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Fecha: 27-Feb-19 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series

Relatos de juventud 23

Crom
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Intenté ser el chico bueno, pero a las mujeres les iban los tipos malos. Yo sería el malo que les hiciera desear a los buenos. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Una de las cosas que me enseñaron cuando me uní al club de ajedrez fue a pensar y tratar de ver más allá de mis propias jugadas. Me dijeron que debía dejar de guiarme tan sólo por la intuición de lo que me parecía mejor jugar según qué momento. No paraban de repetir que lo que tenía que hacer era preguntarme cómo contraatacaría mi propio movimiento si fuera el oponente, ya que al ser capaz de prever el siguiente paso te facilitaba como responderlo sin dudas, sin pérdidas de tiempo o la terrible sensación de no saber qué has hacer.

Cuando empecé todo este elaborado plan inicial para conquistar el amor de Gabriela, surgió en mi mente la posibilidad de que alguno de los profesores acabara sospechando, no descubriendo, que alguno de los trabajos pudiera ser obra mía. Pero aquella me pareció una jugada tan improbable que sucediera que no me moleste en pensar un plan de contingencia. 

Y ahora me encontraba viviendo un pensamiento hecho realidad que había preferido obviar. Sentado frente a la profesora de historia.

Ella había movido pieza y me había pillado por sorpresa y sin una respuesta sólida predeterminada. Sólo tenía una opción: improvisar y esperar que mi jugada fuese lo bastante sorprendente para que la partida continuase justo como yo lo necesitaba tanto como lo deseaba.  

La profesora Luisa aguardaba tras su escritorio repleto de exámenes y trabajos corregidos. Tenía la mirada fija en mí, expectante por conocer mi respuesta a su pregunta y de hallar la verdad o la mentira en lo que dijera. Lo primero que hice fue tensar los músculos del abdomen y las piernas para tratar de mantener cierto control. Mantuve las manos bajo la mesa, agarradas a mis rodillas. Cuando sentí que dolía, relaje algo la presión. Lo justo para estar cómodo y no aparentar nerviosismo.  Miré el trabajo que había dejado frente a mí. Llevé las manos hacia él y lo abrí.

 –¿Puede decirme en que parte está…?

–Página 8, tercer párrafo –dijo interrumpiéndome.

Fui hasta la página que me había indicado y tal y como había dicho allí estaba la frase delatora. La misma maldita frase. 

Apoyé el codo sobre la mesa y me tapé la boca con una mano. Fingía que analizaba la oración, pero lo cierto es que estaba tan tenso por no saber cómo iba a escapar de aquella situación que sentía un nudo en la garganta. Había tomado aquella treta para evitar que la profesora se diera cuenta de que necesitaba tragar la saliva que había quedado atrapada en el gaznate y que de haber hablado en ese estado, habría sido la prueba indiscutible de mi nerviosismo y sobre todo de mi culpabilidad.

Cuando te hacen una jugada que has visualizado en tu cabeza sin molestarte en calcular  las contramedidas adecuadas para ese movimiento, lo primero que suele hacer un jugador aficionado es culparse por no haber sido más cuidadoso o menos cauto.  Después de esos breves momentos de arrebato contenido, lo importante es no darle demasiada importancia y tratarlo como lo que es. Un error sin mayores daños. Pero aquella podía no ser la situación. Subestimar a un oponente en una jugada de apertura, a veces puede ser la diferencia entre la oportunidad de alcanzar en algún momento la victoria y obtener una derrota asegurada.

Si no lograba convencer a Doña Luisa, mi partida con Gabriela se acabaría y todo lo que había hecho en los últimos días podía también salir a la luz.

“No puedo perder –pensé–. Aquí no. Así no”.

“Déjame jugar a mí, Dani” –dijo la voz en mi cabeza–. Me necesitas y lo sabes. Yo puedo lidiar con esto. Tú no eres tan fuerte. Caerás. Lo estropearás todo. Todo lo que te he dado”.

“Cállate de una vez. Si quieres salir, hazlo. No falles o estoy acabado”.

“No. No acabará. Esto recién empieza… para los dos”.

Cerré los ojos durante un largo pestañeo. Me resultaba más fácil meterme en el papel de mi otro yo cuando no podía ver nada ni nada me distraía.

–¿Y bien? –preguntó la profesora deseosa de oír mi respuesta. Abrí los ojos y la miré. Pero no de la forma en la que un estudiante mira a una profesora. La observé como una presa que juega a ser cazadora sin darse cuenta que trataba de hincarle un diente a un depredador.

Lancé un suspiro. Comprendí que sólo podía hacer una cosa.

Ser sincero.

Al menos todo lo sincero que fuera necesario.

–Es innegable que es la misma frase –respondí indiferente, arrastrando el trabajo hasta ella.

–¿Y vas a decirme que es una casualidad que haya aparecido en el trabajo de tu compañera?

–Claro que no –respondí con cierto tono que mostraba que me sentía ofendido–. Eso sería una burla a su inteligencia. Y detesto las burlas. No voy a negar lo evidente. La frase es mía. Me pareció acertado que se incluyera en ese apartado del tema.

–Así que admites que este trabajo lo has hecho tú.

Puse mi mejor cara de asombro. Como si por primera vez me diera cuenta de lo que pasaba allí.

–Siento tener que contradecirle, pero este trabajo es de Gabriela no mío –En una situación así has de convertir la verdad en una verdad que puedas usar a tu favor. Al decir que el trabajo no es mío, mentiría descaradamente y podría pillarme. Pero al decir que el trabajo es de Gabriela no puede considerarse “mentira”, ya que lo hice para ella y por tanto le pertenecía–. Esa frase y algunas otras correcciones por el contrario, no puedo negar que son cosa mía.

–¿Correcciones? ¿Tratas de decirme que has corregido este trabajo?

–Así es –admití–. Ya sabe que mi compañera perdió varios trabajos el viernes pasado.

–Estoy al tanto.

–A ella le resultó imposible recuperar los borradores finales de sus proyectos, así que tuvo que completar los huecos vacíos que habían quedado. Y no eran pocos. Por eso le ofrecí mi ayuda.

–Así que tú no has hecho todo el trabajo. Tan solo una parte.

–No. Le puedo asegurar que todo el trabajo es de ella –otra verdad plausible–.Yo leí su trabajo una vez estuvo acabado y corregí algunos fallos ortográficos, además de sugerir que se hicieran cambios en ciertas frases que parecían encajar mejor con la temática. Sé muy bien que los trabajos son individuales, pero tenga en cuenta que ella iba a contrarreloj y su ojo crítico para los pequeños detalles no era muy preciso. Lo cual, debe admitir que es algo normal dada la situación. Pero tenga por seguro que el trabajo es de Gabriela. Dio lo mejor de ella para poder entregarlo a tiempo.

De todas las frases que había dicho, esa última era la más sincera y real de todas.

–Si reuniera a los profesores y revisara los últimos trabajos que Gabriela ha entregado, ¿encontraríamos más correcciones hechas por ti?

–Por supuesto –respondí con honestidad, mientras rabiaba por dentro por no tener una profesora de historia más torpe–. Ella y yo nos pasamos la tarde del domingo ocupados para tenerlos listos. Revisé los textos y sugerí –“a mí mismo”– qué debía quitar y qué añadir, pero en ningún momento escribí algo para ella. El mérito de todo es suyo.

No era mentira, ya que en realidad lo había escrito todo. Las medias verdades pasan por verdades enteras si sabes cómo usarlas. El noventa por ciento de lo que había salido de mí boca eran medias verdades.

–Esa no es la cuestión, Dani. Has intervenido en trabajos que son de carácter individual. Trabajos con los que se valora el esfuerzo, la creatividad, los pensamientos, las ideas, la expresión propia y otros muchos rasgos de una persona. Al leer este trabajo –dijo cogiendo el documento– no sé qué parte es Gabriela y cuál eres tú.

Dejé pasar un largo silencio. Aquello parecía estar llegando a una conclusión que no parecía nada buena y que debía evitar a toda costa.

–¿Significa eso que piensa invalidar el trabajo?

–No tengo más remedio que hacerlo. No sería justo para el resto de compañeros.

–Compañeros que en su mayoría habrán buscado la información de sus proyectos en una página de internet y realizado un cortar y pegar de manual. Compañeros que de haber perdido sus proyectos como le pasó a ella habrían suplicado y puede que hasta llorado delante de usted para conseguir ganar tiempo. Pero Gabriela aceptó el límite de plazo que le fue impuesto, profesora. En vez de lloriquear o rendirse, hizo lo que tenía que hacer para lograr enviarlos el último día –Otra verdad que me recordó como la extorsioné para tenerla a mi merced, como logré que hiciera todo lo que quise por esos trabajos y como casi logré que fuera mía finalmente–. ¿Le parece correcto suspenderla por algo tan insignificante como una pequeña ayuda?

–No ha sido una simple ayuda, Dani. Es un asunto serio.

–Se equivoca –respondí tajante.

–¿Cómo dices?

–Estamos en el instituto, profesora Luisa. Los asuntos serios llegarán cuando vayamos a la universidad, nos alejemos de nuestros padres y tengamos que empezar a ganar dinero para vivir por nuestra cuenta.

Vi como la profesora Luisa entrelazaba los dedos de sus manos y me miraba con el ceño fruncido.

–¿Crees que esta no es una etapa importante de tu vida?

–Si se valora más el resultado de un trabajo que el compañerismo y el deseo de ayudar a alguien en un momento de apuro, no –dije firme–. Los profesores como usted se pasan los días transmitiendo conocimientos que a la mayoría de los estudiantes no les importa. Da igual que les diga que son importantes o necesarios, porque no es así. Muy poco de lo que enseñan nos servirá cuando empecemos una carrera universitaria. Y eso los que quieran hacerlo. Mi madre suele decir que la educación se centra más en programar máquinas que en formar a personas. Empiezo a creer que tiene razón.

–Yo me tomo muy en serio mis clases, Dani.

–No lo dudo –interrumpí–. La pregunta es, ¿son más importantes que los estudiantes? Gabriela no es una alumna que se esfuerce lo mínimo. Estoy seguro de que lo sabe. Sé que a diferencia de otros profesores, usted se ha molestado en conocernos –la verdad es que no sabía si eso era verdad, pero a la gente le gusta oír que otros piensan cosas buenas de ellas, aunque no sepan si sean ciertas o no–. Por eso se ha ganado el respeto de los alumnos. Mire, si tiene que castigarla, hágalo. Y castígueme a mí también por ayudarla, pero le suplico que no la suspenda. Necesitamos las mejores notas posibles para la universidad, profesora. Es la única forma que tenemos de salir de este maldito pueblo y hacer algo con nuestras vidas. Ser alguien.

La profesora dejó pasar un largo momento enmudecido por sus pensamientos que a medida que se alargaba, comenzó a resultarme denso y molesto. No sabía lo que saldría de aquella situación.

–¿Qué estudiarías al acabar la secundaria?

Aquello no lo esperaba.

–Derecho –respondí–. O literatura. Ambas cosas me interesan.

–Sí. Creo que esas son buenas elecciones. Eres un alumno brillante y desde luego has hecho un discurso muy convincente. Se te da bien hablar y escribir. Pero me temo que no puedo cambiar de idea, Dani. Debo hablar con los otros profesores y…

–Lo entiendo –lancé con el aire de quien se siente vencido, pero que aún le queda una estocada más por lanzar antes de caer–. Tiene unas reglas que seguir. Y lo respeto. La mayoría de las personas no tienen un código moral, ¿sabe? Todos dicen que son de una forma, pero acaban actuando de otra. Usted no. Es fiel a sí misma y no es fácil serlo en un mundo que constantemente trata de cambiarte para que te conviertas en lo que no eres. Discúlpeme. Creo que estoy divagando.

–No pasa nada. Han sido unas bonitas palabras. Te lo agradezco.

–Supongo que al haber ayudado a Gabriela, mis trabajos también serán invalidados.

–No. No tienes que preocuparte. Tus trabajos no se verán afectados porque no ha habido nadie aparte de ti que se halla involucrado en ellos. Pero tendremos que amonestarte de alguna manera.

No pude evitar fingir que una sonrisa rota y lastimera se despertara en mi cara, mientras miraba un punto fijo sobre la mesa.

–Amonestado por ayudar a alguien en un momento de auténtica necesidad. ¿Es así como funciona el mundo de los adultos, profesora? ¿Las personas reciben un correctivo por hacer lo correcto?

Un silencio incómodo se adueñó del despacho.

–Por desgracia, sí.

Asentí incrédulo, aunque ya sabía la respuesta. Llevaba la injusticia grabada en el pecho y mi madre, aunque su dolor no se viera en su piel, cargaba con ella en su interior.

–Supongo que hemos acabado. ¿Puedo irme?

–Puedes irte.

Agarré mi mochila y me la colgué de un hombro. Avancé hasta la puerta y agarré el pomo. Cerré los ojos.

“Me queda una última carta –pensé, mientras me mordía el labio–. O gano con esto o… se acabó”.

“La suerte favoreces a los audaces. Sé audaz. Para eso te he creado”.

“Si, es verdad, Dani. Entonces… seamos atrevidos. Es mejor que perder sin hacer nada. Y es mucho lo que nos queda por disfrutar para acabar así.

–¿Quieres añadir algo más? –preguntó la profesora.

Abrí los ojos y por primera vez no me sentí dividido. No era yo ni era el otro Dani que había creado. Éramos ambos.

–Tan solo quería decir una cosa. Lamento mucho que haya descubierto lo que hice, pero eso no cambia el hecho de que era lo que debía hacer. Cuando salga por esta puerta, me iré a casa sabiendo que no he hecho nada malo. Mi madre solía decirme hace algunos años que no debía arrepentirme nunca de correr riesgos por la gente que me importa. Pensaba que era una frase suya. Tardé algún tiempo en descubrir que citaba a…

–Arthur Miller. Conozco la frase.

–Ya, bueno. Es más que una frase, profesora. Es la afirmación de una resolución certera. Una forma de vivir y de sentir que estás vivo. Solo la menciono porque es así como me siento en este momento. Libre de cualquier pesar. Hice lo que tenía que hacer. No me arrepiento. Después de que se reúna con el profesorado y hablen de suspender a una estudiante que ha demostrado cuanto le importa su futuro, usted volverá a casa, se dará una ducha caliente, cenará y después de un rato se meterá en la cama –Abrí la puerta del despacho sin dejar de mirarla–. Cuándo esta noche cierre los ojos ¿podrá hacerlo con la conciencia tranquila, segura de haber hecho lo correcto? Espero de verdad que pueda hacerlo, profesora. Que tenga una buena tarde.

Salí del despacho sin esperar su contestación. Avancé por el pasillo, cuyo silencio solo era interrumpido por mis pasos y el sonido de la cafetera encendida que había en la sala de profesores. Me notaba tenso y agotado al salir del edificio.

“Si el sentimiento de culpa no la convence, nada lo hará”.

“La culpa es muy poderosa cuando empiezas a sentirla. Seguro que buscará librarse de ella cuanto antes y no hará nada.

“¿Y si decide hacerlo? Gabriela hablará. Puede que incluso cuente lo que le hice”.

“Joder, Dani. Deja de preocuparte por todo como un niño pequeño. No te importó que os vieran a ti y a Maite en la biblioteca, ¿no?”.

“No es lo mismo. Era parte del juego”.

“Y el no saber lo que hará el rival también lo es. Lo único que puedes hacer ahora es seguir como si nada y esperar a ver que decide hacer la profesora. Céntrate en lo que puedes controlar”.

Me senté en la parada del autobús. Tal como esperaba era el único estudiante que quedaba por allí. Apoyé la espalda contra el cristal de la parada y cerré los ojos para pensar mejor.

Era verdad lo que me había dicho a mí mismo. Preocuparme por algo que no podía controlar no tenía sentido ninguno. Lo que tuviera que pasar iba a pasar por más que protestase. Necesitaba centrarme en lo único que podía. El trabajo de arte y en mi encuentro con Maite. Eso era lo primordial en estos momentos. Con un poco de suerte, lograría encontrar algún rato en que ella y yo pudiéramos quedarnos a solas para liberarme un poco de la tensión que sentía. Necesitaba desahogarme y ella era la única candidata viable que no me pondría pegas.

Un bocinazo me sacó de mis lujuriosos pensamientos. El autobús había llegado.

El viaje de regreso no fue para nada satisfactorio. Había sido una mañana de pequeñas victorias que terminó en una batalla de resultado aún incierto. Y no hay nada peor que luchar para ganar y no saber el resultado una vez finaliza la contienda.

Llegando a casa vi a mi Sofía.

Estaba tirando un par de bolsas al contenedor. Cuando se giró, me vio y se quedó estática. Unos segundos después se cruzó de brazos, me dio la espalda y se encaminó hacia la puerta de su casa. Pensé en cruzar la acera, seguirla y hablar con ella, pero no estaba de ánimos. La charla con la profesora Luisa, junto con una noche en vela me habían dejado agotado. Moría de hambre y de sueño. Sin María, centrada en su nuevo trabajo como ama de llaves de una lujosa casa, ni las sobras de Sofía, solo que quedaba tirar del microondas y calentarme algo para calmar el hambre.

Dejé la mochila junto al sofá y me dejé caer en él. Saqué el móvil y preparé la alarma para dentro de un par de horas. No era bastante para estar del todo en forma, pero tendría que bastar. Necesitaba tiempo para comer y tener todo listo antes de ir al encuentro de Maite. Solté el móvil sobre la mesa y me tumbé con la cabeza recostada en el sitio en que Gabriela se sentó completamente desnuda y jugo consigo misma para el deleite de mis miradas y deseos. Cerré los ojos pensando en la única persona que lograba hacerme olvidar casi cualquier malestar. Moría por tenerla, hacerla mía, pero por ahora eso solo era posible en sueños y hacia esos sueños me dirigiría durante unas horas.

Hay ocasiones en las que cuando sueñas eres conscientes de que estas soñando. A veces al percatarte de que estas viviendo un sueño, la mente te despierta aun cuando no deseas hacerlo. Mientras que en otras, por desgracia, más escasas, logras quedarte y vivir el momento de la manera en que lo deseas.

Había cerrado los ojos pensando en Gabriela y en algún momento de mi descanso, mi mente me regaló el control de lo que pasaba. Me hallé en mitad de la escalera de una casa. Comencé a subir hasta llegar al pasillo, donde vi que una de las puertas estaba entreabierta y de ella salía luz. Me acerqué y al empujar la puerta me encontré a Gabriela dentro, observando la noche por la ventana. Entré, cerrando tras de mí. Cuando ella escuchó el sonido del cierre se volvió y me vio. No huyó. Sé quedó mirando mientras yo la devoraba con los ojos. Llevaba un vestido de fiesta de color negro que resaltaba cada curva de su figura y de sus juveniles pechos. Me acerqué a ella y la rodeé. Comenzamos a jugar el uno con el otro hasta que en un arrebato le di la vuelta y le puse contra la pared. Apoyó sus manos sobre ella y me dejó hacer. Subí su vestido  para descubrir su trasero apenas cubierto por unas bragas de encaje negras. Las deslicé delicadamente hacia abajo mientras que con mi otra mano me soltaba el cierre del cinturón y del pantalón hasta dejarlo caer. Mordí su hombro, mientras me agarraba el miembro y lo dirigía hasta su sexo. La penetré sin miramientos mientras besaba su cuello y acariciaba sus senos por encima del vestido, hasta que ella deslizo las tiras a los lados y me facilitó el contacto con su piel. Me agarré a ella con fuerza a medida que la embestía con mayor intensidad. Notaba como cada vez estaba más cerca de venirme en su interior cuando la mala suerte comenzó a vibrar sobre la mesa del salón.

Abrí los ojos y apagué la alarma con rabia. Tenía una erección de campeonato y nadie a mano para aliviarme la tensión. Pensé en ir al baño y masturbarme pensando en el sueño húmedo y caliente que había tenido con Gabriela; acabar lo que había imaginado y liberarme un poco del peso que sentía. Pero decidí aguantarme. Con algo de suerte Maite estaría dispuesta a solucionar mis problemas una vez más. Me puse en pie y decidí comer algo antes de dirigirme al club de ajedrez.

Comí rápido y sin muchas ganas. Por más que trataba de no imaginarme a la profesora Luisa reunida con el resto de docentes y decidiendo lo que harían con Gabriela y conmigo, no lo lograba muy bien. Subí a mi cuarto y cogí los libros que aún no había utilizado para el trabajo y los metí en la mochila. Cuando estaba seguro de llevarlo todo,  llamé a un taxi para que viniera a recogerme. No estaba de ánimos para esperar y viajar en autobús. Al abrir la cartera vi el dinero que Don Vicente me había dado y el que le había quitado el día antes. Todo junto hacía cuatrocientos treinta euros. Mi madre seguramente me preguntaría que había hecho con los setenta restantes, pero esa explicación sería más fácil que decirle lo que había pasado con todo su fondo secreto. 

Subí hasta su habitación y dejé dentro casi todo, salvo algo para mí. Envié un mensaje a Maite para decirle que me dirigía hacia el club. Mi transporte no tardó en llegar.

Minutos antes de llegar a mi destino, Maite me había escrito diciendo que se retrasaría un poco en venir a buscarme. Aproveché su falta de puntualidad para entrar al club de ajedrez. El torneo al que habían acudido el resto de miembros acabaría mañana y el viernes ya estarían de vuelta. Con algo de suerte decidirían pasarse por el club esa noche y contar lo bien que lo habían pasado, mientras jugamos alguna que otra partida.

La estancia seguía tal y como la había dejado la última vez que estuve allí. Me acerqué a la mesa donde había situado a las dos reinas en el centro del tablero. Una de pie que representaba a Gabriela; otra derribada, que describía la victoria que había obtenido sobre Maite justo entre aquellas cuatro paredes. Devolví las piezas a sus casillas iniciales. Dirigí la mirada a la alfombra y la mesa en la que había visto a mi primera “mujer” desnuda. Me venían a la memoria retazos de esa noche. Como la arrinconé contra la mesa, como la desvestí sin prisas, disfrutando cada prenda arrebatada de su cuerpo; las caricias, los besos, el juego…

Era cierto.

Lo único que no me hacía pensar en la mala jugada de esta mañana era el hecho de seguir jugando y eso era lo que iba hacer.

Tras diez minutos ojeando libros de táctica y estrategia, salí del club algo airado porque me hicieran esperar. Detestaba la impuntualidad fuera quien fuera.

No niego que me sorprendió ver a Maite apoyada en la fachada del edificio de enfrente. Tenía las manos metidas en su chaqueta deportiva; era amarilla con rayas negras y con la cremallera a medio bajar; debajo llevaba una camiseta blanca, vaqueros negros ajustados hasta los tobillos y zapatillas deportivas rojas y blancas.

Le di la espalda sin decir nada, como si su presencia allí no fuera nada del otro mundo. Cerré la puerta con llave y me aproximé hacia ella, preguntándome cuanto tiempo llevaría allí. Estaba claro que había decidido esperar bajo el frio de la tarde que arriesgarse a quedarse a solas conmigo en el interior del club.

–Llegas tarde.

–Te dije en el mensaje que lo sentía. Tuve que…

–No me importan tus problemas –respondí seco–. Mejor vamos ya a tu casa. La mochila está llena de libros y no es precisamente un placer cargar con semejante peso.

–Antes prométeme que te comportarás cuando lleguemos. Mi madre estará allí.

–Lástima. Con lo que me apetecía tener una de nuestras conversaciones privadas. Las dos últimas no estuvieron nada mal. Y tú haces que de gusto el querer repetir.

–Hablo en serio.

Lancé un suspiro. Aquella situación ya era aburrida.

–Lo prometo. No tendrás quejas de mí en tu casa. ¿Vamos ya?

Maite se dio la vuelta y empezó a alejarse. Me situé a su lado.

–He adelantado una parte del trabajo. Cuando lleguemos, échale un vistazo y dame tu opinión.

–¿Acaso tengo opinión?

–Es un trabajo en equipo –respondí–. Más vale que no esperes que haga yo todo. Tú también tienes tu parte.

–¿Qué obra has elegido?

Sonreí con malicia. Me imaginé como sería la exposición del viernes y como esperaba con ella humillar a la profesora delante de toda la clase.

–Ya lo verás.

–Te encanta jugar, ¿verdad? Sobre todo con las personas.

Nos miramos unos segundos. Desvié la mirada y la fijé en el frente.

–Créeme. No puedes hacerte una idea de cuánto.

No tardamos mucho en llegar hasta casa de Maite. Aunque más que una casa era un edificio de pisos. Subimos las escaleras hasta el tercero y antes de abrir me clavó los ojos para advertirme. Asentí para decir que comprendía y abrió.

–Ya estoy aquí, mamá. Traigo compañía.

Una mujer algo mayor que mi madre apareció por el pasillo.

–Hola. Tú debes de ser Daniel. Encantada.

Tenía una sonrisa amistosa y la expresión de su rostro dejaba claro que su aparente cordialidad era sincera. Había rasgos en ella que me recordaban a Maite; su cabello oscuro, la mirada intensa, la forma de su nariz y el mentón. El juego había empezado y me tocaba desempeñar mi papel.

–Mucho gusto en conocerla, señora. Por favor, llámeme Dani. Daniel siempre me ha resultado un nombre muy serio. Dani por el contrario parece más cercano.

–Muy bien. Dani, entonces.

–Quería darle las gracias por permitirme venir hasta su casa para que Maite y yo podamos acabar el trabajo de clase a tiempo.

–No hay nada que agradecer, muchacho. Me alegra saber que mi hija se toma en serio sus estudios por una vez.

–Mamá –protestó Maite.

–Lo cierto es que su hija me ha ayudado en varias ocasiones –respondí.

Noté los ojos de ambas clavados en mí.

–¿Ah sí?

–Así es. Sus apuntes me han salvado en más de una ocasión. Y no soy el único que está agradecido. Varios compañeros le debemos más de una. Espero que esté orgullosa de ella –miré a Maite fijamente–. Yo lo estoy porque sea mi compañera –un segundo silencioso nos rodeo y la mirada de mi reina se acentuó–. No solo de clase. También de trabajo.

La madre de Maite sonrió y miró a su hija.

–No sabía que ayudases a tus compañeros.

–Hay muchas cosas de mí que no sabes. No te lo cuento todo –La expresión de su cara al mirarme parecía decir “voy a matarte”–. Ahora nos vamos a mi cuarto. Tenemos mucho que hacer y el tiempo pasa volando. Adiós, mamá.

–Está bien. Os dejo en paz de una vez. No quiero molestar más.

–No ha sido una molestia, señora –respondí amistosamente–. Me ha encantado conocerla.

–Este chico es un encanto –exclamó a Maite.

–Sí –afirmó Maite con cierto rin tintín mientras tiraba de mí y nos encaminaba hasta su cuarto–. Es una de sus mejores cualidades.

Ya lejos de su madre y cerca de su cuarto le susurré:

–Dime ¿Cuáles son mis otras cualidades?

–Déjalo ya. Dijiste que te comportarías. Pasa de una vez.

Entramos al fin en su cuarto. No era una habitación grande, pero si ordenada. El escritorio estaba a la derecha, pegado a la puerta.  Al fondo a la izquierda estaba la cama y al lado de esta un gran armario. Había algún que otro estante con fotos, figuras de animales hechas de cristales y libros apilados uno encima de otro sin orden alguno. Un peluche de Winnie de Pooh adornaba el centro de la cama.

–¿Duermes abrazada a él por las noches?

Maite lo cogió y lo guardó debajo de la cama.

–Si ya has acabado de burlarte…

–Sí, ya he terminado –dije mientras cerraba la puerta para tener más intimidad. Luego solté la mochila en el suelo y me aproximé hasta ella. Ella retrocedió hasta que chocó contra la cama y terminó sentada sobre ella. Aquella visión de una reina mirándome desde abajo me encantaba. Sus ojos casi parecían tratar de dilucidar mi siguiente paso. Maite también era jugadora, aunque no se diera cuenta. Le coloqué un mechón que se había quedado fuera de lugar–. Será mejor que empecemos de una vez. Cuanto antes lo hagamos, antes terminaremos.

Sin dejar de mirarla, me quité el jersey que llevaba y lo arrojé sobre la cama.

–Comencemos.

Continuará…


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