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Viviana deambulaba sin rumbo fijo bajo los soportales aquella oscura noche de finales de otoño. Hacía un frío intenso y húmedo que se clavaba hasta los huesos pese a que la pobre muchacha cerraba con ambas manos el gastado abrigo de piel de cordero. Se acercaba el invierno y día tras día el maldito tiempo empeoraba más y más. Las tuberías se helaban durante la noche llegando incluso a reventar en el peor de los casos. Los inquilinos que tenían suerte lograban conseguir algo de agua caliente con la que poder ducharse. |