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Fecha: 05-Mar-19 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

El placer del morbo II

Mister Dark
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La madre decide tomar medidas y todos disfrutan Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

A la mañana siguiente, tanto Emilio como Sara no dejaron solo ni un instante a Álvaro, cosa que a él le extrañó. Durante la comida, cuando llegaron Álvaro y Emilio de sus rutinas diarias, hablaron con Álvaro.

Emilio: Hijo, ¿te puedo hacer una pregunta?

Álvaro: Sí, claro, dime – dijo mientras de reojo veía las tetas de su madre moverse.

Emilio: ¿Cuántas pajas te haces al día?

Álvaro: ¿Qué? – dijo atragantándose con la comida.

Emilio: Te he preguntado que cuántas pajas te haces al día. No me mires así, lo digo por curiosidad.

Álvaro: Pues no sé, papá. Depende del día.

Sara: Ya, pero cuántas hijo.

Álvaro: Pues no sé. Unos días me hago 4 otros me hago 9 – dijo pensando.

Emilio: ¡Eso son muchas pajas, hijo! – dijo algo sorprendido – Mira, las pajas son buenas, te ayudan a desahogarte. Pero cómo bien sabes, mucho de algo bueno se convierte en algo malo. No deberías hacerte tantas, si acaso 1 o 2.

Álvaro: Pero es que no lo puedo evitar, papá. 

Sara: Sabemos que eres una hormona con patas, cielo – dijo divertida – pero debes controlarte. No queremos que te obsesiones.

Álvaro: Lo sé, mamá – dijo apenado – Pero no puedo evitarlo, me concentro en los estudios y me viene la imagen de las tetas o el culo de mamá – dijo explicándolo – y no puedo evitarlo – dijo mirando apenado a su madre.

Emilio: Como ya te dije el otro día, no pasa nada, campeón – dijo sonriendo mientras le daba un golpe amistoso a su hijo en el hombro – es normal, es la única mujer que tienes cerca y ya vemos lo buena que está – dijo sonriéndole a su mujer y codeando con complicidad a su hijo – Pero no debes hacerte tantas. A partir de ahora cuando tengas ganas de hacerte una paja, ven con mamá o conmigo y haremos otra cosa. Es lo más sano.

Álvaro: Está bien, papá.

Sara: Pero como ha dicho tu padre, te dejaremos hacerte 1 o 2 pajas cada día, tú elijes cuando – dijo seria mientras su hijo asentía.

A partir de ese día, Álvaro se pajeaba por la mañana y por la noche, al levantarse y al acostarse, ya que el resto del día, se encontraba custodiado por sus padres. Al principio no avisaba a sus padres, pero después de que no dejaran de atosigarlo durante todo el día, tenía que decirles que se quería hacer al menos una paja, y generalmente se lo decía a su madre. Al principio le daba vergüenza, pero con el paso de los días le daba morbo que su madre supiera que le estaba pajeando, y por la sonrisa pícara de ella y su mirada a su polla, pareciera que a ella también le daba morbo saberlo. De hecho, a Sara al principio le parecía gracioso saber que su hijo iba a pajearse pensando en ella, después de comérsela con la mirada durante casi todo el día, pero con los días comenzó a darse cuenta de que le ponía cachonda, le daba mucho morbo provocar a su hijo. Bastante compungida, habló con su marido al respecto una noche tras hacer el amor salvajemente.

Sara: Mi amor, tengo algo que contarte.

Emilio: Dime.

Sara: Verás, la verdad es que estoy asustada.

Emilio: ¿Por qué?

Sara: Cada vez que Álvaro va a hacerse una paja, mi cuerpo reacciona – dijo ante la incomprensión de su marido – ¡me pongo cachonda al saber lo que va a hacer y que yo lo he provocado! – le aclaró entre susurros.

Emilio: No te preocupes, mi amor, es normal sentir morbo – dijo acariciando su cara – yo también lo siento al saber que nuestro hijo te mira con ojos de hombre – le confesó.

Sara: ¿También te pones cachondo?

Emilio: Sí – le confesó – me pone mucho. Al principio me parecía divertido que nuestro hijo se pajeara y te usara como musa de sus pajas, pero luego me daba morbo, me imaginaba cómo te follaría él o cómo lo calmarías tú.

Sara: ¿En serio? Yo me pongo cachonda, pero no he pensado en hacer nada.

Emilio: Lo sé, mi amor – dijo besándola – pero creo que algo deberías hacer – dijo pensativo.

Sara: ¿Yo? ¿Estás loco?

Emilio: No, mi amor, escucha. Nuestro hijo está pasando por una etapa en la que es una hormona con patas y tú estás muy buena y vas provocando, siempre usando poca ropa.

Sara: Pues entonces a partir de ahora me tapo más y listo – sentenció.

Emilio: No funcionaría.

Sara: ¿Por qué?

Emilio: Álvaro ya te ha visto medio desnuda, taparte ahora completamente no le privará de calentarse al recordar las formas de tu cuerpo. Además de que le podría causar inseguridad con las mujeres.

Sara: ¿Entonces?

Emilio: Mira, te lo digo por el bien de nuestro hijo. Sé que muchas veces él mismo provoca que le veas pajearse o situaciones para verte desnuda. Pónselo fácil y haz lo que tengas que hacer para que se le pase las ganas de pajearse. Es por el bien de nuestro hijo – le aclaró.

Sara: De acuerdo – dijo después de pensarlo unos minutos – que sea lo que tenga que ser.

Luego de esta conversación Sara pensó en cómo hacer para que su hijo dejara de pajearse y descubriera las delicias del sexo, además de que ella misma le invitaba a pajearse delante suya, cómo le dijo al día siguiente.

Álvaro: Mamá, voy al baño a ducharme – dijo con un bulto considerable entre sus piernas que su madre llevaba rato notando.

Sara: Cielo, sé lo que vas a hacer, y no hace falta que te vayas al baño.

Álvaro: ¿Qué?

Sara: Sé que te vas a hacer una paja y siempre te las ingenias para que te pille haciéndotela, imagino que te dará morbo, ¿no?

Álvaro: Sí – confesó abochornado.

Sara: Bueno, pues a partir de ahora, cada vez que te hagas una paja, te las puedes hacer delante de mí y así ahorras tiempo de espera para que te pille. ¡Venga! – dijo al ver que no reaccionaba – aprovecha y hazte una buena paja a mi salud – dijo sonriendo pícara y excitada.

Sara le miró y vio cómo su hijo, con un entusiasmo del que va a explorar algo nuevo, se sentaba en el sofá y se desnudaba de cintura para abajo dejando ver su polla grande y gruesa, aún no como la de su marido, pero pensó que en unos años le alcanzaría. Sara llevaba una camiseta blanca sin sujetador que se le transparentaban las tetas y un culotte como braga, mostrando sus largas piernas.

Álvaro: ¿Puedo mirarte mientras?

Sara: Siempre que quieras, cielo – dijo sonriente mientras se ponía delante de su hijo, dejando ver su cuerpo.

Sara vio cómo su hijo, con una calentura indescriptible se empezó a pajear frenéticamente. Sara se dio cuenta de que iba a correrse muy pronto, pero le dejó hacer, a sabiendas de que su hijo lo necesitaba. Álvaro se corrió como un loco mientras miraba a su madre.

Álvaro: ¡Oh sí, me corro! ¡Que buena estás, mamá, que buena estás!

Sara vio cómo su hijo se corría bestialmente, lanzando una cantidad de leche enorme que cayó al suelo y en su torso y piernas. Cuando terminó de correrse y mientras a ella le entraba una calentura enorme, le pasó una toalla y lo mandó a la ducha.

Sara: ¡Que barbaridad, hijo, qué cantidad de leche! ¡Has puesto todo perdido! – dijo asombrada – Anda vete a la ducha y lávate, mientras yo lavo tu destrozo – dijo guiñándole un ojo – y cuando venga tu padre espero que estés tranquilo – dijo sonriendo pícara.

Álvaro: Tranquila mamá, que lo estoy. Gracias – dijo dándole un beso en la mejilla, cerca de la comisura de los labios.

Luego de ese incidente, Sara pensó que la mejor opción para que su hijo dejara de pajearse era ella, debía de darle placer a su hijo. Su marido tenía razón. Después de lo ocurrido, durante la siguiente semana, que su hijo se pajeara delante de ella era una rutina, así que dio un paso más. Ese día, cuando su hijo le dijo que se iba a hacer una paja estando juntos en el salón viendo la televisión, pasó a la acción.

Álvaro: Mamá, voy a hacerme una paja – dijo con un bulto considerable entre sus piernas que su madre llevaba rato notando.

Sara: Cielo, tú ya no te vas a hacer ninguna paja.

Álvaro: ¿Por qué?

Sara: Porque no es bueno que te pajees, cielo. Debes probar otras cosas, así a partir de ahora, yo me ocuparé de tus pajas.

Álvaro: ¿En serio? – dijo alucinado.

Sara: Sí, después de todo yo soy la causante de tu calentura, así que seré yo la que me encargue de bajártela. ¿Quieres?

Álvaro: ¡Sí! – dijo entusiasmado.

Sara: Pues venga, vamos al lio cielo, desnúdate, que mami se encargará de todo.

Sara, se desnudó quedándose en tanga y se colocó de rodillas en el suelo entre las piernas abiertas de su hijo. Álvaro se dejó hacer sin quitar ojo a su madre.

Sara: ¿Listo para ver las estrellas, cielo? – dijo sugerente mientras sonreía – Puedes tocarme si quieres.

Álvaro: Sí mamá. Vale.

Álvaro empezó a amasar las tetas de su madre, las amasaba con fuerza, como si se las quisiera arrancar mientras Sara se dejaba hacer, sin perder la sonrisa. Ella empezó una paja muy lenta y sensual.

Sara: ¿Te gusta lo que te hace mami, cielo?

Álvaro: Eres genial, mamá – dijo sonriendo lascivo - ¡Me encanta! No pares.

Sara: Me alegro de que te guste – dijo sonriendo – mami te va a ordeñar, cielo – dijo lujuriosa.

Álvaro: Sí mamá, ¡ordéñame!

Sara comenzó a imprimir a la paja una velocidad más rápida, viendo la cara de placer de su hijo. Sara, sin perder la sonrisa, comenzó a calentarlo.

Sara: ¿Te gustan como te la menea mami? Vamos, ¡dime que te gusta! Complace a mami, dile lo que te gusta, ¡vamos!

Álvaro: ¡Oh sí, mamá! Me encanta que me la menees, puta. Me pone mucho que me pajees, zorra. ¡Oh sí, sigue así, perra! Me vas a hacer correrme, ¡me corro!

Sara lo miraba con cara de puta que sabía que le pondría más cachondo a su hijo, mientras no dejaba de pajearlo ahora a una velocidad de vértigo. Álvaro estaba en el cielo y pronto comenzó a mover su cadera buscando más.

Sara: ¿Quieres correrte, cielo? ¡Llena a mami de leche caliente, cariño!

Álvaro: Sí mamá, quiero correrme ya – avisó a su madre.

Sara: ¿Y a qué esperas, cielo? ¡Dale a mami tu leche, que la está esperando! ¡Dámela toda en mi cara, en mis tetas, vamos, báñame en leche!

Álvaro: ¡Oh sí, mamá! Te voy a llenar la cara de leche, puta. ¡Oh sí, que buenorra estás, perra! Toma leche, mami, ¡me corro! ¡Qué buena perra eres, sí!

Álvaro empezó a correrse como un bestia en la cara de su madre, quién recibía toda la leche de su hijo sonriendo. Álvaro se corrió en la cara de su madre muy abundantemente, mientras su madre recibía gustosa el regalo de su hijo. Cuando terminó de correrse, Álvaro cayó en el sofá rendido mientras su madre se limpiaba el semen de su hijo de la cara y tragaba el que le había caído en la boca, saboreándola, luego se dirigió a su hijo.

Sara: ¿Te ha gustado, cielo?

Álvaro: ¡Mucho!

Sara: Me alegro. ¿A que ha sido mejor que hacerte tú una paja?

Álvaro: Muchísimo mejor – dijo sonriendo.

Sara: Pues ya sabes, a partir de ahora esto es lo que te espera.

Álvaro: ¿Por qué me has hecho correrme encima de ti?

Sara: Porque lo pones todo perdido y es más fácil limpiarme yo que limpiar tus restos de corrida de los muebles – dijo dándole un pico.

Álvaro: Vale mami. Gracias. ¡Te quiero! – dijo yendo hacia la ducha.

A partir de ese momento y durante los siguientes días, Sara le hacía las pajas a su hijo. Emilio sabía, por boca de su mujer, lo que hacían madre e hijo, y aún que le daba algo de celos, no le importaba, si su hijo dejaba de ser un pajillero compulsivo. Unos días después, después de comer, Sara vio que su hijo estaba más caliente que de costumbre y era porque ese día ella solo llevaba un tanga para estar por casa.

Álvaro: Mamá, hoy ya no aguanto más – dijo mirándola con lascivia – quiero una paja – dijo con un bulto considerable entre sus piernas que su madre llevaba rato notando.

Sara: Claro, cielo, ponte cómodo, que mami se ocupa – dijo pensando en la sorpresa que le esperaba a su hijo.

Sara le miró y vio cómo su hijo, se desnudaba de cintura para abajo dejando ver su polla grande y gruesa. Sara se levantó del sofá y se colocó en mitad del salón, de rodillas.

Álvaro: Joder mamá, ¡qué buena estás! ¡Me pones a 1000! – dijo embelesado.

Sara: Gracias cielo – dijo sonriendo – Ven aquí, que mami se ocupa de ti– dijo sonriendo.

Sara se colocó de rodillas en el suelo con las piernas abiertas. Álvaro se colocó delante de ella, con la polla tiesa enfrente de su cara. Sara sonriendo agarró la polla de su desesperado hijo y sin dejar de mirarle comenzó a masturbarle agarrando su polla con las dos manos. Luego de unas sacudidas, mientras le masturbaba la fue lamiendo de arriba abajo. Álvaro gemía sin aún poderse creer lo que estaba pasando. Sara comenzó a meterse en la boca la polla de su hijo sin dejar de mirarle a los ojos.

Sara: ¿Te gusta lo que te hace mami, cielo? – dijo sacándose la polla de su hijo de la boca.

Álvaro: Eres genial, mamá – dijo sonriendo lascivo - ¡Me encanta! No pares de comérmela.

Sara: Me alegro de que te guste – dijo sonriendo – mami te va a ordeñar, cielo – dijo lujuriosa.

Álvaro: Sí mamá, ¡ordéñame!

Sara comenzó a imprimir a la mamada una velocidad más rápida, viendo la cara de placer de su hijo. Sara, sin perder la sonrisa, comenzó a calentarlo.

Sara: ¿Te gusta cómo te la come mami? Vamos, ¡dime que te gusta! Complace a mami, dile lo que te gusta, ¡vamos!

Álvaro: ¡Oh sí, mamá! ¡Me encanta que me la chupes, puta! ¡Me pone mucho! ¡Oh sí, sigue así, perra! Me vas a hacer correrme.

Sara lo miraba con cara de puta que sabía que le pondría más cachondo a su hijo, mientras no dejaba de chuparle la polla ahora a una velocidad de vértigo. Álvaro estaba en el cielo y pronto comenzó a mover su cadera buscando más.

Sara: ¿Quieres correrte, cielo? ¡Llena a mami de leche caliente, cariño!

Álvaro: Sí mamá, quiero correrme ya – avisó a su madre.

Sara: ¿Y a qué esperas, cielo? ¡Dale a mami tu leche, que la está esperando! ¡Dámela toda en mi cara, en mi boca, vamos, dame de beber!

Álvaro: ¡Oh sí, mamá! Te voy a llenar la boca de leche, puta. ¡Oh sí, que buenorra estás, perra! Toma leche, mami, ¡me corro! ¡Qué buena perra eres, sí!

Álvaro empezó a correrse como un bestia en la boca de su madre, quién recibía toda la leche de su hijo sonriendo. Álvaro se corrió muy abundantemente, mientras su madre recibía gustosa el regalo de su hijo. Cuando terminó de correrse, Álvaro cayó en el sofá rendido mientras su madre se tragaba todo lo que podía de la grandísima corrida de su hijo, sin dejar de mirarlo a los ojos en ningún momento.

Sara: ¿Te ha gustado, cielo? – dijo relamiéndose.

Álvaro: ¡Mucho!

Sara: Me alegro. Pues a partir de ahora esto es lo que te espera, pajas y mamadas de mami.

Álvaro: Vale mami. Gracias. ¡Te quiero! – dijo yendo hacia la ducha feliz.

A partir de ese momento y durante los siguientes días, Sara le hacía las pajas por las mañanas y mamadas por las tardes a su hijo. Emilio sabía, por boca de su mujer, lo que hacían madre e hijo. Unos días después, después de merendar, Sara vio que su hijo esperaba ansioso su mamada, pero ese día le esperaba otra sorpresa.

Álvaro: Mamá, quiero que me la comas – dijo con un bulto considerable entre sus piernas que su madre llevaba rato notando.

Sara: Claro, cielo, ponte cómodo, que mami se ocupa – dijo pensando en la sorpresa que le esperaba a su hijo.

Sara le miró y vio cómo su hijo, se desnudaba de cintura para abajo dejando ver su polla grande y gruesa. Sara se levantó del sofá y se colocó en mitad del salón, de rodillas, como era su costumbre.

Álvaro: Joder mamá, ¡cada día estás más buena! – dijo embelesado.

Sara: Gracias cielo – dijo sonriendo – Ven aquí, que mami se ocupa de ti– dijo sonriendo.

Sara se colocó de rodillas en el suelo con las piernas abiertas. Álvaro se colocó delante de ella, con la polla tiesa enfrente de su cara. Sara sonriendo agarró la polla de su desesperado hijo y sin dejar de mirarle comenzó a masturbarle agarrando su polla con las dos manos. Luego de unas sacudidas, mientras le masturbaba la fue lamiendo de arriba abajo. Álvaro gemía. Sara comenzó a meterse en la boca la polla de su hijo sin dejar de mirarle a los ojos.

Sara: ¿Te gusta lo que te hace mami, cielo? – dijo sacándose la polla de su hijo de la boca.

Álvaro: Eres genial, mamá – dijo sonriendo lascivo - ¡Me encanta! No pares de comérmela.

Sara: Me alegro de que te guste – dijo sonriendo – mami te va a ordeñar, cielo – dijo lujuriosa.

Álvaro: Sí mamá, ¡ordéñame!

Sara comenzó a imprimir a la mamada una velocidad más rápida, viendo la cara de placer de su hijo. Sara, ante la sorpresa inicial de su hijo, se cogió sus grandes tetas y envolvió con ellas la polla de su hijo, comenzando a hacerle una cubana mientras no dejaba de chuparle la punta de la polla. Sara, sin perder la sonrisa, comenzó a calentarlo.

Sara: ¿Te gusta cómo te la come mami? Vamos, ¡dime que te gusta! Complace a mami, dile lo que te gusta, ¡vamos! ¿Quieres que siga con la cubana?

Álvaro: ¡Oh sí, mamá! ¡Me encanta que me la chupes, puta! ¡Me pone mucho! ¡Oh sí, sigue así, perra! Me vas a hacer correrme. ¡No dejes de pajearme con tus tetazas, oh sí!

Sara lo miraba con cara de puta que sabía que le pondría más cachondo a su hijo, mientras no dejaba de chuparle y exprimirle la polla ahora a una velocidad de vértigo. Álvaro estaba en el cielo y pronto comenzó a mover su cadera buscando más.

Sara: ¿Quieres correrte, cielo? ¡Llena a mami de leche caliente, cariño!

Álvaro: Sí mamá, quiero correrme ya – avisó a su madre.

Sara: ¿Y a qué esperas, cielo? ¡Dale a mami tu leche, que la está esperando! ¡Dámela toda en mis tetas, en mi boca, vamos, dame de beber!

Álvaro: ¡Oh sí, mamá! Te voy a llenar la boca de leche, puta. ¡Oh sí, que buenorra estás, perra! Toma leche, mami, ¡me corro! ¡Qué buena perra eres, sí! ¡Toma leche caliente en tus tetas de puta!

Álvaro empezó a correrse como un bestia en la boca y tetas de su madre, quién recibía toda la leche de su hijo sonriendo y con la lengua fuera. Álvaro se corrió muy abundantemente, mientras su madre recibía gustosa el regalo de su hijo. Cuando terminó de correrse, Álvaro cayó en el sofá rendido mientras su madre se tragaba todo lo que podía de la grandísima corrida de su hijo, sin dejar de mirarlo a los ojos en ningún momento, y se restregaba la inmensa corrida de su hijo de sus tetas.

Sara: ¿Te ha gustado, cielo? – dijo relamiéndose.

Álvaro: ¡Mucho!

Sara: Me alegro. Pues a partir de ahora esto es lo que te espera, pajas, cubanas y mamadas de mami.

Álvaro: Vale mami. Gracias. Me has hecho realidad ya varias fantasías – le confesó - ¡Te quiero! – dijo yendo hacia la ducha feliz.

La vida sexual de Emilio y Sara mejoró muchísimo más desde que Sara complacía a su hijo con pajas, mamadas o cubanas. Ella se sentía una puta y eso le encantaba. Le encantaba satisfacer a su hijo y a su marido y que su marido le usara, satisfaga y follara cómo nunca.


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