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Fecha: 25-Jun-17 « Anterior | Siguiente » en Orgías

A la Rusita no le importa nada

AmbarConeja
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¡Entonces vení taradito, oleme la bombacha y dame toda esa lechita en la concha! Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

A la rusita no le importa nada

Ese día quería salir a bailar, tomar y fumar como hacía rato lo andaba necesitando. No podía ser que con 22 años, unas tetas prodigiosas y un hambre de pija que se me cuela por los poros, esté solita y sin sexo!

Es cierto que tengo unos kilitos demás, que me falta culo y que me hice mierda el pelo de pendeja con las tinturas. Pero eso no le da derecho a mi cuerpo de privarse del goce que puede proporcionarle una rica garchada.

Por eso, el sábado previo al día de la madre salí a romper la noche. Como ninguna de mis amigas estaba con ánimos de fiesta, unas por sus exámenes y otras porque sus machos las tienen cortitas, preferí no perder el tiempo.

Me vestí sin bañarme, porque justo ese puto día a los municipales se les dio por cortar el agua y la luz. Al menos pude lavarme la cabeza con agua fría.

Como a las 12 de la noche entré a un bar y me tomé dos birras con unas papas.

Al rato caminé entre la gente indecisa, las parejas amojonadas, los guachos que buscan impresionar con sus motos ruidosas al pedo, las chetitas que critican a otras pibas, y todo tipo de música mezclada en el centro de la ciudad.

Llegué a un boliche, en el que me pidieron documentos porque no me creyeron cuando les dije que tengo 22. Pedí un cuba libre y me puse a mover la cintura en medio del baho de la gente acalorada que colmaba la pista. En ese momento no divisé ninguna cara conocida.

Me le hice la enojada a un pibe que me re manoseó el culo, y más tarde le dije que no a un grupito de vagos que me querían invitar a un trago si yo me los tranzaba.

Sentí varios bultos durísimos contra mi cola, los que se me apoyaban y refregaban sin resistencias de mi parte.

Varias manos se agolparon en mis tetas en el frenesí del bailoteo, la música electrónica al palo y los empujones de los que iban a la barra, al baño o al patio a fumar un puchito.

Luego vi cómo un flaco le comía la boca a una coloradita, y sentí ganas de sumarme a ellos.

Cuando se me antojó una cerveza caminé a la barra para hacer la fila, y en el trayecto no pude ignorar a una pendeja que estaba tumbada sobre la falda de dos melenudos, boca arriba y con las tetas casi al aire. Los dos se las manoseaban y, el más bonito le subía la pollerita. Incluso la escuché quejarse:

¡paren boludos, que toda la gente me va a ver la bombacha!

Al rato vi a una tumberita refregarle el culo a un pibe, perreando mal y empinándose una jarra de fernet.

Otra pibita bailaba en el medio de una ronda de vagos que la mojaban con espuma azul de cotillón y le desprendían la camisita.

Vi también a dos lesbianas bailando apretaditas y comiéndose delante de un patoba corpulento, a un viejo pagarle un frizze a una guachita a la que pronto se llevó a un rincón del boliche, y a una chica arrodillada con la cara sobre el bulto de un pibe con toda la pinta de ser jugador de fútbol. A ella le vi cara conocida, pero, con su excepción, todos eran absolutamente extraños en mi cerebro.

Estaba sola, cada vez más entonadita, transpirada, bailando los temas que me copaban, mirando a mi alrededor y con demasiadas ganas de coger.

Nadie me reconocía tampoco.

Hasta que, cerca de las 4 oigo una voz que acelera mis palpitaciones en medio de tanto cuarteto altísimo.

¡che, mire, esa es la Rusita, y parece que vino sola!, exclamó con claridad la voz de Nicolás a su grupo de amigos.

Nico y yo nos picoteamos un poco en el secundario, pero no lo volví a ver desde la fiesta de egresados. No cogimos, y eso a los dos nos había quedado pendiente.

Yo me fui acercando a ellos. Nicolás, Bruno y Ariel. Los tres eran inseparables para todo el mundo, y siempre fue así.

Los saludé con la mano y un beso en la mejilla. Compartimos una birra, después un campari, y cuando quise acordar estábamos en la pista, meta tirar pasos.

Nicolás aprovechó para tocarme el culo, y los otros se atribuían iguales confianzas, solo que Ariel hacía de todo para rozarme las gomas, y Bruno para apoyarme su pene en la parte de mi cuerpo que pudiese.

Cuando se lo palpé lo tenía a punto de reventar, y eso me dio el guiñe perfecto. No se me ocurrió otra cosa que comerle la boca a Nico, dejar que Ariel meta su dedo mojado con campari en el inicio del hueco de mis tetas, y sentir los latidos de la verga de Bruno en mi cola mientras bailábamos. El pibito me la frotaba de arriba hacia abajo, y de un costado al otro!

Todo aquello pasaba al mismo tiempo.

Hasta que mis neuronas, el flujo que se acumulaba en mi bombacha, el fuego de mis pezones duros y las ganas en las que ardía mi cuerpo por coger fueron más fuertes que mi yo racional.

Les dije luego de una ronda más de campari:

¡ey boludos, qué hacemos acá?, vamos a coger, si todos estamos calientes, y sé que quieren cogerme toda… además, yo no doy más, quiero pija ya, y ahora!

Los tres me aplaudieron, me besaron el cuello y los pómulos, saltaron junto a mí con la euforia como combustible primario, y salimos del boliche medio a los tumbos.

No sabíamos a dónde ir. Contamos lo que nos quedaba de guita, y no nos alcanzaba ni para un telo berreta. A mi casa era imposible llevarlos, y los pibes vivían en la loma del orto.

Hasta que resolví que lo mejor sería caminar y ver qué se nos ocurría.

A las dos cuadras del boliche había una casa abandonada, y allí nos metimos como fugitivos o delincuentes. Ellos, no parecieron muy copados al principio. Y es que la casa presentaba un aspecto terrorífico. Pero por suerte, la calentura pudo más que cualquier temor.

Nico abrió la despintada puerta principal luego de los 4 atravesamos un horrible pasillo con olor a muerto, y, ahí nomás, en plena oscuridad les manoteé las pijas a los tres, haciéndome la cieguita. Uno de ellos me sacó la remerita y me desabrochó el corpiñito que apenas cubría mis timbres, y se puso a chuparlos.

Yo sola me bajé el jean y les pedí que me toquen la concha.

Sentí vergüenza porque, no me había depilado y, como no pude bañarme andaba con olor a pis.

Nico enterró sus dedos en mi vagina, y no lo soporté. Me quedé en calzones y me tiré en el suelo con las piernas abiertas.

¡vamos che, acá estoy, quiero que me cojan ahora!

Bruno cayó estrepitosamente sobre mí, y no hubo piedad. Ni bien su pija transgredió la costura de mi bombacha se instaló de lleno en mi vulva, y me penetró como un animal en celo, mientras mi boca entraba en contacto con la poronga de Nicolás. A él se la conocía bastante, ya que le hice varios petes en el colegio.

Ariel me agarró una mano para que lo pajee, y así estuve un tiempo, sintiendo la fricción de mi espalda y mi cola sobre el suelo cubierto de suciedad gracias a las envestidas de Bruno, sin poder hablar ni gemir siquiera por los movimientos de la pija de Nico en mi boca y con los dedos entumecidos de tanto pajear al más dotado de los tres. ¡qué rica pija tenía ese guacho!

No sé cómo fue que Bruno me puso en cuatro y se paró ante mis ojos desbordados para que le chupe la pija. Me encantó que me tenga con la cabeza bien levantada, sujetándome del pelo para profundizar más cada arremetida. Disfruté como nunca del sabor de mi concha en el mástil de su pene inflamado, mientras Nicolás me nalgueaba y el otro hacía pis a centímetros de nosotros, con el pito hacia arriba porque no se le bajaba ni ahí. Además se re quejaba porque le dolían los huevos de tanto fabricar leche.

La voz interior de la leona salvaje que habita en mí me condujo a decirle:

¡Entonces vení taradito, dale, dame esa leche en la concha!

No tuve que repetirlo.

Ahora mi boca iba de la pija de Bruno a la de Nicolás, mientras Ariel estacionaba su sable hinchado en la entrada de mi cueva. Ni siquiera me sacó la bombacha.

Enseguida mi mandíbula se estrellaba contra los pubis de los otros, porque el taradito me cogía con un frenesí y unos movimientos que, generaban en mis entrañas un deseo insolente de que me garche sin parar.

Solo podía repetir:

¡dame pija guacho, asíiiii, toda tu pija quiero, cógeme con esa rica pija que tenés, meteme toda la pijaaa!, mientras los otros me dejaran respirar.

Bruno acabó en mi garganta, y de la terrible arcada que tuve cuando su pija tocó mi glotis, terminé casi por vomitarle toda la leche en la pija entre toses y estornudos. Le pedí disculpas, porque quería tragarme su semen. Además él me lo había solicitado. Odio no poder complacer a un machito como ese!

Menos mal que Nicolás se apiadó de mis rodillas, en las que ya mostraba tremendos pelones ardiendo en la piel, y me puso de pie. En ese momento él me abrazó por detrás para pajearse en el medio de mis nalgas, y Ariel seguía penetrando mi vagina, ahora con su lengua desatada en mis pezones.

¡pedime la leche pendeja, dale y te la vuelco toda perra, me encanta tu concha peluda, querés la leche puta?!

Me decía el puerquito, mientras Nico punzaba mi agujerito con su glande.

¡dame la leche sucio, rompeme la concha nene, que encima hoy ni me bañé, cógeme pendejo!, le retribuían mis palabras a su calentura para que me dé más duro.

Hasta que Nicolás se sentó en unos escalones conmigo a upa y, entonces su pija se deslizó en mi culo, con todas las intenciones de culearme como me lo había prometido después de egresarnos en un mail.

Ariel seguía obstinado y morboso con su pito cada vez más sanguíneo entre los torrentes de mis jugos y los pelos de mi concha, haciendo que mi clítoris necesite de esa fricción, tanto como la pija de Bruno de mis manos que, se la pajeaban luego de que él me las escupía. Cuando Ariel estuvo a segundos de acabar, empezó a gemir y babearse como si estuviese por darle un ataque esperado. Me la sacó de la concha, me hizo agachar para darme unos chotazos en la cara, y volvió a empujarme para calzarla en mi argolla donde detonó un interminable y continuo río de semen.

En eso Nicolás me pide que mueva el culo, que salte sobre su pija y que gima fuerte, todo lo que pueda.

Apenas le grité:

¡dale cornudooooo, culeame toda pendejo de mierda!, su pene se estremeció y contorsionó para liberar una oleada de lechita caliente que se incrustó en mis intestinos.

Mientras me levantaba, Ariel me acomodó la bombacha y se quedó admirando cómo la leche de esos dos sementales me chorreaba de ella.

Pero Brunito tenía la verga durísima otra vez, y, a pesar de que escuchamos ruidos, me arrodillé para mamársela como se lo merecía. Obviamente, los demás se sumaron, y así mi boca fue como una pelotita de tenis, revotando en uno y otro pito, con mi lengua golosa, mi saliva promiscua y mis labios felices de convertirse en un tobogán para que esos músculos erectos se deslicen con vigor.

Bruno acabó en mi garganta al mismo tiempo que mis dedos jugueteaban en la entradita de su culo, y mis dientes le hacían más estrecho el espacio en mi paladar. Me la tragué sin reprocharle nada, y le mostré la lengua sequita en cuanto terminé.

Los otros dos acabaron en mi bombacha mientras se pajeaban, y yo me los tranzaba, les lamía el cuello y les mordía los hombros hablándoles como una tontita:

¡cuánta lechita me dieron pibitos, así, pajeate Niquito, dale, ensúciame toda pajerito, y vos también Aruchi, tocate ese pitito de nene que tenés, me encantó lamerte las bolas pendejo!, les decía para estimularlos.

Cuando todo llegó a su fin, no sé por qué Nicolás tomó la decisión de prenderme fuego el pantalón y la remera. Más tarde Ariel quemó mi corpiño.

Nos reíamos, aplaudíamos como estúpidos bajo el eco de del techo destrozado de esa casa húmeda, nos toqueteábamos y nos comíamos a besos, cuando todavía el sol hacía sus primeras apariciones.

Tampoco sé por qué les hice caso cuando se fueron juntos tras explicarme lo que entonces esperaban de mí. Ellos se apostarían en una esquina mientras yo debía parar un taxi así como estaba para irme. Solo conservé la bombacha y mis panchitas.

Estaba sucia, re contra cogida, sudada y con una resaca asombrosa. Pasaba por una chica violada perfectamente!

Serían las 7 de la mañana cuando un buen hombre me dejó subir a su auto y me llevó a casa. Los 3 me vieron con ojos de puro placer cuando pasé por la esquina, y hasta me sacaron una foto, mientras el tachero me empujaba a denunciar a los hijos de puta que me dejaron en este estado.

Pude entrar a casa porque mis padres me dejaron las llaves en una maseta.

Fue sin dudas la mejor cogida de mi vida. Tal vez, tenga que salir al boliche sin bañarme para tener más levante!    Fin


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