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Fecha: 09-Mar-18 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

La espera (el vuelo retrasado)

Adanedhel
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Una hermosa mujer debe esperar a su esposo en el aeropuerto. Sin embargo, el vuelo sufre un retraso imprevisto. Entonces la joven y sensual esposa tendrá que ocupar su tiempo en otra cosa. Por suerte un turista está atento para le brindarle su ayuda. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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La espera (Vuelo retrasado)

Susana Braman caminaba por los amplios pasillos del aeropuerto. La bella mujer destacaba entre el gentío. Maquillada y bien descansada, su belleza natural exhibida con cuidado. Los ojos claros, los pómulos definidos, el largo cuello y los labios pintados de rojo atraían las miradas. Pero lo que destacaba era su cuerpo. Ella era consciente de las miradas sobre su cuerpo, era consciente de los piropos a su paso, uno más que galante que otro. Sin embargo, Susana continuó con la vista al frente. Lo único que deseaba era llegar a la puerta de arribo internacional y ver a su esposo.

Había llegado con tiempo. Pero quería estar en primera fila para que él la viera. Se había vestido especialmente para Renato. Con los aros en forma de gota que su esposo le había regalado y varias pulseras de fina plata entrelazadas en la mano del anillo matrimonial. Vestía con cautela una faldita de terciopelo de capa corta, a la cintura -tal vez demasiado corta para sus largas piernas. También vestía un top crop negro, de tirantes gruesos y sin mangas. Una prenda muy sensual, por eso la llevaba bajo una chaqueta blanca. Completaba el atuendo unas sandalias bajas (con trencillas plateadas y broches que subían hasta el tobillo). Las generosas y femeninas curvas de Susana se exhibían de buena forma, pero gracias a la chaqueta abrochada lo hacía sin desfachatez.

La joven, con su cartera en el hombro, se movía como si el mundo le perteneciera y lo único que importara era tener de nuevo a Renato, su esposo. Él era abogado de una destacada firma internacional y llevaba tres semanas fuera del país por asuntos de trabajo. Susana anhelaba su presencia. Estaba contenta y también excitada. La ausencia de su guapo macho le pesaba. Era el cuarto viaje de Renato a Uruguay ese último año, y entre los viajes y las horas extras en la oficina, Susana sentía que cada vez veía menos a su esposo. Quería tiempo de calidad con Tomas. Por eso se había vestido para impresionarlo. Quería que su esposo se diera cuenta la hermosa y sensual hembra que tenía en casa. Susana quería que su marido quisiera, más que ninguna otra cosa, permanecer junto a ella.

Se orientó mirando los monitores y las señales dentro del aeropuerto. Le costaba avanzar entre tanta gente. En aquella época, los veraneantes parecían una plaga y Susana no quería demorarse. No deseaba tener que lidiar con los olores, la gente o tener que soportar algún sinvergüenza. Muy seguido, en las calles, le tocaba algún tipo atrevido. Incluso algún envalentonado que se atrevía a seguirla. Susana había aprendido a manejar a la mayoría de los acosadores y los había identificado en tres tipos: primero, los cobardes (que se rendían a la primera mala mirada de su parte); después, los guerreros (que iban a la batalla y sabían cuando retirarse) y finalmente los kamikaze (que no aceptaban un no como respuesta). Los últimos eran los más peligrosos. Algunos acosadores tenían cierta educación pero otros no hacían más que lanzar groserías. Seguramente algunos descerebrados creían que para seducir a una mujer bastaban un par de piropos vulgares. Tal vez servía con otra más tonta, pero eso no basta para llevarla a ella a la cama.

Tras un largo andar, Susana llegó a la puerta de arribo internacional. Miró la hora y sonrió porque había llegado con tiempo. Con la prisa le dio calor y pensó en desabrocharse la chaqueta, pero no creyó que fuera una buena idea. El top que usaba debajo tenía un escote pronunciado, dejando ver los tirantes negros y el cuello halter de su sensual bralette. Ya la falda corta llamaba demasiado la atención. Sería mejor aguantar un poco el calor, pensó. Susana sacó su iphone y distraída comenzó a esperar la llegada del avión.

Unos metros más atrás, Joel Corona observó con detenimiento a la hermosa joven. No era el único que lo hacía pero era el único que la miraba con aire resuelto. No se preocupó en disimular. Joel simplemente disfrutaba de aquella belleza, de las torneadas y largas piernas y de la faldita de terciopelo cayendo sobre un monumental trasero. Joel se regocijó en la caída de la falda sobre los glúteos. Le gustaba se marcaba la separación entre los glúteos de aquel impresionante culo.

Joel era un gringo con sangre cubana. Tenía cincuenta y dos años; era alto (casi un metro noventa), hacía ejercicio, pero la comida era su perdición. Por lo tanto tenía un tórax ancho y una panza acorde a su hambre voraz. Joel se dedicaba a la producción de fiestas y eventos en su ciudad natal, Miami. Había sido animador y humorista en su juventud. En aquella época había sido un mujeriego y había conocido muchas mujeres guapas. Pero mujeres como Susana sólo había gozado desembolsado una cantidad obscena de billetes verdes.

Joel se encontraba de vacaciones con David, su compadre. Habían recorrido la costa occidental y el sur de Sudamérica. En cambio Mariza y Patsy -su mujer y su comadre, respectivamente- habían decidido ir a Brasil y luego visitar Uruguay. El gringo había disfrutado de tres semanas de libertad y ahora debía reunirse con su mujer. Era esa la razón de que estuviera en el aeropuerto, esperando.

Joel decidió que aprovecharía su última media hora de libertad. Se sacó el reloj de la mano y lo guardó en su bolso de mano, junto al teléfono móvil. Algunos hombres se sacarían la argolla matrimonial, pero él confiaba en que en este caso su alianza le sirviera de señal de transparencia y castidad. Avanzó y se colocó a la par de la bella mujer. Tenía un rostro precioso. Joel respiró profundo y fue a la carga.

— Disculpe, señorita —le dijo, mirándola a los ojos—. ¿Qué hora tiene?

Susana lo observó. El desconocido tenía un acento extranjero, estadounidense. Joel era grandote y de piel tostada por el sol, podía ser intimidante.

— Son las 11.45 —respondió Susana, suspicaz.

Para evitar esa desconfianza, Joel tuvo una idea.

— Mi esposa viaja desde Uruguay en el vuelo 096 de LATAM —dijo Joel—. Ella y una amiga han estado de vacaciones y nos reunimos acá antes de volver a Miami.

Susana asiente. No sabe si iniciar una conversación con ese extranjero. Se mantienen en silencio, pero no mucho rato. Joel vuelve a la carga.

— Vaya si hace calor ¿no? —comenta—. Me estoy asando en este pantalón y esta camisa. Creía que acá, en el sur, sería más templado. Pero no es así. Además, tendré que cargar todas las compras de mi mujer y nuestra comadre. Seguro que vuelvo como trapo mojado a mi habitación. Es una suerte que haya tomado una habitación en un hotel cercano.

Susana sonríe. Aquel hombre tiene una forma graciosa de hablar, es como si contara un cuento. Le da la impresión que es más un campesino que un gringo.

— Al menos usted no tiene calor —dice el hombre—. Pero mire a esa chica de ahí.

Susana mira en la dirección en que el gringo le señala. Más allá, parada al lado de un ventanal, hay una chica de cabello pelirrojo. La muchacha viste un largo abrigo de color gris, cerrado. Además, de unas botas altas.

— ¿Qué me dice usted de esa pelirroja? —pregunta el hombre que no para de hablar—. Al parecer salió con prisa de casa… confundió el guardarropa de verano con el de invierno. O tal vez… viene así por una ocasión especial ¿no?

Joel dejó la frase en veremos.

— No entiendo —dijo Susana, despistada.

— Mírela —Joel baja la voz y se acerca a Susana para hablarle más cerca—. Creo que la chica no trae nada bajo el abrigo. Ningún suéter ni camiseta. Ningún pantalón ni falda. Creo que la chica no lleva nada debajo de ese abrigo.

A Susana le hubieran molestado esos comentarios tan ligeros en el pasado, sin embargo, en el último tiempo iba por el mundo con un ánimo un poco morboso y calenturiento. La hermosa mujer observó a la muchacha señalada con detenimiento. La colorina lleva el abrigo bien ajustado y cerrado, pero no se ve otra prenda. Sólo la gabardina y las botas de color marrón. Era muy posible que no llevara más que eso, que la colorina fuera desnuda. Tal vez esperaba, como ella, a su esposo o amante. Susana pensó en su propia vestimenta, en la falda corta, en la chaqueta que cubría su provocador escote. Al igual que la pelirroja, ella iba en busca de sexo al aeropuerto. Sin poder controlarse, Susana se sonrojo.

Joel notó el rubor en las mejillas de la hermosa mujer y decidió que debía evitar hacerla sentir mal. No quería que se incomodara. Así que se vio obligado a actuar, a desviar la atención a otro lugar.

— Pero mire al viejo de por allá, justo al lado del pilar —mientras Joel hablaba, Susana le seguía con la mirada—. Si con ese pantalón corto y esa camiseta parece un embutido.

Susana se le escapó una carcajada. Era verdad. El viejo señalado era tan gordo que casi no entraba en su ropa. Era ridículo.

Joel continuó hablando y arrancándole más risas a Susana. El gringo tenía ese don y se le daba bien hacer reír a la gente. Susana estaba muy relajada. Si después de un rato, parecía que se conocían ya varios días en lugar de unos diez minutos.

— Mi nombre es Joel Corona —se presentó el cincuentón.

— Soy Susana Braman —contestó la mujer de veintiséis.

— ¿Descendiente judía-alemana? —preguntó Joel.

— Algo así: alemana, rusa e italiana —contestó Susana, sonriente—. Y latina por supuesto. Pero mi abuelo dejó el judaísmo cuando era joven y nos convirtió al catolicismo.

— Vaya, vaya… el mundo en una mujer —bromeó Joel.

Justo en ese momento sonó el teléfono de Joel. Se alejó para contestar. Era su mujer para decirle que el vuelo había vuelto a Uruguay por un problema técnico.

— ¿Tienes un familiar o amigo en el vuelo 096 de LATAM? —le preguntó Noel a Susana.

— Así es —respondió Susana—. Mi esposo viene en ese vuelo.

— Pues el avión ha regresado a Uruguay por un problema técnico.

Susana se giró para ver la pantalla. Justo en ese momento se desplegó nueva información. El vuelo 096 estaba retrasado.

— Debemos ir a preguntar al mesón del vuelo —sugirió Susana.

Así lo hicieron. Fue una larga espera. Finalmente, fue un llamado de Renato, el esposo de Susana, lo que dilucido el misterio. Estaban efectivamente en Uruguay. El avión había tenido que volver, pero al parecer los subirían a otro vuelo.

— Mala suerte —dijo Joel.

— Si —dijo Susana, abatida.

La mujer miró el aeropuerto. Había personas por todos lados. El aeropuerto estaba saturado. La gente se movía lentamente, como un río de magma volcánico. Había subido la temperatura y Susana empezaba a percibir el sudor de la muchedumbre. No sabía si podría aguantar la espera; especialmente porque se encontraba un poco ansiosa. Quería tener a su esposo a su lado y marcharse a casa. Susana había fantaseado mucho con el reencuentro. A sintió un calor repentino.

— Este aeropuerto se ha convertido en un caldero —dijo Joel, adivinando en parte la expresión de Susana.

— Si.

— Que le parece si vamos al restorán de mi hotel —dijo Joel, cauteloso—. Ahí nos podemos servir un trago y seguir conversando. Cuando estemos informados de la nueva hora del arribo, volvemos acá por nuestros conyugues.

Era una oferta atractiva, pero Susana la rechazó. No pensaba que fuera correcto irse con un desconocido, por muy gracioso que este fuera.

Se separaron y Susana marchó solitaria por el aeropuerto. Tenía que abrirse paso entre los cuerpo, esperar las colas para los ascensores y las escaleras mecánicas. Realmente había mucha gente ese día. Susana estaba cada vez más cansada.

De pronto, la mujer sintió un roce en su trasero. Aprovechando la aglomeración, un tipo se le había pegado al cuerpo por atrás. Susana lo empujó, pero era un descarado. Pensó en gritar, hacer un escándalo. Pero no quería pasar vergüenza. Tuvo que meterse a una tienda de calzado para evitar al desvergonzado hombre y sus manoseos.

Susana se sentó en un asiento, uno de los pocos disponibles. Para evitar que las vendedoras la miraran de mala manera, se probó un par de sandalias. Unas de plataforma de base de madera y tiras plateadas cerrándose sobre el tobillo. Otra de taco muy alto. Susana compró los dos pares. Los iría a dejar a su BMW y luego volvería al aeropuerto por más información del vuelo de Renato.

Salió de la tienda y volvió a salir a los pasillos saturados de viajantes. A los pocos metros, el acosador la esperaba. Susana se hizo la valiente y le miró fijamente. Pero aquel desgraciado era un kamikaze e iría a por ella hasta el final. Se detuvo en una esquina, dejando que la gente pasara. El maldito tampoco se movió. Susana decidió caminar en la otra dirección y alejarse. Cuando llevaba unos metros caminando y esperaba en la fila de una escalera mecánica, notó que alguien se pegaba a su cuerpo. Susana miró atrás. Era el acosador.

Iba a lanzar un grito cuando ve que alguien toma al sinvergüenza de la camisa y lo aleja. Era Joel. Ha tomado al acosador con las dos manos de la ropa y lo ha levantado en el aire para mirarlo a los ojos.

— Más vale que dejes de molestar a la señorita, imbécil —le advierte Joel, bajo la mirada de todos los presentes.

Joel alza al tipo sobre el piso. Vaya si es fuerte, piensa Susana. Sin querer, repasa el cuerpo de Joel. Rostro redondo, bronceado y de cabello rubicundo salpicado de canas. Brazos gruesos, hombros anchos y tronco amplio. Barriga generosa, un bulto sobresaliente en la entrepierna y piernas como troncos. Susana desvía la mirada al darse cuenta que ha mirado la entrepierna de Joel. Justo en ese momento, el enorme y bronceado gringo suelta al acosador.

—  Más vale que no me hagas enojar y dejes a la señorita —Joel alza la voz, amenazante—. Y ahora vete.

El hombre, que debe medir una cabeza menos que Joel, tiene cara de horror y esfumada su valentía, se pierde en la multitud.

— ¿Está bien, Susana? —pregunta Joel.

— Si. Muchas gracias —dice Susana.

Aun tiene miedo, pero está aliviada.

— Hay mucha gente y creo que no está pasando un buen rato aquí —explica Joel—. Mi mujer me ha dicho que todavía no abordan el nuevo avión ¿En serio no le apetece ir a un lugar mejor?

Susana no lo tiene que pensar mucho. Se da cuenta que no soporta esa muchedumbre. No quiere estar un minuto más en aquel lugar. Vamos, le dice Susana a su salvador. Se dirigen a la puerta de salida y luego cruzan unas calles para dirigirse al hotel de Joel. Susana muere por un trago y un bocadillo. A su lado, Joel espera su respuesta con expresión preocupada y una bolsa de género en una mano.

— He comprado un regalito para mi mujer —dice Joel—. Seguro que Mariza vendrá con un humor de perros por el mal viaje. Y si conociera a mi mujer, Susana, sabría que hay que aplacar su mal humor de alguna forma.

A Susana le alivia el humor de Joel. Los gestos y la forma de hablar del gringo la hacen sonreír y olvidar el incidente del acosador. Y Joel no para de bromear. La hermosa mujer se va relajando. Al exterior, camino al hotel de Joel, Susana disfruta de la frisa cálida y el espacio. Ha sido una buena idea marcharse de los concurridos espacios del aeropuerto.

Por su parte, Joel continúa con aquel buen humor y los chistes que la hacen reír. Pero por dentro, en su cabeza, empiezan a converger pensamientos maliciosos. Susana es una belleza. Con esa faldita corta y ese voluptuoso culito, a Joel le ha entrado lujuria. Pero no cree poder conquistar a una mujer con la mitad de su edad. Joel decide que si no se la va a coger, al menos logrará hacer que se saque la maldita casaca blanca. Si esa tarde Susana sigue con la chaqueta puesta a pesar del calor es por que esconde algo interesante debajo. El gringo cree haber visto un escote en pico y tirantes que se sujetan a una tela que rodea el cuello. Está seguro que es un sujetador súper sexy, esos con tirantes que envuelven todo el torso. Joel está seguro que Susana ha ido vestida muy sensual para recibir a su marido y espera conseguir que Susana se saque la chaqueta, o al menos que la desabotone.

Entraron al hotel donde se alojaba Joel y fueron directo al restorán. Era un buen hotel, de cuatro estrellas. Tenía amplios espacios y una decoración sobria. Para Susana lo más importante era la tranquilidad del lugar. Pese a ello, y quizás por la falda corta, no pudo evitar las miradas lascivas de algunos empleados. Susana se sintió confundida. Se sentía violentada y al mismo tiempo le gustaba toda esa atención sobre su cuerpo. Susana llevaba días imaginando escenas de sexo con su esposo y había despertado con un ánimo libertino. Tal vez por eso, lejos de avergonzarse, Susana caminó más sensual y segura.

Se sentaron en una mesa cerca de una ventana y revisaron el menú. Susana pidió para beber un pisco sour y un plato de salmón y ensaladas para comer. En cambio Joel se decantó por las carnes y el vino. Durante el almuerzo estuvieron pendientes de sus teléfonos. Ni Renato ni Mariza, la esposa de Joel, habían embarcado. Seguían en suelo uruguayo.

— Vaya si han tenido mala suerte —aseguró Joel—. Y la compañía aérea no da una pronta solución.

— Renato me escribió —dijo Susana—. Les han dado de comer, pero al parecer el vuelo saldrá después, durante la tarde.

— Habrá que hacer hora.

— Si —dijo Susana, apesadumbrada.

Joel observó a Susana. La mujer se mordía el labio y tenía cara de contrariedad. Aquello la hacía ver como una muchachita molesta. El cincuentón deseó que Susana fuera una puta. Sería fácil llevarla a la cama con unos cuantos billetes verdes. Le encantaría acariciar la piel blanca de sus piernas y ese culito tan grato a la vista. Seguramente, debajo de la casaca blanca, había un buen par de tetas. Joel pensó que necesitaba lograr que se desabrochara la chaqueta. Observó también los pómulos, la boca de labios gruesos, el mentón firme y el rostro redondo. Joel se sintió tentado a ofrecerle dinero para llevarla a la cama. Sin embargo, no lo hizo. En cambio, terminó la copa de vino y pidió la carta de postres.

Susana, en tanto, pensaba en las fantasías que había tenido el día anterior. Había imaginado el reencuentro; los abrazos de Tomas, sus besos y sus caricias. Había imaginado a su esposo entrando a casa, conduciéndola a la cama para hacerle el amor. Cuanto ansiaba Susana la verga de su esposo. Ella, más que nada, quería tener su coño lleno de la semilla de su esposo. Sin querer, su cuerpo reaccionó a sus pensamientos. Su respiración se volvió rápida, entrecortada. Había dejado de comer para sentir una sensación diferente en su vientre. Era un latido. El latido del deseo. Tuvo que mover las piernas, frotarlas entre sí. Puso una pierna encima de la otra, cruzándolas. No le importó que se subiera un poco la corta falda. Susana sintió más calor. Empezó a desear haber traído otra ropa.

— Susana… ¡Susana! —la interrumpió Joel.

— ¿Qué pasa? —preguntó Susana, aún fantaseando con su esposo.

— ¿Quieres pedir un postre? —le preguntó Joel.

— Creo que si —respondió Susana.

Había un camarero a su lado. Susana se preguntó cuánto tiempo llevaba ahí. El joven mesero le ofreció una carta de color rojo.

— La carta de postres, señora.

Ambos pidieron creme brulé y dejaron que el mozo se marchara.

— Siento haber levantado la voz —dijo Joel— pero estabas ensimismada.

— Lo siento —dijo Susana.

— No tienes que disculparte —continuó Joel—. Sólo he alzado la voz porque el mesero se había plantado a tu lado; me temo que lo ha hecho a propósito.

Joel hizo un gesto que Susana no entendió.

— ¿A propósito? —preguntó la hermosa mujer.

— Si, a propósito —confirmó Joel—. El muchacho te ha estado devorando con la vista desde que llegamos. Se ha parado a tu lado sólo para mirar tus piernas. Debo decir en su defensa que tus movimientos, tus cruces de piernas, llamaron un poco su atención.

Susana notó que la falda se le había subido. Sólo un poco más y hubiera mostrado las bragas negras.

— Lo siento —repitió Susana, con cierto abatimiento y una pisca de excitación.

Joel le tomó la mano.

— Deja de pedir perdón, Susana —le dijo Joel—. No has hecho nada. No es ningún pecado ser hermosa o querer andar por la calle bonita. Especialmente si es para recibir a tu hombre. No debes cargar con culpas y pesares que no te correspondes. Lo importante es vivir en paz y feliz.

— Gracias, Joel —dijo Susana.

Poco a poco, mientras comían el postre, empezaron a hablar de sus vidas. Joel del centro de eventos del que era dueño y de Miami y Susana de su trabajo. Al terminar el postre y empezar una primera copa de whisky, Susana le contó de su matrimonio y también de las largas ausencias de su marido. Con la siguiente copa, Susana empezó a ser más sincera y confesó que se sentía sola. Reveló que su jefe la acosaba sexualmente y que a ella le costaba resistirse cada vez más. Sin querer le habló a Joel de su vida sexual. La mujer hablaba y hablaba, desahogándose hasta sentirse aliviada. Tenía ganas de llorar durante el relato, pero resistió. A mitad de la tarde, Joel estaba sentado junto a Susana. La abrazaba, dándole consuelo mientras la joven se apoyaba en su hombro.

— Lo único que le importa a Renato es su trabajo —aseveró triste Susana.

Joel trató de consolar a Susana. Una parte de él lo hacía con buena intención pero otra parte -aquella parte lasciva de cada hombre- lo hacía con el fin de llevar a Susana a la cama. Pidió una nueva ronda de alcohol y consoló a Susana un rato más. Finalmente, vio en la frente de la hermosa mujer perlas de sudor. Seguramente Susana tenía calor.

— ¿No crees que hace calor? —hizo notar Joel, aparentando inocencia.

— Si, hace mucho calor —afirmó Susana, con las mejillas sonrojadas.

— Debes tener calor, cariño —dijo Joel, en el mismo tono íntegro, casi virginal—. ¿Por qué no te sacas esa chaqueta? ¿O al menos te la desabotonas?

Susana se observó la prenda blanca que cubría su torso hasta la cintura. En verdad se sentía sofocada. Sin embargo, si se sacaba la casaca revelaría el top crop negro y el sujetador. Susana se había mirado en el espejo antes de salir de casa y sabía que se eran una prenda explosiva y reveladora, algo que sólo estaba destinado a la mirada de su esposo. Sin embargo, tenía calor y estaba cabreada. Tal vez, el vino y el whisky ayudaron también a tomar una inesperada decisión.

— Es verdad —dijo Susana—. Al menos me desabotonaré la chaqueta.

Susana se desabotonó la chaqueta. Mientras lo hacía, miraba por la ventana, distraída. Eso le permitió a Joel espiar su vestimenta. Abajo había una prenda negra, ceñidísima, con un escote pronunciado de tirantes negros. Joel notó que no era sólo el top, el sujetador también formaba parte de la combinación. El conjunto enmarcaba unos senos generosos y blancos, exhibiendo esa área con sensualidad. Además, el bralette se unía a un collar de encaje negro en el cuello con un angosto lazo negro. La correa subía desde bajo la base del sujetador, separando visualmente los senos y el torso de Susana. Maravilloso, pensó Joel. Y que tetas. Fue una lástima que Susana no se desabotonara toda la chaqueta.

— Debo estar un poco borracha —dijo Susana.

— ¿Por qué lo dices? —preguntó Joel.

— Porque no siento vergüenza por exhibirme así —contestó Susana—. ¿No te parezco una mujer descarada?

Joel aprovechó aquella pregunta para mirar a Susana sin reparo. Sin duda, aquella pregunta le había dado autorización de mirar todo lo que quisiera. Así que se apresuró a observar la faldita de terciopelo, las largas piernas y las sandalias bajas con trencillas plateadas y broches que subían al tobillo. Subió la mirada hasta el top crop negro y a la maravilla de esos deseables y voluptuosos senos. Susana se exhibía de buena forma.

— No, Susana —aseguró Joel con voz firme—. No es una mujer descarada ni vulgar a la que veo.

Susana se acomodó el cabello y se mordió el labio.

— ¿Qué ves entonces? ¿A quién ves? —dijo Susana con el rostro pétreo, pero con la mirada encendida.

Joel se acercó a Susana para contestar.

— Veo una mujer segura y sensual. Veo a una mujer hermosa. La más hermosa que he visto en mi vida.

Joel vio a Susana jadear. En ese momento, vio su oportunidad. Con una mano, tomó a Susana de la nuca con ternura y firmeza. Susana abrió los ojos de color turquesas cuando descubrió la intención de Joel. Sin embargo, lejos de apartarse, empezó a cerrar los ojos. Entonces, Joel supo que ella no se iba a resistir y la besó. Los labios se reunieron y se entreabrieron. Joel, gracias a la mano en la nuca de Susana, dominaba el momento. Ella sólo se retiraba para tomar un respiro, pero luego se dejaba atraer por su dominio. Susana sentía que su corazón saltaba en su pecho y que una sensación cálida emergía desde su bajo vientre. Entreabrió un poco más sus carnosos labios. El cincuentón aprovechó la permisividad de la joven y la atrajo un poco más. Sin apresurarse, Joel puso la mano libre sobre el muslo de Susana. Ya casi era completamente suya.

Susana no sabía bien lo que hacía. Había llegado al aeropuerto a buscar a su esposo. Durante los días anteriores no había pensado en nada más. No se le había pasado por su mente coquetear con otro hombre. Sin embargo, ahora estaba besando a Joel, un desconocido. Si bien, era gracioso y no era feo, Joel estaba gordo y era mucho mayor. Seguramente tenía casi la edad de su padre, pensó Susana. Esos pensamientos, sin embargo, desaparecían como chispas en la oscuridad. Lo que prevalecía era las sombras de un deseo y una lujuria que se acrecentaban con cada beso. Susana no entendía porque estaba tan caliente. Al sentir la mano de Joel acariciar su muslo y subir hacia la falda de terciopelo, supo que no lo detendría. Deseaba que esa mano llegara más arriba, hasta su sexo.

— ¿Vamos a mi habitación? —dijo Joel, adivinando la calentura de Susana.

Susana, respirando entrecortado, desvió la mirada.

— No lo sé —respondió—. No creo que sea una buena idea. Estamos casados y…

Joel la atrajo de nuevo y la beso. Susana se mantuvo pasiva. Joel la besaba con más vehemencia y ella respondía sumisa a su contacto. Se dejó arrastrar por la lujuria. Esta vez abrió la boca y dejó que la lengua de Joel entrara. Sintió la presión contra sus labios y dientes. La mano de Joel acarició su muslo y se atrevió a ir debajo de su falda.

— Eres tan hermosa… tan sensual —le decía Joel entre besos—. Mira, siente como me tienes.

Joel miró alrededor. Susana también lo hizo. Nadie los observaba directamente, sólo el mismo mesero parecía estar disimuladamente atento. Joel le tomó una mano y la llevó a su entrepierna. Susana sintió el tacto del pene del cincuentón. Comenzaba a estar duro, erecto. Era una verga grande, pensó Susana; sin querer, se mordió el labio. Joel retiró su mano, pero Susana dejó sus dedos ahí, en contacto con la erecta verga a pesar del joven mesero que observaba desde la distancia.

— ¿Sientes como estoy, cariño? —preguntó Joel.

Susana asintió.

— Está duro —dijo Susana—. Estás caliente.

— Tú me tienes así, mi vida. Porque eres hermosa y desbordantemente sexy —Joel besó a Susana y su mano subió bajo la faldita.

— ¿Lo soy? —dijo Susana, ansiosa de recibir más piropos y atenciones.

Joel dio un par de besitos a Susana y ella empezó a mover las uñas sobre la verga cada vez más dura.

— Si… lo eres… la más bella —contestó Joel—. Cómo quisiera sacarte esta chaqueta y estrecharte en mis brazos. Como quisiera observarte todo el tiempo. Eres tan bella, tan sensual.

Joel continuó agasajándola con palabras mientras su mano acariciaba sus muslos y subía hasta su entrepierna. Sin prisa pero de manera constante, Joel avanzó. Y pronto alcanzó el coño de Susana. Con el índice acarició aquella zona. Susana frotó los muslos al sentir el contacto, pero no hizo nada más. Estaba entregada.

— ¿Cómo quisiera sacarte esta faldita de terciopelo, Susana querida? —dijo Joel, mirando a los ojos a la hermosa fémina—. ¿Cómo quisiera besar todos tus secretos?

A Susana le calentó su contacto y sus palabras. Besó a Joel. Sacó la lengua y la pasó por los labios de aquel desconocido. Susana y Joel se morreaban en aquella mesa, junto a la ventana. Se acariciaban bajo el mantel. Joel aprovechó aquel desenfrenado beso de Susana para acariciar un seno, apretarlo y después manosear un instante el pezón bajo el sujetador. Seguramente todos, a pesar de la distancia, empezaban a comprender lo que pasaba. La escena comenzaba a ser escandalosa, pero ni Susana ni menos Joel se detuvieron.

Joel sintió que Susana tomaba su pene con mayor brusquedad. Susana estaba desesperada, tan excitada como él. Al separarse un hilito de saliva colgó entre ellos. Susana tuvo que acomodarse el top para no mostrar los pezones.

— Creo que estás igual que yo —dijo Joel, señalando con un gesto el pene—. Vamos a mi habitación.

La mujer no dudó. Mientras salían del restorán, no obstante, Susana sorprendió a Joel.

— ¿Cuál es tu habitación? —preguntó Susana.

— La 339 —respondió intrigado Joel.

Susana se alejó en dirección al joven mozo que había estado espiando. Joel la observó. Era una mujer divina y voluptuosa. Tenía un culazo y unas piernas de lujo. No podía esperar para sacarle esa falda. La fémina habló con el mesero con coquetería. Fue sólo un momento y luego volvió con Joel.

— He pedido que nos suban champaña —anunció Susana.

— Que rico —dijo Joel.

— Rico es lo que vamos a hacer —dijo Susana con sinvergüencería.

El mozo se quedó mirando a esa hermosa mujer y al hombre que le doblaba la edad. Y es que Joel podía haber sido el padre de Susana. Sin embargo, se marcharon muy abrazados.

Se subieron a un ascensor lleno de espejos. Susana vio su reflejo y empezó a pintarse los labios. Joel miraba su boca carnosa, la maldita chaqueta y el magnífico culo marcarse en la corta falda. Joel, antes de marcar el número del piso, le habló a Susana.

— Ábrete la chaqueta.

Susana se miró en el amplio espejo del ascensor. Debajo de esa chaqueta aún una parte de la vestimenta estaba escondida. Era para sorprender a su esposo. Sólo su marido debía poner los ojos en ella. Sin embargo, Renato no estaba ahí y sólo Joel estaba en su lugar. Susana quería sentirse admirada y deseaba. Además, estaba caliente. Así que empezó a desabotonar la chaqueta.

— Marca el último piso —pidió Susana, al desabrochar el siguiente botón.

— Pero mi habitación queda en el tercero —aclaró Joel.

— Marca el último piso —repitió Susana, y desabrochó un botón más.

Joel hizo funcionar el ascensor y giró para prestar toda su atención a Susana. La chaqueta dejó ver el top negro y escotado que usaba. Era efectivamente una prenda ajustadísima, con las tiras del bralette sobre la parte superior de unos grandes y redondos senos. Una correa viajaba por el centro del torso de Susana y se unía al anillo de tela en el cuello. Al terminar de abrir la chaqueta, Joel descubrió que el top dejaba a la vista la parte inferior del abdomen, la espalda y la cintura. La falda de terciopelo subía hasta la estrecha cintura, tapando parte del ombligo. El vientre de Susana era planísimo y el sensual top crop decía mucho de las intensiones de Susana para esa tarde.

— Bonito conjunto ¿no? —preguntó Susana, girando sobre sí misma. Se había sacado del todo la chaqueta y la había dejado caer al suelo.

Joel observó a la mujer con deseo. Y lo mejor era que en los espejos podía ver aquel reflejo repetido. Que culo, que tetas y que cintura. Que piernas de yegua, pensó.

— Me gusta —dijo Joel—. Me gusta todo.

Susana sonrió. Luego se acercó Joel y lo beso. Fue un beso largo, lascivo. Las lenguas se encontraron y luego se apoderaron de los espacios. Joel aprovechó para poner sus manos sobre aquel culazo. Dios, pensó Joel, es como acariciar el cielo. Le subió la falda para verle el trasero en el reflejo del espejo. Joel manoseó los glúteos, comprobando la voluptuosidad. El trasero de Susana era redondo, firme y generoso. Susana se colgaba del cuello mientras se besaban, pero no era todo lo que hacía. Con la cadera y el vientre Susana rozaba el pene erecto de Joel. Estaban calientes.

Perdieron la noción del tiempo. Pero tuvieron que parar cuando las puertas del ascensor se abrieron en el quinto piso. Se separaron con rapidez y aparentaron inocencia. Susana se bajó la falda y recogió la chaqueta y la cartera. Bajo los ojos de una pareja y un par de hombres de trajes negros, marcaron el tercer piso en complicidad. Susana se arregló el cabello trigueño y el maquillaje frente al espejo. Los hombres la miraban disimuladamente. Susana lo sabía. Se acercó a Joel y le tomó la mano. Luego, lo besó estirándose para tomarlo del cuello, inclinando el trasero. La falda subió y hubo tensión en el elevador. Justo en ese instante, llegaron al tercer piso.

Salieron del ascensor y volvieron a besarse. Caminaron accidentadamente entre morreos y manoseos hasta la habitación. Sin parar entraron y cerraron la puerta, todo bajo la mirada de una mucama y uno de los hospedados. La habitación era amplia, con un baño a la entrada, un escritorio, un biombo, una amplia cama y un balcón. Pero nada de eso les importaba a los amantes. Susana llevó a Joel junto a la cama, arrojó su cartera y ahí comenzaron a desnudarse. Joel del todo, rápidamente, pero Susana se dio un respiro. Se había vestido ese día para ser observada y admirada su belleza. Se había vestido así conscientemente para volver loco de deseo a su marido. Y aunque Joel no fuese su marido, ella lograría su objetivo.

Joel no pudo hacer otra cosa que dejar que Susana se retirara. Separados no más de dos metros, se miraron. Ella examinó con satisfacción el deseo en el rostro de él; en tanto, Joel no podía apartar la mirada de aquel cuerpo. Susana movió las caderas, simulando un baile. Se quitó el top, dejando a la vista el sujetador -también de revelador encaje- y aquellos accesorios extraños pero excitantes: una pieza negro bajo  el sujetador con la correa que subía en medio de sus impresionantes tetas y que iba a unirse con aquella cinta en el cuello.

Susana se movía con sensualidad. Tenía un abdomen planísimo y una cintura armoniosa. Vaya anatomía, pensó Joel. Aquella mujer era un ángel encarnado que la providencia le había puesto en el camino. No podía apartar la vista de los movimientos de la mujer. Cuando Susana giró para dejar caer la falda y mostrar un culo inigualable, Joel supo que había terminado con la suerte de una vida. Era como si dios le hubiera sonreído. Dios, en su magnanimidad, había creado a esa joven mujer para demostrar que en este mundo aún podía existir abundancia y perfección. Era un milagro. Y ese milagro era para él, pensó Joel.

Observó sin disimulo aquel rostro de hada, aquellas tetas abundantes y firmes, las caderas sinuosas, los largos y carnales muslos y pantorrillas. Qué belleza, pensó. O tal vez lo dijo en voz alta porque Susana le sonrió mientras lanzaba la falda  a un lado y regresaba a su alcance.

Joel estaba ya desnudo. Era alto y fornido, era grueso en la cintura y se notaba fuerte. No era un adonis, pensó Susana, pero tenía piernas fuertes como pilares de piedra y una verga gruesa, larga y bien dispuesta colgando desde la entrepierna. Susana se arrodilló frente a Joel, mirándolo a los ojos. Las manos de ella acariciaban las caderas del hombre, sus glúteos y luego las recios muslos con escaso bello. Susana observó aquella verga y luego a Joel a los ojos. Sonrió, complacida. Le sonrió y besó su barriga. Una, dos, tres veces. Llenó de besos aquella pansa. Tantas veces como fuera necesario para excitarlo. Luego, Susana sacó lentamente la lengua y lamió la barriga. Sólo una vez y luego volvió a sonreír. La mujer sabía mentir. Joel no era un adonis como su esposo pero estaba excitada, muy caliente, y la verga gruesa de Joel estaba a mano y le servía.

Susana tomó el pene y se lo llevó a la boca. No lo beso; sólo pasó sus labios gruesos, bien carnosos, sobre el amplio glande. Sintió el olor de aquella verga y sacó la punta de la lengua para sentir su sabor. Picante y salado. Aquellos estímulos fueron suficientes. Empezó a lamer la piel, desde la punta hasta la base. Joel empezó a suspirar, a gemir. Susana dio besuqueos y mimos al pene, alrededor de éste. Tomó la verga con una mano, tirando de la piel para exponer bien la cabeza. La acomodó, la dejó bien dispuesta. Entonces, Susana miró a Joel y empezó a darle una buena mamada.

A Joel casi no le respondían las piernas. Quería sentarse, pero no que Susana dejara su pene. La mamada era divina. La boca de aquella mujer era extraordinaria. Joel veía como su pene desaparecía y luego volvía a aparecer. Sentía los labios apretar su carne y la respiración de ella sobre su piel ensalivada. Susana apresuró la felación. Ella suspiraba y gemía. Algunos sonidos eran como maullidos. Joel acarició el cabello amarillo oscuro y la espalda de la mujer. Sus manos deseaban tocarla entera, sin embargo, no podía moverse. La fantástica mamada de Susana lo tenía paralizado.

Joel no quería correrse todavía. Con pesar, se separó. Susana le miró como una niña a la que le han quitado su juguete favorito. Joel tomó la iniciativa e hizo que se incorporara. La besó con lascivia, adentrando su lengua en la boca de Susana. La mujer respondió con la misma lascivia, pegándose a él y haciendo que sus cuerpos se rozaran. Joel la agarró desde el culo e hizo que se empinara para seguir besándole. Ella le acariciaba el pene y luego se colgaba de su cuello. Joel no quería esperar más; quería follarla.

Le desabrochó el sujetador y los senos grandes quedaron a la vista. Eran senos juveniles, firmes. Los pezones largos y rosados apuntaban en ángulo hacia arriba. Joel se dio cuenta que aquel bralette -una parte todavía en el torso de Susana- contenía un tesoro. Empezó a lamer los pezones y las aureolas. Joel quería chupar aquellas prodigiosas tetas como si fuera el dueño. Susana cerraba los ojos y gemía. Gimoteaba y se estiraba del placer. Estaba fuera de sí.

Cuando Joel llevaba sus manos a la bombacha, con la intención de sacársela y probar ese coñito, alguien tocó la puerta. Joel miró la puerta, dispuesto a ignorar el llamado en la puerta; sin embargo, Susana llevó la mirada a la entrada y sonrió.

— La champaña —dijo y se separó.

La mujer caminó hacia la puerta. Joel se quedó de pie y con la verga al aire, en fin, sorprendido. Ahí iba Susana, dando largas zancadas y medio desnuda a abrir la puerta. O estaba loca o estaba muy caliente. Susana abrió, primero un poquito, mirando de refilón.

— Si. Es la champáña —confirmó Susana, con aparente normalidad—. Entra.

Susana habló y dejó la puerta. Caminó al interior. Joel se apresuró a salir del campo visual y a cubrirse de alguna forma. Consiguió llegar tras el biombo. Podía ver a Susana y la puerta gracias a un espejo al otro lado.

Entró a la habitación el mismo mozo del restorán. Llevaba el mismo uniforme, una bandeja con la botella de champaña y dos copas. Además, un par de bultos en la otra mano. Parecía un poco avergonzado. Su cara era un poema, estaba rojo de la vergüenza. Dio un par de pasos y observó la habitación con cautela y luego a Susana. Al ver las tetas al aire se quedó de piedra. Desvió la vista pero de inmediato le pegó un repaso con la mirada al cuerpo de Susana. En algún momento consiguió hablar.

— He traído lo que pidió —dijo el muchacho—. Además se le han quedado estas bolsas abajo.

— El calzado que he comprado en el aeropuerto —recordó Susana—. Gracias.

Claro, pensó Joel, estaban tan calientes en la mesa del restorán que habían dejado olvidadas las compras de Susana. Ella tomó los paquetes de la mano el mozo y se fue a la cama. Caminaba como si estuviera en una pasarela y tuviera que hacer resaltar la escasa ropa que llevaba: aquella prenda en el torso que unía cuello y torso con una correa que separaba sus desnudas tetazas. Y el calzón negro de encaje que en realidad era una tanga disimulada gracias al encaje.

— Abre la champaña mientras busco tu propina, por favor —le pidió Susana al mozo y miró a Joel para guiñarle un ojo.

Susana gateó sobre la cama para recuperar su cartera. El mozo no le quitaba la mirada mientras manipulaba la botella. Susana se sentó en la cama y cruzó las piernas. Sacó un par de billetes. Mientras el mesero luchaba con el corcho, Susana revisó las bolsas. Sacó el calzado y empezó a probárselo. Se puso las sandalias de taco alto. Se las miraba distraía y dejaba que el chico la miraba con descaro. Con ese calzado se puso de pie y caminó de vuelta. Finalmente, el mozo había logrado abrir la botella y parte del líquido espumante se empezó a derramar sobre la bandeja.

Susana, ya al lado del mozo, le arrebató la botella y bebió el contenido que se derramaba. Parte de la champaña terminó en su mentón y sobre las tetas. Vaya mujer caliente, pensó Joel, exhibiéndose como una ninfómana. El pobre chico no sabía qué hacer. Sus manos, inconscientemente, estuvieron a punto de ir a los magnos senos. Sin embargo, se detuvo con una mirada de Susana.

— No hay que desperdiciar algo tan rico —dijo Susana, insinuante—. Está muy bueno ¿Quieres probar, chico?

El pobre muchacho no sabía qué hacer. Joel tampoco. No vaya a ser que me roben al angelito, pensó el maduro. Pero mientras el pobre chico tomaba la botella y probaba la champaña, Susana le guiñó picarona un ojo. Y Joel se quedó más tranquilo y también mucho más excitado.

— Delicioso ¿no?

El mozo asintió con una media sonrisa en el rostro. Susana le dio el dinero, muy coqueta. Entonces Susana los sorprendió de nuevo. Tomó la braga desde las caderas y comenzó a bajarlas. La llevó hasta el tobillo en un movimiento seguro. Luego, se las sacó y las expuso en una mano.

— Y toma esto también —dijo Susana, entregándole el calzón de encaje al mozo como parte de la propina—. Gracias por traer mis compras olvidadas. Espero que sigas así… servicial y… atento.

Joel no sabía si Susana refería a la atención o a la erección del pobre mozo.

— Ahora, vete. Déjame sola —pidió Susana al muchacho—. Tengo cosas urgentes que hacer.

El mozo echó la última mirada mientras Susana caminaba a la cama. Seguramente pensaba en aquel culo de fantasía y en ese caminar de mujer en celo. Con pesar, el muchacho cerró la puerta. De inmediato, Joel salió de su escondite. Susana la esperaba estirada en la cama y con las piernas abiertas. El coño de Susana estaba bien depilado y húmedo. Joel podía ver e incluso oler la calentura de la mujer.

De inmediato, se lanzó sobre aquel coño. Joel empezó a chupar el clítoris y probar el sabor de las secreciones. Susana estaba muy caliente. Empezó a gemir, a pellizcarse las tetas y a hablarle.

— Eso… mete bien esa lengüita en mi coño… si… así… —decía Susana—. Hazme lo que no puso hacer ni aquel chico ni mi marido.

Joel le chupó bien el clítoris y le penetró con un dedo gordo.

— Que rico… mételo… más… así… —Susana continuaba agarrándose las tetas y moviéndose en la cama, desesperada de placer—. Otro dedo… eso… muévelo, así… así, mi amor… más adentro.

— Te gustó calentar al chico, Susana.

— Si… me calentó… si no hubiera sabido que tu vergota estaba esperándome me lo follo… —confesó Susana—. Ese cabrón me quería comer las tetas… se le iban los ojos.

— Estás en celo, preciosa.

— Si… en celo… quiero verga.

Joel se incorporó sobre Susana, con cuidado, pero con prisa y le dio a probar dos dedos cubiertos de fluido vaginal.

— Prueba tu calentura —le dijo.

Susana abrió la boca y sacó la lengua. Dio vario lengüetazos a los dedos y luego se los metió a la boca. Chupó, probó y se calentó más haciendo lo que hacía. Se calentó con las manos de Joel sobre sus tetas, con los morreos, con la idea de ponerle los cuernos a su esposo. Pero lo que realmente le calentó fue verse ante el espejo con su amante y sentir y ver como Joel empezaba a penetrarla.

— Fóllame, cabrón —pidió Susana, servida al placer—. Fóllame, gringo hijo de puta.

Joel echó la pelvis hacia adelante, presionando con el pene sobre el coño. Empezó a penetrarla, mordiéndole un pezón al mismo tiempo y cogiendo a Susana del culo para facilitar su avance. Empezó a moverse, adelante y atrás, lento pero con vigor.

— Que rico… —bramó Susana, con la voz enronquecida—. Lo siento latir… tu gran pene esta latiendo… dios… es como tener un corazón en el coño, cabrón.

Joel tenía los brazos sobre la cama, así evitaba dejarle caer todo el peso sobre Susana y la follaba a placer. Era fuerte y podía resistir aquel esfuerzo. También Susana hacía su parte. Una pierna la levantó hasta el hombre de Joel y ahí la dejó apoyada. Abierta del todo, Susana recibía la verga de Joel con facilidad. Estaba tan mojada y caliente que casi no sentía dolor. Cuando la verga se adentraba, Susana iba a su encuentro con un movimiento de cadera. Era puro placer.

Cambiaron de posición. Primero lateral, con el arrodillado y metiendo bien adentro. Después, Susana se giró y se ofreció por atrás. Joel no intentó de inmediato el culo. Quería follarle bien aquel coño mojado. La folló sin pausa con Susana estirada boca abajo y cuando se acomodaron para el doggy style empezó lo fuerte. Joel atacó con toco el coño de Susana. Ambos sudaban y les faltaba la respiración, pero no se detuvieron. Susana gemía muy bajito, concentrada en sentir cada fibra de su cuerpo. En cambio, Joel empezó a hablar de manera vulgar.

— Estás mojada, perrita… como corre mi pene en tu coño… se nota que te gusta, putita —decía Joel, antes de volver a penetrarla—. Vamos, puta… dime… yo se que te gusta la pija.

— Si… está rico… cógeme, Joel… dame tu verga… adentro… así —bramaba Susana y luego besaba el pecho de Joel.

Susana se recostó con una mejilla sobre la cama, mirando hacia el espejo, para erguir bien su culito. Joel estiró las manos para acariciar las tetas y los pezones. Ahí se entretuvo muy brevemente, pues de inmediato se afirmó, con las manos apoyadas en las caderas sinuosas de Susana, y empezó a penetrarla. Metía y sacaba. Al mismo tiempo, Susana se acariciaba el clítoris con dos dedos. Era pura lujuria.

De pronto, un teléfono empezó a sonar muy cerca. Susana levantó la mirada y luego giró el rostro. En una esquina de la cama estaba su cartera. Se separó de Joel, que reclamó pues estaban en mitad de la faena sexual.

— Extiéndete sobre la cama. Ponte boca arriba —ordenó Susana mientras buscaba su teléfono celular—. Ahora, yo te voy a follar.

Joel se estiró en la cama, siguiendo las indicaciones. Susana había sacado el teléfono; justo antes de contesta Susana se subió a horcajadas sobre el sexo de Joel. Era una locura, pensó Joel; pero aquella locura le excitaba.

— Es mi marido, Joel —reveló Susana con una sonrisa picara—. Quiero castigarlo.

— Muy bien —contestó Joel, apresuradamente—. ¿Qué hacemos?

— Permanece en silencio y mantén esa verga bien dura —respondió Susana.

Susana se acomodó sobre el pene y empezó la penetración al mismo tiempo que atendía el teléfono. La cabrona quiere follar así, pensó Joel, mientras habla con su marido. Bien. La haremos feliz.

— Hola, amor —dijo Susana mientras se empezaba a mover sobre el sexo de Joel—. ¿Dónde estás? Te echo de menos.

— Estoy en el hotel, en Uruguay todavía —se escuchó decir a su marido en el teléfono—. ¿Y tú? ¿Dónde estás?

Susana había activado el altavoz. Es una sinvergüenza, pensó Joel, mientras le acariciaba los senos.

— Yo… estoy en un restorán… camino a casa —mintió Susana, mordiéndose el labio cuando Joel le pellizco un pezón—. No tenía ganas de llegar a casa sin ti… Me haces faltas.

— Yo igual te extraño, mi amor —dijo el cornudo esposo de la mujer—. Espero que mañana el vuelo salga a la hora. No es necesario que vayas a recogerme. No quiero tenerte dos días seguidos en el aeropuerto.

Joel le agarró con fuerza del culo y azuzó a Susana a moverse con más vigor.

— Seguro… mi vida… —dijo Susana, excitada—. ¿Si quieres puedo ir por ti?

— No, mi amor ¿no me escuchaste? No vayas. Aprovecha de descansar o hacer tus asuntos.

Susana se separó del teléfono y besó brevemente a Joel. La sensual fémina se meneaba con energía sobre la verga. Y el gringo movía las caderas para penetrarla bien a fondo.

— Estoy haciendo mis cosas —respondió Susana, con el auricular junto al oído de nuevo—. Pronto… cuando acabe…. iré a casa.

— ¿Dónde estás, Susana? —se escuchó la pregunta de aquel pobre cornudo.

Susana no contestó de inmediato porque estaba chupando un dedo que Joel le había metido a la boca. Se demoró. Movía con fiereza las caderas y se metía bien adentro el pene de Joel. Susana estaba excitada, se le notaba.

— ¿Susana? ¿Me escuchas? —preguntó el cornudo por el altavoz.

— Te escucho… pero se corta, mi amor —respondió Susana, aún sacando la lengua para lamer la mano de su amante.

— Te pregunté, ¿Dónde estás, mi vida? —repitió el cabrón.

Joel dio una palmada en el trasero de Susana y la mujer meneó su cuerpo y le dio a probar de sus grandes senos.

— Estoy en un restorán… —respondió Susana y le comió la lengua a Joel en un morreo—. Estoy comiendo una rica lengua… de vacuno.

— Que rico, mi amor. Tenme paciencia, cariño —dijo el traicionado esposo—. Pronto volveré a casa, contigo. Te compensaré estas ausencias, te lo prometo.

— Quiero tenerte en casa, bebé —pidió Susana con Joel mordiendo un pezón y lamiendo después su cuello.

— Yo  igual quiero estar contigo, amor de mi vida —dijo el esposo de Susana, ignorante de cómo Susana al mismo tiempo se daba un nuevo morreo con Joel.

El hombre seguía hablando y Susana mantenía el teléfono en la oreja, pero estaba más concentrada en mover las caderas para darse placer con la verga gruesa de Joel.

— Más… así… más rápido… —dijo de repente Susana a Joel, olvidándose un instante del teléfono.

— ¿Qué, amor? —se escuchó decir al cornudo—. ¿Qué dijiste?

Susana no respondió. Había dejado el teléfono a un lado, sobre la cama, y se estaba morreando con Joel. El marido se escuchaba llamándola por la bocina del teléfono móvil, pero Susana estaba entretenida regalándole la lengua y el coño a su maduro amante. En algún momento la llamada se cortó. Susana saltaba descontroladamente sobre la verga de Joel.

— Eres una puta —le dijo Joel a Susana—. Una bestia traicionera.

— Si… soy la esposa más puta… una perra… bien perra… bien zorra… —bufaba Susana, moviendo las caderas—. Voy a correrme cabrón… aaahh… aaayy… aaha…

— Córrete, puta. Te lo mereces…

El teléfono empezó a sonar de nuevo. Susana ni siquiera lo miró, demasiado preocupada en disfrutar de su orgasmo. Entonces, lanzó un largo grito y cayó sobre la cama. En tanto, Joel le colocaba la verga al lado de la boca.

— Me voy a correr, cabrona. Chúpamela —le ordenó a Susana.

Susana abrió los ojos y se incorporó pesadamente después de su orgasmo. Mientras agarraba la verga de su maduro amante, el teléfono volvió a escucharse. Otra vez, Susana contestó.

— Amor, ¿no sé qué pasa con la señal del teléfono? Se corta la llamada y no se escucha —mintió Susana de nuevo antes de meterse la verga de Joel en la boca.

— Debe ser el roaming internacional —aseguró con inocencia el cornudo, de nuevo en altavoz—. Sólo quería decirte que te extraño y que ojalá estés bien, amor.

— Yo igual te extraño… si… —aseguró Susana, masturbando a Joel—. Estoy bien, cariño… muy bien… no te preocupes. Ahora… aahhh… me tomaré una leche caliente y luego me voy a casa.

— Aliméntate bien, amor —se escuchó decir al cabrón—. Has adelgazado últimamente.

— Si… por eso me voy a tomar esta rica leche, cariño —respondió Susana, dando lenguazos sobre el glande—. Mmmmmm…. Está rica…

— Que bueno, amor —dijo el cornudo—. Ahora, me despido. Vete pronto a casa. Buenas noches.

— Me iré pronto, cariño… no te preocupes —dijo Susana y empezó a mamar la verga de Joel.

— ¿Susana? ¿Amor? —se escuchó la voz masculina en el teléfono—. ¿Susana? ¿Me escuchas?

Pero Susana estaba con toda su atención y energías en entregarle a Joel la mamada de su vida. Se la comía la verga hasta tenerla bien adentro y luego la sacaba casi sin aire. Joel abrió los ojos, estaba a punto de correrse. Susana sonrió.

— Adiós, amor —dijo Susana a su esposo, aún esperando en el teléfono—. Tengo un asunto pendiente ahora mismo.

— Nos vemos mañana, amor.

— Si… nos vemos mañana, Renato —dijo Susana con la verga en la boca—. Te amo mucho.

— Yo igual te amo, Susana —dijo el cornudo— Adiós.

— Adiós —dijo Susana y cortó.

La desvergonzada fémina se aseguró que el teléfono estuviera apagado y luego dio varias mamadas rápidas y profundas. Justo en ese instante, Joel empezó a correrse en la boca de Susana. La mujer se tragó parte de la corrida, el resto la escupió en dirección al teléfono.

— Ahí tienes tu leche, cornudo —dijo Susana sacándose una profunda rabia—. Eso es por tu abandono, hijo de puta.

Joel se quedó sorprendido. Sin embargo, acaso aquella actitud le favoreció, se preguntó.

— Entonces, Susana, ni tu esposo ni mi mujer llegan hoy ¿Qué tal si pasas la noche? —preguntó Joel.

Susana observó al gringo desnudo.

— Muy bien, me quedo contigo —respondió—. Ahora, sirve champaña en las copas. Hay que celebrar.

Joel sonrió. Claro que había que celebrar.


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