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TODORELATOS » GRANDES RELATOS » ARREPENTIDOS LOS QUIERE DIOS. CAPÍTULOS 37 Y 38
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Fecha: 07-Dic-17 « Anterior | Siguiente » en Grandes Relatos

Arrepentidos los quiere Dios. Capítulos 37 y 38

GalanMaduro
Accesos: 1.120
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 12 min. ]
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Narra la historia de una mujer que tuvo que prostituirse por avatares de las vida, y llegó a ser gracias a su voluntad y tesón, una de las figuras de la política, y la industria más relevantes de su tiempo Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Capítulo 37

¡Pero que desgraciada me sentía! Estaba condenada a no encontrar a ese hombre que me diera la felicidad que me era negada. Envidiaba a la más humilde de las amas de casa.

Me acordé de Raúl, Margarita y de Adela, las tres únicas personas que me dieron amor y afecto verdadero y desinteresado. Y lo más sarcástico, que cuando Adela se cambió el sexo, perdió aquella sensibilidad femenina que sobrellevó con tanta resignación porque la sociedad donde vivía no admitía la homosexualidad, y se convirtió en un hombre, aunque muy guapo, con las mismas taras. ¡Así acabo la pobre, o el pobre!

No sé, me entraron ganas de desahogarme con alguien, pero descarté la imagen de un hombre, por lo tanto, la de una mujer me vino con tal fuerza a la mente, que me decidí ir a buscarla. ¿Dónde? Nada mejor que en Chueca y sus aledaños.

El primer local para lesbianas que vi, fue uno que se llama Fulanita de Tal. Entré muy decida; estaba a tope; se observaba que debía ser de los más frecuentados de la zona.

Pero me sentí un tanto desplazada; la edad media de las niñas que lo llenaban no andaría más allá de los 30 años. Y aunque en físico podía competir con la mayoría de ellas, la edad se me notaba en los ojos.

Pedí un mojito, ya que un cartel detrás de la barra, lo anunciaba. Sentí nostalgia al recordar La Isla: Raúl, Adela, Héctor... y sobre todo Margarita.

Sergio por unos días eclipsó en mi alma y corazón la imagen de Marga, pero ésta, volvía a retoñar en mi mente con más fuerza si cabe que ayer.

Estaba a punto de salir en busca de otro local más adecuado a mis años; por lo que pedí la nota al camarero; un chico guapísimo, pero "la pluma” le salía hasta por las orejas.

— ¿Te vas ya? Sentí decir a mi espalda.

Como era yo la que me iba, y nadie más de mi alrededor parecía que se marchaba, no me quedó más remedio que creer que esa voz se dirigía a mí.

Me di la vuelta, y me encontré con un ángel más que una mujer. Describirla es complicado porque hay que encontrar palabras que le hagan justicia; ya que las de: bonita, preciosa, hermosa, etc. están muy gastadas y manidas.

La representaré como el sumun de la belleza femenina, o la mujer diez. Rubia, de casi un metro ochenta, unos ojos que deslumbraban, unos labios que parecían un panal de rica miel, y un óvalo de cara esculpido por un artista del cincel.

—Me iba, sí. Creo que este local no es el más apropiado para mí.

—Entendía que sabías que este local es de lesbianas.

—Sí, sí. Eso lo sé. Lo digo por mi edad.

—¿Qué tiene tu edad de malo? Me dijo a la vez que me guiñaba el ojo derecho.

Al ver carita tan preciosa y esa actitud clara de ligar conmigo, me animé. De repente mande a hacer puñetas mis problemas con los hombres, y me dispuse a caer en las garras de esa niña, que no tendría más de 25 años.

—Me llamo Sonia, me dijo con una sonrisa tan amplia y dientes tan blancos, que estaba segura de que pretendía ligar conmigo.

—Y yo Manolita. Dije a la vez que le daba un beso en la comisura de los labios. Así lo hice para demostrarle que estaba dispuesta a ligar con ella.

—Cómo la famosa doña Manolita!

Por un momento quedé confusa... ¡Joder! Es que sabría de mi vida anterior. ¡Imposible!

-—¡Sí, mujer! Cómo la famosa lotera de la Gran Vía.

—¡Ah sí, sí! Pensé: Ya me extrañaba que me relacionara con lo que fui antaño: la puta más cara y famosa de Madrid.

—¿Nos sentamos? Me dijo a la vez que me tomaba de la mano; arrumaco que me puso a cien. No sé, pero el contacto de su mano con la mía enervó mis sentidos.

—¡Están todas las mesas ocupadas! Y era verdad, no había ninguna libre.

—Ven, que para nosotras si hay.

Sin soltarme de la mano, subimos por unas escaleras que estaban al fondo de la barra, y entramos en un saloncito privado donde sólo accedían algunos clientes. Sonia era uno de ellos.

Justamente, al fondo, una mesita con lámpara azul rosada, y un sillón de respaldo alto para dos personas situados en forma de vagón de tren, de modo que enfrente se tenía el respaldo del otro, por lo que la intimidad era absoluta.

Me situó contra la pared, ella se quedó en la parte de afuera. Empecé a notar detalles en Sonia que me parecían de las que llevan la iniciativa, o dicho de otra forma: activas.

—Eres preciosa Manolita. Me dijo sin soltarme de la mano. Tienes una clase y un estilo que te rebosa por los poros. Nada más entrar en el local me prendé de ti; no te quitaba ojo.

—Pues no me percaté. La verdad.

—Ya lo sé. Estabas, pero no estabas. Te notaba ausente, cómo si algún problema te agobiara.

—No hablemos de eso Sonia, tú también me agradas mucho, y vamos a olvidarnos de los problemas.

En la penumbra de la estancia, y por el juego de luces tan sutiles, la belleza de Sonia se agigantaba. Tenía su boca a escasos diez centímetros de la mía, por lo que el beso era irremediable. Pero esperé a que fuera ella la que me besara; quería confirmar mis sospechas. Y así aconteció. Me abrazo con ternura por los hombros y pegó sus labios a los míos. Sin duda, es lesbiana activa. Me gustaba, me gustaba.

La calidez de su aliento me subyugaba, por lo que le ofrecí mi lengua que la tomó con delicado agrado entre sus labios, y durante un buen rato, estuvo "bebiendo de mi boca".

¡Pero cuándo sentí su mano izquierda deslizarse por mis muslos de una forma subrepticia, como queriendo sorprender "al armiño" que guarda mi tanga azul celeste, me entraron escalofríos!

Apartó livianamente con sus dedos la braguita y accedió a mi clítoris de una forma tan callada, que empecé a derretirme de placer cuando lo maniobraba de esa forma tan grácil. Y todo esto, sin cesar de saborear mi lengua.

Me abracé a ella, quise incrustarle entre mis pechos. Me estaba volviendo loca de placer. Paramos un momento, las dos ardíamos.

—Manolita.

--Dime cielo.

—¿Te gustan los hombres?

 —Sí corazón. Y por culpa de un hombre estoy aquí contigo.

—¿Y eso?

—Ya te contaré. ¿Por qué me lo preguntas?

—Verás. Es que yo tengo novio.

—Bueno. No me parece nada descabellado. Me figuro que sabrá lo tuyo. ¿Verdad?

-—Claro que lo sabe! Y no le importa. He quedado dentro de una hora en su apartamento.

—O sea, que te vas.

—Pero me gustaría que nos fuéramos las dos.

—No te entiendo.

—Sí, verás. Te vienes conmigo, te le presento. ¡Qué te gusta! hacemos un trío. ¡Qué no te gusta, o no te gustan los tríos! no pasa absolutamente nada. Somos personas muy educadas, y nuestra formación está muy por encima de nuestras licencias.

Nunca había hecho un trío, por lo que la idea me subyugaba.

—Me parece muy bien Sonia. Contigo al fin del mundo.

Salimos del local cogidas de la mano. y nos fuimos al apartamento de su novio.  

Capítulo 38

Sin soltarnos de las manos llegamos al apartamento del novio de Sonia. Oscar se llama; un tío de unos treinta años; no guapo, pero si atractivo en su conjunto.

—Mira que amiga más guapa. Dijo Sonia.

—Guapa no, diría que guapísima. Dijo Oscar a la vez que me besaba ambas mejillas. Y añadió.

—Me figuro que os habréis conocido en Chueca. ¿Verdad Sonia?

—Sí, cariño, en el Fulanita de Tal he conocido a esta hermosa criatura.

—Y por la cara que traes de satisfecha, me figuro que os lo habéis pasado "de fábula".

Yo callaba, sólo asentía. Me gustaba la parejita porque se comportaban de una forma tan natural ante situaciones que, en mi época de adolescente, hubieran sido impensables.

Lo triste era, que, antes teníamos las mismas inquietudes y los mismos vicios, pero ocultos. Me acordé de mi pobre Adela, y el final de los días de Darío. Pero en mi mente siempre perdurará la imagen de aquella Adela que me amó en su mansión de La Isla.

¡Qué feliz hubiera sido en esta sociedad a sus veinte años! La pobre sólo pudo gozar los pocos últimos años de su vida tal como hubiera querido. Oscar me sacó de mi ensimismamiento.

—Bueno niñas; Me figuro que "después de la batalla"vendréis hambrientas. He preparado unos piscolabis de chuparse los dedos.

—Es que Oscar es cocinero de un restaurante cinco tenedores, ¿Sabes Manolita?

Efectivamente, había preparado unos menús o combinaciones de materias gastronómicas aderezadas con unas salsas totalmente desconocidas para mí.

—Es la nueva cocina, ¿Sabes Manolita? Oscar es un virtuoso de la misma. Dijo Sonia.

—Ya lo veo ya. Dije al terminar de degustar una de aquellas especies de canapés, que realmente estaban exquisitos.

—El misterio se halla en la combinación de los ingredientes y en las salsas; producto de miles de mixturas hasta encontrar la más exquisita para los paladares exigentes. Y que se guardan sus fórmulas como oro en paño.

—¿Cómo la Coca-Cola? Dije, por no estar calladita.

—Pues mira, sí, Manolita. No has dicho ninguna tontería.

Degustamos todas las creaciones culinarias que Oscar había preparado; y de pronto me acordé de lo que de verdad me había traído a Madrid. Pero me dije: ya le pueden dar morcillas a ese tal Ernesto, del que vine con tanta ilusión esperando encontrar a Sergio; el amor que creía como la máxima verdad del alma humana.

Pero... ¿Por qué no podía hallarlo!

—En que piensas Manolita. Me dijo Sonia como preocupada. Si estás a disgusto con nosotros, por favor, no te sacrifiques.

—¡Cómo puedes pensar eso Sonia! ¡Por favor!

—Es que me ha parecido ver en tu precioso rostro como un gesto como de disgusto.

—Ha sido simplemente un recuerdo amargo que me ha venido de súbito. Y para demostrarle mi agrado, le di un beso en los labios.

—Ves tonta cómo no. Que estoy deseando que me hagas gozar como esta tarde me lo has hecho en ese club.

Miré de reojo a Oscar, y se notaba a la legua que estaba empalmado, sus ojillos parecían que echaban candela y le hacían chiribitas. Dijo de repente.

—Bueno titis; ir caldeando el ambiente mientras yo recojo la mesa, quito todos estos trastos del medio, y pongo el lavaplatos a trabajar.

—¡Pero leches Sonia! ¿Dónde has encontrado a este "mirlo blanco"que además de hacerte "la colada", también te cocina y te friega los platos?

—Hija, éste, "siquiere teta", se la tiene que ganar. Eso de follar por la cara a la esclava se acabó.

Me reí porque yo sabía mucho de eso, risita que captó Sonia.

—¿Te hace gracia, Manolita?

—No, cariño. Sonrío por lo bien que piensa la mujer de hoy.

—Ya lo sé, querida; mi madre me cuenta cosas de cuando la Dictadura, y de verdad, no sé cómo podíais aguantar a aquellos cafres de tíos.

—Hija. Las circunstancias mandaban. Las sociedades machistas como aquella del "gallego” que imponían sus normas, han fenecido en la España de hoy.

—Joder! pues vaya plan más chungo que tenían las mujeres de entonces.

—No todas, no todas; algunas se rebelaban contra el sistema, y aunque su lucha fue ardua, los frutos de aquella lucha, los habéis recogido vosotras.

—Mi padre cuenta, (narraba Sonia) y no sé si será verdad, porque es muy exagerado, que había en aquel Régimen una prostituta de lujo, que se llamaba, o se llamará precisamente como tú, Manolita; que era la mantenida por los mandamases del Gobierno; y que generales, ministros, y dicen que hasta presidentes de gobiernos comían en su mano.

Me quedé compactada, pero en segundos entendí que no podría saber que era yo; por los años pasados desde el cierre del prostíbulo, y por lo joven que es Sonia. Además, no se daba publicidad de aquella actividad siempre oculta. 

—¿Qué más cuenta tu padre de esa tal Manolita? Dije poniendo cara de ingenua interesada en el tema.

—Un día, tendría yo, unos seis años, mi padre y mi tío hablaban de esa tal Manolita sin percatarse que estaba en la habitación de al lado. Pegué las orejas a la puerta, y mi tío le decía a mi padre.

—Manolita era materia reservada, sólo accedían a ella los mandones del Régimen.

—Y tú, ¿cómo pudiste entrar? Le inquirió mi papá.

—Fue en la última etapa del ejercicio de su actividad. A la muerte de la dueña del burdel, "la Casa" perdió gran parte del glamour que tenía, pero las hembras, seguían siendo de impresión; y gracias a mi amigo Fernando Lopetegui, comisario de la policía del distrito, que conocía muy bien a Manolita, y en cierta forma le protegía: accedió a echar un "par de polvetes” conmigo.

—Y... ¿Qué tal te fue?

—Buffff! ni te cuento. Ninguna mujer me la ha chupado como ella.

—¿Qué tal follaba? Siguió preguntando mi padre, con los ojillos encendidos por la curiosidad.

—¡De maravilla! Movía el culo de una forma que te "sacaba hasta los calostros" en un plis-plas.

—Y las pesetas, ¿qué tal te las sacó?

֫—El sueldo de un mes, pero mereció la pena. Sólo la copa de coñac Peinado que daba a sus clientes casi valía las pesetas que pagabas.

—Y... ¿Qué fue de ella? ¿Sabes algo?

—Cuentan que se fue a una isla del Caribe, que vendió "el aliviadero", y nada más se supo de su cuerpo.

—¡Vaya con tu papá y tu tito...! Sonia. Le dije sonriendo.

En esto, entraba Oscar que había escuchado el relato de su novia, y dijo.

—Que pardillos eran los tíos de antes. ¡Mira qué pagar por joder...! No creo que esa tal Manolita estuviera tan buena como vosotras. Hoy la mujer soltera folla como Dios manda; de la misma forma que los tíos, por puro placer; y así es como debe ser. Para eso os habéis liberado. Y siguió:

—Bueno niñas, que con la charla no habéis calentado motores, y a un servidor "se le escurre toda la sustancia por el nabo".

Nunca había hecho un trío. Y no sé los motivos; quizás porque la mentalidad del hombre de antes no le entraba eso en la cabeza. Ya saben: el machismo a ultranza. Y me dispuse a probarlo; Sonia era un encanto, y Oscar, aunque algo brutote, parecía un toro enjaulado.

Lo que saqué en claro después, que, prefería estar en los brazos de una mujer y libar sus jugos, antes que de los de un hombre.

La jugada de Sergio había destrozado todas mis expectativas de mujer ante el hombre. Ya no podría confiar en ninguno.


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