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Fecha: 08-Ene-18 « Anterior | Siguiente » en Transexuales

De lector enojado a puta trans

Marian
Accesos: 8.055
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 28 min. ]
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Este es un relato hecho a pedido por un@ de mis más fieles lector@s. Siempre sus emails me estimulan a seguir escribiendo. Y es un placer transformarl@ en una puta sumisa, como siempre quiso. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Capítulo I - Tentación

Roberto entró a su casa fastidiado por otra noche sin sexo. Su novia, otra vez, había puesto cualquier excusa y lo había dejado caliente. Siempre le hacía lo mismo. Se había planteado incontables veces si ella realmente se sentía atraída hacia él, o si sólo estaban juntos por costumbre. Aún temprano, sin cansancio y con ganas de divertirse un poco, se sentó frente a la computadora, y cliqueó en el marcador de TodoRelatos, la página a la que acudía cada vez que quería saciar su calentura. Sus historias preferidas eran de control mental, dominación, alguna que otra de fantasías eróticas, y hasta alguna lésbica, muy esporádicamente.

Esta vez, entre las recomendaciones de la página principal, un título le llamó la atención. Dudó mucho en abrir la historia, porque la categoría a la que pertenecía no sólo no le resultaba atractiva, sino que más bien le producía rechazo. No podía explicar bien el porqué, pero “Gays” era una etiqueta demasiado perturbadora para su gusto. Tuvo el cursor del mouse varios minutos sobre el link del título, con el dedo apoyado sobre el botón izquierdo. “Tengo que ser más abierto”, pensó. “Si la historia me resulta muy desagradable, la cierro y listo”, se convenció a sí mismo.

“De esposo frustrado a perra anal”, era el título de la pieza. Lo de esposo frustrado lo hacía sentirse identificado, así que comenzó a leer. La historia era bastante intrigante, ya que empezaba más como una novela de misterio que como un relato erótico. Al llegar a la mitad del primer capítulo, Roberto estaba aterrorizado. Su mano guiaba al mouse hasta la cruz del ángulo superior derecho, con toda la intención de cerrar la ventana, pero sus ojos no podían parar de leer el texto, que cada vez más, lo hundía en un miedo irracional, pero increíblemente seductor. Cuando terminó de leerla, quedó estático por varios minutos. Su mano sobre el mouse, sus ojos en la pantalla. Su boca entreabierta, murmurando palabras ininteligibles. Lentamente, volvió al principio de la historia. La leyó de nuevo, esta vez con más detenimiento. Al llegar a las partes de mayor erotismo, percibió que su pija respondía poniéndose completamente erecta. ¿Acaso lo excitaba que a un varón heterosexual lo convirtieran en puto? ¿Qué extraño efecto estaba teniendo ésta historia en él? Jamás él había sentido ni atracción por los hombres ni se había visto a sí mismo chupando penes ni mucho menos siendo penetrado. ¿Por qué esta historia le causaba tantas sensaciones?

Su vista subía y bajaba, releyendo el texto de la parte más erótica de la historia, mientras, imperceptiblemente para él, su mano derecha pajeaba su pija sin cesar. En el momento que acabó, sintió que se liberaba del agobiante magnetismo que el cuento ejercía sobre él. Se levantó y fue hasta el baño, donde se limpió los restos de semen de sus manos y su ropa. Se quedó mirándose al espejo por varios minutos. ¿Qué demonios le había pasado? ¿Cómo era posible que esa historia, tan perturbadora, lo hubiese excitado de tal forma?

Se sentó nuevamente frente a la pantalla, y sin darle tiempo a la tentación, cerró la ventana del navegador. Abrió su cliente de correo y se decidió a mandarle un email a la autora de la historia. Le diría exactamente lo que pensaba sobre tan delirante y enfermiza historia. Escribió como poseído, con sus dedos volando sobre el teclado. No ahorró insultos, recriminaciones ni amenazas. No se tomó siquiera el trabajo de releer el email. Lamentablemente, necesitaba volver a abrir la página para obtener la dirección de correo de esa trastornada. Lo hizo, dudando de su capacidad de contenerse a seguir leyendo. Rápidamente, copió y pegó la dirección en el campo de destinatario y presionó el botón “Enviar”, suspirando aliviado al haber resistido la tentación. Al cerrarse automáticamente la ventana de “Componer correo”, quedó a la vista el perfil de la autora de la historia, con la lista de relatos que había escrito. Roberto no pudo evitar que sus ojos leyeran uno a uno todos los nombres de las distintas historias, y su mano comenzó a temblar. La mayoría pertenecía a la categoría “Gays”, salvo por una saga que pertenecía a la categoría “Transexuales”. Evidentemente, por los títulos y breves descripciones, a esta loca le gustaba escribir historias donde los hombres hétero eran transformados en putos pasivos o hasta en mujeres trans. Tenía que evitar darle click a cualquier título. Tenía que evitar la tentación. Su mano guio el mouse hasta la cruz, pero su mente lo traicionó, y nada pudo hacer para evitar que el aparatito viajase hasta el vínculo de una nueva historia, que tan rápido como fue cliqueado se abrió, atrapando su atención, forzándolo a leer como hipnotizado.

Tan abstraído estaba en la lectura, que no percibió que estaba navegando la página desde el teclado, con su mano izquierda, mientras la derecha lo pajeaba vigorosamente. Las escenas de transformación y sometimiento se visualizaban en su cabeza como si fuesen una película. Las palabras se transformaban en imagen y aumentaban su ya enorme excitación. Acabó nuevamente, chorreando semen sobre el escritorio, sus ropas y sus manos, pero no le importó. Siguió leyendo, y al mismo tiempo sobando su pija que permaneció erecta. Sus ojos no se despegaban de la pantalla, sus pupilas completamente dilatadas, su mano derecha subiendo y bajando desenfrenadamente por su pija, que permanecía erecta, enrojecida, doliente.

Devoró la historia sobre el TransBurdel, y terminó de leer todos los capítulos. Ni siquiera registró en su mente cuántas veces acabó. Ya no respiraba, sino que jadeaba. Sus manos temblaban, y su cuerpo mostraba signos de extenuación. Intentó levantarse de la silla, pero no pudo. Estaba intentando juntar fuerzas, cuando el sonido de un nuevo email entrante lo sacó de su estupor. Al abrir el cliente de correo, se sorprendió al ver el remitente: ¡la autora le había respondido! Seguramente, se disculparía por la temática perturbadora de sus historias, así que sin pensarlo dos veces, le dio click al mensaje.

Un flash lo cegó. Quedó inmóvil. Boquiabierto. Sus ojos se clavaron en la pantalla, registrando inconscientemente cada fotograma, cada cuadro de una sucesión vertiginosa que implantaba imágenes y mensajes en su cerebro. Imperceptiblemente para él, transcurrieron unas horas en las que permaneció en ese loop. Cuando pudo reaccionar, en lugar de las imágenes o el flash, se leía un texto:

Querido Roberto: me alegra mucho saber que mis historias te han ayudado a sacar una parte de tu personalidad que no sabías que existía. Nada de malo tiene sentirse atraído por otros hombres. Está muy bien que quieras investigar y ahondar en ello. Sentite libre para ser vos mismo. Nadie pensará mal de vos si deseás experimentar con las pijas de otros hombres. Es realmente sexy y excitante ver a un hombre arrodillado frente a otro, sometido al poder hipnótico de una pija erecta. No dudes en someterte y experimentar todo lo que quieras. Contás con mi apoyo. En agradecimiento, te estoy enviando algunos productos del amplio catálogo de nuestro sex-shop.

Afectuosamente, Madame Marianne”

¿De qué demonios habla esta mujer? ¿Qué le dije yo en el email que le envié?, pensó inmediatamente Roberto. ¿Parte de mi personalidad? ¿Investigar?

El timbre de la puerta lo distrajo. Sin percatarse de que sus ropas estaban aún manchadas de semen, y su bragueta abierta, abrió la puerta sin siquiera preguntar quién era. Se encontró con un hombre alto, morocho, fornido, con músculos bien marcados en brazos y piernas, que se lucían por la bermuda color caqui que traía. La ajustada camisa abierta hasta el tercer botón mostraba un velludo pecho, con impresionantes pectorales. Roberto no podía dejar de recorrerlo con la mirada. No entendía cómo ni porqué, pero ese hombre le resultaba tremendamente atractivo. Internamente se lamentó de ser tan tímido, porque sabía que no habría forma de siquiera intentar avanzarlo. Nunca en su vida había sido capaz de insinuársele a otro hombre, pero: “¿alguna vez había querido insinuársele a otro hombre?”

La sonrisa cálida del repartidor hizo que el corazón de Roberto latiera aún más fuerte. “Tengo una entrega para vos. ¿Sos Roberto, no?”

Las palabras no salían de su boca, así que, casi involuntariamente, asintió con la cabeza. El muchacho dio un paso adelante, por lo que Roberto debió hacerse a un lado para dejarlo pasar. En ese momento, el repartidor apoyó una gran caja sobre la mesa, y mirándolo fijamente, le dijo: “tengo que esperar que revises todo el contenido, para ver si está en orden”.

Roberto, por fin, pudo balbucear: “¿qué es esto? ¿Vos quién sos? Yo… no pedí nada”. El repartidor fingió revisar sus papeles, y volviendo a sonreírle seductoramente, le dijo: “soy el repartidor del sex-shop. Es un obsequio de… ahhhh… ¡Madame Marianne!”, dijo el muchacho, dibujando una enigmática sonrisa en su cara. El rostro de Roberto se tiñó de rojo fuego. ¿Sex-shop? ¿Madame Marianne? ¿Acaso este muchacho sabía lo que esa mujer escribía? ¿Qué estaba pasando? ¿Qué habría dentro del envío?

Temblando, abrió la caja frente al repartidor, que lo miraba analizando cada movimiento. Al revelar el contenido, su vergüenza se multiplicó por mil. Tres plugs anales, dos dildos de distinto tamaño, ropa interior erótica, tanto masculina como femenina, DVDs con material porno gay, botellas de lubricante anal y algunos otros complementos llenaban la caja. Para terminar, un delicado pantalón blanco, que seguramente le quedaría extremadamente ajustado, y una camisa azul petróleo también muy ajustada completaban el envío. Roberto intentó cerrar la caja, pero el repartidor insistió: “¿estás seguro que está todo? Mirá que después no hay reclamos. ¿Querés revisar uno por uno los artículos? No tenés que tener vergüenza. A mí también me gustan los juguetes”, le dijo, guiñándole un ojo, lo que aumentó aún más el tono rojizo de la piel del tímido Roberto. “No, está bien. Podés irte”, respondió, y rápidamente hizo un gesto de acompañarlo hasta la puerta. Sin saber por qué, su mirada bajó hasta el culo del repartidor, y se quedó admirándolo, hasta que, una vez traspuesta la puerta, el hombre giró sobre sus talones, tan rápidamente, que la vista de Roberto quedó clavada en su bragueta. Allí pudo percibir la enorme erección que el muchacho traía. “Si te llega a faltar algo, llamame”, dijo sugestivamente el repartidor, mientras se acariciaba la pija por sobre el pantalón. Sin poder siquiera atinar a responder, Roberto cerró la puerta tras de sí, y se quedó allí parado, temblando como una hoja, con su rostro pasando del rojo fuego a un blanco pálido propio de quien está a punto de desmayarse.

Tambaleándose, fue hasta la mesa y se dejó caer en una silla, mirando absorto todos los productos que Madame Marianne le había enviado del sex-shop. Observó con detenimiento los plugs, la lencería masculina, la femenina, los dildos y los frascos de lubricante. Cuando pudo reaccionar, tomó uno de los plugs, para observarlo en detalle. En cuanto sus dedos hicieron contacto con él, sintió un rayo que atravesaba su cuerpo. La sensación era indescriptible. Sus ojos estaban clavados en ese objeto. Sus dedos comenzaron a recorrerlo lentamente, como intentando leerlo a través del tacto. En su mente, comenzó a verse a sí mismo, colocándose el plug, gimiendo de placer. Las dudas y los temores iban cediendo más y más ante la curiosidad, que pronto se transformó en necesidad. Ya no tenía miedo, sino que deseaba sentirlo adentro suyo. Se dio cuenta que ya estaba desnudo. ¿Cuándo? ¿Cómo?, se preguntó. Se paró y fue hasta el espejo de la pared. Se miró detenidamente. Su cuerpo delgado era poco atractivo. Tenía demasiado vello y eso lo afeaba. Tal vez debería depilarse, pensó, aunque inmediatamente se preguntó de dónde había venido esa idea. Volvió a mirar el plug en su mano. Se dio cuenta que en la otra tenía la botella de lubricante, así que no dudó, y esparció bastante del oleoso líquido sobre el juguete. Mirando en la profundidad de los ojos de su propio reflejo, introdujo lentamente el pequeño intruso en su ano. Algo en su cabeza explotó, y, soltando un gemido de placer extremo, empujó ese pequeño pedazo de goce supremo hasta el fondo. Volvió a la silla, y se acomodó, de forma de no dejar que su nuevo amigo saliera de dentro de él. Sus ojos repasaron rápidamente todos los objetos en la mesa, y sin dudar, tomó algunas piezas de lencería, acariciándolas mientras sentía más y más escalofríos que le proporcionaban un placer nunca antes experimentado. Eligió una provocativa tanga de encaje negro, que en la parte trasera se limitaba a ser un hilo dental que se hundía entre sus nalgas, lo que servía para evitar que su juguetito se saliera, mientras que le permitía acariciarse la pija. Tenía que estar cómodo para poder seguir leyendo las fascinantes historias de la enigmática autora, y poder pajearse incontables veces mientras lo hacía. Fue hacia la computadora, y cualquiera que lo hubiese visto, se hubiese sorprendido de sus movimientos gráciles y felinos, en violento contraste con lo que hasta hace pocas horas era un tosco y poco elegante hombre. Se sentó frente a la pantalla, y con suave ademán tomó el mouse. Eligió una nueva historia, esta vez de la categoría “Gays” y se dispuso a disfrutar de su lectura, ya que no había nada más excitante que leer sobre hombres cogiendo con hombres. Tal vez algún día él mismo pudiese superar el temor, y ser cogido por algún macho, pensó, e inmediatamente sintió algo extraño. En el fondo de su cabeza, una alarma intentaba avisarle que algo estaba mal. Fue sólo un segundo, ya que enseguida comenzó a leer, y la sensación se disipó inmediatamente.

Roberto abrió los ojos, con el sol golpeándole el rostro. Estaba tendido en su cama, con su cuerpo cubierto de leche (sonaba mejor decir leche que semen, pensó) y sudor. Su tanga se hundía entre sus nalgas, manteniendo en su lugar a su entrañable plug dilatador anal. Miró la hora, y se percató que pronto debía ir a trabajar, así que sin perder tiempo se levantó y se encerró en el baño. Mientras se bañaba, descubrió que su cuerpo estaba mucho más sensible y atento a los roces de sus dedos, así que se dedicó a explorar con detenimiento lo que sentía. Sus pezones eran una enorme fuente de placer, así como sus nalgas. Pero lo que lo hizo estremecerse y lo obligó a tomar una bocanada de aire, fue cuando sus dedos rozaron su ano. Su agujero disparó intensos impulsos que repercutieron en todo su cuerpo. Sus pezones se pusieron duros como la roca, sus piernas se separaron casi instintivamente y su respiración se convirtió en un jadeo intenso. Empapado como estaba, y chorreando por todo el camino, salió de la ducha y fue a buscar uno de los grandes dildos que le había enviado Madame en la caja. Volvió a la ducha y allí se quedó, pajeando su hambriento culo con el juguete, hasta que casi se quedó sin tiempo para llegar a la oficina. Se dio cuenta que se sentía cómodo con el juguete dentro suyo, así que al secarse tomó el plug más grande que había en la caja, se lo introdujo, y luego se colocó un culotte fucsia para mantenerlo en su lugar. Se afeitó cuidadosamente, como nunca lo había hecho, y hasta se depiló algunas cejas rebeldes que desentonaban con el armonioso rostro que quería exhibir. El pantalón blanco se ceñía a sus piernas y sus nalgas, marcando su culo como si fuese el de esas compañeras de oficina fáciles, que sus compañeros comentaban haberse cogido cuando se encontraban a compartir un café junto a la máquina. La camisa petróleo marcaba sus pezones, ahora permanentemente erectos, y el roce le provocaba cierto placer, que se extendía por todo su cuerpo. Miró en la caja, para ver si Madame le había enviado algún par de zapatos para combinar, pero se desilusionó al ver que no había nada.  Imaginó sus pies en un par de sandalias con alto taco, pero inmediatamente quitó esa imagen de su cabeza, pensando de dónde cuernos había venido tan ridículo pensamiento.

Cuando salió del edificio, el portero lo miró extrañando. Aquel muchacho que siempre iba algo desaliñado, descuidado, hoy lucía perfecto. El peinado, el rostro afeitado, la ropa impecable. Algo raro había, sin embargo. ¿La vestimenta, que no era propia de él, que le marcaba el cuerpo, hasta hacerle resaltar el culo? ¿La forma de caminar y moverse, tan… delicada? Lo miró mientras se marchaba y luego volvió a sus tareas, sin darle más importancia al asunto.

Cuando llegó a la oficina, Roberto fue el comentario general de hombres y mujeres. Ellos, murmuraban por lo bajo: “¿y éste? ¿es puto, ahora?”. Mientras que las mujeres admiraban cómo le quedaba ese ajustado pantalón, y lo redondo y paradito de su culo. Durante el día, Roberto debió ir incontables veces al baño, a fin de pajearse por la extrema calentura que el plug y el roce de la camisa le provocaban. Más de una vez creyó percibir que alguien lo escuchaba gimiendo y jadeando, pero nunca pudo ver a nadie. Al final del día, volvió lo más rápido que pudo a su casa, a fin de seguir leyendo las atrapantes historias de Madame. Apenas entró al departamento, se quitó los zapatos, la camisa, el pantalón y el culotte, y reemplazó el plug por el más grande de los dildos de la caja. Se sentó frente a la computadora, y se dispuso a seguir leyendo, eligiendo comenzar por la historia de un mujeriego transformado en prostituto gay.

Capítulo II - Descubrimiento

Estuvo largo tiempo leyendo sin parar, un par de historias donde desprevenidos chicos hétero eran transformados en putitos hambrientos de pija, tales como él. Perdió la noción del tiempo, y también perdió la cuenta de las veces que se había pajeado. Releyó por enésima vez la historia del marido frustrado, con la que cada vez más se identificaba, hasta que el sonido de un nuevo email entrante lo distrajo. Se miró el cuerpo, y con gracia femenina untó con sus dedos el semen que acababa de expulsar de su pija, y tan inconscientemente como las veces anteriores, se metió los dedos en la boca, saboreando ese exquisito manjar que había descubierto en la leche de hombre. Mientras lamía los restos, abrió el nuevo mensaje, y nuevamente un flash lo encegueció.

Poco a poco, fue recuperando el sentido. ¿Qué había sucedido? ¿Cuánto tiempo había pasado? Se miró la pija, y se dio cuenta que estaba totalmente enrojecida. ¿Cuántas pajas se había hecho? Volvió a mirar la pantalla, y en lugar de flashes o imágenes rápidas, había un texto:

Hola, Robbie.

Me alegro mucho que mis historias hayan hecho que asumieras que sos un putito chupapijas y que te dedicaras a disfrutarlo. Es comprensible: ningún putito como vos puede resistirse a una buena pija dura. Es lógico que apenas te ofrezcan una, te arrodilles a mamarla como condenado. Quiero ver fotos de tu boca saboreando una buena pija, y de tu cuerpito delicado bien depiladito, como el puto relajado que sos. Me siento honrada de saber que estás tan agradecido conmigo por sacar ese putito que llevabas dentro, que querés que mi sex-shop sea tu proveedor exclusivo de juguetes y ropa. Quiero que me cuentes los detalles de cómo hacés para saciar ese hambriento y fogoso culo tuyo. Sé que cada vez se te hace más difícil evitar implorar para que te cojan, porque para eso sos tan puto, por eso quiero que me cuentes cada detalle. Si en algún momento sentís que no podés evitarlo, entregate. Te puedo garantizar que el placer de una pija dura entrando en tu culo es lo más maravilloso que vas a experimentar. Te estoy enviando tu nuevo pedido, que he cargado a tu tarjeta de crédito, y espero que puedas disfrutar también del irresistible repartidor que te estoy mandando… jejejeje”

Con amor, Madame Marianne”.

Sus ojos recorrieron el texto incontables veces, tratando de asimilar lo que decía. ¿Putito chupapijas? ¿Cuándo? ¿Cómo? Recorrió su cuerpo con la vista. ¿Siempre había sido su piel así de suave, sin rastros de vello, ni siquiera en sus genitales? Era difícil recordar. El timbre rompió su letargo. Caminó felinamente hasta la puerta, disfrutando del roce que el enorme dildo que ocupaba su culo le provocaba en la próstata, lo que hacía que su diminuto pene chorreara. Al abrir, el seductor chico del sex-shop le sonreía enigmáticamente. Robbie no dudó un segundo, y tomándolo de la mano, lo hizo entrar. Apenas cerró la puerta, se arrodilló frente a él y en un rápido movimiento le extrajo la pija de la bermuda, y comenzó con una mamada experta, como las que él sabía dar. ¿Desde cuándo?, pensó. ¿Hace cuánto que chupo pijas?, se planteó, aunque enseguida se concentró en darle placer a ese excelso ejemplar de macho, que pronto le daría de tomar la leche que a él tanto le gustaba. Alternaba todas las técnicas que conocía para mamar una pija, incluso mirando ocasionalmente a los ojos de su macho, para que él viera cuán puto que era. Se sentía genial de tener una pija en su boca. Sintió que el repartidor estaba a punto de acabar, así que redobló sus esfuerzos y se preparó para engullir golosamente toda la deliciosa leche. El repartidor no pudo contenerse, y acabó copiosamente, llenando la boca del hambriento putito. Cuando terminó de tragar, miró a los ojos a su macho, y se puso de pie, arrimando su cuerpo lo máximo posible al musculoso adonis. Lo abrazó, y lo besó ardorosamente, y se dejó caer sobre la mesa, junto al cuerpo del repartidor, que siguió besándolo por incontables minutos.

Se quedaron así, echados sobre la mesa, el muchacho recostado sobre Robbie, que procesaba todo lo ocurrido en su cabeza, sintiéndose genial por saberse todo un puto chupapijas, tal como Madame Marianne le había dicho.

Cuando recuperaron el aliento, entre los dos revisaron el contenido del enorme paquete con los productos que le enviaba el sex-shop, y que él no recordaba haber comprado, pero que Madame le había dicho. Si ella lo decía, seguramente sería cierto.

Preciosa lencería de encaje, enormemente provocativa, grandes dildos con vibrador, cremas depiladoras y otras cosas muy útiles iban apareciendo. Lo que más llamó la atención de Robbie, fueron los corpiños de encaje con relleno, el maquillaje y unas misteriosas cremas para el busto y pastillas hormonales que estaban en el fondo de la caja, junto a dos pares de sandalias de altísimo taco, como las que había imaginado alguna vez. Finalmente, una blusa semitransparente y una pollera tubo blanca completaban el envío. Tendría que googlear para tratar de descubrir para qué servían esas cremas y pastillas, pero seguramente Madame sabía por qué las enviaba.

Comenzó a despedir a su macho con un ardiente beso en los labios, mientras su mano acariciaba la enorme pija por sobre la bermuda. Pronto la cosa se fue poniendo más intensa, y el repartidor susurró en el oído de Robbie: “¿estás seguro que no querés que te coja?” La pregunta descolocó al chico. Se quedó mirando a los ojos a su ardiente amante, y casi en un susurro, respondió: “cogeme. Quedate con mi virginidad. Quiero ser tuyo.” El repartidor tomó al chico de la mano y lo guio hasta la cama, donde lo acostó y, en un delicado pero rápido movimiento, lo penetró con firmeza. Robbie gimió, más de sorpresa que de dolor o placer, pero pronto estaba entregado a la pija de su macho, que lo estaba cogiendo con pasión. A cada empujón, Robbie sentía más y más cómo sus temores y sus pruritos se evaporaban, y cómo algo dentro suyo crecía aceleradamente. Para cuando el repartidor acabó dentro suyo, la personalidad de Robbie era la de un chico completamente puto, afeminado y hambriento de pijas. Despidió a su macho con un ardiente beso en los labios y volvió a la mesa, para elegir qué ponerse antes de volver a la compu a seguir leyendo las ardientes historias de Madame Marianne. Algo dentro suyo había cambiado. ¿Desde cuándo tenía ese profundo deseo de usar prendas femeninas? No lo sabía, pero cuanto más las tocaba, más fuerte se hacía la necesidad. Eligió un seductor baby-doll de encaje negro, una diminuta tanga haciendo juego, portaligas y medias de red, junto a uno de los pares de sandalias, y el dildo vibrador con protuberancias. Por suerte, era ya sábado y no tendría que ir a trabajar. Si no, sería difícil explicar la vestimenta femenina. Se encerró en el baño, y allí permaneció por más de una hora.

Capítulo III - Transformación

Cuando salió del baño, un chico marcadamente femenino vestido con la más excitante lencería, tacos que elevaban su culo hasta ofrecerlo como una apetitosa manzana y un rostro perfectamente maquillado como el de una puta de cabaret surgía del baño y caminaba con un sensual bamboleo de caderas, hasta sentarse frente a la computadora. Sus uñas postizas, en un tono rojo fuego que combinaba con su labial, le creaban una gran dificultad para tipear en el teclado, pero pronto pudo abrir otra de las excitantes historias de Madame, y comenzar a disfrutar su lectura, mientras se movía rítmicamente en la silla haciendo que el dildo le masajeara la próstata en forma permanente. De su minúscula pija brotaba permanentemente un líquido blanquecino, prueba de su constante estimulación. Se sentía completamente puto, chorreando permanentemente pensando en machos que se lo cogían en todas las posiciones posibles. Leyó y releyó la saga del chico adolescente que descubría su homosexualidad, una historia que lo excitaba a cada párrafo. Incontables orgasmos provocados por el dildo en su culo coronaban cada lectura, y sus dedos no perdían el tiempo recogiendo su propia leche y llevándola a su boca, para saborearla. Cuando ya estaba exhausto por tanta lectura y tanto orgasmo, el sonido de un nuevo email lo distrajo. Abrió el cliente de correo y se llenó de alegría y ansiedad al ver que Madame Marianne era la autora. Con extrema velocidad abrió el mensaje, para ser enceguecido por un poderoso flash de la pantalla. Lo único que pudo llegar a ver, antes de quedar en estado catatónico, fueron unas fotos de enormes pijas, hasta que todo se volvió blanco.

Al salir de su profundo letargo, vio que en la pantalla sólo había un texto. Antes de leer, miró el reloj. ¿Habían pasado 4 horas, desde que abrió el correo? ¿Había perdido la noción del tiempo? Sus ojos comenzaron la lectura:

Hola, Mircala. Me alegro que mis historias hayan hecho brotar a la puta que estaba atrapada en el cuerpo de Roberto. De verdad quiero ver tus fotos ensartada en una enorme pija, mostrando todos tus dotes de puta. Está muy bien que estés permanentemente excitada, buscando machos que te cojan. Sos puta, y naciste para tener pijas dentro tuyo. No es bueno que te reprimas, así que adelante, entregate a cuanto macho se te cruce por el camino. Te envío un nuevo pedido de prendas y juguetes para que te entretengas y alimentes a la puta que hay en vos. Espero que el repartidor te pueda calmar la calentura al menos por un rato, puta hermosa.

Te mando un húmedo beso, y espero conocerte pronto.

Tu Ama Marianne”.

¿Mircala? ¿Mujer? ¿Puta? ¿Ama? Recorrió su cuerpo con su mirada, sorprendido de verse vestido como toda una puta. La lencería, altamente erótica, poco hacía por esconder su delicado cuerpo. Sin percibirlo, había cliqueado en varias páginas que su Ama le había enviado. La pantalla estaba llena de voluptuosas chicas trans, cogiendo frenéticamente con fantásticos machos de enormes pijas. Su cuerpo no demoró en reaccionar, y pronto estaba acabando gracias al enorme dildo vibrador en su culo. Tomó otro de los dildos realistas de la mesa, y comenzó a practicar garganta profunda, imaginándose que tenía dos machos cogiéndoselo. No pasó demasiado, hasta que el timbre de la puerta la interrumpió.

Abrió la puerta y tomó de la mano al repartidor, que vestía sólo una diminuta sunga que poco hacía por disimular la marcada erección de su enorme pija. Se arrojó de espaldas sobre la cama, abriendo sus piernas para permitirle a ese hermoso ejemplar de macho que se adueñara de su culo, llevando sus tobillos hasta los hombros del fornido repartidor, que no se hizo esperar y penetró con firmeza. En cuanto estuvo dentro, le susurró al oído: “¿te gusta, puta?” Esa palabra le heló la sangre. Le había hablado en femenino. Es más, lo había llamado puta. Pero lo más intrigante es que eso le fascinaba. Le encantaba que lo hubiese llamado así. En cuanto el repartidor empezó con el movimiento de vaivén, y la engordada pija rozó su próstata, algo hizo click en su cabeza. “Sí, quiero ser tu puta. Cogeme como la puta que soy. ¡Quiero ser bien puta!”, exclamó Mircala. El repartidor sonrió, satisfecho por haber cumplido la tarea encomendada por Madame Marianne, y continuó bombeando mientras le susurraba frases al oído de la nueva puta: “te encanta la pija. Sos muy puta. No podés resistirte. Querés tener pijas adentro todo el tiempo. ¡Gozala, puta!”. Mircala gemía y se movía como toda una hembra en celo, cada vez más compenetrada en su nueva personalidad. Para cuando el muchacho acabó dentro de ella, ya nada quedaba de la personalidad de aquél chico hétero que se había indignado por la historia leída. Una incipiente puta, ardiente e insaciable, había tomado su lugar.

Un rato después, revisaban juntos el contenido de la nueva caja, donde encontraban lencería aún más erótica, casi de fetiches, juguetes increíbles, lubricantes, pero lo más llamativo eran las prótesis de silicona que simulaban hermosas tetas, y hasta glúteos que se fijaban usando unas medias traslúcidas que dejaban al descubierto sólo el ano y los genitales, de forma de simular que era su propio culo. Botas con enormes tacos, mitones de cuero y de látex, y otras prendas y juguetes completaban el pedido.

El repartidor se despidió con un ardiente beso de lengua, que la chica retribuyó con tanta pasión, que causó que ambos se excitaran nuevamente y, pese a estar en la puerta del departamento, y a la vista de cualquiera que pasase por el pasillo, ella se arrodillara y le chupara la pija en una mamada espectacular, que el repartidor agradeció con una acabada monumental, que desbordó de la boca de Mircala y cayó sobre el encaje de su lencería. Despidió finalmente al muchacho, y lo vio cómo se alejaba, con la mínima sunga que mostraba el perfecto y redondeado culito de ese fantástico ejemplar de hombre.

Cerró la puerta y volvió a revisar los contenidos de la caja. Casi mecánicamente, se desvistió y tomó todo un nuevo juego de cosas, que llevó al baño, y se encerró para bañarse y prepararse para seguir con sus ávidas lecturas.

Capítulo IV- Consagración

Ya era la mañana del domingo, y Mircala aún no había dormido ni una hora desde que comenzó su espiral de transformación, gracias a los emails de Marianne. Sin ella saberlo, los mails contenían videos y mensajes subliminales que la habían ido transformando en la puta que ahora era. Se miró al espejo, y sonrió al verse tan espléndida, tan exuberante, tan desbordante de sexo como una puta de cabaret. El corset ceñido a su cintura le daba las formas de una hembra ardiente, el delicado soutien de encaje con relleno y refuerzos, junto a las prótesis de siliconas, daban la impresión de un impactante par de tetas. Sus nalgas, suplementadas por las prótesis que encontró en la caja, daban la impresión de un perfecto culo femenino, apetecible, ardiente, cogible. Las medias, las botas bucaneras con altísimo taco, los mitones, el impactante maquillaje, la peluca y todos los detalles, mostraban una puta digna del mejor de los burdeles.

Se sentó frente a la compu, para continuar con la lectura de las dos o tres historias de su Ama que aún le faltaban leer. Obviamente, un enorme dildo dentro de su culo masajeaba constantemente su próstata, haciendo que chorrease permanentemente aquel líquido blanquecino que ya ni se parecía a la preciada leche de sus machos. Apenas terminó de leer la última de las historias, el sonido de un nuevo email la llenó de alegría y excitación. Rápidamente constató que era de su Ama, así que lo abrió sin hesitar un instante. Nuevamente, el flash la cegó, aunque esta vez el tiempo que pasó fue bastante menor. Cuando recobró los sentidos, leyó el texto que su Ama le había enviado:

“Mircala: Qué bueno es saber que gracias a mí te has transformado en una perra sumisa y hambrienta de sexo en forma permanente. Me gustaron mucho tus fotos de puta y la forma en que te sometés a las pijas que te ofrecen. Estoy muy orgullosa de haber sido responsable por tu transformación. Y claro que puedo tomarte una prueba para que te sumes a uno de mis burdeles. Las chicas que trabajan para mí son muy felices. Claro que los enormes gastos de la transición serán por tu cuenta, pero podemos arreglarlo fácilmente. Podés cubrirlos parcialmente con tus pertenencias. Y si falta dinero, cosa que seguramente sucederá, podés cubrirlo trabajando para mí en forma permanente. En un rato más, mis chicos irán a buscarte. Considerá ese primer encuentro como una prueba. Si los hacés acabar a ambos varias veces, significará que sos una buena puta digna de mis burdeles. Recibilos como lo harías con tus futuros clientes del burdel. Te espero para tomarte la prueba final, y para ponerte a trabajar como prostituta trans en alguno de mis establecimientos. Buena suerte con la prueba, y espero verte pronto.

Ama Marianne”

Mircala corrió al baño, para retocarse el maquillaje, acomodarse la lencería y quitarse el juguete, a fin de recibir a sus “clientes”. Debía esmerarse para ser digna de trabajar de puta en alguno de los prostíbulos de su Ama. Acabó de prepararse cuando sonó el timbre de la puerta. Al abrir, su magnífico repartidor estaba casi desnudo, con una mínima sunga, que había apartado para mostrar su enorme erección. “Hola, puta. ¿Esto querés, no?”, le dijo el muchacho. Mircala se relamió y lo tomó de la mano, haciéndolo pasar y yendo directamente hacia la cama. La chica no se dio cuenta, pero detrás del repartidor, un enorme morocho de cuerpo perfectamente tallado, con otra diminuta sunga que nada hacía por esconder una gigantesca pija, se coló en su departamento. Llevó al repartidor hasta la cama y, al acostarse boca arriba, se encontró entre sus piernas al enorme morocho, que ya alineaba aquél increíble monstruo de carne entre sus ávidas nalgas. Mircala no se hizo esperar y le puso los tobillos en los hombros, presionando su culo contra el enorme miembro del negro, que no había dicho palabra aún y sólo se limitó a sonreír con algo de malicia. Un segundo después, aquella enorme pija invadía el ardiente culo de la nueva chica trans, que gemía y jadeaba como toda una puta. Su cuerpo se movía casi por sí solo, y sentía aquella maravillosa pija ponerse más y más tiesa a cada segundo. Su cabeza colgaba del otro extremo de la cama, y en un instante de lucidez pudo ver la reluciente pija del repartidor preparándose para entrar en su boca. Supo que debía entonces demostrar que era capaz de hacer gargantas profundas, así que se dejó penetrar la boca y la garganta, dándole placer a los dos machos al mismo tiempo, que la bombeaban como si no hubiese un mañana. Dentro suyo, un fuego iba aumentando, hasta que su primer orgasmo anal la hizo gritar de placer, a la vez que expulsaba gruesos chorros de leche de su propia pija. Ambos machos acabaron casi al unísono, al ver que habían conseguido su objetivo de obtener un orgasmo de la puta. Mircala quedó tendida, absorta en las sensaciones de su primer orgasmo anal. Sus piernas estaban completamente abiertas, sus tobillos en los hombros del negro, que seguía bombeando con aquel monstruoso pedazo de carne su culo, ya totalmente convertido en un hambriento órgano sexual. Rápidamente Mircala se repuso y dejó que el negro continuase, hasta que la llenase de la deseada leche nuevamente. Mientras tanto, ella lamía la fláccida pija del repartidor, que acariciaba las falsas tetas por sobre el encaje de la lencería, simulando darle placer a las tetas de la puta.

Apenas el repartidor recuperó el aliento, alternó posiciones con el negro y ambos comenzaron a bombear nuevamente para satisfacción de la recién revelada puta, que gemía, gozaba y gritaba implorando que la cogieran.  Casi inmediatamente, el repartidor acabó dentro suyo, lo que le produjo otro fulminante orgasmo. El negro hizo lo propio en la golosa boca de la puta, que quedó extenuada, jadeando, dejando sus piernas colgando del borde de la mesa, pero abiertas de par en par, con el repartidor aún dentro de su culo quien, también jadeando extenuado, se dejó caer sobre el cuerpo de la satisfecha chica. Se quedaron así por varios minutos, mientras en el cerebro de Mircala toda la situación se grababa a fuego.

Rato después, el repartidor, el negro y Mircala, salían rumbo a uno de los burdeles de Madame Marianne, donde Mircala sellaría su destino de prostituta trans para siempre.

Epílogo

Tres meses habían pasado desde aquel email que había iniciado todo, aunque Mircala no lo recordaba. Frente al espejo de su habitación en el burdel, estaba terminando de maquillarse, para comenzar su turno de recibir clientes. Desde su última cirugía, donde su cintura había quedado afinada y su cadera ensanchada, dándole una figura voluptuosa, los clientes se desesperaban para estar con ella. Recordaba claramente cuando llegó por primera vez al burdel, para ponerse a las órdenes de su Ama y dueña, Marianne, que se apropió de todas sus pertenencias, incluyendo su departamento, a fin de solventar los gastos de su transición; su primera cirugía apenas una semana después, cuando sus pectorales se transformaron en sus enormes tetas de 125 cm., o la posterior, dolorosísima, que afinó todos los rasgos de su rostro, dejando una seductora cara de hembra, con unos acolchonados labios de chupapija, que a ella le fascinaba usar para seducir a sus clientes. El labial rojo fuego los resaltaba aún más, así que terminó de aplicarlo abundantemente, lo que seguramente deleitaría a toda su clientela.

Intempestivamente, su Ama entró en la habitación. Siendo su dueña, no necesitaba golpear la puerta ni anunciarse de ninguna forma. Inmediatamente, la puta asumió la posición de reverencia, de rodillas y con la cabeza gacha, como le habían enseñado. Madame Marianne se sentó en la cama, apartó el delicado deshabillé de encaje que cubría sus piernas y dejó expuesta su erecta pija. Con un gesto, Madame ordenó a la puta que comenzase a chupar, mientras encendió un cigarrillo e inhaló, a través de su extensa boquilla.

“Cuando recibí aquél email de ese machista irrespetuoso de Roberto, me sentí ultrajada. Cómo un hombre, un representante del patriarcado, se atrevía a tratarme de esa forma. Supe que mi venganza debía ser especial. Pero nunca imaginé que podría terminar así. He disfrutado mucho de tu transformación, y debo reconocer que he obtenido enormes ganancias. Curiosamente, uno de tus clientes habituales, me ha hecho una oferta que es demasiado buena para dejarla pasar. El hombre es un poderoso príncipe árabe, que tiene un harem de chicas trans, y ha ofertado un millón de dólares por tu propiedad. Obviamente, he aceptado venderte, así que cuando termines de chuparme la pija, te irás con él, a vivir definitivamente en su harem de putas trans. No sos la primera que ha comprado, como pronto averiguarás. Además, es uno de los financistas a nivel global de este método de reclutamiento de chicas. Podés sentirte orgullosa. Muchas de las técnicas usadas con vos, han servido para mejorar el proceso. Antes nos llevaba casi un mes transformar a un candidato. Con vos bastaron 4 días. Y mirá lo buena puta que resultaste.”

En ese momento, Madame Marianne acabó en la boca de la puta, que tragó toda la leche sin soltar siquiera una gota. Si bien había escuchado toda la explicación de su Ama, no llegaba a entender de qué le hablaban. Ella era una puta esclava, y lo que su Ama decidiera estaba bien para ella. Así que, cuando su Ama le dijo que debía irse con ese hombre, que sería su nuevo Amo por siempre, Mircala no dudó ni un segundo, y lo siguió hasta una lujosa limusina, que los llevó al aeropuerto, donde, sumisa, subió a un avión que la llevaría a su nuevo hogar.

- FIN -



© Marian

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