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TODORELATOS » GRANDES RELATOS » ARREPENTIDOS LOS QUIERE DIOS. CAPÍTULOS 15º Y 16
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Fecha: 13-Oct-17 « Anterior | Siguiente » en Grandes Relatos

Arrepentidos los quiere Dios. Capítulos 15º y 16

GalanMaduro
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Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 12 min. ]
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Narra la historia de una mujer que tuvo que prostituirse por avatares de las vida, y llegó a ser gracias a su voluntad y tesón, una de las figuras de la política, y la industria más relevantes de su tiempo Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Capítulo 15

            Año 1981

La Isla. Mansión de la familia Pozo Aguilar.

La Isla está de luto. Don Héctor del Pozo y Aguilar, ha fallecido de una parada cardio respiratorio. Su primogénito don Raúl del Pozo y Ródenas ha asumido como director gerente la exportadora propiedad de la familia.

Su hija: doña Margarita del Pozo Ródenas, ha tomado la dirección para los asuntos internos del país.

Doña Adelaida Ródenas del Arco, viuda del difunto don Héctor, ha partido para tierras lejanas, con el pretexto de fortalecerse ante tan terrible pérdida.

Raúl llevaba varias semanas poniendo al día todos los asuntos pendientes que había dejado su recién extinto padre. Montones de papeles tenía que revisar, por lo que todo su tiempo lo dedicada a tan ardua tarea.

Uno de los cajones de la mesa del despacho que su padre había utilizado durante su actividad, no se abría; intentó abrirlo varias veces, pero inútil; por lo que decidió forzarlo. Tomó un destornillador de grandes dimensiones y haciendo palanca consiguió descerrajarlo. Únicamente contenía una agenda de tapa de cuero.

--¡Qué raro...! Pensó. Seguro que son los secretillos de mi padre.

Empezó a ojearlo y figuraban múltiples anotaciones de puño y letra. Casi todo eran teléfonos y direcciones, y algunas anotaciones sin ninguna aclaración que pudiera entender.

Al llegar a la letra "M", leyó un nombre y una dirección. Ponía:

Casa de doña Manolita Telf. 914.500.465

Paseo Castellonense nº 806. 4ª planta.

Madrid – España

Y al lado: Próxima visita, llevar regalo personal para doña Manolita

Quedó medio paralizado pensando que podría ser yo, la Manolita que todavía no había olvidado. Pero… .cómo era posible en caso de ser la misma, no haberlo detectado en los días que estuvo aquí! No, no podía ser.

Pensaba y sacaba conclusiones:

¿O acaso mi padre y ella hicieron una parodia perfecta? Héctor iba con mucha frecuencia a Madrid... y con lo mujeriego que era... no sería nada extraño qué...

Decidió salir de dudas, y para ello contó con la colaboración de un fiel y servidor amigo. Le dijo que llamara al teléfono que indicaba la nota; que se hiciera pasar por un íntimo de don Héctor, pero que no le dijera nada de su fallecimiento. Si conocía a su padre, entonces no había ninguna duda que era yo.

--Casa de doña Manolita. Dígame.

--Hola buenas. ¿Se puede poner doña Manolita?

--De parte de quién, por favor.

--Ella no me conoce, diga que le llamo por recomendación de don Héctor del Pozo, amigo común de ambos.

--Un momento por favor.

Raúl escuchaba la conversación por un teléfono supletorio. El corazón se le aceleraba por momentos a la espera de escuchar la voz que no quería oír, pero qué por otra parte lo deseaba con toda su alma.

--Diga. Manolita al habla.

--Hola Manolita, permita que me presente: me llamo Arturo Méndez. Nuestro gran amigo Héctor del Pozo me ha hablado maravillas de usted, y me gustaría comprobarlo. Llamo desde París, y pasado mañana Dios mediante, estaré en Madrid dos o tres días. ¿Me podría recibir?

Personalmente con sumo placer, ya que los amigos de mis amigos son también míos. Pero profesionalmente ya no ejerzo. No obstante, en "mi Casa" puede encontrar verdaderos "ángeles del amor".

Era ella, sin duda, su voz es inconfundible. ¡No.… no.… no....! Manolita una puta... ¡No.…no.…no.…!  Casi lloraba Raúl, y se desesperaba al comprobar por la voz al teléfono que era yo, la Manolita que figuraba en la agenda secreta de su padre.

--¿Qué tal está nuestro amigo común? Continué con la conversación del que creía amigo de Héctor.

--Tan ocupado como siempre. Cualquier día le va a dar “un jamacuco”. Se cree que tiene 30 años...

--Eso le dije, que delegara parte de su trabajo en sus hijos. ¡Por cierto! ¿Sabe algo de Raúl y Margarita?

Aquí Raúl ya no pudo resistir más, y colgó. Una terrible decepción se apoderó de él, que no le dejaba ni respirar.

--Raúl como siempre, tan buen mozo. Y Margarita, la más bonita de La Isla.

Ya estaba hecha la comprobación. Para que seguir con el simulacro.

--Le llamaré cuando llegue a Madrid. Un saludo.

--Otro saludo. Adiós. ¡Ah! Y recuerdos para todos de mi parte.

Al ver la cara de Raúl su amigo, le dijo:

--¿Te sucede algo? Se te ha puesto la cara como la cera. –¡Oye, oye! ¿No será la Manolita que hace unos meses nos presentaste aquí, en La Isla?

Lo que me faltaba, que ahora se corriera la voz. Pensó Raúl temiendo que sus amistades supieran que aquella que les presentó como la reina de las purezas, era una puta.

--No lo es, y nadie tiene que saber que no lo es. ¿Me entiendes Juan?

--Te entiendo perfectamente. Aquella Manolita que nos presentaste aquí, nada tiene que ver con ésta.

--El que no sea así, te juegas el futuro en mi empresa, Juan.

--Puedes estar seguro que seré fiel amigo y colaborador tuyo durante muchos años.

--Así lo deseo y lo espero.

Capítulo 16

Habían transcurrido varios días desde que Raúl tuvo la fatal comprobación de saber que yo era una prostituta, pero no me apartaba de su mente.

--¡Aquella noche en el Hotel Intercontinental... --¡Aquellos besos!

--¡Aquellos paseos por el Malecón...! 

--¡Cómo el atrezo de una obra, todo se puede cambiar radicalmente!

Era la misma Manolita; la puta, y la honorable. ¡Qué terrible decepción!

Pero tenía que verme en mi ambiente, y así sabría perfectamente a que atenerse y despejar sus dudas respecto a mí.

Había pasado un año, y aunque estaba segura que sabía que me marché sin despedirme de él para no hacerle daño, porque tarde o temprano mi relación con su padre irremediablemente saldría a la luz, y le causaría una terrible frustración. Por lo que la mejor solución fue la que tomé: poner tierra por medio sin darle explicaciones.

Raúl había previsto un viaje a Europa para la primavera siguiente, o sea, para dentro de cinco meses; por lo que decidió no precipitarse.

Cuando llegara a Madrid habría pasado casi año y medio desde la última vez que nos vimos, tiempo suficiente para que los dos hubiéramos tomado plena conciencia del asunto, tomado una decisión, y que el encuentro se produjera con total serenidad de ánimo.

Tomó al avión para Europa. Su primer destino era Londres. Las gestiones le retendrían como dos o tres días. Después en Paris otros dos días. Barcelona un día. ¡Y por fin Madrid! Lo que no sabía era el tiempo que le retendría aquí.

Llegó a Barajas un sábado por la mañana. Un quince de mayo. Ignoraba que Madrid estaba en fiestas; San Isidro es su patrón y todos los hoteles estaban completos. Le quedaban dos opciones: dejar Madrid para otro día, e ir a Roma; o visitarme y pernoctar en mi casa. Para asegurarse, tomó un billete para el vuelo a Roma de las 24.15 horas. En el peor de los casos dormiría en la Ciudad Eterna.

Eran las 12.25 horas de Madrid; muy pronto para visitarme; ya que se proponía presentarse en mi casa como un cliente, sin avisar.

Pensó que lo lógico era que mi actividad empezara por la tarde; por lo que programó el tiempo. A las 19:00 horas vendría, y si no le aceptaba, a las 22.00 horas en el Aeropuerto de Barajas dirección a Roma. Y adiós Manolita para siempre.

Le sorprendió Madrid, ciudad que sólo conocía desde el aire algunas de las escalas que hacía rumbo a la Isla. Recorrió su Centro Histórico.

El encanto del Madrid antiguo se encuentra en lo que los madrileños llaman "El Madrid de los Austrias".  Este sobrenombre de esta parte del distrito centro madrileño tiene origen histórico: es en esta zona donde las dinastías de los Habsburgo fundaron los edificios históricos de una villa que ellos eligieron como capital de España.          

Sus edificios recuerdan la época imperial española, cuando los Habsburgo regentaban un imperio que iba desde más allá de los Países Bajos hasta América.

Los Austrias se extienden desde Sol recorriendo Mayor y Arenal hasta La Latina y la Plaza de Oriente. La manera de empezar el recorrido es andar los escasos metros que separan la Puerta del Sol de la Plaza Mayor. Esta Plaza es el corazón de los Austrias y tiene a un lado la Calle Mayor que lleva a Bailén y la Almudena - Plaza de Oriente - Palacio Real. Por el otro lado tenemos La Latina con su animación nocturna.

También desde la Puerta del Sol podemos cruzar la Calle Arenal que nos lleva hasta la Plaza de Isabel II  (Metro Opera) y ver el Teatro Real, que constituye la Opera de Madrid. A continuación la Plaza de Oriente es un lugar estupendo para sentarse a contemplar el Palacio Real y constituye un principal punto de recreo del centro gracias a la agradable plaza y a los Jardines de Sabatini y Campo del Moro.

Entre la calle Arenal y la Gran Vía ascienden una red de calles que aún conservan conventos antiguos como son el Monasterio de las Descalzas Reales o el Convento de la Encarnación. En la misma calle del Arenal está la Iglesia de San Ginés.

Para visitar la zona podemos pasear en torno a Sol y Plaza Mayor; si subimos por la Calle Esparteros veremos la Plaza Santa Cruz, donde está el edificio del Ministerio de Asuntos Exteriores español, de construcciones típica de los Austrias. Podemos luego bajar por la Calle Imperial hacia la Calle Toledo y plaza de Puerta Cerrada, al lado de la Plaza Mayor; desde la Calle Toledo podemos dejarnos caer la Carrera de San Francisco, ya en Latina, hasta la Basílica de San Francisco para tomar en este punto hacia la derecha Bailen y cruzar el viaducto que nos ofrece unas vistas privilegiadas del sur de Madrid. Tras la calle Bailén veremos la Almudena (la Catedral de Madrid) y el Palacio Real. La Calle Arenal nos devolverá a Sol.

Sin darse cuenta, se le había echado la tarde encima, por lo que tomó un taxi para dirigirse a mi domicilio. Dio las señas al taxista, el cual le hizo una serie de observaciones que de verdad le hicieron sentirse mal.

Ya le habían avisado que los madrileños son muy abiertos, en Madrid les llaman “cachondos”.

--¡Caramba amigo! Va usted a la casa más famosa de Madrid. Apuntó el taxista con cierta guasa.

--¡Famosa! ¿De qué?

Le miró por el espejo retrovisor con cara de incredulidad, a la vez que me respondía.

--¡Hombre...! Usted sabrá a que va allí.

--No conozco la ciudad, y un amigo me ha dicho que Manolita es una de las mejores... mejores...

--¡Dígalo hombre, dígalo...! No se corte. Manolita es la puta más cara de todo Madrid... ¡Pero ¡qué digo yo...! "De to’uropa"; desde todo el mundo vienen a echarle un "kiki".

--Disculpe. ¿Qué es un kiki?

--¡Oiga! No me estará usted vacilando, ¿verdad? Que del hijo de la señora Encarna no se ríe nadie.

--Disculpe, pero es que soy de la otra parte del Atlántico, y en mi País no sabemos que es un kiki.

--¡Un polvo hombre... un polvo! ¿O tampoco sabe que es un polvete?

--Pues lo lamento señor, pero no relaciono el término polvo en el contexto del tema suscitado.

--¡Anda mi madre, con el guiri este! ¡No te jode!

--Insisto señor, pero no pretendo vacilar con usted, simplemente que los modismos que usted emplea me son desconocidos. Le dijo al taxista Raúl, bastante molesto por sus formas.

--¿Sabe usted lo que es follar?

--Bueno, eso sí. Esa palabra es internacional.

--Pues a eso se va a "Ca la'Manoli". A follar. ¿Se "h’enterao" usted ahora, señor? ¡A follar!

Llegó al lugar; y le sorprendió la ubicación de "la Casa". Estaba en una de las arterias más importantes de la capital, y solamente el portal de la entrada rezumaba lujo por los cuatro costados.

Subió a la cuarta planta, según indicaba la nota de su padre. Llamó al timbre y le empezaron a entrar temblores de la emoción. Abrió la puerta una rubia de impresión. (Esther) De poco más bien de menos que más, veinte años.

--Por favor señorita: desearía hablar con doña Manolita.

--Lo siento caballero, pero doña Manolita está ausente.

--¿Sabe si tardará mucho en volver?

--Me temo que sí, porque lleva casi un mes en Brasil, y no sabemos cuándo regresará.

--¡En Brasil! Dijo Raúl asombrado. ¿Sabe usted que hace allí?

--Pues sí, ha ido a casarse.

--¡A casarse! Exclamó terriblemente sorprendido, y preguntó a continuación con la misma cara de sorpresa

--¿Con quién?

--Pues mire usted, eso sí que no lo sé, pero creo que es brasileño su novio, o de por allí; y lo que, si le aseguro, que vive en Brasil, y que se casan en Río de Janeiro concretamente. Es lo que nos dijo doña Manolita antes de partir para allá.

Enmudeció de la sorpresa, hasta que Esther le sacó de su ensimismamiento.

--Si desea los servicios de una señorita, tenemos lo mejor de Madrid a su entera disposición.

--¿Con usted pudiera ser...?

--¡Cómo no caballero! Pero pase, pase. ¡Por favor!

La verdad, le apetecía echar un par de "kikis" con Esther más que ir a Roma. Por lo que le dije:

--No tengo alojamiento, ni lo encuentro.

-No me extraña, en San Isidro Madrid bulle de turistas.

-Por eso le pido pasar la noche aquí.

--Pero le va a suponer un costo bastante alto

Por mí, encantada

Se figuró que podría cambiar el billete de avión para Roma. Se despreocupó de mí, y de mis problemas, y se dispuso a echar ese par de "kikis" con Esther, y si pudiera, dormir dos o tres horas.


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