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Fecha: 01-Oct-17 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

Las decisiones de Rocío - Parte 23.

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"Oigo voces en mi cabeza... Voces que me aconsejan, voces que me entienden, voces que me hablan...". Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Miércoles, 22 de octubre del 2014 - 10:20 hs. - Rocío.

 

Me sentía feliz, extremadamente feliz. La sensación de plenitud era total y no podía estar más contenta. La brisa era suave y fresca, y me acariciaba la carita ayudando a acrecentar ese bienestar. El paisaje acompañaba también; la verde pradera en la que me encontraba sentada se situaba sobre lo alto de una amplia colina que cubría hasta donde ya no podía ver, y mi melena ondeando al viento creaba una fotografía propia de un anuncio de productos de belleza.

Y, además de todo eso, la escena que transcurría algunos metros delante de mí, le ponía la guinda al que, sin duda alguna, podía considerar como uno de los momentos más maravillosos de toda mi vida.

—¡No corras! ¡No vas a escapar! —gritaba la figura más alta de las dos, con una voz increíblemente grave.

—¡Primero tendrás que atraparme! —respondía la otra, la más pequeña, mientras corría, reía y se revolcaba sobre la hierba.

El gozo en mí, al apreciar semejante vista, era indescriptible. Y la alegría que me generaba estar viviéndolo en cuerpo presente me desbordaba de una manera que no era capaz de explicar. Tanto, que allí mismo, no pude evitar comenzar a llorar.

—¡Mira! —dijo entonces el pequeño, señalando en mi dirección—. ¡Está llorando!

—¡Vamos! —respondió el más alto.

Inmediatamente, ambos se pusieron de pie y emprendieron una carrera por la pradera hacia donde estaba yo, todavía riendo y jugando entre ellos mientras se acercaban. Intenté con todas mis fuerzas frenar esa catarata de lágrimas, pues no quería que las dos personas más importantes en mi vida se preocuparan. No quería que dejaran de disfrutar por mi culpa. Pero no pude... Simplemente no pude.

—¿Qué te ocurre? —preguntó el niño cuando llegó a mi lado—. ¿Por qué lloras?

Inmediatamente, estiró la manguita de su camiseta y me limpió la cara con ella.

—Nada, mi amor —le contesté—. Es sólo que... soy muy feliz.

—Pero la gente sonríe cuando es feliz, ¿no es verdad? ¿Por qué no sonríes en vez de llorar? Mira, así como hago yo.

Contra toda lógica, me puse a llorar más fuerte cuando el pequeño dibujó en su dulce carita la sonrisa más grande y brillante que jamás había visto.

—No vas a cambiar nunca, Rocío —rio el de la voz grave mientras el pequeño, desconcertado, me sacudía por los hombros.

—¡Mamá! ¡Que no tienes que llorar! ¡Tienes que reír! ¡Mamá!

 

• • •

 

Increíblemente histérica y casi sin aire, me levanté de la cama y corrí hacia el pasillo todavía en ropa interior. Entré al baño y miré en la ducha, pero no estaba. Salí de allí y corrí hasta el cuarto de lavado, pero tampoco estaba.

—¡Benjamín! —grité, desesperada, cuando llegué al salón—. ¡Benjamín!

—¿Qué pasa?

Allí estaba, con la tele puesta y desayunando como todos los días. Me observaba desorientado por mi reacción y esperando una respuesta que explicara por qué había irrumpido en el salón semidesnuda y con la cara desencajada. Y me salió del alma. Nada más verlo, me zambullí sobre él y comencé a comérmelo a besos.

—¡O-Oye! ¡Rocío! ¿Qué te pasa?

—¡Que te amo! —logré decir entre beso y beso—. Perdóname por lo imbécil que he sido estos días. No te lo mereces. Para nada te lo mereces.

Completamente ida y apremiada por unas ganas locas de hacerlo mío, me quité las pocas prendas que tenía puestas y me monté encima suyo para seguir besándolo con la misma desesperación. Necesitaba que me follara de inmediato y no me importaba nada más.

—¿Qué tienes por aquí? —dije, de una forma sensual y sin ocultar mi entusiasmo, a la vez que metía la mano entre nuestros cuerpos intentando localizar su miembro.

Estaba flácido, como era de esperar, pero no me suponía ningún problema. Inmediatamente, me bajé de su regazo, me acomodé a un lado suyo y empecé a chupárselo impetuosamente buscando tenerlo a mi disposición lo antes posible.

—¿Estás segura de esto, Rocío? No te olvides que no estamos solos... —soltó entonces, sin ningún tipo de preocupación acompañando la advertencia.

—Me da igual. Estamos en nuestra casa y tú eres mi hombre.

No me costó demasiado trabajo entonarlo. Unas cuantas chupadas y el pequeño Benjamín se irguió ávido y potente, preparado para darme lo que yo tanto quería.

—Fóllame —le dije.

—Vale —respondió con una seguridad atípica en él.

Sin más mediante, le cogí la polla con una mano y la guié, sin escalas, directo hacia la entrada de mi vagina. Tras un fuerte gemido, eché la cabeza hacia atrás y comencé a cabalgarlo como si no hubiera un mañana.

—¡AAAAAH! ¡Benjamín! ¡Así, por favor! —grité, a todo volumen, queriendo hacerle saber que no me importaba que Alejo, o cualquier vecino, pudiera escucharnos.

Y él, una vez superada la sorpresa inicial de mi repentino asalto, tardó muy poco en ponerse manos a la obra también. Acordándose de mis últimas enseñanzas, dejó salir toda la lujuria contenida durante los últimos días, y no se preocupó por nada más que por su propio placer; apretujó donde tenía ganas de apretujar, lamió donde ansiaba lamer y mordió donde el cuerpo le pidió morder. No se guardó nada y se dejó la vida en esa sesión de sexo desenfrenado. Y yo no podía estar más agradecida. Lo animaba a que continuara, a que no se detuviera, a que diera rienda suelta a cada uno de sus caprichos. Y yo tampoco bajé la marcha, subí y bajé sobre él sin parar un instante. El corazón me decía que no escatimara en esfuerzos, me decía que en ese polvo lo tenía que recompensar por haberme comportado tan mal con él. Y así lo hice, le di todo lo que tenía. Lo monté como jamás lo había hecho e intenté hacerle saber que ahí estaba yo para que me usara como más quisiera.

—Te amo, Benja... Te amo.

Se lo dije de nuevo porque quería estampárselo a fuego en la mente. Necesitaba que entendiera que él era la persona que más quería en ese mundo, que era el hombre de mi vida y que iba a empezar a comportarme como la mujer de la suya.

—Te amo. Te amo.

Se lo dije de nuevo; tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y más de diez veces. La necesidad de repetirlo era imperiosa. Y miles de imágenes me recorrían la mente mientras lo hacía. No quería pensar en ello, pero no podía evitarlo. El sueño... Ese maldito sueño no dejaba de torturarme. Quería quitármelo de la cabeza, no quería sentirme así, no era lo que yo quería para mi vida, no lo era, estaba segura de que no lo era. Y seguí gritándole que lo amaba para tratar de olvidar... Era culpa... Nada más que culpa pura y dura.

—¡Cállate! —gritó de pronto.

Tras aquel grito que nunca me esperé, Benjamín se puse de pie, conmigo todavía encima, y se volvió a dejar caer sobre el sofá dejándome esta vez a mí de espaldas contra sus almohadones. Inmediatamente, y con una prisa inexplicable, me separó las piernas y me penetró con una violencia que me hizo estremecer de arriba a abajo.

—¡AAAY! —grité, acusada por la fuerza de su empuje—. Benja... Espera que... ¡AAAAAH!

De nuevo, otro envite mucho más violento que el anterior, y luego otro, y otro, y comenzó a taladrarme a ese ritmo que lo único que estaba logrando era hacerme daño.

—¡Benja! ¡B-Benjamín! ¡O-Oye...!

Y entonces me callé. No pude decir más nada. El grito de antes me había dejado aturdida, pero esto había conseguido dejarme muda. Una mirada... Una mirada profunda e intensa, una mirada que tranquilamente podría haber achacado a la calentura del momento, pero que no lo hice porque era evidente que no era por eso... Benjamín, sin dejar de entrar y salir de mí, me miraba con los ojos inyectados en sangre... Me miraba... me miraba con odio, con ira, con rencor... Me seguía taladrando y la intensidad de esa mirada no menguaba... Y yo no lo entendía, no lo entendía y me dolía, ya no físicamente, me dolía en el alma estar recibiendo semejante muestra de desprecio. ¿Y por qué? Fue instintivo hacerme esa pregunta. ¿Por qué me estaba tratando así? ¿Tanto daño le había hecho mi abandono de esos últimos días? ¿Tan severo había sido mi castigo? ¿Justificaba que me estuviera haciendo aquello? No lo entendía... No lograba entenderlo... E, inevitablemente, me empecé a angustiar.

—¿Qué te pasa? —me dijo entonces, aparentemente consciente de mi repentino malestar—. ¿Por qué me miras así? ¿No me habías dicho que te bajara del pedestal? ¿No querías que te follara del verbo follar? Pues aquí me tienes. Se acabaron las contemplaciones.

No lo entendía. No lo entendía para nada. ¿Por qué? ¿Desde cuándo Benjamín recurría a la superioridad física para imponerse? ¿Desde cuándo? No era propio de él... Ese no era él... Si estaba enfadado conmigo, si de verdad quería reprocharme mi actitud, ¿por qué no se sentaba y me lo decía directamente? ¿Qué le había dado tan de pronto?

«Fuiste tú... Tú lo hiciste así...».

Y esa voz... Esa voz dentro de mí...

«Tienes razón, él no era así... Él jamás te habría hecho esto...»

Otra vez, igual que el día anterior en el baño... Y se oía alta y clara en mi cabeza. Y no sólo la oía, también la escuchaba... Porque... Porque... decía verdades como casas.

«Por puta, ¡te lo mereces por puta! ¡Y lo sabes! ¡Y en el fondo te da igual!».

Entonces, una nueva embestida que me sacó el grito de dolor más fuerte de mi vida. Benjamín estaba desatado y ya estaba claro que su único objetivo era hacerme daño. Y sí, la culpa era mía; era mía y de nadie más que mía. Lo tenía asumido... Y ya sólo me quedaba una cosa por hacer... Lo había entendido así y me iba a sacrificar para que saciara sus ansias de venganza.

—¿Q-Qué te pasa a ti, gallito? —dije, conteniendo las lágrimas como pude—. ¿Herí tu orgullo de macho al tenerte tantos días a dos velas y ésta es la única forma que se te ocurrió de cobrártela?

—Cierra la boca —respondió, esbozando una sonrisa irónica, pero con la misma mirada asesina—. Dedícate a recibir, que es lo único que sabes hacer.

—¡Ja! Es gracioso que... que... que justamente tú me digas eso, que hasta hace dos días no podías ni masturbarte sin mi ayuda.

—¡Que te calles! —gritó una última vez.

No me iba a achantar; sabía lo que necesitaba en ese momento y se lo iba a dar. No iba a ponerme a llorar y tampoco iba a hacerlo sentir un maltratador. Iba a aguantar hasta que a él le diera la gana. Si ese era el precio que debía pagar por mis pecados, no tenía ningún problema en agachar la cabeza y acatarlo.

«¡Puta!».

Y lo pagué, claro que lo pagué; luego de mi última provocación, hundió la cabeza a un costado de la mía y centró toda su atención en la parte baja de nuestros cuerpos. Fueron cinco minutos más de un mete saca monstruoso que me destrozó por todos lados, pero que logré soportar por él, sólo por él.

—Hazlo dentro —le dije cuando noté que llegaba a su límite—. No te contengas y lléname.

Fui sincera. Más allá de cómo estaba resultando la cosa, tenía ganas de que se corriera en mi interior por primera vez en su vida. Es más, necesitaba que lo hiciera. Algo dentro mío me pedía a gritos que me regara con su semilla. Por eso me aferré a él con uñas, y casi que con dientes, para que no se saliera. Él me había hecho sufrir a mí y ahora yo lo iba a hacer sufrir a él. Los cinco dedos de mis dos manos amenazaban con rasgarle la piel si se atrevía a salirse. Y él lo entendió, y siguió follándome sin apaciguar ni un sólo ápice esa dureza tan cruda con la que me había demostrado que él también podía ser rudo en la cama. Hasta que no lo pudo contener más y...

—¡¿Qué haces?!

En el último suspiro, quizás en la última milésima de segundo, Benjamín se echó para atrás y desperdigó todo su semen sobre mi vientre. No me había dado tiempo de frenarlo. Había bajado la guardia porque estaba segura de que me iba a cumplir el deseo. Pero no, a último momento, se arrepintió y fue mi panza la que recibió esos cinco potentes chorros de su blanco jugo.

—Me tengo que ir a trabajar —dijo antes de ponerse de pie y comenzar a vestirse, tan sereno como antes de darse aquella estrambótica escena.

No eran ni las 11 todavía y no entendía por qué se iba tan temprano, pero no se lo pregunté. Tampoco quería hacerlo. Así como hacía unos segundos me había sentido totalmente entregada, de un momento a otro pasé a sentir que no quería volver a saber nada más de él en toda mi vida. Y tenía ganas de gritárselo en la cara, de saltarle encima y lincharlo a puñetazos. Me sentía horrible; ultrajada, humillada y utilizada... Había pagado por mis errores, había cumplido con lo que me había propuesto, pero no podía evitar acumular todas esas terribles sensaciones... Y creo que eso era lo que más me jodía de todo.

Sin decirle ni una sola palabra, me levanté yo también y salí corriendo para el baño, donde estallé en llanto apenas cerré la puerta. Pero no tuve tiempo siquiera de sentir aquellas lágrimas, porque nada más comenzaron a brotar, esa bola de malas sensaciones que tenía en el estómago, todo aquello que sentía dentro de mí y no me dejaba tranquila, me hizo pegar una nueva carrera hacia el váter y soltarlo todo en forma de vómito.

 

Miércoles, 22 de octubre del 2014 - 17:42 hs. - Benjamín.

 

Tanto ruido, tanto griterío en un día que supuestamente debía ser tranquilo. Personas moviéndose de un lado a otro, llamándose a voces desde la distancia y entorpeciendo la labor de los demás. Impresoras y fotocopiadoras funcionando a todo ritmo, las máquinas de café sirviendo sin tregua, el ruido de las teclas siendo aporreadas en el aire... No había paz por ningún lado.

—Revísame esto cuando puedas, Benny —me pidió Clara, que estaba tan estresada como yo.

—De acuerdo.

Necesitaba desconectar, pero así no podía. Había llegado antes a la oficina justamente para eso, para poder enfrascarme en mi trabajo y no tener que pensar en nada más, pero era imposible con tanto ajetreo a mi alrededor. Cada segundo en el que no me concentraba en lo que tenía delante, era un segundo en el que, inevitablemente, la cabeza me viajaba a las últimas horas de mi vida. Y no quería seguir mortificándome, no quería... Y encima el descanso se había retrasado demasiado aquella tarde...

—¡Benjamín! —dijo de pronto una simpática, y a la vez inoportuna, voz detrás de mí.

Era Lin, la verborrágica Lin. Venía sola, cargada con las carpetas de su presentación en una mano y con el ordenador portátil en la otra.

—Buenas tardes —le dije, con la mejor cara que pude poner—. ¿Necesitas algo?

Sabía lo que necesitaba y a lo que había venido, e igual mi pregunta no fue muy cortés teniendo en cuenta eso, pero ella era la última persona con la que tenía ganas de entablar una conversación en ese instante.

—¡Pues...! —dudó, algo sorprendida por mi reacción—. Quería saber si... Bueno, si hoy me vas a ayudar con la presentación también... Es que, como el descanso comenzó hace rato y no venías, pues...

—Todavía no nos han mandado a descansar —la interrumpí, tremendamente seco—. Pero si encuentro un hueco, yo mismo te voy a buscar a tu planta, ¿de acuerdo?

Se pueda creer o no, esas son las palabras más amables que se me ocurrieron para sacármela de encima rápido sin tener que dejarla tirada del todo. Sin embargo, y como era de esperarse, no soné todo lo simpático que pretendía sonar...

—Vale... Disculpa —dijo la chinita, justo antes de darse la vuelta y volver por donde había venido.

Y, como buen gilipollas que era, me sentí mal. Era evidente que aquél tampoco iba a ser una jornada fácil...

—¿Un mal día, Benny? —se acercó Clara cuando, por fin, llegó la hora de parar.

—¿Tanto se me nota? —reí, sin muchas ganas.

—Pues... un poco. No estás tan receptivo como otros días.

—¿Crees que la traté muy mal?

—No sé si mal... Pero igual pudiste tener un poco más de tacto.

—Joder... —suspiré—. Supongo que iré a buscarla...

—Déjalo, ya habrán terminado su descanso arriba. De todas formas, tienes tiempo hasta el viernes, ¿no es verdad?

—Sí, pero ahora me siento como una mierda...

—Venga —dijo, decidida, poniéndose de pie—. Nos vamos a la cafetería. No me gusta ver a mi jefe con esa carita —cerró, regalándome una sonrisa de las suyas.

—Tenemos mucho que hacer, Clara... Y, de verdad te lo digo, necesito enclaustrarme un rato largo en mi trabajo...

—En serio, Benny... —dijo de nuevo, sonriente, dejando caer una mano sobre mi hombro—. Suenas como alguien que necesita olvidar. Soy muy perspicaz para estas cosas y lo sé. Como también sé, y hazme caso, que lo mejor para olvidar es pasar tiempo con otras personas. Así que vamos a la cafetería ya mismo.

Sin más, cogió su bolso, tomó mi mano y casi que me arrastró hasta la salida de la oficina. Yo seguía creyendo que lo mejor era concentrarme en mi trabajo, pero le iba a dar una oportunidad a la becaria. Esos últimos días se había estado portando bien y sentía que podía confiar en ella.

•         •         •

—¿Y qué te hace pensar que necesito olvidar? —le pregunté una vez se marchó el camarero.

—"Necesito enclaustrarme en mi trabajo"... —dijo, exagerando el tono de la imitación—. ¿"Enclaustrarte"? ¿Qué eres? ¿Una monja? —rio con fuerza.

—Si supieras cuán acertada es esa palabra, Clarita... —contesté, dando un largo trago a mi zumo de naranja.

—¿Y por qué no me lo explicas? Igual te puedo ayudar más de lo que crees...

Lo decía en serio. Su mirada me decía que de verdad quería ayudarme. Pero, ¿era lo mejor? Nunca antes había hecho partícipe a Clara de lo referente a mi vida privada. Y, algún que otro hecho en concreto a parte, era la primera vez que ella se mostraba interesada en mis asuntos. Y me lo pensé, me lo pensé seriamente. Por eso tardé en responderle. ¿Con quién más iba a poder hablar de lo que me pasaba sino? La idea me gustaba mucho, pero...

—¿Sabes por qué soy tan reacio a tratar con Lin? —dije, cambiando adrede y de forma totalmente radical el tema de conversación.

—¿Por qué? —dijo ella, sin perder la sonrisa, entendiendo perfectamente mis intenciones.

—¿No te parece evidente?

—¿Que la tienes loquita? Pues sí, se nota mucho —volvió a reír.

—¿Y qué crees que debo hacer? Está claro que lo de la presentación es una conveniente excusa para acercarse a mí, pero, ¿y cuando acabemos? Va a salir con alguna otra treta y yo...

—Bueno... Hoy no le diste ni media posibilidad a la chica, y me parece que tonta tonta no es... El mensaje tuvo que haber llegado alto y claro.

—¿Te parece? ¿Y si no es así?

Hice una pausa entonces. Me di cuenta de que estaba hablando y confiando en Clara como nunca antes lo había hecho. Hasta ese momento, nuestras charlas habían sido tímidas y cortas; casi todas relacionadas meramente con temas laborales. Jamás habíamos tenido esa soltura al tratar entre nosotros... Y se estaba dando sin haber hablado todavía todo lo que había pendiente entre nosotros dos.

Algo que habíamos quedado en hacer justamente...

—¡Dios! ¡Clara! —dije entonces—. ¡Lo del sábado!

—¿Qué? —me miró extrañada.

—¡Lo del sábado! ¡Habíamos quedado el sábado para...! Joder, lo siento mucho...

—No pasa nada... —respondió, sin alterarse—. Te lo iba a reprochar el lunes, pero como te vi tan decaído, supuse que no habías tenido el mejor de los findes...

—¡Hostias, Clara! Y eso que fui yo el que te lo propuso...

—Que no te preocupes, de verdad... Bueno, en realidad... —dijo, y se quedó analizando algo...

—¿Qué?

—¿Qué te parece si lo arreglas esta noche?

—¿Esta noche? ¿Qué quieres decir con esta...? —me asusté.

—¡Idiota! —carcajeó—. ¡Que te vengas esta noche al pub del que te he hablado!

—Ah... Cierto... Al que tantas ganas tienes de que vaya...

—¡Así es! ¡Y hoy no aceptaré un no! Además, te va a venir de perlas para quitarte la amargura de encima.

—No lo sé, Clara... Te voy a aguar la fiesta y...

—¡Que no me importa! ¡Te vienes y punto! —zanjó, firme y altanera, haciendo que me riera por primera vez en todo el día.

— ¿O qué? ¿Me vas a chantajear si no?

Fue un segundo, un solo segundo. Esa risa sincera y, quizás, la buena onda que estábamos generando hablando de esa manera, me hicieron envalentonar hasta el punto de mentar algo que, hasta la fecha, era algo prácticamente tabú entre nosotros. Intenté arreglarlo rápido, pero...

—Lo siento, no debí...

—Esa es una de las tanta cosas de las que tenemos que hablar, Benny —dijo, interrumpiéndome, de nuevo sin modificar su sonriente y bello rostro—. Todo lo que pasó entre tú y yo tiene una explicación, te lo prometo.

—Vale...

—De todas formas —añadió—, vale que yo fui a saco, pero no me inventé ningún trabajito para acercarme a ti —concluyó con falsa indignación. Era tremendo el poder que tenía esa chica para salir de situaciones tensas.

—¿Qué? ¿Y ese ataque a la pobre Lin a qué viene ahora? —participé yo.

—¡Para que sepas valorar mejor lo que tienes! —volvió a reír.

—¡¿Valorar el qué?! ¡Si me hacías un bullying que flipas!

—Me da igual. Yo fui mucho más original.

—¡Venga, venga! ¡No te vengas arriba ahora! —cerré, sin poder dejar de reír.

No me podía creer que pudiera llegar a estar tan contento después de aquel comienzo de día. Y todo era gracias a Clara, a la cual me sentía extremadamente agradecido por haber logrado semejante hazaña.

Y, así, animados como pocas veces se nos había visto estando juntos, pasamos la siguiente media hora hablando de todas aquellas cosas que nunca habíamos tenido tiempo de hablar. Era increíble lo poco que sabíamos el uno del otro. Tantas cosas que habían pasado entre nosotros y, a pesar de todo, seguíamos siendo dos personas que prácticamente no se conocían de nada. Y yo... Bueno, me sentía demasiado cómodo estando con ella de esa manera, y no quería que el descanso se terminara nunca...

—Bueno, Benny... —dijo entonces, una vez terminamos de comentar nuestras bandas de música favoritas—. Voy a hablar con estos para lo de después. Tengo que ver si hay sitio en el coche para uno más... Y si no lo hay, no importa, vamos caminando, o en taxi. Lo vamos hablando.

—O sea que... no tengo poder de decisión aquí, ¿verdad? O voy o voy, ¿no?

—¡Exacto! Me encanta cuando las cazas al vuelo.

—Pues, venga... Prepara todo tú... —dije, resignado.

—Cambia esa cara, tontín. Vas a ver que te lo vas a pasar genial. Además, mis amigos son buenísimas personas. Ya lo verás.

—Que sí, que te vayas ya —le dije, riendo, al ver que no cabía en sí de la emoción.

—¡Vale, vale! ¡Nos vemos arriba!

—¡Vete ya!

Nos íbamos a ver dentro de unos pocos minutos en las oficinas, pero ya la estaba echando de menos. Y no sólo porque me la estuviera pasando de lujo con ella, sino porque, nada más salir ella por esa puerta, el cerebro decidió que ya era hora de volver a torturarme.

—Otro, por favor —le dije al camarero.

No me daba la gana que mi cabeza se pusiera a trabajar sin mi permiso, pero también sabía que no iba a poder estirar lo inevitable para siempre. En algún momento me iba a tener que sentar a charlar conmigo mismo. En algún momento iba a tener que poner todo encima de la mesa para analizarlas con detenimiento. No estábamos hablando de una tontería, estábamos hablando de mi futuro, de un futuro que más negro no podía verse... Sin embargo, no sentía que ese momento hubiera llegado todavía. No estaba listo todavía... Necesitaba más tiempo para mentalizarme... Más tiempo para prepararme a encajar todas las bofetadas a mano abierta que me iba a dar la realidad. Y más tiempo para tomar una decisión... La decisión más difícil que jamás iba a tomar...

—¡Jesús! ¿Me cambias el zumo por una cervecita? —le grité al camarero, sin levantarme del lugar.

Tal vez no era la mejor idea, pero sabía que la mejor manera de comprar ese tiempo era o con compañía o con alcohol. Y en ese preciso instante no tenía ningún conocido cerca.

 

Miércoles, 22 de octubre del 2014 - 18:30 hs. - Alejo.

 

—Dale, Rocío... No podés pasarte todo el día ahí metida.

—Hoy no estoy de humor, Ale... Déjame, por favor.

—Dale, boluda... Al menos decime qué carajo te pasa. Me preocupa verte así...

—Déjame, Alejo. De verdad... Ya se me pasará.

Todo el día encerrada en el cuarto y, por ende, privándome de disfrutar de sus encantos. No sabía bien que había pasado entre ella y el novio esa mañana, pero tenía toda la pinta de ser algo groso. Desde mi cuarto había escuchado algún que otro grito no muy habitual, así que podía deducir que esa cogida se les había ido un poquito de las manos.

Más allá de tener unas ganas de garchar impresionantes, quería averiguar un poco más a ver si podía usarlo a mi favor en el futuro; pero justo llegó la llamadita que había estado esperando todo el día.

—Buenas tardes, ¿con Alejo Fileppi?

—Sí, él habla.

—Soy la secretaria del Sr. Bou, de Bou & Jax. El Sr. Bou desea hablar con usted, ¿puede atenderlo?

—Sí, claro.

Y empecé a rezar....

—¡Hola! ¿Alexander? —dijo esa voz gruesa y desagradable del otro lado del teléfono.

—Es Alejo, don Bou.

—¡Eso mismo! ¡Alejo! ¡Me alegro mucho de que hayas respondido!

—¿Qué se le ofrece?

—¿Cómo que qué se me ofrece? ¡Coño, que ya pasaron las dos semanitas que te di! Antes en el avión me puse a ver las fotos de tu chica y no sabes cómo se me hizo agua la boca. Me muero por catarla de una vez.

—Eh... Claro... Claro que lo recuerdo...

—¿Entonces? No te voy a decir que vengas hoy porque es muy repentino, ¿pero qué tal mañana?

Imposible. Podría estar todo lo preparada que yo quisiera para lanzarse a esa aventura, pero su maldita bipolaridad me jugaba demasiado en contra. A cualquier otra perra ya la hubiese tenido trabajando y generándome los primeros ingresos... Maldita mi suerte...

—Eh... ¿No me puede dar un tiempo más? Le juro que con una semanita...

—¿Una semanita? ¿No me habías dicho que te iban a sobrar días?

—Sí, pero las cosas se complicaron un poco y...

—Mira, chaval, me importa una mierda tu vida, sólo te voy a decir que llevo guardándome no una, dos semanas enteras para esto, ¿entiendes lo que te quiero decir? O me la traes mañana o...

—¡Entonces deme hasta el sábado! ¡Se lo pido por favor! El sábado le prometo que no sólo que va a poder probarla, sino que también va a poder pasarle su primer cliente si usted así lo desea.

—¿Y por qué habría de creerte? Te di 14 santos días y no has sido capaz de convencerla. ¿Por qué tendría que pensar ahora que vas a conseguirlo en tan sólo tres?

Me tenía agarrado de los huevos, y estaba empezando a desesperarme. Si la conversación se alargaba un poco más, iba a terminar mandándolo a la mierda yo a él... Pero no quería que eso pasara, por eso tuve que salir del paso con la primera locura que se me ocurrió...

—Tengo a otra chica, don Bou.

—¿Qué quieres decir con otra chica? Yo quiero a ésta, eh... No me salgas ahora con...

—No, no, a ésta usted la va a tener, se lo aseguro. Pero la otra, si sale bien lo que estoy pensando, le va a dar muchísimas alegrías también.

—Es que, joder, chaval, ¡estamos en las mismas! No puedes convencer a una, ¿y ahora me dices que vas a convencer a dos? Creo que vamos a dejarlo todo aquí...

—¡Es la hermana, don Bou! ¡La hermana mayor! ¡Imagínese la de posibilidades que se abren teniendo a dos hermanas de este calibre trabajando para usted.

—¿Y a mí qué más me da si es la hermana, la prima o la abuela, si no la puedo tener? Que no, muchacho. Búscate a otro, que yo...

—¡Don Bou, piense un poco! ¡Que son hermanas! ¡Y las dos están buenísimas! Párese un momento y analice la situación... Dos hermanas que dejarían en vergüenza a cualquier Miss Universo. Le repito, ¡imagínese las posibilidades que esto puede abrirle!

—Pues... —dudó. Yo tenía el corazón en la boca—. ¿Tú crees? Nunca he tenido a dos hermanas... Pero tampoco estoy muy seguro de lo que me pueden ofrecer...

—Usted sabrá mejor que nadie que el hombre promedio tiene sus fetiches... Hágase la imagen visual de su catálogo en un futuro cercano: "Rosa y Noemí, las hermanitas que están dispuestas a cumplir con todas sus fantasías", o cómo sea que sus publicistas quieran ponerlo. ¿A que suena bien?

El viejo hizo un nuevo silencio. Parecía que se lo estaba empezando, y yo no daba más de los nervios...

—¿Y cuándo dices que podrías presentarme a la hermana? —dijo entonces. El "¡vamos!" mudo que tiré en ese momento fue monumental.

—Supongo que cuando la otra, mi chica, ya lleve algún tiempo trabajando con usted. Es decir, la utilizaría a ella para conseguir a la hermana.

—Vamos, que le harás algún tipo de chantaje, ¿no?

—Los medios déjemelos a mí, usted sólo deme el tiempo que necesito.

—De acuerdo, chaval. El sábado a las tres de la tarde quiero a tu chica en mi despacho. Y ese mismo día quiero fotos de la hermana mayor.

—¡Hecho! ¡Le juro que no se va a arrepentir!

—Que sí, chaval, que sí. Espero que no me vuelvas a fallar, porque ésta es la última oportunidad que te voy a dar.

—Y se lo agradezco, don Bou. Se lo agradezco de verdad.

—Vale, chaval. Nos vemos el sábado.

—¡Así será! ¡Buenas tardes!

Nada más colgar, dejé todo lo que estaba haciendo y me encerré en mi cuarto para empezar a trazar un plan de ataque. Estaba eufórico, pero todavía era pronto para cantar victoria. Hasta ese momento todo me había salido bien, extremadamente bien, y sabía que tenía que seguir por esa línea para que el capítulo final de mi historia con Rocío terminara como yo quería. Porque sí, pasara lo que pasara, tenía planeado acabar con todo ese mismo sábado.

No obstante, el sábado quedaba muy lejos todavía, y mi atención estaba centrada en el jueves que aún estaba por llegar, día en el que Rocío traería por primera vez a casa a su alumno Guillermo.

—Vos me vas a sacas las papas del horno, pendejo.

 

Miércoles, 22 de octubre del 2014 - 19:28 hs. - Rocío.

 

No quería salir de mi habitación, no tenía ganas de levantarme de la cama, no tenía ganas de cruzarme con nadie. Pero no me quedaba de otra... El asunto que pronto me había surgido era demasiado importante como para ignorarlo... Y además tenía mucha hambre.

Ya en la cocina, me preparé un bocadillo de mortadela y queso, y me fui al sofá para poder comérmelo tranquila mientras veía un poquito de televisión. No podía dejar de pensar en ello, y no tenía muchas esperanzas de que la tele me distrajera... Sin embargo, la telenovela que me encontré parecía bastante interesante.

—Bueno, ya estamos solos, ¿no? ¿Me vas a decir lo que tantas ganas tenías de decirme? —decía un adolescente muy nervioso a una chica que se había sentado a su lado en el banco de un parque.

—Sí, es que... ¡Joder, Maxi! ¡Que me da mucha vergüenza! —respondió ella, con mucha timidez.

—Decímelo, dale. Sabés que podés confiar en mí —le insistió el joven, con un marcadísimo acento argentino—. Además, es mi cumpleaños y te ordeno que me lo cuentes ya —zanjó, entre risas.

No sabía muy bien de qué iba la cosa, pero, entre mordisco y mordisco a mi bocadillo, empecé a sacar alguna que otra conclusión sobre lo que estaba viendo. Primero, la cara del chiquillo denotaba un entusiasmo propio de alguien que está a punto de recibir una buena noticia. Y, segundo, la otra niña no se terminaba de decidir si decirle aquello que, supuestamente, le había dicho que le iba a decir.

—Se le va a declarar —murmuré para mí misma con la boca llena y señalando a la pantalla.

Parecía evidente que sí, pero...

—¡Bueno, vale! Allá voy... —dijo la chica. Luego suspiró, se armó de valor y lo soltó—. ¿Te acuerdas que te dije que igual podía haber alguien que me gustara?

—Eh... Sí... ¿Sí? Ahora no caigo —contestó el crío, que con cada segundo que pasaba parecía más nervioso.

—¡Que sí, Maxi! ¿No recuerdas que Kairi me lo preguntó delante de todo el grupo?

—Ah... Puede ser... Y me querés... bueno, me querés contar quién es, ¿no?

—Pues... si lo quieres escuchar... sí —dijo ella, poniéndose coqueta de golpe y con una cara de golfa que se la pisaba.

—Sí... Quiero... O sea, no me molesta, je.

—Vale...

Silencio, tensión. Televisión en estado puro. Primeros planos que pasaban de la cara del chico, que ya no cabía en sí de los nervios, a la de su amiga, que se estaba tomando una eternidad para hablar. Y yo con los ojos bien abiertos intentando fusionarse con la caja boba.

—No sé si lo has notado, pero... —siguió estirando el chicle.

—¿Pero...? —dijo él, haciendo gala de una paciencia impresionante. Yo no sabía cómo no le había dado un infarto todavía.

—Cada vez que me paso por tu clase me quedo hablando con ese chico que se llama Adrián... —se sonrojó. Y yo no me lo podía creer—. Pues es él. ¡Ay, Maxi! Al principio creía que sólo me gustaba por su pelo, ¡pero luego me di cuenta de que me gusta todo de él! ¿Es tu amigo o algo? ¿Te llevas bien con él?

La cara del chico era un poema; sonreía, pero su mirada se había congelado y ya sólo apuntaba en una sola dirección, dejando bien claro al espectador que esa no era la respuesta que él esperaba. Sabía bien que sólo eran actores, pero el crío lo estaba haciendo tan bien que yo ya quería saltar dentro de la tele para darle un abrazo.

—Eh... Lo justo, supongo —respondió al fin, logrando mantener la compostura.

—¿En serio? Es que te quería pedir ayuda con él... O sea, a veces hablamos, pero no me atrevo a decirle de quedar... ¿Tú podrías montar alguna salida con tus amigos y él? Ya sabes, como quien no quiere la cosa.

No pude más y cambié de canal. ¡Menuda guarra! El chico todo ilusionado con que se le declarase y va y le dice que le gusta otro. ¡Y encima en el día de su cumpleaños! Me había indignado de verdad, tanto que, por un momento, había olvidado que yo tenía mis propios problemas. Problemas que necesitaban ser atendidos lo más pronto posible...

¿Sería lo que pensaba?

Luego de comerme lo último que me quedaba de bocadillo, apagué la tele y me quedé un largo rato meditando. Bueno, meditando o, tal vez, mentalizándome para afrontar el asunto. Ya había llegado a la conclusión de que las probabilidades eran altas, pero no terminaba de decidirme si debía hablarlo con alguien o no. Después de todo, no quería hacer un drama de lo que posiblemente terminara siendo una tontería. Y con hablarlo con alguien me refería a Alejo o Alejo, porque Noelia, en ese momento, no me quería ni ver, y Benjamín... No, Benjamín definitivamente no era una opción.

Con eso ya decidido, me planté delante de la habitación de Alejo.

—Ale... ¿podemos hablar? —pregunté, luego de darle un par de toques a su puerta.

Obviamente no respondió. Había estado evitándolo todo el día y me esperaba una reacción similar. Así que tuve que insistir.

—Alejo, por favor...

Luego de un par de segundos, la puerta se abrió y me encontré de frente a un Alejo serio que, tras lanzarme una mirada llena de desdén, pasó por delante de mí sin siquiera preguntarme qué quería.

—¿En serio me vas a hacer esto? —le dije mientras lo seguía hacia el salón.

—¿No querías que te deje en paz? Ahí tenés tu paz —respondió, más ofendido de lo que me imaginaba.

—Venga, Ale, no seas así... No tuve un día fácil...

—¿Y yo qué culpa tengo?

—Joder, Ale...

—Yo sólo quería pasar un rato con vos...

—Es que... tú los ratos conmigo sólo sabes pasarlos de una forma, y te juro que no tenía ni tengo el cuerpo para eso.

—Estaba preocupado por vos, forra —dijo, girándose indignado y volviéndome a mirar—. Los gritos que pegaste esta mañana no fueron normales.

—Lo siento, ¿vale? No quería hacerte preocupar, pero tenía mis motivos para no querer hablar con nadie.

—Ah, sí, ¿cuáles?

—Por eso es que te he molestado ahora...

Me miraba con desconfianza, como pensando que estaba a punto de decirle alguna excusa... Aun así, se sentó en el sofá y, tragándose todo su orgullo, puso toda su atención a mi disposición.

—¿Qué pasa? —dijo, al fin.

—Creo que estoy embarazada...

No iba a andarme con largas, tampoco a jugar con el misterio ni nada de eso que se solía hacer en esos casos. Era algo que necesitaba sacarme de dentro con urgencia, algo que necesitaba hablar lo más rápido posible con él... Después de todo, ni Benjamín ni Guillermo habían eyaculado, jamás, dentro de mí... Y su reacción no me sorprendió... Apenas de inmutó y lo entendí perfectamente... Ambos sabíamos que habíamos estado jugando con fuego y que la noticia podía llegar en cualquier momento.

—¿Tenés un retraso? —preguntó, bajando bastante el nivel de agresividad con el que me había recibido.

—No... Todavía no me tiene que venir...

—Entonces, ¿cómo lo sabés?

—Pues... por varias cosas, supongo... No es que sea una experta en la materia, pero llevo varios días sintiéndome rara. Hoy incluso he vomitado sin venir a cuento. Además...

—Esperá, Rocío... —me interrumpió entonces—. ¿Cuándo fue la primera vez que te acabé dentro?

—No sé... —dudé—. ¿Hace dos semanas? Tiempo suficiente para...

—Pero no eran tus días peligrosos, ¿no? —volvió a interrumpirme.

—No, pero es que...

—No estás embarazada, Rocío... Haceme caso —zanjó, con una rotundidad que no entendí.

—¿Qué? ¿No me estás oyendo?

—A ver... —me cortó una tercera vez—. Ayer estabas bien, antes de ayer estabas bien, y esta mañana te escuché —me lanzó una mirada acusadora—, y también me pareció que estabas bien. ¿Me vas a decir que empezaste a sentir los síntomas todos juntos y de golpe?

—¿Me vas a dejar hablar? Te estoy diciendo que llevo varios días sintiéndome rara. Si no te dije nada es porque no creí que tuviera importancia. Y el vómito de hoy no fue normal; nunca había vomitado recién levantada y con el estómago vacío.

—¿Sabías que es normal vomitar cuando hacés ejercicio con el estómago vacío? Te lo digo porque no me pareció suavecita la garchada que te pegó el animal de tu novio esta mañana.

Me estaba poniendo de los nervios. Que sí, que cabía la posibilidad de que todo fuese una falsa alarma, pero me molestaba muchísimo que no le diera a la situación la importancia que se merecía. Y también me molestaba muchísimo que afirmara con tanta seguridad y optimismo que no estaba embarazada. O sea, ¿no había lugar a debate? Le estaba dando más de un motivo y él seguía encerrado en la suya. ¿No hubiese sido lo normal decirme que no me apresurara y que fuera a ver a un doctor para sacarme la duda? ¿O que me comprara un test? ¿O que lo consultara con mi hermana o alguien que tuviera experiencia en el asunto? ¿Por qué parecía que se quería sacar de encima algo que era tan importante a mí? No lo entendía... Y estaba empezando a pensar que su nula reacción del principio había sido un mero mecanismo de defensa ante una noticia que no quería escuchar...

—Sabes que no tienes que preocuparte por nada, ¿verdad? —le dije entonces.

—¿Eh? ¿Preocuparme de qué? —preguntó él, con la misma despreocupación con la que se había estado manejando hasta ese momento.

—Que si estoy embarazada, es sólo asunto de Benjamín y mío. No tienes por qué comerte la cabeza con algo que no te incumbe.

—¿En serio me estás diciendo esto, Rocío?

—Mañana iré a comprarme un test de embarazo. Ya te contaré el resultado. Y espero que sea de tu agrado.

—Rocío...

Sin decir más, me fui de ahí y me volví a encerrar en mi habitación con unas ganas inmensas de llorar. Allí, me tumbé en la cama y me aguanté las lágrimas con todas mis fuerzas. No quería que Alejo me escuchara sufrir por él. Y tampoco quería darle el gusto, aunque no se enterara, de que me viera sufrir por él. Ya bastante poder le había dado sobre mí como para seguir alimentando su ego, y ya bastante le había quitado a Benjamín para darle a él. Sí, estaba enamorada de él y era algo que no iba a cambiar por más que no soportara la idea, pero también amaba a Benjamín con toda mi alma y, en ese momento, me repugnaba pensar que aquel desgraciado le estuviera peleando mano a mano el primer peldaño de mi corazón.

Tenía que luchar contra ello, debía luchar contra ello... E iba a luchar contra ello. Sabía que sufriría más de la cuenta para conseguirlo, pero ya lo había decidido. El hombre de la voz grave que en mis sueños jugaba con mi hijo, iba a ser Benjamín. El hombre de la voz grave que en mis sueños me abrazaba y me susurraba al oído que dejara de llorar, iba a ser Benjamín. El hombre que, ya no sólo en mi sueño, portaría con orgullo el anillo que lo ataría para mí el resto de su vida... iba a ser Benjamín.

—Lo siento... —pronuncié una última vez, con una mano en el vientre, momentos antes de quedarme dormida.

 

Miércoles, 22 de octubre del 2014 - 20:40 hs. - Benjamín.

 

—Bueno, cuando quieras —le dije a Clara una vez terminé de acomodar mis cosas.

—¡Sí! ¡Ya estoy lista también!

Después del descanso, y gracias a todo lo adelantado en las primeras horas del día, la mayoría de mis compañeros consiguieron sacar adelante cada una de sus asignaciones, logrando así que el ambiente en la oficina mejorara considerablemente. No es un detalle menor, porque, en consecuencia de ello, pude concentrarme en lo mío y no dedicar tiempo a pensar en cosas que no me hacían bien. Entre aquello y el gran rato con Clara en la cafetería, había podido pasar una tarde más que agradable.

—¿Caminando o en coche?

—A patita. El que tiene la furgoneta de seis plazas es Fer, y hoy no ha venido.

—¿Y si vamos en el mío?

—¿Tú flipas? —rio burlonamente—. ¿Te crees que no sé que te pasaste el descanso bebiendo como un descosido?

—¿Qué dices? Si sólo bebí un par de zumos —mentí.

—Le dejé dicho a María, la encargada, que me avisara si se te ocurría pedir alcohol. Así que no vayas de listo —me regañó.

—Vale, vale. Me has pillado. Pero no exageres, que fueron dos o tres cervecitas, y en vasitos de plástico.

—Como si sólo fue media, no me pienso meter en el coche de un bebedor.

—¡Pero, Clara! —reí—. ¿Tú te estás oyendo?

—¡A patita y se acabó! —cerró, con un sonoro "jum" al final.

Si yo estaba de buen humor, digamos que ella estaba algo así como radiante. Y no sólo por lo guapa que había venido ese día, sino por lo feliz que estaba. Se la veía con muchas ganas, y podía suponer que se debía a que por fin íbamos a poder aclarar todo entre nosotros. Además, se notaba que ella también estaba contenta de haber descubierto que podíamos ser amigos a pesar de todo.

Con todas esas sensaciones rondándonos, y decidida ya la forma en la que iríamos, bajamos hasta el aparcamiento y nos quedamos esperando a sus amigos apoyados en la parte trasera de su monovolumen. Como dato importante, quiero decir que silencié el móvil apenas tuve la oportunidad.

—¿Y por qué no vamos en tu coche? —le dije entonces.

—Porque esta noche pienso beber mucho —dijo ella, mientras se revisaba las uñas de una mano.

—¿Y qué? Lo dejas aparcado allá y te tomas un taxi a la vuelta.

—¿Para que mañana tenga que ir a buscarlo al culo del mundo? Ni lo sueñes, guapi.

—Vale, vale... ¿Y quiénes son tus amigos? ¿Los conozco?

—De vista, tal vez. Son de otra planta.

—Ah... ¿Y son buena gente?

—Ya te he dicho que sí...

—¿Y cuántos son?

—Qué preguntón que estás hoy, ¿no? —se rio—. Ya sé que no te gusta mucho conocer gente nueva, pero te aseguro que estos te van a caer bien. Son muy buenas personas.

—¿Cómo ? —reí yo esta vez—. ¿Que no me gusta conocer gente nueva? ¿De dónde te sacas eso?

—Pues... —se puso a recordar—. El día que nos conocimos... eras un manojo de nervios. Casi no atinabas a ninguna palabra. Lo mismo cuando te presenté a las de diseño... Aunque esa vez estabas más borde que otra cosa.

—¿Cómo? —volví a reír—. Primero que nada, sabes de sobra lo que pasó el día que nos conocimos. Segundo, las niñatas de diseño son insoportables. Alguna más que otra, pero infumables en general.

—¿Y eso qué tiene que ver? Te comportaste como te comportaste, y punto.

—Bah... Si no quieres entrar en razón...

—Qué mono que eres cuando te pones así... —dijo, inclinando un poco la cabeza y mirándome con ternura—. No tienes que ir de machote conmigo, Benny... Te cuesta relacionarte con la gente, ¿qué problema hay?

—¡Pero es que no es verdad! —insistí—. ¡Has mencionado dos circunstancias que son excepcionales! ¿Acaso no me has visto charlar con los chicos de la planta? ¿O con mis amigos Sebas y Luciano? Me haces sentir como un ermitaño, coño.

—¿Un ermitaño? Qué exagerado eres... Eres introvertido, y no tiene nada de malo.

—Hablas de mí como si me conocieras de toda la vida...

—Bueno, no te conozco de toda la vida, pero... puedo asegurarte que sé cómo te sientes en todo momento. Para mí eres como un libro abierto, Benny.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

—Entonces... ¿cómo me siento ahora?

—Intrigado y nervioso —dijo, sin dudar—. Intrigado porque tienes muchas ganas de saber ya todo lo que tengo para decirte, y nervioso porque no sabes cómo le caerás a los chicos que vienen con nosotros.

—¡Vaya con la adivina! ¿Por qué no me dices los números para el euromillones de esta semana?

—¿Acaso no tengo razón? —preguntó, entre risas—. Desmiéntemelo, venga.

—¡Pero categóricamente te lo desmiento!

—En ese caso... —dijo, cambiando sutilmente su tono de voz a uno más... ¿coqueto?—. ¿Qué te parece si hago un análisis un poco más minucioso?

No había terminado de formular la pregunta, que su culo ya se había deslizado sobre la puerta de su maletero hasta que nuestros hombros chocaron. Luego de emitir una pequeña risita, Clara tornó su rostro en mi dirección y, aseverando radicalmente el semblante, se quedó mirándome a los ojos haciendo exactamente lo que dijo que iba a hacer.

—¿Qué haces? —le pregunté, gracioso, con la seguridad de que retrocedería y comenzaría a reír.

—¡Sh! ¡Calla! —dijo ella, poniendo la punta de su dedo índice en mis labios.

Siguió observándome atenta, como tomando nota de cada detalle mi cara. Cada vez se acercaba más a mí, y eso me incomodaba, pero no quería apartarme. No era la primera vez que Clara me molestaba de esa manera, y me negaba a darle el gusto de achantarme ante ella de nuevo. Por eso, le aguanté la mirada y fui un poquito más allá...

—¿Y? ¿Cómo me siento ahora? —dije, tratando de controlar la respiración e intentando sonar lo más seguro posible.

Al oírme, dio un pequeño respingo hacia atrás, e inmediatamente una semisonrisa de lo más sensual cubrió su cara, dándome a entender que mi reacción le había gustado. Yo esperaba que el jueguito terminara ahí, pero ella, lejos de pensar igual que yo, redobló la apuesta y, sin romper ni un segundo el contacto visual, fue acercando su cara, muy lentamente, hasta que nuestros labios quedaron a unos dos centímetros de distancia.

—Benny... —susurró entonces, asegurándose de expulsar el suficiente aire como para que mi boca lo sintiera.

Y claudiqué. No pude más. Aquello ya era demasiado para mí. Tragué saliva de manera escandalosa y perdí todo control sobre mi forma de respirar. Otra vez iba a quedar en ridículo delante de Clara...

—Mira, ¡por fin! —dijo ella, de pronto, levanta el dedo índice y señalando hacia uno de los ascensores del aparcamiento—. ¡Vamos!

Como si nada, Clara se apartó de mí, me tomó de una mano y me llevó con ella al encuentro de sus amigos, que venían mucho más alegres de lo que jamás me hubiera imaginado.

—¡Clarita! —dijo un muchacho moreno y bastante fortachón, apenas se abrieron las puertas y vio a la becaria.

—¡¿Elías?! —respondió ella, bastante sorprendida—. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar de vacaciones?

—¡Debería, sí! Pero estos cabrones me llamaron por la tarde para que viniera porque hoy no daban a basto. ¡Ven aquí, anda! —dijo él entonces.

Sin reparar en mi presencia, el tal Elías se acercó hasta nosotros y se fundió en un largo abrazo con ella. Cosa que me extrañó, porque nunca antes había visto a Clara ser así de... "cercana" con alguien de la empresa que no fuera yo. Salvo Mauricio, por supuesto.

—¡Buenas! —me dijo entonces otro chico un poquito más bajo que el otro, mucho más delgado y con una larga melena pelirroja, sacándome de mi ensimismamiento—. ¡Yo soy Brian! ¡Y tú debes ser el famoso Benjamín! —concluyó, ofreciéndome una mano.

—¡Sí, sí! ¡Es él! ¡Por fin ha aceptado venir! —respondió Clara en mi lugar, que se había quedado colgada con un solo brazo del cuello de aquel grandullón, mientras que este no se había soltado nunca de la cintura de ella.

—Encantado —dije yo, intentando retomar la tranquilidad.

—¿Estás bien? —me preguntó el tal Elías—. Estás como... un poquito rojo, ¿no?

—¿Sí? Será por todo el estrés de hoy... Vaya día tuvimos —respondí, logrando salir del paso con una agilidad que ni yo me esperaba.

—¡Ya te digo! —añadió él—. No sé cómo no pillan extras para casos como este...

—Es que hay que pagarles... Elías era, ¿no?

—¡Elías! —contestó, usando el brazo con el que no sujetaba a mi compañera, para estrecharme la mano.

—Ellos son Giovanni y Jessica —dijo entonces Clara, señalando también con su mano libre a los dos a los que todavía no me habían presentado.

—¡Hostias! —se me escapó, sin poder controlarlo.

Entre lo medio paralizado que me había quedado luego del acercamiento de Clara, más su extraño comportamiento cerca del cachitas ese que se llamaba Elías, no me había dado cuenta de que ya conocía a la otra chica que iba a acompañarnos esa noche.

—¡Pensé que te habías ido de la empresa! —dije, notoriamente sorprendido, mirando hacia Jessica.

—Hola, je —saludó ella, tímidamente—. Pues no... Resulta que pedí el cambio de planta porque... pues porque en la 16º me sentía un tanto perdida, vaya.

"Luciano", pensé enseguida. Recordaba perfectamente los intentos de mi colega por acercarse a Jessica, y cómo ella siempre se había mostrado reacia a tener cualquier contacto con él. Aunque me parecía un poco extremo que hubiera tenido que pedir el cambio de planta para deshacerse de él.

—¿Os conocíais? —preguntó el que se llamaba Giovanni, un tipo de unos 40 años, canoso, que se me asemejaba bastante a George Clooney.

—Nos cruzamos un par de veces en la cafetería de nuestra planta —le respondí yo, tratando de quitarnos el tema de encima lo más rápido posible para no incomodarla—. Por cierto, yo soy Benjamín. Encantado.

—Un placer —dijo él, sin soltar la mano de Jessica—. Yo soy su novio —añadió, apuntando hacia ella.

—¡Bueno! ¡Basta de presentaciones! —intervino Elías—. ¿Nos vamos ya? ¡Tengo ganas de marcha hoy!

—Sí, que se hace tarde —adhirió Brian.

—¡Venga! ¡Vámonos! —cerró Clara.

Tras decir eso, mi compañera y el mastodonte comenzaron a caminar alegremente hacia el centro del parking sin soltarse. No dejaban de hablar y de reír entre ellos, como si llevaran toda una vida sin verse. Un poco más atrás, Giovanni y Jessica los seguían cogidos de la mano. Y a su lado, un solitario Brian que avanzaba sin despegar la vista de su teléfono móvil. Sobra decir que yo iba el último, tratando de estudiar un poco a mis nuevos conocidos. Porque sí, Clara tenía razón en algo, me costaba relacionarme con gente nueva y era algo que no podía evitar. Y no sé si se trataba de un mecanismo de defensa o algo por el estilo, pero no solía quedarme tranquilo hasta no analizar bien al nuevo (nuevos en este caso) de turno.

Aunque, en esta ocasión no pude evitar fijarme más en Elías que en los demás. Me preguntaba cómo es que no lo había visto con Clara antes, siendo que se llevaban tan bien. La única idea que se me ocurría era que pudieran conocerse de fuera... Y me intrigaba saber hasta qué punto podía ser ese el caso...

—¿Y cómo hacemos al final? —dijo Brian—. Tú nos habías dicho que ibas a ir caminando, ¿no? —añadió, mirando a Clara.

—¡Sí! Benjamín y yo vamos a patita —dijo, separándose por fin de Elías, y viniendo a mi lado—. Ustedes espérennos allá.

—¿Y por qué no voy yo caminando contigo? —intervino entonces el grandote.

Aquella propuesta tomó por sorpresa a mi compañera, que me miró automáticamente como buscando mi ayuda. Aunque yo tampoco me lo esperé, y me quedé tan en blanco como ella. Nosotros ya habíamos hecho nuestros planes para ir juntos esa noche, pero nunca previmos tener que dar explicaciones al respecto... Es decir, ¿cómo les explicábamos que queríamos pasar ese rato a solas sin que sonara raro? Además de que yo no tenía la más remota idea de qué manera Clara les había hablado a ellos de mí... Y lo último que quería era meter la pata.

—Pues... —dijo ella—. Sabes que me encantaría, pero no voy a dejar a Benjamín solo...

—¿No? ¿Por qué? ¿Qué tiene, 10 años? —rio con sorna el tío, a la vez que me guiñaba un ojo en señal de complicidad.

—No, no tiene 10 años, pero fui yo que lo invitó, y no queda bien que lo deje solo con gente que no conoce —insistió Clara, más segura de lo que me esperaba.

—Venga, Clarita... Que hace tiempo que no nos vemos... ¿A que a ti no te molesta? ¿Verdad, Benjamín?

Estaba empecinado el tío, y me estaba empezando a tocar un poquito la moral. Me quería sacar de en medio y ni se molestaba en disimularlo. Si tantas ganas tenía de pasar tiempo con Clara, podía venir caminando con nosotros sin ningún problema. Pero no, al anormal le molestaba yo. Y yo no le iba a dar el gusto.

—No, no me molesta, pero ya habíamos quedado en que nosotros dos iríamos caminando, machote —dije, devolviéndole el guiño, a la vez que cogía a Clara de la cintura y la atraía hacia mí—. Yo te la cuido, no te preocupes.

Y se hizo un silencio de ultratumba. Fueron tres segundos, pero tres segundos en los que nadie dijo nada, y en los que nadie movió un pelo. Jessica y Giovanni se quedaron mirándome con las cejas arqueadas, y Brian lo mismo pero con la boca entreabierta. Clara se calló también, pero agachó la cabeza avergonzada, como no sabiendo cómo reaccionar ante lo que acababa de hacer. Jamás la había visto tan inhibida, y fue entonces cuando me di cuenta de que, quizás, me había pasado de la raya. Y no porque me arrepintiera de haber defendido mi orgullo, sino porque, tal vez, Clara y ese chico tenían algo de verdad, o en proceso de convertirlo en verdad, y yo me había metido en el medio. En fin, tres segundos en los que, sin quererlo, terminé por darle a todos los presentes una impresión totalmente equivocada de mí.

—¡Vale, vale! —exclamó Elías, sonriendo y no poco sorprendido—. ¡Tampoco quiero molestar!

—Oye, no quise... Quiero decir que... —comencé a decir, tratando de aclarar las cosas, pero el bloqueo en mí era grande en ese momento.

—¡Pues hecho! Nos vemos allá, chicos —cerró Brian, seguramente en el momento preciso.

—¡Hasta luego! —dijo Giovanni, siendo el último en cerrar la puerta de su furgoneta dorada.

Nada más desaparecer el coche por la puerta del aparcamiento, solté a Clara e intenté explicarme lo mejor que pude.

—Lo siento, Clara... Es que el tío no paraba de insistir, y tú no sabías cómo hacer para que se callara, y yo...

—Tranqui, Benny —dijo ella, volviendo a sonreír como siempre—. ¿No te dije antes que sé perfectamente cómo te sientes en todo momento?

—¿Eh?

—Pues eso. ¡Vámonos ya! Que se nos acaba la noche.

¿Que qué había querido decir con eso? No tuvo tiempo ni de pensarlo; Clara me cogió de la mano y me arrastró con ella hacia la salida del parking. Aquel instante de inhibición en ella fue uno de esos hechos que sólo se pueden apreciar una vez en la vida; la becaria era una mujer acostumbrada a llevar en todo momento las riendas de cualquiera que fuera la situación, y me lo demostraba cada vez que yo intentaba tomar la iniciativa en lo que fuere. Y ya me había hecho a la idea de no insistir más cuando eso pasaba.

En fin, que una vez fuera del edificio, Clara cruzó su brazo con el mío y empezamos a caminar en dirección al pub.

 

—En serio, Clara... Lo siento... —volví a disculparme, siendo el primero en romper el silencio.

—¿Por qué te sigues disculpando?

—Pues porque me pasé mil pueblos... Igual el chico este y tú tienen algo y yo acabo de cagarla...

—¿Qué? —rio, de repente—. ¿Elías y yo? —carcajeó más fuerte todavía.

—¿No?

—¡Que no! ¿Qué te hizo pensar eso?

—Joder... El abrazo eterno que se dieron cuando salió del ascensor... Y que luego te pegaras a él como una lapa... Daba que pensar, ¿sabes?

—No me lo puedo creer... —dijo entonces, mirando para un costado y soltando otra risita.

—¿El qué?

—Nada, nada...

—¡Dímelo! —insistí, entre risas también.

—¡Que nada! Y a Elías lo conozco desde hace mucho tiempo ya... Hemos tenido nuestras cositas, vale, y por eso nos tenemos tanta confianza. Pero, tranquilo, que entre nosotros no pasa absolutamente nada.

—¿Y por qué tenía tantas ganas de quedarse a solas contigo?

—No sé... Supongo que será porque hace ya casi un mes que no nos vemos.

—¿Y no podía simplemente venir caminando con nosotros? Yo es que sentí que no me quería metido en medio —dije, segurísimo. Ella volvió a reír.

—¡Que no te comas la cabeza, Benny! Guárdate el cuestionario para otra ocasión.

—No es un cuestionario, joder... Es que quiero conocer mi lugar aquí esta noche.

—¿Tu lugar? —una vez más, rio con ganas—. Benny, que vamos a tomarnos unas copas nada más... Deja la paranoia.

—Igual pienso explicarme con ellos también... No quiero que se piensen lo que no es.

—A mí no me molestó, ¿sabes? —dijo, de pronto.

—¿Eh?

—Que no me molestó que marcaras territorio.

—¿Que marcara...? —reaccioné—. ¡¿Que marcara territorio?! ¡Que yo no...!

—Bueno, ¿estamos aquí para hablar de ti o para hablar de mí? —me interrumpió, con contundencia.

—De ti, pero si me dices que yo me pongo a marcar...

—¡Pues ya está! ¡Que tengo muchas cosas para contarte!

—Pero yo...

—¡Pero nada!

—Vale...

De nuevo, la conversación terminaba cuando ella lo decía, y, como ya dije, no tenía caso seguir insistiendo. Por eso, resignado, le cedí la palabra para que pudiera abrirse de una vez.

—Soy todo oídos —le dije, al fin.

—Vale...

El momento había llegado. Por fin esclareceríamos todo lo turbio que oscurecía nuestra relación. Y yo, personalmente, tenía muchas ganas de cerrar de una vez por todas ese capítulo de mi vida para nunca más volverlo a abrir.

Caminamos un par de metros más hasta que la chica por fin se decidió a hablar.

—Pues, básicamente, quería limpiar un poco mi imagen, ¿sabes? Y explicarte yo misma muchas cosas que debes creer saber bien.

—Para eso vinimos —la animé yo, al ver que le costaba arrancar.

—Sí, ¿no? —volvió a sonreírme, y emitió un largo suspiro—. Antes que nada, quiero pedirte perdón por todo lo que pasó esa noche (parte 12).

No respondí al instante, me tomé mi tiempo. Me sorprendió que comenzara por el episodio más negro de todos. Por más que fuera una disculpa, creía que era algo que dejaría para el final... Y no sabía cómo contestar exactamente a aquello.

—Pues... Perdonada, supongo... ¿Pero no sería mejor que te disculparas luego de explicarme bien las cosas?

—Puede... Lo que pasa es que tampoco quiero remover mucho la mierda, ¿me entiendes? —dijo, sonriente—. Por ahora me conformo con que me digas que vas a olvidarte de que alguna vez me viste de aquella manera tan lamentable.

—Clara, te garantizo que pocos capítulos hay en mi vida que quiera borrar tanto de mi memoria como ese...

—Estamos de acuerdo, entonces... Aunque me gustaría dejarte claro que no pienso nada de lo que te dije esa noche, y que te portaste como un hombre de verdad. Cualquier otro se hubiese aprovechado de la situación, y...

—Lo único que hice esa noche fue el ridículo, Clara...

—Si hoy estoy hablando y paseando así contigo, entre muchas otras cosas, es por cómo te comportaste esa noche, Benny. Y te lo agradezco de corazón.

No sabía si me lo decía para que me sintiera bien conmigo mismo, si para quedar mejor ella, o simplemente para que la charla no entrara en una cadena de reproches sin fin; pero decidí creerle. No le había pedido aclarar todo, que fuera sincera conmigo, para luego andar cuestionándole cada cosa que saliera de su boca. Estaba decidido a confiar en ella al cien por cien.

—Pues... página pasada —reí.

—Sí, pero... también quiero que sepas qué me motivó a comportarme así...

—Oye, que no tienes que hacerlo si no quieres. Con lo de recién me basta y me sobra.

—Eres un sol... —dijo, mirándome y sonriéndome—. Pero es vital que conozcas esta historia para que lo entiendas todo... No sólo mi comportamiento esa noche, también todo lo que hice desde que llegué a la empresa.

—Adelante, entonces.

Clara aminoró el paso de repente, como tomándose un tiempo para buscar en su memoria el instante justo por donde quería comenzar a relatarme su historia. Yo, de mientras, con el afán de despejar mi mente de cualquier imagen innecesaria que a ratos me pasaba por la cabeza, cerré los ojos y dejé que la suave brisa de la noche me llenara las fosas nasales. Que se llenaran y se vaciaran, así una y otra vez. Me sentía bien en ese momento, y, habiendo poca gente en la calle, la velada se presentaba perfecta para que por fin pudiéramos dejar todo el pasado atrás.

—Verás... —comenzó entonces—. Pocos meses antes de entrar en la empresa, terminé una relación de muchos años con un chico del cual llevaba toda mi vida enamorada —suspiró, y se tomó otro par de segundos—. Me quería casar con él, tener hijos con él... Lo típico, ¿sabes?

—Sí.

—Y él se sentía igual conmigo hasta donde yo sabía. O sea, que los planes eran mutuos. El tema es que... Bueno, el no pertenecer a la misma clase social fue el gran obstáculo entre nosotros.

—¿Tan pobre era él?

—¿Qué? ¡No! ¡La de familia humilde era yo! ¿En serio me ves como alguien que dejaría...? —no terminó la pregunta porque mi mirada ya lo decía todo—. ¿Te das cuenta? Por cosas como esta es que tengo que lavar mi imagen contigo, bobo...

—¡Vale, vale! —reí yo—. Igual no lo pregunté con esa intención. O sea, no lo pregunté con ninguna intención, vaya.

—Que sí, que sí. Tu a partir de ahora quédate callado y déjame hablar a mí.

—Tú mandas.

—Como iba diciendo —carraspeó—, sus padres eran dos de los abogados más prestigiosos de la ciudad, y los míos dos vulgares panaderos. Al principio esto no supuso nada en nuestra relación; a fin de cuentas éramos dos críos. Nos teníamos el uno al otro, nos lo pasábamos bien, y eso nos bastaba. Pero luego hubo que elegir universidad... y ahí es donde se complicó todo.

—¿Por qué?

—Pues porque yo no me podía permitir ir a la misma universidad que él. Para mí era la pública o la pública, ¿sabes lo que te digo? —iba contando ella, cada vez más metida en cada suceso que narraba—. Estuvimos todo aquel verano discutiéndolo... Yo le decía que viniera a la pública conmigo, que no era tan lujosa pero que no tenía nada que envidiarle a ninguna privada; le advertía que la distancia iba a destruir nuestra relación, que no íbamos a aguantar tantos años viéndonos sólo los fines de semana...

—Pero fue a la privada igual, ¿no?

—Sí... Aunque por pura presión de sus padres —dijo, cambiando bastante el semblante—. Él quería venir conmigo; lo sabía él, lo sabía yo y lo sabían ellos. Y, claro, como no podían permitir que su hijo fuera con la vulgar plebe a la pública, le llenaron la cabeza hasta que el pobre no pudo soportarlos más...

—Vaya...

Hicimos una pequeña parada en una tienda de ropa porque Clara quería ver unos vestidos. «¿Y qué pasa con los chicos?», pregunté yo. «Que esperen», fue su respuesta. Diez minutos estuvimos dentro, y lo entendí como un momento que se tomó ella para bajar tranquilizarse un poco. Si bien parecía muy decidida a sacarse todo de dentro de una vez, se notaba que no le resultaba fácil tocar según qué tema; en este caso, su pasado con el chico este... El cual todavía no me había dicho su nombre.

—No te estoy aburriendo, ¿verdad? —me preguntó apenas volvimos a la calle, sonriendo de nuevo y volviéndose a anudar con mi brazo.

—¿Cómo me vas a aburrir, boba? Es más, me encanta que te abras de esta manera conmigo —le sonreí yo esta vez.

—Y a mí que tú me escuches, Benny... No sabes lo importante que es para mí.

—De todas formas, no quiero que te fuerces a hablar de nada que te haga mal, ¿me oyes? Lo último que quiero esta noche es verte triste.

No sé por qué, pero no pude evitar levantar la mano y acariciarle la mejilla con el dedo pulgar. Así como tampoco entendía por qué me estaba sintiendo de esa manera estando a su lado... ¿De qué manera? Pues... feliz. Sí, joder, me sentía feliz, y tanta dicha se me escapa en forma de gestos como ese. Gesto que... Clara recibió de la misma manera que cuando le puse el freno a Elías: sonrojándose y agachando la cabeza.

—Perdona —dije, cuando me di cuenta.

—¡No! —exclamó de golpe, haciéndome sobresaltar—. Quiero decir... Que no, que no te disculpes. Lo que pasa es que nunca habías sido tan cariñoso conmigo...

—Lo siento...

—¡Que no! ¡Te digo que no me molesta! Es más... me gusta.

Y caí en cuenta por fin... Todos mis actos, reacciones y dichos desde que nos hubiéramos sentado en la cafetería del trabajo esa tarde. Todos esas acciones inconscientes llevadas a cabo por el cacao mental que tenía en la cabeza; todos juntos, como si fueran las piezas de un puzle, formaban una más que evidente declaración de intenciones... Había estado tan concentrado en no recordar, en tratar de que todo lo de mi alrededor me absorbiera, en tratar de pasármelo bien con ella, que en ningún momento me di cuenta que lo de que de verdad había estado haciendo era... ligar con Clara.

—Clara, yo... No es lo que piensas... Yo no quiero...

Quería explicarme, quería decirle la razón de mis acciones, pero no me salían las palabras... De nuevo ese bloqueo... No quería ofuscarme, no quería pensar en quien no tenía que pensar... Aquella era una noche para pasármelo bien, para olvidarme de todo, para no tener que enfrentar mi triste realidad... Porque, por más que mis verdaderas intenciones fueran otras, un malentendido de ese calibre estaba destinado a arruinarlo todo entre ella y yo... Y yo la necesitaba más que nunca en ese momento. Y no como amante ni como mujer, sino como amiga...

—¿Quieres que termine de contar mi historia, y ya luego tú, si quieres, me cuentas lo qué te ocurre? —dijo, de pronto, de nuevo con una amplia sonrisa cubriendo su bello rostro, leyendo perfectamente la situación una vez más.

Nos quedamos quietos en medio de la calle. Mi cara debía reflejar lo mal que lo estaba pasando por dentro, y ella, como la curandera de todos mis males aquel día, sólo tuvo que pronunciar esas pocas palabras para que lograra retomar la calma.

—Sí... Creo que va a ser lo mejor —le contesté, luego de tomar una gran bocanada de aire.

Sin darle más importancia, fue ella la que tironeó de mi brazo para que volviéramos a emprender la caminata. Y luego continuó con su historia.

—Bueno, te iba diciendo que... Ah, Pau se llamaba, que no te lo había dicho —rio—. Pues que Pau se terminó yendo a la privada, y yo a la pública. Por más que yo no tuviera muchas esperanzas, los dos primeros años de universidad los aguantamos sin problemas. Sólo nos veíamos los fines de semana, pero los aprovechábamos a tope. ¿Me sigues, Benny? —me preguntó entonces, al ver mi cara de divagación.

—¡Sí! ¡Por supuesto! Sigue —respondí, poniendo la mejor cara que pude.

—Hasta que llegó el tercer año... Resumiendo, las cosas dejaron de ser iguales, nos distanciamos más de lo que nos hubiésemos imaginado, y un día me sale con que se había enamorado de otra. Por mensaje de texto me lo dijo, ¿sabes? Y lo dejamos ese mismo día.

—Joder... Lo siento.

—En el momento lo único que me jodió fue que me cambiara por otra... Por lo demás, la ruptura se veía venir de lejos... Y estuvo mucho tiempo haciéndome a la idea de que iba a suceder.

—Vaya...

—Vale, ahora lo importante de la historia —sonrió—. Resulta que, a los pocos meses de romper, me llega la información de que Pau estaba saliendo con la heredera del abogado más famoso del país —volvió a sonreír, ahora irónicamente—. ¿Y con eso qué? Te preguntarás. Bueno, pues resulta que los de padres de Pau llevaban mucho tiempo queriendo colarle a esa niñata. Yo siempre estuve al tanto, pero mi confianza en él era absoluta. Además, la tía era repelente a más no poder, todo lo contrario de Pau, y nunca nos había caído bien.

—¿Tú crees que se enamoró de ella de verdad?

—¡Qué va! —carcajeó—. Te digo que no la podíamos ni ver. Y no era el típico caso del chico que no quiere poner celosa a su novia; aquí se notaba a leguas el asco que Pau le tenía.

—Qué telenovelezco todo, ¿no?

—Sí, ¿no? —se rio—. Sobre todo por cuando lo llamé y le dije de todo, ja. Que si cobarde, rata asquerosa, niño de papá y mamá, poco hombre, basura manipulable y otras tantas linduras que no llegaban a hacer honor a todo el odio que sentía por él en ese momento. Lo más gracioso es que lo único que le salía responderme era "lo siento". ¿Qué más necesitaba para confirmar que me había dejado por conveniencia?

Ya mucho más tranquilo, empecé a asociar la historia de Clara con todo lo que había acontecido desde que ella había llegado a la empresa. Y muchas cosas empezaron a tener sentido...

—¿Me cuentas todo esto porque ya sabes que yo sé lo tuyo con Mauricio?

—Benny... —rio—. No eres el único que sabe de lo mío con Mauri... Toda la empresa se hizo eco ya.

—Ya... ¿Y me quieres decir que te liaste con Mauricio por algún tipo de despecho?

—No por despecho exactamente... Digamos que, después de lo de Pau, me prometí que nunca más iba a dejar que nadie me mirara por encima del hombro... ¿Me entiendes?

—Creo que sí...

—Mi orgullo salió muy herido después de aquello, y supongo que yo terminé más resentida de la cuenta... Vi en Mauricio una oportunidad de conseguir todo lo que yo quisiera, y no la desaproveché.

—¿Aunque eso significara acostarte con un hombre de casi 60 años?

—¿Qué? —preguntó, sorprendida—. ¿Quién te dijo que yo me acosté con Mauricio?

—Venga, Clara... Que Lulú me lo enseñó todo...

—¿Cómo? ¿Qué te enseñó Lulú?

—Un día... Lulú me llevó a aquella urbanización a la que ibas con él, ¿sabes cuál te digo? Y...

—Qué vergüenza —me interrumpió—. Esa puta loca... Normal, me vio como una amenaza y tiró de lo fácil para deshacerse de mí...

—¿Cómo dices?

—Nada, nada... Bueno, no sé qué es lo que viste, o cómo nos viste, pero seguro que follando no.

—Te vi morrearlo... y bajarle los pantalones. Luego me fui porque me pareció demasiado fuerte todo...

—Benny... —dio un largo suspiro—. Utilicé a Mauricio para que me diera adelantos, me llevara a hoteles caros y para que me ayudara con las notas de la beca, pero nunca lo utilicé para que me diera placer...

—¿Y qué es eso que yo vi entonces? —insistí.

—Joder, Benjamín. Le hacía pajas nada más. Lo ponía a tono con algún que otro morreo y luego lo masturbaba. Nuestros encuentros no eran más que eso.

Entonces comencé a recordar todo lo que me había contado Lulú; las amenazas a Mauricio, los anónimos a su mujer, las bragas húmedas de Clara en el despacho de Mauri... Y se lo solté, sin más. Si bien no cambiaba nada que me diera explicaciones al respecto sobre esas cosas, quería la verdad sobre todo. Era ahora o nunca.

—Bueno —dijo entonces—. ¿Quieres que vaya paso por paso?

—Sí.

—Vale, es cierto. Le mandé mensajes a su mujer. Vi peligrar el cómodo estilo de vida que estaba empezando a tener y tomé cartas en el asunto. Te dije que no me iba a volver a pasar lo mismo de nuevo, ¿no? Pues en ese momento vi a esa señora de la misma forma que a los padres de Pau, como a una amenaza. Mauricio me llevaba a hoteles con piscinas, jacuzzis, bufet libre gratis y demás lujos a los que yo no estaba acostumbrada. Por eso, cuando un día me vino y me dijo que todo eso se acababa, lo amenacé por ese lado. Punto, no tiene más.

—Vale... Pero Lulú parecía muy segura cuando me decía que...

—Te lo repito, Benny —me volvió a interrumpir—, par de besos, pajas y, el resto de tiempo, charlas que ahora no vienen a cuento. Lourdes nunca nos vio intimando, siempre nos daba nuestro espacio. Y estoy seguro de que ella lo sabía, pero estaba empeñada en ponerte en mi contra.

—Ya... Bueno, te creo... —dije, todavía con ciertas dudas.

—En serio, tonto. Yo sólo me acuesto con gente que me atrae, y Mauricio es un caballero de los que ya no quedan, pero no es para nada mi tipo...

—¿Y lo de las bragas? ¿Qué me dices a eso?

—Nunca me quité las bragas estando con Mauri, te lo vuelvo a prometer. Seguro que eran de ella y no te lo habrá querido decir. Además, como me habías cogido en tantas mentiras, endosarme ese muerto a mí no iba a ser tan difícil. Así que... te vendió la moto con eso también —zanjó el asunto, volviendo a sonreír.

A lo tonto, ya llevábamos más de media hora caminando. Aquel pub no podía quedar mucho más lejos, pero yo todavía no quería llegar; habían muchas cosas de las que todavía no habíamos hablado y no quería dejar pasar la ocasión. Y me alegraba ver que ella no tenía mucha prisa tampoco.

—¿Podemos sentarnos un momento? —me dijo, de pronto, señalando un banquito en plena calle.

—Tus amigos se van a enfadar...

—Que se enfaden, me da igual —sonrió.

—Vale... ¿Qué sucede?

—Nada... Que quiero quedarme un rato aquí contigo.

Sin decir nada más, Clara esperó a que yo me sentara y luego apoyó su cabeza en mi hombro. Y otra vez volví a recordar todos los mensajes que le había estado lanzando desde el acercamiento en el aparcamiento. No podía culparla por haberlo recibido... Aunque, lo curioso era que, a esa altura, yo ya no me arrepentía de haberlos mandado...

—Gracias a ti fue que abrí los ojos, Benny... —comenzó de nuevo—. Yo estaba más que decidida a seguir hasta el final con esto de aprovecharme de los demás, ¿sabes? Pero luego apareció Santos y te volvió a meter en mi vida... —suspiró—. No me hacía ninguna gracia trabajar contigo, y no por lo que te había dicho aquella noche... sino porque me daba mucha vergüenza mirarte a los ojos. ¿Cómo explicártelo? Todos esos intentos de acercarme a ti al principio, o cuando me pegaba a ti y no te dejaba en paz en todo el día, todo eso me salía natural. Esa sí que era yo. Una yo egoísta que se había encaprichado contigo, pero mi verdadero yo a fin de cuentas... Me gustaba picarte, incomodarte, verte sufrir cuando pensabas que alguien podía estar mirándonos... Sin embargo, lo que pasó aquella noche... Esa no fui yo, Benny. Y me daba mucha vergüenza haberte mostrado ese lado mío tan lamentable...

—¿No habíamos pasado ya esa página?

—Sí, pero no... Necesito explicarte esto... —dijo, incorporándose y mirándome a los ojos—. Yo te elegí a ti, de entre todos los de la oficina, porque me gustaste. No era con Mauricio con quien quería liarme, era contigo. ¿Y cuál era el problema? Que me daba igual que tuvieras novia, me daba igual lo que pensaran los demás, y hasta me daba igual lo que tú pensaras al respecto. Te había puesto el ojo encima y pensaba llegar hasta el final a como diera lugar. Te repito, la relación con Pau me había hecho demasiado daño... y no me importaba a quien tuviera que utilizar para sanar mi orgullo.

—Clara...

—Me lo pasaba bien contigo, sí, pero todos los días me iba a dormir frustrada por tus constantes rechazos. Necesitaba avanzar de una vez —prosiguió, sin dejarme participar—. Por eso, aquel día me levanté y dije basta... Decidí que daría todo de mí para que por fin me aceptaras... No me importaba tener que llegar a extremos a los que jamás había llegado, o tener que forzarte a ti a que te olvidaras de tus principios... Estaba decidida a que aquella noche te iba a hacer mío... Y ya sabes cómo terminó todo... y cuál fue mi reacción ante ese nuevo fracaso.

No sabía qué decir. Estaba en blanco. Hasta ese momento, todo el relato de Clara había tenido su aire nostálgico, pero eso último no se sentía de la misma manera... Era como si... estuviera suplicando mi perdón y, a la vez, buscando también abrirse sentimentalmente. Aunque, no parecía tampoco del todo una declaración, porque ella misma reconocía que sólo había sido un capricho, pero... Mi cabeza volvía a estar hecha un lío.

—Me arrepiento tanto de haberme comportado así... Y no sólo contigo, también con Mauri... ¿Sabías que se enamoró de mí? Él mismo me lo confesó...

—Sí, Lulú me lo dijo.

—Jodida, Lulú... —rio, rompiendo un poco ese tono triste con el que hacía rato estaba hablando.

—¿Te arrepientes también del jarronazo? —dije yo, entre risas también, tratando de animarla un poco.

—¡No, eso no! ¡No me hagas acordar de eso, Benny! ¡Malo! —exclamó, y me golpeó con el codo que tenía más cerca de mis costillas.

—¡Y dale pegarle al pobre Benny! —volví a reír.

—¡Qué vergüenza, por dios! ¡Me había olvidado completamente!

—Imagínate si te lo hubiesen dado a ti...

—¡Basta!

—Vaya loca... Si supieras que estuve esquivando a Lulú una semana entera porque pensaba que me quería matar...

—¿De verdad? —estalló de nuevo a reír—. Joder... ¿Cómo puedo estar riéndome de algo tan grave? ¿Te das cuenta? Si en el fondo doy asco como persona...

—¡Que te calles, idiota! Hoy no has hecho más que confirmarme lo maravillosa que eres, así que no te vuelvas a insultar en mi presencia, ¿de acuerdo?

De nuevo, ese fenómeno que sucede una sola vez cada mucho tiempo, pero que aquella noche ya había tenido lugar tres. Clara esquivándome la mirada y agachando la cabeza...

—Es increíble que me hagas sentir de esta manera, tonto... —dijo, sin mirarme todavía.

—¿Cómo? —pregunté yo, sonriente, satisfecho de ser yo quien la estuviera picando a ella esta vez.

—Así...

De la nada, con una certeza digna de admirar, en una milésima de segundo en la que muy pocas cosas pueden suceder, ella se las ingenió para alzar de nuevo la cabeza, virarla en mi dirección y trasladar sus carnosos labios hacia un choque frontal imposible de esquivar con los míos. Me quedé de piedra de nuevo. Y tampoco era para tanto... No era un beso húmedo, tampoco con lengua, apenas si podía considerarse un piquito, pero un piquito que había conseguido acelerar mi corazón hasta el punto de hacerme creer que podía darme un infarto en ese mismo instante.

Fueron unos veinte segundos, unos veinte segundos en los que nuestros labios permanecieron unidos, pero sin moverse. Veinte segundo que, cuando se acabaron, nos dejaron a ambos quietos, a pocos centímetros el uno del otro, sin saber a dónde mirar o qué decir... Veinte segundos que, sin duda alguna, iban a cambiar mi vida para siempre...

—Lo siento... —dijo ella, rompiendo el silencio.

Yo seguía sin saber qué decir. Clara me miraba, esperando una respuesta, una reacción; seguramente muerta de la vergüenza, o de la curiosidad por saber si iba a ser correspondida o no. Pero yo no sabía qué cojones decir. Y, de un momento a otro, mi mente empezó a llenarse de imágenes de ella... Sí, de ella. No quería, no quería que se metiera en mi cabeza cuando a ella le diera la gana, pero ahí estaba, en ese momento tan importante para mí, queriendo colocarse al lado de mi compañera, tratando de hacerme sentir culpable, intentando desgarrarme el alma por un beso que yo no había buscado... Y empecé a sentir la rabia... La misma rabia que había sentido esa mañana cuando la hipócrita me había gritado que me amaba mientras me la follaba.

—¿Benny? ¿Te pasa algo? —dijo entonces, alerta como siempre a lo que me pasaba, a mi estado de ánimo y a cualquiera que fuera la emoción que me estuviera invadiendo.

Y sentía que no podía fallarle... Ella había sido la que había estado todo el día ahí para mí... Había sido ella la que había logrado que el peor día de mi vida se transformara en uno digno de recordar... Clara era la responsable de que en ese momento no estuviese ahogando las penas en un antro de mala muerte. Y empecé a sentirlo, a sentirlo desde lo más profundo de mi corazón... Tenerla así, tan bella, tan guapa como siempre, frente a mí, con los ojitos iluminados y llenos de expectación... Y quería dejarlo salir, quería dar rienda suelta a mis emociones, a hacer por primera vez en mi vida lo incorrecto... Su carita estaba tan cerca, y nuestros cuerpos tan imantados el uno con el otro... Mis manos sujetando sus hombros, atrayéndola hacia mí y...

—¡Oigan! —se escuchó, de pronto, desde lejos—. ¡Que llevamos como una hora aquí, hijos de perra!

Mi mirada se tornó hacia el lugar de procedencia de aquella voz, donde Elías nos miraba un tanto mosqueado. Rápida como ella sola, Clara se puso de pie de un salto y respondió al llamado de su amigo a viva voz igual que él.

—¡Deja de gritar, gilipollas! ¡Que estás en medio de la calle!

—¡Es que, joder! ¡Un poquito de decencia, cabrones!

—¡Que sí! ¡Que ya vamos, pesados!

Aquel repentino grito me hizo salir del trance. Y Clara, recuperando esa sonrisa suya tan característica, me tendió la mano y simplemente me dijo...

—¡Vamos!

 

Miércoles, 22 de octubre del 2014 - 23:40 hs. - Rocío.

 

—Llámame cuando lo escuches... Estoy preocupada...

Benjamín debía haber salido a las ocho de trabajar, pero ya habían pasado casi cuatro horas y todavía seguía sin dar señales de vida. Ni una llamada, tampoco un mensaje... Nada. Sabía que muchas veces tenía que quedarse más tiempo, ya fuera por petición de los jefes o para adelantar trabajo del día siguiente, el problema era que siempre me avisaba cuando algo de eso ocurría. Dicho esto, tenía motivos para estar preocupada de verdad.

«¿Dónde estás?».

Me senté en el sofá del salón y me quedé mirando al móvil, esperando ese mensaje que me dejara tranquila. No quería pensar en que le hubiera pasado algo, aunque tampoco barajaba del todo esa posibilidad, ya que si algo tenía nuestra ciudad era su buena fama en lo que a seguridad se refería. Tampoco tenía mucho sentido pensar en que hubiese podido tener un accidente con el coche, porque, pasado tanto tiempo, alguien ya me lo hubiese hecho saber.

«¿Y si...?».

Con cada minuto que pasaba, iba perdiendo la esperanza de que Benjamín se pusiera en contacto conmigo. Y empecé a pensar en otras posibilidades, que si bien ya las tenía en cuenta, no quería creer que tuvieran nada que ver con su retraso. Pero ya no podía no pensar en aquello... No después de cuatro horas... La escenita de la mañana había sido demasiado fuerte como para ignorarla. La actitud de Benja... El odio en su mirada, la rabia contenida en sus dientes apretados... La decepción... Sí, la decepción... En su momento no lo había visto así, sin embargo con las aguas más calmadas era mucho más fácil darse cuenta. Podía intentar engañarme, y echarle la culpa a esos días en los que no le hice ni caso, pero eso no lo traería de vuelta a mis brazos. Decepción era la palabra que describía perfectamente lo que debía de sentir mi chico en ese momento... Decepción por hacer todo lo posible por tenerme contenta, y sólo recibir de mi parte desprecio y desdén. Decepción por tratar de compensarme por la falta de atención debido a su trabajo, y sólo obtener a cambio desconsideración e ingratitud por parte de su novia... Sí, ya no podía no pensar en esa posibilidad... Benjamín se habría ido por ahí para no tener que volver y cruzarse conmigo. Querría desconectar, pasar un buen rato con gente que de verdad supiera apreciar su compañía, y olvidarse de que en casa tenía a una mujer que sólo lo hacía sentir inferior. Y lo aceptaba, en el fondo lo aceptaba. Me lo había ganado a pulso, y no iba a reprocharle nada cuando lo viera atravesar esa puerta.

—¿Estás bien? —dijo Alejo, desde el marco del pasillo.

Y tuvo que llegar él... La última persona con la que tenía ganas de hablar en ese momento. Aquél al que veía como el responsable de todos mis problemas. Por sus tonterías, por todas esas historietas que me había metido en la cabeza, fue por lo que me puse así con Benjamín y su compañera de trabajo. Yo nunca me había comportado de esa manera... Nunca había sido una novia celosa. Era todo por su culpa, por su gran y maldita culpa.

—Ro... —dijo, con tono de cachorrito indefenso, y se sentó a mi lado—. Perdoname por lo de antes... Estuve pensándolo, y sí, tenés razón, fui un pelotudo... Pero entendeme, es demasiado repentino todo esto... Ya sé que es a lo que nos arriesgábamos teniendo sexo sin protección, pero... no sé, es algo muy groso como para aceptarlo sin antes asegurarnos como es debido...

—Eso no fue lo que dijiste antes —respondí, sin mirarlo—. Tú directamente afirmaste que no estoy embarazada. Sólo te faltó llamarme loca.

—Y por eso me estoy disculpando, Ro... Soy un tarado... Perdoname, de verdad...

No era el momento. Por más que sus disculpas fueran sinceras, no era el momento... No quería saber nada de él... Era la última persona que tenía ganas de ver en ese instante, y tenía miedo de estallar y terminar diciéndoselo todo en la cara, cosa que no haría más que complicar todo.

—¿Ro...? Decime algo... —dijo, aproximándose a mí.

«Vete, por favor...».

—Rocío... —insistió, acercando cada vez más su cara.

«Que te vayas... ¡Vete ya!».

—Mi amor... Contestame... —continuó, respirándome muy cerca del oído.

«¡No quiero! ¡No me obligues!».

—Bebé... Sabés que me da mucha ilusión ser papá... Nada me haría más feliz en esta vida que tener un hijo con vos...

«¡Basta!».

Quería levantarme e irme; encerrarme en mi habitación y no salir hasta el día siguiente, hacerle saber mi desprecio, que lo sintiera, que supiera que se había equivocado de mujer, que yo no iba a ser la que le bailara alrededor, la que se tragara todas sus excusas y sus engaños... Pero... Era la Rocío de toda la vida la que hacía fuerza por ese lado, la Rocío de siempre. La que de vez en cuando tomaba posesión de ese cuerpo y traía un poco de racionalidad a mi vida. La que no hacía nada sin antes asegurarse de que nadie saliera herido. La que... cuando desaparecía... dejaba su lugar a otra persona completamente diferente... A la Rocío incapaz de pensar por sí misma; a la Rocío manipulable, inconsciente y sumisa que tomaba las decisiones sin importarle que estas pudieran afectar a sus seres más queridos.

«¡Puta!»

Y era más fuerte, mucho más fuerte que la otra... Y no podía evitar sentirse atraída a aquel hombre... No podía evitar mojarse cuando este le susurraba al oído... No podía evitar que su cuerpo se estremeciera cada vez que la acariciaba... Y no podía resistirse a la tentación de corresponderlo cuando él le pedía atención.

«¡Venga! ¡Ve con tu macho! ¡Déjalo todo por él! ¡Puta! ¡Más que puta!».

La victoria era suya. Por eso me giré hacia él y lo miré a los ojos para que pudiera ver cómo el deseo recorría cada rincón de mi ser. Por eso lo besé. Por eso abrí la boca y lo invité a que me la violara con su lengua a placer. Ya no me importaba nada. Nada de nada. Benjamín que se pudriera donde fuera que estuviera; ya no era asunto mío. Lo tenía a él, a Alejo; a mi hombre, a mi animal, a mi bestia... Al padre de mi bebé. No necesitaba otra cosa en la vida.

Y más segura que nunca, volví a repetir aquellas palabras que alguna vez le había dicho con mucha menos decisión...

—Te amo, Alejo.

 

Miércoles, 22 de octubre del 2014 - 23:40 hs. - Benjamín.

 

—¿Entonces qué? —preguntó Elías—. ¿Al final cae la Raquel esa?

—No lo sé, macho... Al principio creía que se hacía la estrecha, pero es que ahora pienso que es una estrecha de verdad —respondió Brian.

—¡Pero si te lo llevamos diciendo todo el mes, subnormal! —dijo Giovanni—. A esa como no la enamores no vas a conseguir nada. Haznos caso.

—Lo dices por experiencia, ¿no? —intervino Clara, en tono burlón.

—¡Por supues...! Espera, ¿le estás diciendo estrecha a mi chica? —rio él, al cabo de unos segundos.

—Eso lo has dicho tú... Yo me desentiendo completamente —volvió a reír ella.

—Pues prefiero ser una estrecha que una suelta como tú —saltó la mencionada—. Que te los vas ligando de tres en tres...

—¡Uuuuuhhhhh! —dijeron todos a la vez.

—¡¿Perdona?! ¿Dónde me ves a mí rodeada de tíos?

—Porque igual no les ofreces lo suficiente... Tal vez deberías ponerle más esmero.

—¡Uuuuuhhhhh! —se volvió a oír.

—Ah, ¿sí? ¿Pues sabes qué? Yo.... Cuando vaya a... Y veas que... ¡Bah! ¡Que te den por culo!

La mesa entera estalló en una carcajada que sólo fue capaz de ocultar el sonido de la música. La escena no era muy distinta a las que solían protagonizar Olaia y Cecilia; quizás se diferenciaban en que habían menos insultos y más risas, pero se notaba que ambas tenían la confianza suficiente como para soltarse esas lindeces. Y me sorprendía gratamente ver a Jessica, la calladísima Jessica, tan integrada. Recordaba su comportamiento de unas semanas atrás, y la chica parecía una persona completamente diferente. Más suelta, más risueña, más abierta a la charla... Y me daba la impresión de que todo aquello no era otra cosa que obra de Clara.

—¿Y tú qué? Estás soltero, ¿verdad? —me preguntó Elías, de pronto.

—Pues...

—No, tiene novia —dijo Clara en mi lugar.

—¿En serio? —se sorprendió el chico.

—¿Y no le molesta que salgas con esta arpía? —rio Brian, señalando a Clara.

—¡Oye! —protestó ella.

—Pues... No... No es nada celosa —mentí, pero sin la intención de hacerlo. Era como si quisiera sacarme el tema de encima lo más rápido posible.

—¿No? Pues vaya... Ya podrías aprender algo tú —le dijo Giovanni a Jessica, quien sonrió y luego le dio un piquito.

—Estás flipando, mi vida, si piensas que te voy a dejar salir con elementos como Clara. Bastante me hago la sueca cuando le miras el culo.

—¡Uuuuuhhhhh! —retumbó de nuevo la mesa.

—Q-Qué cosas tienes, cariño... —rio tímidamente el acusado, visiblemente tocado.

—¡Deja al hombre que mire los culos que quiera! —exclamó Elías—. Si pocas hay por ahí que lo tengan mejor que el tuyo.

Curiosamente, ahí se hizo un silencio un tanto incómodo. Clara y Brian le lanzaron una mirada punzante al chico que, con cara de no darse cuenta de que igual se había pasado de la raya, observaba extrañado a todos esperando que se rieran con él. Jessica sólo agachó la cabeza, esta vez sí actuando como la joven a la que yo ya había conocido.

—¡Venga! ¿A qué vienen esas caras? Si con Giovanni hay confianza, anormales.

—Sí, ya... —dijo el novio—. Es que así de sopetón...

—¿Qué pasa? —intervino entonces Jessica—. ¿Para ti no tiene razón?

—¿Eh? ¡Claro que la tiene! ¡Lo que pasa es que no es normal ir por ahí mirándole el culo a la novia de un amigo!

—Ah, vaya... Él no me puede mirar el culo a mí pero tú sí se lo puedes mirar a Clara y a la que sea que pase, ¿no?

—Pero es que ellas no son las novias de mis amigos.

—Qué asco me das cuando te pones en plan retrógrado, Juan... Ven, Clara, vamos un rato a la pista.

—¡S-Sí! —respondió ella, bastante aturdida.

Las chicas se fueron de la mesa y nos dejaron solos a los cuatro, en un ambiente que se había entumecido una pizca.

—Ya te vale, Elías... —lo regañó Brian.

—Joder, tío, ¿yo qué iba a saber? Estamos aquí en confianza, bebiendo y pasándolo bien... Lo siento, Gio... No era mi intención...

—Nah... No te preocupes. Si es que... mira ese culazo. A ver si ahora voy a echarle el mal de ojo a todo tío que se lo mire... —suspiró, dirigiendo la mirada hacia ella—. Ya se le pasará...

—Pues... —dije yo, incómodo como pocas veces—. ¿Quieren otra ronda? Yo invito.

—De puta madre —respondió Brian.

—Gracias, macho —hizo lo propio Elías—. ¿Vas tú o...?

—¡Sí, sí! Ya voy yo.

—¡Te esperamos!

—Ya vengo.

Necesitaba alejarme un poco de ese grupito. Nos lo estábamos pasando curiosamente bien, pero no me gustaba quedarme estacando en medio del fuego cruzado de otros. Además de que, tal vez sorpresivamente, me sentía bastante molesto por no haber vuelto a tener tiempo a solas con Clara. Y era algo que me urgía y que necesitaba. Ya habíamos hablado de todo, pero estando con ella la sensación de vacío en mi alma desaparecía. Por ende, me sentía bien a su lado y quería seguir sintiéndome así.

Sin poder borrarme a mi compañera de la cabeza, fui hasta la barra y pedí tres cervezas llenas más para mis acompañantes. Yo no iba a beber más, no quería volver a repetir un episodio como el del aparcamiento; pero ya me había comprometido a llevarles otra ronda.

—Un momento, por favor —dijo el camarero.

—Sí, claro.

Mientras esperaba que el chico llenara las jarras, me di la vuelta y me puse a observar la pista de baile. No estaba acostumbrado a meterme en lugares así, ya que solía repeler cualquier sitio donde se juntaran más de diez personas a la vez. No obstante, me estaba gustando mucho el ambiente del lugar. Todo era felicidad, rostros sonrientes y mucha, mucha marcha. Sin duda alguna, si había un lugar en el que la gente pudiera olvidarse de sus problemas, era ese. Vaya que si era ese. Miraba a mi alrededor y todo era elegancia, gente bien vestida, engominada o recién salida de la peluquería. Era como si nadie escatimara en gastos a la hora de ponerse guapo para entrar en aquel lugar. Claro, luego estábamos los recién salidos del trabajo, con nuestra aura particular, pero la mayoría eran como los ya descritos.

—Aquí tiene, caballero —me volvió a llamar el camarero.

—Muchas gracias.

Cuando iba a agarrar las cervezas, algo llamó mi atención al otro lado de la barra. Mejor dicho: alguien. Era Romina, la secretaria de Mauricio. Me pareció curioso ver un rostro conocido, y me quedé un rato mirando hacia ella, esperando que me divisara, pero nunca miró en mi dirección. Resignado, cogí las jarras y me dispuse a irme, no sin antes echar un último vistazo hacia el final de la barra. Y entonces la vi. Debía de haber llegado en ese momento en el que aparté la vista. Pero ahí estaba: de espaldas, con su media melena rubia lacia y deslumbrante apuntando hacia mí, hablando con su querida amiga. Traía puesto un vestido amarillo que conjugaba con su cabellera, y se la veía un tanto más alta de lo habitual, por lo que pude deducir que también se había puesto tacones. Venía dispuesta a despuntar, al igual que en sus primeros meses en la oficina.

Me olvidé de la ronda de birras y comencé a caminar en su dirección. No había tenido la oportunidad de hablar con ella ese día... Ni tampoco me había tomado un momento para pensar en qué le diría cuando la viera... Porque le debía una disculpa. Una disculpa y un agradecimiento. Había sido ella la primera interesada en hacerme abrir los ojos. Por más que fueran puros presentimientos, o análisis basados en todas las cosas que yo le había contado, siempre tuvo la razón. Y eso era lo único que me importaba.

—Vaya... —dijo Romina cuando me vio—. Os dejo solos un rato.

—¿Qué? ¿A quiénes? —respondió Lulú, visiblemente animada, sin darse cuenta de mi presencia.

Cuando se giró y me vio, su primer gesto fue de asombro, aunque no tardó en cambiarlo por uno mucho más serio. Me imaginaba que todavía estuviera enfadada por nuestro último encuentro, pero ahí estaba yo, más que dispuesto a arreglar las cosas con ella.

—Hola —dije yo, con una media sonrisa.

—Hola —contestó ella, volviendo a retomar su posición inicial.

—¿Te molesta si me siento?

—Tú mismo —respondió, haciendo un leve movimiento con el hombro.

Mientras pensaba en cómo haría para menguarle un poco el enfado, esquivé a un par de personas que había en el medio y me senté en el sitio que había dejado libre Romina. Una vez ahí, le pedí al camarero que me acercara las tres cervezas que me había dejado en el otro lado, y le ofrecí una a Lulú.

—No, gracias. Ya estoy servida —dijo ella, señalando un pequeño vaso con lo que supuse debía ser whisky.

—No sabía que conocías este lugar... Por cierto, estás muy guapa —le dije, tratando de cortar un poco la tensión.

—¿Necesitas algo, Benjamín? —contestó ella, fría como pocas veces la había visto.

Me dolía que me tratara así. Por más que me lo mereciera, no estaba acostumbrado a que la siempre dulce Lulú me esquivara la mirada y me hablara como si fuese una molestia. Y sólo había una forma de cambiar el rumbo de esa conversación... Aunque me destrozara por dentro, aunque me reventara tener que sacar el tema, ella era la única persona con la que podía hablar de ello... Por eso...

—Tenías razón —dije, justo antes de darle un buen trago a la birra.

—¿Razón de qué? —preguntó, todavía sin mirarme.

—Rocío me está poniendo los cuernos.

Y se giró hacia mí, por fin. Se giró y abrió los ojos como si de dos pelotas de fútbol se tratasen. Y su actitud cambió radicalmente; pasando de la seriedad y el pasotismo al nerviosismo y el bloqueo absoluto. Dio un par de tragos a su vaso casi consecutivos, y luego amagó un par de veces con decirme algo, pero al final fui yo el que habló primero.

—Ya lo sé... Me lo advertiste y no te quise escuchar... Ni a ti, ni a mis propias sospechas, ni a los chicos que me decían que echara a aquel tío de mi casa... Puse las manos en el fuego por ella, y aquí me tienes: quemado en cuerpo entero.

—Benjamín... Yo... —habló, al fin, todavía perdida—. ¿Cómo...? ¿Qué sucedió?

—Pues que anoche me desperté de madrugada, fui a la cocina a beber un poco de agua, y ahí estaba ella, en el balcón cabalgando a su amigo.

—Joder —dio un nuevo trago—. ¿Y... cómo estás?

—Pues... Aquí... Clara me vio cabizbajo y me invitó a que viniera con ella y sus amigos...

—Oh... Vale... Si necesitas algo... Yo... Pues...

—Tranquila, mujer... —sonreí—. Sólo quería darte las gracias por haberme advertido, y pedirte perdón por no haberte escuchado.

—¿Qué? ¡No! Yo es que... Tampoco pretendía que te enteraras así... ¿Seguro que estás bien?

—Bueno... No es el día más feliz de mi vida... Pero supongo que sí, que podría ser peor. Y haberte encontrado aquí esta noche me imagino que es algún tipo de bendición... Eres la primera persona a la que se lo cuento... Necesita sacármelo de encima de una vez.

—¿Sí? Vaya... ¿No lo hablaste con Clara? ¿O con los chicos?

—No creo que sea algo que deba hablar con Clara... O sea, se portó muy conmigo todo el día, y me trajo aquí para que pudiera despejarme, pero no... no siento que deba contarle algo como esto. Y mucho menos a los chicos... Con lo cabezotas que son, estarían todo el día comiéndome la cabeza con "te lo dije", "te lo dije".

—Ya...

—¿Y tú qué? ¿A qué se debe el placer de verte tan bella esta noche?

—Cosas de Romina... Ya sabes... Dice que no puedo seguir quedándome en casa desperdiciando mi juventud... ¡Mi juventud dice! —rio—. A 32 años le llama juventud...

—Pero si tiene razón —la acompañé riendo—. Puede que sean 32, pero aparentas 25.

—Cállate... Tú lo que pasa es que eres un buenazo.

—Pero si ahora lo veo todo negro, Lu... Y tú eres una de las pocas cosas que hoy han conseguido alumbrar mi día.

Llevaba toda la noche sin contenerme a la hora de apreciar las cosas buenas a mi alrededor, por pura inconsciencia digamos; pero en ese momento me sentía con muchas ganas de piropear a Lulú. Me hacía bien intentar que ella se sintiera bien consigo misma, aunque eso provocara que su lado más tierno y también tímido saliera a la luz.

—¿Bailamos? —dijo, entonces, luego de darle un largo trago a su whisky—.Ya sé que no eres mucho de bailar, pero creo que...

—¡Venga! ¿Por qué no? Pero no te quejes si te piso o si me paso de torpe, ¿vale? Y ya si eso me das algún que otro consejo —la interrumpí, animadísimo y con muchas ganas ya de pasar ese rato con ella.

—Pues... ¡Vamos! —concluyó ella, sin salir de su asombro.

Cada uno por su lado, nos pusimos de pie y nos adentramos en la multitud que abarrotaba el centro del pub. Una vez llegamos lo más al centro que pudimos, Lulú comenzó a menear su cuerpo al son de la música que sonaba en ese momento.

—¡Vamos, Benji! ¡Tú muévete como el cuerpo te lo pida!

—¿Y eso cómo se hace? —reí.

—¡Pues así!

Se acercó a mí, me cogió de ambas manos y comenzó a sacudírmelas de arriba a abajo sin dejar de reírse. Yo, sin saber muy bien qué hacer pero sumamente desinhibido gracias a la atmósfera, empecé también a moverme al ritmo de lo que el local tenía para ofrecernos.

—¡Así! ¡Claro que sí! —continuaba riendo Lu, sin soltarme las manos.

—¡Joder! ¡Si es más fácil de lo que parece!

—¿Verdad?

Y ya no pude parar. Me sentía exageradamente bien, me sentía cómodo y feliz. Me gustaba mucho estar haciendo el tonto de esa manera junto a alguien a quien apreciaba y respetaba tanto. Y cada vez fui soltándome más, moviéndome quizás de manera ridícula, pero haciendo reír mucho a Lulú, que era lo único que me importaba en ese momento. Me había acostumbrado a ver un lado de ella apagado, un lado que no la representaba para nada; y verla así, tan llena de vida y tan contenta, me llenaba el pecho de aire.

—¡E-Espera! —dije, agitadísimo, al cabo de tan sólo diez minutos, volviendo a la barra—. Necesito un respiro... ¡Dios! ¡No puedo más!

—¡Eso es porque no estás acostumbrado a bailar! ¡Ya te traeré yo más veces por aquí, para que aprendas a disfrutar la vida!

—Joder, Lu... ¿Tú no estás cansada?

—¿Yo? ¡Qué va! ¡Sostenme esto! ¡Mira y aprende!

Radiante, deslumbrante y atronadora, Lulú me entregó su pequeño bolso, se acomodó un poco el vestido y se lanzó de nuevo entre todo el tumulto de gente. Cuando la nueva canción comenzó a retumbar en el establecimiento, se tomó unos segundos para pensar y luego empezó a moverse de nuevo al ritmo de la música. Podría decir aquí mismo que todos se dieron vuelta para observarla, que resaltaba tanto que nadie podía evitar girarse para apreciar tanto encanto y desenfreno. Pero no, cada cual iba a su rollo, unos quietos bebiendo, otros bailando más tranquilamente, y otros hablando y riendo sin enterarse de que semejante mujer estaba detrás de ellos emanando luz y belleza por todos los poros de su cuerpo. Aunque a ella no le importaba en lo más mínimo, porque no bailaba para esos desconocidos, no bailaba para resaltar entre toda la gente... bailaba para mí, para que yo la viera. Y no lo hacía de una manera insinuante, tampoco buscaba seducir; lo que hacía le salía de forma natural, dejaba que su cuerpo la guiase por ese escaso metro cuadrado, y el resultado no podía ser más espectacular.

«Ve».

Siempre había sido consciente de la belleza de Lourdes, más cuando todos los tíos de la planta se arrancaban los ojos por tener, aunque fuera, unos minutos para hablar con ella a solas en su despacho. Y todo esto sin gozar de un cuerpo para el infarto como Clara, Jessica o la misma Rocío. No, no lo necesitaba. Con su carita angelical, con su buen rollo y con su grandísima dialéctica, le bastaba y le sobraba para volver loco a todo miembro del género masculino que se le acercase. Por eso fue un caos el día que anunció que se casaba y que se iba a vivir a Alemania... Y un verdadero funeral las semanas posteriores a su marcha. Lulú tenía algo especial, algo que yo hace mucho que sabía que tenía, pero que hasta ese momento nunca se me había ocurrido que yo... que yo pudiera...

«Ve».

No se detenía. La canción había acabado, ya sonaba otra distinta, una en inglés, un rock estadounidense bastante pesado, cuya letra decía algo así como: "Oigo voces en mi cabeza... Voces que me aconsejan, voces que me entienden, voces que me hablan...". Y ella seguía bailando, ajena a todo y lanzándome una sonrisa cada tanto, sin importarle el cambio de pieza. Y yo no podía creer que...

«Ve».

Continuaba meneándose sobre la pista. Me veía cada vez más cerca, pero no paraba.

«Hazlo».

Y se detuvo, se detuvo cuando llegué a su lado. Alzó la mirada y se quedó observándome todavía con esa sonrisa llena de vida. De repente, la música dejó de sonar, la gente a nuestro alrededor desapareció, y sólo quedamos ella y yo; uno delante del otro, cogidos de las manos y cruzando nuestras miradas. Y fue mutuo, ninguno tomó por sorpresa a ninguno, ambos sabíamos que era lo que queríamos, que era lo que deseábamos. Ambos sabíamos que aquella era la cura para todos nuestros males, que sólo nosotros la poseíamos, y que sólo nosotros la podíamos intercambiar el uno con el otro.

«Bien hecho».

Lulú y yo nos besamos, y nos besamos con la misma pasión con la que nos habíamos besado aquella noche en el aparcamiento de la empresa, pero esta vez sin mentiras y sin ningún tapujo de por medio. Ella me acariciaba a mí la cara y yo a ella la cintura, y no detuvimos aquella maravillosa unión de nuestros labios hasta que, motivada por el ardiente deseo que esto había provocado en ella, se separó de mí y me susurró unas palabras al oído que jamás olvidaría.

—Ven conmigo, Benji.

No la cuestioné, confiaba en ella como nunca había confiado en nadie. Por eso la cogí de la mano y me dejé guiar a través de la muchedumbre hacia Dios sabía dónde.


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