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Fecha: 11-Jul-18 « Anterior | Siguiente » en Grandes Relatos

Las colinas de Komor XIX

Alex Blame
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Tiempo estimado de lectura: [ 29 min. ]
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El joven se acercó con aire desenvuelto como si ella no fuese más que una campesina más a la que violar e hizo una torpe reverencia antes de coger su mano y besársela. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

XIX

El resto del día transcurrió en una ambiente tranquilo y relajado. Esta vez fue Oliva la que se encargó de vigilar el campamento mientras la doctora pasaba consulta y él se dedicó a hacer el inventario semanal del material y revisar las armas para asegurarse de que le polvo del desierto no hubiese causado ningún desperfecto.

Cuando finalmente la doctora terminó con los pacientes Oliva subió hasta el campamento y cogiendo el libro se puso a leer. A pesar de todo, la historia le había enganchado igual que a él y había continuado leyendo por su cuenta.

Al no tener que hacer decidió coger un paquete de latas de cerveza y observar la puesta de sol. Podía haberse quedado allí mismo, a la puerta de la tienda, pero decidió ir hacia el río. Tras andar unos metros se acordó de una enorme roca, justo en la orilla, doscientos metros fuera del campamento. De unos tres metros de alto y con la superficie ligeramente cóncava parecía un lugar perfecto para tumbarse y beber un par de cervezas.

Se sentó con las piernas colgando y abrió la primera lata. La espuma fresca salpicó su cara polvorienta y su mente anticipó el placer de sentir correr la bebida amarga y refrescante por su garganta reseca.

Acercó los labios a la lata e inclinando la cabeza le dio un largo trago, mientras tanto su mirada se perdía en los retazos de nubes iluminados por un sol agonizante.

—¿Son Budweiser de verdad? —preguntó la doctora.

—¡Vaya, doctora! Si deja de gustarte la medicina puedes dedicarte a las misiones encubiertas. Eres como un gato. —dijo Ray ofreciendo una mano a Monique para ayudarla a subir a lo alto de la roca.

La mujer le cogió la mano mientras con la otra se agarraba a su bíceps. Llevaba unos vaqueros muy ajustados y una blusa blanca con los dos primeros botones abiertos, dejando a la vista una nada despreciable porción de su escote.

Ray, desvió la vista, intentado evitar mirar el profundo canal que separaba sus pechos mientras tiraba de ella. Debía pesar poco más de cincuenta kilos, así que la elevó sin dificultad y la sentó justo a su lado. Tras depositarla a su lado cogió una lata del pack y se la ofreció.

Monique la abrió y bebió al menos la mitad de dos largos tragos. Allí arriba, el espacio era el justo para acogerlos a los dos, haciendo que sus cuerpos contactasen. A la doctora no pareció importarle, así que Ray se relajó y aspiró golosamente el perfume que exhalaba la joven.

—¡Dios, no sabes cómo lo necesitaba! —exclamó ella con una voz ronca y satisfecha, casi sensual— En este lugar es casi imposible conseguir una puñetera gota de alcohol.

—Yo rompiéndome la cabeza para que colaboraras y lo único que tenía que hacer era sobornarte con un par de cervezas... —Ray sonrió y brindaron chocando las dos latas.

Tenard le miró un instante antes de fijar de nuevo su vista en el horizonte.

—Las puestas de sol son espectaculares aquí, ¿Verdad? —dijo ella rompiendo el silencio.

—Sí, aquí encajonados entre montañas, con las sombras alternándose con los distintos tonos de ocre, malva y rojo... Pero supongo que no has venido a parar aquí por las vistas. ¿Cómo es que has acabado en este lugar, doctora Tenard?

Monique desvió la mirada con desconfianza y apretó aquellos labios cuidadosamente perfilados incluso en pleno desierto.

—No es necesario que me lo digas. —dijo al percibir la incomodidad de la mujer— No pretendía sonsacarte nada. Simplemente era por charlar un poco. Si lo prefieres simplemente beberemos cerveza y miraremos las estrellas.

—Ayer vi como hablabas con ese chico de las constelaciones. —dijo ella aceptando una segunda cerveza que Ray le tendía y desviando hábilmente la conversación.

—Me gustan los niños, especialmente los listos. Y aquel chaval era muy espabilado. Para haber sido educado por un mulá semianalfabeto, todas sus preguntas eran inteligentes.

La doctora le miró con aprobación y charlaron sobre el constante adoctrinamiento que recibían los niños de forma que al terminar sus estudios, para lo único que estaban preparados era para la violencia.

Poco a poco la oscuridad se fue haciendo más intensa y cuando las estrellas comenzaron a destacar en aquel cielo libre de contaminación la conversación se desvió hacia las constelaciones.

A medida que la noche avanzaba, mientras Ray le guiaba a través del firmamento, el perfume de la doctora, ayudado por las tres cervezas que había bebido se fue haciendo cada vez más embriagador. Volviéndose hacia Monique le señaló a su derecha la constelación de escorpión emergiendo del macizo del Hindu Kush. La doctora volvió la cabeza y el aprovechó para  acercar la cara a su cuello mientras le señalaba las estrellas.

Monique mantuvo la vista en la constelación mientras el aliento de Ray le acariciaba el cuello. Cuando finalmente volvió a mirar al frente, Ray le miró a los ojos, aproximó su cabeza poco a poco y la besó suavemente en los labios.

Inmediatamente se apartó para dejar que Monique decidiese si aquello le había gustado o no. La respuesta no se hizo esperar y ella le devolvió el beso. Colgándose de su cuello la doctora separó sus labios y le metió la lengua en la boca. Aquella intrusión desató una oleada de excitación que Ray apenas pudo contener.  Abrazándola la obligó a tumbarse a su lado y siguió besándola.

Incómoda en aquella postura, la doctora se colocó sobre él, con las piernas a ambos lados de las suyas y siguió besándolo sin darle tregua hasta que se vio obligada a coger aire.

Ray sintió la tibieza de su cuerpo y el peso de sus pechos sobre su torso y notó como se volvía loco de deseo. Deseaba arrancarle la ropa allí mismo y follársela, pero sabía que no era el momento así que se conformó con los besos y el íntimo contacto de sus cuerpos.

El tiempo se diluyó hasta que finalmente se separaron hambrientos y a la vez satisfechos y se tumbaron uno al lado del otro unos minutos, cada uno perdido en sus propios pensamientos, antes de deshacer el camino de vuelta al campamento.

Tras despedirse corrió hacia la tienda. Oliva estaba frente a los monitores. Se volvió hacia él y le lanzó una mirada fría. No sabía si las cámaras llegarían hasta la roca, pero estaba seguro de que les había visto volver caminando muy juntos y charlando animadamente.

Simulando normalidad Ray se sentó en su catre y ocultó con el libro la sonrisa estúpida que pujaba por salir al exterior.

 

Capítulo 23. Mil piedras en el camino

 

Neelam

Se levantó con las primeras luces del alba consciente de que no tenía ni un minuto que perder. Su marido la había tratado con esplendidez, pero a la hora de invertir en la propiedad había sido bastante tacaño. Al parecer le unía una estrecha amistad al barón que le había eximido de  la mayoría de sus obligaciones para con él, con lo que había conseguido mantenerse sin dificultades explotando el pescado del lago, la madera de la ribera del Brock y algunas tierras que arrendaba algunos campesinos de Komor.

Pero en una semana todo eso había cambiado. El barón la estimaba, pero necesitaba a propietarios fuertes que aportasen dinero a sus arcas, así que era consciente de que tendría que volver a pagar impuestos. Además se estaba empezando a notar la mano de Orkast. El muy cabrón, mediante sobornos o amenazas había conseguido que la mayoría de los arrendatarios y los pescadores la abandonasen.

En cuestión de días se había visto abandonada a su suerte con un puñado de criados bastante entrados en años que apenas eran capaces de mantener la casa y el establo. Los madereros, y los pastores sin embargo eran gente dura y poco dispuesta a dejarse presionar, pero no podía mantenerse únicamente a base de talar los pocos árboles que tenía y matar ovejas hasta que no quedase nada.

Sabía que sería inútil intentar contratar a nadie en Komor. Su propiedad no era demasiado grande, quizás con dos o tres hombres fuertes que dirigiesen a los criados y se encargasen de las tareas más pesadas sería suficiente, pero solo se le ocurría una manera de conseguirlo... y la detestaba.

Tras un frugal desayuno se vistió y cogiendo uno de los caballos se dirigió a Komor para hablar con Yerkin. Aquel anciano era el encargado de guardar el oro de Sermatar e invertirlo en negocios seguros con lo que conseguía una modesta renta.

Su plan era sacar todo el dinero posible de allí para comprar unos esclavos que le ayudasen a explotar las tierras y guardar el dinero que su esposo había escondido en la casa para pagar impuestos y mantenerse hasta que las primeras cosechas le ayudasen a salir del atolladero.

A aquellas horas de la mañana la ciudad parecía adormecida, apenas unos pocos madrugadores salían en dirección al mercado para coger un buen lugar para montar su puesto.

Subió por la calle principal y antes de llegar a la plaza dónde se establecía el palacio del barón y los templos del Dios del río y las Diosas del Bosque y de la Laguna giró a la derecha por un callejón estrecho pero extremadamente cuidado. Pasó por delante de modistos y joyeros que le saludaban con una sonrisa, consciente de que tardaría bastante en volver a visitarlos y entró en el establecimiento de Yerkin.

El anciano, estaba sentado en una esquina del local, al lado del fuego, encorvado, con toda su atención fijada en unos documentos que tenía delante. En cuanto levantó la cabeza para ver quien entraba en el local y la reconoció, su expresión cambió y apartando la mirada se quitó los lentes y se los limpió nerviosamente.

—Hola, Yerkin. —saludó ella intentando parecer perfectamente calmada a pesar de los malos presagios.

—Saludos, Neelam de Amul. Siento mucho tu pérdida y lamento profundamente no haber podido estar presente en el funeral de tuesposo, pero importantes negocios me han mantenido atado a esta silla.

—No hay problema. —le tranquilizó ella— Entiendo que eres un hombre muy ocupado.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó el hombrecillo con voz no muy firme.

—Verás, debido a las circunstancias me veo necesitada de un poco de dinero contante y sonante así que me temo que voy a tener que liquidar las inversiones que mi marido había emprendido contigo. —dijo Neelam alargándole los papeles necesarios.

—Bueno, hija. Me temo que eso no va a ser tan sencillo. La cosa está un poco parada y me he visto obligado a invertir el capital en negocios seguros, pero a largo plazo.

—Pero sé que conservas un porcentaje del capital para atender este tipo de demandas —arguyó ella.

—En efecto, —asintió Yerkin— aunque me temo que antes de ayer vino Orkast por aquí y se llevó todo el efectivo del que disponía. Al parecer va a celebrar una espléndida boda. No dispondré de ese dinero en por lo menos dieciocho meses.

Se le cayó el alma a los pies. Aquel hijoputa se le había vuelto a adelantar. Tras convencerse de que todo esfuerzo era inútil abandonó el establecimiento, seguida por las disculpas de Yerkin asegurándole que recuperaría hasta el último kart en cuanto fuese posible.

El caballo contagiado del ánimo de su dueña caminaba cabizbajo, sin apresurarse de vuelta a casa. Nelaam estaba desolada, pero no pensaba rendirse. Cualquier cosa antes que caer en manos de aquel joven seboso.

Conocía a Gazsi desde que era un pequeño cabrón empeñado en patear los pantalones de los hombres y meterse debajo de las faldas de las mujeres. Cuando creció, aquel niño gordito de ojos azules y gesto siempre obtuso se había convertido en un adolescente grande y gordo, de ojos saltones y cara granujienta que intentaba camuflar con una barba rubia e irregular. Acostumbrado a hacer lo que le daba la gana, consciente de que el dinero de su padre arreglaría cualquier burrada que el hiciese, se dedicó con un selecto grupo de amigos (la gente solía llamarles la banda de las bestias) a acosar y perseguir a todas las jóvenes de Komor.  Ella misma hubiese sido una de sus víctimas de no ser por su temprano matrimonio. Finalmente hasta su padre creyó llegado el momento de que todo aquello terminase y el chico se convirtiese en un joven sensato.

Al final solo las amenazas de Orkast de cortarle el grifo si continuaba con sus peleas y sus acosos logró aplacarle y los últimos años se había convertido en un chico más sensato, sin dejar de hacer lo que había hecho hasta ahora, pero mucho más discretamente, sustituyendo las campesinas e hijas de comerciantes, por putas y esclavas que a nadie importaban.

Cuando salió de Komor, el aire fresco de las montañas le refrescó la cara y le sacó de sus pensamientos, recordándole que el invierno se acercaba. Deseosa de sentir aquel viento frío que presagiaba nieve le azotase la cara llevándose todas sus preocupaciones azuzó a su montura.

La carrera duró poco. Menos de una milla después Temblor perdía una de sus herraduras. Intentando no tomárselo como un presagio, desmontó y llevó a la cabalgadura por las riendas. Afortunadamente la forja de  Aselas  estaba cerca. Había oído hablar del viejo excéntrico que tenía su herrería en las afueras de Komor aunque nunca había recurrido a él, ya que  tenía una más cerca de su casa.

Nadie recordaba exactamente el momento en que había llegado a Komor y los más viejos del lugar decían que tenía más de cien años. Vivía y trabajaba solo, sin ayudantes ni aprendices en una gran casa de piedra, a media milla del camino de Samar, rodeado de un espeso bosque de hayas tan viejos como él y una serie de pequeños montículos humeantes de los que según las malas lenguas sacaba una piedra ardiente que junto con oscuros conjuros le permitía dar a sus instrumentos una calidad excepcional.

La gente de Komor desconfiaba de él, hablaba a sus espaldas y procuraba mantener las distancias, pero recurrían a él porque sabían que sus herramientas, a pesar de ser caras, eran para toda la vida.

El parecía estar satisfecho con aquella vida solitaria y no se mostraba en público nada más que para ir al mercado muy de tarde en tarde.

Cuando llegó al desvío, dudó un instante. No le gustaban los ermitaños y las historias que contaban sobre el herrero la inquietaban, pero si no arreglaba la herradura tendría que hacer varías millas caminando.

Finalmente suspiró y se internó en la estrecha vereda. Total, no se le ocurría que más le podía ir mal.

A los pocos metros el camino se internó en un espeso hayedo. El viento hacía que las ramas chasqueasen y las primeras hojas del otoño comenzasen a desprenderse, cayendo a su alrededor y creando un ambiente perturbador.

Poco más de una milla después cruzó un pequeño riachuelo por un estrecho puente de madera y el bosque empezó a abrirse hasta formar un amplio claro en el centro del cual había  una pequeña casa de piedra con un enorme taller adosado de cuya chimenea emergía un volcán de chispas.

Aun indecisa, tiró de Temblor y se dirigió a la puerta de la fragua donde resonaban los inconfundibles sonidos de un martillo golpeando rítmicamente como el  latido de un corazón, dándole a la forja junto con las chispas de la chimenea el aspecto de un dragón viviente.

—¡Hola! —gritó para hacerse oír por encima del estruendo del martillo.

El tañido del martillo sobre el yunque se interrumpió un instante y ella aprovechó para asomar la cabeza por la puerta y saludar de nuevo.

—¡Buenos días!

—¡Ah! ¡Hola! —dijo un hombre alto, delgado y con el cráneo pelado como un melón.

Desde luego aquel hombre de aspecto frágil no cuadraba con la idea que tenía de un herrero. No tenía los brazos y los hombros hipertrofiados por el enorme esfuerzo que representaba el mover y dar forma al metal y la única señal que demostraba que hasta hacía unos segundos estaba trabajando en torno a una forja era una pequeña mancha de hollín en la punta de su ganchuda nariz.

El hombre se quitó un mandil de cuero tan limpio como el resto de su vestimenta y se acercó a saludarla. La sonrisa que mostró, franca y tranquila, mostrando una dentadura completa y blanca como la nieve que aun cubría la parte más alta de las colinas, la tranquilizó.

—Soy Aselas. Creo que no te conozco. Es la primera vez que vienes por aquí. ¿Me equivoco?

—No, no te equivocas. —respondió ella un poco cohibida— Mi nombre es Neelam de Amul.

—Así que eres tú. Hasta aquí han llegado noticias de la bella esposa de Sermatar. ¿Qué tal le va a ese viejo zorro? —preguntó Aselas mientras estrechaba la mano de la joven y la rozaba ligeramente con sus labios.

—Mi esposo murió hace una semana. —respondió ella conteniendo las lágrimas a duras penas.

Aselas mantuvo la mano de Nelaam y la observó con aquellos ojos duros e inexpresivos, carentes de cejas y pestañas.

—Veo en tus ojos verdadera aflicción, pequeña, por ello lamento aun más tu perdida. Probablemente no lo sepas, pero hubo un tiempo muy lejano, en que fuimos camaradas. Luego la vida nos llevó por distintos caminos, pero aun así lo seguía apreciando. Es una triste noticia. Por favor, acepta mi más sentido pésame.

Neelam lo miró extrañada. Si Sermatar le hubiese hablado de aquel hombre lo recordaría, aunque también tenía que reconocer que su esposo raramente hablaba de su pasado.

—En fin, pequeña, ¿Qué puedo hacer por ti?

—Mi caballo ha perdido una herradura, ¿Podrías ayudarme?

—Por supuesto, deja que le eche un vistazo a tu animal.

El anciano se acercó a Temblor que resopló inquieto y echó las orejas hacia atrás desconfiando de aquella figura que se le acercaba, pero Aselas acarició su cuello y susurró algo a su oreja y el animal se relajó inmediatamente.

Observado de cerca por Neelam golpeó con suavidad cada una de las patas de Temblor y este levantó los cascos dócilmente dejando que él herrero los inspeccionara.

—No están tan mal para no haber sido cuidados en bastante tiempo aunque me temo que si quieres llegar a casa voy a tener que cambiar todas las herraduras.

La joven asintió rezando para que no le saliese demasiado caro y cogió a Temblor por las riendas para facilitarle el trabajo al anciano.

Echando mano a unas tenazas que colgaban de su cinturón de herramientas sacó hábilmente los clavos que sujetaban las herraduras que le quedaban al caballo y las retiró.

Guiada por la curiosidad siguió al anciano al interior de la fragua. La verdad la desilusionó un poco. Apartando un lingote de hierro que estaba trabajando en ese momento comenzó a forjar unas herraduras nuevas a partir de unos pedazos de hierro que ya tenían su forma y se limitó a calentarlos y adaptarlos para que se ajustasen a los cascos de Temblor.

Trabajó tan rápido y con tanta pericia que el joven Malas, el herrero al que solían acudir, parecería a su lado un torpe aprendiz.

Luego, durante los siguientes minutos se dedicó a arreglar los cascos y cuando terminó le colocó las herraduras al caballo. Mientras trabajaba tenía un aire tan absorto que Neelam apenas se atrevió a interrumpirle con preguntas.

Cuando por fin se dio por satisfecho, Aselas ató el caballo a un poste y la invitó a un té. Neelam era consciente de que no podía demorarse si quería llegar antes de que se hiciese de noche, pero el herrero insistió y ella no supo resistirse.

La casa del anciano era sorprendentemente acogedora y olía a madera de roble y a la lavanda que colgaba del techo en un apretado ramillete.

—Bueno, ¿Y qué planes tienes ahora? —dijo el hombre sirviendo una taza de el té más sabroso y aromático que jamás había probado.

—Sobrevivir, supongo. Aunque no me lo están poniendo fácil. Ese cabrón de Orkast tiene puesto el ojo en mi propiedad desde hace mucho tiempo y se dedica a hacerme la puñeta todo lo que puede para después obligarme a casarse con su hijo.

El herrero levantó la vista del té y rodeando la taza con sus manos, como si echase de menos el calor de la forja, la atravesó con aquella mirada fría y penetrante y finalmente habló.

—Veo en ti la determinación y la astucia suficientes para superar todos los inconvenientes que te encuentres en el camino. Solo tienes que confiar en ti y recordar siempre que la fuerza y la sinceridad de un hombre está en su mirada y que la primera intuición de una mujer es la adecuada. Sigue el camino del águila y nada impedirá tu fortuna.

Neelam apenas entendió aquellas palabras, pero sintió como una oleada de confianza la recorría. El futuro que antes veía brumoso se abría ante ella y ahora sabía lo que tenía que hacer. Era el momento de arriesgar todo lo que tenía para conseguir la libertad e independencia que tanto ansiaba.

Reconfortada terminó apresuradamente el té. Tenía un montón de cosas que hacer antes de partir para Puerto Brock. Intentó pagar al anciano por sus servicios, pero él se negó a recibir ni un solo kart aduciendo que en honor a la memoria de Sermatar se sentía incapaz de cobrarle nada.

Neelam agradecida se acercó y estampó un sonoro beso en aquella arrugada mejilla antes de subirse a Temblor e internarse con un trote alegre en el hayedo que ahora ya no le parecía tan amenazador.

Orkast

Como siempre, el soplapollas de su hijo se retrasaba. Estaba harto de que jamás apareciese cuando lo llamaba. Al final tuvo que salir a buscarle. Afortunadamente, nunca andaba muy lejos.

Con paso decidido bajó por la calle de los sastres y giró a la izquierda hasta un callejuela estrecha y sin salida donde estaba la Casa de los Altos Placeres, un nombre un tanto pretencioso para un prostíbulo, por muy mullidas que fuesen las camas y muy limpias y bonitas que fuesen las putas.

Abrió de una patada la pesada puerta y apartando al vigilante que le reconoció de inmediato y le dejó pasar, llamó a gritos a Dolunay, la dueña del prostíbulo.

—¡Oh! ¡Qué gran honor! El insigne Orkast, el comerciante más astuto de todo Komor me honra visitando mi humilde establecimiento... —cacareó la madame acercándose todo lo rápido que sus abundantes carnes le permitían.

—¡Déjate de lisonjas, vieja bruja y dime dónde coños está metido mi hijo!

—Está arriba, con Esmira. Es mi nueva y más costosa adquisición. Traída de las Islas de los Volcanes, sus labios son como fresas, sus ojos son del color del lapislázuli y su pelo del color de una noche sin luna...

Orkast la ignoró y subió los escalones de dos en dos. De un empujón abrió la puerta y encontró a su hijo tumbado al lado de una joven desnuda. 

La vieja alcahueta tenía razón. La joven era una belleza de ojos grandes, nariz pequeña, pómulos altos y labios gruesos y jugosos. Observó su cuerpo desnudo de color cobrizo con unos pechos pequeños y redondos de pezones oscuros y unas piernas largas y esbeltas.

—Hola, padre. ¿Verdad que es una belleza? —lo saludó Gazsi dándo la vuelta a la joven para que pudiese ver su culo terso y perfectamente esférico.

—Vamos, tenemos que irnos. Sabes de sobra que hay cosas que hacer. —respondió él a pesar del hormigueo que estaba empezando a experimentar en las pelotas.

—Venga, papá. Esa zorra no va a ir a ningún sitio. Sin embargo, a esta la tenemos aquí. —dijo mientras le daba un sonoro cachete en el culo a la puta.

Esmira se revolvió y trató de devolverle el golpe a Gazsi, pero este la cogió fácilmente por las muñecas y le dio un beso largo y sucio. La joven intentó luchar, pero su hijo se tumbó encima y la redujo aprovechando su corpulencia para inmovilizarla. Debajo de aquella masa de carne la mujer no tenía ninguna oportunidad y finalmente se rindió. Solo en ese momento Gazsi se apartó un instante para permitirle coger aire.

Ignorando las prisas de su padre sobó el cuerpo de la joven le chupó los pezones y le metió dos dedos en la boca, profundamente hasta provocarle una arcada. La joven gritó sorprendida pero abrió la boca obediente y chupó con fuerza.

—Vamos, papá. Mira que pezones. —le animó Gazsi mientras pellizcaba los pezones de la chica.

Orkast no lo admitió, pero estaba cada vez más excitado. Sentía como crecía su miembro dentro de sus calzones.

Mientras tanto su hijo había aprovechado para meter los dedos en el sexo de la esclava y masturbarla con violencia. La joven era la pura imagen de la lujuria retorciéndose de placer y gimiendo y jadeando con la saliva resbalando de su boca abierta y anhelante.

No pudo contenerse más y acercándose al lecho tiró de la joven hasta que su cabeza sobrepasó el borde de la cama. Con urgencia se sacó la polla y sujetando a Esmira por el cuello se la clavó profundamente en la boca.

Ella le miró con aquellos ojos claros como el agua de un glaciar y se tragó su miembro obediente. Disfrutando como un loco, observó como su capullo hacía relieve en el delicado cuello de la joven.

Gazsi entretanto la había penetrado el coño y empujaba con todas sus fuerzas. La joven esclava gemía y se retorcía.

Orkast solo apartó la polla cuando vio que la joven estaba a punto de ahogarse. Esmira suspiró y cogió una angustiosa bocanada de aire antes de que le volviese a meter la polla. En ese momento comenzó a turnarse con su hijo, alternándose y utilizando el impulso que le daba uno para profundizar la penetración del otro.

Esmira gemía y se agarraba a las sábanas con desesperación con todo su cuerpo bañado en sudor, dejando impotente que cuatro manos lo sobaran y estrujaran.

A punto de correrse se separó y Gazsi aprovechó para tirar de la joven y colocarla en su regazo. Esmira empezó a saltar sobre su polla y mover sus caderas como una abeja furiosa. Gazsi se agarró a su cintura y dejándola hacer le besó el cuello, los pechos y la boca.

Poco a poco se dejó caer con la joven encima y agarrándole el culo le separó los cachetes mostrando a su padre el delicado agujero del ano de la esclava.

No se lo pensó y acercándose cogió a la joven por los muslos y enterró su polla en el agujero que quedaba libre. Esmira pegó un aullido de sorpresa y se quedo rígida. Apresurándose cogió a la joven por el pelo  para evitar que se escapase y siguió hincándole la polla profundamente hasta hacerla desaparecer de nuevo en el interior de su ano. La joven soltó un largo gemido al sentir como aquella enorme tranca le llenaba las entrañas y se quedó quieta unos instantes.

Gazsi entretanto, no había parado de follarla y podía sentir como sus pollas se rozaban solo separadas por una fina capa de tejido. Aquello le puso todavía más caliente y comenzó a moverse dentro de ella abrazando el torso de la joven que gemía y gritaba al sentir como aquellas dos enormes pollas la avasallaban.

Incapaz de contenerse más, con dos últimos empujones se corrió llenando el culo de la joven con su leche.

Cuando se apartó, su hijo se separó y se corrió sobre su cara. La joven, jadeando y con el cuerpo brillante de sudor de padre e hijo, sonrió aliviada y jugó con la leche que cubría su cara.

Orkast sintió un último pinchazo de deseo al ver a la joven exhausta con todas las aberturas de su cuerpo enrojecidas y dilatadas, pero finalmente recordó lo que había venido hacer y dejando un puñado de karts sobre el cuerpo de la chica tiró de su hijo y le obligó a ponerse en pie.

Le gustaría agarrar a aquel mequetrefe por el cuello y tirarlo de cabeza al Brock. Pero en el fondo estaba orgulloso de él. A su edad era igualito. Un caprichoso hijo de puta. Esperaba que ahora que le había llegado la hora de madurar, también estuviese a la altura y se las arreglase para no parecer un patán ante Neelam.

Cuando salieron seguidos por los adulaciones de la madame ya era casi mediodía. Gazsi se quejó e intentó parar en la taberna a comer algo, pero Orkast consciente de que eso degeneraría inevitablemente en una borrachera le dio un trozo de empanada de cordero y le obligó a montar.

Sin dejar de protestar se subió al caballo y salieron de la ciudad a paso ligero. Tendrían que darse prisa si querían estar de vuelta al anochecer.

Neelam

La llegada de sus dos visitantes no le pilló del todo desprevenida. Había pasado casi una semana desde su fallida visita a Komor y probablemente pensaría que ya habría tenido tiempo de darse cuenta de que no tenía otra salida.

Sin embargo esos días no había estado quieta. Había estado haciendo recuento de todo su dinero. Sermatar era un hombre prevenido y mantenía dinero escondido en varios sitios de su casa para el caso de una emergencia. No era mucho, pero era suficiente para poner en marcha un plan desesperado. Además, a pesar de su fama de tacaño su esposo le había comprado numerosas joyas y pese al dolor que le producía estaba dispuesta a venderlas para conseguir algo de dinero extra.

—Saludos, bella Neelam. —dijo Orkast zalamero mientras él y su hijo desmontaban.

—Saludos, Orkast. ¿Qué te trae por aquí?

—La verdad es que íbamos camino de una pequeña propiedad que tengo río arriba y ya que pasábamos por aquí me pareció buena idea pasar a saludar y presentarte a mi hijo Gazsi.

El chico se adelantó un paso y se quedó parado al lado de su padre, con aquellos ojos de pescado ahogado fijos en ella.

La mirada que le lanzó el chaval era tan sucia que a pesar de llevar un grueso vestido de lana y un chaleco de cuero grueso le hizo sentirse totalmente desnuda.

—Vamos, ¡Muévete! —le dijo Orkast a su hijo empujándole hacia ella.

El joven se acercó con aire desenvuelto como si ella no fuese más que una campesina más a la que violar e hizo una torpe reverencia antes de coger su mano y besársela.

Neelam contestó con una fría sonrisa mientras contenía el reflejo de limpiar de saliva el dorso de su mano.

—Es un placer conocer por fin a mi futura esposa —dijo Gazsi dando el oso por cazado.

Aquella forma tan directa de tratarla, como si no tuviese ninguna opción, como si ella solo fuera un mueble, la cabreó y tras tragarse un par de insultos, respiró un instante antes de contestar. Necesitaba tiempo y no quería contrariar a aquellos dos. No querían que sospechasen que aun no estaba preparada para rendirse así que optó por darles largas.

—Eres muy amable joven Gazsi, pero el dolor por mi perdida aun no me permite pensar en mi futuro. Es demasiado pronto, así que espero que seas paciente conmigo  y me des un poco más de tiempo.

—¡Más tiempo! ¿No te han parecido suficientes seis años marchitándote al lado de ese carcamal? —logró soltar el joven antes de que su padre le tapase la boca.

—Perdónale. El chico tiene la sangre hirviente como su padre a su edad. La realidad es que está ansioso por hacerte la esposa más feliz del mundo. Y para que veas que nuestra oferta es sincera ha comprado algo para ti. —intervino Orkast a la vez que daba un codazo a su hijo en el costado.

Gaszi, de mala gana, se acercó a la alforja de su montura y sacó un estuche. Esta vez un poco más inseguro, se acercó a ella y abrió el estuche. En su interior brillaba una gargantilla de oro cuajada de piedras preciosas, de aspecto muy caro, pero no demasiado bonita. Para su gusto se parecía demasiado al aro que llevaban los esclavos en el cuello. Neelam dudo un momento. Si aceptaba podía dar la idea de que no le desagradaba la idea de aquel compromiso, pero si no lo hacía los contrariaría y podía hacerles sospechar que tramaba algo.

—Esta joya ha pertenecido a la familia durante generaciones. —dijo el chico recitando probablemente las palabras que su padre le habría hecho memorizar— Seria un honor que aceptases este presente en señal de mi... amor.

Neelam hizo un amago de sonrisa y aceptó finalmente el presente. A pesar de que tácitamente era una capitulación por su parte, no era un compromiso definitivo y no le costaría mucho encontrar una excusa para quitar importancia a aquel regalo en el futuro.

Consciente de su deber como anfitriona les invitó a tomar un té. Los dos hombres aceptaron con gusto. Ella los atendió en el porche delantero. A pesar del que las noches ya no eran tan calidas en aquella época del año, por nada del mundo deseaba que aquellos dos mancillasen su hogar con aquellos cuerpos que apestaban a sudor de caballo y aquellas miradas que emanaban avaricia y lujuria.

Los hombres alabaron el té y las galletas mientras miraban con desdén a los viejos sirvientes y hacían comentarios sobre las posibilidades que podían tener sus propiedades con un poco de sangre joven que las trabajase.

Ella contuvo su ira y se mostró lo más atenta que fue capaz, sirviéndoles el té personalmente, aparentando tomar nota de los consejos del padre e ignorando las miradas lujuriosas del hijo.

Por fin, después de una hora que se le hizo interminable, se levantaron y se despidieron prometiéndole volver a visitarla cuando estuviese preparada para dar una respuesta.

Desde el porche les observó montar y desaparecer poco a poco. Solo cuando desaparecieron de la vista se permitió tumbarse en la cama y llorar hasta que se quedó dormida.

Orkast

Subieron a sus monturas y se alejaron. La visita había ido mejor de lo que esperaba a pesar de que su hijo había hecho todo lo posible para cagarla. ¿Cuándo aprendería aquel idiota que la fuerza bruta no era la solución para todo?

—¡Maldita puta! —exclamó Gazsi cuando se hubieron alejado unos pasos— ¿Quién coño se cree que es para mirarme como si fuese una jodida garrapata?

—Una mujer de verdad, no la hija adolescente de un molinero que sabe que si no te deja hacer todo lo que tú quieras yo hundiré a toda su familia. Deberías saber que a pesar de sus orígenes ahora es una mujer respetada.

—Me da igual,  te juro que la noche de bodas me respetará como a su marido o le reventaré el culo. Por mucho que me desprecie, bien que ha aceptado el collar. Al final todas las mujeres son iguales. Lo único que quieres son bonitas joyas y una buena chorra entre sus piernas. —dijo su hijo echando mano a su paquete.

—No te confundas, esa mujer es lista. Mientras tú te fijabas en sus pechos yo me di cuenta como miraba el regalo y sopesaba los pros y los compras de aceptarlo. Si lo ha cogido finalmente es porque sabía que no tenía otra alternativa. Esa mujer no se ha rendido. Estoy seguro de que aun nos tiene alguna sorpresa preparada.

—Chorradas, padre. No es más que una mujer. Lo único que saben hacer bien es abrirse de piernas.

—¡Basta ya! —estalló Orkast dando un puñetazo a su hijo que casi lo tiró de su montura— Eres idiota. Doy gracias a los dioses de tener dos hijos más, porque tú eres una continua decepción. Lo único que sabes hacer es beber e ir de putas. Estás a punto de comenzar tu vida adulta y sigues comportándote como un niño caprichoso. Espero que a partir de ahora te comportes como se supone que lo debe hacer una persona de tu rango.

—¿Y qué pasará si no lo hago?

—Te prometo que si esta vez la cagas y no consigues casarte con Neelam te enrolaré en el ejército. Estoy seguro de que en la frontera con Samar aprenderás a ser un hombre de verdad.

Aquella amenaza la había proferido muchas veces, pero Gazsi no era ningún tonto. Conocía a su padre y sabía cuando hablaba en serio, así que calló por fin. Orkast miró a su hijo por enésima vez preguntándose si sería capaz de llevar a cabo aquella amenaza alguna vez.

Esta nueva serie consta de 41 capítulos. Publicaré uno más o menos cada 5 días. Si no queréis esperar o deseáis tenerla en un formato más cómodo, podéis obtenerla en el siguiente enlace de Amazón:

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Un saludo y espero que disfrutéis de ella.

 

Guía de personajes principales

AFGANISTÁN

Cabo Ray Kramer. Soldado de los NAVY SEAL

Oliva. NAVY SEAL compañera de Ray.

Sargento Hawkins. Superior directo de Ray.

Monique Tenard. Directora del campamento de MSF en Qala.

COSTA OESTE DEL MAR DEL CETRO

Albert. Soldado de Juntz y pirata a las órdenes de Baracca.

Baracca. Una de las piratas más temidas del Mar del Cetro.

Antaris. Comerciante y tratante de esclavos del puerto de Kalash

Dairiné. Elfa esclava de Antaris y curandera del campamento de esclavos.

Fech. guardia de Antaris que se ocupa de la vigilancia de los esclavos.

Skull. Esclavo de Antaris, antes de serlo era pescador.

Sermatar de Amul. Anciano propietario de una de las mejores haciendas de Komor.

Neelam. Su joven esposa.

Bulmak y Nerva. Criados de la hacienda de Amul.

Orkast. Comerciante más rico e influyente de Komor.

Gazsi. Hijo de Orkast.

Barón Heraat. La máxima autoridad de Komor.

Argios. Único hijo del barón.

Aselas. Anciano herrero y algo más que tiene su forja a las afueras de Komor

General Aloouf. El jefe de los ejércitos de Komor.

Dankar, Samaek, Karím. Miembros del consejo de nobles de Komor.

Nafud. Uno de los capitanes del ejército de Komor.

Dolunay. Madame que regenta la Casa de los Altos Placeres de Komor.

Amara Terak, Sardik, Hlassomvik, Ankurmin. Delincuentes que cumplen sentencia en la prisión de Komor.

Manlock. Barón de Samar.

Enarek. Amante del barón.

Arquimal. Visir de Samar.

General Minalud. Caudillo del ejército de Samar.

Karmesh y Elton. Oficiales del ejército de Samar


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