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Fecha: 13-Sep-18 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

¿dónde te echo la lefa, tia Ana?

J Thomas
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Ana sube a esquiar con su sobrino Alvaro... que descubre que su tia es una cerda que necesita sentirse dominada. Y antes de ir a las pistas, Alvaro le da n desayuno especial a su Tía Ana. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Se despertó incluso antes de que sonara la alarma. Tenía muchas ganas de subir a esquiar y esperaba ansiosa a que sonara el pitido agudo de las siete para ducha rápida, desayuno y correr hacia las pistas. Con el pelo aún mojado y solo vistiendo una camiseta de tiranta, el sujetador deportivo y una pantaloneta de estar en casa, Ana estaba preparando, silenciosa, el desayuno. Le encantaba esa pequeña cocina del apartamento de Andorra, donde todo estaba a mano. Álvaro, su sobrino político, estaría aún dormido en la habitación de invitados, como cuando era pequeño y el niño subía con sus tíos a esquiar.

 

Mientras iba conectando la máquina del café y servía el zumo, se descubrió pensando en su sonrisa. En su cara, en sus labios. Su pelo. Su cuerpo. Estaba tan bueno. Cómo había crecido ese pequeño loco al que enseñaron a esquiar hace casi 15 años. Álvaro era el hijo mayor del hermano de su marido. Ana y Pablo comenzaron a salir hacía casi 16 años. Y en menos de seis meses ya estaban viviendo juntos. Pablo, muy niñero pero que siempre supo que no podía tener hijos, acumulaba ahijados y sobrinos sin parar…  Todos sus hermanos y amigos le querían como padrino de sus retoños. Corpulento y con una solvente carrera de banca de inversión, Pablo era perfecto en el rol de tio-padrino. Y Ana pronto supo convertirse en la novia perfecta, la compañera perfecta, la tía de todos. Divertida, más joven, suficiente guapa y muy energética.

 

Ana y Pablo se llevaban 14 años justos, pero para la pareja  nunca fue un problema. Básicamente, porque el sexo siempre funcionó bien. La infertilidad de Pablo no le impedía  cumplír religiosamente y no había semana sin que su mujer fuera follada “como debía de ser”.

 

 

 

Ana nunca se fijó en los chicos más jóvenes que ella. Le resultaban aburridos en las citas, en las cenas y la cama. Le gustaba una conversación interesante, gente con experiencia en la vida… y que cuando se la llevaran a la cama, se la trincharan primero despacio y después fuerte, muy cerdo… con todas las guarradas que se les pudiera ocurrir. No debía faltar ni la saliva ni los fluidos. Que le comieran bien el coño, el culo, que le practicaran sexo anal, que la dominasen,… y no sabía por qué todas las parejas que había tenido, mientras más mayores, más salidos. Más dominantes. Más cochinos. Y eso le encantaba. Le relajaba que la abrazaran, los  besos, que la manosearan entera, con las palmas del cuerpo acariciando sus curvas, que la sujetaran bien el coño mientras un dedo se perdía dentro de ella, que se lo comieran profundamente, bajando por su suelo pélvico terminando en el culo, dilantándoselo bien… Le gustaba que la pusieran en cuatro patas, sujetándola por las caderas, como si fueran animales… escuchar como su macho se escupía el rabo y mojaba su polla, dura, con los fluidos de su coño, para enterrarlo profundamente dentro. Que la azotaran si intentaba huir o si rompía el ritmo marcado, que la intentasen dominar como el que somete una yegua en celo. El ruido de las piernas y la pelvis de su macho contra su culo. Ese chof chof de un rabo bien mojado que le batía el flujo vaginal. Le gustaba sentir a su hombre detrás: un cuerpo marcando el vaivén de las metidas,  dejándose caer finalmente con todo el peso de su cuerpo sobre ella.

 

Ana, que era todo un carácter fuera de la cama, necesitaba desesperadamente ser sometida en la alcoba.

 

La vida en pareja le resultaba cómoda. Trabajar, cenar juntos a diario, salir con amigos el fin de semana. Así, El sábado pasado estaba cenando su marido y en casa de los cuñados y padres  de Álvaro. Aunque éste ya trabajaba y estaba independizado, con la ayuda de sus padres, esos días había regresado a casa. A pesar de sus 23 añazos, se sentó con “los mayores”. Tomando el postre, surgió la conversación de ir esquiar: pues yo subo el fin de semana que viene, pero voy sola, comentó Ana en la mesa, para abrir la casa, dejarla preparada para los infinitos familiares que subís, para todos los sobrinos pesados como tú que queréis esquiar, dejar ya el  material preparado… En realidad, a Ana lo que más le apetecía era pasar un fin de semana sola en esa casa de la montaña, donde podía estar tranquila sin nadie y disfrurtar del silencio y la soledad… y quién sabe si volver a catar a algún pistero rudo que le diera un buen y secreto repaso.

 

Pues que te acompañe el pequeño Álvaro, como cuando era niño, y así te ayuda y no te aburres tu sola en el viaje que al final son casi ocho horas de coche y no me gusta que conduzcas tantas horas… terminó por proponer Pablo.  Claro ¡qué bien! me apetece todo y francamente me vendría genial poner un poco de tierra de por medio… respondió Álvaro antes de que Ana pudiera decir nada. Tenía los ojos brillantes. Pues no te voy a esperar en las pistas, pues te voy a dar una lección de esquí que vas a ver. Soy yo el que te va hacer comer nieve. Risas, helado, una copa… Y a las tres de la mañana estaban todos de acuerdo. De camino a casa, Pablo le contó a Ana que su hermano Jorge, el padre de Álvaro, le había comentado que creía que su hijo era gay. De ahí la reciente ruptura con su novia de manera abrupta y nada esperada, cuando todos estaban ya contando los días para anunciar el compromiso oficial de los jóvenes. Así aprovechas y que te lo cuente, y sacamos de duda al pobre Jorge… con la ilusión que le hacía a él tener nietos… farfullaba Pablo, mientras aparcaba el coche en garaje de la casa.

 

 

 

Ana, francamente, no creía en la homosexualidad de Álvaro. Que era poco peludo, siempre limpio y aseado, pues sí. Que le gustaba el cine, leer. Pues también … pero de ahí a ser gay, no. Ana tenía muchos amigos gays. Su hermano Daniel era gay… y como Álvaro le miraba las tetas en casa, o como se quedaba mirándole el culo era incompatible con la homosexualidad de Álvaro. Quizá bisexual… pero que le gustaban las mujeres, eso seguro.

 

Infinitas ocho horas de coche son el perfecto confesionario para dos compañeros de viaje.  Efectivamente, no era gay. Más bien un cerdo tremendo al que su novia había pillado en casa follandose a su hermana. Despatarrada, con la cabeza de álvaro enterrada en el coño de su cuñada, asi habia pillado la novia de Álvaro a su novio. La chica se quedó tan petrificada que tuvo la oportunidad de contemplar cómo el imberbe le clavaba la polla por el culo. Del tirón. Sin lubricar. un gapazo y para dentro. Así fue como lo describió Álvaro, sin apenas despeinarse o apartar la mirada de la carretera. La novia se puso a gritar como poseída, pero Álvaro no podía parar de empujar y terminó corriéndose en el culo de su amante, ante la mirada estupefacta y gritona de su ya ex novia. Fue tal el escándalo familiar, que decidieron mandar a la hermanita a EEUU a estudiar un master, cancelar el compromiso y el pobre Álvaro volvió a casa de sus padres con el rabo entre las piernas, nunca mejor dicho.

 

Ana estaba incómoda en el asiento del copiloto,  porque los pezones los tenía tan duros que el roce con la camisa, estirada por el cinturón, le estaba empezando a hacer daño. No podía dejar de mirar por el rabillo del ojo las manos, moviéndose muy lentamente explicando cómo le metía un dedo a la cuñada mientras comían todos en la mesa, con los padres sentados, o cómo se corría mordiendo una toalla para que su novia no escuchara la sesión de sexo furtivo en el baño, los días que dormía en casa de sus suegros. El sobrino le contaba con todo detalle sus correrías, como cuando era pequeño y le contaba sus travesuras en el parque.

 

Pero que culito te hace esa braga malla que llevas, no tía Anita.  Álvaro apareció en la cocina, sigiloso como un gato. Con el puño izquierdo cerrado e intentando peinarse con la derecha. Descalzo .Con un slip blanco mínimo y una camiseta sin mangas, más propia de ir a la playa que a la nieve.

 

Ana intentó serenarse, pero la pupila dilatada y los latidos de su clítoris le avisaron de “macho a la vista”. Los uso debajo del pantalón de esquí, que hoy quizá haga fresco arriba, asi no me congelo. Y tu, parece que no tienes mucho calor, ¿no? . Miró hacia atrás y allí estaba Álvaro, imponente. Aún se apreciaban algunas  gotas de la ducha sobre sus hombros y en el calzoncillo. La miraba como un gato contempla al ratón que se va a zampar un rato. He dormido del tirón. ¿Qué me vas a dar de desayunar? Mientras decía esto, se acercó a su espalda, y pudiendo notar la respiración en su nuca… y su olor en la nariz. El pajazo con el vibrador de anoche no parecía haber sido suficiente para calmar el picor que tenía dentro. Pues hay cereales, pan con aceite, galletas y café. Y zumo, pero de bote.Consiguió enumerar Ana.  Tomaré todo, le respondió. Que quiero luego quemarlo bien. Y ahi se quedó, detrás suya, respirando en su nuca. Y Ana respirando en su aire.

 

Decidió hacerse la fuerte y hacer como que controlaba la situación. ¿Te vas a quedar detrás acercando tu rabo a mi culo toda la mañana? Mira que soy mayor y me debes un respeto… Tu no eres mayor, Ana. Tú estás muy joven y muy buena. Y se quedaba ahí. Quieto. Y los pezones  cada vez más duros, y el coño cada vez más cálido. ¿Le estaba entrando? ¿El pequeño Álvaro que había crecido tanto le estaba entrando?

 

Giró sobre sus pies. y le miró directamente a los ojos. ¿A qué hueles?  Le preguntó, intentando sacar un tema. No sé… es desodorante. ¿NO llevas colonia? No. ¿Ese era su olor? Que calentura.  Oye Ana, … parece que te gusta el olor, porque tienes la camiseta que la vas a rasgar. Tu pezón va sacarme un ojo, tía Ana. El “tía” lo arrastró más de lo debido. Cabrón.  

 

Se veían los dos crecidos… fuertes. Desafiantes. Bueno, soy mayor… pero no de piedra. Álvaro, es mejor que te termines de vestir, te sientes y desayunamos porque si sigues asi te voy a cruzar la cara. ¿Me vas a castigar, Tía Ana? ¿Y si soy yo el que te castiga a ti?

 

Álvaro alzó sus ojos y clavó su mirada en su cara. Su pelo rubio oscuro se extendía por sus cejas y una barbita de pelusita casi imperceptible la estaba poniendo, de manera oficial, cachonda.. Quería sentir esa piel en su piel.

 

Ana, no me puedes castigar. Técnicamente soy sobrino de tu marido, y eso no nos hace familia. Y si no somos familia de sangre, podemos ser amigos… o amigos especiales… o amigos muy especiales…. Y avanzó. Su cuerpo avanzó milimétricamente. En realidad avanzó su pelvis, que terminó por arrastrar a su torso.

 

como un acto reflejo, puso su mano en la cadera, intentando frenarlo. Pero el contacto de su piel hizo que se le erizara el poco vello que tenía en su cuerpo. Bendito laser, pensaría en otro momento más tranquilo. Ana quería besarle pero estaba contenida. Álvaro, estás jugando con fuego y me estoy poniendo y no podemos… no debemos…No terminó la frase, porque la boca de Álvaro se posó ligeramente sobre la suya. Venga, Ana… tia anita… ¿Te cuento un secreto? te acuerdas de cuando jugábamos a espiar a mis hermanos poniendo un vaso en la pared? Pues ayer probé la técnica en esta casa… y escuché primero un zumbido muy raro… que finalmente conseguí identificar. Y cómo te hacías dos pajas y en una de ellas murmurabas mi nombre … tu casa tiene las paredes muy finitas…  Me desperté a las cuatro de la mañana con la polla durísima e intenté entrar en tu habitación… pero tenías el cerrojo echado. Qué campeona… No sabía que con un vibrador os podíais llegar a correr dos veces… ¿o es que pensar en mi te pone muy cachonda?

 

Ana estaba empezando a flipar. Le había espiado. Sabía su secreto. El pequeño Álvaro sabía ya que se tocaba pensando en el cuerpo joven y duro del sobrino. Abrió la boca para coger aire y responderle,  pero Álvaro aprovechó y metió la punta de su lengua entre sus labios, mientras la rodeaba con su brazo y la atraía hacia su cuerpo. . Y Ana no supo otra cosa que suspirar al sentirse liberada porque el pequeño Álvarito había roto esa inmensidad de espacio de 10 centímetros entre ellos dos. Apretó  ligeramente con sus labios la lengua y tragó. Y notó el sabor de la saliva, que explotaba en su boca.

 

 

 

 

 

PLANCK! las tostadas saltaron y los dos miraron  al mismo tiempo a la máquina que mostraba las dos rebanadas humeantes. Giraron de nuevo sus caras y Álvaro puso su mano en el hombro, y mientras ejercía una leve presión soltó un seguro y seco yo creo que te apetece desayunar otra cosita que necesita que la mojes con tu boca”.  No tenía ya control sobre ella, ni su voluntad ni su cuerpo… y sencillamente se arrodilló. Arrastró su espalda por el mueble de la cocina y se quedó en cuclillas frente al calzoncillo, que a duras penas escondía un rabo que prometía. Álvaro se quitó su camiseta de tirantes y apareció su esplendoroso cuerpo con una ligera sombrita de abdominales. Ana aprovechó para quitarse los pantalones de deporte para tener acceso a su coño.

 

Arrodillada, extendió sus brazos y los colocó a los lados de sus costillas, y arrastró las palmas acariciando el cuerpo. A la altura de las caderas, enganchó sus dedos a la goma y tiró hacia abajo, despacio, prolongando la caricia. La polla latía, reteniendo torpemente el slip. Tiró fuerte y el rabo rebotó contra la tripa del joven, alzándose desafiante hacia el techo. Duro. Enorme y baboso. Olía a orín denso de la mañana: el muy cerdo no se lo había lavado o había meado después de ducharse. Pero lejos de asquearle, la boca de Ana se inundó de saliva. Abrió grande y se metió medio rabo para sacarlo lentamente, acariciando con su lengua el frenillo. Los labios recorrieron, lentísimamente, el prepucio. Ana sabía que eso le enloquecería. Efectivamente el sabor salado le explotó en el cerebro, poniéndole tan cachonda que su propio coño goteaba sobre la cocina.

 

Uahhhhhhhhh ooohhhhhhhh que gustazoooo diosssss… Arrastraba las vocales mirándola con ganas. Otra vez, pedía. Otra. Cada vez, su mamada era más profunda y más lenta la salida. En una de ellas, la campanilla fue acariciada por la tranca. Con un movimiento firme pero suave, Álvaro empujó el cuerpo de la mujer contra el mueble y con su cadera empezó a follarle la boca. Eso es, traga bien. ¿Ves como esto te apetecía más que unas tostadas?

 

A las tostadas que le den por culo. Pensó Ana. Bueno… no… que me den a mi. Su polla entraba y salía de la boca como si fuera un émbolo. Las babas ya rasbalaban por su cuello. Así es, zorrita. traga bien. tragatelaaaaahggh … Por un momento pensó en pararlo ahí. Si le rechazaba ahora aun podría decir que no había pasado nada. O que no había pasado mucho. Álvaro frenó en seco la follada y Ana alzó sus ojos para verle como sujetaba con su mano un frasquito de popper y le metía una esnifada profunda. Shiiiiiiiiip. Se escuchó en la cocina. Mira lo que he encontrado en el cajón del Tío...al lado de su vibrador.  Ayer también te oí como esnifabas para hacerte tus pajitas. Buffff… Toma, ahora tu. Retiró su rabo de mi boca. No me gustaba mucho el popper porque después me daba dolor de cabeza, pero es verdad que la dilataba aún más. Extendió la mano con la intención de sujetar ella frasco pero Álvaro, de un manotazo, le retiró la mano: él era quien acercaría el frasco al agujero de la nariz. Metele una buena respirada. Eso es. Shiiiiiiiip! Ahora el otro. Él mismo le tapaba la fosa nasal. Él era el macho y Ella la zorra que tenía que ser dilatada y dominada. Follada. Estaba claro. A la mierda la idea de frenar: ahora quería que se corriera entero sobre ella, dentro y fuera. Todo.

 

Con todo el popper cabalgando por su cerebro, la resistencia a la polla era inexistente: entraba tan adentro que estaba segura que traspasaba la garganta. Tragaba y tragaba sin parar. Eso es… vamos. Se le oía decir a Álvaro.

 

No supo cuanto estuvieron así, pero en Álvaro la subió para comerle la boca, saboreando su su saliva. Estaba regustando su propio sabor. Hummmmm… que bien. Y la escupió. La escupió la cara.  Abre la boca, vamos. No lo dudo. Ana abrió y esperó de nuevo otro salivazo directo a su boca. Dios, que zorra eres. Sabía perfectamente que podría hacer esto contigo el dia que te vi en mi casa mirándome el paquete y las piernas. Tu cenabas con mi padre pero el plato que te querías comer estaba en mis pantalones. Y era así. Pero en ningún momento pensó que podría estar así con Álvaro. Con el hijo dulce y sonriente de los su cuñado era un macho dominante que le iba a dar su merecido. Su novia era idiota por dejar escapar a un hombre así. Total, por unos cuernos de mierda.

 

Álvaro la giró y le hizo apoyar sus femeninas manos sobre la encimera de la cocina. Con su pie separó las piernas y ella solita puso el culo en pompa. Uy! Aceite. Que morbazo. Sujetó el bote de aceite de oliva y le echó un chorreón sobre el principio de la raja del culo, para que resbalara entre las nalgas. Dicen que el aceite es bueno para desayunar y yo creo que asi es, decía, mientras se agachaba y separando sus nalgas, empezaba a comer el agujerito. Slurp, slurp. No se entretuvo mucho porque estaba super dilatado desde la esnifada del popper. Se levantó, volvió a echar aceite sobre la femenina piel y de nuevo, sobre su polla, y colocó la cabeza de en la entrada del ano. Álvaro no queria follarse por el coño a su tía. La quería sodomizar.  Coge el popper y métete un chute que se oiga en el piso de arriba, ¡Vamos! Le ordenó. DIcho y hecho. Ana sujetó el frasco contra la nariz y aspiró profundamente. No habia separado el frasco de las fosas nasales cuando la verga empezó a abrirse camino Despacio. Duro. Caliente. Separando las paredes. Ana se moría de placer. Aaaaaigggghhh…. Dios que gusto. Siiiii… que gustoooo. Que culo tienes, zorra. Y FLAMP! Un azote sonoro que rompió un silencio sordo en aquella mini cocina, provocando el primer orgasmo de Ana. Un suelo que empezaba a estar bastante encerdado entre aceite, saliva y babas y corridas.

 

Pegaron los cuerpos,  estómago con espalda, las manos en las tetas, torturando y retorciendo los pezones,   y moviendo la cadera, con un ritmo constante y profundo. Ni rápido ni lento. Frash frash frash. Ana llevó su mano a su coño, y separando los labios, se encontró el clítoris tan gordo que parecía del tamaño de una judía. Se mojaba la mano en la lengua y frotaba y frotaba. Álvaro le taladraba el culo como si fuera un mortero. ¿Donde la quieres? ¿Dónde te echo la lefa? ¿La quieres dentro o me corro en tu boca? Pero si es en tu boca quiero que te la comas toda. Hoy quiero estar dentro de ti como sea.

 

No podía decir nada. Simplemente se desenchufó de él y se agachó. De rodillas se pajeaba lo más rápido de lo que era capaz con la boca abierta y la lengua fuera. ALvaro sujetaba su frente con la mano izquierda y con la derecha se pelaba la polla.

 

Uuuuuaaaaghhhhhhhh. El grito salió de su estómago y la lefa le bañó la frente, los ojos, la nariz. El siguiente chorro entero acertó en la lengua. Que Ana se apresuró a paladear y tragar. Para volver a abrir la boca por si había más. El tercer chorro y último le dio en la barbilla y en el cuello. Álvaro se agachó y le lamió desde las clavículas a la comisura de sus labios, recogiendo su propia lefa. Depositó toda la corrida en la boca de Ana, besándola para obligarle a tragar el semen, aún caliente y viscoso.

 

Eso es. Bien alimentada porque ahora nos vamos a esquiar como dos campeones.

 

Y esta tarde, en cuanto volvamos, dijo Álvaro mientras se dirigía a la ducha, vamos a probar con las esposas que tienes en cajón, que me apetece ver como intentas librarte de mi.


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