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Fecha: 03-Dic-17 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

Un extraño en la tormenta

Darcy1813
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El extraño se irguió para dar un impulso mayor a las penetraciones y ella supo que iba a correrse y, a pesar de que había tenido varios orgasmos en esa eternidad que aún duraba, sintió que necesitaba volver a correrse con él y rodeó su cintura con sus esculturales piernas para ayudarle. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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En medio de esa locura de agua, el coche se detuvo cerca de la puerta de la casa mientras la lluvia caía torrencialmente. Un hombre con una gabardina y un

sombrero salió precipitadamente, sin preocuparse de cerrar el vehículo; alcanzando la puerta y llamando de forma brusca y alocada al timbre. La tormenta le estaba empapando.

 

Al rato la puerta se abrió y la luz del interior le cegó un momento tras el cual pudo ver a una joven que le miraba de arriba a abajo, mientras un trueno ensordecía la noche. La joven reaccionó y rápidamente se apartó de la puerta indicando con un gesto de la mano que pasara. El hombre mientras traspasaba la puerta se fijó en la mano que le había permitido la entrada y volviendo la cabeza alrededor del salón al que daba paso la puerta de la calle no oyó ni percibió nada que le indicara la presencia del marido de la joven;

por lo que la miró a ella que estaba cerrando la puerta con su largo pelo negro tapando una bonita espalda que se podía vislumbrar bajo el camisón blanco que llevaba puesto.

 

Se quitó el abrigo mientras seguía admirando el esbelto cuerpo de la joven que se volvió y acercó al hombre para coger el abrigo. Ambos se miraron a los ojos y, sólo oyéndose el ruido de la fuerte tormenta, se empezaron a besar de tal manera que sus lenguas bailaban un baile lujurioso durante varios segundos tras los cuales, la joven se separó, y el hombre mirando los profundos ojos azules de ella, supo que en su cara no había arrepentimiento sino soledad y ese pensamiento fue confirmado cuando ella le cogió la mano y le condujo a

su dormitorio donde, soltándole la mano, se recostó en la cama sonriéndole con deseo.

 

El hombre se desvistió rapidamente y ella al ver su majestuoso pene se llevó la mano a la boca para callar un culpable grito de sorpresa que tampoco pudo tapar

el trueno que se oyó a través de  la ventana. Rápidamente se incorporó y cuando fue a tocarlo con su mano impoluta salvo por el anillo de matrimonio, él

le sujetó la muñeca. Ella entendió que la brusquedad de su gesto era sólo debido al estado de excitación de ese hombre y que si ella tocaba esa

magnífica polla, él se correría inevitablemente. Si dudarlo ella se giró y, de rodillas en el colchón, le mostró, dándole la espalda,  lo único que, hasta ese instante,  sólo había

visto su marido y que el corto camisón, y aún menos en esa postura, era incapaz de ocultar.

 

El hombre dirigió su erguido pene hacia la entrada de la excitante joven y a pesar de su estrechez, ella sólo sintió placer al sentirse penetrada por semejante ariete mientras sus liberadores gemidos de placer se acompasaban con el repiqueteo de la lluvia en la ventana. Cuando estaba a punto de alcanzar el orgasmo, el hombre se corrió dentro de ella. La cabeza de ella se volteó hacia atrás pero sus ojos no contenían ni un ápice de reproche, es más, contempló la expresión de culpabilidad en el hombre y sus dulces labios mostraron una

sonrisa mientras la dueña de la misma se incorporaba y engullía el flácido aparato porque sabía que ese hombre había eyaculado tan rápido debido a su

excitación y que, ya al abrirle la puerta, había sabido que acostarse con aquel extraño sería una garantía de un sexo tan placentero como interminable al

contrario que lo que pasaba cuando se acostaba con el hombre al que había jurado tener fidelidad.

 

A pesar de la euforia que ponía en chupar la polla del hombre, éste tardó un glorioso rato para ambos en tener su polla lista para volver a proporcionar placer a esa joven casada que le miraba con ojos llenos de lujuria mientras su lengua se recreaba en toda su majestuosidad.

 

Cuando ella notó que aquello ya alcanzaba el punto máximo de dureza y longitud, lo soltó y, mientras se tumbaba mirando fijamente al hombre, se quitaba el

camisón dejando ver unos pechos preciosos. El extraño se agachó mientras comprobaba con su mano derecha la dureza de los pechos y ella levantó la cabeza y, poniendo la boca al lado de la oreja, le dijo que la follara como nunca la había follado nadie.

 

Él pareció ignorar su petición y levantó las piernas de la joven besando sus muslos alternativamente con la intención de acercar su cabeza y sus labios al lugar donde, hasta aquella endiablada noche, sólo había estado el marido de esa esposa infiel; y allí empezar a devorar su clitoris y, a continuación, lamer el néctar que rezumaba de su coño mientras la joven gritaba y lloraba de placer y le pedía que continuara hasta que perdiera el sentido cosa que el hombre no estaba dispuesto a consentir... y paró, sí, pero para clavar su

dura en aquella casi virginal vagina y se colocaba encima de la joven que besaba a ese extraño como nunca había besado a nadie, pero el hombre apartó su boca

de los labios de ella para lamerle los pezones, lo que, junto con la adúltera penetración hacía que la joven gimiera de placer de una manera que parecía que

los truenos de la tormenta sonaban dentro de aquel dormitorio.

 

En un momento dado, el extraño se irguió para dar un impulso mayor a las penetraciones y ella supo que iba a correrse y, a pesar de que había tenido varios orgasmos en esa eternidad que aún duraba, sintió que necesitaba volver a correrse con él y rodeó su cintura con sus esculturales piernas para ayudarle a llegar más internamente en su vagina. Y así, a la par que un relámpago iluminaba el cielo, ambos se corrieron sudorosos y abrazados. Él cayó rendido a su lado en la cama y observó su rostro.

 

Nadie lo había mirado así nunca.

 

 


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