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Fecha: 20-Feb-19 « Anterior | Siguiente » en Intercambios

Diario de un Consentidor 118 Terapia de Puta

Mario
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Tiempo estimado de lectura: [ 48 min. ]
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Esta es una historia de deseos, emociones, placeres, dudas, decisiones y pensamientos, es la historia del camino que nos llevó a Carmen, mi mujer, y a mí a lanzarnos a vivir las fantasías inconfesables que sin saberlo compartíamos en silencio cada vez que hacíamos el amor. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Capítulo 118

Terapia de puta

A los diez minutos se presentó puntual. Falda, blusa de media manga y sujetador. Se me escapó una sonrisa que le provocó un gesto de desagrado. Estaba tensa, permanecía de pie  al otro lado de la mesa y mantuve la tensión en la que se definían los roles, yo presidiendo el acto, ella esperando una decisión sobre lo que debía hacer.

—Siéntate.

Lo hizo frente a mi, no a un lado como era habitual. Entrelazó los dedos y miró hacia la mesa.

—Estamos a punto de acabar con la influencia que Mahmud ejerce sobre ti. Eres una golfa, conseguiste admitirlo en voz alta delante de él; esa ha sido su única aportación.

La tenía ante mí, derrotada.

—Ahí empezaste a perder la poca vergüenza que te quedaba.

Humillada.

—Y hoy por fin has admitido que eres una puta. Ya lo eres. ¿Es así?

Hubo un largo silencio durante el que esperé que me mirara.

—¿Es así?

Sus negros ojos, esos ojos que pueden hacer de mi lo que quieran se clavaron en los míos, pero esta vez no tenían el poder que tantas veces me ha subyugado, era la mirada de una mujer rendida.

—Si.

—Casi no te oigo.

—Si —repitió con más resolución.

—Tendrás que decirlo, estamos culminando la terapia.

Se removió en el asiento, miró a ambos lados como si buscase una salida.

—Soy una puta.

—Una prostituta —añadí.

—Déjalo ya.

—¿Ah, si? ¿te parece que hemos terminado? Crees que me apetece insultarte, ¿es eso?

—Soy una prostituta. —claudicó bajando la mirada.

—Así es Carmen, ya eres una prostituta y no has necesitado a Mahmud para nada. ¿Cómo te sientes?

Se detuvo a pensar; había sido todo tan intenso…

—Más tranquila de lo que he estado en mucho tiempo.

Su respuesta contrastaba con gestos que delataban un evidente nerviosismo.

—Gracias. —añadió.

Sonó tan forzado, tan falso. Dejé caer el bolígrafo y me vencí en el respaldo.

—No sé, no acabo de creerte. Puede que estés intentando ser sincera, no te lo voy a negar pero hay una disonancia tan enorme entre lo que dices y tu conducta…  Además, mírate; ¿cuándo te has vestido así para estar en casa? No, me temo que no te has creído nada de lo que hemos hecho. —concluí haciendo gestos con la cabeza. Me escuchó en silencio y a medida que la fui desenmascarando su expresión pasó del estupor al abatimiento.

—¿Sabes por qué pienso que te has arreglado de este modo?, te lo voy a decir: Te estás protegiendo; diría más: Te estás escondiendo.

—No es cierto.

—Mira el día que hace, todavía no se ha puesto el sol y sigue haciendo una tarde estupenda. ¿Desde cuándo mi mujer se viste de este modo para estar en el campo? ¡Vamos Carmen, si pareces una monja! Y no digamos si de verdad estuvieras inmersa en el papel que te corresponde en esta terapia; si te creyeras lo que estamos trabajando no te habrías vestido… así. —concluí señalándola con desgana.

—¿Y qué es lo que quieres?

—Que me digas lo que sucede; esta ropa me indica que no lo has vivido como una puta. ¿Qué has sido entonces, una víctima? Lo que has hecho tratando de devolver el dinero es un signo de rechazo; estás negando lo que ha sucedido entre tú y yo, puta y cliente. ¿Intentas decir que lo viviste como una violación? ¿es eso, te sentiste violada?

—¡No, claro que no!

—Pues dime: ¿Qué te ha llevado a devolver el dinero? ¿y por qué te has vestido de esta manera?

—¡No lo sé!, tienes que entenderlo, me resulta muy difícil asimilar lo que hemos hecho.

—Estamos en plena terapia, no tienes que entender, tienes que hacer.

Era el paradigma de la manipulación. No puedo decir que no supiera lo que estaba diciendo, aún así lo hice sin ningún escrúpulo.

 —No debes olvidar el marco en el que te hallas ni el objetivo que buscamos. —continué tras unos segundos de tregua.

—¿Y qué quieres que haga?

—Que no te ocultes, quiero que seas valiente y te muestres tal y como eres; deja de fingir que eres otra persona, si no quieres continuar la terapia dilo pero no te disfraces, se tú, muéstrate como eres, ¡vístete como sueles hacerlo, por Dios!. Y si por el contrario crees que ya eres una puta, si lo crees de verdad, vístete como una puta y regresa a la terapia pero por favor, no me mientas.

Se levantó sin decir una palabra y salió. Empezaba a impacientarme cuando la escuché bajar; lo primero que atrajo mi atención fue la expresión de su rostro, buscaba mi aprobación desde una latente excitación que se reflejaba en su boca entreabierta y su mirada turbia, una mirada cargada de rímel y sombra de ojos, una boca de labios pintados en rojo oscuro y pómulos marcados por una sombra que los acentuaba. Llevaba una camisola naranja del verano pasado que apenas le llegaba a cubrir el pubis y calzaba unas sandalias de medio tacón; un atuendo con el que, fuera de contexto, se la podía catalogar sin ninguna duda de puta.

—Acércate. —Tuve que decirle para que avanzase más allá del marco de la puerta. Caminó hasta quedar a un palmo de mí. Ansiaba palpar el relieve de sus pezones y me contuve desviando mi mano hasta su cadera, la acaricié siguiendo el exiguo borde de la braga, arrastré la tela hasta que cubrió mi mano y probé la suavidad del glúteo casi desnudo.

—Mucho mejor. —dije dándole una palmada de aprobación.

—¿Qué haces? —protestó; la confusión que mostraba me devolvió la cordura. Ahí estaba la puta, es lo que le había pedido sin embargo para ella yo no dejaba de ser su psicólogo.

—Siéntate.

Rodeó la mesa y esos segundos me bastaron para recuperar mi papel.

—Ahora, desde tu nueva perspectiva quiero que hagamos un breve repaso a lo que han sido tus experiencias ¿de acuerdo?

La propuesta fue acogida con asombro y un conato de rechazo.

—¿Qué quieres hacer?

—Tranquilízate, se trata de una terapia, no lo olvides; cuando terminemos todo regresará a la normalidad y tú volverás a ser solo Carmen ¿lo entiendes?

Afirmó nerviosamente.

—¿Confías en mí? —Elevó las cejas; ¿cómo iba a confiar?

—Si.

—Roberto. Te vendiste a cambio de un ascenso, eso lo tenemos claro ¿no es cierto?

—Lo sé.

—¿Tienes asumido que actuaste como una puta?

—Si.

—Bien, sigamos.

—Espera. Esta terapia me está haciendo entender muchas cosas sobre mí y sobre todo lo que ha sucedido.

—Continúa.

—Aquella tarde en su despacho, cuando estuvo a punto de violarme, yo… en realidad quería que lo hiciera.

—Tranquilízate, no te voy a juzgar.

—Me quedé paralizada, sin poder reaccionar; ahora sé que no solo luchaba contra Roberto, luchaba contra mí. Hubo un momento en el que me abracé a su cuello para no caer, cuando hundió los dedos en… Pensó que me hizo daño y si, me lo hizo pero yo… yo quería que sucediera.

Ahí están, los primeros frutos de la terapia; debería estar satisfecho sin embargo no siento nada. Mejor así.

—Quería que lo hiciese, estaba dispuesta, ahora lo sé.

—¿Desde cuándo?

—Por la mañana, cuando me acorraló contra la puerta del despacho y estuvieron a punto de escucharnos.

—Si, lo recuerdo.

 —Me sentí tan vulnerable en sus manos… podría haber sucedido en ese mismo momento; sin embargo, teniéndome allí con el sujetador abierto entre sus dedos, sin que yo pudiera hacer nada, con el peligro al otro lado de la puerta se limitó a contemplarme, y luego me lo abrochó. No parecía el mismo que constantemente me presionaba; me trató con un mimo y un cuidado que me desarmó. En ese instante me rendí; no lo supe entonces pero me rendí; si hubiera querido podría haberme tenido y si continué luchando fue porque luego, no sé qué le pasó, volvió a acosarme de camino al restaurante; me desconcertó, no entiendo por qué se portó de una manera tan vulgar; me había tratado en su despacho con tanta delicadeza y de pronto, en el auto me… metía mano y me echaba en cara lo que estaba haciendo por mí, como si eso fuera… el precio a pagar. No entiendo por qué lo hizo.

Si supiera lo que yo sabía… Roberto me había contado lo humillado que se sintió cuando lo apartó con brusquedad. En un instante volvía a ser la mujer arrogante, la inalcanzable cuando segundos antes le había permitido todo. Fue el despecho lo que lo llevó a tratarla de aquella manera.

—¿No sería que lo tenías loco, que no sabía con quién trataba en cada momento, si con la mujer altiva que lo rechazaba o con la que sería capaz de dejarse follar con tal de no perder su puesto y aún así seguía mirándolo por encima del hombro, como si estuvieras muy por encima de él?

—¿Cómo sabes tú eso? —preguntó sorprendida.

—¿El qué? —Había dicho algo que no debía, algo que sin duda conocía a través de él. Un sudor frío me empañó la piel.

—Eso, lo que acabas de decir. Son las mismas palabras que empleó Roberto cuando me echó del despacho.

Me miraba expectante esperando una respuesta; tenía que reaccionar rápido, en cuestión de segundos podía empezar a sospechar.

—¡Yo qué sé! ¿qué he dicho? Te conozco lo suficiente para imaginar cómo lo has debido de tratar; tú misma me lo contabas, intentabas soportarlo, darle largas y le pegabas unas cuchilladas brutales cuando trataba de propasarse.

No sé cómo pero mi explicación pareció bastarle. No quise darle la oportunidad de que siguiese pensando en el desliz que había cometido y metí más artillería.

—No cargues toda la culpa en él, podías haber frenado sus avances desde el principio para que no se llegara a lo que finalmente se llegó. Permitiste que se hiciera la idea de que ibas a consentirlo todo; la prueba fue lo que sucedió en la reunión con el colegio.

—¿Cómo me puedes decir eso? Tú no estuviste allí, no sabes nada, nada; Roberto me desquiciaba, tan pronto se comportaba como el compañero con el que podía hacer equipo frente a la gente del colegio como se transformaba e intentaba meterme mano allí mismo, por debajo de la mesa; yo no sabía qué hacer, si seguir luchando o abandonar y marcharme. Y tú…

La interrumpí, no le iba a permitir ningún reproche.

—Y por eso cuando regresasteis al despacho te plantaste, y él interpretó mal lo que consideró arrogancia y te intentó violar, y cuando se dio cuenta…

—Se horrorizó.

Si hubiera sabido lo que estaba sucediendo, si la hubiera escuchado entonces… Noté como la rabia me invadía, una rabia ciega dirigida contra mí me nubló el sentido.

—Tendrías que haber visto desde el principio que te consideraba una presa a abatir, la mejor de todas, un trofeo más a lucir del brazo. Como suelen decir ese tipo de chulos, quería sacar la puta que veía dentro de ti y no iba a cejar en su empeño hasta conseguirlo. Si no te hubieras resistido todo habría sido mucho más fácil ¿no crees?

¿Cómo me dejé llevar del despecho? Carmen acusó el golpe.

—Puede, pero aún no estaba preparada para dar ese paso—respondió mostrando el carácter que había estado ausente.

—Es verdad, no lo estabas, por eso titubeaste, por eso te mantuvo engañada tanto tiempo.

Se revolvió, estaba a punto de saltar.

—¿Sabes? Si eso me hubiera pasado ahora, con todo lo que sé, creo que lo hubiera gestionado de otra manera —me desafió.

—¿Tú crees?

—Habría resuelto las dudas mucho antes, no habría sido tan ingenua y habría descubierto su enredo en cuanto lo planteó.

—Eso ya me encaja más con la Carmen que conozco.

—A lo mejor no conoces tan bien a la persona que tienes delante. —Estaba indignada y eso le había devuelto la fuerza de su carácter. No podía  tolerar que se rebelara, tenía que encontrar argumentos con que neutralizarla.

—Por cierto, hemos pasado por alto a alguien con quien tendrás que volverte a encontrar.

Tocada. Parecía un animalillo cegado por los focos de un auto; tuve un atisbo de pena que aparté.

—Ramiro, tu amigo y ginecólogo; ¿piensas seguir contando con él o después de lo que te hizo vas a buscarte otro médico.

—¿A qué viene esto ahora? —preguntó con voz cansada.

—Verás: Si cambias de médico tendrás que dar muchas explicaciones, por ejemplo por qué necesitas análisis periódicos de enfermedades de transmisión sexual, por no hablar de lo incómodo que es que un extraño vea tus pezones anillados; por otro lado Ramiro ya te ha inspeccionado el esfínter; si lo sabes controlar, cosa que no dudo, no necesitarás que un proctólogo te haga ese tipo de revisiones. No sé, yo creo que si hablas con él seriamente te merece la pena conservarlo.

—¿Por qué haces esto?

Volvía a tenerla donde quería, mansa.

—Porque tenemos que hablarlo todo desde el perfil que estamos trabajando, el perfil de la puta; ya te dije que no iba a ser fácil pero los resultados lo merecen, te lo garantizo.

Respiró hondo y me miró calibrando la intención de mis argumentos; no era la mujer frágil que había entrado en consulta, tampoco la rebelde que había intentado lanzarme un pulso.

—De acuerdo, hablemos de Ramiro. Te diré que cuando me acosó me sentí violada, no solo como mujer sino también como amiga, estoy segura de que lo entiendes; creo que estamos de acuerdo en que también una puta puede ser violada si dice que no o le hacen algo sin su consentimiento explícito. Ramiro abusó de nuestra amistad y de su condición de médico; me forzó.

—Por supuesto.

—Cuando volví a la consulta le abordé como psicóloga, desde ese punto de vista le dejé claro lo que había sucedido y decidí seguir siendo su paciente con ciertas limitaciones, además tendría que estar presente la enfermera al menos hasta que comprobara su evolución. Lo que ahora propones cambia las cosas, si voy a poner en sus manos mi vida sexual tendré que volver a hablar con él, eso elimina la presencia de la enfermera y me tiene que respetar aunque me considere una puta ¿eso es lo que planteas, no?

Se había recuperado, tomaba el control de su nueva situación.

—Así es como lo debes hacer.

—Lo pensaré. Haga lo que haga necesitamos unos análisis y un reconocimiento médico de manera inmediata, tengo que afrontar esto ya.

Sonreí, volvía a ser la mujer resolutiva que siempre ha sido; esposa o puta reaparecía su carácter, esta vez bajo mi control.

O eso creía.

—Lo que dije de Carlos…

Levanté la vista del cuaderno; me había cogido desprevenido.

—Déjalo, no importa.

—Si importa Mario, es algo que no hablamos entonces.

—No es el momento, no forma parte de esta terapia —insistí sin poder ocultar la turbación.

—Es igual, ha surgido y quiero que lo hablemos ahora.

—¿Qué más da? Los dos hemos mentido en algún momento de nuestra relación, no le demos más vueltas.

—Esa es la cuestión; puedo entender que, según lo dije y tal como estabas me llamases mentirosa. Bueno, en realidad me has llamado hija de puta mentirosa.

Lo había olvidado, ¿es posible? Puede que no lo quisiera recordar.

  —Has traspasado todos los límites del insulto, si no fuera porque se lo atribuyo al efecto de la coca…

Dejó en suspenso la tremenda amenaza que ambos sabíamos a dónde nos conducía. Cómo puede cambiar todo en un solo segundo, ahora la autoridad estaba en su mano y yo me sentía hundido en la más absoluta miseria.

—Solo espero que nunca más me vuelvas a llamar hija de puta ¿lo has entendido?

Estaba tan humillado que no fui capaz de articular palabra, me limité a aceptar en silencio.

—Quiero estar segura de que lo has entendido.

—Lo he entendido.

—Lo que tampoco te voy a tolerar es que sigas acusándome de mentir, que intentes limpiar tus propias mentiras con algo que no se llegó a consumar y que si ocurrió fue porque tú lo provocaste con tu insistencia en que me pusiera en situación de que eso y otras cosas pudieran llegar a pasar.

Apartó la mirada, dejó perder ese punto de ventaja, no lo necesitaba.

—He pensado sobre todo lo que ha pasado; me ha venido bien que te fueras, he podido estar sola, sin la agobiante presión que ejerces. Dime una cosa; todo lo que me has dicho, lo que me has forzado a decir, las cosas que me has hecho… y lo que acabó sucediendo… Si, sabes a lo que me refiero, me has pagado por tener sexo contigo, por hacer lo que no llegué a hacer con Borja; trabajar de puta. Dime; cuando lo hacías ¿estabas pensando en una terapia o lo has enfocado como una iniciación?

Me quedé paralizado sin poder reaccionar.

—Contéstame.

—Es… a ver: No fue…

—No hace falta que sigas. Para una iniciación ya está Mahmud y te aseguro que sabe gestionar la violencia mucho mejor que tú; incluso cuando me tuvo al borde de la asfixia no me sentí tan asustada como lo he estado hoy contigo.

La cabeza me iba a explotar; la tensión de los ojos había aumentado, los notaba hinchados; buscaba desesperadamente una frase, un argumento, algo que me sacase del mutismo.

—A pesar de todo ha funcionado, no sé cómo pero lo ha hecho. Se me han abierto los ojos y aunque te han sobrado insultos y otras vejaciones tu… tratamiento ha resultado. Solo espero que no lo intentes con nadie más porque podrías acabar en la cárcel.

La miré, y algo se disparó en mi interior.

La miré. Imponente en su papel de puta arrogante, maquillada como nunca la había visto. Si, podría pagar por ella lo que pidiera y más sabiendo lo que es capaz de hacer en la cama; la insaciable Carmen, la experta mamadora y ahora que también…

—«Si quieres mi culo otras treinta mil». Me parece que eso no te lo impuse yo; creo que te metiste en el papel con mucha facilidad, sin que tuviera que forzarte demasiado. A ver si quien se lo ha planteado como una iniciación has sido tú.

—No me lo puedo creer…

—Parece que la droga te ha hecho sacar a la luz tus deseos más oscuros; «Estoy agotada, he tenido cuatro clientes, si esto sigue así cambio de coche ya». Una idea tan elaborada no nace por un rifirrafe en el que se nos calentó la boca, más bien parece algo… soñado y no una vez ni dos, es como si fuera la evolución de tu fantasía adolescente; ¿a que no me equivoco?

Se quedó mirándome durante unos segundos, los suficientes para apreciar el cambio que se produjo en su mirada.

—A veces te escucho y no pareces la persona con la que me casé.

—Eso mismo me sucede a mí, y no sabes cuánto me duele.

Nos quedamos en silencio, puede que buscándonos; fue ella quien finalmente comenzó a hablar.

—Te voy a contar lo que pasó con Carlos.

—No hace falta —dije, ya me estaba arrepintiendo por haber reventado la sesión.

—Sucedió al día siguiente cuando volví a su hotel, me conoces lo suficiente para saber que te lo hubiera contado, pero llamaste y Carlos cogió el móvil; eso te da la excusa perfecta para llamarme mentirosa si es a lo que quieres aferrarte.

—No, sé que lo habrías hecho en cuanto hubieras llegado al gabinete.

—Nos acostamos, follamos si lo prefieres oír más claro, y fue cuando lo dijo. Quería ser el primero en poseer algo que no hubiera tenido nadie, así es como me lo pidió, y no se lo negué; lo que sucedió es que cuando consiguió vencer la primera barrera sentí que me desgarraba y se detuvo, tuvimos un momento de desconcierto, el dolor no remitía y no era capaz de retroceder sin hacerme daño. Fue muy cuidadoso y esperó a perder firmeza para…

—Lo he entendido. —dije para cortar una explicación que me estaba irritando—. Ahora, cuando lo vuelvas a ver, ya no tendréis ese problema.

—¡Cállate! Lo que suceda entre nosotros, si es que nos llegamos a reencontrar ya no es de tu incumbencia.

A veces cuando me caliento no sé mantener la boca cerrada; antes no me sucedía. Desvíe la mirada, me resistía a excusarme.

—Tampoco me incumbe lo que sucede entre Graciela y tú, es cosa vuestra, no me paro a pensar en eso —añadió en un tono conciliador.

Nos levantamos sin decir nada más, cada uno tomó un camino, ¿sería un mal presagio?

…..

Miré al horizonte desde la azotea, pronto comenzaría a anochecer y sentí el vértigo del tiempo perdido, nos quedaba esa noche y el lunes para encauzar nuestro futuro y me había convertido en nuestro mayor enemigo, por momentos me recordaba al peor Mario, el que destruyó toda posibilidad de entendimiento; reviví alguna de las cosas que le había dicho a Carmen y me sentía como si manejase un auto sin frenos. Respiré hondo, tenía que acabar con aquello; bajé las escaleras, entré al salón y miré por el ventanal sin encontrarla.

—Deberíamos comer algo —dije elevando la voz; me contestó desde la planta superior y poco después la escuché bajar; parecía serena, seguía tan hermosa en su papel de puta. Nos entendemos con solo mirarnos, ambos buscábamos el encuentro, me acerqué y busqué la punta de los dedos que rozaban su muslo, reaccionó y se agarró a mi mano.

—No podemos… no puedo perder los nervios de este modo, he decidido no volver a tomar coca, me trastorna.

Me echó los brazos al cuello y sentí que volvía a mi hogar.

—No la toleras bien, no pasa nada cariño.

Sus palabras susurradas al oído fueron un bálsamo que alivió la huella de la culpa.

—Lo siento, no sabes cuánto lo siento.

—Ensayo y error, no lo olvides, vamos bien.

Ensayo y error, científica por encima de todo; la estreché entre mis brazos y me refugié en su cuello.

—¿Comemos? —propuso—, o merendamos o… cenamos ¡yo qué sé!

La seguí a la cocina, sus andares marcaban una onda en sus caderas que me provocó un vuelco en el corazón, al llegar ante el frigorífico se volvió y me encontró enganchado a su culo, sonrió.

—¿Qué te apetece?

La miré sin poder ocultar lo que estaba pensando y rompí a reír como un chiquillo; ella, lejos de molestarse, se contagió de mi risa ingenua y dejó que su espalda cayera contra el frigorífico, aquella camisola que apenas la tapaba me mostró un minúsculo delta color malva; me acerqué y mis manos recorrieron sus muslos para terminar de levantar la prenda por sus caderas arrastrándola camino de su cintura, ella se limitó a elevar los brazos dando vía libre para que pudiera quitársela sin dificultad; ahí estaba la mujer más hermosa que he conocido, desnuda, ofreciéndome sus pechos; dejó caer los brazos en mis hombros y me besó con sus labios carmesí, me adueñé de sus riñones para atraerla, para poder atrapar su culo, para deslizar la única prenda que cubría su piel hacia el suelo; escuchaba su respiración mientras le mordía el labio con delicadeza, esta vez la iba a cuidar; recorría su espalda buscando el camino a sus pechos, la oí gemir de placer, sintiendo la caricia de su muslo entre los míos.

—Vamos —dijo en un susurro.

Me llevó de la mano, intenté detenerla cuando pasamos de largo la escalera; No, dijo, al cuarto de la puta.

Y entramos a la habitación de los espejos y allí me dejé desnudar; No tengo dinero, le dije; Te lo voy a hacer gratis, respondió con una sonrisa que no era la de una puta; no sabía con quién estaba, lo único que sabía es que deseaba a aquella mujer. Me tumbó en la cama y comenzó a acariciarme con todo su cuerpo, sus pezones se pasearon por mi pecho llevándome al paroxismo, cerré los ojos y me dejé hacer hasta que su boca tomó el control, comenzó a lamer despacio dedicándose al glande como si no hubiese nada más en el mundo; Eres la mejor, le dije; soltó una breve risa, ¿la mejor? ¿quieres que te haga la mejor mamada?, entonces se apartó; Levanta, me ordenó; me quedé a los pies y ella, con movimientos felinos, se tumbó dejando la cabeza casi fuera de la cama; Ven, fóllame la boca; Se me erizó la piel, sabía lo que me estaba ofreciendo, su mirada invertida me pareció lo más salvaje que había visto nunca, dobló una rodilla y llevó la mano derecha a su sexo; Vamos, fóllame, repitió; me arrodillé en el suelo, se enganchó a mis caderas y me acopló a sus labios; desapareció de mi vista, ahora solo era una boca, un esbelto cuello completamente recto y un cuerpo espléndido frente a mi. Comencé a penetrar, ella me dirigía con mano firme, la sentía como no la había sentido antes, estaba follando su garganta, podía verlo; ¿hasta donde la iba penetrar?, la excitación se mezclaba con el temor a dañarla pero ella controlaba el avance, ahí estaba, lo veía profundizar en su garganta que se engrosaba al paso de mi verga; Me detuvo cuando el mentón alcanzó mi pubis, poco después se arqueó, me empujó despacio y fui saliendo como un sable de su boca; lo dejó reposar sobre su nariz y sentí la bocanada de aire enfriando la saliva que lo empapaba; recorrió con la lengua varias veces la tersa envergadura que había tragado y todo volvió a empezar; me engulló lentamente, quería hacerme disfrutar de cada sensación; dirigía con una mano en mi cadera mientras la otra se hundía entre sus muslos; ¡Dios! le estaba profanando la garganta, nunca había llegado tan hondo, podía ver cómo se dilataba a mi paso.

Y aprendí sus tiempos, cuándo necesitaba tomar aire y cuánto podía aguantar atravesada; se abandonó, confió en mi y comenzó a acariciarse los pechos con una mano mientras seguía masturbándose con la otra; yo no quería agotar esos tiempos y retrocedía antes de que necesitase pedírmelo, le dejaba cargar oxigeno y volvía a penetrarla, ella acompasaba la cadencia de su cuello con mis vaivenes para encontrarnos mutuamente.

Hasta que sentí la urgencia; Me corro, le advertí; ella tomó el mando, aspiró una gran bocanada de aire y simuló una rápida paja con la boca antes de hundírsela.

Y me corrí en lo más profundo de su garganta.

…..

Descansaba en su costado tras una corta charla íntima en la que habían vuelto a ser ellos, los mismos de siempre; parecía que nada hubiera pasado, como si hubiera sido un mal sueño; estaba tan emocionada, lo veía todo encarrilado. Si, iban a salir adelante.

—Eres la mejor —le escuchó insistir en el halago.

—Tú qué sabrás —dijo riendo su ocurrencia—¿O si lo sabes?

—No, jamás se me ha pasado por la cabeza ir de putas, hasta hoy.

—¿Eso quiere decir que te lo estás planteando? Ah, lo dices por mí.

En un instante el sueño se quebró; una frase y se dio de bruces con la descarnada realidad. Incluso fuera de la terapia él solo veía a una puta. La otra, la que ella intentaba rescatar del naufragio… ya no existía. Carmen sintió un vacío en el pecho, acababa de comprender que su vida había dado un vuelco irreversible. No volvería a ser la que fue, nunca más.

En un instante el clima cambió; una frase y me envolvió la inestabilidad que produce no saber qué está sucediendo; quería evitar que aquel malentendido terminara provocando un conflicto. Fue ella quien finalmente lo resolvió.

—Pues si probaste a ir a una sauna… quién sabe.

—No me atrae en absoluto.

—¿Cuánto te debo? —propuse al cabo de un incómodo silencio, ambos nos habíamos quedado atrapados en ese insólito dialogo y no vi otra salida que regresar al entorno de trabajo. Me miró desconcertada.

—¿Lo requiere la terapia?

No. Pensé que tal vez ella querría volver a cobrar por un polvo; al fin y al cabo había sido quien quiso echarlo en el “cuarto de la puta” en lugar de subir a nuestra habitación.

—¿Tú qué piensas?

Tardó en contestar lo que le llevó aceptarse.

—Es un poco baja pero por ser tú… En fin, ya conoces la tarifa.

—¿Treinta mil?  —tanteé; solo había sido una mamada si, pero era la mejor mamada que nadie podría esperar.

Asintió en silencio.

Me quedé recogiendo la habitación mientras ella se duchaba; ¿qué había ocurrido? Cuando subí la encontré vestida de nuevo con la camisola, seguía en su papel de puta probablemente porque consideraba que la terapia seguía activa. Ya era de noche y no habíamos comido nada en todo el día, preparamos algo procurando reconstruir un diálogo ajeno a la terapia pero era difícil; parecía ausente y me costaba conectar. El tiempo estaba cambiando, el cielo se había cubierto y comenzaba a hacer frío; decidí encender la calefacción antes que cambiar el modelo en el que nos movíamos, ella estuvo de acuerdo.

—¿Seguimos?

Me encontraba más tranquilo; durante la comida me di cuenta del daño que había provocado; Carmen se mantuvo remisa ante cualquier intento de acercamiento en lo personal, yo no encontraba modo alguno de salir del rol de terapeuta, ella lo evitaba aún asíhabíamos modulado los papeles, yo logré abandonar ese personaje dominante que tanto daño nos había hecho y ella… ella fingió una normalidad que estaba lejos de ser real. Algo le sucedía y por más que lo intenté no conseguí conectar.

—¿Estás de acuerdo en que continuemos la terapia o prefieres que la cancelemos?

Cerró los ojos, inspiró profundamente y expulsó el aire despacio.

—Si, creo que debemos acabar con esto pero ve con cuidado.

Revisé mis notas para ganar tiempo, en realidad preparaba mis argumentos, la forma de plantearlos sin volver a herirla y también calibré mi estado emocional ahora que los efectos de la coca estaban remitiendo.

—Con Doménico no hay transacción económica sin embargo…

—¿Qué?

—No siempre una puta actúa por dinero, eres… su objeto de lujo, le das lo que quiere: prestigio, poder, te cede cuando quiere obsequiar a un amigo.

—¿Así es cómo ves nuestra relación? Vaya, puede que haya hecho una descripción demasiado superficial pero una cosa está clara: Él no me vende.

—No habéis pasado suficiente tiempo juntos; actúa contigo como…

—¿Como qué?

—Todavía es pronto para saberlo con exactitud.

—No tienes ni idea —dijo sin presentar batalla.

—Dímelo tú, dime cómo te sientes cuando estás con él, en su ambiente, y te dice «sé amable con éste, con aquél».

—Solo ha ocurrido una vez, en la fiesta del club.

—Ya, pero en el campeonato de motos, si tomaste la iniciativa de follar con Salif fue porque sabías que contabas con su permiso, de otro modo no se te habría ocurrido ofenderle.

Quedó pensativa, cuando volvió a mirarme supe la respuesta; no es mujer que oculte lo que piensa.

—Tienes razón, si lo hago es porque me lo consiente. —Me miró, procuré no expresar nada, nada—. Si me paro a pensarlo sin censurarme… ¿Por qué no decirlo? en algún sentido actúo de prostituta. Es cierto, no todo es cuestión de dinero, siento que estoy satisfaciendo a…

Movió la mano trazando círculos en el aire dando a entender que…

—Sabes lo que quiero decir.

—Sabes que lo tienes que decir.

—No encuentro una palabra que no me desagrade.

—Esto es una terapia;  presenta las desagradables, ve descartándolas y deja las que no te incomoden; piensa que aquí está tu terapeuta, no me vas a hacer daño si es lo que te preocupa.

—¿Seguro?

Le sonreí.

—Vamos.

—Comenzaré con las más desagradables, con las que primero se me vienen a la cabeza y que por supuesto descarto totalmente —se justificó.

Inspiró y expiró antes de comenzar, buscaba descargar la tensión.

—Siento que estoy satisfaciendo a... mi chulo; no, esa no desde luego.

—La apartas como si quemase.

—Puedo ser una puta, no te lo discuto, pero todavía conservo algo de dignidad —me lanzó con aspereza.

—Nunca he pensado lo contrario, perdóname si te he dado esa impresión.

—Dueño. —continuó, ignorando mi disculpa.

 —No, tampoco. —dijo tras una significativa pausa.

—Amo…

Clava sus ojos en mí, en mí, en su marido.

No. Soy su terapeuta, soy su terapeuta.

—Me cuesta rechazarla, es tan intensa..

—Continúa.

 —Hombre…

—Si, quizá —dijo sin mucha convicción —Siento que estoy satisfaciendo a mi hombre… Si, tal vez.

—¿Puedes repetirlo utilizando la que has dicho antes, “Amo”?

Me mira, carga la mirada y me mira; sabe hacerlo. Aguanto.

—Siento que estoy satisfaciendo a mi amo.

Voz profunda, esa que me hace temblar de deseo.

—Prueba con “dueño”, por favor.

Ya no vacila.

—Siento que estoy satisfaciendo a mi dueño.

La misma intención, la misma pasión, el mismo deseo.

—Si, no hay duda —dice tras unos difíciles segundos—, una puttana no necesita que le paguen con dinero.

—Sigamos.

No estaba seguro de poder mantenerme equilibrado después de aquello.

—En esta línea, en tu papel de prostituta de Doménico…

—Llámame puttana cuando hablemos de mi relación con él, si no te importa.

Sugerente, sensual aunque no de una manera descarada. Libre, desinhibida. Me impresiona; Doménico le infunde fuerza; no es la misma desde que hemos abordado su figura.

—Cómo no. En tu papel de puttana, durante la fiesta en el club te pidió que fueras amable con uno de sus amigos.

—Pelayo.

—Eso es, Pelayo; y según me contaste, estuviste con él dándole conversación y algo más.

Sonrió entornando los ojos; ese “algo más” le debió de parecer un eufemismo fuera de lugar después de todo lo que habíamos dicho y hecho. Se arrellanó sin dejar de mirarme y colgó el brazo derecho del respaldo.

—Pelayo es un buen conversador, estaba claro que yo le gustaba y comenzó a toquetearme en cuanto vio que no le iba a poner trabas; yo no sabía bien hasta dónde quería Domi que le dejara llegar pero lo que había bebido me estaba empezando a hacer efecto y el ambiente que veía también influyó. Me había dicho que tomara a Piera de ejemplo y me deje llevar, pronto tenía las manos de Pelayo por todas partes; y luego… la japonesa… ¡Dios! si fuera hoy hubiéramos acabado montando un show pero entonces me comían las dudas y lo detuve a tiempo; aún lo recuerdo como una experiencia increíble, todo el mundo mirándonos mientras aquella chica me llevaba al séptimo cielo y Pelayo…

—Hiciste lo que te pedía tu amo. —Le sorprende que lo mencione como amo y aún más que me mantenga sereno, le agrada ver que nos entendemos y me regala una suave sonrisa y un gesto de aceptación de su estatus. Estamos en sintonía, además de al terapeuta está reencontrando al amigo. ¿Pero cuánto duraré? Reconozco al fantasma que ronda mi cerebro, lo siento moverse en la penumbra.

—Si, lo hice.

—Como lo hiciste el día del campeonato de motos, te follaste a Salif porque tu dueño te lo permitió, por eso se unió y te folló la boca, para recordarte a quien perteneces, ¿no es así?

A esas alturas se había acostumbrado a mis bruscos cambios de carácter. Encajó el golpe y me lo devolvió.

—Me sentí plena, atravesada por Salif, la mejor polla que he conocido y por mi dueño. —reveló con descaro esperando mi reacción.

¿Mi reacción? Es una paciente no es mi mujer. Además es una puta, una grandísima puta. Una puta divina; y la he llevado a mi terreno.

Un gesto mínimo que podría haber pasado inadvertido me devuelve a la joven que conocí hace diez años: una mota de polvo le invade un ojo y se lo restriega como si fuera una niña; se lo he visto hacer tantas veces… Es ella, es ella. ¿Qué coño le estoy haciendo? Se me está yendo de las manos lo sé, no lo puedo controlar pero lo sé, se me está yendo de las manos y lo voy a pagar.

—¿Qué más quieres saber? —dijo, estaba dispuesta a confesar lo que le pidiera.

—Es todo por ahora, hagamos un descanso.

—No es necesario, podemos continuar.

Necesitaba parar ¿Cómo hacerlo sin mostrar mi flaqueza?

—Has superado la terapia de puta con creces, incluso pasaste la prueba final: has cobrado por follar, negociaste bien, tú cliente no te ofrecía lo que vales pero fuiste hábil, doblaste el precio a cambio de tu culo. Sí, creo que podemos tomarnos un descanso.

—Terapia de puta… —murmuró con desdén—. En realidad no fue tan… Eras tú, quiero decir que no fue un…

—¿No fue qué, con un cliente? ¿Qué quieres decir, que todo ha sido una farsa? —Otra vez estaba perdiendo los nervios, tenía que calmarme.

—No he dicho eso.

—Fue una actuación, ¿es lo que quieres decir? ¿que no ha servido de nada?

—Mario por favor.

—Pues explícamelo.

—Solo he dicho que no estoy tan afectada como para tener que parar la terapia, nada más.

—¿Y eso por qué, porque no sentiste que estuvieras trabajando? Ah, solo estabas fantaseando con tu marido.

—Me he explicado mal, tal vez no debí mencionar la prueba.

—Si crees que no ha servido para nada será mejor que termines la terapia con un cliente real, va a ser la única forma de que te liberes de Mahmud. Y lo necesitas, te lo aseguro.

—¿Puedes parar ya?

—Si, será lo mejor.

Me levanté y busqué la puerta, quería desaparecer. Al llegar me detuve; otra vez tenía esos temblores; ¿qué coño estaba haciendo?

—No sé qué me pasa.

Escuché sus pasos, sentí el tacto en mis hombros, su aliento en el cuello, el calor de su cuerpo pegado a mi espalda.

—Shh, calla.

Una puta locura, recordaba haberlo definido así en algún momento, una auténtica locura. No debería haber tomado una decisión tan arriesgada.

—Voy a subir a cambiarme, damos un paseo y nos tranquilizamos, ¿me acompañas arriba? —dijo tras un tiempo indefinido durante el que permanecimos abrazados.

…..

Yo no soy así; no quería desvelar que la terapia no tuvo ninguna base, que fue pura improvisación, eso la dejaría ante un fraude y todo lo que habíamos avanzado se desmoronaría. No podía confesar que no hubo un plan detrás de la locura a la que la conduje, tenía que recomponerme y asumir mis errores sin caer en la tentación de pedir perdón porque si lo hacía mi autoridad como terapeuta se haría añicos y con ella su reconstrucción como persona libre.  No; tenía que asumir mis culpas en solitario, sin la paz que se siente al ser perdonado.

—Estás muy callado.

Paseábamos cogidos de la mano, mis pulsaciones debían de estar cerca de lo normal, ya no me dolía la cabeza y el zumbido en los oídos había desaparecido.

—Voy escuchando el sonido de nuestras pisadas y el rumor de la brisa en los árboles.

—¿En modo zen?

—Algo así, creo que me hace falta.

—Si, tal vez nos convenga seguir caminado en silencio después de tanto ruido.

Mi niña. Un nudo me atraviesa la garganta; no sé cómo lo he hecho pero está funcionando; y cuando esté curada la sacaré de esta cloaca a la que la he arrastrado para poder tratarla. No es una puta, Dios, no lo es, nunca lo ha sido; tengo que limpiar esa idea que le he inoculado.

…..

Entramos en el salón con las tazas de café en la mano serenos, tranquilos. Nos sentamos en el sofá.

—¿Y bien? —dije para darle la oportunidad de que se expresase.

—Creo que con esto el tema de la prostitución queda delimitado —zanjó tras una breve charla de cierre— y por otra parte Mahmud está identificado y neutralizado.

—No podemos cerrar este asunto tan a la ligera. —Hizo un gesto de asentimiento.

—Tu dirás.

—El estadio de la prostitución: hemos dado pasos de gigante Carmen, estamos a punto de resolverlo pero tú sabes tan bien como yo que no debemos darlo por cerrado sin terminar de comprobar que todo lo que hemos hecho durante la terapia se ha consolidado.

—Ha sido muy duro, no estoy en condiciones de continuar ahora mismo. —Parecía agotada, no me veía capaz de forzarla más.

—De acuerdo, ya lo hablaremos. Respecto  a Mahmud, ni de lejos está neutralizado.

—Lo está; ya no soy aquella  a la que manipuló y sometió.

—Pero cuando vuelvas a ver a Doménico puede que él…

—Él no va a volver a acercarse a mí. —Me rebatió con una seguridad aplastante.

—¿Doménico lo sabe?

—No, ni debe saberlo. Sería… podría ocurrir una tragedia. —añadió al ver mi extrañeza.

—No lo entiendo.

—Si lo llegara a saber no lo toleraría.

—¿Qué quieres decir? —Apartó la mirada como si no debiera haberlo dicho—. ¿Qué pasa? —insistí al ver que le costaba responder.

—Sé lo que podría suceder, son grandes amigos pero Domi, no consentiría lo que hizo conmigo y Mahmud y él… Ocurriría una desgracia lo sé.

Sentí una opresión en el pecho que me ahogaba.

—¿Piensas que yo tampoco debería tolerarlo, verdad?

—No es eso Mario, son circunstancias diferentes, nosotros vivimos en un mundo totalmente ajeno a los patrones en los que Doménico y Mahmud… y…

Se detuvo en seco. Entendí, entendí perfectamente.

—Y tú os movéis, ¿es eso?

—Es otro mundo, se rigen por otras reglas, allí…

Me miró con esa grave serenidad con la que nos preparamos para dar una mala noticia.

—Allí me considera suya, puede compartirme, dejar que sea de otros como hizo con Salif, pero no consentirá que alguien me haga daño ¿lo entiendes? Por eso no debe saber lo que su mejor amigo hizo conmigo, por eso jamás Mahmud se va a volver a acercar a mí.

Estaba sobrecogido por su revelación, por lo que daba a entender, porque hacía patente que no era mía.

—¿Pero no ves que la ignorancia de Doménico le dota de impunidad? —repliqué obsesionado por liberarla.

—Las cosas han cambiado, no soy la misma a la que arrinconó; ya tendré ocasión de hacérselo saber. Domi no tiene por qué enterarse, pero si se atreve a acercarse…

Vi en sus ojos la fuerza de una mujer que se sabe respaldada por su hombre. Su hombre. Me sentí tan débil, tan lejos de ella… Afortunadamente no lo apreció, se levantó y comenzó a deambular por salón con el tabaco en la mano tratando de calmar esa explosión emocional que le había llevado a situarnos a cada uno en nuestro lugar: Doménico, ella… y yo.

—Supongo que ya está clara tu triada, al menos por mi parte si —dijo cambiando de tema y tratando de cerrar la hipótesis sobre su fantasía. Estaba serena, se sentó a mi lado. Yo seguía afectado por lo que acababa de suceder, la protegida del italiano estaba junto a mí; no temía a Mahmud, se sentía segura, su hombre le daba esa confianza.

No tenía la mejor predisposición para continuar, lo sabía; una intensa amargura pugnaba por reanimar mis fantasmas, aún así no hice nada para evitar lo que sucedió.

—No tan clara, quedan algunos aspectos que has pasado por alto, extraño en ti que eres tan meticulosa. Por ejemplo no has revisitado tu negociación con Roberto.

—¿Negociación? ¿Ahora lo calificas de negociación? ¿desde cuando? —respondió visiblemente dolida.

—Es solo otra forma de verlo, míralo con perspectiva, no te lo tomes desde lo personal y así podrás entender lo que pretendo.

Carmen gesticuló una exagerada aceptación.

—No sé por qué tenemos que volver una y otra vez a esto; en fin…

—Desde el comienzo de tu negociación con Roberto, se estableció  una transacción: sexo por poder; intentaste acotar unos límites pero aceptaste el pago, forzaste una estrategia para alargar los plazos en los que tendrías que cumplir el pago total, si lograbas que se te nombrara para el puesto antes de tener que follar con él podrías incumplir el acuerdo. Mientras tanto le darías migajas: unos besos, unos toqueteos, dejarías que te sobara…

Estaba siendo demasiado vulgar, no sabía por qué me estaba dejando llevar y Carmen estaba acusando el golpe.

—Pero se te fue de las manos,  Roberto cada vez quiso más y tú no pudiste o… el caso es que..

—¿O qué? ¿Qué ibas a decir? ¿Que no pude o no quise pararle?

—Estamos hablando de la paciente.

Sonrío amargamente.

—No Mario, has hablado continuamente de mi, de la puta de tu mujer.

Se levantó, no quiso seguir sentada a mi lado, caminó hasta el ventanal, noté su respiración agitada.

—Cálmate, no he querido insinuar eso.

Se volvió, estaba tan hermosa; arrogante, altiva, mostrando todo el poder de su cuerpo como si estuviera a punto de lanzarse a la lucha.

—De acuerdo, no lo has querido decir, continúa.

Avanzó hacia la mesa, le dio la vuelta a una silla y se sentó frente a mí, cruzó las piernas y extendió el brazo izquierdo a lo largo de la mesa, sus pechos me desafiaron. No pude evitar perderme un segundo en su cuerpo. Enfundada en unos ajustados vaqueros y un jersey negro con escote en pico aún calzaba los botines con los que salió a pasear.

—Continúa —me apremió.

—Déjame que retome el hilo.

—Te lo pondré fácil, decías que cuando no pude o no quise pararle… imagino que te refieres a la comida de trabajo, cuando me metió mano; bueno, eso ya lo llevaba haciendo tiempo, me refiero a cuando me metió los dedos en el coño. ¿Ibas por ahí o ya estabas cuando me desnudó en su despacho y casi me folla?

—No tienes por qué…

—Vamos Mario, estamos hablando de una transacción sexual, sexo por poder, no nos pongamos exquisitos ahora.

—Si te he molestado te pido…

—¿Molestarme? Somos profesionales o eso creo; si no me equivoco estoy hablando con un colega sobre una paciente. —Se inclinó hacia delante, no pude evitar que mis ojos se perdieran por el escote ahuecado, sus pechos se insinuaron ante mí; ella me vio y no hizo nada por ocultar su decepción—. Un colega que tiene sus apetitos a flor de piel por lo que veo. Lo cual me lleva a preguntarte: ¿Es mi colega el que está realizando todo este planteamiento tan poco ortodoxo o es mi marido ofuscado el que se está tomando la revancha porque siente que he herido su hombría una vez más?

Se mantuvo ahí, con toda la fuerza de sus negros ojos clavados en mí, esperando a ver si le contestaba o si volvía a ser débil y bajaba a sus pechos que se ofrecían en el precipicio del profundo ángulo. Me moría por mirar, por levantarme y morder esa boca. Amaba a esa mujer, a esa zorra, a la protegida del italiano.

Se apiadó; recompuso la postura y se volvió. Dedicó un momento a encender un cigarrillo y yo… miré hacia la ventana intentando también recomponer mi postura.

—Sigue, por favor, acabemos con esto.

Voz suave, serena; no lo va a dejar inconcluso, no es su estilo aunque reconozco que ha cambiado el ambiente. Debo reconducir mi tono también.

—Cuando la paciente…

—No ya no, hablemos de mí, ya no tiene sentido.

—Cuando viste que las cosas se precipitaban y que no ibas a conseguir detener a Roberto lo suficiente como para conseguir el ascenso sin ceder totalmente a sus planes fue cuando decidiste terminar con aquello; la transacción, el modelo de prostitución que habías asumido inconscientemente no era pleno por eso decidiste acabar con ello y de ese modo se pasó de un modelo de prostitución a un modelo de violación.  Tu negativa formal, tu rechazo provocó la ira y la violencia de Roberto.

—Lo cual no me exime de mi parte de responsabilidad. Acepté venderme y además engañé a la otra parte. Puta y tramposa. ¿Qué diferencia hay en que no llegara a follar con él? Me vendí Mario, perdí mi dignidad, no es lo más importante que le dejara tocarme los pechos o me llegara invadir el coño, puede que eso sea lo menos degradante que hizo conmigo; lo peor que me sucedió es que dejé de ser una persona independiente, Roberto tenía poder sobre mí, me vi rogándole, suplicándole, cediendo cada vez más a la espera de algo que nunca llegaba, que no sabía si llegaría alguna vez. Dependía de él de una manera enfermiza, llegué a justificar cosas impensables. Dejé de razonar Mario, dejé de ser yo y pasé a ser un mero instrumento que Roberto movía a su antojo. ¿Sabes una cosa? cuando salía de su órbita borraba de mi mente lo que había sucedido, ¿te suena, verdad? Creo que he aprendido sobre acoso más que en todos los cursos y seminarios a los que he asistido.

—Solo espero que la huella que te dejó haya desaparecido.

—¿Por eso has vuelto a sacar el tema? ¡Por supuesto!

La miré, enseguida me entendió; Roberto regresaba de su año sabático en Diciembre.

—Lo sé —dijo, interpretando mi inquietud—, tarde o temprano me tendré que enfrentar a él si es que decide regresar. ¿Es ahí a donde querías llegar? pues deja de preocuparte, lo tengo muy presente.

Me miró, no había conseguido ocultarle la duda que me asaltaba.

—¿Qué piensas, que no voy a ser capaz de convivir con Roberto cuando regrese? ¿Tan débil te parezco?

—Pienso que su rechazo y su desprecio es otra de las instancias del patrón de frustración y tengo mis dudas sobre cómo vas a reaccionar.

—Claro, como si yo fuera Charlote Rampling —ironizó—, crees que me voy a echar a los brazos de…

—Dirk Bogarde.

—¿Implorándole que me viole?; esto no es una película.

—Sabes que es posible.

—¡Venga ya Mario, seamos serios!

—Si estás tan segura no te importará que lo tratemos.

—De eso nada, tuviste tu oportunidad e hiciste una auténtica chapuza; no vamos a volver a hacerlo.

—Pues ponte en manos de otro colega, ¿no estuviste con…?

—He dicho que no.

Esa noche…

—Lo siento, no sé qué me ha pasado.

—Demasiada tensión —respondió con dulzura—, estamos enfocando temas que nos hieren profundamente todavía.

—Eso es justamente lo que no pretendía: herirte.

—Tal vez lo hice yo, mi comentario sobre la forma en que Doménico puede protegerme de Mahmud fue…

—Es la realidad, es tu realidad, debo comenzar a aceptarla. Te amo y a pesar de mis incoherencias amo cada una de tus facetas.

Me miró con cierto asombro y sonrió.

—¿Sabes? Ya he visto ese brillo en tus ojos antes, lo vi cuando estábamos en el pub antes de ir a su casa; me mirabas de esa manera; me sentía bien, estaba con él, era suya pero sabía que tú estabas conmigo. Es lo que espero ahora, que te guste verme.

—¿Qué quieres decir?

Se incorporó hasta situarse sobre mi pecho.

—Que desees a la ragazza de Doménico tanto como me deseas a mi, a tu mujer. —explotó en un arranque emocional.

—Sabes que si; la deseo, la admiro, me excita. —Saboreó mis palabras; me quiere, su mirada la delata, me quiere.

—La verás, es bastante diferente a la Carmen que conoces, no creas —dijo en un tono plagado de sugerencias—, pero ojo: ya sabes que es intocable.

—¿Ni para mí?

Elevó las cejas en lo que insinuaba una advertencia.

—Soy suya.

—¡Ma che donna! —protesté forzando un acento italiano; entornó los ojos mostrando una dulce sonrisa y nos fundimos en un beso.

—No, él no me permitiría tratarte así.

Imaginé la escena y me sobrecogió.

—¿Lo has llegado a hablar con él?

—¿El qué?

—Cómo te sientes, quiero decir… —Me entendió y renuncié a seguir hablando.

—Si, sabe que soy suya, y al mismo tiempo respeta nuestra pareja. No pretende separarnos. Vivimos en dos mundos diferentes y ambos pueden coexistir sin dañarse.

—Ha pasado mucho tiempo y han sucedido tantas cosas que tal vez ya no…

—Hablamos el domingo, ya te lo conté. Sabe que sigo siendo suya —dijo zanjando cualquier incertidumbre.

—¿Lo sabe?

Se dejó caer en la almohada, sus ojos evocaban aquella conversación.

—Necesitaba apoyarme en alguien, tuve un momento en que la soledad me ahogaba y le llamé; después de contarle lo que estábamos a punto de acometer tú y yo… hablamos de nosotros, de nuestro futuro.

—De vuestro futuro, quieres decir.

—Si.

Nuestras miradas permanecieron fundidas, el tiempo dejó que las palabras reposasen y enraizaran en mi mente: Su futuro.

Miedo, era inevitable sentirlo; no luché contra él, sabía que igual que llegó pasaría.

Carmen mantuvo el silencio sin dejar de mirarme, aún quedaba algo por decir, algo trascendental.

—Me dio la oportunidad de acabar con lo nuestro; le dije que con él me sitúo en las antípodas de la mujer que soy, que rompe todos mis esquemas, mi modelo feminista. Me dijo que lo dejara estar, que mi vida sería más sencilla. —Sus ojos reflejaban una angustia inmensa—. No pude Mario, no pude; hubiera dado cualquier cosa por verle aparecer por la puerta. Y así se lo dije.

—¿A escasas horas de reunirte conmigo, cuando nos disponíamos a reconstruir nuestro matrimonio? No sé Carmen, no sé qué puedo decirte.

—Soy suya Mario. Te amo más que a mi vida y eso no va a cambiar, pero me siento suya.

No había dejado de acariciarle la mejilla en ningún momento, ya no sentía rabia, no sentía despecho ni humillación. No sentía nada.

—Lo supe desde el mismo momento que os despedisteis de aquella manera casi trágica al finalizar el fin de semana en su casa. Si, lo supe cuando me dijiste con tanta determinación que pensabas volver a verle. De algún modo ya sabía que eras suya, por eso me rebelé.

—¿Y por eso tuviste que decirme que era su puta?

—Fue la desesperación lo que me llevó a decir aquello, no supe expresar lo que en realidad sentía.

—¿Y qué era?

—Hubiera querido decir que lo que me dolía era ver que te comportabas como si fueras…

—Dilo.

—Como si fueras su mujer.

—Ambos sabemos cuál es mi papel, puedo ser su chica, su… ragazza, su puttana pero jamás seré su mujer, jamás.

—Su puttana —repetí con tristeza—, pensaba que eso ya había pasado.

—Es… —Bajó los ojos, aún así creí ver un atisbo de pudor—, no sé cómo explicar lo que siento cuando me hace declararme puttana. Es algo íntimo entre él y yo que no sé a dónde nos va a llevar, ya no tiene nada que ver con lo que significó al principio.

—Puttana —pronunció en medio de un profundo suspiro—. Si fuera capaz de hacértelo entender…

En momentos así la siento tan lejos que un manto de tristeza me domina, no consigo evitarlo, tampoco lo intento, dejo que llegue, me inunde y pase ya que ningún esfuerzo lograría evitarlo.

—¿Estás bien?

—¿Eh? Si, estoy bien.

—No me vas a perder, no sé cuánto durará esta locura Mario, pero no me vas a perder.

—Lo sé, estoy bien no te preocupes.

—Ojalá nunca…

La hice callar, me volqué hacia ella y sellé sus labios con mi boca. No quería escuchar un lamento por lo que quizá nunca debimos hacer.

Nos quedamos abrazados, dándonos el calor que nos reconforta.

…..

—¿Qué haces aquí?

El vacío en la cama le produjo una desazón que creía olvidada. El reloj le dijo que no había dormido más de una hora. Se levantó y a tientas buscó el jersey que había usado esa noche. Bajó las escaleras y vio luz en el salón. Al entrar Mario levantó la vista; sentado en el sofá mantenía un vaso ancho en la mano con unos hielos y tres dedos de whisky.

—No podía dormir.

Carmen vio como la miraba, se centró en las caderas que el jersey apenas llegaba a cubrir y poco después barrió sus muslos.

—Vas a coger frío.

—Venga, vámonos a la cama.

—No, vete tú.

—¿Qué te pasa? —dijo sentándose a su lado con las piernas dobladas en el sillón. La miró como si fuese a hablar sin embargo se quedó callado, incapaz de expresar lo que le impedía conciliar el sueño; le acarició la mejilla, Mario bajó la mirada.

—Esto me supera, no sé si voy a ser capaz, no lo sé.

Lo vio rendirse y pensó que había llegado el final. No podía ser, no iba a dejar que sucediera.

—¿Vamos a tirar la toalla ahora, cuando estamos a punto de terminar? De eso nada, no lo voy a permitir, tú y yo juntos hasta el final.

No contestó, seguía inmóvil, perdido en lo que fuera que estuviese pensando; lo cogió de la mano con fuerza, tenía que hacerle reaccionar, entonces volvió la mirada hacia ella.

—Es demasiado Carmen, me temo que he llegado a un punto de saturación. Y lo intento, de verdad que lo intento pero hace un rato en la cama, no he podido más; Doménico, Irene, Carlos… ¿qué espacio queda para nosotros?

La inmensa tristeza que reflejaba al hablar la estaba rompiendo, ¿cómo decirle que lo amaba por encima de todas esas personas? ¿cómo hacerle entender si ella misma no lo entendía? Se tragó las lágrimas que estaban a punto de brotar y enfocó la crisis como estaba acostumbrada a hacer: De frente.


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