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Fecha: 04-Mar-19 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

La viuda

QUIQUE
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La Viuda se había vuelto una cerda de mucho cuidado desde la última vez que follaran. Se ve que el viejo cacique, antes de palmarla, cómo no se le levantaba, para despreciarla, meaba por ella, y eso acabara por excitarla, o eso pensó Sindo, cuando le dijo: Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

La llamaban la Viuda porque lo era. Era la viuda del cacique del pueblo. Un indiano que fuera el dueño de tantas tierras y tantos animales que cuando murió, a los ochenta años, ya ni sabía lo que tenía.

La Viuda tenía 39 años cuando murió el indiano. (llevara 20 años casada con el) Era hija de la Paca, una mujer casada con Suso, un vago borracho que nunca diera un palo al agua, y que después de casarse su única hija con el indiano y hacerlo este encargado de sus tierras, se creía Felipe II dirigiendo las obras del Escorial... Y que decir de la Paca, que se había roto la espalda trabajando al jornal para mantener al vago borracho y a su hija, pues decir que quien nunca tuvo un cerdito, al tener uno anda todo día diciéndole: Quino, quinito.

Con estas mimbres, Carla, la Viuda, que era morena, de ojos negros, muy grandes, alta, con un cuerpazo, buenas tetas, cintura estrecha, buen culo y aún bella, al morir el viejo se creía la reina de Saba.

Sindo tenía diecisiete años y estaba terminando el bachiller superior. Era el único que estudiaba en el pueblo y le pagara sus estudios su tío, el indiano, Carla, que apenas aprendiera a leer y escribir, ya había tenido una aventura con él un para de años atrás.

Un día, ya caída la tarde, uno de los criados de la Viuda le dijo a Sindo que su ama quería hablar con él. Fue al pazo. Lo recibió en el salón, que estaba amueblado a todo lujo. La Viuda estaba sentada en un sillón que parecía un trono y apoyaba las manos en los brazos. Se había quitado el luto. Llevaba puesto un vestido rojo y unos zapatos del mismo color, de los lóbulos de sus orejas colgaban dos pendientes de oro en forma de aro. Llevaba un reloj de oro en una muñeca y una pulsera del mismo material en la otra. En sus dedos llevaba dos anillos, uno tenia una piedra verde y el otro una que brillaba mucho, luego supo que eran una esmeralda y un diamante. No llevaba el anillo de casada. Estar, estaba seductora, enjoyada, con su largo cabello suelto y sus labios y sus uñas pintadas de rojo, pero no era normal aquella vestimenta para recibirlo. La Viuda, sin levantarse, le señaló un sillón, y le dijo:

-Siéntate, Sindo.

Se sentó. Tenía una mesita delante.

-Abre el sobre que hay sobre la mesita.

Abrió el sobre y vio que tenía varios billetes de mil pesetas. La viuda, le dijo:

-¿Quieres ganarte esas quince mil pesetas para acabar tus estudios?

La iba a sorprender.

-Depende.

Se puso altiva.

-¡¿Cómo qué depende?!

-Si, depende. Estás vestida para una fiesta. ¿Soy yo el plato principal?

-A mí no me vengas con adivinanzas. Si haces todo lo que te diga te llevarás ese dinero.

-¿Estás hablando de sexo?

-Si.

-Entonces me voy.

-¿Te parece poco dinero?

-Me parece que te pasaste tres pueblos. Yo nunca me vendería.

La cara de sobrada de la Viuda, cambió. Ahora era de desilusión.

-Pensé que te gustaría...

La interrumpió.

-¿Pensaste que con ese vestido, con esas joyas y con el dinero me ibas a seducir?

-Si no lo pensara no te mandaría llamar.

-Te equivocaste, tía.

La había cabreado.

-¡¿Quién coño te crees que eres?

-Alguien que no se vende.

La viuda no se daba por vencida.

-¿No te gusto?

-Me gustas más oliendo a sudor.

La Viuda, sonrió. Sindo volvió a ver a la Carla que lo había follado porque a su tío no se le levantaba.

-Olvídate de la proposición.

-Olvidada.

-Solo a nosotros se nos pudo ocurrir hacerlo al sol. ¿verdad?

Sindo, le devolvió la sonrisa.

-Sí, fue... Sudoroso.

-¿Quieres tomar algo?

-¿Que tienes?

-Coñac, anís, whisky, ponche...

-Ponche.

La Viuda volvió del mueble bar con dos copas, le dio una y se sentó en su sillón. Le preguntó:

-¿Entones no quieres hacerlo?

-¿No habías dicho que me olvidara del tema?

La Viuda era una enredadora.

-Te lo pregunto por última vez porque tengo muchas ganas de follar contigo.

-Si tanto insistes... Va a ser que acabaremos haciéndolo.

La Viuda, se animó de nuevo.

-¿Harás todo lo que te diga?

-¿Qué tendría qué hacer?

-Eso lo irás descubriendo cuando te lo diga.

Sindo pensó que tenía la sartén cogida por el mango.

-Vale, pero cómo presiento que la cosa va de guarrerías, debes doblar el dinero.

-¿Pero tú no eras el que nunca se vendería, cabronazo?

-Para mi nunca significa hasta dentro de cinco minutos.

La sartén por el mango la tenía cogida la Viuda.

-En ese caso, si te acojona hacer alguna de las cosas, no cobras.

Sindo, se hizo el valiente.

-¡Anda ya! No hay nada en este mundo que me acojone.

-Y si te corres, no cobras. Mi dinero, mis reglas.

-¿Algo más que deba saber, Carla?

-No.

Vamos al grano.

La Viuda estaba sobre una gran cama de roble con sábanas rojas, a la que antes tapara una colcha dorada, vestida solo con sus joyas. Sindo, también estaba en pelotas. Era un joven moreno, de pelo largo, con buenos pectorales, buenos bíceps... Era un joven apuesto.

La Viuda se había vuelto una cerda de mucho cuidado desde la última vez que follaran. Se ve que el viejo cacique, antes de palmarla, cómo no se le levantaba, para despreciarla, meaba por ella, y eso acabó por excitarla, o eso pensó Sindo, cuando le dijo:

-Méame por las tetas, por el vientre, por el coño, méame toda.

-Preferiría untarte de chocolate.

-Luego, ya se lo mandé hacer a Sebastián.

-¿Y por qué no ahora?

-¡Mea por mí, carallo!

Le orinó por las tetas. La Viuda puso las manos y se lavó la cara con la orina.

Los pezones se le pusieron tiesos y las areolas le encogieron. Le meó por la barriga y por el coño, un coño rodeado de una enorme mata de pelo negro.

Al acabar de orinar por ella, la Viuda, le dijo:

-Muérdeme las tetas y los pezones... Lame y limpia tu orina de ellas.

Al morder una de sus grandes tetas y lamerla, sintió el sabor salado de su orina. Tampoco estaba tan mal. Nunca había comido unas tetas saladas. Le mordió las tetas y le lamió y mordió los pezones. Lo hizo durante un cuarto de hora, o algo más. La Viuda, mientras Sindo le trabajaba las tetas, se masturbaba el coño... Acariciaba el clítoris con dos dedos, los metía dentro de la vagina, los sacaba mojados y volvía a acariciar el clit... En una de estas sacó los dedos mojados de flujo y se los llevó a la boca a su sobrino, Sindo, se los chupó. La viuda, le preguntó:

-¿A qué te supo mi jugo?

-A vicio.

-¿Probaste muchos?

-¿Me estás examinando, Carla? Si lo estás haciendo preferiría que no lo hicieras

-Lo que prefieras me la suda. -se dio la vuelta- Cómeme el culo.

Comiéndole el culo, Le dijo:

-No basta con lamer y morder. Azótame.

Sindo le tenía ganas por la prepotencia que había cogido. Le cayeron las del pulpo.

-¡¡Plas pla, plas plas, plas plas plas plas, plas...¡¡

Cando la Viuda ya tenía el culo rojo como un tomate maduro, y a Sindo le dolían las manos, se dio la vuelta, y le dijo:

-Folla con tu polla mis sobacos.

Sindo le metió la polla debajo del sobaco. La Viuda apretó con el brazo, y al follarle el sobaco, la mujer, comenzó a reír. Le hacía cosquillas.

Le cogió la polla y le hizo una pequeña mamada, pequeña porque al rato estiró los brazos hacia la cabecera de la cama, y le dijo:

-Lámeme los sobacos.

Sindo solo le pudo lamer uno ya que aparecieron de nuevo las cosquillas. La Viuda, encogió los brazos y rompió a reír.

Después se metió un cojín debajo de sus nalgas, y le dijo:

-Vuelve a comer mi culo.

Sindo metió su cabeza entre sus piernas. La cogió por la cintura y lamió su periné y su ano. Su coño, abierto y mojado, parecía una flor... Con sus labios abierto, rojos e hinchados, la flor se abría y se cerraba con dos dedos de la Viuda acariciando el clítoris. Gimiendo, dijo:

-Me voy a correr. Mete tu lengua en mi coño y fóllame el culo.

Le metió medio dedo pulgar en el culo y la lengua en el coño. Antes de un minuto ya le vino.

-¡Me coooorro!

Al correrse, el dedo pulgar se fue metiendo en su ano, que al cerrarse lo apretaba y parecía querer comerlo. Su coño apretaba y soltaba la lengua de Sindo. La Viuda gemía y se retorcía de placer.

Cuando acabó de correrse lo besó por vez primera. Fue un beso sin lengua, cariñoso, pero era un beso que traía cola, ya que acto seguido subió encima de él, le cogió la polla y metió la cabeza dentro del coño. Follándole solo la cabeza, se agarró a los barrotes de la cama y le puso uno de los pezones en los labios. Sindo, abrió la boca.

-Cierra la boca. Quiero pasar mis pezones por tus labios. Y no te muevas. Voy a follarte a mi aire.

Sindo, sufría por no poder comerle las tetas y por no poder clavársela hasta el fondo. Sentía la corona de su polla entrar y salir del coño y se fue poniendo malo. Pensó que lo que la Viuda buscaba era hacer que se corriese para no pagarle. No le iba a dar esa satisfacción.

Se puso a pensar en la Muda, una pelirroja, pecosa, más fea que el culo de un mono. La viuda, pasados unos minutos, le puso el coño en la boca, se lo frotó contra los labios, y le dijo:

-Saca la lengua.

Sacó la lengua, y la Viuda, al frotar su coño con ella, comenzó a gemir, después le puso el culo, y gozó de la lengua entrando y saliendo de él. Sindo se volvió a poner malo. Su polla ya estaba empapada y latía una cosa mala. Mala era la Viuda. Volvió a meter la cabeza de la polla en el coño. Esta vez la metió y la sacó media docena de veces. Al sentir cómo le latía la polla a su sobrino, la muy zorra lo folló metiéndola hasta el fondo con violencia. La polla al llegar al fondo del encharcado coño, hacía este ruido:

-¡Clash, clash, clash, clash, clash, clash...!

La Viuda quería que se corriera, y lo iba a conseguir, pero, de repente, se quedó quieta. Sindo sintió como una pequeña cascada de jugo calentito mojaba sus pelotas. Luego el coño apretó la polla y la Viuda se derrumbó sobre él. Gimiendo y comiéndole la boca, echó una corrida que la dejó seca.

Al recuperarse, le dijo:

-Coge la bota de vino que hay debajo de la cama.

Había planeado bien las cosas. Sindo, cogió la bota.

-Dúchame con vino.

Apretó la bota y apuntó a sus tetas... Menos su coño y su culo, que ahí le ardería con el alcohol del vino, le echó en todas las partes. La Viuda, frotándose, se quitó el olor de la orina y le quedó el del vino blanco. Ni una gota quedó en la bota para probarlo. Al acabar de frotarse, le dijo:

-Coge en el cajón de arriba de la coqueta la caja roja, ábrela, y dámela.

Sindo, abrió el cajón y cogió la caja. Tenía manteca dentro. La Viuda, le preguntó:

-¿Te imaginas para qué es, Sindo?

Lo sabía de sobras.

-Quieres que te folle el culo.

-Échate sobre la cama.

Parecía que la Viuda no le quería pagar. Le cogió la polla, se la untó de manteca y le hizo una mamada sublime sin parar de meneársela y de mirarle a los ojos. Cuando Sindo ya no aguantaba, le apretó los huevos.

-¡Cooooño! ¿Qué haces, bruta?

-Echarte una mano.

-Ya lo veo, a los cojones.

-Calla, que te ibas a correr, capullo.

-También es cierto. Sí, iba a perder el dinero.

-Lo vas a perder igual, pero quiero sentir tu leche dentro de mi culo.

El que estuviera a punto de cagarla, sacó pecho.

-Sueña.

Le volvió a untar la polla de manteca. Se puso a cuatro patas, y sonriendo, le dijo:

-Hasta que me corra no puedes parar.

-¿Quieres que te azote?

-Lo dejo a tu elección.

Acercó la polla a su ojete, un ojete sin estrías, virgen, y le metió el glande. Era muy extraño, entró apretada, pero sin dificultad, y más extraño aún fue que la Viuda no se quejó, al contrario, comenzó a gemir. Nalgueándola, se la fue metiendo hasta el fondo, después, con las manos pringadas de manteca, le cogió las tetas, se las magreó y le apretó los pezones para sentir como se quejaba... La Viuda, se acarició el clítoris y ni cinco minutos tardo en decir:

-Tú ganas, cabrón, tú gaaa... ¡¡¡Aaaaaaaaaay!!!

Le temblaron las piernas, las tetas, el culo, le tembló todo mientras se corría. Tuvo un orgasmo brutal.

Si se le alarga unos segundos más le llena el culo de leche, a Sindo lo salvó la campana, de nuevo.

Tras un largo silencio, la Viuda, le preguntó:

-¿Le tienes miedo a los muertos?

-No, miedo le hay que tener a algunos vivos.

-Me alegro que no les tengas miedo. Si quieres cobrar el dinero tienes que follarme en el cementerio.

-¡¿De noche?!

-Sí, esta noche.

Sindo no podía creer lo que estaba oyendo.

-Estás bromeando.

-No, quiero que me folles dentro del mausoleo de mi difunto esposo.

Sindo, se cabreó.

-¡No me toques los cojones, Carla! Lo dices para no pagar. No conseguiste hacer que me corriera y ahora me vienes con esto... Si tú te morirías de miedo allí dentro.

Vamos otra vez al grano.

Sindo, nunca supo cómo, pero la Viuda, que ahora vestía de riguroso negro y no llevaba joyas, había conseguido una llave del portal del cementerio. Abrió, entraron y cerró.

Era una calurosa noche del mes de julio y había luna llena, pero a Sindo lo recorrió un frío glacial al caminar entre dos filas de panteones. La Viuda caminaba con paso firme. Sintieron ulular a un mochuelo, Sindo, al que, según él, nada en este mundo lo acojonaba, se acojonó. Luego ulularon una veintena de aquellas aves infernales. Sindo ya no sabía donde meterse. La Viuda seguía caminando con paso firme. Llegaron al mausoleo. Le metió la llave a la cerradura, abrió, y entraron. Allí, a pesar de las velas aromáticas que ponían a diario, olía mal. Olía a muerto. La viuda, mirando para el nombre que había en la lápida de mármol blanco, desnudándose, dijo:

-Te dije que algún día follaría dentro de tu tumba, desgraciado.

Al estar desnuda, se agachó, le sacó a Sindó la polla, arrugadita, y se la mamó hasta que se la puso dura. Después, le dijo:

-Enséñale al desgraciado cómo se come un coño.

Sindo se agachó para comerle el coño. La rencorosa le seguía dando caña al muerto.

-¡Manifiéstate si tienes cojones!

Una rata grande cómo un conejo se metió en el panteón. A la Viuda se le pusieron de punta los pelos del coño. Meó por ella con el susto, y por ende, meó por Sindo y por la rata, que salió a toda prisa del mausoleo. Al verlo meado, se puso cómo una hiena en celo. Le dijo:

-¡Fóllame, cabrón, fóllame!

Ya no le comió el coño, la empotró contra el mármol de la lápida del difunto y se la clavó por detrás, con fuertes arreones y hasta el fondo...

La Viuda tenía la cara pegada al mármol cuando se corrió. Le vino con tanta fuerza que lanzó un grito que más que de placer parecía que la estaban matando. Quien se debió estremecer aún más fue alguien que debía andar agachando o robando algo en el cementerio, ya que cuando La Viuda lanzara el grito, Sindo, sintió los pasos de alguien que huía como alma que persigue el diablo.

Las aves de mal agüero se quedaran mudas.

Y voy al grano por última vez.

Al llegar al pazo la cena estaba puesta. Sindo, le preguntó:

-¿Quién puso eso?

-Sientate y come.

-Comieron el faisán con patatas y bebieron vino tinto.

Al venir con los flanes, que era el postre, supo quien había puesto la mesa. Había sido Sebastián, un criado portugués, alto, feo y fuerte, que tenia una tralla que hacía dos de la suya. ¿Qué cómo lo supo? Por que Sebastián sirvió el postre desnudo. A Sindo se le pasó por la cabeza que no iba a cobrar. Aquella tralla hizo que se le encogiera el culo, y es que él de darle sexo anal a una mujer, todo lo que fuera, pero jugar con un hombre, no era santo de su devoción, ni lo era, ni lo es, ni lo será.

Tomaron el postre, y le preguntó la Viuda:

-¿Alguna vez hiciste un trío, Sindo?

-Sí.

Al rato estaban los tres desnudos en la habitación de Carla. La Viuda, en cuclillas, en medio de los dos, les cogía las pollas, las meneaba y las chupaba. Sindo nunca se había sentido tan acomplejado. La diferencia de tamaños y grosor era inmensa, pero a la Viuda no le importaba, es más, le gustaba que así fuera, ya que la tralla iba a ser para su coño y la polla para su culo.

Cuando el gigante la cogió en alto en peso y le puso la verga en la entrada del coño, Sindo, pensó que la iba a reventar. ¡Y una mierda! Le entró toda y más que hubiera. ¡Cómo gemía la zorra con aquel pedazo de carne dentro de su coño!

Con sus brazos rodeando el cuello del portugués y sus piernas alrededor de su cuerpo, lo comía a besos... Sindo, meneándola, veía cómo la verga entraba y salía llena de flujos... Tiempo después, cuando ya los gemidos de la Viuda anunciaron el orgasmo, le dijo:

-¡Rómpeme el culo, Sindo!

Se la metió en el culo y la folló con fuerza... Al rato, los gemidos de la Viuda, cesaron. El portugués, con la cabeza de Carla en su hombro, y desvanecida, se asustó, y le dijo a Sindo:

-Está finando (se está muriendo.)

Sindo le quitó la polla del culo, el portugués se la quitó del coño, del que salió una plasta de jugos. El portugués, la puso sobre la cama. La viuda, abrió los ojos, y le dijo:

-Trae el chocolate, Sebas.

La noche fue larga...Y Sindo, Sindo acabó cobrando.

Quique.


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