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Fecha: 14-Abr-18 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

La historia de Carlos. Parte 2

Carlitos
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Ella sabía que debajo de esa bata solo estaba su piel blanca, temblorosa, deseosa y ardiente, sin prenda que se interpusiese. Sabía que solo bastaba halar la cinta de la bata para que esta se abriera y mostrar sus pechos blancos y esas aureolas oscuras y grandes que la coronaban. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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-          ¿A poco así duerme? Preguntó el joven, señalando con su dedo índice la bata de dormir de doña Rosy.

-          No, pero me la puse porque estás tú de visita, y no es propio que ande de otra forma delante de un joven amigo de mi hijo.

-          ¿Cómo de otra forma?

-          Pues sí, con short, o con otra ropa que no es propia ponerse cuando hay visitas en la casa.

-          ¿Pero entonces, cómo duerme? insistió Sabino

-          ¿Para qué quieres saber?

-          Es que no me la imagino durmiendo así.

-          No, no duermo así. De hecho, duermo sin nada, afirmó doña Susy, sintiendo un poco el escozor de la excitación.

-          ¿Cómo sin nada? Desnuda, dijo Sabino, titubeante, deseando no causar enojo en la linda señora.

-          Sí, dijo doña Rosy, duermo desnuda, y sintió un ligero calor recorrer su cuerpo. Eran olas de excitación. El chico le gustaba y estaba coqueteando con ella.

-          ¿Cómo? Dijo él, intentando obtener algo más.

-          ¿Cómo que cómo? Preguntó ella.

-          Sí, quiero ver cómo duerme.

-          Jajaja, rio suavemente para no despertar a su marido. No pretenderás que te muestre cómo duermo ¿verdad?

-          Sí se puede, sí me gustaría, asintió Sabino.

-          No, no, dijo doña Rosy, batallando contra su deseo interno de mostrarle su cuerpo desnudo al chico.

Ella sabía que debajo de esa bata solo estaba su piel blanca, temblorosa, deseosa y ardiente, sin prenda que se interpusiese. Sabía que solo bastaba halar la cinta de la bata para que esta se abriera y mostrar sus pechos blancos y esas aureolas oscuras y grandes que la coronaban. Solo bastaba ese movimiento para enseñarle su intimidad perfectamente depilada, solo con un delgado y fino hilo de vellos púbicos que ascendían hacia su vientre y que luego se separaban en dos líneas, igual de delgadas y detalladamente dibujadas, y que la hacían ver sumamente sensual. Sabía que solo bastaba ese movimiento, pero se contuvo.

-          No, dijo como queriendo convencerse, no es correcto, eres el amigo de mi hijo.

-          Eso no importa, nadie sabrá lo que voy a ver, será nuestro secreto.

-          Jajajaja, ¡no! volvió a decir, qué secreto ni qué, ¡¡nada!! Afirmó, buscando seguridad en sus temblorosas palabras.

En ese momento sonó el timbre. Era su hijo quien regresaba de la tienda. Se levantó, se puso frente a Sabino, el deseo contenido por unos minutos invadía su cuerpo, luchó en vano contra él, el chico le gustaba mucho, haló la delgada cinta de la bata y esta se abrió en par para mostrar aquel cuerpo perfectamente formado, con una cintura fina que se deslizaba suavemente en sus exquisitas caderas que se ampliaban para hacer más antojable aquella suave y perfumada forma de mujer. Sabino se acercó, quiso poner sus manos sobre la desnuda y trémula piel de doña Rosy, inmediatamente ella cerró su bata para cubrir la exquisitez de sus formas, y en un grito ahogado dijo:

-          ¡No! ¡No lo hagas! Mejor abre la puerta, yo me voy a dormir porque mi marido se va mañana temprano de viaje, sale a las cuatro y media de la madrugada.

Y dando pasos firmes se perdió en la oscuridad de su habitación. Se desprendió de su bata de dormir mientras el remordimiento y la culpa se prendían de su cuerpo y de su mente. Se preguntaba por qué había hecho eso, era cierto que el chico le gustaba, pero ella era una señora casada y debería darse a respetar. Era cierto que Saúl, el amigo de casa, tenía con ella una deliciosa y rica aventura, pero eso era diferente, trataba de justificarse. Por momentos el deseo oscuro que sentía se anteponía a su razón dándole motivos para continuar con el juego, por ratos su mente se aclaraba y trataba de poner todo en su lugar. Lejos estaba de imaginar que Sabino estaba ahí por un inmenso deseo de poseerla y que el cómplice de todo aquello era su propio hijo.

Se acostó llena de dudas y remordimientos, de inquietudes y telarañas en su mente. Estaba algo excitada, lo sabía, el chico la prendía, le gustaba, la excitaba; pero él era muy joven, y aparte, muy amigo de su hijo.

Poco a poco la feliz inconsciencia del sueño la fue tranquilizando con su penumbra somnífera y se quedó dormida hasta que el despertador sonó a las 4 de la mañana, ayudó a su marido a arreglar los últimos detalles para su viaje, le preparó un café y le puso una manzana en la mesa del comedor; él tenía un desayuno de negocios a las 8 pero antes pasaría a hospedarse y era preciso salir temprano de casa, por lo que debería comer algo para no viajar con el estómago vacío y no sufrir los estragos de la desmañanada.

Sabino escuchó el ruido del motor del auto, se despertó, se puso su trusa que le quedaba justo y que marcaba de manera muy visible aquel pedazo de carne que sabía había hecho feliz a varias. La naturaleza lo había dotado de un pene grande y grueso y, a sus cortos años, ya lo había entendido y lo había aprovechado sumamente bien. El calor, propio de esa región, justificaba su escasa y provocativa vestimenta.

Bajó al patio de la casa, en el momento exacto que doña Rosy estaba cerrando, por dentro, el candado del portón una vez que había despedido a su marido. Se quedó a una distancia prudente, cuando doña Rosy se dio la vuelta lo vio, ahí parado con su silueta juvenil y su cuerpo fuerte y musculoso, semidesnudo, sabedor de lo que tenía.

-          ¡Me asustaste! Le dijo, mientras se llevaba la mano al pecho, por encima de su bata color palo de rosa.

-          ¿Por qué?

-          Pues porque no esperaba que alguien estuviera atrás de mí, y menos así como estás, cúbrete, le dijo.

-          ¿Qué tiene de malo? Hace calor.

-          Sí hace calor, pero estás en casa ajena y yo soy una señora, y por si fuera poco la mamá de tu amigo, ¡cúbrete! Volvió a insistir, anda, sube y mejor vete a dormir, que yo también voy a descansar.

-          Se me espantó el sueño, además me gustaría ver un poco más y mejor, un poco más despacio, lo que anoche vi. Fue muy rápido y quisiera volver a verla.

-          ¡¡No!! estás loco, lo de anoche nunca debió haber pasado, olvídalo, dijo doña Rosy y esquivando el cuerpo de Sabino que estaba enfrente de ella caminó aprisa rumbo a su habitación.

Sabino cruzó el patio siguiéndola, intento atraparla por la cintura, pero la señora fue más rápida y se zafó fácilmente.

-          No, no hagas eso, le dijo, lo de anoche fue una tontería, una locura, no sé cómo decirlo, no sé dónde tenía la cabeza. Olvídate de eso.

-          Déjeme verla otra vez como anoche, solo quiero verla, dijo el chico acercándose peligrosamente a ella.

-          No, ya te dije que eso fue una tontería y nunca debió pasar. Mientras sentía su respiración agitada, sabiendo muy bien lo que significa en su cuerpo.

-          Ande, dijo el joven en tono de súplica, déjeme verla, aunque solo sea un momento, al tiempo que la tomaba de ambas muñecas.

-          ¡No, no! dijo, mientras bajaba la mirada, un poco para evitar los profundos y subyugantes ojos de Sabino, y otra, la más importante, para ver con detenimiento aquello que se dibujaba, por encima de la trusa, en la entrepierna del chico. Inconscientemente apretó los labios, uno contra el otro y se pasó la lengua por encima de ellos. Se sintió excitada. Su cuerpo no mentía.

-          Solo un ratito, insistió el chico, ande, no sea mala, mire cómo me tiene, al tiempo que, mirándola a los ojos, bajó los propios para señalar con su mirada la semierección que tenía y que doña Rosy ya había percibido.

-          Pasa a la casa, le dijo.

Ambos entraron a la casa de madera, aquella que era mudo testigo de los juegos y encuentros sexuales que la bella dama tenía con Saúl, el compadre de su marido.

-          Quiero decirte que esto no me gusta, eres demasiado joven y además el amigo de mi hijo, y por si fuera poco yo soy una señora casada, insistió en su discurso sintiendo quemarse por dentro al notar la cercanía de Sabino que no dejaba de mirar fijamente sus senos por encima de la bata.

-          Solo un momento, por favor, es usted muy hermosa y quiero verla nuevamente, dijo, cuando en realidad quería decirle: no se haga si usted también quiere, se le nota en la voz, pero sabía que la prudencia de sus palabras podían obtener más que la osadía en el hablar.

-          Solo un momento, y abrió la bata de par en par.

Sabino, hizo una exclamación de gusto, lleno de deseo se acercó a ella. Doña Rosy dio un paso atrás, “no” dijo ligeramente, ya sin la fuerza de la resistencia del principio. Sabino sabía que faltaba solo un poco, insistir solo un poco. Se acercó nuevamente a ella. Posó sus firmes manos sobre la trémula piel de la fina cintura de la señora, ella no dijo nada, se quedó estática, seria, su corazón latía fuertemente, casi podían escucharse los latidos en aquel silencio sepulcral de esa madrugada. El joven se acercó un poco más, sabía que había ganado terreno, osó aproximar su rostro al de doña Rosy, no obtuvo respuesta negativa, acercó sus labios a los de ella y observó como esta cerró los ojos y entreabrió aquellos hermosos y sensuales labios. Ya estaba todo.

La besó, primero suavemente hasta que sintió como fue recibido por ella, abrió más los labios, sacó la lengua para hurgar en el interior de la boca de doña Susy y fue recibido por la ardiente lengua de la señora, estas se entrelazaban, se buscaban, se amaban. El beso se prolongó por varios minutos, las delicadas manos de doña Rosy acariciaban suavemente los musculosos brazos del chico, subían y bajaban por toda la extensión de sus extremidades superiores. La sensación era increíble, no la había sentido antes, acariciar la piel suave, tersa, juvenil, la excitaba muchísimo más, ella se conocía perfectamente y sabía que ese chico podría ser su perdición. Sintió la punzada de aquel pene duro y rígido a la altura de su pubis, sabía lo que vendría.

Una luz de cordura llegó a su cerebro, se separó suavemente de Sabino.

-          Esto no está bien, eres el amigo de mi hijo.

-          Eso no importa, usted también lo desea, dijo al tiempo que haló suavemente la bata por encima de los hombros para admirar su exquisita desnudez.

La bata cayó al suelo tapando los desnudos pies de doña Rosy y descubriendo la piel trémula y nívea de aquel maduro cuerpo de mujer. Quiso hacerse para atrás pero el borde la cama y el colchón se lo impidieron, insistir en ello abría una grande posibilidad que cayera hacia atrás sobre la mullida cama matrimonial. Se detuvo firmemente.

Aún no amanecía, la claridad de la noche de luna llena que se alejaba y aquella, eterna, lucecita que dejaba encendida en su recámara iluminaba aquellos cuerpos que se deseaban y la lucha interna que doña Rosy libraba. Quería escapar de aquellos brazos fuertes y juveniles que la aprisionaban, pero estaba atrapada fuertemente en sus propios y delirantes deseos, y de ello no se podía librar.

El deseo de Sabino era muy fuerte, la giró suavemente sobre su propio eje, le colocó la palma de su mano izquierda en la espalda de la linda y sensual señora, empujó suavemente indicándole que quería que se inclinara. Ella se resistía un poco, “no” decía suavemente, casi sin fuerza. El chico en un movimiento rápido se bajó la trusa dejando escapar su virilidad fuertemente erecta, dura y gruesa, punzó las nalgas de doña Rosy. Volvió a insistir, esta vez con un poco de más fuerza o quizá ya sin tanta resistencia de ella, empujó para indicarle que se agachara, ella obedeció. Estaba caliente, ambos lo deseaban. Sabino tomó su gruesa y negra verga, retrajo el pellejo y dejando el prepucio descubierto, apuntó con toda precisión a la cueva húmeda y caliente de la madre de su amigo, quien plácidamente dormía en su recámara.

Entró con mucha facilidad, ella se acomodó mejor; subió sus rodillas sobre el mullido colchón matrimonial. Aún no amanecía, pero la pequeña luz que dejaba todas las noches encendida en su habitación permitía ver el delicioso y sinuoso cuerpo de doña Rosy, que apuntaba con sus protuberantes y redondas nalgas apretando con sus músculos vaginales aquel trozo oscuro, largo y gordo del amigo de su hijo.


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