocultaban sus faldas. Mi mente volvió al acontecimiento del sábado. Pensé: “tío, te has hecho una paja, te has magreado con tu mujer, la has calentado..., qué más quieres?” Eso, qué más quería. ¿Quería repetir? ¿Quería, como me había dicho ella, que cuando fuera a hacerme una paja se lo dijera?

¿Quería contárselo a mi mujer y así quitarme de encima esa especie de obsesión a la que no conseguía ponerle nombre? ¿Encoñamiento acaso?

A veces el destino, el azar, la casualidad o como queramos llamarle, nos depara sorpresas. Ahí estaban, esperando a la puerta de los ascensores, las dos: Irene y Esther. Nos saludamos con la mayor educación y distancia, como siempre. Durante el trayecto, con el ascensor abarrotado, noté cómo Irene hacía todo lo posible por situarse delante de mí. Una vez colocada, echó discretamente atrás el culo y me lo frotó por la polla, que se puso dura en segundos.

Ellas bajaron en la quinta planta, con el ascensor medio vacío, por lo que tuve que meterme la mano en el bolsillo para disimular mi erección. Se despidieron sin mirarme y subí hasta la octava. Me dirigí a mi despacho, encendí el ordenador, saqué unos papeles de la cartera, dejé la americana en el perchero y me dispuse a trabajar.

 

ELLA

 

Me había ocurrido pocas veces, pero mientras conducía, y sobre todo cuando me paraba en los semáforos, me apretaba los muslos y contraía los músculos del coño. Entre el sobeteo de Fernando y la tensión que sentía ante la inminente presencia de Sergio ante mí, me corrí sin tocarme. Fue un orgasmo suave, prolongado, discreto, muy placentero. Pero un orgasmo al fin y al cabo. Temí que la corrida hubiese manchado mis pantalones porque no llevaba salvaslip. Podía provocar una situación muy incómoda y evitar que me levantara de mi silla hasta que secara y, por favor, no dejara cerco.

Aparqué en el parking que teníamos contratado y salí del coche. No aprecié ninguna señal de humedad en mis pantalones. Lo único que noté – y eso me desconcertaba porque significaba que no podía controlar mis emociones – era el nerviosismo que sentiría cuando me cruzara con Sergio. Entré en el bufete y anduve por el pasillo hasta mi despacho, que era el último. Todas las puertas estaban abiertas siempre, así que saludé con un convencional “buenos días” al pasar por cada una de ellas.

Sergio estaba concentrado en la pantalla de su ordenador y, al escucharme, levantó la cabeza, me miró y respondió con otro “buenos días”. Normalidad absoluta. Perfecto. Entré en mi despacho, encendí el ordenador y me quité el blazer, que colgué en la percha. Me senté a la mesa y me dispuse a trabajar.

La mañana discurría entre expedientes sin la menor complicación; a la hora del café, dos compañeras me dijeron si las acompañaba al bar de abajo. Les dije que sí y estuvimos comentando la fiesta del sábado. “Me fui porque Antonio se estaba poniendo grosero de verdad”, dije. “Tuvimos que meterlo en un taxi”, dijo una compañera, “llevaba una castaña del quince”. Las tres coincidimos, en cambio, en que la cena había estado bien.

- ¿Crees que Sergio acabaría con la becaria? Se les veía muy acaramelados… - dijo Ana.

- Chica, pues ni idea, a su edad sería lo normal, ¿no crees? - respondí.

En ningún momento intuí la menor segunda intención en sus palabras, y reconozco que tengo un sexto sentido para ello.

Regresamos al bufete en el momento en que salían Sergio y la becaria. Charlaban animadamente, entre risas. ¿Sentí algo parecido a los celos? No, me dije. Aunque no estaba del todo segura. Eres una mujer adulta, equilibrada, que adoras a tu marido del mismo modo que él te adora a ti. Déjate de chiquilladas.

- ¿Lo ves? - volvió Ana al tema -. Estos dos acabaron liados, y mira que tiene polvo el jovencito.

- Es un criajo – fue lo único que se me ocurrió decir.

 

ÉL

 

Para tratarse de un lunes a finales de mes, había poco trabajo. Iba revisando informes, dando el visto bueno o corrigiéndolos para que los volvieran a redactar. Si se trataba de algo importante, lo remitía a mi jefe superior. Teníamos una máquina de cafés por planta, así que salí a tomarme un cortado.

Se había formado un grupo de compañeros alrededor de la máquina, charlando sobre la fiesta del sábado.

- Te fuiste pronto – me dijo uno.

- Estaba muy cansado. ¿Cómo acabó la cosa?

- Como puedes imaginar. La gente hasta arriba de farlopa y de cubatas, bailando y cantando como si no hubiera un mañana.

Sonreí.

- Alguna pareja morreándose y metiéndose mano, pero todos solteros o divorciados – añadió otro. - No hay chismes.

Mejor, pensé, apurando el cortado.

- Por cierto – dijo otro de ellos - ¿os disteis cuenta de lo buenas que estaban las de la quinta? Desaparecieron con un maromo de su edad. Para mí que se montaron un trío… Tenían una pinta de viciosas.

- No alucines, hombre…

Regresé a mi despacho. Como siempre, la cuenta de mi correo electrónico estaba abierta, y revisé la bandeja de entrada. Se me paralizó el pulso cuando vi que tenía un correo interno de Irene con un archivo adjunto.

Antes de abrirlo, por si me daba un infarto, revisé todos los demás y los respondí. Dejé el de Irene para el final.

Asunto: hola nene.

Ya empezamos, pensé.

Texto: “Esto y más cosas ocurrieron cuando te fuiste… Para que te acuerdes de mí en tus momentos de soledad.”

Abrí el archivo adjunto. Era una fotografía, supongo que hecha con trípode porque era imposible que fuera un selfie. En ella, el semental aparecía de pie con la verga en todo su esplendor mientras, arrodilladas, Irene y Esther se la comían. Sus culos y sus coños, en esa postura, estaban muy abiertos, y se veía que una pajeaba a la otra.

Mientras observaba la fotografía absorto, recreándome en cada detalle y recordando a la vez esos cuerpos, mi polla se endureció. Mi primera reacción fue llamarla a mi despacho para echarle una bronca; pero lo medité mejor y esperé otra ocasión. Por supuesto, no respondí al correo y enseguida lo borré, así como la fotografía. Mientras se vaciaba en la papelera de reciclaje me sentí como un chaval a quien sus padres han pillado una revista porno y se la han roto en pedazos delante de sus narices.

 

 

ELLA

 

Me senté a la mesa y me concentré en el trabajo. Conseguí estar un par de horas con la mente alejada de Sergio. En ningún momento pensé en él. Hasta que sonaron unos nudillos en la puerta abierta.

- ¿Se puede? - era él.

- Claro – dije – siéntate.

- En realidad… - no se atrevía a mirarme – no vengo por ninguna cuestión de trabajo…

Le miré fingiendo sorpresa y firmeza al mismo tiempo. “Mira, Sergio”, le dije adoptando el tono de una superior laboral, “lo que ocurrió el sábado fue maravilloso, pero tienes que tener muy claro que nunca va a volver a suceder...” Y seguí con la mirada en su ojos, de una timidez conmovedora.

- Solo quería decirte…

- Decirle -le corté.

- Solo quería decirle que ayer me llamó la compañera con la que estuve charlando en el pub y he bajado hace un rato a tomar café…

- ¿Y…?

- Que estuvimos follando toda la tarde en mi casa…

- Sergio, eso es algo que ya no me compete.

- Pero es que me gustaría decirle una cosa antes de dar por acabado este asunto.

- Dispara.

- Cada vez que me corría, y lo hice tres veces, pensaba en usted.

Dicho esto, se levantó, se despidió y salió por la puerta rumbo a su despacho. Estuve unos minutos desconcertada, entre la previsión de problemas futuros y la excitación propia del halago que acababa de escuchar.

Tomé la firme decisión de hablar con Fernando. Supuse que el mejor momento era mientras follábamos, cuando estuviéramos muy calientes. Tenía que construir una historia que fuese cierta y que al tiempo no le doliese escuchar.

 

 

SIGUE EL LUNES

 

ÉL

 

Bajé al bar de la esquina y me compré un bocadillo para llevar y un bote de cerveza. Regresé al edificio con el deseo de no encontrarme con nadie, encerrarme en mi despacho y pensar. El trabajo que me quedaba por hacer era escaso. Me comí el bocadillo leyendo la prensa en internet y terminé con las tareas pendientes.

La hora de salida era las 7, y todavía faltaba casi una hora. Decidí pensar, en serio. Cogí una cuartilla y un bolígrafo y me dispuse a escribir acerca de lo que me estaba ocurriendo. Tracé una raya vertical y a la izquierda escribí algo así como “pros” y a la derecha “contras”. Nada más hacerlo, pensé ¿pros y contras de qué? No era ese el planteamiento.

Escribí palabras sueltas que me iban viniendo a la mente, de forma desordenada: “experiencia extraordinaria”, “recuerdos continuos”, “correo electrónico con foto”, “erección”, “quiero a mi mujer”, “no problemas, por favor”, “confesarlo”… Miraba las expresiones que iba escribiendo y no me aportaban nada. “Sé sincero contigo mismo, tío”, me dije.

Y escribí: “Mi vida sexual es satisfactoria, incluso excelente. Ello no impide que a veces me haga pajas fantaseando. En los últimos tiempos mis fantasías se centran en una subordinada con la que apenas tengo trato. En la cena de Navidad de la empresa, me siento entre ella y una amiga suya a la mesa. Vino, tonteo, conversación cada vez más íntima, ¿complicidad? Salida a su coche para invitarme a una raya de cocaína. Metidas de mano. Su amiga y otro empleado se sientan en el asiento trasero con la intención de follar. La tensión sexual entre Irene y yo es insoportable. Los cuatro en casa de su amiga Esther. Solo sexo, un sexo nuevo y excelente. Regreso a casa. Polvo con mi mujer. La imagen de Irene no se aleja de mi mente. Me preocupa. El domingo le como el coño a mi mujer y luego ella me hace una mamada. Me corro visualizando imágenes de la noche anterior. En la siesta sueño que mi mujer le come la verga al semental que se ha ligado Esther. Hoy en la ducha me hago una paja. Antes de salir de casa, como siempre, mi mujer y yo salimos cachondos después de magrearnos. Recibo el correo de Irene con una foto que elimino pero me pone muy dura la polla.”

Estos son los hechos, pensé. ¿Cuánto puede durar la sucesión de imágenes recurrentes de la noche del sábado? Irene me pone muy perro, ¿pensaré en ella la próxima vez que folle con mi mujer? ¿Es honesto? Ya sé que lo hace todo el mundo, o casi todo, pero… ¿es honesto? ¿Qué pensaría ella si cuando me estoy corriendo con los ojos cerrados pienso en que eyaculo dentro de Irene? Hablaré con ella…, es lo mejor. Y, enseguida, ¿cuándo, cómo…?

Me repugnaba la idea de formar parte de esa mayoría de maduros casados que defino como “mentirosos y cobardes”. Mentirosos por motivos obvios, incluso por callar… Y cobardes por no afrontar una situación complicada y buscarle solución.

Miré el reloj. Eran las siete menos cinco. Revisé los correos electrónicos; nada en especial. Entré al baño, me lavé las manos, me puse la americana y salí de mi despacho.

 

ELLA

 

Conseguí concentrarme en mi trabajo el resto del día. La visita de un par de clientes me ayudó a recobrar la entereza. A las 6 de la tarde di por terminada mi jornada laboral y salí del bufete. Me despedí como siempre desde el pasillo cada vez que pasaba por una puerta. Sergio se despidió con una normalidad que me desconcertó en cierto modo. ¿No era eso lo que pretendía al dejarle bien claras las cosas horas antes? Entonces, ¿por qué ese desconcierto?

“Cada vez que me corría, y lo hice tres veces, pensaba en usted”, sonó en mi mente mientras bajaba en el ascensor. Me halagaba, sin duda. Pensaba en mí en el momento de correrse con una belleza casi veinte años más joven que yo. Me excitaba, me hacía sentirme deseada… ¿Acaso no me sentía deseada por Fernando? ¿No íbamos a follar esta misma noche, o incluso esta misma tarde para desahogar el calentón con que habíamos salido de casa?

Mientras conducía, no paraba de pensar. Eran ideas inconexas, algunas disparatadas, pero mi mente funcionaba a la velocidad de la luz, mezclando situaciones, espacios, personas… Siempre llego antes que Fernando a casa, así que decidí darle una sorpresa de bienvenida.

Entré y fui directa al dormitorio. Me desnudé y abrí el armario. Necesitaba algo especial. Nos gustaba cierta clase de juegos, sorprendernos… Siempre, o casi siempre, funcionaba; se creaba de inmediato la complicidad necesaria, nos seguíamos la corriente como los viejos amantes que en realidad éramos.

Saqué de uno de los cajones un corpiño blanco con ligas que dejaba mis tetas al aire, aunque elevándolas y comprimiéndolas. Saqué un par de medias color carne con costura trasera y talón oscuro. Las sujeté a las ligas del corpiño. Me miré al espejo: las medias me quedaban unos centímetros por arriba de medio muslo, y mi coño estaba desnudo, con su vello oscuro en contraste con el blanco del corpiño. Me puse unas gotas de perfume en el cuello y las ingles…

No quiero parecer arrogante, pero estaba muy apetitosa ante el espejo. Solo faltaban los zapatos y un deshabillé blanco, casi transparente, que me había regalado. Cuando ya estaba lista, mirándome en el espejo, apareció tras de mí la figura de Sergio que me empujaba hasta apoyar las manos en el espejo. Estaba desnudo y tenía una erección ciclópea. Sin decir nada, me separaba las piernas y me metía la polla hasta que noté sus huevos en mis muslos. Literalmente me empotraba. Mis tetas saltaban al ritmo de sus acometidas y le decía “taládrame” y “párteme en dos”.

La imagen duró apenas unos segundos, los suficientes para que me sintiera la más perra entre las perras. Estaba muy mojada.

Le mandé un whatsapp a Fernando: “Cuando llegues a casa no abras. Llama al timbre y preséntate como un agente de seguros.” Fernando respondió con un “guau”. Estaba juguetona y muy caliente.

Escuché el sonido del timbre de la calle y vi a Fernando por el portáfono. “Señor García, vengo a que firme la renovación del seguro del hogar”. Apreté el botón de apertura. Esperé en la puerta de casa y, cuando escuché la llegada del ascensor, abrí antes de que pulsara el timbre.

 

ÉL

 

El metro iba repleto. Agarrado a una de las barras, rodeado de gente, no estaba en las mejores condiciones de pensar. A medida que se alejaba del centro, el vagón se vaciaba, hasta que pude sentarme con la cartera en las rodillas. El teléfono vibró. Era un whatsapp de mi mujer. Me proponía uno de sus juegos. Sonreí y le respondí. Imaginé la escena que me esperaba, similar a otras parecidas y con los roles intercambiados.

Cuando trataba de adivinar lo que me esperaba en casa, con un deseo cada vez mayor, me traicionó la conciencia y quien me abría la puerta era Irene. Completamente desnuda, me tomaba de la mano y me conducía al sofá, donde Esther se masturbaba, con las piernas muy abiertas. Le decía a Irene: “sácale la polla a nuestro amigo y llévala hasta la entrada de mi coño”. Irene me desnudaba con prisas, besándome, frotándose en mí. Empalmadísimo, me cogía el nabo y lo llevaba hasta las puertas del coño de Esther. Su mano lo dirigía, yo apenas era un juguete sexual, una polla con patas. Irene empujaba mi verga hasta que los labios de Esther se abrieron del todo; entonces, con un leve movimiento de caderas ayudado por la mano de Irene, mi polla entraba en un coño líquido y caliente. Irene me acariciaba las pelotas. Esther me decía, “mira cómo entra y sale”.

Casi se me pasa la parada donde debía bajarme. Anduve por la calle hasta mi casa con la mano en el bolsillo del pantalón, por motivos obvios. Llamé al timbre del patio y me anuncié. Mientras subía en el ascensor, mi excitación no hacía más que aumentar, y cuando vi a mi mujer con la puerta entreabierta vestida como una puta con clase, me costó muchísimo iniciar el juego y no lanzarme sobre ella.

- Mi marido no está en casa, pero no creo que tarde – dijo.

La miré con la cara de sorpresa que habría puesto cualquier agente de seguros. Ella me sonreía, con ojos de golfa. “Si no le importa esperar…, pase y acomódese”. Entré en el salón y me senté en un sofá mientras ella iba y venía con el único objetivo de exhibirse. “¿Le apetece una cerveza?”, dijo al fin. “Gracias”. Respondí. Afortunadamente, me había metido en mi papel.

Regresó con dos cervezas y dos vasos sobre una bandeja que depositó en una mesita. Al agacharse, el deshabillé se le abrió lo justo para mostrarme dos tetas preciosas, con unos pezones erguidos y rosados. Se sentó a mi lado y sirvió las cervezas en los vasos. Bebimos un trago. Podía ver sus piernas envueltas en las medias, y unos centímetros de muslo que dejaba ver el deshabillé.

Se levantó del sofá y se dirigió a un equipo de música que había en un estante muy bajo. Cuando quería ser muy guarra era la mejor. Se agachó y me mostró una maravillosa panorámica de su culo y su coño. Lo más excitante de todo era la naturalidad con que actuaba. Puso algo de Sinatra y regresó a mi lado.

- Así la espera será más agradable, ¿no cree?

Actuaba como si fuera vestida con unos vaqueros y un suéter de cuello alto. “Por supuesto”, dije. Cruzó las piernas y estiró una de ellas, para que viera con todo detalle sus zapatos. El personaje que estaba interpretando yo debía actuar; con cuidado pero con decisión. Además, ¿y si llegaba su marido?

- ¿Le apetece bailar? - le pregunté.

- Me encanta.

Me tomó de una mano y nos pusimos de pie. Empezamos a bailar, muy despacio, muy estrechados. Sus manos me rodeaban el cuello, las mías se apoyaban en la parte baja de su espalda. Sentía su perfume y cómo metía una pierna entre las mías. Con una erección juvenil, me atreví a decir: “¿Y si aparece de repente su marido?” Con la mayor naturalidad, respondió: “Oh, no se preocupe por eso, está de viaje...”

Entonces le levanté la barbilla suavemente y le besé los labios, pasando la punta de mi lengua por ellos hasta que abrió la boca y nos fundimos en un morreo interminable. Me acariciaba la nuca y yo a ella las caderas. “Vaya, vaya”, dijo mientras se frotaba en mi polla, “veo que le gusta bailar de verdad”.

Bajé mis manos hasta su culo y le separé las nalgas. Jadeó. Alcancé su coño con mis dedos y lo acaricié. Se separó de mí y en pocos segundos estaba desnudo, con la polla durísima, hacia arriba. Se quitó el deshabillé y me mostró su cuerpo entero.

- ¿Siempre anda así por casa? - le pregunté. - El hecho de que nos habláramos de usted me ponía especialmente cachondo.

- Nunca sabe una si va a venir un vendedor de seguros…

La eché en el sofá y le abrí las piernas. Fui directo a su coño. Le lamía el clítoris y bajaba hasta el agujero de su culo.

- Voy a correrme – dijo.

Le metí dos dedos y concentré mi lengua en su clítoris. Se retorcía en todas direcciones. Gritaba. Tuvo un orgasmo largo, o varios seguidos, no sabría decir. Cuando se recuperó, me miró a los ojos y dijo: “Ojalá mi marido me comiera el coño como lo hace usted”.

Me volví medio loco y le clavé la polla de golpe. Entrando y saliendo de ella con potencia. ¡Cómo se movía!

- Entonces – le dije sin dejar de bombearla. - ¿Su marido no la satisface?

Respondió entre gemidos. Sin dejar de mirarme a los ojos: “¿Mi marido? Mi marido no sabe más que metérmela, tocarme el clítoris hasta que me corro y correrse él”.

- ¿No la folla así?

La cogí del culo y aceleré mis movimientos. Cada vez que entraba hasta el fondo de ella, lanzaba un grito. Me clavaba las uñas en la espalda. “Dígame”, dije entre jadeos, “¿no la taladra así?”. Se estaba corriendo otra vez. Sus tetas se movían locas. Tenía cerrados los ojos. Mis pelotas golpeaban su culo. “Dígamelo”, insistí, “¿está necesitada de verga?”

- ¡Sí….!

Y acabó su orgasmo. Se incorporó y se metió mi polla en la boca.

- ¿Sabe lo que más echo de menos? Comportarme como una perfecta perra. Pero él…

- Mama y calla, guarra.

Acabé enseguida. El primer chorro fue para ella. El segundo y las gotas sucesivas, para Irene. Fue tan intensa la sensación que cuando abrí los ojos y vi la boca de mi mujer enseñándome la leche que estaba a punto de tragarse, me costó unos segundos volver a la realidad, levantarla, atraerla hacia mí y meterle la lengua en la boca.

La miraba mientras nos morreábamos. Era ella, sin duda. ¿Qué me estaba pasando? Las palabras “mentiroso” y “cobarde” resonaban en el interior de mi cabeza hasta convertirse en una letanía interminable. A pesar de sonreír y de abrazarla con la mayor de las ternuras en el sofá, me notaba extraño. Incómodo. Desleal con la persona que más quería en el mundo y conmigo mismo.

 

ELLA

 

¡Cómo nos gustan esos juegos! La señora burguesa insatisfecha que espera la visita de un desconocido para perrear con él como no hace con su marido, un tipo sin la menor iniciativa, convencional hasta decir basta. Fernando estuvo a la altura desde el primer momento. Supo seguir el juego e interpretó su papel de maravilla. Hubo un momento en que pensé que estábamos filmando una versión guarra de “Perdición”.

Estaba tan cachonda cuando apareció que me costó demorarme en el juego de exhibición de mis encantos. Al mismo tiempo, ser consciente de cómo tendría la polla Fernando – o el agente de seguros – en ese momento, me ayudaba a seguir con el juego. Nos hablábamos de usted, como dos desconocidos. Tiene morbo que alguien te coma el coño mientras le hablas de usted.

Cuando me follaba encima del sofá cogiéndome el culo y empujando hasta llegar a mi estómago, cerré los ojos. Notaba la llegada de mi orgasmo desde los dedos de los pies, subiendo por las piernas y alcanzando el centro de mi coño.

Esta vez fue más extraño: no solo visualicé a Sergio, sino que la textura y el grosor de la polla y la forma de moverse de Fernando no eran las de Fernando. Eran las de Sergio. Tal vez eso intensificó mi placer, no lo sé.

Me recuperé enseguida y me llevé su polla a la boca. Miraba su rabo y miraba sus ojos; eran los de Fernando. Estaba tan caliente que se vació enseguida. Acabó en mi boca y me tragué toda la leche, igual que siempre.

Nos quedamos tendidos en el sofá, jadeantes. Nos acariciamos largo rato. La leche de Fernando hoy sabía distinta; ¿sería por lo que había comido o porque sabía como la de Sergio? Me estreché a Fernando. Le besé hasta donde me alcanzaba la boca. Necesitaba asegurarme de que era él, mi marido, mi amante, mi hombre.

Sin embargo, ya eran demasiadas las veces que me ocurría. Si Sergio supiera que cuando me corro con mi marido también se me aparece él. Y hoy, además, con su polla, porque estoy segura de que al correrme la polla que notaba dentro de mí no era la de Fernando. ¿Estaba pasando del terreno mental al físico? ¿Estaba somatizando este disparate? No tenía ninguna explicación lógica el hecho de que me penetrara Fernando y la verga que sentía en mis entrañas tuviese otra forma; fuera otra verga en definitiva.

Estábamos tan a gusto abrazados en el sofá, tan satisfechos, que nos daba una pereza enorme levantarnos para ducharnos y preparar la cena. Incluso parecía que nos daba pereza hablar. Era una sensación absoluta de lasitud. Aunque me resultaba imposible olvidar lo último que había notado. Y era un peso que ya no podía soportar durante mucho más tiempo. Ni siquiera durante un poco de tiempo.

- Fernando – le dije después de besarle el pecho, sin mirarle. - Tenemos que hablar. Quiero contarte algo…

Fernando guardó silencio a la espera. Así como estaba, con la cabeza apoyada en su torso desnudo, sentí sin la menor duda cómo se aceleraba el ritmo de su corazón.

 

 

 

FIN DEL LUNES

 

ELLA

 

Ahora ya no hay vuelta atrás, fue lo primero que pensé. Fernando, con el pulso acelerado, me giró la cabeza de modo que pudiera verme la cara. Nos miramos a los ojos.

- En realidad es una tontería; una chiquillada. Me conoces bien, cariño. Por eso no quiero que haya ningún secreto entre nosotros.

Fernando me miraba con la expresión confusa de quien no sabe qué van a contarle. Esperaba que siguiera hablando, en silencio. Estábamos echados de lado, frente a frente, con las piernas entrelazadas. Seguí:

- Quiero que sepas que el sábado, después de la cena y durante las copas estuve coqueteando con un compañero más joven.

Fernando permanecía inexpresivo. No preguntaba nada, no me interrumpía. En cambio, sé que sentía alterado por el brillo de sus ojos y el movimiento de las aletas de su nariz.

- Del coqueteo pasamos a los besos, y acabamos follando en su casa.

Sentí un alivio instantáneo, ese que dice el tópico que se siente al quitarse un peso de encima. Fernando me miraba. Nuestros ojos estaban separados por menos de un palmo, bastante menos. Su mano seguía apoyada en mi cadera. No decía nada, no se movía. Hubiese jurado que ni parpadeaba. Tenía una mirada absolutamente inexpresiva, acaso expectante. Continué, por si mis palabras le provocaban alguna reacción:

- No fue algo premeditado; tampoco fue inconsciente ni producto del alcohol. Me echaron los tejos y los acepté. O fui yo quien empezó el coqueteo y di pie. Quiero que sepas ante todo que estoy siendo sincera contigo, y que si no te lo conté ayer es porque estaba aturdida.

Fernando esperaba que siguiera hablando. Su mano se movía acariciando mi cadera. Ese detalle me animó a abrirme del todo.

- Ya sabes lo caliente que había salido de casa. Y sabes también el polvo que echamos en el baño, frente al espejo, al regreso.

Cualquier otro tipo – el marido de alguna amiga a su mujer, por ejemplo - podría haberme dicho “guarra” en el peor sentido de la palabra; “eres una guarra que ha tenido dos pollas distintas en pocas horas...” Pero ese no era el estilo de Fernando.

Después de un silencio mutuo que se me hizo interminable, Fernando dijo:

- ¿Lo pasaste bien?

- Muy bien – respondí.

- ¿Vais a ser amantes? - me preguntó. La frialdad de su reacción me desconcertaba. Incluso pensé que me preguntaría detalles; y que esos detalles le pondrían cachondo.

- No. No tengo la menor intención. Y así se lo he dicho hoy en mi despacho.

Decidí darlo todo; no callar nada. Una vez había empezado, no tenía sentido dejar las cosas a medias.

- Esta tarde ha venido a verme. Para que lo tuviera bien claro desde el principio, le he dicho que me llamara de usted.

- Como el vendedor de seguros… - Fernando y su sentido del humor. Le adoro.

- Le he dicho que lo del sábado no volvería a pasar; que me gustó y no me arrepentía de ello; pero que era un asunto liquidado. ¿Sabes lo que me dijo? Que estaba de acuerdo, pero antes quería que supiera algo: el domingo había follado con una compañera del bufete que tiene veinte años menos que yo y que al correrse había pensado en mí.

Hablé casi de tirón; tranquilizada por la reacción (o la falta de reacción) de Fernando. Solo me faltaba contarle esa especie de apariciones repentinas que me asaltaban en los momentos más inesperados.

- Entonces – dijo Fernando –, ¿lo tienes claro de verdad?

-Completamente, amor mío – y me estreché todo lo que pude contra su cuerpo. No estaba empalmado pero tampoco tenía la polla en reposo absoluto.

Nos dimos un beso.

- Cariño -dijo Fernando – a mí también me gustaría contarte algo.

 

 

 

ÉL

 

Mientras me contaba la aventura del sábado con esa confianza y esa naturalidad, si he de ser sincero, me sentí aliviado. Tal vez por eso no reaccioné con ningún reproche, ni mucho menos desprecio o montarle una escena. Ahora que lo pienso, el alivio que experimenté me convertía en un verdadero hijo de puta. Ya tenía coartada para contarle lo mío. Me había puesto en bandeja que le hablara de Irene sin ningún temor. Sé que era la actitud propia de un ventajista, pero había surgido así, sin forzar la situación. Por su propia voluntad. De no haber sido así, ¿habría sido yo el primero en contarlo? Cada vez estoy más seguro de que no… Me faltaba valor y me sobraba temor a hacerle daño de verdad. “Mentiroso y cobarde”, como esos tipos que tanto despreciaba.

- Cariño – dije, y traté de escoger mis palabras con mucho cuidado – el sábado me ocurrió algo parecido. El tonteo, los roces, un beso… Y acabamos follando.

Mi mujer expresaba asombro; un asombro sincero. No había dolor ni ira en su mirada, solo la sorpresa de una noticia inesperada. Me miraba como si le hubiese dicho que se había producido un terremoto en un país donde habíamos estado de vacaciones y que el hotel donde nos alojábamos había quedado en ruinas con docenas de muertos. No hubo asomo de lágrimas, ni de pucheros. La estreché más contra mí. La conocía bien, y estaba seguro de que querría saber detalles; formaba parte de nuestra complicidad. Es curiosa y desinhibida; y sabía que iba a intentar que le contara toda la película de la noche. Entera.

- ¿Disfrutaste? - preguntó.

- Mucho.

- ¿Y ella?

- También.

- ¿Estaba buena?

- Sí.

- ¿Más que yo?

- No.

Ahora su mirada parecía calcular cómo sería esa mujer. Qué habría hecho para llevarme al huerto, porque mi mujer sabía que yo no soy ningún depredador.

- Me gusta que nos lo estemos contando – dijo. - ¿Vais a ser amantes?

- No.

¿Le contaba el correo electrónico o era demasiado? ¿Le contaba que le había dicho a Irene que me pajeaba a veces pensando en ella? No. La confianza y la complicidad tienen unos límites, pensé. Y es mejor no saber ciertas cosas; no por nada, sino porque nos pertenecen solo a nosotros. Son nuestras. Eran mías. De mí solo.

- ¿No te parece increíble que nuestra primera aventura haya sido la misma noche, cada uno por su lado, sin preverlo? ¿Y que folláramos al regreso de la forma en que lo hicimos?

- Sí… - dijo – y regresó a su pregunta anterior. - ¿Estás seguro de que no va a haber una segunda vez? ¿Habéis hablado de ello?

- No, pero quedó bien claro que había sido un calentón. O mejor dicho, un calentón que duró horas y nos llevó a follar. Solo eso. Follar, sin más.

Preveía un interrogatorio. Sin mala fe ni crueldad, pero me esperaba un montón de preguntas. Había perdido la vergüenza o el pudor cuando le confesé lo mío; era como si estuviéramos en igualdad de condiciones.

- No nos hemos hecho trampas, cariño – le dije. Y la besé en la frente.

- Eso parece. ¿Has pensado en ella desde el sábado?

- Sí.

- ¿Mientras te comía la polla ayer en la cocina o esta tarde aquí en el sofá?

- Sí.

Esperaba que mi sinceridad la conmoviera. Yo no pensaba preguntarle nada parecido; tal vez no quería saberlo. No hizo falta. Ella quería saber cómo había sucedido pero también quería que yo supiera lo suyo. Un intercambio de confidencias, cuyo contenido solo suele hablarse en terapia.

- Yo también he pensado en él mientras me corría con tu polla dentro hace un rato. Y me ha puesto muy perra. No me gusta esa sensación. No me gusta que se me aparezca la imagen de Sergio. Y no me gusta que me resulte inevitable ni que me ponga más cachonda ni que acelere ni intensifique mi orgasmo. No me gusta no tener el control absoluto de mis emociones.

- A mí tampoco. ¿No crees que esta conversación ayudará a que desaparezcan esos fantasmas? ¿O por lo menos que no surjan de una forma tan inesperada?

- Hacía tiempo que no soltabas tanta leche. Te conozco bien. Ahora me lo explico… Sí, espero que esta conversación aleje esas imágenes… Me perturban y me calientan al mismo tiempo. Hace un rato, cuando me corrí contigo dentro y tus manos apretando mi culo, estallé con la imagen de Sergio…

Puede resultar inverosímil, pero lo cierto es que el clima de intimidad y la naturalidad con que hablábamos de ello facilitaba que verbalizásemos todo lo que nos pasaba.

- Me ocurre lo mismo que a ti. Sé que estoy contigo, con mi mujer, pero de pronto, de manera incontrolada, zas, aparecen…

- Y entonces te corres como un auténtico semental...

Tenía la impresión de que todo discurría de una forma demasiado “civilizada”, como si hablásemos de una película a cuyos protagonistas les ocurriera lo mismo que a nosotros y nos identificáramos con ellos. A medida que hablábamos sentía que nos calentábamos sin necesidad de tocarnos. Solo con las palabras, con lo que las palabras sugerían, con el infinito poder evocador de las palabras…

Fue un poco más lejos y añadió:

- Me gustaría visualizaros. Me encantaría, ¿a ti no? Ya me conoces. Soy muy morbosa y muy guarra cuando quiero. Visualizaros mientras me lo cuentas follándome, por ejemplo.

- ¿Estás segura? - pregunté.

- Fernando, cariño, que llevamos juntos toda la vida…

Noté el chispazo indeterminado, sin concretar, de que una puerta se abría. ¿Qué puerta? No lo sabía aún. Es cierto que a veces, follando, fantaseábamos con la posibilidad de que un desconocido o una desconocida nos miraran y se pajearan delante de nosotros. Ahora, en cambio, ya no se trataba de desconocidos imaginarios. Ahora quería que le contara, paso a paso, todo lo que ocurrió el sábado por la noche. Con una mujer real, una mujer a la que veía prácticamente todos los días en el edificio de la empresa.

Noté como se me empezaba a poner dura la polla, en contacto con su vientre. Me metió un muslo entre los míos y lo subió hasta apretarme los huevos. “¿Me lo contarás?”, preguntó con los ojos de golfa que ponía cuando empezaba a ponerse cachonda de verdad.

 

ELLA

 

Me sorprendió la confesión de Fernando. Y también me gustó. Me gustó que me lo dijera y, sobre todo, me gustaba la idea de sacarle detalles. Le conozco y sé que él no me iba a preguntar nada; pero yo no iba a cortarme a la hora de hablarle de ello.

Me habló de cuánto le alegró que su puesto en la mesa estuviera justo entre Irene y otra chica, una tal Esther. De un viaje a los lavabos. De un viaje al coche a compartir una raya de cocaína y de los primeros magreos.

A esas alturas estaba muy caliente, mirándole a los ojos y con su verga aplastada en mi vientre. La cogí con la mano y me la metí tal y como estábamos, de lado, cara a cara. Empecé a moverme despacio, contrayendo los músculos de mi coño, chupándole el cuello.

- Cuando estábamos en el coche apareció la amiga de Irene con un tipo – dijo Fernando. - Se sentaron en la parte de atrás, se prepararon una raya y nos cortaron el rollo. En cierto modo me sentí aliviado, aunque puedes imaginarte cómo estaba de caliente…

Sus palabras hacían que me sintiera absolutamente llena de su polla.

- Mira cómo entra y sale – le dije.

Miró y me la clavó fuerte y duro. Hasta las pelotas.

- Sigue – gemí. El roce de mis pezones con el vello de su pecho me provocaban algo parecido a descargas eléctricas.

- Salimos del coche y regresamos al local. La gente ya se estaba desmadrando y nadie reparaba en nosotros. Bebimos en la barra. Era una tía muy caliente, y sabía cómo ponerme a cien.

Empecé a moverme de verdad, esperando un orgasmo que no pensaba controlar por nada del mundo. Imaginar a Fernando poniéndose a cien con otra o, mejor dicho, imaginando a la otra poniendo a cien a mi hombre, cuya verga me traspasaba en ese instante, me ponía muy guarra. A punto de correrme, le dije: “¿Cómo te ponía a cien?”

- Se puso detrás de mí y me metió la mano en el bolsillo y me apretó la polla.

Me corrí y se lo dije. Me corrí pidiéndole que no parara de hablar. Pero él también estaba jadeante, con la voz entrecortada.

- Nena, qué cantidad de flujo has soltado…

- Sigue…

- Volvimos al coche con la idea de buscar un descampado y acabar de una vez. Salimos por separado, por si acaso. Yo primero.

Pareció dudar. No sé si callaba porque estaba a punto o por qué otro motivo. Siguió al momento:

- Cuando llegué al coche, vi que Esther estaba sentada en la polla de su amigo. Cabalgando. Les espié… Era lo que me faltaba…

Joder, joder, joder… Era demasiado, ya estaba otra vez como una perra. Tengo la virtud de visualizar las palabras con una facilidad pasmosa, y la imagen de Fernando espiando a una pareja follando en un coche volvió a encenderme.

- Llegó Irene y abrió el coche con la mayor naturalidad del mundo. Nos sentamos en los asientos delanteros y ellas decidieron que los cuatro fuéramos a casa de Esther…

- Qué cabrón eres, encima tuviste una orgía en toda regla…

Mis palabras o lo que mis palabras evocaron en Fernando le hicieron lanzar un gruñido prolongado, y a continuación sentí como me invadía su leche cálida y espesa.

- No te salgas – le dije. Y esperé a que recuperara la respiración.

Sentía caer por mis muslos el reguero de leche y flujo que salía de mi coño. Estaba entregada como pocas veces al disfrute del sexo descarnado, sin la menor inhibición. Me concentraba en imaginar esa orgía mientras Fernando me la narraba. Le besaba la cara, el cuello, la frente… Me lo comía a besos mientras me contaba la forma en que se corrió y, como colofón, la forma en que se vació el semental joven con la ayuda de la tal Irene.

- Joder, Fernando, qué cachonda me he puesto.

En realidad seguía cachonda, pero ahora me tocaba contarle a mí. Le dije que se saliera y nos sentamos frente a frente en el sofá. Él sobre sus tobillos, yo con las piernas abiertas, desmadejada, recorrida por una corriente de guarreo que me estremecía.

- Ahora escúchame tú.

Y empecé a contarle, mirándole a los ojos y acariciando mis pezones con las yemas de los dedos, en círculos.

 

ÉL

 

Estaba conmocionado, conmovido, atravesado por un enamoramiento insólito. Por supuesto, estaba cachondo y me había corrido otra vez intensamente. Pero la sensación de follarme a mi mujer mientras le contaba todas las guarradas que había hecho el sábado, y que ella respondiera con esa excitación máxima y me pidiera más detalles, era algo que no había llegado a sospechar.

- Sergio es un chaval de una educación exquisita. Buen conversador, atractivo… En los meses que llevaba en el bufete nunca había considerado la posibilidad de tener un lío con él. Bueno, ya sabes que nunca he considerado seriamente follarme a nadie más allá de alguna fantasía.

Mientras me hablaba no dejaba de acariciarse. Se había recogido con los dedos el semen que salía de su coño y lo extendía por sus pezones y su vientre. Me miraba con esa mirada que solo ella tiene.

- Me apetecía hacerme la mala y le pregunté por novias, alabando su estilo y su educación. Me dijo que no tenía novia alguna. Cuando le estiré de la lengua – y con su respuesta supe que íbamos a follar – me dijo que le gustaban las mujeres de más de cuarenta. Yo ya no me cortaba un pelo, y seguí preguntando: si había tenido experiencias con alguna mujer de esa edad. En ese momento Sergio tenía la polla a punto de explotar, y conseguí que se sincerara conmigo.

- Te puso cachonda que le gustaran de más de cuarenta… - la interrumpí.

- Mucho. Pero mucho más cuando me dijo que estaba liado con dos, y que las dos estaban casadas. Él nunca las llamaba, me dijo, es todo un caballero; esperaba a que lo hicieran ellas. Le pregunté por qué le gustaban tanto. Me respondió que conmigo hacían algo que no hacían con sus maridos: comportarse como unas guarras. ¡Pobres cuarentonas casadas que no tienen un marido como el mío! - dijo.

- Y viceversa – dije.

- Ya te he dicho que en ese momento tenía claro que me lo iba a follar. Mi única intención era seguir con el juego. Notar cómo me iba mojando y cómo crecía el bulto entre sus piernas.

- ¿Dónde follasteis?

- En su casa.

- ¿Dónde se corrió? - Llegados a este punto, me sorprendí a mí mismo preguntando algo que no se me habría ocurrido minutos antes.

- En mi boca, en mi coño y en mis tetas.

Me empalmé con esa frase. Así, de repente. Mi polla había escuchado esas palabras y había reaccionado con la misma sinceridad que compartíamos mi mujer y yo en ese momento.

- Veo que también te pone imaginarlo.

- Ya lo ves…

- Después de haber follado quise tomar una ducha. Cuando estaba bajo el chorro del agua caliente lo vi sentado en la taza del inodoro, mirándome y haciéndose una paja. Quise saber – en ese momento me resultaba una necesidad – si yo era mejor, más guarra y más golfa que las otras. Cuando me dijo que sí me sentí casi como una diosa; casi como me siento contigo.

Me estaba acariciando los huevos mientras escuchaba a mi mujer. No creía que fuera capaz de volver a correrme. Tres en un día, a mi edad…

Además, ahora quedaba lo más delicado, o así me lo parecía. Se me ocurrían cosas, puertas que se abrían y nos mostraban tras ellas nuevas posibilidades.

- ¿Te gustaría que te viera follar con él? - le pregunté tal cual me vino a la cabeza. - Cuando vi a esos dos en el coche, descubrí que ser un mirón tiene su encanto. Y cuando los vi follar en el sofá, ni te cuento.

Se quedó pensativa. Se movía mimosa, muelle, sin dejar de acariciarse los pechos. Me miró la polla, dura y hacia arriba.

- Y a ti, ¿te gustaría que te viera follar con Irene?

Nos reímos. Era una risa cómplice y nerviosa, cargada de electricidad.

- ¿A que ya te lo estás imaginando? - le pregunté.

- Claro. ¿Tú no?

 

ELLA

 

Esa tarde noche del lunes estoy segura de que fue la más intensa de nuestro matrimonio. Nos abrimos de par en par y, como siempre, fuimos cómplices. Así se lo dije y se mostró de acuerdo.

- Solo veo un pequeño problema – dijo Fernando. - Estamos contando con la participación de terceras personas, que a lo mejor no están de acuerdo…

Pensé y enseguida se me ocurrió una posibilidad. ¿Por qué seré tan morbosa? Me encanta serlo y tener ideas…

- ¿Y si mientras tú o yo estamos haciéndolo el otro está escondido, sin que puedan vernos?

Fernando me miró:

- ¡Pero qué golfa eres…! ¡Te quiero!

Nos abrazamos. Fue un abrazo nuevo, no en el aspecto físico, aunque sí en el emocional.

- ¿Te has dado cuenta de que cuando empezamos a hablar los dos habíamos dicho que no repetiríamos? ¿Que bastaría con esta charla para que esas “apariciones” se fueran al carajo? Y ahora, después del polvo y la charla, ya estamos planeando guarradas con ellos…

- Han estado aquí, dando vueltas a nuestro alrededor, durante toda la conversación y mientras follábamos, ¿no te parece? - dijo Fernando.

- Sí. Han estado hasta en nuestras palabras.

La única posibilidad, pensé, de que nuestra situación se normalizara era llevar a cabo esa fantasía, o ese juego. Que Fernando viera cómo Sergio me metía la polla hasta hacerme gritar y yo viera cómo Irene se follaba a Fernando, a ver si era verdad que era tan guarra como decía. Estaba segura de ello. Fernando no miente.

- Estoy cansada – dije. - ¿Nos acostamos?

- Vamos.

Avanzamos por el pasillo con Fernando cogido a mis caderas y su polla entre mis nalgas, despacio, entre risas y besos rápidos.

Nos tumbamos como siempre; él abrazándome y yo con la cabeza en su pecho.

- ¿Qué piensas? - pregunté.

- Sorprendido. Que estoy sorprendido. Del modo en que ha empezado la tarde con el vendedor de seguros y todo lo que ha sucedido después. ¿Estás segura?

- Sí. ¿Y tú?

- También.

Reí. “¿De qué te ríes?”, preguntó Fernando. “Pensaba en cuál de los dos sería el primero, y he decidido que quiero ser yo.” Y volví a reír.

- Y yo escondido detrás de la cortina…

- O debajo de la cama…

- O en la puerta del dormitorio a oscuras…

- Ya sabes que no me gusta follar a oscuras…

- A oscuras el pasillo, tonta…

Le di muchos besos en el pecho. Me besó la frente. Apagó la luz y me dormí como un bebé en cuestión de segundos.


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