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Fecha: 20-Mar-17 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Amor d azar 2

DARK
Accesos: 18.735
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 43 min. ]
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Los encuentros se suceden y vuelve su amante prohibido al que no puede nombrar. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

AMOR

D

AZAR

 

 

II

 

Siento la calidez del sol en mi piel y el sonido del mar me envuelve. Olga esta a mi lado. Las dos estamos completamente desnudas en esta paradisiaca playa que tenemos para nosotras solas.

Se acerca a mí con su sonrisa picara y juguetona. Sospecho lo que quiere y lo deseo. Aproxima sus carnosos labios a mis pechos rosados, para despertar a mis dormidos pezones. Desliza su lengua por el pezón, una simple caricia. Como si probase con la punta de la lengua algo prohibido.  Juntado sus labios sopla sobre ellos insuflándoles su cálido aliento para llenarlos de vida. Y así es. Toman vida  reaccionan a su sensual juego. Me siento feliz de que ella asuma su deseo con naturalidad. Luego sus labios siguen bajando despacio descubriendo mi cuerpo hasta llegar al vértice de mis piernas. Siento su respiración sobre mi sexo y abro las piernas para darle libre acceso. Sus labios se posan sobre mis depilados e hinchados labios besándolos con deleite. Su lengua recorre mi rajita en toda su longitud saboreándome con pasión hasta penetrarme con ella. Mi cuerpo reacciona a sus caricias y mi clítoris también necesita atenciones y quiere unirse al juego. Olga lo sabe y lo atiende inmediatamente tomándolo entre sus labios y rodeándolo con su lengua. Su boca cubre mi sexo y me mira fijamente. El orgasmo invade mi cuerpo y hace que se tense arqueándose. Clavo mis manos en la arena y aprieto dos puñados con fuerza, mientras, mi respiración acelerada y se convierte en un profundo gemido de placer. Luego poco a poco cuando Olga se marcha caminando por la arena mi cuerpo se relaja junto al mar.

Abro los ojos y estoy tremendamente relajada, he tenido un sueño delicioso. La habitación está llena de luz, pero no la reconozco. Miro mi cuerpo y estoy desnuda. Llevo una de mis manos hasta la humedad que siento en mi entrepierna. Estoy empapada. Mmmm. Ha sido un sueño magnifico hasta me he corrido.

Alguien está a mi lado, se ha movido,  y su brazo rodea mis hombros. Estoy en el hotel y él está a mi lado, profundamente dormido. Hubiese jurado que me metí en la cama con el albornoz puesto, pero recuerdo lo que paso después y sonrío. Le miro. Su respiración es pausa y sus ojos se mueven bajo sus parpados, debe de estar teniendo un bonito sueño. Espero que tan bonito como el mío. Miro mi reloj, que aun tengo en la muñeca. Son las nueve y cinco.

-¡Mierda! ¡Mierda! ¡Joder! – grito primero y luego susurro. No quiero despertarle. – Me he dormido.

Me muevo con mucho cuidado, para no despertarle y mientras con sigilo retiro tu brazo que me abraza hago una rápida operación. Son las cuatro de la madrugada en Argentina y el desfase horario aun esta actuando. Cuando me deshago de su abrazo me muevo con cuidado y le miro. Él también está completamente desnudo y su barbilla esta brillante. Es un glotón insaciable. Salgo de la cama sin hacer ruido como si de una pantera se tratase y hago un repaso rápido de la habitación. Busco mi ropa con la mirada. Está repartida por toda la estancia. La recorro con cautela reuniendo las prendas, pantalón, blusa, sujetador, un zapato, otro zapato, el bolso sobre la mesa.

-¡Joder! ¿Dónde coño están las bragas? – susurro para mi al no encontrarlas.

Vuelvo a mirar el reloj. Las nueve y cuarto. Voy al baño y cierro la puerta con mucho cuidado sin apartar la mirada de su cuerpo hasta el último segundo en que cierro la puerta totalmente. Pongo el pestillo, al recordar lo que sucedió la noche anterior y lo violenta que me hizo sentir. Debería darme una ducha, estoy sudada, la noche fue muy movida, pero cuando me dispongo a abrir el agua me doy cuenta que se despertará y entonces no llegare tarde, sino que no llegare porque volveremos a hacerlo. Me siento en el inodoro y pienso durante un segundo mientras mi vejiga se relaja y deja salir todo su contenido. Me seco con un trocito de papel y me doy cuenta que la zona esta imposible. Necesita algo más que papel. No tiro de la cadena, aunque me perece una guarrada dejar aquello ahí. Pero no quiero despertarle. 

Voy al lavabo y empapo una toalla al tiempo que le pongo algo de gel de ducha. Me lavo lo mejor que puedo mi intimidad y la seco. Luego me refresco la cara con agua helada. Me miro en el espejo y se ha corrido el rímel y estoy hecha un desastre. Me froto la cara con fuerza con más agua fría y cuando vuelvo a mirarle tengo la cara limpia y algo colorada.  Intento peinarme pero es misión imposible. Busco una goma en el bolso y finalmente me lo recojo en una alborotada coleta.

-¿Dónde estarán las malditas bragas? – me digo en un susurro. Y vuelvo a mirar el reloj.

No puedo pararme a buscarlas. Me pongo el pantalón, el sujetador y la blusa. Me noto la boca pastosa y debo de tener un aliento horrible. Veo su bolsa de aseo sobre la encimera del baño. Hurgo en ella, maquinilla de afeitar, espuma, loción y finalmente, encuentro lo que busco, pasta de dientes. Veo tu cepillo y pienso en usarlo. Pero luego pienso que a él tal vez no te haga mucha gracia la idea. Mojo mi dedo índice y pongo un poco de pasta en la punta. Y con él me lavo lo mejor que puedo los dientes. Después de unos minutos me enjuago y escupo en el lavabo la espuma formada. Cojo el bolso y me miro otra vez en el espejo. Tengo los ojos brillantes y la piel de mi rostro esta luminosa. El sexo es el mejor tratamiento de belleza. Pero me siento algo desaliñada. Abro con mucho cuidado la puerta y me asomo. Continúa profundamente dormido. Salgo con mucho cuidado. Dejo el bolso en la mesa y busco un papel y un bolígrafo en el cajón.

“Lo siento, he tenido que marcharme, tenía una reunión y llegaba tarde. No he querido despertarte, estabas muy mono dormido. Ha sido una noche genial. Nos vemos luego. Para cualquier cosa llámame al móvil o a este número 91 1 234 567. Ana.”

Dejo la nota sobre la mesilla de noche y con mucho cuidado cojo la sabana y lo cubro con ella. Luego le miro. Y no puedo resistirme a rozar sus labios con los míos. Se revuelve un poco al sentir el leve contacto pero no se despierta. –Uf, menos mal. –De nuevo cojo mi bolso, los zapatos y salgo de puntillas de la habitación. Abro la puerta con mucho cuidado y cojo el cartel de no molestar, que cuelgo en la parte exterior de la puerta, mientras cierro con sigilo. Una vez cerrada la puerta me apoyo en la pared y haciendo equilibrios me pongo los zapatos. Un señor sale de la habitación de al lado perfectamente trajeado y me mira de arriba abajo. Creo que sabe lo que hemos estado haciendo. Le saco la lengua como si fuese una niña pequeña y me dirijo rápidamente al ascensor. Sé que ese cabrón no quita su vista de mi culo lo siento clavada en él. Pulso el botón, la puerta se abre inmediatamente. Al menos no tengo que esperar. Entro y pulso la planta baja. Cuando las puertas comienzan a cerrarse el tipo se aproxima apresurado. Pero no llega a tiempo. Por el último resquicio de las puertas levanto el dedo corazón cerrando el resto en un puño. Se lo muestro con una sonrisa y le digo:

-Jódete.

Una vez abajo salgo y el recepcionista centra su mirada en mí. Camino muy rápido hasta el ascensor que me llevará al parking, casi corro, cuando la voz del hombre de recepción intenta detenerme.

-Señorita, por favor. Espere un momento.

Llamo al ascensor pero las puertas no se abren. Miro hacia atrás y el empleado del hotel esta saliendo de detrás de su mostrador. No espero más y abro la puerta de acceso a las escaleras. Bajo rápidamente mientras maldigo los zapatos que llevo puestos.

-¡¡Señorita!! ¡¡Por favor, espere!!.

Vuelvo a oír que me llama. No entiendo por qué estoy huyendo. No he hecho nada malo, pero siento la necesidad de escapar. Por fin llego al garaje y mientras corro hasta mi coche busco las llaves en el bolso. Menos mal que por una vez las encuentro a la primera. Pulso el botón y las luces se encienden mientras los intermitentes parpadean al desbloquearse la alarma y los seguros.

-¡¡Señorita… espere!!.

Abro la puerta y entro rápidamente. Activo los seguros de las puertas para encerrarme dentro. El recepcionista viene hacia mí. Meto la llave en el contacto y pongo el motor en marcha. Pongo primera y piso a fondo el acelerador. Salgo derrapando de la plaza de aparcamiento justo cuando el hombre que me sigue llega a tiempo de golpear frustrado la parte trasera del coche. Salgo a la calle sin mirar y un coche tiene que frenar bruscamente para evitar colisionar conmigo. No puedo evitar sonreír, seguro que me está llamando de todo menos bonita.

Cuando llego a la calle Alcalá me siento más tranquila y disminuyo la velocidad. He tenido suerte de no tener un accidente. El tráfico es denso pero afortunadamente fluido y unos minutos después paro en doble fila frente a la puerta de mi edifico. Debería haber ido directamente al bufete pero estoy hecha un desastre. Entro en el portal y voy hasta el ascensor.

-¡Me cago en la leche! ¡Joder! –digo cabreada cuando tarda más de diez segundos en llegar.

Me quito los zapatos y subo corriendo por la escalera. Sudo de dos en dos y de tres en tres los escalones. Siento como la primeras gotitas de sudor brotan en mi sien, mientras otras comienzan a correr por mi espalda y otras buscan la zanja que se abre entre mis pechos. Cuando por fin llego a mi piso ya tengo la llave de casa en la mano. La estoy metiendo en la cerradura cuando una voz me distrae.

-Ana, buenos días. –Miro a mi espalda y es Marta.

-Buenos días. –Respondo con la voz entrecortada.

-¿No me digas que llegas ahora? –Asiento afirmativamente con la cabeza –Parece que has tenido una noche… movidita. Tienes un aspecto horrible pero estás radiante. Eso solo puede ser una cosa. Una noche de buen sexo.

-Si te cuento… no te lo crees.

-Pues cuenta y además tienes que aclararme lo del bigote.

-Ahora imposible. Me he dormido y ya llego una hora tarde al trabajo.

-Vale. Pero tenemos una conversación pendiente. –Me respondo Marta sonriendo.

Entro en casa y tiro los zapatos y el bolso. Mientras voy al dormitorio me voy quitando la blusa que tiro en la cama y me paro el tiempo justo para bajarme el pantalón y apartarlo de una patada. Entro en el baño y voy directa a la ducha tirando el sujetador en el lavabo. Abro el grifo del agua fría y esta me golpea sobre la cabeza y corre por mi cuerpo.

-¡Joder! ¡Qué fría! –grito.

El agua hace que se me ponga la piel de gallina y los pezones se me disparan insolentes por el contraste de temperatura. Un minuto después mi cuerpo se acostumbra y me reconforta el frescor. Me lavo el pelo y me enjabono bien, poniendo especial atención en las zonas que más lo necesitan. Quince minutos más tarde estoy frente al armario, envuelta en la toalla, sacando el traje gris claro de falda y chaqueta.  Suena el teléfono.

-¿Quién coño será ahora? – digo mientras voy hasta la mesilla para cogerlo. -¿Si?

-Ana, ¿se puede saber dónde te metes? ¿Y qué cojones haces aun en casa? Hace más de una hora que deberías estar aquí. – mi jefe está muy cabreado.

-Lo siento, de verdad. Luego se lo explico.

-Espero que tengas una buena escusa… porque si no… Te quiero aquí en media hora. Ni un minuto más. Si no, no te molestes en venir.

-Lo siento. Ahí estaré. –Cuelgo sin darle tiempo a que diga nada más.

Tiro el teléfono en la cama. De nuevo entro en el baño. Frente al espejo me froto el pelo con una toalla. No tengo tiempo de secarlo bien. Cojo un bote de gomina y me aplico un poco para mantener el efecto mojado. Me peino hacia atrás, tipo Sharon Stone en Nueve Semanas y Media. Me pongo un poco de brillo de labios y un poco de rímel. Me doy el visto bueno frente al espejo y dejo caer la toalla para volver al dormitorio. Abro el cajón de la ropa interior. Cojo un braguita cómoda de algodón blanco y un sujetador a juego. Frente al espejo me pongo la falda y después la chaqueta. El pronunciado escote de la chaqueta deja al descubierto el principio de mis tetas. Espero que eso los distraiga y la bronca no sea excesiva, pienso mientras las coloco adecuadamente. Corro hasta mi despacho y cojo el maletín con el portátil y un par de carpetas que están sobre la mesa. Me subo en los zapatos que he tirado en la entrada al llegar y cojo el bolso y las llaves. Miro el reloj. Tengo veinte minutos, puedo conseguirlo.

Subo a mi coche y salgo disparada. Rezo para no tener un accidente y afortunadamente llego ilesa al despacho, vuelvo a parar en doble fila. He sobrevivido en parte gracias a mi pericia y por la prudencia del resto de los conductores. Espero que ningún conductor o policía haya cogido la matricula y así evitare una docena de multas por lo menos. Entro corriendo.

-¡Ana! En la sala de reuniones del primer piso. Está muy cabreado. –Me dice Sara, la recepcionista nada más verme.

-Gracias. Toma apárcalo tú. –Y sin detenerme le lanzo la llave del coche.

No espero el ascensor y subo por la escalera. Voy directa a la sala de reuniones y entro sin llamar. Mi jefe está de pie mirando su reloj. Cuando me ve me fulmina con la mirada.

-Lo siento. – Me disculpo al entrar.

-Bueno… ya que la señorita Céspedes se ha dignado a venir podemos comenzar. – dice sin apartar la vista de mi y diciéndome con ella será mejor que tengas una buena razón para esto.

Tomo asiento y el resto de asistentes a la reunión me observan con atención. Son todos hombres a excepción de Nuria, pero ella me dobla la edad, aunque espero estar la mitad de buena que ella cuando tenga su edad. Aun levanta pasiones, aunque la carne fresca llama más la atención y más de uno ya ha puesto su mirada justo donde yo quería. Incluido Álvaro, el cliente por el que mi jefe esta tan cabreado conmigo.

-Jaime. No pasa nada. Todos sabemos que las mujeres bellas se hacen esperar – dice Álvaro sonriéndome. Y volviéndose hacia mi jefe dice –¿Empezamos?

La reunión afortunadamente es un éxito, Álvaro y sus asesores quedan encantados con las propuestas. Y cuando termina la reunión mi jefe parece algo más relajado. Álvaro y él vienen hacia mí. Dejo los papeles que estaba recogiendo y me pongo en pie.

-Señorita Céspedes, me ha encantado su propuesta para los estatutos de la fundación. Espero que nos agasaje con su presencia en la comida y podamos discutirla más en profundidad.

-Lo siento pe… 

-Claro que la señorita Céspedes comerá con nosotros. – Me corta mi jefe.

-Perfecto entonces. Ha sido todo un placer. Hasta luego.  –se despide Álvaro.

-Lo mismo digo. Hasta luego. – Respondo con una sonrisa forzada mientras nos estrechamos la mano. 

Cuando ya se disponen a marcharse mi jefe se vuelve hacia mí. Y en un tono casi inaudible.

-A mi despacho, ya.

Vuelvo a sentarme y todos van saliendo de la sala hasta que me quedo sola. Cojo la jarra de agua y lleno la copa que tengo frente a mí. La vacío de un solo trago. Estoy seca, hace horas que no he bebido nada. La  lleno nuevamente, pero esta vez la bebo más despacio.  Recojo los folios y el portátil, sigo sentada. Miro el reloj, son las doce y media y ya estoy agotada. Me levanto para ir al despacho de mi jefe y mi estomago protesta. No he desayunado.

Saludo a Sandra, la secretaria de mi jefe, me mira con una mirada que dice, “no quiero estar en tu pellejo bonita”.  Yo le sonrío y me encojo de hombros, como diciendo, “aceptare mi condena” y entro en el despacho. Dejo el maletín, el bolso y las carpetas sobre la mesa de reuniones. Voy directa al frigorífico que se esconde en la parte de debajo de una librería. Lo abro y cojo un par de chocolatinas y una bebida isotónica. Me siento en el sofá y me quito los zapatos. Son bonitos pero criminales para los pies. Abro la bebida y doy un sorbo. Luego abro una de las chocolatinas y le doy un buen bocado. Me recuesto en el sofá y cierro los ojos mientras la saboreo. Esta deliciosa es de las que comía cuando era niña.

-¡¡Ana!! ¿Puedes decirme donde coño estabas? – grita mi jefe tras el portazo que hace que abra los ojos.

-Me he quedado dormida. – le respondo mirándolo con ternura y poniendo cara de niña buena.

-¿Y puedo saber dónde te has quedado dormida? Porque en tu casa no estabas. Y el puñetero móvil no se para que cojones lo quieres si lo tienes apagado. Y no me hagas pucheros. Joder. ¿Dónde has pasado la noche? – me insiste intentando mantenerse inmune a mi carita. –Venga, responde.

-He estado en casa de una amiga. Estuvimos estudiando hasta tarde y nos hemos dormido – respondo y doy otro bocado a la chocolatina.

-Ana, por favor. No me tomes por idiota. Los dos sabemos que no has estado estudiando. El curso hace dos semanas que termino.

-Es que…

-Venga, déjalo. No pongas más escusas. Estas comiendo chocolate y eso lo haces cuando te has emborrachado, cuando te has liado con alguien o ambas cosas. Lo que está claro es que no has dormido en tu casa.

-Eh,… –intento responder.

-No digas nada, prefiero no saberlo. A las dos te quiero abajo para que vengas a la comida. Y puedes dar gracias que la reunión ha sido un éxito. Y ahora vete.

-Pero…

-Nada. A las dos. Y ni se te ocurra montar un numerito de los tuyos en la comida.

Se sienta tras su mesa y se pone a leer unos documentos. Me pongo los zapatos, cojo la bebida y mis cosas y me dispongo a marcharme.

-Cierra la puerta al salir. – dice sin levantar la vista de los papeles.

Me voy a mi despacho. Me siento en el sillón y de nuevo me quito los zapatos. Doy un largo trago a la bebida isotónica y saco el teléfono del bolso. Esta apagado. Cuando intento encenderlo me doy cuenta que no tiene batería. Lo tiro sobre la mesa. Me termino la chocolatina y busco un cargador. Llaman a la puerta, es María. Una de las abogadas del bufete, tiene cuatro o cinco años más que yo, se caso hace algo más de un año con su novio de siempre, y están esperando un bebe.  Nos llevamos bastante bien. Entra y se sienta frente a mí.

-¿Todo bien? – Me pregunta.

-Bueno, si, podía haber sido mucho peor.

-Espero que haya merecido la pena la bronca por ese chico, porque si tardas cinco minutos más arde Troya.

-¿Cómo sabes que ha sido un chico?

-Ana. Solo hay que verte la carita.  Te brilla la mirada, la piel la tienes perfecta y sin una gota de maquillaje. Así que blanco y en botella. Tú has follado esta noche a base de bien. Además toma. Un tal José ha llamado cinco veces preguntando por ti. Sara dice que por el acento parece argentino.

-¡Mierda! El móvil  – digo cuando cojo los mensajes. Y busco el cargador.

-Lo sabía. Ya no tienes suficiente con el producto nacional y ahora importas producto extranjero. Bueno mejor hablamos en otro momento. Yo tengo cosas que hacer y tu estas muy dispersa.

-Lo siento.

María se marcha y yo conecto el móvil. Comienza a pitar como un condenado mientras no dejan de entrar las notificaciones. Cuando se calma lo miro. 25 llamadas perdidas, 10 mensajes de voz y varios correos. Miro las llamadas. Dos son de José y uno de los mensajes. Lo escucho. Cojo el teléfono y lo llamo al número que ha dejado a Sara.

-¿Ana, eres tú? – responde al otro lado de la línea.

-Sí, lo siento. – Llevo todo el día disculpándome – Tenia una reunión muy importante a la que he llegado tarde. Y no he querido despertarte.

-Vale, lo entiendo.

-Gracias. ¿Qué tal tu día, has hecho algo interesante?

-Pues no. Solo intentar localizarte. Te perece poco. Pero bueno, comemos juntos y todo olvidado.

-¡Joder!

-¿Qué pasa?

-No voy a poder tengo que comer con unos clientes. Es mi castigo por llegar tarde.

-Pues si eso es un castigo… cuanto te dan un premio que es.

-No seas irónico. Crees que me apetece una aburrida comida de trabajo en lugar de estar contigo.

-Está bien. Entonces ¿Cuándo nos vemos?

-A las ocho y media en la terraza de Urban. Prometo ser puntual.

-Vale, y eso donde está.

-Frente al congreso. Un poco más arriba. Un edificio moderno con la fachada de cristal. Sube a la azotea ahí está el bar y la terraza. Ah, y no te asustes invito yo. Es lo mínimo.

-Ok. Me lo apunto. Urban. Frente Congreso. Edificio de cristal. Azotea. ¿Y hasta entonces qué hago?

-Da una vuelta por la ciudad. Ve a comer algo. Visita algún museo.

-Pero… sin ti, no será lo mismo.

-Son solo unas horas.

-Vale… alguna recomendación.

-Como te gustan las armas puedes ir a ver a la Real Armería, en el Palacio Real, y luego puedes comer en Botín. Comida castiza en el restaurante más antiguo del mundo, están muy cerca  y además muy bien de precio.

-La Armería parece interesante.

-Estoy segura que te gustara. Ahora tengo cosas que hacer nos vemos luego.

-Hasta luego.

-Un besito.

Cuelgo el teléfono.  Y me pongo a trabajar hasta la hora de ir a comer. Afortunadamente me he centrado en lo que estaba haciendo y me han cundido las escasas dos horas que he estado en el despacho, perdiendo la noción del tiempo.

-Ana, vamos nos están esperando. – dice mi jefe desde la puerta abierta.

-¿Ya son las dos? – pregunto por lo rápido que se me ha pasado el tiempo.

-Sí, venga.

Recojo un poco todo lo que tengo extendido sobre la mesa y apago el ordenador. Me pongo los zapatos y salgo del despacho junto con mi jefe. Cuando estamos a punto de salir le digo.

-Espera un momento voy al baño.

Me mira con reprobación, diciendo ya podías haber ido antes. Lo ignoro y me voy. Entro en el cubículo y levanto mi falda hasta arrugarla en mi cintura. Bajo la braguita y me acomodo. Dejo que la vejiga se relaje y el dorado líquido golpea con fuerza las paredes del  inodoro. Cojo unos trocitos de papel y seco cuidadosamente la zona. Subo nuevamente la braga, coloco la falda en su lugar y voy frente al espejo. Me lavo las manos y después de secarlas estiro perfectamente la falda y la chaqueta. Me retoco el brillo de labios y le lazo un besito a mi reflejo. Cuando abro la puerta para salir, mi jefe esta con la mano en alto dispuesto a aporrear la puerta. Sonrío. Salgo y vamos hacia la calle.

-Ya he terminado. – digo con ironía.

-Vamos el coche nos espera.

-Pero si tengo el mío ahí.

-Me da lo mismo. Vienes conmigo y punto.

-¿Y los demás?

-Ellos ya van hacia el restaurante.

Me despido de Sara, mi jefe solo suelta un gruñido cuando salimos, y yo me encojo de hombros mirándola para disculparme. Ella me sonríe y también se encoje de hombros al tiempo que sin decir nada me dice silaba a silaba SUER – TE. En la calle el A8 negro espera. Cuando Manuel, el chofer, que espera de pie junto al coche nos ve inmediatamente abre la puerta de atrás. Mi jefe entra directamente.

-Señor. – lo saluda Manuel, pero él no responde.

-Señorita. –me saluda a mi cuando entro en el coche.

-Hola Manuel. – le respondo con una sonrisa a la que el me corresponde.

Cuando me he acomodado en el asiento, Manuel cierra la puerta y corre para ocupar su puesto frente al volante. Circulamos por las calles de Madrid de camino al restaurante. Vamos en silencio y a mí se me hace un poco tenso. Pero intentar iniciar una conversación con mi jefe no es una buena idea sigue enfadado conmigo y prefiero dejar las cosas como están.

-Manuel, ¿Cómo esta Macarena?

-Muy bien, señorita. Ha terminado el curso con muy buenas notas y estamos esperando las notas de la Selectividad. – me responde mirando a través del retrovisor. 

-Me alegro mucho. Estoy segura que la aprobara con buena nota.

-Yo también lo creo, ha trabajado mucho. – dice orgulloso.

Miro a mi jefe que me mira con desaprobación y doy por concluida la conversación. Cuando llegamos al restaurante, Manuel sale apresuradamente para abrirme la puerta. Pero cuando llega ya estoy saliendo y el la sujeta.

-Gracias. – le digo sonriendo.

-Señorita. – me responde con otra. – Señor. – dice cuando sale mi jefe y el solo le hace un gesto con la cabeza.

Nos dirigimos a la entrada del restaurante. Caminamos el uno junto al otro. Me sujeta del brazo y acerca sus labios al oído.

-Ana, no me gusta que te tomes tantas confianzas con los empleados.  

-¿Qué confianza? Solo me he interesado por su hija. Y tú deberías hacer lo mismo. Ya no estamos en el siglo XIX. Y sabes que odio que me llamen señorita no sé por qué les prohíbes que me llamen Ana.

-Ya te lo he dicho, hay que guardar las distancias con los empleados. Y en el bufete deberías hacer lo mismo.

-¡Joder! Abuelo.

-Ana, a mi no me hables así.

-Vale, pero sí según tu solo soy una pasante más del bufete, una empleada más, eso sí, con despacho, ya que no quieres que este con los demás pasantes. Tendré que ser una más. ¿O no? ¿Sabes? me vuelves loca.

-No quiero discutir eso otra vez. Además no es el momento. Vamos a comer y compórtate. Y por cierto, la próxima vez que te pongas esa chaqueta ponte una blusa.

Nos encontramos con el resto de comensales que esperan tomando un aperitivo. Después de los saludos de rigor. Álvaro especialmente afectuoso me da dos besos y hace una buena panorámica de mi escote. Luego todos entramos al comedor. Hacen que me siente entre mi jefe y Álvaro. La comida pasa entre comentarios de contratos y modificaciones, y aguantar las indirectas de Álvaro. Por un segundo pasa por mi mente la idea, si me acostase con el podría conseguir lo que quisiera. Pero desecho la idea inmediatamente, son demasiadas complicaciones. Afortunadamente a las cuatro y media se da la comida por terminada. Todos nos despedimos y me dispongo a marcharme.

-¿Dónde vas? – me detiene mi jefe.

-Tengo unas cosas que hacer.

-No vuelves al despacho conmigo, tienes el coche allí.

-Pasaré luego a recogerlo. Puedes decirle a Sara que me deje la llave en mi mesa.

-Te crees que soy tu recadero.

-Porfa, porfa… –le digo con cara de no haber roto un plato y haciéndole un puchero.

-Está bien.

-Gracias Abu – pongo mis manos en sus hombros y alzándome de puntillas le doy un beso en la mejilla.

-Ana, por favor. – me dije algo enfadado.

-¿Qué? No puedo darle un beso a mi abuelo.

-No en horario de trabajo y tampoco me llames Abu.

-A sus ordenes jefe. – le digo y me cuadro saludándolo marcialmente.

-Ya vale de cachondeo, Ana.

-Lo siento. ¿Cuándo vuelves a Mallorca?

-Esta noche en el último vuelo.

-Dile a mamá que iré a comer el domingo. Me voy.

-Ten cuidado.

Manuel ya espera a mi jefe para llevarlo de vuelta al bufete. Me despido de él, que me sonríe porque ha presenciado la escena, y busco un taxi. Media hora más tarde estoy en la puerta de un sex shop para comprar un regalo que yo también disfrutaré. Salgo del establecimiento con una pequeña y elegante bolsa negra en la mano. Un par de hombres con traje y corbata pasan justo delante de mí en ese momento y miran la bolsa. Les sonrío, les guiño un ojo y sigo mi camino en dirección contraria a la busca de un taxi. Se perfectamente que tienen su mirada en mi espalda y allá donde esta pierde su nombre.

Diez minutos más tarde estoy en la puerta de Urban. No sé si habrá sido buena idea quedar con José en el mismo lugar que con él. Pero era la única manera de no tener que anular ninguna de las dos citas. Además hace mucho que no nos vemos y no quiero posponerlo más. Subo a nuestra habitación, la 525. Sea donde sea, siempre el mismo número, la fecha de nuestro primer encuentro veinticinco de mayo.

Toco suavemente con los nudillos en la puerta y esta se abre un instante después. Ahí está él, esperándome, como siempre. Me toma por la cintura y me aproxima a él. La puerta se cierra a nuestra espalda. Mantenemos nuestras miradas clavadas en los ojos del otro mientras nuestros labios están separados por unos escasos centímetros. Tan escasos que son suficientes para sentir su aliento en mis labios. La mano que no rodea mi cintura acaricia mi nuca con suavidad y con sutileza me acerca a esos labios que deseo besar. Nos fundimos en un largo y húmedo beso en el que nuestras lenguas bailan sin cesar. Separamos nuestras bocas y tomamos aire antes de repetir. Me encanta como me besa. Nadie lo hace como él. La mezcla perfecta entre fuerza y ternura. Retira su boca de la mía llevándose entre sus dientes mi labio inferior, que acaricia con su lengua antes de soltarlo. Me libera de entre sus brazos y da un par de pasos hacia atrás para observarme. Doy un par de vueltas sobre mi misma mientras él se acomoda en el sillón.

Sé lo que tengo que hacer. Frente a él muy despacio voy desabrochando uno a uno los botones de mi chaqueta. Me lo tomo con calma y en ningún momento dejo de mirarle. Cuando todos estas abiertos la cruzo sobre mi pecho y le doy la espalda. Es entonces cuando la abro la desencajo de mis hombros y estirando mis brazos hacia atrás dejo que baje por ellos hasta sujetarla con una mano. Me vuelvo hacia él y le lanzo la chaqueta. Mientras la dobla y la deja en el respaldo del sillón acaricio mi abdomen y subo mis manos hasta mis pechos. Están duros y con los pezones erizados por la lujuria, deseosos de ser liberados de la prenda que los oculta. Llevo mis manos a la espalda y abro los cierres del sujetador. Los tirantes bajan por mis brazos y cruzando uno sobre mi pecho lo sujeto. Él hace un gesto afirmativo con su cabeza y me deshago de la prenda tirándola en su regazo. Lo dobla y lo acerca a su nariz para aspirar mi aroma, con fuerza, para llenar sus pulmones con mi olor. Sus ojos siguen fijos en mi cuerpo mientras mi mano izquierda abre el automático y baja la cremallera de mi falda. Sin preámbulos la dejo caer a mis pies. Con un paso saldo de ella, voy a la cama y gateo sensualmente por ella para finalmente tumbarme en el centro de la centro con los brazos en cruz y las piernas cruzadas.

Él se levanta. Camina hasta situarse frente a la cama, frente a mí. Afloja el nudo de su corbata y desabrocha el botón del cuello de su camisa. Se quita la chaqueta del traje y la tira al sillón que custodia mi ropa. Abre los puños de su camisa y a continuación deshace el nudo de su corbata. Rodea la cama y acaricia mi cuerpo con ella. Siento el frescor de la seda en mi piel haciendo que esta se erice a su paso. Se sienta en la cama me besa y toma una de mis manos, luego la otra y me hace juntarlas. Ata mis muñecas con la corbata y elevándolas por encima de mi cabeza me ata al cabecero de la cama. Me besa de nuevo antes de levantarse y volver a los pies de la cama, frete a mí. Se lo toma con calma sabedor de todo lo que despierta en mí. Como se abren las compuertas de mi interior con cada botón que abre y cada prenda que se quita. Haciendo que mi interior se licúe esperando recibirlo. Cuando baja su bóxer y me muestra su impaciencia y su deseo.      

Comienza un camino de caricias, besos, mordiscos y lametones, que avanzan sin descanso recorriendo toda mi anatomía, para finalizar centrando su atención en esas dos montañas impacientes a las que no ha hecho caso hasta ese momento. Amasa con delicadeza mis tetas con sus fuertes manos. Su boca se deleita con mis erectos y sensibles pezones, torturándolos con sus dientes y haciéndolos crecer hasta casi el infinito. No puedo contener las sensaciones que me provoca y que mi respiración se acelere hasta convertirse en una sinfonía de jadeos. Una sinfonía in creccendo que culmina con mi grito de placer cuando hace que me corra en un prolongado y suave orgasmo sin haber puesto un solo dedo entre mis piernas.

Libera mis pechos de esa divina tortura y cubre mi agitado vientre con una de sus manos. Deja que su mano se meza con las últimas contracciones que ha provocado en mi interior hasta que por fin puedo relajarme. Es entonces cuando se levanta y metiendo los dedos en el elástico de mis braguitas las retira en un lento viaje a lo largo de mis piernas, que empapan la cara interna de mis muslos. Cuando las tiene por fin en su mano cubre su rostro con ellas para llenarse con la esencia que ha destilado su buen hacer. Las deja sobre la cama y comando cada uno de mis tobillos separa mis piernas para dejarme completamente expuesta ante él.    

Se arrodilla en la cama y avanza entre mis piernas hasta cubrirme con su cuerpo. Una de sus manos junto a mi cabeza soporta su peso mientras la otra desliza la dureza de su miembro entre los mojados pliegues de mi sexo. Siento como la cabeza morada de su polla presiona la entrada de mi vulva antes de entrar. En el momento en que su cuerpo cae sobre el mío su cadera avanza apuñalándome con su daga ardiente. Permanece dentro de mí, quieto, llenando mi interior. Hace que mi cuerpo hierve, que mi vagina se contraiga para llevarlo más dentro de mí y que mis caderas impacientes se muevan buscando su baile.

Cuando sabe que me tiene a punto de desesperar comienza con sus largos movimientos. Se retira lentamente hasta casi salir para después volver a entrar un poco más profundo, arrancando a mi garganta un quejigo de placer. Los movimientos se repiten una y otra vez. Con cada embestida un grito cuya intensidad aumenta proporcionalmente al ritmo con el que me folla. No puedo contener el placer que me produce y sé que voy a explotar de un momento a otro. Sus labios junto a mi oído me susurran:

-Ahora. Córrete.

Me dejo ir con un hondo suspiro que deja sin una sola gota de aire mi pecho. Mi coño se contrae brutalmente aprisionando a mi amante en mi interior. Lo siento palpitar dentro de mí y un gruñido junto a mi oído me confirma lo que pasa. Su cálida simiente me llena con sus últimos movimientos que son acompañados con los míos para extraer toda su esencia. Cuando sale de mi se tumba a mi lado. Me besa  y caricia mi cuerpo llevando su mano hasta el vértice de mis piernas donde esta brotando el coctel que han hecho nuestro cuerpos. Recoge un poco con sus dedos y lo lleva hasta sus labios. Lo saborea y luego lo comparte conmigo en un prolongado y húmedo beso.

Después se levanta y entra en el baño dejándome atada en la cama. Escucho correr el agua de la ducha y los parpados comienzan a pesarme, hasta que finalmente se cierran. Abro los ojos cuando siento movimiento en la habitación. Ya tiene los pantalones puestos y está terminando de colocarse la camisa. Cuando se sienta a mi lado me da un tierno beso y comienza a desatarme. Una vez liberada me siento en la cama y abrazo mis piernas, mientras él, frente al espejo, dándome la espalda, anuda su corbata y se pone la chaqueta. Se gira y nos miramos. Con él siempre es así, sin palabras. Me acaricia el pelo y besa mi frente para después marcharse.

Cuando el sonido de la puerta me confirma que no está me levanto y voy al baño para darme una ducha. Envuelta en la toalla lavo mis braguitas en el lavabo, las escurro todo lo que puedo y termino dándoles un repaso con el secador para dejarlas a punto. Antes de ponérmelas busco en mi bolso el regalo para José que me coloco cuidadosamente. Me visto frente al espejo y repaso mi maquillaje. Antes de salir llamo a recepción y pido que arreglen la habitación y esté lista para dentro de dos horas.     

A las ocho y veinte estoy sentada en la terraza de Urban tomando un Gin Tonic Bombay Sapphire con zumo de lima. Aun no ha llegado y puedo relajarme unos minutos. A las ocho y media en punto de la tarde aparece en la terraza. Yo le observo desde la distancia como me busca con la mirada. Viste un pantalón beige, camisa blanca y un bléiser azul marino. Al final me ve y viene hacia mí. Me da un tierno beso en los labios.

-Te he encontrado. –Me dice mientras se sienta frente a mí.

-Nunca me has perdido. –Es mi respuesta.

Un atento camarero se aproxima y le pregunta que desea tomar. No te dejo responder y pido por ti.

-Un Gin Tonic con zumo de lima virgen. Gracias. – Y el camarero se retira diligente.

-Sabes que no bebo alcohol – me recrimina.

-Lo sé. Se lo que hago, confía en mí.

Después de que el camarero nos deja su combinado hablamos. No habíamos hablado nada desde que nos encontramos. Tan solo habíamos intercambiado unas palabras por teléfono. Me cuenta lo que ha hecho durante el día y yo hago lo mismo. Él se ríe. No cree que mi día haya sido un desastre. Luego hablamos de nosotros y hacemos planes para los próximos días. Esta anocheciendo. El tiempo ha pasado volando. Decido estirar las piernas y me levanto.

-Voy a por otra copa a la barra. –Te digo sonriendo.

-No deberías beber más. – Me regaña.

-Esta es la última copa prometido.

Pido otro Gin Tonic y cuando el camarero lo deja frente a mí con una sonrisa lo cojo pero no vuelvo a nuestra mesa. Me acerco a la barandilla de vidrio de la terraza y disfruto de las vistas de la ciudad. El cielo se pinta de un bonito color morado con preciosos reflejos rojos y naranjas que se adivinan en el horizonte, donde el sol se está ocultando. La ciudad comienza a iluminarse. Me fijo en una ventana iluminada, en el edificio de enfrente, unos pisos más debajo de donde me encuentro. Y no puedo evitar imaginar una posible historia que ahí se está desarrollando en este preciso momento.  Pero un escalofrío interrumpe mis pensamientos. Sin girarme se que está ahí, mirándome, sigo mirando al frente y bebe un sorbo de mi copa. Sus labios rozan mi nuca y mi cuerpo empieza a temblar. Manteniendo la vista al frente llevo mi mano hacia atrás buscando las suyas. Cuando las encuentro las guio para que abrace mi cintura. Arqueo mi espalada hasta que noto lo excitado que esta.

-Cada vez te siento más… contento de encontrarme. –Le digo.

Continuamos abrazados mirando al infinito. Me besa con dulzura el cuello y me acaricia el vientre por encima de la chaqueta. Me giro sobre mi misma y lo miro. No puedo resistirme y lo beso con ternura. Me toma de la mano y regresamos a nuestra mesa. Las palabras se fueron terminando para decirnos todo con los ojos. Siento sin que me toque sus caricias que hacen que mi piel se erice por completo. Abro el bolso y saco una cajita con un lazo de regalo.

-Esto es para ti.

Y dejo la cajita frente a él. Noto como la cara me arde y el rubor inunda mis mejillas. No puedo creer lo que estoy haciendo. Abre la cajita y encuentra un pequeño mando a distancia. Me mira extrañado por el obsequio y yo me encojo de  hombros roja como un tomate. Tiene la habilidad de conseguir ruborizarme. Luego coge el papelito que lo acompaña.

“En este momento tienes en tus manos el control absoluto sobre mí. Tienes doce horas para hacer con él lo que quieras. Terminado el plazo tendrás que devolverlo. Trátalo con cuidado es muy frágil.”

Supe cuando había terminado de leer la nota porque nuestras miradas se cruzaron solo una fracción de segundo, hasta que cierro los ojos, suspiro profundamente y le hago un gesto afirmativo con la cabeza. Sin pensártelo dos veces pulsaste el número uno. Un suave vibrar en mis entrañas hace que eche la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y los labios entreabiertos para aspirar hondo. Unos segundos después mi cuerpo se acostumbra a la agradable sensación, me relajo y lo miro sonriendo. Mira el mando que tiene en su mano y sé que se da cuenta que tiene ocho opciones para elegir. Su rostro muestra una mezcla de miedo y euforia. 

-Estoy muerta de hambre ¿Y tú? –Le pregunto.

-Solo de una cosa. Pero lo dejare para más tarde.

Miramos la carta y llamamos al camarero que aparece diligente junto a nosotros. No consigo decidirme por nada.

-¿Qué nos sugiere? – le pregunto al camarero.

-La ensalada de canónigos con vinagreta de piñones y marisco es exquisita y de segundo les recomiendo unos canutillos de queso la peral con tostas.

-Parece apetitoso ¿Te apetece eso Ana? – y pulsa en ese momento el número dos.

-Mmmm… Mmmm, excelente elección. –consigo responder.

El camarero se retira con su comanda encantado de que su recomendación haya sido acertada. Lo que el ignoraba era que mi reacción habría sido la misma aunque me hubiese ofrecido un poco de pan seco y agua.

-Te gusta ponerme a prueba.

-No te haces una idea de cuánto. ¿A ti no te gusta?

-Me encanta. Solo encuentro hombres que quieren seducir mi cuerpo pero no saben que la que tiene el control es mi mente.

-Mentira. – dice sonriendo y pulsando el botón número tres.

Llevaba demasiado rato parado el mando y no me lo esperaba. Mi cuerpo tiembla.

-Cabrón. – Es mi respuesta con una sonrisa picara en los labios.

Él se ríe. Seguimos comiendo sin dejar de hablar. Después de las decenas de mails intercambiados aun nos quedan cosas por decir y por conocer. Hasta tocamos el tema de nuestros trabajos y yo comienzo a criticar a mi “jefe”.

-…estoy muchas veces cansada de tener que hacer todas esas cosas, y de que mi “jefe” me trate así, pero claro como es… Aaaaah – me interrumpe pulsando el número seis durante unos segundos que se me hacen eternos.

-¿Cómo es qué?

-Es unnnnn… – De nuevo me corta pulsando el número seis.

-No te entiendo Ana ¿decías? – me dice intentando aparentar seriedad pero una media sonrisa se hace presente en sus labios.

Me acerco a él con cara de póquer y mirada amenazante. En voz muy baja le digo junto al oído:

-Mira José, esto te lo voy a decir muy clarito para que lo entiendas. Como vuelvas a darle a uno de los botoncitos me voy a correr aquí mismo y se puede armar una buena. Podemos hacer dos cosas: Bajar a la habitación que he reservado. O podemos correr el riesgo de que nos echen por escándalo público. ¿Qué prefieres?

Me aguantó la mirada pero sabía que en su interior había dado en la diana y comenzaba a ponerse nervioso. Abrió la mano donde guardaba el mando y me lo devolvió.

-¡Camarero! La cuenta por favor. – lo llamaste con premura.

Cuando esta junto a nosotros deja la carpeta con la nota junto a él. Alargo la mano y la cojo. La miro fugazmente y vuelvo a cerrarla.

-Cárguelo a la habitación 525 y póngase una propina.

Una vez en el ascensor nos pusimos cada uno en uno de los laterales, frente a frente. No teníamos ningún tipo de contacto pero nuestras caras lo estaban diciendo todo.

-¿Ya no quieres el mando?

-No me hace falta ya, ahora creo que usaré mis manos.

-Mira.

Comienzo a subirme la falda para que vea como una gotita corre por la cara interna de mi muslo dejando un rastro brillante hasta la rodilla. Una imagen que ha logrado encenderlo. Cuando llegamos a la quinta planta y las puertas se abren me toma por la cintura y yo apoyo la cabeza en tu hombro. Pensaba que la pasión nos haría ir corriendo a la habitación pero esta vez nos estábamos controlando y disfrutamos del momento.

Entramos en la habitación y nos besamos. Nos besamos por todos los besos que no hemos tenido durante el día. Hay besos de buenos días, de buenas noches, de amor, de pasión, de lujuria, de te deseo, de te quiero… Todos salieron de manera natural y sin miedo a que la caja de los besos se quedase vacía porque estamos juntos y tenemos toda la noche para poder fabricar muchos más.

-Voy al baño. Por favor no me sigas. Creo que el juguetito es hora que deje sitio para ti.

Afortunadamente no insistió en que lo hiciese delante de él y me dio un poquito de intimidad. Cuando salgo del baño la vela que hay sobre la mesita de noche está encendida, al igual que otras repartidas por la habitación y la varita de incienso humeante llena con su aroma la estancia. Las luces apagadas y una agradable música de fondo. “Stay” de Jackson Browne.

-Me encanta esa canción. –Le digo.

-No es una canción Ana, es un deseo ¡Quédate!

-Estoy aquí, contigo y quiero quedarme.

Nos abrazamos muy fuerte y empezó a besarme el cuello justo detrás de la oreja, muy suavemente, muy despacio. Mis pies comienzan a moverse al ritmo de la música y los suyos me siguen. ¿No es una pena que no pongan canciones lentas en las discotecas?

Seguimos bailando mientras no deja de besarme y yo le acaricio la espalda. Me separo un poco de él, lo miro sonriendo y empiezo a quitarle la chaqueta. La tiro en uno de los sillones y continuo desabrochando los botones de la camisa mientras canto muy bajito la canción. La camisa termina en el sillón junto a la americana. Luego extiendo los brazos en cruz invitándote a que tome el relevo mientras sigo cantando. Empieza a desabrochar mi chaqueta pero empieza por abajo. Primero aparece mi ombligo, mi abdomen y más tarde un sencillo pero sexy sujetador blanco. Si con la chaqueta puesta mis pezones no podían disimular la excitación ahora solo con el sujetador le estaban gritando. Finalmente mi prenda termina junto a las tuyas.

Nos miramos de nuevo, nos sonreímos y nos abrazamos volviendo a movernos al ritmo de la música, de los besos y de las caricias.

-José, fóllame.

-Te follaré

-Y después hazme el amor.

En este momento todo empieza a desbocarse. Sus zapatos, calcetines, pantalón y bóxer quedan desperdigados por el suelo en un instante haciendo patente hasta que punto me desea. Solo tenía que bajar la mirada para comprobarlo en el punto más obvio, pero le mantengo la mirada y lo compruebo bajando la mano hasta encontrar la evidencia. Empiezo a acariciársela muy despacio mientras lo beso y paso a acariciarle los huevos, a cogerlos con la mano sopesándolos, a clavarte las uñas delicadamente en el perineo.

Él baja la mano por mi espalda pasándola sobre la falda y comienza a subírmela por el muslo buscando el principio de mi braguita. Le cuesta encontrarla y lleva la mano hacia  mi cadera buscando un hilo de tanga pero una vez en la cintura no encuentra nada. Te miro a los ojos y me pongo nuevamente colorada.

-Las he dejado en el baño, estaban empapadas y me daba corte.

Sé que le encanta ese toque coqueto aunque nunca lo admitirá. Me toma por la barbilla y me besa. Suelta el broche de mi falda y esta baja por mis piernas, me gira, me tumba en la cama boca abajo y se recrea unos segundos en esa imagen.  Se sienta a mi lado y empieza pasar la yema de sus dedos por mi espalda hasta el lugar donde esta pierde su nombre y lo hace casi sin tocarla. Sigue bajando por el muslo hasta el pie para hacer el camino inverso por la otra pierna. Cuando sus dedos recorren de nuevo mi muslo abro las piernas para invitarte a hacer una parada. Pero ignora mi invitación, sigue por la cintura y retoma la espalda. Tengo la piel erizada y mi cuerpo empieza a inquietarse. Cuando alcanza mi cuello emito los primeros gemidos. Nota la tensión en mis cervicales y con un pequeño masaje ve como se van relajando, para de ahí pasar a mi nuca y la parte posterior de las orejas.

-Quiero que en este momento se pare el tiempo. – digo en un suspiro totalmente relajada.

-¿Estás segura? Te perderás lo que viene a continuación. – es su respuesta.

-Mmmm… pues al menos que se detenga cinco minutos más.

Me hace girar y empieza a besarme con ternura. Los labios, la barbilla, el cuello, los hombros y finalmente recorre mi clavícula para llegar al inicio de mis pechos, que los ignora, para continuar por mi vientre hasta el ombligo. El camino que su lengua ha dibujado en mi cuerpo se puede ver perfectamente brillar para volver a seguirlo si fuese necesario. Estoy disfrutando del momento con los ojos cerrados. Él se aproximas a uno de mis pechos y sopla sobre él dándole la vida. Mi pezón comienza a crecer visiblemente mientras mi cuerpo se estremece. 

Comienza a besar y lamer el pezón resucitado mientras su mano me acaricia desde la rodilla hasta el vértice de mis piernas. Debe de notar como la tempera de mi cuerpo aumenta conforme su mano se aproxima al triangulo mágico. Baja lamiendo mi estomago y cuando esta a punto de alcanzar ese botón deseoso de atenciones lo rodea a escasos centímetros para continuar su recorrido por la cara interna de mis muslos. Ya no lo aguanto más y tomo tu cabeza con ambas manos para obligarlo a subir. Se deja llevar. Cuando esta frente a mi abierto, brillante e impaciente coño y espero el contacto de tu lengua se separa un par de centímetros, lo suficiente, para de nuevo insuflar su aliento de vida. Un escalofrío recorre mi cuerpo e inmediatamente su lengua se clava entre mis labios hasta el fondo, con una estudiada coreografía de excitantes círculos.

Es instantáneo. Es mucha la tensión y el morbo que tengo acumulados y exploto en un orgasmo como pocas veces he sentido. Cierro mis piernas con fuerza sobre su espalda mientras con ambas manos mantengo su cabeza en el lugar que está haciendo que gracias a él vea el cielo. Mi cuerpo tiembla durante unos segundos que se prolongan eternamente mientras aguanto la respiración. Finalmente un grito de placer escapa de mis pulmones marcando el fin de la tensión y el comienzo de la relajación de todos y cada uno de mis músculos. Se va incorporando mientras ve como convertida en una muñeca de trapo sobre la cama recupero poco a poco el aliento.

Él, al igual que yo antes debe de estar a punto de explotar y estoy segura que si hubiese podido levantar mi mano y tocarte con un dedo se habrías corrido sin remedio. Pero al verme ahí indefensa decide dejarme disfrutar de mi momento de placer. Piensa que tenemos aun toda la noche por delante.

Se sienta en un sillón frente a la cama mientras suena “Hotel California” de los Eagles. Me admira mientras bebe un poco de agua y yo sumida en un estado de duermevela continúo en la misma posición que me ha dejado. No sé el tiempo que pasa, si fueron minutos, horas o días, pero ahí estuvo velando y protegiendo mí descanso.

Con los ojos entreabiertos doy unos golpecitos en la cama llamándolo a mi lado. Se tumba junto a mí y me abraza mientras yo me acurruco y beso su pecho. Mi mano baja hasta encontrar que la tensión acumulada ha dejado paso al cariño. Y sonrío.

-Tranquilo sé cómo hacer para levantarte nuevamente el ánimo, pero ahora quiero seguir disfrutando de tus brazos.

Estamos unos minutos disfrutando del contacto de nuestra piel. Tal vez cuando dicen lo importante que es la expresión corporal se están refiriendo a lo que expresan dos cuerpos desnudos en contacto.

Beso su pecho, sus pezones y mis labios dan paso a mi lengua. Empiezo a jugar con mi uña por su cuerpo haciendo la presión justa para marcar el camino seguido igual que haría un diamante sobre un cristal. Mi dedo juguetón baja hasta su entrepierna que ya está dando muestras de vida. Acaricio su miembro y empiezo un  movimiento en toda su longitud notando cómo va creciendo desafíate. Mi dedo pulgar pasa por su dilatado glande y con el extiendo por el tronco las primeras gotas que mis juegos han provocado. Ahora mi mano se mueve más lentamente. Mi lengua baja por su torso mientras no dejo de mirarlo a los ojos, diciéndole con la mirada lo que estoy disfrutando de darle placer.

Cuando llego a su verga beso la punta y mis labios brillan con sus fluidos. Bajo por el tronco y juego un ratito con sus huevos, los beso y los lamo mientras vuelvo a masturbarlo y acaricio la parte interna de su muslo con la mano. Lo hago flexionar las rodillas y sigo bajando con mi lengua hasta casi llegar a tu culo y paso las uñas por el perineo. Veo su cara de sorpresa, ya que sabe cuales son mis límites, y sonrío de manera picara.

-¿Quieres que juegue con tu culito? – te pregunto.

-Me encantaría – responde.

-Sabes que nunca he hecho algo parecido.

-¿Y te gustaría hacerlo?

-Tengo mis dudas.

-Entonces déjalo para otro momento.

Pero quiero intentarlo  y mi lengua continua el camino iniciado hasta rodear su prieto orifico. La punta de mi lengua recorre su orto e intenta colarse en el pero la presión se lo impide y decido dejarlo para otro momento.

Cojo su polla con las dos manos y empiezo a jugar con la punta de la lengua  hasta que me la meto entera en la boca comenzando un movimiento arriba y abajo que voy acelerando al tiempo que aumento la presión en sus huevos que tengo cogidos con una mano.

El placer hace que cierre los ojos pero se niega a perderse los detalles de lo que estoy haciendo. Siente un torbellino de sensaciones que se mezclan. Mis manos, mi lengua, mi mirada, mis labios… cada uno de esos placeres por separado es tremendo pero todos unidos en el momento hacen que todo se intensifique.

-No te corras quiero follarte – susurro. –No sabes cuantas veces he soñado con este momento, en tener tu polla solo para mí. Todas y cada una de las veces que te he visto disfrutar con otras en esos videos. Ni te imaginas las veces que me he masturbado pensando en que me follabas. Me encantaría que te corrieras en mi boca pero ahora la quiero dentro de mí.

-Para o me corro.

-Sí, te voy a follar y quiero hacerlo yo.

Me incorporo y pongo una rodilla a cada lado de sus caderas. Mi cuerpo brilla por la luz de las velas y la expresión de mi rostro es lo más excitante de mi precioso cuerpo desnudo. Flexiono un poco las rodillas, cojo su polla con la mano y empiezo a recorrer mis labios vaginales con su capullo. Resbala por la mezcla de jugos y eso hace que el juego sea mucho más lascivo y excitante. Me siento juntando nuestras pelvis pero sin metérmela aun y separando mis labios me muevo adelante y atrás todo lo largo de su poderoso tronco. 

Elevo un poco mi cuerpo y sitúo su glande en la entrada de mi vagina, lo miro fijamente a los ojos y me dejo caer muy despacio empalándome en la dureza de su polla. Cierro los ojos y dejo caer la cabeza hacia atrás mientras mi boca se abre para dejar salir un gemido de mi garganta. Estamos quietos disfrutamos el momento hasta que empiezo a mover mis caderas en círculos sin separarme un solo milímetro. Lo noto muy dentro de mí pero empujo ya que lo quiero aun más dentro.

Subes su mano hasta mi pezón y lo acaricia suavemente antes de apretarlo entre  sus dedos mientras ve como me retuerzo por ese dolor tan placentero. Pone la otra mano en mi vientre y acerca su pulgar a mi dilatado clítoris que no tiene problemas en encontrar. Lo mueve de un lado a otro arrancando a mi cuerpo gritos y convulsiones. Empiezo a subir y bajar sobre su polla cada vez más rápido.

-¡Qué gusto, por favor no pares, no me sueltes el pezón y aprieta mas fuerte!

Mi cara esta desencajada y no paro de mover la cabeza adelante y atrás. Hablo, gimo y grito al mismo tiempo mientras marco el ritmo que nos lleva al abismo.

-¡Me voy a correr. Córrete conmigo y lléname”

Y con mi primera sacudida hago que se corras. Tengo las manos sobre su pecho y me agarro tan fuerte que le dejo las uñas marcadas para que las demás sepan que has sido mío, mientras nos corremos a la vez en una danza de temblores, convulsiones y gritos. Es un orgasmo largo, muy largo porque lo habíamos guardado justo para este momento.

Me desplomo sobre él y así nos quedamos hasta que poco a poco vamos recobrando la conciencia y la respiración. Me acurruco a su lado y nos abrazamos. Suena en la habitación “Calle Melancolía” de Sabina. Ha sido una banda sonora acertada en su aleatoriedad para una noche soñada. Abro los ojos y creo que sabes lo que voy a decir.

-Sera mejor que nos vallamos. –te digo.

-Durmamos juntos. 

-Son las cuatro de la madrugada y yo tengo que estar a primera hora en el trabajo. No me puede pasar lo de esta mañana.

-Por favor.

-Lo siento, puedes quedarte si quieres.

Me levanto de la cama aunque intenta retenerme. Busco mi ropa y comienzo a vestirme frente a él. Tú me observas.

-¿No te duchas?

-No, quiero tu olor en mi piel el resto de la noche. – Es mi respuesta.

Una vez vestida entro en el baño y me peino frente al espejo, recojo mis bragas y las guardo en el bolso. Cuando salgo estas terminando de vestirte. Salimos juntos de la habitación y bajamos a recepción. Pago la cuenta y hago que nos pidan un taxi. El joven recepcionista nos mira imaginando lo que hemos estado haciendo y cuales serán nuestras historias. Tú, ¿un hombre casado que pasa unas horas con su amante? ¿Un visitante extranjero disfrutando de una prostituta de lujo? Seguro que su mente da para mil y una posibilidades.

Cuando llega el taxi subimos en silencio. Yo le indico al conductor la dirección de su hotel. Me mira decepcionado, tal vez albergaba la esperanza aun de dormir conmigo en mi casa. Me coge la mano mientras recorremos la ciudad. Cuando el coche se detiene frente a su hotel lo intenta de nuevo.

-Por favor, sube conmigo.

-Lo siento. Me encantaría, pero no puedo.

Nos besamos como si ese fuese a ser nuestro último beso. Y por los azares del destino en la radio comienza a sonar “Bésame”.

“… Bésame, bésame mucho. Como si fuera esta noche la última vez. Bésame, bésame mucho. Que tengo miedo a perderte, perderte después…”

Sale del coche y antes de cerrar la puerta vuelve a mirarme con la esperanza de que me quede.

-Hasta mañana.

Cierra la puerta y entra en su hotel mientras el taxi arranca para llevarme a casa.

 

   


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