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Fecha: 10-Ago-18 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series

Relatos de juventud 17

Crom
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Intenté ser el chico bueno, pero a las mujeres les iban los tipos malos. Yo sería el malo que les hiciera desear a los buenos. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Recuerdo que faltaban unas semanas para cumplir nueve años cuando me enfrenté a mi padre por primera vez.

Mi madre había llamado al trabajo y pedido una semana de baja por enfermedad. Sus jefes no dudaron en dársela porque era una empleada ejemplar que se dejaba la piel por hacer bien sus tareas y nunca había faltado un solo día desde que empezó a trabajar allí.

Pero la realidad era que no estaba enferma. Solo dolorida y cansada por los golpes que mi padre le había dado la tarde anterior. Y al día siguiente la cosa no fue mejor.

Mientras él gritaba y la golpeaba, yo estaba donde mi madre siempre me dejaba; en la biblioteca. Tenía un libro entre las manos y lo miraba, incapaz de leer, de visualizar las palabras en mi cabeza. Solo escuchaba los ruidos de fuera del cuarto e imaginaba a mi madre resistiendo golpe tras golpe del hombre que se suponía la amaba. Cuando se hizo el silencio y escuché una puerta cerrarse de golpe, arrojé el libro al suelo, abrí la puerta con desesperación y bajé las escaleras a saltos para buscar a mi madre.

La encontré tumbada en mitad del salón, intentando volver a levantarse usando usa sola mano. La otra se la había llevado al costado. No solía pegarle en la cara. Era mejor hacerlo en lugares que pudieran ocultar a simple vista las marcas de su cobardía.

Cuando me vio se obligó a sonreírme, mientras trataba inútilmente de ahogar las lágrimas que ya habían grabado su huella en sus mejillas y en mi recuerdo.

 –No es nada Dani, cielo. Mamá está bien.

– ¿Por qué? –pregunté enojado–. ¿Por qué dejas que te haga eso?

Mi madre se tragó el dolor que sintió al lograr sentarse en el suelo. Apoyó la espalda junto al sofá y con la mano que le quedaba libre me pidió que me acercara y me sentara junto a ella. Obedecí y me puse a su lado, aguardando su respuesta. Me rodeo con el brazo y sentí como sus labios se posaban en un lado de mi frente antes de acariciarme con su cabeza y quedar unidos el uno al otro.

–Tu papá no está pasando por un buen momento. Algunas cosas le han salido mal y por eso a veces se enfada.

–Pero te pega, mamá. Golpear a una mujer no está bien. Tú me lo enseñaste.

–Lo sé cariño, pero papá es un buen hombre. Solo anda un poco perdido. No es nada más que eso. Le han pasado muchas cosas que no se merecía. Pronto volverá a ser el que era. Ya lo verás. Perdónale, ¿vale? Tú mamá está bien. En unos días estaré como nueva.

Nos quedamos sentados allí el uno junto al otro durante un largo rato. Nos rodeaba un silencio tan intenso que sentí que me ahogaba. Mi madre se aferraba a mí como si tratara de protegerme de un peligro que hacía rato había salido a tratar de olvidar sus pecados. A veces sentía que yo era lo que le daba fuerzas para resistir aquel infierno. Otras, pensaba que yo era culpable de lo que mi padre le hacía aunque no supiera por qué. En aquel momento quise decir algo, pero las palabras no llegaban a mis labios.

Después de un rato, cuando mi madre sintió que tenía fuerzas para moverse y levantarse la ayudé a subir hasta su habitación. Algo que normalmente llevaba unos segundos nos costó una eternidad. Cada peldaño que escalaba le arrancaba un gemido de dolor y a mí un ahogado suspiro de impotencia y rabia.

Cuando al fin entramos en su habitación la ayudé a tumbarse.

–Ven conmigo, Dani.

Obedecí y me acosté a su lado. Apoyé la cabeza en su brazo y ella acarició y jugó con mi pelo.

–Mamá.

–Dime.

–No me gusta que te haga daño. Odio cuando lo hace. Y le odio a él por hacértelo.

–Pronto todo será como antes, cielo. Ya verás como papá vuelve a ser el que siempre era.

Aquellas eran las palabras que mi madre se repetía a sí misma como un conjuro mágico, aguardando con falsa esperanza el día en que se hicieran realidad. Pero había pasado más de un año y cada vez era peor y más agresivo. Y aunque hubiera tenido razón y los gritos, los insultos y las palizas hubieran acabado, nada volvería a ser igual para ninguno. Ni para ella; ni para mi padre; ni tampoco para mí.

Nos quedamos tumbados en la cama durante mucho rato. Miré a mi madre. Se había quedado dormida. Noté como los ojos se me ponían húmedos cuando vi la tristeza y el agotamiento que reflejaba su cara mientras descansaba. Me levanté despacio y salí del cuarto. Cerré la puerta tras de mí, pensando que la oscuridad la mantendría oculta y a salvo de él. Regresé a la biblioteca, recogí el libro que había arrojad al suelo y lo dejé sobre el escritorio. Los libros eran lo más parecido a amigos que había tenido nunca y a los amigos no se les dejaba tirados. Clavé los ojos en el título.

Camelot.

Mi madre solía decirme que en la escuela me enseñarían muchas cosas, pero que los mejores compañeros y maestros se ocultaban en los libros. Yo no estaba seguro de que aquello fuera cierto, pero ella me insistió.

“Dales una oportunidad –me había dicho años atrás–. Si escuchas lo que tienen que contarte, tal vez un día, cuando tú necesites ayuda ellos sepan decirte qué debes hacer”.

“¿Los libros pueden hacer eso? –pregunté con la ilusión de un niño que cree y espera una verdad mágica en las palabras de su madre”.

“Eso y muchas otras cosas. Pero no te las diré. Tendrás que descubrirlas tú solito”.

Habían pasado años desde esa charla de la que apenas lograba recordar pequeños fragmentos, pero mi madre no me había engañado. Los libros me habían enseñado muchas cosas. Cosas buenas y malas; muchas falsas, otras inciertas. Unas pocas fueron reveladoras.

Y cuando necesitaba una respuesta ante qué debía hacer, el libro que había recogido me dio la respuesta.

Los caballeros de aquella historia, al igual que muchos de los protagonistas de los libros que había leído, siempre protegían y luchaban para defender no solo sus ideales o sus creencias, también a los indefensos, a los amigos, a la familia. Y yo deseaba proteger a mi madre.

Salí de la biblioteca y bajé las escaleras muy despacio hasta llegar al último escalón. Me senté en él y clavé la vista en la puerta de la calle.

Era el momento de que yo me enfrentara al dragón que mi madre trataba de volver a convertir en el hombre del que se enamoró.

Mientras aguardaba a que llegara de su paseo de arrepentimiento, me puse a pensar en él. En cómo iba a luchar contra alguien a quien odiaba y al que tenía miedo.

Francis.

Así se llamaba mi padre.

Era abogado y según decía mi madre uno de los buenos. No porque defendiera causas justas, sino porque salía victorioso de los juicios más importantes. No era el mejor de su bufete, pero estaba entre los que más casos habían ganado. Pasaba mucho tiempo trabajando y poco con nosotros, pero cuando estaba en casa era divertido. Jugábamos a todo tipo de juegos, me ayudaba con los deberes o hacíamos excursiones los tres juntos.

Era lo que un padre debía ser.

Pero todo eso cambio una tarde.

Muy pocos son los que recuerdan el momento exacto en que sus vidas dieron un vuelco por completo, preguntándose qué había ocurrido y como habían acabado en aquella situación.

Yo lo recordaba, a pesar de que lo único que deseara era olvidar. Olvidar todo lo que tuviera que ver con él.

Ese día mi padre y yo estábamos sentados a la mesa de la cocina, mientras él me explicaba cómo se jugaba al póker. Las cartas no me gustaban nada. Prefería al ajedrez, pero él insistía en que era bueno para la inteligencia aprender cosas nuevas. Y yo quería ser más inteligente.

Cuando llegó el momento de mostrar las cartas me preguntó quien tenía la mejor mano.

–Tengo dos ases y con el de la mesa hacen tres ases. Lo que hace un… ¿full? Tú tienes dos nueves. Creo que gano yo.

–Eso es. Muy bien, Dani. ¿Has visto, cariño? Parece que tenemos un pequeño genio de las cartas en casa.

–Pues entonces frótale la cabecita y pide tres deseos –dijo mi madre, mientras se sentaba en el sofá y encendía la televisión.

–No soy esa clase de genio –solté sin saber que otro tipo de genios había.

Era un día normal que estaba a solo unos segundos de venirse abajo.

En aquel momento no sabía exactamente lo que había pasado. El mundo de los adultos aun era algo demasiado complicado para entenderlo, pero el culpable de todo apareció en las noticias, mientras mi padre me enseñaba la diferencia entre la escalera real y la de color.

–Francis –dijo mi madre.

–Dime

–Mira esto.

Curioso yo también miré a la pantalla. En ella vi a un hombre trajeado con una cara muy seria que hablaba de algo que no entendía. A su lado había una fotografía que ocupaba media pantalla del hermano de mi padre. Mi tío César.

Tardé un tiempo en entenderlo todo.

Al parecer mi tío era el cabecilla de una red de estafadores que habían robado millones en diferentes ciudades por todo el país. La policía había atrapado a la mayoría de los componentes del grupo, pero mi tío prefirió quitarse la vida a ir preso.

Mi familia no sabía nada del tío César desde hacía años, pero a la prensa no le importó. Cuando supieron que César Aguilar era hermano del conocido abogado Francis Aguilar se lanzaron a él como buitres. Mi padre pensó que en unos días o unas pocas semanas todo se olvidaría y que nuestras vidas volverían a ser lo que era, pero no fue así.

La policía le investigó sin hallar nada, pero eso fue terrible para él. Sus jefes decidieron que ya no podía seguir trabajando con ellos. La reputación de su bufete era muy importante y tener al hermano del hombre que llevó a la ruina a cientos de familias no era positivo para su imagen ni su negocio. No importaba que fuera inocente de lo que hizo el tío César, ni que no supiera nada de esas estafas; tampoco tuvieron en cuenta sus casos ganados. No lo querían allí. Y al parecer tampoco lo quería ningún otro bufete.

Así fue como mi padre comenzó  a cambiar.

No fue un cambio rápido de la noche a la mañana.

Pasaron los meses y él estaba cada vez más deprimido. No encontraba trabajo en lo que mejor se le daba y mientras tanto, mi madre triunfaba y ascendía en su oficina. Él se gastaba el dinero en el casino y en ahogar sus penas en alcohol barato y en saber qué o quién más, y ella se dejaba la piel y los ojos en hacerlo lo mejor posible para ganarse el respeto de sus jefes y compañeros y el reconocimiento de su esposo. Cuando él estaba en casa me ignoraba, se tumbaba en el sofá y veía la tele hasta que mamá regresaba del trabajo.

Al principio simplemente se enojaba cuando llegaba tarde y no había nada para cenar. Mi madre pensó que se solucionaría si dejaba la comida preparada para calentarla en el microondas antes de irse. Y cuando la cosa no cambio prefirió cambiar sus horas de trabajo a la mañana. Pero mi padre buscó otras razones para gritarle. Y pronto los gritos ya no fueron suficientes.

Cuando llegó la primera bofetada estábamos todos en el salón.

Mamá estaba enfadada de que tuviera esa actitud tan derrotista todo el tiempo y se lo recriminó. Él encolerizó como si estuviera poseído. Durante unos segundos pareció como si el tiempo se hubiera detenido y ninguno de los tres supiéramos lo que había pasado. Cuando despertamos de ese instante y los segundos volvieron a moverse, mi padre salió de casa sorprendido y asustado. Yo me levanté de la mesa y corrí a abrazar a mi madre.

Aunque mi padre regresó y se disculpó, desde ese día mamá quiso que hiciera las tareas y que jugara siempre en la biblioteca.

Durante un tiempo todo pareció volver a la normalidad, solo que ya no conversaciones. En su lugar había un mar de silencios, como si en vez de una familia vivieran fantasmas en aquella casa. Mi madre y yo pasábamos juntos todo el tiempo libre que ella tenía. Leíamos, jugábamos y nos divertíamos encerrados en aquellas cuatro paredes que nos mantenían a salvo de las cosas malas que reinaban al otro lado de la puerta. Pero había días en que mi padre llegaba dando un portazo. Esos eran los días que mamá me dejaba a solas.

–Tú quédate aquí y termina de leer ese capítulo. Voy a preparar la cena.

Después de un largo rato que parecía que nunca acabaría, ella regresaba. Cuando veía el miedo o la confusión en mi cara era cuando siempre se forzaba a poner su mejor cara.

–Todo está bien cariño. El dragón que controlaba a papá se ha ido.

Dragón.

Así es como ella lo llamaba para que la realidad no resultara más cruel. Me dijo que el alma de un dragón malvado se había metido en el corazón de papá; que eso era lo que le hacía enfadar y que solo ella tenía el poder para conseguir que se durmiera. También decía que un día lograría derrotar a ese dragón para siempre y haría que papá volviera a ser el de siempre. Lo triste de esta historia es que durante un tiempo creí que era verdad.

Hasta que comprendí que los dragones no existen. Todo se reducía a personas buenas y personas malas. Mi madre estaba en el lado de los buenos y mi padre había elegido cruzar al otro lado.

No sé cuanto rato había pasado, pero el sonido de una llave abriéndose paso en la cerradura me hizo despertar de mi trance. Sentí como el corazón me latía desbocado. Tenía miedo de él, pero no iba a dejar que volviera a golpearla nunca más.

La puerta se abrió y la figura de mi padre apareció tras ella. Me miró como si viera algo con lo que no esperaba encontrarse. No vi curiosidad en su mirada. Solo extrañeza.

– ¿Qué haces ahí sentado? –Me dijo indiferente, mientras arrojaba su cartera y las llaves en un bol de la entrada–. ¿Y tú madre?

Pensé en ella. En como la había encontrado hacía un rato y mis razones para estar allí, hablando con aquel monstruo, alejaron mis miedos. Al menos una pequeña parte de ellos.

–Está dormida –logré responder con normalidad–. Le dolía un lado del cuerpo.

Me miró como si no supiera de lo que le estaba hablando o como si no le importara que sufriera.

–Ya. Tu madre se cayó antes y se dio un duro golpe. A veces es un poco patosa. Se le pasará. Anda, hazte a un lado. Iré a ver como está.

–No.

El eco de mi negación pareció inundar la planta baja. Sentí como al pronunciar aquella palabra un enorme vacío crecía dentro de mí. Me había liberado del miedo y también del sentido común.

¿Qué has dicho?

–No… no dejaré que vuelvas a pegarla.

Vi como los agujeros de su nariz se abrían y sus ojos se clavaban con rabia sobre mí, aunque intentara calmarse.

–Hijo, estás equivocado. Mamá tropieza a veces y se hace daño.

–Mentiroso. Tú tienes la culpa.

Aquellas palabras fueron el detonante con el que comenzaría mi infierno.

Tras recibir el golpe, sentí como el calor de sus dedos se quedaba grabado en un lado de mi cara y me quemaba.

–No vuelvas a hablarme de esa manera, mocoso. Soy tu padre y me debes respeto. Apártate de ahí. Ahora.

Sin quitar la mano de mi cara, aguantándome las lágrimas, negué con la cabeza para decirle que no lo haría. Yo era lo que se interponía entre él y mi madre.

Una segunda bofetada marcó su huella en mi otra mejilla. El golpe me pareció más doloroso esa vez.

Cerré los ojos unos instantes y cuando los abrí le miré con toda la rabia que sentía. Sus golpes dolían a horrores, pero mi madre había soportado cosas peores y yo también estaba dispuesto a hacerlo por ella. No iba a dejarle pasar. Los caballeros de Arturo no huían, no retrocedían. Luchaban por lo que era justo y algunos morían por su justicia. Por mucho que me doliera y quisiera echarme a llorar como el niño que era, tenía que cuidar de mi madre; ser su caballero y defenderla de aquel maldito dragón.

–Déjala en paz –le ordené–. Ella no te ha hecho nada malo. Tú eres el malo.

Mi padre alzó la mano para golpearme por tercera vez. Sin poder evitarlo, cerré los ojos y ladeé la cara esperando el latigazo de otra bofetada que nunca llegó. Le miré confundido, temeroso y desconfiado.

–Tienes agallas al atreverte a desafiarme, chico. Solo por eso voy a dejar a tu madre en paz. Al menos por lo que resta de día. Veamos si mañana sigues siendo igual de hombre. Sube a tu cuarto. No quiero verte más por esta noche o te daré una paliza que te dolerá hasta el año que viene.

Mi padre se alejó y se dirigió a la cocina con la intención, supuse, de saciar su cólera con una cerveza fría.

Subí saltando los escalones, sin mirar atrás. Cuando llegué a la puerta de mi cuarto, la abrí, pero me detuve antes de entrar. Las lágrimas me corrían por la cara sin detenerse. Miré la puerta del cuarto de mi madre. No podía creer en él. Era malvado. No se puede confiar en la gente que hace daño a las personas buenas. Me acerqué hasta ella y me senté justo delante. Me quedé allí para asegurarme de que no trataba de hacerle daño a mamá. Me recogí las piernas y me abracé a las rodillas, con la mirada fija en las escaleras, suplicando entre sollozos y temblores que no subiera, que nos dejara en paz.

No recuerdo cuando me quedé dormido. Abrí los ojos cuando sentí la voz de mi madre llamarme y sus manos moviéndome de un lado al otro.

– ¿Qué haces durmiendo en el pasillo?

No podía decirle lo que me había hecho. Así que opté por mentir a la persona que me enseñó que las mentiras hacen daño a quien las dicen tanto como a las personas a quienes se las cuentan. No me importaba. Haría lo que fuera para protegerla. Incluso engañarla.

–Tenía miedo de que el dragón controlara a papá otra vez y te hiciera daño mientras dormías.

Ella me miró con la mirada rota y llevó una de sus manos a mi mejilla. El calor de su caricia alivió el recuerdo de la bofetada que había recibido la noche antes.

–El dragón siempre duerme cuando oscurece. No tienes que hacer guardia como…

– ¿Un caballero?

–Sí. No tienes que ser mi caballero de brillante armadura, cariño. ¿Recuerdas lo que te dije de las princesas de los cuentos?

–Que no son reales, porque una verdadera princesa lucharía cuando fuera necesario. No esperaría a que la salven del peligro.

–Eso es. Mamá es fuerte. Pero si alguna vez necesito un caballero tú serás el primero al que llame.

– ¿Lo prometes?

–Lo prometo. Anda, ahora ve a la cocina y prepárate un tazón de cereales con leche. Mami ha de darse un baño rápido.

Asentí y bajé las escaleras.

Desde hacía un tiempo mi padre ya no dormía con mi madre. Usaba la cama del sofá. Cuando miré hacia el salón no estaba allí acostado como otras veces. La cama estaba recogida como si no hubiera dormido allí. Me extraño porque nunca se levantaba hasta las once y apenas eran las nueve. Avancé por el pasillo hacia la cocina y topé con una pesadilla.

–Buenos días, hijo –me dijo con una sonrisa que me heló la sangre.

Estaba sentado frente a la cabecera de la mesa, leyendo el periódico, un plato con tostadas y un zumo de naranja.

– ¿Qué se dice cuando alguien te da los buenos días? –preguntó, sustituyendo su sonrisa por una mueca seria.

Bajé la cabeza y le aparté la mirada.

–Buenos días.

– ¿Qué más?

–… Papá.

–Mejor.

Dirigió la mirada a su periódico e hizo como si no estuviera allí. Al menos eso deseé. Abrí uno de los estantes y saqué el paquete de cereales. Luego abrí la nevera y cogí la leche y eché ambos en mi bol favorito de color azul. Cogí una cuchara y decidí irme al salón a comer. No quería hacerlo con el allí.

– ¿Adónde crees que vas con eso? –exclamó sin dejar de leer. Me miraba sin apartar la vista del periódico.

–Al salón. Quiero ver los dibujos –a él no me importaba mentirle.

–Se come en la cocina. Siéntate en la mesa y desayuna como una persona.

Obedecí sin remedio. Me senté y comencé a tomarme mis ricos cereales con leche sin disfrutarlos del todo, esperando que la ducha de mi madre no fuera demasiado larga.

– ¿Le has contado a tu madre lo que pasó anoche? –Me tragué los cereales con dificultad, pues recordé lo que pasó. Negué con la cabeza–. Es mejor que sea algo que quede entre nosotros dos. No querrás que mamá se ponga peor de lo que está, ¿verdad?

–No. No quiero. Quiero que la dejes en paz.

Su mirada se acentuó igual que la noche anterior. Dejó su periódico sobre la mesa y lanzó un suspiro lleno de rabia, mientras cogía una tostada de su plato.

–Puede que lo haga. Pero eso dependerá de ti.

Le miré confundido.

– ¿De mi?

–Si de ti. Quiero proponerte un pequeño juego. A partir de hoy, jugaremos una partida de ajedrez. No todo los días, pero sí algunos. Si logras ganarme una sola vez te aseguro que tu madre no volverá a… tropezarse nunca más.

Le miré con odio. Ni siquiera tenía las agallas de reconocer que la pegaba.

– ¿Y si pierdo? –cosa que iba a ocurrir. Habían pasado unos pocos meses desde que aprendí a jugar y tras el asunto del despido de mi padre ya no tenía con quien practicar. Mi madre siempre mostraba poco interés y se dejaba ganar. Pero él, las veces que habíamos jugado resultó ser mucho mejor que yo. No me concedía ni una pieza de regalo. Luchaba como si me creyera su igual o para demostrarme que estaba por encima de mí–. ¿Qué pasará si pierdo?

–Si eso pasa… ya lo decidiremos. Si sigues siendo un valiente como anoche te esperaré esta tarde en la mesa del salón frente al tablero. Si no apareces o prefieres encerrarte en tu cuartito con libros, puede que mamá se haga daño hoy otra vez.

Pasaron los segundos y durante ese tiempo su mirada y la mía se contemplaban. En la suya había curiosidad y maldad. No sé lo que vería él en la mía, pero por dentro sentía mucho odio.

Antes de que pudiera responder mi madre apareció en la cocina. Los dos la miramos.

–Buenos días, cariño –le dijo él con normalidad.

Ella se acercó a él callada y le dio un beso en los labios.

–Buenos días, mi amor –respondió, luego me miró con tristeza y fue a prepararse un café.

El resto del desayuno, de la mañana y de la tarde transcurrió sin problemas. Papá no solo no había hecho nada de lo que solía hacer, sino que se pasó todo el tiempo ordenando la casa. Recogió el salón, limpió la cocina y el garaje, e hizo una lista con las cosas que había que comprar.

Mi madre no entendía que le había pasado. ¿Qué podía haber cambiado de la noche a la mañana?

– ¿Cariño por qué no vas a comprar al supermercado? Queda un rato antes de que cierre.

Mi madre normalmente había dicho que era mejor hacerla el lunes como siempre, pero no quería darle motivos para enfadarse. Aguantándose el dolor que sentía, cogió la lista  que él le había ofrecido.

–Claro. Iré a por las llaves. Dani, cielo, ve y ponte tus zapatillas.

Miré a mi padre. Supuse que ese era el momento en que nos quedaríamos a solas para jugar nuestra partida.

–Vamos, hijo. Ya has escuchado a tu madre.

La expresión de mi cara hizo despertar una mueca burlona en su cara. Salió de la sala y se dirigió a la cocina.

Mientras íbamos en el coche mi madre puso música. Solo la ponía cuando estaba contenta.

–Parece que tu padre está mejor –dijo feliz–. ¿Ves? Ya te dije que el dragón se iría.

– ¿Y si no se ha ido? –respondí–. Puede que solo esté dormido como otras veces.

  Aunque la radio estaba encendida, el silencio se hizo otra vez.

–Si pasa, mamá luchará con él y lo volverá a dormir.

Dejé a mi madre escuchando su absurda música de adulto y me puse a mirar por la ventana, pero estaba tan ocupado pensando en mi padre que no me fije en lo que había fuera.

Acompañé a mi madre y la vi comprar con normalidad y una cierta felicidad, interrumpida solo por el dolor que sentía al coger cosas pesadas y meterlas en el carro.

No dije una sola palabra hasta que regresamos al coche y guardamos las cosas dentro.

–Mamá.

–Dime cielo –dijo, mientras se ponía el cinturón.

–Si el dragón no se ha ido y vuelve a despertar, ¿hasta cuándo vas a seguir luchando con él?

Mi madre me miró por el espejo retrovisor. No se atrevió a volverse.

–Hasta que tu padre regrese. Las personas no abandonan a quienes más quieren cuando pasan un mal momento. Lo entiendes, ¿verdad?

–Sí –le mentí de nuevo–. Lo entiendo.

La radio estuvo apagada en el viaje de regreso. Mis palabras no solo la habían puesto triste, sino que también la había dejado sin esperanzas de que el hombre del que se enamoró volviera a ser el de siempre. Serlo para siempre.

Aquella tarde me odié, pero odie aún más a mi padre.

Jugaría su juego y le vencería tardase lo que tardase.

Cuando entramos en la cocina cargados con las compras, ninguno de los dos podía creerse lo que veíamos. Mi padre estaba cocinando. En la mesa ya estaban colocados los cubiertos y las bebidas.

– ¿Qué es esto?

Él la miró con una sonrisa que me resultó falsa. Y lo era.

–Esperaba que fuera una sorpresa. Y también que fuera el principio.

– ¿El principio de qué?

El se acercó y le dio un pequeño beso en los labios.

–El principio de lo que una vez fuimos. Déjame que coja esas bolsas. Tú asegúrate de que los espaguetis están en su punto.

Me miró, mientras mamá cumplía sus deseos. No sabía que estaba pasando, pero de lo que no tenía dudas era que no era real. Todo aquel día era una mentira. Lo que buscaba con ella me llevó mucho tiempo comprenderlo, pero cuando lo hice supe que mi padre no era un hombre bueno. Era alguien que se había engañado a si mismo creyendo que lo era hasta que un incidente le arrancó la máscara, mostrándole su verdadero rostro.

Comí en silencio, mientras veía a mis padres hablar como lo hacían en el pasado. Cuando terminamos, él se ofreció a limpiarlo todo. La conversación siguió en el salón, mientras yo observaba. Esperaba el momento en que el dragón saliera, pero nada pasó.

Mi madre miró el reloj y eran las nueve.

–Vaya. Mira la hora que es. Se ha pasado el tiempo en un suspiro. Dani, cariño. Es hora de darte un baño. Iré a prepararte la bañera.

–Cuando prepares el baño –le dijo él– vuelve a bajar. Me apetece seguir “charlando”.

Mi madre le sonrió. Me cogió de la mano y subimos al baño. Mientras llenaba la bañera no paraba de sonreír y tatarear la letra de alguna canción. Quise decirle que papá no era de verdad él. Que solo fingía. Pero ya le había hecho daño una vez ese día. No podía volver a hacérselo.

–Bueno, cielo. El agua está en su punto. Te dejo el pijama aquí junto a la toalla. Ten cuidado al salir. Dejaré la puerta abierta por si necesitas algo, ¿vale?

–Mamá.

– ¿Si?

–Ten… ten cuidado.

Ella me sonrió. Aún hoy recuerdo esa sonrisa. No era de felicidad, pero tampoco de tristeza. Era un punto medio. Era la sonrisa de alguien que había depositado todas sus esperanzas en lo que estaba viviendo. Mi madre esperaba que lo que había pasado ese día fuera real y estaba dispuesta a arriesgarse.

Deseé que no lo hiciera, que no fuera, y aunque me enfadé por hacerlo como el niño pequeño que era, no podía culparla. Yo habría hecho lo mismo, correr cualquier riesgo solo para protegerla de él.

Pasé diez minutos bañándome. Me esforcé por tratar de escuchar de qué hablaban, pero apenas oía sus voces. Cuando salí de la bañera, ya no se oía nada.

– ¿Mamá? –llamé desde la puerta, pero no recibí respuesta.

Me sequé y me puse el pijama tan rápido como pude. Salí del baño y bajé las escaleras con cuidado de no hacer ruido. Cuando llegué al salón encontré a mi madre acostada en el sofá. Corrí hasta ella y vi que estaba dormida. Comencé a balancearla de un lado a otro.

–Mamá. Despierta.

–No se despertará en un rato, hijo.

Su voz me asustó. Estaba tan preocupado por ella que me había olvidado de él. Miré hacia la mesa y le vi sentado. A su lado un cenicero con un caja de cigarros y frente a él un tablero de ajedrez.

– ¿Qué le has hecho a mamá?

–Solo le he dado algo para dormir. No te preocupes. Despertará en un rato. ¿Qué te parece si mientras esperamos a que despierte empezamos nuestro juego? Vamos, siéntate. Es mejor no perder más tiempo.

Alejándome de ella fui hasta la mesa, me senté frente a él y miré el tablero. Me había cedido las blancas.

– ¿Recuerdas el trato?

–Si gano la dejarás en paz… para siempre.

–Y si pierdes tendrás que recibir un castigo.

– ¿Qué castigo?

–Bueno, hijo –dijo mientras sacaba un cigarrillo de su paquete, se lo llevaba a los labios  y lo encendía–. Ya se me ocurrirá algo que nunca olvides. ¿Estás listo?

– ¿Y los días que no juguemos?

– ¿Qué? –preguntó confundido.

–Esta mañana dijiste que no jugaríamos todos los días. Quiero que los días que no juguemos no le hagas nada a mamá.

Me miró en silencio, como si meditara cada una de mis palabras. Aquella sonrisa demoníaca se dibujo en su cara. Extendió la mano hacia donde yo estaba.

–Tenemos un trato. Tú juegas y yo dejaré a tu madre en paz cuando no lo hagamos.

– ¿Lo prometes?

–Claro. Un hombre no vale de nada si no es capaz de cumplir sus promesas.

–Entonces dilo.

–Prometo que a tu madre no le volverá a pasar nada los días que no juguemos al ajedrez y que dejarán de ocurrirle cosas malas cuando logres ganarme. ¿Tú prometes aceptar mis castigos como un hombre y nunca decirle nada de esto a tu madre ni a?

Dudé un segundo y miré al sofá donde mi madre dormía. Luego estiré el brazo, le di la mano e hice un pacto con el diablo.

–Lo prometo.

–Muy bien. Empecemos.

Pensé que sería una partida larga y que se tomaría su tiempo para hacerme creer que tendría alguna oportunidad, pero todo acabó en cuestión de minutos. Me había derrotado como si nada.

–A esto se le llama el mate del pastor. Más te vale no olvidarlo. La próxima vez que juguemos espero que dures algo más. Ahora… ha llegado la hora de tu castigo.

Se acercó a mí con el cigarrillo entre los labios. Me miró, mientras se llevaba la mano a la boca y se lo quitaba con dos dedos. Miré el fuego y el humo que desprendían antes de volver a mirarle. Unos segundos después vi como lo apagaba en el cenicero. Acercó su cara a la mía.

–Tu castigo de hoy es quedarte aquí sentado, mientras papá lleva a mamá a su habitación para descansar. Si te mueves de aquí antes de que yo baje, me enfadaré y puede que mañana tu madre tropiece por las escaleras. ¿Has entendido?

Me mordí el labio y asentí. De pronto noté como su mano me agarraba y tiraba con fuerza de mi mandíbula para que le mirara.

–Háblame como un hombre, mocoso.

–Sí. Lo he entendido.

– ¿Qué más?

–…Papá.

Me soltó con rabia antes de lanzarme una risa burlona.

–No te muevas de ahí.

Vi como se acercaba a mi madre y con mucho cuidado la cogía en brazos. En aquel momento no supe lo que pretendía hacer, y hoy día desearía poder borrar aquel momento.

–Puede que tarde un rato. Hace mucho que tu madre y yo no tenemos un rato a solas. Mira al tablero. Quizás aprendas algo.

Observé cómo se perdía por el pasillo y escuché cada uno de sus pasos subir peldaño tras peldaño. Lo último que oí antes de que un frío silencio me rodeara fue la puerta de la habitación de mi madre cerrarse de un fuerte golpe.

Pasó el tiempo. No sé cuánto pasó, pero cumplí mi parte y no me moví de la silla aunque quisiera hacerlo. Quería saber cómo estaba mamá.

De pronto escuché una puerta abrirse. Escuché como la madera de algunos escalones chirriaba, pero no el sonido de los zapatos de mi padre. Me volví para mirar al pasillo y le vi. A parte de sus calzoncillos no llevaba nada más encima.

Se acercó a donde yo estaba con una cara de indiferencia. Pasó de largo y cogió sus cigarros. Encendió uno y se sentó en la mesa.

–Así me gusta. Que seas un hombrecito que cumple su palabra. Nunca olvides Dani que quien no es capaz de cumplir sus promesas o de ser fiel a su palabra no vale nada. Y cuando no vales nada, es mejor estar muerto.

No dije nada, pero sus palabras nunca las olvidaría.

– ¿Puedo irme ya?

–Puedes irte, pero a tu cuarto. Tu madre y yo tenemos mucho de lo que hablar.

– ¿Está despierta?

–Está... tomándose otro descanso. Mejor vete a dormir. Ya hablaras con ella por la mañana. Buenas noches, hijo.

Le di la espalda y comencé a alejarme en dirección a la escalera. De pronto me volví al escuchar la silla caer. Asustado vi como mi padre venía hacia mí. Me agarró con fuerza del pijama y me lanzó sobre el sofá.

– ¿Qué coño debes decir cuando tu padre dice buenas noches?

Muerto de miedo respondí.

–Buenas noches. Buenas noches, papá.

–Ya estoy harto de tener que repetírtelo. Me parece que tendremos que encontrar una manera de que lo recuerdes.

Llevó el cigarro que tenía entre los dedos a los labios. Con sus manos libres llevo una a mi boca para evitar que gritara y con la otra me levantó el pijama, dejando mi pecho al descubierto. Volvió a coger su cigarro y me miró con maldad.

–Esto hará que nunca se te olvide de nuevo.

Continuará…


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