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 5.032 Usuarios Conectados [ Contactos ] [ Comunidad de Cams ] [ Twitter TodoRelatos ]  1.455.131 Miembros | 19.613 Autores | 100.340 Relatos 
Fecha: 07-Sep-17 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Diana y sus hijas 4

solitario
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Una separación no es el fin del mundo, aunque a veces lo parece. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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            Diana y sus hijas 4ª parte.

 

Una separación no es el fin del mundo, aunque a veces lo parece.

            —¡Diana, cariño! No llores, me parte el alma… Lo has tenido que pasar mal. Lo siento. Vamos, piensa que ahora las tienes aquí, a tu lado y que dentro de poco tendrán edad para no estar internas, los años pasan volando, mi vida. — Los abrazos y los besos eran su único consuelo. Miré hacia la puerta y las vi. Estaban tristes, entraron a la cocina y se abrazaron a su madre, yo las dejé y fui a sentarme en el salón.

            La cena fue amenizada por las tonterías que se les ocurrían a las dos diablillas, como siempre, ocurrentes y revoltosas.

            Ya en la cama tuvimos un encuentro sexual tierno. Nos deshacíamos en arrumacos y caricias para terminar con orgasmos compartidos, sincronizados. Yo conocía sus señales y tengo gran facilidad para adelantar o retrasar mi orgasmo en función de mi pareja.

            Las hijas también debían pasarlo bien a juzgar por sus grititos y jadeos. Aunque algunos se me antojaban exagerados, más bien parecía que nos imitaban en nuestras manifestaciones.

            —Jesús, he estado pensando en tu propuesta y… Veras, no me convence demasiado, pero… Hazme una propuesta firme para que pueda llevarla al banco para pedir…

            —¿Prestamos? Ni se te ocurra. No cariño, si precisamente la propuesta no supone gasto alguno. Dispones de todo lo necesario, y lo demás lo pongo yo. Quiero decir, ordenador, servidor, instalación… Todo eso lo tengo en mi despacho. Tu solo necesitas un terminal en la tienda y cuando no tengas clientes que atender te dedicas a ver los pedidos, ver si dispones de las prendas, si no, pedirlas a tu proveedor, embalarlas y cuando pase el mensajero se lo entregas y ya está. El pago es por adelantado y por ingreso a la cuenta o cargo en el número de tarjeta del cliente…

            —Jesús, me da vergüenza… no sé nada de ordenadores.

            —¿Y eso te preocupa? Mira, yo recojo los pedidos, te los imprimo y te doy las direcciones para los envíos. Y ya está… De todos modos, insisto. Esta tarde he tanteado las ventas de ropa, las mismas que vendes en la tienda, por internet. No voy a proponerte que lo cambies, solo te pido que me asesores, que me ayudes. De ropa no entiendo nada, menos aún de prendas de niño y jovencita. Pero si de ventas on-line. Yo me dedicaré a las ventas por internet. Tu sigue con tu tienda. Es totalmente compatible. Solamente tendrás que preparar los pedidos que yo venda para enviarlos. No tienes que hacer nada excepto… Preparar pedidos…

            La puesta en marcha del sistema fue delicada por el total desconocimiento de Diana en cuestiones de ordenadores. Pero no tuve ningún problema en cuanto a contratar una línea ADSL, con capacidad suficiente para cumplir con su función.

            Pasaron algunas semanas, el verano terminaba.

            —Jesús, el próximo viernes cumplen las niñas dieciséis años. Y dos semanas después se marchan ya al colegio. Me gustaría hacerles una fiesta, después solo las veremos los fines de semana.

            —De acuerdo, déjame que investigue un poco y te digo algo.

            Lo de investigar se me da bien. Entré en sus Facebook, ya que ellas habían entrado desde mi ordenador. Sé que no está bien, pero la intención era buscar información sobre sus gustos para los regalos de sus cumpleaños. Y la encontré.

            —Diana, ¿puedes cerrar la tienda tres días la semana siguiente a sus cumpleaños?

            —Pues sí, puedo llamar a Carmen para que atienda toda la semana, si quieres, pero… ¿Para qué?

            —No preguntes. Será una sorpresa también para ti.

            El día del doble cumpleaños, Diana, invitó a sus amigas Sofía y Carmen. Yo llamé a Edu que aceptó la invitación. Él no podía creer que Diana y yo estuviéramos tan unidos. Sobre todo, porque algunos amigos suyos lo habían intentado y ella los había rechazado de plano. Edu intentaba acercarse a Carmen, conocía las preferencias de Sofía.

            Llegó el día, las chicas estaban eufóricas, no sabían que regalos recibirían… Ataviadas para la fiesta fuimos al restaurante de un cliente mío que nos preparó un opíparo almuerzo con las viandas que sabía les gustaban más a las chicas y a la madre. Llegó la hora de las tartas, soplaron las dieciséis velas cada una, cantamos el cumpleaños feliz, coreados por los camareros y los clientes del restaurante…

            —¡Dioss! ¡He olvidado los regalos! — Grité apesadumbrado. Diana me miró y frunció el ceño.

            —¡Eso no será verdad! ¿Qué ha pasado papá! — Como siempre a coro. Me quedé frío, ¡me habían llamado papá! Las lágrimas acudieron a mis ojos.

            —¡No mis niñas! No es verdad. Aquí está vuestro regalo… — Y les entregué un sobre cerrado que inmediatamente abrieron.

            —¡¡¡Un viaje a Disneyland Paris!!! — Gritaron las tres. Saltaban, chillaban de alegría mostrando los pasajes a todo el mundo.

            Se me echaron encima en tropel, casi me caigo, me abrazaban, me besaban las tres, lloraban de alegría y me hicieron llorar a mí.

            —Vaya, parece que Jesús ha dado en el centro de la Diana… — Sofía hablaba con Diana y les oí.

            —Sí Sofía, ha sido como un regalo caído del cielo. Estoy loca por él y ya ves como tiene a mis hijas…

            —Lo extraño es que todo haya sido tan rápido. Apenas hace unas semanas que lo conocimos y por lo que veo os lleváis fantástico, ¿no? ¿Folla bien? — Sofía era muy directa.

            —No puedes imaginártelo. Cada vez que lo hacemos me deja muerta de gusto. He conocido cosas que ni imaginaba que se pudieran hacer… Pero no es solo en la cama, es su forma de comportarse con nosotras lo que lo hace adorable. — Mientras le hablaba a Sofía, Diana, me miraba con ojos amorosos.

            —Ya, ya veo como os miráis… Estáis tortolitos los dos… ¿Y las niñas lo llaman papá?… Yo alucino — Afirmó Carmen, que escuchaba la conversación…

            Yo pensaba para mis adentros que era un poco de envidia lo que les hacía hablar así. De todos modos, sorprendí a Sofía mirando de forma un tanto especial a Diana, que no se daba cuenta. Creo que la deseaba y al aparecer yo en escena se le fastidiaron los planes.

            De vuelta a casa no me dejaban conducir, los abrazos y los besos incontrolados podían ponernos en peligro. Diana las reconvino y se calmaron un poco.

            Al llegar a casa se desnudaron para estar cómodas. Me desnudaron entre las tres. Ya hacía algún tiempo que no se producían los encuentros desnudos.

            —Diana, necesito una copa, estoy seco, no he probado ni el vino en el restaurante para poder conducir. Ahora me aprovecharé de… ¡Las tres princesas! — Y las tumbé en el sofá y nos revolcamos los cuatro, como solíamos hacer, jugando, haciéndonos cosquillas…

Me aparté para tomarme el gintonic y verlas jugar como niñas pequeñas. Me habían llamado papá… Era el regalo más hermoso que yo podía recibir. Me preparé otra copa cargadita. Estaba contento por cómo había salido todo. Me senté junto a Diana en el sofá, le pasé mi brazo por sus hombros.

De pronto las dos niñas se pusieron de pie, ante su madre, muy serias, le mostraron la hora en el móvil. Yo no entendía qué estaba ocurriendo.

—Mamá, nos lo prometiste… Ya hemos cumplido los dieciséis, son las doce de la noche, ya es la hora… — Como siempre, las voces sincronizadas. A veces me daban repelús. Hablaban las dos, pero solo se escuchaba un discurso.

—Tenéis razón hijas. Ya llegó la hora que yo temía… pero hay algo que ha cambiado en casa… ¿Cómo queréis hacerlo? ¿Qué habéis pensado? — Argumentó Diana seria, parecía nerviosa.

—Lo hablamos anoche, mamá… queremos que sea él… pero… Debemos contar con su aprobación. — Seguían hablando a duo.

— ¿Y si no quiere? — Preguntó Diana.

—Trataremos de convencerlo, en todo caso, si no acepta, seguiríamos con nuestro plan… — Tras hablar las chicas me miraron las tres.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miráis así? — Dije confundido y por qué no, asustado, por no saber que tramaban las “princesitas”.

Diana me cogió de las manos, como tantas veces… Clavó los dardos esmeralda de sus ojos en mis ojos…

—Jesús, hace tiempo les hice una promesa a mis hijas; que no permitiría que ningún jovenzuelo inexperto, les amargara uno de los momentos más hermosos en la vida de una mujer… Su primera vez… Yo tuve una pésima experiencia, fue con el que después se convirtió en mi marido, su padre. Yo quería que fuera algo hermoso, que me emocionara cada vez que lo recordara, pero fue todo lo contrario. Se empeñó en hacerlo en un soportal, prácticamente en la calle. Sin preparación previa, sin besos, sin caricias. Fue casi una violación, porque, aunque yo le decía que no siguiera… Lo hizo… En seco, él no lubricaba, no sé por qué, estaba muy excitado, pero yo estaba fría. Y me dolió… mucho. A pesar de mi llanto no se detuvo y siguió hasta que se vino, por suerte era eyaculador precoz y duró poco. Sangré mucho y lo pasé fatal hasta que llegué a casa y pude lavarme… Y no quería que mis hijas pasaran por una experiencia parecida. Así que acordamos que el día siguiente de su dieciseisavo cumpleaños, yo misma les rompería el himen con mi amigo de plástico… Pero entonces no estabas tú… ¿Quieres hacerlo? ¿Quieres ayudarlas a dejar de ser niñas?… Sé que las tratarías con todo el cariño del mundo y no les harías más daño del necesario… ¿Aceptas?

—¡Joder Diana, ¿qué me estás pidiendo?! ¿Qué desvirgue a tus hijas? ¿Así, sin más? — Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

—¡Sí, por favor! — Dijeron las tres al unísono.

Un sudor frio recorría la nuca y mi espalda, sentía hormiguillas en el dorso de las manos, mis sienes se erizaron. Aquella petición era muy fuerte… Bebí de un tirón lo que quedaba de mi copa y me levanté a prepararme otra.

—Será parte de tu regalo de cumpleaños, además del viaje… — Dijeron las dos chicas y se quedaron mirándome, suplicantes, esperando mi respuesta.

Los pensamientos se agolpaban en mi mente. Las consideraba, las quería como a mis hijas, era lo más parecido al incesto… Además… ¡Me estaban pidiendo que cometiera un delito! Eran menores de 18 años. Aunque, creo la edad legal para consentir es de 16 años. Quizá por eso lo habían planeado con su madre… Mi cabeza era una olla a presión, pero seguían mirándome, esperando una respuesta y el razonamiento de Diana, en el fondo, me parecía de una lógica aplastante…

—¡Está bien… lo haré!… ¿Cómo queréis que lo hagamos?

—¡¡¡Biennn!!! — Gritaron y saltaron de alegría.

Yo miraba a Diana que, con una expresión, entre triste y sonriente, apretó mis manos con las suyas y musitó…

—¡Gracias! — Acercó sus labios para depositar un beso en mi boca…

            —Hay algo que quiero pediros, si estáis de acuerdo… Hemos hablado de esto y queremos organizarlo nosotras solas, vosotros os quedaréis aquí hasta que todo esté preparado. Primero se lo harás a Gema, después ella se irá a la otra habitación con mamá y yo me quedaré sola contigo… papi… durante toda la noche. Como hemos acordado, será una noche nada más, nuestra noche… pero la quiero toda para mí… ¿Estáis de acuerdo? Por cierto, hemos comprado, en la farmacia, pastillas del día después. No queremos preservativos…

            Diana la miró sorprendida, luego me miró a mí, enarcó las cejas y encogió los hombros.

            —¿Estáis seguras? ¿Es lo que queréis? — Dijo Diana sorprendida por lo decididas que estaban las dos. — ¿Estás de acuerdo Jesús?… Por mi parte lo estoy. Esta es su noche…

            —Si ellas lo quieren así, así se hará… — Dije, no muy seguro. Aquello me sonaba a encerrona.

            Mi mente volaba… ¿Cómo sería pasar toda una noche con una adolescente dispuesta a todo…? Pronto tendría ocasión de averiguarlo.

            —¡No subáis hasta que os llamemos! — Gritaron a dúo corriendo escaleras arriba.

            Diana me abrazó y nos unimos en un emocionado beso. Mis manos recorrían sus desnudos pechos, percibía su excitación por la dureza de los pezones…

            —No sigas por favor, Jesús, esta será su noche y no me gustaría que fueras…

 La mirada, sus esmeraldas clavadas en mis ojos me derretían… ¿Qué me había dado esta mujer para hacer conmigo lo que quería? Realmente no podía negarle nada… Sentado en el sofá me eché hacia atrás, ella apoyó su cabeza en mi hombro, pasé el brazo por su espalda, sus cabellos en mi cuello… Su aroma corporal…

—¡¡Ya podéis subir!! — Gritaron desde arriba.

Al llegar al pasillo que distribuía las habitaciones, nos empujaron a la de las chicas. Nos impactó el aroma a canela y vainilla que impregnaba el recinto. Velas aromáticas situadas estratégicamente daban un aire sensual y misterioso al ambiente. Las dos estaban tendidas en la cama, Gema en el centro, con los brazos en cruz y las piernas abiertas. Su delicada vagina brillaba con la humedad que segregaba.

Diana se tendió a su lado y comenzó a acariciar su cuerpo, Greta también lo hacía por el otro lado. Yo expectante me senté a los pies de la cama y comencé a acariciar sus pies, besar los deditos, mordisquear los talones, subir lamiendo y besando sus largas piernas. Su madre lamía uno de sus pechos, el otro en manos de su hermana. Se contraía… Se estiraba… Llegué a besar su pubis, seguí hasta el precioso hoyito del ombligo… Ella con una mano empujaba mi cabeza hacia su sexo, que ya estaba más que lubricado. Cuando llegué a pasar mi lengua por la rajita, el olor, la delicadeza del sabor de la miel que segregaba me maravillaron… Apenas unos minutos después, tras asaetear su clítoris con la punta de mi lengua, la recorrió el primer orgasmo… Grito… Yo miré hacia arriba y vi como la chica apresaba la cabeza de su madre para acercar sus labios y fundirse en un incestuoso beso que acompañó su clímax.

Diana se separó, me miró…

—¡Ahora! — dijo quedamente.

Despacio subí hasta colocarme sobre ella apoyando las rodillas y los brazos en el lecho. Greta se movió hacia abajo y fue ella quien sujetó mi pene, pasó la lengua a lo largo dos o tres veces, engulló el prepucio y lo apuntó a la grieta que esperaba anhelante. Empujé suavemente hasta entrar lo suficiente para chocar con el himen. Paré. Greta volvió a su lugar mordisqueando la teta de su hermana. La aparté un poco para poder besar a Gema que ya respiraba agitadamente. Besé su cuello, llegué hasta el lóbulo de su oreja, le di un ligero mordisco, un lamento… Y empujé… De golpe… Hasta dentro.

Estaba muy lubricada, aun así, gritó. Dejé que Diana le besara la boca y me detuve, en espera de que su esfínter vaginal se adaptara a la verga que lo taladraba…

—¿Te duele, cariño? — Le preguntó Diana.

—Noo, mamá… Ya no, ha sido un instante, ahora es solo un pequeño escozor, pero pasa y… ¡Joder que gusto papi! ¡Sigue… Sigue follándome!

Aquellas expresiones no eran habituales en su vocabulario, pero presentía que era lo que necesitaba para sentirse… Mujer…

Besé a Diana que me recibió con dulzura… Greta se sumó al ósculo y comencé a moverme dentro de mi pequeña. Besos, caricias interminables… Unos minutos más tarde, ella, enroscó sus piernas en mis caderas y se trabó los pies. Empujaba con golpes de cadera para que la penetración fuera mayor…

—¡¡Mamá… ¡Ya mamá!! ¡Córrete conmigo papá! ¡¡¡Ahoraaa!!! ¡¡¡Ahoraaa!!!

Yo ya estaba a punto así que no tuve que hacer nada más que dejar que ocurriera. Descargue en su juvenil matriz mi esperma. Nos abrazamos los dos ignorando a su madre y su hermana. En aquellos instantes solo existíamos ella y yo en el universo… Gritó hasta que de pronto callo. Respiraba muy agitadamente, pero estaba medio inconsciente.

Poco a poco se fue recuperando…

—¡Nada que ver…  hermana! ¡Esta ha sido la… mejor corrida de… mi vida! Ha sido… Bufff… Genial.

Le di un beso, al que ella respondió… Diana la abrazó, me levanté y me senté en los pies de la cama, mirando al suelo… Por una parte, había sido una experiencia extraordinaria, pero por otra me invadía un sentimiento de culpa extraño. Tenía la sensación de haber robado algo precioso… Algo irrecuperable… Un nudo en la garganta me hizo llorar. Greta lo advirtió y se sentó a mi lado. Me rodeó con sus brazos y me besó, me miraba a los ojos… Parecía leer mi pensamiento.

—No te preocupes papi, has hecho feliz a Gema y a mamá le has quitado un peso de encima… Míralas… Gema se ha dormido como un bebé, chupándose el pulgar. Vámonos a la otra habitación, déjalas. Ellas duermen aquí…

Al levantarme me acerqué a Diana y la besé en la boca, deposité un beso en la frente de Gema que no estaba dormida. Abrió sus preciosos ojos me sonrió y volvió a cerrarlos.

Greta tiraba de mi mano. Parecía ansiosa por su debut como mujer… Nuestro dormitorio estaba decorado como el de las chicas. En este predominaban los aromas silvestres, lavanda, tomillo, romero… Ella me abrazó y me besó en los labios. Su lengua penetraba mi boca y luchaba con la mía. Me pellizcó las tetillas y reaccione de forma inusitada. Logró mi erección… Acarició el pene y me empujó sobre la cama… Se arrodilló a mi lado y se lo tragó sin dificultad casi en su totalidad… Me miró, sacándoselo de la boca… con una sonrisa pícara…

—He hecho practicas con un pepino y con el amigo mecánico de mamá. Pero no se lo digas porfi… Ella no sabe que jugamos con sus cosas. — Y se tragó la verga de nuevo.

Con una eyaculación previa, sabía que me costaría llegar a la segunda. Tomé las riendas, la tendí sobre su espalda y fui directamente a meter mi cabeza entre sus muslos. Los pies sobre mi espalda, mi lengua en su delicado anillito trasero. Lamía desde este al pubis, pasando por su perineo. Mis dedos pellizcando sus pezones, acariciando la base de sus pechos. Al poco de asaetear su clítoris con mi lengua llegó su primer orgasmo. Se retorció y estiró varias veces, gritando y dando voces, que seguro llegaban a los oídos de su madre y su hermana.

Me tendí a su lado para abrazarla y calmarla. Sonreía y un hilillo de saliva corría por la comisura de los labios. La besé y chupé para dejar limpia su boca. Bajo la luz de las lamparillas y las velas estaba preciosa. Un rubor enrojecía sus mejillas y los labios rojos, su color natural. Una Lolita perfecta…

—Greta, ¿estás segura? ¿No preferirías esperar a estar con un chico del que estés enamorada?

—Estoy totalmente segura, Jesús. Y el chico del que estoy enamorada eres tú. Ya sé que quieres a mi madre y que ella te adora. No quiero interferir en vuestro amor… solo te pido unas migajas de lo que os sobre hasta que, como tú dices, aparezca el chico que me haga dejar de pensar en ti. Por favor…

Su razonamiento era de un peso aplastante.

Estar hablando frente a frente, con los cuerpos desnudos en total contacto. El calor de su piel contra mi hombría… Miró hacia abajo y lo cogió con las dos manos.

—Esta noche eres mío… papi. Y no pienso dejarte escapar… ¡Fóllame! ¡Hazme tuya y lo seré para siempre…!

Me empujó hasta tenderme de espalda. Sus rodillas alrededor de mis caderas, cabalgándome… mi pene en la puerta de su rajita y… se dejó caer… de golpe. Gritó… No lo esperaba. Fue un grito agudo y penetrante, como mi pene en su joven vagina.

Se detuvo y dejo que su pecho cayera sobre el mío. Con sus manos agarro mi cabeza y nuestros labios se unieron.

—¡Te quiero Jesús…! ¡Con toda mi alma! Ahora fóllame como sabes hacer, como te follas a mi madre… ¡Rómpeme por dentro…! Quiero que llegues al fondo de mi alma, de mi corazón… Aunque ahí ya hace tiempo que has llegado…

Era ella la que se movía como una amazona, cabalgando al galope, golpeando sus nalgas contra mis muslos. Sudando y babeando de placer, pellizcándome las tetillas y de cuando en cuando mordiéndome los labios salvajemente.

La pare. Detuve su descoordinada cabalgada para darle la vuelta y colocarme sobre ella, sujetar sus manos y penetrarla con suavidad, despacio, con ternura.

—Yo también te quiero pequeña mía, eres, junto con tu madre y tu hermana, lo mejor que me ha ocurrido en la vida. Y sí; esta noche soy tuyo y tú eres mía y nos tendremos para siempre. Yo te querré siempre. Ahora… quiero que te concentres en lo que está ocurriendo. En como mi polla entra en tu coño, como te follo, hasta que llegues al mayor y mejor orgasmo de tu vida. El primero con mi polla dentro… Corriéndome dentro de tu vientre. Sintiendo como mi leche caliente golpea tu útero, que algún día albergará a tus hijos…

—¡Síii… Déjame embarazada…! ¡Quiero tener un hijo tuyo!

La expresión me dejó temblando. Aun así, la idea, me excitó aún más. Por brutal y absurda, por inmoral…

Fue inmediato… Su aspaviento señalando el clímax inminente, siguió al pensamiento. Mi tremenda excitación, llegamos simultáneamente al culmen del placer…

Gritaba desaforadamente, se retorcía y arañaba mi espalda con sus uñas. El dolor y el placer se unían en una combinación explosiva…

Pasados unos minutos y ya más calmados, tumbados de costado, enfrentados. Greta me acariciaba la mejilla y sonreía con placidez.

—Me has hecho muy feliz, papá.                                                    

—¿No te suena raro llamarme papá después de lo que hemos hecho, Greta?

—Síii, un poco, pero me gusta. También hacemos cositas con mamá y no me resulta raro. Y ella sí es, mi madre biológica. Además, si fueras mi padre… padre, también me hubiera gustado hacer el amor contigo. Eso del incesto me pone un mogollón. He leído relatos muy eróticos sobre el tema. — Su planteamiento era aplastante.

—¿Y lo que has dicho de un embarazo? Sería broma ¿no?

—Buenooo, deja que pasen cinco años, como la obra de García Lorca. Entonces ya se verá. Hay algo que tengo claro, no sé si con el tiempo cambiará; si no encuentro un amor que me atraiga, como tú, no me importaría tener un hijo contigo; claro que con el consentimiento de mamá… Pero ahora quiero otra cosa. Esta es mi noche y quiero dejar de ser virgen por todos mis agujeros. Te faltan dos. Quiero que te corras en mi boca y… en el culito. Aunque me da un poco de miedo por el dolor, pero quiero hacerlo, quiero que tú me lo hagas, como a mamá. Aunque tenga que andar espatarrada dos o tres días… — Dicho esto me besó con verdadera lujuria.

Comenzó de nuevo a acariciarme y besarme por toda la cara. Me lamía, mordisqueaba mis orejas…

Vi que la puerta se movía. Supuse por qué. La detuve con delicadeza…

—Si estas dispuesta, necesito algo, espera un momento, ahora vengo…

Me levanté y al salir vi a Diana en el pasillo. Lloraba… La arrastré hasta el baño y cerré la puerta.

—Diana, ¿estás bien? ¿qué hago? ¿Has oído lo que me pide? Temo hacerle daño y hacértelo a ti. Te quiero demasiado y esto se nos puede ir de las manos. ¿Qué hago?

—Rómpele el culo, pero con cuidado, con el amor con que me lo hiciste a mí. La conozco muy bien y si no lo haces tú se buscará a otro que se lo haga y entonces sí estará fuera de control. Te quiero Jesús y confío en ti — Me besó y me dio una crema lubricante y una pomada para irritaciones. Se quedó sentada en la taza, yo regresé con Greta.

—¿Qué es eso? ¿Qué traes ahí?

—Una crema lubricante y…

—No, Jesús, quiero que me duela, quiero sentir lo que sintió mi madre la noche que se lo hiciste, quiero no poder sentarme en unos días. Por qué ese dolor me recordará a ti. Adelante…

Me dejó sorprendido su decisión.

 Se acomodó de rodillas, para inclinarse hacia adelante hasta apoyar los hombros y su cara en la cama. La imagen era enloquecedora. Pero no me atrevía…

—¡Venga cobardica, hazme una mujer del todo! ¡Fóllame el culo!

Me hizo gracia, intentaba picarme para que lo hiciera.

—¡Ábrete las cachas del culo y cállate! ¡Eres una putita ¿no?! ¿Es eso?

—¡Sí, síii… soy una puta, soy tu puta! ¡Rómpeme el culo ya y llámame puta!

Ya suponía que reaccionaría así. De todos modos, no quería causarle mucho dolor. De rodillas tras ella le lengüeteé su anito, sintiendo como se contraía y se distendía en cada punteo de mi lengua. Acariciaba suavemente su clítoris. Un nuevo orgasmo la recorrió.

—¡Ay que gusto me das papi! ¡Metela ya!

Sin que se diera cuenta embadurné el prepucio con lubricante y apunte al asterisco rosado que se me ofrecía. Empujé con suavidad, resbaló y entro en la rajita. Corregí la posición y antes de empezar a presionar, ella, empujó hacia atrás insertando de golpe media estaca.

Gritó como si la estuvieran degollando.

—¿Qué has hecho? ¿La saco?

—¡Ni se te ocurra! ¡Déjala un momento que me acostumbre a tenerla dentro!

Sorprendido me quedé quieto. Vi que derramaba lágrimas en abundancia, pero ella seguía sujetando sus nalgas, abriéndolas y moviéndose poco a poco para facilitar la entrada. Poco después lo lograba. Estaba toda dentro. Esperó unos minutos. Respiraba con dificultad, como si le faltara el aire.

—¡Ahora muévete! — Gritó al tiempo que empujaba.

Yo era como un muñeco a sus órdenes. Me empecé a mover, derramando lubricante en el esfínter que, poco a poco, aceptó el intruso. Yo acariciaba con mi dedo su clítoris que estaba duro como un garbanzo. No tardó en empezar a moverse ella empujando hacia mí para profundizar la penetración. Tras unos minutos en los que no dejé de masturbarla, dio un empujón fuerte de caderas hacia atrás, insertándose la verga hasta el fondo de su intestino, gritó y se retorció, sin dejar escapar su presa. Estuvo durante un tiempo, que se me hizo interminable, no sé si con un orgasmo largo o varios seguidos, durante el cual me corrí dentro de su vientre. Gritó, pataleó, me insultó… Para quedar inmóvil sobre la cama bajo mi cuerpo, con el sable en su funda. Poco a poco perdió consistencia y se deslizó hacia afuera cubierto de lubricante, semen y caca.

Entró Diana y se sentó junto a su hija acariciando su cabello.

—Ha sido muy valiente Diana. Es una gran mujer. Me ha dejado seco. ¡¡Cómo os quiero, joder!! Me tenéis loco.

—¿Pero me quieres? — Preguntó Greta, con una vocecilla que no le salía del cuerpo.

—¡¡Como no te voy a querer princesita!! Claro, y después de la experiencia de esta noche…

Diana la miraba y me miraba. Me acerqué a ella y besé su boca.

—¡Eeeh, que os he visto! ¡Esta noche es mío! — Dijo Greta en un suspiro.

—De acuerdo, solo tuyo, pero ahora déjame llevarte al baño a lavarte y arreglar el estropicio que hemos hecho. ¿Me acompañas Diana?

—No, llévala tú, yo me voy a dormir que estoy deshecha. — Beso la frente de su hija y mis labios y salió.

Levanté a mi princesita y la llevé en brazos hasta el baño. La senté en la taza del WC mientras abría el agua de la bañera, vi como orinaba. Me quedé embobado con la visión…

—Vaya, acabo de descubrir que eres un guarrete de la lluvia dorada. — Me atrajo hacia ella y besó mis labios. Su mirada cariñosa no manifestaba reproche… — Tengo que confesarte algo… Te he espiado algunas veces mientras meabas, me pone muy caliente… Y veo que a ti también te gusta, pillín…

De pronto se levantó y me roció hasta que terminó. Yo, sorprendido, no supe cómo reaccionar. Me abracé a ella, la besé y la llevé hasta la bañera donde la deposité. Ella no se soltaba de mi cuello. Nos metimos los dos. Con gel en las manos restregué su cuerpo, lo acaricié. Ella se giró ofreciéndome de nuevo la visión de su ya bien formada grupa. Se abrió los cachetes del culo y lavé con la mano, introduciendo un dedo en su ojete para eliminar la suciedad que hubiera. Curiosamente no se había producido desgarramiento ni herida. Supuse que debido a la juventud el esfínter era más flexible que el de su madre. Lo cierto es que estaba limpio.

—¿Te duele? — Pregunte con el dedo medio en el interior de su ano.

—No mucho… ¿Serías capaz de comérmelo?

No respondí. Lo aclaré un poco para eliminar el gel y me arrodillé tras ella chupando y deleitándome como si de un rico manjar se tratara. ¿Acaso no lo era?

Su vulva ligeramente inflamada, su ano que se contraía y se expandía dejando ver la parte rojiza de su interior era una auténtica belleza. Separó sus rodillas para facilitarme el acceso a su abertura que lamí y dedeé con pasión. Masajeé mi miembro de nuevo en forma. Se giró, me miró y sonriendo dijo…

—¡Fóllame otra vez papi! ¡Haz feliz a tu putita!

No pude negarme. Apoyó sus manos en la pared. Dándome la espalda, puso un pie sobre el borde de la bañera, ofreciéndose, totalmente abierta. Entré despacio, disfrutando, sintiendo cada milímetro de su aterciopelado interior. Nos movíamos en olas, cadenciosamente. Mis manos en sus pechitos, acariciando los pezones, pellizcándolos todo lo que ella podía soportar.

Palmeé su nalga con la mano. Se sorprendió…

—¡Más papi! ¡Más fuerte! ¡He sido una niña malaaa! ¡Me he follado al novio de mamá…! ¡¡¡AAAAAAHHHHH!!!

 Aun sorprendido por su orgasmo pude rehacerme y descargar en su coñito casi inmediatamente. Casi nos caemos. A ella le fallaron las piernas y se caía y tuve que hacer un tremendo esfuerzo para sujetarla y no acabar en el suelo los dos.

La deposité en el suelo sobre una toalla y la sequé. La cogí en brazos y la llevé a la cama donde, milagrosamente, alguien había cambiado las sábanas. La dejé dormida y la cubrí con una sábana por encima, para que no se enfriara y bajé a beber algo. En la cocina bebí agua fresca.

Diana estaba en sofá del salón. Me senté junto a ella y la rodeé con mi brazo. Dejó caer su cabeza en mi hombro y así nos quedamos dormidos los dos.

 


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