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Fecha: 12-Sep-17 « Anterior | Siguiente » en Orgías

¿Cena trampa?

abrasada
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Mi amiga y yo estabamos invitadas a una cena. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

¿Cena trampa?

María me convenció para que la acompañara a aquella cena. Al principio no quería pero no tenía planes para el sábado y, aparte de lo pesada que se pone cuando quiere algo,  soy fácil de convencer.

La idea era cenar con Juan y Pedro, a quienes habíamos conocido hace unos días, y después ir a una discoteca.

María me contó que Juan es aficionado a cocinar y estaba deseando demostrarnos sus cualidades.

Pedro me agradaba y sabía que Juan le gustaba a María. Tampoco iba a ser un gran esfuerzo.

Nos presentamos muy monas en su casa a la hora convenida. Vestidos cortos con tirantes, de color negro. Ligeros y adecuados para las noches de verano.

Tras los besos de cortesía, nos enseñó la casa. Era grande, con espacios amplios. Decoración minimalista.

Me sorprendió la mesa puesta con seis cubiertos.

-          ¿Cuántos vamos a cenar? – pregunte intrigada.

-          Seremos 2 más – respondió Juan – Uno pareja de amigos han venido a Madrid por sorpresa y no me ha quedado más remedio que invitarles.

<<Bueno, – pensé - va a ser una cena de cortesía>>

No pasó mucho tiempo y llamaron a la puerta. Eran dos chicos de edad similar a Juan y Pedro. Sus nombres Oscar y Carlos.

Me sorprendió porque, por algún extraño motivo, yo pensaba que serían chica y chico.

Intenté averiguar si eran pareja sentimental pero no había ningún signo de ello.

Para crear buen ambiente, Juan puso música de fondo.

Entre todos colocamos la cena que ya estaba preparada y nos sentamos. María en un lado rodeada de Juan y Oscar. Yo en frente entre Pedro y Carlos.

La cena estaba exquisita. Juan era un artista. El vino para acompañarla también era bueno.

Me pareció que María se excedía a la hora de saciar su sed.

Cuando María llegó a los postres, la notaba un poco alegre. Según mis cálculos,  había bebido el doble que yo… y yo también estaba un poco “contenta”.

A los postres Juan sacó champagne y creo que eso acabó de colocar a María que cada vez actuaba más desinhibida.

Se reía por casi cualquier cosa y en la conversación no dejaba de manosear a Juan. Estaba muy graciosa.

Cuando acabó la cena retiramos entre todos la mesa y llevamos todo a la cocina. Yo  fui la última en llevar cosas y cuando regresé al salón me encontré a  María y Juan bailando juntitos.

María se pegaba a Juan, no  sé si por deseo o para no caerse redonda. Llevaba medio “pedal” que la hacía parecer indefensa.

Me senté en la silla donde había cenado y tanto Pedro como Carlos lo hicieron a mi lado para acompañarme. Oscar se sentó en un sofá y observaba a la pareja que bailaba.

Manteníamos una conversación trivial, cuando vi a Juan y María que se morreaban. Aquello me puso un poco nerviosa.  No podía decirle nada. María ya era mayorcita pero me colocaba en una situación incómoda.

Seguíamos hablando como  si nada hasta que sentí que Pedro ponía una mano sobre mi pierna. Le miré un instante pero no dije nada. Pensé que era un gesto inocente. El alcohol que llevaba encima me facilitó quitarle importancia.

De pronto, María se separó de Juan y empezó a bailar sola a su alrededor.

Unos cuantos movimientos graciosos y contemplé atónita cómo sacaba de los hombros los tirantes de su vestido y lo dejaba caer. Sin mediar palabra y en unos segundos, estaba bailando en ropa interior.  

Su cuerpo era precioso. A pesar de la borrachera que llevaba encima, mantenía su elegancia.

Aún no había salido de mi asombro cuando vi que se quitaba el sujetador dejando sus dos preciosas tetas al aire.

Juan contemplaba encantado la acción con cara de sorpresa.

Antes de que pudiera intervenir, María acabó con su striptease y se quitó las bragas. Siguió bailando como si nada. Movía su cuerpo, los  brazos, abría las piernas sin importarle lo que se viera y en cada movimiento sus pechos se balanceaban provocativamente. La zona depilada dejaba ver la forma de su sexo con claridad.

Juan siguiendo el juego, hizo lo mismo y se empezó a quitar la ropa. Se  dejó el slip pero se notaba que estaba caliente. Su miembro se marcaba claramente, ladeado, y su rigidez no podía disimularse.

Oscar se levantó del sofá y siguiendo su ejemplo, empezó a desnudarse, pero no se detuvo y lo hizo del todo. Su miembro saltó al liberarse, tieso y amenazador.

Yo permanecía paralizada sin saber qué hacer. Aquello no era lo previsto.

Empecé a notar la mano de Pedro haciendo un recorrido peligroso. Hacia abajo hasta tocar mi rodilla, hacia arriba por debajo de la falda y llegando a la ingle.

A pesar de todo permanecí inmóvil. Igual se contentaba con eso. Tampoco quería rechazarle.

No se contentó. Con habilidad, desplazó las bragas y por debajo metió los dedos hasta llegar a mi sexo.

Yo disimulaba como si no me diera cuenta. Debo ser tonta: ¡No hay ninguna chica que no se dé cuenta cuando le tocan el coño! , pero aquello me valía para que siguiera.

Oscar bailaba detrás de María y se acercaba a ella poco a poco. Llegó a tocar su espalda con su miembro pero María en vez de apartarse, retrocedió para pegarse a él provocativamente.

Juan se acercó a ella y entre ambos casi la inmovilizaron, aplastándola como si fuera el interior de un sándwich.

María no oponía resistencia, pero quedaba un poco baja para ambos. Se colgó del cuello de Juan y se elevó por si misma hasta que el pene de Juan quedó a la altura de su vulva. Me pareció que buscaba que se la metiera. Unos cuantos movimientos arriba y abajo y lograron su objetivo. María colgaba ensartada por Juan. Empezó a reírse como una loca.

En ese momento dejé de preocuparme por ella. Pedro había metido dos dedos en mi coño. En un momento de relajación, había abierto mis piernas y eso le facilitó la acción.

Bueno, daba igual. Al fin y al cabo no son más que unos dedos. Es más agradable que sean los de un tío que cuando tengo que usar los míos.

Carlos que al parecer se aburría, se levantó de la silla. Pensé que se iba pero lo que hizo fue colocarse detrás de mí.

Sus manos se posaron sobre mis hombros. Tras varias caricias, comenzó a bajarlas hacia mis pechos. Metió sus dedos por debajo del sujetador y alcanzó mis pezones.

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Mis pezones, debido al contacto,  se pusieron más tiesos de lo que estaban.

Pedro metía y sacaba sus dedos de mi interior. Hábilmente había desplazado mis bragas hacia un lado y tenía acceso libre a mi sexo. Ahora frotaba su mano abierta sobre él. Sentía que se agrandaba y Carlos aprovechaba para abrir aún más mis labios vaginales.

Se llevó la mano a la boca y lamió sus dedos, mojándolos completamente. Volvió a mi sexo para seguir tocándolo.

El sexo me palpitaba. Los músculos se tensaban para abrirse más.

Carlos dejó de manosearme y se arrodillo delante de mí. Vi como metía su cara entre mis piernas y pegaba su boca a mi coño. Ya no podía cerrar las piernas. Con su lengua empezó a lamerlo. La humedad, la suavidad y su calor me excitaban. Movía la lengua en mi interior intentando profundizar al máximo. Su nariz rozaba mi clítoris provocándome un placer asombroso.

Oí un grito de María que me hizo mirar y volver a prestarle atención. Oscar estaba completamente pegado a su trasero. Su pene dentro.  María, con los ojos cerrados, apoyaba su cabeza en el pecho de Juan y en dirección a mí. Tenía una expresión mezcla de placer y dolor. Oscar se movía adelante y atrás, entrando y saliendo de María. Su miembro aparecía y desaparecía dentro de ella. Cada entrada venía acompañada de un gemido apagado de María que abría la boca simultáneamente.

Carlos soltó mis tetas. Sacó su mano de entre mi sostén y se dedicó a mi vestido. No le costó quitármelo, porque yo ayudé levantándome levemente de la silla, por encima de mi cabeza. De nuevo sentada en la silla, sólo vestida con el sostén y las bragas desplazadas hacia un lado, me sentía asombrada por el cariz que tomaba aquello y lo que es peor, me estaba gustando.

Pedro seguía con su lengua en mi interior. Noté que llevaba sus manos a mis costados y buscaba el fino hilo de mis bragas. Cuando lo encontró, tiro de estas hacia mis rodillas. Con habilidad me dejó sin ellas. Carlos maniobraba mi sujetador por detrás y también logró desembarazarme de él.   

Carlos se separó por unos instantes. Me preguntaba qué hacía cuando descubrí a mi derecha, a la altura de mi boca, su enorme polla. Se había desvestido y me ofrecía su miembro. Estaba erecto. Su glande, prominente, asomaba provocador y brillante y unas gotas de líquido seminal rodeaban un alagado orificio central.

Intuí su deseo y acerqué mi boca abierta para alojarlo. Apreté para comprobar su dureza y Carlos aprovechó para empujar más. Yo mantenía la presión sobre su miembro, impidiendo el desplazamiento de su piel. Noté que entraba más en mi boca, dejando atrás la piel que lo recubría.

Liberé la presión y me dediqué a chupar su miembro. Con la lengua lo rodeaba y acariciaba intentando meter la punta de mi lengua en su orificio. Por cómo palpitaba, le estaba gustando. Llevé mi mano derecha bajo sus testículos y los agarré para tener más control de su pene.

Dirigía el ritmo hasta que mi boca se llenó inesperadamente de su semen. Nunca me había dejado sorprender. Cuando hacía alguna mamada, estaba atenta para sacarla de mi boca y que se corrieran fuera. Sin embargo, en esta ocasión no reaccioné a tiempo.

Dado que no tenía remedio, preferí  experimentar esta novedad. Mezclada mi saliva con su semen, continué lamiendo su polla. Aquel miembro seguía latiendo en mi boca. Lo apretaba y soltaba, metía y sacaba, para comprobar hasta donde podía hacer que se corriera. Su semen caía de mi boca. Una parte la tragué y poco a poco el pene de Carlos perdía vigor e interés para mí. Intenté con curiosidad que aquel miembro, ahora flácido, recuperara su rigidez. Me resultaba curioso cómo se había vuelto maleable. No conseguí nada. Se alejó hacia el sofá donde se sentó a descansar.

Pedro, al comprobar que tenía toda mi atención, se levantó y tomándome de las manos me ayudó a levantarme. Me colocó con los codos apoyados en la mesa y él se puso detrás.

Tomó mi pierna derecha y la elevó hacia un lado, llevándola sobre la mesa. Apoyada sólo sobre mi pierna izquierda, esperaba su embestida.

Poco después sentí su miembro buscando mi coño. Se movía entre mis nalgas, notaba su polla entre mis piernas y las maniobras para localizar mis entradas. No tardó en encontrar el agujero de mi coño y empujó con fuerza. Entró fácilmente. Mi sexo lubricado estaba deseando abrigar a aquel intruso. Mi posición también lo facilitaba.

La presión en mi interior era grande. Aquel miembro expandía mi sexo y apretaba mi bajo vientre provocándome un placer desconocido.

Abrí la boca con ganas de gemir y de ella resbaló la saliva mezclada con algún resto de semen

Comenzó un ritmo frenético metiendo y sacando su miembro, sin hacerlo del todo. Rozaba mi interior con suavidad y yo intentaba acoplarme a su ritmo, acercándome y alejándome de él.

Estaba muy cachonda. Busque a María. Seguía en la pista, colgada de Juan que se la metía por delante y de Oscar que hacía lo mismo por detrás. Sus manos abrazaban el cuello de Juan y sus piernas rodeaban su cintura. Prácticamente estaban en la misma posición que al principio. Se notaba que estaba disfrutando.

Sonreí. Por ella y por mí. Estoy convencida de que mi cara tenía una expresión bobalicona. Pedro me estaba follando como nadie lo había hecho. Noté que estaba a punto de correrme e intenté aguantar para alargar el placer. Fue en vano. Mi cuerpo empezó a vibrar y a sentir convulsiones. Mi coño palpitaba a su capricho, sin ningún control. Jadeaba. Aquello se prolongó durante un cierto tiempo.

Pedro terminó por correrse en mi interior. Aunque yo ya estaba relajada, el calor de su semen me agradó. Permanecimos en esa posición durante un largo rato, sin ganas de moverme. Sentía correr por mi pierna izquierda el semen de Pedro que escurría de mi sexo.

María daba pequeños gritos. Se estaba corriendo. Colgada de Juan, se elevaba y se dejaba caer sobre él y Oscar.  Estos aceleraban su ritmo y sus caras reflejaban el placer que gozaban.

Oscar se tensó y con varios movimientos bruscos, eyaculó el interior de María. Poco después liberó su culo y sonriendo se dirigió al sofá donde estaba  Carlos para descansar.

Juan también se había corrido. Sin aspavientos y en silencio, había inundado el coño de María y de esta caía, muy líquido, el semen por sus piernas. Se notaba que estaba satisfecha… y algo borracha  Me tocó ayudarla a vestirse.

Descansamos durante un rato y tras despedirnos efusivamente de nuestros amigos, la acompañe a su casa.

La próxima vez que me invite a cenar con alguien, no me lo pensaré dos veces.

Ana.


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