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Mis testículos golpeaban contra las nalgas de Silvi. Mi verga estaba hundida hasta el fondo en su culo, La mujer que, hasta hace un momento, pedía clemencia en la penetración, mi madre, ya se movía furiosamente con veinte centímetros de pija llenándole el ano. –“Así, bebé, ¡Qué culeada me estás pegando! La tengo toda adentro. ¡Como me llena”-, deliraba. |