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Fecha: 12-Mar-18 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

Reencuentro con mi ex

Machi
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Tiempo estimado de lectura: [ 29 min. ]
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Hacía tiempo que no me comía un coño con tantas ganas. Estar con esta mujer de nuevo, después de tanto tiempo, es como tocar el cielo con los dedos. Una asignatura pendiente que creo, por cómo suspira y se estremece, estoy aprobando con muy buena nota. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Agosto 2012

He salido del banco con toda la mala leche del mundo. El directorcillo del banco me ha ninguneado de la peor de las maneras. No me he ido de vacaciones con mi mujer para dejar este tema arreglado y el muy hijo de puta me ha tratado con toda la condescendía de la que es capaz, para terminar dándome largas por no sé qué de su departamento de riesgos.

Me siento como un súbdito que le ha rendido pleitesía a su señor feudal. Con la diferencia que quien me ha atendido es otro pringado de tomo y lomo como yo.   Porque sé que  no está bonito lo de estrangular a la gente, ¡pero me han entrado unas ganas! ¡La de  aires los que se da el muy gilipollas!

Y para rematar la faena, una gachi, de buenas a primeras,  me ha empezado a llamar a voces en medio de la plaza. Al principio no sabía de quien se trataba, porque hacía  cantidad de años que no sabía de ella, pero fue fijarme un poquito más y la reconocí al vuelo, era La Debo, mi primera novia.

Ha sido  tener constancia de quien es la mujer que tengo ante mí  y lo primero que se me vino a la cabeza fue los buenos lotes que nos pegamos en su momento. Lo bien que la mamaba e, irremediablemente, la pequeña orgia que ella y su amiga, la Vane, organizaron en el local que teníamos alquilados para las fiestas de Navidad. ¡Fue la hostia!

Me he debido quedar un poquito  pillao, pues mi ex se acerca a mí y, al ver que no reacciono, en un tono cordial me dice:

—¡Iván! ¿No sabes quién soy?

—Sí, ¡eres la “Debo”!

Instintivamente, tras intercambiar una afectuosa sonrisa, nos damos los dos habituales besos. Sin quitarle las manos de sus hombros, la observo detenidamente y le digo:

—¡Qué guapa estás joia!

¡Pues tú estás igual…!

—No sé si tomarme eso como un piropo o como un insulto—Contesto con cierta guasa.

—¡Sabes que sí, so tonto! —Sus palabras van acompañada con una sonrisa y un cariñoso golpe en mi hombro derecho.

—¡Qué de tiempo hace que no nos vemos!

—Casi quince años... —La alegría de mi amiga se apaga por momentos, como si reviviera de nuevo las circunstancias que la obligaron a marcharse del pueblo.

Un  irremediable silencio se crea entre los dos. No decimos nada, pero ambos tenemos en mente lo mismo. Sin meditarlo, suelto una contundente frase:

—¡Hay que ver, la que lío la cabrona de la Vane!

Débora me mira y se sonríe tímidamente. Pese a que quiere ocultar que aquello le sigue afectando, la tristeza en su mirada es más que evidente.

—Hoy por hoy, lo veo como algo positivo…

—¿Algo positivo? ¡Déjate de coñas! Fue una putada en toda regla.

—Sí, pero me vino bien. Yo estaba muy ciega con Vanesa, sabía que tenía sus fallos y tal, pero nunca que fuera tan mala persona. ¡Se comportó como una verdadera hija de la grandísima…!

—La verdad es que hay que ser muy mala persona, para liar la que lio.

—Lo peor es que no ganaba nada con aquello. Simplemente lo hizo para hacer daño. Ir de chicas modernas y hacer lo que nos diera la gana molaba un montón, putear a la gente no.

»Fue necesario  ver como disfrutaba jodiendo a los demás, y por mis propios ojos, para quitarme la venda. Me dolió un montón descubrir que mi mejor amiga era una cabrona como la copa de un pino.

—La verdad es que para hacer lo que hiciste, hay que tener los ovarios muy bien puestos.

 —Si hubiera dejado que se hubiera salido con la suya, no habría sido mejor que ella y no me lo habría perdonado jamás.

Observo detenidamente a mi ex. Sigue siendo la misma persona de la que me encariñé: amable, simpática y generosa. Sin embargo, la jovencita pizpireta ha dado paso a una mujer más calmada. Sus palabras están cargadas de una sabiduría que yo nunca  le hubiera imaginado.  

—Para mí nunca fuiste igual que ella.

—Lo sé —Al decir aquello, la niña que conocí vuelve a aparecer en su rostro y sus mejillas se sonrojan levemente.

—¿Sabes? Me casé con Eva.

—¡Ah! ¡Qué bien! Sirvieron para algos mis embustes…

—Sí y no. Eva siempre supo que lo que decía la Vane era cierto. Lo que pasa es que como me vio realmente arrepentido, me perdonó. Lo sé porque con el tiempo lo hablamos y no tuve más remedio que admitir la verdad.

—¿Le contaste a tu mujer lo de la orgía? —Débora pone cara de no creerse lo que está escuchando.

—¡Qué remedio! No podía seguir negando lo evidente... Y menos a ella.

—La verdad es que aquellas navidades marcaron un antes y un después para mí.

—Lo que nunca llegue a entender es por qué la Vane actuó de aquel modo…

—¿Y quién lo entiende?—Mi acompañante cabecea con perplejidad — Mira Iván, aquella tarde nos había ido de puta pena. Los dos pijos de la Ponderosa habían quedado el día antes  con nosotros en un bar de  Dos Hermanas y no se presentaron.  Por lo que decidimos ir  a pedirles explicaciones al día siguiente.

La Debo habla conmigo con una confianza y familiaridad igual a la que teníamos cuando éramos jóvenes, como si el tiempo no hubiera pasado por nosotros y, aunque estamos en medio de la plaza del pueblo, nos sentimos  como si estuviéramos en la intimidad.

—Nos “encajamos” en el chalet que vivía Borja, el niñato que salía con la Vane —Prosigue mi ex  con una efusividad poco común, como si tuviera una necesidad acuciante de contarme aquello con pelos y señales —. Nos abrió la criada, automáticamente apareció  la madre. La tía nos miró de arriba abajo como si fuéramos unas apestadas.  El aspecto de señoritinga de la mujer imponía, estaba tan arreglada y compuesta que pareciera que, más que estar sentada viendo la tele,  iba a salir a un bautizo o una boda.

»Le dijo a la chica del servicio que fuera a buscar a su hijo, poco después apareció este que, al vernos allí, se quedó blanco como la cal.

»Sin decirle nada a su madre, salió a la puerta con nosotras. Se enfadó mogollón cuando nos vio allí y empezó a pegarle voces a la Vane sin venir al caso.  El tío se comportó como un puto cabrón, nos dijo que  nos olvidáramos de ellos, que le habíamos buscado un problema llegándonos a su casa y que como se enterara su novia nos íbamos a enterar.

»Nos mandó a la mierda  y nos pidió que no apareciéramos más por el pueblo. Nos trató como si fuéramos dos vulgares putas y no supimos que decirle. 

»A la Vane, quien estaba un poco pillada por aquel imbécil,  aquello le sentó fatal. En el autobús estuvo todo el  trayecto llorando y sin decir esta boca es mía. La verdad es que no sé porque, pues yo, en el fondo, tenía muy claro para lo que nos querían aquellos dos. Aunque me  parece que ella se había consentido una mijina con el tal Borja…

—¿Seguro, Debo?  La Vane siempre ha sido más lista que el hambre, no creo yo que se hiciera la más mínima ilusión.

—¡Todo pura fachada!, yo que la conocía bien te puedo decir que cada vez que uno de los tíos con los que salíamos nos mandaba a la mierda, lo pasaba fatal. Lo que pasaba es que en vez de quedarse lamiéndose las heridas, siempre estaba ideando algo nuevo para pasarlo bien. Aquella tarde, después de venir de Alcalá, me llamó por teléfono y quedó conmigo en el Pub del Príncipe.

»Yo que conocía muy bien sus tejemanejes, me imaginaba que ya habría ideado alguna de las suyas para aquella noche. Lo que no me esperaba fue lo que me soltó de ir a vuestra fiesta para tirarse a Fernando.

—¿Qué te lo soltó así? ¿Sin anestesia?

—La Vane era así, decía lo primero que se le ocurría, sin importarle lo que pensara la gente. Creo que eso la hacía sentirse superior a los demás.

—Pues el concepto  que tenían de ella no era precisamente de que fuera mejor que el resto de la gente —Mi comentario está cargado de un más que evidente sarcasmo.

—Sí, pero te recuerdo que de mí la gente del pueblo no tenía un buen concepto —Me responde con cierto retintín Débora, quien prosigue con su historia como si tal cosa —. El caso es que cuando llegamos a la fiesta y  vimos únicamente al Fernando y al Antonio,  vimos el cielo abierto. Yo me liaría con uno y ella con el otro…Pero se veía que la muy puta tenía otros planes.

Observo detenidamente el rostro de mi ex, a pesar del tiempo transcurrido todavía no ha superado aquello del todo y sigue resentida con Vanesa por lo sucedido. Veo que lo de desahogarse conmigo (aunque sea en medio de la plaza y a ojos de todo aquel que  pasa),  le está viniendo de puta madre y dejo que se explaye a gusto.

—Con el tiempo he analizado que si no cerró la puerta del local de  inmediato fue porque estuvo esperando que tú llegaras, para montar la que montó. No sé si para humillarte a ti, o para humillarme a mí. El caso es que se comió una mierda, ¡porque no los pasamos de puta madre! —Su sonrisa  al ver como asiento con la cabeza, mientras me rio picaronamente, no es la de una treintañera, tiene la frescura de una adolescente.

—Yo la apreciaba mucho y, aunque no me consultó nada —Prosigue Debo con su historia —, la  pequeña orgia que organizó no me molestó en absoluto. Me fastidió lo que hizo después a mis espaldas. ¿Por qué llamó a vuestras novias para contárselo? ¿Qué pretendía?

—Pues joder la marrana y ¡bien que lo hizo! Yo llevaba apenas unos meses con Eva, pero Fernando y Antonio llevaban ya un “taco” de tiempo con sus parientas. De no ser por ti, hoy no estarían casados con ellas.

—¡Anda no seas exagerado! Con el tiempo los habrían  perdonado,  cómo te han perdonado a ti — De nuevo la jovencita que conocí se asoma a su rostro y sonríe dejando ver un leve sonrojo en sus mejillas.

—Sí, pero tendrás que reconocerme, que no es igual perdonar de puertas pa  dentro, que de puertas pa fuera. No es lo mismo dejar pasar una cana al aire de tu pareja y que no se entere ni Dios, a que esto sea vox populi. Si tú no hubieras negado a todo kiski, por activa y por pasiva, lo que tu amiguita iba diciendo por ahí. Ten por seguro que Eva no me hubiera perdonado. 

—La verdad es que fue un escándalo. Creo que se enteró hasta el tato.

—Para mí que la muy perra lo tenía planificado todo…

—A mí no me dijo nada — A pesar del tiempo transcurrido, me da la sensación de que  Débora  aún se siente culpable por lo sucedido.  

—¡Eso nadie lo pone en duda! Pero dime tú a que venía reunir a nuestras novias y contarles todo de pe a pa. Si la muy puta, para que viera que era cierto lo que les contaba, hasta le dio pelos y señales de las formas y tamaño de nuestra pollas.

—No olvidaré jamás el día que las tres se presentaron en mi casa a pedirme explicaciones. Carmen, la de Fernando, no podía ni hablar y todo lo que hacía era llorar como una Magdalena.

—¿Cómo fue que te dio por negarlo todo?

—Lo primero, porque mi madre estaba con la oreja puesta y no era plan de ponerme en evidencia. Lo segundo, porque me parecía una canallada lo que había hecho la Vane. Me dio la sensación de que, como ella no conseguía tener una pareja estable, no quería que nadie la tuviera.

—A mí, lo que no deja de sorprenderme es que te creyeran a pies juntillas.

—¡Muy fácil! Les dije simplemente lo que ellas querían oír. Las tres os querían mucho y estaban dispuestas a hacer lo que fuera para no perderos. Incluso pasar la mano a una cosa como aquello. De hecho, creo que las tres parejas terminaron en boda, ¿no?

—Sí, bueno… —Hago una pausa al hablar,  a la vez que hago una leve mueca de fastidio —Antonio y Fany terminaron divorciándose, pero por otros motivos bien distintos.

—¿Y eso?

—Cosas de la vida… —Con mi evasiva respuesta, le dejo claro que no quiero hablar del tema y reanudo la historia de ella y la Vane — Lo que fue chungo fue tu bronca con ella. ¡Vaya la que te lio en la plaza del pueblo con todas las cotillas del pueblo mirando!

—Menos mal que, yo que sabía de qué pie cojeaba, iba preparada y lo único que hizo fue quedar más  aun en evidencia…

—Sí, pero por muy prevenida que fueras, me tendrás que reconocer que fue un mal “traguito”. ¡Y de los buenos!

—En peores me he visto después —En el rostro de mi amiga se deja ver la resignación —.Que se enterara todo el pueblo de la discusión que tuvimos, no fue lo más grave. Lo peor, fue la bronca que me echaron en casa. Mis “viejos”, quienes no entendían de barcos,  cogieron por la calle de en medio y, por aquello de quitarme del peligro, me mandaron a Sevilla a vivir con mi tía…

—Razón no le faltaba a tus “viejos”. Si hubieras seguido con la juntiña de la Vane, lo más seguro que hubieras acabado como ella.

—¿Tan mal acabó? Yo la verdad es que una vez salí del pueblo, le perdí la pista por completo.

—Cuando te fuiste, toda la gente le dio de lado. Como ya todo el mundo sabía de lo que iba, de vez en cuando algún tío la buscaba para pegarse un desahogo, pero poco más. A ella le daba igual que fueran guapos o feos, altos o bajos, solteros o casados… Una copita y unos poquitos de arrumacos, se la llevaban al descampado y después, si te vi no me acuerdo…

»Al principio solo lo hacía por gusto, pero cómo se enganchó a la coca, empezó a cobrar. Primero se lo hacía con los camioneros que pasaban por las ventas de las afueras, después hasta con los viejos.

»Estaba completamente descontrolada. Lo mismo se llevaba una temporada sin aparecer por el pueblo, que la veías pasear por el centro como si tal cosa. Estaba muy demacrada y se empezó a rumorear que tenía el sida. Menos mal que su hermano la mandó a una casa de esas para que se desentozicara, ¡qué si no!

—¿Se desintoxico o no?

—Sí, ahora vive en Almería. Hace unos años vino por el pueblo y me presentó a su marido. Un señor mayor de unos sesenta años, por lo visto lo conoció  llamando al programa ese de los viejos  del Juan y Medio

—Pues espero que le dure, pero conociéndola me extraña...

—Bueno y ¿y de tu vida qué?

—Te cuento lo bueno... Qué es con lo que me quedo. Me casé  hace cuatro años con un mexicano guapísimo, es productor de cine y sus películas tienen bastante éxito…

—¡Vaya tía, eso es un “braguetazo” y lo demás es tontería!

—La verdad es que no me puedo quejar... ¿Y tú? ¿Cuántos niños tienes?

—Una, mi Evita. —Meto la mano en mi bolsillo, sacó mi móvil, busco la foto que le hice hace poco y se la enseño— ¡Mira esta es de hace dos semanas! ¡¿A qué está guapa?!

Débora coge el móvil entre sus manos y una sonrisa invade su rostro, mientras contempla a mi chiquilla: 

—¡Qué guapa es! ¡Hay que ver lo que se parece a ti!

—La verdad es que sí— ¡Se me tiene que haber puesto una cara de tonto de campeonato! Con mi niña es que se me cae la baba—. Pero la boquita y los ojos son los de la madre.

Vuelve a mirar la pantalla del móvil.  Hay cierta frustración en su semblante, quizás no pueda tener hijos o su pareja no los quiere. Por si acaso y para no meter la pata, no pregunto. Está disfrutando  a conciencia contemplando  la foto de Evita, tanto que sonríe hasta con la mirada.

—¿Qué tiempo tiene?

—Dos años hizo en Junio.

—¡Qué bien!—Un gesto de resignación y una sonrisa forzada se dejan ver en su rostro, al tiempo que me devuelve el teléfono.

—¡Que alegría me ha dao verte!¡Tía que han pasado quince años!

—Quince años... Casi toda una vida...— Ignoro que ha podido pasar, pero la alegría se ha borrado de su rostro por completo. Sus palabras han dejado de ser efusivas y hay cierta frialdad en su voz —. Bueno y ¿a qué te dedicas?

—¿Pues a qué va a ser? A lo mío, a la mecánica —Contesto recalcando de manera palpable la obviedad de esto —. He estado trabajando muchos años para un concesionario, pero con esta puta crisis empezaron a recortar el personal a final del año pasado y, como era de los más baratos de despedir, fui de los primeros en largar a la puta calle.

—¡Joder vaya putada!

—La verdad es que sí, lo que pasa es que le he echado cojones al asunto y  me he convertido en un emprendedor de esos. En Abril, un colega y yo nos liamos la manta a la cabeza y  montamos un tallercito en  un local en el polígono de los Molares.

—¿Te va bien?

—Regular... La gente está mu tiesa y hasta que el coche no los deja tirao, no se deciden llevarlo al taller.

—La verdad es que a mí, que vengo de México, ver cómo está la gente aquí, me ha sorprendido bastante.

—¡Está to er mundo igual!

—Tú por lo menos tienes tu tallercito.

—¡De momento...! Porque de dónde vengo es del banco para que me den un préstamo y, como no me lo den, me veo pegando el “cerrojazo”.

—¿Tan mal te va la cosa?

—No, lo cierto y verdad es que el trabajo no nos falta. Empezamos a tener nuestra clientela fija e incluso, para no dejar al personal  desabiao,  hemos preferido turnarnos en las vacaciones. Pero Debo, los principios son siempre tela de trabajosos y con muchos gastos: El alquiler, la luz, los impuestos, las letras de las máquinas que hemos comprado… ¡Todo el pescao se vuelve cabeza!

—¿Cuánto has pedido al Banco?

—Seis mil euros...

Es escuchar la cantidad y Débora sonríe maliciosamente.

—¿Qué te pasa? ¿He dicho alguna tontería? —Intento no enfadarme, pero esa risita suya me cabrea un montón y no puedo evitar fruncir el ceño.

—¡No hombre! ¡Ni mucho menos! Lo que pasa es que me he acordado de una cosa… —Sonríe intentando que sus palabras suenen sinceras, pero no consiguen convencerme del todo. Está claro que ese dinero, para alguien a quien le van las cosas bien, es una nimiedad.

Por la antigua amistad que nos une, guardo silencio. Aunque por más que lo evito, creo que se me ha tenido que poner cara de vinagre. Ella, que no tiene un pelo de tonta, se da cuenta que  ha metido la pata e intenta llevar la conversación por otros derroteros para calmar mi repentina hosquedad.

—¿Dónde has dicho que tienes el taller?

—En el polígono de los Molares, ¿por…?

—Mi cuñada me ha dejado su coche y la marcha atrás no va todo lo bien que debiera.

—Si no tienes nada urgente que hacer ahora, te acercas conmigo a la nave y si no es mucho jaleo, te lo miro en un momento.

—Por mí estupendo.

Minutos después, con su vehículo siguiéndome a corta distancia nos dirigimos hacia mi lugar de trabajo.

Aparcó la furgona fuera y tras abrir la puerta corredera del negocio, invito a Débora a que pase con su vehículo al interior.

—¡Pues sí que tienes un buen chiringuito aquí montado! —Me dice Débora, tras apearse de su automóvil  y observar detenidamente las instalaciones.

—Mi socio y yo no hemos partio aquí los cuernos, ¡y sin tenerlos!

—Se ve, se ve… —Farfulla mi amiga, a la vez que, como buena mujer que es,  sigue inspeccionado sutilmente como tengo o dejo de tener las cosas de limpias y ordenadas —.Está todo muy bien… A propósito, ¿dónde está tu socio?

—Cómo te dije. No hemos cerrado el taller en Agosto. Aunque la cosa está más flojilla que otros meses, no falta el chorreillo.  Así que él se ha cogio esta semana de vacaciones y la semana que viene me voy yo.  

— ...Ah! —Exclama Débora como si aquello fuera lo que esperara de antemano.

—Bueno, espérame un momentito a que me ponga el mono de trabajo y ahora vemos que le pasa al “bicho”— Digo metiéndome en una pequeña habitación que hace  las veces de vestuario y de oficina.  

Mientras desabotono mi camisa de rayas blancas y azules,  no puedo evitar mirarme en espejo  que cuelga sobre la pared del reducido habitáculo. Aunque solo tengo  treinta y tres años, el duro trabajo y los problemas han hecho mella en mi  rostro. Poco queda de mi  apariencia de chaval atractivo y bonachón del  que se enamoró la Debo. Sé que todavía estoy de buen ver, ni estoy demasiado gordo, ni tampoco demasiado estropeado para mi edad. ¡Muy trabajado eso sí! Pero  a las tías mi aspecto de macho hispano les pone cantidad y, de no estar casado, no me iban faltar chochitos donde meterla.

Una vez me quedo solo con los slips. Me recreo mirándome. La verdad es que si perdiera un poquito de tripa, estaría mejor que muchos niñatillos de gimnasio. Los músculos de mi pecho y de mis brazos son naturales, del trabajo diario. Mis piernas, duras como una roca, son de haber jugado mucho al futbol. Y mi polla lechera, es herencia genética de familia, según me contó mi padre con dos copitas de más en una boda… ¿Sería por eso que de niño, recuerdo a mi madre siempre estaba riéndose?

La puerta se abre y Débora me pilla de un modo bastante comprometido: con la mano agarrándome fuertemente el paquete. No hay que ser un Einstein para sospechar que la muchacha tiene ganas de guasa, pero es oírla hablar, se me disipa cualquier mínima  duda que pudiera albergar y llego a la conclusión de que esta tiene ganas de “carne en barra”. ¡Sí o sí!

—¡Joder, tío, hay que ver en el hombre tan atractivo en  que se ha convertido el chavalillo que me hacía pasar tan buenos ratos!

Instintivamente deslizo  la mirada por el cuerpo de mi amiga de la adolescencia.  Su  vestidito de flores se marca sobre ella como una segunda piel, destacando unos enormes y redondos pechos, dejando entrever  unos muy buenos  muslos. Compruebo que sigue siendo tan delgada  como por aquel entonces. Las caderas quizás se le hayan ensanchado un poco,  pero por lo demás, al igual que hace quince años,  sigue teniendo un  muy buen empujón.

Es verla avanzar hacia mí y el calvo cabezón comienza a tomar vida. Cuando sus manos rodean mi cuello y posa sus labios en los míos, ya tengo el zolocotroco preparado para la acción.

Simplemente sentir sus labios rozar con los míos y es como si las agujas del reloj hubieran caminado hacia atrás. Llevándome a otro tiempo, una época  donde éramos  bastante más jóvenes, más inocentes y nuestras preocupaciones eran más insustanciales.

Hundo mi lengua entre sus dientes y aprieto mi tórax desnudo contra sus senos. Bajo mis manos por su espalda, hasta llegar a su culo. Las apretadas nalgas están pidiendo a gritos que le pegue un buen agarrón, ¿quién soy yo para negárselo?  Es notar la tersa piel bajo mis dedos y mi polla vibra bajo la delgada tela de algodón.

Tras unos cuantos besos, magreos y mamoneos varios, me aparto suavemente de ella y, sin decir esta boca es mía, me visto. Débora se queda atónita ante mi reacción.

—¿Qué pasa no te apetece?

—¡No ni na!Le respondo negando con la cabeza y acomodando bien la polla bajo el mono de trabajo —. Lo que pasa es que voy a cerrar la puerta, no vaya a ser que le dé a algún  inoportuno cliente por venir, nos coja en plena “faena” y salgamos mañana en el “Sálvame de los Palacios”.

Unos minuto más tarde, con la cancela  exterior echada y el pertinente cartel de vuelvo una hora colocado en la puerta, vuelvo a irrumpir de nuevo en la pequeña habitación. Con la misma rapidez que me puse el mono de trabajo, me desprendo de él. Llevando como único atuendo los escuetos calzoncillos, me abalanzo sobre mi amiga, del mismo modo que lo haría una bestia en celo.

Como  después de tanto tiempo no quiero causarle mala impresión, intento ser fino  y en vez de follármela a saco (que es como me pide el cuerpo que lo haga), le doy un poquito de vidilla.

Lo primero que hago es besarla en los labios, primero delicadamente, para, poco a poco, ir aumentando la pasión. En un acto reflejo, mis manos vuelven a terminar pegadas a su culo. Es percibir la dureza de sus nalgas y me es imposible seguir siendo refinado, irreflexivamente pego mi paquete a su pelvis y comienzo a pasar mi lengua por su cuello. Ella, al notar el calor de mi boca, se estremece como un cachorrillo ante los mimos de su madre.

Paseo mis dedos por toda su espalda hasta llegar a sus hombros. Una vez allí, bajo suavemente las tirantas de su vestido, para después ir desnudando por completo su torso. Meticulosamente voy cubriendo de besos su cuello, sus hombros, su escote… Agarro sus senos entre mis manos y las empiezo a masajear con sumo cuidado.  Me basta solo presionar su piel, para descubrir que sus formas y tamaño responden en gran medida al trabajo de un cirujano, pues su textura es diferente a las naturales. Aun así, su tacto me resulta bastante agradable y me importa un carajo su procedencia. 

Preso de la pasión, libero sus pechos de su encorsetado encierro y, del mismo modo que un bebe hambriento,  paseo mis labios por sus firmes pezones. Toco cada centímetro de la delicada piel con sumo cuidado, como si se tratara de algo frágil que, en un descuido,  mi brusca torpeza pudiera romper en mil pedazos.

Débora, que no para de suspirar y de decirme entrecortadamente lo bien que lo estoy haciendo, pasea sus manos   por mi cabeza, jugando con mis cabellos y  haciendo ondas con ellos entre sus dedos.

Sigo lamiendo las exquisitas redondeces y  como ardo en deseos de verla desnuda, empujo su vestido hacia abajo. Cuando este se despliega hasta la altura de sus rodillas,  me separo levemente de ella y me recreo en su cuerpo durante un instante.

Contemplarla únicamente con unas pequeñas braguitas de color malva, hace que la lujuria y los malos pensamientos se apoderen de mi mente. Pese a que su cuerpo está lejos de los perfectos modelos mediatizados, he de reconocer que sigue teniendo un polvazo y de los buenos.

Débora, para evitar que su delicado y caro  vestido se le manche, lo coloca  en una de las perchas que tenemos en un improvisado armario. No sé si porque se me ha pasado la calentura inicial o porque realmente hace mucha bastante calor dentro de esta puta habitación, pero comienzo a transpirar un poco y me siento un  pelín incómodo.  

—Debo, si no quieres que  yo empiece a sua como un cerdo y esto termine oliendo al perfume de ou de tigre,  mejor no salimos fuera...

Débora me mira de arriba abajo y se sonríe. Sé que mis modales son un tanto burdos y puedo ser un poco bruto a veces, pero no soy imbécil. Está claro que a esta tía le sigo poniendo como en mi adolescencia y nuestro reencuentro está siendo tan excitante para ella, como lo es para mí.

—¿Quieres hacerlo en el taller? —Me pregunta con su voz más mimosa.

—Sí, ¿te apetece?

—Mucho. ¡No sabes el morbo que me da hacerlo en un sitio como este!

Me coge la mano y salimos fuera. Aunque en la nave también hace calor, al ser el techo más alto y estar mejor ventilado, la temperatura es  bastante más soportable que en el la oficina.

Pese a la limpieza, el local emana un olor a carburante y grasa bastante fuerte. Por un momento tengo la sensación de que mi amiga, acostumbrada a los lujos de su nueva vida, se va a “rajar” y me va a dejar con la miel en los labios. Busco en su mirada alguna  objeción y me encuentro algo bien distinto: está dando unas fuertes bocanadas de aire, como si el olor del taller fuera afrodisiaco, como si se tratara de un aliciente sexual más.

Si ya verla únicamente con las minúsculas braguitas y los zapatos, me tenía como una moto. Comprobar que de lo que yo dispongo  es lo que ella quiere en este momento, me embrutece de un modo bestial y siento como mi polla lucha por salirse de su pequeño cautiverio de algodón. 

Solo hay dos coches en la pequeña nave, el suyo y uno  negro que  está a medio reparar, el cual descansa  a media altura sobre un elevador azul en la parte opuesta del local. Por lo que el único punto de apoyo que tenemos para ponernos a follar como locos  es su vehículo.

Me acerco a ella por detrás y le doy un beso en el cuello, al tiempo que le restriego el paquete por sus nalgas.

—¿A qué vamos a estar mejor aquí? —Le digo con cierta guasa.

Mi acompañante suelta una risita tonta, a la vez que contonea su  cintura para rozarse mejor con la herramienta de mi entrepierna. Mi única respuesta es llevar mis manos a su estrecha cintura y empujarla levemente hacia atrás.

Mis encallados dedos resbalan hasta rozar el filo de la prenda interior, juego con el pequeño hilo purpura durante unos segundos y después introduzco mi mano bajo la delgada tela que cubre su sexo.

Es rozar la rasurada vagina y siento el fuego que emana de ella. Me dejo llevar por la pasión y froto mi índice contra los labios mayores. Irremediablemente, un pequeño bufido escapa de los labios de mi amiga.

Débora alarga una mano hacia su zona lumbar y mete como puede la mano dentro de mis calzoncillos. Al tocar la cabeza de mi cipote, sus dedos se impregnan de líquido pre seminal y juguetea haciendo círculos con él sobre mi glande. Poco después, de un modo casi salvaje, me quita  la prenda interior y agarra el babeante mástil en toda su extensión. Cuando siente como mi dedo índice se introduce en sus mojados labios interiores, aprisiona con más fuerza  mi verga entre sus dedos.

Tengo el calvo cabezón tieso como un palo y su rajita está húmeda a más no poder. Así que me dejo de prolegómenos y la subo al capot de su  coche. Una vez allí, procedo a desnudarla por completo y, de un modo bastante rudo,  le pido que se abra de piernas.

Mi ex adopta la postura requerida y abre el interior de su sexo con los dedos, mostrando de manera impúdica el interior de este. Preso de la lujuria, me agacho ante ella y acerco la nariz al húmedo chochito. Al principio, olisqueo como si quisiera absorber los efluvios que emanan de él, después aparto sus dedos, abro delicadamente los labios mayores y hundo mi lengua en la sonrosada cueva.

Al principio, temiendo hacerle daño, voy con sumo cuidado e intento no ser muy bruto. Sin embargo, cuando compruebo que está gozando como una perra, dejo todo los remilgos a un lado y le pego la mejor comida de coño que he practicado en mucho tiempo. Ella al sentir como mi lengua se abre paso hasta el rígido botón, aplasta mi cabeza contra su pelvis con la única intención de que  no la deje a medias y termine el trabajo que he empezado.

Endurezco mi lengua todo lo que puedo y comienzo a golpear con ella el clítoris. La pequeña gruta palpita ante mis labios, impregnándolos de un sabor semi amargo. Débora no para de gemir y de pegar grititos, señal  que yo interpreto como  que se lo estoy haciendo pasar de vicio.   

Ella, apoyada sobre el capo del coche, disfruta pasivamente de cada uno de los lametones le infrinjo. Únicamente levanta la pelvis levemente para facilitar mejor mi acceso a la carnosa grieta.

Estoy como poseído, hacía tiempo que no me comía un coño con tantas ganas. Estar con esta mujer de nuevo, después de tanto tiempo, es como tocar el cielo con los dedos. Una asignatura pendiente que creo, por cómo suspira y se estremece, estoy aprobando con muy buena nota.

Pongo tanto empeño en  cada movimiento de mi lengua que Débora termina alcanzando el orgasmo sumida en unos guturales quejidos de satisfacción. Con lo que queda claro que eran mutuas  las ganas de pillar al otro por banda. El sabor que  su sexo deja en mi paladar me tiene fascinado. Me siento como solamente hubiera estirado lo músculos y ahora tuviera que empezar a correr la maratón.

Sin dejar de contemplarla, me incorporo. Le sonrío picaronamente y me meto mano al paquete de forma provocativa.  Ella se lleva la mano al chocho, se mete un dedo  en su interior  y a continuación lo chupa golosamente. Sin pensármelo, me desprendo de los slips y los arrojo sobre el capot de coche. Sin pudor de ningún tipo le muestro mi erecta y babeante polla. Débora vuelve a relamerse el dedo, yo le respondo con una picaresca sonrisa y señalando a mi entrepierna con el dedo, le digo:

—Debo, esta  que está aquí, quiere saber si la sigues chupando igual de bien que antes.

Mi exnovia no puede evitar sonreír ante mi ocurrencia y dejándose llevar por la confianza que ha nacido de nuevo entre nosotros, me sigue la broma.

—Lo siento Iván, ya no la chupo como entonces —Hace una pausa al hablar, haciéndose la interesante y prosigue con cierta chulería —, ¡ahora lo hago mucho mejor!

Envuelta en una arrogante seguridad la mujer se acuclilla ante mí. Coge mi herramienta entre los dedos y, tras observarla detenidamente durante un breve instante, pasa la lengua por el gordo capullo, tal como si se tratara de un cono de helado. Al sentir el húmedo contacto contra mi glande, no puedo reprimir que de mi boca salga  un rotundo «¡Hostias!».

Débora, animada por mi espontanea exclamación, procede a chuparla con más ahínco. Primero pasa delicadamente la lengua por los pliegues de la rosada piel del capullo, para a continuación tragársela por completo. Es sentir como mi glande roza el final de su garganta y emito dos amplios quejidos de placer.

Es tanto el mimo que pone en su boca que,  a pesar de haberme corrido dos veces esta mañana, presiento que voy a eyacular otra vez. Dado que no  sé si en mis huevos hay munición para dos asaltos más, aparto amablemente su cabeza de mi polla. Después de tanto tiempo,  lo que quiero es oírla gritar de placer cuando se la meta hasta los huevos.

Sin necesidad de intercambiar palabra alguna, Débora sabe perfectamente cuales son mis deseos. Tras  sonreírme, me hace  un gesto con la mano para que la espere. Abre la puerta del coche, busca algo en el bolso y me lo da: es un preservativo.

La determinación de mi amiga me sorprende y no sé qué decir que no suene inapropiado.

—¿Por qué esa cara? ¿No quieres follarme acaso?

—¡Por supuesto! Pero es que no me lo esperaba, es como si supieras lo que estoy pensando.

—¡Qué me vas a contar a estas alturas!  —Dice moviendo la cabeza condescendientemente —Todos los tíos sois iguales. Si no folláis, pensáis que no habéis tenido sexo.

Está claro que Débora con los años no ha perdido carácter. Su franqueza me deja perplejo y sin argumentos. Así que procedo a darle un beso, más cariñoso que apasionado. A continuación, procedo a  enfundar mi martillo de carne con el condón.

—¿Dónde le hacemos? —Le pregunto con cierta timidez, pues no quiero sonar de nuevo como un macho egoísta.

—Creo que la mejor manera es que yo me apoye sobre uno de los laterales del coche y tú me penetres por detrás. ¡Encima del capot no me atrevo!

Una vez adopta la postura, una maliciosa idea roza mi mente. Evidentemente Débora cuando me ha dicho de penetrarla por detrás no se refería al sexo anal, ¡pero qué coño! ¡El no ya lo tengo!

Sin consultarle nada, acercó dos de mis dedos a su vagina y los impregno de sus efluvios. A continuación,  lubrico  su ano con ellos y, antes de introducir nada, espero un gesto de disconformidad  por parte de mi amiga. Débora me da la callada por respuesta. Considerando que no hay ninguna objeción por su parte, procedo a meter uno de mis dedos.

La facilidad con la que mi índice entra, me da a entender que aquel agujero ha sido utilizado anteriormente. Sin pensármelo introduzco dos dedos a la vez, de su boca solo salen unos leves bufidos de satisfacción.

Sin querer, una a una se va cumpliendo todas y cada una de mis fantasías. Envuelto en los más calenturientos pensamientos, escupo abundantemente en la palma de mi mano y refriego el caliente líquido contra el plástico que envuelve mi pene. Repito la operación un par de veces, hasta que considero que  ya está debidamente lubricado.

Con sumo cuidado coloco mi herramienta sexual en el ano de mi amiga. Empujo suavemente, mi ex ayuda en todo lo que puede contoneando su cuerpo del modo más adecuado  y mi polla se va abriendo  paso a través de su esfínter. Muy despacito, poco a poco,  voy introduciéndola, poso mis manos en su vientre, pego un leve envite y busco su boca con la mía. En el mismo momento que siento como mi pene se clava en su culo hasta la base, nuestros labios se unen en un más que  apasionado beso.

Un inmensurable placer recorre mi cuerpo de pies a cabeza. Siento que por momentos el  resto del mundo deja de existir, que ella y yo somos el centro de todo. Al tiempo que mis caderas se mueven frenéticamente tras ellas, dejamos que nuestras lenguas sigan danzando su lujuriosa danza. No sé si es la pasión del momento, o que en mi interior se están removiendo sentimientos que creía olvidado. El caso, es que me siento tan a gusto con ella como cuando era un chaval y comenzaba a conocer de su mano los beneficios carnales.

Sin detener el salvaje mete y saca, llevo mis manos a su abdomen, recorro con mis dedos la tersa piel y subo hasta sus pechos. Agarro estos entre mis dedos y, sin estrujarlos, los magreo a conciencia.

Débora, por su parte, tiene la mano en su entrepierna y, al compás de mis movimientos de caderas, se masturba frenéticamente.

Estoy tan a gusto y disfrutando tanto, que intento prolongar el momento todo lo que puedo. Pero mi mente desea una cosa y mi cuerpo otra, del mismo modo impetuoso que mi pelvis inició la espectacular cabalgada, la detiene. Saco mi polla de la caliente gruta, la liberó de su cárcel del látex y tras  unas breves sacudidas me corro sobre sus nalgas.

Con el calvo cabezón escupiendo aun los últimos trallazos, me abrazo  cariñosamente a mi ex por detrás. Por la forma de estremecerme, creo que está alcanzando su segundo orgasmo. Como un tonto enamorado, vuelvo a buscar sus labios y le regalo un muy afectuoso beso.

 Estimado lector, ante todo muchas gracias por leerme,  si te ha gustado este relato y quieres seguir leyendo cositas mías, hace poco publiqué una guía de lectura que te puede ser de utilidad.

Hasta la próxima.

 

 

 


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