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Ella pasó con esfuerzo una pierna sobre mi cabeza, el tacto invernal de sus pies refrescó mis mejillas y, con una pierna apoyada a cada lado de mi cuerpo, se sentó sobre mi cara. El eclipse fue completo, una oscuridad abisal absorbió hasta la última mota luz en el cálido interior entre sus muslos. La blanda tibieza de su vientre se apoyó contra mi pecho. Su boca aprisionó mi pene al mismo tiempo que mis labios trataban de besar sus otros labios. |