Utilizamos cookies propias y de terceros para prestar nuestros servicios y mostrar publicidad relacionada con sus preferencias.
Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies.
Usuario:
 Contraseña:
 CREAR CUENTA  Recordar Clave  Ayuda
 5.112 Usuarios Conectados [ Contactos ] [ Comunidad de Cams ] [ Twitter TodoRelatos ]  1.458.403 Miembros | 20.020 Autores | 103.137 Relatos 
Fecha: 16-Abr-18 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

Perdiendo a Sara · Capítulo 14

Required
Accesos: 13.636
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 58 min. ]
 -   + 
Esta es la historia de cómo perdí a mi novia. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

1

 

Pasaron otros dos meses, aunque parecieron muchos más.

 

El poco calor que aún quedaba a finales de otoño desapareció completamente, y dio paso a un invierno especialmente frío y plagado de lluvias. A finales de diciembre decidí pasar unos días en la casa de mis padres, y pasar la Navidad con ellos y con sus miradas de compasión, que me recordaban insistentemente lo triste que les había parecido la noticia de la ruptura. Ese recordatorio constante de la separación no era lo que mejor me venía en ese momento, pero ante la perspectiva de pasar unas Navidades en soledad, cualquier idea me parecía perfecta. Pese a que tardé poco en comunicárselo a mi hermano, había esperado bastante más para contárselo a mis padres, quizá porque en algún lugar recóndito de mi mente, aún albergaba la remota esperanza de que la situación se arreglase. O quizá por que necesitaba asimilarlo mejor, antes de poder contárselo. O quizá por que cuando se lo contase a mis padres sería real, y aún no estaba preparado para ello. Por supuesto, la noticia fue un jarro de agua fría para ellos, quienes siempre nos habían visto como una pareja perfecta, pero decírselo supuso también librarme de un gran peso que oprimía mis entrañas. Lo cierto es que pasar esos días en familia me sentó mejor de lo que pensaba. No me malinterpretéis, aún tenía un largo camino que recorrer, pero fue ciertamente terapéutico, pese a que necesité encerrarme en el baño a llorar en silencio justo después de las campanadas, atenazado por los recuerdos de otros finales de año mucho más felices.

 

Cuando regresé a mi casa, ya entrado el año, continué con mi política de cuidar de mi mismo. Aún dolía, pero tenía dos opciones: hundirme en mi propio mar de lágrimas y culpar al resto del mundo por la mala suerte que había tenido, o enfocar ese dolor de la forma correcta para curarme por dentro.  Intentaba centrarme en pensamientos positivos, o al menos, que yo entendía como positivos: no era la primera persona del mundo a la que ponían los cuernos y tampoco sería la última, cada día le pasan cientos de putadas a cientos de personas, y ahogarse en un dolor así no sólo es muestra de un carácter débil, sino también de creerse más especial que los demás. Y sí, sé que pensáis que no soy nadie para hablar de gente con “carácter débil” porque yo mismo había demostrado ser un blando anteriormente, y de hecho, aún me sigue pareciendo increíble que consiguiera reunir la fuerza suficiente para seguir adelante, teniendo en cuenta lo flojo que era en aquella época. Poco a poco, fui dejando atrás el mar de tristeza inicial, pese a que aún me encontraría varias recaídas, que os contaré más adelante.

 

Me hice regalos de navidad caros a mi mismo, e hice cualquier cosa que me apeteciera hacer. Y he de decir que era una experiencia bastante liberadora. Tened en cuenta que me había pasado años preocupándome por otra persona antes que por mi mismo. Casi ni recordaba lo bien que se siente cuando tu única preocupación eres tú mismo. Pasaba la mayor parte del tiempo solo, aunque no tanto por obligación como por gusto. Decidí alejarme de todas las personas que me traían malos recuerdos, por lo que programaba mis visitas al gimnasio para no coincidir nunca con Ramón o con Lidia. Además, evité muchas veces también a mis amigos, quienes parecían estar siempre obligándome a salir a conocer chicas, para que pasara página. No entendían que lo que necesitaba era tranquilidad y tiempo. Podríamos decir que, pese a que al principio la soledad me aterraba, terminé buscándola. Con el tiempo aprendí a valorarla, e incluso a abrazarla. Como tenía mucho tiempo para mi mismo, me había vuelto extremadamente resolutivo con el trabajo. Conseguía terminar todos los encargos en tiempo record y tenía casi la totalidad del día para dedicarme a mis hobbies. Seguía dando largos paseos bajo la lluvia y el frío, y reflexionaba sobre lo que había pasado meses atrás. Sobre quién tenía la culpa, o cómo podría haber evitado que todo se fuera a la mierda.

 

No os voy a mentir; nunca dejé de pensar en ella.

 

Por muy mala que hubiera sido, no había ningún día en el que no se paseara por mis pensamientos. Supongo que los recuerdos son una forma de anestesia ante situaciones dolorosas. Eres capaz de recordar momentos felices, y de acordarte exactamente cómo te sentías. Pero es muy difícil rememorar el dolor cuando ha pasado cierto tiempo. Es como si tu mente decidiera borrarlo. Quizá por eso, muchas veces mi cabeza volvía a los buenos momentos que habíamos pasado juntos, antes de que toda la mierda empezase. A nuestra época de universitarios, cuando pensábamos que estaríamos juntos toda la vida, y no parábamos de reír, besarnos y hacer el amor a todas horas.

 

Supongo que os lo estaréis preguntando, así que no lo retrasaré más: aquella foto que me envió de madrugada por Whatsapp fue lo último que supe de ella durante todo ese tiempo. Y no, no le contesté. Estuve tentado a hacerlo, llegué a escribir varias respuestas en la caja de texto del móvil, pero ninguna me parecía lo suficiente agresiva o ingeniosa. Después pensé en contestarle al día siguiente, para pensarlo mejor. Y el día siguiente pensé que realmente no se merecía ninguna respuesta. Como solía decirme siempre alguien mucho más sabio que yo, “no hay mayor desprecio, que no hacer aprecio”. Sí, era posible que esa foto estuviera destinado a otro tío. Al Hijo de Puta, o a ese cubano, quizá. Pero lo dudaba. Pensé en lo orgullosa que era, y en que quizá me la habría mandado para recordarme lo que me estaba perdiendo. No tanto porque me echara de menos, como por dejar claro que si había un gran perdedor en esa historia, ese era yo. Sólo para llamar mi atención y recalcarme que la había cagado. Y sí, aquella foto me hizo sentir fatal, pero muchas noches rogué por otra como esa. Otra foto que me hiciera pensar que aún se acordaba de mi. Que no me había borrado de su vida como una historia fallida que no valía la pena ni rememorar. Pero no hubo nada. Sentir que me había olvidado fue lo peor, sobre todo por que yo no podía sacármela a ella de la cabeza. Ese completo silencio fue lo más duro de aceptar durante esos dos meses. Un vacío que me empujaba a pensar que me había borrado por completo y sustituido por una versión mejorada. O que quizá estaría dando rienda suelta a todas esas nuevas experiencias que quería probar, y que se había convertido en la puta de cualquiera que llamase mínimamente su atención.

 

Mi vida sexual paso de escasa a inexistente. Había perdido incluso las ganas de masturbarme. Durante todo ese tiempo, cada vez que veía una mujer desnuda, o un vídeo porno, mi mente establecía una odiosa comparación entre el cuerpo que estaba viendo, y el de ella. Ninguna de esas chicas de internet tenían las tetas tan grandes ni tan perfectas, ni el culo de la forma que a mi me gustaba, ni la sonrisa espontánea que yo buscaba. Evidentemente, de vez en cuando, tenía la necesidad de ‘vaciar las tuberías’ y casi siempre acudía a recuerdos que tenía de ella. Si a mi mente aún le costaba desprenderse de ella, a mi polla le costó aún más. Me tumbaba en la cama, cerraba los ojos y la veía de nuevo, arrodillada ante mi, o cabalgándome furiosamente, restregando sus gigantescos pechos contra mi cara, hasta que con unas pocas sacudidas llegaba al orgasmo, y la realidad me asestaba una nueva bofetada: la has perdido, y jamás vas a encontrar nada tan bueno. Nunca. Alguna vez me había sentido tentado incluso de mirar el vídeo que había grabado la noche de la boda, pero me negaba a verlo. Si ya me sentía mal pensando en ella cuando me masturbaba, no quería ni imaginarme cómo me sentiría tras volver a ver ese vídeo. Tener que pensar en ella para masturbarme ya me parecía suficiente derrota.

 

En resumen, podríamos decir que lo iba llevando mejor, pero, pese a todo lo que me hizo, la echaba terriblemente de menos. Y seguro que os estáis preguntando ¿Y qué tal con la vecina?

 

Ya llegaremos a eso, no os preocupéis.

 

Como os decía, continué con mis paseos matutinos, lloviera, nevase o hiciera viento. Y como siempre, iba buscándola con la mirada, fuese a donde fuese. De cuando en cuando, me cruzaba con alguna chica castaña de su misma altura, y el corazón pasaba a latirme a mil por hora. Como una mezcla de miedo, nervios y añoranza de lo más extraña. Después descubría que sólo era alguien que se parecía a ella, y volvía a la normalidad. Pero la buscaba. Siempre la iba buscando. No era tanto una obsesión como un estado de alerta subconsciente, siempre atento por si me la encontraba en alguna parte. No sabía muy bien por qué, pero quería saber algo de ella. Y aunque me pese, y os parezca increíble que alguien pueda ser tan idiota, empecé a sugestionarme para perdonarla.

 

Sí, sí, sé lo que pensáis. Pero la añoranza que sentía, sumada a la falta absoluta de noticias suyas y la conversación que había tenido con aquella camarera unos meses atrás, movieron algo dentro de mi. No sólo era mi novia. Era mi mejor amiga y mi confidente. Era mi futuro. Y de repente, era como si se hubiera desvanecido de la faz de la Tierra, pero si conseguía saber qué había hecho tras dejarme y ver dónde estaba, podría quedarme tranquilo. Pensaba que saber dónde había terminado, me daría la paz necesaria para seguir adelante. Me había convencido de que la ruptura había sido lo mejor, pero tenía la necesidad de saber. No buscaba recuperarla. Ni siquiera saldar cuentas por aquella brutal patada. Sólo quería saber. Supongo que cuando de verdad echas de menos a alguien, las cosas malas parecen menos malas, no tengo otra excusa. Podría haberla escrito por Whatsapp, pero me negué, por orgullo. Sea como fuere, lo cierto es que necesitaba saber algo de su vida. Dónde estaba, qué hacía. Lo que fuera. Tras años de vernos a diario, lo último que sabía era que se había dado de baja del gimnasio, y que me había enviado una foto desnuda por error (o eso dijo). Así que durante un tiempo me dediqué a perseguir su fantasma.

 

Sabía algunas de sus contraseñas, por lo que llegué incluso a entrar en sus cuentas de correo, en un intento desesperado para averiguar cualquier dato de su nueva vida, pero nunca había nada nuevo. Había visitado los alrededores del edificio de oficinas donde trabajaba, e incomprensiblemente nunca la vi entrar o salir. O estaba teniendo mucho cuidado de que nadie controlase su entrada ni salida, o ya no trabajaba ahí. O peor: alguno de sus compañeros la llevaba en coche, haciendo imposible que yo supiese cuando entraba o salía. No entendía por qué, pero seguía teniendo celos de que anduviese con otros tíos. No tenía sentido, ya nos estábamos juntos. Pero sólo de pensarlo, me ponía celoso. De todos modos, sólo me atreví a acercarme a su oficina un par de veces. No quería enfrentarme a la posibilidad de que ella me viese algún día, y pensara que me había convertido en algún tipo de acosador. Pero aún me quedaba una última esperanza. Sabía que sus padres habían vivido en un piso, no muy lejos de donde yo vivía, y que lo habían dejado desocupado tras decidir mudarse a su casa del pueblo, en la costa. Podría haber vuelto al pueblo con ellos, pero lo veía poco probable. Era más fácil que se hubiera quedado en ese piso, no muy lejos de donde yo vivía. Y una tercera opción era que se hubiera quedado con una amiga hasta que encontrara un nuevo piso de alquiler… que ya podría haber encontrado, haciendo imposible la tarea de averiguar dónde vivía. Pero si había vuelto al piso de sus padres, era algo que podría comprobar acercándome a echar un vistazo. Recordé que incluso tenía una copia de las llaves de ese piso guardadas en un cajón de mi casa, que ella había olvidado recoger cuando volvió a por sus cosas. Pasé varios días por delante de ese piso, que tal y como recordaba, quedaba a unos cuatro o cinco kilómetros de mi casa, pero parecía seguir completamente abandonado. Me llegué a plantear usar las llaves y subir a comprobar si seguía abandonado, pero no me atreví. Si las hubiera usado y me pillara, no tendría otra explicación que no fuese “soy un puto loco obsesivo, lo siento”.

 

¿Dónde coño se había metido? ¿Estaba con sus padres? ¿Seguía por allí cerca, en algún lugar? ¿Se habría ido a vivir a Barcelona con el Hijo de Puta? Parecía apresurado… pero, desde luego, no era algo descabellado. No sabía si, después de la boda, Alba y él seguirían juntos. Quizá al saber que nosotros habíamos roto, él había optado por abandonar a Alba e ir preparando el terreno para la nueva conquista. De cualquier manera, no era capaz de encontrarla. Y necesitaba encontrarla para poder seguir adelante con mi vida.

 

Asusta lo frágiles que son realmente las relaciones. Lo sencillo que resulta desaparecer por completo y convertirte poco a poco en un extraño para alguien a quien veías a diario. Seguro que sabéis a qué me refiero. Todos tenemos una persona que significó el mundo para nosotros. Esa persona a la que conocíamos tan bien que parecía que pudieras leerle el pensamiento. Pero pasó algo terrible, y quizá de forma abrupta, o quizá poco a poco, esa persona, sencillamente, desapareció de nuestra vida. Se convirtió en un extraño. Alguien que quizá, si volvieras a ver, tendría un brillo diferente en sus ojos, que no reconocerías. Y ese extraño, un día fue la persona más importante de tu vida. ¿Asusta, verdad?

 

Me di por vencido, e intenté asimilar de la mejor forma posible que lo más probable era que jamás nos volviéramos a ver. Que se convertiría en una extraña.

 

Y ojalá hubiera sido así.

 

2

 

 

– Es la hostia, tío. –decía Gonzalo, mientras Sergio y yo escuchábamos.– Tú vas eligiendo la que te gusta, y si a ella también le gustas, podéis hablar por el chat. Y luego te la follas, y adiós muy buenas.

 

Reí, algo incrédulo, mientras Gonzalo continuaba.

 

– Además, ellas van buscando lo mismo. Nadie quiere casarse con nadie. Todo el mundo es de ‘fóllame y hasta luego’ ¿sabes lo que te digo?

 

Sergio y Gonzalo me habían vuelto a convencer para quedar con ellos, y como de costumbre, su único objetivo era que ligase con alguien. Como si echar un polvo fuera a terminar con todos mis problemas.

 

– Ya… –contesté, mirando mi vaso.– Pero de verdad, no me apetece.

 

– ¿Pero cómo no te va a apetecer echar un polvo, David? Lo dejasteis hace tres meses, tío… Tiene que superarlo y no lo vas a conseguir a base de pajas.

 

Los tres reímos. Gonzalo había decidido probar Tinder, y llevaba algunas semanas muy emocionado con la aplicación, la cual consideraba “el futuro de las relaciones”. Yo lo veía como un lugar al que sólo recurrían dos tipos de personas: vagos, que sólo querían echar un polvo saltándose toda la parte de conocer a alguien, y desesperados que no conseguían tener sexo de ninguna otra manera (y de forma gratuita, claro). Dudaba mucho que aquella aplicación fuera a solucionarme nada.

 

– Nah… –dije.– Para más adelante quizá.

 

– Yo igual sí que me lo pongo. –intervino Sergio.

 

– Pero si tu llevas con tu chica mil años, ¿para qué lo quieres?. –preguntó Gonzalo, extrañado.

 

– No es que lo vaya a usar, pero me da curiosidad, joder. No sé, debe ser como pasearte por un mercado para ver qué pinta tiene la fruta… No voy a comprar nada, pero me apetece mirar…¿sabes?

 

Los tres volvimos a reír ante la comparación absurda de Sergio.

 

– Mira, ya verás… –Gonzalo sacó su móvil del pantalón y abrió la aplicación, girando la pantalla de forma que los tres pudiéramos ver el contenido.– Mira… a esta me la follaba… y a esta también… –iba diciendo, mientras deslizaba el dedo hacia la derecha con cada chica que le parecía atractiva.– A esta no la tocaba ni con un palo… Pero mira qué labios tiene esta otra…

 

– Oye… –comenzó a decir Sergio.– Pues no pensaba que habría tantas tías buenas, ¿eh?...

 

Tenía razón, aunque sispechaba que aquellas fotos fueran una representación fidedigna del físico real de aquellas chicas.

 

– Claro, tío. –dijo Gonzalo, triunfante.– Esto ya no lo usan las feas desesperadas. Esto ya lo usa todo dios… Te sorprendería ver la cantidad de mujeres, incluso casadas que…

 

Pareció darse cuenta de que hablaba de mujeres infieles y detuvo su comentario antes de seguir. Sergio también se dio cuenta y cambió de tema.

 

– Venga va, ¿nos hacemos un perfil, David? –me preguntó.– Aunque sea solo por mirar… Eso no te va a hacer daño.

 

– No sé… –dije, reticente. Aún seguía comparando a todas las tías que veía con ella. No podía evitarlo.

 

– Venga… –insistió Gonzalo.– Te va a venir bien ver la cantidad de peces que hay en el mar.

 

Si seguía negándome lo único que conseguiría serían comentarios aún más insistentes, por lo que di mi brazo a torcer, a regañadientes.

 

– Bueno, venga… Vale.

 

No tenía ninguna gana, pero si lo hacía, seguramente me dejarían en paz durante algún tiempo. Aquello no era la forma de superarlo, y tampoco conocería a nadie con quien congeniara. La única persona que pensaba que quizá podría sustituir ese hueco era Lucía, y aún era demasiado pronto para intentar nada con ella. Si intentaba algo con mi vecina en ese momento, no pasaría de ser una relación por despecho; un burdo intento de usarla para olvidarme de mi anterior relación. Y Lucía no se merecía eso. Se había portado bien conmigo durante esos meses, y pese que había rechazado todas sus invitaciones, no sólo no se lo había tomado mal, sino que parecía comprender que yo aún necesitaba tiempo. Si tenía que pasar algo entre Lucía y yo, quería hacerlo bien, no de forma apresurada, simplemente porque estuviera soltero. Lucía era un buen partido, y no me importaría intentar algo con ella, pero tendría que ser en el momento adecuado.

 

– Vale, ya lo tengo. –dijo Sergio con el móvil en la mano, como un adolescente, tras descargar la aplicación, mientras yo sacaba el mío del bolsillo del pantalón.– ¿Ahora qué?

 

– Mira, lo abres… –empezó a decir Gonzalo.– Y tienes que rellenar esto… y confirmar tu teléfono y ubicación.

 

– ¿Pero esto es seguro…? –receló Sergio.– No me mola mucho que me tengan controlado con el GPS y toda esa mierda…

 

– Buah, menuda gilipollez… –dijo Gonzalo, con un aspaviento.– ¿A quién coño le va a importar tu vida, tío?

 

– Ya… –dijo Sergio riendo, tras pensarlo un instante.– También es verdad. Pero puedo poner un nombre falso, ¿no?

 

– ¿Y para qué quieres un nombre falso?

 

– Tío, si mi chica descubre que tengo Tinder, me corta los huevos.

 

Gonzalo se quedó mirándole, y tras una pausa contestó de forma burlona.

 

– Si tu novia te encuentra en Tinder, significa que ella también tiene cuenta…

 

Los tres volvimos a reír, y mientras Gonzalo seguía explicando cómo configurar la aplicación, yo la descargué e instalé. Introduje mis datos de mala gana, y en cuestión de segundos, la aplicación comenzaba a mostrarme mujeres de la zona.

 

– Lo que mola es eso, –continuaba Gonzalo.– ves tías de tu mismo bloque que nunca habrías imaginado que buscaban un polvo fácil. Yo me pongo cachondo sólo de ver perfiles.

 

– Es curioso, sí… –dije, mientras miraba mi móvil, y rechazaba todas las chicas que la aplicación me proponía, deslizando sus perfiles hacia la izquierda de la pantalla.

 

– Hombre, pero alguna te gustará, ¿no? –dijo Gonzalo.

 

– Bueno, si me gusta alguna ya te lo diré… –contesté, saliendo de la aplicación y volviendo a guardarme el móvil.

 

Gonzalo suspiró.

 

– Esa no es la actitud, tío… Pero bueno, si la usas, ya verás como me lo agradeces.

 

– ¡Joder! Mira esta rubia, tío… –dijo Sergio, que seguía trasteando con la aplicación.

 

Giró la pantalla y ante nosotros se desplegó la foto de una vieja conocida: la chica rusa con la que solía encontrarme en el gimnasio. Me sorprendió, pero tenía sentido que usase esa aplicación. Para qué molestarse en conocer gente, si podía hacer criba con el móvil, y seleccionar a los tíos que querría follarse.

 

– Esa tía iba a mi gimnasio. –dije.– Estaba buena, si.

 

– ¿No jodas? –dijo Gonzalo.– Voy a tener que apuntarme a ese gimnasio, ¿eh?

 

– Sí, claro. –dije.– Como si fuera a fijarse en ti…

 

Recordé qué tipo de tíos le gustaban a la rusa, y El Hijo de Puta volvió a ocupar mis pensamientos durante un instante. Qué fácil le había resultado follársela a la semana de conocerla. Si aquella diosa había caído rendida ante él, ¿cómo iba a resistirse ninguna otra? Pensé de nuevo en la posibilidad de que ella se hubiera ido con él a Barcelona, y sentí un pequeño pinchazo en el estómago.

 

– Bueno, –continuó Gonzalo abriendo su móvil.– Yo le doy like, y si cuela, cuela…

 

– No va a colar ni de coña, Gon… –dijo riendo Sergio.

 

– Pues ella se lo pierde… –dijo sin dejar de mirar nuevos perfiles en la aplicación.– Uf, mira qué gordita…

 

Los tres volvimos a reír. En cuestión de mujeres, podríamos decir que Gonzalo tenía un gusto, como mínimo, extenso.

 

Seguimos un rato más en el bar y en cuestión de un par de horas ya caminaba de regreso a casa. Me venía bien quedar con ellos de vez en cuando, pero insistían demasiado en que conociese a chicas nuevas. Lo hacían por mi bien, y lo valoraba, pero si quedaba muy a menudo con ellos, empezaba a irritarme. De camino hice una pequeña compra para cenar, y cogí una botella de vino, que no compartiría con nadie.

 

“Mientras no empiece a llamarte la atención tener un gato, no hay problema”, pensé, y me encaminé de nuevo hacia casa. Subí despacio los escalones y me quedé mirando la puerta de Lucía, cuando llegué a su piso. Me había propuesto tomarnos algo muchas veces desde la ruptura, y siempre la había rechazado. ¿Por qué no invitarla a cenar esa noche? Estaba de buen humor, había hecho la compra e incluso tenía una botella de vino en la mano. ¿Por qué no?

 

Avancé hasta su puerta y alcé el puño para llamar, pero me detuve un segundo antes de hacerlo. ¿Seguro que era buena idea? ¿Y si ella se había cansado de perseguirme, y estaba con alguien ahí dentro?

 

No estaba seguro de nada, pero confié en mi intuición y finalmente toqué tres veces con los nudillos en la puerta. Suspiré nervioso, pues no había pensado qué decirle, pero realmente era tan sencillo como preguntarle si le apetecía cenar conmigo, igual que había hecho ella los meses anteriores. Era probable que me dijera que sí. Pasó un minuto entero sin que nadie respondiese y volví a llamar, esta vez presionando un par de veces el botón del timbre, que emitió un leve “din–don”. Pasaron otros dos minutos, y nadie contestaba. Volví a tocar con los nudillos, de forma más insistente, pero nadie me abrió. O pasaba de mi o había salido. Me sentí algo frustrado y retomé el camino hacia mi piso por las escaleras. Para una vez que había tenido agallas y me había decidido a invitarla a cenar, tenía la mala suerte de que no estaba en casa. Y por supuesto, mi mente insegura comenzó a divagar, diciéndome que quizá sí estaba en casa y en realidad no le había apetecido abrirle la puerta al vecino que la había rechazado tantas veces.

 

Podría ser.

 

Entre algo abatido en casa y descorché la botella según la puse en la encimera de la cocina. Me serví un par de dedos de vino y los tomé de un trago. Permanecí un par de minutos en silencio, de pie, mirando al infinito, sabiéndome el tío más solitario y con peor suerte del mundo. Para cuando terminé de prepararme la cena, ya me había bebido media botella y estaba ligeramente borracho. Tenía la necesidad de apagar mi cerebro durante unas horas, y nada era tan efectivo como el alcohol. Sin embargo, con el alcohol también afloraba mi verdadero yo, de la forma más visceral. El David más resentido y dolido por la ruptura, el que no dudaría en arrastrarse por un kilómetro de cristales si eso significaba que podría retomar mi vida anterior, junto a la chica de mis sueños.

 

En ese momento me importó una mierda todo, quería encontrar a alguien que se pareciese a ella, y hacerme una paja recordándola. ¿Lo habéis pensado alguna vez? Hay pocas demostraciones de amor más puras que masturbarte tras buscar a una chica que se parece a tu novia. Exnovia, en mi caso. Conecté el ordenador portátil a la televisión y tecleé la dirección de una conocida web de vídeos porno. Volví al sofá, mientras la lista de reproducción que había elegido ya se reproducía, con todas aquellas fotos y videos de chicas con las tetas enormes que se reproducían de forma automática, uno tras otro. ¿Me hacía algún bien? No. ¿Me ayudaba a olvidarme de toda la mierda por la que había pasado? Para nada. Pero era lo único que quería en ese momento.

 

Me saqué la polla, que permanecía en un estado de semi erección constante desde que había empezado a ver vídeos, y comencé a tocármela despacio. Sin embargo estaba demasiado borracho y no conseguía una erección completa. Sabía que por mucho que me esmerase, no conseguiría sacar nada de mi polla esa noche, literalmente. Asqueado, solté mi pene, que cayó adormilado sobre mi abdomen. Ya no servía ni para hacerme pajas. Me terminé la botella de vino, tras volver a guardarme la polla, y en la pantalla dio inicio un vídeo de una recopilación de tetonas haciendo pajas cubanas, y recibiendo corridas en las tetas. Aquello era todo lo que yo había querido siempre. No podía dejar de pensar en ella y me odié. Quería correrme, pero estaba demasiado borracho. Así que simplemente me quedé allí, durante horas, viendo tetas grandes hasta quedarme dormido. Mi móvil emitió un sonido a mi derecha, y me sobresaltó. Desbloqueé la pantalla para descubrir que había recibido un mail publicitario de una compañía de teléfonos. Ninguna noticia de ella. Seguía desaparecida. Volví a dejar el móvil tirado en el sofá y me incorporé, frotándome la nuca, con un ligero dolor de cuello, por haberme quedado dormido en el sofá. El móvil volvió a sonar, esta vez, con el sonido que me informaba que había recibido un nuevo whatsapp. Me puse en alerta al instante. Cogí el móvil, odiándome por desear con todas mis fuerzas que fuera ella. Desbloqueé la pantalla y vi la notificación en la barra superior de la pantalla. Deslicé el menú, descubrí un número desconocido que me enviaba un mensaje. Una foto. ¿Sería ella, otra vez? Con el corazón en un puño, pulsé sobre la notificación, y una ventana de chat se desplegó ante mi. Estaba vacía, a excepción de la foto que había recibido. Era una imagen oscura, borrosa, y no conseguía distinguir bien lo que era.

 

Me fijé en el número de teléfono y no lo reconocí. La foto de perfil era  la imagen por defecto, por lo que tampoco me servía de mucha ayuda. Pulsé sobre la imagen que me había enviado aquel remitente desconocido, pero no era más que una amasa amorfa de píxeles oscuros. Era imposible saber qué era aquella foto. Deslicé los dedos para agrandarla, pero tampoco me ayudaba. Seguía escudriñando la foto, cuando recibí un nuevo mensaje dentro de aquella conversación, esta vez, algo más legible. Seguía siendo un borrón oscuro, pero parecía estar hecha desde la cama de una habitación oscura. Al fondo, cerca de lo que parecía ser una puerta, parecía haber una chica. Una chica desnuda, definitivamente. Y con unos pechos muy grandes. Pese al momento inicial de desconcierto, no pude evitar pensar inmediatamente en que esa chica de la foto era ella. Y estaba desnuda en una habitación, con alguien que la había hecho una foto. Tecleé las palabras “¿Quién eres?” y las envié, pero mi remitente no lo recibió. Me había bloqueado antes de poder contestarle. ¿Sería El Hijo de Puta? ¿Podrían estar pasándoselo en grande en Barcelona, y se le habría ocurrido que me encantaría verlo? Volví a abrir la foto, pero me sirvió de poco. Sólo eran borrones, donde no se apreciaba nada. ¿Quizá alguien se habría equivocado, y por eso me habría bloqueado instantáneamente? Era mucha casualidad, pero podría ser. De hecho, los pechos de aquella chica me parecían grandes, incluso para ser los de ella.

 

¿Era una nueva humillación? ¿O no era más que un malentendido?

 

Iba a volver a dejar el móvil a un lado cuando la aplicación de Tinder llamó mi atención. Estaba solo, borracho y aquella foto me creó un gran desasosiego. Había una posibilidad real de que aquél borrón de la foto fuera ella. Era posible que ya me hubiera olvidado, y estuviera disfrutando de la vida en Barcelona. En otro momento, me habría hundido en mi miseria, pero el alcohol me confería una extraña seguridad. Si ella se lo estaba pasando, bien, yo también podía hacer lo mismo. Dejé de fondo los vídeos de tetonas que seguían reproduciéndose y abrí la aplicación. Al instante empezaron a desfilar ante mis ojos multitud de mujeres de un gran rango de edad, que buscaban conocer chicos amables que no quisieran nada serio, según las palabras de sus perfiles. Me pregunté porqué no eran más honestas con ellas mismas y ponían lo que de verdad buscaban: “Busco un chico con la polla de 20 centímetros para engañar a mi pareja”.

 

Todas me parecían unas putas. No me juzguéis, no lo pienso realmente, pero en aquel momento, tras los pensamientos que me habían perseguido todo el día y la extraña foto que había recibido, estaba un poco a la defensiva. Ninguna de las chicas que me proponía la aplicación me parecían lo suficiente atractivas y rechazaba a todas. Aparecieron ante mi un par de chicas gorditas de pecho generoso que no dudaban en mostrar en sus fotos de perfil con grandes escotes, y me pareció divertido deslizar hacia la derecha para darles like, aunque no pensaba quedar con ellas. Había de todo; desde chicas que dudaba que tuvieran la mayoría de edad, hasta un gran número de mujeres maduras, a la caza de algún soltero desgraciado. Incluso chicas con una apariencia algo insalubre, debo decir. El alcohol empezaba a pesarme de nuevo en los párpados y notaba que el sueño se apoderaba de mi, cuando apareció una rubia menuda y bastante guapa, y con lo que aparentaban ser un buen par de tetas. Siempre me habían atraído las chicas pequeñas y delgadas con pechos que no iban en proporción al resto de su cuerpo. Era una chica demasiado guapa como para que se fijase en mi, pero aún así deslicé a la derecha para dar mi like. Imaginé que una chica como esa tendría varios cientos de likes diarios, y no reparé más en ella. Continué viendo algunos perfiles más, pero me aburrí, y me fui al dormitorio medio mareado por el sueño y el alcohol.

 

O eso debió pasar, porque lo siguiente que recuerdo fue despertar en la cama, con la misma ropa que llevaba por la noche y el móvil caído en el suelo. Me noté algo resacoso y me levanté torpemente hasta el lavabo para echarme agua fría en la cara. Volví al salón y descubrí que en la televisión seguían sucediéndose vídeos de chicas tetonas. La apagué y desconecté el portátil. Ya había visto bastantes tetas por una temporada; me encantaban, pero no me venían bien. Súbitamente recordé la foto borrosa que había recibido de noche, y las mismas dudas volvieron a mi mente. Quizá me equivocase, pero en aquel momento tomé la decisión de creer que no había sido más que un error. No necesitaba más preocupaciones dando vueltas en mi cabeza, y quienquiera que me la hubiera mandado, me había bloqueado, impidiendo cualquier comunicación. Y sí, definitivamente, esas tetas no podían ser las de ella. Las tenía muy grandes, pero en aquella foto se veían demasiado grandes. El remitente desconocido era un tipo afortunado.

 

Caminaba de vuelta al pequeño despacho para guardar el ordenador, cuando una lucecita parpadeante en mi móvil atrajo mi atención. Era de color púrpura, por lo que no era una notificación de whatsapp. Dejé a un lado el portátil, con el ceño fruncido y agarré el móvil. Lo desbloqueé, y descubrí que era una notificación de Tinder. Sonreí, algo socarrón, pensando que alguna de las chicas gorditas habría contestado. Podría intentar que me pasaran alguna foto desnuda, para saciar mi curiosidad, pero no pensaba tener nada con ninguna de ellas. Sin embargo me equivocaba.

 

La guapa rubia a la que casi ni recordaba haber dado like había aceptado mi invitación, y me había escrito a través del chat.

 

3

 

“Hola. ¿Qué tal?”

 

Me parecía increíble que aquella chica me hubiera dado match y que me hubiera escrito tan rápido. Sólo había dos posibilidades: o su foto de perfil era un completo engaño y ni de lejos estaba tan buena, o, por increíble que me pareciese, le había parecido atractivo. No es que sea el tipo más feo del mundo, pero según mi criterio personal, esa chica estaba un poco fuera de mi liga. Supongo que no sorprendo a nadie si os digo que nunca he sido el tipo con más autoestima del mundo. Abrí su foto de perfil para verla mejor antes de contestar y corroboré mis suposiciones. Tenía una melena lisa y rubia que le caía hasta los hombros y los ojos de un hipnótico verde claro.  La luz de la fotografía no era la mejor, pero parecía tener la piel clara. Además, daba la sensación de que, o tenía un buen relleno en el sujetador, o un importante busto. Por alguna razón, me resultaba familiar, pero lo achaqué a la resaca y a que posiblemente me hubiera cruzado con ella en algún momento. Al fin y al cabo, la aplicación me mostraba chicas cercanas a mi. Abrí el chat y pulsé sobre el cuadro de texto, aunque no sabía muy bien qué se suponía que debía decirle. Pensé que sería gracioso no andarme con rodeos y decirle “¿Follamos o qué?”. Reí para mis adentros, pero lo descarté al instante. ¿Qué esperaría de mi? ¿Querría que nos conociéramos en persona? ¿Querría echar un polvo y nada más? De ser así, me parecería algo muy frío, quedar sólo para follar. Las palabras de Gonzalo resonaron en mi cabeza: “estas son todas de follar y adiós”. Quizá tenía razón. Si esto salía bien, Gonzalo iba a estar insoportable. Sin haber encontrado aún las palabras para contestar, un nuevo mensaje llegó.

 

“¿Buscas algo serio?”

 

Era un pregunta muy directa. Al menos más directa de lo que esperaba, aunque tenía sentido que fuera así de clara,  teniendo en cuenta el propósito de la aplicación. Finalmente contesté.

 

“La verdad es que no, ¿tú?”

 

En cuestión de segundos obtuve respuesta:

 

“Guay, yo tampoco.”

 

No sabía muy bien qué debería decirla, así que decidí ser sincero con ella.

 

“Oye, es la primera vez que uso esto de Tinder, y no sé muy bien cómo va esto…”

 

Me contestó al instante.

 

“Tranqui. ¿Te apetece quedar el fin de semana?”

 

Tenía la sensación de que todo aquello iba un poco rápido, pero volvía a tener sentido. Yo no tenía nada que hacer en todo ese fin de semana y no tenía ninguna razón para rechazar su propuesta.

 

“Claro, si quieres podemos cenar en mi casa. ¿El sábado a las ocho?”

 

“Ok.”

 

Esperé un par de minutos a algún nuevo mensaje pero eso fue todo.

 

 ¿Y ya está? ¿Esa iba a ser toda la conversación antes de tener aquella especie de cita? ¿Ese era el preámbulo que tenía la gente antes de ponerse a follar? Había sido todo tan frío, que si no hubiera estado tan buena, se me habían quitado las ganas de quedar con ella. Volví a mirar su foto y casi sin querer imaginé cómo sería sin ropa, con ese cabello dorado cayéndole sobre unas hermosas tetas de pezones rosados. Aún viéndola desnuda en mi mente, me di cuenta de que ni me había fijado en su nombre y edad. Accedí de nuevo a su perfil y comprobé que, en lugar de su nombre, sólo había puesto sus iniciales: “B. V.” Imaginé que sería Belén o Beatriz, pero seguiría sin saberlo hasta que nos viéramos. Al menos su edad sí aparecía, y encajaba con el resto de lo que había visto de su personalidad. Tenía 22 años, por lo que entendí a qué venía esa actitud que me resultaba tan extraña: era una millenial. Si ya, sé que el término millenial abarca un gran rango de edad y también me englobaba a mi (por poco), pero cada vez tenía más claro que había al menos, dos clases de millenial: la generación SMS, y la generación Whatsapp. Ya sabéis a qué me refiero. Esta chica era claramente del segundo grupo.

 

Decidí no darle más vueltas al tema y me senté a trabajar tras hacerme un café que me ayudase a superar la resaca. Terminé pronto y el resto del día lo pasé tirado en el sofá: una vez superas la barrera de los treinta, las resacas se convierten en algo muy a tener en cuenta. Entre el dolor de cabeza y la nueva chica que aparecía en mi vida, no volví a pensar en la extraña foto que había recibido por la noche. Dos días después recibí un nuevo mensaje suyo, en el que solamente me preguntaba por mi dirección. Tras escribírsela volvió a guardar silencio, y se mantendría así hasta el fin de semana. Como os digo, a mi aquella forma de conocer gente me parecía ajena y no me gustaba nada. Pero si así iba a conseguir follarme a esa chica, tampoco iba a poner problemas.

 

El sábado amaneció despejado, aunque frío, y sin noticias de la chica millenial con la que supuestamente había quedado. Según avanzaba el día, pensaba que seguramente no se presentaría a la cita. Lo poco que habíamos hablado había sido muy frío y distante, aunque quizá así era como debía ser. Me sentí un poco tonto al querer algo más de romanticismo en una aplicación que la gente usaba para… bueno, para follar. Cuando llegó la tarde, aún sin noticias de mi amiga, decidí arreglarme un poco, por si se decidía a venir. Me duché, afeité y me puse algo más decente encima, además de ordenar un poco la casa. Y, sólo por si acaso (y sintiéndome algo estúpido, debo añadir) decidí arreglarme también el vello púbico, el cual llevaba descuidando desde la ruptura. Serían las siete y media cuando por fin recibí un nuevo mensaje de la tal B. V. Me decía que salía de casa en cinco minutos, que llegaría puntual, y que no me preocupase por los condones, porque tomaba la píldora. Contesté con un sencillo “Vale”, pero me quedé un poco perplejo. Aquella forma de tener relaciones me parecía cada vez menos atractiva. ¿De verdad había gente que prefería esa frialdad antes que conocer a alguien de la manera tradicional? Yo desde luego, no, pero al menos echaría un polvo. Y he de reconocer que me iba haciendo falta, aunque probablemente no quedase muy bien con ella, pues llevaba algo más de una semana sin masturbarme. Pero la verdad es que me traía sin cuidado, ella tampoco estaba siendo precisamente adorable. Pasaban unos minutos de las ocho cuando sonó el timbre. Descolgué el auricular y pregunté. Una voz joven contestó desde el portal.

 

– Hola, soy Blanca, ¿me abres?

 

– Claro, pasa. –dije apretando el botón de apertura del portal.

 

Ni Belén, ni Beatriz; Blanca. Saqué un par de cervezas del frigorífico mientras la chica subía hasta mi piso. Notaba una extraña sensación de hormigueo sobre mis testículos. No había tenido nervios en ningún momento, pero el saber que esa chica venía con ganas de guerra me puso un poco en alerta.

 

Tocó el timbre y fui a abrirle la puerta.

 

– Hola. –saludé con una amplia sonrisa.– Pasa, estás en tu casa.

 

– Gracias. –dijo, risueña, tras darme dos besos. Olía muy bien.

 

Estaba igual que en su foto de perfil, con su media melena rubia peinada de forma perfecta y unos increíbles ojos verdes, que destellaban ante la luz de la lámpara de la entrada. Como bien había apreciado, no debía medir más del metro sesenta.

 

– Deja que te coja el abrigo. –dije, mientras entrábamos en el salón.– ¿Hace frío fuera?

 

– Ay, sí, gracias… –contestó mientras se quitaba una gabardina larga que llevaba encima, revelando un cuidado cuerpo delgado enfundado en un jersey fino de lana beige y unos pantalones pitillo oscuros. No me había equivocado: esa chica tenía unas buenas tetas, que se intuían incluso bajo el jersey. No era como a lo que yo estaba acostumbrado, claro,  pero parecían tener un buen tamaño. Levanté la vista tras cogerle el abrigo y noté que me había pillado mirándole el pecho, ante lo que me dedicó una tímida sonrisa, sin decir nada.

 

– Siéntate, te he abierto una cerveza. –dije, algo avergonzado,  llevando su abrigo al dormitorio.

 

Volví y me senté junto a ella. Me encontraba algo nervioso y le di un buen trago a mi cerveza.

 

– Bueno… –comencé, algo titubeante.– Es la primera vez que quedo con alguien así… Tú… ¿Tú haces esto muy a menudo?

 

Blanca se río y dio un sorbo de su cerveza antes de contestar.

 

– Bueno, de vez en cuando… cuando encuentro alguien que me llama la atención. –dijo, arqueando las cejas, dejando claro que había sido un cumplido.

 

No sabía bien porqué, pero estaba convencido de que eso le sucedía muy a menudo. Era una chica muy guapa y no parecía darle ningún reparo quedar con gente desconocida para tener sexo. Yo iba haciéndome a la idea, pero seguía pareciéndome una situación muy violenta. Di otro trago a mi bebida.

 

– Bueno… –suspiró, dejando su botellín sobre la mesita del salón. Posó una mano sobre mi muslo y me miró a los ojos.– Estás igual que en el perfil, ¿eh?

 

Su voz había cambiado un poco el tono. Por cómo me miraba parecía flirtear conmigo. Comenzó a mover la mano sobre mi muslo, acariciándome muy lentamente. Mi pene llevaba dormido muchos días y aquello lo despertó al instante.

 

– ¿Sí? –dije.– Bueno… Me alegro… Tú también estás igual que en la foto…

 

Blanca seguía mirándome a los ojos y acariciándome, cada vez más cerca de mi entrepierna. Aquello iba rápido, pero con una chica tan atractiva no era sino una ventaja. En cuestión de minutos iba a verla desnuda. Quizá incluso recibiría una buena mamada. O una cubana, incluso.

 

– ¿Te llamas David, no? –preguntó, con una voz que se iba tornando en susurros.– A veces me dan nombres falsos…

 

– Sí…–contesté.– David. Yo pensaba que tú te llamarías Belén o algo así…

 

Blanca sonrió y se acomodó el pelo detrás de la oreja, sin dejar de mirarme. Era una chica preciosa, y no veía el momento de arrancarle ese jersey y comerme aquellas tetas.

 

– No… –dijo, risueña.– En el perfil solo pongo las iniciales, porque hay mucho pirado…Y no me gusta que se sepa mi nombre y eso… Pero es Blanca, sí.

 

Mientras me contestaba, no pude evitar bajar la mirada y volver a echar un vistazo furtivo a sus pechos, que disimulé pasando a dar un nuevo trago a mi botellín.

 

–¿Te gustan? –preguntó, sonriendo. Me había vuelto a pillar mirándoselas y esta vez no se había quedado callada.

 

–Perdona… –contesté avergonzado, sin poder mirarle a los ojos.

 

–¿Perdona por qué? –dijo sin perder la sonrisa.– Míramelas todo lo que quieras, para eso las tengo.

 

–Vale… –contesté entre risas.– Lo tendré en cuenta.

 

Hubo un momento de silencio, y sin dudarlo, Blanca se inclinó y me besó en los labios. Fue raro, pero estaba deseándolo. Gonzalo tenía razón, aquella chavala había conseguido quitarme todo lo demás de la cabeza durante todo la semana, y ahora la tenía cachonda y dispuesta a abrirse de piernas para mi. Se separó lentamente, tras unos minutos besándonos, y se mordió el labio inferior. Ella también parecía tener bastantes ganas. El viaje de su mano sobre mi muslo llegó finalmente a su destino y comenzó a frotar de forma suave mi entrepierna por encima del pantalón tejano. Volvimos a unir nuestros labios y con su otra mano tomó la mía y la guió hasta su pecho izquierdo. Era la primera vez que tocaba un pecho desde hacía varios meses, así que, conociendo mi pasión por las tetas grandes, os podéis imaginar cómo me sentía.

 

Sin dudarlo, recorrí toda su extensión primero de un pecho, y después del otro, y pasé a apretar con firmeza después. El sujetador que llevaba no tenía relleno: todo aquello era suyo. Mientras ella seguía sobando mi paquete, me dediqué a disfrutar de aquellas tetas jóvenes que mi nueva amiga dejaba a mi disposición, comprobando su nada despreciable peso y turgencia, mientras notaba como sus pezones se endurecían bajo la tela del jersey. Blanca suspiraba cada vez que uno de mis dedos rozaba intencionadamente sus pezones, y subía la intensidad con la que frotaba mi entrepierna, a punto de reventar. Dejamos de besarnos un instante y me quedé mirando sus cristalinos ojos un instante, volviendo a tener la sensación de que ya la había visto antes.

 

– Oye… –comencé, sin dejar de mirarla, mientras seguía acariciando el lateral de su pecho.– ¿Nos conocemos de algo?

 

– Pues… –dijo pensativa.– Yo también llevo pensándolo desde el otro día… Me resultas familiar…

 

– ¿Y de qué puede ser? No vives por aquí cerca, ¿no?

 

– Qué va… mi barrio está bastante lejos de aquí…

 

Se quedó un rato pensativa, como intentando analizar mis rasgos y descubrir dónde podríamos habernos visto antes. Por mi parte, no le di más importancia y volví a besarla, continuando mis caricias, esta vez intentando meter mi mano bajo el jersey. Necesitaba sentir el calor de sus tetas en mis manos.

 

– Espera… –dijo, apartándose un instante.– ¿Has ido hace relativamente poco al ambulatorio?

 

Tan pronto nombró el ambulatorio la reonocí.

 

Era aquella puta enfermera.

 

¿Os acordáis de la chavalita que encontraba graciosísimo que me hubieran reventado los cojones de una patada, cuando fui al médico? Pues al parecer, cuando no iba con aquella bata de médico y sacaba tiempo para arreglarse, estaba buenísima y le encantaba follar por Tinder. Bajo aquella capa de maquillaje y ese peinado perfecto se escondía la misma chica que había rellenado mi informe tachando la casilla de “Pene pequeño”.

 

Antes incluso de contestar, noté en su mirada que ella también acababa de recordar quién era yo.

 

– Oh… Sí… –dijo, y retiró la mano de mi entrepierna y regresando a posarse sobre mi rodilla.– Ya sé. Eres el chico de la orquitis…

 

– ¿La… qué? –pregunté confuso. Quizá me confundía con otro.

 

– Tú eres el chico que tenía los testículos inflamados… El chico de la… patada… ¿No?

 

Noté que al pronunciar la palabra ‘patada’ en su voz había un ligero matiz de burla. No tenía sentido mentirle.

 

– Sí… Sí, soy yo… –reconocí.

 

– Y estás… ¿Mejor? –preguntó, echando un rápido vistazo a mi paquete. El tono de su voz había cambiado de sensual a neutro. Igual que el tono que tenía en la consulta.

 

Toda la excitación que se respiraba minutos antes había desaparecido por completo. No sólo me había visto en un momento humillante, con las pelotas hinchadas y doloridas, sino que había tenido la oportunidad de verme la polla, y definirla como ‘pequeña’. De pronto me sentía desnudo ante esa chica.

 

– Sí… Estoy mucho mejor… –dije, algo avergonzado, notando como la erección de mis pantalones disminuía por momentos.

 

Blanca se giró y volvió a coger su cerveza. Su expresión había cambiado drásticamente. No se había movido de donde estaba, pero había dejado de mirarme a los ojos. Era evidente que se encontraba incómoda.

 

– ¿Quieres que…? –comencé a decir.

 

– Ay, me han escrito… –me interrumpió, mirando su móvil. Si había recibido un mensaje, desde luego el teléfono no había emitido ningún sonido.– ¿Te importa si hago una llamada? Es una compi del ambulatorio, igual es importante… No tardo nada…

 

– Claro… –dije, algo confundido.– Puedes pasar al despacho… En el pasillo a la izquierda.

 

Se deslizó hacia el cuarto y la vi desaparecer por la puerta. Me pareció un poco raro, pero quedé expectante. Di un último sorbo y me terminé la cerveza. Blanca seguía al teléfono, y me levanté para coger otra del frigorífico. Un extraño presentimiento se estaba apoderando de mis tripas. Abrí la cerveza y me quedé quieto, intentando escuchar los murmullos que provenían de la habitación donde Blanca hablaba por teléfono, pero no conseguía captar nada.

 

Avancé sigiloso hasta el pasillo, y me coloqué junto a la puerta, escuchando a través de la rendija que había dejado abierta. Me concentré en su voz, y empecé a escuchar algo entre sus susurros.

 

– No, tía… No… A ver, que no… –parecía estar algo agitada, mientras hablaba con una amiga. Me acerqué un poco más a la abertura y presté atención.

 

– Te estoy diciendo que ni de coña. Que yo para esto no quedo, joder… –hacía pausas largas, escuchando lo que le decían a través del auricular.– Sí, joder, te lo estoy diciendo. Sí, el mismo… ¿Y qué hago? ¿Qué le digo?... Joder a ti te ha pasado parecido, ¿no? ¿Qué hiciste… ?

 

Ya me temía por dónde iban los tiros, pero seguí escuchando. La había tratado bien desde que había entrado por la puerta. Sería muy maleducado por su parte largarse así, simplemente porque ya me había visto el pene, y no le había parecido gran cosa. Tras una pausa, continuó susurrando.

 

– Sí… Sí, tía, súper pequeña. Es que paso… O sea… En serio, que paso. Si me lo encuentro en plena faena, pues me aguanto, pero sabiéndolo ya…Pff… Paso. Y mira, menos mal que me he dado cuenta a tiempo, ¿eh? Por que si no ya me veo fingiendo hasta que el tío este se corra…

 

Qué hija de puta.

 

– Vale… Sí… Sí, eso está bien, le digo eso… Ya… Sí… Es que vamos, para tirarme a otro picha corta, no quedo, joder… Ya… Menuda rachita llevo últimamente.

 

Al igual que yo, ella también recordaba cuando nos habíamos conocido en la consulta médica. Y al recordar que yo era “otro picha corta”, su libido habría descendido hasta desaparecer. Me sentí tan humillado como al salir de aquella consulta. Y con un dolor parecido, aunque esta vez en mi orgullo.

 

– Vale, bueno, te dejo tía, que si no me voy a cantear ya mucho… Venga luego te cuento. Un beso guapi, ¡y gracias!

 

Volví silenciosamente al salón mientras se despedía de su amiga y colgaba. No quería presenciar lo que iba a pasar a continuación. Saldría del despacho sin atreverse a mirarme a la cara, me daría una excusa cutre y se largaría. Adiós a la sesión de sexo que pensaba tener hacía menos de diez minutos. No había llegado ni a tocarle las tetas por debajo del jersey. ¿Cómo podía alguien tener tanta mala suerte?

 

Blanca pasó finalmente al salón, mirando su teléfono, interpretando de maravilla su papel

 

– Bufff… Menudo lío… –dijo.– Me ha surgido algo… Me tengo que marchar corriendo… Pensaba que me cubrían el turno en el ambulatorio, pero por lo visto quien me cubría no se ha presentado… Qué putada, joder…

 

Sí. Qué putada.

 

– Sí, sí… –dije, lacónico.– Tranquila, voy a por tu abrigo.

 

– Jo, lo siento mucho, ¿eh?... –mintió.

 

– No es nada. –dije, tendiéndole la gabardina.– Otro día será…

 

– Sí… –dijo guiñándome un ojo falsamente.– Bueno, vamos hablando, ¿vale?

 

– Claro. –contesté de forma seca. Se despidió dándome dos besos y acto seguido abrió la puerta para salir al descansillo.

 

Y si pensáis que las cosas ya no podía salir peor y que no se puede tener más mala suerte, justo en el momento en el que esa zorra se dio la vuelta para no volver nunca, Lucía apareció en mi rellano, subiendo desde su piso con una gran fuente de galletas en las manos. Se cruzó con Blanca, a quien se quedó mirando un instante, y permaneció en mitad del rellano, a medio camino entre la escalera y mi puerta.

 

– Hola, David… –dijo, titubeante.– ¿Todo bien…?

 

– Hola… –dije, con una mueca de incomodidad.– Si, como siempre…

 

– Bueno… –dijo, mirando cómo la enfermera bajaba las escaleras.– Como siempre no… ¿no?

 

– No es lo que te piensas… –comencé, pero Lucía me cortó.

 

– No te preocupes, David, no me tienes que dar explicaciones… –dijo mirando al suelo. Noté un pequeño matiz de dolor en su voz.– Venía a preguntarte si querías bajarte un rato, a ver una peli o algo, pero… Ah y he estado haciendo galletas, y he pensado que a lo mejor te apetecía probarlas…

 

Me miró fugazmente a los ojos, y noté un ligero brillo de tristeza en su mirada. Avanzó un par de pasos y me tendió la fuente, desprendiendo un fantástico aroma.

 

– Pero bueno, da igual. –terminó la frase.– Otro día mejor, que igual estás ocupado…

 

– No, no es… –comencé, pero me volvió a cortar.

 

– No David, de verdad. –dijo.– Otro día mejor. No pasa nada.

 

Se dio la vuelta y volvió a bajar la escalera cabizbaja en dirección a su casa. Entendí perfectamente cómo debía sentirse y me odié. Le había rechazado decenas de veces durante esos meses. Le había dicho que no era el momento, que no estaba preparado. Que necesitaba tiempo. Y al ver a esa chica saliendo de mi casa debía haberse sentido completamente engañada. Me quedé en el umbral de mi puerta mirando la fuente de galletas que me había traído. ¿Cómo podía haber sido tan gilipollas con alguien tan jodidamente adorable?

 

Me sentí como una mierda.

 

Si había alguien con quien no quería cagarla, era Lucía. Me había apoyado durante todos esos meses y había estado ahí siempre que la había necesitado. Seguro que pensaba que había jugado con ella y que me aprovechaba de su compañía. Que la tenía en mi “friendzone” particular.

 

Suspiré pesadamente, y volví adentro preguntándome cómo era posible tener tanta mala suerte. Dejé la fuente en la cocina, abrí la cerveza que había sacado del frigorífico y le di un largo trago. Me derrumbé en el sofá, asqueado del mundo, odiándome, y cerré los ojos dejando caer mi cabeza hacia atrás. Quería pensar que el problema había sido Tinder. Que la culpa había sido de Gonzalo, por obligarme a instalarme la aplicación. O quizá la culpa era de aquella foto borrosa que me había hecho entrar a Tinder por despecho, para terminar encontrando a esa estúpida enfermera.

 

Quería encontrar un culpable que no fuese yo, pero en el fondo sabía que sólo había un responsable. Yo era feliz con mi vida de cornudo abandonado, no tenía ninguna necesidad de pasar por aquella humillación, ni de quedar como un gilipollas ante la única persona que se había portado siempre bien conmigo. Me froté el puente de la nariz, sintiéndome cada vez peor.

 

Al rato, m incorporé, dejé la cerveza sobre la mesa y cogí el móvil. Una luz parpadeante de color púrpura me indicaba que tenía una nueva notificación de aquella estúpida aplicación.

 

La abrí de mala gana y vi que una de las chicas gorditas a las que había dado like el día anterior me había escrito. Resoplé asqueado, y cerré esa ventana de chat sin ni siquiera responder. Era increíble cómo aquella aplicación me había causado tantos dolores de cabeza en tan poco tiempo. Tras cerrar el chat, en la pantalla se me presentaban nuevas chicas. Continué deslizando varios perfiles hacia la izquierda, mirando con repulsión, pensando en lo estúpida que era todo aquello. En lo turbio que resultaba todo el mecanismo que la rodeaba. “Una aplicación para follar” pensé con asco, mientras seguía navegando perdido entre los perfiles de aquellas zorras.

 

– Voy a borrar esta mierda ahora mismo… –Murmuré en voz baja para mi mismo, sintiéndome cada vez más cabreado con el mundo.

 

Decidido a eliminar la aplicación de mi teléfono, un escalofrío me recorrió la espalda al contemplar el último perfil que se había desplegado en la pantalla:

 

Sara, 28 años.

 

 

4

 

 

Allí estaba ella.

 

Mirándome a través de aquella foto de perfil, con sus gafas de pasta y una sonrisa en los labios, como si se burlase de mi. La piel se me erizó al contemplar las cuatro letras que llevaba evitando pronunciar desde el día que desapareció de mi vida. Como si articularlas en mi boca, una tras otra, significase invocar el mal, y la desgracia fuera a cernirse de nuevo sobre mi. Como si evitar pronunciarlas supusiese enterrarla bajo tierra, donde ya nunca más pudiera hacerme daño. Una palabra ridículamente corta, pero con una sombra alargada y tenebrosa, que me devolvía al peor sufrimiento que había experimentado hasta el momento. Un infinito número de humillaciones, condensados en cuatro letras.

 

Sara.

 

Acompañándolo, aparecía su edad. El campo de la descripción estaba vacío. Según la aplicación se había conectado hacía unos veinte minutos y había estado a menos de 200 metros de mi.

 

Sólo 200 metros.

 

Una inexplicable sensación de inquietud se apoderó de mi. Estaba ahí. Había estado ahí. Casi podía haberla rozado con las yemas de los dedos. Salté como un relámpago sobre la ventana, escudriñando las calles, pero ya no estaba, por supuesto. Volví a mirar el móvil y me encontré de nuevo con su mirada. La primera imagen nueva en dos meses. Descubrir su perfil era un duro golpe. No tanto por que pudiera significar que buscaba sexo sin compromiso, sino porque en el momento en que reapareció en mi pantalla, el resto del mundo dejó de tener importancia. Entendí que, por mucho que hubiera intentado enterrarla en el olvido y convencerme a mi mismo de que había superado su pérdida, la más mínima noticia suya hacía aflorar mis emociones al máximo. Quería verla. Quería abrazarla. Quería bajar corriendo a la calle y pedirle que volviese.

 

Por dios, habría estado dispuesto a perdonarla en ese mismo momento.

 

Pero no lo hice. Afortunadamente, sólo había sido un impulso que conseguí controlar, repitiéndome a mi mismo el mismo mantra de los últimos meses: no se merecía a alguien como yo. Pero el impulso había sido muy fuerte. Me asusté de que esas emociones estuvieran escondidas bajo mi piel, y que afloraran con esa facilidad ante la mínima noticia nueva que tuviera de ella. No me esperaba una reacción así. Me sentí frágil. Me había estado engañando a mi mismo, creyendo que casi estaba superado. Que me había librado del hechizo de aquella bruja de tetas grandes. Pero encontrar ese perfil me devolvió a la realidad. Y era una realidad muy dura, pues significaba que ya no me necesitaba, que había pasado página y buscaba sexo fácil con cualquiera que se prestase a ello. Me sentí cansado y triste, como si repentinamente mi cuerpo pesara varias toneladas y fuera incapaz de moverlo. Había perdido la paciencia tratando de encontrarla, en vano, y de repente allí estaba. Como si pudiera adivinar lo que había estado haciendo y hubiera querido recordarme que aún estaba por ahí, en alguna parte.

 

A menos de 200 metros.

 

Una duda me asaltó la mente y me dejó aturdido, porque era incapaz de contestarla:

 

Si pudiera, ¿volvería con ella?

 

La echaba de menos, no podía esconderlo. ¿Significaba aquel impulso que podría llegar a perdonarla? Si la hubiera visto por la calle, desde la ventana, habría bajado. Estaba seguro. ¿Pero en qué clase de hombre me convertía aquel pensamiento? ¿Tanto la necesitaba que estaría dispuesto a perdonar todo lo que hizo, por volver a tenerla? No pude evitar que mis ojos se humedecieran. Tenía que ser más duro. Tenía que cambiar, ser un hombre por primera vez en toda esa historia y proteger mi orgullo. Me odié por enésima vez en aquel sábado que parecía no acaba nunca. Seguro que si pudiera verme se reiría de mi. Humillado, engañado y vapuleado y, pese a ello, dispuesto a volver con su torturadora una última vez. Sólo había aparecido en la pantalla de mi teléfono y había conseguido dar la vuelta a mi mundo durante unos segundos. Durante unos instantes, no existía nada más. No existían los engaños. No existían las humillaciones. Durante esos momentos, tampoco existía Lucía.

 

La amarga sensación que sentía al volver a pensar de esa forma en ella, se aplacaba ligeramente al darme cuenta de que por fin la había encontrado. O casi. Si había estado a menos de 200 metros, significaba que no se había ido a Barcelona, ni a vivir a la costa con sus padres. Estaba allí. Probablemente, en la antigua casa de sus padres. Quizá podía intentar encontrarla otra vez…. ¿Pero por qué quería volver a verla? ¿En qué podría beneficiarme volver a encontrarme con ella? ¿Acaso esa inquietud significaba que quería recuperarla, después de todo?  Me negaba a aceptarlo. Se establecía en mi interior una lucha encarnizada entre el pensamiento lógico; que me decía que no podía permitirme volver a pensar en quien me había hecho tanto daño, y las emociones irracionales; que me pedían volver a verla y recuperar a quien había sido el amor de mi vida, mi chica ideal. Solté el teléfono sobre el sofá, aún encendido, y permanecí con la vista perdida, deseando que aquella noche de mierda terminase de una vez. Pero aún me quedaba una estupidez más por hacer.

 

Me levanté sin apartar los ojos del suelo y apagué la luz de camino al dormitorio. Avancé a oscuras por el pasillo, adentrándome en una negrura que me acogía sabiendo lo que iba a hacer. Me desnudé de camino al dormitorio. No quería ver nada, ni siquiera a mi mismo. Avanzaba, preso de mi propio cuerpo, y no quería ser testigo de lo que ocurriría a continuación. Cerré la puerta del cuatro al entrar, dejándolo en completa oscuridad y avancé a tientas hasta tumbarme en la cama. Acostarme en aquella completa oscuridad era lo más parecido a desaparecer que tenía a mi alcance. No querría tener conciencia de mi mismo. No quería pensar. No quería sentir. Pero mis manos obraban solas. Sin saber por qué, obedeciendo a un mandato que se escapaba a mi comprensión, encendí la tablet, que había dejado sobre la mesilla de noche. La luz azul de la pantalla iluminó el techo de la habitación. No sabría explicaros por qué, pero mis dedos avanzaron con voluntad propia hasta una carpeta escondida en lo más profundo del disco duro. Como si se tratase de un tesoro maldito que había tratado de ocultarle al mundo, desenterré de nuevo el vídeo de la noche de la boda de Carla. ¿Por qué? No lo sé. Necesitaba verla de nuevo. Pero quería recordarla en el momento que más daño me había hecho. No podía permitirme los pensamientos que estaba teniendo. No podía haber vuelta atrás. No podía permitirme querer recuperarla.

 

Suspiré y pulsé sobre el archivo de vídeo que, en un intento inútil para mantenerme alejado de él, había titulado como “NO MIRAR”. Al instante se desplegó ante mi una pesadilla que creía haber olvidado. El audio sólo emitía mi respiración agitada al otro lado del móvil, pero el vídeo, pese a durar apenas un minutos, era mucho más explícito. Allí estaba de nuevo. Arrodillada. Entregada. Sumisa. Eso era ella, un monstruo que sólo quería humillarme para placer propio. No podía volver a eso. Por mucho que la echase de menos. Por mucho que representase todo lo que yo buscaba en una mujer. La soledad era mejor que una vida al lado de aquel monstruo. No había excusas. No había perdón. Las relaciones tienen reglas y ella se las había saltado todas. Necesitaba proyectar y enfocar ese odio en ella, para no olvidar nunca lo que me había hecho y concentrarme en las personas que de verdad querían cuidar de mi.

 

Como Lucía.

 

Lucía quería verme, y no le importaba cuantas veces la rechazara; ella siempre volvía. Siempre tenía una palabra cariñosa, pese a que no éramos nada más que vecinos. Al mirarla casi sentía que podía caerme en el abismo verde de sus ojos. Lucía era el calor que necesitaba mi vida. Y si para darme cuenta tenía que ver aquel puto vídeo día tras día, lo vería. Pero seguía doliendo. Apagué la pantalla antes incluso de que el vídeo terminase. Permanecí unos instantes mirando la negrura del techo de la habitación, antes de romper a llorar por enésima vez. ¿Por qué había tenido que hacerme eso? ¿Por qué tantas humillaciones? ¿Tanto dolor? ¿Por qué tanto ímpetu en convertirme en un juguete roto? No recuerdo nada más de aquella noche, por lo que no debí tardar en quedarme dormido.

 

Incluso los peores días de nuestras vidas tienen algo positivo: terminan.

 

 

5

 

 

Las horas de sueño pusieron algo de distancia con el dolor de la noche anterior y me desperté algo más aliviado. La inquietud había desaparecido y me sentí mejor.

Con un café caliente entre las manos, mirando la calle a través la ventana, repasé lo sucedido horas antes pensando con más claridad. Sara estaba cerca, probablemente viviendo en la antigua casa de sus padres, y a juzgar por su perfil de Tinder también había pasado de página y buscaba experiencias nuevas. Era una prueba más de que no tenía sentido seguir preocupándome por ella.

Pasé casi todo el día trabajando y dándole vueltas al asunto y decidí dar un paseo bien entrada la noche, con un claro objetivo en mente. Necesitaba dar por terminada esa etapa de mi vida y guardarla en un cajón perdido de mi memoria. Y para eso necesitaba hacer una última cosa. Estaba convencido de que estaba en la casa de sus padres, así que me encaminé en esa dirección. El sol ya había caído y comenzó a levantarse bastante viento. Avanzaba tan convencido de lo que vería al llegar que no me llevé ninguna sorpresa cuando, al doblar la esquina del edificio, vi por primera vez en meses las luces del piso encendidas. El viento azotaba cada vez más fuerte, acrecentando la sensación de frío y me resguardé en un portal que quedaba frente al edificio. Encendí el móvil y abrí la aplicación. Tras descartar unas cuantas nuevas pretendientes, Sara volvió a aparecer en mi pantalla, con la misma fotografía que había visto la noche anterior. Seguía pareciéndome tan atractiva como siempre. Miraba hacia la cámara con una sonrisa sincera y un escote amplio. Parecía un selfie, pero bien podría habérsela hecho cualquier otra persona. Una nueva amiga, o un nuevo novio de su nueva vida lejos de mi. Era difícil creer que detrás de esa sonrisa se escondiera la despiadada mujer que yo había tenido la mala suerte de conocer. No siempre había sido aquel monstruo, pero poco a poco fue convirtiéndose en otra cosa.

Según la información de la aplicación, se encontraba a menos de 100 metros. No había margen de error. Sara estaba viviendo allí, a menos de veinte minutos a pie de mi piso. ¿Cómo era posible que no la hubiera visto antes y que nunca hubiera visto la luz encendida en esa casa? A veces las probabilidades son caprichosas, e imaginé que siempre que había pasado por allí para encontrarla, ella había estado en otra parte, y viceversa.

Pasé unos minutos escudriñando el ventanal, pero no podía ver más allá de las cortinas que cubrían los cristales y que apenas dejaban escapar un poco de la luz amarilla del interior. Sara estaba allí dentro, quién sabe si con un nuevo amante proporcionado por aquella aplicación. No tenía mucho sentido seguir allí y comencé a caminar de regreso a casa. La deseé suerte en su nueva vida, porque la iba a necesitar. No encontraría a nadie que la idolatrase como yo lo hacía. Ni que estuviera dispuesto a soportar sus humillaciones para su disfrute exclusivo. La imaginé intentando sin éxito que cualquier otro amante accediese a colocarse aquel puto cinturón de castidad. O a soportar semanas sin sexo por ella. Yo había estado dispuesto a todo por ella. Si sólo me hubiera tratado con respeto, yo habría accedido a cualquier cosa que me hubiera pedido. La había amado como a nadie nunca. Y me lo agradeció mintiendo y ocultando. Se merecía cada segundo de la vida que la esperaba, donde nunca encontraría  nadie que la quisiera tanto como yo la había querido. Por mi parte, había conseguido por fin averiguar que seguía viviendo cerca de mi y me sentí algo reconfortado. Me habría gustado verla una última vez, aunque hubiese sido un instante, a través de las cortinas de la casa, pero no me importó. Aquello era el punto y final.

Caminé despacio hasta casa y con cada paso sentía ir dejando atrás una losa que llevaba sobre mi demasiado tiempo. Por primera vez pensé con confianza que podía superar aquello. Que la pesadilla terminaba y la pasada noche había sido su último coletazo. Había sido un día horrible en muchos sentidos, pero la noche siempre parece más oscura justo antes de amanecer. Volvía a sentirme optimista. Saber que estaba allí era suficiente para dar por finalizado ese episodio de mi vida. No habíamos terminado bien, pero esa noche me parecía un buen broche a la relación. Ambos habíamos visto nuestros perfiles de Tinder y ambos sabíamos dónde estaba el otro. Suficiente para cerrar ese capítulo y seguir adelante. Al cerrar la puerta de casa sentí que dejaba fuera una vida anterior, plagada de mala suerte y monstruos. Sabía que aún la echaría de menos un tiempo, pero cada día su recuerdo se iría disipando como una bruma. Una especie de ansia tranquila se apoderaba de mi. Estaba impaciente por atravesar aquel mar de tiempo, día a día, minuto a minuto, sabiendo que me aproximaba cada vez más al fin del sufrimiento. Era un punto de inflexión a partir del cual poder empezar de cero. Me sentía como ante un lienzo en blanco, y no veía el momento de empezar a dibujar una vida nueva.

Pasé un par de semanas de mejor humor, librándome por fin de la obsesión que tenía por saber algo de Sara, aunque aún sin poder evitar pensar en ella, eso sí, de una forma mucho menos obsesiva. Simplemente dejaba vagar por mi mente los pensamientos que me recordaban a ella, y al poco rato terminaban por desaparecer. Iba, venían y desaparecían sin hacer ruido. Y si bien no podía evitar que apareciese en mi cabeza a diario, podía tratarlo como pensamientos normales, recuerdos de un tiempo pasado al que era mejor no dar demasiada importancia.

Cuando se cumplían exactamente quince días desde que había descubierto dónde vivía Sara, me encontré con Lucía en el portal de casa. Nos habíamos cruzado un par de veces más por la escalera y la había notado algo más apagada de lo normal, como si me saludase más por obligación que por gusto. Quería explicarle lo que había pasado, pero parecía esquivarme siempre. Aquel momento me pareció bueno para intentar entablar algo de conversación. Venía de impartir sus clases en el gimnasio y sujeté la puerta para que pasase delante de mi.

– ¿Qué tal las clases? –pregunté con una sonrisa.

Lucía Sonrió con los labios, pero no con los ojos, sin apartar la vista del suelo.

– Como siempre… –dijo de forma escueta.

Seguía sin ganas de hablar conmigo. Me seguía odiando por ello y quería hacer algo para que se sintiese mejor. Podía empezar por proponerle esa cita que ella siempre me había pedido.

– Oye… –comencé mientras empezábamos a subir el primer tramo de escaleras.– No sé si tienes planes, o si te apetece, pero… ¿quieresa venir a cenar esta noche conmigo?

Lucía se paró en seco en la escalera y se giró hacia mi.

– ¿En serio? –dijo.

– Claro… ­–dije.– O sea… Si quieres…

– Pero…¿no estás saliendo ya con alguien? ¿No se molestará si cenas conmigo?

Debía referirse a la enfermera que salió pitando de mi casa cuando descubrió quién era yo, y con quien Lucía se cruzó en la escalera.

– ¿Lo dices por la chica esa del otro día?

Lucía asintió en silencio.

– ¡Qué va! –dije, riendo.– Eso… fue una tontería…

Continué subiendo por la escalera, mientras le expliqué lo que había sucedido y ella me siguió.

– Fue una gilipollez… Mis amigos me dijeron que si usaba Tinder, superaría antes la ruptura… Y se pusieron tan pesados que al final lo hice, pero si lo llego a saber…

 

– Ya… –dijo con una leve sonrisa.– Sólo hay gilipollas.

 

– Eso parece, sí… –dije tras reír ante su comentario.

 

Llegamos a su piso y nos detuvimos frente a su puerta. Parecía que haberle aclarado que no se trataba de nadie importante le había puesto de mejor humor. Imaginé que debía haber pasado unos días bastante triste pensando en que la había rechazado cien veces y prefería otras compañías.

 

– Entonces… ¿cenamos esta noche? –preguntó, aún insegura, mirándome a los ojos.– ¿Seguro que te apetece? Nunca querías…

 

– Claro… –contesté sonriéndola, sintiéndome mal por haberla rechazado tantas veces.– Es que… Bueno, necesitaba tiempo… Y no quería que pensases que te utilizaba para superarlo, y…

 

Quería decirle que ella también me gustaba y que era alguien importante para mi. Que con ella no quería cagarla como otras veces y quería estar preparado para hacer las cosas bien. Que había necesitado esos meses para reponerme y que usarla como paño de lágrimas habría sido injusto para alguien tan adorable como ella. Pero no encontraba las palabras. Sus grandes ojos claros me traspasaban.

 

– Ya lo sé… –dijo acercándose y me dio un pequeño beso en la mejilla que me dejó en silencio.– Tú pones las cervezas y yo preparo la cena, ¿vale?

 

Sonrió guiñándome un ojo y desapareció tras la puerta de su piso. De alguna manera, esa chica conseguía hacerlo todo fácil. Incluso había pensado que se negaría a tener aquella cita, dado las veces que yo le había dado una negativa, pero no parecía pecar de orgullo. Había esperado pacientemente, y se había mostrado receptiva llegado el momento. Además, me sentí bien al aclarar lo que había pasado con la enfermera. Subí hasta mi casa y aún perduraba en mi cara la sonrisa tonta que se me había puesto al hablar con Lucía. Dejé las llaves en el cuenco de la entrada y el silencio me permitió pararme a pensar. Definitivamente, era el momento de pasar página. No tenía ningún sentido seguir pensando en Sara. ¿Para qué? Era parte del pasado y en mi futuro estaba mi adorable vecina.

 

Que disfrutase de su nueva vida y yo disfrutaría de la mía.


Comunidad de Autores y Lectores de TodoRelatos
Chatea online con webcams!

comunidad.todorelatos.com



© Required

Valore y Comente los relatos que lee, los autores lo agradecerán y supondrá una mejora en la calidad general de la web.
 Comentarios sobre este Relato (21)
\"Ver  Perfil y más Relatos de Required
 Añadir a Lista de Favoritos
 Reportar Relato
 Excelente
 Bueno
 Normal
 Malo
 Terrible
« VOLVER A LA PAGINA ANTERIOR IR ARRIBA  ▲
 
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.
LWNET 1999-2018 | TodoRelatos.com v3.80
Info Legal / Privacidad / Cookies · Ayuda · Stats · Enlaces · Contacto · Webmasters (Sponsors Favoritos)