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Fecha: 12-Feb-18 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

Masaje tras la comida

anatodorelatos
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Tiempo estimado de lectura: [ 131 min. ]
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El club de Genaro tiene un área destinad a cuartos de masaje. Y ¡Vaya si lo usamos!. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Para leer adecuadamente este relato te conviene leer primero sus predecesores:

 El club de Genaro

https://www.todorelatos.com/relato/139649/

Tras  aquella felación al chico moreno, en la sauna húmeda, observada por varias personas y flanqueada por mi esposo y Genaro. Tras haberme sentido utilizada por los tres hombres  erectos. Tras haber tragado todo aquel esperma y repartirlo con mi boca en la boca de mi esposo. Regresé a las duchas, donde un par de chicos jóvenes siguieron todos y cada uno de mis movimientos. Disfruté sintiendo sus miradas clavadas en mis tetitas y mi entrepierna y trasero enjabonados. En mi cabina me vestí  de nuevo, tan sólo con el vestido y los tacones, sin ropa interior, para ir a la terraza acristalada del comedor.

Tardé más que los chicos, porque tuve que peinarme y maquillarme. Ellos se habían pedido unos vermuts, y esperaban disfrutando de una animada conversación en la que Genaro hacía todo tipo de preguntas a mi esposo sobre mí.

Susana, la chica encargada de atender a los clientes, me ayudó amablemente con mi pelo. Aduló mi vestido de transparencias y me lanzó varios cumplidos en cuanto a mi figura.

“Oye Susana” le dije “¿Cuándo esta mañana nos esperabas, al llegar, le dijiste a Genaro que todo estaba dispuesto como él había indicado, a qué te referías?”

“Perdone señora Anna, pero esa pregunta no puedo contestársela. Los clientes realizan algunos encargos especiales, reservando cierto tipo de salas, o pidiendo una compañía concreta para algún encuentro. Le puedo comentar que el señor Genaro ha pedido dos localizaciones para esta tarde, pero deberá ser el señor Genaro el que se lo comente. Estoy segura que será de su gusto y de la de su esposo.

Quedé tan intrigada con la respuesta de Susana que aceleré mis pasos hacia el restaurante.

El espacio era increíble. Un gran porche, que en su día debía ser totalmente exterior, pero que había sido cerrado con una inmensa cristalera, en aluminio blanco. Las paredes interiores de los muros del chalet eran de ladrillo rústico y una infinidad de grandes y densas plantas, producían la sensación de estar en algún lugar en medo de la jungla. El ambiente estaba perfumado por varias masas de jacintos de colores rosa y morado. La orientación del recinto, hacia el sur, provocaba que el sol, tan bajo en invierno, bañaba con fuerza a través de las cristaleras, los manteles blancos, impolutos, con la cubertería y cristalería, esmeradamente colocadas.

La temperatura era increíblemente acogedora para ser principios de febrero. Media España estaba enterrada en nieve, y sin embargo en aquel porche parecía que estuviese empezando el verano.

Yo seguía disfrutando de las sensaciones de ir sin ropa interior y la minifalda del vestido color carne acentuaba las transparencias y me hacía parecer casi desnuda. Saboreé el momento, contemplando como los demás comensales giraban sus cabezas embelesados, lanzando miradas de libidinoso apetito.

Genaro y mi esposo se pusieron en pie y Genaro me arrimó la silla galantemente.

“¿Lleváis mucho esperando?” pregunté.

“Este es el segundo vermut” respondió mi marido.

Genaro hizo un gesto al camarero para que comenzara a servir el menú degustación de aquel sábado.

Para beber había un exquisito vino Marqués de Riscal, rueda, verdejo y el menú degustación estaba escrito en una lujosa tarjeta:

Los platos:

  • Crema de puerros con crujiente de jamón
  • Pastel de pescados de roca
  • Zamburiñas a la plancha
  • Ensalada de pulpo y gambones
  • Croquetas de jamón caseras
  • Langosta con verdura
  • Carrilleras de bellota al vino tinto
  •  

Los postres:

  • Frisuelos rellenos de nata con chocolate templado y
  • Tarta de queso con fresas “Delicatesen”

La verdad es que todo estuvo increíblemente sabroso y en su punto, carnes y pescados. Yo no suelo comer tanto. Bebimos dos botellas de vino, lo que me provocó una subida de calor y erotismo. No podía evitar dejar de recordar y percibir mis pechos y mi coñito desnudos bajo el vestidito.

“Genaro” pregunté “Susana no me ha querido explicar la frase que te dijo a nuestra llegada, que todo estaba dispuesto según habías indicado tú. ¿Qué sorpresa nos reservas a mi esposo y a mí?”

“Si puedes esperar, Anna, me gustaría contároslo mientras nos relajamos después de los cafés en la sala de masajes”

“¿Vamos a ir a una sala de masajes?” pregunté ilusionadísima. Me encanta que me den un buen masaje.

“Si estáis de acuerdo, sí. Te dan primero uno exfoliante y luego con aceites perfumados. Tengo la sala Alambra reservada para las cuatro de la tarde.

De nuevo en mi cabina, al desnudarme, me di cuenta de que volvía a tener mis pezones duros. Me lie en otra talla inmensa y seguí las indicaciones de Genaro. “Sala de masajes Alambra”

Subí al piso superior, donde el pasillo que daba acceso a las salas, estaba jalonado de puertas de madera muy clara, con el rótulo del nombre en grandes letras doradas. Fui leyendo hasta que di con la puerta: ALAMBRA.

Entré y resultó que yo era la primera en llegar.

Me extrañó el que sólo hubiese dos camillas y dos chicas preciosas. Una era rubia platino, se presentó como Joanna y la otra morena dijo llamarse Lola. Estaban enfundadas en unas camisetas y leguis de color blanco, tan ligeros y finos, que marcaban sus pezones, culos  y coñitos perfectamente. Iluminaban con su sola presencia, al caminar sinuosas con sus bellos pies descalzos.

Sonaba una música relajante chill out new age. Orquestada con melodías procedentes de órganos en dulces acordes. Se fundían rumores de agua corriendo, sonidos de viento y melodías tranquilas. En una pantalla gigante de led, que ocupaba toda la pared, se alternaban paisajes de montaña y mar, realmente relajantes.

“Puede quitarse la toalla y tumbarse boca abajo en esta camilla” me dijo la rubia platino, Joanna. Lo hice y ella me cubrió, pero con una toallita tan pequeña que apenas tapaba mis glúteos.

Genaro y mi esposo llegaron al cabo de cuatro o cinco minutos charlando. Joanna se había ocupado de mis pies durante la espera. Y entre el efecto del vinillo, la abundante comida y el masaje tan placentero, me había quedado medio dormida.

 Creo que Genaro y mi marido se estaban  haciendo buenos amigos. Al entrar hablaban de política, pero cuando ingresaron y me vieron desnuda, con la toallita minúscula sobre mis nalgas, ambos callaron para contemplarme.

Genaro le dijo a mi esposo:

“Tienes una esposa increíble. Tu ocupa la otra camilla”

“¿Y tú?” pregunté curiosa a Genaro “¿Tú no vas a recibir ningún masaje?”.

“No Anna” Me contestó “Yo ayudaré a Joanna  en el tuyo”

El corazón me dio un vuelco. Mi esposo iba a recibir un masaje de Lola mientras contemplaba a Joanna y Genaro ocupándose de mí.

Joanna dejó los pies me pidió que me tumbara boca arriba y tapo mi coñito y mis tetas con dos toallas blancas dobladas. Genaro desapareció detrás de un biombo y reapareció uno o dos minutos después, vestido de blanco, con unos pantalones de algodón anchos en los que claramente se veía que no llevaba ropa interior,  y una camiseta blanca ajustada que dejaba degustar visualmente su musculatura de gimnasio.

Ambas camas de masaje estaban colocadas en paralelo, como a dos metros la una de la otra. Lola era una morena alta y vigorosa, sin ser gorda estaba fuerte y amasaba la espalda de mi marido. Nos sonreímos ante nuestro mutuo deleite, pero luego mi esposo metió la cabeza en el hueco de la cabeza que tienen las camillas y se concentró en el masaje de Lola que se ocupaba de sus gemelos y muslos.

Yo miraba con placer a Lola, pues era una hembra guapísima, morena y con dos tetas abundante, que marcaban los oscuros pezones tras la finísima camisetita.

Joanna me pasó unas piedras calientes por el vientre y los muslos, luego me dio la vuelta y recogió las toallas. Yo quedé desnuda del todo, boca abajo. Joanna en la parte de la cabecera, de pie en el suelo apartó mis cabellos y comenzó a recorrer mi espalda, mientras Genaro a la izquierda de la camilla y con una rodilla subida, se ocupaba de dar sus primeras caricias en mis glúteos. Un ligero aroma a sándalo brotaba de una varilla en algún lugar que no podía ver. El aceite, las piedras calientes y lisas y las cuatro manos me recorrían provocando un estado de relajación y sensualidad desconocidas.

El coñito de Joanna estaba frente a mi cabeza, elevé los ojos. Los leggings blancos marcaban fielmente la forma de su vulva, la ingle y la rajita de su coño. Era obvio que no llevaba bragas. Casi me dormían con sus caricias. No me di cuenta del cambio, pero Genaro vino  a ponerse en el suelo de pie, junto a la cabecera, mientras que Joanna se subió de rodillas separando mis piernas y acoplándose entre ellas. Con la maniobra había dejado mis piernas tan abiertas que mi culo y mi coñito quedaron totalmente exhibidos. Ambos seguían jugando con las piedras en mi piel aceitada. Joanna en mis glúteos y muslos, bajando hasta mis pies. Genaro en mi espalda. Llegando con las piedras hasta la separación de mis nalgas y continuando hasta el ano y el coño, en el que encajaba ladinamente la piedra ardiente, produciéndome un gusto enorme.

Dejaron las piedras, pero continuaron con las manos y sentirles obscenos, tan impúdicos, se hizo insoportable para mí. Estaba necesitada de más acción. Miré a mi marido en un momento en el que Genaro acariciaba la boca de mi ano con su dedo, mientras Joanna ponía la mano sobre la de él, para dirigir el trabajo del dedo anular de mi masajista varón en el pequeño agujerito. Mi esposo estaba erecto. Sin dejar de mirarle llevé mi mano hasta los pantalones blancos de Genaro y busque su erección bajo la tela. Allí estaba. Tremenda. Genaro miró a Joanna al sentir mi mano izquierda tentando su entrepierna en el pantalón y le sonrió.

“Parece que la señora Anna empieza a reaccionar al masaje” dijo Joanna mientras miraba de reojo al cornudo de mi esposo en la otra camilla.

Lola remangó la toalla que tapaba el culo de mi marido y se quedó alucinada. Mi esposo estaba boca abajo, pero entre sus piernas brotaban los dos testículos y el pene totalmente erecto, presionado con intensidad contra la sábana de la camilla, por culpa de la postura. Los muslos de mi marido y sus nalgas brillaban por el aceite y las delicadas manos de Lola, con sus uñas pintadas de blanco, acariciaban las posaderas con tal erotismo que el pene de mi esposo sufría periódicos espasmos y dejaba escurrir gotitas de baba que caían en la sábana de la camilla.

Se miraron con complicidad, en silencio, Joanna y Genaro, mientras mis manos acariciaban el pene erecto de él sobre el pantalón. Joanna cogió mis pies y abrió mis piernas hasta que parte de mis dedos quedaron fuera de la camilla, a ambos lados. Entonces fue cuando sentí tres dedos de Joanna abrirme el coño y penetrarme. Miré a mi esposo y gemí, buscando el nudo de las cintas del pantalón de Genaro y deshaciéndolo lentamente.

Conseguí sacar el pene de Genaro y a él se le escapó un suspiro. Dejó mi espalda y se dedicó a disfrutar de mis dedos recorriendo y descorriendo la piel de su polla. El capullo lo tenía embadurnado en babas pre seminales y la erección estaba creciendo más y más por mis caricias. Fue Joanna la que pasó a ocuparse, con sus delicadas manos de mis muslos, glúteos y entrepierna.

“Date la vuelta” dijo Lola a mi esposo, que obedeció sin rechistar. La morena abrió las piernas de mi marido y se arrodilló entre ellas, sobre la camilla. La erección de mi marido no era aún definitiva, pero la verga pesada y morcillona quedó tumbada lateralmente, hermosamente, sobre el vientre. Extendió aceite en sus manos y se frotó una contra otra para extenderlo. El pene de mi esposo dio un repullo cuando las manos de Lola entraron en contacto con la verga. La mano izquierda sostenía los testículos administrando caricias dulces, y la mano derecha agarraba el tallo por la mitad y comenzaba a subir y a bajar. Pero era más la excitación que mi esposo sacaba de lo que veía en la otra camilla. A su esposa en manos de aquella pareja.

Yo me había incorporado y comencé a besar y lamer el pene de Genaro con tal mimo que sus gemidos se hicieron patentes desde el primer momento. El acariciaba mi espalda mientras yo le follaba con la boca, parando para lamerle la punta y el tallo, mirándole a los ojos semi cerrados por el gusto.

“¡Joder, Anna, que zorra eres!” Me dijo mientras se desataba del todo el pantalón blanco y se lo quitaba.

Joanna estaba detrás de mí, había echado más aceite en mi culo, que había escurrido por las redondas superficies hacia el desfiladero del ano, inundando mi coño. Al verlo, Genaro se inclinó y llegó con su dedo anular hasta mi ano, penetrando y apretando hasta que tuvo medio dedo dentro. Todo sin que Joanna parase de darle caricias a los labios sonrosados.

Miré a mi esposo, que me miraba a su vez a mí. Retorcía y tensaba los glúteos y las caderas mientras Lola, arrodillada entre sus piernas, continuaba masturbándole con exquisita delicadeza, aferrando y soltando los testículos duros.

Genaro gozaba con mi boca en su pene, viendo como Joanna me manoseaba lo más íntimo.  Se sonrieron y Joanna acercó su boca para besarle en un beso intenso de lenguas y mordiscos en los labios. Pero Genaro no se conformó con eso y metió la mano por el escote de Joanna para pellizcarle los pechos.

No tuve más remedio que dejar de comerle el rabo a Genaro cuando vi que Lola, en la camilla de masajes de mi esposo, se sacaba primero la camiseta, ofreciéndonos el placer de contemplar dos senos gigantes, pero perfectos. Luego se bajó de la camilla, lentamente, para darnos tiempo de goce. Bajó sus leggings y los dejó en el suelo. Volvió a subirse en la camilla, de rodillas entre las piernas de mi marido, como antes y comenzó a untarse las tetonas, el vientre y los brazos y muslos, con una cantidad exagerada de aceite.

Miré a mi esposo, él se mordió el labio inferior mirándome. Ambos sabíamos porqué se estaba untando Lola tanto aceite.

Genaro ordenó: “Lola, enséñale a nuestro invitado como trabajas el masaje cuerpo a cuerpo” Mientras decía eso me cogió de la nuca y me obligó a seguir mamando su polla. Lola untó el pene de mi esposo y se inclinó, encajándolo entre las ubres y comenzando a masturbar con las tetas lo que había masturbado antes con las manos. Era un espectáculo los dos tetones de Lola engullendo el falo tieso.

“¿Te gusta que masturben a tu esposo mientras me comes el rabo, verdad zorra?” Genaro sabía qué pregunta hacer para ponerme más cachonda. Besó a Joanna, que se quitó la camisetita. Los pechos de la rubia platino eran diminutos, pero sus pezones eran grandes y sobresalían. A los pocos segundos comencé a sentirlos contra mis nalgas y mi espalda. Genaro me obligó a girarme y tumbarme boca arriba.

“Vas a comer coño” me dijo.

Joanna se quitó los leggings. Genaro dio la vuelta a la camilla, organizando las posiciones como a él apetecía. Tumbada boca arriba me obligó a abrir las piernas a tope, colocó a la rubia de rodillas, a horcajadas sobre mi cara de espaldas a él. Luego se tumbó sobre mí y metió su polla en mi coñito, sin previo aviso. Mi grito quedó ahogado por el coño de Joanna que se adhirió a mi boca, jugoso y chorreante. Genaro aprovechó la postura para abrirle las nalgas a la rubia y lamer su ano.  La masajista gimió con nuestras dos bocas ocupadas en sus partes nobles. Era la primera vez que me comía un coño a la vez que el que me follaba se comía su culo.

Las babas de la polla de mi esposo habían hecho un charquito en su vientre, pero las tetonas de Lola extendían los jugos por toda su barriga y su pecho. Lola, arrodillada, con el culo en pompa se untaba las babas del pene en los pezones y se golpeaba las tetonas. Se incorporó y se sentó de rodillas, abierta de piernas, sobre los testículos de mi esposo. Luego comenzó a mover su cadera atrás y adelante, provocando que el leño de mi esposo se encajase entre sus labios menores, masturbando su clítoris con su propio ir y venir. Genaro no quitaba ojo de nuestra camilla.

Genaro me follaba con un ritmo cadencioso pero rápido, con su nariz y su boca metida entre los glúteos de Joanna, mientras mi boca se ocupaba del coño joven y tierno. La rubia platino era escandalosa y comenzó a gritar de puro placer.

Genaro me levantó de la camilla y se tumbó él en mi lugar. “Hazme un 69” ordenó. Yo abrí mis piernas encajando mi coño contra su boca y busque la polla. Joanna se había bajado de la camilla, acariciaba el ano y los testículos de Genaro con una mano y con la otra cogía el tallo del falo para meterlo en mi boca.

Al sentir la lengua y los dedos de Genaro en mi coño y ano, tuve que incorporarme, dejando abandonada su polla. Pero Joanna tomó mi lugar y se la metió en la boca. Luego vino hacia mí, mientras cogía la verga con su mano y comenzó a besarme ante el delirio de mi esposo y de Genaro.

Lola llevaba cientos de viajes con su coño sobre el pene de mi esposo. De vez en cuando lo masajeaba con la mano.

“¿Te gusta? ¿Lo hago bien?” le preguntaba constantemente.

“Si Lola” contestaba sin dejar de mirar a su esposa Anna.

En gran parte, las cosas que hacía yo, mis gemidos y mis caricias y lametones estaban dirigidos al mirón de mi esposo, a mi cornudo. Porque a mí me excita el que él esté así, erecto al verme follada por otro y comiéndome, a la vez, un coño. En uno de los viajes, Lola encajó el pene en su coño y se penetró. Mi marido no se movía, mirándonos mientras Lola comenzaba a follárselo, restregando los tetones contra su pecho.

“Métetela Joanna” dijo Genaro. Ella se subió a la camilla y de rodillas frente a mí, que aún tenía el coño en la boca de Genaro, se enfundó en el coño la totalidad de la polla erecta. Comenzamos a besarnos, Joanna y yo. Joanna se echó para atrás, apoyándose con la palma de las manos en la camilla entre las piernas de Genaro yo sin quitar el coño de su boca me incliné, reposando las tetas sobre su vientre y lamí el clítoris y la verga a la vez. Un buen rato.

“No voy a aguantar mucho más” avisó Genaro.

Lola sacó la polla de mi esposo y comenzó a masturbarle con dureza. Joanna sacó la polla de Genaro y ambas comenzamos a lamerla y masturbarla.

Casi al unísono ambos soltaron a borbotones su carga de leche.

Todavía quedaba toda la tarde por delante. La primera sorpresa preparada y reservada por Genaro para mí y para mi marido había sido la sala de masajes ALAMBRA.

¿Cuál sería la otra?


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