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Fecha: 07-Dic-17 « Anterior | Siguiente » en Fetichismo

Yeimi, Íntimo y Personal

Guido
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Yeimi, de unos veintiocho años de edad, piel apiñonada, caballeo corto, unos ojos grandes expresivos, nariz fina, unos labios muy sensuales y carnosos, esa tarde subió a mi camioneta con una falda larga de vuelo azul, una blusa de manga larga blanca de botones al frente, en la cual se transparentaba Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Yeimi, Íntimo y Personal


Yeimi, de unos veintiocho años de edad, piel apiñonada, caballeo corto, unos ojos grandes expresivos, nariz fina, unos labios muy sensuales y carnosos, esa tarde subió a mi camioneta con una falda larga de vuelo azul, una blusa de manga larga blanca de botones al frente, en la cual se transparentaba un bonito brassier blanco de encaje.

 

Habíamos quedado de ir a tomar un café, puesto que su relación de noviazgo acaba de terminar y yo andaba soltero; al manejar me distraía la raja de su falda y ver la piel desnuda de su pierna, ella sonreía pícaramente a sabiendas lo que provocaba en mí, al despedirnos pícaramente me beso a la mitad de los labios.

 

Después buscaba pretextos para irle a recoger al consultorio; ella siempre muy coqueta con su bata blanca, más cuando se subía al coche, y nos poníamos a comer golosinas y chicharrones.

 

YEIMI.- Gracias por el aventón esta lloviendo horrible y los chicharrones.

GUIDO.- Cuando gustes, así sirve que llegas más rápido y no te pasa nada.

Y.- Mira ya me manche la bata la de salsa, y no traigo nada abajo (se abre la bata y veo su abdomen plano, sus senos pequeños protegidos por un brassier color carne transparente). Ni para quitármela, y andar despechugada.

G.- Como para poder haber quitado la salsa, (entre bromas se cae un chicharrón entre mis piernas), mira ya vez lo que provocas.

Y.- Si quieres lo recojo.

G.- Malvada, a mi no me dejaste quitarte la salsa, con los labios.

Y.- Pero yo si puedo recoger el chicharrón sin las manos. (se inclina cerca de mi verga, muy marcada por la excitación sobre el pantalón y toma el chicharrón con los dientes y se lo come).

G.- Wowww, eso estuvo rico.

Y.- Si, casi me sacas un ojo cuando me agache (risas).

G.- Es que se me hizo excitante lo del chicharrón.

Y.- Y no sabes que hago más, te sorprenderías y mucho. (risas)

Maneje a su casa entre broma y broma, la verdad se asoma; al llegar a su puerta me dice que me estacionara más adelante, al llegar una cuadra más, nos dimos un faje de besos y caricias; prometiéndome que me iba a sorprender dentro de una semana que nos viéramos.

 

La semana transcurrió normal, entre charlas de guasa en whatsapp; al llegar a su consultorio, me quede sorprendido, lleva su bata de consultorio en la mano, el cabello suelto, lentes de fantasía, zapatillas negras, un pantalón y abrigo negro. Subiéndose al coche, me funde en un beso de esos que te dicen; te voy a comer.

Y.- Hola mi Guido, que crees; tengo que llegar temprano a casa.

G.- Ni modo, dirían en mi rancho; así pasa cuando sucede.

Y.- (Se acerca a mi oído y me dice suavemente) Vamos a un motel.

 

Tomamos camino a la Ciudad del Café, muy colindante a nuestra Ciudad Central, en cuya carretera encuentras muchos sitios íntimos y temáticos, entramos a uno de nombre “Íntimo y personal”

 

Se veía espectacular subiendo las escaleras, contoneaba sus caderas de forma sensual, mientras lentamente se perdía entre la luz de la recamara; al entrar a la recamara, vi como ella, lentamente se quitba el abrigo, disfrutando a través del reflejo del espejo, una blusa negra transparente y un brasier muy fino de lencería negra.

 

Se volteo, abrazándome el cuello y besándome con un hambre de fiera fogosa, que sus labios quemaban los míos.

 

Y.- Guido, hoy te voy a cumplir lo que te prometí.

 

Me sienta en la cama, y empieza a bailar sensualmente; busco alguna canción para que continuara su baile, más los movimientos sensuales de ella, se robaron todo y absolutamente mi atención, como cuidadosamente se iba desprendiendo de cada una de sus prendas frente a mí, y entre baile y vuelta se iba deshaciendo de los botones de mi camisa, mi cinturón y el de mi pantalón de mezclilla.

 

Su cuerpo desnudo, era perfecto; solo pude ver como se mordía los labios en un instante y en el otro, me comía hasta la gloria, me estaba haciendo una mamada fenomenal, hundía mis dedos entre su cabello y me llenaba de un placer de altura. No puede contenerme y llene su boca de mi leche, pero ella insatisfecha sigo ordeñándome hasta sacar la última gota del momento.

Y.- Como dicen por allí, Guido; mi lechita y a la cama.

G.- Pero tenías hambre.

Y.- Hambre si todavía no acabo.

Nos acostamos en la cama, y veo un delicioso conejito depilado, con unos labios rebosantes de húmedos, que me invitaron a ser comidos por mis labios y la lengua; sus gemidos eran música para mis oídos, y me la empezaba a poner dura la verga, pues mañosamente me la acariciaba con los pies.

 

Disfrute de sus líquidos de sus orgasmos que mi boca producía en ella, sus uñas me lo decían todo, pues jugaban gato en mi espalda.

 

G.- Que sabrosa estas Yeimi, que pendejo tu ex, por dejar a toda una hembra.

Y.- Si, pero el se busco o más fea que yo (risas).

G.- En gustos se rompen géneros.

Y.- Anda, dejemos de hablar de ella; que quiero hacerte algo.

G.- Anda Pues, sorprendeme.

Puso sus delicados pies sobre mi verga, y me la empezó a masturbar con ellos; era algo raro pero rico, ver como sus pies me la chaqueteaban y su cara de lujuria y perversión.

Y.- Me encanta hacer esto, avísame que quiero lechita.

Antes de venirme le dije que estaba a punto de reventar a lo cual, paro y me dijo que aprovecháramos el tiempo.

Ni tarde ni perezoso, me encime y empezamos a coger como dos fieras desesperadas, ella la recibió de golpe y gemía desquiciadamente en cada embestida, a la vez, disfrutaba esos delicioso pechos, pequeños como unas mandarinas, pero igual de deliciosos al paladar.

Y.- Guido, ponme en cuatro, me encanta esa posición.

G.- A la orden mi capitán,

Fue una vista hermosa, montarla en cuanto, mientras jalaba su cabello y la nalgueaba, y ella sus orgasmos dejan mojadas las sabanas del hotel.

 

Quedando exhausto, y rendidos un cuerpo sobre el otro, el aroma a pecado que expedían nuestros cuerpos, disfrute bañar su cuerpo y los besos picaros que nos dabamos.

 

En camino a su casa me dice:

 

Y.- Quiero confesarte algo.

G.- Ahora que paso.

Y.- Regrese con tu amigo Calico.

G.- No manches,

Y.- Este será nuestro secreto.

G.- Me parece bien, pero hay que repetirlo.

Y.- Entonces que fue esto.

G.- Un simple antojo.

 

Sellamos nuestra complicidad con un beso . . .

 

 

(Disculpen la ausencia, que por cuestiones laborales me tuve que ausentar un buen rato, les comparto mi relato y espero seguir teniendo correspondencia de ustedes y sus comentarios; Gracias)


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