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Fecha: 13-Sep-18 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

Cambios 11

KParra
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La bella Sandra no ha podido controlar las manipulaciones suyas y contra ella. Las vicisitudes la han atribulado en un momento álgido y complicado, pero muy venidero para sus consentidos acosadores; no ve escapatoria. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

CAMBIOS 11

Cayendo de absurdas abstracciones, la cruda realidad la sorprende, volviéndola con una bofetada a la realidad más obscura, atacando su desvaída plenitud emocional, con sus grotescas y atrevidas imágenes, todo en base a lo que ella ha vivido, ha de mencionarse una vez más.

Aun en aquellas fantasiosas nociones que desde niña pudo tener, no pretendió nunca aventurarse a imaginar más allá de lo que se considera normal, lo común y corriente, nunca le fue necesario. Agita rápidamente sus hermosas y vivaces pestañas, cierra los ojos y los vuelve a abrir  solo para provocar en su rostro el curioso semblante de asombro, aterrorizada tal vez porque, exagerando, nunca ha figurado cosa tan terrible, espantosa; Martin se ha abierto la cremallera del desgalichado pantalón y de ahí sobresale una bastante porción de su viril miembro. Y aun cuando no todo está afuera, es grande para los ojos de la frágil mujer; es larga, bastante gruesa, destacando negruzcas venas ramificadas que circundan la extensión, se le atribuye fácilmente firmeza, poder, se es estoico y admirable, se levanta con vigor y parece palpitar con orgullo, como rindiendo honores a la diosa a la que van dirigidos tales imponentes demostraciones.

Mas su aspecto desmerece gravemente; es de un color opaco y apagado, aunque tal vez sea su color natural pero a la mujer le cabe suponer también puede ser repugnante mugre acumulada debido a destacadísimas manchas obscuras. Pero como saberlo, su ofuscada mente le impide la real nitidez; si tan solo si Sandra pudiese tocarlo, pero evidentemente no lo desea, no ha llegado hasta ese punto de deplorable éxtasis, tan solo admira aberrante herramienta sexual, tan grande y gruesa, monstruosa, que recalca constantemente.

Se pregunta, dadas las pocas latitudes recorridas y una ingenua cortesía, si eso es posible en un ser humano, mucho más en uno que vive en un lugar tan lleno de carencias, como lo puede ser el campo; es tan solo su infinita ignorancia sexual. Y es que ha visto, por ende intimidad, la de su marido varias veces, en sus momentos íntimos y sexuales, se ha conformado con ese pene, es muy limpio, no muy grande, pero es tan solo justo para ella; no es propiamente exigente con eso de los tamaños, quizás porque era el único al que había contemplado de cerca y más allá de eso, no se casó nunca con Rodrigo por el tamaño de su miembro. Al ver la de Martín comprende que la fuerza y el tamaño viril de su amado hombre está por mucho muy lejos de competirle a tremendas dimensiones al de ese orgulloso albañil que sonríe burlón y triunfante, como burlándose del marido de esta 'desdichada' esposa, mientras absurdamente sostiene el falo. Sandra observa, cada vez que Martin se jala su larga verga, que de ahí se asoma tímidamente una pequeña boca que escupe o pretende decir algo, pero que es arropada por un largo prepucio, tal vez producto de una mala circuncisión, que envuelve gran pedazo de toda esa carne.

Ahora lo que le abruma bastante es aquello que el muy insulso ha mencionado ya varias veces, que se la iba a meter, eso a ella, a destrozar su intimidad. Tan solo imaginarse que semejante cosa pueda profanarla la asusta más que cualquier otra eventualidad, como por ejemplo, los  atrevidos magreos de Fidencio.

Puede recordar aquellas platicas con las amigas, en la preparatoria, sobretodo en la universidad, amigas de su estatus social, de la misma Melanie, donde las más desvergonzadas y en un carácter de privacidad femenina, describieron, a veces con exageración, con curiosa malicia y amplia vulgaridad, semejantes paquetes masculinos, de diferentes tipos y estilos de hombres, cuyos miembros eran dignos de ser rememorados por lo placenteros que pueden llegar a ser, cosa que Sandra nunca llego a atribuir importancia por considerarlo innecesario para conseguir placer, dado que sus conceptos del placer los había mantenido bien definidos. Sin embargo, ahora que ha contemplado  lo  realista que pueden llegar a ser, aquello que no era propio de la fantasía de algunas de esas exposiciones, sino más bien planteado en el ambiente vulgar, erótico y sobretodo exagerado que bien tuvo su educación a ignorar, ahora teme de cuánto podría salir lastimada, por lo que le es natural pensar así. Desconoce aún cuan virtuosa pueden ser sus flexibles e inexpertas cavidades, para poder adoptar y arropar con ternura, esfuerzo y dedicación, eso que ahora caminaba erguido, en las manos de su dueño, hacia sus húmedos ojitos tanto picaros pero aun soñadores.

Toda relación y necesaria concentración es merecida para lo que sus lindos ojos avellanas han querido contemplar. Ahora cree saber con claridad formada en segundos, a lo que ha de abstenerse a partir de este momento, aunque no tiene idea de cuánto, ni como, principalmente, habrá de ejecutarse, del papel que tomará parte activa, emisora y receptora; un mar de inseguridades y dilemas la abrazan, más la sola idea de tener que interactuar con tremenda y horripilante tranca le ha puesto latir su corazón activamente, sus brazos y piernas comienzan a ponerse rígidos, su mente ni siquiera imagina las posibilidades, pero sabe que en ninguna quisiera ser la protagonista.

-¡Orita cabrón! –replico como energúmeno Fidencio, a los reclamos de su otrora, el afanado con sus tareas de caricias invasivas. –Perate, que también te va tocar, namas déjame metérsela primero yo. Ya después te toca. ¡Como quedamos pues!

Ella volteó casi de inmediato hacia el emisor de esa estentórea y agria voz, tan solo como acto nuevamente reflejo, además de que prácticamente aquel grito muy cerca de su cara, aun sin detenerse a analizar en lo que Fidencio muy concreta y ansiosamente había dictado, este como un factible y muy probable suceso,  pues claramente el viejo hablaba muy enserio, dando a entender que si el haría por ella, muy obviamente Martin tomaría parte activa de su rol y curiosamente le inquietaba más este protagonista. Ni siquiera le llegaba su gusto por experimentar, siendo que ella era demasiado curiosa, adepta a nuevas pero ligeras emociones, claro, sin nivel de riesgo. Por instinto, en cambio, le acudía la precaución triste e inevitable. No dimensionaba lo que significaba tener que departir ahora mismo por los dos, estaba más absorta en Martin, de su monstruoso y preocupante miembro.

Entonces sus lindos ojos volvían hacia Martin, este ya con un paso más cerca que antes. Ella aún conservaba su estado atónito y de parálisis emocional por la adusta impresión de lo que con prendimiento inconsciente (no necesariamente del todo) estaba viendo. Esa verga parecía inexplicable para su labrada lógica, permitiéndose exagerar, era como la de un animal o una bestia, como la de un singular asno. Seguía recalando en lo descomunal de aquel miembro fertilizador masculino. Tal vez las luces artificiales no ayudaban mucho, también su descompuesto sentido analítico; aquello con su larga longitud, el inmenso grueso de su talle, el desapacible matiz oscuro y su complejo estado de absoluta se erección (según su perspectiva) y en la punta se podía apreciar una cabeza grande cubierta por el prepucio por donde veía una especie de líquido, como si estuviese orinando, la tenían de cabeza. Esos instantes le facturaban una estancia en la eternidad, mientras pensaba como era dable que ese pueril personaje conseguía tener un instrumento de colosal envergadura. En este lapso de crisis analítica, bastaría una palabra que sentenciara o una acción brusca para desubicarla o, en su defecto, situarla en verdadero trance y con esto manipularla para que ella hiciera todo lo que estaba bien por determinado posible conllevado por innumerable cantidad de deseos.

Martin, ajeno al dilema palidecente de Sandra o a un futuro suplicio que la misma tendrá a bien de clamar y el a disfrutar la desdicha, se acercaba lentamente o al menos esa era la asquerosa impresión, con esa cosa espantosa, densa, inalterable, que estaba lista para violentarla, de por sí ya lo hacía, a ella le bastaba imaginar el tormento de lo que podría padecer. Para el todo era un simple divertimento, antes de pensar en sentimientos dados por sentados por Sandra por ejemplo, su apasionado oficio partía a contestarse como austero, indulgente, que calladamente ataca, sin miramientos, si es necesario vejar bien lo hará. Con Fidencio ha aprendido, o resignado, a dejar de lado su indolencia y a habilitar su cautela, que muy pronto ha producido resultados tan tangibles como los años que se expresan ferozmente en su gastadísima piel.

-No sea gacho compadre… Ande, orita se la paso.

-Oh pues… ¡Orita cabrón! –exclama Fidencio con fiereza, levantando el sudado rostro dirigiéndose a su impertinente compañero e imponiendo sus condiciones tan solo con ese rudo gesto. –Ya le dije, espérese. Así como quedamos.

-Ora pinche ‘Dencho’, no sea gandalla –expreso con aire bobalicón. -Yo también quiero agasajarme. Acuérdese que yo puse…

-¡Que sí! -interrumpió ipso facto. -Si cabron. Pero no estés chingando, ahorita te va tocar. Que nos interrumpes a mí y acá a la mamasota, ¿verda mi vida? -replico dirigiendo un hedor bucal bastante hediondo, resulta mezcla de adusta edad y barato licor.

Fidencio ha vuelto a las osadas acciones, de las que está siendo estimulado de forma involuntaria por la que ya considera su mujer, su hembra. Sandra apenas reconvino cuando el hombre que soportaba encima suyo grito a Martin, asustándola ciertamente un poco. No exclamaba exponiendo sus quejas, que a través de su hermosa voz apenas serian quejidos breves, pero que bien le darían un grandioso complemento al pernicioso acto. Son solo leves murmullos, gestos ligeramente audibles, suspiros que rozan la constitución que bien tendrían un hermoso gemido, propios de una mujer excitada, captados ya por un muy oportunista Fidencio, que aúpa sus conveniencias, sus presentes y futuras acciones y que se ha prometido perpetuar y no defraudar a la multideseada mujer que tiene bajo suyo, bajo su poder.

-Mi vida, que rica sabes –murmuraba cerca de la mujer procurando que ella escuchara y, sobretodo, entendiera sus absolutos deseos, su apasionado sentir. -No sabes cuánto la soñé así conmigo… Hueles pero bien rico ahhh… y vas a ser mía mamasita… miaaaaa…

El augura que esta será la primera de muchas veces, besándola, acaparar de todo tipo de caricias su escultural cuerpo, haciéndola eternamente suya, beber de la deliciosa leche que muy seguramente producen esos pechos tan tersos, cogérsela día a día, hacerle entender que esa verga, que se apachurra en el vientre de su fémina, será suya, que siempre ha sido suya y que este es el preámbulo de tanto que podrán vivir. Desde antes ha visualizado el momento, la quiere para él solo, la quiere como su mujer e incluso ha pensado en hacerla la madre de sus futuros hijos, de muchos hijos, tantos como le sean posible, depositarle su semilla tantas veces sea necesario, atiborrarla de su sucia y única esencia, dejar esa marca registrada, hacer que todos le envidien, que aquellos que le han mirado con fastidiosos desdén, con desprecio sufrible, se mueran de violenta amargura al ver como esa mujer yace a su lado y que sin ningún remordimiento acepta y se anuncia como la mujer de Fidencio Pereda. Mas al estar tan atiborrado de inciertas emociones, pensamientos lujuriosos, tan tempranos como oníricos, no sabe dónde atacar, es como fracasar después del ensayo (aunque haya sido solo mental) y que solo se trata de fuerza, espíritu y mucho corazón lo que llevara a concluir su plan. No necesita más que llevarla a los límites de su propio cuerpo, pero claro, todo lo anterior y muy recomendado análisis de riesgo es un centavo demasiado conceptual para un hombre de su categoría cultural.

Mientras el emocionado Fidencio yace perdido en una vida tan lejana, la concentración de la casada no era precisamente en él. Por orden de prioridades suyas, entendidas así dado que nunca había descubierto ni previsto antiestética imagen, tan inquietantemente compleja, aun pretende visualizar aquello que le ha impactado. Dado que sabe que no tiene una pronta salida. En algún momento ha pensado en lo conveniente que seria que estos dos llegaran pelearse, no solo con bravuconas palabras, si no a ‘puño limpio’, así entonces aprovecharía ese instante para escapar. Pero, antes de pensar en como provocarlo, creía en lo fatal en que todo se pudiera llegar a convertir, algo que lamentaría provocar.

Los bruscos movimientos con que de repente arremete Fidencio la llevan a hallarse perdida, mantiene la boca abierta y los ojos a la par, ni siquiera capta cuando Fidencio le ha querido desnudar uno de sus pechos y lo está por chupetarselos. El por supuesto que no pierde el tiempo en ‘caballerosas’ consideraciones, no ahora.

Sandra de pronto ha sentido que unos de sus pezones es tentado por la dureza de unos dientes, y entonces a exclamando una vibrante pujanza placentera; evidentemente las sensaciones corporales viven apartadas a sus desconcentrados pensamientos, y han acudido a la cita inevitable. Aún así, se trata de mantener fuerte, con cierto nivel de decencia, un poco de lo que ha perdido esta noche, por eso no ha virado o movido su posición, pero si saborea esa chispa de delectación, muy aparte de lo que ha decidido ver, por alguna razón desconocida, pero que acompaña adecuadamente para beneficio de sus ladinos prójimos. Martin se le va acercando con esa estoicidad carnal, directamente hacia su cara: ella no escucha más, por ahora su vista es el único sentido activo y atento, como el único que ha de apagarse antes de desfallecer.

-Mamasita. Hmmm… stas riquísima. Sssss… Te voy a coger bien rico, hmmm… vas a ver ricura –expresaba Fidencio completamente perdido en sus desequilibrados magreos, aprendiendo poco a poco, cada espacio, cada centímetro de preciosa piel clara y perfumada. -Te va gustar. Yo te voy a gozar mi vida. Vas a ver, hmmm…

El pervertido hombre ha repetido sus sucias intenciones, que las agrupa bien con esos manoseos grabables, rumiantes, caricias agresivas y que someten severamente. Sandra calla, pareciéndole no importarle el irrevocable destino de su ‘virginal’ cuerpo, decreto incierto, que predestinado, no es del todo sentenciante. Ella es propiamente fuerte, en otro sentido, claro, sabe defenderse, es atlética y esta proporcionalmente  mejor  constituida  que  el  par  que  la  tienen cazada, mas eso es irrelevante cuando no conoce la justa astucia para poder vencer a un par de hombres salvajes, rudos y necios, nunca han sido dispuestos contra una mujer y su machismo cuenta mucho en ese sentido, que hasta cierto límite y por largo tiempo la han respetado, pero que indudablemente harán todo por poseerla, acrecentándose ahora que ella misma les ha indicado el camino.

Con razón propia mueve su cuerpo, agitándose, en un momento de efímera claridad, como si pidiera ser desatada, liberada de su martirio, que lejos de eso, promete ser aun peor.

Para Fidencio es muy natural que ella se niegue, aunque de ningún modo aceptable para sus conveniencias y menos en tan avanzados progresos. Claro, comprende que para una mujer de esas condiciones, superiores a él, a todos ellos sus compañeros, en sentido estrictamente estético, que evidentemente  puede  resultar  condicionante para la búsqueda de esos confines placenteros.  Es por eso que Fidencio sabe muy bien lo que tiene que hacer y ha hecho desde prácticamente el comienzo de la relación con tan sublime dama. Teniendo al alcance la botella de plástico, que prácticamente recuerda donde la ha dejado, como buen sustituto primordial, le hace beber un poco más de ese curioso, efectivo y muy confiable jarabe que ayudara de manera muy importante, como ya lo ha hecho desde antes, a desbaratar los sentidos, necesariamente la cordura a esa mujer y lograr que ella se deshaga de esas reticencias.

-Tómele, tómele. A ver, abra esa boquita. –Fidencio lleva ese envase a los labios de la mujer que acepta la maniobra.

Ella dimite un instante, pero le han puesto el envase directamente a la boca. Bebe sin detenerse a pensar, sin oponerse, ni siquiera aprecia el sabor de ese líquido, parecido a un buen gin-tonic, que resbala cálido y suavemente por su garganta.

-Eeeso es… eeehhh, ta rico, ¿verda? –el viejo exhala como si el mismo bebiera de la botella, más quizás se satisface al ver como la mujer consume esa maliciosa bebida. –Tómele más, a ver mamacita.

Toda resonancia sexual, la satura de maliciosas caricias que le brinda Fidencio, las palabras obscenas e incomprensibles de enaltecimiento banal que ambos confieren hacia ella, el agradecimiento propio y ajeno de Fidencio, las suplicas déspotas de Martin, las luces que de repente se vuelven destellantes, verdaderamente luminosas, que caen por todas partes como destellos como si fueran acusadores e intentaran defender superfluos el honor del recinto nupcial. La música parece tan lejana y cercana en vaivenes incorregibles, aún se reproduce ya muy lejana de cualquier apreciación simbólica,  su atención hacia la puerta o hacia el teléfono, son omitidas todas y cada una por la observación absoluta al manoseo que Martin se viene haciendo así mismo, sobre aquella su erección.

El otro tipo parece orgulloso de su enormidad, se ha detenido a poco menos de un metro de la pareja. Sus regordetas y gruesas manos apenas le dan rodeo a esa verga, meneándosela de arriba hacia abajo, de un lado a otro, sin desengullir lo que bien podría hacer. Ve sonreír maliciosamente al viejo amigo de Fidencio, aunque de repente ve como trueca su grotesca expresión a una de ansias, tal  vez  de  entendible  coraje  por  no  ser aun participe del asunto que mañosamente Fidencio lleva poco rato beneficiándose. Agradece que sea así, es decir, dentro de lo benévolo de una situación como esta, no sería necesario crear más agravantes y si se sopesa que es mejor, pues bien atendería la elección obvia.

Bien estaba segura de sus selectos gustos, de degustar de las tenues o brillantes estéticas, en este caso de las varoniles, aquellas que ella podría concluir que le resultaría un deleite contemplarlas, percibirlas, adquirirlas factiblemente. Insistiendo, no era propiamente exigente con el tema de establecer bastos ni mínimos criterios para escoger un hombre a partir de su cultura física, no entraba en el rango de sus prioridades. Es decir, nunca tuvo la necesidad de establecer bases, dado que Rodrigo, a quien ahora, le merece toda su total adulación (omitiendo el evento presente), le conquisto de otra manera más sutil e instantáneamente supo que ella seria para él y viceversa. No hubo tanteos apreciativos, claro existe esa conexión de atracción que desarrollan todos los individuos al conocerse, mas eso no era lo esencial, lo de ellos fue algo más cursi y especialmente intelectual, algo que ella adoraba tanto y, deteniéndose a pensar, curiosamente se había perdido con el tiempo.

Pero si lo hubiese hecho, si en algún momento de su vida, un día cualquiera en un lugar común, un hombre no tan agraciado, físicamente hablando, alguien carente de esbeltez, galantería o aquello denominado sex-apeal, ese hombre denominado feo por la sociedad la hubiese pretendido, pero claro, como retribuyente adición, siendo un ser con virtudes que enaltecen la gracia con las que un cualquier se presenta, se desenvuelve, cuestiones de criterios, buenos gustos, incluso recurriendo a esa infalible labia o a esa causa lastimera que construye la dependencia, si ese alguien seguro de sí mismo, sin dejar de ser sencillo, se hubiera hecho de cualquier cualidad mencionada o derivada, la hubiese cortejado el apropiado tiempo y con serias aspiraciones, indudablemente, se podría decretar Sandra habría dejado de lado alguna cuestión física, de estética depurada, ignorando tallas, colores de piel, razas, capacidades físicas e incluso, yendo en contra de su álgida social, admitiría la diferencia de clases. Y así un insulso sujeto, la habría conseguido por un rato o para siempre. Cuanta belleza se esconde en las asimetrías naturales, y cuantos, por pereza, miedo o resignación, dejan, han dejado, y dejaran de buscar.

Mas nadie (pero habrá de verse), dentro del tiempo disponible previo a conocer a su esposo, la puso a prueba, al menos no en el sentido estricto del romance o la multimencionada y vulgar pasión que dispone ahora por ejemplo, así que es muy fácil y práctico mencionar esa prolijidad, sustentada, claro está, en la sublime integridad de una mujer hecha y derecha. Sinnúmeros de ejemplos abundan en su vida en el que lo anterior mencionado respaldan su presteza al desvaído, su admiración a la sencillez productiva, su amor por las pequeñas cosas que se retribuyen así mismas y no necesitan la exageración ni los rimbombantes elogios o la conveniente mediatez. A pesar de vivir con ostentosidades, ha tenido a bien por interesarse en conocer esa zona paralela a su clase, tal vez por eso descubría bien podía comparar la valía de cada ser, de cada cosa, de cada suceso. Porque bien es comprensible que el que tiene descubre que ansía lo que el otro carece y este último anhelara todo el tiempo lo que posee el favorecido, por eso no se llega a la resoluta neutra tan necesaria.

Como cualquier persona, justa o injusta, apocado o bizarro, escéptico o perspicaz, simplemente buena o mala, como ella una multicitada mujer de niveles de prejuicios,  insuficientes  para  demandarla  por discriminante, nepotista u orgullosa, en fin, como cualquier ser humano, bien ha de investir un donaire capricho o afición, valga la redundancia, que subyace limpiamente por sus deliberadas bondades, en el caso de personas como Sandra, pero que se presentan o deberían hacerlo, en momentos críticos, en donde la fruición es totalmente dependiente de sus decisiones, que bien pueden ser justas o bien la llevaran al arrepentimiento, cosa que nunca le había sucedido a esta esplendorosa dama. Y bien, su razón ingenua soportada por la ignorancia libídine, conoce aquello que la llevara al momento concupiscente y Martin, en este insólito caso, esta  en demasía lejos de inspirar, conducir, transportarla a los trascendentales umbrales lúbricos, a menos en esa cuestión superficial, aquella que desmerita cuando se ve algo que decepciona, relega o en este caso, disgusta por sus reverendas facciones.  

Mencionar todo esto, en derivada alusión a Martin, no atribuye a Fidencio ningún mérito, como participe actual de las actividades libidinosas en esta casa, el solo ha sido ciertamente oportunista y Sandra no tuvo a bien de valorar cualidades, a escoger básicamente. Además, s claro que él tiene absoluto control de sus propias reacciones, así deja de lado cualquier simulación, cualquier arranque o, en su defecto, alguna persuasión lastimera o desconfiable.

Aquel inquisitivo licor está empezando a hacer efectivo efecto en ella de nueva cuenta, eso la asusta y vuelve a nublarla, atosigarla de puntos reaccionantes a cualquier contacto y si todo se desarrolla de manera orgánica, tal como se ha desarrollado desde que su cuerpo ingirió por primera vez esa bebida, terminara por aceptar con gusto cada caricia, cada ademan incluso, por qué no, cada insulsa y conveniente orden.

Lamenta ser una mujer tan débil, se culpa a si misma por eso, pero es porque desconoce que aquel liquido realmente es infalible, resulta entonces muy viciado creer en que ella misma aporta para que aquello tenga éxito. Claro, infringe en el hecho de ser el único objetivo de los turbados planes, pero eso no constituye del todo al real efecto sodomizante, por así decirlo. Lo que hace es debilitarse, hacer caso omiso a su cordura, que aunque turbada, tendrá que estar presente y pensado así, se vuelve una víctima mucho más asequible.

-Chiquita, hmmm… que buenota mmm… tan ricas tus… aaahhh… que rico, ya estas mojadita mamasita…

Y en efecto, Fidencio podía apreciar el área húmeda que con sus dedos volvía a hurgar, cuanto disfrutaba tocar esa dulce expresión de máxima suavidad y el grandioso efecto que se presumía haber conseguido.

-Te gusta mi vida, eh… verda que se siente rico…

La mujer parece inquieta, se retuerce evadiendo los incipientes espasmos que acarrean los tientes de los dedos regordetes. Ha logrado evitar algunas de las sucias caricias, pero no rectifica su posición para lograr una mejor indisposición.

-Don Fidencio –finalmente ha musitado con voz quejumbrosa pero tan sexy que cualquiera de esas erecciones ahí presentes se fortalecen. –Yo…

-Si mi vida, dime. Te gusta verda. Anda, dime que quieres más, hmmm… no tengas miedo mi vida.

Ha de desconcentrar sus objetivas prioridades. Ni siquiera tiene la fortaleza para decir algo imperioso o calificativo para que esto se detenga de una vez por todas, sus sensaciones se han puesto en pie y poco a poco sin mucho afán, toman terreno en su despampanante cuerpo que moja sus ganas en reticencias y suspiros ahogados. He ahí el desbalance que provoca su sumisión, al final de cuentas es el cuerpo al que utilizaran, se servirán de él y vaciarían ahí el de sus satisfacciones.

-Yo… -Ha callado, tragando saliva que baja por su garganta, movimiento muy bien percibido por Fidencio que ha rozado con sus curtidos labios esa zona erógena muy delatante. –Por favor…

-Ya deme chance compadre, que ya me anda. Uste nomas se la anda saboreando y yo pa cuando –insiste Martín, que aun que tiene bien claro que el mando es de Fidencio, puede turbarse su mente y no soportaría más, entonces atacaría con tal de salirse con la suya.

Y como hace rato, la atención de la bellísima mujer ha sido distraída, para centrase en dirección  al  grotesco  Martin.

-Como chingas hijo de la chingada –replico Fidencio en un tono que era sarcástico al mostrar una sonrisa y también apabullante porque de verdad apreciaba cada milésima de segundo, incluso porque creyó que la misma Sandra estaba a punto de delatarse ante él, de admitir lo que el tanto ansiaba escuchar. -Ya te dije que orita.

Sandra deposito apenas un poco de su atención en Fidencio, esa voz zarrapastrosa digna de un buen fumador o que este escupiera al hablar torpemente con un acento carente de buena dicción, inminentemente robaba su miradita tierna, inocente, entregada a las expresiones abruptas de ese hombre en el que observaba que se generaba una curiosa expresión al hablar con esa fuerza, como enarcaba las cejas, las gruesa venas que sobresalían por sus sienes y la forma que se movía ese bigote entrecano que le producía cosquillas cuando acercaba su boca a su cuello, especialmente. Estaba despeinada, algunos de sus cabellos se pegaban en su frente y sienes a causa del sudor, sus ojos estaban dilatados y su respiración era cansada, constantemente exhalaba e inhalaba buscando conseguir un aire menos viciado que el presente, pero ¿de dónde?

En cuanto Fidencio reanudo sus magreos, Sandra giro hacia un lado la cabeza, había encontrado en principio una manera de evadir de lo mejor posible un ‘daño’ más extenso y también como esa postura rígida que esperaba fuera el mensaje que cabalmente desaprueba su manipulación, al menos de esta manera. Involuntariamente apretaba los labios, suspiraba constantemente, ha sentido un recorrido eléctrico tan fugaz como intenso. Ha cerrado los ojos para perpetuar la sensación, no es que fuera cabal lo que hacía, mas nada la detenía o se lo prohibía como tal. Al abrir sus ojos color de miel ha encontrado aún más cercana esa figura viril de Martin. ¿Ha crecido más? O tan solo este se ha acercado peligrosamente. Es aún más nítida como horrenda, palpita, es como si tuviera vida autónoma y quisiera despegarse del otrora horrenda figura de Martín y atacarla así sin más, hacerle daño por cuenta propia.

Las solicitudes de elucidación se han detenido, afortunadamente o desafortunadamente. Justo cuando empezaba a acostumbrarse a esa bizarra figura, como creando un mapa mental de la figura, de alguna de las grotescas venas que sobresalen, de las estimaciones técnicas, el largo, el ancho, volumen, área y demás caracteres, sin embargo ¿para qué necesita o quiere saber todo esto? ¿A qué trampa la llevaba su mente? ¿Porque jugaba de tan mala manera con ella? Queda bien descartar esas preguntas. Y es que repentinamente le ha visto guardársela, ha desaparecido de sus ojos, escondiéndose tras ese sucio pantalón y clausurando su salida subiendo ese cierre a la mitad; ese enorme tamaño de carne se ha desvanecido como ilusión óptica pero ella sabe que ha estado ahí, casi podría palparlo, si es que lo hubiese querido hacer pero como algo que causa terror es también el morbo el que invita a atreverse a estar ahí, a apreciarlo y querer saber, básicamente, de que se trata.

Pero ya no le han dado oportunidad, no lo comprende, solo así él se lo ha guardado. De pronto se da cuenta que ya no siente el pesado cuerpo que la tenía prensada, Fidencio se ha levantado de ella, ya no la besa, ni la acaricia ni la envuelve esa humedad de la saliva masculina.

Pronto sus sentidos se normalizan y procuran que ella escuche el claxon de un vehículo que ella bien reconoce, el que tanto había esperado… Rodrigo, su oportuno (o inoportuno) esposo ha regresado.

Se ha levantado de inmediato, luces destellantes se proyectan por fuera, quiere ir corriendo a recibirle, abrazarlo y besarlo, pero ha de detenerse porque se da cuenta que esta con la ropa interior revuelta, una parte de su sujetador ha sido desalojado de uno de sus pechos y está mostrando uno de sus lindo pezones, brillosos, ensalivados. Se lo ajusta rápidamente pero sabe que no es lo único que deberá componer. Los hombres siguen ahí, inhóspitos, malhumorados y con desconcertado temor, esperando principalmente una orden, una especie de orientación de la bella casada.

Ella toma los vasos, las botellas vacías y la del preparado aquel e incluso su ropa y se los da al par de hombres, como limpiando la principal evidencia de los actos impúdicos:

-Tomen, llévense esto porfa –murmuró Sandra con voz apremiante. –Váyanse por aquí atrás. Rápido, rápido por favor.

Se escucha el típico sonido de la puerta del automóvil cerrándose y pronto un pitido con el que asegura la apertura de cada una de las mismas. Tendría ventaja porque habría que pasar un corto y curioso rellano antes de llegar a esa zona.

-Por favor. Dense prisa –suplico Sandra viendo que los hombres perecían como estúpidos sin reacción, -ya… ya llego Rodrigo.

-Un, un besito por lo menos mi vida –reparo en decir astutamente Fidencio que se había quedado con enormes ganas y aun agitaba su pronunciar –Mira como me dejaste, mi vida.

-¡¿Qué?! -Sandra volteo a ver el bulto señalado pero no se fijó demasiado en por qué su prioridad era evidentemente otra.

-Un besito –Fidencio se le iba acercando y estaba a punto de tomarla de la cintura pero ella hizo bien en dar retirada y quedar fuera de alcance.

-Por favor, váyanse -emitió con voz baja la angustiada mujer y prácticamente empujándolos hacia el corredor que llevaba a la salida más próxima y oportuna, por donde podrían escapar sin ser avistados. Para evitar aspavientos pronuncio algo que creía podría calmarlos –Luego… luego se lo doy… eh… ya, ya váyanse.

-Uno nomas, rapidito –repitió Fidencio apartándose del brevísimo forcejeo que pretendía la mujer. –Uno y ya nos vamos.

-¡No! –habló avasalladora la mujer, arrepintiéndose por tal vez con tal desplante poder provocar alguna malvada reacción, dado que observo que Martin se veía alebrestado, de por si había tenido que soportar a la fuerza sus ganas, ya podría ella imaginar lo terrible y frustrado que estaba, con serias ganas de combatir, incluso y si le fuera posible, contra el esposo. –Discúlpenme, luego eh… pero es que… por favor váyanse. Luego… luego nos veremos. ¿Ok?

Lanzo una miradita de forzada esperanza, coquetería por naturalidad. No quería provocar altercados, básicamente entre ellos y su marido, no por estimar la derrota de Rodrigo, si no por el simple hecho de lo aún más perturbador que todo esto se podría convertir. El miedo era latente y su rostro era su escudo y arma infalible, ese rostro tan inocente, que alienta solo por el hecho de creerlo virginal, insta a mancillarlo, a ser el primero en conquistarlo, a apoderase de él, de reclamarlo como suyo y usarlo bajo los propios derechos e bastos antojos.

Así pues, esa última reacción reparada y reclamante era al mismo tiempo seductora y mansa, en un semblante femenino convulsivo y enrojecido provocado por prácticamente todo mundo, incorporado un particular chirrido de la puerta principal que ya anunciaba el arribo de alguien, ese alguien que tanto esperaba, pero que curiosamente complica el que se esté acercando. Hizo finalmente que el par de abrumados abandonara de manera atropellada y desapareciera de escena, con desesperantes pesados pasos aunque sigilosos para fortuna de la casada.

Sandra en cuanto los supo fuera del recinto hogareño, al menos de la habitación precisa, arrancó a subir con gran agilidad los escalones que la llevarían a su recamara, que a su paso se fijó en la mesa que se había removido para dar espacio al baile y las fichas de dominó derramadas que no pudo recoger, pero pensó que ya encontraría cualquier pretexto para justificar ese desorden. Lo primero sería ponerse algo de ropa, una bata precisamente, la otra no la encontraba, tal vez yacía debajo de algún asiento pero el tiempo no daba las suficientes prerrogativas como para ponérsela a buscar porque además sentía su cuerpo, propiamente sus pechos y cuello, pegajosos algo tiesos y con eso que creía tener impregnado los rancios y amargos aromas de esos infaustos hombres, muy contrario a su acostumbrado y reconfortante perfume, por lo que al llegar a su recamara trataría de ocultar esos aromas ajenos.

Se dio tiempo de cambiarse la manoseada ropa interior, básicamente se despojó de su lamido brassier, se puso otra panti, se impregno de su desodorante y cubrió el cuerpo con una amplia bata de baño. Escucho a su marido, en la planta baja, incluso voceó su nombre como llamándola, con voz que consulta y que incluso, por sus nervios obvios, creyó que el tono era de reclamó pues tal vez había visto el desorden, alguna señal, un aroma (el mismo que intentaba camuflar) o peor aún, aquellos estaban de vuelta para pedir batalla, cosa que descarto pues bien procuro ver por la ventana y había logrado verles marcharse desapareciendo en la penumbra que dibujaban las sombras de los árboles. Sabiendo esto, ella no respondió al llamado, por concentrarse en sus maniobras, tal vez ya venía hacia la recamara. Luego se arrepintió creyendo  que  debía  haberlo hecho, para hacerle atenuar todo ese ambiente de forma más sencilla.

Cuando bajó, después de terminar su apurado e improvisado arreglo, lo encontró en la cocina. Tenía una cara fatigada, no necesariamente molesta, era como un fastidio o tal vez el hambre, pues estaba buscando lo que serviría para comer.

-Sandy. Creí que ya estabas dormida. ¿Te desperté?

-No. No te preocupes. Llegaste –expreso ridículamente con conmoción cauta a causa de un determinado estupor. 

Ella sonrió nerviosa, un tanto errática lo ayudo a servir la comida, como propiamente debía y suele hacerlo (como lo había hecho con esos viejos), con desinteresada generosidad, aunque aún conservaba algunas reacciones nerviosas y de repente sentía un par de escalofríos cuando el acompañando sus maniobras rosó parte de su cuerpo.

-¿Estas bien Sandy? –Consultó Rodrigo, examinando la cara dilatada de su mujer, -Te veo un poco…

-Si estoy bien –interrumpió de inmediato –Siéntate, ahora ah… te sirvo.

-Te ves como agitada… estas…

-Sí, es solo que… hacia un poco de… ejercicio para pasar el tiempo, esperando que llegaras y… uff...

-¿A estas horas? Como que es muy tarde para…

Asintió nerviosa procurando su mentira en una voz que se apagaba hasta volverse un desconfiado susurro. –Es que no hallaba que hacer y tú sabes que me gusta, es mi manera de relajarme.

-Pues no te ves muy relajada que digamos, jeje –bromeo con ella. -¿Quiere un poco de agua?

No quiso abrazarle, aunque tuvo absolutas ganas porque quería encontrar en él un alivio y esa relajación tan mencionada, ahora algo le hacía pensar que no era apropiado, luego de ser acariciada por otros hombres y que eso sería terriblemente incorrecto para su propia integridad moral y al igual para la de su esposo. En cuanto termino de servirle, se excusó y dijo a su querido esposo que se daría un baño y regresaría para acompañarle, dejándolo a medias de la plática que el muy entretenido estaba a bien de contarle y todas esas peripecias sufridas, disculpándose por dejarla sola, incluso él quería ofrecerle un beso compasivo que ella tuvo a bien de ignorar por mera vergüenza y porque sentía su aliento amargo a causa de la cerveza, realmente necesitaba ese baño.

Tuvo a bien de componer la mesa removida, apagar la música que aún se reproducía abandonada, recoger las fichas de dominó y encontrar su bata, llevársela y ordenar un poco esa sala de estar en donde había bailado, mientras su marido parecía inmune a algún ruido que ella pudiera ocasionar, pues el pobre hombre parecía hambriento.

Tan pronto terminó de darse un relajante y francamente, hasta cierto punto, exfoliante baño, de vestirse más adecuada y sobretodo mucho más cómoda y de perfumarse apenas, víctima de sensaciones culposas que engañaba con encubrirlas bajo el característico olor floral glamuroso. Bajó al encuentro con su esposo que ya incluso había terminado de cenar: vaya que se había tardado en 'asearse', pensó para sí misma o al menos guardaba esa innecesaria impresión.

De inmediato buscó el abrazo del hombre que acomodaba los platos que recién lavaba, ya que había terminado.

-Sandy –hablo sin perder la concentración en su labor -¿Quieres un poco de café? Puse un poco de agua.

Ella, inmune, se arrimó por detrás de él aprisionándole de buena forma, así el no buscaría pistas de culpa en su rostro, aunque a estas alturas se sentía lejos de cualquier aversión. De repente evocaba situaciones que la acogieron pues en el fondo veía la similitud de los apretones que le habían acomedido esos albañiles hace bastos minutos. Sentía el tacto suave de la tela de la camisa mientras reposaba su mejilla en la espalda de su esposo, luego una, dos, tres… varias lágrimas insolentes caían y mojaban inadvertidas la camisa del hombre.

Rodrigo volteó su posición abandonando su tarea de acomodar los trastos. Se sintió culpable, entendía que ese  leve  sollozo  era culpa total de él, ya que nunca la había abandonado de tal manera y con inútil anticipación se juró, le juro a su mujer que jamás lo volvería hacer.

-Lo siento cariño. Te juro que intente por todos los medios llegar lo antes posible pero… lo siento de verdad -expresó el marido con abrazo que abría el confort, la blanda caricia y el amor aprensivo.

Lo que ignoraba es que tal vez el abona otro tipo de abandono y lo seguirá haciendo, porque siempre ignorará las secretas pasiones, los falsos decretos sumarios que toda mujer esconde, que rehúyen a causa del recato y de las buenas costumbres, que como toda cultura conservadora jamás admitirá sea posible y debida. Nada complace más lo que se cree seguro. Seguirá confiando en los múltiples y vividos años de alta calidad moral, de propensos hábitos, comunes incluso, de enérgica amabilidad y sobretodo amor fiel que le ha ofrecido a su afortunada y monótona vida, esa su hermosa mujer.

Varios minutos después, en la cómoda habitación, Sandra encontraba el panorama acogedor que solo ella valoraría con gran recelo. Ver llegar a su esposo listo para acostarse junto a ella, le reconfortaba el alma culpable, el corazón inquieto, su ardiente cuerpo vulnerable. Lo atrapó con un ansiado abrazo y busco los besos que ella procuraba furtivos e incendiarios. Rodrigo pretendió apartarla dado su cansancio, pero finalmente correspondió a las ansiosas caricias que le propinaba su dulce mujer, era difícil negarse a esa mirada candorosa. Mas era un hombre adepto a las sobrias emociones y racionaba las vivas reacciones, se comportaba serio, no necesariamente frio (aunque en estas condiciones ha de interpretarse lo necesario) y sobretodo, como era de esperarse, completamente cansado por todo un día varado en carretera, lejos del juro matrimonial que le correspondía.

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La casada sucumbía en un marasmo prematuro, luego de haber transcurrido en su arrebatado cuerpo, los efectos cruciales que consintieron la permuta de su natural cabalidad a una desaforada permisión de deseos que transportan al goce intrínseco. Inminentemente, todo lo que empieza tiene que acabar, así un incendio intenso y arrasador en un vasto bosque o en una gran fábrica, así sucederá con una pequeña llama en un insignificante cerillo, como la que su mordaz cuerpo había recién consumido. Ahora estando rodeada por el calor de los brazos de su cansado esposo, que irónicamente ahora le resulta agobiante dado que ratos anteriores era lo que tanto lo deseaba, departía azuzando a su buen juicio y desestimando  la influencia que el par de hombres ya tenían sobre ella. Lo curioso es que ya no le era tan dramático razonar. Había algo en todo en todo ello, no se lo explicaba con real franqueza, tal vez por lo mismo de apurar a los razonamientos, pues al final admitió que en algún lánguido punto se logró divertir, eso sí, disfrutó jugar con ellos pasar ese rato, también jugar consigo misma, bailar expresarse, sentir, como de forma obligada y por subsistencia, por ejemplo, introducirse por un túnel de desagüe sucio, porque es su naturaleza, que te impregna de las suciedades mundanas pero que a su paso se encuentran tesoros que se optara por dejarlos ahí y continuar amargamente o tomarlos aun cuando estén sucios, ya se tendrá tiempo para depurarlos, arreglarlos limpiarlos, eso es lo que precisamente sucedía con ella, tendría que aceptar que permitió inmiscuirse en una serie de vicisitudes, que no debía claro pero también le evitaba atormentarse con lamentaciones.

Además lo que da pie a las precoces indulgencias es su propia insatisfacción.  El sexo que recién había disfrutado con el marido no colmó de paciencia a las inquietudes que entablaban conexiones críticas a su psique, a su fisiología imberbe y, como empezaba a descubrirlo, muy reaccionante a sutiles proporciones. Cuando beso a su marido, le gusto sentir el palpitar de su cuerpo, pero era apenas intenso, nada comparado con la pasión que reflejaban los otros hombres. Ella de algún modo hubiese deseado que se asemejaran en ímpetu o, aún mejor, que la experiencia fuera más elevada, dado que a Rodrigo le ama como a nadie y que mejor que experimentar el sexo más precioso son el.

Durante esa breve penetración, que no fue bravía ni mucho menos, en el fulgor propiciado por ella misma, cerraba sus ojos tratando de concentrase en su habitación, en las caricias que ella daba, en su marido, mas su disparatada mente, y como tendría que suceder, se dio el irrespetuosos lujo de recordar aquel miembro, enorme, grueso, largo, que Martin le había mostrado grotescamente y obviamente se dio a figurarse, tímidamente aunque sensible por naturaleza obvia, lo que sentiría ser atravesada por un miembro como ese, estrictamente imaginar que su marido pudiese tener dimensiones parecidas, ¿qué experiencia aguardaría una adición así? ¿Sería terrible, grandioso o como describirlo? ¿Tendrían razón sus amigas que entre más grande mejor? Que absurdo le pareció pensar así instantes después de que Rodrigo terminara corriéndose satisfecho y muy agotado. Se sentía no infeliz, porque bien estaba bajo el amparo de Rodrigo, pero el hecho era que permanecía en ella una inquietud, como cuando se cree tenerlo todo y de repente se ha presentado un suceso que demuestra absolutamente lo contrario.

Ya no le preocupaba la seguridad de su integridad física, no así la emocional, los que la habían atentado ya estaban lejos de su casa, al menos eso quería pensar, porque quiso asomarse a la ventana y saber si aún rondarían por ahí los rudimentarios sujetos, cosa estúpida que descartó porque si estuvieran, ¿qué haría? ¿Salir a buscarles, correrlos de una vez o terminar lo pendiente? que estúpida, se dijo censurándose a sí misma. A su lado, su esposo dormía plácidamente emitiendo ligeros ronquidos  más  estos  no  eran  los  que  le  quitaban  el  sueño. Lo compadecía, con justa razón, por saberlo cansado luego de un día sufrido en condiciones abruptas, mas también por estar a punto de exponerlo a los confines de la infidelidad irremediable que aún no se atrevía a reconocer como estricto concepto. Más la esencia del peligro, esa que nunca había sentido y que desató partículas insalvables de adrenalina, se rememoraban por aquel sentimiento de valor, atrevimiento y también por un orgasmo que no logro escapar  a  tiempo  y  permanecía  en  su  sexo.

Entonces, ¿le había gustado ser apresada y casi de modo sutil controlada? dado que era la interpretación más cercana a la situación vivida. Ella descartaba este hecho ya que como ella había propiciado prácticamente todo el evento (al menos el ultimo), por tanto entendía que todo había resultado a su favor, salvo porque fue nula sus precauciones, así como también sus recursos, reconocía sabiamente, aunque vacilaba para futuras acciones. Mas cuanto asombrada se reconocía al querer justificar todo ese terrible peligro, censurable y muy destructivo.

Nada alienta tanto a un criminal como un primer crimen que resulta impune, en este caso no hay un crimen como tal pero hay algo que se asemeja porque indica un cometido fuera de las correctas costumbres. Y es necesario mencionar que la referencia es en cuanto a Sandra, los otros hace tanto que son 'criminales', ya hace tiempo que fueron alentados y el reciente evento era tan solo uno más consecutivo. Y no es que Sandra se encaminara por el camino de la maldad, al menos no de manera organizada o indolente, pero podría caber la analogía en forma proporcional respecto a la incuestionable pulcritud como ha manejado su vida antes de llegar a este afortunado pueblo.

Ahora ha recalado en interpretar o conocer las diferentes  posibilidades que acometen un evento que se considera, sin lugar a dudas, caminar por las sendas de lo impuro, todavía corregible, aunque por eso se ha mencionado esa famosa analogía. Sandra ha empezado a comprender el valor del placer insano, a acariciar esa estúpida y censurable idea, ese fruición que potencializa los sentidos fácilmente, que nunca ha sentido y que nadie la instruyo cómo reaccionar ante esas delicias fáciles pero destructivas a largo plazo. No lo sabe, pero por eso precisamente, aunque no lo admita abiertamente, lo desea conocer.

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Sandra aun no comprendería sus propios límites, mucho menos los ajenos, hasta que no dejara que los prejuicios e interpretaciones sabias tomaran las riendas serias, las correctas, porque a veces el sentido  común, que aunque camina siempre a la par del individuo,  ha  sido  doblegado  por  los ápices de solidaria participación en regocijos, atentos cuidados, procuraciones, otros han hecho por ella lo que tal vez tenía que aprender por ella misma, pero quien iba a pensar en que se, casaría con un romántico como Rodrigo, romanticismo que abrazo su apego a ese querido pueblo de su infancia , vinculado con caracteres que amarraron los recuerdos más nostálgico, un confín de sentimientos que expreso a su esposa y la cual simpatizo y termino por recalar en este lugar.

Quien pensaría en que ella tendría que discernir entre el bien y el mal, si siempre la habían instruido con principios de igualdad, tolerancia e indulgente comprensión, aunado a eso, nunca tuvo la oportunidad de preocuparse por un serio  evento  en que pusieran en duda estos sublimes valores. Ostentaba una naturaleza para enaltecer las grandezas benéficas de la vida, de reiterarlas o, si le fuera posible, fortalecerlas, pero no podía concebirse juez, mucho menos verdugo, para reprobar absoluta, para condenar materialmente o instruir castigos hacia los culpables.

Lo que es sensato para muchos, para ella era solo caminar y andar, que como la miraran o la desearan, le era indiferente a fuerza de bondad y querer imponer sus idealidades, a pesar de las informaciones de sus amigas, por ejemplo. Entonces, ¿porque habría de juzgar, si su integridad nunca había sido atentada y todo mundo la optaba bondadosa, inteligente y capaz? ¿Cuántos de los y las que la conocieron la habrán deseado? ¿Se habrán desahogado en un onanismo al pensar en aquella chiquilla de ojos cafés, que cada día se convertía en mujer? ¿Cuantos tuvieron que ahogar sus deseos y comportarse de acuerdo al contexto social que a Sandra envolvía con seguridad y benevolencia?

Su camino tomo un paralelo pedregoso en el que pretendía aprender a sobrellevarlo con incertidumbre, indecisión, cosas tan fáciles pero contraproducentes, donde las los placeres injustos son acusados solo por los  infortunados y he ahí la contradicción. Solo ella siendo de carácter sano, virtuoso, y al haber sido instruida en mares mansos, tenía derecho a juzgar, pero ella misma desconocía su naturaleza, y entonces el sistema ideal perdía su balance, pues los afortunados serian siempre afortunados, y los infortunados no les quedaban de otra que juzgar, injustamente, y quejarse amargamente de su causal destino.

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Han pasado los días. Luego de aquel sábado Sandra bien tuvo a recibir una ligera reprimenda de su esposo, inminentemente esto sucedió  debido a que en aquel día Lulú no se quedó con ella cuando fue la principal recomendación culminada a ser necesaria dadas la condiciones que Rodrigo recalco. Sandra tuvo que aceptar su error, porque admitía (no mencionándoselo a Rodrigo) que no realizó lo suficiente respecto a esa encomienda que buscaba su seguridad y había confiado inocentemente en la buena voluntad de los albañiles. Así únicamente  le prometió a Rodrigo que no volvería a pasar, quedando el asunto solamente ahí, como era de esperarse, pues no pelearían por algo tan absurdo. La mujer por su parte, el día lunes en el que Lulú llego a casa, averiguó la inviable verdad, de que Lulú nunca recibió mensaje alguno, ella sospechó desde el principio esa situación por lo que tampoco fue directa al preguntarle a Lulú, fue a partir de unas indagaciones en las que logro comprobarlo.

Sonrió para sí misma mas no aguardaba coraje, era como una ironía, una situación curiosa y hasta denomino infantil, respectando hasta que limites habían comprometido la situación ese par de hombres, hasta se sorprendió a si misma por preguntarse por qué Gilberto no había participado con ellos. Comprendió los lineamientos por donde se conducía el relacionarse a partir de ahora con esos hombres y dado que era lo inminente, mantener contacto con ellos, tendría que ser más precavida, más inteligente y manipular sus asuntos con mejores recursos.

El lunes casi logran encontrarse, ellos venían saliendo y ella salía hacia el estudio, fue cuestión de segundos por los que decidió evadirles, no era momento de verles, no iba a reclamarles, no tenía sentido porque entonces se delataría y todo dejaría de ser circunstancial. Aun tenía mucho en que pensar, o al menos eso pretendía. Después si no los ha topado, a esos sus curiosos empleados, es por meros y oportunísimos asuntos que ha tratado ya sean en la casa o por su trabajo. De alguna manera y hasta estas alturas, aun con terribles remordimientos, contiene ciertas ansias que más que verlos es una necesidad de interactuar con ellos, solo para saciar una curiosa sensación, nada en particular, es solo ver a sus fatídicos verdugos, saber que existen, que ella sigue existiendo para ellos, en un sentido estricto, tal vez de vanidad, porque vaya que ha aprendido a envanecerse, aun no tan patente como para mostrarse denigrante y altanera, es solo que ese sentimiento, malvado sentimiento, lo guarda para ella, para su intimidad, para quienes la han pretendido conocer de esa manera.

Obviamente la distancia temporal contribuye en el aumento de las ansias, en la inclinada veneración, en el análisis de la indulgencia y lo que muchos denominarían como dependencia. Aun con todo ello, no busca de ningún modo propiciar el encuentro, está muy claro en ella que si lo hace se mostrara tan accesible como todo y necesita primero tener en claro que es lo que quiere y que necesita para continuar.

Varias veces ha tenido que negar, a fuerza de sensatez, que todo eso está fuera, mucho muy fuera de lugar. Pero realmente, termina aceptando, que tal y como se ha comportado paralelamente a las condiciones en las que la han inmiscuido, se ha divertido entreteniendo su cuerpo, su mente, esa alma sexual a la que se le ha sido privada de estas condiciones y mucho mejor aún, ha sido feliz provocando la felicidad a otros, llenando ese ánimo compasivo y fortuitamente altruista, (aunque ellos siempre lo interpretaran como impúdico y generoso placer). La complacencia suya y ajena, la ha gozado incluso con su esposo. Tan solo se trata de eso, excitarlos en cierto nivel de expresión, cosa que aún no tiene idea de lo que significa,  pero que lo ha definido en condiciones de su absuelta percepción, ha denotado el estricto sentido de lo que alguna vez le mencionaron, jugar con su, recién descubierta, sensualidad.

No hay malicia en eso, incluso le parece que es justo cuando ha empezado a comprender que la mayoría de todos los hombres la desean, aun sabiéndola prohibida, dado que es una mujer casada. Su alma está ligada y será ligada para siempre a un solo hombre. Es por eso que si juega con su sensualidad, si ha comenzado a gozar con excitarlos, si tiende a expresarse, es solo para satisfacerse, para brindarles a ellos un poco de ella, de esa parte asequible y que todavía es permitida y con eso lograra hacer y hacerse un bien. Ya lo hacía desde siempre, solo que no era plenamente consciente y ahora que lo es, ha descubierto la facilidad, la fineza para lograrlo y el placer que ello aguarda.

Todos aquellos se satisfacen a su costa y ella por su parte podrá dar rienda suelta a sus sentidos, a sus sentimientos, malos y poco benévolos, y, por supuesto, complace al único hombre que es absoluto dueño de su corazón y su, aun no muy bien explorado y explotado, fogoso cuerpo. Él es el único permitido que podrá beber de ese apasionado manantial; los otros tienen que darse por bien servidos por haber recibido aunque sea una reverencia de esa diosa desterrada.

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Por la mañana, antes irse a su consultorio ha atendido sin querer una llamada de Melanie. En los últimos días la había siempre ignorado, dado que varias veces trató de comunicarse. Pero en ese momento estaba distraída en su habitación arreglándose el pelo y tratando de encontrar un pasador que usaría para hoy, que solo ha cogido el auricular, ha atendido preguntando de quien se trataba y se ha arrepentido de no mirar el identificador al escuchar esa reconocible voz.

-¡Sandy, amiga! –exclamó una taciturna pero sensual, para muchos, voz al otro lado -Hasta que por fin te encuentro.

Sandra sabe las consistentes pretensiones por las que Melanie se conduce al llamarla. Pudiera apurar la llamada, argumentar prisa e inoportunidad pero eso la alentaría más y podría ser contraproducente, en un momento dado. Así que se apartó a un lugar más discreto y así no correr el riesgo de que Rodrigo la pudiera escuchar.

-Hola. Hola Mely –responde resignada aunque para ocultar ese sentimiento fabrica una risita amigable.

-Como estas Sandy. Que haces que no me respondes jeje.

–Discúlpame, pero te escribí la otra vez. Te llego el mensaje.

-Sí, sí. Leí tu mensaje, pero oye, osea, necesitaba hablar contigo, escucharte, ya sabes, para que me cuentes como te va con… eso.

No ha querido decirle mucho, de hecho le ha ocultado esa famosa noche en donde ella prácticamente cedió a un baile más que provocador pues seguro Melanie estaría más que contenta de saberlo y la auparía a continuar de similar e incluso más arriesgada manera. Solo le ha contado que ha procurado hacer un par de cosas como lo que hicieron conjuntas en la piscina, pero que nada ha trascendido porque tanto como Rodrigo y como su trabajo se lo han impedido. Tampoco ha descartado las ideas que Melanie le ha brindado, porque si se negara o pusiera ‘peros’, estaría segura de que su amiga haría un espacio en su agenda para aparecerse un día de estos en su casa y conociéndola, apuraría cualquier tipo de plan y Sandra era lo que menos quería. Había descubierto una vía y no quería verse abrumada. Al parecer ha dejado satisfecha a Melanie, pues no ha insistido mucho en su llamada y ella la ha dejado expresar, sin muchas ganas, sus locas y disparatadas ideas, nada de lo que pudiese planear con adecuación y estilo la misma Sandra, pero que, inconsciente, tomaba nota mental.

Ya en su consultorio, el calor es algo bochornoso o eso es lo que le parece, a pesar de su liviano atuendo y haberse quitado el delantal, recordándole los efectos de esa maliciosa bebida que la ha profanado, consciente esta de ello. Ha atendido al doctor Raymundo, ya cerca de su hora de salida, con quien curiosamente, ahora que se ha prestado a pensar, concluía de que nunca sería posible exponerle de manera abierta sus particulares maniobras de encantos o ideas al respecto, esos que de tal manera el mismo sugirió e infundo en ella.

Este hombre le causa una especie de respeto, inducido por un cierto temor desconocido o una profunda intuición inexplicable, que le provoca su turbadora presencia, es al igual que todos y sabe que la mira con la misma intención pero su mirada le resulta más penetrante y rigurosa. Fuera de eso le conoce como un hombre de mundo, ha vivido y experimentado y sabe que este tipo no tiene necesidad de recibir expresiones como estas que al mismo tiempo, y por mucho que él se lo haya sugerido, no serían nada correctas representarlas para personajes de tal lección.

No llega al grado de sentirse aterrada ante él, curiosamente, las varias ocasiones en que ha conversado con el médico, siente que su nivel de conversación se eleva aún más que con Rodrigo, no es que su marido sea falto de intelecto, es solo que es más ligero, superficial en cierto modo, compasivamente subjetivo e incluso ha notado su interés en apasionarse por las cosas sencillas. En cambio con el doctor puede a llegar a profundizar intelectualmente, administra los niveles pasionales de los asuntos complejos que ella indaga o desea conocer e incluso de manera innecesaria a filosofar, algo que agrada a Sandra, a pesar de hablar de los mismos temas de los que hablaría con alguien a quien recién conoce, como sus deseos infantiles y cuanto maduraron o se desvanecieron al ir creciendo, cosas tan sutiles e insípidas como su fracaso como bailarina de ballet al lesionarse los meniscos, su fallido intento en las artes plásticas como queriendo reemplazar una cosa con la otra por pura redención y desconsuelo, su eventual resignación y consignando las enseñanzas profundas de su madre, el amor a su esposo y el interés cualitativo por el prójimo… solía desenvolverse con ese hombre que atendía y escuchaba, como practica arraigada siendo médico, aunque con Sandra era a un nivel superlativo y con muy interesado afán, sabia comportarse y a la mujer parecía agradarle, y así pues que mejor.

Es curioso porque ha caído en la influencia de que los hombres más necesitados, los más carentes de vida emocional, aquellos que su destino los ha conducido por la ausencia de cultura y de oportunidades provechosas y constructivas, todos esos infelices que rondan en el mundo, que son infelices porque toda su vida antes que cualquier cosa han procurado, para ellos mismos y en su defecto para otros que dependen de ellos, sobrevivir al día a día; son estos humildes hombres, humildes en cuerpo y alma, los que necesitan de ella, de su particular ayuda, de su particular prevención de la visión del placer. Es decir, siempre lo ha sido, siempre ha procurado otorgar, si es que está en sus manos, cubrir ciertas carencias ya sea con alguna palabra de aliento alguna caridad material, que aunque no ayuda al menos da esperanza. Pero ahora es algo diferente, es esa necesidad fisiológica que todos los humanos padecen y satisfacen de múltiples maneras, inocentes  dañinas. Algunos, a fuerza de costumbre, de férrea disciplina inculcada desde muy pequeños, ignoran admirablemente estas necesidades o las sacrifican todo con el afán de sobrevivir al indolente y mezquino mundo.

El doctor, que solo había pasado a recopilar unos datos, que bien pudo haber mandado a alguien por el asunto y así evitar el ajetreo del cual es consciente dada su constitución poco atlética, pero que se recompensa la causa al venir a contemplar a tan afamada mujer de belleza esplendida y aire armonioso, objeto del deseo de tantos chicos y muchos grandes,  disfrutaba de cada palabra que emanaba la mujer que se encumbra más con ese léxico y afortunado intelecto demostrativo.

Mas el hombre no se presentaba con actitud tan abierta, ni tan apocado, como cualquier puberto o un vil maduro libidinoso que ha compartido y expresado con Sandra sus emociones, si no con expresión segura, talante sabiendo lo que decía y como lo decía, expresándose dentro del límite y respeto que aguardaba el presente contexto y a la mujer a la quien le dirigía sus gráciles halagos y múltiples intercambios de vastas ideas, vanas y absolutas, reciprocas entre sí.

Sandra no hacía más que sonreír, agradecer y pensar solamente en lo diferente que podían ser las palabras, las actitudes, los desplantes irónicos de la vida, porque otorga ese balance, el sentido orgánico de la existencia ha dispuesto a algunos de vasta cultura mientras que a otros de conveniente o desafortunada ignorancia. Pero ambas partes sienten, viven y expresan con sus respectivas limitaciones o amplitudes, lo que ahora mismo importa, el deseo carnal hacia cualquier mujer; hacia ella.

Pero que bando de preferir, ya se ha establecido con atención. Porque queda claro que al único hombre culto y de absoluta posición, al que su sexo y sus ganas han de admitir derecho y permisión, es a su amado Rodrigo. Por algo lo admira, es el destino que le conociera, que le trajera aquí, ¿para qué sopesara libremente el bien y el mal? y tanto bien puede hacer mal como tanto mal puede hacer algo bueno.

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Por la tarde conducía su vehículo, ya retirándose de San Antonio, luego de terminar evidentemente con su jornada en el consultorio, un día tranquilo sin nada sobresaliente salvo por aquello que se trataba de ordenar en su mente. Logró ver a don Rubén y a su pequeño hijo Andrés que terminaban de vender seguramente, sentados en una improvisada parada, esperando el camión que los llevaría para volverse a su casa. Vivian en una localidad entre esta ciudad rural y en la localidad en donde vive Sandra. Les hablo y confirmo precisamente que ya iban a casa y esperaban el transporte regular. Entonces ella se convido en ofrecerse en llevarles insistiendo casi nulamente, pues para un hombre como Rubén le era difícil negarle algo a tan singular dama.

Como era evidente, y al estar sentado del lado del copiloto, Rubén no dejaba de mirar las hermosas, carnosas y lisas piernas de la bellísima Sandra, que mostraba al estar recogida esa liviana falda por encima de las rodillas, casi a la mitad de sus muslos; vaya que la falda que había escogido para el día de hoy era relativamente corta, aunque no era a propósito. Aun no habiendo sido participe de los últimos eventos de infiel lujuria, habría portado ese conjunto. Era una corta falda de color café obscuro y esa blusa beige, está más discreta con unos holanes muy discretos incluso artísticos, sin escote,  aunque traslucía un sostén de color azul celeste, dibujando las evidentes voluptuosidades bien definidas de esa cordial mujer de sensualidad natural.

Sandra ya bien atenta a este tipo de desplantes característicos de muchos hombres, varios de sus pacientes lo hacían, desde jóvenes, señores, ancianos, no había distinciones en su contra, todos encontraban la ocasión para observarla, desde formas tan tímidas o discretas, hasta las más osadas y vulgares. Esto no significaba que ella les ofreciera o ayudara a proporcionarles mejores ángulos, de ninguna manera. Si bien sabía que ellos solo querían deleitarse como modo de distracción, ya justificado, no iba así tan solo a mostrarse con alevosía. Así no funcionaba, sea lo que sea que ella quisiera organizar. Nada de espectáculos como el que mostro en ese baile, nada de lo que le recomendaba Melanie, tan solo sería sí misma, que mejor para sentirse superior, sin exageraciones ni variantes modificadas a propósito.

Se dio cuenta de donde se dirigían las miradas de su pasajero, con el cual aprovechaba para platicar amenamente, realmente parecía muy amable aunque no resultaba tan elocuente, tal vez le ponía nervioso estar con tan hermosa mujer, el caso es que Sandra se la pasaba preguntando de una y mil cosas, a las que este muy acomedido y desinteresado respondía atento aunque con parva voz. Incluso sintió una leve curiosidad de esa reacción, porque entendía el placer de tener el control y consumir a un hombre, tanto amable, por no decir débil, de carácter lúbrico, era prácticamente conminatorio a los decretos demostrativos del poder.

Esa lujuria instintiva de Rubén era inequívoca señal del argumento ya bien repasado para Sandra, cosa a la que contribuía inconscientemente y que no hacía nada serio por evitarlo. Ni siquiera acomodaba la falda, en realidad no había un modo práctico de hacerlo, a pesar de la incomodidad natural que se instalaba en su recatado espíritu, más la malicia del humilde hombre no era tan patente y algo para temer, como la de los otros que ya bien conocía. No le reprobó nada, mantenía la calma animando la plática, mientras este era atraído inevitablemente y a cada rato a las hermosas pieles tersas. Apenas colocaba sus pelados ojos en la descubierta piel de la hermosa citadina, para luego desviarlos con vergüenza por fuera de la ventanilla. ¿Entonces lo hacía apropósito, siendo ya consciente de su exhibición? ¿Porque quiso voltear y cerciorar algún efecto, alguna voluptuosidad natural que cualquier hombre tendría en esos casos? Era entonces mucho más fácil culpar a su posición como conductora y atender aquello de que no es debido distraerse del camino, arreglándose la ropa, por ejemplo.

Sus inusuales pasajeros apearon luego de unos veinte minutos de trayecto pasivo a pesar de la distancia, Sandra ya empezaba a conocer muy bien la carretera, pero como mujer precavida y de riesgos innecesarios, prefería conducir con moderación su eficiente vehículo. Se despidió de ellos, del pequeño al que le atendía con ternura natural de una mujer que se ha visto en un futuro como una excelente y tierna madre, más o menos así lo pretende, y de Rubén con la amabilidad característica bien instruida y los gestos más conmovedores para un hombre solitario, falto de una figura femenina para cálidas necesidades matrimoniales, que Sandra inspira. Ella recibió a cambio agradecimientos referidos, remarcadamente atentos y aduladores por esa amabilidad ya conocida y, para no variar, recibió algunas bolsas con legumbres que con supresora insistencia tuvo que aceptar del vetusto doctor Rubén.


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