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Fecha: 20-Feb-19 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduras

Paredes de papel (1)

Alfascorpii
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Una mujer madura descubre la intensa vida sexual de su joven vecino a través de unas paredes mal insonorizadas. Ese descubrimiento despertará en ella reprimidos deseos que le llevarán a ser la coprotagonista de esa placentera vida. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

1

Aquella noche de varios meses atrás, abrí los ojos y, en la oscuridad, tanteé a mi lado comprobando que Agustín, mi marido, no estaba conmigo. Somnolienta y recordando que se encontraba en uno de sus viajes de trabajo, miré el luminiscente reloj de la mesilla. Eran las dos y media de la madrugada, y en ese momento, volví a escuchar los ruidos que me habían sacado de mi sueño. Parecían proceder del portal.

«¡Uf!, ¿no estará nadie intentando entrar en casa?», dije para mis adentros.

A mis cuarenta y dos  años, había tenido que acostumbrarme a pasar muchas noches de soledad por los continuos viajes de mi marido, pero eso no evitaba que aún me quedase un cierto temor a que alguien quisiera asaltar la casa, más siendo fin de semana y estando completamente sola.

De pronto, escuché una risa femenina, seguida de una masculina, y lo que parecía un resoplido. Después, el silencio.

«Tranquila, Mayca», me dije, «los ladrones no se ríen antes de abrir una puerta…».

Más calmada, al rechazar la posibilidad de un asalto, me levanté intrigada por lo que acababa de oír. Me acerqué a la puerta de casa, pareciéndome escuchar un nuevo resoplido, y no pude evitarlo, la curiosidad pudo conmigo, así que abrí la mirilla y eché una ojeada.

La luz del portal estaba encendida, y lo que vi, terminó de espabilarme. Apoyado sobre la puerta de enfrente estaba Fernando, el hijo de mis vecinos. Pero aunque verle siempre era motivo de interna y secreta alegría para mí pues, a sus veintitrés añitos, el chico estaba para mojar pan, lo que me dejó alucinada fue que éste, con una cara de satisfacción y puro vicio, miraba hacia abajo contemplando cómo, acuclillada ante él, una chica de larga cabellera rubia movía su cabeza arriba y abajo, adelante y atrás, a la altura de su entrepierna, sujetando algo con su mano derecha que no dejaba lugar a dudas de lo que se trataba.

Sentí cómo el rubor subía a mis mejillas, pero no pude separarme del pequeño visor, contemplando, entre escandalizada y excitada, cómo aquel apetitoso chico suspiraba con el trabajito de la rubia.

«Vaya con Fernandito…», pensé, «cómo aprovecha que sus padres no suelen estar los fines de semana para traerse a la novia… ¡Y qué cachondos, ni siquiera han podido esperar a entrar en casa!».

Es cierto que eran las dos y media de la mañana, y que vivíamos en un tercero, siendo ésta la última planta del edificio, y que sólo había dos pisos por planta, por lo que la posibilidad de pillada era ínfima… Pero allí estaba yo, desvelada por unas risas incontroladas, cazándoles in fraganti en su apasionado y descarado arrebato juvenil.

A pesar de que sólo podía ver los gestos de placer dibujándose en el atractivo rostro de Fernando, y su fuerte torso y brazos mientras sujetaba la cabeza de la chica, quien de espaldas a mí, le eclipsaba de cintura para abajo, sentí cómo mi entrepierna se humedecía al contemplar el hipnótico vaivén de la rubia cabellera, que estaba dándose un festín con prolongados movimientos atrás y adelante.

Sabía que debía apartarme de la puerta, que no estaba bien espiar a nadie, por más que ellos mismos se lo hubiesen buscado, pero no podía apartar mi mirada de cómo el rostro del chico se tensaba, apretando los dientes, mientras su novia le llevaba al delirio con gula.

De repente, él soltó un gruñido prolongado, tensándosele al máximo la mandíbula, marcándosele más los pectorales en la entallada camiseta que llevaba, al tiempo que la rubia detenía su ritmo cervical para reiniciarlo muy pausadamente, en prolongados movimientos, mientras su chico temblaba extasiado.

«¡Joder, se está corriendo dentro de su boca!, ¡y ella parece disfrutarlo!»

Quedé impactada. Nunca fui una mojigata, pero hay ciertos límites que nunca traspasé con mi marido o algún noviete anterior. A Agustín se la chupaba, de vez en cuando, sobre todo cuando volvía de algún viaje. Le tumbaba sobre la cama y le hacía una buena mamada, pero en el momento de su orgasmo, siempre me retiraba para ver cómo se corría sobre su incipiente barriga. No sé, me daba cosa lo de que se me corriera en la boca, y me gustaba ver cómo el denso líquido salía disparado de su polla… Pero al ver aquella escena en directo, algo se removió en mí. Me excitó muchísimo ver cómo el chico parecía darle a ella toda su potencia viril, derritiéndose dentro de su boca por su arte, mientras ella lo saboreaba como un triunfo.

Con mi braguita completamente mojada, conteniendo el aliento, contemplé cómo la chica se levantaba pasándose los dedos por los labios y relamiéndose.

«¡Uf!, sí que le ha gustado, sí…»

Por un breve instante, se hizo a un lado, y en mi retina se quedó grabada para siempre la imagen del pantalón y bóxer de mi vecinito bajados a medio muslo, pero sobre todo, la del pedazo de polla aún erecta y brillante, que apuntaba al frente por encima de ellos. A pesar de la distancia, me pareció enorme, bastante más grande que aquella que tenía mi exclusiva dedicación desde hacía quince años.

Me quedé sin aire, y a pesar de que sólo fueron un par de segundos hasta que él volvió a guardar semejante mandoble, recolocándose la ropa, sentí cómo todo mi cuerpo entraba en combustión, con mis hipersensibles pezones rozándose con la suave tela del ligero camisón veraniego que llevaba.

— Eres una golosa —oí que le decía a la rubia, mientras ella sonreía satisfecha—. Anda, vamos dentro, que voy a darte lo tuyo…

Vi cómo ambos entraban en el piso, y tras cerrarse la puerta, el silencio volvió a reinar en aquella noche estival.

Con un calentón como hacía mucho tiempo que no sentía, bebí un vaso de agua fría en la cocina para refrescar mis ánimos y garganta, que se me había quedado completamente seca en contraste con mi entrepierna.

Ya en la cama, me costaba coger el sueño. Las imágenes de aquella joven pareja se repetían una y otra vez en mi cerebro, en especial, el momento álgido en el que Fernando se había vaciado en la boca de su chica, con ella disfrutándolo pausadamente… Y ese pollón que había vislumbrado un instante, ¿sería realmente tan grande, o mi recalentada mente lo había idealizado?

Inconscientemente, mis dedos bajaron a mis braguitas, sintiéndolas húmedas, y para cuando quise ser realmente consciente de lo que hacía, ya me estaba acariciando el coño por encima de la prenda.

Pero el silencio de la noche volvió a ser rasgado, obligándome a detener mis caricias para escuchar atentamente. ¿Había sido un suspiro lo que había escuchado?

— Uuuumm… —llegó nuevamente a mis oídos, procedente del otro lado de la pared sobre la que se apoyaba el cabecero de la cama.

Mi dormitorio daba pared con pared con la habitación de Fernando, y entre la quietud nocturna, y que los muros eran como de papel, se podía escuchar casi todo lo que ocurría del otro lado.

— Ooh, sssí… —oí, acto seguido—. No paresss…

No había duda, era la voz de aquella rubia, quien entre suspiros y gemidos de placer me descubría que mi vecinito estaba haciéndole algo muy bueno.

Escuchando atentamente, captando cada uno de los jadeos de la chica, reanudé las caricias sobre la braga, haciéndome sentir partícipe del placer de la jovencita.

No podía creerlo, estaba cachondísima, sintiéndome como una adolescente, y aunque los gemidos del otro lado progresaban en volumen y frecuencia, enseguida me di cuenta de que sólo se le escuchaba a ella, Fernando permanecía mudo.

«Vaya con el chavalito, le está devolviendo la comida…», pensaba mientras los sonidos se volvían más agudos, transformándose en grititos. «¡Uf!, y debe de ser bueno, porque parece que la está matando… ¡Cabrona con suerte!».

Los grititos se volvieron más y más largos, a un volumen que me parecía que estuviésemos en el mismo dormitorio, hasta que un “¡Oooohhh!” final, me hizo saber que la chica se había corrido brutalmente.

En ese instante descubrí que, en algún momento, mis ricas autocaricias habían transcendido de mi ropa interior para producirse directamente en mi licuado coñito, mientras mi otra mano masajeaba mis abundantes pechos con ganas.

El silencio apenas duró un minuto, rompiéndose con un profundo suspiro de voces masculina y femenina combinadas.

— ¡Dios, qué gusto! —oí que exclamaba la chica—, ¡me la has clavado hasta el fondo!

Un suspiro escapó de mis labios ante tal revelación, y mi mente escapó de la realidad, se evadió de la soledad de mi dormitorio para imaginar que era yo quien acababa de ser penetrada a fondo por mi joven vecino.

Dos de mis dedos se hundieron en mi encharcado coño, produciéndome una deliciosa descarga que se propagó por todo mi cuerpo.

— ¡Y más que te la voy a clavar! —contestó Fernando—. Te voy a dar lo que mereces por llevar toda la noche poniéndome la polla dura y comérmela con ansia…

— Umm, sí… ¡Qué ganas te tenía!

Un golpe sordo en la pared, y un gemido femenino, me indicaron que mi vecino comenzaba a cumplir su “amenaza”. Yo los acompañé con una profunda incursión de mis dedos en mi ardiente gruta.

Los golpes comenzaron a sucederse de forma rítmica, con un pausado, pero constante, repiqueteo del cabecero contra la pared, revelador del poderoso empuje del joven macho hundiendo toda su dura carne en el cuerpo de su entregada compañera, quien, gemido tras gemido, a cada cual más sugerente, parecía querer hacerme partícipe de su gozo.

Con mi piel sudorosa, los pezones a punto de rasgar el camisón, y mis dedos entrando y saliendo de mi almeja, disfruté de una paja como hacía años que no me hacía, continuamente inspirada por el incesante retumbar en la pared, y los jadeos suplicantes de aquella afortunada jovencita.

— ¡Oh, joder, qué bien follas! —escuché la voz femenina, casi sin aliento—. Siento toda tu polla dentro, y me parte por la mitad…

«Joder, con Fernandito», pensé, frotándome el clítoris sin descanso, «no sólo está bueno, sino que folla como un campeón…»

Un gruñido masculino respondió a esa afirmación, y el golpeteo en la pared se hizo más poderoso, más rápido, entre nuevos gruñidos de brioso macho y gritos de hembra desbocada.

No pude soportarlo más, mis dedos mortificaban mi botón a un ritmo frenético, y esa banda sonora me convertía en secreta invitada al tremendo polvazo que sucedía del otro lado del fino muro, así que sentí la explosión en mi sexo, el bullente calor que se desataba en él, el estallido de aguas termales, la vibración de mi perla, las contracciones de mi vagina, y un poderoso temblor que sacudió todo mi cuerpo.

— Joder, joder, jodeeer… —escuché del otro lado mientras mi orgasmo terminaba de consumirme—, ¡qué buenoooohhh!

Aquella rubia había alcanzado el clímax, justo, después de mí. Y cuando su aliento se apagaba, dos últimos martilleos en la pared, que me parecieron que retumbaban en todo el edificio, anunciaron, junto a un rugido masculino, que mi vecinito también se había corrido.

El silencio volvió a reinar en la noche.

Sudorosa y con las bragas empapadas, tuve que cambiarme el camisón y la ropa interior. Había disfrutado de un intenso orgasmo, aunque estaba segura que no tan intenso como los dos que había oído que Fernando le provocaba a su novia.

Alterada por la experiencia, salí a la terraza a fumarme un relajante cigarrillo mentolado, soplando el aromático humo blanco a través de mis, aún, sensibles labios, mientras una ligera brisa, todavía cálida a pesar de ser de madrugada, acariciaba mi rostro.

Contemplando la clara noche de luna casi llena, los campos sin cultivar, y la sierra en el horizonte, como privilegiadas vistas de nuestro piso en el norte de la capital, disfruté del cigarrillo tanto, o más, como aquellos que fumaba tras un buen polvo con mi marido.

En mi cabeza no dejaban de reproducirse, en bucle, las imágenes de Fernando y su chica a la puerta de su casa, junto con la sinfonía de gemidos, gritos, gruñidos y golpes que me habían descubierto al chaval de nuestros vecinos no solo como un apetitoso yogurín, sino como un auténtico experto follador. Jamás volvería a verle como antes.

De nuevo en la cama, sin sonidos que volvieran a alterar mis ánimos, solo una duda acudió a mí antes de quedarme dormida: ¿Tendría mi vecinito una polla tan grande como había insinuado la chica y me había parecido ver a mí?

Mi marido tenía una verga que yo consideraba en la media, y bastante satisfactoria, aunque muchas veces ausente, lo cual no podía evitar que me sintiera atraída por la idea de una polla más grande y joven… Las fantasías son libres, ¿no?

CONTINUARÁ…

 

 


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