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Fecha: 06-Abr-18 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

Lujuria

DARK
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Tiempo estimado de lectura: [ 47 min. ]
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Una inocente relación que comienza en la red puede terminar con un pecado capital. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

LUJURIA

 

No sé por qué acepte aquella invitación. No lo conocía de nada, si exceptuamos un repetido intercambio de correos tras encontrarnos casualmente en un chat una tarde aburrida. Su propuesta fue sencilla: encontrarnos en San Sebastián y conocernos personalmente. Podríamos haber elegido cualquier otra ciudad pero él se empeño en que fuese un lugar que no conociésemos ninguno de los dos. En ese punto le mentí, San Sebastián era una ciudad que frecuentaba habitualmente.  

 

Fui directa al Hotel María Cristina desde el aeropuerto. Un coche del establecimiento me esperaba para llevarme. Después de la rutinaria inscripción en recepción subí a mi habitación para consultar el correo mientras un botones se ocupaba de mi equipaje. Sentada en el escritorio abrí mi portátil. Ahí estaba.  

 

De: Marcos

Enviado: martes, 7 de noviembre de 2017 16:18

Para: Ana

Asunto: Encuentro San Sebastián

Señorita…

Ya estoy en la ciudad. Supongo que tú estarás a punto de hacerlo si no lo has hecho ya. Te espero frente al Ayuntamiento a las 8. Si no tienes objeción seguiremos el plan que teníamos hablado.

Te espero. Un beso.

De: Ana

Enviado: martes, 7 de noviembre de 2017 18:27

Para: Marcos

Asunto: RE: Encuentro San Sebastián

Caballero…

Acabo de llegar a mi hotel. No hay objeciones por mi parte. El plan sigue adelante y ahí estaré a las ocho en punto.

Besitos.

El plan: conocernos y salir a tomar algo aquella misma noche. Sería algo informal, por el centro, en un pequeño local añejo y con historia. Una cena de picoteo, unos pinchos de esto y aquello, alguna especialidad del lugar y unas copas de vino. Nos acomodaríamos en unos taburetes en la barra o en alguna mesa alta. Solo unos amigos que toman algo mientras charlan de forma distendida. Luego, tal vez, tomar una copa en algún sitio tranquilo antes de volver cada uno a su hotel.

 

Me vestí para la ocasión. Un vaquero, un top lencero blanco, un bléiser negro con las mangas vueltas y unos salones negros de 12 cm. Había elegido algo informal. Pero esa misma tarde cambio el tiempo, había refrescado y decían que amenazaba lluvia. Así pues, tuve que cambiar un poco mi indumentaria. Cambie el top y el bléiser por un jersey negro de cuello alto y una cazadora de cuero.

 

A las ocho en punto entraba en la plaza que se abre frente al consistorio. Lo localice inmediatamente sentado en la escalinata del edificio. Camine en su dirección y él se puso en pie y fue hacia mi cuando advirtió mi presencia. Tras los dos besos de rigor y cumplir el formalismo de volvernos a presentar paseamos en dirección al centro.

 

Callejeamos sin rumbo mientras nos poníamos al día hasta que propuso entrar a tomar algo. Lo hicimos en el primer local que encontramos. El lugar era pequeño, con paredes forradas de madera y cuatro mesas con sus correspondientes sillas del mismo material. Las mesas estaban ocupadas por lo que parecían clientes habituales jugando al mus y tomando unos chiquitos. Nos acomodamos en la barra ocupando un par de taburetes. Él pidió cerveza y yo una copa de vino que acompañamos con algunos de los pinchos que adornaban la barra. 

 

Tras cuatro vinos y otras tantas cervezas se aventuro a acariciar mi barbilla con la escusa de quitar una gotita que ahí había quedado. Esa mano siguió camino hacia mi nuca. Los asientos estaban muy cerca y me apoye en su pierna para no caerme cuando me acercó a él. Nuestros labios quedan a escasos centímetros. Sentí su aliento sobre los míos y cerré los ojos a la espera que los tomase. Pero su siguiente movimiento no fue el esperado. Me apartó el pelo y girando mi rostro hundió sus labios en mi cuello. Lo que parecía un beso prometedor se transformó en un mordisco. Se me escapó el suspiro que era la respuesta a otra acción y mis manos que buscaban la apertura de su pantalón subieron hasta su pecho para empujarlo y apartarlo.

 

—¿Eres un puto vampiro? Joder me has mordido. — le dije molesta y no tuve respuesta por su parte.

 

Cogí mi copa y observé el líquido color cereza, lo moví en círculos para olerlo y finalmente di un sorbo. Para ser un sitio tan cutre el vino era bastante bueno, pensé. En ese instante sus labios tomaron los míos. Por sorpresa. Sin previo aviso. Su lengua se abrió camino y el amargo sabor de la cerveza inundó mi boca. Estrechó mi cintura con sus manos mientras las mías rodearon su cuello. El beso se prolongó húmedo y apasionado. No sé cuento tiempo duró puesto que perdí la noción del tiempo entre sus brazos. Solo sé que cuando nos separamos y abrí los ojos éramos el centro de atención del resto de parroquianos del local.

 

Un aplauso, espontaneo, surgió aderezado de silbidos y bitores. Los “¡¡Así se hace tío!!” se escuchaban entre el alboroto. Sentí como el calor subía por mi cuerpo y el color rojo invadía mí rostro. Estaba avergonzada de ser el centro de atención y no sabía dónde meterme. Intenté esconderme tras la copa y apuré el vino de un solo trago. “¡Otro!, ¡otro!, ¡otro!…” gritaban a coro. Cogí el bolso y mi cazadora y salí corriendo del bar. 

 

Hacía frio. Una fina lluvia caía y la calle estaba desierta. Miré a ambos lados y vi una cornisa a mi izquierda donde resguardarme. Corrí hacia ella. Resguardada de la lluvia me puse la chupa y colgué el bolso en mi hombro. Metí las manos en los bolsillos y me arrebujé en la prenda clavando la vista en la puerta del sitio que acaba de abandonar. La suave brisa, húmeda y fría, hizo que el rubor de mis mejillas se fuese atenuando.

 

---xxx---

 

La vi salir del local con rapidez. No negaré que me sorprendió su reacción, pero mantuve la calma. Esperé en la barra y pedí la cuenta al camarero. Mientras tanto saque el móvil y deslicé los dedos seleccionando la opción elegida.

 

—¿Te ha dejado, no?—Me dijo comprensivo el camarero. “Si tú supieras” pienso para mi mientras niego con la cabeza.

 

Pague las consumiciones y me puse la chaqueta con tranquilidad. Cuando me disponía a abrir la puerta del local para abandonarlo las risas cómplices se escucharon a mi espalda. No pude evitar sonreír.

 

Una lluvia fina me sorprendió al pisar la calle. Mire a ambos lados buscándola. No estaba. ¿Tendría razón el camarero? No podía ser. ¿Se había ido? Entonces un coche pasó por la calle e iluminó su figura. Estaba encantadora. No pude evitarlo, sonreí para mis adentros y note un latigazo de ternura.  Caminé hacia ella y al llegar a su lado intente estrecharla contra mí para protegerla del frio. Ella desbarato mi intento dándome un puñetazo en la boca del estomago que me dobló.

 

—¿Estas loca?—pregunté enfadado por su reacción a mi intento de aproximación. Joder, me había dado con fuerza y no me lo esperaba.

 

—¿Cómo te atreves…?—dijo sílaba a sílaba furiosa.

 

No la deje terminar y tape su boca con la mano. Sus ojos reflejaban rabia e intento pegarme un tortazo, pero esa vez si estaba preparado. Detuve el golpe cogiendo su antebrazo y la estreche contra mí. La pegue a la pared y la bese con intensidad, con furia, con todo el fuego de mi sangre ardiendo por la pasión que ella me despertaba. Nuestras lenguas chocaron y se entrelazaron la una sobre la otra, cada vez con más firmeza, cada vez más profundo. Cuando dejo de batallar me abrazo por el cuello. Yo estreche su cintura sin darle un centímetro de ventaja la apreté contra mí.

 

Suspiros, gemidos, ganas de sentirnos. Minutos manteniendo ese pulso de voluntades. ¿Quién rompería el beso? Me preguntaba. Ninguno parecíamos dispuestos a claudicar. O bueno, quizá es que ninguno de los dos éramos capaces de dejar de disfrutar.

 

Un claxon sonó a nuestro lado. Intente parar pero ella no me lo permitía. Volví a ponerle intensidad a aquel bese, pero de nuevo el claxon nos interrumpe. Acabe separándome yo sabiendo que nuestro coche esperaba. Ella sonrió triunfante. En ese momento supe que era una de esas mujeres a las que siempre les gusta ganar. Le di una palpada en el trasero, que sentí duro y firme embutido en aquel vaquero, antes de entrar en el taxi. Me miró sonriendo con malicia. Supe que tendría que pagar por ese beso en el bar. La cuestión era cual sería el precio, pero supuse que no tardaría en saberlo.

 

—Al planetario. — le dije al conductor nada más ponernos en marcha.

 

---xxx---

 

—¿Al planetario? ¿Ahora? Estará cerrado — le dije. Él no me respondió y se acercó a mí desabrochando el cinturón de seguridad.

 

—Sé lo que hago.  — fue su respuesta finalmente.

 

Tomó mi cara entre sus manos y me aproximo a él. Me besó. Me resistí un poco y al final me deje llevar. El taxista nos observaba por el retrovisor de vez en cuando con una sonrisa picara. Su mano en mi muslo me acaricia sobre el vaquero en dirección ascendente. Castigue de nuevo su hígado con un golpe suave y él se separó al instante.

 

—Las manos quietecitas. — le dije.

 

Vi la amplia sonrisa del conductor a través del espejo. Y entonces fui yo la que tomo la iniciativa y lo bese mientras controlaba sus manos. No sé lo que duró el trayecto ni lo lejos que estaba. Pero se me hizo corto. El viaje fue una interminable cadena de besos.

 

—Hemos llegado — nos informó el taxista.

 

Me separo de él y pasé el debo por mis labios. Seguía lloviendo y los limpias del coche bailan monótonos mientras pagaba la carrera. Salimos del coche. Estábamos de pie bajo la lluvia viendo como las luces rojas se perdían en la noche.

 

---xxx---

La lluvia caía sobre nosotros. Una corriente de aire nos sacudió y sentí un escalofrío. Su pelo brillaba por las gotas de agua que caían sobre él y un mechón se desliza por su cara. Con un movimiento de cabeza lo sacudió y me miró fijamente. Sonreí.

 

—¿Vamos? — la invité poniéndole el brazo.

 

Avanzamos cogidos hasta la entrada. Apenas había cola por lo que entramos casi al momento. Una suave luz nos invitó a pasar, mientras el calor del interior nos recibía. Ese día había una exposición sobre las constelaciones y la influencia que las estrellas tuvieron en las culturas antiguas. Tomamos asiento y comenzó la proyección.

 

"Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha mirado a los cielos. Miles de preguntas y cientos de interpretaciones…”

 

Poco a poco el techo se iluminaba con pequeños puntos. Aparecían cada vez más y más rápido, hasta que vimos en la bóveda la vía láctea. Un zoom se dirigió hacia una de sus hélices en busca de nuestro Sol, en busca de nuestro planeta. De pronto el plano cambió, y contemplamos como se veía el cielo hace miles de años sobre la Tierra.

 

Le pasé el brazo sobre los hombros y la estreché contra mí. No pude evitar ser un poco malo y acariciar con mis labios su oreja. La piel de su cuello se erizó.

 

---xxx---

 

Lo dejé hacer. Me había gustado la sorpresa del planetario. Era mucho más original que ir al cine y sobre todo mucho más romántico. Se me erizó la piel cuando mordió con suavidad el lóbulo de mi oreja y luego sus labios recorrieron mi cuello. Su brazo distraído rodeó mis hombros mientras yo miraba las constelaciones que nos mostraban. Con sus dedos bajo mi barbilla hizo que lo mirase para robarme un beso. Un calor invadió mi rostro y sé que debía estar roja como un tomate. Afortunadamente la oscuridad impedía que viese cómo me ruborizaba. “Joder, ni que fuese la primera vez que estoy con un chico” pensaba mientras nos besábamos ajenos a la proyección.

 

No logramos separar nuestros labios y su mano traviesa se aventuró a acariciar mi muslo. Cuando se aseguró que no habría represalias por mi parte su mano continuó su avance. Primero mis caderas, luego mi cintura y finalmente hizo cumbre en unos de mis pechos. Reaccionaron insolentes. Noté como mis pezones se endurecían bajo la tela del sujetador. “Espero que no lo note” pensaba tontamente. Mi mano también ávida de aventuras se posó en su pecho. Palpó los duros pectorales y los marcados abdominales antes de notar su excitación bajo el apretado tejido de sus vaqueros.

 

Las luces se encendieron dando el espectáculo por terminado. Con su final tuvimos que separarnos. Retomamos la compostura y miré a todos lados para comprobar que no hubiésemos sido objeto de miradas indiscretas. Él sonría divertido. Nos levantamos y salimos junto al resto de la gente cogidos de la mano.

 

Seguía lloviendo. Unos corrían hasta sus coches, otros abrían sus paraguas y caminan tranquilos. Nosotros permanecimos parados bajo la breve marquesina del planetario hasta que poco a poco nos quedamos solos. En esos pocos minutos mi mente enloqueció sopesando si estaba bien lo que hacía, pero no llegue a ninguna conclusión.

 

—¿Qué hacemos ahora? — pregunte al sentir un escalofrío, quería entrar en calor y de paso calmar esos estúpidos nervios adolescentes — Me apetece beber algo fuerte.

 

---xxx---

Juntos bajo la marquesina del planetario contemplamos la lluvia en silencio. Pensaba en lo hipnótico que era ver caer el agua. Era relajante. Si no hubiera sido por ese frío, no me hubiese importado quedarme ahí junto a ella, disfrutando su cercanía, sintiéndola.

 

Una imagen me vino a la cabeza.

 

Recordé cuando era pequeño y contemplaba desde la ventana de la casa de mi pueblo las tormentas a lo lejos. Esos autógrafos que firmaban el cielo me fascinaban y no podía evitar quedarme embelesado mirándolos duraba el espectáculo. A veces dos o tres tormentas confluían en un mismo punto, y veía como el cielo se iluminaba una y otra vez.  La fuerza de la naturaleza en estado puro. Extrañamente nunca sentía miedo, a pesar de que cuando esto ocurría la gente se acordaba de Santa Bárbara. Estaba divagando, lo sé.

 

Teniéndola al lado se arrebujo contra mí. En ese instante en lo único que pude pensar fue en el contacto de nuestros cuerpos sobre la ropa durante la proyección. En esa ocasión la lluvia no me estaba relajando lo más mínimo. ¿Qué narices me estaba haciendo esa chica? La estreche contra mí. No sabía que me pasaba. No lo entendía. Pocas veces alguien me había hecho vibrar con la fuerza que ella lo hacía, y desde luego no con la dulzura que dejaba entrever, pese a querer parecer muy dura. Pero ella me hizo centrarme de nuevo con su pregunta.

 

—Sí, creo que yo también necesito beber algo.

 

---xxx---

Me cogió de la mano y empezamos a caminar bajo la lluvia. Las finas gotas poco a poco nos fueron calando mientras íbamos despreocupados calle abajo, sin rumbo. La luz verde en el techo de un coche a lo lejos nos indicó que un taxi venía hacia nosotros. Pensé que estaría bien probar suerte y ver si quería llevarnos. No hizo falta decirle nada. Soltó mi mano y salió a mitad de la calzada levantando el brazo. Aminoraba la marcha conforme se aproximaba hasta que al final se detuvo a nuestro lado. Abrió la puerta de atrás y me hizo una seña. Corrí al interior del coche y él entró tras de mi cerrando la portezuela. El coche se puso en marcha.

 

—¿Dónde? –—pregunto escueto el taxista.

 

Lo miré y se encogió de hombros como diciendo, tú misma.

 

—¿Hay algún local tranquilo donde tomar una copa? — Le pregunté al conductor.

 

—El Saboy.

 

—Pues llevemos ahí. — le dije. Ya había estado en ese local. Era íntimo y tranquilo.

 

El coche se movía ágil por las calles mojadas en las que apenas había tráfico. Era casi media noche y era un día de entresemana. Todo el mundo estaba en casa. En pocos minutos estuvimos frente a la puerta del local. Un letrero luminoso de color verde indica que habíamos llegado a nuestro destino.  Me hice cargo de la carrera y salimos del coche.

 

Entramos en el local. Seguía igual que lo recordaba, tenuemente iluminado dando al lugar un ambiente íntimo. Nos acercamos a la barra. Una pareja tomaba una copa en uno de los extremos. Otras personas ocupaban algunas de las mesas repartidas por el lugar sentados en sofás, sillones y butacas. La música suave acompañaba y hace del lugar un sitio aun más acogedor. Un camarero se aproximó a nosotros.

 

—¿Qué van a tomar? —nos preguntó.

 

—Un güisqui. Solo, en baso corto — pedí yo.

 

—¿Alguno en particular?—quiso concretar el camarero.

 

—Macallan número 3, si tiene. Gracias.

 

—Por supuesto. Excelente elección—alabó el camarero y esperó a que pidieses.

---xxx---

 

Note tu mirada impaciente mientras clave mis ojos en los del camarero. Me pareció que todo el local se quedaba en silencio por un momento, o al menos esa fue mi impresión.

 

—Un agua — dije claramente. Escucho tu risita a mi lado, pero no giro la cabeza. Entonces añado —Tienes razón, vamos a lo loco... con un poco de limón.

 

La miré mientras el camarero preparaba las bebidas. Por su pelo resbalan gotas de agua y se mordía el labio inferior divertida, pero no hizo ningún comentario.  No hacía falta sus ojos lo decían todo.

 

—¿A que no te lo esperabas? — le pregunté con guasa, dándole un leve toque con el codo.

 

—Pues no… — dijo sonriendo cogiéndose a mi brazo.

 

—No me gusta nada el alcohol — dije justificándome mientras acariciaba su mano y la llevo hacia una de las mesitas del fondo. La leve luz del local parecía reducirse aún más en esa zona, incluso la música llegaba más suave.

 

Me senté en el sofá recostándome sobre el respaldo. El cuero crujió a medida que apoyaba el peso sobre él. Ella se acomodo a mi lado, casi rozándome. Pase la mano sobre sus hombros y note la humedad de su cabello.

 

—¿Tienes frío? — le pregunte.

 

—Un poco — respondió escueta.

 

La estreché contra mí en un intento de trasmitirle algo de calor.

 

—¿Dónde lo habíamos dejado? — susurre. Un pequeño rastro de perfume sobre su cuello inundó mi nariz y note como mi respiración erizaba su piel. La bese.

 

Llegó el camarero con nuestras consumiciones y nos separamos un momento. Ya me había dado cuenta que no te gustaba dar la nota. Las notas de una versión de rock de los 80 flotaban en el ambiente.

 

—Una vez me dijeron que no existe un baile más sensual que el de una balada de rock.  No sé por qué ahora mismo lo creo por completo— le confesé mientras bebía.

 

---xxx---

 

Cuando llego el camarero cogí mi copa y le hice un gesto para que se esperase un momento. La apure en un par de tragos.

 

—Otro de los mismo, gracias.

 

El camarero se retiro y él me miro algo extrañado.

 

—Es bueno para el frio. —me excusé sonriendo.

 

Seguimos en el punto donde lo habíamos dejado. El licor, sus brazos y el mullido cuero, poco a poco devolvieron el calor a mi cuerpo. No podíamos resistirnos y volvimos a fundirnos en un largo y húmedo beso, en el que pudo probar de mis labios los matices del dorado brebaje. El camarero me trajo la nueva copa y espero por si repetía.

 

—Gracias. —le dije y luego di un sorbo tras el cual deje el vaso sobre la mesa.

 

El camarero se retiró dejándonos nuevamente solos. Volvimos a besarnos de nuevo.

 

—Creo que el tango es mucho más sensual, incluso erótico. — dije repentinamente separándome de él.

 

—¿Cómo? — pregunto un poco desconcertado.

 

—Decías que una balada rock era muy sensual bailarla. Creo que el tango lo es mucho más. Es casi como hacer el amor mientras se baila. En Buenos Aires puedes ver algún espectáculo donde una parece lo baila completamente desnudos y prácticamente es lo mismo que verlos hacer el amor.

 

—¿Has estado en Argentina?

 

—Sí. He estado en muchos lugares, pero eso mejor lo dejamos para otro momento.

 

Rodeé su cuello con mis brazos y volví a besarlo mientras sus manos tomaban mi cintura. El beso se prolongo con pequeños respiros, lo justo para tomar un poco de aire y dar un sorbo a nuestras bebidas. En unos de esos paréntesis me quede mirando al infinito con el vaso en la mano.

 

—Un euro por tus pensamientos.

 

—¿Cómo? — pregunto volviendo a centrarme donde estaba.

 

—No estabas aquí. Algo te ronda la cabeza. ¿En qué pensabas? Te has puesto muy seria de repente.

 

—Nada no tiene importancia. — respondí intentando quitar hierro a mi repentino despiste.

 

—Creo que sí la tiene.

 

—Pensaba en mi marido. No suelo hacer estas cosas, pero no sé que me está pasando. —le respondí seria.

 

—¿Estas casada? — me interrogo algo alarmado.

 

—Sí. ¿Tú también? 

 

---xxx---

 

—¿Yo?—dije recordando el pasado por un instante. —Una vez estuve a punto, pero al final no salió bien.

 

—¿Qué paso? —pregunto con curiosidad. La típica curiosidad femenina que siempre surge cuando intuyen que el compromiso se rompió en el último momento.

 

—Nada, la historia de siempre imagino. Descubrí que no era todo lo que relucía. —respondí sonriendo con la ironía que da el tiempo.

 

—¿Fue duro? — me dijo con ternura, intentando ser un bálsamo para mi alma atormentada.

 

—Que va. Por extraño que parezca, no.—dije al tiempo que negaba con la cabeza.—Supongo que era algo que de manera inconsciente espera. Eso sí, ahora suelo ir con mucha más cautela. —entonces la miré a los ojos y concluí—Aunque parece que hay personas que tienen el don de despertarme viejos instintos.

 

La atraje nuevamente hacia mí y nos fundimos en un profundo beso. Sus manos acariciaban ni nuca y cuello, mientras las mías se deslizaban por su espalda. De nuevo volvía a tener ganas sentir ganas de morderla.

 

—¿Sabes?—sonreí mientras la separaba un poco de mi. Le toque la punta de la nariz con el dedo índice en plan juguetón para luego susurrarle —Veníamos a relajarnos un poco, pero…

 

—¿Pero…? — dijo en un tono repentinamente preocupado.

 

—Que si seguimos así, acabarán llamando a los bomberos —reí divertido—Aunque… es un fuego en el que creo que me gustaría quemarme. — dije aproximándome justo al borde de sus labios —¿A ti no?

 

Un suspiro se escapo de sus labios rojos y rompió la distancia escasa que nos separaba. Nuestras lenguas se entrelazaron y exploraron curiosas, sintiendo, saboreando, acariciando…

 

—Entonces, ¿quieres quemarte?—pregunto separándose unos milímetros de mi—¿Qué ha pasado con la cautela?

 

—A la mierda. — Sonreí — El placer de lo prohibido es embriagador. Además, estoy seguro de que no solo yo acabare abrasado.

 

---xxx---

 

—Quieres que nos abrasemos en el infierno, está bien. Solo espero que de verdad merezca la pena. Yo me juego mucho más que tú en esto. — Le dije. Luego apure mi copa y levantando el vaso grite —¡Camarero! — para que me trajese una nueva copa.

 

Volví a besarlo y mi mano recorrió su muslo hasta llegar al bulto que palpitaba en su pantalón. Cuando el camarero apareció con mi copa retire la mano y me aparte de él. Bebí el contenido del vaso de un solo trago antes que el camarero tuviese tiempo de retirarse. Me estaba pasando con el güisqui y un ligero mareo era la prueba de ello. Pero era la única manera de tener valor para lo que viniese a continuación.

 

—La cuenta por favor.

 

—Cuarenta y cinco euros. — dijo inmediatamente.

 

Saque un billete de cincuenta y se lo entregue al tiempo que le decía.

 

—Quédese el cambio.

Dio las gracias sonriendo y se marcho dejándonos solos.

 

—Soy toda tuya ¿Qué hacemos ahora? ¿Dónde vamos? — y lo bese con ternura a la espera de sus respuestas.

 

---xxx---

 

Saqué el móvil y pedí un Uber. Me aparte de ella lo suficiente para que no viese el lugar de destino. Quería que fuese una sorpresa.

 

Salimos del bar, no sin antes acomodarnos la ropa en su lugar. Tanto abrazo, tanto toqueteo habían hecho estragos en nuestra indumentaria. Entre risas nos ayudamos mutuamente aprovechando la ocasión para alguna caria poco inocente.

 

Cuando abrimos la puerta comprobamos que había dejado de llover. Sin embargo, las calles seguían empapadas y un enorme charco nos separaba de la calzada.

 

—Toca mojarse — dijo.

 

Asentí. Esperamos unos minutos que no desaprovechamos. Nadie era testigo de lo que hacíamos, cuando vimos llegar nuestro coche.  Ella dio un paso hacia él decidida y la detuve tomándola del codo. Me miró sorprendida. Le guiñe un ojo y sonreí. Me incline un instante y de un solo impulso la cogí en brazos, era ligera como una pluma. Se agarro a mi cuello, sobresaltada  por si terminaba en el suelo, pero no tardo en reírse.

 

—Que galante —afirmo seductora.

 

—Que va. Solo pienso en que no te resfríes y luego me contagies. — susurre burlón.

 

Cuando el coche estuvo a nuestra altura ella abrió la puerta. La deje cuidadoso en el asiento y ella se movió hacia el otro lado dejándome sitio.

 

—¿Al edificio…?—dijo el chofer.

 

—Sssshhhh. Es una sorpresa. — le corte.

 

—¿A un edificio? — pregunto extrañada arqueando una ceja.

 

Pero no obtuvo ninguna respuesta por mi parte más que una sonrisa. Cinco minutos después estábamos frente a la puerta. Edificio Atalaya se leía en letras doradas en la fachada del mismo. Bajamos del coche y entramos. A esas horas no había nadie en el hall. Todo estaba en silencio. El tipo de la conserjería esta distraído en sus quehaceres y nosotros pasamos de largo dirigiéndonos a los ascensores.

 

—Nunca he estado aquí — le confesé mientras pulsaba el botón de llamada — pero me han dicho que merece mucho la pena.

 

Se abrieron las puertas y entramos. Pulse el botón de la última planta y cuando las puertas se cerraron la empujé contra la pared del fondo del cubículo. Devore su boca, era puro deseo y ganas de sentirla. El ascensor subía al igual que nuestra excitación y el “din” de la apertura de las puertas nos hizo separarnos. Unas puertas de cristal daban acceso a un mirador increíble y desierto, solo para nosotros. Salimos a la enorme terraza y caminamos hasta el límite de la misma para contemplar la ciudad. Era mágico ver tantos puntitos de luz.

 

—¿Crees que merecerá la pena aquí?

 

---xxx---

 

—¡¡Joder!! Son unas vistas magnificas. — Dije apoyada con ambas manos en la balaustrada — Claro que merece la pena aquí. — Continué diciendo mientras seguía extasiada mirando la ciudad a nuestros pies.

 

Disfrute de las vistas. En el cielo completamente negro nubarrones grises reflejaban las anaranjadas luces de la ciudad. La ciudad estaba apagada, era tarde, aunque aún quedaba alguna ventana iluminada. Me fije en una de ellas situada en el edificio de enfrente unos pisos más bajo de donde nos encontrábamos. Sonreí al imaginar una posible historia que ahí se pudiese estar desarrollando en ese preciso momento.  Una historia ajena a nosotros y a que podían ser observados. Una historia como la nuestra, frente a ellos unos pisos más arriba.

 

Un escalofrío interrumpió mis pensamientos. Sin girarme supe que estaba ahí, mirándome. Yo seguí mirando al frente. Sus labios rozaron mi nuca y mi cuerpo empezó a temblar. Mantuve la vista al frente y eché mis manos hacia atrás buscando las suyas. Cuando las encontré las guie para que me abrazasen la cintura. Arqueé mi espalda hasta que juntamos nuestros cuerpos y note lo excitado que estaba.

 

—Siento que estas contento de habernos encontrado. — Le dije.

 

Continuamos abrazados mirando al infinito. Beso mi cuello con dulzura y acarició mi vientre por encima del cuero de mi cazadora. Me giré sobre mi misma y lo miré. Estábamos frente a frente y no pude resistirme. Lo besé con ternura. Me separé de él y di un paso atrás hasta que mi cuerpo topo con el muro que nos separaba del vacío. No hubo palabras, solo miradas que lo dijeron todo. Sentí sin que me tocase sus caricias haciendo que mi piel se erizase por completo. No sé lo que duró el instante. Unos segundos, unos minutos, o incluso horas, perdí la noción del tiempo sumergida en su mirada. Una magia que rompió una fría racha de viento que me hizo estremecer mientras me cubría el rostro con mechones dorados de mi pelo.  Comencé a sonreír.

 

—¿Qué te hace tanta gracia? —Me preguntó.

 

—Nada. — Respondí divertida.

 

—Algo será. Creo que estas a punto de descojonarte. —Continuó él juguetón.

 

—Me acaba de venir a la mente una canción.

 

—Y una canción te hace tanta gracia. — Me dijo pensando que había estropeado el momento.

 

—No. Pero o tú te sabes esa canción o ha sido una feliz coincidencia.

 

—Pues sinceramente no se a que canción te puedes referir que tenga relación con esto.

 

—¿En serio no la has oído nunca?

 

—Como no me des una pista.

 

—Si prometes no reírte. Canto fatal. — Digo risueña.

 

—Palabrita del niño Jesús. —Respondió cruzando los dedos sobre sus labios y besando la cruz. Igual que cuando éramos niños.

 

Comencé a cantarte la estrofa de la canción en un tono bajito intentando no desafinar en exceso. Prácticamente recitando dando el tono musical.

 

—....Llueve. Y las aceras están mojadas. Todas las huellas están borradas. La lluvia guarda nuestro secreto. La lluvia cae sobre los tejados donde fuimos más que amigos recuerdo que dormimos al abrigo del amanecer. Los bares han cerrado ya no hay copas la lluvia hoy mojara mi ropa si no estás aquí...

 

No pudo evitar sonreír al ver que la canción curiosamente se ajustaba a lo que estábamos viviendo o lo que íbamos a vivir en estos momentos.

 

—¿Qué te apetece? ¿Somos más que amigos aquí en el tejado hasta el amanecer o tienes una habitación? — Pregunté mientras retiraba el pelo de mi cara y lo sujetaba tras la oreja.

 

---xxx---

Le di un fugaz beso y me retire tarareando la canción. Saque el móvil y después de buscar un numero en la agenda llame. Reserve una habitación para esa misma noche. Ella me miro extrañada y yo sonreí.

 

—Ya tenemos habitación… Pero primero tenemos algo que hacer… ¿Cómo era la canción? Seremos más que amigos en los tejados…

 

Su mirada se iluminó y su sonrisa pícara me dijo mucho más que cualquier palabra que hubiese pronunciado. Señalé al fondo.

 

—Ven… — le pido cogiéndola de la mano.

 

Nos dirigimos hacia el otro extremo de la azotea, allí donde podíamos contemplar la belleza de la noche urbana y ocultos en parte a cualquiera que pudiese llegar. Sus zapatos resonaban en el silencio del cielo.

 

La apoyé contra el muro y la estreche entre mis brazos. Su risa era anhelante, incitadora, incluso nerviosa e insegura. Como si fuese a arrepentirse de un momento a otro. Pero no fue así. Me incliné y empezamos a besarnos poco a poco, recuperando la intensidad que varias veces sentimos a lo largo de la noche. Sus manos se enredaron en mi cuello y las mías exploraron su cintura. Las respiraciones se aceleraron y las ganas de sentirnos aumentaron.

 

Desabroche su chaqueta mientras ella hacía lo propio con la mía. Se apresuro a quitármela y la dejo caer al suelo. Sin quitarle la suya, continúe con el jersey, subiéndolo por su tronco hasta dejar al aire una buena porción de carne. Note como se eriza su piel, mezcla de frío y excitación.

 

---xxx---

Levanto mi jersey y mi piel se erizó al instante. Hacia frio. Estábamos locos. Algo así era mejor dejarlo para el verano, pensé mientras el vaquero empezaba a humedecerse en contacto con la mojada pared.  

 

Su cuerpo caliente atemperaba mis manos frías. Un frio que contrastaba con el calor que sentia en otras partes de mi cuerpo. Su mano descubrió mi pecho tirando con urgencia de mi sujetador. Este reacciono inmediatamente al contacto de sus manos. Mis pezones y pecho se endurecieron y se irguieron insolentes, también ayudados por el frio de la noche. Sus labios abandonan los míos para atender las cumbres rosadas de mi pecho y darles calor.

 

Nuestras manos luchaban con las ropas del contrario. Mis vaqueros ajustados se le resistían, mientras yo me enfrentaba al original cierra de su cinturón. Forcejeábamos mientras nuestras bocas también luchaban y nuestras lenguas no dejan de chocar.

 

Al fin, logro abrir mi pantalón y aferrándolo por la cintura tiró de él. ya tenía espacio y su mano se aventuró entre mis piernas. El tacto frio de su mano contrastaba con la humedad y el calor de mi sexo en el que sus dedos traviesos exploraban. Yo también logre hacerme con su vaquero y lo baje lo suficiente para apresar su virilidad con mi mano. Me retiró la mano. Quería ser él quien guiase la dureza de su miembro al calor de mi cueva. La recorrió de arriba abajo, y de abajo arriba, calentándome aun más. Logré separar mi boca de la suya y el paso a devorar mis tetas. Yo intente tomar el control.

 

—Espera... Espera... — Le dije entrecortadamente— ¿Tienes un condón?

 

---xxx---

 

Estaba loco de excitación. El lugar, la temperatura, el juego que nos habíamos tenido toda la noche… pero en especial ella. Deseaba sentirla por completo, aunque solo fuera un segundo, un instante.

 

—Sí, tranquila — jadee con fuerza en su cuello. Lo besé y volví a morderlo como al principio de la noche. En ese momento no me rechazo, gimió y me ofreció su delicado cuello por completo. — No te apetece solo un segundo — pregunte entrecortadamente.

 

Empuño de nuevo mi falo. Me masturbo por unos segundos acrecentando mi excitación.

 

—Sí — susurro asintiendo con la cabeza con una sonrisa ansiosa.

 

Por fin apunto mi extensión a su sexo y ella misma  lo profano con mi morada cabeza. Cerramos los ojos y suspiramos entre gemidos, apoyando frente con frente. Flexione  ligeramente las rodillas para comenzar un lento vaivén que me iba sumergiendo más y más en su interior. Note como su calor me acogía por completo. Se abrazo a mi cuello mientras yo agarro sus caderas.

 

---xxx---

 

En el silencio nocturno se escuchaba perfectamente el chapoteo de nuestros sexos. A pesar del frío, la temperatura de nuestros cuerpos no dejaba de subir.

 

El acuoso chocar de nuestros cuerpos era acompañado por una sinfonía de jadeos y suspiros ahogados por el ansia de los besos. Nos dejamos llevar por la pasión del momento. Poco a poco el movimiento de nuestros cuerpos se acompasó, al tiempo que el ritmo de sus envestidas se incrementaba. Con cada nuevo golpe de su cadera me hacia estremecer.  Enterraba mi rostro en su cuello para silenciar los gritos que no podía controlar.

 

La pasión de sus movimientos no cesaba y mi cuerpo no podía aguantar más. Mi cuerpo se fue tensando y mi vientre comenzó a contraerse hasta que explote en un delicioso orgasmo. Un orgasmo que él sin dejar de moverse prolongo deliciosamente. No quería gritar y mordí su hombro clavando mis dedos en su espalda.

 

---xxx---

 

Gemí con esa mezcla embriagadora de dolor y placer al sentir tus dientes, dedos y ardor. Poco a poco me acercaba al orgasmo mientras sentía como ella se dejaba caer por el precipicio del placer. Aguante todo lo que pude, intentando prologar su placer, pero llego un momento en el que me era imposible dar una sola acometida más sin dejarme llevar. Así pues me detuve un momento. Me besó con pasión intentando mover sus caderas pero la detuve. Cada leve roce de su interior me producía aguijonazos de placer y tenía miedo de no poder aguantar más.

 

Ella sonría con malicia, consciente de mi estado, y continuaba moviéndose, alargando mi tormento. Su excitación volvió a crecer y se aproximaba a un nuevo orgasmo.

 

—Estoy… no puedo… para por favor… — dije con voz ronca.

 

---xxx---

 

Sonreí maliciosa. Solté una de mis manos y la deslice entre nuestros cuerpos hasta alcanzar ese botón de placer. Completamente quieta y mirándolo a los ojos comencé a frotarlo con energía.  Mordí mi labio inferior y tuve que cerrar los ojos, ya que, el momento se acercaba de nuevo. Incrementé el ritmo de mis dedos hasta explotar con un profundo y agónico gemido que ahogue abrazándome a él hasta lograr calmarme un poco.

 

Notaba como palpitaba en mi interior. Sabía que se había puesto a cien y estaba a punto de reventar. Me separé de él y le sonreí pícara. Poco a poco separé mi cuerpo del suyo hasta que estuvo fuera de mí. Seguíamos muy juntos. Mi mano, aun entre nosotros, aferró la dureza de su miembro y comencé a deslizarla por todo su longitud.

 

—Tendrías que haberte puesto la gomita... — dije mientras seguía masturbándolo. 

 

---xxx---

“¡Sera cabrona!” Pensé para mis adentros. Mi miembro palpitaba de forma espasmódica una y otra vez. La pasión me nublaba el juicio. Solo era un animal en busca del placer largo tiempo anhelado.

 

Por un momento todo pareció desaparecer a nuestro alrededor. Nos besamos con pasión. A continuación le di la vuelta apoyándola contra el muro y la penetro con fuerza desde atrás. Mi sexo entraba como el cuchillo en mantequilla. Abrió las piernas excitada a más no poder permitiéndome la acometida. Me aferré a sus pechos con ambas manos y pellizqué con firmeza y delicadeza sus erectos pezones.

 

Gemía mirando al vacío, mirando, en realidad, sin ver la belleza de la ciudad por la noche.

 

Mis caderas se movían con fuerza chocando contra las suyas, una, otra y otra vez, hasta arrancarle un nuevo orgasmo. En esa ocasión no me iba a detener. No pensaba hacerlo. Y ella lo sabía perfectamente. ¿Obtendré la recompensa a tanto placer? Y por fin sentí como se acercaba, como ese momento de irreversibilidad me llegaba por fin.

 

---xxx---

Las piernas me fallaban y a duras penas me sostenían con ese último orgasmo, si no fuese porque me estaba sujetando mientras seguía penetrándome desde atrás. Las acometidas duras y profundas indicaban que el final estaba cerca. Sentía tu polla endurecerse aun mas dentro de mí y como el calor de tu semilla llenaba mi cuerpo. A medida que iba llenándome y él vaciándote el ritmo decrecía hasta detenerte. Permaneció dentro y yo seguí apoyada en el muro. Cuando su miembro comenzó a perder consistencia salió de mí.

 

Continué en la misma posición tomando conciencia de lo que había pasado. Miré la ciudad que volvía a tener nitidez para mí. Me incorporé y me giré para mirarlo. Estaba sonriente observándome mientras recomponía un poco su indumentaria.

 

No dije nada. Solo lo miré y también comencé a colocarme un poco la ropa. Volvió a llover de nuevo. Pero no nos movimos estábamos frente a frente. Dio un paso hacia mí y yo hacia él. Nos fundimos de nuevo en un beso bajo la lluvia. Cuando nos separamos di un paso atrás y alzando mi mano y le crucé la cara de una sonora bofetada. La lluvia arreciaba y permanecíamos sin decir nada. Acariciaba su mejilla y yo camine hacia la salida de la azotea.

El calor del hall me reconfortó. Fui hasta el ascensor y pulsé el botón que lo haría llegar. Unos segundos después las puertas se abrieron ante mí con su característico sonido. Entré en el habitáculo y me giré para mirar la puerta de la azotea. Espere unos segundos antes de pulsar el botón que me llevaría a la planta baja. No aparte los ojos de la puerta de mientras las puertas se cerraban. Tenía la esperanza que viniese a buscarme. Finalmente se cerraron y él no apareció.

---xxx---

La sensación de su mano sobre mi cara aún me quemaba. Mil pensamientos pasaron en un instante por mi cabeza: extrañeza, ira, comprensión, lujuria. No pude evitarlo, lo sé; pero las sensaciones que habíamos vivido aún hormiguean en mi cuerpo.

La lluvia volvía a caer sobre la ciudad. El ardor de su palma aún hormigueaba sobre mi mejilla. A lo lejos sonó el timbre del ascensor anunciando su llegada. Me había planteado por un momento seguirla, pero decidí no hacerlo. Me di la vuelta apoyándome sobre el muro y contemplé la ciudad. Escuché como se cerraron las puertas del ascensor y no hice nada.

 

---xxx---

Mientras bajaba, frente al espejo recompuse mi aspecto lo mejor que pude. Estaba mojada, despeinada, hecha un desastre. El sonido de las puertas al abrirse me indicaron que había llegado a mi destino. El sonido de mis tacones en el suelo brillante llamó la atención del conserje que dirigió su mirada hacia mí. Me repasó de arriba abajo mientras me aproximaba a él.  

—Buenas noches, ¿que desea? — me dijo cuando estuve frente a él.

—Hola. Pídame un taxi. Gracias.

—Ahora mismo. ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo? — se interesó.

—Sí, estoy bien. No se preocupe. Espere fuera el coche. Buenas noches.

—Buenas noches.

Salí del edificio. Espere bajo la marquesina la llegada del taxi. Seguía lloviendo y hacia frio. Pocos minutos después el coche para frente a la puerta. Camine decidida hasta el vehículo y subí en la parte de atrás.

—Al hotel María Cristina y antes pare en una farmacia de guardia. —fue lo único que dije.

---xxx---

A pesar del frío de la noche, mi cuerpo se mantenía cálido. Era una sensación extraña, mezcla de excitación, ira y algo más que aún no he conseguido definir. Respire profundamente la humedad de la noche llenado mis pulmones de ese agradable olor a tierra mojada, y poco a poco conseguí relajarme. Saqué el móvil y cancelé la reserva.

 

Unos minutos más tarde escuché los ecos de un taconeo que llamaron mi atención. La vi salir del edificio. Contemple su avance desde lo alto. Enérgica, irritada…  hasta meterte en aquel coche y no hice nada. Solo se me escapo una risa al ver por un momento mis emociones iníciales reflejadas en ella. Pero en ese momento tenía claro que eso no era el final. Aunque ese coche te alejaba de mí.

 

Entré en el hall. Repetí los pasos que ella había dado imaginando su cara. ¿Decepción? ¿Enfado? Pensé en lo que podríamos haber estado haciendo esa noche, pero aunque me dio pena el cambio de planes, tenía claro que no volvería atrás para evitarlo. Sentir como se había estremecido había sido algo embriagador.

 

---xxx---

En la farmacia compré una píldora del día después. La chica que atendía el mostrador me miró raro. Supongo que no daba perfil habitual de las compradoras de ese medicamento y mi aspecto tampoco ayudaba. Después de pagar regresé  al taxi que me esperaba en la puerta. Unos minutos después estaba frente a mi hotel. Pague la carrera y el taxista esperó a marcharse has que entre en el edificio. Fui derecha a recepción.

—Doña Ana ¿Se encuentra bien? — Se interesa el recepcionista al verme.

—Sí, no se preocupe.  Solo una noche complicada.

—Aquí tiene su llave y unos mensajes.

—Gracias. Buenas noches.

Mientras subía a mi habitación  leí los mensajes. Eran de mi marido. No había podido localizarme en el móvil. Lo saqué del bolso y estaba apagado. En la habitación tiré todo sobre la cama y me desnudé camino al baño. Me di una ducha caliente que prolongué más de lo necesario. Después envuelta en el albornoz me metí en la cama, me tomé la pastilla y llamé a mi marido. Luego me quedé dormida.

---xxx---

Salí del edificio sin pedir un taxi y caminé por la ciudad. Me relajó pasear bajo la lluvia. Una hora después llegue a mi hotel.

 

Subí a mi habitación dejando húmedas huellas impresas en los suelos de madera. Entre y apenas se cerró la puerta me desvestí. Anduve por la moqueta de la habitación descalzo y arrojando las ropas mojadas sobre una butaca. Entré en el baño y abrí el agua caliente en la bañera. Cuando estaba a la temperatura deseada, me introduje en ella, dejando que poco a poco el agua me cubriese. El placer de la temperatura abrasadora contra mi piel congelada fue maravilloso. Sentí como mis músculos se relajaban y mi mente volaba hacia ella. Me excite, mucho, pero decidí no tocarme. Pensé que el día siguiente seria largo y estaba seguro de que merecería la pena esperar. Termine la ducha. Me sequé y caí rendido sobre la cama con un último pensamiento que me provocó una sonrisa maliciosa. Volveríamos a encontrarnos.

 

---xxx---

 

Cuando abrí los ojos ya había amanecido. Me levanté y me acerque al balcón. Abrí las cortinas y el cielo seguía gris plomizo y amenazaba lluvia. Miré el teléfono que había dejado cargando la noche anterior. Solo tenía las dos llamabas perdidas de mi marido. Nada más.

 

Eran casi las nueve de la mañana. Cogí el teléfono que había sobre el escritorio y pedí el desayuno. Mientras lo esperaba fui al baño y me doy una nueva ducha. Quince minutos más tarde el servicio de habitaciones llamó a la puerta. Abrí vestida con el albornoz y una toalla envuelta en la cabeza. Dije al camarero que no hacía falta que lo sirviese y se marcho tras recibir su propina.

 

Mordí una tostada a la que había puesto tomate y aceite mientras encendía mi ordenador. Fui directa al correo electrónico y no hay tampoco había nada. No había mandado ni una mísera línea. Cerré cabreada el portátil. Me tomé un par de cafés solos y sin azúcar prácticamente de un trago. Me vestí y comencé a hacer la maleta. Antes de entrar al baño para recoger el neceser llamé a recepción. Pedí que me preparasen la cuenta y un coche para ir al aeropuerto.

 

Media hora más tarde un mercedes, negro, del hotel me llevaba al aeropuerto. Cuando llegue fui directa al mostrador y pedí un billete para el primer vuelo a Madrid.  Tuve suerte y solo tendría que esperar una hora. Pedí que me gestione una conexión con Paris y la señorita muy amable se puso a ello.

 

---xxx---

Había caído con todo el equipo. Estaba agotado. Un rayo de sol que se había hecho hueco entre un claro de gruesos nubarrones me despertó colándose entre las cortinas cuando ya eran las nueve y media de la mañana pasadas. Hice una mueca de desagrado y me di la vuelta rodando sobre el colchón. Sabía que no iba a poder dormir más, pero me apetecía descansar un rato en la cama.

 

A mi mente empezaron a llegar escenas de la noche anterior y una sonrisa fugaz consiguió asomarse a mis labios. Por un momento nos visualicé cenando en el pub y compartiendo besos, abrazos y caricias a lo largo de la noche. De pronto volví a recordar la despedida. De un salto me puse en pie y corrí a buscar el portátil. Joder, sabiendo lo impulsiva que era ya la estaba viendo marchándose de la ciudad sin decirme nada.

 

Sus impulsos siempre me resultaban estimulantes; pero en ocasiones me pillaban por completo fuera de juego. Por fin di con el ordenador y conectándolo, aproveché a lavarme la boca mientras el aparato arrancaba. Más fresco y con la mente más clara, abrí el correo y empecé a teclear.

De: Marcos

Enviado: miércoles, 8 de noviembre de 2017 10:18

Para: Ana

Asunto: La magia de las estrellas.

Hola guerrera:

Los antiguos sabios decían que cuando veías una estrella fugaz, podías pedirle un deseo. No digo que ayer en el planetario viera muchas, no. En realidad vi solo una. Y mi deseo fue poder volverla loca de placer. Y sí, la magia de la estrella hizo el resto. El problema es que el deseo se volvió en mi contra y consiguió hacer que yo sintiera lo mismo y me dejé llevar como nunca antes lo había hecho.

Así que bueno, viendo que se cumplió mi deseo, probaré a formular otro…

¿Te apetece hacer una locura más conmigo?

Un beso.

Pulse el botón de enviar y a continuación llamé a uno de los mejores restaurantes de San Sebastián.

---xxx---

Un cuarto de hora después la chica del mostrador me entregó mi enlace con Paris. Me fui a la cafetería a esperar la llamada de mi vuelo. Después de pedir un refresco me senté en una de las mesas y abrí mi portátil para ponerme al día con algunos temas de trabajo. Nada mas conectarlo un aviso saltó en la pantalla anunciándome varios correos nuevos. En la lista de entradas vi que uno era suyo.  Lo abrí el primero y leí detenidamente. Lo respondí antes de seguir con el resto.

De: Ana

Enviado: miércoles, 8 de noviembre de 2017 10:57

Para: Marcos

Asunto: Re: La magia de las estrellas.

Ayer hice demasiadas locuras. Y creo que me estoy arrepintiendo de haberlas hecho. ¿Te imaginas por qué?

Además en treinta minutos tomo un vuelo a Madrid. Creo que ahora las locuras corren de tu cuenta.

Un beso.

Envié el correo y seguí respondiendo algunos pendientes de trabajo. Estaba entretenida en esos menesteres cuando llamaron a embarcar a mi vuelo.

 

Sentada en el avión tenía el ordenador abierto sobre mis piernas. En la pantalla la bandeja de entrada de mi cuenta de correo que refrescaba cada pocos segundos pulsando F5. Una parte de mi espera al menos una respuesta por tu parte, una señal, que me hiciese bajar de ese avión. Pero no hubo ninguna variación en la imagen, no entró ningún correo. La auxiliar se acercó a mí.

 

—Por favor, tiene que apagar el ordenador y guardarlo. Vamos a despegar.

 

Pulse F5 por última vez sin resultado. Cerré el ordenador y se lo entregue. Amablemente lo guardó en el compartimento que había sobre mi cabeza.

 

—Abróchese el cinturón. Gracias. — cuando se aseguro que estaba amarrada se alejó por el pasillo con una sonrisa.

 

El avión comenzó a moverse ejecutando las maniobras de despegue. Unos minutos después sobrevolábamos San Sebastián. En ese momento, mirando por la ventanilla la ciudad, me sentí decepcionada al darme cuenta que para él solo fui el polvo de una noche. No se había dignado, arriesgado, ni a mandar un correo.

---xxx---

 

Paseaba por el casco viejo de la ciudad cuando una vibración en mi pantalón me aviso de la entrada de un mensaje. Saque el teléfono y me dispuse a ver si era de ella. Así era. Leí su respuesta. A continuación mire el reloj de la pantalla, 11:00.

 

Podía haber respondido en ese mismo instante su correo pidiendo que me esperase, teníamos que hablar y comer juntos, que iba a subir al primer taxi para ir a buscarla. Pero no hice nada de eso, solo guarde de nuevo el teléfono en el bolsillo y seguí caminando.

 

Sentado, con uno de los mejores chuletones de la ciudad frente a mí, tome los cubiertos y plante cara a esos 800 gramos de carne que me desafiaban. Poco a poco la ración fue menguando. Sin querer me fije en mi teléfono, que a mi derecha, frente a mi esperaba con su pantalla en negro. Apoye los cubiertos en el plato, me limpie con la servilleta, bebí un sorbo de agua y tome el aparato. Volví a leer su correo. Entonces pensé… Menuda puta mierda de final.


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