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Fecha: 13-Abr-18 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Cuadra de putas 10

Schuko
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El emputecimiento de la tía Fina. Una tarea gratificante. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

El emputecimiento de la tía Fina fue bastante heavy, porque además de ser una zorra de tomo y lomo, pasaba literalmente de todo y le importaba una mierda lo que pudiese pensar o hacer el cornudo de su marido, el entrañable y pusilánime tío Blas.

Según mi madre ella siempre había sido una cabra loca, sobre todo en su juventud, y si no lo había manifestado antes, fue porque sus padres la tenían controladísima. Se casó muy joven con el tío Blas, un  hombrecillo apacible al que ella trataba como una mierda y sobre el que volcaba sus frustraciones y resentimientos. Él, en lugar de rebotarse, asumía su papel con naturalidad y la dejaba hacer, esperando que se calmase, cuando lo ridiculizaba o lo ponía en evidencia.

Mamá sabía qué hacía años que no follaban y suponía que la tía tenía algunos apaños por ahí, porque siempre había sido muy fogosa, como yo mismo acababa de comprobar. Pero, para sorpresa de todos, después nos enteramos nunca hizo nada fuera del matrimonio... hasta que aparecimos nosotros en escena. Supongo que gran parte de su mala hostia venía de esa falta de sexo. No lo sé.

El caso es que, a diferencia que mi madre, que seguía guardando las apariencias con papá, aunque se la sudaba bastante, la tía Fina no tomaba la más mínima precaución para disimular que se había convertido en una zorra lasciva, y, a veces, hasta a mí, que soy de moral, digamos, relajada, me hacía pasar vergüenza ajena por el trato que dispensaba al cornudo.

Después del polvazo que, entre mamá y yo le echamos en la boda de su hija, aceptó entusiasta el proceso de emputecimiento que venía a continuación. Ni siquiera hubo que fingir un chantaje, con los vídeos que le hicimos mamá y yo, ni nada parecido, para que aceptase nuestra propuesta. Parecía que llevaba toda la vida esperando que alguien lo ofreciera que el sexo se convirtiese en la esencia de su vida. Y ahora, que, además, su hija se había ido de casa, el momento era perfecto. Lo cierto es que el tío Blas, que estaba en el paro, se tiraba los días en su casa aborregado delante de la tele. Y la tía Fina, que nunca lo había tratado con demasiado afecto, ahora redoblaba sus desprecios y humillaciones, lo que unido a la baja autoestima del cornudillo, lo tenían siempre sumido en un estado de tristeza, cercano a la depresión.

En casa, estuviese el tío Blas o Perico de los Palotes, ella se paseaba en tanga de hilo dental o, directamente en bolas, luciendo su coño, mondo y lirondo, y meneando las tetorras, con unos tatuajes bastante más macarras y atrevidos que los que se habían puesto mis otras dos putas. Era la perfecta antología del mal gusto y la horterada, pero, a decir verdad, me ponían muy, muy palote. Se había tatuado en la espalda, en tamaño king sike, un tatu que había encontrado en internet de una especie de mariposa, que, al acercarte, veías que se trataba de dos tías chupando sendas pollas. En letra gótica y bien grande también, había escrito en una nalga FUCKIN’ y en la otra WHORE, algo así como “Jodida puta” por si había alguna duda. Y sobre el culo, una breve frase en cursiva bajo la que había una flecha que bajaba hasta cerca del ojete: “Sólo para mi macho”. En fin, todo un espectáculo...

El tío, el primer día que la vio pasear con ese aspecto por la casa se quedó atónito y sólo acertó a balbucear un sorprendido:

                -Pero, pero, Fina... ¿qué te has hecho? ¿Has visto cómo vas?

Ella le respondió agriamente:

                -¡Sí! ¿Qué pasa? ¿Tienes algún problema? ¡Me gusta llevarlo! Y, además, me queda muy bien, me lo han dicho mis nuevas amigas del gimnasio.

                -Pero, Fina, ¿has visto lo que pone?

                -¡Joder, Blas, cómo eres! ¡Menudo mojigato! ¡Pareces un cura! Además, no pasa nada, me han dicho en el local del tatuador que es lo que se lleva... ¿vale?

                -Pero, pero, ¿y si lo ve alguien?

                -¿Pero, quién lo va a ver, idiota? ¡Los ves tú, que eres de la familia! Y si lo ve alguien más también será de la familia, ¡ceporro! –ya estaba la guarrilla pensando en mí.- Además, ya te puedes acostumbrar a verme así, porque esto es lo que hay. Y si no te gusta, pues puerta y a la calle... Lo que tendrías que hacer es estar contento de tener una mujer tan moderna... y a ver si se te levanta un poquillo la chorra, pichafloja... ¡Aunque lo dudo! Por cierto, mañana por la tarde vendrá Marquitos, tú sobrino a darme clases de informática en el ordenador de la niña...–y allí dejaba al pobre cornudo sumido en oscuros pensamientos y mirando la tele, mientras ella meneaba sus formas voluptuosas por toda la casa, limpiando y recogiendo para la inminente visita de su macho.

Los primeros días que acudí a su casa para las clases de informática, utilizábamos el ordenador que había en la habitación de su hija. Solía ir un día a la semana y casi siempre estaba el tío Blas en casa, muy del estilo de mi padre, apalancado viendo la tele, si ella no lo había mandado a hacer algún recado. Esto último sólo lo hacía cuando quería que me la follase en el comedor, más que nada para no tener que verlo con cara de pena... y que me cortase el rollo a mí, porque lo que es a ella...

Nada más abrir la puerta me recibía vestida como una auténtica puerca. Con una batita semitransparente, bajo la que se adivinaba un sostén de encaje que a duras penas podía retener sus melones y un tanguita transparente que no dejaba nada a la imaginación de su inmaculado coño. El recibidor estaba al lado del comedor y, aunque desde el sofá donde solía sentarse el tío no se veía la puerta, se podía oír todo perfectamente. La tía Fina, me saludaba indefectiblemente con un “¡Hola, Marquitos! ¿Preparado para dar caña a la cateta de tu tía?”, al mismo tiempo se me echaba encima y, agarrándome el paquete, me metía la lengua hasta la campanilla. Yo le correspondía sobándole bien el culazo y las tetas, y murmurándole al oído (algo de respeto por el cornudo del tío Blas todavía tenía), “¡Joder, zorra, cada días estás más buena!”. Después, ya en voz alta, le comentaba algo tipo: “Tranquila, tía, ya verás cómo hoy te entra toda la lección”. Ella me apretaba la polla y, mirándome a los ojos, solía responder: “Por supuesto, con un maestro tan preparado...”. Después entrábamos en el comedor e, inevitablemente, teníamos que pasar junto al sofá. Yo saludaba al tío Blas.

                -Hola tío, vengo a explicarle unos programas a la tía, que parece que se le atragantan un poquillo.

Él solía sonreírme antes de contestar:

                -Tranquilo, Marcos, tu tía es un poco dura de mollera, pero ya verás cómo al final le entra toda la lección.

Ella intervenía siempre y, mientras me arrastraba de la mano hacia la habitación que acababa de abandonar su recién casada hija, le decía despectivamente:

                -Tú sigue mirando tus mierdas futboleras y no nos molestes, ya te llamaré si te necesito, ceporro... ¡Que te tiras el día tocándote los huevos, puto gandul! –y cruzaba la habitación bamboleando el culazo que se transparentaba a través de la bata y que yo miraba como hipnotizado.

                -Bueno, Fina, tranquila, perdona, que era broma, mujer... –decía él, conciliador y con una mirada suplicante de perrillo apaleado.

                -Menudo ejemplo para tu sobrino, ¡gilipollas! Un muchacho que lo ha dado todo por su patria... –concluía ella, entrando en la habitación.

Yo la seguía, sorprendido por su dureza, y, cuando me disponía a cerrar la puerta, ella me dijo:

                -No cierres, Marcos, ¡que nos oiga el puto pichafloja mariconazo! Que se entere de cómo folla un macho de verdad. Ya que me ha amargado los últimos veinte años de mi vida.

                -¡Joder, tía, que dura eres!

                -¡Tanto como tu polla, cabrón!

Y en aquel momento, la bata ya estaba por los suelos, me había empujado sobre la silla y se estaba arrodillando para empezar a chuparme el rabo. Y es verdad que era una puta escandalosa. Escupía a la polla y la chupaba como si sorbiese un polo. Yo la dejaba hacer, pensando que el cornudo a lo mejor no se enteraba mucho, con el ruido de la tele... pero creo que el pobre hombre se hacia el sordo, porque si no se coscaba de lo puta que era su mujer, es que era tonto de capirote y los cuernos se los tenía más que ganados.

Yo los primeros días me cortaba un poco, pero pronto empecé a pasar de todo también, y comencé a darle caña de la buena. Le agarraba de los pelos, le escupía y la insultaba con todo el repertorio: “Perra asquerosa, puta, cerda, guarra, puerca...” y un largo etcétera de sinónimos sobre su condición de meretriz diletante. También me acostumbré a abofetearla a conciencia, con la polla o con la mano y obsequiarla con una buena corrida en la cara, como colofón del primer asalto diario, acompañada por un buen berrido, para que lo oyese bien el cabrón. El pobre hombre seguía allí en el sofá, medio acojonado, siguiendo Teledeporte sin saber muy bien a qué atenerse. Supongo que no podía creer que su parienta se la estaba pegando de manera tan descarada con su sobrino. Igual pensaba que jugábamos con la Nintendo o algo así... No sé, era bastante tarugo, la verdad.

El caso es que el primer día no, pero, a partir del segundo, acostumbré a mandar a la puta a por un par cervezas a la nevera, justo después de correrme y dejarle la jeta llena de churretones de leche. El primer día, se lo pensó un segundo. Después, ni eso. Salió de la habitación, encantada de su aspecto, orgullosa, incluso,  a por las birras. Yo me asomaba por el resquicio de la puerta para ver la reacción del pichafloja. Su mujer pasó sin mirarle siquiera  camino de la cocina, cruzando entre él y la pantalla, con el culo enrojecido de las palmadas en las palabras FUCKIN’ y WHORE, el pelo revuelto y alborotado de pegarle estirones y la cara chorreando sudor, goteando esperma y con algunos escupitajos. Con las tetazas al aire, porque solía combinar las mamadas con una cubana, y, por supuesto, los tacones puestos. Eso sí, le hice ponerse el tanga, por aquello de conservar las formas, aunque sea mínimamente... Un cuerpazo de puta de la hostia. Más o menos como el de Ava Adams, pero con algunos años más.

Él la miraba boquiabierto, murmurando:

                -Pero, pero... Fina, ¿qué,  qué...?

Ella, sin detenerse, contestó secamente:

                -¿Qué de qué? ¿Qué hablas, imbécil? Voy a por algo de beber para tu sobrino. Que por lo menos hay alguien que hace algo en esta casa... Las gracias tendrías que darle de lo bien que cuida el ordenador de la niña... Además, que lo sepas, me he tenido que quitar la ropa, porque en la habitación de la niña hace un calor que te cagas. ¡A ver si te decides a llamar a alguien para arreglar el aire acondicionado! Si no es por mí, hazlo por lo menos por el buenazo de tu sobrino que tiene que pasar un calor allí dentro que no se lo deseo ni a un gandul como tú...

                Yo observaba la escena desde el quicio de la puerta, flipando y acariciándome el rabo. Morbosamente excitado de lo puta, guarra y rastrera que podía llegar a ser la tía Fina. Y del morro que tenía...

El tío Blas callaba, asombrado y a punto de ponerse a llorar. Cuando la tía Fina regresaba con las cervezas, y las gotas de leche resbalando por la barbilla, lo miró con desprecio y le dijo, seca y cortante:

                -¿Qué coño miras, gilipollas? Por si no te lo crees estamos trabajando muy duro. Eliminando virus y cosas de esas informáticas que tú no entiendes. Pasa a verlo si no te fías, capullo...

Él, atónito, se quedaba con la mirada fija en la pantalla, mientras mi zorrita, impertérrita, entraba con las dos latas en la habitación y, tras tomar un trago, se quitaba el tanga y, arrodillándose en la cama de su hija se abría los cachetes el culo al grito de “¡Venga! ¿A qué esperas? ¡Fóllate a tu guarra, cabronazo!” Yo creo que lo debía oír hasta el último de los vecinos. Así que, en un momentito me bebí la birra, eructé y apunté mi capullo a su ojete. Un ojete todavía estrechito pero que, a pesar de los gritos de dolor que pegaba, ya hacía disfrutar a la zorra de lo lindo.

Y así, con las “clases de informática” estuvimos varias semanas. Cada vez nos cortábamos menos, sobre todo yo, porque lo que es ella no se cortó nunca. Me empecé a comportar como el macho de la casa y ya entraba a la habitación cogiéndola de la cintura o sobándole el culazo aunque nos viese el capullo de mi tío desde su sillón. Le daba piquitos de vez en cuando, incluso delante del tío, que se hacía el tonto o como que miraba para otro lado.

Una vez, curiosamente, no me abrió ella. Y el tío Blas, con cara triste, se limitó a decirme, “tu tía está en nuestra habitación, dice que te espera allí.” Yo me sorprendí, pero dejándole casi con la palabra en la boca, me dirigí a la habitación de matrimonio. Y allí me la encontré a ella con el culo en pompa y gritando, “¡Venga, cabronazo, que quiero que me rompas el culo en esta puta cama donde el calzonazos de tu tío no ha sido capaz de hacerme correr en su puta vida!”

Otra vez me encontré el tío a punto de salir. “Hoy tu tía quiere que hagáis la clase en el comedor, con la tele grande, yo saldré a dar una vuelta”, “¡Joder tío, con la que está cayendo!”, llovía a cántaros, “No te preocupes... me llevo el paraguas...”, “Si quieres hablo con ella y hacemos la clase en el cuarto de la niña...”, “No, no, mejor que no, que si le dices algo es peor, que luego se enfada y me calienta la cabeza...”, y ya se oía la voz de la puta gritando, “¡Maarcos, entras o qué! ¡Venga que te estoy esperando...!”, “Es que estoy con el tío... aquí en la puerta...”, “¡Déjalo ya que se vaya a tomar por culo, joder! Y ven enseguida, que hoy estoy ansiosa por aprender” Y el tío, mustio y cabizbajo, cerraba la puerta, mientras yo iba entrando en el comedor, bajándome el pantalón y con la polla en la mano.

Mi tía ya estaba apalancada en el sofá, con su lencería de puta habitual y el pelo recogido en una coleta, como le había sugerido para poder agarrarlo mejor.

-Hola, cariño. –dijo, sugerente.- Hoy había pensado que, como hace este día de perros, podíamos quedarnos acurrucados en el sofá con la mantita viendo la tele...  O alguna película guarra, de esas que te gustan.

-¡Joder, tía, cómo eres...! Mira que mandar al pobre cornudo a la calle con esta tormenta... A ver si va a pillar un resfriado...

-¡Qué le den por culo...! Por mí como si lo operan. ¡Que no sea tan maricón! Si fuese un hombre como tiene que ser, la polla que chuparía sería la suya... Y no esta maravilla. -ya me había agarrado el rabo y me la estaba meneando.

La siguiente hora nos dimos un buen lote de guarrerías. Me la folle bien duro por el culo mientras le tiraba de la coleta, girándole la cara para escupirle de vez en cuando. También la dejé correrse, cabalgando sobre mí rabo. Y como fondo, pusimos una playlist de vídeos porno de Porn Hub, con macizas maduras folladas por negrazos de rabos gordos.

Llevábamos una hora dale que te pego, tenía a la muy guarra arrodillada comiéndome el ojete, mientras me recuperaba de mi última corrida tomando una birra, cuando se oyó la llave de la puerta. 

-¡Joder, el cornudo! -dije- ¡Menudo hijo de puta! ¡Cómo se le ocurre aparecer tan pronto!

Rápidamente, y antes de que mi puta pudiese decir nada, le incruste bien la cara contra mi culo y tapé la escena con la mantita.

La habitación estaba en penumbra, alumbrada solo por la pantalla de televisión y  por los pelos pude cambiar de canal, quitando los videos porno,  y poner Tele 5 o algo así, justo cuando el tío Blas, hecho una sopa, entraba en la habitación.

-Hola, Marcos. -dijo, acostumbrando su vista a la escasa luz. -Está cayendo una buena...

-¡Ahhh! Sí, hola... ¡Hola, tío! -mientras hablaba, la cerda de Fina había acomodado su postura, subido la cabeza y me estaba haciendo una mamada de escándalo. La manta se movía arriba y abajo, sin dejar espacio a la imaginación, acerca de lo que podía estar ocurriendo bajo la misma.

-¿Qué miras? -me preguntó, señalando el televisor. Supongo que el muy capullo debía tener ganas de hablar, después de pasar una hora como un gilipollas a la intemperie, mientras su sobrino se follaba a la puta de su mujer... Perdón, mientras le enseñaba los rudimentos del Excel...

 

-¡Aaaaah! Nada, no sé, tonterías.- la cerda se estaba empleando a fondo. No pude contenerme y empecé a pasar de todo, sin importarme si se daba cuenta o no. Coloqué mi mano sobre la manta, sujetando su cabeza y comencé a mover el tarro de mi tía para marcarle el ritmo. Me estaba haciendo un trabajito sensacional.

El panoli todavía no se había fijado, supongo que por la penumbra de la habitación, y me preguntó:

-Y tu tía ¿Qué está, practicando con el ordenador en la habitación?

Estuve a punto de descojonarme.

-Nooooo... No lo sé... Por ahí dentro... Creo que ha ido a cooooomer alguna cosaaa!

Y entonces se fijó. Más vale tarde que nunca. Miró la manta, con la inconfundible forma de un cuerpo arrodillado y una cabeza subiendo y bajando... Además con el ruido a chapoteo escandaloso de la boca de mi tía, que se sobreponía al sonido de la tele,  con mis dientes apretados y mis jadeos,  con mi mano moviendo la cabeza a un ritmo cada vez más acelerado y con el inconfundible olor a sexo en el cerrado comedor... ¡Era increíble que no hubiese caído antes! Las cosas de ser un panoli pichafloja... Cornudo y tonto, vamos un dechado de virtudes, el tío Blas. ¡Joder, si llevábamos una hora follando!

Yo me di cuenta de su mirada, pero me hice el loco. Estaba demasiado cachondo y ya me daban lo mismo ocho que ochenta, así que no me detuve ni un momento y proseguí marcando el ritmo a mi puta. Él cambió el semblante y se retiró despacio hacia su habitación al tiempo que murmuraba.

-Creo que mejor me voy a cambiar... Que estoy muy mojado.

“¡Pues como mis cojones, llenos de babas de la gorrina de tu esposa!”, pensé.

-Mejor... tío, ¡mejorrr! Yo seguiré un rato viendo el programa este...

Y se fue a su habitación, arrastrando los pies mojados.

En cuanto cerró la puerta, tiré la manta al suelo y estiré del pelo a mi zorra acercando su cara babeante a la mía. Ella jadeaba, sudando como una cerda por el calor y el esfuerzo.

-¡Joder, cómo me pones puta asquerosa! -le pegué un par de hostias, que ella aceptó con una sonrisa de agradecimiento. Le venía bien tonificar un poco las mejillas, llevaba un buen rato con mi tranca en la boca. Después abrió la boca,  y exigió su premio en forma de escupitajo. Una densa ración de saliva que ella tragó agradecida.

                -¡Toma, lubricante! –le dije

A continuación empezó una frenética cubana mirándome a los ojos. Yo babeaba con la imagen y estaba a punto de llenarle la cara de lechazos cuando me preguntó:

-¿Dónde quieres correrte, Marquitos?

-Me correría en tu puta cara, pero luego va a cantar mucho cuando venga el cornudo. Así que mejor te lo tragas todo, guarrilla...

Y ella, ni corta ni perezosa, se volvió a meter el rabo en la boca y, en cuestión de segundos, consiguió una nueva ración de leche de macho que tragó en un plis plas. Yo me quedé catatónico y con los huevos secos, mientras ella me repasaba la polla y los huevos con la lengua, buscando los últimos restos de esperma. Cuando consideró que ya estaba relajado, le dio dos besitos suaves y me miró sonriente, diciendo:

                -¿Te ha gustado, la mamada de tu tita Fina?

                -¡Joder, vaya nivelazo, tía. Estás hecha una artista! Ya estás al nivel de tu hermana y la Fátima... y eso que las dos son unas cracks...

                -¡Gracias sobrino, me encanta oírlo! – dijo levantándose sonriente y cogiendo la lata de cerveza que apuró de un trago. –Vaya sed que tengo.

Yo me puse los pantalones y la camiseta en un momento y volví a sentarme.

                -¿No te vistes, tía?

                -No, no me apetece. Anda siéntate un poco y descansamos un ratillo viendo la tele.

Así lo hice y ella se acurrucó a mi lado con su cabeza apoyada en mi pecho. Yo le tapé el cuerpo con la mantita y nos quedamos viendo la tele. Y así estábamos cuando salió el tío Blas, con una cara de palo que le llegaba al suelo. Yo le saludé un poco avergonzado, pero Fina se limitó a seguir mirando la tele y acariciando mi pecho sin dedicarle un mísero vistazo.

                -Mira, ahora dan “Cómo conocí a vuestra madre”, ¡qué bien, vamos a verla! –gritó entre risas, para luego preguntarme. -¿Tienes sed, Marquitos? –yo no le contesté, pero ya lo hizo ella por mí.- Yo sí, ¡Blas, vete a la cocina a por dos cervezas, que tu sobrino quiere beber algo!

Él la miró, sorprendido de su desfachatez, pero su autoestima debía andar bajo mínimos y se limitó a levantarse sumiso y dirigirse a la nevera a por dos latas de cerveza, que nos entregó poco después.

Nos tomamos las cervezas entre risas viendo el capítulo. La puta me acariciaba el pecho y, de vez en cuando, bajaba la mano y me sobaba la polla. Llegó a ponérmela a tono, pero yo ya había tenido bastante sexo por aquella tarde y no entré en su juego. Además, me di cuenta de que el tío Blas, por la ubicación de su sillón, nos veía perfectamente y se estaba dando cuenta de lo que pasaba. Fina, también lo vio, pero no hizo ni puto caso, y continuó sobándome y, de vez en cuando, dándome un piquito, que acababa convirtiéndose en un beso con lengua en toda regla. ¡Y con el pobre cornudo a dos metros y contemplando todo en la penumbra de la habitación!

Cuando terminó el capítulo decidí que ya era hora de irme y me levanté con cuidado para que la manta no dejase de tapar a mi tía, que seguía en pelotas. Más que nada por no humillar más de lo necesario  al cornudo. Musité algo como “Bueno, tío, me voy para casa, que ya es tarde...” Mi tío me miró mustio y se limitó a decir: “Adios, Marcos, hasta la semana que viene...” E iba a decirle adiós a mi tía, dejándola allí en el sofá, pero ésta se levantó rauda y veloz, mostrando una breve panorámica de su cuerpo serrano al auditorio y envolviéndose después con la manta. El pobre tío Blas, trató de hacerse el loco y siguió mirando la pantalla sin pestañear, pero estaba claro que se había dado cuenta de la situación. Yo hice mutis por el foro, hacia el recibidor, mientras Fina me seguía, dejando al pobre tío Blas mesándose su incipiente cornamenta. Antes de salir de la habitación la muy zorra se me agarró a la cintura y bajó mi mano para que la apoyase en el culo. Por un momento miré de refilón atrás y pude ver fugazmente como el tío miraba la escena al borde del colapso, pasando su mirada de la pareja de amantes que salía del comedor, a la guarrería que dejaban detrás, con el sujetador y el tanga de la zorra por el suelo, rodeados de latas de cerveza y un enorme manchurrón de humedad que impregnaba el cojín del sofá, justo donde habíamos estado follando.

En el recibidor mi tía se me echó encima y empezó a morrearme en plan cerdo y baboso. Yo, que me estaba volviendo a poner cachondo, la correspondí, abrazándola y sobándole el culazo. Poco a poco le subí la mantita y le pasé la mano por el culo hasta llegar con los dedos al ojete, que comencé a acariciar mientras la zorrilla ronroneaba de gusto. De golpe, le metí el índice en el culo y ella pegó un alarido, que se oyó por toda la escalera. Yo me reí y le dije:

                -¡Soooo, puta! Tranquila... Es para dejarte con un buen recuerdo de tu macho. –ella se rio y yo continué.- Te tengo que decir una cosilla...

                -Dime, amor.

                -Me parece que ya estás perfectamente preparada para entrar en la plantilla y trabajar con mamá y Fátima...

Me interrumpió con saltitos y gritos de alegría, pero con cuidado de que no se le saliese el dedo del ojete. Yo proseguí:

                -He encontrado un piso en el centro perfecto, en una finca con pocos vecinos y nos va a ir de coña para montar un puticlub. Allí vais a poder zorrear a gusto las tres... y los nuevos fichajes que vengan. Yo creo que, después de las demostraciones de guarrerías que me has hecho en las últimas semanas estás más que preparada para crecer más como persona.

Ella sacó mi mano de su culo y acercó mi dedo a su boca. Lo olió y, después, lo chupo con avidez y me dijo:

                -Crecer más como persona y, sobre todo, como puta, ¿no?

                -Claro... –respondí sonriente.

Ella me dio un pico, se giró diciéndome adiós con la mano y mandándome un besito, se fue hacia dentro. Yo esperé un par de segundos antes de salir, para que se me bajase la erección, por lo que tuve tiempo para escucharla cuando, al pasar por el comedor le decía al tío Blas:

                - Blasito... voy a ir a ducharme, guapo... Estoy reventada, esto de la informática es más cansado de lo que tú te piensas... –pude imaginar cómo debió sentirse el pobre pichafloja, pero ella, inasequible, lo remató con otra frase, esta vez en un tono más imperativo. - A ver si haces algo y recoges un poco el comedor... que está hecho un asquito... Después de toda la tarde estudiando...

Y yo cerré la puerta y enfilé hacia el ascensor, imaginando al pobre cornudo, recogiendo el tanga de su mujer y limpiando como buenamente pudiese los churretones de leche de la habitación... Creo que hasta me dio un poco de penilla y todo. Aunque cuando pensé en el culazo de mi tía taladrado por mi pollazo, se me pasó enseguida.


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