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Fecha: 05-Ene-18 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

Cuentos eróticos. Primero.

ValeriaKenedy
Accesos: 5.609
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Tiempo estimado de lectura: [ 39 min. ]
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Historia de dos reyes hermanos que sufrieron el engaño de sus respectivas esposas y que tomaron la resolución de matarlas y emprender una vida de placeres sin límite. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Entre los más grandes emperadores que la historia ha dado, el que más grandeza tuvo y al que los cielos bendijeron con los supremos dones de la inteligencia, riqueza y poder sin límites fue Santiago, conocido por el Grande.

Los dominios de su reino se extendían  por todo el orbe. Los distintos continentes albergaban sus naciones, y gentes de todas las razas y procedencias le debían obediencia.

Sus ejércitos poderosos imponían una paz incapaz de ser desafiada por los reinos vecinos.

Santiago tuvo descendencia en dos hijos nacidos de un solo parto, en el que su amada esposa Lucía perdió la vida. El príncipe Eduardo y el príncipe Andrés, nombres con los que fueran bautizados, crecieron juntos, emulando en inteligencia y capacidad al mismísimo rey Santiago.

A la muerte del emperador, ambos heredaron sendas mitades del reino, según éste había dejado prescrito en su testamento.

Los hermanos partieron, cada uno hacia su nuevo reino. Se separaron derramando amargas lágrimas de honda tristeza, pues un gran amor fraternal los había unido durante toda la niñez y adolescencia.

Una tarde, contemplando la belleza de un atardecer, el rey Eduardo comenzó a sentir como un puñal clavado en su corazón la ausencia de su hermano Andrés. Pues habían transcurrido más de diez años desde su separación.

Eduardo mandó llamar a su presencia al duque, su consejero más cercano, y le encargó que de inmediato partiese para el reino del rey Andrés:

“Habla con mi hermano de esta manera: Dice tu hermano el rey Eduardo, que no puede dejar pasar más tiempo sin volver a verte. Y que si tienes a bien hacer el viaje a su reino, te recibirá con tal fiesta, que los siglos venideros no cesarán de recordarla como la más grande jamás habida”.

Andrés recibió el mensaje de su hermano de los labios del duque con tanta alegría, que de inmediato contestó:

“Parte de vuelta, duque, y di a mi hermano el rey Eduardo, que los preparativos del viaje me llevarán una semana, transcurrida la cual, partiré sin más demora hacia sus posesiones”.

El rey Andrés encargó a su primer ministro tomar la rienda de los asuntos más urgentes del reino, ultimó los preparativos de la comitiva y de los regalos para su hermano el rey Eduardo, y partió, transcurridos los siete días, lleno de alegría e ilusión.

La reina Elisa, esposa de Andrés, una hermosa joven de cabellos rubios, alta, de senos grandes y firmes, cintura estrecha, caderas anchas y trasero respingón y carnoso, era conocida en la corte, no tan solo por su belleza, sino por la gran afición que tenía en verse rodeada por criados de color oscuro, de los que las malas lenguas afirmaban que no sólo recibía las atenciones propias de un esclavo, sino que los gozos carnales con ellos eran arto frecuentes.

Pero en cualquier caso el amor cegaba al rey Andrés, que no sospechaba ni remotamente lo que para el resto de palacio era una realidad evidente.

En cuanto la comitiva del rey Andrés abandonó palacio, después de despedirle agitando su pañuelo blanco de seda desde el balcón, la reina Elisa mandó llamar a tres esclavos de su propiedad, que recientemente había adquirido procedentes de tierras africanas.

“Quiero que os duchéis y perfuméis” les dijo “que os ataviéis con unos calzones pequeños y ajustados de seda de color blanco que he mandado confeccionar para vuestros cuerpos. Y además quiero que os pongáis capas largas que cubran vuestra desnudez, y que así ataviados, os volváis a presentar en mi presencia. Pero no os deis prisa, pues yo he de arreglarme también”

“Como mandéis, majestad” Contestó el más veterano de los tres esclavos. Y los tres hombres abandonaron el dormitorio real.

Elisa se bañó y perfumó, ayudada por su séquito, al que despidió al instante. Después cubrió su desnudez con una lencería traída desde China de color blanco. Sujetador, diminutas bragas y medias delicadas. Y calzó sus pequeños y blancos pies con tacones rojos de terciopelo.

Cuando los tres esclavos solicitaron permiso para entrar en la alcoba real, la reina se lo concedió.

“Pasad y despojaos de las capas”

 Los negros dejaron caer las túnicas al suelo quedando sus desnudos cuerpos de ébano vestidos tan solo por los pequeños calzones de seda que apenas eran capaces de contener sus grandes sexos. Gloriosos ante la apetitosa mirada de la reina Elisa, que casi desnuda, cubierta tan solo por la delicada lencería, se arrodilló a cuatro patas sobre las sábanas blancas del lecho y les indicó con el dedo que se acercaran.

Pronto estuvo rodeada por los tres esclavos, arrodillados junto a ella sobre el gran lecho. La mano derecha de la reina fue hacia el calzón del más joven y oscuro de los tres, calvo y musculado, y acarició la punta del falo que ya estaba erecto bajo la ropa escueta.

Después se inclinó, buscando con la boca las entrepiernas del más viejo, que además tenía barba.

“Acariciad mi trasero” ordenó.

Los dos agasajados posaron las manos en el real culo, mientras la reina mordisqueaba ya el falo oculto del negro viejo, sobre las telas.

El otro esclavo, el mediano, que lucía una hermosa perilla, se situó detrás de la reina y comenzó a rozarse contra las reales nalgas de Elisa, que sintió como se ubicaba entre sus orondos cachetes el tremendo falo erguido.

Ella decidió cambiar su boca de falo y giró su cuerpo hacia el calvo, mojando con sus besos y lametones las telas del calzón, que se transparentaron y dejaron ver más nítida la cabeza de la tremenda verga.

El calvo acariciaba los sedosos cabellos rubios de la reina mientras le amamantaba el pene, y sus dos acompañantes se ocupaban de acariciar con placer las posaderas de la joven y bella monarca.

No quería Elisa dejar sin probar ninguna de las tres herramientas y se giró hacia el de la perilla que se restregaba por detrás, comenzando a lamerle y besarle el falo, como ya había hecho con los otros dos.

“Tumbaos los tres en el borde” ordenó. Y los tres esclavos quedaron recostados uno junto al otro, con las piernas colgando fuera del tálamo.

Elisa dejó caer su cuerpo sobre el de los tres negros. Llevando su boca sobre el calzón del de la perilla. Y sintiendo contra su estómago y muslos los otros dos falos duros como el hierro.

Pasó un largo rato alternando sus lametones de uno a otro esclavo. Y el crecimiento de los falos comenzó a hacerlos asomar por los bordes de los calzones diminutos, empapados en las babas de la reina.

Ya no aguantó más y descubrió el pene del calvo. El olor del falo mareó a la reina, que comenzó a succionarlo con insistencia.

“Descubriros los tres” les mandó inmediatamente y al poco las tres vergas caoba lucían hinchadas de sangre acariciadas y agasajadas por las caricias de las manos de Elisa y por su glotona boca, que no se casaba de mamarlas.

Una mano para cada verga y la boca de la reina en la de en medio.

Elisa mando el viejo:

“Comienza a lamer mi entrepierna” mientras se tumbaba con el ombligo sobre la de en medio y tragaba la del joven.

El viejo no podía creer que la mismísima reina estuviese ofreciéndose de aquella forma. Azotaba el pandero real y pasaba sus dedos por el ano y la raja de Elisa, que estaba totalmente encharcada por el placer.

“Penétrame ya esclavo” ordenó al viejo, que apuntó con la punta de la verga entre las nalgas encontrando la entrada del sexo. Mientras ella lamía  los otros dos penes. La reina no pudo evitar gemir al sentirse empalada por la verga del viejo, que acabó de quitarle las bragas y siguió follándola con ritmo regular.

Los otros dos se arrodillaron frente a ella, compartiendo su boca.

No había recorrido la comitiva del rey Andrés más de una hora de camino cuando recordó que había olvidado el mejor de los regalos con el que quería obsequiar a su hermano Eduardo. Ordenó a la comitiva que esperase, y al galope regresó a palacio.

En la alcoba de la reina, en uno de los armarios se encontraba escondido en secreto el regalo buscado y Andrés subió de dos en dos los escalones hacia los aposentos de su esposa.

Elisa lamia los sexos de dos de sus lacayos mientras era montada por el otro. Masturbaba, besaba y chupaba, gimiendo de placer.

Los negros se turnaban en la rajita real. El que lo abandonaba se arrodillaba ante la boca de Elisa para obtener de su felación profunda el placer de chocar contra su garganta.

Cuando el rey Andrés entró en la habitación, ni la reina ni los tres negros se percataron de su llegada, pues nadie hubiese osado entrar sin el permiso de Elisa.

Andrés se escondió tras unas cortinas, contemplando como su esposa mamaba a dos esclavos a la vez, mientras la montaba por detrás el otro.

“Metedla en mi ano” gritó la reina poseída de un calor desconocido y sentándose sobre el negro de la perilla comenzó a ubicar el agujero pequeño de tal forma y a presionar con tal fuerza que el esfínter cedió y la herramienta negra empalo su orificio anal.

“Uno por delante y otro en mi ano” ordenó sin dejar de lamer al tercero. Así, ante la mirada furiosa del rey Andrés, la reina quedó triplemente empalada durante mucho, mucho tiempo.

“Ahora me vais a dar vuestra leche” dijo la reina bajando de la cama y arrodillándose ante ellos en el suelo.

Los tres esclavos se masturbaron sobre la cara de la hermosa y joven reina hasta que uno tras otro estallaron su esperma sobre los ojos, la nariz y la boca de Elisa.

Ella fue lamiendo los testículos en el momento de los orgasmos, sacando la lengua y ofreciendo la boca abierta para la descarga de la leche, hasta que los tres hubieron acabado.

Tras ver tal cosa, el universo se ennegreció en la mente del rey Andrés. Ciego de cólera desenvainó su espada. Si aquella furcia había hecho aquello tan solo dos horas después de su partida, ¿qué no sería capaz de hacer durante el resto de su vida?

Acometió de manera certera a los tres esclavos negros que apenas tuvieron tiempo de adivinar lo que sucedía antes de sentir sus cuerpos de ébano traspasados por el frío acero.

La reina, con la cara llena de esperma, lloró y suplicó por su vida, pero el rey Andrés la envistió con un golpe tremendo, horizontalmente, cercenando el blanco cuello. La cabeza de Elisa cayó al tapiz del suelo, con un golpe seco, rodó manchando de sangre los rubios cabellos, mientras su bello cuerpo, aún de rodillas, dejaba escapar por el cuello cercenado, un rio de sangre que a borbotones recorrió sus pechos, su vientre y los muslos, desembocando por las rodillas en el suelo.

“Enterradlos en el pantano. Sin ceremonia ni bendiciones, sin sepulcro ni flores. Que no quede recuerdo de esta impía, ni de sus esclavos” ordenó el rey Andrés, antes de montar en el corcel y partir de nuevo hacia el reino de Eduardo.

El rey Eduardo quedó atónito al ver el sequito de su hermano a lo lejos. Por fin volvían a encontrarse tras tantos años de ausencia y añoranza. Los asuntos de la corona eran siempre de vital urgencia. Y aunque los mensajes entre ellos eran frecuentes, tan sólo conocía de la vida de su hermano Andrés por aquellos pergaminos de papiro manchados con la tinta de las plumas de ganso.

Andrés, sin embargo llegaba abatido. En la empuñadura de su espada aún quedaban restos de la sangre de su amada Elisa. Aún después de haber sufrido el desengaño de la traición, aún después de haberle quitado la vida con su propia espada, seguía añorando sus besos y el contacto de aquel joven cuerpo que tantas veces le había amado.

Sonrió ante el tremendo abrazo de su hermano Eduardo, pero su palidez y desaliento eran indisimulables. No quiso Andrés estropear el encuentro tan añorado. Asistió a la cena de bienvenida y comió y bebió pese a su falta de apetito. No les contó, ni a al rey Eduardo, ni a su esposa, la reina Ceferina, lo acaecido con la traidora reina Elisa.

Ya habrá tiempo de referir lo sucedido más adelante. Pensó.

Eduardo había preparado en honor de su hermano una gran montería para el día siguiente. Pero cuando los perros estaban sueltos, ladrando y saltando de acá para allá, y los caballos ensillados y nerviosos, resoplando y babeando sus bocados, Andrés se disculpó, por un ataque de reuma. Y quedó en sus aposentos mandando a Eduardo una misiva:

“Dile al rey que parta sin mí. Que le veré después en el almuerzo”.

Eduardo muy a su pesar, partió a la montería sin Andrés, tomando la resolución de cazar una gran cierva para su hermano.

Ceferina, creyendo que los dos hermanos habían partido hacia el monte y que se encontraba sola en el palacio, retomó sus habituales y secretos entretenimientos en ausencia del rey, su esposo.

Casualmente la ventana de la estancia del rey Andrés daba al jardín del palacio, donde un estanque de aguas cristalinas, servía para mitigar los calores del verano.

Ante los atónitos ojos de Andrés, hizo su aparición en los jardines la mismísima reina Ceferina, bellísima y seguida en comitiva por varios miembros de la corte, entre los que se encontraba el duque que había llevado la invitación de Eduardo a su hermano Andrés hacía pocas jornadas. La casualidad quiso que fuesen tres los hombres que acompañaban a la reina, idéntico número de hombres al que hacía tres días él había dado muerte en la estancia de la reina Elisa, su esposa.

Los tres cortesanos tomaron asiento en sillones colocados por los lacayos a tal efecto bajo la sombra de un emparrado cercano al estanque. Pero no se sentó con ellos la reina, que se desprendió de sus ropajes lentamente, quedando en pocos minutos tan desnuda como su madre la hubiera parido.

La respiración de Andrés se aceleró al adivinar las intenciones de su cuñada la reina, sus mejillas se ruborizaron y sintió un mareo súbito que le obligó a apoyarse en el dintel de la puerta acristalada.

Ceferina nadaba desnuda ante los libidinosos ojos de los tres cortesanos. Conversaba y reía. La altura del agua del estanque quedaba bajo sus pechos, pechos níveos que ella mostraba sin pudor, con los pezones erectos por el agua fría.

Se acercó al borde del estanque junto al que permanecían sentados los cortesanos, sin taparse, riendo como lo haría cualquier meretriz del reino, hasta que el duque, hombre de confianza del rey Eduardo, se desvistió de sus ropajes y entró en el estanque, tan solo ataviado con unos calzones de algodón que se pegaron a su cuerpo por efecto del agua y dejaron ver la tremenda erección que ya lucía.

Andrés no daba crédito. El duque tomó a la reina por la cintura y mostrando sus acciones a los otros dos cortesanos que habían quedado sentados a la sombra, comenzó a acariciar los senos de Ceferina sin dejar de hablar con ellos. El hermano del ultrajado rey no podía adivinar sus conversaciones, pero los gestos del duque y las risotadas de los cortesanos llegaban nítidos hasta los cristales y Andrés entreabrió las puertas para poder escuchar con mayor detalle.

El duque colocó a la reina mirando hacia los cortesanos y se situó tras ella, arrimando su pene erecto al culo y magreando los senos blanquísimos ante las continuas risas de los dos espectadores.

Después la invitó a salir del agua y ambos lo hicieron, caminando hasta los cortesanos. Momento en el que el duque desenfundó su miembro de los calzones. Acción en la que le siguieron los cortesanos, que con prisas se desnudaron también.

Ceferina se arrodilló. Sus cabellos mojados goteaban por la espalda hasta el trasero cuando el falo del duque comenzó a ser mamado por la reina. Su cuñado Andrés no pudo menos que recordar los instantes vividos tras la cortina en la habitación de su esposa, cuando los tres negros la poseían.

El duque apoyaba ambas manos en la cabeza de la reina desnuda, llevando su boca en sucesivos viajes con los que se masturbaba. Ella le agarraba de los testículos y disfrutaba del momento como una verdadera prostituta.

Los otros dos cortesanos se habían desnudado pero sus penes aun estaban lánguidos. Se pusieron de pie para acabar de quitarse los ropajes, que extendieron en el suelo a modo de colchón sobre el que arrodillaron a la reina, para mitigar su incomodidad. Así ella arrodillada vio como arrimaban los sillones en torno a su posición y mientras comía el pene de alguno, los otros se dedicaban a abrirle las nalgas y meterle los dedos por la raja mojada, con todo tipo de obscenas caricias, tocamientos y penetraciones táctiles. El duque le pellizcaba los pezones mientras era mamado y los gemidos de placer de la reina comenzaron a subir de intensidad hasta llegar al balcón del rey Andrés. Que, a pesar de ser cuñado de aquella ramera, no pudo evitar sentir la propia erección, aunque se contuvo de los instintos que le pedían agasajarse a sí mismo en aquel lujurioso instante.

La reina viró y comenzó a lamer a uno de los cortesanos, pero el duque aprovechó, se arrodilló tras ella, que había quedado a cuatro patas, y comenzó a envestir las nalgas reales, penetrando de una sola, brutal y certera embestida, y bombeando el falo en el interior de Ceferina, que sin inmutarse, no dejaba de lamer el pene del cortesano.

El tercero metía sus manos bajo el torso de la reina, pellizcando los rosados y tiernos pezones, provocando las delicias de la reina joven. Eso hizo, hasta que se arrodilló, dando relevo al duque en la labor del fornicio.

Andrés vio como uno a uno se fueron vaciando en el interior de la reina y oyó los enérgicos gritos con los que su cuñada, la reina Ceferina, anunció los sucesivos orgasmos que la asaltaron.

No pararon ahí las relaciones, sino que durante más de dos horas los tres nobles se recuperaron y volvieron a copular con la reina en numerosas ocasiones, en todas las posturas imaginables y ocupando todos y cada uno de los agujeros reales del bello cuerpo de niña.

Cuando el rey, su hermano, regresó de la excursión de caza, encontró a Andrés recuperado de su malestar, con mejor semblante sin duda. Sin saber que aquella milagrosa recuperación se debía a que, en comparación con lo que le había acaecido con su esposa, lo de Ceferina era mucha mayor traición.

Elisa había usado esclavos, que al fin y al cabo no dejaban de ser sino carne que se compra y se vende. Pero Ceferina copulaba con hombres de la mayor confianza de su hermano. Así pues Andrés ya no se sentía tan engañado, pues la pena que sabía iba a venir a su hermano con el engaño al que la reina Ceferina sería tan superlativa y la suya quedaba mitigada en comparación.

“Andrés” dijo Eduardo a su hermano “hace bien poco parecías un cadáver andante y ahora estás mucho más recuperado. Tu tez luce más sana y con mejor color. ¿Se puede saber la causa de tu mejoría?”

“Sólo te referiré los motivos de mi anterior palidez, contestó Andrés, pero me has de dispensar de explicarte los motivos de mi recuperación. Debes prometerme que no querrás saberlos”

“Sea como tú quieras, hermano, que ya habrá ocasión para terminar de sincerarte conmigo y contarme el resto de tu historia”

Andrés contó cómo olvidó la joya de rubíes que le había regalado aquella misma mañana, en los aposentos de la reina Elisa, al emprender el viaje. De cómo volvió a palacio y del espectáculo que allí encontró. Contó a su horrorizado hermano los detalles de la muy depravada Elisa y también los de la cumplida venganza que había realizado de tan sucia traición, matando con su propia espada a los esclavos y cercenando el cuello de su bella esposa.

Andrés abrazó compungido a Eduardo, que lo consolaba con grandes palmas en la espalda, llorando con él. Luego vino un denso silencio tras el cual Eduardo dijo:

“¿Y no me vas a contar la causa de que hayan vuelto a ti las ganas de vivir y la salud perdida?” preguntó incrédulo el rey Eduardo. “¿Acaso no somos hermanos y nuestra madre no murió al darnos a luz a los dos juntos ¿Acaso no nos amamantó la misma nodriza asturiana? ¿Acaso no nos inició en el amor aquella concubina de papá, el gran emperador Santiago?

Andrés dudó largo rato, pero al final y ante los argumentos persuasorios de Eduardo, contó lo que había visto desde la balconada de sus aposentos.

“Mis penas han dejado de ser grandes, querido hermano, ante la tuya” es por eso que mi aflicción a mitigado su cuantía, y tal vez eso me ha procurado la mejoría que has observado”

Eduardo parecía ido, como si el sentido hubiera abandonado su mente.

“No dudo de tus palabras, querido hermano pero mis propios ojos han de ver a Ceferina llevando a cabo tal traición para que mi mente pueda creerlo cierto”

Y al día siguiente, fingiendo una nueva jornada de cacerías, unos gallardos mozos, en extremo parecidos en las facciones y en las hechuras del cuerpo a los reyes a los mismos reyes, salieron a caballo, suplantándolos. Mientras los reales hermanos quedaron escondidos en los aposentos de Andrés.

Ante la sorpresa del rey Eduardo, los lacayos comenzaron a sacar sillones, tras la partida de los caballos de palacio hacia la cacería. Pero esta vez, a la sombra de la parra colocaron ocho sillones, siete de los cuales fueron ocupados todos, por miembros de su corte que fueron llegando en animada conversación, entre ellos se encontraban dos marqueses amigos del rey Eduardo desde la infancia, el administrador principal del reino, su peluquero, el juez supremo y tres consejeros reales, sin duda los que hasta entonces el rey Eduardo había creído los más leales.

El duque bajó más tarde, cuando los siete restantes llevaban ya largo rato acomodados. La reina Ceferina agarrada del brazo del duque, lucía hermosísima. Al llegar la dejó sola, de pie, en medio de los asientos y ocupó el único sillón que quedaba vacante.

Sin mediar palabra, como si todo estuviese acordado, Ceferina se giró de espalda a los sillones y remangó sus faldones, mostrando las enaguas, acto que fue coreado, silbado y aplaudido con grandes vítores, por todos los asistentes. Algunos de ellos comenzaron a restregar sus manos sobre las entrepiernas.

La reina entonces bajó las enaguas hasta dejarlas arrugadas en los pies, y remangó de nuevo los faldones, enseñando unas bragas livianas como el aire, que había puesto para la ocasión y cuyos encajes dejaban ver con nitidez la unión de ambas nalgas y el bulto hinchado de su sexo cortado en dos por la dulce raja que nacía bajo las posaderas.

Aplausos y vítores nacieron espontáneos entre los asistentes que comenzaban a soltar los lazos de sus pantalones y calzas. Pero la reina había sido más rápida y antes de que ellos llegasen a exhibir cosa alguna, ya mostraba desnudos, su trasero y el sexo tierno. Ceferina los provocaba acariciándose y acercó el culo a escasos centímetros de los sillones, dejando sus blancas carnes tan al alcance de los presentes, que un aluvión de manos y cachetes llegó a sus nalgas, haciendo sonar las reales posaderas, entre risotadas de nerviosismo de los protagonistas de la nalgada. Y entonces, entre varios de aquellos nobles caballeros terminaron de ayudar a la reina a desvestirse, descubriendo las ingles afeitadas y los belfos del joven sexo. Desnudando su vientre liso, ligeramente curvado con una graciosa línea bajo el ombligo, dejando a la vista los senos de leche, tiernos, adornados con dos graciosos y rosados pezones, contemplando las larguísimas piernas perfectas.

Aprovechando que ella agachaba para desatar los cordones de sus botines, el duque lamió el ano de la reina Ceferina, momento en el que los demás se animaron y palparon sus senos y sus cabellos.

Una vez desnuda el duque la sentó sobre sus pantalones y entre los demás abrieron las piernas y comenzaron un ritual de reconocimiento de cada rincón del cuerpo de su reina niña.

Alguno ya se masturbaba, otro le pellizcaba el pezón, el de su derecha sujetaba la pierna, observando como el duque acariciaba los labios abiertos del sexo, y ella sonreía cuando no cerraba los ojos para percibir el placer que tan numerosas e indecentes caricias le proporcionaban.

La tumbaron sobre el regazo del duque y su acompañante y entre ambos, le abrieron aún más las piernas, dejando expuesto su sexo mojado y  el ano, ambos abiertos hasta el tope, en señal de descarada invitación. Al menos tres manos sobaban el real coño, disfrutando del deslizamiento en tan cotizada hendidura.

Pronto alguna de las manos aventuró dos dedos en el interior de Ceferina, ante sus gritos de placer, mientras seguía sintiendo los pellizcos en sus pezones.

Y en eso estaban cuando el administrador principal del reino, que había conseguido desenfundar su herramienta, rescatada de entre los algodones de sus calzones, logró llegar a situarla a escasos centímetros de la boca de su majestad, la reina Ceferina, que sin dudarlo un instante comenzó con regocijo la actividad felatoria.

Apenas dejaba fuera de su boca una mínima porción del pene del administrador, que engullía hasta provocarse ansias en la garganta. Él le agarraba los pelos y se follaba con la boca tierna. Pronto hubo en espera dos o tras penes mientras que siempre había dos o más de los cortesanos ocupados en lamer y preparar para la follada que le esperaba el real coñito y el no menos real ano.

Pero antes de ser penetrada la llevaron casi con violencia, al centro del montón de ropajes, arrodillándola de nuevo y rodeándola por las ocho vergas erectas en una especie de ritual. Cada una de las herramientas fue concienzudamente lamida por su majestad. Las demás aguardaron su turno mientras los propios dueños se encargaba con indisimulados meneos de mantenerla dureza adecuada para las reales fauces.

Pasaron minutos sin cuento, pues tanto hombre, tanta verga, necesitaban de tiempo para llevarse el agasajo esperado. Finalmente el duque, que parecía llevar la iniciativa fue el primero que, tomando de las caderas el cuerpo desnudo de su señora, la empaló sin piedad y comenzó a fornicar desde atrás, como lo hacen los canes. Al ser tantos el hombres, Ceferina situada a cuatro patas siempre tenía un par de penes rondando su ano y su culo, incluso llegando a la doble penetración en varias ocasiones. Los demás cortesanos se las apañaban para restregar su pene contra los pelos, cara, boca, tetas o pies de su señora.

Los gemidos de placer de unos y otros se extendían por el jardín y llegaban hasta la balconada de los aposentos del rey Andrés, especialmente los gritos de su cuñada. Por lo que Andrés no osaba mirar a su hermano. Tanta verga turnándose en los agujeros de su esposa era algo humillante en tal grado, que apenas podía contener las lágrimas de tristeza e ira.

La reina les ordenó que se sentaran, y uno a uno fue sentándose encima y follando a solas con cada uno... Volvía a ser como un ritual que duraba dos o tres minutos con cada invitado, en el que el agraciado gozaba de los meneos sabios y certeros de las caderas de la reina.

Una vez los recorrió a todos volvió a arrodillarse y ellos a rodearla, masturbando sus pollas babosas de excitación. Los ocho hombres descargaron uno a uno en la boca y ella, sin pestañear fue tragando cada viaje de leche. Sonriendo, miraba a los ojos en el momento en el que ellos eyaculaban. Se relamía y les sonreía cogiéndose las tetas para recibir el esperma que no le cabía en la boca.

Y así acabó todo en esta ocasión. Los nobles recogieron sus ropajes y se fueron comentando entre risas. Ceferina lavó en el estanque los restos de semejante catarata de esperma y desnuda, abandonando los caros y bordados vestidos junto a los sillones en los que todo había tenido lugar, entró en palacio.

“Hermano” dijo Eduardo “nuestra pena es tan honda y sin par, que hemos de salir de entre estos muros malditos al instante y partir lejos de este oprobio en busca de una iluminación que guíe nuestro proceder de aquí en adelante”

“Pero” repuso Andrés “¿en dónde se supone que habremos de encontrar semejante luz, querido hermano?”

“Haremos juntos el camino del gran santo, el que lleva el glorioso nombre de nuestro padre. Emprenderemos el camino de Santiago, hasta que el Padre Celestial tenga a bien iluminarnos con algún signo durante nuestra peregrinación.

Y así, los dos reyes, vestidos como simples plebeyos, mezclados con los numerosos parias y desasistidos, enfermos y tullidos, clérigos y monaguillos que cubrían las jornadas hacia la capital del santo apóstol, comenzaron su andadura al encuentro en el que pensaban pedir la iluminación. Eso si antes el Padre de los Cielos no se dignaba en mandarles el signo demandado.

Un atardecer, frente a las costas cantábricas el camino serpenteaba junto a las rocas, junto a las aguas del océano. Pero el mar estaba tan enfurecido que los reyes, aterrados ante la creciente magnitud del oleaje se subieron a unas escarpadas rocas que flanqueaban el camino, tierra adentro.

Un rico y viejo mercader, cuya comitiva no contaba con menos de quince carruajes, venía a pie por el mismo sendero que transitaban los hermanos reyes. El mercader iba encabezando la comitiva, sin montar en caballo ni carruaje, pues tenía hecha promesa de recorrer andando la distancia desde su ciudad Venecia, hasta la basílica del Apóstol Santiago. Siendo joven había hecho esa promesa si sus negocios se veían recompensados con el éxito y la fortuna. Las piedras preciosas y los tejidos de china habían sido las mercancías que le reportaron tan grandes  beneficios que su palacio en Venecia era envidiado por miembros de la aristocracia y las fiestas que en él daba no tenían parangón.

El mercader detuvo la comitiva para tomar descanso y en ese mismo instante descendió la escalerilla de tablas del primer carruaje, los más suntuosos, una joven tan hermosa como un lucero, compitiendo en belleza con la más linda de las flores. Los ojos oscuros y profundos, de mirada enigmática cautivaban con solo cruzar la vista con ellos. La piel cobriza indicaba su procedencia árabe. Cintura diminuta y unas caderas portentosas. Pero lo que destacaban sobre todo de aquel cuerpo de ensueño eran dos senos tremendos, grandes y tersos.

El mercader había utilizado todo su poder para retirar aquella preciosa niña de los brazos de su padre y de la ya concertada boda con un joven veneciano, gondolero por más señas. Ella había llorado amargamente, no tanto la separación de su padre, del que había recibido una educación en extremo austera, sino la de su amado gondolero, por el que suspiraba desde niño, suspiraba aún, y estaba segura, suspiraría el resto de los días.

“Dadme de beber mi bálsamo del sueño” dijo el mercader a la joven. El mercader tenía dificultades con el sueño. Y cuando deseaba descansar utilizaba un bebedizo que le habían confeccionado en las indias. Tras beberlo cayó en tan poderoso y profundo sueño, que ni aún las salvas de honor de una boda real fueran capaces de despertarle.

La joven, que había visto a los dos hombres subidos en los riscos junto al camino hizo gestos a los reyes, sin saber que lo eran, para que viniesen en su compañía. Tanto Andrés como Eduardo fueron incapaces de negarse, por la infinita belleza de la joven, y con temor por la posible venida del mercader desde sus sueños, caminaron quedamente hasta alcanzar el árbol bajo el que él viejo mercader dormía y la joven suspiraba.

“Mi señor ha tomado un brebaje que haría dormir a un asno por tres días. Así que no habéis de temer que despierte. El resto del séquito aguarda tras la colina y no osarán importunarnos, pues es conocida su mala sangre y ha decapitado a más de un esclavo por venir a su presencia sin ser avisado”

Los reyes relajaron sus inquietudes y contemplaron, ahora más tranquilos de ánimo, a la bellísima doncella, cuyos cabellos negros como el azabache se derramaban desde sus hombros hasta cubrir el vestido sobre los increíbles senos.

“No debéis temer por lo que quiero pediros. Aunque os parecerá raro en una doncella como yo. Pero habéis de saber que  este viejo mercader me secuestró de mi amado y de mi padre con sus abundantes dineros y debéis también conocer que en aquel mismo instante, prometí engañarle con cuantos hombres se cruzasen en mi camino. Fornicar con cuanto varón se cruza en m camino, y así vengar su afrenta. Mi sueño es quedar preñada de otro, y que este monstruo críe a un hijo vástago, creyéndolo propio.

Así pues aquí me tenéis, hacedme vuestra”

“Dios nos libre de tal cosa” replicó Eduardo “Estamos en el camino para ver al gran apóstol Santiago por nuestros despechos de amor. Tanto mi hermano como yo hemos sido engañados por nuestras esposas. Y no sería razón que cayésemos nosotros en cometer con este mercader las vilezas que otros cometieron con nosotros”

La joven, fuera de sí repuso:

“Tras la colina está el ejército privado de este hombre, cuyas riquezas no tienen límite. Si grito y os acuso de que queríais poseerme ellos vendrán, más de cien caballeros con sus espadas y os aseguro que no veréis el atardecer”

Andrés miró con pavor a su hermano, pues sabían que las amenazas de la doncella eran ciertas. Se encogió de hombros y le dijo:

“Eduardo hemos de hacer lo que esta niña nos pide. Es de justicia por cumplir la venganza de su rapto. Y por otro lado no tenemos otro camino, pues la muerte sería nuestra escapatoria”

“Has hablado bien dijo la chica” empujando a Andrés hasta que su cuerpo quedo sentado en una piedra salpicada por las espumas del oleaje. Se dio la vuelta y apoyó sus faldones y el trasero sobre el regazo del rey Andrés y, con un gesto invitó a venir a Eduardo.

“Quitaos la ropa” ordenó. Y el rey Eduardo se desprendió de su camisa y los pantalones de labrador que llevaba, tan presto que apenas el aleteo de una mariposa hubiese dado tiempo.

La mirada de la joven a sus ojos fue la sensación más cálida que Eduardo recordaba en toda su vida. Ella se agachó y tomó el pene mientras presionaba con los faldones su trasero contra Andrés. Al poco estaba en cuclillas lamiendo la cabeza del pene, que de forma inmediata tomó su máximo tamaño. Jugaba a meterlo y sacarlo de la boca, pero sin soltarlo con la mano, dulces dedos que acariciaban de manera sutil y delicada.

Andrés, aún vestido le acariciaba los negros y sedosos cabellos desde su espalda. Descubrió los suaves hombros y corrió las mangas del vestido dejándolo caer hasta que los senos abundantes de la doncella comenzaron a asomar contundentes. Acariciaba la espalda de seda entre los negros cabellos y el rostro y la orejita pequeña mientras ella amamantaba la  erección de su hermano Eduardo.

Entonces ella se puso de pie. Se dio la vuelta y comenzó a desnudar a Andrés. Eduardo tiró del vestido y las dos ubres encantadoras, abundantes y de pezones oscuros quedaron desnudas.

Emparedada entre ambos reyes, recibía besos de los dos en las orejas y en el cuello. Lametones de sus lenguas, que penetraban los pabellones y le producían escalofríos.

El mercader, a tan solo dos metros roncaba por el efecto del bebedizo.

Cuando los tres se hubieron desprendidos de todas sus ropas, la niña se arrodilló entre los dos y tomando sus vergas, una con cada mano, comenzó a alternar sus atenciones. Apretaba los labios tan delicadamente que, como si de un guante se tratase, ellos sentían la boca ajustada a sus falos de forma maestra, pero sin desmerecer de los movimientos de las manos de la doncella que masturbaban con maestría y dulzura sin igual.

El mayor placer lo recibían cuando ella, sin dejar de lamer y acariciar, abría aquellos luceros negros que tenía por ojos, y los miraba con tal descaro y lujuria que de mantener la mirada con aquella doncella no habrían sido capaces de aguantar un segundo más sin eyacular. Los senos de oscuros y duros pezones descansaban orgullosos y durante un instante la niña tuvo en su boca los dos penes mientras ellos se miraban incrédulos de aquella aventura.

Los reyes con el culo metido y las pernas flexionadas le ofrecían sus sexos y ella, no sólo daba atenciones a las vergas, sino que izándolas y agachando la boca, bajaba a los testículos, lamiéndolos y mordisqueando la piel rugosa.

Fue Eduardo el que primero decidió poseer su raja. La izó y obligo a poner el culo en pompa mientras lamia a Andrés. Entonces la penetró. Estaba tan cerrado y prieto que hubiera jurado que era virgen, aunque bien sabía que por la venganza que llevaba a cabo sobre el mercader, debían de haber sido decenas, sino cientos, los hombres que la habían poseído.

Le azotó el culo mientras ella, llevada por el frenesí masturbaba a Andrés con tanta fuerza que comenzó a expeler gotas aceitosas por la punta.

“Déjame” dijo Andrés a su hermano. Y entonces las posiciones cambiaron. Andrés elevó una de las piernas de la niña, hasta ponerla en su hombro, y en aquella posición tan extraña la penetró como antes lo hiciera Eduardo.

“¿Ya te habrán sodomizado?” preguntó Eduardo. Ella no contestó, fue su mirada bella y enigmática la que lo dijo todo.

Tumbó a Andrés en el suelo, se metió en el coño la verga de éste, tumbada sobre él. Luego pidió a Eduardo. “Hazlo, busca con tu sexo mi ano”

Los dos falos chocaron antes de que el rey Eduardo consiguiera sodomizar aquel trasero perfecto. Luego la doble cabalgada fue cogiendo más y más brío, hasta que fruto de los gemidos de la chiquilla y de lo prieto de sus agujeros ambos vaciaron su placer dentro del joven cuerpo.

Ambos hermanos se vistieron y despidieron de la doncella, que tras vestirse reposó su cabeza sobre el estómago del mercader quedando dormida.

“Hermano” dijo Eduardo “buscábamos una señal y esto que nos ha sucedido, ¿acaso no lo es?”

“¿Y qué cosa interpretas de todo este embrollo? He de confesarte que mi mente está aturdida desde que maté a Elisa.

“Ya lo verás” dijo “Volvamos a mi palacio”

En el patio del castillo, al amanecer del siguiente día a su llegada, los cuerpos de la reina y de cuantos habían copulado con ella, colgaban ahorcados en una misa viga, mandada poner por el rey sobre el estanque del jardín en el que Ceferina había montado tantas y tantas fiestas.

…………………………………..

Petra era la hija del herrero, ya había cumplido los diecinueve años y, por lo tanto tenía edad para asistir a las fiestas de palacio, si así lo requería el rey. Algo rellena de carnes, pero hermosísima, sus cabellos rojos delataban la procedencia holandesa de su madre, muerta hacía pocos días.

Eduardo había convocado a todo aquel que sirviera a palacio para una cena en su honor. Y como sucediese que el padre de Petra era el herrero real, y visitaba diariamente las cuadras de palacio, ocupándose personalmente del herraje de los alazanes así como de los desperfectos de los cerramientos en las ventanas y las verjas de palacio; el herrero y su hija formaron parte de la lista de concurrentes a aquel agasajo.

“Puedes traer a tu esposa y a tu hija” Le había dicho el emisario.

El herrero puso cara de abatimiento. “Soy viudo desde hace diez días, señor”

“Pues a tu hija pues” contestó.

“Muchas gracias, señor. Decidle al rey Eduardo que no faltaremos a tan honroso ofrecimiento”.

Tras los sinsabores de los últimos acontecimientos, el rey Eduardo se encontraba mucho mejor. Sin duda el ver a la infiel colgada del cuello junto a los traidores que le habían engañado, supuso un gran alivio para sus cuitas. Y ahora, con la celebración de aquella cena y el baile posterior, quería hacer partícipe a sus servidores fieles del comienzo de una nueva era.

El encuentro con el mercader y el contacto carnal con aquella joven de tanta belleza en compañía de su hermano, el rey Andrés, atolondraron la voluntad de Eduardo, que maquinó cientos de planes con los que volver a gozar de los deleites mundanos y carnales, pues hasta entonces había sido un rey casto, fiel a la esposa que tan ladinamente le había desairado.

Escribiré mis encuentros carnales en una colección de cuentos, pensó, y como su voluntad de escribir no concordaba con sus dotes literarias, tomó otra decisión. Serían sus amantes, hombres o mujeres que participaran en los deleites, los encargados de volcar sobre los pergaminos las historias que con ellos tuviesen lugar. Él las iría coleccionando y le proporcionarían solaz al releerlas en su vejez, cuando las ansias de placer ya no se viesen sustentadas con la suficiente presteza natural para  llevarlas a cabo.

Las mil y una alcobas. Así titularía la colección de escritos, pues tenía la firme voluntad de que sus noches de placer fueran incontables.

Aquella mañana, el rey Eduardo hablaba con Petra, la primera doncella con la que habían comenzado sus experiencias, la noche anterior.

“Antes de regresar con tu padre a casa habéis de dejar escrito lo que has vivido anoche. Sed sincera. Refleja tus sentimientos aunque pienses que estos puedan molestarme o herirme, pues lo que deseo es guardar tu escrito como el primero de una serie que pienso completar. La tuya la has de titular así: Historia de Petra”

Petra se sentó y contempló como el rey Eduardo se daba la vuelta sin esperar contestación alguna y subía las escaleras de caracol hacia el primer piso donde se encontraban sus aposentos.

La doncella tomo la pluma y escribió en la parte superior del pergamino, obediente a la orden del monarca, el título que Eduardo le había dicho:

Historia de Petra.

Me han acomodado una silla de terciopelo rojo y respaldo muy alto, con dos brazos forrados en el mismo terciopelo y han puesto sobre la gran mesa rectangular del salón de palacio unos pergaminos en blanco y un gran tintero con una pluma de ganso en su interior.

Escribo estas letras por orden del rey Eduardo, que me ha jurado que serán escritos privados, que tan sólo él leerá.

Conocí al rey Eduardo anoche. No muchos días después de la fecha en la que sacrificó en la horca a su esposa y los amantes de ella. Era tal mi terror tras conocer la noticia de los ahorcamientos, que no deseaba acudir a la cena de palacio a la que mi padre y yo habíamos sido invitados, y cuando el rey durante la cena el rey Eduardo se fijó en mí, creí desfallecer.

Cenábamos en salón de palacio. El lugar por el que se entraba desde la calle, pero que había sido dispuesto por lacayos con estandartes, alfombras y una inmensa mesa para cuarenta comensales. Las chimeneas, bien provistas de leña, daban calor y una luz temblorosa al recinto.

El rey tras degustar el asado levantó la copa y se puso de pie. Un estruendo de sillas le acompañaron y los cuarenta invitados nos pusimos de pie como uno solo.

“Alzo mi copa” dijo “para brindar por mi difunta esposa, la cual, en compañía de mis infieles y malaventurados sirvientes, han recibido merecido castigo y nos ha dejado para pasar a la otra vida, en la que el Altísimo juzgará si son o no dignos de pasar a su presencia.

¡Bebed conmigo!”

Todos bebimos y fue en ese preciso instante cuando su majestad se fijó en mis ojos, que sobre la copa, le miraban con pavor.

Tras terminar los dulces y frutas que daban fin a la cena, el rey se acercó a mí con una copa de vino en la mano derecha, su copa, y otra en la mano izquierda, la mía. Extendió el brazo y yo la tomé.

“Bebe conmigo, niña preciosa” Miré a mi padre que estaba a mi derecha sentado y él me hizo un gesto de aprobación.

“¿Cuál es tu nombre doncella?”

“Petra majestad, el nombre de su sierva es Petra”

“Eres hermosa Petra. Tus cabellos rojos ondulados y largos, y tus senos grandes y firmes”

“Oh gracias mi señor” respondí temerosa, mirando de nuevo a mi padre.

“Seguro que tu padre, Petra, tiene cosas que hacer en el pueblo” y mirando a mi padre dijo: “¿Verdad? herrero”

Los ojos de mi padre se inundaron de lágrimas, pues temía que las intenciones del rey para conmigo fueran deshonestas. Recogió la pelliza, pues la noche era fría y abandonó el palacio, camino de nuestra casa. Pero antes de salir el rey le llamó de nuevo:

“Herrero. No temas por tu hija” le dijo “Ella estará en el palacio a salvo y te será devuelta tan virgen como lo es ahora. ¿Por qué es virgen no?”

“Si  Majestad. Mi hija es virgen. Y el tesoro más preciado que guardan mis muchos años, tras el fallecimiento de mi esposa. Os agradezco vuestras palabras. Una gran sonrisa vestía la faz de mi padre ante la promesa del rey.

Luego Eduardo me miró directo a los ojos.

“Sois virgen, pero demasiado joven para morir. ¿Qué edad tienes?”

“¿Porqué habéis dicho demasiado joven para morir, mi señor?” pregunté aterrada “Tengo 19 años”

“Lo he dicho porque sólo puedes evitar el patíbulo, el mismo patíbulo en el que he sacrificado a la reina, de una forma”

“No me haga sufrir de esta forma, mi rey” le supliqué “diga lo que he de hacer y tu sierva lo hará”

“Me obedecerás en todo esta noche. Porque a la más mínima réplica, duda, mal gesto o queja serás ejecutada”

El palacio quedó en silencio muchas horas después de la media noche. Bailé con el rey varias veces y los invitados cuchicheaban acerca de nuestros bailes. El rey me pareció cortés y amable y me obligó a beber más de lo que mi natural está acostumbrado.

Dos camareras de la antigua reina me llevaron escaleras arriba. “Desnúdate” me ordenó la mayor de ellas. Yo recordé la amenaza del rey: Me obedecerás en todo esta noche. Porque a la más mínima réplica, duda, mal gesto o queja serás ejecutada. Así que no opuse resistencia. “Ven niña, recuéstate boca abajo sobre mis rodillas” Apoyé las costillas sobre los faldones ásperos de la camarera. “Esto no va a dolerte, es una lavativa, tan solo agua caliente y algunas sales. Relaja el ano y no te dolerá.” Sentí su dedo en mi agujerito, estaba untado de aceite porque me entró profundo en los intestinos sin resistencia. Además yo tenía relajado el músculo y eso me ayudó.

Sentí luego que algo más estrecho entraba y como el agua caliente me invadía.

“Aguanta las ganas cuanto puedas luego ve al retrete”

Repitieron conmigo tres veces aquel suplicio, si bien no me resultaba doloroso, es más el último de los cuatro viajes del invento comenzó a resultarme gustoso. Quedé limpia en las tripas, pues la última agua la devolví clara como había entrado.

La gran bañera de cobre con agua humeante recibió mi cuerpo desnudo, y las doncellas me enjabonaron y lavaron mis cabellos y mis partes con obstinada repetición, pero sobre todo el ano y la rajita, que aclararon y perfumaron concienzudamente.

Unas minúsculas bragas blancas fue todo cuanto me pusieron para tapar mi desnudez. Nada cubría mis senos, ni medias para cubrir mis piernas, ni calzado para mis pies.

“Ahora puedes bajar a tu rey” me dijo la camarera vieja “y….., niña. No te niegues ni le contradigas  en nada, sino quieres ver en peligro ese hermoso cuello.

Apoyé las manos en el pasamano de piedra de la gran escalera de caracol del palacio. El rey había hecho poner el trono en medio del espacio que unas horas antes ocupaban las mesas del convite y el lugar para los músicos y el baile. Delante del trono, muy cerca una mesa pequeña, pero suficientemente grande para dormir sobre ella.

Baje con las manos cruzadas sobre mis senos, tapando su desnudez. El rey, retrepado en el trono, con el rostro serio me miraba atento, sin pestañear. Recordé su halago a mis cabellos rojos, ondulados y largos. ¿Por qué me habría elegido a mí, había mujeres mucho más hermosas que yo en aquel baile? Pero mi virginidad tampoco debía ser su objetivo, ya que había prometido a mi padre respetarla.

“Acércate Petra, y siéntate sobre la mesa” Sentía vergüenza, pero a la vez, no sé si por su aspecto, con la corona puesta o por su poder inmenso, sentía atracción por aquel hombre.

“Sube a la mesa” me ordenó.

Trepé sentándome en el borde opuesto al suyo, pero él con un gesto me indicó que me acercase. Así pues, arrastre mi trasero por la mesa hasta quedar justo en el borde, a escasos centímetros del rey Eduardo.

Acercó su boca a la mía me besó, a la vez que su mano acariciaba mi muslo izquierdo por dentro, muy cerca de la braga. Sólo me había besado un hombre en toda mi vida, un primo al que sólo había visto en una ocasión.

El rey se incorporó, acarició mis caderas y metió sus dedos en mi boca. Entonces sentí su mano acariciar mi sexo sobre la braga y mis pezones se endurecieron de forma inmediata.  Llevó mi mano hasta sus calzones y tenté el falo duro, el primer pene que mis dedos tentaban. Él se agachó y comenzó a lamer mis pezones duros. Su boca en uno, su mano en el otro.

“Majestad” dije “recordad vuestra promesa a mi padre”

Él me sonrió. “No temáis”

Me obligó a tumbarme boca abajo en la mesa. Mi torso quedaba casi fuera, hacia el trono. Se sentó y descubrió el pene erecto, ofreciéndose descarado para que lo besase.

Recordé que no debía contradecirle, que mi vida estaba en juego, así que aparté mis cabellos que estorbaban para la tarea y acerque la boca al pene real.

“Acaricia mientras besas y lames”

Lo hice, y el pene sufría temblores y espasmos como respuesta a los mimos que yo hacía. He de confesar que empecé a gozar y que mis temores fueron sustituidos poco a poco por una excitación hasta entonces desconocida para mí. Con mi mano derecha aferrada al borde de la mesa, con la otra agarraba el cilindro y chupaba la cabeza dura.

Miré su rostro, que sonreía complacido. “Sigue Petra, lo estás haciendo muy bien” Levantaba las caderas para acercar su pubis a mi cara. Yo con la lengua lamía, mientras mi mano acariciaba los testículos peludos.

Eduardo podía contemplar mi culo, pues la braga se había colado entre las nalgas, por su pequeño tamaño.  Apartaba mis cabellos rojos para veme la boca mientras  tragaba el falo.

“Más profundo, pequeña. Hasta que tengas ansias” Las lágrimas inundaron mis ojos cuando el pene tocó mi garganta, conteniendo las arcadas. Un rio de babas recorrió su pene hasta los testículos.

Fue entonces cuando me puso a cuatro patas en la mesa, con mi trasero hacia el trono, fue entonces cuando bajó las bragas y comenzó a lamer el ano y a tocarme el clítoris. Nadie salvo yo, había acariciado mi intimidad. Comencé a comprender el  porqué del intenso lavado de mis tripas.  La lengua del rey apretaba hasta introducirse en el ano y yo, presa de un éxtasis nuevo en mi vida, comencé a mojar sus dedos que acariciaban los labios de mi sexo.

Escupió en mi ojete y penetró su dedo más gordo dentro del ano.

“¿Te gusta?”

“Sí, mi señor”

Él besaba mis nalgas con su dedo dentro del ano.  En toda mi vida mi agujerito no había tenido tanto trasiego, primero las lavativas y ahora los dedos del rey. Me tumbó en la mesa, con el culo fuera, mis piernas abiertas como ancas de rana, mi coñito abierto y mi ano dado de sí por los dedos.

Supe que iba a meter el pene y así fue.  Pero a la vez me acariciaba el sexo abierto con sus dedos mojados. Grité de placer y el salón real devolvió el eco de mi grito ante el placentero bienestar de Eduardo, que metía y sacaba su polla del tierno y joven culo.

Gozaba mirando, contemplando como el ano de aquella niña tragaba su instrumento. “Tócate tú” me ordenó “date placer. Como si estuvieras sola en tu alcoba”

Lo cierto es que lo deseaba. Comencé a masturbarme con los dedos y el siguió sodomizándome.  Luego se tumbó en la mesa, tras desnudarse de los calzones y la camisa y quedar sin ropas.  Puso mi culo en pompa haciéndome encoger las rodillas, apoyada de lado y volvió a penetrarme el ano.

Esta vez su velocidad se hizo mayor y entonces sentí llegar aquello, era un orgasmo, pero distinto a cuando los había provocado sola en la cama o en el baño. Convulsioné violentamente y el rey sonrió.

“¿Lo has sentido Petra?”

“¡Ohm sí majestad!”

“A mí me llega también, niña” dijo mientras aceleraba sus embestidas, que sonaban al chocar contra mis nalgas.

Extrajo el falo y lo meneo con su mano derecha. Entonces supe cómo es el semen de un hombre.


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