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Fecha: 17-Jun-18 « Anterior | Siguiente » en Transexuales

Cómo llegué a ser lo que soy (cap1)

Ximena Diaz
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Relato de cómo llegué a ser lo que soy Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Este es un relato muy personal, en el que vuelco mi alma y comparto con Ustedes cómo llegué a ser lo que soy ahora. Lo que sigue a continuación es el primer capítulo, en el que explico el porqué; en el próximo les confesaré el cómo.

Desde muy joven la había sentido, esa fascinación por lo femenino, por ese oscuro misterio que irradia belleza, sensualidad y que atrae y vuelve locos a los hombres. Fascinación que creció con el tiempo y mutó, en admiración primero y en envidia después, pues lo cierto es que en lo más profundo del alma deseo ser mujer; pero en vista de las circunstancias, al menos poder verme y sentir como mujer… y una muy femenina, elegante y sexy, claro está, pues la imaginación es libre y da para todo. Y así, de a poco, fui dejándome llevar por esta fascinación, vistiéndome a escondidas en un principio, imaginando todas las sensaciones que debe vivir la mujer al ser admirada, deseada y poseída, cuidando mucho mi cuerpo y practicando mi presentación y mis modos durante toda la adolescencia, etc., de modo que cuando las circunstancias de la vida ya me permitieron vivir solo y tener la privacidad y los medios necesarios, ya lograba yo transformarme en lo que soñaba. La transformación física que lograba era realmente formidable, una cara jovial, un vientre plano, algo de cintura y caderas, aprendí a ocultar mis órganos masculinos por completo y, sobre todo mi mayor orgullo, unas piernas de aquellas. Era una mujer perfecta y me sentía así… bueno, casi perfecta… pues aún faltaban algunos rasgos, por desgracia los más importantes pero que sólo con cirugía podría haber logrado, más ello no era una opción pues no serían fáciles de ocultar en el día a día.

Y es que durante todo este último tiempo y a pesar de las facilidades de que disponía, mi fantasía seguía siendo sólo eso, una fantasía inconfesable, y mis deseos vivían ocultos en lo más profundo del alma, aplastados por la vida en apariencia normal que yo permitía que la sociedad me obligara a llevar. Vestía normal, trabajaba normal y hasta tenía relaciones normales pues, de hecho, no me iba nada mal con las mujeres e incluso llevé adelante relaciones amorosas serias y gratificantes por largos períodos, incluyendo buen sexo. Me gustaban las mujeres, aún me gustan, y mucho, tanto así que desearía ser una de ellas… nunca me he logrado explicar esas contradicciones y claramente algo no está del todo claro en mi cerebro.

Ya les conté que toda esta locura me viene desde muy chico y es muy probable que mi madre haya tenido algo que ver pues hay lagunas nebulosas en mi memoria que me hacen suponer haber visto a mi madre siendo gozada en la cama por otro hombre, claramente no mi padre, más todo ello permanece muy borroso y no puedo asegurar si efectivamente sucedió o sólo son ratoneos de mi mente, pero de lo que no hay duda es que dejó una profunda huella en mi subconsciente. De hecho, por aquella misma época fui llevado por un poco noble jardinero a la bodega del fondo, donde comenzó a mostrarme revistas pornográficas mientras me exhibía, orgulloso, su enorme verga, asegurándome con total desparpajo que a mi mamá le encantaba que se lo metiera, tal como en las fotos de las revistas. Y al oír eso, acicateado además por la provocativa visión de su virilidad, estalló de inmediato en mí el morboso deseo de ver cómo se culeaba a mi madre, y al mismo tiempo, ser como ella y yo mismo le propuse entonces, entre nervioso y caliente, un juego en el que yo actuaría como ella, mi madre y él la tomaba y poseía como mujer en mí. ¿Qué locura no? Cómo y porqué un muchachito de once o doce años podía llegar a imaginar y excitarse con semejante idea es algo que ni Freud podría explicar, mucho menos yo, pero así fue como sucedió y así se los cuento. En fin, el jueguito aquel finalmente debió terminar abruptamente y no alcanzó a llegar a la penetración, pero el placer que me produjeron esos primeros manoseos y besos y el contacto de esa verga dura y calientita en mi piel quedaron grabados a fuego y para siempre en mi alocada psiquis.

Con el tiempo, y a pesar de llevar una vida normal, tales deseos y fantasías sólo se acentuaron, si es que acaso ello fuese posible, y tan así que al estar con alguna de mis chicas, y especialmente al tener sexo con ellas, mi excitación normal crecía enormemente en aquellas ocasiones en que me imaginaba ser ellas en esa misma situación, al ver y sentir sus pieles suaves, la ternura de sus besos, la turgencia de sus senos, el olor de sus sexos y los gemidos de su gozo, todo ello me hacía desear lo que Ustedes ya saben.

Uno de los mayores placeres que he tenido hasta ahora en la vida, aunque también muy doloroso, se dio con la involuntaria complicidad de una novia a quien yo amaba genuinamente. Ella era Ximena, una joven hermosa y elegante, un auténtico bombón, y además bastante liberal y dada a experimentar, con quien fantaseábamos mucho durante el sexo, y a mutua satisfacción por cierto simulábamos que ella era forzada por un hombre desconocido y que ella terminaba gozando locamente con él. Desconozco la razón de fondo, pero el hecho es que tan sólo la idea de que ella se entregue a otro hombre hacía explotar fuegos artificiales en mi libido, por lo que al poco tiempo moví magistralmente mis piezas y logré juntar en mi departamento una tarde de finde a mi noviecita junto a un gañán de baja clase, supuesto conocido del trabajo, y luego, aduciendo la falta de algunos licores salí de ahí con la excusa de ir a comprar más, dejándolos solos. El gañán comprendió de inmediato que le dejaban la bandeja servida y supongo que no tardó en lanzarse sobre mi novia, quien no pudo o no quiso decir que no. Media hora más tarde, ya había anochecido, volví en absoluto silencio al departamento, la luz de la sala estaba apagada y me dirigí temblando en dirección al dormitorio y allí, agazapado junto a la puerta, quedé paralizado al ser testigo de cómo mi amorcito y su nuevo macho consumaban su amor carnal. Las sombras se movían y perfilaban claramente contra la difusa y poca luminosidad que entraba por la ventana, ella, tumbada de espaldas, le entregaba todos sus encantos mientras que él, potente y victorioso, la montaba con fuerza, casi con violencia, como soltando la rabia ancestral de los de su clase, gemidos y besos daban cuenta de la pasión que se desataba delante de mis ojos, mientras yo, inmóvil en el pasillo, sudaba en frío mientras sentía temblar todo mi cuerpo en la mayor excitación que había sentido jamás, un placer fuerte me inundaba todo por dentro y  me hacía sentir en carne propia todo lo que veían mis ojos, cada embestida con la que él ensartaba su verga en mi amada la sentía yo en mi propio vientre, cada gemido salía de mi garganta y, sobre todo, cada caricia y beso que ella le prodigaba lo sentía yo como tributo propio y personal hacia al hombre dominante que estaba poseyendo a la mujer que hasta ese momento había sido mía. No me atreví a interrumpirles, no me sentí digno de ello y salí sigilosamente dejándoles solos para que terminaran de consumar su unión, y al abrir la puerta para salir, escuché los postreros gemidos que indicaban inequívocamente que habían llegado a un clímax explosivo… me derramé ahí mismo, sin siquiera tocarme. Salí a la calle para dar vueltas enfebrecidas por la ciudad, sentía mucha rabia e impotencia pero al mismo tiempo estaba como en éxtasis, no podría definirlo, entré a un bar a celebrar una copa más no podía estar tranquilo, quería correr y escapar de todo y terminé de madrugada en un tugurio, llorando junto a una prostituta que se mofaba de mi porque no se me había podido parar el pico; más mi llanto no era por la falta de erección, que ya me había sucedido en alguna ocasión, sino por la mutua traición que mi querida novia y yo nos habíamos hecho, con la consiguiente pérdida de ella como tal.

Cuando volví a mi departamento ya se habían ido, sólo quedaban las sábanas arrugadas como mudo testigo del maravilloso acto ahí había ocurrido, sus olores aún frescos e impregnados en las telas y aspiré extasiado tanto su delicado perfume como también rastros del sudor ocre y amargo del hombre, y me revolqué como loco en esas mismas sábanas, excitado, tratando de retener las visiones y gozo de la noche anterior, intentando imaginar lo que sintió ella al estar tumbada ahí mismo y bien ensartada por aquel tipo, tratando de sentir lo mismo que ella cuando era penetrada por la carne enardecida de su hombre, adentro y afuera, una y otra vez, cada vez más profundo, más caliente… que sentía?  tuvo acaso alguna consideración hacia mi o a nuestro amor en algún momento? o sólo se dejó llevar por el morbo de la situación al estar siendo seducida por el ímpetu de ese semental? no, no creo que yo le importara mucho, porque fui testigo de cómo ella le acariciaba como con ternura mientras él chupaba y manoseaba sus senos y mordía sus pezones, porque vi cómo en medio de las ansiedades ella le abrazaba mientras él la gozaba metiéndole la verga hasta el fondo… qué sentían? qué se decían? cómo recibió su descarga? sobre su piel? o gozosa en la profundidad íntima de su vientre? se besaron con adoración al terminar? me revolvía en éxtasis divagando en todo ello, me imaginaba yo mujer y haber sido yo quién se le entregara esa noche, aspiraba y relamía de las telas los sudores ocres del macho, mi macho, aún frescos, mientras deseaba estar siendo poseída, no, violada, ahí mismo, por él mismo, y sentí cómo me montaba, con ansias, con frenesí, abría mis piernas para recibir su verga, así, así, métemela por favor, adentro, ohhh que rico, más adentro, sí mi amor, me encanta, dámela más, más, muérdeme, bésame, lléname mi amor, por favor, lléname ahora, ahora, síiiii… y acabé descargando sobre las sábanas, esas mismas sagradas sábanas sobre las cuales mi querida Ximena entregó su amor de mujer, profanándolas con la esencia seminal de este intruso.

Ximena no contestó mis llamadas por varias semanas, me exasperaba no saber nada de ella, de lo nuestro, de lo qué pasó entre ellos, necesitaba respuestas y me habría encantado recibirlas de ella misma, mirarla a los ojos mientras me explicara lo que había sucedido y lo que había sentido, pero estaba claro que eso no me lo diría nunca, son experiencias y recuerdos de ella y los guardaría para siempre. Sólo volví a verla una vez más, para intercambiar los típicos objetos personales dejados atrás, y al despedirse sólo me espetó, con indiferencia y un dejo de arrogancia, que yo me lo había buscado… y era cierto.

Pero no todo fue negativo. El hecho de haber sido voyerista testigo de la violación a mi novia y su actuación proactiva durante la misma me convenció de lo intenso que es el sexo en ellas, de que disfrutan y gozan de la sexualidad probablemente mucho más que los hombres y ello, a su vez, me hizo desear con mayor ímpetu aún el poder sentirme mujer. Y convencido de que sólo materializando mis fantasías en experiencias de vida real podría traer algo de paz a mi alma, decidí finalmente restringir mi vida normal al mínimo necesario para dedicarme en cuerpo y alma a convertirme en mujer.

Y como la idea no sólo era aparentar mujer sino también serlo y sentirlo, comencé a prepararme especialmente para ese momento largamente esperado en el que, por fin, un macho me tomaría como su hembra; incluso mi “ajuar nupcial” para esa primera vez estaba listo, conformado por un elegante vestido mini blanco de faldón plisado, clásicos zapatos de punta y taco, medias de nylon color tabaco con un nacarado muy sutil, lencería de encaje color mármol con ribetes dorados con una pantaleta muy especial que integraba portaligas y una sección trasera que se divide en dos tirantes diagonales dejando la pasada libre, donde interesa, para quien quiera meter mano u otra cosa más dura, jajaja, y todo ello coronado por una peluca lisa rubio ceniza. Y entonces sucedió...



© Ximena Diaz

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