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La cabeza de Ana deja de moverse durante unos segundos, mientras separo el elástico de la braguita con el dedo índice y palpo el océano hirviente que fluye de su interior. Su sexo está abierto a mis caricias. Escucho sus gemidos. Levanto la vista, tienes los ojos y los labios cerrados, la cara encendida. Más arriba Miguel me guiña el ojo mostrándome el reloj. Beso a Ana en la mejilla, en el cuello, lamo el rocío salobre de su sudoración, mordisqueo la piel, delicada como seda, haciéndola estremecer. |