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Fecha: 07-May-18 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

Perdiendo a Sara · Capítulo 15

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Esta es la historia de cómo perdí a mi novia. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

1

Por primera vez desde la ruptura me sentía animado.

 

Volver a tener noticias de Sara me había dolido momentáneamente, pero supongo que en parte ya me esperaba que hubiera pasado página. Mi reacción había sido perfectamente normal. Habíamos pasado muchos años juntos y me puse nervioso al volver a saber algo de ella tras esos meses, pero no significaba nada. Después de todas las humillaciones, aquello era sólo un último golpe y no precisamente el más doloroso. Desde luego, no más que verla arrodillada en la boda.

 

Preparé algo de comer y decidí dormir la siesta un rato para estar descansado por la noche. No penséis mal, era pronto para pensar en acostarme con Lucía, pero quería estar despejado en la cena. Con lo rápido que había pasado todo, no me estaba seguro si Lucía consideraba la cena como una especie de cita. Ni siquiera yo lo tenía claro.

 

Tras descansar un rato, ordené un poco la casa y me di una ducha. Se fue apoderando de mi una leve sensación de inquietud, que se fue acrecentando a medida que avanzaba la tarde y que se convirtió en puro nerviosismo cuando faltaban diez minutos para que Lucía subiese a cenar. Era absurdo, nos conocíamos, nos caíamos muy bien y yo contaba con la ventaja de saber que le gustaba, pero no podía evitar que me sudasen las manos.

 

Pasaban unos minutos de las siete y media cuando sonó el timbre. Abrí la puerta y recibí a Lucía, que traía una bandeja tapada en las manos. Estaba acostumbrado a verla con ropa deportiva, salvo aquella vez que la encontré llorando en la escalera, y me sorprendió verla arreglada y sonriente. Tampoco es que llevara un vestido de boda, pero las mayas y camisetas de deporte no eran la camisa y los pantalones pitillo que se había puesto para cenar. En especial los pitillo, que le hacían un culo espectacular, que no perdí la oportunidad de contemplar cuando le pedí que pasara. De verdad, ese culo era algo fuera de lo normal.

 

– He hecho pescado al horno… –dijo, dejando la bandeja sobre la encimera de la cocina.– No estaba segura de lo que te gustaba… Y tampoco es que sepa hacer muchas cosas más…

 

– Está perfecto, no tenías que habértelo currado tanto…

 

– Qué va, no es nada… –dijo.– ¿Te ayudo con algo?

 

– No, no… –dije metiendo la bandeja en el horno para que la cena no se enfriase.– Ve a sentarte y ahora te llevo una cerveza.

 

 

Agarré un par de botellines de la bandeja inferior del frigorífico y las dejé sobre la encimera mientras buscaba el abridor. Apagué la luz de la cocina y caminé hasta el salón con un botellín en cada mano. Lucía miraba con la vista perdida por la ventana mientras jugaba con su pelo. Al mantener las piernas cruzadas, su cadera formaba una curva perfecta entre su espalda y sus piernas. Me pareció que estaba preciosa. Imaginé que habría tenido las mismas dudas que yo a la hora de vestirse para la cena. Nadie había dicho que aquello fuera una cita, pero era evidente que había algo entre nosotros y ambos queríamos agradar al otro.

 

Nos tomamos una primera ronda de bebidas y nos sentamos a cenar en la mesita redonda del lateral del salón. Dejé encendida únicamente la lámpara que quedaba sobre la mesa, confiriendo a la estancia un aire de intimidad mayor que con el resto de luces. Bajo la luz amarilla y suave de la lámpara, comenzamos a cenar y la conversación fluyó de manera natural, como si fuera algo que estábamos acostumbrados a hacer a menudo. Era sencillo aproximarse a ella. No juzgaba ni imponía sus ideas. Escuchaba con buena disposición y también resultaba interesante cuando tomaba la palabra. Tenía cierta facilidad de palabra y resultaba muy elocuente contando anécdotas. Resultaba difícil no caer en los encantos no tan evidentes de aquella adorable chica. Durante la cena tuve tiempo de fijarme en ella como no había podido hacerlo antes. Cuando sonreía en sus mejillas aparecían unos pequeñísimos hoyuelos y sus ojos brillaban claros cuando la luz incidía en ellos. 

 

– Estás muy guapa hoy… –conseguí decir tras reunir el valor suficiente, con la ayuda del alcohol que ya corría por mis venas.

 

Lucía sonrió, agradeciendo el piropo.

 

– ¿Hoy? –dijo frunciendo el ceño, simulando estar enfadada.– ¿El resto de días no lo estoy?

 

Ambos reímos y contesté.

 

– Claro que sí… Pero no sé, hoy…

 

– A ver… –me interrumpió, jugando con su servilleta.– Vestida para el gimnasio es imposible que le parezca guapa a nadie…

 

– Pues a mi sí me lo pareces.

 

– Eso se lo dirás a todas. –dijo, con una sonrisa pícara.

 

– Sólo a las que me gustan. –dije con arrojo, sintiéndome el corazón palpitar deprisa.

 

Lucía se quedó un instante en silencio, mirándome fijamente con una sonrisa. Pensé que quizá lo había dicho algo precipitadamente, pero necesitaba dejarle claro de una vez que ella también me gustaba a mi, tal y como ella lo había hecho semanas atrás. Sonrió, algo ruborizada, y acto seguido convirtió lo que podía haber sido un momento tenso en otro agradable comentario.

 

– Bueno, pues ya estamos empatados entonces. ¿Te ha costado decirlo, eh?

 

Reímos y dejamos que la conversación discurriese hacia otros asuntos varios. No había necesidad de ahondar en lo que empezábamos a sentir el uno por el otro, ya estaba bastante claro para ambos. Terminamos la cena y continuamos un largo rato sentados, momento en el que aproveché para sacar un par de copas del estante superior de la cocina y descorchar una botella de vino que tenía reservada para algún momento mejor. Un momento como aquel.

 

En determinado momento decidimos ponernos más cómodos, abandonar la mesa y recostarnos en el sofá, bajo la tenue luz que llegaba desde la lámpara. Lucía se cruzó de piernas y me sonrió antes de seguir charlando.

 

– Guapo. –dijo sin más, y me dio un pequeño beso en los labios.

 

No pensaba que la noche fuera a ir tan bien como lo hizo y era enteramente mérito suyo. Ella conseguía mantener esa atmósfera de comodidad y calidez para que la conversación fluyera. Y fue así incluso cuando la charla terminó derivando inevitablemente hacia el tema de la ruptura y mis sentimientos tras ella. Tampoco quería dar un monólogo, pero parecía interesarle lo que yo tenía que decir, así que le resumí lo que había pasado sin entrar en muchos detalles.

 

– Bueno, ¿y cómo estás tú? –preguntó tras haberle contado muy básicamente lo que había pasado.– ¿Ya un poco mejor?

 

– Sí… –dije mirando mi botellín.– Ya sabes como son estas cosas... Llevan su tiempo.

 

– Sí… ¿Y habéis hablado alguna vez después de…?

 

– Qué va… –dije arqueando las cejas. No me resultaba muy cómodo hablar de mi ruptura, pero tampoco sabía muy bien como redirigir la conversación.– No hemos vuelto a hablar nada.

 

– Vaya… –dijo con tono triste.– Terminar mal siempre es una mierda…

 

– ¿Pero es que se puede acabar bien? –dije.

 

– Bueno… No te creas, yo lo he dejado con parejas y luego hemos seguido siendo amigos… Pero si, después de una bronca como la vuestra debe ser complicado…

 

– Ya…

 

– Imagino que aún la echas un poco de menos, ¿no?

 

– Bueno… –no sabía muy bien cómo contestar. No quería herir sus sentimientos, pero si decía que no la extrañaba sonaría falso.– No es realmente echar de menos. Es simplemente que…

 

– …estabas acostumbrado a tenerla ahí. –dijo terminando mi frase.

 

Parecía entenderme bastante bien y comprender por lo que estaba pasando. Eso lo hacía menos incómodo.

 

– Sí, algo así. Echo un poco en falta hablar con ella y cosas así… Pero se portó muy mal conmigo… No me gusta pensar en ella, la verdad.

 

– Te entiendo… –dijo asintiendo.– Cuando estás habituado a tener a alguien siempre al lado es difícil cortar de un día para otro. Aunque haya sido el mayor cabrón del mundo, cuesta habituarse a la nueva rutina…

 

Asentí con un pequeña mueca. Resultaba facilísimo hablar con ella de cualquier tema. Incluso podía tratar de forma sincera el tema de nuestra ruptura sin que se molestase lo más mínimo. Por lo que me decía, tuve la impresión de que ella también había pasado por algo parecido.

 

– ¿Tú has tenido rupturas difíciles? –pregunté.

 

– Alguna… Sí. –Hizo una pausa para dar un trago a su vaso. Dejó la vista perdida y continuó– Hubo una muy mala, sí. Con un novio que tuve en la universidad. Llevábamos juntos desde el instituto y parecía que nos queríamos mucho y tal, pero…

 

– Se torció, ¿no?

 

– Sí… –dijo.– Al principio pensaba que había sido culpa mía.

 

– ¿Por?

 

– Bueno… es que ese año yo me fui de Erasmus. Estuve casi un año fuera. Aguantamos lo mejor que supimos pero lo dejamos a los dos meses de volver yo aquí. Él se había enamorado de otra chica… Me enteré de la peor manera, al encontrar unos emails suyos con la susodicha…Y pensé que quizá si me hubiera quedado… Si no me hubiera ido por ahí, no le habría perdido.

 

– Vaya…

 

– Pero no. Un tiempo después me enteré que me había sido infiel antes, con otras tres chicas. Con alguna incluso antes de haberme ido de Erasmus… Así que… Ahí dejé de sentirme culpable, como comprenderás.

 

– Joder, qué cabrón.

 

– ¿Y sabes lo peor? –dijo, con una sonrisa irónica en los labios.– Que yo le fui totalmente fiel durante mi Erasmus, como una gilipollas.

 

Reí ante su comentario.

 

– En serio. –continuó.– ¿Sabes a cuántos tíos podría haberme follado allí? A uno al día, si hubiera querido.

 

La forma en que me lo contaba me parecía muy divertida, pese a ser una historia triste y seguí riendo.

 

– Te lo juro. –aseveró.– ¿Me has visto el culazo que tengo, ¿no? Pues imagínate cómo lo tenía con 22 añitos… Me los tenía que ir quitando de encima… Y mientras tanto, el otro cabrón follándose a todo lo que se le ponía a tiro…

 

Volví a romper en carcajadas. No recordaba la última vez que me reía tanto con alguien. Hablar con Lucía me resultaba terapéutico.

 

– Bueno… –logré decir cuando paré de reír.– Pues ya tenemos algo más en común: a los dos nos han puesto unos bonitos cuernos.

 

Alcé mi copa y brindamos por ello. Hubo un instante de silencio mientras Lucía movía su copa en círculos, como si estuviera pensando lo que decir a continuación.

 

– ¿Tú cómo te enteraste?–preguntó finalmente.

 

Miré hacia el techo, rememorando por un instante la fatídica boda de Carla antes de contestar.

 

– Les pillé. –dije.– Fue durante la boda de una amiga suya.

 

– No jodas…

 

– Sí… muy fuerte.

 

– ¿Y se la montaste allí mismo? 

 

– No… Esperé a volver aquí a casa… Por eso nos oíste gritar tanto. Salió todo en tromba. Y la muy puta intentaba darle la vuelta ¿sabes? Para que lo suyo no pareciese tan malo.

 

Habíamos bebido bastante y el alcohol me soltaba la lengua. De repente no me importó entrar en detalles.

 

– Pff… –resopló, de forma sarcástica.– Está mal que yo lo diga, porque soy una chica, pero eso es tan típico de tías…

 

– Sí… –asentí.– Pero bueno, le dejé claro que no tenía razón y entonces fue cuando se enfadó y…

 

– Ya… Joder. –dijo pensativa.– Qué mal… 

 

– Sí. –contesté

 

– ¿Pues sabes qué?– dijo, dejando la copa en la mesita.

 

– ¿Qué?

 

– Que yo te veo mejor desde que lo dejasteis. –se acercó y pasó su mano derecha tras mi nuca, acariciándome el cuello.– Te veo más guapo.

 

– Eso lo dices porque estás un poco borracha. –contesté sonriendo.

 

– Estoy un poco borracha. –Reconoció sin dejar de jugar con mi pelo entre sus dedos.– Pero no tiene nada que ver con lo que te digo.

 

Hubo un nuevo momento de silencio en el que nos quedamos mirando a los ojos en silencio y pensé en besarla. Estaba a punto de lanzarme cuando volvió a tomar la palabra.

 

– No entiendo cómo pudo pasar de ti la chica esa del otro día.

 

– ¿La rubia? –pregunté.

 

– Sí, la idiota esa de Tinder… ¿No le gustaste o qué?

 

– Bueno… no fue exactamente eso… Pero da igual, era una idiota.

 

– ¿Y qué fue? –preguntó de nuevo.

 

No sabía cómo explicarle lo que había pasado sin dejarle claro que había sido debido al tamaño de mi herramienta.

 

– No sé, supongo que se esperaba otra cosa… –dije.

 

– Pero ya te había visto en foto…

 

– Ya, no lo sé… –dije esperando que no siguiera por ese camino, pero insistió.

 

– Venga va, dime qué pasó…

 

– Es que… –comencé, dubitativo.– Me da vergüenza contártelo... Da lo mismo, de verdad…

 

Lucía rió y me cogió del brazo, acercándose aún más.

 

– Venga va… Tienes que contármelo… Ahora que sé que te da vergüenza me parece más divertido.

 

Pensé que si en algún momento tenía algo con ella, terminaría por ver la razón por la que la enfermera me había dejado plantado, así que no tenía motivo por el que ocultárselo. Cuanto antes supiera que la tenía un poco pequeña, mejor. Menos sorpresas.

 

– A ver… –comencé.– Es que esa chica es enfermera, ¿vale?

 

– Vale…–dijo Lucía, escudriñándome con sus ojos.

 

– Y cuando ocurrió lo que ocurrió… –dije haciendo un gesto en referencia a la patada que recibí el día de la ruptura.– Fui al ambulatorio justo el día que ella estaba en la consulta.

 

– Espera… Entonces…¿Os conocíais de antes?

 

– No exactamente… No nos reconocimos hasta que llevaba un tiempo aquí en casa.

 

– Ah… ¿Y entonces porqué se fue…?

 

– A ver, es que… En la consulta, tuve que quedarme desnudo de cintura para abajo… Y ella me vio…–hice un gesto, señalándome el paquete.– Y digamos que no quedó muy impresionada.

 

– ¿Cómo?–dijo Lucía, sin entender del todo lo que le decía.

 

– Pues eso, que la chica se dio cuenta de que yo era el mismo que había visto aquel día en la consulta…y se acordó de que no soy un superdotado precisamente, y… se largó. Supongo que el tamaño sí importa, al fin y al cabo.

 

– ¿¿Me lo estas diciendo en serio??

 

– Totalmente. –dije, lacónico.– En cuanto me reconoció, me dijo una excusa cutre y se largó corriendo.

 

– ¿En serio? ¿Y todo porque…?

 

– Porque la tengo pequeña. Exacto. –zanjé, mirando mi copa.

 

– Menuda gilipollas, ¿no?

 

– Pues sí… Aunque bueno, si estaba buscando algo más grande…

 

– Qué puta flipada… No me lo puedo creer, pobrecito…

 

Se inclinó sobre mi y me dio un beso en la mejilla. Se quedó un instante mirándome a los ojos, con los ojos brillantes por el efecto del alcohol, y finalmente habló.

 

– Venga va… Enséñamela.

 

– ¿Qué? –dije, casi atragantándome con la cerveza con una risa nerviosa.

 

– Que sí, va… –dijo, también riendo.– A ver si es verdad lo que decía la payasa esa.

 

Volví a reír nervioso, sin saber si estaba de broma, aunque permaneció expectante, como si de verdad esperase que me bajase los pantalones y le enseñase la polla.

 

– ¿Estás de coña, no? –dije finalmente.

 

– Que no, en serio… –dijo, dejando el botellín sobre la mesita e incorporándose en el borde del sofá.– ¿Te da vergüenza?

 

– Joder… Pues claro… –dije dando un buen trago.

 

– Anda ya… –insistió, mientras se acercaba lentamente y ponía una mano sobre mi pierna.– Somos amigos… Tú me gustas, yo te gusto… Estamos un poco borrachos… Venga, enséñamela…

 

– Pero… A ver… –dije, intentando despejar mi mente y disuadirle de aquella idea de locos.– La chica del Tinder se rió de mi precisamente porque me la había visto… ¿Qué te hace pensar que te la quiero enseñar…? Además, estoy borracho…Y…

 

– ¿Y qué pasa porque estés borracho? –dijo.

 

– Pues que… No estoy…

 

– Me da igual que no estés empalmado, David… –dijo medio riendo.– Y me da igual lo que pensase la gilipollas esa…

 

Su mano avanzó lentamente hacia mi entrepierna y quedó a escasos centímetros de mi paquete.

 

– Venga… Qué más te da…

 

El alcohol me hacía quedarme sin palabras y Lucía lo entendió como un signo de aprobación. Cuando quise darme cuenta, trajinaba con mi cinturón para desabrocharme los vaqueros.

 

– Espera… –me quejé.– Me da vergüenza, en serio…

 

– David, no va a pasar nada más… –dijo, intentando tranquilizarme.– Sólo tengo curiosidad… Y si de verdad la tienes tan pequeña, pues te lo digo también, ¿vale?

 

Soltó una carcajada al mismo tiempo que me hizo un gesto para que me pusiera en pie. Por alguna razón que aún no llego a comprender, le hice caso, quedando con la pelvis justo a la misma altura que su cara, que sonreía al verme tan obediente. Era una situación de locos, pero la cerveza parecía dotarle de cierto sentido en aquel momento.

 

– Eso es.– dijo mientras me bajaba a tirones los pantalones hasta las rodillas y escrutaba el bulto de mi ropa interior.

 

Se mordió un labio, con una sonrisa nerviosa, y agarró el elástico de mis calzoncillos. Antes de que me los bajase, levanté mi cerveza y di un buen trago. No quería ver la cara que pondría al vérmela. Aún tenía el botellín inclinado sobre mi boca cuando noté que Lucía me dejaba desnudo de cintura para abajo. Noté que mi pene rebotaba ligeramente por el rápido movimiento y sentí un profundo sentimiento de vergüenza, aunque ciertamente atenuado por el alcohol.

 

Bajé la vista para ver finalmente a Lucía contemplando con interés mi polla a escasos centímetros de su cara, manteniendo aún la misma sonrisa que tenía antes de bajarme los pantalones. Seguí bajando la mirada hasta mi entrepierna, donde mi polla colgaba flácida y arrugada.

 

–David… –comenzó, y yo esperé un nuevo comentario humillante.– Tienes una polla normal.

 

Levantó la vista y me miró a los ojos.

 

– Puedes decir lo que piensas de verdad… –dije.– No me voy a enfadar…

 

– Ya lo estoy haciendo. –dijo arqueando las cejas y volviendo a dirigir la mirada a mi entrepierna.– En serio… No sé a qué estará acostumbrada la chica esa, pero… A mi me parece que tienes un tamaño normal…

 

– Bueno… Vale, si tú lo dices… –dije, dando un nuevo sorbo y desconfiando aún de su palabra.

 

– Sí… –continuó.– Y es bonita…

 

Su comentario me hizo reír y deje escapar un poco de cerveza.

 

– Que sí… –insistió.– En serio… ¿La puedo tocar?

 

La situación era tan extraña que decidí dejarme llevar. Desde luego, en aquel estado no iba a poder tener una erección en condiciones, así que si ella quería jugar un rato, no veía el inconveniente.

 

– Claro, por qué no… –dije.

 

Alargó su mano, y acarició primero la piel del tronco de mi pene con dos dedos, desde su base hasta la punta.

 

– Qué suavecita. –dijo. Parecía que fuera la primera vez que veía una.

 

Cuando terminó de recorrerla por encima, ahuecó la palma de su mano y acogió en su interior mi pene, ejerciendo una leve presión que se sintió cálida y agradable. Tras repetir un par de veces esa misma presión, giró la muñeca, levantando el pene y dejando expuestos mis testículos.

 

– Ala… –dijo, como si se sorprendiera.

 

– ¿Qué? –pregunté.

 

– Los tienes… Muy grandes… ¿No?

 

Sonreí ante su pregunta.

 

– Bueno, es que… Hace ya bastante que no…

 

– Oh… –dijo, entendiendo a lo que me refería.

 

Sin soltar mi pene, alzó su otra mano para acariciar la parte inferior de mis testículos. La forma con la que trataba todas mis partes era de una delicadeza extrema. Como si estuviera jugando con porcelana.

 

– Y no te apetece que… –dejó la frase en el aire y comenzó un suave movimiento de vaivén sobre mi polla mientras me sonreía con picardía.

 

– Claro que me apetece… –dije.– Pero estoy demasiado borracho…

 

– Vaya… –dijo, volviendo la mirada a mi entrepierna, sin dejar de masturbarme muy despacio.– Qué pena… Con las ganas que tengo yo también… Pero tienes razón, hemos bebido mucho, sería un desastre.

 

– Sí… –dije riendo.

 

– Y es un poco tarde… –dijo, acariciándome por última vez el paquete antes de subirme la ropa de nuevo y ponerse en pie.– Es mejor que me vaya ya.

 

Miré por primera vez en toda la noche el reloj que colgaba en la pared del salón y vi que eran casi las cuatro de la mañana. El tiempo con Lucía pasaba rapidísimo.

 

La acompañé hasta la puerta y se giró, dándome un último beso en los labios, más largo y más húmedo que cualquiera de los anteriores.

 

– La próxima vez no te me escapas. –dijo con malicia, sonriendo, y me hizo reír.

 

Se despidió de mi en el umbral de mi puerta y la seguí con la mirada hasta que desapareció escaleras abajo, no sin antes lanzarme una última mirada por encima del hombro.

 

Cerré la puerta y noté que el salón aún olía a ella. Dejé las cosas tal y como estaban, ya tendría tiempo de ordenar el día siguiente, y me fui directamente a la cama. Me desnudé y apagué la luz como si flotase sobre una nube. Me había sorprendido descubrir que mi vecina era tan lanzada, pero me gustaba. Había pasado mucho tiempo desde que alguien me hacía sentir tan bien. Me dormí con una sonrisa en los labios, pensando que mi suerte empezaba a cambiar.

2

Durante las dos semanas que siguieron a nuestra primera cita salimos un par de veces a cenar, fuimos al cine e hicimos la compra juntos, además de comer en mi piso o el suyo algún que otro día. Pese al morboso encuentro que habíamos tenido en mi piso, no hubo más episodios sexuales durante los siguientes días. Lucía parecía querer ir despacio y yo tampoco tenía ninguna prisa por tener sexo, la verdad. Un par de días después llegó a disculparse por haber sido tan lanzada aquella noche. Según me confesó, bebió demasiado y al día siguiente había despertado muerta de vergüenza. Pensó que la habría tomado por una fresca, o una buscona, pero la disuadí de aquel pensamiento quitándole importancia al asunto. Realmente había sido un momento divertido. Quizá no una historia para contar a tus nietos, pero sí una anécdota graciosa que recordar de tanto en cuando.

 

No sería justo obviar que si no hubiera sido por ella lo habría seguido pasando mal recordando a Sara e imaginando las cosas que estaría haciendo por ahí. Tendría que haber acudido a ella antes. A veces nos revolcamos en nuestra mierda con tanto afán, que no nos damos cuenta de cuando alguien nos tiende una toalla para limpiarnos. Mi adorable vecina trajo una luz cálida al páramo helado que era mi vida en aquel momento y es algo que le agradeceré eternamente. Su compañía evitó que continuara en aquella espiral obsesiva que era vivir con mi ex novia siempre presente en mi cabeza.

 

Como pareja, avanzábamos despacio pero nos lo pasábamos realmente bien cuando estábamos juntos. Era una chica muy divertida y valoraba muchísimo lo fácil que era todo con ella. Podíamos hablar durante horas sin aburrirnos el uno del otro. Realmente no podría decirse que fuéramos novios, pero hacíamos muchas cosas juntos. No nos paramos nunca a ponerle nombre a lo que éramos. Nos lo pasábamos bien, nos entendíamos y no había necesidad de estropearlo poniéndole una etiqueta. Y lo mejor es que aquella especie de relación con Lucía relegaba a Sara a un segundo lugar en mis pensamientos, algo tremendamente beneficioso para mi salud mental. En aquel momento, el sexo era algo secundario para mi. Primero necesitaba sanar otras partes de mi cuerpo. 

 

Es cierto que algunas tardes habíamos terminado besándonos durante horas pretendiendo ver una película en mi piso, pero la cosa no pasó a mayores pese al evidente calentón con el que acabábamos ambos. Me recordaba a mi época de adolescente. Parecía que tuviéramos un acuerdo tácito para esperar un tiempo antes de tener sexo, como si temiéramos que hacerlo pudiera estropear aquello que teníamos.

 

Pero por muy importante que fueran esas semanas para mi bienestar, sé que preferís otro tipo de anécdotas, así que vayamos a lo importante.

 

La primera experiencia sexual entre Lucía y yo ocurrió unas tres semanas después de haber tenido aquella primera cita. La tensión sexual existente entre nosotros terminó por llegar a su punto álgido y estalló de la forma que menos me cabía esperar. El tercer fin de semana desde que habíamos empezado aquella especie de relación, escribí a Lucía para volver a cenar en mi piso. Me dijo que esa noche había quedado con unas amigas pero que para compensarme me invitaba al cine. Me pareció un buen plan y así se lo dije. 

 

A ambos nos encantaba ver películas y durante esas semanas fuimos muy a menudo. No teníamos exactamente el mismo gusto, pero los dos tolerábamos las preferencias del otro; ella disfrutaba las películas de ciencia ficción que a mi me gustaban, y a mi no me importaba ver los dramas más serios que ella prefería. Quedamos sobre las siete y me presenté puntual en su puerta. Lucía salió de casa con una camiseta de tirantes a rayas y una falda ceñida y medias. La contemplé de arriba abajo un instante y me sonrió. La falda realzaba las curvas voluptuosas de sus piernas, que contrastaban con la delgadez de la parte superior de su cuerpo. Quizá aquello era la única pega que podría ponerle; aún no la había visto desnuda, pero parecía tener poco pecho. El resto de su cuerpo era precioso y, tras tantos años de ejercicio, estaba esculpido en mármol, como había podido comprobar durante anteriores tardes de besos en mi piso, en las que mis manos habían amasado durante horas su firme culo. Nos dimos un pequeño beso en los labios, algo que ya era costumbre cuando nos encontrábamos, mientras Lucía se cubría con el abrigo y nos encaminamos hacia el cine.

 

Para esa tarde dejé que Lucía eligiese la película, compramos unas palomitas y nos metimos en la sala. Como era habitual, nos lo estábamos pasando genial. Las luces se apagaron y comenzaron los trailers, durante los cuales aprovechamos para besarnos de forma cariñosa. Entre beso y beso, no podía evitar quedarme embobado mirándola a los ojos. Era pronto y me daba cierto vértigo, pero creo que durante esa semana empecé a sentir algo por ella. Aún era pronto para saber si era amor o si simplemente me sentía así porque era una persona con la que encajaba tan bien que el cariño afloraba de forma natural, pero tenerla constantemente en mi cabeza empezó a ser algo común.

 

Lucía había elegido un biopic, una de esas películas que narran la vida de una figura histórica, y debo decir que me estaba aburriendo profundamente. Al tercer bostezo, hacia la mitad de la película, Lucía se giró hacia mi con una sonrisa culpable.

 

– Jo, ¿te aburres? –Susurró.

 

– No… –me excusé.– Es que es un poco lenta… Pero está bien.

 

–Vale… –contestó Lucía con una sonrisa.

 

Se recostó sobre mi hombro y siguió viendo la película abrazada a mi, cogiendo palomitas de la caja de cartón que tenía en mi regazo. Alargué mi brazo para rodearla y la besé de forma cariñosa en la sien. Acerqué mi nariz a su cabeza y sentí el aroma afrutado y fresco de su pelo. Incluso sin sexo de por medio, me resultaba tremendamente agradable tenerla entre mis brazos. Pensé que era un momento muy tierno.

 

Y entonces sentí una de sus manos desabrochándome el pantalón.

 

Terminó de bajar la cremallera y deslizó la mano dentro del pantalón muy lentamente. De manera muy suave comenzó a acariciarme por encima del calzoncillo y en un parpadeo mi pene pasó a estar completamente duro. Lucía se giró hacia mi, con una sonrisa maliciosa bañada por la tenue luz que emitía la pantalla.

 

– Parece que esto te gusta más… –susurró sin dejar de sobarme la entrepierna.

 

Sonreí mirando hacia ambos lados preocupado por que alguien nos viera, pero el espectador más cercano estaba a varias filas de distancia. Lucía dejó el paquete de palomitas en el suelo y se acomodó en la butaca mientras empezaba a masturbarme de forma suave sobre el calzoncillo. Se mantuvo así un buen rato, acariciando de forma lenta mi polla, en lo que parecía más un masaje erótico que una auténtica paja. No era lo suficiente intenso como para llevarme a un orgasmo, pero al cabo de diez minutos empecé a empapar el calzoncillo con líquido preseminal. Ella seguía inmersa en la película y había decidido hacerla un poco más interesante para mi de aquella manera. Seguía mirando la pantalla con una ligera sonrisa; parecía disfrutar del morbo de la situación igual que yo. Cuando mi polla empezaba a palpitar pidiendo más ritmo a aquella suave paja que me hacía, rebuscó en el elástico de los calzoncillos y metió la mano debajo. Noté la piel caliente de su mano sobre mi polla y me estremecí. Lucía obvió mi pene en un primer momento y alargó su mano hasta envolver mis testículos con ella. Los acarició despacio, sopesando su tamaño y forma, masajeándolos lentamente.

 

Se giró y me besó con los labios húmedos y calientes, volviendo a llevar su mano de nuevo sobre mi polla para empezar, esta vez sí, una maravillosa y delicada paja. Apretaba con fuerza y movía la mano de forma muy sutil, proporcionándome todo el placer que podía darme en cada milímetro. Continuó besándome mientras yo reprimía como podía mis gemidos. Moviendo la mano de aquella manera tan lenta pero a la vez apretando tan fuerte, aquella paja resultaba una deliciosa tortura. No lo suficientemente rápida como me pedía el cuerpo, pero lo suficiente como para mantenerme extasiado. Tener a aquella diminuta preciosidad pajeándome en un espacio público como era aquella sala de cine me daba un morbo tremendo.

 

 

Separó un instante sus labios de los míos y me sonrió. No lo había pensado antes, pero aquellos hoyuelos me ponían a cien.

 

– ¿Te gusta? –susurró mirándome a los ojos.

 

Asentí sin pronunciar palabra y soltó una pequeña risita. Aumentó muy poco a poco la velocidad del movimiento y recosté la cabeza sobre el respaldo de la butaca sintiéndome en el cielo. Habían pasado muchos meses desde que alguien me tocaba de esa manera. Me parecía sumamente excitante pensar que aquella chica que me había parecido tan tímida en otro momento, fuera capaz de lanzarse de aquella manera.

 

Alargué mi mano y la colé bajo su falda, para deleitarme con su escultural trasero. Aprecié que llevaba un minúsculo tanga que se hundía entre los dos suaves carrillos de su culo. Apreté fuerte uno de sus jugosos cachetes mientras la paja continuaba y cerré los ojos de gusto. Las oleadas de placer me azotaban sin descanso y mi pene chasqueaba ligeramente ante el incesante vaivén que la mano de Lucía ejercía sobre él cada vez más rápido. Empezaba a preocuparme que alguien se diera cuenta de lo que estábamos haciendo cuando Lucía aminoró el ritmo y se irguió ligeramente sobre su butaca, mirando hacia atrás y a ambos lados. Parecía comprobar que nadie estuviera mirando para seguir masturbándome.

 

Pero no siguió masturbándome. Se deslizó hasta quedar arrodillada en el suelo de la sala, entre mis piernas.

 

– ¿Qué haces? –susurré incrédulo.

 

– Sssssh... –chistó mientras agarraba mi pene con su mano derecha y me dedicaba una nueva sonrisa maliciosa.– Tú sigue viendo la peli…

 

Sin darme un respiro se metió casi toda mi polla en la boca y comenzó a mamar enérgicamente. El temor a que alguien pudiera pillarnos se disipó tan pronto comencé a sentir el placer de aquella mamada. Siempre había pensado que Sara la chupaba muy bien, pero aquello era otra liga. Lucía subía y bajaba como un pistón sobre mi polla, ejerciendo una firme pero placentera presión con los labios a lo largo del perímetro de mi pene. En el interior de su boca, su lengua jugueteaba constantemente con mi glande, mientras su mano derecha sostenía mis huevos y los masajeaba. Había saliva por todas partes. Se estaba trabajando mi polla como una auténtica profesional.

 

En la pantalla de cine, la pareja de actores se unía en un apasionado beso, mientras mi vecinita me sorprendía con aquella conducta que para nada había imaginado en ella. Resultaba extremadamente morboso mirar hacia la pantalla, sintiendo la excepcional mamada que me estaba haciendo y acto seguido mirar hacia abajo y verla, casi en completa penumbra, subiendo y bajando de forma constante sobre mi polla mientras me miraba fijamente con sus grandes ojos, que destellaban en la oscuridad.

 

Por mi parte, reprimía como mejor podía los gemidos que intentaban escapar de mi boca, pero resultaba una tarea difícil. Lucía no me daba un respiro y las pocas veces que se sacaba mi pene de la boca para respirar, no dejaba de pajearme frenéticamente. Por supuesto, en cuestión de minutos mi polla estaba a punto de reventar. Con el orgasmo a punto de alcanzarme, Lucía cayó de nuevo sobre mi polla, metiéndosela por completo, pegando la nariz a mi vientre, y manteniéndola en su garganta sin dejar de mamar. El cuerpo me pedía gemir y gritar de placer ante aquella mamada de campeonato, pero no podía hacerlo sin formar un escándalo en la sala. Lucía parecía no darse cuenta de lo próximo de mi orgasmo y continuó mamando sus parar, manoseando sin descanso mis testículos con la mano que tenía libre. Sentí que me iba a correr en cuestión de segundos.

 

– Lucía… –conseguí susurrar entre las oleadas de placer que casi me quitaban el habla.– Lucía… Me corro…

 

Sin embargo Lucía no se inmutó. El sonido de la película parecía impedirla escuchar mi aviso. Si me corría en su boca sin avisar la primera vez que me hacía una mamada iba a quedar como un cabrón. Intenté aguantar todo lo que pude, pero Lucía no se detenía y no me oía.

 

– Lucía, me corro… –susurré una vez más, justo un instante antes de sentir cómo el primer chorro de semen salía disparado.

 

Necesité cubrirme la boca con el antebrazo para no dejar escapar ningún gemido provocado por el intensísimo orgasmo que me recorría el cuerpo, mientras Lucía seguía chupando con fuerza y recibiendo todo mi esperma en la garganta sin inmutarse. Imaginé que no le habría hecho ninguna gracia y habría recibido la eyaculación de mala gana. Terminé de correrme y Lucía se retiró lentamente para, imaginé, escupir mi semen en el suelo de la sala. Aún atontado por la intensidad del orgasmo me abroché el pantalón y Lucía volvió a ocupar su butaca de forma silenciosa, buscando un pañuelo en su bolso para secarse los labios y volviendo a asegurarse de que nadie nos había visto.

 

– Lo siento… –susurré arqueando las cejas, algo avergonzado.– Perdona…

 

– ¿Por qué? –contestó Lucía, que parecía no comprender que pidiera perdón tras haberme obsequiado con esa espectacular mamada.

 

– Te he intentado avisar, pero no me has oído… –dije.– Perdona… 

 

Lucía sonrió confiada y se acercó a mi oído para volver a contestar.

 

– Te he oído perfectamente. Yo me lo trago siempre.

 

La mamada me había supuesto un gran placer, pero escuchar esa frase salir de sus labios no se quedó atrás. Volvió a recostarse sobre su butaca con una amplia sonrisa mientras yo me quedaba perplejo. No había escupido nada en el suelo de la sala, se lo había tragado todo. Nunca había visto a nadie haciendo algo así conmigo y me quedé bastante impresionado. Lucía debió darse cuenta de que me había quedado embobado y alargó la mano hasta darme un golpecito con su dedo en la nariz. Se acercó de nuevo a mi oído y susurró de nuevo.

 

– Pero la próxima me toca a mi, ¿eh?

 

Ambos reímos, y continuamos viendo la película, de la que, sinceramente, no recuerdo absolutamente nada. Volvimos a casa dando un paseo, como si no hubiera pasado nada dentro del cine y la acompañé hasta la estación donde había quedado con sus amigas. Nos despedimos con un pequeño beso en los labios y volví a casa dando un rodeo, paseando tranquilamente con la cabeza despejada. En otro momento, habría hecho coincidir mis pasos con la casa donde Sara vivía ahora, para averiguar algo nuevo, pero no lo necesité. Era un alivio.

 

Lucía era una chica genial. Era cariñosa, siempre se preocupaba por que estuviera cómodo y era muy divertida. Y dios mío, cómo la chupaba. A pesar del temor a que nos pillasen, había sido una experiencia morbosísima. Y lo había hecho de forma totalmente altruista. Ni siquiera había hecho un comentario en broma sobre que ella se había ido de vacío. La próxima vez tendría que recompensarla de alguna manera. Cada vez me gustaba más. Joder, incluso se lo tragaba. 

 

Era un gran partido. Fue una lástima todo lo que ocurrió después.

3

Dos semanas después de la morbosa experiencia del cine no habíamos vuelto a tener ningún acercamiento sexual.

 

Pero no penséis mal. Esta vez no fue por un nuevo giro del destino que volvía a perjudicarme. Sencillamente, Lucía tuvo que regresar a casa algunos días. Sus padres la habían criado en Galicia y ellos nunca se movieron de allí. Había sido la pequeña de tres hermanos, los cuales ya habían terminado sus carreras para cuando ella aún estaba en el colegio, por lo que para ella también era vital salir de su ciudad natal para abrirse camino en el mundo.

 

Llegó a la capital muy joven, tras acabar el instituto, para cursar sus estudios universitarios y después de todos aquellos años su acento había desaparecido casi completamente, algo de lo que su padre siempre se burlaba. Una vez terminó, sintió que debía quedarse y seguir con su vida. Para Lucía, tener que volver a su pueblo por no poder ganarse la vida fuera representaba una derrota. Y ella era una luchadora, como ya sabéis.

 

Lo que hacía su familia un tanto diferente era que el suyo no había sido un embarazo deseado; Lucía se llevaba más de diez años con el siguiente hermano, por lo que sus padres ya tenían una edad avanzada. Ese era el motivo por el que tuvo que regresar a casa unos días. Su padre enfermaba a menudo, presa de la edad y de una vida de fumador empedernido que ahora le pasaba factura. Quizá por eso Lucía había optado por llevar una vida tan saludable y no abandonar nunca el ejercicio físico. Habría visto en su padre un futuro que no quería para ella.

 

Alberto, el padre de Lucía, llevaba luchando contra el cáncer algo más de siete años. Por lo que me contaba Lucía, su padre era un hombre duro, acostumbrado a trabajar con sus manos, no como los hombres de ahora, y no pensaba irse sin presentar pelea. De cuando en cuando, sufría alguna recaída y tenían que hospitalizarlo, aunque hasta ahora siempre se había recuperado. Lucía lo llevaba bien, era una chica muy fuerte, aunque sabía que en alguna de aquellas recaídas, su padre ya no regresaría.

 

Cuando supe todo aquello, tras largas conversaciones tirados en mi sofá mientras habíamos dejado la televisión de fondo y habíamos pasado horas besándonos, entendí por qué Lucía era como era. Ella sabía mejor que nadie lo frágil y lo valiosa que es la vida. Y lo había aprendido muy pronto. Por lo general, uno no tiene que enfrentarse a la pérdida de sus padres hasta que ya es una persona hecha y derecha y ha madurado. Pero ella había tenido que aceptar una realidad diferente a una edad más temprana de lo normal. Además, por lo que sabía, no había tenido demasiada suerte en el amor. Había tenido una relación a distancia que había salido terriblemente mal. Y aparte de eso, había tenido alguna pareja fugaz que no había dejado un gran poso en su corazón. 

 

Por eso nunca se enfadaba por nada. En su escala de valores, había una línea muy definida entre lo que de verdad era importante y lo que no. En su mundo no había razón para discutir por cosas intrascendentes, como dónde cenar, o si miraba a otra chica por la calle. Por eso no tenía prisa en ponerle nombre a nuestra relación. Daba igual si éramos una pareja, amigos con beneficios, o si sólo era una aventura. Nos lo pasábamos bien juntos, y eso importaba más que cualquier etiqueta.

 

Después de la mamada furtiva en el cine, volvimos a quedar a comer dos días después, aunque la velada se vio interrumpida por una llamada de su madre, informándole sobre la recaída de su padre. Aunque ya estaba acostumbrada, se puso un poco triste e intenté consolarla. Me pidió si podía llevarla hasta la estación y acepté sin dudarlo. Una vez llegó a su pueblo, varias horas después, me dijo que su padre no corría riesgo, al menos no más del que ya estaban acostumbrados, pero que se quedaría con su madre un par de semanas.

 

Pese a las malas noticias y la tristeza de Lucía yo me sentía mucho mejor. Lucía había supuesto un soplo de aire fresco en mi vida y veía todo a través de un prisma de optimismo que me resultaba tan nuevo como emocionante. Nunca he sido una persona muy positiva, pero durante aquellos días todo era luz.

 

Y como estaba de buen humor, los fantasmas de mi memoria estaban a buen recaudo, e iba a estar solo durante unos días, me dediqué a masturbarme como un loco. Lucía había conseguido que recuperase mi apetito sexual y cualquier cosa me ponía cachondo. Llegué incluso a aprenderme el nombre de una actriz porno, algo que nunca había hecho, para buscarla en mis ratos íntimos. Para mi, las mujeres que se dedicaban al porno siempre habían sido caras sin nombre hasta que descubrí a esa morena de ojos azules con enormes tetas, vientre plano y piernas interminables que se daba a conocer con el exótico nombre de Nicolette Michaels. Seguro que había pasado por el quirófano, pero me ponía a mil y protagonizaba toda clase de peripecias sexuales en sus vídeos. Ya fuera sólo rememorando la experiencia con Lucía en el cine, o con la ayuda de mi nueva musa de Internet, raro era el día que no me masturbaba al menos una vez. Debería darme vergüenza contarlo, pero vosotros ya estáis curados de espanto ¿verdad?

 

Unos días después, Lucía me llamó por la mañana y me preguntó si me importaba ir a recogerla a la estación. Su padre estaba mejor y ya estaba en casa con su madre, por lo que podía volverse tranquila. Le dije que por supuesto, y que tenía muchas ganas de verla otra vez. Ella también me dijo que me echaba de menos y nos despedimos de forma amorosa. Con Lucía no hacía falta esforzarse por resultar cariñoso, salía solo. Quizá ese día podríamos retomar nuestros encuentros sexuales y tener sexo por primera vez. Yo tenía ganas, y algo me decía que ella también lo estaba deseando.

 

Hacia las seis de la tarde empezó a diluviar de nuevo y calculé que tardaría un poco más de lo normal en llegar a la estación debido al tráfico. Salí con algo más de tiempo y pese a que corrí hasta el coche, llegué empapado de agua. Arranqué y, tal y como había calculado, tardé casi media hora en recorrer los cinco kilómetros que separaban mi casa de la estación de tren. Los faros del coche penetraban en la densa cortina de agua con dificultad y la incipiente oscuridad tampoco ayudaba a divisar a Lucía entre la riada de gente que salía de las grandes puertas de la estación. Finalmente su pequeña figura levantó un brazo y pude reconocerla entre el gentío. Salí del coche, que había dejado con el motor en marcha y en doble fila, y me aproximé a ella a grandes zancadas hasta cubrirme de la lluvia bajo el techado donde ella me esperaba con su maleta en la mano.

 

– ¡Cómo llueve! –dijo alzando la voz sobre el intento repiqueo que la lluvia provocaba sobre el tejado de chapa sobre nosotros.

 

–¡Sí! –dije– ¡Diluvia!

 

Nos quedamos un segundo mirándonos a los ojos y nos fundimos en un beso cariñoso. No echas nunca de menos a nadie de la misma forma en que la echas de menos cuando estáis empezando a salir. Esa extraña ansia de saber constantemente de ella y sentir cosquillas en el estómago cada vez que te escribe o te llama.

 

Cogí su maleta y corrimos hasta el coche bajo el chaparrón incesante. Ella se montó deprisa en el asiento del copiloto mientras yo dejaba el equipaje en el maletero.

 

– Bufff… –resoplé al ponerme al volante y abrochar el cinturón de seguridad.– Con el sol que había esta mañana… Cómo se ha puesto el día…

 

– Ya… –dijo Lucía.– ¿Cenamos juntos?

 

El agua había mojado parcialmente su melena, pero me pareció que estaba preciosa. Sonreía, mirándome fijamente. Sé que no soy nadie para dar consejos, pero esta vez haré una excepción: si alguna vez os gustan dos personas y no sabéis con cuál de ellas quedaros, no dudéis; quedaos con quien os mire como si fueseis su regalo de Navidad.

 

– Claro, vamos. –dije, dándole un pequeño beso en la mejilla.

 

Salimos de la estación con cierta dificultad debido al tráfico y nos encaminamos hacia mi piso. Parecía llover más por minutos. Mientras Lucía me contaba cómo había pasado esas dos semanas en la casa de sus padres y lo rápido que se había recuperado su padre, llegamos hasta una rotonda donde un policía nos cortaba el paso.

 

– Uy… –se sorprendió Lucia.– Habrá pasado algo...

 

– Sí… –dije pensativo.– Algún golpe por la lluvia, a lo mejor…

 

– Vamos a tener que ir por otro sitio…

 

Lucía tenía razón. El policía que permanecía cortando el carril de salida bajo la lluvia nos indicaba con la ayuda de una señal reflectante que debíamos desviarnos por la calle perpendicular. No suponía ningún problema, pero tendríamos que dar un buen rodeo para llegar a casa.

 

Lucía se recostó en el asiento y cerró los ojos tras resoplar.

 

– ¿Estás cansada? –pregunté.

 

– Sí… –dijo sin abrir los ojos.– El viaje de vuelta se me ha hecho eterno… Y no sé si tengo que trabajar mañana… ¿Qué día es hoy?

 

–Viernes. –dije, sin apartar la vista del frente, avanzando despacio bajo la lluvia torrencial.

 

– No, digo de número. –aclaró Lucía, que había vuelto a abrir los ojos.

 

– Pues… veinticuatro, creo.

 

– Uff, menos mal. –dijo volviendo a dejar caer la nuca sobre el reposa cabezas del asiento. – No me toca hasta el lunes.

 

Miré el reloj y corroboré mi suposición; viernes veinticuatro. Conduje pensativo durante un par de minutos pensando en la fecha hasta detener el coche bajo la luz roja del enésimo semáforo de aquella calle. Hice un cálculo rápido y me di cuenta de que habían pasado exactamente cinco meses desde que había roto con Sara.

 

Miré hacia la izquierda y la vi.

 

Estaba allí, en la acera contraria, de pie bajo la lluvia con un paraguas de cuadros rojos y negros en una mano, y la otra sobre el asa de una gran maleta de viaje. El corazón me dio un vuelco. 

 

Era ella. Estaba allí mismo.

 

Parecía estar más delgada, aunque el abrigo se le abultaba igual que siempre a la altura del pecho. Llevaba el pelo arreglado con un peinado diferente al que tenía cuando estábamos juntos. Una falda, medias y botas altas completaban su indumentaria. De repente me percaté que la calle por donde nos habíamos desviado era en la que estaba el piso de sus padres. De hecho estábamos junto a él. Un par de chicos se giraron para verla mejor cuando pasaron por su lado. Era como volver a encontrar una preciada posesión, perdida tiempo atrás. Un tesoro del que habías olvidado la ubicación y que ya no te pertenecía.

 

Noté un hormigueo que me recorría las piernas. Estaba sola, mirando impaciente hacia el lado contrario del que nosotros veníamos, balanceándose sobre los tacones de sus zapatos, como si esperase a alguien, y no se percató de que estábamos a escasos metros de ella. Me temblaban las manos. El sonido de la lluvia sobre la chapa del coche pareció intensificarse por momentos, casi haciendo enmudecer la emisora que tenía sintonizada en la radio. El mundo entero parecía haberse detenido ante mis ojos.

 

El semáforo seguía en rojo cuando un coche deportivo de color amarillo se detuvo frente a ella, llegando por el carril contrario al que veníamos nosotros. Sonrió, cerró el paraguas y se subió en el asiento del copiloto. Llovía demasiado como para ver quién conducía. El BMW amarillo avanzó un par de metros y se puso justo a nuestro lado.

 

– Ya está verde. –dijo Lucía a mi lado, pero su voz sonaba distante, como si me hablase desde kilómetros de distancia.

 

Entrecerré los ojos, intentando ver algo más de lo que acontecía en el interior de aquel BMW, pero la lluvia era demasiado intensa. A mi espalda un conductor hizo sonar el claxon de su vehículo.

 

– David… –volvió a decir Lucía.– Que ya está verde.

 

Mire el semáforo y contemplé la luz verde brillante.

 

– Sí, sí… –dije, aún embobado, y arranqué dejando atrás el coche al que Sara se había subido.

 

Volví a sentir la misma inquietud que al ver su perfil de Tinder. Había vuelto a tener el impulso de bajar del coche e ir a su encuentro. Gracias a dios iba con Lucía y no lo hice. Sara parecía haber estado esperando al conductor de aquel coche amarillo. Probablemente, un nuevo novio.

 

– ¿Qué pasaba? –preguntó Lucía con curiosidad.

 

– No, nada… –dije, volviendo a la realidad.– Me había parecido ver a alguien, pero yo creo que no era…

 

Lucía no le dio importancia y volvió a recostar la cabeza sobre el asiento. En cuestión de minutos llegamos a casa. Cogí la maleta de Lucía y subimos hasta mi piso. No podía evitar estar distraído. Ver a Sara de nuevo me había pillado con la guardia baja y no podía evitar volver a pensar en ella. Afortunadamente, la cena y la película que pusimos después ayudaron a que mi mente se calmase. Al fin y al cabo, esos encontronazo fortuitos no eran nada imposible. Vivíamos relativamente cerca, por lo que era mejor verlo como algo sin importancia y que podría ocurrir con regularidad.

 

Lucía se quedó dormida sobre mi hombro a los pocos minutos de poner la película, por lo que esa noche tampoco sería nuestra primera vez. Y siendo sincero, lo agradecí. Prefería tener la mente despejada cuando lo hiciéramos por primera vez, y aquella inquietud aún me duraría algunas horas. Miré a Lucía mientras dormía, con su adorable carita redonda respirando profundamente, y la besé en la frente. Era un encanto y no se merecía que yo hubiera estado tan ausente esa tarde. La cogí en brazos y la llevé a la cama.

 

– Mmmmh… –dijo, con voz de dormida al sentir las sábanas.– Me he quedado dormida… Lo siento…

 

– No pasa nada. –dije con una sonrisa y volví a besar su frente.

 

– ¿No te importa que duerma aquí…? –dijo.

 

– Para nada. –dije tumbándome junto a ella. Aún no habíamos pasado ninguna noche juntos.

 

– Mmmmh… –ronroneó con los ojos cerrados y dibujando una sonrisa infantil en sus labios.– Gracias…

 

La rodeé con los brazos y cerré los ojos. Volví a ver a Sara, esperando a aquel coche bajo la lluvia. Poco antes de quedarme dormido, me percaté de un detalle sobre el que no había vuelto a pensar: la enorme maleta que llevaba consigo y que indicaba que se iba a alguna parte durante un buen tiempo.

4

 

Amaneció.

 

No había abierto los ojos aún, cuando sentí la lengua de Lucía lamiendo mi polla.

 

Como os había dicho, era una profesional.

 

Mi vecinita había aprovechado mi erección matinal para deslizarse bajo las sábanas y despertarme con una buena mamada. Y os aseguro que es una experiencia que todo el mundo debería disfrutar al menos una vez en la vida.

 

Abrí un ojo y vi un gran montículo que se elevaba bajo la manta con un lento movimiento de vaivén que coincidía con la maravillosa sensación que producían los jugosos labios de Lucía sobre mi pene. Levanté unos centímetros las sábanas y la vi pasando la lengua por la parte inferior de mi glande. Se percató de mi mirada y me sonrió sin detener su delicada labor.

 

– Buenos días. –me dijo, con una risita inocente, sin dejar de repasar por la lengua el tronco de mi pene.

 

– Muy buenos… –respondí.

 

Dejé caer mi cabeza sobre la almohada, disfrutando con los ojos cerrados de los sutiles lengüetazos que Lucía me proporcionaba. Estiró la mano con la que no me masajeaba los testículos y retiró la manta hasta quedar descubierta por completo, acurrucada entre mis piernas. Aún llevaba puesta la camiseta del pijama, pero de cintura para abajo sólo tenía puestas unas braguitas rosas. En aquella, postura, con las piernas recogidas, sus firmes muslos formaban una curva preciosa que terminaba en su perfecto trasero. Mamaba despacio, con los ojos cerrados, degustando mi polla muy lentamente, como si estuviera obteniendo el mismo placer que yo. Una vez hubo retirado la manta, llevó la mano a su entrepierna y empezó a tocarse por encima de la ropa interior, con la misma delicadeza con la que me la chupaba a mi. Su carrillo se estiraba al contacto de mi glande contra él, y su lengua no dejaba de moverse.

 

Los dos primeros encuentros sexuales que habíamos tenido habían sido sendas mamadas. Desde luego, no podía decir que fuera una chica egoísta. Y de nuevo, tengo que recalcar la maestría de esa chica en materia oral. Detuvo momentáneamente la mamada y recorrió la longitud de mi polla con su mano lentamente. Lo sujetó por la base y lo dejó caer junto a mi estómago, dejando mis huevos a escasos centímetros de sus labios.

 

– A estos pobres lo han tratado muy mal. –dijo de forma sensual.– Ahora lo voy a cuidar yo.

 

Bajó su mirada y comenzó dando pequeños besos sobre mis pelotas, acariciándolos con sus labios de forma sexy, poniéndome más y más cachondo. Alargó la lengua y la pasó entre ambos testículos, extendiendo su cálida saliva para, acto seguido, meterse en la boca primero uno y después otro. Por primera vez en mi vida sentí el placer indescriptible de una hábil lengua jugando con mis pelotas mientras eran succionadas por una experta boca. Su pulgar derecho acariciaba mi polla lentamente, haciendo círculos sobre la punta de mi glande. Tras degustarlos unos minutos, sacó mis testículos de su boca y pasó a lamerlos despacio, como su fueran unos grandes y frágiles caramelos. Tras juguetear con ellos de uno en uno volvió a dirigir sus atenciones sobre mi pene, que le esperaba henchido de sangre, lamiendo lentamente desde mi escroto hasta la punta del glande. No necesitaba acompasar la mamada con la mano, sus labios y lengua hacían un trabajo tan sobresaliente sobre mi polla que me hacía rozar el cielo con cada vaivén.

 

Se contorsionó sin sacársela de la boca y se quitó las braguitas, tirándolas a un lado de la cama, y quedándose de rodillas, con su cabeza subiendo y bajando sobre mi entrepierna y una de sus manos jugueteando en su coño. Miré las bragas que reposaban sobre el suelo, y vi una evidente mancha de humedad en su centro. En esa postura, su culo perfectamente redondo quedaba a la vista de forma intermitente, alzándose al final de su espalda cada vez que su cabeza bajaba sobre mi polla. Seguía mamando terriblemente despacio, con sus ojos clavados en los míos, sabedora del dulce tormento que desataba sobre mi zona más sensible. Aquella mamada me había despejado por completo y lo que quería era que ella disfrutase.

 

– Ven… –dije.– Que ahora te toca a ti.

 

Lucía sonrió, dando los últimos lengüetazos sobre la parte inferior del glande. Si esa iba a ser nuestra primera vez, quería dejarla satisfecha en todos los sentidos. Le hice una señal para que se aproximara y trepó por mi cuerpo hasta colocar su pelvis sobre mi cara. Puso sus rodillas a ambos lados de mi cabeza dejando su coño a un par de milímetros de mi boca. Notaba un terrible calor que emanaba de su interior. Podía notar su humedad, de tal forma que casi podía saborearlo desde la distancia. Era una postura que siempre me había parecido excitante, con ella sentada encima de mi cara, casi sentada sobre mi boca sin dejarme apenas movimiento. Como si no le importase que pudiera o no respirar, con tal de que siguiera comiéndole el coño. Desde arriba, Lucía me miraba con las mejillas sonrrosadas por la excitación, y la boca entreabierta, casi jadeando incluso antes de taparme la boca con su entrepierna. Puse mis manos en su culo, que ya había acariciado días atrás, aunque no desnudo. Lo apreté firmemente y lo atraje hacia mi. La piel de su trasero era imposiblemente suave y tersa. Era un culo perfecto que pedía a gritos ser magreado. Sellé mis labios en torno a su vulva y di un lento lengüetazo a lo largo de todo su coño, desde la entrada de su vagina hasta su clítoris, saboreándola por primera vez. Salada, húmeda y deliciosa.

 

Lucía se estremeció sobre mi, y dejó caer un poco más su pelvis sobre mi boca llenándomela con su sexo. Me centré en dar atenciones a su clítoris haciendo círculos lentos con mi lengua y Lucía cerró los ojos de gusto. Curvó su espalda hacia atrás y alargo una de sus manos para alcanzar mi polla, que permanecía erguida como una piedra pese a la falta momentánea de atenciones. Continuamos un rato en aquella postura hasta que sus gemidos se intensificaron. Retiró su pelvis de mi boca y se sentó sobre mi abdomen, con la respiración agitada y la mirada encendida. Si fuera posible follar con los ojos, me habría violando en ese mismo momento.

 

Se acomodó sobre mi entrepierna y se sentó sobre mi pelvis, notando palpitar mi polla justo en la entrada húmeda de su vagina, pero sin llegar a metérsela. Se inclinó para besarme durante unos segundos mientras se movía y contorsionaba para frotarse contra mi. Se apoyó en mi pecho para incorporarse llevando las manos a su camiseta de pijama. La levantó despacio, revelando su cuerpo poco a poco, primero su ombligo, después su pecho, hasta sacársela por la cabeza y lanzarla al suelo del cuarto, donde estaban sus braguitas.

 

Todo iba perfecto hasta ese momento.

 

Al quitarse la camiseta, Lucía había dejado al descubierto su torso, completamente plano. Ya imaginaba que tendría unas tetas más bien pequeñas, pero no tanto como eran en realidad. No es que fueran pequeñas, es que no eran. Sus sujetadores resultaron ser cien por cien relleno. No había nada que recordase a un pecho femenino a excepción de sus pezones pequeños, que despuntaban huérfanos sobre la extensión llana de su tórax. Mientras se desnudaba, había subido mis manos hasta el lugar donde pensaba que encontraría sus pechos con un movimiento mecánico, casi inconsciente, y me descubrí acariciando torpemente sus pequeños pezones. Era como acariciar el pecho de un chico. Mi cuerpo y mis manos, aún acostumbrados a la voluptuosidad imposible del cuerpo de Sara, dieron de bruces con la pared lisa que era el pecho de Lucía, y perdí mi erección al instante. 

 

¿Alguna vez habéis tenido un gatillazo? ¿No, verdad? Vosotros nunca, claro que no.

 

Es algo que a nadie le pasa jamás.

 

Bueno, pues a mi esa vez sí que me pasó. Y os aseguro que es una de las experiencias más humillantes que existen. Y no porque quedes mal ante otra persona, que también; sino porque quedas fatal contigo mismo. Te mueres de ganas por follar, notas la urgencia por conseguir un orgasmo, pero cuando miras hacia abajo sólo ves tu polla colgando flácida, sin entender del todo por qué. Por dentro te corre la lava de un volcán, pero tu pene está más frío que un témpano. Arrugado. Como un amigo que termina estropeando una buena fiesta. Tu mente y tu cuerpo están preparados para una buena ración de sexo, pero te falta el único ingrediente indispensable para llevarlo a cabo: una erección.

 

Me puse nervioso porque, aunque intenté concentrarme, en el fondo sabía que aquello no iba a terminar como yo quería. De hecho, iba a hacer el ridículo. Seguí tocando a Lucía, esperando en vano volver a estar listo, pero me sentía incapaz. Ni siquiera las proporciones áureas de su culo consiguieron reanimar mi polla. Mi mente había establecido una injusta comparación entre las enormes tetas de Sara y el inexistente pecho de Lucía, y ya era incapaz de quitármelo de la cabeza. No estoy diciendo que las chicas con el pecho plano no puedan ser sexys; Lucía era tremendamente atractiva sin tener pecho, pero encontrarme su torso desnudo habiendo pasado sólo unos meses desde que había tenido entre manos las inmensas tetas de mi ex novia, me resultó ciertamente decepcionante. Perdí la concentración y mi polla quedó definitivamente sin vida. Para agravarlo aún más, Lucía estaba tan cachonda que la humedad de su coño se esparcía por todo mi vientre. Se contorsionaba sobre mi, inquieta, deseando que la penetrase, con los ojos entrecerrados por el rubor y la excitación, mordiéndose el labio inferior y sus minúsculos pezones erectos.

 

–Métemela… Métemela ya… –gimió Lucía, como si estuviese en trance, con un susurro grave, ajena al problema que yo tenía entre manos. O mejor dicho, entre mis piernas.

 

–Espera… –dije, intentando que aquellas palabras no saliesen de mi boca. Que ocurriese algo que arreglase la situación, antes de echarlo todo a perder. Pero era inevitable. Cerré los ojos deseando que ocurriera un milagro que volviese a ponérmela dura, pero no ocurrió.– No puedo…

 

Lucía, que había mantenido sus manos acariciando mi pecho, acercó su mano derecha a mi ingle, y se percató al instante de la flacidez de la zona.

 

– ¿Qué pasa…? –dijo arqueando las cejas, como en un lamento. Tenía la entrepierna chorreando y su piel estaba ardiendo.

 

– No sé… –contesté avergonzado. No quería que eso pasase. Habría dado cualquier cosa por volver a tener una erección. Me moría de ganas de follármela pero mi pene no respondía. El pensamiento de que aquellas tetas no merecían ni ser llamada así, no me abandonaba. En cierto modo me recordó a lo que era tener puesto el cinturón de castidad. Quería follar y no podía. Era como si mi polla no tuviera la confianza suficiente con aquella extraña y se hubiera quedado arrugada del susto.

 

Lucía suspiró y descabalgó de mi vientre para tumbarse junto a mi. El aliento que exhalaba ardía. Aún desde esa distancia, notaba el abrasador calor que salía de su entrepierna. Me besó despacio y su respiración se calmó poco a poco. Suspiré, aún con los ojos cerrados, derrotado por aquella injusticia en forma de gatillazo.

 

–No pasa nada, David. –dijo Lucía, con la respiración aún agitada, adivinando mi preocupación.

 

–No sé que me pasa… No me había pasado antes…

 

Me daba vergüenza mirarla a la cara. Quería taparme bajo las sábanas y desear que no hubiera pasado. Pese a todo, Lucía se mostraba comprensiva y le quitaba hierro al asunto.

 

–No te preocupes… –me dijo dándome un beso en la mejilla y apoyando su cabeza sobre mi pecho.– Es pronto, no tenemos ninguna prisa.

 

Resoplé y Lucía notó mi desazón.

 

– Que no pasa nada, tonto… –me dijo con una sonrisa. 

 

Dejé la mirada fija en el techo, pensando en lo increíblemente adorable que era aquella chica, y la suerte que tenía de tenerla conmigo. Para ella, nada era un problema. Todo se podía resolver de una forma natural, incluso haberla dejado con ese enorme calentón después de que ella me hubiera hecho una mamada en el cine. Era todo empatía.

 

– ¿Quieres que te haga…? –comencé, para intentar compensar el gatillazo, pero me interrumpió.

 

– No, ya se me pasa, no te preocupes. –dijo, acurrucándose a mi lado y volviendo a taparse con la manta.– Ya lo haremos.

 

Nos quedamos abrazados durante un buen rato más, dormitando hasta que llegó el momento de despedirnos, hacia el final de la mañana. Me sentía terriblemente avergonzado con ella allí, y le dije que tenía unos asuntos que atender por la tarde. Prefería quedarme solo. Cuando cerré la puerta y me quedé solo, no podía quitarme de la cabeza que Lucía seguramente estaría pensando en lo patético que era. Por adorable que fuese, le había dejado con todas las ganas y se habría sentido decepcionada.

 

Al encontrarme de nuevo sólo en mi piso, mi pensamiento volvió momentáneamente al encontronazo con Sara de la tarde anterior. Quise culparla de lo que me había ocurrido con Lucía. La costumbre de tener su cuerpo entre mis manos había causado que me sintiera decepcionado al compararlo con el de mi vecina. Pero Sara no tenía la culpa de nada. Era mi problema.

 

Hasta ese momento, no había vuelvo a pensar en lo sucedido la tarde anterior, pero decidí no ahondar en ello. Me conocía bien y si me ponía a darle vueltas no dejaría el tema en todo el fin de semana. La imagen de la maleta de viaje fue lo último que pasó por mi mente antes de descartar cualquiera idea que ahondase en el asunto.

 

“Buen viaje” pensé.

 

Me senté frente al ordenador y ojeé algunas páginas sin ver realmente nada. Sólo había tenido un gatillazo anteriormente y había sido de muy joven, con una de mis primeras novias, con quien, al hacerlo por primera vez, los nervios y la ansiedad habían tumbado mi erección. Después no me había vuelto a pasar nunca. Y menos aún estando con Sara, con quien un simple vistazo de su cuerpo era suficiente para ponerme a mil. Pero esta vez era diferente, no lo había tenido por nervios o inseguridad. Había sido al verla desnuda.

 

Me sentía contrariado. Lucía tenía un cuerpo que muchas mujeres envidiarían y muchos hombres ansiarían tener entre manos. Estaba en forma, era guapa y estaba demostrando ser una persona muy activa sexualmente. Su único defecto era algo con tan insustancial como estar plana, pero, al parecer, para mi subconsciente era un problema serio. ¿Tan importantes eran las tetas para mi? ¿Tan superficial era en realidad?

 

Llevé la mano a mi entrepierna y noté mi polla encogida, como si estuviera arrepentida de su bochornosa actuación ante mi vecina. Abrí una nueva página en el explorador y entré en varias páginas porno, observando fotos de chicas desnudas. Me paré a contemplar a aquellas que tenían menos pecho. Me di cuenta de que nunca había utilizado a chicas como aquellas a la hora de masturbarme. Siempre había buscado chicas con las tetas muy grandes. Cuanto más grandes, mejor. La visión de aquellas chicas delgadas, con los pechos pequeños, no me producía el mínimo interés.

 

La personalidad de Lucía me encantaba, pero su cuerpo no era lo que yo entendía por mi ideal físico en una mujer. Con ropa, siempre había pensado que tendría unos pechos pequeños pero bonitos, como recordaba habérselos visto a Alba, pero la realidad es que mi vecina tenía incluso menos pecho que aquella. Me volvió a pasar por la mente el pensamiento de que parecía el torso de un chico.

 

Sé que pensaréis que soy un superficial, que el tamaño de los pechos no es tan importante cuando la chica merece tanto la pena y que no tenía sentido que pensase algo así. Y os aseguro que yo también lo pensaba. Pero había una evidencia que no podía dejar de lado: si recordaba el pecho de Sara se me ponía dura, y si recordaba el pecho de Lucía, mi pene ni se inmutaba. ¿Cómo coño se lucha contra tu propia naturaleza?

 

Continué navegando entre fotos de chicas desnudas y cambié la búsqueda para ver chicas más pechugonas. Eso ya era otra cosa. No podía evitarlo. Os lo juro, sé que parece una memez, pero mi cuerpo reaccionaba de forma totalmente distinta ante chicas con mucho pecho. Aunque las chicas del pecho plano tuvieran un culo perfecto y fueran preciosas, no causaban en mi interior la misma reacción que ver a una chica con una talla cien de pecho.

 

En el mundo hay dos clases de hombres: a los que les gustan los culos, y a los que les gustan las tetas. Y después de tanto tiempo, apuesto a que ya sabéis de qué tipo soy yo. No podemos luchar contra nosotros mismos. Tecleé el nombre de la actriz con la que me masturbaba últimamente y ante mi apareció una miríada de fotos suyas, con su larga melena morena, curvas imposibles y tetas descomunales. Cliqué en una de ellas al azar y me llevó a un vídeo que comenzó a reproducirse automáticamente. Al instante, mi polla empezó a ponerse dura.

 

“A buenas horas” pensé mirándome la entrepierna, como si mi polla fuese un ser independiente con pensamientos propios pegado a mi. Comprobé que el problema no era físico, la tenía completamente dura y babeante de nuevo, como la había tenido un segundo antes de que Lucía se quitase la camiseta. 

 

Aunque seguía algo avergonzado tras lo que había pasado, seguía teniendo ganas, por lo que continué viendo el vídeo de mi nueva actriz fetiche acariciándome la polla. Dos tipos musculosos y tatuados se la follaban sin piedad por todos los orificios de los que disponía. Parecía una muñeca hinchable entre esos dos titanes que hacían con ella lo que querían. Comencé a pajearme más rápidamente hasta que aquellos dos tipos eyacularon copiosamente sobre sus tetas y me corrí. Tras limpiarme y volver a la realidad, intenté quitarle hierro al asunto. No quería darle demasiada importancia. Prefería pensar que, pese a preferir las tetas grandes, acabaría por acostumbrarme al cuerpo delgado de Lucía y no habría problemas. Sólo había sido un primer encontronazo, y no había esperado ver un pecho tan plano, nada más.

 

Seguro que la próxima vez, al saber lo que me iba a encontrar, mi polla funcionaría mejor.

 

5

 

Desde que tengo uso de razón, siempre me han encantado las tetas grandes.

 

Hay algo en la naturaleza de un buen par de tetas que despierta un instinto animal en mi interior. Quizá sea su forma, lo erótica que resulta su visión, o ese juego del que nunca se habla, entre aquellas que llevan un sugerente escote y aquellos que lo miran furtivamente. La sensación incomparable de notar su forma y calor a través de la piel, mientras notas cómo el pezón crece contra la palma de tu mano. La jugosidad que encierran, lo descarado de su apariencia cuando ninguna prenda las tapa, despuntando orgullosas al frente, señalándote y reclamando atención. Puedes olvidarte del primer beso, pero no de las primeras tetas que tocaste.

 

Ya desde pequeño, había sentido una gran atracción hacia esta zona del cuerpo de una mujer. Aún recuerdo cómo siendo apenas un pre–adolescente, me escabullía de madrugada tratando de descubrir las chicas desnudas que estaba seguro que mi hermano veía por las noches. Salía de la cama de puntillas y avanzaba hasta el pasillo desde donde se veía la televisión del salón. Mi hermano se quedaba despierto hasta tarde viendo la tele, mientras mis padres ya dormían en su cuarto. Me quedaba junto al marco, notando cómo me palpitaban las sienes por la tensión, esperando poder ver finalmente alguna chica contoneándose y enseñando su cuerpo desnudo, que pudiese convertirse en un buen material para aquellas primeras pajas. Tened en cuenta que era una época diferente a la actual, en la que Internet ni siquiera existía. El único material sexual que tenía a mi disposición era una revista arrugada que había encontrado escondida en una vieja carpeta de instituto, perteneciente a mi hermano. En ella ni siquiera aparecían desnudos integrales, pero podía darme con un canto en los dientes; muchos de mis amigos ni siquiera tenían acceso a algo tan preciado como una revista guarra. Ahora cualquier chaval de doce años tiene acceso a todo el sexo del mundo con un par de clicks, pero entonces eras un afortunado si conseguías ver un pecho desnudo en alguna parte. Tampoco había móviles, por lo que si veías algo que te ponía cachondo (que a esa edad era prácticamente cualquier cosa), necesitabas grabarlo a fuego en tu memoria para hacerte una paja después, rememorando lo que habías visto. Seguro que a muchos os resulta familiar. Hoy en día, hacerse una paja no tiene ningún mérito. 

 

Repetía aquella rutina siempre que tenía la oportunidad, sin descubrir nunca nada interesante. Hasta que una noche fue diferente. En lugar de los programas de deportes, o late nights que solía ver, en la televisión había una chica rubia con los ojos azules ataviada con un largo vestido de tela vaquera, atravesado por una larguísima cremallera. La chica se contoneaba de forma sensual mientras un teléfono aparecía sobreimpresionado en pantalla. Tras unos instantes, la modelo comenzaba a desabrochar la cremallera muy lentamente, desde la clavícula hasta los muslos, revelando su cuerpo completamente desnudo. Al despojarse del vestido, mostraba orgullosa unas enormes tetas de pezones rosados que se me quedarían grabadas durante semanas y que serían material para todas las pajas que me haría durante bastante tiempo.

 

O aquella otra vez, meses más tarde, en la que curioseando en los cajones de la cómoda donde mi padre guardaba sus cosas, encontré una baraja de cartas con chicas en pelotas. Era un paquetito antiguo, de los años setenta a juzgar por el maquillaje y el vello púbico que lucían aquellas mujeres, con una chica diferente en cada carta. Había de todo, jóvenes, maduras, delgadas, gorditas… incluso unas pocas en las que se mostraban primeros planos de chicas con una corrida en la cara que parecía bastante falsa. Por supuesto, las que más llamaron mi atención fueron unas cinco o seis cartas con chicas de grandes pechos que no dudé en guardarme para mi. Eran tetas grandes como misiles, con amplios pezones y algunas con marcas de bronceado. Siempre me ha parecido que las tetas de los años setenta eran diferentes a las tetas de ahora, aunque no sabría explicarlo. Nunca supe si mi padre echó en falta esas cartas, pero lo cierto es que pasaron a formar parte de mi botín de material pornográfico, junto a la revista de mi hermano.

 

Más tarde, ya en plena adolescencia y con mi hermano viviendo en la residencia de la universidad, fui yo quien ocupó su lugar en el salón las noches de los fines de semana, mientras mis padres dormían. Aún recuerdo cuando presencié la primera mamada de mi vida. Una actriz morena, no especialmente voluptuosa pero sí muy atractiva se agachaba sobre un enorme pollón que la esperaba erecto. Recuerdo que llegué pensar que aquello debía ser falso, y que el actor se habría puesto una prótesis o algo parecido, pero no. Aquél descomunal apéndice era suyo, y la chica arrodillada a sus pies lo degustaba con ansia. En un alarde de ingenio, empecé a grabar en VHS las partes que más me gustaban de aquellos anuncios de líneas eróticas y de algunas películas porno que ponían muy de madrugada. Casi siempre, fragmentos de tetonas voluptuosas, mamadas y cubanas varias. En aquel momento me parecía una idea de genio pero apuesto a que no fui el único que hizo algo así, ¿verdad?

 

Poco a poco, acabé teniendo una pequeña colección de chicas tetonas a mi disposición para aplacar mi sed sexual adolescente. Una colección irrisoria en comparación con lo que puedes conseguir ahora en una tarde conectándote a Internet, pero, aún así, lo consideraba un auténtico tesoro.

 

Cada vez que viajábamos en familia a la playa me dedicaba a buscar discretamente mujeres con pecho generoso que hicieran topless. En alguna ocasión incluso había llegado a masturbarme con disimulo desde el agua, mirando a alguna mujer especialmente bien dotada. En cada playa, siempre había al menos una mujer con un buen par de tetazas que desafiaban la gravedad y que eran objeto de las miradas indiscretas de cualquiera que anduviera cerca. Mucho después, una vez que Internet pasó a ser algo común en todas las casas, las tetas grandes se convirtieron en mi tipo de pornografía predilecto. Era una bola de nieve que se hacía más y más grande, que se convirtió en una obsesión sin que me diera cuenta y que pasó a ser algo indispensable para mi cuando finalmente conocí a Sara.

 

Os cuento esto porque sé que no entendéis cómo es posible que tuviera un gatillazo al ver el pecho plano de mi vecina. Creedme, esas cosas pasan en la vida real.

 

Lucía era increíble a muchos niveles. Mentalmente conectábamos a la perfección y nuestras personalidades encajaban como un puzle. Esa chica estaba hecha a medida para mi, exceptuando una sola cosa. Pero esa cosa era algo a lo que daba más importancia de lo que pensaba. Seguro que podría terminar por acostumbrarme a tener una chica sin pecho, pero ¿era eso lo que yo quería realmente? ¿Durante cuánto tiempo conseguiría reprimir mi ansia por las tetas grandes? ¿Bastaba su personalidad para hacerme olvidar que yo prefería otro tipo de físico?

 

Sí, sí, podéis llamarme superficial y todo lo que queráis, pero el aspecto físico también es importante. Quizá la Madre Teresa de Calcuta fuera vuestra alma gemela, pero no os habríais pasado la vida comiéndole el coño, ¿verdad?

 

Y también entiendo perfectamente la injusticia que aquello representaba. Sara, Alba, Lidia o incluso esa enfermera me habían criticado, o directamente rechazado, por tenerla pequeña, haciéndome sentir fatal. Y ahora era yo quien veía un obstáculo difícil de flanquear en el tamaño del pecho de Lucía. El asunto no estaba carente de cierta ironía. Pero tenéis que entenderme, era superior a mis fuerzas. Durante unos días, llegué incluso a plantearme comprar viagras, pero lo descarté por parecerme una solución demasiado radical. Necesitaba encontrar la solución de manera natural. Dejar que mi cuerpo y mi mente se adaptaran a ese nuevo cuerpo al que sólo le veía un defecto. Lo único que tenía que hacer era darle menor importancia a ese defecto.

 

Al menos ella no se dio por aludida. Durante los siguientes días, Lucía entendió que mi gatillazo se había debido a que aún había pasado poco tiempo desde la ruptura y que mi cuerpo tenía que “acostumbrarse” a otra persona.

 

–David, es normal… No te agobies, porque no pienso nada raro, ¿Vale? –Me repetía.– Llevas muchos años con la misma persona…es normal que te pongas nervioso, o tenso al estar con una persona nueva… Vamos a tomárnoslo con calma.

 

Ella no parecía darle importancia, así que yo tampoco seguí dándosela. Durante la siguiente semana intenté no pensar demasiado en ello, aunque sí que me dediqué a buscar chicas que tuvieran un físico parecido al de Lucía, para acostumbrarme a ese tipo de cuerpos, y quizá desarrollar un gusto por las chicas de tetas pequeñas que no había tenido nunca.

 

Por lo demás, apenas pensé en Sara. Encontrármela sin previo aviso fue raro, incluso violento. Pero ya tenía todo lo que había querido: sabía donde vivía, y verla una última vez. La maleta me indicaba que estaría lejos un tiempo y saber que no estaba en la ciudad y no podía volver a encontrármela en un tiempo era reconfortante. Incluso la duda acerca de quién conducía el BMW amarillo se fue disipando a lo largo del transcurso de la semana y mis citas con Lucía.

 

Para el siguiente fin de semana, cuando se cumplía un mes desde que habíamos empezado nuestra relación sin nombre, Lucía preparó un plan sorpresa. Me pidió que me arreglara, y llamó a mi puerta sobre las diez de la mañana. Se había puesto un vestido negro de tirantes muy sugerente. Se colocó en el asiento del conductor, y me llevó a pasar el día a un parador cerca de la montaña. El calor iba llegando poco a poco la ciudad y le pareció buena idea subir a ver las últimas nieves antes de que se deshicieran. Nos recomendaron un paseo agradable que bordeaba la ladera nevada bajo el agradable calor del Sol, nada exigente a nivel físico y donde encontramos varias parejas más que paseaban de forma romántica. Caminamos toda la mañana y finalmente me llevó a un restaurante con vistas a la montaña, donde había reservado. Era reconfortante ver cómo alguien se esforzaba tanto en tener detalles conmigo. Lucía llevaba todo el día bastante caliente, aprovechando para insinuarse cada pocos minutos, y reconduciendo las conversaciones a temas sugerentes y con connotaciones sexuales. Nos lo habíamos tomado con calma tras el gatillazo, pero era evidente que aquella mañana estaba más cachonda de lo normal. Así lo demostraban gestos como el que tuvo antes de regresar al restaurante, cuando había aprovechado la soledad del camino para subirse ligeramente la parte baja del vestido y obsequiarme con una preciosa vista de su redondo trasero, que empezó a calentarme las entrañas. Se había puesto un tanga minúsculo y no pude evitar ir sobándoselo todo el camino de vuelta, sin que supusiera ningún problema para ella; al contrario, parecía encantarle.

 

El calentón no fue sino en aumento durante la comida, en la que aprovechó para acariciarme el paquete cuanto pudo, mientras yo no perdía oportunidad en manosear sus piernas. Me encantaba todo ese tonteo, pero empecé a preocuparme por si podría cumplir al llegar a casa. No lo decíamos en alto, pero estaba claro que iba a haber sexo al llegar a casa. O lo habría si conseguía una erección. La preocupación debió reflejarse en mi cara.

 

– No te comas la cabeza… Que te veo venir. –dijo Lucía con una sonrisa.

 

– No… –contesté algo incómodo.

 

– Te veo la cara, David. –rió.– No te agobies. Te aseguro que le das tú más importancia que yo…

 

– Ya pero… –dije titubeando. No sabía cómo abordar el tema.

 

– Pero nada. Fijo que te estás agobiando por si te vuelve a pasar lo mismo. –adivinó.– Y es justo lo que no tienes que hacer…. Tú estate tranquilo.

 

– Sí, pero sé que tienes ganas, y…

 

– Mira David… –dijo bajando la voz, acercándose a mi, y posando la mano discretamente sobre mi polla.– Yo no me voy a pensar nada raro. No me voy a ir corriendo. Me gustas mucho. Sé que necesitas un periodo de adaptación, y si hay que esperar, esperamos.

 

– ¿Seguro…? – le dije, mirándola a los ojos.

 

– Seguro. –dijo con seguridad, dándome un pequeño beso en la punta de la nariz, antes de volver a sonreír y acercarse a mi oído para susurrar–. Pero también te digo… Si hoy no puedes, me lo vas a comer hasta que te sangre la lengua.

 

Los dos rompimos en carcajadas, llamando la atención de algunas mesas que quedaban cerca. Parecíamos dos adolescentes tonteando y metiéndose mano en cuanto podían. 

 

– En serio, –continuó cuando la risa se lo permitió.– estoy ya que me subo por las paredes…

 

Esa pequeña charla me tranquilizó, pero fui mentalizándome para que, al llegar a casa, todo funcionase correctamente sin problemas como los de la semana anterior. Un gatillazo era un contratiempo aceptable. Dos gatillazos eran un problema. Sobre todo teniendo en cuenta lo salida que estaba Lucía. Aunque ella dijese que no tenía importancia, para mi sí la tenía. Ella hacía lo imposible por hacerme sentir bien, y quería devolvérselo.

 

Para cuando terminamos los postres, Lucía había bebido bastante, y tuve que ponerme al volante de vuelta a casa. Si ya estaba cachonda antes de comer, imaginaos como estaba yendo medio borracha. No llevaríamos ni quince minutos subidos en el coche cuando empezó a hurgar en mi bragueta sacando mi polla, que aguardaba en estado de semi erección.

 

– Esto puede ser peligroso… –dije sin apartar la vista de la carretera, mientras manoseaba mi polla.

 

– Tú a lo tuyo… –dijo con una sonrisa enmarcada en sus rosadas mejillas.– Que llevas un coche entre manos…

 

Continué conduciendo mientras me sobaba la polla lentamente, acariciándola con delicadeza a lo largo de las innumerables curvas que recorrían las montañas, mientras de cuando en cuando me decía guarradas al oído. Me estaba poniendo a cien. Sin soltar mi polla, metió la mano bajo el vuelo de su vestido, y se acarició durante unos momentos.

 

– Buf… –dijo, riendo, claramente afectada por el acohol.– Estoy empapada, eh… Vas a tener que ir un poco más rápido.

 

Lucía no dejaba de insinuarse y de calentarme, aunque en mi mente se extendía el temor al fracaso cuando llegásemos a casa. Lucía quería sexo, y no sabría cómo reaccionaría mi polla al verla de nuevo desnuda.

 

Una vez dejamos atrás la zona montañosa, las curvas dejaron paso a las carreteras rectas del centro de la ciudad. Lucía estaba cachonda perdida y deseando llegar a casa. No quedarían más de quince minutos para llegar cuando, sin mediar palabra, inclinó su cabeza hasta alcanzar mi entrepierna. Como en un acto reflejo, aminoré la velocidad, intentando concentrarme en la carretera con la cabeza de Lucía sobre mi regazo. Al instante noté su hábil lengua sobre mi capullo.

 

– Como me lo hagas igual que el otro día nos la pegamos…–dije sonriendo.

 

– Tranqui. –dijo con mi pene en los labios.– Sólo quiero calentarte un poco.

 

Efectivamente, no se decidió por hacerme una mamada en el sentido estricto de la palabra, sino más bien en excitarme todo lo que podía sin llegar a encaminarme a un orgasmo real. Me lamía la parte inferior del glande y daba lentos lametones a lo largo de mi pene, lo besaba y acariciaba con dulzura, pero apenas si se lo metía entero en la boca, a pesar de lo cual, mi polla se había puesto como un mástil. Si retiraba sus labios momentáneamente, sus dedos hacían acto de presencia y acariciaban con delicadeza la punta de mi glande. Fueron todo caricias leves excepto en el momento en el que, ya cerca de casa, tuve que detener el coche en un semáforo.

 

Cerré los ojos momentáneamente disfrutando de las sutiles atenciones que recibía mi miembro, y escuché el rumor de un gran motor a mi izquierda. Volví a abrir los ojos y contemplé un enorme camión detenido justo a nuestro lado. El copiloto del camión sonreía socarrón sin perder detalle de la escena que veía dentro de nuestro coche. Fue entonces, y sólo durante esos escasos instantes en los que duró el semáforo, cuando Lucía, que parecía saber que había alguien mirándonos, se retiró el pelo que le tapaba la cara para acomodarlo delicadamente tras su oreja, y mamó mi polla de forma más intensa. Gemí de placer y volví a mirar de soslayo al ocupante del camión, que sonreía. Tras casi veinte minutos de delicados lametazos, esos segundos de mamada intensa me transportaron al paraíso.

 

Finalmente la luz verde nos permitió continuar nuestro camino y el espectáculo que dimos ante el camionero terminó. Lucía parecía ponerse tremendamente cachonda cuando había riesgo de que alguien nos pillase en sitios públicos, o directamente cuando había alguien viéndonos, como en ese semáforo. Sus atenciones orales duraron apenas unos segundos más, y volvió a incorporarse en su asiento al comprobar que ya estábamos cerca de casa.

 

Me miraba con los ojos en llamas. Si yo estaba cachondo, ella parecía estarlo aún más. Y era normal. Aunque se hubiera masturbado, tendría ganas de polla desde hacía bastante tiempo. Se mordía el labio con la respiración ligeramente agitada y me concentré en llegar lo antes posible e ir mentalizándome en que esa vez no podía volver a fallarle. Aparcamos el coche en el primer hueco que vimos y fuimos andando a buen paso hasta el portal, donde nos dimos el primer morreo contra la pared del recibidor y notaba cómo frotaba su pelvis contra la mía con insistencia. Parecíamos dos adolescentes emborrachados de hormonas. Mientras subía delante de mi por las escaleras aprovechaba para amasar su culo bajo el vestido y acariciar suavemente su coño, que ya empapaba su pequeño tanga, haciéndola gemir. Nos deteníamos en en rellano de cada piso para besarnos y desatar levemente nuestra pasión hasta que consiguiéramos llegar a nuestro destino. Al llegar a su rellano me empujó contra la pared y me besó como si fuese a devorarme. De los labios pasó al cuello, mientras manoseaba mi pecho. Alargué mi mano y pasé mis dedos suavemente a lo largo de su entrepierna húmeda. Lucía gimió y se separó bruscamente de mi. Su excitación había llegado al punto de no retorno.

 

– Aquí… Aquí… –dijo con un sacando las llaves de su bolso atropelladamente, exhalando pesadamente.

 

Abrió la puerta con dificultad mientras yo la metía mano descaradamente bajo la ropa interior y notaba su sexo palpitante. La puerta se abrió y Lucía desapareció en la negrura de su piso. Llegaba el momento. No había margen de error. Su voz sonó temblorosa y suplicante desde la oscuridad.

 

– Por favor, fóllame ya.

 

6

 

Envueltos en la penumbra de su piso, la empujé contra la pared de la entrada y me arrodillé ante ella.

 

Bajé de un tirón su tanga, que quedó enredado en sus tobillos y hundí sin vacilar mi cara entre sus piernas, provocando que un gemido escapara de su boca. Apoyó su espalda contra la pared, extasiada al sentir sobre su sexo las atenciones que llevaba todo el día demandando. Sus jugos empaparon mis mejillas y su sabor inundó mi boca. Mientras me deleitaba con el manjar entre sus piernas me desabroché la bragueta y empecé a pajearme al ritmo al que movía mi lengua en su interior.

 

Un ansia animal se había apoderado de mi. Quería comérmela entera. Meterme bajo su piel y sentir el calor que emanaba de su interior. A cada segundo que pasaba la devoraba con mayor voracidad. Su entrepierna era una mar de flujo y saliva del que no tenía intención de separarme. Noté sus manos entrelazándose en mi nuca y presionando para empujarme más y más hondo en su sagrada cueva. Alargué mis manos alrededor de sus caderas y hundí mis dedos en la carne firme de su trasero, empujando aún más su cuerpo hacia mi boca. Quería fundirme con ella.

 

Aún en completa oscuridad, alargué mi mano derecha y comencé a follarla con un par de dedos mientras con la lengua me concentraba en colmar de atenciones a su clítoris. Era una combinación que nunca me había fallado. Sus gemidos aumentaban con cada lengüetazo.

 

– Joder qué bien…–consiguió pronunciar entre gemidos.– Qué bien lo haces…

 

Saqué mis dedos de su interior y continué masturbándome, notando los ardientes flujos que había extraído de su interior esparciéndose por mi polla. Pasados unos instantes en los que me aseguré de dejarla al borde del orgasmo, me puse en pie de nuevo y nos unimos en un beso en el que parecíamos auténticos caníbales. No le importó probar sus flujos a través de mi lengua, de hecho pareció excitarla aún más. Mis ojos terminaros por acostumbrarse a la penumbra de la habitación y empecé a distinguirla en la oscuridad. Palpó sobre mi camisa y me la sacó por la cabeza sin desabotonarla para acto seguido echar mano a mi polla, que presionaba sobre su muslo izquierdo. Empezó a pajearme de forma intensa, mirándome fijamente a los ojos y mordiendo su labio inferior, resoplando por la excitación y el ansia animal que la consumía, mientras yo la penetraba con los dedos al mismo ritmo que su mano bombeaba sobre mi pene. Tras unos instantes meneándomela a toda velocidad, dio media vuelta, dándome la espalda y con un hábil movimiento se metió mi polla dentro.

 

Gemí, tanto por la sorpresa del movimiento como por el placer de sentir por primera vez aquella acogedora y estrechísima cavidad. Ardía como lo harían las paredes de un volcán. Sin darme un respiro, Lucía comenzó a mover su cadera en círculos apoyando ambas manos contra la pared, entrando y saliendo, follándome sin necesidad de que yo moviera un músculo. Echó sus manos atrás hasta alcanzar las mías y las llevó bajo el vestido, hasta sus tetas. Definitivamente, era como acariciar a un chico. Como si me acariciara el pecho a mi mismo.

 

Maldije aquellas tetas diminutas. Mi pene dejó de estar completamente duro y se salió de su vagina en uno de sus vaivenes. Estaba demasiado excitado como para perder por completo la erección, pero si no dejaba de pensar en sus tetas mi pene se escondería y era algo que no me podía permitir. Todo iba demasiado bien para estropearlo otra vez.

 

Decidí posponer la penetración unos instantes y la besé, llevándola sin soltarla hasta el sofá del salón. Durante el recorrido, Lucía se despojó finalmente del vestido, quedándose completamente desnuda ante mi, lo cual no me dejaba concentrarme en algo que no fuera su pecho plano. Ya en el salón, la empujé sobre el sofá y aproveché para terminar de quitarme los pantalones, que aún tenía a medio quitar. Lucía me esperaba sobre el sofá, con sus firmes piernas completamente abiertas, con el gesto desencajado por la excitación y su mano derecha sobre su clítoris, esperando que volviese a penetrarla. Pero para eso necesitaba recuperar mi erección al cien por cien.

 

Me arrodillé una vez más, y volví a repasar cada pliegue de su coño con mi lengua. Lucía dejó caer su cabeza hacia atrás, acariciándome la nuca mientras volvía a devorarla. Llevé mi mano a mi polla y seguí meneándomela para volver a tenerla completamente dura pero me costaba. Empecé a preocuparme y mi polla empequeñeció aún más.

 

Tuve que recurrir al último recurso. Sé que no lo aprobaréis, y que incluso podéis pensar que soy horrible, pero no tenía otra opción para recuperar mi erección: tuve que pensar en Sara.

 

Mientras seguía comiéndome a Lucía, rememoré lo inmensas que se veían las tetas de Sara desde aquella posición. Si fuera ella la que estuviera tumbada sobre el sofá, sus tetas colgarían temblorosas y turgentes, pudiéndose apreciar su peso y suavidad con sólo observarlas. Sus grandes pezones despuntarían descaradamente mientras le comía el coño. Pensé en cómo le gustaba acariciárselos a sí misma mientras se lo hacía. Cómo los apretaba entre ellos, los pellizcaba, los lamía, y los dejaba caer para volver a pellizcarlos. La oscuridad fue mi cómplice para imaginarme el cuerpo de mi exnovia, y en cuestión de segundos volvía a tener la polla como una roca. Sin perder un segundo, me abalancé sobre Lucía y la penetré con fuerza, a lo que respondió con un profundo gemido de placer. La empecé a follar sin miramientos, notando cómo me clavaba las uñas en la espalda y me rodeaba con sus piernas sin dejarme apenas espacio para sacar mi polla tras cada embestida.

 

–Ahhhh… –comenzó a gritar con cada golpe de mi pelvis.– Joder… Joder…

 

Sus gemidos ayudaban, pero aún seguía concentrado en recordar el cuerpo de Sara. En aquella postura siempre podía notar la suavidad de sus pechos contra mi torso, con sus pezones danzando arriba y abajo, rozándome embestida tras embestida. A veces incluso utilizaba sus brazos para juntarlas entre sí, haciéndolas parecer aún más grandes y agitarlas justo en mi cara.

 

–Espera… –dijo Lucía entre gritos de placer, deteniendo mis movimientos para cambiar de postura y sacándome momentáneamente de mis recuerdos.– Quiero acabar así…

 

Se puso en pie y me pidió que me recostara en el sofá. Lo hice sin rechistar mientras ella me daba la espalda y bajaba su cadera hasta encontrarse de nuevo con mi polla, que desapareció en su interior al instante. Comenzó a agitar sus caderas sobre mi polla de forma frenética, como si hiciera sentadillas sobre mi entrepierna mientras agitaba sus caderas de forma circular, maximizando hasta límites increíbles el placer que yo recibía. Su culo se agitaba con cada movimiento y no dudé en apretarlo con fuerza mientras no dejaba de subir y bajar. Si nunca os habéis tirado a una chica que esté en muy buena forma, os aseguro que es una experiencia inolvidable. Cualquier otra se habría cansado a los pocos segundos de empezar, pero Lucía seguí y seguía, gimiendo como una posesa, descargando una y otra vez su culo perfecto sobre mi polla a punto de estallar. Unas pequeñas gotas de sudor recorrían los surcos de su espalda y hacían brillar los cachetes de su trasero. Pensaréis que con aquella visión no necesitaba volver a pensar en Sara, pero incluso la visión de ese culo tan perfecto no me excitaba lo suficiente para llegar al orgasmo. Estaba demasiado acostumbrado a excitarme viendo tetas grandes. Los culos estaban bien, y ese que tenía delante era superlativo, pero no eran lo mismo.

 

No penséis mal, estaba disfrutando mucho, pero era como si me faltase algo. Tras unos minutos en los que no dejó de botar de espaldas sobre mi polla, comenzó a gritar intensamente dejando claro que se estaba corriendo. Misión cumplida. Con trampas, sí, pero misión cumplida Di gracias al cielo de que hubiera terminado tan rápido, porque mi mente parecía empezar a jugarme otra mala pasada y no sabía cuánto tiempo iba a mantener mi polla erecta. Ahora sólo tenía que correrme yo, lo que no veía tan claro. Lucía follaba de lujo, pero necesitaba algo más.

 

– ¿No te corres…? –dijo jadeante, girándose hacia mi.

 

– Sí… Sí… –dije.– Tú sigue…

 

Lucía volvió la vista al frente de nuevo y reanudó su cabalgada, con la misma intensidad que hacía unos instantes. Cerré los ojos y recurrí de nuevo a Sara para correrme. Si no lo hacía, no podría terminar. Recordé lo que era tenerla sobre mi, soportando el dulce tormento de sus cabalgadas mientras los enormes globos que tenía por pechos me golpeaban suavemente en la cara y el torso. Cómo lamía sus pezones al bambolearse sobre mi boca.

 

– Me corro, me corro… –acerté a decir mientras Lucía aún subía y bajaba su pelvis sobre mi polla.

 

Como un resorte, se levantó, giró en redondo y se arrodilló en el suelo para meterse mi polla en la boca. Yo ni me había acordado, pero parecía tomarse en serio aquello de “me lo trago siempre”. Mi orgasmo no se hizo esperar y Lucía recibió mi corrida en su boca mientras con una de sus manos masajeaba mis pelotas. Una vez terminé, noté su lengua dar un último repaso sobre mi glande y escuché un sonoro “glup” que indicaba que mi esperma ya se encontraba de camino a su estómago.

 

Caí rendido sobre el sofá y Lucía se tumbó a mi lado un segundo después. Había sido un buen polvo, aunque ligeramente emborronado por mi titubeo al volver a notar sus pequeños pechos.

 

– ¿Ves…? –dijo a mi lado, recuperando el aliento.– ¿A que hoy estabas más tranquilo?

 

– Sí… –dije, ocultando lo que realmente había pasado.– Sí, estaba más relajado, no sé…

 

– Se notaba. –dijo, y suspiró, acomodando su cabeza sobre mi pecho.

 

Tumbados uno junto al otro, habiéndose pasado la excitación y teniendo la mente algo más despejada, volví a apreciar su torso liso. Iba a ser un escollo difícil de superar. No me gustaba, pero tenía que empezar a aceptar que iba a tener que pensar en Sara, o en quien fuera, para poder follarme a Lucía, al menos de momento. De no ser por eso habría vuelto a tener un gatillazo. ¿Pero hasta cuándo tendría que seguir pensando en ella para poder follar con mi vecina?

 

En cuestión de segundos noté que respiraba pesadamente, profundamente dormida. Empecé a sentirme como un traidor, tanto hacia Lucía como a mi mismo. No era bonito pensar que había tenido que recordar a la hija de puta de mi ex para poder follar con aquella chica que me trataba tan bien. Intenté apartarlo de mi mente. En algún momento encontraría una solución.

 

Aunque no fue a la segunda vez que lo hicimos. Ni a la tercera. Ni en ningún momento de las siguientes diez veces.

 

Cuando quise darme cuenta, llevábamos cerca de un mes follando casi a diario y pese a que empezaba a acostumbrarme a su cuerpo y cada vez disfrutaba más, especialmente de su pasión por tragarse mis corridas, sólo conseguía llegar al orgasmo y mantener mi erección pensando en Sara. Era como si estuviera siéndola infiel, aunque sólo a nivel mental. Pero suficiente para sentirme mal por ella.

 

Era como estar sometido a una maldición. Como si al decidir dejarla hubiera conjurado un hechizo que me obligaba a tener que pensar en ella si quería volver a tener sexo. Con el trascurrir de los días había desarrollado unos cuantos recursos para evocarla sin que Lucía notase nada, desde cerrar los ojos y pensar en sus tetas, a bajar las persianas para hacerlo a oscuras con el pretexto de que así me resultaba más morboso. Siempre que podía, adoptaba posturas en las que ella quedaba de espaldas; ya fuera arrodillada, tumbada o sobre uno de sus costados.

 

Y cuando no teníamos sexo, siempre sacaba algo de tiempo para ahogar mi sed de tetas enormes en Internet. Nuestras relaciones estaban bien, pero no me terminaban de saciar. Alguien me dijo una vez que el sexo debe hacerte vibrar cada célula del cuerpo para poder llamarse 'sexo'. Seguramente terminaría por acostumbrarme, pero ciertamente, echaba en falta algo. Y era una mierda, porque en el resto de cosas, Lucía era un diez.

 

Esa fue mi vida durante las siguientes semanas, sin ningún sobresalto hasta los eventos de una tarde nublada de principios de Abril. Había pasado toda la tarde viendo películas y jugando con videojuegos. Quizá os suene a un plan aburridísimo, pero me encantaban esos días de no salir de casa y pasarme el día tirado. Cuando se hizo tarde, me metí en la cama más por inercia que por cansancio y tras una hora sin conseguir pegar ojo decidí coger la Tablet y hacer algo para que me entrase sueño. ¿Os suena, no? Pocas cosas ayudan a dormir mejor que una buena paja.

 

Había descargado un montón de películas de la tal Nicolette Michaels y veía una diferente cada vez que quería masturbarme. Me hacía cierta gracia pensar que sería la primera vez que podría decir que había visto “toda la filmografía” de una actriz. Estaban ordenadas de más antigua a más moderna, y me pareció curioso ver su evolución, tanto física, como actoral. Desde luego, la chica estaba de infarto en cualquiera de sus vídeos, y tenía una entrega envidiable en cada escena ya desde sus comienzos, pero no dejaba de resultarme curioso ver cómo había cambiado su cuerpo, año tras año y operación tras operación. En los vídeos más antiguos era una chica menuda, con una buena cadera y unos pechos grandes, pero dentro de lo normal. Según pasaban los años, su pecho alcanzaba unas dimensiones impresionantes y su culo se hacía más respingón, a la vez que sus labios se volvían más jugosos y sugerentes.

 

El vídeo que me tocaba esa noche transcurría en una enorme casa con piscina. Un actor con actitud socarrona daba la bienvenida al espectador y atravesaba la mansión hasta llegar a la piscina, donde esperaba mi querida actriz, dándose un baño en bikini. En seguida vi que había algo raro en aquel vídeo. Estaba acostumbrado a verla lucir una larguísima melena morena, pero en aquella ocasión se había teñido de rubio platino. La prefería de morena, pero con ese color de pelo seguía siendo muy atractiva, y le daba ese aspecto arquetípico de actriz porno que a todos se nos viene la cabeza cuando pensamos en una. Incluso me hacía gracia pensar que tenía cierto parecido a Lidia, la novia de Ramón.

 

Como podéis adivinar, tan pronto el actor llegaba al borde de la piscina, la chica se metía su enorme rabo en la boca. El video no era ningún alarde de originalidad narrativo, tras unos minutos de impresionante mamada, continuó con una buena cubana y después pasó a ponerse a cuatro patas sobre un gran sofá blanco que había al lado del agua.

 

El titán que le había follado las tetas, apuntó con su glande hacia su ano, y se lo introdujo de golpe sin pasar antes por su vagina. Lejos de dolerle, parecía que estaba en el séptimo cielo. Al contrario que muchas otras actrices que parecían trabajar a disgusto, aquella chica parecía disfrutar enormemente de lo que hacía. Y en cada oportunidad que tenía, se retorcía sobre sí misma pare volver a chupar el enorme miembro que tenía delante. Unos instantes antes de que el vídeo terminase, el tipo parecía próximo al orgasmo y se puso en pie frente a ella. La chica reaccionó de forma automática y permaneció de rodillas, sosteniendo y apretando sus grandes tetas para que ninguna gota de semen se desperdiciara. Mi polla estaba a punto de reventar, e intenté hacer coincidir mi corrida con la de aquel actor. Cuando este llegó al orgasmo, regó sin consideración la cara de la chica y en pantalla apareció un plano corto de su rostro cubierto de semen. Estaba a punto de eyacular, pero detuve mi mano. Había tenido la sensación durante todo el vídeo, pero con aquel plano corto se hizo mucho más evidente: aquella chica se parecía exageradamente a Lidia. Dejé de masturbarme y pausé el vídeo.

 

Esa chica no se parecía a Lidia.

 

Esa chica era Lidia.


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