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Fecha: 04-Mar-19 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduras

Paredes de papel (5)

Alfascorpii
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Una mujer madura descubre la intensa vida sexual de su joven vecino a través de unas paredes mal insonorizadas. Ese descubrimiento despertará en ella reprimidos deseos que le llevarán a ser la coprotagonista de esa placentera vida. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

 5

Ese sábado dormí hasta tarde. Las emociones del día anterior y el agotamiento mental por mis debates internos, me habían propiciado una noche de inconsciencia que prolongué hasta las diez de la mañana.

Me sorprendió no encontrar a Agustín en la cama, siendo bastante dormilón, y teniendo en cuenta que, al final, pasamos toda la tarde anterior fuera de casa para acabar en el cine viendo una película romántica.

El sentimiento de culpa por el incidente con el vecino, finalmente, había vencido al morbo, así que, como forma de evasión, le propuse a mi marido ver esa película para pasarme las dos horas abrazada a él, sintiendo cuánto le quería, y dejando mi mente en blanco.

En realidad, no me arrepentía de lo ocurrido, había sido una experiencia increíble, el cumplimiento de una fantasía en el momento justo de mi vida. Tampoco es que me enorgulleciera de ello, pero había sido muy placentero, y guardaría para siempre la satisfacción de saber que, a mis cuarenta y dos, era capaz de despertar los deseos de un veinteañero.

«Una fantasía realizada y ya está, no habrá nada más», era la decisión que había tomado.

— ¿Dónde vas? —le pregunté a mi marido al encontrarle en el salón, preparado para salir.

— Buenos días, preciosa —dijo, dándome un beso—. Había pensado que podría apetecerte desayunar chocolate con churros. Pensaba traerlo antes de que te despertaras…

— Eres un cielo —contesté, halagada por la iniciativa. «¿Cómo no voy a quererte y dejarme de aventuras?», añadí mentalmente.

— Dúchate tranquila, aunque no creo que tarde. Ya que salgo, ¿necesitas que te traiga algo más?

— Bueno, ya que estás, podrías comprarme un paquete de tabaco mentolado —se me ocurrió.

— Nena, deberías dejarlo —me reprochó—. Sabes que me parece muy sexy tu forma de fumar, pero lo primero es la salud.

— Lo sé, cariño, pero es que paso mucho tiempo sola —traté de excusarme—, y cuando estoy trabajando, me sirve para tomarme un descanso y relajarme…

— Está bien, te lo compraré, pero, por favor, inténtalo…

— Te lo prometo —puse cara de niña buena—. Cuando vuelvas del viaje de la semana que viene, lo dejo. «Y así evito, también, tentaciones de espiar lo que no debo…»

— ¡Esa es mi chica! —exclamó, dándome otro cariñoso beso—. Esta noche te daré algún aliciente para animarte a dejarlo cuando vuelva del viaje, algo que te relajará mucho más que un cigarrillo…

En su rostro se dibujó una sonrisa de picardía.

— ¿Ah, sí? ¿Y qué aliciente será ese? —pregunté, juguetona.

— Te debo una desde ayer a medio día… Una espectacular… Te la devolveré con creces.

Estallé en una carcajada, encantándome la idea. Al final, iba a resultar que el desliz iba a servir para darle nuevos bríos a las relaciones con mi marido.

— Te tomo la palabra —le amenacé, poniéndome en jarras de modo que se me transparentó un poco más el ligero camisón.

— Joder, no solo eres guapa, ¡es que mira que estás buena!  Me voy, que si no, no desayunamos…

— Anda, vete, adulador —contesté, riendo y despidiéndole mientras se marchaba por el pasillo.  ¡Y también compra pan para la comida!

— Lo compro para la cena —me corrigió, ya desde la puerta—. Recuerda que hoy vamos a comer a casa de José Antonio y Pilar… ¡Hasta ahora!

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Con tanto bullicio en la cabeza, ¡había olvidado que los vecinos nos habían invitado a comer en su casa! Y, probablemente, estaría Fer allí.

«¡Joder!, ¿cómo le miro a la cara después de lo de ayer? ¡Delante de Agustín!, ¡y de sus padres!».

El momento “zen” que había alcanzado con mi marido, habiendo decidido no comerme la cabeza y pasar página, se desvaneció de un plumazo. Me puse tan nerviosa que, a pesar de estar en ayunas, tuve que salir a la terraza a fumarme el último cigarrillo que me quedaba, antes de meterme en la ducha.

«Bueno, después de lo de ayer, también será embarazoso para él que nos veamos delante de sus padres y mi marido, ¿no?», trataba de autoconvencerme. «Seguro que solo nos vemos un momento, cuando lleguemos, y él se marchará a comer con algún amigo, o amiga… ¿no?».

Me di una larga ducha de agua tibia, a pesar del calor que ya empezaba a apretar, intentando relajarme y descartar de mi mente la posibilidad de tener que enfrentarme a una situación tan incómoda.

Mientras me echaba la crema corporal, con parsimonia, absorta en mi mundo interior, escuché cómo Agustín regresaba a casa.

— ¡Mayca, ya he traído el desayuno! —me gritó desde la cocina—. ¡Acaba, que esto se va a enfriar!

Haciendo acopio de fuerzas, me vestí con ropa cómoda y puse mi mejor sonrisa. Agustín no tenía que notar mi preocupación, y si finalmente me reencontraba con Fer, tendría que poner en práctica mi mejor cara de póker.

«Pero no va a estar. Seremos cuatro “viejos” hablando de sus cosas, y ya ha sacado de mí lo que quería», me convencí, en última instancia.

El rico desayuno que mi marido se había tomado la molestia en ir a buscar, apaciguó, en cierta medida, mis inquietudes. Sin embargo, a medida que la hora de la comida se aproximaba, los nervios comenzaron a aflorar, hasta el punto de hacerme salir a la terraza para fumar con más frecuencia de la habitual.

— Venga, cariño, deja ya el cigarrito y arréglate —me regañó Agustín, abriendo la puerta para asomarse—, que hemos quedado en media hora.

— ¿Es que no voy bien así? —contesté, apagando el vicio y mostrándome con mis pantalones anchos de lino y mi camiseta dos tallas más grande.

— Ja, ja, ja —rio sin saber que mi broma no lo era tanto—. No es que vayamos al palacio real, pero tampoco creo que esa ropa vieja sea apropiada… Además —añadió, bajando el tono de voz—, ¿por qué no te pones el vestidito ese de flores que te queda tan bien? A José Antonio se le ve a caer la baba, y ya sabes lo orgulloso que me siento de estar casado con una mujer tan bella…

— Justo en el centro de mi vanidad… Me pondré ese vestido, y me maquillaré un poco —finalmente accedí, sucumbiendo al piropo y mi propia coquetería.

Fuimos recibidos cariñosamente en casa de los vecinos, y al instante comprobé que mis temores eran infundados. Fer no estaba, por lo que me relajé y me divertí internamente al comprobar que Agustín había tenido razón: el marido de Pilar no me quitaba ojo de encima, aunque tratara de disimularlo. Le había cazado mirándome el culo cuando nos invitaban a salir a la terraza para tomar una cerveza antes de comer, y durante el refrigerio, su vista había ido una y otra vez a perderse en mi escote.

— ¿Os parece bien que comamos aquí fuera? —preguntó mi amiga—. Con la sombra del toldo creo que estaremos más a gusto que en el salón. Y así, también, Mayca y yo podremos fumar cuando nos apetezca.

— ¡A mí me parece perfecto! —contestó inmediatamente mi marido—. Que mi mujercita disfrute de su vicio ahora, que en unos días lo va a dejar para siempre, ¿verdad cariño?

— Eso te he prometido —intervine—, y así lo haré.

— ¡Pues, venga, Pili, saca esa paellita! —exclamó José Antonio.

— Aún no—se opuso ella—. Le quedan cinco minutos de reposo, el tiempo justo para que llegue el niño a comer con nosotros.

«El niño…», repetí para mis adentros. «¡Va a estar Fer con nosotros!», grité en silencio, sintiendo un vuelco de estómago.

— Para ti seguirá siendo un niño, pero ya te digo yo que Fernando está hecho todo un hombrecito… —comentó Agustín, guiñándome un ojo en recuerdo del encuentro con él y su amiguita el fin de semana anterior en el portal.

«Y no os imagináis hasta qué punto», concluí yo internamente.

En efecto, en lo que la madre de la criatura iba a por más bebidas al frigorífico, Fer se presentó en la terraza, accediendo a ella desde la puerta de su dormitorio, ya que, al igual que en nuestro piso, se podía salir desde el salón o desde una de las habitaciones.

— Perdón por llegar tan justo —se disculpó—, las duchas del campo de fútbol no funcionaban, y aunque hemos esperado a que las arreglasen, al final he tenido que venirme corriendo y sin duchar.

— Tranquilo, chavalote —le dijo mi marido estrechándole la mano—, no nos vamos a espantar por un poco de sudor joven. No será tan apestoso, ja, ja, ja.

El chico rio con él, y enseguida se dirigió a mí, clavándome su magnética mirada para hacerme saber que le gustaba cómo me quedaba mi floreado vestido.

Al darme dos besos como saludo, su olor natural estimuló mi pituitaria, provocándome un pequeño estremecimiento. En absoluto era apestoso, más bien, estimulante. Olía a macho, al potente macho que yo sabía que era.

— Anda, date una ducha rápida —le dijo su padre—. Te da tiempo antes de que tu madre saque la paella.

Fer asintió sin dejar de mirarme, y en cuanto volvió dentro, tuve que encender un cigarrillo para calmar mis instintos y rebajar mi ansiedad. ¡Cómo me había puesto encontrármelo así!

La comida fue distendida, no en vano nuestros vecinos eran encantadores. José Antonio, aunque no pudiera evitar mirarme el escote de vez en cuando, era divertido y campechano, en la onda de mi marido. Y en cuanto a Pilar, ¿qué decir de ella, teniendo en cuenta que habíamos llegado a hacernos amigas a pesar del salto generacional entre ambas?

Pasé todo el tiempo tratando de no cruzar miradas con el hijo, quien parecía pasárselo en grande bromeando con su padre y mi marido. Pero, a pesar de la aparente indiferencia mutua, al menos, por mi parte, la procesión iba por dentro.

De reojo, yo no perdía detalle de él, de cada uno de sus gestos, sus ojos, sus labios, sus manos, su fuerte torso… mientras mantenía una liviana conversación con su madre.

«¡Qué bueno está el cabrón!», me decía por dentro. «Y pensar que ayer tuve su pollón derritiéndose en mi boca… ¡Mierda, Mayca, saca esas ideas de tu cabeza!».

Tras el postre, fui al baño y, al salir, escuché ruido de cubiertos en la cocina. Supuse que sería Pilar, por lo que me acerqué para ofrecerle mi ayuda.

— ¡Uy, pensé que eras tu madre! —exclamé espontáneamente, al encontrarme allí al joven.

Fer dibujó su cautivadora sonrisa.

— Está fuera, me he ofrecido a recoger todo para que pueda disfrutar con nuestros invitados…

— Oh, claro… Entonces vuelvo con ella —dije apurada.

— Espera, Mayca —me retuvo, cogiéndome la mano—. Déjame a mí disfrutar de la invitada…

— ¿Qué dices? —pregunté, acalorada.

— Solo quiero verte bien —respondió, haciéndome girar sobre mí misma, sujetando en alto mi mano—. Estás preciosa.

— Gra-gracias, Fer —tartamudeé, sintiendo cómo se me aflojaban las rodillas—. Creo que no debería continuar aquí… Me echarán en falta.

— No pasa nada, solo estamos charlando. No habíamos cruzado palabra hasta ahora…

— Ya, es que… —sentía los pezones como para rayar cristal, y estos se marcaban en el ligero vestido floreado a través del fino sujetador— …después de…

— Arreglarte el ordenador —me interrumpió, corrigiendo mi frase mientras clavaba su mirada en mis pechos y comprobaba su efecto sobre mí—, qué mínimo que hablemos como amigos, ¿no? Es normal…

— Sí, claro, eso… Ya está arreglado para siempre —traté de reafirmarme en lo que había decidido esa mañana sobre el desliz, luchando contra la evidente atracción que ese jovencito ejercía sobre mí—. Así que solo mantenemos una charla…

— Por supuesto, una charla inocente con una amiga de mi madre… ¿Te ha gustado la comida?

— Sí, tu madre es una excelente cocinera, ¿no crees? —contesté, relajándome un poco.

— Eso es evidente. Aunque a mí me gustó más la comida que me hiciste tú ayer…

Me quedé sin aire.

— Eso fue un error, un grave error —dije al reponerme.

— Puede que tengas razón, un error que no debe repetirse…

Suspiré aliviada, parecía que me iba a ayudar a poner un poco de cordura para mantenerme firme dejando eso atrás.

— No te la comes tan bien como mi amiga Tania —agregó—, aunque tienes madera para enmendar ese error.

De nuevo, me quedé sin aire, sintiendo la combustión de mi entrepierna. El chico tenía una capacidad innata para dejarme descolocada y excitarme a la vez.

— ¡Descarado! —exclamé, dirigiendo la palma de mi mano hacia su rostro.

Atrapando mi muñeca al vuelo, Fernando detuvo a tiempo la bofetada.

— Y lo que te pone eso, ¿verdad?

Sus incendiados ojos avellana se sumergieron en las profundidades esmeralda de los míos, desnudándome el alma para hacerme imposible mentir.

— Sí —confesé.

— Una charla maravillosa —me sorprendió, soltándome la muñeca—. Es mejor que vuelvas ya con los “viejis”.

Sonrojada, excitada y furiosa, me aparté de él, no sin echar antes un vistazo a su entrepierna, encontrándola tremendamente abultada, con una buena erección que el pantalón apenas podía contener. Me mordí el labio instintivamente, gesto que para él no pasó desapercibido.

— Será mejor que tú no vuelvas a aparecer por allí —le advertí, saliendo de la cocina.

— Mayca —le escuché, obligándome a volver la cabeza—. Me encanta cómo meneas ese azotable culo. Tienes un polvazo…

Un hormigueo me recorrió de la cabeza a los pies, pero no respondí, dirigiéndome de vuelta a la terraza.

No volvió a aparecer en el resto de tarde que pasamos con sus padres. Debió encerrarse en su habitación o, simplemente, se marchó. Sin embargo, a mí ya me dejó trastocada para todo el día.

Por la noche, mientras Agustín se afanaba en regalarme la mejor comida de coño de mi vida para cumplir su promesa, mis pensamientos, entre gemido y gemido, estaban centrados en Fer.

En mi delirante imaginación, la boca que frenéticamente devoraba mi almeja, era la del atractivo joven, matándome de placer con su insolente lengua desatada mientras su enorme verga, dura y chorreante, esperaba su turno para que yo me la tragara.

Alcancé un orgasmo grandioso, siendo el mejor cunnilingus que mi marido me había realizado nunca, aunque un alto porcentaje del mérito fue de mi propia fantasía.

Al final, aquel resultó ser un día inesperadamente intenso, pues por culpa del perturbador encuentro en la cocina, todas mis convicciones se tambalearon, haciéndome volver al punto de partida: deseaba a mi vecino, me ponía en celo con solo pensar en él, me volvía loca su físico y su actitud chulesca y desvergonzada… El recuerdo de haber probado las mieles de cuanto placer podría darme, me torturaría día y noche.

Como estaba previsto, al comenzar la nueva semana, Agustín se marchó de viaje, y yo, tras una madrugadora sesión de gimnasio, pasé la mañana trabajando.

Sin embargo, el hecho de estar sola en casa y sentada en esa silla ante el portátil, no hizo sino hacerme volver, recurrentemente, a lo ocurrido unos días atrás, mientras unas palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza: “Ya sabes dónde estoy si necesitas algo más…” “No te la comes tan bien como mi amiga Tania, aunque tienes madera para enmendar ese error”, “Tienes un polvazo…”

Debía ser casi la hora de comer, y me moría de hambre, pero no de un hambre que pudieran saciar los alimentos. Mi punzante apetito solo podía ser apaciguado por el tentador pastelito que vivía en el piso de al lado, así que, en un irracional arrebato, me arreglé con un atrevido vestido blanco en el que se insinuaban, mediante transparencias, mi escotado sujetador e impúdico tanga negro. Me calcé unos buenos taconazos, y tras comprobar mi sensual apariencia en el espejo de cuerpo completo del dormitorio, decidí rematar haciéndome una coleta con mi larga melena negra, dejando mis hombros y cuello al descubierto, para darme un aire más juvenil. Con un ligero toque de color en las mejillas y una barra de labios rojo intenso, terminé de acentuar mis felinos rasgos de verde mirada.

Conteniendo la respiración, pulsé el timbre de los vecinos.

— Umm, Mayca, ¿ya se ha ido Agustín de viaje? —dijo Fer nada más abrirme la puerta, recorriendo todo mi cuerpo con sus inquisitivos ojos.

Estaba desnudo de cintura para arriba, haciendo gala de un fibroso torso con sus pectorales definidos y compactos, perfectamente cincelados junto a un plano abdomen en el que se apreciaba la forma de sus fuertes músculos trabjados. «¡Dios, qué delicia de tableta de chocolate!», grité por dentro. Tan solo llevaba un pantalón corto de deporte, de tela fina, que en cuanto su mirada terminó de escanearme, evidenció un abultamiento en la entrepierna. No pude evitar morderme el labio.

— Hola, Fer… eeh… sí, ya hace unas horas… —contesté, incapaz de creerme lo que estaba haciendo.

«¡Joder, pero qué bueno está!, ¡abalánzate sobre él! », me gritó el demonio interno que me había llevado hasta allí.

— ¿Está tu madre? —pregunté, manteniendo la compostura e interpretando la farsa de una inocente visita a una amiga.

— No, está trabajando. Pero eso tú ya lo sabías… —aseveró el chico con una sonrisa de medio lado— No es a mi madre a quien buscas, ¿verdad?

«Es un chulo, ¡y un crío!, ¡y estás casada…! ¿Qué estás haciendo?», me recriminó mi conciencia, como último vestigio de mi integridad moral.

— Vaya… yo… —susurré, debatiendo internamente con mis dudas de última hora.

— Está claro que tienes un problema urgente con tu ordenador —se decidió a reimpulsarme, viendo mi titubeo—. Vamos a tu casa, que te lo arreglo —sentenció, poniendo las manos en su cintura para hacerme bajar la vista hacia sus abdominales y el tremendo paquete que ya se manifestaba debajo.

Solo pude afirmar con la cabeza. Estaba nerviosa, muy nerviosa, la chiquilla parecía yo. Pero a la vez estaba excitada, tan excitada, que las dudas solo habían sido una fugaz sombra que se había difuminado con el brillo de la seguridad de Fer.

Sin mediar más palabra, me dirigí de vuelta a casa, cerciorándome de que el informático me seguía. Ni se había molestado en coger una prenda para cubrir su torso, tan solo había tomado las llaves de su casa de la cerradura para ir tras de mí, con la vista fija en mi culo y el contoneo de este por los altos tacones que calzaba.

Confieso que cuando llegué a mi dormitorio, no supe qué hacer o qué decir. Estaba a punto de conseguir, justo, lo que había ido a buscar.  Pero, a la hora de la verdad, sentí vértigo de dar el último paso que convirtiera un fugaz desliz, por un calentón, en una verdadera infidelidad premeditada.

— Mi ordenador está bien —rompí, finalmente, el tenso silencio.

Con su seductora sonrisa, el joven asintió.

— Lo sé, Mayca. La que necesita que la ponga a punto eres tú —me dijo, con solo un paso de separación entre ambos.

— Uuff, sí —suspiré.

— Ese vestidito que llevas es toda una provocación —afirmó, recorriéndome con sus ojos avellana— Quítatelo para que pueda ver con claridad ese cuerpazo de madurita caliente que apenas oculta.

Su determinación y descarados piropos me resultaban tan eróticos, que no dudé ni un segundo en obedecer su orden, sacándome el vestido por la cabeza y quedándome ante él en conjunto y tacones.

— ¡Joder, qué buena estás! ¡Y qué buen gusto para la ropa interior tienes! —exclamó.

Halagada por semejante apreciación viniendo de un veinteañero, y con los pezones erectos y la entrepierna húmeda, di un pequeño giro sobre mí misma.

— ¿Te gusta? —pregunté, borracha de autoestima.

— Bufff… ¡Mira cómo me has puesto!

Con un rápido gesto, Fer se deshizo de las chanclas con las que le había encontrado en su casa, y se bajó el pantalón corto y el bóxer, quedándose completamente desnudo para mí.

— ¡Joder! —exclamé, admirada por la belleza de su joven cuerpo tallado en roca.

Su magna hombría me apuntaba con la misma desvergüenza que su dueño exhibía siempre conmigo. Era tan hermosa, larga y gruesa, erecta y dura, tan enloquecedoramente apetecible, que inconscientemente me relamí.

— Eres una viciosa, ¿eh? —me espetó—. Me encanta cómo te relames en cuanto ves una buena polla… Esos labios rojos están pidiendo que me los folle…

Sentí cómo entraba en combustión, ya solo la lujuria guiaría mis actos.

— Venga, Mayca, come lo que quieras —me ofreció, levantando sus brazos para entrelazar sus manos tras la nuca—, es todo para ti…

Dio un paso hacia delante, minimizando la distancia entre nosotros hasta que su violáceo glande contactó con mi ombligo.

«¡Joder, qué pollón!, ¡necesito que me llene con él!», fue mi último pensamiento, un instante antes de que mis manos se posaran sobre sus pectorales y mis labios besaran la piel de su pecho, descendiendo en cálida y húmeda caricia lingual, hasta que mis rojos pétalos se posaron sobre el redondeado balano.

— Eso esss…

Con mi cuerpo doblado por la cintura, sentí cómo la pelvis a la que ya me sujetaba con las manos, empujaba lentamente, haciendo que la suave y redonda cabeza de la juvenil verga diera de sí mis labios para que envolvieran todo su grosor, rodeándola mientras se deslizaba entre ellos y penetraba en mi boca con su sabor a macho.

— Umpff… —gemí de satisfacción a la vez que succionaba.

— Así, preciosa, traga cuanto puedass…

El empuje de su cadera siguió acompañando mi succión, llenándome la boca de dura carne que se arrastró por mi lengua y paladar, calibrando mi gula a medida que alcanzaba el fondo de mi cavidad.

Tuve un amago de arcada al sentir el grueso glande incidiendo en mi garganta, pero mi excitación superó ese reflejo físico para alinear mis tragaderas con la rígida estaca que me pedía seguir avanzando.

— Diosss, Mayca… No me digas que te la quieres comer toda…

Ese comentario, que denotaba que le volvería loco, no hizo sino incendiarme más, avivando mi lujuria y las ganas de superar mis propios límites.

Me esforcé permitiendo la profunda penetración, ignorando el impulso de toser, y tragué la gruesa cabeza invasora para que entrase dilatando mi garganta mientras mi rostro se acercaba al pubis del chico, llegando a rozarlo con la punta de la nariz.

— ¡Oooohh! —exclamó sorprendido y extasiado el macho, bajando sus manos hasta apoyarlas en mi cabeza.

Los espasmos de mi faringe le hicieron enloquecer, pero tuve que sacarme ese largo y acerado músculo del estrecho conducto con un poderoso ataque de tos, el cual a duras penas pude contener para no acabar con una desagradable consecuencia de forzar mis tragaderas.

Contenido el impulso, con dos lágrimas corriendo por mis mejillas por el esfuerzo, la barbilla goteando saliva y el tanga empapado, miré triunfalmente a mi adonis.

— Joder, Mayca, nunca me habían hecho una garganta profunda —me confesó, con su rostro redibujado por el vicio— ¡Ha sido la hostia!

— ¿Sí? —pregunté con un hilo de voz, orgullosa por haber superado a todas sus amiguitas.

— ¡Ha sido brutal!, pero tampoco quiero que te ahogues a la primera y me hagas correrme enseguida…

— Me encanta tu polla, y quiero que te corras para mí—dije, poniéndome de rodillas y limpiándome la barbilla con el dorso de la mano.

Acto seguido, recorrí con mi lengua toda la longitud de la portentosa verga, desde las pelotas hasta la cúspide, lamiendo la saliva que la había embadurnado por completo.

— ¡Qué maravilla tenerte así, arrodillada! —exclamó, devorándome con la mirada—. No te imaginas lo excitante que es tenerte en esta postura, mirándome fijamente con esos ojazos, con esos labios rojos sobre mi polla, y una perspectiva increíble de esas dos tetazas bien sujetas… Y el hilo del tanga perdiéndose entre esos redondos y azotables cachetes… ufff…

— Y tú no sabes lo excitante que es tenerte a ti así, de pie ante mí, como un poderoso dios griego con una verga enorme que me pide que me la coma hasta hacerla explotar —concluí, besando el violáceo balano.

— Estaba convencido de que tenías que ser así de puta… Toda una mujer, que se mantiene tan buenorra, necesita un buen rabo para satisfacerse… El de tu maridito no es suficiente, ¿verdad? Te gusta la carne joven y dura… No hace falta que te atragantes, quiero que me hagas gozar con esa boquita el máximo tiempo posible, y disfrutar viendo cómo lo haces.

No hubo tiempo para réplica. Agarró la coleta que cuidadosamente me había hecho con mi negra cabellera para la ocasión, y tiró de ella obligándome a abrir la boca para, inmediatamente, llenármela con su viril cetro.

Esa brusquedad y acto de dominación me resultaron más excitantes de lo que jamás habría imaginado, así que chupé el enhiesto músculo con gula, hasta la profundidad que los tirones de mi cabello me indicaban, intentando mantener mis ojos fijos en la fascinante mirada de pervertido que el joven exhibía disfrutando de mí.

Succioné con la fuerza de mis deseos reprimidos hasta aquel momento, convirtiendo mi boca en una húmeda y estrecha aspiradora rematada con unos suaves y carnosos labios que hicieron las delicias del joven con su recorrido.

Fer jadeaba, con todo su cuerpo duro y febril como una roca recalentada al sol, contrayendo los firmes glúteos a los que me aferraba con las manos, mientras se sujetaba de mi coleta para no perder el equilibrio por tan apasionada mamada.

— Mayca, Mayca, Mayca… —pronunciaba mi nombre entre placenteros gruñidos, acompañando mis movimientos cervicales con vaivenes de cadera y tirones de cabello que me resultaban increíblemente excitantes.

La saliva escurría por su miembro, lubricándolo de tal modo, que mis chupadas resonaban en mis oídos acompañando los varoniles gemidos, cada vez más incontenibles, del joven que se deshacía de gusto en mi boca.

Mi mano derecha rodeó su cadera y aferró el grueso mástil que se perdía entre mis labios, sujetándolo firmemente para disminuir la velocidad mamadora, pero, a la vez, incrementar la intensidad de succión.

Esto me permitió volver a abrir los ojos, ya que los había cerrado a causa del violento ritmo alcanzado anteriormente, para volver a recrearme con los gestos de placer del atractivo muchacho mientras saboreaba con lenta dedicación su sabrosa polla, aderezada con el néctar del líquido preseminal.

Los gemidos se transformaron en bramidos, y los tirones de coleta se detuvieron para poder sujetarse a mi cabeza con ambas manos, como si fuera a perder el equilibrio por la fuerza con que mis labios tiraban de su pétrea carne hacia el interior de mi boca para alcanzarme la garganta.

Obligándome a abrir más la mandíbula, sentí la verga aún más hinchada de lo que ya estaba, palpitando sobre mi lengua para hacerme gemir de satisfacción con la boca llena.

«¡Es deliciosa, es enorme, la quiero todaaaa!!!»,gritaba por dentro.

Mi mano descendió recorriendo todo el grueso tronco que no llegaba a engullir, lubricado con mi saliva, y alcanzó sus rasuradas, duras y colgantes pelotas para tomarlas en la palma y cerrar mis dedos en torno a ellas, ejerciendo una ligera presión a la vez que mis yemas y uñas rozaban su perineo, acariciándolo.

— ¡Diooss! —gritó Fernando.

Un temblor le sacudió de pies a cabeza, y percibí cómo su potente músculo latía dentro de mi boca para, de repente, sentir una hirviente explosión de sabor a macho dentro de ella, pillándome por sorpresa.

Parte del denso semen anegó mi garganta, obligándome a tragarlo inmediatamente para no ahogarme, mientras el resto inundaba mi boca con el inconfundible gusto a leche de hombre, por lo que succioné rápidamente para sacarme el pollón de la cavidad con el espeso elixir rebosando entre mis labios.

Apenas había vuelto a ver la luz el amoratado glande, abandonando su oral refugio, cuando un potente chorro salió disparado de él, estrellándose en mi cara e impactando contra mis rojos pétalos entreabiertos.

— ¡Ooohh, Mayca, lo que te has ganado! —afirmó entre dientes.

Su mano derecha volvió a aferrar mi cabello y tirar de la coleta, a la vez que su izquierda tomaba el control de su portentoso miembro para apuntar con una tercera y abundante erupción de blanca crema hacia mi rostro, finalizando en mi boca abierta por el tirón de pelo.

Tragué ese delicioso manjar de dioses, sintiéndome yo misma una diosa, recreándome con la expresión de infinito placer de mi amante, quien contemplaba su obra a la vez que volvía a ofrecerme la polla para que terminara de extraerle todo el jugo.

Mis labios acogieron cálidamente la suave testa de su cetro, y la succionaron para que una nueva descarga de fuego seminal escaldase mi lengua y garganta.

Degusté la nueva entrega, borracha de lujuria, estrangulando al invasor con decididas chupadas para que terminase de agonizar dentro de mi boca y me diera toda su corrida en unas últimas y ya decadentes poluciones.

Sonriéndome, con cara de infinita satisfacción, Fer sacó su verga teñida con el carmín de mis labios, congratulándose por cómo los regueros de semen brillaban en mi rostro mientras me relamía degustando la leche que aún impregnaba mis pétalos.

Sin mediar palabra, con fuego en sus ojos, me tomó de la barbilla obligándome a levantarme. Carente de cualquier tipo de delicadeza, prácticamente, me arrancó el sujetador para liberar violentamente mis pechos, que botaron ante su escrutadora mirada.

— ¡Qué tetazas! —exclamó entre dientes.

De igual modo, y llegando a rasgar una de las finas tiras de tela, me arrancó el tanga, dejándome desnuda para él sobre mis vertiginosos tacones.

Por unos instantes, me contempló como quien, tras una dieta, al fin puede darse un atracón de su plato favorito.

Haciendo gala de su fuerza, me tiró sobre la cama, poniéndose inmediatamente sobre mí para estrujar mis pechos con lujuria, juntándolos y hundiendo su rostro en ellos para devorármelos ansiosamente.

Con los pezones tan erizados que me dolían, y la entrepierna empapada, reí y gemí, loca de excitación.

El chico descendió por mi abdomen con su boca, metiendo sus manos bajo mi cuerpo y haciéndolo arquearse hasta que su cabeza se perdió entre mis receptivas piernas abiertas. Agarró mis nalgas con decisión, calibrando su firmeza con los dedos, y lamió todo mi coño arrancándome un profundo suspiro.

Enseguida, sus labios se acoplaron a los de mi vulva, y su escurridiza lengua se abrió paso entre ellos, retorciéndose a la vez que daba con mi duro clítoris para lamerlo ávidamente.

— ¡Oh, Dios mío! —grité, derritiéndome con el exquisito cosquilleo que se propagaba desde el epicentro de mis placeres hacia cada fibra de mi cuerpo.

En esa ocasión no había alcanzado un orgasmo espontáneo al comerle la polla a mi fantasía, pero me había quedado cerca, tan cerca, que en unas pocas lamidas y succiones de mi perla, estallé en un potente clímax que arrancó un aullido de mi garganta.

— ¡Aauuuhh…!

Con la espalda formando un arco sobre la cama, y estrujándome yo misma las tetas, cada músculo de mi cuerpo se entregó a un maravilloso orgasmo que mi amante prolongó con la audacia de su lengua colándose entre los pliegues de mi íntima piel. Hasta que el terremoto se disipó y mi cuerpo volvió a reposar sobre el lecho.

Pero el joven no cejó en su empeño. Siguió comiéndome el coño con entrega, haciendo diabluras con su intrépido músculo en la antesala de mi vagina y el botón del placer, manteniendo mi libido en un nivel que ni yo misma sabía que era capaz de mantenerse tras la liberación de la carga sexual.

— Umm… Fer.. umm, ¿qué me haces…? —pregunté sorprendida, metiendo mis dedos entre sus cabellos para acariciar su cabeza.

Una de sus manos abandonó mi culo, y me arrancó un sincero gemido cuando, sin dejar de ensalivarme el clítoris, uno de sus dedos me penetró repentinamente.

La excitación subió un nuevo peldaño, haciéndome jadear con la combinación de succiones de pepita y continuas penetraciones digitales.

-— Ah, ah, ah…

De pronto, otro dedo irrumpió en mi vagina, dilatándola entre ambos para hacerme ver las estrellas de puro gusto.

— ¡Joder, qué comida!, ¡joder, qué comida! —exclamaba, enajenada entre gemidos.

La lengua y labios estimulaban húmedamente el clítoris, haciéndolo vibrar y poniéndolo, incluso, más duro que mis pezones. Mientras, los dos dedos entraban y salían de mi coño, llenándomelo hasta donde podían alcanzar con una deliciosa fricción de las paredes internas.

El chico sabía bien lo que hacía para darme un placer que mi cerebro apenas podía procesar, pues la tensión sexual no solo no había decaído tras el orgasmo, sino que seguía ascendiendo para llevarme al borde de uno nuevo.

Sus dedos me follaban con pericia, y su boca degustaba mi almeja y jugos con experta gula. Ni mi marido, ni ninguna de mis parejas anteriores a él, me habían hecho jamás un cunnilingus tan excelso.

— Mmm, Fer, mmm, Fer… —pronunciaba su nombre entre gemidos, jugueteando con mis dedos en su cabellos.

De nuevo, me encontraba al borde del éxtasis, pero este, en vez de llegar, se postergaba sobrecargando mi lascivia.

Hasta que, de pronto, llevándome a un placer y excitación absolutamente desquiciantes, sentí en mi interior cómo, a la vez que el chico acariciaba ávidamente con la punta de su lengua mi clítoris, sus dedos se curvaban dentro de mí para alcanzar la secreta  zona rugosa de mi vagina, masajeándola con las yemas.

Aquello ya fue la apoteosis. Comencé a gritar como una loca de incontenible gozo, sacudiéndome sobre la cama como un pez fuera del agua, tirando del pelo de mi amante mientras boqueaba tratando de alcanzar el aire que se escapaba de mis pulmones.

Durante un minuto, mi amante me llevó al puro delirio con su doble técnica, hasta que, finalmente,  sentí el orgasmo brotando de mi interior como un géiser, una devastadora gloria con la que tuve la sensación de orinarme repentinamente, mediante espasmos inconcebiblemente placenteros en cada eyección.

Con cada fibra de mi cuerpo en una exquisita tensión, me sujeté a aquella cabeza que se alojaba entre mis muslos, dando alaridos gozosos mientras me corría como nunca en la boca de mi benefactor.

El cénit me hizo perder la noción de la realidad por unos instantes, hasta que toda la furia sexual terminó de liberarse a través de mi coño encharcado, del que el artista bebió ávidamente sus aguas termales, como si yo fuera la fuente de la eterna juventud.

Caí agotada, respirando como si hubiera corrido una maratón, observando cómo Fernando se erguía con el rostro brillante por mis fluidos, chupándose los dedos que habían estado haciendo diabluras dentro de mí. A continuación, utilizando el sujetador que había quedado tirado sobre la cama, se limpió la corrida que había mojado su cara, sonriéndome con autosuficiencia.

— La súper mamada que me has hecho se merecía un squirt —me dijo, guardando su miembro aún coloreado por mi carmín en el bóxer—. Eres una leona.

«¿Un squirt?», pregunté mentalmente, sin fuerzas para verbalizar. «No sé qué es, pero nunca me había pasado esto… Nunca me había corrido así…»

— Ya sabes dónde buscarme si quieres otra revisión de ordenador —añadió, con su cautivadora sonrisa de picardía—. Será un placer hacértela más a fondo…

Y allí me dejó, desmadejada sobre mi lecho matrimonial, mancillado y mojado por un flujo que hasta entonces no sabía que podía brotar de mí de aquella manera, ni en tal cantidad. Con mi rostro cruzado por regueros de leche de macho que comenzaban a secarse, habiendo salpicado, incluso, mi negra cabellera. Con el intenso y delicioso sabor del néctar de ese joven dios aún en mi paladar y, sobre todo, con la mayor sensación de satisfacción de toda mi vida.

CONTINUARÁ…

 

 

 


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